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martes, 27 de septiembre de 2016

Midas. Marsias. Hybris y sus consecuencias.

DEL NACIMIENTO DE LOS DIOSES AL DE LOS HOMBRES

El cosmos, el universo ordenado y equilibrado que Gea y Zeus deseaban, ha sido instaurado. Las fuerzas del desorden y del caos que encarnan al menos una parte de los Titanes, y más aún Tifón y los Gigantes, han sido sometidas, destruidas o devueltas al Tártaro y encadenadas en lo más recóndito y profundo de la tierra. Zeus no sólo ha dado pruebas de una fuerza colosal y una inteligencia fuera de lo común durante los distintos conflictos, sino que además ha repartido el universo de forma equitativa y justa, de modo que cada uno conoce sus privilegios, los honores que se le deben, sus misiones y sus funciones. Y como Zeus es desde ahora el dios más poderoso, el más astuto y el más justo de todos, no hay más que hablar: él es el señor del cosmos, el eterno garante del orden armonioso que ahora debe ser la regla del mundo.

De este relato primordial se deducen, en el terreno filosófico, tres ideas fundamentales que debes tener presente para comprender mejor lo que sigue. Tienen un gran interés en sí mismas y, además, son las que van a animar secretamente la mayoría de los grandes relatos míticos que son escenificaciones sutiles, inspiradas y llenas de imágenes. De modo que en realidad es imposible comprender las aventuras de Ulises, Heracles o Jasón y las desdichas de Edipo, Sísifo o Midas si no se entiende que, por así decirlo, constituyen el hilo conductor.

La primera es que la vida buena, aun para los dioses, puede definirse como una vida en armonía con el orden cósmico. Nada hay superior a una existencia justa, en el sentido que la justicia —en griego diké— es en primer lugar la rectitud, es decir, el hecho de estar en conformidad con el mundo organizado, bien repartido, que a duras penas ha salido del caos. Tal es desde ahora la ley del universo, una ley tan fundamental que los propios dioses están sometidos a ella, pues, como ya han demostrado en repetidas ocasiones, a menudo son poco razonables. Sucede incluso que se pelean como niños. Cuando ocurre que la discordia, eris, surge entre ellos y que para arreglar sus diferencias uno u otro empieza a mentir, es decir, a proferir palabras que no son justas ni se ajustan al orden cósmico, corre un gran riesgo. Entre otras cosas, Zeus puede pedirle que preste juramento sobre el agua del Estige, el río divino que corre por los infiernos. Y si su juramento es contrario a la verdad, al dios se le pone en su sitio, aunque sea olímpico: durante todo un año, según nos cuenta la Teogonia de Hesíodo, se le «priva de aliento», yace en el suelo sin poder respirar, sin resuello en el sentido literal del término. Se le prohíbe acercarse al néctar y a la ambrosía, los alimentos divinos reservados exclusivamente a los Inmortales. Un «mal sueño» se apodera de él durante todo ese año y cuando ha terminado con este primer lote de sufrimientos, aún se le «priva del Olimpo», tiene prohibido estar en compañía de los demás dioses durante nueve años, durante los cuales debe cumplir con tareas ingratas y penosas. Por ejemplo, según ciertos relatos mitológicos, ocurrió que Apolo se rebeló contra su padre, Zeus, amenazando así con perturbar el orden del mundo al atentar contra su garante. Como castigo, Apolo se ve rebajado a la esclavitud, puesto al servicio de un simple mortal, en este caso un rey de Troya, Laomedonte, cuyos rebaños debe guardar como un pastorcillo cualquiera. Pues Apolo , término del que ya te he hablado y que puede traducirse de varias mañeras —arrogancia, insolencia, orgullo, desmesura—, si bien todas ellas hablan de un aspecto de esta hybris, de este pecado contra el orden cósmico o contra los que son sus artesanos, empezando por Zeus. Caracteriza a quien se malogra o se rebela hasta el punto de dejar de respetar la jerarquía y el reparto del universo instaurados tras la guerra contra Tifón y los Titanes. Y en estas circunstancias, el dios que ha cometido una falta es «llamado al orden» como un vulgar mortal y, por así decirlo, reinsertado mediante el castigo que Zeus le inflige. Como ves, no sólo la ley del mundo, la justicia cósmica derivada del reparto original, se aplica a todos los seres, sean divinos o mortales, sino que además nada está ganado: el desorden amenaza siempre. Puede venir de cualquier sitio, hasta de Apolo o de otro dios que se malogre por pasión, de modo que el trabajo de Zeus y de los distintos héroes que persiguen el mismo objetivo no se acaba nunca del todo: por esta razón, los relatos mitológicos son infinitos en potencia. Siempre hay un desorden que arreglar, un monstruo que combatir, una injusticia —una «imperfección»— que corregir.

La segunda idea deriva directamente de la primera. Por así decirlo no es más que el reverso: si la edificación del orden cósmico es la conquista más preciada de los Olímpicos, entonces ni que decir tiene que la falta más grave que se puede cometer a los ojos de los griegos, y de la que la mitología no deja en el fondo de hablarnos, es, precisamente, esa famosa hybris, esa desmesura orgullosa que empuja a los seres, tanto mortales como inmortales, a no saber quedarse en su sitio en el seno del universo. Si vamos a lo esencial, la hybris no es al final más que un regreso de las fuerzas oscuras del caos, o por hablar como los ecologistas actuales, una especie de «crimen contra el cosmos».

En contraste, y ésta es la tercera idea, la virtud más grande se denomina diké, la justicia, que se define exactamente a la inversa como una concordancia con el orden cósmico. Se dice que sobre el templo de Delfos —el templo de Apolo— está inscrito uno de los lemas más celebres de la cultura griega: «Conócete a ti mismo». La frase no significa de ninguna manera, como a veces se cree hoy día, que se deba practicar lo que se llama la introspección, es decir, tratar de conocer los pensamientos más secretos y procurar, por ejemplo, revelar el inconsciente. No se trata de psicoanálisis. El significado es otro: la expresión quiere decir que se deben conocer los límites. Saber quién es uno es conocer el propio «lugar natural» en el orden cósmico. El lema nos invita a encontrar ese lugar exacto en el seno del gran lodo y sobre todo a quedarnos, a no pecar nunca de hybris, de arrogancia y desmesura. Además se asocia a menudo a otro, «Nada en exceso» —igualmente inscrito sobre el templo de Belfos—, que tiene el mismo sentido.

Para el hombre, la hybris más grande consiste en desafiar a los dioses o, peor que peor, creerse igual a ellos. Numerosos relatos mitológicos giran, como vas a ver, alrededor de este tema central. Entre otros lo atestigua esa versión del famoso mito de Tántalo: como se ha acostumbrado a frecuentar a los dioses, a ser invitado a compartir sus comidas en el Olimpo, Tántalo acaba pensando que, después de todo, no es tan distinto como podría imaginarse. Hasta empieza a dudar de que los dioses, empezando por Zeus, sean en verdad tan perspicaces como pretenden y, sobre todo, que sepan en realidad todo sobre todos los mortales. Entonces los invita a comer a su casa —lo que ya es de por sí una falta de gusto especial, que podría tolerarse si en último extremo fuera una invitación llena de modestia y humildad—. Pero todo lo contrario: para asegurarse de que no son omniscientes ni más sabios que él, trata de engañarlos de la peor manera que existe, sirviéndoles a su propio hijo Pélope guisado. Mala suerte: los dioses son completamente omniscientes. Saben todo sobre nosotros, desdichados mortales, por lo que Tántalo se ha equivocado más allá de lo que podía imaginar. Se dan cuenta enseguida de la maniobra miserable y se horrorizan. El castigo, como siempre en la mitología, está en consonancia con la desmesura del delito cometido. ¿Tántalo ha pecado por una cuestión de comida? Por ella también será castigado: encadenado a los infiernos, en el Tártaro, será condenado a padecer hambre y sed toda la eternidad, pero también miedo, que le recordará precisamente que no es inmortal, pues una roca enorme suspendida sobre su cabeza amenaza con caerse sobre él y aplastarlo...

Cosmos, el orden armonioso, diké, la justicia, es decir, la conformidad con este orden cósmico, e hybris, el contraste o la desmesura por excelencia, son las tres palabras maestras del mensaje filosófico que comienza poco a poco a desprenderse de la mitología.

Sin embargo, estamos lejos, muy lejos, de haber hecho todo el recorrido de este mensaje. No estamos más que en los principios abstractos, tan primitivos todavía y tan rústicos que podrían dar la imagen de que Zeus es un superrepresentante del orden, por no decir un agente de tráfico: cosmos contra caos, armonía contra disonancia, cultura contra naturaleza, civismo contra fuerza bruta, etcétera. Será necesario complicar las cosas poco a poco
y por una razón muy sencilla: de momento toda esta historia se ha contado sólo desde el punto de vista de los dioses. En otras palabras, en la fase en la que nos encontramos, los hombres, al no existir todavía, no tienen aún su lugar en este sistema regulado que se ha situado bajo la égida de los Inmortales. Toda la cuestión que la mitología va a empezar a abordar y luego a legar a la filosofía es doble a este respecto. En primer lugar: ¿por qué hombres? ¿Por qué diablos, y perdón por la expresión, los dioses han sentido la necesidad de crear esta humanidad que con toda seguridad va a introducir inmediatamente una gran cantidad de desorden y de confusión en ese cosmos que tanto les ha costado conquistar? Y luego, si invertimos la perspectiva y lo examinamos desde nuestro punto de vista de mortales —y una vez más hay que tener en cuenta que los que han inventado estas historias, Homero, Hesíodo, Esquilo, Platón, etcétera, son hombres—, ¿cómo vamos a situarnos con respecto a la visión del mundo que emana poco a poco de esta construcción grandiosa? ¿Cuál cósmico que parece hecho más para ellos que para nosotros, humildes humanos? Y más aún: ¿cómo deberá cada uno de nosotros conducir su existencia, con sus particularidades, sus gustos, sus defectos, su contexto familiar, social, geográfico, en suma, con todo lo que hace que un individuo sea singular, si quiere encontrar un poco de felicidad y de sabiduría en este universo divino?

A estas preguntas van a responder los mitos que voy a narrarte en este capítulo. Pero antes de llegar a estos grandes relatos y para no quedarnos en las abstracciones, te voy a dar una primera imagen de las tres ideas que acabamos de ver contándote el mito genial de Midas. Después, podremos retomar el hilo principal de nuestro relato y volver a la historia fabulosa de la creación de la humanidad. El mito, al menos en apariencia, es francamente cómico. Es uno de esos en los que, sencillamente, la hybris, la desmesura, rivaliza con la estupidez. La mayoría de las obras dedicadas a la mitología lo pasan por alto o bien lo consideran tan secundario que lo cuentan de pasada, como una trova sin gran relevancia ni verdadero significado. Como verás, es un error importante: el caso Midas, como se diría en la actualidad, es por el contrario uno de los más profundos que existen, con tal de que nos tomemos la molestia de volver a situarlo en el contexto cosmológico que acabo de describirte.


HYBRIS Y COSMOS: EL REY MIDAS Y EL «TOQUE DORADO»

Midas es rey. Más exactamente, es uno de los que reinan en una región llamada Frigia. Algunos pretenden que es hijo de una diosa y de un mortal... Es muy posible, pero lo que en cambio es cierto es que Midas no ha inventado la pólvora. Es, todo hay que decirlo, un cretino redomado. Piensa despacio, «con retraso», demasiado tarde. Actúa sin pensar y su estupidez, como vas a ver, le juega a veces muy malas pasadas.

El caso que nos interesa comienza con las desventuras de otro personaje importante de la mitología griega, Sileno, un dios de segunda fila, una divinidad secundaria que así y todo es hijo de Hermes. Además, se denomina «Silenos» a todos los de su raza. Posee dos características notables. La primera es que tiene una cabeza horripilante y es feísimo: grande, grueso, calvo y barrigudo, muestra una nariz monstruosamente aplastada y unas orejas de caballo, peludas y puntiagudas, que le dan un aspecto espantoso. Pero por otro lado es un ser inteligente y sagaz. No en balde Zeus le confió la educación de su hijo Dioniso cuando lo extrajo de su propio muslo. Con el correr del tiempo se hace amigo de quien ha sido su hijo putativo y se inicia en los secretos más profundos que el dios del vino y de la fiesta guarda y, a pesar de las apariencias, es un sabio auténtico... Salvo que, al pertenecer al séquito de juerguistas que acompañan siempre a Dioniso, suele pasarse de rosca con las libaciones y abusar de la botella. Dicho de otro modo, en el momento de empezar nuestra historia Sileno estaba borracho como una cuba o, si lo prefieres, lo bastante ebrio como para no acordarse ni de su nombre. Como dice Ovidio, se tambalea bajo el peso de la edad y el vino, y al ver ebrio a esa especie de mendigo de aspecto espantoso, los criados de Midas se apresuran a prenderlo y atarlo con fuertes ligaduras para conducirlo enseguida ante su señor.

Pero sucede que Midas reconoce a Sileno, pues él también ha participado en algunas orgías y otras fiestas bien regadas. Y como lo sabe todo acerca de sus relaciones paternales y amistosas con Dioniso —un dios muy poderoso con el que más vale estar a buenas— le hace soltar inmediatamente. Además, con la esperanza de granjearse los favores del dios, celebra como es debido la llegada de su huésped con fiestas fastuosas que duran al menos diez días con sus noches, tras lo cual devuelve a su nuevo mejor amigo al joven, aunque muy poderoso, Dioniso. Este último, agradecido, otorga a Midas la gracia de elegir una recompensa a su gusto. «Gracia agradable, pero perniciosa», según la afortunada expresión de Ovidio. Pues Midas, como te he dicho, no es muy listo. Además, es avaro y muy ambicioso, de modo que abusará —aquí empieza su hybris— del regalo que le promete Dioniso. Pronuncia un deseo exorbitante, desmesurado: pide al dios que todo lo que toque se convierta en oro. Ahí está el famoso «toque dorado». Imagina un poco lo que esto significa: dondequiera que ponga la mano, todo lo que toca, planta, piedra, líquido, animal o ser humano, al instante se transforma en el metal amarillo y precioso. En un primer momento, el imbécil está feliz y hasta loco de alegría. De regreso a su palacio, Midas se divierte como un niño transformando por el camino todo tipo de cosas en un precioso tesoro. Divisa una rama de olivo y, ¡hala!, las hermosas hojas verdes se vuelven de un rojizo anaranjado resplandeciente. Coge una piedra, un miserable terrón, corta unas espigas secas y todo se convierte en oro. «Rico, soy rico, el más rico del mundo», exclama sin cesar el desdichado que todavía no ve venir lo que le espera.

Porque, sin duda ya lo has adivinado, lo que toma por una felicidad absoluta se va a transformar en una desgracia funesta en sentido literal, que trae la muerte y anuncia los funerales de su alegría estúpida. En efecto, en cuanto Midas se instala cómodamente en su palacio suntuoso —es evidente que enseguida se ocupa de transformar en oro fino las paredes, los muebles y los suelos—, pide que le sirvan de comer y beber. Su alegría le ha abierto el apetito. Pero tan pronto como agarra la copa de vino fresco para calmar su sed, lo que corre por su boca es un polvo amarillo asqueroso. El oro no es bueno para beber... Y cuando coge el muslo de pollo que le tiende su criado y empieza a morderlo con entusiasmo, por poco se rompe los dientes. Midas comprende ahora, aunque un poco tarde, que si no se desprende de su nuevo don, morirá de hambre y sed. Y empieza a maldecir todo ese oro que le rodea, a odiarlo como odia también la estupidez y la ambición que le han empujado a actuar sin reflexionar. Afortunadamente para él, Dioniso lo tenía todo previsto y es buen príncipe. Acepta quitarle el don que se ha transformado en maldición. He aquí, según Ovidio, los términos en los que se dirige a él:

«No puedes seguir embadurnado de ese oro que con tanta imprudencia has deseado. Ve hacia el vecino río de la gran ciudad de Sardes y, remontando su curso por la orilla, continúa tu camino hasta que llegues al lugar de su nacimiento; entonces, cuando estés delante de su manantial espumoso, allí donde brota en abundantes raudales, hunde tu cabeza bajo las aguas y lava al mismo tiempo tu cuerpo y tu culpa». El rey acata la orden dócilmente y se zambulle en el manantial; la virtud que posee de transformar todo en oro da un color nuevo a las aguas y del cuerpo del hombre pasa al río. Actualmente todavía, por haber recibido el germen del antiguo filón, el suelo de esas campiñas está endurecido por el oro que lanza sus pálidos reflejos sobre la gleba húmeda.

Midas recupera su estado normal bañándose en el río. Bonito símbolo: el agua pura del río, como sugiere Ovidio, le limpia a la vez su oro y su culpa. Pero el curso del agua se ve afectado por ello: se dice que desde aquella época no deja de transportar magníficas pepitas de oro. ¿Y sabes cómo se llama este río? Su nombre es Pactolo.

Sin embargo, no estoy seguro de que siempre comprendamos el verdadero sentido de este mito. Con nuestros ojos modernos, marcados por veinte siglos de cristianismo, tenemos tendencia a pensar que el significado de la fábula, en líneas generales, es que Midas ha pecado ante todo de avaricia y ambición. En nuestra opinión, la lección de historia podría enunciarse poco más o menos de la siguiente manera: Midas ha tomado lo superficial por lo fundamental, ha creído que la riqueza, el oro, el poder y las posesiones que proporciona constituían el objetivo ultimo de la vida humana. Por lo que ha confundido el haber y el tener, la apariencia y la verdad. Y se le castiga con mucha razón. Bien está lo que bien acaba. Pero en realidad el mito griego va mucho más lejos. Posee una dimensión cósmica, aunque secreta, y no se reduce de ningún modo a la trivialidad según la cual «el dinero no da la felicidad».

Con su toque dorado, Midas se ha convertido en una especie de monstruo. Aunque parezca imposible constituye una amenaza potencial para todo el orden cósmico: todo lo que toca muere, pues su poder aterrador llega a transformar lo orgánico en inorgánico, lo vivo en materia inanimada. En cierto modo es lo contrario a un creador del mundo, una especie de antidiós, por no decir un demonio. Las hojas, las ramas de los árboles, las flores, los pájaros y demás animales que agarra dejan de ocupar su lugar y su función en el seno del universo con el que un instante antes vivían todavía en perfecta armonía. Basta con que Midas los toque para que su naturaleza cambie; su poder devastador puede ser infinito, no tener límite: nadie sabe hasta dónde puede llegar. En último extremo, todo el cosmos podría encontrarse alterado: imagina que Midas viaja, que consigue transformar nuestro planeta en una bola metálica gigantesca, dorada pero muerta, desprovista por completo de las cualidades que los dioses habían logrado conferirle al principio, en el momento del reparto primitivo del mundo que Zeus realiza después de su victoria sobre las fuerzas caóticas de los Titanes, los Gigantes y de Tifón. Eso habría sido el fin de toda vida y toda armonía.

Si a pesar de lo anterior se quiere hacer una comparación con el cristianismo, se debe profundizar mucho más de lo que se piensa espontáneamente. Como el mito del doctor Frankenstein, que se inspira en leyendas antiguas nacidas en la Alemania del siglo XVI, las desventuras del rey Midas nos cuentan en realidad la historia de un desposeimiento trágico.

El doctor Frankenstein querría también ser un igual de los dioses. Sueña con dar la vida, como lo ha hecho el creador. Pasa toda su existencia buscando cómo lograr reanimar a los muertos. Y un buen día lo consigue. Ha hecho acopio de cadáveres que roba del depósito del hospital y, utilizando la electricidad del cielo, logra reavivar al monstruo que ha fabricado a partir de los cuerpos en descomposición. Al principio todo va bien y Frankenstein se cree un verdadero genio de la medicina. Pero poco a poco el monstruo se independiza y logra escaparse. Como su aspecto es abominable, siembra el terror y la desolación allá por donde pasa, de modo que de rebote se vuelve malvado y amenaza con destruir la tierra y sus habitantes. Desposeimiento trágico: la criatura ha escapado de su creador que, por así decirlo, se queda frustrado. Ha perdido el control, lo que, dentro de la perspectiva cristiana que domina este mito, significa que el hombre que se cree Dios está abocado al desastre.

El mito de Midas se debe entender en un sentido análogo, incluso si el dios, o mejor dicho los dioses griegos de que se trate, no son los de los cristianos. Al igual que Frankenstein, Midas ha querido atribuirse con el toque dorado un poder divino, una capacidad que sobrepasa con mucho toda sabiduría humana, empezando por la suya, ya tan reducida de por sí: la de trastornar el orden cósmico. Y lo mismo que el doctor Frankenstein, pronto pierde el control sobre sus nuevas atribuciones. Lo que creía dominar se le escapa por todas partes, de modo que no le queda más remedio que suplicar a la divinidad, en este caso Dioniso, que le devuelva su condición de simple humano.

De una manera muy significativa, esta misma amenaza de caos a causa de la hybris es la que aparece de nuevo en la segunda parte del mito de Midas, en el transcurso de la cual Apolo castigará sin piedad a este pobre pánfilo. 



De cómo Midas recibe unas orejas de burro: un concurso musical entre la flauta de Pan y la lira de Apolo. 
 
Continuemos el relato del mito en la versión de Ovidio.

Al parecer Midas se ha calmado después de haberse estrellado con su desgraciado toque dorado. Parece que al final se ha vuelto más humilde, casi modesto. Lejos de los fastos y del lujo que esperaba de su oro, vive retirado en el bosque. Alejado de su espléndido palacio, se contenta con una vida rústica y sencilla, en los campos y las praderas que le gusta recorrer solo o a veces en compañía de Pan, el dios de los pastores y de los bosques. Debes saber que Pan se parece extrañamente a Sileno y a los Sátiros. En efecto, es también un dios de una fealdad horrorosa en sentido literal: todo el que lo ve se queda espantado, paralizado por ese miedo denominado «pánico» en honor a su nombre, pero el homenaje que se le rinde es muy negativo. Por su aspecto, Pan es mitad hombre, mitad animal: muy velludo, deforme, posee la cornamenta y las piernas, o mejor dicho las patas, de un macho cabrío. De nariz aplastada, como Sileno, barbilla prominente, orejas enormes y peludas como las de un caballo, el pelo erizado y sucio como el de un mendigo... A veces se afirma que su propia madre, una ninfa, se horrorizó tanto el día de su nacimiento que lo abandonó. Hermes lo habría recogido y conducido al Olimpo para mostrárselo a los demás dioses, que literalmente habrían estallado en carcajadas, divertidos a más no poder ante tanta fealdad. Sus deformidades seducen a Dioniso, al que por principio le gusta todo lo que es extraño y diferente, por lo que decide que más adelante haría de él uno de sus compañeros de juegos y de viajes... Es un prodigio de fuerza y rapidez, y pasa la mayor parte de su tiempo persiguiendo ninfas, pero también muchachos jóvenes de los que trata por todos los medios de obtener favores. Se afirma incluso que un día que perseguía a una joven ninfa llamada Siringe, ésta prefirió suicidarse tirándose a un río antes que ceder a su acoso... Entonces, Siringe se transformó en una caña ribereña; Pan agarró el tallo todavía tembloroso y lo transformó en flauta, que en adelante será su instrumento fetiche, la famosa «flauta de Pan» que hoy día todavía se toca. Muchos siglos después, Debussy, uno de nuestros compositores más importantes, escribirá una obra para este instrumento (en realidad una flauta travesera), obra que llamará precisamente Siringe en recuerdo de la desdichada ninfa... A menudo se ve al dios Pan, como a Sileno y a los Sátiros, en compañía de Dioniso, bailando como un demonio, con cara de pocos amigos y bebiendo vino hasta el delirio: hay que decir que este dios no tiene nada de mico». No es un artesano del orden, sino más bien un ferviente aficionado a todos los desórdenes. Está claro que pertenece a la estirpe de las fuerzas del caos hasta el punto de que ciertos relatos no dudan en afirmar que es hijo de Hybris, la diosa de la desmesura...

De ahí la sospecha de que Midas, a juzgar por sus compañías, tal vez no ha sentado tanto la cabeza como podría parecer. Sin contar con que su estupidez y su torpeza mental siguen bien ancladas en su pobre cabeza. Un día que Pan está tocando su famosa flauta con la intención de seducir a unas muchachas, el dios se deja llevar por la soberbia, como es normal en este tipo de circunstancias, y declara que su talento para la música supera incluso al de Apolo. Y no pudiendo soportarlo más, en el colmo de la hybris, llega hasta el punto de desafiar a ese señor del Olimpo. Enseguida se organiza un concurso entre la lira de Apolo y la flauta de Pan. Y se elige a Tmolo, una divinidad de la montaña, como juez. Pan empieza a soplar su instrumento: los sonidos que salen de él son roncos, toscos, a imagen de quien lo toca. Está claro que tiene su encanto, pero un encanto bruto por no decir bestial: el sonido que el soplo hace salir de los tubos de caña es idéntico al del viento. En cambio, la lira de Apolo es un instrumento muy sofisticado: explota con exactitud matemática la relación entre la longitud de las cuerdas sus tensiones respectivas, asegurando una gran precisión de las cuerdas y un rendimiento que es como un símbolo de la armonía, también muy sofisticada, que los dioses han instituido a escala del universo. Es un instrumento delicado y a la vez culto: al contrario de la rusticidad de la flauta, la seducción que suscita está repleta de dulzura.

El público se queda embelesado y elige a Apolo por unanimidad... menos una voz: la de ese gran zoquete de Midas, que eleva una opinión disonante dentro del coro de elogios que rodea a Apolo. Acostumbrado a la vida del bosque y del campo, y amigo de Pan, Midas ha perdido el sentido de la educación y declara alto y claro que prefiere, con mucho, el sonido gutural de la flauta a las armonías delicadas de la lira. ¡Ay de él!. No se desafía a Apolo impunemente, y como siempre en estos casos, el castigo estará en conformidad con la naturaleza del «delito» cometido por el infortunado Midas: su pecado es de oído y de inteligencia al mismo tiempo, luego entonces será castigado por las orejas y la mente.

He aquí de qué manera, de nuevo según Ovidio:

El dios de Delos (Apolo) no quiere que orejas tan vulgares conserven la forma humana: las alarga, las llena de pelos grises. Hace la raíz flexible y les da la facultad de moverse en todos los sentidos. Midas tiene todo el resto de un hombre. El castigo sólo atañe a esa parte de su cuerpo. Está rematado con las orejas de un burro de paso lento...

Con sus nuevas orejas de burro, Midas se muere de vergüenza. Ya no sabe qué hacer para disimular a los ojos del mundo la fealdad que desde ahora lo envuelve, fealdad que lo muestra ante los otros no sólo como un ser desprovisto de oído y de sentido musical, sino también como un imbécil que no tiene más cabeza que un rumiante. Trata de ocultar sus nuevos atributos bajo diferentes tocas, gorros y cintas con las que se envuelve la cabeza cuidadosamente. No tiene suerte, su peluquero se da cuenta y no puede evitar hacerle el comentario: «Majestad, ¿pero qué le ocurre? Se diría que tiene usted orejas de burro...». Midas se lo toma a mal, pues tampoco brilla por su simpatía: acto seguido le jura que si por casualidad se le ocurre desvelar a los demás lo que acaba de descubrir, lo torturará y lo matará. El desdichado peluquero hace todo por conservar el secreto para sí. Pero al mismo tiempo —ponte en su lugar— se muere de ganas de contárselo a sus amigos, a su familia, y tiembla ante la idea de que un día, sin darse cuenta, se le escape una palabra de más. Para descargarse de ese peso tiene una idea: «Voy a cavar», se dice, «una gran fosa, luego confiaré mi secreto a las profundidades de la tierra y la volveré a tapar enseguida. Así me quitaré una carga demasiado pesada para mí». Dicho y hecho. Nuestro peluquero encuentra un rincón alejado de la ciudad, cava la tierra y grita y hasta aúlla su mensaje, vuelve a tapar el agujero con cuidado y regresa a su casa con el corazón al fin ligero. Pero en primavera un tupido bosque de cañas crece sobre la tierra recién removida. Y cuando el viento sopla se oye una voz formidable que se eleva, se ahueca y aúlla a quien quiere oírla: «El rey Midas tiene orejas de buuuurro, el rey Midas tiene orejas de buuuurro...».

Y así es cómo Apolo castiga a Midas por su falta de discernimiento. Tal vez me dirás que esta vez no se comprende muy bien en qué amenazaba el pobre Midas el orden del mundo. La verdad es que ha desafiado a un dios, y a uno de los principales, ya que Apolo, que es el dios de la música y de la medicina, es uno de los Olímpicos. Pero en fin, después de todo sólo se trataba de una cuestión de gusto en la que cada uno tiene perfecto derecho a decir lo que piensa, y sí Apolo se ha sentido herido ha sido en su amor propio, incluso en su vanidad. Por eso su reacción parece excesiva, por no decir un poco ridícula... Sin embargo, esta impresión sólo se mantiene si no prestamos atención a los detalles de la historia y nos contentamos con juzgarla desde un punto de vista moderno. Porque si reparamos en esos detalles, se trata aquí, como en la conclusión del combate de Zeus contra Tifón, de una disciplina, la música, con la cual no se bromea: ella pone en juego directamente nuestra relación con la armonía del mundo. Como te he explicado, la lira es un instrumento armónico, mientras que con la flauta sólo se puede tocar una nota a la vez y por eso es «melódica»: con la lira, como con una guitarra, se puede acompañar un canto, y aunque los griegos ignoran la armonía en el sentido en que la entenderán compositores como Rameau o Bach, así y todo empiezan a crear consonancia combinando más o menos sonidos diferentes, mientras que con la flauta esta armonización de la diversidad resulta del todo imposible. Bajo la apariencia de un certamen únicamente musical, en realidad se representa la oposición frontal entre dos mundos, el de Apolo, culto y armonioso, y el de Dioniso, de quien Pan es muy amigo, caótico y desordenado como una de sus fiestas que en un instante puede pasar al horror. En las famosas bacanales que organizan Dioniso y los suyos —así es como se denominan las fiestas dionisíacas— ocurre que las mujeres que rodean al dios, las «bacantes», se entregan a orgías que sobrepasan el entendimiento: bajo la influencia del delirio dionisíaco, persiguen a animales jóvenes y los despedazan vivos, los devoran crudos y, a veces, no son sólo animales a los que hacen sufrir las peores abominaciones, sino a niños e incluso a adultos como Penteo, rey de Tebas, que acabará destrozado por sus garras y devorado con sus dientes. Para que calibres lo brutal que puede ser la oposición de esos dos mundos, el cósmico de Apolo y el caótico de Dioniso, sería útil que te contara una versión más dura de este mismo certamen musical: la que representa el suplicio atroz del desdichado Marsias.
   
Una versión sádica del certamen musical: 
el suplicio atroz del Sátiro Marsias
Un mito análogo al que acabamos de descubrir cuenta, en efecto, una historia muy parecida a la del certamen que enfrenta a Apolo y a Pan. Salvo que aquí se trata de un sátiro, Marsias (o un sueno: a decir verdad, qué más da, pues esos dos tipos de seres que pertenecen al séquito de Dioniso son casi semejantes, los dos se caracterizan por un cuerpo mitad humano, mitad animal, así como por una fealdad que sólo es comparable a su apetito sexual...); Marsias es el que aquí desempeña el papel de competidor de Apolo. Ahora bien, al igual que Pan, pasa también por ser el inventor de un instrumento musical, el «aulos» (una especie de oboe de dos tubos con el que sin embargo no se tocaba más que una sola nota a la vez). Si hemos de creer al poeta griego Píndaro (siglo v a.C.), el primero en mencionar esta historia, en realidad fue la diosa Atenea la primera en idear y fabricar este instrumento. Merece la pena contar la historia de cómo tiene la idea y luego la rechaza: indica lo maldito que está el sonido de la flauta a los ojos de la diosa.

El asunto comienza con la muerte de Medusa. Según la mitología, existían tres seres extraños y maléficos denominados Gorgonas. Su aspecto era espantoso, mucho peor que el de Pan, el de los Sueños y el de los Sátiros: su cabellera estaba hecha de serpientes, unos colmillos enormes de jabalí les salían de la boca, sus manos con garras eran de bronce y sobre la espalda portaban unas alas de oro que les permitían atrapar a sus presas en cualquier circunstancia.. Lo peor de todo es que de una sola mirada podían transformar en estatua de piedra a todo aquel que tuviera la desgracia de mirarlas a los ojos. Por este motivo, en la actualidad se llama gorgonas a esas plantas acuáticas que se yerguen muy tiesas en el agua como si la mirada funesta de uno de estos tres monstruos las hubiera petrificado. Ahora bien, estas tres hermanas, si bien terroríficas para los humanos, se querían con ternura. Dos de ellas eran inmortales, pero la tercera, de nombre Medusa, no lo era. El héroe griego Perseo la matará en circunstancias que te contaré más adelante y, según Píndaro, al oír a las hermanas de Medusa aullar de dolor cuando Perseo exhibió la cabeza cortada de la Gorgona fue cuando Atenea tuvo la idea de la flauta. Hay que decir que este instrumento vio la luz en unas circunstancias como mínimo alejadas de la armonía y del civismo que caracterizarán a la lira de Apolo.

Conocemos la continuación de la historia a través de otro poeta, también del siglo V a.C., Melanípides de Melos.

Atenea, que como recuerdas no es solamente la diosa de la guerra, sino también la de las artes y las ciencias, está muy orgullosa de su nuevo invento. Y tiene por qué. Después de todo, no se inventa todos los días un instrumento musical que milenios después se toca todavía en todos los países del mundo. Pero al darse cuenta de que cuando toca su «aulos» sus mejillas se inflan de un modo ridículo y los ojos se le salen de las órbitas —y todos los que tocan el oboe, que me perdonen, conservan hoy todavía los mismos gestos extraños que debía de hacer Atenea— lo tira al suelo y lo pisotea con rabia. Lo que significa que este instrumento afea, rompe la armonía del rostro —segundo punto en contra—. Hera y Afrodita, que como sabemos no brillan por su caridad y nunca desperdician la ocasión de demostrar sus celos hacia Atenea, observan los ojos desorbitados y las mejillas infladas de la diosa y estallan en carcajadas de manera ostensible. Se burlan de ella y se mofan abiertamente de su aire estúpido cuando sopla por el tubo. Ofendida hasta la médula, Atenea huye lejos para comprobar el efecto que produce. Corre a buscar una fuente clara, un charco o un lago para ver el reflejo de su rostro. Una sola vez, a resguardo de la mirada de las dos malvadas, se inclina sobre el agua y, en efecto, no puede impedir constatar que, cuando toca, su cara se deforma por completo, hasta el punto de volverse grotesca. No sólo tira el instrumento a lo lejos, sino que lanza un hechizo al que lo encuentre y tuviera la audacia de utilizarlo.

Ahora bien, resulta que es Marsias quien encuentra la flauta de Atenea cuando recorría los bosques, como era su costumbre, persiguiendo alguna ninfa. Y por supuesto, cae bajo el hechizo del caramillo que le va de maravilla, a él que es tan poco armonioso. Y lo utiliza tanto y tan bien que acaba por creerse superior al propio Apolo hasta el punto de desafiarlo a un concurso en el que además comete el craso error de elegir a las Musas como jueces. Apolo aceptará el reto con una condición: el que gane podrá hacer con el vencido lo que quiera. Apolo es, desde luego, el vencedor —continuando la labor de Zeus contra Tifón y todas las fuerzas del caos: con su lira hace triunfar la armonía frente a la melodía ronca y tosca de la flauta—. Pero esta vez no se contenta, como lo había hecho con Midas, con un castigo leve y proporcionado al hurto cometido. Lo había avisado: el vencedor podrá disponer del vencido a su antojo, gracias a lo cual Apolo sencillamente hace despellejar vivo al desdichado Marsias. La sangre que brota de todas partes se transformará en río y su piel servirá para marcar el emplazamiento de la gruta en la que a partir de ahora nace el curso de agua...

En sus fábulas, Higinio resume así el asunto; como de costumbre, cito el texto original para que veas en qué términos se relataban los mitos en la Antigüedad:

Minerva (Atenea), dicen, fue la primera en fabricar una flauta con un hueso de ciervo y vino a tocar al banquete de los dioses. Como Juno (Hera) y Venus (Afrodita) se burlaban de ella porque tenía los ojos del todo inexpresivos y las mejillas hinchadas, Minerva (Atenea), de ese modo afeada y burlada durante su interpretación, se acercó a una fuente, en el bosque del Ida, se miró en el agua mientras tocaba y comprendió que con razón se habían burlado de ella. Entonces tiró ahí su flauta y juró que el que se apoderara de ella sufriría un suplicio horroroso. Uno de los Sátiros, Marsias, pastor, hijo de Olimpo, la encuentra y a fuerza de entrenamiento va obteniendo un sonido cada vez más agradable, hasta el punto de retar a Apolo y su cítara a un concurso musical. Cuando llegó Apolo tomaron a las Musas de jueces y como Marsias iba saliendo vencedor, Apolo dio la vuelta a la cítara y el sonido era igual. Pero Marsias no pudo hacer lo mismo con la flauta. Vencido Marsias, Apolo le envió a un Escites que le despellejó miembro a miembro... y su sangre dio nombre al río Marsias. 

 
Si Ovidio viviera en nuestros días le hubiera gustado escribir guiones de películas de terror, pues en estos términos relata el suplicio infligido por Apolo (como siempre, indico mis comentarios entre paréntesis y en cursiva):

Al Sátiro que él había vencido en el combate de la flauta ideada por la diosa del Tritón (es decir, Atenea, a quien Ovidio nombra así debido al río Tritón cerca del cual se supone que nació Atenea): «¿Por qué me arrancas de mí mismo?», preguntó (expresión que, claro está, significa que Apolo le arranca la piel al Sátiro y en cierto modo le separa así de sí mismo). Y gritaba: «¡ Ay, cuánto me arrepiento! ¡Ay, una flauta no merece pagar un precio tan alto!». A pesar de sus gritos le arrancan la piel de todo el cuerpo; no es más que una llaga. Su sangre corre por todas partes; sus músculos desnudos aparecen con toda claridad; un movimiento convulsivo hace estremecer sus venas, despojadas de la piel; se podrían contar sus vísceras palpitantes y las fibras que la luz ilumina en su pecho. Las faunas campestres, divinidades de los bosques, los Sátiros, sus hermanos, Olimpo (el padre de Marsias)... y las ninfas lo lloraran. Sus lágrimas, al caer, bañarán la tierra fértil... Así nació un río... al que llaman Marsias, el más límpido de Frigia.

Como ves, aquí el castigo es terrible, mil veces peor que el infligido a Midas. Las dos historias, la de Marsias en donde los jueces son unas Musas y la de Pan, en la que Midas y Tmolo ostentan esa función, no son por eso menos cercanas. Al parecer se las confunde a menudo. En los dos casos, la música, arte cósmico por excelencia, está hay que vérselas con un conflicto entre un dios que ante todo aspira a la armonía, y unos seres caóticos, dotados de instrumentos rústicos que no seducen más que a unas mentes mal desbastadas como las de Tifón y Midas. Por otra parte, Ovidio puntualiza en este sentido que Midas, después de sus desventuras en el Pactolo, sólo vive en los bosques, como Pan, en contacto, pues, con las realidades menos civilizadas: por esta razón prefiere, como un burro, los sonidos roncos y toscos de la flauta de Pan a los sonidos armoniosos y dulces de la lira de Apolo. Hay que decir que esta lira, de la que se extraen acordes tan armoniosos, posee toda una historia. No es un instrumento ordinario, sino que, según otro mito narrado sobre todo en los Himnos homéricos, probablemente desde el siglo VI a.C., es en verdad un instrumento divino: el propio Hermes lo ha inventado, lo ha fabricado y se lo ha regalado a Apolo al término de una aventura bastante singular que ahora te voy a contar...


La invención de la lira, instrumento cósmico, por parte de Hermes, y el contraste entre lo apolíneo y lo dionisiaco.

Hermes es uno de los hijos predilectos de Zeus. Incluso ha hecho de él su principal embajador, el que envía cuando tiene que transmitir un mensaje muy importante. Su madre es una ninfa bellísima, Maya, una de las siete Pléyades, hijas de una tal Pleíone y del Titán Atlas al que Zeus ha castigado obligándole a llevar el mundo sobre sus hombros. Es poco decir que el pequeño Hermes es increíblemente precoz. «Nacido por la mañana —nos dice el autor del himno homérico—, tocaba la cítara ya al mediodía y por la tarde robó las vacas del arquero Apolo...». Un primer día de existencia un tanto cargado: para ser un bebé que apenas tiene unas horas de existencia, Hermes es ya un músico consumado y un ladrón sin par. Figúrate que desde que abre el ojo, recién salido del vientre de su madre, el pequeño Hermes se pone enseguida a buscar las vacas del rebaño de Apolo. De camino, encuentra una tortuga que vive en la montaña y se parte de risa: desde el principio, sólo con ver al desdichado animal, ha comprendido todo el partido que le podía sacar. Vuelve enseguida a su casa, vacía al pobre animal, mata una vaca, extiende su piel sobre el contorno del caparazón, fabrica unas cuerdas con sus tripas y unas clavijas para tensarlas con unas cañas. Ha nacido la lira, con la cual puede producir sonidos de una gran precisión y más armoniosos que los de la flauta de Pan. No contento con este primer invento, vuelve a salir en busca de las vacas inmortales de su hermano mayor.

Al ver el rebaño, se lleva cincuenta animales y para que su robo pase desapercibido los conduce marcha atrás no sin antes haber atado a sus pezuñas una especie de raqueta de hierba que ha confeccionado a toda prisa para camuflar sus pisadas. Conduce los animales a una gruta. Unos minutos más y él solo reinventa el fuego. Sacrifica dos vacas a los dioses y el final de la noche lo pasa dispersando las cenizas del hogar... Luego entra en su propia cueva, donde Maya lo concibió, donde se halla su cuna, y se duerme poniendo cara de recién nacido inocente como un corderillo... Al regañarle su madre, responde sencillamente que está harto de su pobreza y que quiere ser rico. Ya se comprende por qué motivo llegará también a ser el dios de los comerciantes, de los periodistas y de los ladrones. Primer día de un bebé divino más bien muy cargado...

Apolo, por supuesto, acaba descubriendo el pastel. Cuando encuentra al bebé de Zeus, amenaza con tirarlo al Tártaro si no le devuelve sus vacas. Hermes jura por sus dioses mayores (y nunca mejor dicho) que es inocente. Apolo lo alza para tirarlo a lo lejos, pero Hermes le cuenta una trola para que lo suelte y finalmente el litigio se lleva ante el tribunal de Zeus... que también estalla en carcajadas ante tanta precocidad. De hecho está muy orgulioso de su hijo pequeño. El conflicto prosigue entre Apolo y Hermes, pero este último saca el arma definitiva, su lira, y la toca con tanto arte que Apolo, al igual que Zeus, acaba por derretirse y cae literalmente bajo el encanto del chiquillo. Apolo, dios de la música, está atónito y seducido por la belleza de los sonidos que salen de ese instrumento que no conoce todavía. A cambio de la lira, promete a Hermes que le hará rico y famoso. Pero el pequeño sigue negociando y regateando, y obtiene además la custodia de los rebaños de su hermano mayor. En un rasgo de generosidad, Apolo le regala incluso el látigo de pastor y la varita mágica de la riqueza y la opulencia, la que servirá para crear el emblema de Hermes, el famoso caduceo cuya historia te contaré enseguida...

En este contexto es donde aparece la lira como prototipo de instrumento divino, como el atributo por excelencia de Apolo. Para entender el alcance del mito de Midas —que en general se considera secundario, pero sin razón—, es necesario comprender que Apolo está de parte de Zeus, es decir, de los Olímpicos que luchan constantemente a favor de la instauración de un orden cósmico o de su mantenimiento. Este orden es al mismo tiempo justo (pues resulta del reparto original establecido por Zeus después de su victoria sobre los Titanes), espléndido, bueno y armonioso. Ahora bien, las fuerzas telúricas de Caos y de sus numerosos y variados descendientes desde Tifón amenazan constantemente esta armonía frágil. Apolo representa aquí una fuerza olímpica, anticaótica, antititánica y vinculada al célebre «Conócete a tí mismo» que adorna su templo en Belfos; es decir, como te he explicado: «Entérate de dónde está tu sitio, tu lugar natural, y quedate en él». Sin hybris, sin arrogancia ni desmesura que vengan a perturbar la buena ordenación cósmica. Si a Apolo le gusta la música es porque es una metáfora del cosmos. En muchos aspectos, Dioniso es lo contrario de Apolo. Evidentemente, Dioniso también es un Olímpico, un hijo de Zeus, y más adelante veremos cómo se unen en él el cosmos y el caos, la eternidad y el tiempo, la razón y la locura. Pero ante todo, lo que choca de él es su lado «acósmico»: le gusta la fiesta, el vino y el sexo hasta la locura asesina que se apodera de las mujeres que forman su cohorte. Dioniso es también, desde luego, un dios de la música, pero la música que le gusta no es la de Apolo: no es dulce de otro modo, no suaviza las costumbres, al contrario, expresa de una manera voluntariamente indecente el canto de las pasiones más antiguas. Lo que explica que su instrumento fetiche sea la flauta de Pan o de Marsias.

He aquí lo que el joven Nietzsche escribió, con mucha precisión y profundidad, sobre la diferencia entre Apolo y Dioniso:

Apolo, dios ético, demanda moderación de los suyos y, para poder mantenerla, conocimiento de sí mismos. Es por ello que el «Conócete a ti mismo» y el «Nada en exceso» marchan a la par que la exigencia estética, mientras que el exceso de orgullo y la desmesura, demonios entre todos los enemigos de la esfera apolínea, se consideraron atributos propios de los tiempos preapolíneos, de la era de los Titanes o del mundo extraapolíneo, es decir, bárbaro... El griego apolíneo debía sentir la acción de lo dionisiaco como titánica y bárbara, sin poder ocultarse no obstante que en el fondo de su ser él estaba emparentado con esos Titanes... Además, debía comprender que toda su existencia, con su belleza y su moderación, descansaba sobre un fondo velado de sufrimiento y de conocimiento que lo dionisiaco volvía a poner al descubierto. Y he aquí que Apolo no podía vivir sin Dioniso. El elemento titánico y bárbaro era en definitiva tan necesario como lo apolíneo. Imaginemos el efecto que la fiesta dionisíaca, con sus músicas embriagadoras, producía sobre ese mundo protegido artificialmente y edificado sobre la apariencia y la moderación... Imaginemos qué podía significar, frente a esos cantos populares demoníacos, el artista apolíneo con su salmodia y los sonidos exangües de su arpa... La desmesura se desveló como verdad, la contradicción, la alegría nacida del dolor hablaban un lenguaje que brotaba del corazón de la naturaleza. De modo que en todos los lugares conquistados por lo dionisíaco quedó abolido y destruido lo apolíneo. 

 
Nietzsche es por su parte un buen músico y ha comprendido perfectamente tres cosas fundamentales. La primera es que el tema del certamen musical no es anecdótico, sino esencial dentro de la mitología, y ello por una razón de fondo: ya que pone en el corazón del arte la idea de armonía, la música es un metáfora, un análogo del cosmos o, como él mismo escribió, «una réplica y una segunda versión del universo»; la segunda es que en el enfrentamiento entre Apolo y Dioniso —aquí son los representantes de este último, Pan o Marsias, los que salen a escena, pero todo el mundo comprende que se trata de narices postizas, personajes que sólo representan a Dioniso—, de nuevo, como siempre desde los orígenes del mundo, lo que está en juego es la cuestión del caos y del cosmos, de lo titánico caótico y de lo olímpico cósmico; y la tercera, es que si bien los dos universos divinos, el que simboliza Apolo, armonioso y tranquilo, y el que representa Dioniso, contradictorio y destrozado, se enfrentan al parecer de un modo absoluto, en realidad son inseparables: sin la armonía cósmica, el caos triunfa y todo se destruye, pero sin el caos, el orden cósmico se anquilosa y la vida y la historia desaparecen por completo.

En la época en la que escribe su libro sobre la tragedia griega, Nietzsche está profundamente influido por un filósofo, Schopenhauer, al que considera su maestro (y del acaba de publicar un libro importante cuyo título resulta a primera vista poco comprensible: Del mundo como voluntad y como representación. Sin pretender resumirlo aquí — un libro voluminoso y muy difícil—, puedo sin embargo hacer que comprendas uno de sus principales leit motivs: la convicción que impulsa a Schopenhauer, y de la que Nietzsche se va a servir para leer a los griegos, es que nuestro universo está dividido en dos. De un lado, hay un flujo caótico inmenso, desordenado, destrozado, absurdo y sin sentido, en su mayor parte inconsciente, que Schopenhauer denomina «la voluntad»; del otro, por el contrario, hay un intento desesperado de poner las cosas en claro, de poner orden, de volver a la tranquilidad, a la conciencia, de dar sentido, armonía: es lo que él llama «la representación». Nietzsche abandona esta distinción sobre el mundo griego: al universo de la voluntad, absurdo y destrozado, le corresponde el caos inicial de las fuerzas titánicas, y la divinidad que mejor lo encarna, al menos dentro del Olimpo, es Dioniso; al mundo de la representación le corresponde el orden cósmico instaurado por Zeus, con su armonía, su calma y su belleza. Está, claro que la lira de Apolo pertenece al mundo de la representación en opinión de Schopenhauer, y la flauta, dionisíaca, titánica, caótica, inculta y anticósmica, corresponde al otro mundo, al de la voluntad según Schopenhauer. Además, siempre habrá dos músicas enfrentadas: la armónica, dulce, cósmica y culta por una parte, y por otra la música disonante, caótica y ronca que imita las pasiones inconscientes de la voluntad en estado bruto. A decir verdad, toda música lograda, a imagen del cosmos griego, está obligada a mezclar los dos universos... Midas, ser grosero y cercano a la naturaleza, se inclina del lado de lo dionisíaco. No es una casualidad que Dioniso, al igual que Sileno y Pan, sea amigo suyo; tampoco es una casualidad que los miembros del séquito dionisíaco sean a menudo seres mitad animales, mitad hombres, rebosantes de apetito sexual y aficionados a las fiestas delirantes y carentes de moderación...

Dicho de otro modo, lo que se interpreta, o más bien se reinterpreta, en la pequeña fábula de Midas es, en apariencia, pero una apariencia anodina del todo, otra vez la victoria de Zeus contra los Titanes, y si Apolo se pone tan furioso no es porque esté «ofendido», como a veces se dice estúpidamente —¿qué más le da a él, divinidad sublime, la opinión de ese pobre imbécil de Midas?— sino porque debe luchar, por naturaleza, contra toda forma de hybris. Su misión divina, olímpica, es combatirla de raíz. Castigo para Midas, que recibe uno acorde con el origen de su pecado, en este caso los oídos, y proporcional a la gravedad de la falta. Suplicio atroz para Marsias: Midas es un cretino, un palurdo que no ha entendido en absoluto el envite cósmico del concurso musical. Merece que lo pongan en su sitio, el de un animal estúpido, un burro. Un simple castigo es suficiente para él. Pero en el caso de Marsias debe ser ejemplar: Marsias es una amenaza, a diferencia de Midas ha desafiado directamente a un dios y no se explica la violencia de su castigo si no se comprende que un desafío semejante es tanto más insoportable cuanto que el orden cósmico no es más que una conquista frágil, superficial mejor dicho: bajo esta superficie aparentemente ordenada y tranquila, el mar del caos amenaza siempre con resurgir.

Como no se comprendía la furia de Apolo, ciertos mitógrafos han llegado a inventar que después de haber matado a Marsias se había arrepentido, pero es una invención personal de estos autores, y no la verdad del mito.

Así que ya ves que la historia de Midas, que más bien empezaba de una manera cómica, sorprendentemente acaba en tragedia; después de todo, una de las competencias más seguras y poderosas de la tragedia griega residirá en esta brutalidad con la que el cosmos escarnecido en la persona de los dioses recupera sus derechos contra la hybris humana...

Pero no anticipemos demasiado. Como te he dicho, todavía no estamos ahí y a pesar de esta pequeña divagación a guisa de aperitivo, en la fase en la que nos encontramos todavía no se ha fijado el lugar de los mortales, y sobre todo de los hombres (puesto que también están los animales). Se sabe dónde están los Titanes y Tifón con ellos —en el Tártaro, fuertemente encadenados y custodiados por los Hecatónquiros—, pero la amenaza de caos que representan está en adelante bien delimitada. Igualmente se conoce el lugar o la misión que corresponde a cada dios en particular: el mar a Poseidón, los infiernos a Hades, la tierra a Gea, el cielo a Urano, el amor y la belleza a Afrodita, la violencia y la guerra a Ares, la comunicación a Hermes, la inteligencia, las artes y la astucia a Atenea, el fondo de las tinieblas a Tártaro, etcétera. Pero en este universo organizado bajo la égida de Zeus, ¿cuál es el lugar que les corresponde a los mortales? En esta fase nadie puede decirlo todavía.

Ahora bien, es evidente que la cuestión es fundamental, pues, una vez más, son por supuesto los seres humanos los que han inventado estas historias, todo este dispositivo teológico y cosmológico prodigiosamente sofisticado. Y si lo han inventado ellos, seguramente no ha sido en vano, sólo para divertirse, sino para dar sentido al universo que les rodea y a la vida que deben llevar en él, para tratar de comprender lo que hacen en esta tierra y tratar de fijar el sentido de su existencia. La cultura griega empezará a responder a este interrogante fundamental con tres mitos inseparables entre ellos: el mito de Prometeo, el de Pandora (la primera mujer) y el famoso mito de la edad de oro. En un poema titulado Los trabajos y los días, Hesíodo se ha ocupado de relacionar estrechamente estos tres relatos llamados a pasar a la posteridad tanto en la literatura como en el arte y la filosofía. Así que ahora te propongo que los sigas. Luego podremos dedicarnos a los grandes relatos míticos que se asientan sobre hybris y diké, sobre las desmesuras locas perpetradas por determinados seres o los actos heroicos y justos realizados por otros, los que generalmente se denominan héroes.

Luc Ferry
LA SABIDURÍA DE LOS MITOS 
APRENDER A VIVIR 2 
TAURUS 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Aracné




ARACNE 

Vivía en Hipepa, pequeña ciudad de Lidia, una doncella de humilde origen llamada Aracne. Su padre Idmon era tintorero en púrpura en Colofón, y también su madre, muerta en edad temprana, descendía de padres pobres. Con todo, en las ciudades lidias era muy apreciado el nombre de Aracne, debido a que la doncella superaba, en habilidad y ligereza, a todos los tejedores mortales; incluso las ninfas de la cordillera de Tmolo, rica en viñedos, y las del río Pactolo, acudían a la humilde cabaña de la joven para admirar su trabajo. Arte y pobreza, en ninguna parte se habían visto más estrechamente unidas que allí. Tanto si Aracne devanaba la lana bruta como si la estiraba en hebras más y más finas, ora hiciera girar el huso con el ágil pulgar, ora bordara con la aguja, siempre hubiérase dicho que la misma Palas Atenea la había enseñado. Pero Aracne no quería saber nada de eso y con frecuencia exclamaba, ofendida: 

-¡Yo no aprendí mi arte de la diosa! Que venga ella a medirse conmigo. ¡Si me vence, estoy presta a aceptar cualquier castigo! 

Atenea escuchaba sus jactancias con disgusto y, adoptando la figura de una viejecita, cubrióse la frente de canas y empuñó un báculo con mano marchita. Así transformada, presentóse en la cabana de Aracne y le dijo: 

—No todo son males en la vejez, pues con los años crece la experiencia. Así que no desprecies mi consejo. Entre los mortales, procura ganar fama de ser la mejor tejedora; pero ante una diosa, humíllate. Pídele perdón por tus palabras temerarias y ella perdonará gustosa a la arrepentida. 

Aracne, con hosca mirada, dejó caer de sus manos la hebra y replicó con voz que temblaba de ira: 

-Eres necia, anciana; el peso de los años ha debilitado tu cabeza. No es bueno vivir demasiado. Ve a predicar esas sandeces a tu hija, yo no necesito de tus consejos y desprecio tus amonestaciones. ¿Por qué no viene Palas en persona? ¡Por que rehuye medirse conmigo? 

Aquellas palabras pusieron fin a la paciencia de la diosa. 

—¡Aquí la tienes! —exclamó, adoptando su verdadera figura celestial. 

Las ninfas y las mujeres lidias que se encontraban presentes cayeron de hinojos a los pies de la divinidad; sólo Aracne se mantuvo impasible; sólo un leve sonrojo pasó por su rostro altanero, pero la joven permaneció obstinada en su resolución. Dominada por el deseo de una necia victoria, se precipita ella misma contra su temible destino. La hija de Zeus, cesando en sus advertencias, aceptó el reto. 

Colocaron una y otra el telar en sitio distinto y pusieronse a mover con brío las hábiles manos. Entretejían artísticamente púrpura y otros mil colores difíciles de distinguir para el ojo no avezado; mezclan con las hebras hilos de oro, y muy pronto las miradas estupefactas de los presentes pudieron contemplar obras maravillosas. 

Atenea bordó la peña de la ciudadela ateniense y su disputa, tantas veces cantada, con el dios de los mares por la posesión del país. Doce dioses, con Zeus en su centro, aparecían sentados, dignos y con una augusta gravedad reflejada en sus semblantes. Veíase a Poseidón arrojando el gigantesco tridente contra la roca y brotar de ésta un chorro de agua marina. Más allá estaba la propia diosa, artífice divina, armada con lanza y escudo, cubierta la cabeza con el yelmo, la égida terrible en el pecho; con la punta del dardo hacía brotar el olivo de la tierra estéril, ante el asombro de los dioses y para bien de los mortales. Así bordaba Atenea su propia victoria en la tela. Pero en las cuatro esquinas ponía otros tantos ejemplos del humano orgullo que, al provocar la ira de los dioses, tenía triste fin. Veíase al rey tracio Hemo con su esposa Ródope, que en su soberbia se hacían llamar Zeus y Hera, y fueron convertidos en encumbradas montañas; a la malhadada madre de los Pigmeos que, vencida por Hera, se transformaba en grulla y había de luchar contra sus propios hijos; en el tercer ángulo se representaba a Antígona, la bella hija del rey Laomedonte, tan orgullosa de su hermosura y especialmente de su ensortijada cabellera, que osó compararse con Hera. Pero la diosa convertía sus cabellos en serpientes que la mordían y atormentaban hasta que Zeus, apiadado, metamorfoseó a la infeliz cigüeña. Finalmente, Atenea reprodujo a Cíniras llorando el destino de sus hijas que, habiendo provocado por su orgullo la cólera de Hera, fueron por ella transformadas en gradas de piedra delante de su templo. El padre se arrojaba llorando sobre ellas y bañaba con ardientes lágrimas el insensible mármol. Todas estas escenas bordó en su tapiz Atenea, y las enmarcó en una guirnalda de hojas de olivo. 

Aracne, en cambio, en todas las figuras de su tela trataba de hacer mofa de los dioses, especialmente de Zeus, representándole ora en figura de toro, de águila o de cisne, ora como lascivo de los mortales. Todo esto lo rodeó de un marco de yedra con flores entretejidas. Y una vez hubo terminado su obra, la misma Atenea no encontró nada que reprochar en el arte de la doncella; únicamente la ofendió el sentido impío que se desprendía de sus cuadros. Por esto desgarró con gesto airado las insolentes escenas y con la lanzadera, que aun conservaba en la mano, golpeó por tres veces la frente de la orgullosa muchacha. La desgraciada no pudo resistirlo; enloqueció y, desesperada, atóse un dogal al cuello. Colgaba ya del techo convulsamente cuando la diosa, compadecida, libróla del nudo asfixiante, diciéndole: 

—¡Vive, pero colgando, osada! ¡Y sea éste el castigo de tu descendencia, hasta la última generación! 

Y diciendo estas palabras, echó al rostro de Aracne unas gotas de una hierba mágica y se fue. En un momento desaparecieron cabellos, nariz y orejas de la cabeza de la doncella, la cual se contrajo toda ella hasta quedar reducida a un animal diminuto y repugnante. Transformada en araña sigue, todavía hoy, practicando su antiguo arte, hilando hilo tras hilo.

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A

viernes, 21 de noviembre de 2014

Níobe

NÍOBE 


Níobe, reina de Tebas, se enorgullecía de muchas cosas. Anfión, su esposo, había recibido de las Musas la magnífica lira a cuyo son se acoplaron por si mismas las piedras de las murallas tebanas; su padre, Tántalo, había sido huésped de los dioses; y en cuanto a ella, era soberana de un dilatado reino y estaba dotada de un alto espíritu y majestuosa belleza. Pero de nada se ufanaba tanto como del número de sus hijos, catorce, lozanos todos y de los cuales la mitad eran varones y la otra mitad hembras. Así era Níobe teñida por la más feliz de las madres, y lo hubiera sido de no haberse considerado ella como tal; pero la conciencia de su propia felicidad la perdió. 

Un día, la profetisa Manto, hija del adivino Tiresias, movida por inspiración divina, salió a las calles de Tebas llamando a las mujeres a honrar a Latona y a sus hijos gemelos, Apolo y Ártemis. Invitólas a adornarse el cabello con coronas de laurel y a entregarse a piadosas plegarias entre el humo del incienso. Cuando las tebanas acudían al punto de reunión, presentóse Níobe, en medio de un regio séquito y vestida de ropajes entretejidos de oro. Radiante de belleza cuanto lo permitía su enojo, movía la cabeza majestuosa y el cabello, colgante a ambos lados de los hombros. De pie en medio de las mujeres que, a cielo abierto, se ocupaban en los ritos del culto, recorrió con orgullosa mirada el círculo de las congregadas y les habló así: 

-¿No estaréis locas al honrar así a dioses que sólo conocéis de oídas, cuando moran entre vosotras seres aun más favorecidos por el Cielo? Si eleváis altares a Latona, ¿por qué mi nombre divino queda sin incienso? Y sin embargo mi padre fue Tántalo, el único mortal que jamás se sentara a la mesa de los dioses; mi madre Dione, hermana de las Pléyades que brillan en el firmamento como rutilante constelación; uno de mis antepasados es Atlante, el poderoso, que sostiene sobre su espalda la bóveda celeste; mi abuelo es Zeus, padre de los dioses; hasta los pueblos de Frigia me obedecen, y a mí y a mi marido nos rinden vasallaje la ciudad de Cadmo y sus murallas, levantadas al son de la lira. En mi palacio, cada estancia me muestra inmensos tesoros; a todo esto se une un rostro digno de una diosa y un enjambre de hijos como ninguna otra madre puede ostentar: siete hermosas hijas y siete vigorosos hijos, a los que pronto se sumarán yernos y nueras. ¡Decid, pues, si tengo o no motivos para sentirme orgullosa! ¿Os atreveréis todavía a preferirme a Latona, la oscura hija de Titanes, a quien la amplia Tierra le negó un día espacio donde traer al mundo los hijos que había engendrado de Zeus, hasta que la isla flotante de Délos le ofreció su inseguro asiento, compadecida de la mísera errante? Allí fue madre de dos niños, la infeliz: ¡la séptima parte de los que constituyen mi dicha materna! Soy feliz, ¿quién puede negarlo? Y seguiré siéndolo. La diosa de la Fortuna tendría demasiado que hacer si se propusiera destruir todo cuanto poseo. Aun suponiendo que me arrebatase alguna cosa, aunque me quitara algunos hijos, ¿cuándo esta cifra se verá reducida a la ínfima pareja de “gemelos de Latona? ¡Dejaos, pues, de sacrificios, fuera el laurel de vuestras frentes! ¡Dispersaos, volved a vuestras casas y no os dejéis engañar nunca más por semejantes desatinos!.

Las mujeres, asustadas, quitáronse de la cabeza las guirnaldas Y, dejando los sacrificios sin terminar, entráronse en sus casas para propiciarse con sus mudas oraciones a la divinidad ofendida. 

Desde la cumbre del Cinto, en Délos, Latona, rodeada de sus hijos, observaba, con sus ojos de diosa, lo que sucedía en la lejana Tebas. 

—¡Mirad, hijos: yo, vuestra madre, que tan orgullosa me siento de haberos dado la vida, que no ce ¿a excepto Hera, soy víctima de la difamación de una insolente mortal, y me veré arrojada de mis antiguos y sagrados altares si no acudís en mi ayuda, hijos míos! ¡Si, también a vosotros os denuesta Níobe, también os pospone a su tropel de hijos! 

Disponíase Latona a añadir súplicas a sus palabras, pero Febo, interrumpiéndola, dijo: 

—¡Deja las quejas, Madre!, no hacen sino demorar el castigo. 

Asintió su hermana a sus palabras, y envolviéndose ambos en un manto de nubes y surcando los aires con rápido vuelo, poco tardaron en alcanzar la ciudad y el castillo de Cadmo. Extendíase ante sus muros un vasto campo raso, no destinado al arado, sino a los juegos y carreras de caballos y carros. Precisamente en aquel momento estaban solazándose allí los siete hijos de Anfión: unos montaban briosos corceles, otros se ejercitaban en la lucha libre. El mayor, Ismeno, firme sobre su montura, hacíale describir círculos, tirante el freno en la boca espumeante, cuando de repente: 

—¡Ay de mí! —exclamó, y, traspasado el corazón por una flecha, suelta la brida de sus inertes manos mientras resbalaba lentamente por el flanco derecho del caballo. 

Hermano Sípilo, que caracoleaba a su lado, habiendo oído en el aire el silbido del proyectil, echó a huir a rienda suelta, semejante al timonel que recoge en las velas el más leve soplo de viento para correr a ponerse a salvo en el puerto. Pero un venablo, rasgando la atmósfera con fuerte zumbido, le alcanzó; vibró el asta en lo alto de su nuca al clavársele el hierro desnudo y traspasarle el cuello. Resbalando por las crines del caballo cayó al suelo el jinete mortalmente herido, y tiñó la tierra con su cálida sangre. Otros dos —llamábase uno Tántalo, como su abuelo, y el otro Fédimo— se hallaban fuertemente enlazados, pecho contra pecho, ejercitándose en la lucha, cuando volvió a resonar el arco y una saeta los atravesó a ambos, unidos como estaban. Ambos exhalaron a la vez un suspiro y retorciendo los dolientes miembros por el suelo y revolviendo los ojos extintos de luz, rindieron el alma jadeando entre el polvo. El quinto hijo, Alfenor, vio caer a sus hermanos. Golpeándose el pecho corrió a ellos para vivificar con sus abrazos sus gélidos miembros, pero sucumbió también en su piadosa acción, pues Febo Apolo le envió el hierro mortal al fondo mismo del corazón: al querer extraérselo, salieron con el aliento la sangre y la entraña del moribundo. A Damasictón, el sexto de los hijos, jovenzuelo delicado de largos rizos, acertóle una flecha en la rótula y, al inclinarse para sacarse con la mano el inesperado proyectil, penetróle otro, hasta las plumas, por la abierta boca hasta el cuello y un chorro de sangre salió proyectado como un surtidor del fondo de su garganta. El último y más joven de los hijos, Ilioneo chiquillo aun, que lo había presenciado todo, cayó de rodillas y, levantando al cielo los brazos, comenzó a orar: 

-¡Oh, dioses todos, perdonadme la vida! 

El propio terrible arquero se sintió conmovido, pero ya la flecha no podía volver al arco. El muchacho se desplomó, si bien víctima de herida menos dolorosa, que apenas le atravesó el corazón.

La nueva de la catástrofe se difundió muy pronto por la ciudad. El padre, Anfión, al oír el horrible mensaje, se traspasó el pecho con su acero. Los lamentos de los criados y del pueblo entero no tardaron en llegar al gineceo. A Níobe costóle mucho tiempo comprender lo espantoso de la tragedia; resistíase a creer que los celestiales tuviesen tantas prerrogativas, que se atreviesen a tanto; pero muy pronto no le fue ya posible la duda. ¡Ah!, ¡qué distinta era la Níobe de ahora de la de antes, la que había ahuyentado al pueblo de los altares de la poderosa divinidad y cruzado las calles de la ciudad con la cabeza orgullosamente levantada! A aquélla la habían envidiado hasta sus amigos más queridos; ésta inspiraba compasión a sus propios enemigos. Precipitose al campo y arrojándose sobre los fríos cadáveres, distribuía sin orden sus últimos besos entre los hijos. Luego, alzando al cielo los desfallecidos brazos, exclamó: 

—Cébate ahora en mi aflicción, sacia tu corazón rencoroso, ¡oh, cruel Latona! La muerte de estos siete hijos me hunde en la tumba. ¡Triunfa, victoriosa enemiga! 

Entretanto habían acudido sus siete hijas, todas vestidas de luto, y, los cabellos al viento, permanecían inmóviles llorando a sus hermanos caídos. Al verlas, un rayo de maligno gozo pasó por el rostro pálido de Níobe. Imprudente, dirigiendo al cielo una mirada de escarnio, exclamó: 

—¿Victoriosa? No, pues en mi desgracia me queda más que a ti en tu dicha. ¡Aun tras de tantos cadáveres soy yo quien se lleva la victoria! 

Había terminado apenas, cuando se oyó un rumor como el de la cuerda de un arco al distenderse. Todos quedaron aterrorizados, excepto Níobe; el infortunio la había vuelto inconmovible. De repente, una de las hijas se llevó la mano al corazón y, arrancándose una flecha que acababa de herirla, desplomóse sin sentido, inclinando la cabeza sobre el hermano que yacía más cerca. Otra de las hermanas corrió hacia la desdichada madre con ánimo de confortarla; pero, alcanzada a su vez por un dardo invisible, enmudeció bruscamente. Una tercera cae al salir huyendo, y otras sucumben sobre la que expira. Sólo la última restaba; habíase refugiado en el regazo de su madre y se estrechaba contra él, cubierta por los pliegues de sus ropas. 

¡Déjame siquiera esta última! —clamó Níobe, implorante, dirigiéndose al cielo—, ¡sólo la más niña de tantas! 
Pero mientras formulaba su ruego, la tierna criatura se abatía sobre su regazo y Níobe quedaba sola en medio de los cuerpos sin vida de su esposo, hijos e hijas. El dolor la había dejado rígida; el aura no le movía ni un cabello; el rostro, exangüe; los ojos inmóviles en las doloridas mejillas; ni sombra de vida aparecía en todo su cuerpo: las venas se paralizaron y el pulso dejó de latir; torciose el cuello, el brazo tuvo un último gesto;, el pie dejó de moverse; sus mismas entrañas se habían tornado fría roca. Nada vivía ya en ella, aparte las lágrimas que rodaban inagotables de los pétreos ojos. Entonces una poderosa ráfaga de aire arrancó la piedra y, llevándola por los aires al otro lado del mar, depositóla en la vieja patria de Níobe, Lidia, en las desiertas montañas, entre los acantilados del Sípilo. Allí quedó clavada Níobe, en forma de marmórea roca, en la cumbre del monte y todavía hoy siguen fluyendo sus lágrimas del mármol. 

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A


Anselm Grün explica el significado psicológico de este mito en "Portarse bien con uno mismo", que se halla recogido en otra etiqueta del blog:

Aventureros, arribistas los hay también en la espiritualidad. Hay hombres que se fijan altos ideales, que borrachos de experiencias espirituales creen que pueden llegar cada vez más alto, que pueden situarse cada vez más cerca de Dios y sentir sólo a Dios. También hay gente joven que hacen demasiado pronto planteamientos muy extremos. Tienen experiencias espirituales y están tan entusiasmados que se olvidan de la vida que eliminan. Echan un tupido velo sobre sus sombras y sin duda alguna son absorbidos por ellas. Hay jóvenes que piensan que si optan por Cristo y se convierten, nada podrá sucederles, ninguna crisis se interpondrá en su camino. La fe les ayudará en esta tarea. Estos aventureros del cielo se saltan su propia realidad, está claro que no se toman en serio su propio cuerpo. Se olvidan de que no sólo son hijos del cielo, sino que son también hijos de la tierra. Sólo podemos subir hasta Dios si tenemos el valor de bajar a lo más hondo de nuestra realidad, a la oscuridad de nuestras sombras. La opción por Dios que hemos hecho en nuestra juventud tenemos que mantenerla en los altibajos del día a día y de las distintas etapas de la vida y ratificarla permanentemente, instante tras instante.

Niobe es otro paradigma de la autodestrucción. «Niobe estaba orgullosa de lo que había recibido en regalo de los dioses sin mérito alguno por su parte. Estaba orgullosa de su prudencia y de su belleza. También lo estaba de su padre Tántalo, que era amigo de los dioses y participaba en sus banquetes celestiales. Y también de su marido, a quien las musas le habían dado el arpa mágica, a cuyo toque se habían construido las murallas del castillo real de Tebas. Pero de lo que más orgullosa estaba era de sus catorce hijos; sus siete fuertes hijos y sus siete hermosas hijas llenaban de alegría su corazón. Se consideraba la más feliz de todas las madres y de todas las mujeres. Pero este orgullo le trajo la perdición» (Schwab). Cuando las mujeres tebanas quisieron adorar a la diosa Leto y a sus gemelos Apolo y Artemisa, las incitó a que la adoraran a ella y a sus catorce hijos porque se lo merecía mucho más que Leto que sólo tenía dos. Esto provocó la ira de la diosa. Entonces ésta, con la ayuda de sus dos gemelos, la aniquiló junto con sus catorce hijos e hijas. «Sola y profundamente encorvada, la antes orgullosa Niobe se sentó en medio de los cadáveres de sus niños. Su sufrimiento era enorme y estaba como petrificada. Se convirtió en una piedra, pero sus lágrimas no cesaban. Brotaban sin cesar de sus ojos de piedra, que antes habían mirado orgullosos la belleza y la felicidad de su familia. Un huracán levantó la piedra por los aires y la llevó secuestrada a la patria de Niobe, a los montes de Lidia. Todavía se la puede ver allí entre los peñascales, en rocas de mármol con rostro humano. De sus ojos fluyen lágrimas sin fin. Y nadie puede consolarla».

Niobe no está en sí. No siente su vida, sino que está orgullosa de lo que ha recibido sin mérito por su parte, a saber, de su padre, de su marido y de sus hijos. Construye su vida sobre otros hombres. Se define por sus hijos, por su belleza, por lo que tiene. No se apoya en sí misma, no tiene identidad alguna, está vacía y aburrida. Su identidad Je viene de lo que tiene. Quien no recorre el camino hasta lo más hondo de su alma para conocerse y para descubrir la imagen de Dios que hay en él, queda excluido de la vida. No tiene acceso a sí mismo y por eso tampoco puede acceder ni a la vida ni al amor.

La autodestrucción puede verse también en otra postura de Niobe. Niobe se compara con la diosa Leto y cree que al tener tantos hijos y tan hermosos se merece la adoración como diosa mucho más que ella, que sólo tiene dos gemelos. Esta comparación le hace muy difícil vivir. «La necesidad de compararse se debe a ideas que la alejan del instante», afirma Schellenbaum (Schellenbaum). Esta necesidad de compararse se observa en nuestro lenguaje coloquial. En él todo tiene que ser «super». «La necesidad de compararse hace que sea imposible una relación fluida con los demás y empuja al aislamiento. Es como si el sentido de la vida viniera de fuera». El que se compara con otros, siempre cojea de alguna pierna. Porque siempre hay Jtij vaJores y cerrar los ojos ante la riqueza de los otros. Niobe no tiene en cuenta que Leto es una diosa. Lo único que ve es que sólo tiene dos hijos frente a los catorce que ella ha traído al mundo. Le es imposible ver lo que vale Leto porque está ciega y tiene unos celos enormes. La necesidad de compararse lleva con frecuencia a utilizar un lenguaje realmente exagerado. «En nuestra vida todo tiene que ser ‘super’. ¿Dónde está, pues, lo pequeño, lo insignificante, lo que no llama la atención? Y sobre todo, ¿cuántos rivales tenemos que poner fuera de combate para seguir siendo ‘super’?».

Como Niobe sólo se afirma desde fuera porque sólo se define comparándose con otros, no puede soportar el dolor que le infligen los dioses. También el dolor le viene de fuera. No es cosa suya y por tanto poco podrá cambiarla. No puede manejar el dolor, porque el dolor es lo que la identifica. Se petrifica. La necesidad de compararse y de valorarse la conducen a destruirse a sí misma, a petrificarse. Del rostro petrificado de Niobe fluyen ininterrumpidamente lágrimas. Pero estas lágrimas no son en ella signos de vida, sino muestras palpables de su vacío interior. Las lágrimas pueden transformar el dolor en vida, incluso en alegría. Pero las lágrimas de Niobe, que fluyen como automáticas de sus ojos, son signos de muerte. El rostro que muestra mis simpatías y mis antipatías está petrificado. Mis ojos se han puesto rígidos, ya no pueden mirar a nadie a los ojos. Quien vive de compararse con los demás, tiene sus ojos ciegos. No pueden ver nada porque sólo miran siempre hacía uno mismo.

Estos son algunos ejemplos de héroes griegos. Los filósofos griegos tenían razón cuando interpretaban alegóricamente las historias de los dioses y de los héroes, cuando veían en ellas un profundo significado. Las leyendas griegas muestran los éxitos y fracasos de la vida humana. Como los cuentos de tiempos posteriores, rebosan sabiduría. A través de los héroes a que nos hemos referido, todos los cuales fueron castigados por sus erradas actitudes ante la vida, las leyendas nos muestran algunas formas de autodestrucción, que también ahora podemos ver a menudo en nuestro mundo. Nos dicen cómo acaba el hombre que se construye sólo con sus fuerzas, que quiere controlar y tener todo en un puño, que no deja de compararse con los demás, que se mantiene tercamente en las decisiones que tomó una vez y sólo se define desde fuera.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Tántalo. Significado simbólico según Paul Diel.

TÁNTALO 
El tormento de Tantalo

Tántalo, hijo de Zeus, reinaba en Sípilo, Lidia, y era extraordinariamente rico y famoso. Si jamás los dioses olímpicos habían honrado a un mortal, éste era Tántalo. En consideración a su elevada alcurnia le distinguieron con su íntima amistad y, finalmente, le permitieron comer a la mesa de Zeus y escuchar cuanto los inmortales hablaban entre sí. Pero su humano espíritu, lleno de vanidad, no supo mantenerse a la altura de aquella felicidad sobrehumana y comenzó a faltar a los dioses de muy diversas maneras. Revelaba a los mortales los secretos de los olímpicos; robaba de su mesa néctar y ambrosía y repartía el producto de su latrocinio con sus compañeros terrenales; escondió el precioso perro de oro que otro sustrajera del templo de Zeus, de Creta, y al reclamarlo el dios, negó él bajo juramento haberlo recibido. Finalmente, en el colmo ya de la insolencia, invitó a los dioses a un banquete, y, para poner a prueba su omnisciencia, mandó sacrificar a su propio hijo Pélope y aderezarlo y servirlo a la mesa. Sólo Deméter, sumida en dolorosas cavilaciones por el rapto de su hija Perséfone, comió una paletilla del horrible manjar, mientras los demás dioses, dándose cuenta de la atrocidad, echaron en un caldero los miembros descuartizados del muchacho y la parca Cloto les dio nueva vida con renovada belleza. El omóplato consumido se reemplazó por uno de marfil. Tántalo había colmado la medida de su maldad y los dioses lo arrojaron al Hades, donde fue sometido a terribles tormentos. Estaba en un estanque cuya agua le llegaba hasta la barbilla, y sin embargo sufría una sed devoradora, sin poder jamás alcanzar el líquido que tan cerca tenía. En cuanto se agachaba para llevar la boca hasta el agua, secábase ésta y el oscuro suelo aparecía a sus pies; parecía como si un demonio hubiese vaciado el lago. Padecía además de un hambre crudelísima. Detrás de él, en la orilla del estanque, elevábanse magníficos frutales, cuyas ramas se curvaban sobre su cabeza. Cuando se incorporaba, reflejábanse en sus pupilas jugosas peras, manzanas de roja piel, relucientes granadas, apetitosos higos y verdes olivas; pero no bien trataba de cogerlas con la mano, soplaba un viento tempestuoso y repentino que levantaba las ramas hasta las nubes. A este suplicio infernal uníase un constante terror de la muerte, puesto que había una roca enorme suspendida en el aire sobre su cabeza y que amenazaba desplomarse a cada momento. Así aquel ofensor de los dioses, el desalmado Tántalo, se vio condenado a sufrir un triple y eterno martirio en los infiernos. 

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A




TÁNTALO 

según Robert Graves

La ascendencia y el origen de Tántalo son motivo de discusión. Su madre era Pluto, hija de Cronos y Rea, o, según dicen algunos, de Océano y Tetis l; y su padre Zeus o Tmolo, el dios con corona de roble del monte Tmolo que, con su esposa Ónfale, gobernaba en el reino de Lidia y había juzgado el certamen entre Pan y Apolo . Sin embargo, algunos llaman a Tántalo rey de Argos o de Corinto; y otros dicen que fue al norte desde el monte Sípilo en Lidia para gobernar el país de Paflagonia, de donde, por haber incurrido en la ira de los dioses, fue expulsado por el frigio Ilo, a cuyo hermano menor Ganimedes había raptado y seducido.

Por su esposa Eurianasa, hija del dios fluvial Pactolo; o por Euritemiste, hija del dios fluvial Janto; o por Clitia, hija de Anfidamante; o por la pléyade Dione, Tantalo fue padre de Pélope, Níobe y Bróteas. Sin embargo, algunos llaman a Pélope bastardo, o hijo de Atlante y la ninfa Linos.

Tántalo era amigo íntimo de Zeus, quien lo admitía en los banquetes de néctar y ambrosía del Olimpo, hasta que la buena suerte le trastornó la cabeza, reveló compartirlos con sus amigos mortales. Antes que se descubriera este delito cometió otro peor. Habiendo invitado a los olímpicos a un banquete en el monte Sípilo, o quizás en Corinto, Tántalo descubrió que los alimentos que tenía en la despensa eran insuficientes para los invitados y entonces no se sabe si para poner a prueba la omnisciencia de Zeus, o simplemente para poner de manifiesto su buena voluntad, despedazó a su hijo Pélope y agregó los pedazos al guisado preparado para los dioses, como habían hecho los hijos de Licaón con su hermano Níctimo cuando agasajaron a Zeus en Arcadia. Todos los dioses reconocieron lo que tenían en el plato, y lo rechazaron con horror, todos menos Deméter, quien, trastornada por haber perdido a Perséfone, comió la carne de la paletilla izquierda.

Por estos dos delitos fue castigado Tántalo con la ruina de su reino y, después de su muerte por la mano de Zeus, con el tormento eterno en compañía de Ixión, Sísifo, Ticio, las Danaides y otros. Ahora cuelga, consumido perennemente por la sed y el hambre, de la rama de un árbol frutal que se inclina sobre un lago, pero cuando se inclina para beber retroceden y no dejan más que el negro cieno a sus pies; o, si alguna vez logra recoger un puñado de agua, ésta se desliza entre sus dedos y lo único que consigue es humedecer sus labios agrietados, quedándose más sediento que antes. El árbol está cargado de peras, manzanas brillantes, higos dulces, olivas y granadas maduras, pero cada vez que tiende la mano para tomar un fruto suculento una ráfaga de viento lo pone fuera de su alcance.

Además, una piedra enorme, un risco del monte Sípilo, sobresale por encima del árbol y amenaza eternamente con aplastar el cráneo de Tántalo. Este es su castigo por un tercer delito: el robo, agravado con el perjurio. Un día, cuando Zeus era todavía un infante en Creta y le amamantaba la cabra Amaltea, Hefesto le hizo a Rea un mastín de oro para que guardara al niño; este mastín llegó a ser luego el guardián de su templo en Dicte. Pero Pandáreo, hijo de Merope, nativo de la Mileto lidia, o quizá cretense —si, en verdad, no era efesio— se atrevió a robar el mastín y lo llevó a Tántalo para que lo custodiara en el monte Sípilo. Cuando terminó la alarma causada por el robo, Pandáreo pidió a Tántalo que le devolviera el mastín, pero Tántalo juró por Zeus que nunca había visto ni oído hablar de un perro de oro. Cuando este juramento llegó a oídos de Zeus, ordenó a Hermes que investigara el asunto, y aunque Tántalo siguió perjurando, Hermes recuperó el perro por la fuerza o mediante una estratagema, y Zeus aplastó a Tántalo bajo un risco del monte Sípilo. Todavía se muestra el lugar cerca del lago Tantálido, guarida de cisnes-águilas blancos. Más tarde, Pandáreo y su esposa Harmótoe huyeron a Atenas, y de allí a Sicilia, donde perecieron miserablemente.

Según otros, sin embargo, fue Tántalo quien robó el mastín de oro y Pandáreo aquel a quien lo confió y quien, por haber negado que lo había recibido, fue destruido, juntamente con su esposa, por los dioses airados, o convertido en piedra. Pero las hijas huérfanas de Pandáreo, Mérope y Cleotera, a las que algunos llaman Camiro y Clitia, fueron criadas por Afrodita con cuajadas, miel y vino dulce. Hera las dotó con belleza y una sabiduría más que humana; Ártemis las hizo altas y fuertes; Atenea las instruyó en todas las artes manuales conocidas. Es difícil comprender por qué estas diosas mostraron tal solicitud, o eligieron a Afrodita para que ablandará el corazón de Zeus con respecto a esas huérfanas y arreglara buenos casamientos para ellas, a menos, por supuesto, que hubieran animado a Pandáreo para que cometiese el robo. Zeus tuvo que haber sospechado algo, pues mientras Afrodita estaba encerrada con él en el Olimpo, las Harpías se apoderaron de las tres muchachas con su consentimiento y las entregaron a las Erinias, quienes les hicieron sufrir sustitutivamente por los pecados de su padre.

Este Pandáreo fue también el padre de Aedón, esposa de Zeto, a quien dio como hijo Itilo. A Aedón le atormentaba la envidia que sentía por su hermana Níobe, quien gozaba del amor de seis hijos y seis hijas, y cuando trató de matar a Sípilo, el mayor de ellos, mató por error a Ítilo; Zeus la transformó inmediatamente en un ruiseñor que, a comienzos del verano, lamenta todas las noches a su hijo asesinado.

Después de castigar a Tántalo, Zeus se dio el placer de resucitar a Pélope; para ello ordenó a Hermes que recogiera los miembros y los volviera a hervir en la misma caldera, sobre la cual pronunció un hechizo. Entonces la Parca Cloto los rearticuló; Deméter le dio una paletilla de marfil, para sustituir a la que había comido, y Rea le insufló la vida, mientras Pan danzaba alegremente.

Pélope salió de la caldera mágica revestido con una belleza tan radiante que Posidón se enamoró de él al instante y lo llevó al Olimpo en un carro tirado por caballos de oro. Allí le nombró su copero y compañero de lecho, como Zeus posteriormente nombró a Ganimedes, y le alimentó con ambrosía. Pélope advirtió por primera vez que su hombro izquierdo era de marfil cuando se desnudó el pecho para llorar a su Níobe. Todos los verdaderos descendientes de Pélope están marcados de ese modo, y después de su muerte la paletilla de marfil fue guardada en Pisa.
Robert Graves
Los mitos griegos
Alianza editorial



De:
EL SIMBOLISMO EN LA MITOLOGÍA GRIEGA 
PAUL DIEL 
EDITORIAL LABOR. S.A. 

El mito de Tántalo permite medir en toda su profundidad este tema de fábula: simbolización de la elevación y la caída. 

En la historia de Tántalo que precede al mito propiamente dicho, la alternancia nerviosa se encuentra indicada. Tántalo nos muestra, no viviendo más que para la justificación de sus deseos corporales, aquello que lo conduce al exceso del crimen, del asesinato. A esta desgracia, sucede un estado de elevación excesivo que, en razón de su exaltación malsana, precipita la caída definitiva. El mito propiamente dicho se contenta con simbolizar el exceso de la aspiración final y de su negación. La avidez del alma que busca la intensidad de la vida al paroxismo, ya sea en la perversión o en la sublimación, testimonia la existencia de un impulso vital excesivamente grande. El desencadenamiento de los deseos corporales que precede al movimiento de elevación se encuentra frecuentemente en la historia de los hombres que han aspirado a la más perfecta de las purificaciones llegando hasta el deseo de santidad. 

En el mito de Tántalo la elevación última no es más que una tentativa impotente como la de Icaro para quien la sola aproximación de la región sublime es fatal. Tántalo, gracias a la profundidad de su arrepentimiento, logra aproximarse a la región sublime: transformándose en un «amado de los dioses». 

Las divinidades —como cualesquiera otros personajes míticos— son símbolos de significado oculto. Ni el mito de Tántalo ni ningún otro mito pueden ser traducidos sin que se deje traslucir claramente la significación del simbolismo más frecuente y mas importante. 

Las divinidades simbolizan las cualidades idealizadas del hombre. La expansión de sus cualidades es acompañada por alegría; su destrucción engendra angustia, inhibición, impotencia, tormento. Los mitos simbolizan tales hechos psicológicos diciendo que las divinidades recompensan o castigan. El hombre debe luchar contra sus inclinaciones perversas con el fin de desarrollar sus cualidades y obtener alegría. En sus combates simbólicos, las divinidades aparecen ayudando al hombre o prestándole armas. Pero lo que en realidad viene en su ayuda son sus cualidades mismas (simbolizadas por la divinidad propicia y las armas otorgadas por ella). En el plano de los conflictos del alma, la victoria es debida a la fuerza inherente al hombre. Por eso podemos decir que, en el plano esencial, la justicia es inherente a la vida. Las divinidades se transforman así en la expresión simbólica de la legalidad esencial de la vida y de su justicia inherente. A causa de la frecuente intervención de las divinidades en los mitos, no nos será posible retornar a esta significación, motivo por el cual debe ser comprehendida de una vez y para siempre. 

El mito de Tántalo, el conflicto psíquico, no está simbolizado por un combate contra el monstruo. La intervención de las divinidades tiene, sin embargo, también aquí una significación simbólica, y el simbolismo que hace del héroe un «amado de los dioses» significa que Tántalo, gracias a la amplitud de su arrepentimiento, se eleva hacia la región sublime, recobra sus propias cualidades y se reconcilia así con las divinidades que son sus cualidades, figuradas en una forma perfecta e ideal. En este sentido nada es más justo que decir —tal como lo hace el mito— que Tántalo es el invitado de los dioses. Que es su comensal, que se nutre de néctar y ambrosía, símbolos ambos de espiritualización (verdad) y de sublimación (amor). 

A la elevación real no puede suceder una caída más que si tal elevación se manifiesta por un estado de exaltación imaginaría: la vanidad. El mito cuenta que Tántalo finaliza por no contentarse ya con ser el invitado y amado de los dioses. Enardecido por su éxito y olvidado de su condición de mortal y de sus límites, Tántalo se exalta hasta querer ser igual a las divinidades, puros símbolos del espíritu. 

Con el fin de comprender el estado de alma simbolizado por el mito de Tántalo y, por lo mismo, de analizar su traducción, es preferible comenzar antes que por el desarrollo de los símbolos, por la explicación psicológica del estado simbolizado. 

El hombre que aspira a la espiritualización-sublimación no es el mismo ser a cada instante de su vida, ni debe necesariamente querer vivir sin cesar en la esfera sublime simbolizada por la morada de las divinidades en el mito griego, el Olimpo. Basta que sepa «bajar a tierra», es decir, que se digne satisfacer la necesidad de sus deseos «terrestres», de sus deseos corporales. La falta de Tántalo es precisamente la de alimentar el proyecto insensato de abdicar completamente de su condición «terrestre», el intentar permanecer siempre como «invitado de los dioses», de considerar como indigno el retorno a la tierra, el querer ser «un dios entre los dioses». 

La imaginación espiritual, la visión del objetivo sublime, que constituye la fuerza de Tántalo arrepentido y que ha hecho de él «el amado de los dioses», se exalta transformándose así en imaginación perversa, en vanidad. Tántalo, en estado de exaltación vanidosa, exagera su deseo esencial y disimula sus deseos corporales. Es la falta esencial cometida por todos los nerviosos, la culpa vanidosa que, en el mito de tipo «Tántalo», se manifiesta en su más alto grado de peligro y audacia. 

En la medida en que los deseos espirituales y los deseos corporales correspondan a un deseo natural, unos y otros son conciliables: únicamente la exaltación los hace contradictorios. Al exceso de perversión corresponde un hastío excesivo que corre el riesgo de engendrar un exceso de sublimación. Siendo todo estado de elevación insuficiente, permanece aguijoneado hasta el exceso por la persistencia del desencanto, y de esta culpabilidad exaltada surgirá finalmente el deseo de sublimidad exaltada: la vanidad de querer ser purificado de todo deseo corporal, de querer realizar el ideal perfecto de elevación, el ideal que sobrepasa las fuerzas disponibles. De este estado, caracterizado tanto por la exaltación excesiva del deseo esencial como por la inhibición excesiva de los deseos corporales, nace el desdeño total del cuerpo y sus deseos más naturales. En los períodos dominados por ese desdeño, la vanidad triunfante hace de las suyas. El individuo no se contenta con imaginarse purificado, alucina también con la santidad hasta el delirio. Pero el menosprecio no es más que la forma negativa de la exaltación de los deseos: revela un nexo obsesivo con su objeto. Sobrecargados por el desprecio, los deseos corporales no se disuelven en la sublimación: si lo fueran, no provocarían ninguna fuerza exaltante: no más atrayente que repelente en todo caso. De este modo, no disueltos, los repugnantes deseos corporales se vuelven atrayentes. La alucinación de lo sublime se agota y cede lugar a la invasión alucinada de los deseos reprimidos. A la más elevada vanidad, tanto alucinada como definitiva, corresponde la caída más honda en el tormento terrible de la culpabilidad. 

Una de las empresas más vanas con el fin de escapar a ese balancearse peligroso entre la exaltación de los deseos corporales y la exaltación espiritual, consiste en intentar eliminar los deseos corporales por medio del ascetismo; lo que puede considerarse como el intento de anular y castigar (e inclusive de destruir, de matar) al cuerpo impuro, presa de los deseos carnales. Sin embargo, ausente la suficiente fuerza de sublimación, no existe más que un solo camino para escapar de la destrucción completa —inclusive de las fuerzas disponibles—liberar al espíritu de su exaltación y aceptar el cuerpo. El ensayo vano y obsesivo de salvar al psiquismo (el alma), girando la amenaza de destrucción hacia el cuerpo, por el ascetismo, no hará más que acelerar la llegada del «castigo» final: la abolición de toda fuerza física, la impotencia que ya no alcanza a obtener ninguna satisfacción real de sus deseos alucinados. 

Esa forma excesiva de la vanidad culpable, la falsa santidad, es, ya veremos, el tema del mito de Tántalo. 

Debemos señalar que el ideal de la cultura griega no es la santidad. El santo es el ideal de otros ciclos míticos tales como el hindú o el cristiano. De acuerdo con el sentido oculto de esos mitos, el santo (el hombre simbólicamente divinizado) ha vencido los deseos corporales en verdad y en la realidad pero también, y especialmente, en la imaginación. Habiéndolos disuelto, ya no conoce más su tentación. La energía, sustraída de los deseos múltiples, está enteramente a su disposición. Todas las fuerzas se concentran en él, desprendiéndose del mundo del cual ya no desea nada, pero precisamente por haberse desligado de todos los nexos afectivos permanece todavía unido al mundo gracias al puente más intenso: el del afecto sublimado, el del amor objetivado, la bondad. La cultura cristiana es un paso evolutivo que sobrepasa la cultura griega por medio de la creación del ideal del santo. La tentativa vana, expresada en el mito griego de Tántalo, es en el mito cristiano una realización. En términos simbólicos: la carne se hace espíritu, el hombre deviene dios (precisamente lo que Tántalo hubiera querido ser); o, para emplear las inversiones simbólicas por las cuales el mito cristiano manifiesta sus relaciones: «El espíritu se hizo carne», «Dios se hizo hombre». 

La cultura griega que precede a la era cristiana no tiene como ideal la santidad, sino la armonía entre todas las pulsiones en expansión, tanto espirituales como corporales: el justo medio. Pero será desconocer totalmente el desarrollo de la cultura griega pensar que ella fue la realización completa de ese ideal. Permaneció tan separada de él como la cultura cristiana todavía lo está del suyo. 

Precisamente porque los griegos no han alcanzado la visión clara y más elevada del ideal simbólicamente expresado por el mito cristiano no podían ver en el deseo de purificación perfecta más que su aspecto negativo: el peligro de una excitación malsana en la esfera de lo espiritual. Su visión mítica advierte justamente ese conflicto; no expresa sino el peligro de ver rota la armonía de las pulsiones, perdiéndose así su justa medida. 

Se trata de revelar detalladamente cómo la simbolización del mito griego expresa y condena, en la historia de Tántalo, esa falsa santidad, que no es más que una exaltación sentimental hacia el espíritu. 

El mito cuenta que Tántalo, admitido a la mesa de los dioses y queriendo igualarlos, los invita a su vez a un festín prometiéndoles delicias desconocidas. Tántalo mata a su hijo (Pélope) y lo sirve a la mesa de los dioses, queriendo saber si las divinidades se darán cuenta de lo servido. 

De acuerdo con este simbolismo, Tántalo reemplaza la comida habitual de los dioses, el alimento del espíritu, por la forma más abyecta de alimentación terrestre. En la historia real de Tántalo, su hijo se llama Pélope. En el relato significativo de su vida, expresado en el simbolismo mítico que hace de Tántalo una figura representativa de la vida humana en general, su hijo, Pélope, debe tener también una significación simbólica. Pues ¿quién es el hijo mítico del hombre, de todo hombre? 

Como la alimentación que las divinidades sirven al hombre en estado de elevación tiene un significado oculto, simbolizando la alegría de espiritualización-sublimación, el alimento que el hombre, queriendo ser igual a los dioses —mortal en elevación vanidosa— les convida, debe tener también él una importancia psíquica que no puede ser sino lo inversa de la significación sublime. La comida abyecta que Tántalo sirve a los dioses será así su propia perversión. 

Podemos decir, en efecto, de todo hombre en estado de elevación vanidosa, que toma sus cualidades perversas por cualidades sublimes, es decir, que «ofrece a las divinidades» su perversión pensando que tal ofrenda pueda ser considerada como sublime. 

Se ha señalado ya que las relaciones de parentesco entre las divinidades y el hombre simbolizan el grado de espiritualización. Ya que, en tanto ser espiritual, teniendo cualidades espiritualizadas, el hombre es, simbólicamente hablando, «el hijo» de la divinidad (es específicamente hijo de tal divinidad que simboliza tal característica del héroe mítico). Si, por su deseo de espiritualización, el hombre se transforma simbólicamente en «hijo de dios», el hombre es, inversamente, el «padre» de los deseos corporales. El simbolismo de «hijo del hombre» significa entonces los deseos corporales, los deseos que atan el hombre a la tierra, los deseos terrenales. Acechando al cuerpo, a la carne, se denominan, por consecuencia simbólica, deseos carnales. Los deseos corporales se simbolizan así por «hijo carnal» o por «la carne del hijo». El «hijo asesinado» significa los deseos terrestres psíquicamente aniquilados, perversamente eliminados: la negación de su existencia. El «hijo asesinado, servido a la mesa de los dioses», simboliza la exaltación vanidosa a su nivel máximo; el rechazo de todo goce terrestre, rechazo debido al convencimiento erróneo de poder transformar así la alegría negada en alegría sublime, la perversión en cualidad espiritual, «sirviendo» así al ideal del espíritu, a las «divinidades». Sin embargo, los deseos reprimidos no están realmente muertos, pues continúan alimentando, el psiquismo: pero están transformados en perversión; constituyen un alimento abyecto: Tántalo ama secretamente sus deseos carnales (su «hijo»), lo ama de una manera exaltada y, a pesar de «matarlo» en sus deseos reprimidos, sigue convencido de que se trata de un alimento delicioso. Pero quisiera al mismo tiempo liberarse de la malsana ambivalencia que acompaña inseparablemente la del amor exaltado de los placeres corporales: el tormento de la culpa. Está, a pesar de su amor por ese «hijo mítico» (los placeres), dispuesto a sacrificarlo. Si ofrece a las divinidades ese alimento abominable es porque, queriendo igualarlas y no pudiendo hacerlo, trata de rebajarlas a su nivel. Espera que ese alimento, hasta entonces desconocido de los dioses, les gustará, o por lo menos que los dos estados, lo sublime y lo perverso, confundidos por su vanidad y sin embargo discernidos por su culpabilidad, pasen inadvertidos por los dioses. Espera que las divinidades no reconozcan lo comido, que gocen del manjar y lo feliciten. 

Ese pasaje simbólico expresa así la perversión de Tántalo y su tentativa culpable por liberarse (del hijo muerto), señalando la forma perversa que adquiere su vanidad (el hijo asesinado, en la mesa de los dioses). Expone de este modo el estado psíquico que resulta de tal perversión: el desgarramiento entre la vanidad y la culpabilidad, la incertidumbre que busca justificarse. El manjar, el hijo asesinado, siendo una falsa purificación ofrecida a las divinidades, su aceptación por éstas como símbolo de la pureza ideal— simbolizaría la absolución vanamente buscada: el apaciguamiento completo de la culpabilidad, la justificación suprema de la purificación falsa y vanidosa. A fin de captar toda la amplitud de la simbolización, es importante señalar que Tántalo no sacrifica solamente su perversión, lo cual sería su verdadera sublimación. Su proyecto de ser igual a los dioses lo incita a una elevación exaltada, empujándolo a matar a «su hijo», los deseos naturales. Sucumbe a la perversión por la exaltación hacia lo sublime. Todo hombre debería sacrificar la tentación exaltada de las pulsiones corporales. Pero sacrificar el deseo natural de las pulsiones es sobrepasar la condición humana, es aspirar a ese grado supremo de sublimidad que se halla designado por el simbolismo «divinización». (El mito griego —ya lo hemos dicho, pero habrá que repetirlo— no incluye esta posibilidad suprema de la naturaleza humana, centro del mito cristiano.) 

Desprovisto Tántalo de su fuerza de realización, su aspiración recae al nivel de la imaginación exaltada, transformándose en una perversión más peligrosa todavía que la exaltación de los deseos corporales. Se trata de la perversión del espíritu en su forma más decisiva: la vanidad llevada a su paroxismo. 

Tal es la falta de Tántalo. 

Se debate vanamente contra la condición humana; sacrifica su «hijo», los deseos naturales. Lo mata para ofrecerlo a los dioses; pero su ofrenda no es más que embuste. No sacrifica en sí mismo al espíritu perverso, sino que mata solamente su cuerpo, mortificando su carne (el hijo del hombre) en lugar de ofrecer su alma purificada (el hijo de dios).

Pero las divinidades no se dejan engañar. Reconocen la blasfemia. Saben distinguir el espíritu verdadero del espíritu falso, el alimento sublime de la alimentación perversa. 

Solamente una divinidad se deja engañar. Es Deméter, diosa de la tierra nutricia, diosa que ofrece los frutos de la tierra, los goces naturales, la satisfacción de los deseos justificables frente al espíritu. Ella puede equivocarse, ya que lo que se le ofrece son los deseos naturales, cosa que ella ama. Ella «ama» al «hijo del hombre», a la carne, a los goces terrestres, los frutos de la tierra, ya que su función simbólica es la de ofrecerlos. Pero no puede sino dejarse engañar provisionalmente; ya que muy pronto percibe que lo que está comiendo es el fruto corrupto, la carne mortificada, el goce terrestre, su propio don, pero negado y sacrificado por desprecio. Horrorizada, devuelve lo que se le ha ofrecido. Y Zeus restablece el orden de la naturaleza, deseosa de que viva «el hijo del hombre», el deseo natural, resucitando así a Pélope. 

Tántalo, culpable, es castigado. 

Lo expulsan del Olimpo, es arrojado fuera de la esfera del espíritu. Ha rechazado, no por su sublimación sino por exaltación perversa, las satisfacciones vitales y elementales que los dioses reservaban a todo hombre, y son las divinidades quienes le niegan para siempre las alegrías sublimes y espirituales para las cuales sus facultades estaban excepcionalmente dotadas. Es precipitado en las profundidades subterráneas, símbolo del subconsciente, míticamente llamado Tártaro (Infierno), región de la culpabilidad rechazada, del tormento sin fin, región de la desesperación donde el hombre culpable debe expiar. 

El mito nos muestra a Tántalo, condenado a estar subido a un árbol cuyos frutos están al alcance de la mano, mientras sus pies se hunden en el agua. Cuando tiende la mano para coger los frutos éstos desaparecen, y cuando se inclina a beber, el agua se retira. 

¿Cuál es la significación “psicológica de esa imagen del castigo? A toda exaltación hacia el espíritu sucede la caída. Según su sentido oculto, el castigo no es más que la consecuencia del estado psíquico de Tántalo. La primera parte del mito simboliza la aventura loca; la situación final simboliza la explosión de la locura manifiesta. El ascetismo no es la única forma malsana que adopta la exaltación del espíritu en su máximo punto de ruptura. A la destrucción ascética del cuerpo corresponde la disociación delirante de la psique; al rechazo excesivo de los deseos corporales responde la explosión alucinante. Esa ley psíquica se observa con más frecuencia que en otras manifestaciones en el delirio místico, dividido en dos estados distintos: uno eufórico (vanidad delirante), estado mediante el cual el enfermo se representa el cielo abierto y se ve elevado a la altura del espíritu (simbólicamente hablando se cree un invitado de Dios); y el estado atormentado (culpabilidad alucinante) mediante la cual el enfermo se cree condenado para siempre por el espíritu, siendo el más indigno de los hombres, y excluido de toda satisfacción. 

El castigo al cual es condenado Tántalo por el veredicto de «la divinidad ultrajada», por la «sentencia» del espíritu de la vida, por la ley psíquica, es el más justo que pueda existir: trata de la simple ilustración de la legalidad de la vida y de su justicia inherente. Tal castigo no es más que otro aspecto del crimen cometido: cuando el individuo se entrega a la loca aventura de una elevación que rebasa el límite de sus fuerzas, cuando se excede más allá del margen de sus fuerzas con el fin de exaltar sus deseos espirituales, no le queda más energía para satisfacer sus deseos naturales. Esa es la ley secreta del ascetismo. El hombre cree cometer la acción más sublime (igualarse a la divinidad), y no es más que la víctima de una obsesión malsana. 

El agua que se retira y los frutos que se escapan son los símbolos claros de una pérdida del sentido de lo real, símbolo de la imaginación impotente en estado de alucinación. La alucinación ofrece a Tántalo los frutos y el agua, elementalmente necesarios para calmar el hambre y la sed. Pero cuando trata de tomarlos, no puede hacerlo; las promesas alucinantes no son más que fantasmas, y su mano busca vanamente. El agua y los frutos, la satisfacción de su sed y de su hambre le son al mismo tiempo que alucinantemente prometidos, realmente prohibidos por su espíritu ascético, por el espíritu de esa vida que él no anima y que, a fuerza de exaltación vanidosa, no se manifiesta más que bajo la forma del tormento y de la inhibición, bajo la máscara de la culpabilidad exaltada: el insaciable que, por exaltación vanidosa, no ha sabido contentarse con el alimento sublime que los dioses han querido ofrecerle, tampoco puede, por culpabilidad exaltada, coger el alimento terrestre y corporal. El símbolo del castigo (los frutos que se evaporan) tiene así la misma significación que el símbolo del crimen (el hijo asesinado). Aquí —como en casi todos los mitos— parece que la perversión y el castigo son una y la misma cosa. La culpa es el castigo. La intervención de la divinidad no es más que un símbolo entre otros, indicador de la falta cometida o la falta obviada y su consecuencia: la deformación malsana o la sana formación del psiquismo. El funcionamiento legal actúa inevitablemente por sí mismo, por sus propios medios. En el mito de Tántalo, los símbolos del castigo, el agua y los frutos que se rechazan son la repetición final y la demostración del tema central del mito: la impotencia corporal y espiritual, consecuencia de la exaltación imaginativa. 

Pues los símbolos finales no solamente expresan el vano delirio de la sed y el hambre corporales, sino que contienen también el otro aspecto de la locura manifiesta: el enloquecimiento impotente del espíritu que ya no encuentra satisfacción alguna más que por medio de la alucinación. El agua, gracias a su cualidad refrescante y purificadora, es el símbolo constante de la espiritualización-sublimación (que se ha vuelto inaccesible), y los frutos que se evaden de las manos del culpable castigado no son solamente el símbolo del alimento corporal, sino que representan también la obra espiritual. Simbolizan los «frutos» que la sublimación debería producir, los frutos del frustrado esfuerzo espiritual. Todos los frutos de su esfuerzo espiritual se le escapan al hombre malsanamente exaltado, a Tántalo. Su castigo es lo contrario de lo que su exceso frente a la intensidad de la vida había querido obtener: es la esterilidad definitiva del espíritu que penetra la sombra de la locura. 


Después de la traducción del mito de Tántalo puede ser interesante hacer notar con mayor precisión el paralelismo (señalado antes, por lo demás) y también la diferencia que existe entre este mito griego y ciertos aspectos del mito cristiano. 

El hijo asesinado recuerda el sacrificio. Mejor dicho, el sentido simbólico del sacrificio y el renunciamiento a los bienes terrestres por amor al espíritu (la divinidad). De este modo, el simbolismo del «hijo asesinado» se encuentra en los mitos de todos los pueblos. Por no citar más que un ejemplo: cuando Abraham se dispone a sacrificar a su hijo, un ángel (intuición sublime) le revela que el único sacrificio valioso es la purificación del alma y de toda exaltación en ella, purificación cuyo símbolo más constante es el animal inocente, el cordero (el hecho de que el hombre a sacrificar se haya reemplazado por el animal indica al mismo tiempo la purificación de las costumbres que corresponde a la transformación evolutiva de las tribus de cazadores en tribus de pastores). 

En el mito judeocristiano el padre mítico de todos los hombres y Dios único, es símbolo de la idealización perfecta del espíritu. La madre mítica, por el contrario, es la tierra, el mundo manifiesto, el mundo sensible simbolizado en el mito griego por Deméter (terra-mater), y en el mito cristiano por la madre-virgen: María. En tanto el mundo sensible permanezca inocente (virgen), en la medida en que no haya sido vanidosamente exaltado, encuéntrase justificado frente al Dios-Espíritu. Únicamente la revuelta vanidosa (la promesa de la serpiente) puede herir el mundo de los sentidos (los deseos). Es así como en el mito cristiano, el símbolo del mundo inocente y bueno, de la madre mítica, María, es representado con frecuencia sobre la esfera terrestre destruyendo con su pie a la serpiente. 

Míticamente hablando, todo hombre es «hijo de dios». Es hijo de madre y padre míticos, hijo del espíritu y de la tierra. Los héroes míticos son más especialmente los «hijos de dios»: el espíritu, herencia del padre mítico, actúa en ellos; pero los deseos corporales no están menos presentes, ni los deseos terrenales, producidos por la madre mítica. De ahí el peligro de exaltación y, por lo tanto, los conflictos típicos del hombre, simbolizados por los combates que debe llevar a cabo el héroe. 

Para un desarrollo consecuente de la imaginación simbólica, el héroe del mito cristiano es representado como hijo de la tierra virgen, María, y del Espíritu Santo. Así se convierte en el vencedor definitivo del conflicto interior. Estando los deseos terrenales perfectamente disueltos, su energía se espiritualiza. Los goces corpóreos se convierten realmente y sin exaltación vanidosa en alegría sublime. Ese sacrificio último de los deseos múltiples es igualmente expresado por el símbolo del «hijo asesinado». Sin embargo, en virtud de la victoria realizada, el «hijo sacrificado» ya no significa el rechazo de algo sino quien sacrifica su «hijo» a la divinidad, sino que es «Dios» quien unió del siguiente modo. Gracias a su purificación perfecta, el héroe del mito cristiano —siendo un hombre real— se ha convertido en un «igual» del símbolo «divinidad»: es simbólicamente divinizado, es decir, que se ha convertido en la manifestación real de la cualidad ideal de la cual la divinidad es símbolo. Tal cualidad para seguir siendo el ideal exigido (simbólicamente hablando: Dios «quiere»), debe lograr que su «hijo» simbólico, el hombre real, resista hasta en la muerte el asalto del mundo perverso sin dejarse caer en la perversión. Expresado en el plano simbólico: Dios-Hijo se sacrifica a los hombres, mostrando, gracias a su invencible fuerza de sublimación, el camino de la salvación. 

Pero la analogía simbólica entre el mito griego y el mito del Nuevo Testamento es todavía más profunda. No concierne solamente al contraste entre la elevación vanidosa de Tántalo y la elevación sublime del mito cristiano, sino que toca también al simbolismo de la caída que (narrada en el Antiguo Testamento) precede a la elevación perfecta y sublime, de modo que la analogía se extiende así hasta el mito judaico. 

Satán, el espíritu caído (simbólicamente: el ángel caído), quiso —como Tántalo— igualarse a la divinidad. Como Tántalo es expulsado del cielo (lugar simbólico de la alegría) siendo precipitado en el infierno (lugar simbólico del tormento). Como Tántalo, Satán simboliza la exaltación imaginativa. Pero, y aquí se da la diferencia fundamental entre las dos culturas, el mito griego sigue siendo una aparición singular e individual, mientras que en el mito judeocristiano el ángel caído simboliza al espíritu del Mal. No es solamente la ilustración aislada del destino de la imaginación exaltada; es la personificación de esa función psíquica, pues simboliza la culpa y la caída del mundo entero. El principio psicológico del Mal (la exaltación vanidosa) se convierte en el plan simbólico en el príncipe del Mal, el demonio que, en forma de serpiente (vanidad), promete a Adán (símbolo de la humanidad) igualarlo a Dios. La diferencia más importante y más significativa entre el mito griego y el mito judeocristiano reside en el hecho de que Satán no incita a rechazar el fruto y a rebelarse contra el espíritu, sino a comer el fruto y rebelarse contra el «Espíritu-Dios». Pero la diferencia no es más que aparente, pues —psicológicamente hablando las exaltaciones inversas están ambivalentemente ligadas y terminan por fundirse en una misma significación. El rechazo exaltado de los deseos terrenales, de los «frutos», conduce —como lo muestra el castigo de Tántalo— los deseos a la exaltación alucinada de éstos mismos a su insaciabilidad: al deseo –aunque impotente— de coger el «fruto» (la invitación de la serpiente-Satán). El mito cristiano agrega al mito judío de la caída la explicación simbólica del estado de elevación perfecta, realmente alcanzado por el héroe (en la redención). El mito griego —precursor en ese sentido incompleto— ignora la visión del estado de elevación en su más alto grado y en su forma más perfecta; se conforma con expresar el horror que, comparado con su ideal de armonía, le inspira el exceso de elevación vana, impotente e insaciable que, en verdad, no es más que la caída mito de Tántalo. 

Mediante el mito de Perseo, la cultura griega, logra simbolizar la elevación sana y armónica, conforme a su ideal de equilibrio entre las pulsiones.