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miércoles, 8 de octubre de 2014

Kjell Askíldsen

Sus obras en español están publicadas por la editorial “Lengua de Trapo”. 
Nace el 30 de septiembre de 1929, Mandal, Noruega siendo uno de los grandes maestros actuales del relato breve. Dice de él el escritor argentino Rodolfo Fogwil:
“Es un artista del narrar y ha creado un estilo indeleble. Puede narrarlo todo y de la mejor manera con personajes sin rostro ni más rasgos físicos que el detalle indispensable, con nombres que se olvidan de inmediato, sin tonos de voz; representando diálogos reducidos al mínimo y muy a menudo sin saltos de párrafo ni comillas; con emociones transmitidas por una palabra o por un impulso a actuar; con climas y estaciones indicadas apenas por la luz o por ínfimas señales del cuerpo o del espacio natural; con tragedias resumidas por la simple evocación de una imagen visual y un clímax erótico logrados por el leve desplazamiento de una mano, o con odio significado por el movimiento de un cuerpo que sale a prender un cigarrillo. Con semejante material ha podido crear un mundo. Su mundo: algo que invita a ser revisitado para recuperar la noción de ficciones verdaderas”.


Ajedrez 

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. «Sigues vivo», dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. «La vida es dura –dijo- no hay quien la aguante». Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me e pregunto dónde lo habrá aprendido.

Seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de ta, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. «Eso lleva mucho tiempo — y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes». Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. «No lleva más de una hora», dije. «La partida sí —contestó—, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo». No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: «De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya». «Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida». Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. «Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos», dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. «No ha sido mi intención herirte», dijo. «¿Herirme?», contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. «Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito». Me puse de pie y le solté un discurso: «Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo». Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: «Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez». Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: «Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante».

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.




En el café 

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo de verano, lo recuerdo bien, porque casi todo el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté en una local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me hubiera importado intercambiar unas cuantas palabras con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno albergara esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.

Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.




El significado 

Ella llegó sigilosamente a casa, no encendió la luz. El se despertó justo cuando ella se estaba acostando. Preguntó qué hora era. Las dos, contestó ella. Él preguntó qué tal había estado. Bueno, contestó ella, no ha estado mal. Él necesitaba ir al baño, se había bebido tres cervezas antes de acostarse, sobre las doce. Miró su reloj. Eran las tres. Son las tres, dijo al volver al dormitorio. Ah, bueno, contestó ella, dispuesta a acurrucarse junto a él. El se apartó y dijo: Cierran a las dos. Me acompañaron hasta casa, dijo ella, el tipo se parecía a Stalin, bueno, no exactamente hasta casa. No quiero seguir, dijo él. No me acosté con él, dijo ella. No quiero seguir, repitió él. No es fácil venirse directamente a casa, dijo ella. Claro que no, contestó él. Había un tipo que quería acostarse conmigo, pero le dije que estaba casada y entonces se marchó. ¿De verdad se lo dijiste? Qué valiente por tu parte. No me quieres nada, dijo ella. Ahora quiero dormir, dijo él. Todo lo que hago está mal, dijo ella. Él no contestó. No he hecho nada malo. No, qué va, dijo él. El tipo sólo intentaba mostrarse amable, dijo ella. Claro que sí, contestó él, durante una hora. Lo que pasa es que estás celoso, dijo ella. ¿Solo eso? Preguntó él. Ni siquiera te atreves a preguntar si me besó, dijo ella. Así es, dijo él, o si tú le besaste a él. No significó nada, dijo ella. Claro que no, dijo él, esas cosas nunca significan nada, ¿qué pueden significar? Claro que no significan nada, lo único que significa algo es… ¿Qué?, preguntó ella. Nada, nada, contestó él.




Thomas 

Soy terriblemente viejo. Ya me resulta casi tan difícil escribir como andar. Voy despacio. No logro más que unas cuantas frases al día. Y hace poco me desmayé. Se estará acercando el final. Fue mientras estaba resolviendo un problema de ajedrez. De repente, me sentí extenuado. Tuve la sensación de que la vida misma se estaba extinguiendo. No dolía. Sólo era un poco incómodo. Y luego debí de perder el conocimiento, porque cuando lo recobré, tenía la cabeza sobre el tablero de ajedrez. Reyes y peones tirados. Es exactamente como desearía morirme. Será pedir demasiado, supongo, poder morirse sin dolores. Si cayera enfermo con muchos dolores y supiera que la enfermedad y los dolores iban a ser para siempre, me gustaría tener un amigo que pudiera facilitarme la entrada en la nada. Es cierto que las leyes lo prohíben. Desgraciadamente, las leyes son conservadoras, de modo que los médicos alargan los dolores de un ser humano, incluso cuando saben que no hay esperanza. Eso se llama ética médica. Pero nadie se ríe. Las personas que tienen dolores no suelen reírse. El mundo no es misericordioso. Se dice que, durante las grandes depuraciones en la Unión Soviética, a los condenados a muerte se les mataba de un tiro en la nuca, camino del tiempo de espera en sus celdas. De repente, sin previo aviso. A mí eso me parece un atisbo de humanidad en medio de tanta miseria. Pero el mundo protestó: al menos habrían de tener derecho a morir cara al pelotón de ejecución. El humanismo no es poco cínico, ay, o el humanismo en general.

Pero como dije, me desperté con la cara entre las fichas de ajedrez. Por lo demás, era casi como despertarse después de un sueño normal y corriente. Me sentía un poco aturdido. Sólo se me ocurrió volver a colocar las fichas, pero era incapaz de concentrarme. Estaba a punto de sentarme junto a la ventana cuando llamaron a la puerta. No abro, pensé. Será un evangelista para hacerme creer en la vida eterna. Últimamente han proliferado mucho. Parece que la superstición esté viviendo un auge. Pero volvieron a llamar y empecé a dudar. Los evangelistas suelen llamar sólo una vez. De manera que grité «Un momento» y fiíi a abrir. Tardé. Era un chico. Vendía lotería de la banda de música del colegio local. Los premios constituían una burla no intencionada hacia los viejos: bicicleta, mochila, botas de fútbol y cosas así. Pero no quise mostrarme negativo y le compré un boleto. Y eso que no me gusta la música de banda. Pero el monedero estaba encima de la cómoda, y tuve que decirle al chico que entrara conmigo. De otro modo, hubiera tenido que esperar muchísimo. Iba justo detrás de mí. Seguro que jamás había andado tan despacio. De camino hacia la habitación, acorté el tiempo preguntándole qué instrumento tocaba. «Bueno, no sé», contestó. Me pareció una respuesta extraña, pero supuse que era tímido. Yo podría ser su bisabuelo. Tal vez incluso lo fuera. Sé que tengo muchos bisnietos, pero no conozco a ninguno de ellos. «¿Te duelen mucho las piernas?», preguntó el chico. «No, lo que pasa es que son muy viejas», contesté. «Ah, bueno», dijo, probablemente más tranquilo. Ya habíamos llegado a la cómoda, y le di el dinero. Entonces me invadió un ataque de sentimentalismo. Me pareció que el chico había empleado mucho tiempo para vender un solo boleto. De modo que le compré otro más. «No hace falta», dijo él. En ese instante sentí un mareo. La habitación empezó a dar vueltas. Tuve que agarrarme a la cómoda, y el monedero abierto se me cayó al suelo. «Una silla», dije. Cuando me la hubo dado, el chico se puso a recoger el dinero, que estaba disperso por el suelo. «Gracias, chico», dije. «De nada», contestó. Dejó el monedero encima de la cómoda, me miró muy serio y dijo: «¿Nunca sales?». En ese momento me di cuenta de que seguramente había salido por última vez. No quiero correr el riesgo de desmayarme en la acera. Eso significaría hospital o residencia de ancianos. «Ya no», contesté. «Ah», dijo él, de un modo que me hizo ponerme sentimental de nuevo. No soy ya más que un viejo bufón. «¿Cómo te llamas?», pregunté, y la respuesta no hizo más que empeorar el asunto. «Thomas». Por supuesto, no quise decirle que yo me llamaba igual, pero me dejó con una sensación muy rara, casi solemne. Bueno, no era de extrañar, pues las campañas acababan de doblar por mí, por así decirlo. De manera que de repente se me ocurrió darle al chico algo para que se acordará de mí. Ya lo sé, ya lo sé, pero yo no era yo. Le dije que cogiera de la librería el búho tallado. «Es para ti —dije—, es aún más viejo que yo». «Ah, no —dijo él—, ¿por qué?». «Por nada, chico, por nada. Gracias por tu ayuda. Cierra la puerta cuando salgas, por favor». «Muchas gracias». Luego se marchó. Parecía muy contento. Pero tal vez estaba disimulando.

Desde entonces he tenido más mareos. Pero he colocado las sillas en lugares estratégicos. La habitación parece muy desordenada así. Da la impresión de que no vive nadie. Pero yo aún vivo aquí. Vivo y espero.




Final del verano 

La verdad es, aunque tal vez no sea esa la palabra más adecuada para empezar, no pretendo… mi intención no es sino aportar una versión, mi versión, porque yo lo seguí todo muy de cerca, a distancia, bien es verdad, normalmente no habría podido pronunciarme de no haber sido por los prismáticos de mi padre, con los que tenía prohibido enfocar a las personas, era un telescopio, de manera que todo lo veía boca abajo, pero uno se acostumbra a eso. Así pues, veía todo sin oír nada, tenía dieciséis años, mi padre estaba de congreso en Irlanda, era otoño o final del verano, a principios de septiembre, mi madre había ido a casa de una amiga y yo había cogido los prismáticos del despacho y estaba incumpliendo la prohibición de mi padre —la mujer estaba sentada leyendo un libro fino, con un cigarrillo en la mano, y yo nunca había estado tan cerca de ella—; entonces comprendí perfectamente el sentido de aquellas palabras que mi padre había escrito, creo que con tinta, en el estuche de los prismáticos: «Para el que es limpio, todo es limpio, excepto unos prismáticos». Es cierto que ya la había visto una vez a través de los prismáticos, claro está, pero en aquella ocasión todo fue muy rápido, ella cogió tres rosas en un abrir y cerrar de ojos, el grado de cercanía tiene que ver con el tiempo, y aunque esperé con infinita paciencia, ella no volvió a salir.

Estaba sentada de espaldas a la casa, y cuando levantaba la vista del libro tenía delante el campo de centeno y el estrecho camino de carruajes que dividía el campo en dos y conducía al Bosque de las Cornejas, que no era un bosque de verdad, sino un grupo de árboles, de un tiro de piedra de largo y la mitad de ancho, donde había igual de cornejas que en todas partes; más allá, demasiado lejos ya para verlo a simple vista, estaba el Peñasco Gris, que tampoco se correspondía con su nombre, pues no era un peñasco, sino una montaña que resguardaba de los vientos del mar.

Debí de perderme en ensoñaciones, porque sin que me diera cuenta ella había desaparecido, la silla estaba vacía, no, vacía no, pues el libro seguía allí, lo que significaba que volvería. Pero antes llegó otra persona, un desconocido, que cogió el libro, se sentó y se puso a leer. Aunque yo lo estaba viendo boca abajo, estaba seguro de no haberlo visto nunca. Ella volvió a salir enseguida y él se levantó, puso un dedo bajo la barbilla de la mujer y acto seguido le plantó un rápido y ligero beso en la boca. Luego hablaron, ella vehemente, él sonriente; yo estaba muy excitado, no por celos, eso no puede decirse, no en aquel momento, estaban los dos muy juntos, cuando él no la miraba a los ojos, le miraba los pechos; sacaba a la mujer casi una cabeza, debían de estar muy seguros de que nadie los veía, solo podían ser vistos desde mi habitación, y la distancia era tan grande que si yo no hubiera tenido los prismáticos… No pensarían en eso, claro está, tendrían la casa para ellos solos, suponía yo, el marido estaría fuera. El marido era un hombre muy simpático, siempre cortés y casi siempre pre amable; una vez que me lo encontré en el camino de carruajes, entre el Bosque de las Cornejas y el Peñasco Gris, se detuvo y dijo: Si no fuera por nosotros dos, este camino acabaría cubierto por la vegetación. Pues sí, te he visto, chico, esa es una buena manera de llegar a ser tú mismo. No puedo asegurar que esas fueran sus palabras exactas, las repito tal y como aparecieron ante mí cuando las extraje de mi memoria y las pesé o me pesé a mí en ellas, él no sabe, no puede saber lo que esas palabras significaron para mí, coronaron mi soledad; bueno, basta ya de eso, como estaba diciendo, seguramente tenían la casa para ellos solos y no creo que se sintieran vigilados, y cuando él la besó por segunda vez, ella lo abrazó y vi cómo la mano de él estaba muy… yo solo tenía dieciséis años y era completamente pudoroso en el sentido de que nunca había puesto en práctica mis deseos, no me había atrevido a realizar mis sueños por temor a Dios y al sexo; además, mis padres no habían abierto ni una rendija de la cortina a su vida erótica en común, estaban tan desprovistos de sexo como solo pueden estarlo los padres, incluso hoy, cuando ya llevan un montón de años bajo tierra, soy incapaz de pensar en el instante en que fui concebido sin asquearme, admito que esto tiene poco que ver con el asunto que nos ocupa, pero bueno, allí estaba yo, viendo la mano de él, sin que ella protestara o se alejara, y no es de extrañar que aquella noche no consiguiera dormir, que tuviera miedo de morirme con tanto pecado sobre la retina, ni tampoco es de extrañar que la tarde del día siguiente y el resto de las tardes me quedara en mi cuarto con los prismáticos preparados en la mesa junto a la ventana. Y esa persistente atención mía sería la razón de que presenciara parte del drama, y si no drama, esa no es en cierto modo la palabra adecuada, tal vez porque lo vi todo boca abajo o porque no oí ni un sonido, aunque pude ver cómo se gritaban; o porque los decorados eran tan idílicos que constituían un contraste demasiado grande: los árboles con sus copas tupidas e inmóviles, los dos arriates paralelos de dalias que acababan en una pila para pájaros en la que un amorcillo apuntaba al sol, la hiedra que subía por la pared y los rosales trepadores que cubrían la madera del porche, las losas bajo la ventana del salón, la pequeña mesa con mantel azul junto a la que tal vez había estado sentada ella por la mañana mientras yo estaba en el colegio; no había nada que augurara lo que iba a ocurrir, nada.

Lo primero que sucedió fue que Ferdinand Storm bajó por la escalera del porcne. Yo no 10 habría reconocido de no haber sido por los prismáticos, él había herido mis sentimientos al menos en dos ocasiones, no diré de aué manera, como si yo no tuviera ya suficientes complejos, siempre parecía ser el dueño del suelo que pisaba, ahora también —yo era demasiado inexperto como para entender lo que haría él en el jardín de ella, ni siquiera se me ocurrió—, tenía las manos en los bolsillos del vestida con vestida con falda y jersey, con un cigarrillo en la mano, no pude ver a los dos a la vez hasta que se sentaron junto a la mesa, él de espaldas —si a ella no se le ocurrió que yo podía verla sería por el gran árbol que había delante de mi ventana—, así suele ser, lo lejano cubre lo que está detrás, yo estaba sentado a horcajadas en una silla, con los prismáticos apoyados en el alto respaldo, disfrutando así de una buena vista sobre ese jardín antaño del Edén. Ella se esforzaba por agradarle, él estaba en el último curso de bachillerato y ella casi podía ser su madre, yo no sospeché nada hasta que vi la manera en la que ella jugueteaba con los dedos de él, y una vez él le apretó con fuerza el antebrazo desnudo: daba la impresión de haberle hecho daño y me pareció que ella dio ioh! Oero con una sonnsa. Estaba tan absorto en ellos dos que no repare en el marido que de repente estaba allí, al pie de la escalera del porche, como si hubiera estado allí siempre, inmóvil, callado, tenía que saberlo, nada indicaba que estuviera sorprendido. Entonces avanzó cuatro o cinco pasos, se detuvo y dijo algo. Ferdinand Storm se levantó y contestó. Ya no parecía el dueño del suelo que pisaba, estaba desafiando el derecho a la propiedad. Sus respuestas eran escuetas, acompañadas de un movimiento de cabeza, tenía que estar empleando palabras descaradas, porque de repente Beck avanzó tres pasos y le golpeó con la palma de la mano. Ferdinand Storm le devolvió el golpe, rápido y preciso y probablemente con todo el peso de su sentimiento de culpa. Beck se tambaleó. Su mujer se levantó e intentó… ella, la manzana de la discordia, intentó impedir más actos violentos colocándose entre ellos, de lo que no podía salir nada bueno, claro está; Beck le dio un empujón para que se apartara, con tanta fuerza que ella cayó de espaldas sobre el seto bajo, no resultó cómico, aunque no se hizo daño, y no mereció más miradas que la mía; Beck sólo tenía ojos para Ferdinand Storm, quien, según dijo Beck luego en el juicio, representaba la suma de intrusos en el territorio de su matrimonio; no es pues de extrañar que empleara todas sus fuerzas. La lucha no fue larga, creo que duró menos de un minuto, y eso que Ferdinand Storm no era un alfeñique, ni un cobarde; tal vez perdió por sentirse moralmente inferior. Por un instante llevó ventaja, pero vaciló, y enseguida Beck se abalanzó sobre él, golpeándole, según pude ver, la cabeza contra una de las losas de pizarra, y la lucha acabó. Aunque no hubiese oído ni un solo sonido, pude ver el silencio que se instaló. Beck estaba al lado del joven, no podía verle la cara, pero sí la estrecha espalda y los brazos colgando, así permaneció un rato, luego se acercó a la escalera del porche y entró en la casa sin echar siquiera un vistazo en dirección a su mujer. Ella se levantó lentamente y se inclinó sobre Ferdinand Storm, que yacía inmóvil con la cara vuelta hacia el otro lado. No lo tocó, se limitó a mirar, yo no sabía si estaba muerto o solo inconsciente: luego ella se enderezó y echó a andar muy pensativa por el sendero del iardín entre las dalias, pasó por delante de la pila para los pájaros y el amorcillo, salió por la verja, se internó en el camino de carruajes donde yo nunca la había visto, y desapareció entre los árboles del Bosque de las Cornejas. Entonces dejé los prismáticos; entiendo lo que quería decir Beck al asegurar que no sabía lo que hacía, pero no podía haber hecho otra cosa —yo sí sabía lo que hacía cuando puse a seguirla, presa de un impulso que borraba en mí cualquier reserva—, me metí por los campos de centeno y crucé el Bosque de las Cornejas, ella no estaba en ninguna parte, tendría que haber llegado hasta el Peñasco Gris, pero no, no era así, porque de repente estaba sentada a solo veinte metros de mí, donde el camino se desviaba; ella me vio a mí antes de que yo la viera a ella, me vio vacilar —yo seguí andando, con las piernas rígidas y la espalda demasiado recta—lo sabía, pero no podía remediarlo, tampoco podía remediar mi sonrojo, agaché la cabeza y me acerqué, ella estaba sentada con la barbilla apoyada en una rodilla, miré la hora, estaba ya muy cerca de ella, levanté la vista y la saludé sin mediar palabra, pero ella no me vio, ni siquiera… me ignoró… me…

… Y cuando regresé, no sé al cabo de cuánto tiempo, pues me había tumbado boca arriba entre los árboles, despojando el futuro de todas sus plumas, en lo que tardé lo mío, el sol estaba a punto de ponerse, pues era septiembre; entonces ella ya no estaba allí, pero pude ver donde había estado sentada. Volví a casa, subí a mi cuarto y dirigí los prismáticos hacia un jardín vacío.



María 

Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa suya, lo había heredado de su madre. «María —dije—, eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí —dijo—, pero si yo te contara…». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable, nunca se sabe. Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «con que es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos. Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?

Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme». No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella. «Desde luego que es la edad —contesté—, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Sí tú lo dices —contesté—, si tú lo dices». Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.

«Bueno, tengo que seguir mi camino —dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga—, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos» Y mano. «Adiós, María», dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.




La señora M.

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.

Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. “Por si la necesita”, dijo.

Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: “Qué buena persona es usted”. “Bueno, bueno”, dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. “Esto le irá bien”, dijo, y añadió: “Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad”. Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.

La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: “Ahora estoy bien, gracias a usted”. “Bueno, no se ponga solemne –me interrumpió–, todo ha ido perfectamente”. En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo. “Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera –contestó–, es usted muy terco. Mi padrese parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo”. Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: “Me temo que piensa demasiado bien de mí”. “Oh, no –contestó–, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo”. Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: “Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?” “Ah sí, muy mayor: Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla”. A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. “Supongo que usted también es así”, dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: “Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo”.

lunes, 6 de octubre de 2014

Manuel Mujica Láinez


Manuel Mújica Láinez nació el 11 de septiembre de 1910 en Buenos Aires, y falleció el 21 de abril de 1984 en Cruz Chica, Córdoba (Argentina). Entre los trece y los dieciséis años vivió en Europa, donde se familiarizó con los clásicos franceses e ingleses, y a su regreso se vinculó con A. Storni, Arturo Capdevila y otros, y más tarde con A. Bioy Casares, S. Ocampo, S. Bullrich y el círculo de colaboradores de la revista Sur. Escribe novela (sobre todo histórica y de tema argentino), crítica artística y literaria y artículo periodístico; aunque también tradujo autores tan conocidos como Shakespeare, Racine o Molière.
Ha recibido numerosos galardones (entre ellos el Premio Nacional de Literatura de Argentina de 1963), y fue miembro de la Academia Argentina de las Letras y de la Academia Argentina de las Bellas Artes, además de recibir el reconocimiento de la Legión de Honor del Gobierno de Francia en 1982 por el conjunto de su obra.

 La casa cerrada
El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado
Por nosotros, suprimiendo párrafos inútiles,
Condensando algunos y añadiendo aquí y allá un retoque.
Ignoramos el nombre de su autor.

Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo, Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos “la casa cerrada” y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada de Santo Domingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso: Defensa.
¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi madre mantuvo en el estrado con algunas señoras, y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hostiles, con su puerta que apenas se entreabría de madrugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. Harto lo sabíamos nosotros: eran una viuda todavía joven, de familia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron ni con mis hermanos ni conmigo ni con nadie, que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su enclaustramiento. Por él he sufrido mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuando la muerte se aproxima. Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó audacia.
En una ocasión —ellas tendrían alrededor de quince años—  pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de deslizarnos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. ¡Todavía me palpita el corazón al recordarlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como gatos, conseguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos muchachas sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos desde la altura, escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi memoria renazca su forma blanca y negra. Fue la única vez que las vi, hasta lo otro, lo que le narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807.
La circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía torna mitológicos.
El 5 de julio de 1807 —habría transcurrido un lustro desde que entreví fugazmente a mis vecinas en su patio— fue para mi vida, como lo fue para Buenos Aires, un día decisivo.
A las órdenes del capitán Jacobo Adrián Várela tocome defender la Plaza de Toros, en el Retiro. Me hallé entre los cincuenta o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino entre las balas, para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego en poder del brigadier Auchmury. Nuestra marcha a través de la ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los documentos oficiales. Jamás la olvidaré. Jamás olvidaré el fango que cubría las calles, pues había llovido la noche anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería. Mi jefe perdió las botas en el lodo; yo dejé un cuchillo, la faja… Nadie hubiera reconocido nuestro uniforme blanco y azul. Nadie hubiera reconocido a nadie, cuando corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas, guiados por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Várela que nos alentaba a seguir.
Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí nos enteramos de que Sir Denis Pack, herido por los patricios, se había refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros refuerzos se le sumaron, encabezados por el general Craufurd. La confusión era atroz. Los carros de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de los heridos aparecían entre los sables y los fusiles tirados al azar. Aquí y allá, los trajes de los britanos coagulaban sus manchas rojas. Desde la torre del convento, transformada en fortaleza, los ingleses sembraban el estrago. Había soldados en todos los techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras y agua hirviendo sobre los invasores.
Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del doctor Salcedo. A poco le vimos surgir entre los balaustres de la azotea, encendido, vociferante, y abrir el fuego contra el campanario de los dominicos. Nos ordenó a gritos, a quienes todavía quedábamos en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa casa, Reverendo Padre, era la casa cerrada.
Estaba cerrada como siempre. En la azotea distinguí a la dueña y sus dos hijas. Iban y venían, enloquecidas, con tachos humeantes. Uno de los oficiales se acercó a la puerta y trató de abrirla pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí mí, precisamente a mí— que destrozáramos la cerradura. Fue una impresión extraña, independiente de cuanto sucedía alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa y que me incomunicaba con ella. ¿Cómo explicárselo? Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi propia guerra personal, en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía pero de la cual me separaba una zona indefinible.
Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos como un torbellino los dos patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres nos recibieron sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo para ocuparnos de su actitud. Lo único que nos movía era matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos.
El capitán Varela apareció entre nosotros. Se dirigió a mí y a quienes me rodeaban.
—Vayan abajo —nos dijo brevemente— y secunden el tiroteo desde las ventanas.
De inmediato le obedecimos, mas cuando nos aprestábamos a lanzarnos por los peldaños, se nos cruzó la señora. Advertí entonces, en un relámpago, que ella también debía haber sido muy hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas.
Nos suplicó:
—No, abajo no…
De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en las salas y en las alcobas, ya arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos los postigos con los caños de los fusiles.
¡La otra habitación! —me ordenó un oficial—. ¡La última! ¡Encárguese usted!
Penetré allí automáticamente. Todo se hacía automáticamente ese día en que nos ensordecían las descargas y nos sofocaba la pólvora.
Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Calculé la posición de la ventana por la fina hendidura que en torno del postigo dibujaba un hilo de luz. Me adelanté a tientas y de un culatazo separé las hojas. No pensé más que en continuar matando, pero entretanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente, sólido. Cuando me detuve para cargar el arma, observé que a mi lado estaba la señora. La acompañaban sus dos hijas. Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para aproximarme y sosegarlas, y las tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en penumbra. Detrás de ellas se levantó algo que no puedo definir sino como un gruñido, un angustiado gruñido de animal.
Por segunda vez desde que había violado la clausura, me sobrecogió la sensación rarísima de que estaba viviendo un episodio aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue —claro que por momento— como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado en sí misma, como si sólo sirviera de encuadramiento remoto a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los únicos protagonistas.
Recordé que antes, a lo largo de los años, había escuchado ese mismo grito ronco. Se alzaba en mitad de la noche y me estremecía, en mi cuarto cercano, con su inflexión inhumana, agorera.
Di un paso hacia las mujeres.
—No —pronunció la señora—, por favor, no…
Detrás, en la sombra, vi al ser horrible. ¿Necesito describírselo, Reverendo Padre? Se trataba, indudablemente, de un hombre. De hombre tenía la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto era el de un niño, con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas. Clavó en mí los ojos malignos, y por ellos reconocí su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese monstruo era su hermano.
El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto me acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón me latía loco. A veinte pasos cayó un inglés con los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el pelo como las charreteras.
En la habitación, la madre  se echó a llorar. Gruñó el monstruo. Yo seguía tirando. Ya lo comprendía todo. Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.
El oficial bramó a través de la puerta:
¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!
Me ajusté el cinturón. Mis compañeros me llamaban. Me volví para seguirles. Nada había cambiado en el fondo del aposento. La madre, sentada en el lecho, gemía tapándose los oídos. Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante. Las dos hijas se abrazaban con miedo. Me miraron y adiviné en su crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes de julio. Todavía me quedaba una bala en el fusil. Reverendo Padre, cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un tiro seco, un solo tiro seco… ¡A tantos otros había muerto ese mismo día desde la retirada de la Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos, soldados que apenas salían de la adolescencia, a tantos, a tantos! Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza de cartón y de lana…
Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, hasta hoy, como me persiguió el 5 de julio de 1807 en mi fuga por la calle de Santo Domingo, negra y roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas había arrancado…»



El vagamundo

Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su vició enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero cuya presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. Por alguna parte de la pulpería se despereza ahora ese amor que enciende sus llamas secretas y que le obligará a partir. Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir en cuanto el amor alumbra. Y el amor alumbra todas las veces, en todas partes, en todas las épocas. ¡Ay, si la falta fríe grave, también es terrible el castigo! Llegar y partir, llegar y partir; con la eterna, la infinita zozobra frente a ese amor que, eludido, torna a formarse y a crecer, a modo de una enredadera que llena el aire de látigos y le impulsa a andar, a andar de nuevo, a andar…
Y así siempre, siempre, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Hungría, en Polonia, en España, en Moscovia, en Suecia, en Dinamarca; en Oriente y en Occidente; aquí y allá, aquí y allá, siempre, siempre. Siempre con sus trajes flotantes, con sus ojos pálidos, con sus barbas finas, con sus duras manos viriles. Andando, andando… Y ahora, en Buenos Aires. ¿Qué más da? También tenía que venir aquí, e irá a Chile y al Perú y a México y a donde sea, andando, andando… ¡Ojalá el amor consiguiera sofocarle por fin, para que muriera! Pero no; él no muere. No murió en Vicenza, hace tanto tiempo, cuando le encarcelaron por espía y resolvieron ahorcarle; hasta las sogas más gruesas se rompieron y el «capitano», absorto ante la maravilla, ordenó que le dejaran ir. Ir, ir… Eso era, precisamente, lo único que él no quería, mas no hubo nada que hacer. Y de nuevo a andar, a andar…
El rumor de la fiesta entra por la ventana de la pulpería, y el hombre que jamás sonríe no lo escucha. Escucha con los oídos de su corazón a ese amor que madura en alguna parte, cerca, muy cerca, detrás del flaco tabique que aísla su cuarto de viajero. Tanto ha caminado, que confunde las regiones, los años y los episodios; pero al amor no lo confunde porque el amor es el enemigo y siempre debe estar pronto a enfrentarlo, a prevenirlo, a rechazarlo, y sus sentidos se han aguzado sutilmente, horriblemente, para percibir su presencia en seguida. Lo demás… lo demás ¿qué le importa? En Venecia, en Ñapóles, en Sicilia, cantan su historia extraña o la refieren; con ella compusieron los ingleses una balada, y los flamencos otra, que es como una queja dulce. Los imagineros populares pregonan su efigie y le dan nombres distintos. A veces las gentes le han acosado como a un perro rabioso, y a veces le agasajaron y pidieron su consejo. En Alemania, el populacho cristiano invadió en más de una ocasión los barrios judíos, gritando que le tenían allí oculto y que le quemarían en el mercado; y en Florencia la multitud colmó la plaza de los Alberti para verle, tocarle y acompañarle entre hachones deslumbrantes hasta la Señoría, donde le acogieron como a un huésped ilustre. Y en España le llamaron Juan Espera-en-Dios, y en Siena… en Siena tuvo que resolver si el cuadro en el cual Andrea Vanni representó a Cristo agobiado bajo la cruz estaba parecido, si Cristo era en verdad así… Pero de eso hace mucho tiempo… centurias… Su vida se mide por centurias…
El rumor de la fiesta invade su aposento. El cortejo estará llegando. El hombre se pone a la ventana y observa, en frente, la iglesia de Monserrat adornada con ramos de olivo y con banderas. Repican las campanas. Golpean los tambores de los negros. El carro triunfal rueda por el medio de la calle. La muchedumbre lo rodea entre cánticos y vivas.
A su espalda la puerta se abrió y entra la sobrina del pulpero. Sin volverse, el hombre siente que el amor está ahí, flotando, que todavía no se define y titubea, pero que ya está ahí y ya empieza a mostrar las uñas y los colmillos.
—Mi tío manda decir a su mercé que si no quiere bajar al zaguán, que asistirá mejor a la fiesta.
El hombre recoge su atado, la alforja que tiene perpetuamente lista, y la sigue. Sabe que pronto deberá partir.
En el zaguán aplástase la gente. El olor de los asados que crepitan detrás de la iglesia se mezcla al perfume de las magnolias. Hay quienes se han puesto de rodillas. Afuera, brilla el rojo. Todo es rojo en la parroquia de Monserrat, esta mañana de fiesta: las colgaduras, los cintajos, los abanicos, las testeras y coleras de los caballos, los chiripas que ondulan en la brisa. Las flores y el hinojo alfombran las calles. Ilumínanse los vidrios de las casas con las luces internas y se recortan, pegados en las ventanas, los versos que elogian al Restaurador, a Rosas el Grande. Y el Restaurador avanza de pie, en la majestad del lienzo enorme pintado quizás por García del Molino. Triunfa en el carro lento, tapizado de seda escarlata, que los clérigos, los militares y los magistrados empujan hacia la iglesia de Monserrat, como si condujeran en alto, sobre las ruedas pesadas, una hoguera.
El hombre de barba fina y ojos pálidos mira el desfile sin verlo. Otros muchos desfiles ha visto en su vida andariega. Ha visto la entrada de los podestás orgullosos, en las ciudades del Renacimiento, bajo arcos esculpidos por los artistas admirables; ha visto a los emperadores, al frente de los cortejos heroicos, las coronas ciñéndoles los cascos de hierro, al viento los estandartes, y alrededor los siervos humillados en la nieve. Ha visto… ¿qué no ha visto él, que conoce todos los idiomas y todos los dialectos, que habla el toscano y el bergamasco, y la lengua de Sicilia y las jerigonzas indostanas y las fablas chirriantes del Asia Menor?
Mira el desfile sin verlo. Otra comitiva pasa ahora ante la inmensa lasitud de sus ojos. ¿Siempre tendrá que verla, Dios de Moisés y de Elias? ¿Siempre se renovará la escena de su maldición?
Él era zapatero, en Jerusalén. Cuando el que arrastraba la cruz se detuvo ante su puerta y se apoyó en ella un instante, para recobrar las fuerzas, él le dijo ásperamente:
-Ve, sigue, sigue tu camino.
Y Jesús le respondió, escrutándole con los ojos húmedos:
—Yo descansaré, pero tú caminarás hasta que regrese a juzgar a los mortales.
Y el Señor continuó su marcha. Venía de lejos, del lithostrotes de Poncio Pilato, de la casa de Anas, de la casa de Caifas, y trepó la cuesta del Gólgota, cayendo y levantándose, entre el cortinaje de picas y el llanto de las mujeres piadosas. Su huella era purpura.
El hombre baja los párpados. Los alza una vez más y nota que el carro de triunfo se para delante de la iglesia de Monserrat y que descienden con pompa el retrato del dictador rubio en cuyo uniforme ciega el oro de los laureles.
¡Ay, a aquel otro, al que sudaba sangre, no le llevaban en un carro de gloria! Los pretorianos se mofaban de él y los caballos manchaban sus vestiduras con el lodo que arrojaban al pasar al galope.
—Yo descansaré, pero tú caminarás…
Ya lo siente. El amor, su enemigo, está aquí. La sobrina del pulpero le roza el brazo y él siente el contacto como una quemadura cruel. Es el amor: el deseo antiguo como el mundo; el hambre que devora y enriquece; el hambre de los cuerpos y las almas; el hamEl peregrino aprieta los labios para no pronunciar las palabras que debe decir cada vez, pero las palabras le horadan los labios y escapan, monótonas, como siempre:
—Ve, sigue, sigue tu camino.
La muchacha le contempla asombrada. ¡Sería tan hermoso quedarse junto a ella, hundir la cabeza en la frescura de su regazo, y reposar! Pero no. El amor es el signo, la orden de marcha. Hasta el fondo de los tiempos le perseguirá, irónico, vengándose sin alivio de quien odió porque sí, por odiar, sólo por odiar.
El judío errante se echa la alforja a la espalda y se aleja. 



El ilustre amor

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor.
Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: «Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…».
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quien gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
—¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey?
El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones. Chisporrotean, celosas.
—¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los Duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobiscum.
Las vecinas se codean:
—¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo.
Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil ilusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte? ¿Dónde se encontrarían?
—¿Qué hacemos? —susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas.
Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca. 



El poeta perdido

Cuando el hijo de Sebastián Montalvo quedó huérfano, su tía abuela Catalina Romero de Islas le llevó a vivir con ella en su casa vecina del convento de Santi Domingo. El niño tenía entonces ocho años. Había heredado, con la frágil belleza de su madre, la aguzada sensibilidad paterna. Tales condiciones, características del «adolescente triste y hermoso», despuntaron en una época de la historia en que ser hermoso y triste alcanzó una importancia desconocida en otros tiempos.
De su infancia en la quinta de San Isidro no conservaba más que recuerdos vagos. Su madre era para él una señora perdida entre muselinas, apoyada en un jarrón de mármol roído por el musgo; su padre, un caballero que tosía en el pañuelo blanco y que permanecía las horas con los ojos fijos en el río y en su quietud. Al tío Rodrigo Islas, el demente, le había entrevisto detrás de las rejas del cuarto del mirador. El destino segó sus existencias una a una, en pocos años, como si hubieran estado enredados sus hilos y el primer corte hubiera bastado para aflojar toda la trama.  La madre murió cuando iba a dar a luz; al padre le hallaron inmóvil en su lecho, una mañana, con la almohada manchada de sangre; el tío Islas se quitó la vida misteriosamente después de la desaparición de su hermana.
A los ocho años Francisco había sufrido heridas que le dejaron cicatrices profundas. Su niñez transcurrió vestida de luto. Desde entonces, el negro fue su color. Jamás se le vio reír. Sus labios sólo conocieron una sonrisa tenue, aquella que ensayaban los hombres del Romanticismo por literatura y que en él se producía naturalmente, como una pálida flor desvanecida.
El resto se desleía en sus primeras memorias. Veíase acurrucado en los brazos paternos, una tarde de mucho frío, en la quinta de Pueyrredón. Un militar moreno inclinó sobre él los ojos ardientes. Después supo que era el general San Martín. Veíase también entrando en la sala de misia Mariquita Sánchez. Había varios señores que discutían con europea elegancia. Uno de ellos ——el joven y demacrado Juan Cruz Várela— le rozó la frente con los dedos flacos:
—Este niño será poeta.
Veía estatuas agobiadas por la hiedra, balaustradas y galerías en cuyos capiteles anidaban los horneros, y de nuevo el rostro del tío loco en la ventana gorjeante, y los pasos menudos de la madre en los senderos que el trébol invadía. Todo eso tenía un olor de nardos y de magnolias y la música de un piano invisible.
La tía Catalina Romero usaba unos anteojos con vidrios gruesos como fondos de botella. El bozo le azulaba el labio. El mínimo necesario de carne cubría sus huesos largos, bajo el pellejo. Flotaba en su torno, como algo imperceptible pero presente, la atmósfera agria de las hembras sin amor. Se adivinaba que el amor debía haberse estrellado contra esos huesos, a modo de la espuma que se deshace en el filo de los acantilados, y que nada, ni una onda siquiera de su marea generosa, habla refrescado su corazón.
¿Cómo habría sido el fabuloso tío Islas que osó darle su nombre? ¿Qué coriácea armadura le había permitido compartir la cama estéril de esa mujer, la cama que era imposible imaginar mullida y fragante, la cama de vértices y de aristas?
La sombra del marido se volvía neblina en el tiempo. Cuando se le citaba —y eso ocurría rarísima vez—, sorprendía a la rueda como si un forastero sospechoso hubiera entrado súbitamente en la habitación. Tanto desazonaba la aparición del intruso —acaso por la obscenidad antinatural que suponía la idea de un hombre conviviendo con doña Catalina— que las señoras visitantes evitaban aludir a él. Ella misma le había relegado en la última alacena de su memoria. No le sacaba a relucir sino en los momentos graves. Si advertía que se dudaba de algún aserto suyo, subrayaba, relampagueando los cristales: «El señor Islas de Garay pensaba lo mismo». Y aunque la concurrencia intuyera que el mítico caballero no había podido opinar de la suerte, era tal la incomodidad que suscitaba el fantasma, que la gente cedía, para conjurarlo y para que se fuera, de allí.
Ese círculo de damas viejas, que ni los achaques ni la muerte conseguían diezmar, estrechó sus anillos alrededor de la juventud de Francisco. A él se añadieron los hábitos talares del convento cercano. Solamente se aflojaba su presión en el refugio estival de la quinta.
Si Catalina Romero acogió en su casa a su sobrino, no fue por caridad. A su mayoría, Montalvo recibiría una fortuna en tierras y ganados. Con la señora vivía una niña pobre, hija de una hermana suya, y la tía planeo su boda cuando el uno contaba ocho años y seis la otra. Le gustaba organizar la existencia de los demás, obrar sobre ella como un agente divino. Tal vez eso había precipitado a su esposo camino de la tumba.
-Francisco casará con Teresa beatas. A través de la ventana, las amigas observaban a los chicos que jugaban en el patio. No parecían entenderse muy bien.
Catalina limpiaba las antiparras de escribano y agregaba:
—El señor Islas de Garay deseaba que esta boda se hiciera.
Las presentes notaban el lapsus, pues ninguno de los dos interesados había nacido cuando el caballero había alcanzado ya, definitivamente, la categoría espectral, pero preferían no señalarlo. Algunas eran tan milagreras que barruntaban que Catalina dialogaba con su marido después de muerto, y atisbaban sobre el hombro, recelosas, hacia los rincones.
Los dominicos —siempre entraban y salían en esa casa de sahumerio eclesiástico— aprobaban con la cabeza, dando al mate unas chupadas sonoras.
Los veranos transcurrían en quinta de la barranca de San Isidro. Francisco renacía allí. Aunque desde su infancia comprendieron sus allegados que nunca gozaría de mucha salud —quizá tuviera los minados pulmones de su padre—, Francisco crecía en donosura.
A los diecisiete años, las muchachas se volvían para mirarle, disimulando con las mantillas, cuando pasaba a caballo, volcada la capa negra sobre el anca del alazán. Lo que más las impresionaba era su palidez, las venas azules diseñadas en las sienes bajo la masa de pelo oscuro, desmadejado, y aquella esbelta delgadez que tan bien se avenía con las ceñidas botas y los chalecos de seda.
La viuda de Islas se había aplicado, desde que Francisco cayó bajo su tutela celosa, a aclarar la trabazón del alma del adolescente, en busca del sendero que la conduciría hasta su intimidad, pero presentía que siempre había algo más allá, algo que esquivaba su conquista, una cámara secreta. Su impotencia para atravesar los umbrales postreros la encolerizaba. Conjeturaba que no se podía ocultar a su penetración nada bueno. Revisaba sus bolsillos. Le abría los cajones. Escuchaba tras las puertas. Ya colérica, ya mimosa, persistía en su indagación. A veces se decía que aquéllas eran sólo fantasías de su cavilar, pero otras, un parpadeo, un ademán del huérfano, bastaban para encender su curiosidad alerta.
Francisco emprendía largas caminatas por la costa. La viuda desplegaba su táctica para evitarlo. Sabía que la gracia física y la posición de su sobrino no dejarían de tentar a las vecinas duchas. Al mismo tiempo le preocupaba que se murmurara que prefería el solitario, vagar a los halagos de la quinta, donde le aguardaban su tía y su novia. Pero sus sermones eran inútiles. A poco, Montalvo había desaparecido rumbo a los terrenos del Santo o a la propiedad de los Pueyrredón.
En San Isidro la independencia de Francisco era mayor que en la ciudad. La finca le pertenecía y quedaban en ella esclavos de la época de su padre y de su abuelo. Para ellos, «el amito» era el amo. Montalvos e Islas de Garay habían vivido entre esos blanqueados muros, de generación en generación, para que un día albergaran al descendiente melancólico, al niño triste y hermoso de los cuentos. Además el paisaje estaba tan mezclado con sus recuerdos que por él se evadía de los rigores tutelares. Ni Catalina ni Teresa podían seguirle, aunque permanecieran a su lado, cuando deslizaba la mano sobre la pared que suavizaba la glicina o sobre el ánfora de mármol roto. Adivinaban que el muchacho sentía un latir humano bajo la palma, como si la sangre de los dueños anteriores corriera en la materia inerte y sólo él captara su mensaje.
Al atardecer, olvidado el libro de vidas de santos sobre las rodillas, miraba hacia afuera. La noche penetraba en el patio como una mujer negra coronada de luciérnagas y perfumada de azahar. Al mugido de una vaca remota, al relincho de un potro, respondían los ejes de una carreta fatigada y el alto grito cruel y como ensangrentado de un gallo victorioso. En los oídos de Francisco sonaban a manera de una sinfonía. Noche a noche, sumábase al coro un instrumento. Sosegábanse después los rumores del campo. Era la hora de rezar el rosario en el corredor, frente a la imagen de San Isidro que cabeceaba en el temblor de las velas. Mientras dirigía las oraciones, cofriendo las cuentas entre los dedos viriles, la tía espiaba al mozo. La voz del muchacho naufragaba en la gangosa respuesta de los negros. El despecho de la viuda llegaba entonces al colmo. Olvidada del empaque propio de sus años, hubiera querido arrojarle a la cara el rosario bendito por su pariente Fray Julián Perdriel, sacudirle por los hombros y enrostrarle, delante de la asustada servidumbre:
-¿Pero no tienes alma? ¿No tienes alma para mí? ¿Qué me escondes? ¿Qué me escondes?
Francisco presentaba una faz impávida, irritante de ausencia. Cantaba un pájaro, de repente, en una de las jaulas, y al punto se le iluminaban los ojos. La viuda proseguía:
—Dios te salve, María, llena eres de gracia…
Sabía que su sobrino no estaba allí.
Una extraña timidez había entumecido desde sus primeros años al muchacho. Las sucesivas tragedias de su infancia hicieron germinar sus sentimientos precozmente, de manera que fue tal la desproporción de los mismos con su edad que a los primeros choques —pues nadie entendía su sensibilidad— se vio obligado a disimularlos. Surgió así una tendencia a la ocultación propia de los reprimidos, un perpetuo miedo de revelarse y de que no le comprendieran, que se reflejaba en su apocamiento. Luego su propia hermosura contribuyó a aumentar su confusión. Él, que hubiera deseado pasar inadvertido, era el centro de la atención donde fuera. Las mujeres jóvenes le observaban de hito en hito y también las viejas le comían con los ojos. Algunos hombres bajaban los parpados precipitadamente, cuando se volvía a mirarles, medrosos de que descubriera en ellos cuanto querían velar.
Además la tía Catalina se encargó muy pronto de aislarle y con ello facilitó su inclinación morbosa. De haber sido una mujer inteligente, se hubiera percatado de que lo que Francisco requería era precisamente lo contrario: alguien que le empujara hacia el mundo, que le explicara que éste no es un monstruo hipócrita sino un animal rebelde que es menester domar y que una vez dominado obedece al tirón de riendas. Pero el sello del carácter de la viuda de Islas fue su ceguera psicológica. Jamás intuyó nada de lo que embargaba el espíritu de su sobrino nieto y que año a año agregaba nuevos nudos a su prisión. Aún más, cuando notó en él algún movimiento espontáneo —como su cariño a la quinta, por ejemplo— se aplicó a combatirlo sin razonar, por celos. Celaba cuanto pudiera privarla de una partícula de la voluntad de Francisco. Acaso sea justo decir que si auspició con tanto empeño la boda del muchacho con su sobrina fue porque percibió que no la amaría nunca y que de ese lado nada tenía que temer. Francisco fue su único amor, pero nunca quiso analizar esa corriente de su alma y nadie, ni siquiera sus confesores, sospechó el verdadero móvil que la impulsaba a posesionarse del adolescente sin compartirle. Los mismos dominicos, inconscientemente, alentaban su actitud, al aprobar cómo defendía a Francisco de las asechanzas mundanas.
Pero si la debilidad de Montalvo entregó sus baluartes al lidiar inquisitivo de la tía Romero, hubo uno que conservó intacto con toda su fortaleza: la quinta. La quinta era para él mucho más que su casa y su palomar, su jardín y sus frutales, sus negros y sus tropas de vacunos que pastaban del lado del camino del fondo de la legua, allí donde la quinta se volvía chacra. Era lo suyo, su castillo.
Frente a la falta de perspicacia de la gente, la quinta le comprendía, como una amante leal. Él le devolvía el sentimiento. Conocía cada uno de sus árboles, desde los talas que se arañaban sobre el declive frontero del río, y el timbó y las enredaderas que enrojecían los muros en otoño, hasta los ombúes anclados como carabelas en la inmensidad de la llanura. Conocía sus rumores y sus perfumes, sus asperezas y sus suavidades: el rozar del lagarto en la hierba y el olor de las fogatas crepitantes, el canto de los pájaros distintos, el zumbar de los insectos y el dulce aroma de las pequeñas flores abrazadas a las cortezas robustas.
Cuando Catalina Romero creía que escapaba de la quinta hacia los terrenos donados al Santo Patrono por la piedad del capitán Acassuso, o hacia las residencias patriarcales de alrededor, se equivocaba. Rara vez abandonaba los límites de la propiedad. Solía trepar hasta la copa del aguaribay opulento, o tenderse a la vera de los juncos de la orilla. Sólo así era feliz. Sólo así se sentía seguro. Sólo así vivía las vidas intensas que le vedaba la realidad.
A los quince años había comenzado a anotar en un cuaderno todo lo que le sugerían sones y fragancias. Pronto, la cadencia del verso encuadró línea a línea su emoción. Los cuadernos se sucedían, colmados de una caligrafía diminuta. Los guardaba en el hueco de una viga, en su casa de Buenos Aires, y bajo el piso, alzando uno de los tablones, en su habitación de San Isidro. Eran su invisible tesoro, su secreto, su única intimidad.
La tía ni imaginaba su existencia.
En Buenos Aires, en los cursos de latinidad y de retórica, Francisco atrajo a los muchachos más descollantes de su época. Vicente Fidel López, Félix Frías, Miguel Cañé, Juan Bautista Alberdi, Miguel Esteves sintieron la seducción de su gracia. No era un alumno extraordinario. A veces, en mitad de la clase monótona del señor Guerra, Alberdi le soplaba por lo bajo la espinosa cita de Virgilio, o López le susurraba, junto a la cátedra de Alcorta, el final del concepto filosófico que había desordenado.
—Francisco Montalvo vive en la luna —decía Miguel Cané, abriendo mucho los ojos negros en la cara redonda. Y en la luna le dejaban, respetuosos de su misterio, de ese curioso alejamiento que le proyectaba fuera del aula, por encima de los tejados, hacia el mirador distante, hacia las lentas nubes copiadas por el río. Pero ignoraban todos adonde le conducían esos viajes ensimismados. Como nadie hacia confidencias, le suponían apasionado por su prometida. Y la verdad es que Francisco no sabía responder a sus maestros porque hacía varios días que una estrofa —o algo menor, un adjetivo, la forma de una imagen— le daba vueltas y vueltas en la cabeza, obsesionándole, hasta que hallaba la solución en el momento menos pensado, como suele ocurrir a los poetas, y, distraído de la severidad del profesor de la Peña o de los latinajos del profesor Guerra, fijaba su conquista en cualquier trozo de papel blanco, en el margen de Salustio o en el de la Retórica de Blair.
Los muchachos que hubieran deseado tenerle por amigo abandonaron tal propósito, enfriados por su timidez que tachaban de indiferencia. Ellos andaban siempre juntos, en los reñideros de gallos, en las guitarreadas del barrio del Alto, entre las «chinas» chacotonas, o en las discusiones sobre literatura y política. Francisco ansiaba confundirse con ellos, ser uno de tantos, dentro del grupo juvenil y alegre, pero se lo impedía ese confinamiento invencible que era tal vez su encanto más singular.
En 1832, durante los últimos meses del primer gobierno de Rosas, cuando se fundó en la casa de los abuelos de Cañé la pomposamente denominada Asociación de Estudios Históricos y Sociales, Francisco asistió a algunas de sus reuniones. Los mocitos se arrojaban a la cabeza, como proyectiles centelleantes, los nombres de los autores nuevos: Prosper Mérimée, Désiré Nisard, Edgar Quinet; se arrebataban los números muy sobados de la Revue de París; hablaban de Víctor Cousin, de Michelet, de Hugo, de SainteBeuve. Corría por la sala un soplo caldeado. Cañé golpeaba sobre la mesa con los puños cuando mencionaba a Manzoni, su ídolo; Frías sostenía, entre las burlas de sus compañeros, la superioridad de Martínez de la Rosa sobre Mirabeau; Laureano Costa criticaba a Vicente Fidel López. Francisco Montalvo permanecía mudo, hojeando los libros. Un día, cuando todos salían para sus casas en un revuelo de capas y de chisteras, le encontraron en el patio. No había entrado en el salón y se había entretenido en conversar con misia Bernabela Andrade, la abuela materna de Cañé. La gruesa señora, arrebajada en su pañoleta celeste, estaba contándole en el columpio de la tonada cordobesa algo de su estancia «Los Algarrobos», en el pago de San Pedro, cuando les rodeó la algarabía de los muchachos.
-¡Queremos saber de qué se trata! —gritaba López, zumbón. Pero Francisco ya se había encerrado en sí mismo y se envolvía en la capa negra, con aquel ademán estatuario que ejecutaba naturalmente y que Cañé se desvivía por imitar.

El poema de la quinta crecía despacio. Francisco volvía a él de tiempo en tiempo. Lo dejaba madurar. Por debajo del canto a la naturaleza, como un río subterráneo, fluía a lo largo de las estrofas la historia sin historia de su vida. Ni él mismo se daba cuenta de las presencias sutiles, pero cuanto había intuido de su madre, de padre y de su tío Rodrigo, flotaba en el arcano de las alegorías que sólo él podía interpretar plenamente. Ese poema, tan clásico en su estructura rigurosa, tan romántico en ciertos desalientos y frenesíes, tan inesperado en el Río de la Plata, en momentos en que Echeverría no había publicado aún sus «Consuelos», era para Francisco Monta!vo fuente de energías y camino de desahogos. Cuando tomaba la pluma, frente a la bujía, se despojaba de su timidez como de una cota de hierro. Presentía que llegaría el instante en que su canto le revelaría a los demás. Entonces todo lo que había sufrido por su retraimiento se desharía como el hielo al calor, para mostrar bajo la rígida lámina su trémula intimidad. Pero para lograrlo el canto tenía que ser perfecto. Por eso volvía sobre las estrofas con ahínco, raspando, anulando, destruyendo en un segundo de autocrítica desesperada la obra de meses.

En 1834, cuando Francisco acababa de cumplir veintidós años, el presbítero Cornelio Cipriano Goneti, párroco de San Isidro, bendijo su boda con Teresa Rey. En seguida se establecieron en la quinta, en las habitaciones que fueron de los padres de Montalvo, en tanto que la tía Islas ocupó las que clausuraban el patio del lado opuesto.
La vieja señora triunfaba. Ya nadie podría quitarle a su sobrino. Después de comer, cabalgándole sobre la nariz los enormes anteojos, levantaba la cortinilla de tul, en su ventana, para vislumbrar a los muchachos que paseaban por el jardín.
El poema tocaba a su fin. Francisco trabajaba incesantemente en pulirlo y redondearlo. Para justificar sus ausencias, había dicho a las señoras que preparaba su tesis. A Teresa no le interesó la aclaración. Las cosas de su marido no le importaban. El matrimonio le había procurado lo que siempre ansió tener: el bello nombre de Montalvo y un porvenir de gran dama vanidosa. No hacía más que probarse las alhajas de la madre de Francisco. Por haber convivido con él desde su infancia, ya no veía su física hermosura, la que sólo conmovía su orgullo cuando entraban al templo, los domingos, entre la admiración de las mozas.
Pero la vigilante viuda no se contentó con las explicaciones. Demasiado bien conocía el desdén de su sobrino hacia el estudio. No. Ahí había algo distinto, algo que se completaba contra sus planes, algo que quería sobrepujar su voluntad. En el cuarto del mirador, alquimias oscuras operaban contra su influencia. Acaso estuvieran en juego los elementos imponderables que desde la niñez del muchacho pugnaron por socavar su dominio sobre él y cuya esencia ignoraba.
Entretanto, Francisco había resuelto dar el definitivo paso de su vida.
En enero de 1835, Marcos Sastre fundó su librería en la calle Reconquista. Los muchachos acudieron a ella en bandada. Mil volúmenes escogidos tapizaban su salón. Allí se fumaba, charlaba y reía, alternando la broma con el tema grave. Vicente Fidel López llevó a Francisco el sancta sanctorum una tarde de marzo, y le refirió los proyectos que abrigaban para el futuro. Había que dar conferencias, que organizar debates, que recitar versos, que irradiar la luz del espíritu frente a las sombras del tirano.
-Estoy seguro —le dijo mientras revolvían los tomos franceses— de que tú compones versos. Nunca me lo has confiado pero creo que no me equivoco.
Francisco volvió hacia él los ojos rasgados de su madre. Por primera vez, quebró su timidez.
-Es cierto.
Brilló la mirada del otro en las cuencas hondas.
—Entonces tienes que prometer que mañana nos leerás algo.
Montalvo quiso defenderse, pero fue en vano. Ya estaban los demás en torno, y Juan María Gutiérrez declaraba que traería el laurel para trenzar su corona.
La noche anterior había sido terminado el poema de la quinta. Sus estrofas colmaban cuatro cuadernos que en ese momento reposaban dentro de una caja de latón, bajo el piso de su estudio de la casa ancestral.
—Bueno —respondió, y su voz resonó como la de un extraño en sus oídos—; mañana vendré.
Aplaudieron todos y Juan María chasqueó la lengua. López le pasó la mano por la frente:
—¡Un poeta! ¡Un poeta! ¡Tenemos un poeta!
Francisco recordó el día distante en que los dedos fríos de Juan Cruz Várela le ungieron en la sala de misia Mariquita Sánchez.
Montó a caballo y lo espoleó hacia San Isidro. Largo sería el galope, mas estaba habituado a hacerlo y hoy el viaje le parecía más holgado que nunca, a pesar del huracanado viento que le tironeaba de la capa.
¡Bien valían los años de incertidumbre, a cambio de la sensación que le embargaba ahora! Había vencido. Se había vencido a sí mismo. Con su quinta por aliado, había derrotado a los enemigos que, asombrados sobre su cuna, le condenaron a un destino de permanente indecisión. ¡Libre! ¡Libre! Las estrofas más felices cantaban en el compás de las herraduras. Eran las que dedicara a referir cómo florece la magnolia y cómo se acuesta el sol entre los árboles. O no… no… mejor aquella en que los gauchos, sentados entre las ruedas del carretón, miran la ondulación del alba sobre los flamencos rosas… O mejor aquella en que la hebra de hormigas asciende por la desnudez de la estatua…
Advirtió que, como otras veces, su flaca memoria no Le permitía reconstruir los versos. El poema se le escapaba, se le diluía. Declamaba el comienzo de la parte del río, los octosílabos con los cuales había querido reproducir la música de los juncos, y a poco olvidaba el resto. ¡Y las estrofas de las boyadas que regresan al atardecer! ¡Y la de las mariposas que revolotean bajo el alero, en verano! ¿Cómo era aquélla? No. No podía decirlas. Se le esquivaban en el texto elaborado durante tanto tiempo.
Comprendía, por fin, que su canto era bueno, que nada de lo que hasta entonces se había producido en el Plata podía comparársele. ¡Adiós, pues, a los terrores infantiles! ¡Desgarradas, las ligaduras!
Galopaba en alas de la canción. El viento restallaba sus látigos furiosos. Unos aguateros, entusiasmados por su suelta elegancia, le saludaron con la mano, y un mendigo barbudo que cabalgaba como él se quitó el sombrero a su paso, mientras el pampero le arremolinaba los andrajos grises.
Francisco Montalvo sonreía. El pegajoso secuestro, la imposición de un casamiento sin amor, las torturas de su alma apocada, siempre insatisfecha, abdicaban ante el irresistible impulso.
Ya caía la noche entre las campanadas de la capilla de San Isidro. Algo más allá, se enrojecía el paisaje. Frenó el animal delante de la quinta. El mirador ardía en la oscuridad como una antorcha inmensa. Los reflejos del incendio despertaban formas desconocidas entre los árboles que despeinaba la tormenta.

Esa mañana, no bien partió Francisco para Buenos Aires, la tía Catalina resolvió realizar una inspección cuidadosa en el mirador, para salir de dudas de una vez y averiguar qué retenía a su sobrino allá arriba. Propuso a Teresa que la acompañara, pero ésta se encogió de hombros. La muchacha acarició el collar de diamantes que ceñía su cuello y que resultaba absurdo en tan hogareña sencillez. Que la tía hiciera lo que se le antojase y que la dejara en paz. ¿Qué podía hallar en el famoso cuarto secreto? Francisco no era un Barba Azul. Nada… las cuartillas de la tesis… que la dejaran en paz…
Pero la viuda bullía ya de impaciencia. La despreocupación de su sobrina le sirvió de acicate, porque creyó percibir en ella el dejo de un reproche insoportable para su vanidad. Descubrió la llave en el cuarto de Francisco y subió penosamente la escalerilla de caracol que conducía a la azotea. Un viento tempestuoso sacudía los follajes. Entró en el estudio y cerró la puerta con llave, para evitar sorpresas inoportunas.
Era una pequeña habitación cuadrada, que recibía luz por dos rejas, las mismas en las que tan a menudo apoyó su frente lívida Rodrigo, el enclaustrado. Una claridad fantástica las bañaba. El ruido del ventarrón avivaba ecos en los rincones y hacía silbar la extinguida chimenea.
Todo estaba en orden. En los anaqueles alineábanse unos pocos libros y sobre la mesa blanqueaban los papeles. La tía Romero los revisó sin encontrar nada. Lo mismo sucedió con los cajones. Al revés de lo que podría esperarse, la falta de inmediatas pruebas le dio ánimos. Evidentemente, aquí se ocultaba algo, algo que no se dejaría al alcance de los intrusos. Uno a uno, registró los libros de la biblioteca.
Entretanto la tormenta bramaba de cólera. Muy pronto cayo sobre el jardín una sombra verdinegra. La señora aseguró las ventanas y encendió el candelabro de tres brazos. El aire que se colaba por la chimenea hizo bailotear las llamas. Alzó las velas y torno a recorrer el aposento palmo a palmo. No bajaría del mirador con las manos vacías. Se sentó junto a la mesa y dejó la llave sobre la tela de cachemira de la India, muy manchada de borrones, que tapaba su parte superior. Escuálida, huesuda, brujeril, hurgó con la imaginación en pos de escondrijos. Las paredes eran de ladrillo pintado. Imposible disimular nada en ellas. Tampoco estaba lo buscado en el escritorio ni en la biblioteca. Palpó en el hueco de la chimenea, estremecido por el viento, con igual resultado. Volvió a la silla y dio un brinco. ¡El piso! ¿Cómo no había pensado en el piso? De rodillas, empezó a golpear los tablones. Uno cedió. Adentro, en una caja de latón…
Colocó su tesoro sobre la mesa. Eran cuatro cuadernos en los que reconoció la escritura de su sobrino. Los hojeó anhelosamente e hizo una mueca de disgusto. ¡Versos! ¿Y para eso se había tomado tanto trabajo?
A la luz oscilante del candelabro leyó el título: «La Quinta», y de inmediato su interés renació, más poderoso.
Siempre había odiado a la quinta de los Montalvos, la quinta que no era suya. Desde la niñez de Francisco, había notado que el chico le oponía allí una resistencia sorda, de la cual carecía en Buenos Aires, como si la casa de sus abuelos le infundiera insólito vigor. ¡La quinta! ¡La quinta!
Volteó las páginas. La quinta cobraba en ellas una grandeza insospechada. De estrofa en estrofa, Francisco revelaba lo que significaba para él esa propiedad maravillosa. Sus árboles, sus pájaros, su río, sus nubes, cantaban en los octosílabos musicales. Pero la viuda permanecía impenetrable a su lirismo. Se percataba, con asombrada amargura, de que Francisco no le había pertenecido jamás, como jamás sería de Teresa; que su dueña era esa quinta execrable, de la cual hablaba con frases de enamorado, con frases que ni ella ni su sobrina habían escuchado nunca.
Sus dedos amarillos arrugaron los folios, al pasar del uno al otro cuaderno. Afuera se sucedían las ráfagas impetuosas. La viuda llegó a la estrofa en la que el muchacho describía la estatua italiana del jardín. Detrás de las gafas, brillaron sus ojos. Si algo la enconaba especialmente era esa escultura demoníaca, con su grácil desnudez que le hacía sentir la indeseable sequedad de su cuerpo. Francisco se extasiaba en la cadencia de las rimas y contaba cómo, en los crepúsculos estivales, cuando el sol doraba la transparencia marmórea que recorrían como ríos las venas celestes, una hebra de hormigas trepaba por los flancos hacia la sombreada morbidez de los pechos, a manera de una caravana que asciende hacia el frescor de un oasis al amparo de las dunas.
Se puso de pie y gritó:
-¡Porquería!
Luego, incapaz de contenerse, desgarró las tapas de los cuadernos, arrancó sus hojas y arrojó las destrozadas cuartillas a la chimenea, sin cesar de mascullar improperios. Inclinó el candelabro y el fuego hizo pronto presa de una de las páginas. Se dobló nuevamente, para propagar la combustión al resto, y los anteojos titubearon y cayeron en el hogar. Casi ciega, quiso rescatarlos, pero sus afanes resaltaron inútiles. El aire loco levantaba la humareda y las llamas rojas. Retrocedió hasta el centro de la habitación, fascinada.
Entonces el viento se introdujo como un gran pájaro graznante por la chimenea y echó a bailar los papeles incendiados. Uno de ellos, arrebatado por el soplo, empezó a quemar una de las cortinas. Otro, como si estuviera dotado de vida, saltó sobre la silla de paja y abrió allí sus alas multicolores.
La viuda tanteó la mesa, en pos de la llave, y sus dedos temblorosos la empujaron al suelo. Oyó el tintineo burlón en las tablas. Aterrorizada, se puso de hinojos y manoteó torpemente. Quiso serenarse. Debe de estar por aquí… por aquí debe de estar… Pero se dijera que la llave vivía también, que le habían brotado unos piececitos silentes y que se había lanzado a correr por el cuarto que el humo invadía.
Catalina Romero se orientó hacia las ventanas con los brazos extendidos. Los muebles le salieron al paso. El cuarto vacío se había llenado de muebles. ¿Y las ventanas? ¡Ah, ellas también ¡Ellas también huían! ¿Dónde estaban las ventanas, en medio de esa hoguera que la rodeaba por doquier, en medio de ese sinfín de sillas y de mesas que la herían con las faldas esterilladas, con las caderas de caoba, con los senos de mármol? ¿Y sus gritos, nadie escucharía sus gritos en la tempestad? La quinta, la vieja enemiga, se había conjurado contra ella.
-¡Porquería! —exclamaba entre los accesos de tos—, ¡porquería! —como si sus labios no pudieran modular otra palabra. Hasta que uno de los chamuscados fragmentos del manuscrito se adhirió con uñas incandescentes a sus encajes. Era, precisamente, aquel en el cual el poeta —el poeta que ya nunca volvería a escribir— cantaba la gloria de la estatua desnuda desperezándose al sol.