miércoles, 3 de abril de 2013

León Felipe


 
Felipe Camino Galicia de la Rosa, nace en 1884 en Zamora, España. Su padre era notario. Se licencia en farmacia. En su juventud recorre España enrolado como actor de una compañía ambulante y al frente de diferentes farmacias en distintos lugares de España. Pasó tres años en la cárcel, acusado de desfalco. Se une con una chica peruana, Irene Lambarri y se radica con ella en Barcelona, al poco tiempo se separan y León Felipe decide marchar a Madrid. En Madrid se sumerge en la bohemia y sufre la pobreza con todas sus consecuencias. Versos y oraciones de caminante es su primer libro de poemas (años después titularía un poema: Versos y blasfemias de caminante). Consigue un empleo en los hospitales de Guinea. Allí permanece tres años para volver a España por poco tiempo y embarcarse hacia América. En México se dedica a la enseñanza. Allí es bibliotecario y agregado cultural de la Embajada de la España republicana. Profesor de Literatura española en distintas universidades de América. Se casa con Berta Gamboa, profesora también. En 1938 se exilia en México. Su obra es una mezcla de arrebato místico y compromiso político.
Escribió:  
La insignia (1936), El payaso de las bofetadas (1938), Pescador de caña (1938), El hacha (1939), Español del éxodo y del llanto (1939), Ganarás la luz (1943), España e Hispanidad (1947), Llamadme publicano (1950), El ciervo (1954), Oh este viejo y solo violín (1968). Tradujo Canto a mí mismo, de Walt Whitman, en 1941. Muere en 1968 en México.
Biografía extraída del blog:
El poder de la palabra:
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1698 


El poeta y el filósofo

Yo no soy el filósofo.
El filósofo dice: Pienso… luego existo.
Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo… luego existo.
Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!

¡Ay! 
Éste es el verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡Ay! Por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la Poesía. Un día este ¡Ay! Se organiza y santifica. Entonces nace el salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre muchos siglos.
Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido, blasfemia… y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.
Este es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra. Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque la diferencia esencial entre el poeta y el filósofo no está, como se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico, cristalino y musical, y el filósofo con palabras abstrusas, opacas y doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.
El filósofo dice:
Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y el poeta:
Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran fichero filosófico.
Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.
Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.
Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.
Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy… que lo decida la suerte.
¿Cara o cruz? .

¿Cara o cruz?
FILÓSOFOS,
Para alumbrarnos, nosotros los poetas
quemamos hace tiempo
el azúcar de las viejas canciones con un poco de ron.
Y aún andamos colgados de la sombra.
Oíd,
gritan desde la torre sin vanos de la frente:
¿Quién soy yo?
¿He escapado de un sueño
o navego hacia un sueño?
¿Huí de la casa del Rey
o busco la casa del Rey?
¿Soy el príncipe esperado
o el príncipe muerto?
¿Se enrolla
o se desenrolla el film?
Este túnel
¿me trae o me lleva?
¿Me aguardan los gusanos
O los ángeles?
¿Oísteis?
Es la nueva canción,
Y la vieja canción…
¡nuestra pobre canción!
¿Quién soy yo?...
Mi vida está en el aire dando vueltas.
¡Miradla, filósofos, como una moneda que decide!
¿Cara o cruz?.
¡Cruz!
Perdí… Filósofos, perdí.

Yo no soy nadie.
Un hombre con un grito de estopa en la garganta y una gota de asfalto en la retina.
Yo no soy nadie.
Y no obstante, estas manos, mis antenas de hormiga, han ayudado a clavar la lanza en el costado del mundo y detrás de la lupa de la luna hay un ojo que me ve como a un microbio royendo el corazón de la Tierra.
Tengo ya cien mil años y hasta ahora no he encontrado otro mástil de más fuste que el silencio y la sombra donde colgar mi orgullo;
Tengo ya cien mil años y mi nombre en el cielo se escribe con lápiz.
El agua, por ejemplo, es más noble que yo.
Por eso las estrellas se duermen en el mar
y mi frente romántica es áspera y opaca.
Detrás de mi frente (filósofos, escuchad esto bien),
detrás de mi frente hay un viejo dragón:
el sapo negro que saltó de la primera charca del mundo
y está aquí, aquí, aquí…
agazapado en mis sesos,
sin dejarme ver el Amor y la Justicia.
Yo no soy nadie, nadie.
Un hombre con un grito de estopa en la garganta y una gota de asfalto en la retina… Yo no soy nadie, filósofos…
Y éste es el solo parentesco que tengo con vosotros.




COMO TÚ...

Así es mi vida, 
piedra, 
como tú. Como tú, 
piedra pequeña; 
como tú,
piedra ligera; 
como tú, 
canto que ruedas 
por las calzadas 
y por las veredas; 
como tú, 
guijarro humilde de las carreteras; 
como tú, 
que en días de tormenta 
te hundes 
en el cieno de la tierra 
y luego 
centelleas 
bajo los cascos 
y bajo las ruedas; 
como tú, que no has servido 
para ser ni piedra 
de una lonja, 
ni piedra de una audiencia, 
ni piedra de un palacio, 
ni piedra de una iglesia; 
como tú, 
piedra aventurera; 
como tú, 
que tal vez estás hecha 
sólo para una honda, 
piedra pequeña 
ligera...




En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.
El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al resolverse en nada,
la vida de los sueños.
Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y, repartidas en la mesa, copas
pletóricas de ron, whisky o ajenjo.
Era curioso ver aquel conjunto,
aquel grupo bohemio,
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.
A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos del grupo,
y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros,
con el idilio roto que venía
en alas del recuerdo.
Olvidaba decir que aquella noche,
aquel grupo bohemio
celebraba entre risas, libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada, consecuencia lógica,
del Feliz Año Nuevo...
Una voz varonil dijo de pronto:
—Las doce, compañeros;
Digamos el requiéscat por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!
Porque nos traiga ensueños;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos...
Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que a la vida nos lanza,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga,
que las penas mitiga
y convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza;
si en mi cielo de tul limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella: Mi esperanza.
Bravo! Dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste bueno, breve y sustancioso.
El turno es de Raúl; alce su copa
Y brinde por... Europa,
Ya que su extranjerismo es delicioso...
Bebo y brindo, clamó el interpelado;
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría,
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sus consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de ternuras,
de dichas, de deliquios, de desvelos.
—Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina y seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.
Brindo porque mis versos cual saetas
Lleguen hasta las grietas
Formadas de metal y de granito
Del corazón de la mujer ingrata
Que a desdenes me mata...
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!
Porque a su corazón llegue mi canto,
porque enjuguen mi llanto
sus manos que me causan embelesos;
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.
Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.
Se brindó por la Patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llena de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.
Sólo faltaba un brindis, el de Arturo.
El del bohemio puro,
De noble corazón y gran cabeza;
Aquél que sin ambages declaraba
Que solo ambicionaba
Robarle inspiración a la tristeza.
Por todos estrechado, alzó la copa
Frente a la alegre tropa
Desbordante de risas y de contento;
Los inundó en la luz de una mirada,
Sacudió su melena alborotada
Y dijo así, con inspirado acento:
Brindo por la mujer, mas no por ésa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer ¡desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.
Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros.
Brindo por la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos:
por la mujer que me arrulló en la cuna.
Por la mujer que me enseñó de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.
¡Por mi Madre! Bohemios, por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y muy deseado,
porque sueña tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.
Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía,
y lloró de alegría,
sintiendo mi cabeza en su corpiño.
Por esa brindo yo, dejad que llore,
que en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.
Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi Madre, bohemios, que es dulzura
vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...
El bohemio calló; ningún acento
profanó el sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura.




COMO AQUELLA NUBE BLANCA

Ayer estaba mi amor 
como aquella nube blanca 
que va tan sola en el cielo 
y tan alta, 
como aquella 
que ahora pasa 
junto a la luna 
de plata.
Nube 
blanca, 
que vas tan sola en el cielo 
y tan alta, 
junto a la luna 
de plata, 
vendrás a parar 
mañana, 
igual que mi amor, 
en agua, 
en agua del mar 
amarga. 
Mi amor tiene el ritornelo 
del agua, que, sin cesar, 
en nubes sube hasta el cielo 
y en lluvia baja hasta el mar.
El agua, aquel ritornelo, 
de mi amor, que, sin cesar, 
en sueños sube hasta el cielo 
y en llanto baja hasta el mar.


CREDO

Aquí estoy... 
En este mundo todavía... Viejo y cansado... Esperando 
a que me llamen... 
Muchas veces he querido escaparme por la puerta maldita 
y condenada 
y siempre un ángel invisible me ha tocado en el hombro 
y me ha dicho severo: 
No, no es la hora todavía... hay que esperar... 
Y aquí estoy esperando... 
con el mismo traje viejo de ayer, 
haciendo recuentos y memoria, 
haciendo examen de conciencia, 
escudriñando agudamente mi vida... 
¡Qué desastre!... ¡Ni un talento!... Todo lo perdí. 
Sólo mis ojos saben aún llorar. Esto es lo que me queda... 
Y mi esperanza se levanta para decir acongojada: 
Otra vez lo haré mejor, Señor, 
porque... ¿no es cierto que volvemos a nacer? 
¿No es cierto que de alguna manera volvemos a nacer? 
Creo que Dios nos da siempre otra vida, 
otras vidas nuevas, 
otros cuerpos con otras herramientas, 
con otros instrumentos... Otras cajas sonoras 
donde el alma inmortal y viajera se mueva mejor 
para ir corrigiendo lentamente, 
muy lentamente, a través de los siglos, 
nuestros viejos pecados, 
nuestros tercos pecados... 
para ir eliminando poco a poco 
el veneno original de nuestra sangre 
que viene de muy lejos. 
Corre el tiempo y lo derrumba todo, lo transforma todo. 
Sin embargo pasan los siglos y el alma está, en otro sitio... 
¡pero está! 
Creo que tenemos muchas vidas, 
que todas son purgatorios sucesivos, 
y que esos purgatorios sucesivos, todos juntos, 
constituyen el infierno, el infierno purificador, 
al final del cual está la Luz, el Gran Dios, esperándonos. 
Ni el infierno... ni el fuego y el dolor son eternos. 
Sólo la Luz brilla sin tregua, 
diamantina, 
infinita, 
misericordiosa, 
perdurable por los siglos de los siglos... 
Ahí está siempre con sus divinos atributos. 
Sólo mis ojos hoy son incapaces de verla... 
estos pobres ojos que no saben aún más que llorar.



 ROMERO SÓLO...

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
          Sensibles a todo viento
          y bajo todos los cielos,
          poetas, nunca cantemos
          la vida de un mismo pueblo
          ni la flor de un solo huerto.
          Que sean todos los pueblos
          y todos los huertos nuestros.


  II. SÉ TODOS LOS CUENTOS

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.




Bacía, Yelmo, Halo.
Este es el orden, Sancho.
De aquí no se va nadie.
Mientras esta cabeza rota
del Niño de Vallecas exista,
de aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
Antes hay que deshacer este entuerto,
antes hay que resolver este enigma.
Y hay que resolverlo entre todos,
y hay que resolverlo sin cobardía,
sin huir
con unas alas de percalina
o haciendo un agujero
en la tarima.
De aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
Y es inútil,
inútil toda huida
(ni por abajo
ni por arriba).
Se vuelve siempre. Siempre.
Hasta que un día (¡un buen día!)
el yelmo de Mambrino
—halo ya, no yelmo ni bacía—
se acomode a las sienes de Sancho
y a las tuyas y a las mías
como pintiparado,
como hecho a la medida.
Entonces nos iremos todos
por las bambalinas.
Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,
y el místico, y el suicida.





ORACIÓN

Señor, yo te amo 
porque juegas limpio; 
sin trampas —sin milagros—; 
porque dejas que salga, 
paso a paso, 
sin trucos —sin utopías—, 
carta a carta, 
sin cambios, 
tu formidable 
solitario.



ELEGÍA
A la memoria de Héctor Marqués,
 capitán de la Marina mercante española,
 que murió en alta mar 
y lo enterraron en Nueva York.
Marineros,
¿por qué le dais a la tierra lo que no es suyo
y se lo quitáis al mar?
¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
si era un soldado del mar?
Su frente encendida, un faro;
ojos azules, carne de iodo y de sal.
Murió allá arriba, en el puente,
en su trinchera, como un soldado del mar;
con la rosa de los vientos en la mano
deshojando la estrella de navegar.
¿Por qué le habéis enterrado, marineros?
¡Y en una tierra sin conchas! ¡¡En la playa negra!! ... Allá,
en la ribera siniestra
del otro mar;
¡Nueva York!
—piedra, cemento y hierro en tempestad—.
Donde el ojo ciclópeo del gran faro
que busca a los ahogados no puede llegar;
donde se acaban las torres y los puentes;
donde no se ve ya
la espuma altiva de los rascacielos;
en los escombros de las calles sórdidas
que rompen en el último arrabal;
donde se vuelve la culebra sombría de los elevados
a meterse otra vez en la ciudad...
Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros,
allí habéis enterrado al capitán. ¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
por qué le habéis enterrado,
si murió como el mejor capitán,
y su alma —viento, espuma y cabrilleo—
está ahí, entre la noche y el mar...?



El gusano
SOY gusano que sueña… ¡que quiere!
-Contaré el sueño del gusano.
Narradores de cuentos, el gusano
no se chupa el caramelo de la cola. No es un cuento.
Es un sueño que camina.
Repta.
Y deja sobre la hierba oscura
una secreción viscosa… y fosforescente;
un hilo glutinoso… y lumínico…
¡lumínico! La baba es una estela. Anotad esto bien.
Cavad aquí para marcar una señal,
clavad aquí una estaca, aquí, aquí;
que aquí sobre esta tierra… sobre la Tierra,
sobre este gran ovillo devanado con baba,
sobre la estela verde que segregó el gusano,
sobre el sudor oscuro que vertieron sus glándulas,
sobre su llanto ciego de semilla y de feto,
sobre los restos de su capullo y su sarcófago,
sobre la ganga adámica de su morada mística,
sobre el cascarón roto de su bóveda abierta
y sobre los escombros de su Iglesia podrida
levantaremos un día nuestra casa,
nuestra ciudad
y nuestro vuelo.
¡Dios nos guía!
Porque el gusano no es un cuento, narradores de cuentos,
es un signo… un sueño…
un sueño alegre que empezamos a descifrar.





Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.



Autswich

Estos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud
que hablen más bajo...
que toquen más bajo...
¡Que se callen!
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín...
¡Oh, el gran virtuoso!
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres...
Y solo.
¡Solo!
aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante... tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, «gran cicerone»)
y aquello vuestro de la Divina Comedia
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa... otra cosa...
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú... no tienes imaginación,
Acuérdate que en tu «Infierno»
no hay un niño siquiera...
Y ese que ves ahí...
está solo
¡Solo! Sin cicerone...
esperando que se abran las puertas de un infierno que tú, ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa... ¿cómo te diré?
¡Mira! Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos los violines del mundo.
¿Me habéis entendido poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud...
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo! ¡Chist!
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista...
y he tocado en el infierno muchas veces...
Pero ahora, aquí...
rompo mi violín... y me callo.









En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.
El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al resolverse en nada,
la vida de los sueños.
Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y, repartidas en la mesa, copas
pletóricas de ron, whisky o ajenjo.
Era curioso ver aquel conjunto,
aquel grupo bohemio,
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.
A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos del grupo,
y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros,
con el idilio roto que venía
en alas del recuerdo.
Olvidaba decir que aquella noche,
aquel grupo bohemio
celebraba entre risas, libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada, consecuencia lógica,
del Feliz Año Nuevo...
Una voz varonil dijo de pronto:
Las doce, compañeros;
Digamos el requiéscat por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!
Porque nos traiga ensueños;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos...
Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que a la vida nos lanza,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga,
que las penas mitiga
y convierte en vergel nuestro camino.
Brindo porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza;
si en mi cielo de tul limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella: Mi esperanza.
Bravo! Dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste bueno, breve y sustancioso.
El turno es de Raúl; alce su copa
Y brinde por... Europa,
Ya que su extranjerismo es delicioso...
Bebo y brindo, clamó el interpelado;
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría,
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...
Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sus consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de ternuras,
de dichas, de deliquios, de desvelos.
Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina y seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.
Brindo porque mis versos cual saetas
Lleguen hasta las grietas
Formadas de metal y de granito
Del corazón de la mujer ingrata
Que a desdenes me mata...
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!
Porque a su corazón llegue mi canto,
porque enjuguen mi llanto
sus manos que me causan embelesos;
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.
Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.
Se brindó por la Patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llena de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.
Sólo faltaba un brindis, el de Arturo.
El del bohemio puro,
De noble corazón y gran cabeza;
Aquél que sin ambages declaraba
Que solo ambicionaba
Robarle inspiración a la tristeza.
Por todos estrechado, alzó la copa
Frente a la alegre tropa
Desbordante de risas y de contento;
Los inundó en la luz de una mirada,
Sacudió su melena alborotada
Y dijo así, con inspirado acento:
Brindo por la mujer, mas no por ésa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer ¡desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.
Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros.
Brindo por la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos:
por la mujer que me arrulló en la cuna.
Por la mujer que me enseño de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.
¡Por mi Madre! Bohemios, por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y muy deseado,
porque sueña tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.
Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía,
y lloró de alegría,
sintiendo mi cabeza en su corpiño.
Por esa brindo yo, dejad que llore,
que en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.
Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi Madre, bohemios, que es dulzura
vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...
El bohemio calló; ningún acento
profanó el sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura.






La Poesía llega… ahí está



La Poesía llega como un gendarme a la casa del crimen.

Ahí está. Viene porque la he llamado yo.

Ya viene con su ademán desnudo,

con su mirada sin cortinas,

con su mirada sin eclipse…

con una mirada que no se esconde nunca bajo el toldo de los párpados

ni a la sombra de las pestañas…

Viene con su mirada abierta siempre.

La Poesía llega con su apostura fría,
cínica,
immisencorde…
como un soldado terrible,
como un sayón,
como un sargento encargado del cacheo y del desahucio,
como un oficial eclesiástico de la Inquisición,
como el escribano con su mazo de infolios donde se va a escribir el inventario de todo lo que se esconde bajo el sótano,
como el confesor con su saco blindado donde se van a meter
los crímenes,
las herejías,
los ídolos falsos,
y las lámparas votivas alimentadas con alquitrán.
La Poesía llega.
Viene porque la he llamado yo.
Viene a confesarme y registrarme.
Un hombre cualquiera puede ser el poeta:
el publicano que no sabe rezar…
también el publicano…,
cualquier publicano…, el último publicano.
Porque también el corazón de los inconsiderados entenderá la sabiduría…
Y la lengua de los balbucientes
Hablará clara y expedita.
Y el poeta es el hombre que llama a la Poesía sin miedo.
Al gran sayón…, al viejo sayón mmisencorde,
y le dice cuando llega a su puerta: Entra.
Quiero saber dónde vivo.
¡Hay tantas sombras,
tantas telarañas
y tantos fantasmas aquí dentro!
Entra.
Tú eres la Poesía… la Verdad y la Luz.
¿No es así?
La que abre las ventanas
y rompe los goznes de las puertas…

La que ahuyenta el trote de las ratas
y apaga el ruido espectral de la polilla en la madera.
¿No es así?
La que barre las cortezas caídas y los vidrios quebrados que se amontonan en los rincones tenebrosos…
¿No es así?
La que encuentra los grandes versos perdidos y los grandes sueños que en la revuelta de las pesadillas se escondieron entre las as circunvoluciones del colchón…
¿No es así?
La que encuentra también el cardiograma olvidado entre los folios del viejo libro polvoriento, el cardiograma donde se registran los golpes del fantasma apócrifo y los del ángel del destino…
¿No es asi.
La que viene a apretar y a exprimir la vejiga de las lágrimas hasta la última gota de sangre y de leche…
¿No es así?
La que viene a tapiar con ladrillos de fuego el cuarto donde la lujuria y el sexo envenenado guardan los negros sueños espantosos.
¿No es así?
Tienes una llave, ¿verdad?,
Y una piqueta… y un hacha…
Y una mecha encendida
Y una escoba…
Y unos ojos sin párpados…
¿No es asi?.
Tu eres… ¡tu eres.
A ti te he llamado.
No eres la hermosa doncella vestida de blanco
Y con una ramita de laurel
Para el bonete del juglar.
Eres dura, seca… y fea… fea
Como la verdad para un criminal… para mí.
Yo soy un criminal…
Un criminal… como cualquier hombre de la tierra,
Un criminal… como cualquier ciudadano del mundo.
Soy el gran criminal vestido de hollín y de betún
Que loco y fugitivo
Recorre este planeta apagado y tenebroso.
Lo confesaré todo:
He asesinado a la Belleza
Y he apuñalado a la Alegría…
He ahogado a la estrella
Y he arrojado la lámpara al pantano.
iMirad mis manos chorreando sombras!
¡Mirad estas manos de carbón llenando de humo el aire
Y apagando las últimas pupilas,
Las luciérnagas,
Los faros
Y los astros!
¡Sálvame!... Quiero la Luz…
¡Sálvame!... Quiero ver la Luz… ¡Sálvame!
Te he llamado para que me salves.
Y te he llamado a ti…
no a la hermosa doncella vestida de blanco
y con una ramita de laurel
para el bonete del juglar.
Te he llamado a ti… a ti… viejo sayón inmisericorde.
Y te he llamado para que luego de oírme
Registres esta cueva,
Abras las ventanas,
Derribes las puertas,
Barras las tinieblas,
Quemes mis entrañas
Y dejes entrar de nuevo en esta casa subterránea,
En este cuerpo funeral…
La Alegría y la Belleza resurrectas,
Como un río de luz sin presas y sin frenos.
  


UN PODEROSO TALISMÁN


AMIGOS:
¿Y por qué no ha de ser este agasajo una graciosa despedida?
Hubiese querido que alguno de los oradores hubiese pronunciado estas palabras:
«El viajero se va. Ha vivido largo tiempo con nosotros —setenta años—. ¡Despidámosle con el vino y el pan de los banquetes ditirámbicos…!»
despedir, aquí ahora, quiera decir acaso jubilar.
Mas como yo no tengo oficio ni galones,
ni un sillón académico…,
ni siquiera la humilde silla de un maestro de párvulos —nada vine a enseñar—
tal vez, a última hora, jubilar quiera decir también amortajar.
Siento haber lanzado esta horrible palabra
oscura y áspera como la piedra de un volcán—
entre los reflejos del vino y la alegría de la fiesta.
¿He roto alguna copa?
fea y condenada es la palabra amortajar…
Pero no os asustéis. Voy a embellecerla y redimirla.
Será un acto poético sencillo que os parecerá como un milagro.
Escuchadme sin repugnancia y sin asombro:
yo mismo ya me he amortajado muchas veces.
Y la mortaja no es triste ni sombría.
La mortaja no es más que un ligero vestido de viaje.
Los clásicos sastres funerarios solían cortarla amplia y de una blanca y recia tela de lino…
como la vela de una barca latina.
Había que darle ventajas y facilidades al Viento…
que el Viento es quien nos mueve y nos empuja,
quien nos trae y nos lleva sm descanso
en este trasiego incesante de la Vida.
¡Oh, Viento amigo y trajinen!

Alguien ha dicho alguna vez
que acaso yo fuese el poeta del Viento.
;Qué se quiso decir?
¿Qué el viento es para mí una divinidad propicia y misteriosa?
No es un Dios, desde luego.
Yo pienso que es el medianero entre el Hombre y la Luz.
Si he de llegar alguna vez a mi estrella lejana… lejanísima…
Será, sin duda, a bordo del Viento.
«El poeta del Viento» es un viajero rezagado de los caminos ásperos y purgativos que conducen al poético reino de la Gracia.
«El poeta del Viento» está muy lejos todavía de la Luz.
Y el Viento no es más que un motor, un vehículo…
A veces, en esta gran aventura de la Vida, he pensado que el viento es como un águila enorme que me lleva entre sus garras prisionero…
Y en los días de tormenta, en las horas de cansancio y desamparo, a él me he atrevido a decirle:
«Viento… suéltame… déjame morir… ¡acuéstame! Quiero dormir… dormir… ¡dormir!
Grandes especialistas construyen férreos y blindados tarjeteros.
Siempre ocurre lo mismo en los días de gran confusión y desarreglo.
Y en un siglo tan caótico como el nuestro,
surge de pronto una mecánica perfecta de definiciones
y se dice: «Todo está puntualizado y archivado».
La policía tiene ahora el mismo alfabeto de señales que la ciencia y la erudición.
Y, como hay tarjetas para definir, morfológicamente, a un insecto.
Hay también tarjetas para definir, políticamente, a un ciudadano.
Parece que a la Historia la están haciendo hoy
el entomólogo y el detective…
Porque el hombre no es ya más que un insecto preso y rotulado.
Hay tenazas y pinzas para coger al insecto y al hombre
por el costado más vulnerable y específico.
Y no hay escapatoria.
Aquí está… ¡Miradle!
se llama Pedro, Conrado, Rodríguez, Smith…
aquí está… igual que un abejorro o un gusano.

Todo es como un sistema carcelario.
Se trata de que no se escape nadie,
¡ni por los escotillones de la muerte!
¡Y yo que he estado pensando toda mi vida en salirme por la puerta trasera del corralón, sin que nadie me viese…
(sin un papel,
Sin cédula y sin pasaporte en el bolsillo),
Por la puerta abierta a la gran libertad de los espacios,
donde ya no hay portero ni sochantre…
Nadie que le pida al hombre la fe de bautismo
ni le cante el último responso.
Por la puerta del Viento!

El hombre trabaja, inventa, lucha, canta…
pero el Viento es el que selecciona las hazañas, los milagros, las canciones,
Y el que sepulta las pirámides.
Contra el Viento nada puede la voluntad del hombre.
Y digo otra vez que el Viento hace la Historia.

No sé cómo me atrevo a hablar así
Ante este grupo de amigos que saben más que yo,
y donde veo filósofos, arqueólogos, historiadores…
Entomólogos todos, conspicuos y gloriosos.
(El hombre es un insecto… y no hay más que entomólogos.)

Hoy tenéis que perdonármelo todo,
también estas piruetas cínicas de juglar.
Soy un poeta imprudente y temerario
que ha cumplido setenta años esta noche
y empieza a chochear.
Sed piadosos, y dejadme seguir.
Y un día el Viento,
cansado de tantas cédulas y pasaportes,
de tantos carnets y documentos,
de tantos cronicones y títulos heráldicos,
de tantas confirmaciones y bautizos,
de tantas legalizaciones notariales,
de tantos gloriosos epitafios,
y de tantos porteros y soldados para guardar tanto epitafio
(no hay más que epitafios),
un día el Viento, digo,
soplará malhumorado y se llevará todos los registros de la Tierra.
No quedarán, entonces, ni los nombres.
¡Ni un nombre ni una fecha!
¡Y todos… hospicianos otra vez!
¡Hospicianos!... Hijos legítimos de la cópula oscura de la arcilla y el Viento…
Y otra vez, de nuevo… y a empezar desnudos,
como en la primera página del Génesis.
Tal vez aquel día se salve sólo la canción…
La canción suelta, sin lengua y sin garganta.
Porque en la Tierra no hay más que una canción
que el Viento transporta como el polen sagrado y anónimo.
y la gracia del Mundo está en cantar esa canción sin saber quién la compuso.
Que queden solamente el hombre y la canción: La canción del hombre,
la cual no tendrá nunca ni rúbrica ni dueño.
Que un día el Tiempo ya no será como la cuerda de un rosario
y no sabremos contar ni las horas ni los siglos…
Ni sabremos tampoco cuándo un poeta cumple setenta años o setenta mil.

Nunca ha habido poetas.
Esta vieja canción la ha escrito el Viento.
La seguirá haciendo, también, eternamente el Viento.

El poeta no existe… no es nadie.
El poeta es un viejo y hueco embudo de trasiego,
abandonado en el repecho de la colina o en el rincón más oscuro de la cueva,
por donde el Viento sopla, a veces, y articula unas palabras…
Aquí no hay hombres tampoco… ¡ni fechas!...
y en el índice de los cancioneros antológicos,
lo mismo que en el índice de los gloriosos cronicones,
dentro de unos años
nadie encontrará, por ejemplo, mis huellas dactilares.
Con la baraja de todos mis poemas hará mañana el Viento un revoltijo de naipes que se perderán en el silencio,
y del que no se salvarán, seguramente,
ni la Reina ni el As.

Pero en el mar amargo e infinito,
en la historia dolorosa del Hombre,
y en la canción eterna y anónima del Mundo,
habrá una gota perdida de mi llanto…
una lágrima mía.

Esta lágrima será mi cédula, mi pasaporte
y mi carta legítima de naturaleza…
De naturaleza divina e inmortal.
Por esta lágrima me conocerán ya siempre las constelaciones y los dioses…
y con esta cédula me abrirán las puertas, sin bisagras ni cerrojos, del Mundo
por donde se entra a navegar en los espacios infinitos…
He aquí el talismán… con este poderoso talismán
iré en busca del primero y del último Dios…
De esa incógnita isla que incansablemente persigue el navegante… y que se halla escondida
en la bola ovillada del hilo del Tiempo,
fuera de la madeja de los siglos…
y al otro lado de la última lágrima del Mundo.
México, a 11 de abril de 1954