Mostrando entradas con la etiqueta esoterismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta esoterismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de diciembre de 2013

El mito de la alquimia. Mircea Eliade.

EL MITO DE LA ALQUIMIA

El restablecimiento del sentido y de las metas originales de la alquimia se ha debido sobre todo a la perspicacia de la historiografía contemporánea. No hace aún mucho tiempo se consideraba la alquimia como una protoquímica —es decir, una disciplina ingenua y precientífica— o, por el contrario, como un conjunto de tontas supersticiones sin apenas relación con la cultura. 

Los primeros historiadores de las ciencias buscaban en los textos alquímicos las observaciones de fenómenos químicos o los descubrimientos que los mismos pudieran contener. Pero un enfoque de este estilo equivaldría a juzgar y a clasificar las grandes obras poéticas de acuerdo con su precisión histórica, sus preceptos morales o sus implicaciones filosóficas. Es indudable que los alquimistas contribuyeron de hecho al progreso de las ciencias naturales, pero lo hicieron indirectamente, y únicamente como una consecuencia de su interés por las substancias minerales y la materia viva, ya que todos ellos eran «experimentadores» más bien que pensadores abstractos o letrados llenos de erudición. Sin embargo, su propensión a la «experimentación» no se limitaba al mundo natural. Como yo mismo he tratado de demostrar en mi obra Herreros y alquimistas, las experiencias de los alquimistas sobre las substancias minerales o vegetales habrían tenido un objetivo más ambicioso: modificar su propio modo de ser. 

El reciente cambio de la perspectiva historiográfica constituye por sí solo un importante fenómeno cultural. El análisis de ese tema nos llevaría demasiado lejos, por lo que me limitaré a afirmar que este nuevo enfoque historiográfico se puede percibir, por citar sólo algunos ejemplos, en las investigaciones de Joseph Needham y de Nathan Sivin sobre la alquimia china, en las de Paul Kraus y Henry Corbin sobre la alquimia islámica, en las de H.T. Shepard sobre la alquimia helenística y en las de Walter Pagel y Alien G. Debus sobre el Renacimiento y el período posterior. Personalmente incluiría también en esta corta lista algunas obras prometedoras publicadas en fecha reciente, como la dedicada a John Dee, etc. 

Para resituar de una manera más correcta la alquimia dentro de su contexto original, no debería perderse de vista lo siguiente: en todas las culturas en que la alquimia hace acto de presencia, ésta aparece siempre íntimamente vinculada a una tradición esotérica o «mística»: en China al taoísmo; en India, al yoga y el tantrismo; en el Egipto helenístico, a la gnosis; en los países islámicos, a las escuelas místicas del hermetismo y el esoterismo; en Occidente durante la Edad Media y el Renacimiento, al hermetismo, el misticismo cristiano y sectario y la cábala. En resumidas cuentas, todos los alquimistas declaran que su arte es una técnica esotérica, que persigue metas parecidas o comparables a las de las grandes tradiciones esotéricas y «místicas». 

Más adelante examinaré el carácter específico de ciertas prácticas alquímicas. De momento, me gustaría subrayar la importancia del secreto, es decir, de la transmisión esotérica de las doctrinas y las técnicas alquímicas. El texto helenístico más antiguo, Physiké kai mystiké (que probablemente proceda del siglo II de nuestra era), narra cómo fue descubierto el libro en cuestión, después de haber estado oculto en la columna de un templo egipcio. En el prólogo de un tratado alquímico indio clásico, el Rasarnava, la diosa le pide a Siva el secreto para convertirse en Jivan-mukta, es decir, un ser «liberado en la vida». Siva le responde que ese secreto es muy poco conocido, incluso entre los dioses. También Ko Hung (260-340), el más famoso de los alquimistas chinos, insiste sobre la importancia del secreto, afirmando: «El secreto protege las recetas eficaces… las substancias a las que se refiere son triviales, pero no es posible identificarlas si se desconoce el código respectivo». La incomprensibilidad intencionada de los textos alquímicos para el no iniciado se convierte poco menos que en un lugar común en la literatura occidental después del Renacimiento. Un autor citado por el Rosarium philosophorun declara: «Sólo quien conoce cómo se hace la piedra filosofal comprende las palabras que a ella se refieren». Y el Rosarium advierte al lector que esas cuestiones deben transmitirse «de forma misteriosa», de la misma manera que la poesía se sirve de las fábulas y las parábolas. En pocas palabras, nos vemos enfrentados a un «lenguaje secreto». Según algunos autores, existía incluso el «juramento de no divulgar el secreto en los libros».

Ahora bien, sabemos que el secreto era una regla general en casi todas las técnicas y las ciencias en sus comienzos: la cerámica, la minería, la metalurgia, la medicina y las matemáticas. Poseemos una rica documentación sobre la transmisión secreta de los métodos, los útiles y las recetas en China y en la India, en el Próximo Oriente antiguo y en Grecia. E incluso en fecha mucho más próxima a nosotros, un autor como Galeno advierte a uno de sus discípulos que la ciencia médica que él enseña se ha de acoger con la misma actitud que el iniciado mostraba ante el télete en los misterios de Eleusis. En realidad, cuando a alguien se le comunicaban los secretos de un oficio, de una técnica o de una ciencia, debía pasar por una especie de iniciación. Sin embargo, para la alquimia asiática u occidental, la comunicación de los secretos formaba parte integrante de un entramado mítico más amplio, que podemos describir de la forma siguiente. En el origen de los tiempos, esos secretos les fueron comunicados a algunas personas legendarias, para quedar «sellados» a continuación, y por lo tanto cuidadosamente protegidos. Este largo período de ocultamiento llegó a su final recientemente, y de nuevo es posible acceder a la revelación original; aunque, como no podía ser menos, sólo la comparten algunos adeptos escogidos, (después de haber pasado por una iniciación especial). 

El tema mitológico de la revelación primitiva, encubierta desde tiempos inmemoriales y que desde no hace mucho tiempo ha sido desvelada o redescubierta, adquiere una enorme importancia a lo largo de los cuatro últimos siglos antes de nuestra era. Este tema lo encontramos tanto en la India como en el Próximo Oriente, en Egipto y en las regiones mediterráneas. En la época helenística se desarrolla toda una «literatura de la revelación», desde Heraclio Póntico (300-310), un discípulo de Platón, hasta los innumerables libros oraculares, los escritos apocalípticos y apócrifos judíos y el Corpus herméticas. 

Los secretos desvelados en esos textos pueden estar en relación con acontecimientos inminentes y decisivos de la historia (así sucede, por ejemplo, en el caso de los escritos oraculares o apocalípticos), o bien pretenden dar a conocer los medios para alcanzar la perfección, la «sabiduría», la salvación o incluso la inmortalidad. 

La literatura alquímica pertenece a esta segunda categoría; los escritos de los alquimistas chinos, indios, islámicos y europeos se refieren a métodos, experiencias y recetas que son capaces de curar a los hombres, y por lo tanto de prolongar indefinidamente la vida humana, pero también de sublimar los metales viles —es decir, de transmutarlos en oro alquímico—, y que pueden conceder la inmortalidad a los hombres. De manera característica, la realización de la obra alquímica misma no comporta en modo alguno la abolición de la obligación del secreto y la ocultación. Según Ko Hung, los adeptos que han obtenido el elixir y se hacen inmortales (hsien) continúan llevando una vida errante por el mundo, aunque disimulan su estado de inmortales, y sólo son reconocidos por algunos colegas alquimistas. También en la India existe una inmensa literatura, en sánscrito y en lengua vernácula, relativa a ciertos siddhis célebres, concretamente a yoguis alquimistas que viven durante siglos, pero que raramente se manifiestan. Esta misma creencia la encontramos en Europa central y occidental: a algunos hermetistas y alquimistas se les atribuía una vida indefinida, pero sin que sus contemporáneos los reconociesen (por ejemplo, Nicolás Flamel y su mujer Pernelle). Durante el siglo XVII este mismo mito se aplicó a los representantes de los Rosacruces, y durante el siglo siguiente, con un matiz más popular, al misterioso conde de Saint-Germain. 

Semejante esquema mítico, centrado en la revelación original redescubierta después de un largo período de obscuridad y actualmente entregada a algunos iniciados que se han comprometido a guardar el secreto sobre sus trabajos, tiene una importancia decisiva para la comprensión de la alquimia. Las fases de la «obra» (opus) alquímica constituyen una iniciación, es decir, una serie de experiencias específicas que tienen por objetivo la transformación radical de la condición humana. Pero el iniciado que ha tenido éxito es incapaz de expresar convenientemente su nueva manera de ser en lengua profana, por lo que se ve obligado a utilizar un lenguaje «secreto». Por otra parte, rechazará (una) prodigiosa longevidad –con otras palabras, la «inmortalidad terrestre»— por los mismos motivos que Buda les prohibía a los Bhikkus poner de manifiesto sus «poderes milagrosos» (siddhi): porque tales «poderes milagrosos» habrían podido turbar a los ignorantes y desorientar a los inocentes. No voy a discutir aquí el tema de los orígenes de la alquimia, pero es evidente que los objetivos de la búsqueda alquímica —a saber, la salud y la longevidad, la transmutación de los metales viles en oro, y la fabricación del elixir de inmortalidad— tienen tras de sí una larga prehistoria en Oriente y (también) en Occidente; dicha prehistoria revela por otra parte de manera significativa una estructura mítico-religiosa precisa. De hecho, hay incontables mitos que evocan una fuente, un árbol, una planta u otra substancia cualquiera capaz de conceder la longevidad, el rejuvenecimiento o la inmortalidad. Podríamos citar, por ejemplo, el soma védico, el hacma iranio, la ambrosía griega, y el legendario caldero celta que contenía el alimento que otorgaba la inmortalidad, o bien la fuente de la juventud, las hierbas milagrosas y los frutos rejuvenecedores de un árbol difícil de alcanzar. Ahora bien, en todas las tradiciones alquímicas, pero de manera especial en la alquimia china, determinadas plantas y frutas tienen un papel destacado en el arte de prolongar la vida y de encontrar de nuevo la eterna juventud. 

La continuidad entre un esquema mítico-ritual arcaico y la investigación alquímica está ilustrada aún más claramente en la adaptación y la reinterpretación de la conocida ceremonia del retorno simbólico a los orígenes. En la India antigua, el arquetipo del ritual iniciático (diksa) reproduce al detalle un regressus ad uterum: el protagonista se ve recluido en una cabaña que representa simbólicamente la matriz: el individuo en cuestión se convierte así en el embrión. Cuando abandona la cabaña, se le equipara al embrión saliendo del útero, y se le proclama «nacido en el mundo de los dioses». Pues bien, es significativo que Caraka, el mejor experto en medicina india, recomiende un tratamiento de ese mismo estilo para curar a los enfermos y sobre todo para rejuvenecer a los ancianos: al enfermo se le encierra en una habitación obscura, donde experimenta un regressus ad uterum. (Por ejemplo, este tratamiento se le aplicó en enero-febrero de 1938 al pandit Mandan Mohan Mahaniya. La prensa internacional escribió entonces que, cuando el pandit abandonó la habitación, parecía un hombre de sesenta años.) Una de las partes del canon Ayurveda, dedicado específicamente el rejuvenecimiento, se llama el rasayana, literalmente «la vía de la savia orgánica». Pero el término rasayana terminó designando la «alquimia», y la palabra rasa se utilizó posteriormente en el sentido de «mercurio». Alberuni la malinterpretó al entenderla en el sentido de «oro». De esta manera, un ritual de iniciación que giraba en torno a la realización del retorno simbólico a la matriz, seguido de un renacimiento a una espiritualidad superior, quedó integrado en el sistema médico tradicional de la India, como técnica específicamente consagrada al rejuvenecimiento. Por otra parte, esta misma técnica se entendió en el sentido de «alquimia» en su uso posterior. 

También la técnica taoísta de la «respiración embrionaria» implica el regressus ad uterum. El adepto trata de imitar la respiración en circuito cerrado del feto. Un célebre dicho taoísta explica el objetivo que se debe alcanzar por medio de ese ejercicio de yoga: «Volviendo a la base, retornando al origen, se ahuyenta la vejez, se retorna al estado fetal». Otro texto taoísta lo explica de la siguiente manera: «Justamente por este motivo, Buda (Yonlai Tathagata), en su gran misericordia, reveló el método del trabajo (alquímico) del fuego y enseñó al hombre a penetrar de nuevo en la matriz, para rehacer su (verdadera) naturaleza y (la plenitud) de su lote de vida». Este mismo motivo lo encontramos a menudo en la alquimia occidental. Entre los numerosos ejemplos citados en mi libro, recordaré estas palabras de Paracelso: «Quien quiera entrar en el reino de Dios, antes ha de penetrar con su cuerpo en su madre, y morir allí». En un tratado del siglo XVIII se puede leer: «Porque no me es dado alcanzar el reino celestial si no nazco una segunda vez. Por eso, deseo retornar al seno de mi madre, a fin de ser regenerado…». Todos estos símbolos, todos los mencionados rituales y sus técnicas ponen de relieve una idea central: para obtener el rejuvenecimiento o la longevidad, es necesario volver a los orígenes, y así recomenzar la propia vida. Pero esta idea implica la posibilidad de abolir el tiempo —es decir, el pasado—, y más concretamente presupone un cierto control sobre el fluir temporal. Podemos discernir un pensamiento casi análogo bajo las creencias y las prácticas de los mineros y los metalúrgicos de antaño. «Las substancias minerales participan de la sacralidad de la madre tierra. Muy pronto nos topamos con la idea de que los minerales ‘crecen’ en el vientre de la Tierra, ni más ni menos como los embriones. El arte de la metalurgia adquiere así un carácter obstétrico. El minero y el metalúrgico intervienen en el desarrollo de la embriología subterránea: precipitan el ritmo del crecimiento de los minerales, colaboran con la obra de la naturaleza y la ayudan a dar a luz más de prisa.» En pocas palabras, por medio de sus técnicas, el hombre substituye poco a poco al tiempo; su trabajo reemplaza la obra del tiempo.

En seguida hablaré de las consecuencias de una concepción como ésta; gracias al fuego, los metalúrgicos transforman los minerales «niños» en metales «adultos», con el pensamiento subyacente de que, si se les otorgase el tiempo suficiente, los minerales se convertirían en metales «puros» en el seno mismo de su madre, la Tierra. Más aún, los «verdaderos» metales se habrían transformado en oro si se les hubiese dejado «crecer» sin molestarlos durante algunos miles de años. Esta creencia era popular en numerosas sociedades tradicionales y en Europa occidental sobrevivió hasta la revolución industrial. Ya en el siglo II antes de Cristo, los alquimistas chinos declaraban que los metales «viles» pasan a ser metales «nobles» después de muchos años. Esta misma convicción la compartían diversas poblaciones del sudeste asiático. «Así, los annamitas están persuadidos de que el oro encontrado en las minas se fue formando sobre el lugar lentamente con el correr de los siglos y de que, si al principio se hubiese perforado el suelo, se habría descubierto bronce donde hoy ha aparecido el oro. 

Es inútil multiplicar los ejemplos. Me limitaré a citar a un alquimista occidental del siglo XVIII. «Si no encontrase impedimentos que desde fuera se oponen a la ejecución de sus designios, la naturaleza llevaría a feliz término todas sus producciones… Por ello, el nacimiento de los metales imperfectos debemos verlo como un caso parecido al de los abortos y los monstruos, que únicamente se producen porque la naturaleza se ve desviada en sus acciones y se encuentra con una resistencia que le ata las manos y con obstáculos que le impiden actuar con la regularidad que es habitual en ella… Así se explica el hecho de que, aunque ella sólo quiera producir un único metal, en realidad se ve obligada a sacar muchos de él.» Sin embargo, únicamente el oro «es el hijo deseado» por ella. El oro es «su hijo legítimo, porque nada fuera del oro es verdadera producción».

Por lo tanto, la nobleza del oro reside en el hecho de ser el fruto que ha alcanzado plena madurez; los demás metales son «vulgares», por no ser frutos maduros. En otras palabras, el objetivo último de la naturaleza es la terminación del reino mineral, su completa «maduración». La transformación natural de los metales en oro está inscrita en el destino de los primeros, por el simple hecho de que la naturaleza tiende a la perfección. 

Esta increíble exaltación que provoca el oro nos incita a detenernos un instante en el tema. Hay una maravillosa mitología del homo faber: todos esos mitos, leyendas y poemas épicos narran los comienzos decisivos de la conquista del mundo natural por parte de los primeros hombres. Pero el oro no pertenece a esta mitología del homo faber, sino que es una creación del homo religiosus. El valor de ese metal obedece en último término a razones esencialmente simbólicas y religiosas: fue el primer metal que utilizaron los hombres, a pesar de que con él no se pudieron fabricar ni herramientas ni armas. A lo largo de la historia, desde las innovaciones tecnológicas del empleo de la piedra hasta el trabajo del bronce, posteriormente del hierro y, finalmente, del acero, el oro no ha desempeñado papel alguno. Por otra parte, es el metal más difícil de explotar: para obtener de seis a doce gramos de oro hay que extraer a la superficie una tonelada de mineral. 

La explotación de los depósitos de aluvión, aunque a menudo resulta menos complicada, es también mucho menos provechosa: algunos centigramos por metro cúbico de arena. Comparativamente, el trabajo de explotación del petróleo es infinitamente más simple y más fácil; ello no obstante, desde el tiempo de los faraones hasta nuestros días, los hombres no han cesado de buscarlo afanosamente. El valor simbólico primordial del oro jamás ha podido ser abolido, a pesar de la progresiva desacralización de la naturaleza y de la existencia humana. 

«El oro es la inmortalidad», repiten los Brahmanas, textos rituales postvédicos compuestos a partir del siglo VIII antes de Cristo. Consiguientemente, cuando se ha obtenido el elixir que transforma los metales en oro alquímico, se tiene también la inmortalidad; la transmutación de los metales equivale a un crecimiento milagroso. Según el famoso alquimista Arnaldo de Vilanova, «en la naturaleza existe una cierta materia pura que, descubierta y perfeccionada por medio del arte, convierte en sí misma los cuerpos imperfectos que toca». En otras palabras, el elixir (o-la piedra filosofal) consuma el trabajo de la naturaleza y lo completa. En este mismo sentido afirma fray Simón de Colonia en Speculum himiae: «Este arte nos enseña a elaborar un remedio llamado elixir, el cual, derramado sobre los metales imperfectos, los perfecciona completamente, y por esta razón lo inventaron». Ben Jonson desarrolló la misma idea en su obra de teatro El alquimista (acto segundo, escena segunda). Uno de los personajes, Surly, duda en compartir la opinión alquímica según la cual el crecimiento de los metales sería comparable a la embriología animal, y según la cual, a semejanza del polluelo que rompe el huevo, todos los metales indistintamente terminarían convirtiéndose en oro gracias a la lenta maduración que actúa en las entrañas de la Tierra. Y es que, como afirma Surly, «el huevo está destinado por la naturaleza a este fin y es un polluelo in potentia». A lo que Subtle replicará: «Afirmamos que tanto el oro como los otros metales se habrían convertido en oro si hubiesen dispuesto del tiempo necesario para ello». Otro personaje, Mammón, afirma: «Y eso es precisamente lo que hace realidad nuestro arte». 

Por otra parte, el elixir es capaz de acelerar el ritmo temporal de todos los organismos, y por tanto de su crecimiento. Ramón Llull escribió: «En primavera, la piedra, por su inmenso y maravilloso calor, aporta la vida a las plantas: si disuelves el equivalente de un grano de sal de dicha piedra en una cascara de nuez (llena) de agua, y con esa disolución riegas una cepa de vid, ésta dará uvas maduras en mayo». Como la alquimia árabe y la occidental, también la alquimia china exalta las virtudes terapéuticas del elixir. Ko Hung repite a menudo que el elixir podía «curar» los metales ordinarios y transformarlos en oro; Roger Bacon, sin emplear la expresión piedra o elixir, habla en su Opus majus de una «medicina que elimina las impurezas y todas las corrupciones del más vil metal, puede lavar las impurezas del cuerpo e impide tan perfectamente la decadencia del cuerpo que prolonga la vida durante varios siglos». Según Arnaldo de Vilanova, «la piedra filosofal cura todas las enfermedades… En un solo día cura una enfermedad que duraría un mes, en doce días una enfermedad de un año, y otra más larga en un mes. La piedra filosofal devuelve la juventud a los viejos». Todo parece indicar que el secreto principal del opus alchimicum está vinculado al poder del adepto sobre el tiempo humano y el tiempo cósmico. 

En la naturaleza podemos distinguir tres importantes ritmos temporales: el tiempo geológico, el tiempo vegetal y animal, y el tiempo humano. En otras palabras, la naturaleza es un inmenso organismo viviente, en que cada uno de sus componentes —los minerales, la piedra, las plantas, los animales y los hombres— es el resultado de una inseminación, de una germinación y de un nacimiento. Sin embargo, los ritmos temporales son diferentes para cada forma de vida; la maduración de los minerales se alcanza en algunos miles de años, mientras que las plantas crecen, fructifican y mueren en pocos meses. Para dominar el tiempo, es necesario controlar también sus diferentes ritmos, y por consiguiente poder intercambiar sus ciclos temporales. Como ya hemos visto, los primeros mineros y metalúrgicos creían poder acelerar el crecimiento de los minerales por medio del fuego. Los alquimistas fueron más ambiciosos: por una parte, pensaban «curar» los metales ordinarios y acelerar su maduración, transmutándolos en metales más nobles y finalmente en oro, pero, además, llegaban a dar por sentado que su elixir curaba y rejuvenecía a los hombres, prolongando su vida indefinidamente y convirtiéndolos en seres inmortales. En pocas palabras, para los alquimistas la vida era la epifanía del tiempo orgánico. Por otra parte, la intervención activa del alquimista en el ciclo natural introduce un elemento nuevo que podríamos calificar de «escatológico». 

El opus alquímico —la curación, la maduración acelerada y el perfeccionamiento de las creaciones de la naturaleza— da lugar a una escatología natural, si nos es lícito hablar así; el alquimista anticipa el «fin y la plenitud gloriosa» de la naturaleza. 


Este pensamiento lo podríamos comparar con la esperanza que resuena en Teilhard de Chardin de una redención cósmica a través de Cristo: la transmutación de la materia cósmica por el sacramento de la misa. 

Como veremos en seguida, existe una simetría fundamental entre la teología optimista de Teilhard de Chardin —y más especialmente entre su esperanza en una escatología cósmica llevada a su plenitud por Cristo— y la ideología religiosa de la alquimia occidental tardía. 

Pero, antes de hablar de estos problemas, voy a resumir rápidamente el desarrollo de la alquimia en la Europa central y occidental. El entusiasmo provocado por el redescubrimiento del neoplatonismo y del hermetismo helenístico al principio del Renacimiento italiano se prolongó durante dos siglos. Ahora sabemos que las doctrinas neoplatónicas y herméticas ejercieron un impacto profundo y creador sobre la filosofía y las artes y, paralelamente, tuvieron un importante papel en el desarrollo de la química alquímica, de la medicina, de las ciencias naturales, de la educación y de la teoría política.

Por lo que se refiere a la alquimia, hemos de recordar que algunos de sus datos fundamentales —por ejemplo, el crecimiento de los minerales, la transmutación de los metales, el elixir y la obligatoriedad del secreto— fueron transmitidos desde la Edad Media hasta el Renacimiento y la Reforma. Los sabios del siglo XVII, por ejemplo, lejos de poner en tela de juicio el crecimiento de los metales, se preguntaban si los alquimistas podían ayudar a la naturaleza, y si «quienes ya pretendían haberlo hecho eran hombres sinceros, mentecatos o simplemente impostores». Hermán Boerhaave (1664-1739), considerado el primer gran químico racional, conocido por sus experimentos, todavía creía en la transmutación de los metales, y en seguida veremos el importante lugar que le corresponderá a la química en la revolución científica de Newton. Pero, bajo el influjo del neoplatonismo y del hermetismo, la alquimia árabe y occidental tradicional de la época medieval amplió su sistema de referencia. El modelo aristotélico fue reemplazado por el modelo neoplatónico, que pone de relieve el papel de los intermediarios espirituales entre el hombre, el cosmos y la divinidad suprema. Esta antigua creencia universal de la colaboración del alquimista con la naturaleza asumió desde entonces una significación cristológica. Los alquimistas pensaban entonces que, de la misma manera que Cristo había rescatado al hombre por su muerte y su resurrección, el opus alchimicum aseguraría la redención de la naturaleza. Heinrich Kunrath, hermético del siglo XVI, equiparaba la piedra filosofal con Jesucristo, el «hijo del macrocosmos», y pensaba que su descubrimiento revelaba la verdadera naturaleza del macrocosmos, como Cristo había otorgado su integridad a ese microcosmos que es el hombre. C.G. Jung concedía mucha importancia a ese aspecto de la alquimia del Renacimiento y de la Reforma y estudió con singular cuidado el paralelismo existente entre Cristo y la piedra filosofal. En el siglo XVIII, el benedictino Dom Pernety resumía así la interpretación alquímica del Mysterium cristiano: «… Su elixir es originariamente una parte del espíritu universal del mundo, encarnado en una tierra virgen, de donde debe ser extraído para pasar por todas las operaciones necesarias antes de alcanzar su estado final de gloria y perfección inmutable. En la primera preparación es sometido a tortura, como dice Basilio Valentín, hasta derramar su sangre; en la putrefacción, muere; cuando el calor blanco sucede al negro, sale de las tinieblas de la tumba y resucita glorioso, para subir después, totalmente quintaesenciado, al cielo; de allí, afirma Ramón Llull, viene a juzgar a los vivos y los muertos y a recompensar a cada uno según sus obras». «Los muertos» corresponden a una parte del hombre impuro y alterado, que no puede resistir al fuego y es aniquilada en la Gehena. 

Desde el Renacimiento, la antigua alquimia operativa, lo mismo que sus reinterpretaciones místicas y cristológicas más recientes, tuvieron un papel decisivo en la extraordinaria metamorfosis que hizo triunfar las ciencias naturales y la revolución industrial. La esperanza de rescatar al hombre y a la naturaleza por medio del opus alquímico era la prolongación de la nostalgia de una renovatio radical que atormentaba a la cristiandad occidental desde Giacchino da Fiore. Esta regeneración, el «Renacimiento espiritual», es el objetivo principal del cristianismo, pero, por múltiples razones, paulatinamente fue perdiendo importancia en la vida religiosa institucional. Fue más bien la nostalgia de un «renacimiento espiritual» auténtico, la esperanza de una metanoia colectiva y de una transfiguración de la esperanza lo que inspiró los movimientos milenaristas de la Edad Media y del Renacimiento, las teologías proféticas, las visiones místicas y la gnosis hermética; esa misma esperanza inspiró lo que podríamos llamar la reinterpretación alquímica del opus alchimicum. John Dee (nacido en 1527), alquimista famoso, matemático y sabio universal, le aseguraba al emperador Rodolfo II que él poseía el secreto de la transmutación; según él, las fuerzas espirituales liberadas por operaciones ocultas, y sobre todo alquímicas, podían cambiar el mundo. El alquimista inglés Elias Ashmole, como otros muchos contemporáneos suyos, estaba convencido de que la alquimia, la astrología y la magia constituían la salvaguarda de las ciencias de su tiempo. De hecho, para los discípulos de Paracelso y de Van Helmond la naturaleza sólo era comprensible por el estudio de la «filosofía química» (es decir, la nueva alquimia), o «verdadera medicina»; la clave que nos revelaría los secretos tanto de la tierra como del cielo era ahora la química, y no la astronomía; la alquimia tenía una significación divina. 

Y dado que la Creación se entendía como un proceso químico, los fenómenos terrestres y celestes se interpretaban también en términos químicos; el «filósofo químico» podía llegar a conocer los secretos de los cuerpos terrestres y celestes basándose en las relaciones existentes entre el macrocosmos y el microcosmos. Así se explica que Robert Fludd ofreciera una descripción química de la circulación de la sangre, a la que parangonaba con el movimiento circular del Sol. 

Como muchos de sus contemporáneos, los herméticos y los «filósofos químicos» esperaban y preparaban un cambio radical de todas las instituciones religiosas, sociales y culturales. 

La primera fase ineludible de esta renovatio universal era la reforma de la ciencia; fue justamente un librito, titulado Fama fraternitatis, publicado de forma anónima en 1614, el que desencadenó el movimiento de ideas de los Rosacruces al apelar a una renovación del saber. 

El fundador mítico de la orden, Christian Rosenkrantz, tenía fama de haber accedido a los verdaderos secretos de la medicina y de todas las ciencias. Escribió numerosos libros que, por constituir una materia secreta, sólo estuvieron a disposición de los mismos Rosacruces. De esta manera, a principios del siglo XVIII volvemos a toparnos con un proceso ya conocido: un personaje mítico que transmite a un grupo secreto de iniciados la revelación primordial, redescubierta después de haber estado disimulada durante siglos. Como en numerosos textos chinos, tántricos y helenísticos, este redescubrimiento se anuncia al mundo para llamar la atención de todos aquellos que buscan sinceramente la verdad y la salvación, y ello, a pesar de que, en sí misma, dicha revelación continúe estando vedada a los profanos. El autor de Fama fraternitatis les pedía en realidad a todos los hombres de ciencia de Europa que reconsiderasen su arte y que se uniesen a los Rosacruces para acelerar la reforma. La respuesta a esta llamada fue tan llamativa que en menos de diez años se publicaron varios cientos de libros y opúsculos sobre esta asociación secreta. En 1619, Johann Valentín Andreae, de quien se sospecha que fue el autor de Fama, publicó Christianopolis, obra que sin duda influyó sobre la New Atlantis (Nueva Atlántida) de Bacon. En Christianopolis sugería Andreae que se formase una asociación que se propusiese la elaboración de un nuevo método de conocimiento a partir de la «filosofía química». El centro de estudios de esta ciudad utópica sería un laboratorio, donde «se unirán el cielo y la tierra» y «serán descubiertos los misterios divinos grabados en la tierra».

Entre los defensores de la obra Fama fraternitatis y de los Rosacruces se encontraba Robert Fludd, miembro del Colegio real de físicos y adepto de la alquimia mística. En términos enérgicos declaró que era imposible que alguien alcanzase el conocimiento supremo de la filosofía natural sin poseer antes una formación seria en las ciencias ocultas. Para él, la «verdadera medicina» era la base misma de dicha filosofía: nuestro conocimiento del microcosmos —es decir, del cuerpo humano— nos hace tomar conciencia de la estructura del universo y nos guía hacia nuestro Creador; y a la inversa, cuanto más sabemos sobre el universo, más nos conocemos a nosotros mismos.

Algunos estudios recientes, especialmente el de Delsus y el de Frances Yates, han aportado nuevas luces sobre las consecuencias de esta investigación de las ciencias naturales a partir de la «filosofía química» y de las ciencias ocultas. La importancia concedida a la mejora de las recetas alquímicas por medio de experimentos en laboratorios bien equipados desembocó en la química racional, y el intercambio continuo y sistemático de informaciones entre los científicos tuvo como consecuencia la creación de numerosas academias y sociedades científicas. Sin embargo, el mito de la «verdadera alquimia» continuó ejerciendo su influjo en los autores de la revolución científica. En un ensayo publicado en 1658, Robert Boyle preconizaba la libre circulación de los secretos medicinales y alquímicos. Por su parte, Newton opinaba que era peligroso dar a conocer los secretos de la alquimia, y en este sentido le escribió al secretario de la Royal Society que Boyle debería guardar «el secreto más absoluto en esta materia». 

Newton jamás publicó los resultados de sus estudios y experimentos alquímicos, a pesar del éxito obtenido en algunos de ellos; pero sus innumerables manuscritos alquímicos, descuidados hasta 1940, han sido muy bien estudiados por el profesor Dobbs en el libro The Foundations of Newton’s Alchemy (Los fundamentos de la alquimia de Newton). Según Dobbs, Newton escudriñó «todas las obras de la alquimia antigua como nunca se había hecho antes ni se ha vuelto a hacer después» (pág. 88). Buceaba en ella en busca de la estructura del microcosmos, para compaginarla con su sistema cosmológico: el mismo descubrimiento de la fuerza de gravitación no le satisfacía plenamente. Si bien es verdad que, a pesar de sus experimentos intensivos de 1668 a 1696, no consiguió dar con la energía que gobierna la acción de los cuerpos pequeños, cuando en 1679-1680 comenzó a estudiar concienzudamente la dinámica del movimiento orbital no hacía otra cosa que aplicar sus ideas sobre la atracción química del cosmos 

Como han mostrado Mac Guire y Rattons, Newton estaba convencido de que, desde los primeros tiempos, «Dios había enseñado los secretos de la filosofía natural y de la verdadera religión a algunos elegidos. Con el paso del tiempo, este conocimiento se perdió, aunque sería redesdescubierto parcialmente e incorporado a las fábulas y las fórmulas mágicas, para de esa manera sustraerlo a los profanos; ahora, en los tiempos modernos, podía ser recuperado de nuevo por medio de la experiencia».

Por este motivo, Newton dirigió generalmente su interés hacia las partes más esotéricas, esperando encontrar ocultos allí los verdaderos secretos. 

Es un hecho sumamente significativo que el fundador de la física mecánica moderna jamás haya rechazado la teología de la revelación primordial oculta, ni el principio de la transmutación, que constituye el fundamento mismo de la alquimia. En su tratado sobre la Óptica escribió: «La transformación de los cuerpos en luz, y a la inversa, se conforma a las leyes de la naturaleza, la cual parece no ocultar su gozo ante dicha transmutación». Según el profesor Dobbs, «el pensamiento alquímico de Newton estaba tan bien fundamentado que el gran científico jamás llegó a poner en tela de juicio su valor como regla general y, con posterioridad a 1675, toda su carrera se concentró hasta cierto punto en integrar la alquimia dentro de la filosofía mecánica»; cuando publicó los Principia, sus adversarios afirmaron con vehemencia que las fuerzas de Newton eran en realidad fuerzas ocultas. Dobbs admite que tales críticas eran fundadas: «Las fuerzas de Newton se parecían mucho a las simpatías y antipatías secretas que encontramos en la literatura oculta del Renacimiento. Pero Newton había dado a esas fuerzas un estatuto ontológico equivalente al de la materia y la energía. En efecto, al cuantificar esas fuerzas, Newton les permitió a los filósofos mecánicos elevarse por encima del mecanismo imaginario del impacto». En su libro Force in Newton’s Physics, el profesor Richard Westfall llega a la conclusión de que la unión de la tradición hermética con la filosofía mecánica fue la que en realidad engendró la ciencia moderna, aunque esta última, en su desarrollo espectacular, ha ignorado o rechazado su legado hermético. En otras palabras, el éxito de la mecánica newtoniana ha consistido en la aniquilación de su propio ideal científico; en realidad, Newton y sus contemporáneos esperaban que la revolución científica tomase un rumbo muy distinto del que de hecho tomó. Prolongando y desarrollando las esperanzas de los neoalquimistas del Renacimiento y su objetivo —la redención de la naturaleza—, hombres tan diversos como Paracelso, John Dee, Comenius, J.V. Andreae, Ashmole, Fludd y Newton veían en la alquimia el modelo de una empresa más ambiciosa: la perfección del hombre por medio de un nuevo método científico. Para todos esos autores, el método en cuestión habría unido un cristianismo supraconfesional a la tradición hermética y a las ciencias naturales: medicina, astronomía y física mecánica. Esta ambiciosa síntesis era en realidad una nueva creación religiosa comparable a la precedente asimilación de las realizaciones metafísicas del platonismo, del aristotelismo y de los neoplatónicos. La elaboración, a lo largo del siglo XVII, de esta forma de conocimiento representa la última tentativa religiosa de la Europa cristiana. Pitágoras y Platón habían propuesto a la Grecia antigua sistemas religiosos de la ciencia, pero éstos son característicos sobre todo de la cultura china, donde el arte, la ciencia y la tecnología resultarían incomprensibles sin implicaciones cosmológicas, éticas y «existenciales». 

En conclusión, podemos afirmar que el alquimista consumó la última fase de un proyecto muy antiguo que había nacido cuando los primeros hombres emprendieron la tarea de transformar la naturaleza. El concepto de transmutación alquímica es, pues, la última expresión de esta creencia inmemorial de la acción humana sobre la transformación de la naturaleza. El mito de la alquimia es uno de los raros mitos optimistas: efectivamente, el opus alchimicum no se limita a transformar, perfeccionar o regenerar la naturaleza, sino que confiere perfección a la existencia humana, otorgándole salud, juventud eterna e incluso inmortalidad. 

En la perspectiva de la historia de las religiones, se puede afirmar que, por la alquimia, el hombre recupera su perfección original, la pérdida de la cual ha inspirado multitud de leyendas trágicas en todo el mundo. 

Para el alquimista, el hombre es un creador: regenera la naturaleza y domina el tiempo; el hombre perfecciona la creación divina. Esta «escatología natural» puede compararse con la teología evolucionista, redentora y cósmica de Teilhard de Chardin, considerada generalmente una de las raras teologías cristianas optimistas. Esta concepción del hombre como ser creador dotado de una imaginación inagotable es la que sin duda explica la supervivencia de los ideales alquímicos en la ideología del siglo XIX; la supervivencia de esos ideales, completamente secularizados ya en esa época, parecía comprometida, puesto que la alquimia misma había desaparecido. El triunfo de las ciencias experimentales no había abolido los sueños y los ideales de la alquimia, pero la nueva ideología del siglo XIX los cristalizó alrededor del mito del progreso indefinido. Dicha ideología, confirmada por las ciencias experimentales y los avances de la industrialización, ha recuperado los sueños milenaristas de los alquimistas y les ha dado nuevo impulso, a pesar de su secularización radical. El mito de la perfección y de la redención de la naturaleza ha sobrevivido bajo otra forma en los proyectos prometeicos de las sociedades industrializadas que se han propuesto por meta la transformación en «energía». 

Fue también en el siglo XIX cuando el hombre consiguió suplantar el tiempo; su deseo de acelerar el ritmo natural de los seres orgánicos e inorgánicos comienza ya a ser una realidad, en un momento en que los productos sintéticos de la alquimia orgánica han demostrado la posibilidad de acelerar, e incluso aniquilar, el tiempo, por medio de la preparación en laboratorio y en fábrica de substancias que la naturaleza habría tardado varios miles de años en producirlas; como es bien sabido, «la preparación sintética de la vida», aunque nada más fuera bajo la forma de algunas modestas moléculas de protoplasma, ha constituido la aspiración suprema de la ciencia desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días. 

Al conquistar la naturaleza por las ciencias fisicoquímicas, el hombre puede convertirse en rival de esa misma naturaleza, sin ser esclavo del tiempo, pues a partir de ese momento la ciencia y el trabajo humano realizarán tareas reservadas hasta entonces a la naturaleza. Con lo que él reconoce como esencial de sí mismo, a saber, con su inteligencia aplicada y su capacidad de trabajo, el hombre carga sobre sí la función de duración temporal, el papel del tiempo. Sin duda, el hombre ha estado condenado al trabajo desde el principio, pero en las sociedades tradicionales el trabajo tenía una dimensión litúrgica y religiosa, mientras que ahora, en las sociedades industriales modernas, está completamente secularizado. Por primera vez en su historia, el hombre ha asegurado la tarea de «actuar mejor y más rápido» que la naturaleza, sin tener a su disposición la dimensión sagrada que hace soportable el trabajo en las otras sociedades. 

Esta secularización radical del trabajo humano ha tenido consecuencias equiparables a las que siguieron a la domesticación del fuego y al descubrimiento de la agricultura. 

Pero ésta es ya otra historia…

sábado, 5 de octubre de 2013

El agua. Propiedades. Influencia de las emociones en su cristalización según Masaru Emoto.

El agua es el medio en el que se desarrolla la vida basada en el carbono. La configuración de su molécula explica las extrañas y singulares propiedades que la adornan disponiéndola para ser el entorno inmejorable en el que se producirán las delicadas y complejas reacciones propias de los seres vivos. Analizamos su constitución para entender la razón de estas propiedades y apreciar mejor esta maravilla de la Naturaleza.

La figura anterior es la estructura de la molécula del agua: los dos átomos de Hidrógeno se unen al Oxígeno por medio de un enlace de compartición de electrones. Como el Oxígeno atrae los electrones más fuertemente éstos se encuentra más próximos a él produciéndose una polarización: aparece una pequeña carga negativa en el Oxígeno, d-, e igual carga, d+, en el Hidrógeno. El dipolo formado es de trascendental importancia. 
Las moléculas se atraen orientándose de acuerdo con las cargas y acercándose hasta una distancia que es 2/3 de la total O - O. Es un verdadero enlace, llamado enlace de Hidrógeno,  mucho más débil que el covalente de compartición de electrones O - H, pero causante del comportamiento irregular y maravilloso del agua. 
Las moléculas se mueven al azar chocando unas con otras debido al movimiento caótico que poseen en función de su temperatura. Cuanto más elevada es la temperatura la agitación térmica es mayor y los enlaces de hidrógeno se rompen (aunque algunos permanecen incluso en estado de vapor); pero si la temperatura desciende el movimiento caótico disminuye y los enlaces de hidrógeno se hacen más estables formándose agrupaciones irregulares de moléculas como en el gráfico de más arriba: la densidad del líquido aumenta hasta llegar a un punto, 4 ºC, en el que su organización se produce en mayor grado. Enfriando más se llega a un punto en el que las moléculas se orientan formando estructuras que dejan hueco entre ellas por lo que el volumen aumenta y la densidad disminuye. La densidad del agua es máxima a la temperatura de 4 ºC. Siguiendo el enfriamiento las moléculas acaban formando estructuras rígidas organizadas espacialmente (hielo) que al ocupar mayor volumen su densidad es menor. En la imagen se observa la formación de ciclos hexagonales no planos con espacios vacíos en su interior. El hielo flota sobre el agua quedando sobre su superficie aproximadamente la décima parte del total. Esta estructura con simetría hexagonal se proyecta al exterior en la formación de bellos cristales en los copos de nieve.
Estructura cristalina del hielo
Cristales hexagonales de nieve

Por su pequeña masa el agua debería ser una sustancia gaseosa en las condiciones ambientales normales y, sin embargo, es un líquido con elevado punto de fusión, 0 ºC, y ebullición, 100 ºC, debido a la atracción orientada de las moléculas polares.  
El intervalo de temperaturas en las que permanece en estado líquido a la presión atmosférica es grande, 100 ºC. 
El hecho de que el hielo flote es de enorme importancia. En un lago al enfriarse el agua en contacto con la atmósfera aumenta de densidad y se hunde. Cuando la temperatura es de 4 ºC la densidad es máxima y el agua del fondo con esta temperatura no puede ser desalojada. El agua sigue enfriándose de forma que la cantidad de agua con esta temperatura aumenta hasta ser la temperatura global del lago. Si el enfriamiento continúa (por debajo de estos 4 ºC), las moléculas se organizan, el volumen que ocupan aumenta y, en consecuencia, la densidad del líquido disminuye, por lo que este agua más fría y menos densa flota en la superficie. Seguirá enfriándose a la vez que se hace menos densa hasta congelarse y formar una capa que tapa el lago aislándolo del frío exterior. Puede congelarse mayor cantidad de agua formando gruesas capas de hielo superficiales pero el interior será líquido. Extraordinaria característica que permite la vida en el interior de los lagos helados y del fondo de los mares.

Posee un elevado calor específico: para elevar la  temperatura de un gramo de agua un grado centígrado se necesita una caloría.
El mar almacena una enorme cantidad de energía por cada grado que se eleva su temperatura. En el otoño la atmósfera se enfría por debajo de la temperatura del agua del mar que al enfriarse desprende esas cantidades ingentes de energía que posee. Lo hace evaporando agua y gigantescas masas de agua pasan a la atmósfera formando borrascas que pueden descargar en forma torrencial, si las condiciones son las apropiadas, como en el caso de gotas frías tan características del Levante español.

Elevado calor de vaporización: a 20ºC 2.45 · 106 J/kg = 585 cal/g, lo que explica el mecanismo de regulación de la temperatura de los seres vivos a través de la sudoración. La evaporación del sudor necesita una elevada cantidad de energía que extrae del cuerpo disminuyendo así su temperatura. Explica también los climas suaves propios de las zonas próximas a los océanos (clima oceánico). En invierno cuando se enfría la atmósfera por debajo de la temperatura del mar, éste para alcanzar el equilibrio térmico, emite calor haciendo que el rigor del invierno se suavice. Lo contrario sucede en verano.

Posee una elevada permitividad y elevado momento dipolar (que favorece la formación del comentado enlace o puente de hidrógeno): siendo un excelente aislante eléctrico cuando es pura (aunque lo normal es que posea iones en disolución los cuales se mantienen separados al disminuir sus fuerzas de interacción por ese efecto aislante); y excelente disolvente de compuestos polares debido a su polaridad (con cargas eléctricas, iones o sustancias polares). Tan buen disolvente es que si se introduce en estado puro en un frasco de vidrio algo de éste pasará a ser disuelto. En la Naturaleza el agua siempre contiene sustancias disueltas, iones, que la harán conductora de la electricidad.

Tensión superficial del agua a 20ºC:  72.75 · exp(-3) N/m . La tensión superficial es causada por el desequilibrio en las fuerzas de atracción entre las moléculas que se encuentran en la superficie del líquido. Consecuencia de ella es la curvatura de la superficie líquida en las proximidades de la pared de un vaso que tira de ella hacia arriba. Causa la formación de gotas como las que se producen alrededor de núcleos de condensación formando las nubes. Llueve en gotas y no con cortinas de agua (a mantas se diría en plan castizo).

Viscosidad del agua a 20ºC 1.0 g/m·s. Da la medida de su fluidez. El agua es lo suficientemente fluida como para penetrar a través de los poros de la tierra con bastante rapidez y debido a su polaridad adherirse a las partículas de arena, silicatos y carbonatos en general, manteniéndola húmeda y disolviendo sus componentes que serán absorbidos por las plantas en las que ascenderán por sus vasos capilares gracias a la tensión superficial.

Todas estas cualidades hacen del agua un bien preciosísimo que hemos de cuidar pues de ella depende la vida tal como la conocemos. Forma parte de nuestra constitución en un 70 % que varía con la edad y ligeramente con el estado físico.

Su cristalización en formas más o menos simétricas y bellas depende de las condiciones en las que se produzca: reposo; ausencia de vibraciones; variación suave, lenta, progresiva de la temperatura; sustancias disueltas o en suspensión; etc.


Investigaciones de Masaru Emoto:


Hielo de agua natural
pura japonesa

http://es.wikipedia.org/wiki/Masaru_Emoto

De agua destilada sin
aplicar acción alguna

Nace el 22 de Julio de 1943 en Japón. Graduado en relaciones internacionales por la Universidad Municipal de Yokohama (Departamento de Ciencias y Humanidades) y graduado como doctor en medicina alternativa en la universidad abierta internacional de medicina alternativa de India en 1992. Conocido por sus controvertidas afirmaciones de que las palabras, oraciones, 
Después de orar
Agua contaminada
sonidos y pensamientos dirigidos hacia un volumen de agua influyen sobre la forma de los cristales de hielo obtenidos del mismo. Según Emoto, la apariencia estética de los cristales dependería de si las palabras o pensamientos son positivos o negativos.
Música clásica
Heavy metal

La comunidad científica oficial no reconoce sus resultados ya que su método experimental carece de controles necesarios que rechacen resultados producidos por un mal diseño.

El experimento consiste en tomar gotas de agua que han atravesado diversas circunstancias y consecuentemente (se intuye) poseen propiedades diferentes. Así: agua de manantial natural no contaminado, agua de grifo, agua sobre la que se ha orado o dicho (o escrito en la botella que la contiene) palabras que expresan cualidades hermosas o desagradables, o que se ha expuesto a música bella y armónica (clásica) o música estridente e inarmónica (heavy metal); también pegando en la botella imágenes de personas de elevada espiritualidad y humanidad o de baja catadura moral. O proyectando pensamientos de diferente cualidad sobre ella. Estas gotas se introducen en cámaras frigoríficas a baja temperatura (-21 ºC, por ejemplo) durante un tiempo determinado, y de estas gotas congeladas se obtienen microfotografías de diferentes partes a distintos niveles.

El problema es que las muestras no se han elegido de forma aleatoria; las fotos las ha realizado un fotógrafo sin control estadístico adecuado. Se razona que puede haber buscado las partes mejor cristalizadas de las muestras dependiendo de los casos que se consideran. Lo que no es refutado por los autores.

En 2008 Emoto y Radin realizan un experimento bajo condiciones más controladas que en el realizado en 2006, del que extrae sus publicaciones. El resultado es contrario a su tesis. Hay quien interpreta el fracaso como resultado de las interferencias de pensamientos contrarios a las buenas intenciones de Emoto entre los críticos que participaron en la experiencia. ¿Es esto científico?. ¿Cómo aislar las muestras de pensamientos espurios?. Lo cierto es que cuando las muestras fotográficas se realizan de forma automática y aleatoriamente los resultados no avalan las tesis de Emoto.

Nos gustaría que fueran ciertas, que la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad, los instintos materiales y la espiritualidad, se vieran proyectadas en la naturaleza en formas reconocibles; que los deseos quedaran impresos en la materia. No es así. Creo en la existencia de personas con cualidades sanadoras. Pero ¿cómo los pensamientos pueden aplicar energía sobre el agua produciendo orden entre los enlaces de Hidrógeno cuya energía es del orden de 20 kJ/mol?. Habría otras explicaciones. No científicas.

Esencialmente hemos de buscar la verdad. No dejarnos llevar por deseos ideales de los que manipuladores de la información obtienen bastardos intereses.

He de decir que soy afecto a estos buenos deseos y que he probado, por ejemplo, el agua expuesta al Sol en la que se ha introducido algún mineral, como la malaquita, o elixires florales, que hago y experimento, pero no bajo control científico.

Me enfermas. Te voy a matar.
Aquí hay un vídeo sobre las teorías de Emoto:

viernes, 2 de agosto de 2013

Viaje Tattwa: un paseo por el inconsciente a través de los símbolos.

VIAJE TATTWA

Un viaje al inconsciente a través de un medio simbólico: tierra, aire, agua, fuego, éter.  Cada uno de estos elementos está caracterizado por unas cualidades:

Tierra: la estructura, lo concreto, lo inteligible; realidad; materia; disciplina; concentración.
Agua: lo fluido, lo blando, lo flexible; intuición; ritmo; sensibilidad, emociones.
Fuego: el impulso, la voluntad, la auto-afirmación; fuerza; agresión; violencia.
Aire: la unión, la comunicación, el reconocimiento; intelecto: discernimiento; lenguaje.
Éter: la sabiduría (sobre la vida), la experiencia, lo espiritual; transpersonal; lo ideal, los arquetipos.

En el paso, viaje, a través del elemento que se hace conscientemente, aunque en un estado alterado de consciencia, se presentan situaciones, paisajes, personajes, que pueden ser fantásticos y manifestar los animales o vegetales, como en los cuentos, cualidades humanas o irreales. En el viaje pueden presentarse símbolos a través de los cuales se comunica el inconsciente mostrando poder terapéutico.
Cada elemento posee un símbolo, tal como se muestra en las figuras, debiendo elegir el adecuado para tratar asuntos correspondientes a sus cualidades. Así, por ejemplo, para un problema emocional se deberá elegir el símbolo del agua; para uno que afecte a la constancia el símbolo de tierra; y para un problema de relaciones sociales el del aire.
Relajados, concentrados, observaremos fijamente el símbolo durante cierto tiempo (5 minutos). Luego se cierran los ojos viendo el símbolo en su color contrario. Éste es la puerta de entrada al espacio simbólico. Se pasa, con los ojos cerrados, a través de él. Se conecta la grabadora y se va comentando lo que se ve y todo lo que sucede. Se podrá volar, saltar distancias increíbles, ver paisajes extraños, árboles que hablan, etc.

LOS AXIOMAS DE LA TERAPIA-TATTWA

  1. Ninguna enfermedad es exclusivamente,de origen orgánico; cada enfermedad tiene también, al menos, una causa anímica.
  2. Ninguna enfermedad tiene solamente una causa; cada enfermedad representa un conjunto de diferentes causas, tanto orgánicas como anímicas.
  3. Cada enfermedad tiene, como mínimo, una correspondencia simbólica-lógica en el «hogar anímico».
  4. La terapia-Tattwa se ocupa principalmente de los aspectos anímicos y simbólico-lógicos de una enfermedad.
  5. La terapia-Tattwa se entiende como un complemento de las formas terapéuticas tradicionales, no como una sustitución de éstas. Su verdadera fuerza es la profilaxia.
  6. Como la terapia-Tattwa trabaja con símbolos, se cuida, sobre todo, de las conexiones simbólica-lógica y aspira a las verdades simbólica-lógicas.

LOS SIMBOLOS-IMAGEN DE LOS TATTWAS

Elemento
Símbolo
Color
Color complementario
Tierra
Cuadrado
Amarillo
Violeta
Agua
Media luna
Plata
Gris
Fuego
Triángulo
Rojo
Verde
Aire
Círculo
Azul claro
Naranja
Eter
Forma ovoide
Violeta
Ámbar
Las cartas son:
Tierra

Agua
Aire
Fuego
Eter
 ACCESO AL VIAJE-TATTWA.  

LOS PRINCIPIOS BÁSICOS.

Fundamentalmente, el trabajo con los Tattwas se cuenta entre las técnicas del trance o viaje espiritual. Entenderemos como trance, de ahora en adelante, un estado de conciencia modificado en el que permanece intacto el libre albedrío del viajero y no se ve afectada su capacidad de decisión. Este trance no tiene nada que ver con el llamado trance hipnótico, en el que el cliente no es consciente, y después del trance no recuerda en absoluto o sólo fragmentariamente lo experimentado durante aquél. En el trabajo-Tattwa no deseamos un trance de este tipo, como se inferirá de lo que vamos a tratar a continuación.

¿Cómo se consigue el modificado estado de conciencia deseado, es decir, el trance?. 

Haremos uso de una técnica derivada del «Autogenes Training», que ya se ha introducido en muchos sistemas: la relajación profunda. Por si ustedes no están familiarizados con la relajación profunda, la vamos a describir brevemente. Antes de iniciar el viaje-Tattwa tenemos que hacer algunos preparativos.
El primer requisito para un viaje-Tattwa satisfactorio es silencio. Generalmente, una sesión dura entre 40 y 90 minutos, incluida la relajación profunda. Por ello, deben ustedes descolgar el teléfono, desconectar los timbres y todo aquello que pudiera causar molestias. El viaje-Tattwa no exige tanta concentración—pues las imágenes mismas atraen la atención del viajero— como un ambiente tranquilo con un mínimo de estímulos exteriores. Esto es válido, sobre todo, para el principiante, el cual, lógicamente, no tiene mucha práctica. Más adelante, cuando ustedes cuenten con la experiencia adecuada, podrán realizar viajes-Tattwa hasta con el televisor en funcionamiento o en una ruidosa sala de espera de estación. De todos modos, el no molestar y el silencio son indispensables para la sesión terapéutica. Sea que ustedes mismos se autocuren con la ayuda de los Tattwas, sea que ustedes colaboren en activar el proceso curativo de otros a través del viaje-Tattwa, la cuestión es que todo transcurra en un ambiente tranquilo, armónico.
Antes del comienzo de la sesión, elegirán y colocarán las cartas deseadas en función del elemento simbólico que deseen visitar.
Normalmente se trabaja sentados con la espalda recta, pero con una postura cómoda. Se podría objetar que el estar sentados es perjudicial para la relajación profunda. Ciertamente, la mayoría de las personas se sienten más relajadas cuando están acostadas de espaldas Pero, por otra parte, esta postura conlleva el peligro de que nos adormilemos y de caer en una pasividad excesiva. Estos dos últimos estados no son deseables en el viaje-Tattwa, pues la participación activa del viajero es uno de los principios básicos esenciales. La experiencia ha demostrado que para la mayoría de las personas es mucho más fácil entrar en el mundo Tattwa cuando están sentadas. Si lo desean, por supuesto pueden probar. El estar sentado presenta, además, otra ventaja y es que la carta-Tattwa puede ser colocada de pie y ya no es necesario cambiarla. En un viaje-Tattwa dirigido, el guía-Tattwa tiene que sostener la carta durante largo rato delante de los ojos del cliente, en el caso de que éste último esté tumbado. Esto conlleva cansancio y, además, es inevitable que la carta tiemble y oscile un poco, a no ser que construyamos un complicado armazón con el que podamos situar la carta a la distancia correcta moverse.
No hay reglas fijas sobre a qué distancia debe ser colocada la carta tattwa; se variará según la agudeza visual del viajero.
Hay que retirar gafas, lentes de contacto y, eventualmente, aparatos de audición. Recomendamos esto por varias razones: para algunas personas, tales aparatos son molestos y distraen la atención en un estado relajado. Como trabajamos con los ojos cerrados, las lentes de contacto pueden resultar altamente perjudiciales. Para otras personas, el quitar estos objetos les libera del temor de poder fallar al intentar visualizar el símbolo-Tattwa satisfactoriamente, pues, aunque la carta-Tattwa es observada un largo rato—incluso mirada fijamente—, el viaje-Tattwa se realiza con los ojos cerrados. Después de que el viajero se ha sentado, se regula adecuadamente la iluminación.
En todo caso, deben ustedes garantizar un registro grabado del viaje-Tattwa. Razones: la descripción en voz alta de lo que se va percibiendo obliga al viajero a precisar su observación y así ésta resulta más práctica y efectiva; segundo, de esta forma se evita una inclinación hacia un estado de somnolencia o el dormirse realmente; tercero, la descripción acústica fija la experiencia más intensamente en la mente; y, finalmente, el registro grabado garantiza la posibilidad de un trabajo a posteriori concienzudo. Si ustedes no pueden realizar la grabación de lo que se va experimentando durante el viaje —por motivos técnicos o de otro tipo— tienen que escribirlo detalladamente inmediatamente después de finalizar el viaje. De todas formas, es preferible la grabación acústica; motivos: ella ocurre en el «tiempo real» de lo experimentado, las pausas se reproducen realmente en las audiciones posteriores, todo el ambiente del viaje es «rescatado» para recordarlo y no se pierde ningún detalle. Aunque ustedes trabajen el viaje-Tattwa solos, deben tener presente siempre la descripción oral. Nos referimos después a la charla introductoria —la que tiene el guía-Tattwa al comienzo de la sesión con su cliente— en un apartado sobre el viaje-Tattwa dirigido.
Luego, el viajero empieza con una corta meditación, con la que se concentra en el trabajo por realizar, respira más lentamente y aparta los pensamientos de la vida cotidiana que le pueden distraer.
Después de esto, le toca el turno a la relajación profunda. Si ustedes conocen bien esta técnica o están acostumbrados a otras formulaciones, pueden, naturalmente, usarlas. De todos modos, hay que renunciar a la sugestión utilizada frecuentemente de «la sensación de peso» (excepción: con personas hipernerviosas), ya que ésta, según la experiencia demostrada, aumenta considerablemente la pasividad. En su lugar es muy eficaz sugerir una intimidad muy agradable, un estar acogedoramente.

LA RELAJACIÓN PROFUNDA

Primero, la respiración es tranquila y profunda y, con una relajación gradual, se va haciendo cada vez más sutil y moderada. Es suficiente, de momento, con prestar atención a no respirar demasiado inquieta e inconstantemente. La boca permanece cerrada durante la respiración; inspiración y espiración se suceden exclusivamente por la nariz. Ahora comienza la verdadera relajación profunda. Dirijan ustedes su atención al pie izquierdo. Díganse mentalmente: «Mi pie izquierdo está relajado y caliente». Repitan esta frase otra vez. Continúen con el pie derecho. Como final, formulen: «Mis pies están relajados y calientes». Del mismo modo, actúen con el resto del cuerpo en el siguiente orden:
Tibia.
Rodilla.
Muslo.
Toda la pierna.
Toda la mano
Antebrazo.
Parte superior del brazo.
Todo el brazo.
Órganos genitales.
Bajo vientre.
Pared abdominal.
Tórax.
Hombros.
Músculos del cuello.
Todo el tronco.
Mandíbula inferior.
Boca.
Nariz.
Párpados.
Piel de la frente.
Región occipital.
Toda la cabeza.
Todo el cuerpo.

Ofrecemos una lista tan extensa y detallada porque, precisamente, los principiantes, también muchos avanzados tienden a descuidar algunas partes del cuerpo en la relajación profunda, que son especialmente necesarias: rodilla, órganos genitales, abdomen, mandíbula inferior, piel de la frente, región occipital. Sin embargo, no estamos ante la relajación profunda total, en la que no sólo todos los miembros del cuerpo (incluidos uñas y dedos), sino también los órganos internos, el pulso, etc., serán influidos. Para nuestros objetivos es suficiente con la forma de relajación profunda aplicada.
Si les es posible, eviten ustedes dormirse durante el ejercicio. Con un poco de práctica, se acostumbrarán al ligero adormecimiento que no es ningún trance profundo hipnótico porque permanecen totalmente conscientes.
Ahora, el viajero-Tattwa abre los ojos y observa el símbolo-Tattwa. Para esto hay que abrir mucho los ojos sin llegar a una tensión insoportable en los párpados. Dicho con más precisión, la observación se acerca más a un mirar fijamente. Los párpados no se moverán el máximo de tiempo que sea posible, aunque los ojos lloren un poco —esto es inofensivo siempre que no nos alarguemos demasiado—. El símbolo, en determinadas circunstancias, desaparecerá y se borrará un poco. Esta es la señal para cerrar los ojos de nuevo y percibir el símbolo-Tattwa en su color complementario. (En la mayoría de los casos, no siempre, esto ocurre automáticamente por el reflejo de la retina en el área óptica). 
El símbolo-Tattwa percibido en el color complementario sirve como puerta para cada área-Tattwa. Como el símbolo percibido es casi siempre huidizo y desaparece rápidamente, se exige del viajero una cierta serenidad: él debe saltar enseguida cruzando el símbolo de color complementario antes de que el símbolo se desvanezca. 

Si esto no ocurre, el viajero volverá a abrir los ojos y comenzará de nuevo a mirar fijamente. El paso (o salto) a través de la puerta del símbolo se experimenta como la perforación de una delgada membrana. Pero ustedes no tienen que concentrarse en percibir de esta manera. Es mucho más importante que pasen a través, es decir, que entren. En el área-Tattwa concerniente permanezcan inmóviles un momento y perciban todo lo que aparece ante su vista.
A más tardar, después del paso por el símbolo, conectaremos la grabadora. Si lo prefieren, pueden prepararla antes de la relajación profunda, aunque así se gasta innecesariamente bastante cinta. Pueden utilizar la grabadora del teléfono móvil. Como la mayoría de las personas deciden realizar el primer viaje bajo dirección, el guía-Tattwa se encargará de conectar y, después, cambiar la cinta en el caso de los aparatos-cassettes. Con algo de práctica, no les molestará esta pequeña maniobra, siempre que ustedes se familiaricen con ella.
Ahora comienza el auténtico viaje. 
Para esto continuaremos más adelante con datos más detallados. Lo importante es que ustedes describan en voz alta y claramente lo que van percibiendo y experimentando —no nos cansaremos de repetir lo sumamente importante que es esto.
Cuando haya que terminar el viaje, ustedes
 regresarán por el mismo camino que han tomado en el mundo-Tattwa.  
Esto es de la mayor importancia: no sólo la experiencia se estabilizará, sino que también permanecerá garantizada la armonía simbólica-lógica y, además, ustedes evitarán cualquier desorientación. En esta forma, para visitas posteriores en el mismo área, ustedes tendrán grabado en la memoria el camino, y además tendrán garantizado que nada se va a reprimir ni siquiera eventuales obstáculos.
Al llegar a la puerta, ustedes se despedirán del área-Tattwa y seguidamente volverán a entrar en el mundo cotidiano a través del símbolo complementario. La despedida puede ser una breve acción de gracias o algo similar. Siempre es útil conseguir una relación más familiar con el propio mundo interior. Además, cumple una función-mensaje, mostrando un final de forma simbólica y evitando un eventual shock, que podría producirse fácilmente si el paso de un mundo al otro ocurriese bruscamente.
La hipnosis es contraproducente al disminuir la voluntad del viajero y perder el poder de decisión y la libertad.

LA PERCEPCIÓN DE LOS SIMBOLOS-TATTWA AL ENTRAR EN EL AREA-TATTWA

Las cartas-Tattwas, que tienen al final del artículo, son ayudas visuales ópticas. Por medio de su observación, la mayoría de las personas perciben, después de cerrar los ojos, la imagen complementaria de aquéllas en la retina. También esta imagen-retina es únicamente una ayuda y no debe hacernos olvidar que el acceso al área-Tattwa es posible por otros canales sensitivos; es decir, no es en absoluto necesario ver la imagen-complementaria delante del ojo interior. Esto sucede en el mayoría de los casos, pero hay personas que están impedidas o son incapaces visualmente. Antes, estas personas no podían ser ayudadas porque existía el dogma de que la percepción en el viaje-Tattwa había de ser necesariamente de naturaleza óptica. Así, las personas afectadas debían dedicarse durante años a la educación de su visión, antes de poder «reservar» su primer billete-Tattwa.
Verdaderamente, la visión ante «el ojo interno» es sólo una perífrasis de una percepción para la que el lenguaje no tiene ninguna designación. Además, hay un número apreciable de personas que no «ven» interiormente los símbolos, sino que los «sienten», «escuchan», «huelen» o incluso «saborean». La percepción casi-óptica no es exclusiva y la experiencia muestra que podemos llevar a cabo un trabajo-Tattwa efectivo con otras formas de percepción. Comúnmente, empleamos la denominación neutral de «percepción», pero si nosotros, en nuestras explicaciones posteriores, hablamos de «visión» o «visualización», ustedes han de darse cuenta de la designación. 
¿Qué hacer cuando no «vemos» nada, cuando, a pesar de costosos esfuerzos, no llegamos a ninguna visión casi-óptica?. 

Ha dado pruebas de ser muy efectivo el repetir el intento. A veces, no se consigue la relajación requerida a la primera y un segundo, tercero o cuarto intento logran el resultado deseado.
Si esto no sucede, habremos de trabajar con otros sentidos. Por ejemplo, después de cerrar los ojos, el viajero puede perfilar y formar el símbolo con las manos en lugar de «ver» el símbolo con el ojo interior. Si ha adoptado esa opción, el viajero tiene que tocar y sentir el símbolo un rato hasta que lo perciba de forma concreta. Luego puede tratarlo como una puerta normal y pasar a través.
De forma semejante, puede proceder con los otros sentidos, en el caso de que los dos mencionados aquí no sean de utilidad, lo que es totalmente infrecuente. Para ello es eficaz estimular los órganos sensoriales físicos por medio de las acciones simbólicas para que colaboren en el trabajo; por ejemplo: colocamos la mano, como para escuchar, detrás de la oreja, o pasamos la lengua por los labios u olfateamos por la nariz. A cualquier persona que no esté habituada, le parecerá absurdo que alguien pueda «oler» una media luna gris o «saborear» un triángulo violeta. No obstante, según tengamos más desarrollados la vista o el tacto o la audición o el olfato o el gusto, comprenderemos a qué se refiere lo explicado antes. Para aclararlo, pensemos en que los invidentes pueden diferenciar colores mediante su sentido del tacto, y así podremos imaginarnos un poco mejor el procedimiento. Importante: no debemos confundir la no-percepción de un símbolo Tattwa con el bloqueo de entrar, al que nos referiremos después. La no-percepción es un problema técnico que puede ser superado con algo de práctica. En cambio, un bloqueo autentico se nota físicamente y da indicaciones del estado del área-elemento correspondiente en la persona afectada.
El trabajo-Tattwa tiene pocos dogmas, pues quiere dejar a la persona libertad de actuación para que ella encuentre sus verdaderas energías curativas personales.

El viajero sólo puede acceder a la puerta correcta del símbolo en el mundo-Tattwa.
El viajero debe describir en voz alta sus experiencias y percepciones.
El viajero debe tomar él mismo sus decisiones dentro del área-Tattwa.
Al terminar el viaje de ida, el viajero debe regresar por este mismo camino de ida.
Los símbolos se tomarán en el trabajo-Tattwa tal y como se presentan: un árbol es un árbol y nada más.

Esta indicación tan obvia es necesaria porque existe un gran número de diversas escuelas psicológicas y sistemas interpretativos que trabajan con sus propios esquemas interpretativos e imponen éstos a la experiencia simbólica. Esto está difundido especialmente en el trabajo onírico. Así: un árbol es un símbolo fálico, una figura femenina se identifica con la madre del cliente, un felino con miedo a la castración, etc. Deseamos confirmar que el trabajo Tattwa se maneja bien sin tales esquemas. La única estructura básica previa es la de los elementos. Por lo demás, a los mismos símbolos se les preguntará por su significado cuando el viajero no los comprenda.

PASOS A SEGUIR:
Cuidar de que haya silencio; garantizar un trabajo sin ningún tipo de molestias.
Preparar las cartas.
Colocar un asiento y mesa adecuados.
Retirar gafas, lentes de contacto y aparatos de audición.
Regular la iluminación.
Comprobar y preparar una grabadora.
Breve meditación.
Relajación profunda.
Abrir los ojos/observar/«mirar fijamente» los símbolos.
Cerrar los ojos.
Percibir los símbolos con los ojos cerrados en su color complementario.
Pasar a través del símbolo.
Conectar la grabadora.
Comienzo del verdadero viaje.
Descripción clara y en voz alta de lo que se va experimentando y percibiendo durante el viaje.
Regreso por el mismo camino hasta la puerta del símbolo.
(En la puerta del símbolo) corta despedida del área Tattwa.
Paso a través del símbolo.
Estiramiento de los músculos y ligero masaje de los músculos de los brazos, tronco y piernas.
Apertura de los ojos.
Recapitulación de lo experimentado/toma de notas.
Preparación posterior y trabajo reflexivo sobre lo experimentado.
Aire de éter

¡FELIZ VIAJE!.

Tegmeier, Ralph; "El poder curativo de los elementos". EDAF.