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martes, 26 de septiembre de 2017

Ateísmo y fe en Dios. José A. Sayés.



Richard Dawkins
José A Sayés
Dios existe
EDAPOR
CAPITULO QUINTO


ATEISMO Y FE EN DIOS
En este capítulo quisiéramos reflexionar, aunque brevemente, sobre las últimas motivaciones del ateísmo actual y al mismo tiempo mostrar el proceso de la fe en Dios.

Hemos visto que la existencia de Dios es algo que se le impone a la razón y, sin embargo, ahí está el ateísmo moderno. Ahí está también la fe decidida de tantos hombres que entregan su existencia a Dios en un acto de fe que, si bien no puede prescindir del ejercicio de la razón, va más allá de la misma. Tanto en el acto de creer como en el acto de rechazar a Dios hay algo más que el ejercicio puro de la razón. El problema de Dios es un problema que implica el ejercicio de la razón, pero no se reduce sólo a la razón. No es un problema de matemáticas que puede ser analizado desapasionadamente por la razón. El problema de Dios es algo que, aparte de implicar a la razón, atañe también a lo más hondo del corazón humano, Esto es lo que quisiéramos explicar en este momento y con ello habríamos explicado la raíz honda tanto del ateísmo como de la fe en Dios.

No pretendemos hacer aquí un análisis total de las múltiples formas de ateísmo moderno. Se han hecho ya muchos intentos de sistematización; lo que sí quisiéramos es llamar la atención sobre algunos aspectos del ateísmo que nos parecen decisivos.



1)      Fin del ateísmo militante

Una de las características innegables del ateísmo moderno es la pérdida del talante combativo que tenia en los siglos XVIII y XIX. El ateísmo que analizamos en el primer capitulo, tanto el que nace de la critica de Feuerbach a la religión y se desarrolla en Marx y Freud, como el que pretende servirse de la ciencia para atacar la imagen de Dios, era un ateísmo esencialmente combativo y batallador. Se creía haber encontrado en la ciencia la respuesta a los problemas todos del hombre e incluso se avanzaban teorías sobre el origen del sentimiento religioso, el cual seria solo el enmascaramiento de necesidades económicas o sexuales. Era quizás un ateísmo adolescente, crédulo y confiado en sus conquistas; pero se trataba de un ateísmo combativo, colocado en la primera linea de lucha.
   

Hoy el ateísmo combativo ha venido abajo. La ciencia ya no se puede utilizar como arma contra la fe. Los científicos modernos, a excepción de algunos como Monod, son conscientes de que la ciencia experimental es neutral respecto al problema de Dios y por ello se mantienen al margen

de tal problema. Han pasado los tiempos en los que se veía en la ciencia el arma definitiva contra la fe, no solo porque la ciencia encuentra barreras en el propio campo de investigación (principio de indeterminación) y por ello es menos arrogante y pretenciosa que en el pasado, sino sobre todo,

porque se ha hecho consciente de los límites de su propia metodología y sabe que no  puede inmiscuirse en el terreno de la filosofía y de la fe. Además las mismas ciencias humanas, como la psicología, van dando cada vez más espacio a la experiencia religiosa como una experiencia auténtica y legítimamente humana.

No podemos olvidar tampoco que los avances técnicos de la ciencia han hecho pagar un alto precio al hombre de hoy, que comienza a ver también en el progreso sombras que no sospechaba en el pasado: la destrucción de la naturaleza, la amenaza de una guerra nuclear  la creación de estructuras técnicamente perfectas, pero inhospitalarias e inhumanas.

El progreso era el mito del mundo moderno en el siglo pasado y lo fue también en los años 60; años en los que apareció la teología de la secularización, como signo de una época en la que el hombre confiaba plenamente en sus posibilidades técnicas. Con el progreso técnico el hombre moderno había llegado a la convicción de que podía prescindir de Dios y de lo sobrenatural. El hombre secularizado era fundamentalmente un hombre que no miraba al pasado, sino el soñador de futuro; era un hombre capaz de soñar y proyectar toda una vida feliz para el futuro. Era el hombre técnico, el hombre del futuro, el hombre confiado en sus posibilidades, que se atrevía a relegar a Dios a la nube de su trascendencia y se instalaba en la increencia, en una especie de alejamiento gradual, teórico y práctico, de Dios.

Pero también la modernidad ha entrado en crisis. La confianza romántica en la ciencia y en la técnica aparece ya en vías de disolución como hemos visto. Ha entrado también en crisis la utopía revolucionaria, pues «en todos los sitios, dice G. Morra, en los que se ha impuesto, la utopía revolucionaria se ha convertido en conservación e imperialismo».

Por todo ello se ha tenido que cargar con la desilusión y el desencanto, y no cabe duda de que renacen movimientos de revuelta que buscan, con mezcla de errores y desviaciones, «la calidad de la vida», y que encierran también nostalgias religiosas. Hay un despertar religioso, confuso y equívoco en muchos casos, en grupos como la «Jesus revolution», meditación trascendental, yoga, zen, sicodelismo, naturalismo, pero que son signo claro de que la ciencia y la técnica no han podido apagar la sed de sentido último que lleva el hombre en su conciencia.

Hoy en día hemos llegado a una situación de postateísmo, no en el sentido de que no existen los que no creen en Dios, sino en el sentido de que se da mucho menos que antaño la negación explícita y consciente de la existencia de Dios como era propio del ateísmo combativo, para dejar paso a una nueva actitud que podemos calificar de agnosticismo desentendimiento. 

2) Agnosticismo y desentendimiento


Hoy en día la actitud del que no cree en Dios no es tanto la actitud atea, sino más bien la actitud agnóstica. El ateo es el que combate la existencia de Dios, el que afirma categóricamente que Dios no existe. La actitud agnóstica, en cambio, es mucho más taimada y sutil, porque pretende que de Dios en el fondo no podemos saber nada, aparentando incluso una indiferencia ante el problema de Dios. Respetuosos con la fe de los creyentes, los agnósticos de hoy proclaman que pueden prescindir de Dios sin la menor angustia. Como dice Tierno Galván, el agnóstico es el que no echa de menos a Dios 5, el hombre que vive perfectamente instalado en la finitud de este mundo, sin sufrir por ello la mínima inquietud o zozobra. El interés del hombre de hoy está puesto en el hombre mismo, en mejorar su situación y calidad de vida. ¿Por qué perder tiempo con la hipótesis de Dios?.

Esta actitud de agnosticismo, frecuente hoy en día en ciertos ambientes, está provocada por una serie de factores que quisiéramos señalar aun cuando éstos son distintos cuando nos referimos a las minorías intelectuales o a la masa.
5 E. TIERNO GALVAN, ¿Qué es ser agnóstico? (Madrid 19762) 16.

Agnosticismo de minorías

Entre los factores que han influido en el agnosticismo de ciertas minorías esté el hecho de que, después de un periodo en el que se pensaba que la ciencia podría expulsar a Dios de nuestro mundo, ha venido, como hemos visto, otra época en la que la ciencia reconoce sus limites en torno al problema de Dios. El problema de Dios queda, pues, relegado a la competencia de la filosofía y la fe.

Sin embargo, este fenómeno que de suyo es positivo ha hecho que muchos hombres de hoy, habituados a la investigación científica, sientan una especie de pereza mental para abordar, como hombres y filósofos, el problema de Dios. Surge así un talante de escepticismo para todo aquello que no se reduzca a la ciencia experimental; pero se trata de un escepticismo que no se basa ya en argumentos científicos, sino en la mera y simple pereza para enfrentarse con el problema de Dios en el campo de la razón filosófica.

Ha influido también en estos ambientes la crisis de la metafísica realista. La filosofía de hoy está cargada de un fuerte subjetivismo como ocurre en la fenomenología existencial en la que, a pesar de todo, no se consigue llegar a la objetividad 6.
6 Heidegger, a pesar de la búsqueda del ser y de que toda su filosofía está fundamentalmente orientada al ser, queda prisionero de los preliminares fenomenológicos. Aparte de que su noción de “ser” es totalmente. indeterminada (la noción de esse en Santo Tomas es lo más determinante que hay, lo que da subsistencia propia a las cosas), es mero “corrrelato” del sujeto pensante (Dasein J, es decir, está siempre referido a la conciencia, y no se puede hablar de una existencia de ese ser como algo independiente de la conciencia humana. La filosofía de Heidegger no es ni atea ni teísta (cf. J. B. Lorz, Ni ateismo ni teísmo en la filosofía de M. Heidegger, en: El ateismo contemporáneo II (Madrid 1971) 313-327). Lo cierto es que Bultmann, inspirado en la filosofía de Heidegger, no puede superar e1 subjetivismo y su teología es claramente inmanentista, es decir, no llega a un Dios trascendente, distinto objetivamente del hombre y del mundo (cf. J. A. SAYÉS, O. c., 17-21).

La analítica del lenguaje, incluso en su fase de superación de la primera época burdamente positivista; no consigue tampoco hablar de Dios como resultado de un conocimiento objetivo y filosófico, sino como expresión de los sentimientos humanos. En esta filosofía, cuando se habla de Dios no se habla de un Dios conocido objetivamente por la razón filosófica, sino del nombre que utilizan los hombres en ciertos ámbitos de lenguaje, como expresión de la búsqueda de sentido último o de la conciencia moral.

No decimos que este subjetivismo de hoy sea agnosticismo, pero sí que conduce al agnosticismo. Cuando se elimina la razón filosófica que nos dé garantía de la existencia objetiva de Dios, no queda otra vía que el sentimiento. Con ello surge una actitud fideísta, y el fideísmo es la antesala del agnosticismo. Me explico:
Cuando a la fe se la priva de toda motivación racional, lejos de hacer un servicio a la fe se la deja desamparada y sin fundamento7. El fideísta se refugia cómodamente en el santuario de sus sentimientos, pero no puede justificar su fe ante la razón, y con esta actitud esté provocando el agnosticismo de aquéllos que advierten que la fe no tiene fundamento alguno. El fideísmo de muchos creyentes y teólogos ofrece la ocasión para el agnosticismo de aquellos que exigen (y con razón) coherencia intelectual a la fe. En este sentido ha dicho bien Tresmontant: «El irracionalismo frenético de algunos teólogos, protestantes y católicos, es una de las principales causas del ateísmo moderno... históricamente el fideísmo ha engendrado el ateísmo» 8. Yo diría que el fideísmo, más que el ateísmo, conduce al agnosticismo. De todos modos, es claro que si el agnosticismo es la enfermedad de la filosofía, el fideísmo lo es de la teología.
7 H. Küng en su obra ¿Existe Dios? (Madrid 19792) defiende la tesis de que tanto el ateísmo como el teismo no tienen certezas de razón; aunque si Dios existiera (hipótesis) la vida humana tendría un sentido pleno. Sobre 1a tesis de H. Küng véase: J. A. SAYES, Existencia de Dios y conocimiento humano (Salamanca 1980) 49-59. En esas páginas examinamos 1a postura de H. Küng, que es una postura que a nuestro parecer, no escapa del fideísmo.
 8 ci. , TRESMONTANT: Los problemas del ateismo (Barcelona .1974)
Estos factores que favorecen al agnosticismo están además propiciados por un ritmo de vida que adormece la conciencia y no deja tiempo y sosiego suficientes para la reflexión sobrevive los problemas últimos del hombre. Se esté perdiendo a Dios ciertamente, pero ello se debe a que se está perdiendo al hombre.
Este agnosticismo de hoy no es, como se ve, el agnosticismo metafísico de Kant. En Kant hay todo un proceso de pensamiento por el que se pretende que es imposible llegar a la  trascendencia de Dios. Hay toda una justificación, al menos pretendida, de que el conocimiento humano queda prisionero de lo fenoménico. El agnosticismo de Kant es un agnosticismo de tesis, pero el agnosticismo de hoy es un agnosticismo de cansancio y de desentendimiento 9.
9Tomemos. como ejemplo, y sin ánimo de generalizar, la postura de Tierno Galván

(cf. ¿Qué es ser agnóstico? Madrid 197.62.), 
En la mayoría de los casos el agnosticismo de hoy es un agnosticismo que nace de una actitud utilitarista y pragmática. Lo que interesa es el hombre y no se puede perder el tiempo en hipótesis inútiles como es la hipótesis de Dios.

El hombre de hoy no tiene ya el vigor intelectual de tiempos pasados para reflexionar sobre los fundamentos de su vida. Es una época de crisis filosófica por cansancio intelectual y por ello el agnosticismo de hoy es un agnosticismo de cansancio y desentendimiento 9.
9Es cierto que el pensamiento de Tierno Galván tiene cierta coherencia, en cuanto que cierra perfectamente la puerta a todo aquello que puede elevar a la trascendencia: Dios, alma, y conocimiento de la sustancia; pero esta cerrazón a lo infinito se consigue sólo a base de ignorar la profunda insatisfacción que el hombre moderno tiene del mundo, y de la tendencia y búsqueda de más, que el hombre experimenta con todos los logros alcanzados. No se pueden ignorar las raíces de todo un fenómeno mayoritariamente religioso como es el hecho de la creencia actual en Dios. No se puede ignorar el aumento constante de la insatisfacción, de la tristeza y de la angustia, fenómenos todos ellos que algunos sicólogos de hoy, como V. Frankl, interpretan como signos de la apertura trascendente del hombre. Se podrá interpretar estos fenómenos de otra manera, pero Tierno Galván

no da interpretación alguna, simplemente los ignora. Al menos el ateísmo del siglo XIX, el de Marx en concreto, trataba de dar una explicación del fenómeno religioso. Tierno Galván no ofrece ninguna interpretación del hecho religioso. Simplemente se limita a afirmar como un estribillo que el agnóstico es el que se encuentra perfectamente instalado en la finitud. ¿Cómo explicar entonces que la mayoría de los hombres no se sientan perfectamente instalados en lo finito? Tierno Galván debía dar una explicación.

Una frase clave de su pensamiento en esta obra es que “las posibilidades de conocer se agotan en lo finito” (p. 18), frase que se limita a afirmar, sin probar de modo alguno. Llega incluso a afirmar que el agnóstico siente una profunda serenidad ante la muerte (p. 31-32); afirmación ante la que otro profesor de Salamanca, M. de Unamuno, habría quedado mudo.

Pero si nos elevamos más allá del sentimiento y llegamos a un nivel ya racional (al fin y al cabo cada cual es dueño de sus sentimientos) un filósofo no puede olvidar desde el punto de vista racional que lo finito, en cuanto tal, resulta problemático en cuanto que es contingente, y exige por ello una causa que dé razón de su existencia. No se puede olvidar tampoco que, a pesar de la limitación de nuestros conceptos, sirven para hablar con propiedad del infinito en virtud de la analogía del ser. Con el concepto de ente conocemos todo lo que es, incluido el ser divino, aunque a éste lo conocemos de forma analógica e imperfecta.

Lo que resulta incoherente es querer salvar la moral a partir de la finitud. La moral, dice Tierno, nace del respeto y la responsabilidad ante la finitud (68 ss). Tenemos que respetar todo lo que tenemos, pues nuestro mundo es finito y no tiene recursos ilimitados. Pero en ese caso, ¿es lo mismo cuidar de las ballenas que están en período de extinción que cuidar del hombre? Y, si es distinto, ¿en qué fundamos esta distinción? ¿Dónde fundar la dignidad humana en cuanto que es superior al animal y a la materia? Si Dios no existe, el hombre es materia.

Tierno Galván sigue por otra parte creyendo en el poder omnímodo de la ciencia (p.,78), olvidando que la ciencia de hoy no es ya la ciencia del siglo XIX;

Así pues, no se puede instalar uno en la finitud, sino a base de adormecer la conciencia y olvidar los interrogantes que lo finito presenta para el hombre. Es un agnosticismo de desentendimiento.
Hay un olvido voluntario de una serie de preguntas insoslayables. Por ello el ateísmo de hoy, como dice el Vaticano II, es «un fenómeno de cansancio y de vejez» 10.
10 Mensaje del Vat. II a los jóvenes, 1962: Docum. Vat. II (BAC minor, Madrid 1967).628.

Ateísmo de masas
Se habla hoy en día precisamente del ateísmo como fenómeno de masas. El Vaticano II aludió a este fenómeno11. Ahora bien, habría que preguntarse si el llamado ateísmo de masas es un auténtico ateísmo o responde más bien a una actitud de desentendimiento y de indiferencia.
11 Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 7.
Ya dijimos que ateo es aquél que niega explícitamente la existencia de Dios. No es este el caso de nuestro ateísmo de masas, que se caracteriza más bien por ser un ateísmo de desentendimiento, como bien ha señalado Mons. Guerra Campos12.
12 J. GUERRA CAMPOS, Ateísmo hoy (Madrid 1978) 101-102.
Hoy en día se vive en la «inmersión egocéntrica», en lo inmediato. Se vive solicitado por mil estímulos diarios que atraen nuestra atención. Se vive a ritmo de vértigo, prisioneros de la prisa y de las ambiciones. Se vive aturdido por el ruido, la prisa, la velocidad, el vértigo de la producción y del consumo. Apenas hay tiempo para la reflexión sosegada, la soledad de los sabios y la meditación. Nuestro tiempo libre queda materialmente invadido por la televisión y el disfrute de tantas diversiones etiquetadas con la etiqueta del consumismo. Así se crea un hombre totalmente pasivo, consumidor inconsciente de la diversión prefabricada, incapaz para la reflexión y la meditación.
La filosofía de esta vida consumística es el utilitarismo. El mundo de hoy tiene tales atractivos, que cada día trae su ración de placer, de bienestar y de entretenimiento. Importa lo útil, lo que satisfaga de inmediato, lo práctico. Indudablemente, en estas circunstancias una persona reflexiva tiene que sentir la mordiente de la insatisfacción y, en ciertos casos, el peso de la angustia, pero todo ello se entierra con más ruido, más placer y más ambiciones materiales. Es lo que Víctor Frankl llama la «neurosis dominical», la inmersión voluntaria en el ruido, el placer, el consumismo, con el fin de no escuchar el vacío interior y el peso de la angustia. Es una especie de narcótico a nivel social. Por supuesto que en estas personas narcotizadas no se observa la alegría plena y auténtica que únicamente puede nacer del encuentro con la profundidad de la propia conciencia. Ello es síntoma de que el hombre no puede comprar la felicidad auténtica. Y la tristeza y el aburrimiento, y a veces la angustia y la desesperación, son el precio que se paga, después de todo, por una felicidad falsa.
No podemos olvidar que las raíces del hombre son Dios y la naturaleza, y con la destrucción de estas dos raíces se está destruyendo a sí mismo. Sin Dios y sin naturaleza, el hombre está condenado a la más espantosa de las angustias. Ya ha comenzado el hombre a caer en la cuenta de que no puede prescindir de la naturaleza, y creo que barrunta también que no puede prescindir de Dios.

Este fenómeno de inmersión egocéntrica en lo inmediato y de desentendimiento respecto de Dios está, por otra parte, propiciado por un tipo de sociedad secularizada que es fomentada desde distintos centros de poder. No podemos olvidar que hay toda una presión social de propaganda antirreligiosa, que tiende a presentar todo el Contexto de la vida social sin referencia alguna a Dios. Se pretende y se fomenta que lo político, lo social y lo cultural funcionen «como si Dios no existiese» y de esta forma a la mayoría de los hombres se le cierra el acceso a los valores religiosos. Pero un pueblo no puede vivir en un ambiente social totalmente secularizado. ¿La causa principal de ateísmo colectivo de masas, dice Mons. Guerra Campos, es que por la acción sistemática de pensadores y políticos (¡en países cristianos!) el ambiente social haya sido privado, en grandes sectores, de la dimensión religiosa». Hace falta un esfuerzo heroico para mantener la fe y la ética en un ambiente en que tales valores no cuentan, y este esfuerzo heroico no se puede pedir a toda una masa.7

Este fenómeno de la secularización viene a veces acompañado por la inadecuada labor de ciertos agentes de pastoral que acomplejados por el brillo del mundo moderno, han tratado de vender la trascendencia del evangelio al precio del aplauso. A decir de G. Morra, el resultado ha sido en muchos casos la rendición incondicional, subordinando la fe a la modernidad 14.
Por todo ello, lo que caracteriza a esta sociedad post-atea es una actitud de desentendimiento en la que se ha renunciado a los valores trascendentes cayendo en un permisivismo total que no tiene otra limitación que la no violencia y un respeto a ciertos derechos. Es la herencia de un liberalismo decadente. Con ello se ha privado y se está privando a nuestra sociedad de los estímulos que necesita para construir una libertad positiva y se está provocando la corrupción y el desaliento de los más jóvenes.

En la génesis del ateísmo moderno está, pues, esta actitud de desentendimiento. Ciertamente no podemos olvidar que los creyentes tenemos parte en el proceso del ateísmo moderno, como dice el Vaticano, II 15, pero a nadie se le oculta que aún cuando este influjo negativo sea cierto en muchos casos, la causa verdadera del ateísmo no está aquí. Cuando se apela a los defectos de la Iglesia o de los creyentes ¿hay que preguntarse si se apela a ellos con el fin de hacer una crítica constructiva no de usarlos como pretexto de una actitud atea que está ya previamente tomada?. Los defectos de los creyentes no son muchas veces sino un pretexto para justificar la propia conciencia. En tiempos de Cristo no había Iglesia y, sin embargo, no creyeron en él. La motivación del ateísmo es más profunda.

Igualmente cuando el mismo Vaticano II afirma que puede influir en el ateísmo la falsa imagen de Dios, no podemos olvidar que, con ser cierto esto en muchos casos, no es la causa fundamental del ateísmo. El que verdaderamente busca a Dios, tarde o temprano encontrará una idea depurada de él. El cristianismo a lo largo de los siglos ha hecho un esfuerzo innegable en este sentido, y la filosofía cristiana se ha distinguido en limar los antropomorfismos que aplicamos a Dios. La teología católica ha hecho un esfuerzo gigantesco en este sentido, que no puede ser olvidado17.

Cierto que, a pesar de todo, la imaginación nos sigue haciendo de las suyas. No podemos menos de imaginar a Dios, y de imaginarlo de determinada manera (padre, anciano, etcétera) y habrá que caer en la cuenta de que tal imagen, aun cuando sea correcta, no puede abarcar la magnitud de Dios. Por ello Dios será siempre un problema para nuestra imaginación, aunque sea una certeza para nuestra razón. Hay que distinguir entre la razón y la imaginación. Los problemas de muchos comienzan por no hacer tal distinción, siendo así que es verdad que una cosa puede ser cierta. para nuestra razón, y problemática para nuestra imaginación (también al alma humana la imaginamos de forma material). Es más, en el caso de Dios, es muy lógico que nuestra imaginación no pueda abarcarle. No olvidemos tampoco que en la génesis del ateísmo influye, y de forma decisiva, el ambiente, los prejuicios, el peso de una psicología a veces intrincada y enigmática. Dios sabe hasta qué punto en el ateísmo de algunos hay culpabilidad o no. Pero no podemos olvidar, la advertencia del Vaticano II cuando afirma que «quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia, y, por tanto, no carecen de culpa.
16 J. GUERRA CAMPOS, O. c., 92a 17 Ibíd., 91.

3) La fe y la razón
 No cabe duda de que en muchos casos. en el proceso del ateísmo; hay un desentendirniento voluntario que fácilmente se disfraza de motivaciones más altas. Y es que no podemos olvidar que en el problema de Dios está implicado directamente lo más íntimo del corazón humano, su libertad e independencia últimas.
Cuando se aborda el problema de Dios desde la razón hay que tener presente que no es un problema que afecte sólo a la razón, sino que implica lo más profundo del corazón humano. Cuando me enfrento a un problema de matemáticas, en su desarrollo sólo interviene la razón, porque es un problema que no afecta a mis intereses vitales. Pero, cuando se aborda el problema de Dios, se está abordando algo vital. Si es verdad que Dios existe, mi vida queda directamente afectada. Que Dios exista significa que yo soy un ser dependiente, que debo la existencia a alguien que me ha creado. En pocas palabras, esto significa la ruptura de mi autosuficiencia y el reconocimiento de un ser al que tengo que agradecer la existencia, y que marca el cauce de comportamiento. Esto es imposible, sin un corazón sencillo y dispuesto a adorar.
 Por ello, aunque mi razón sepa que Dios existe si mi corazón no está dispuesto a adorar, no se llega a la fe. La fe no es sólo un saber de la razón, sino una adhesión del corazón, es a este nivel donde se plantea una lucha interior que sólo la gracia de Dios, aceptada por un corazón dispuesto, puede decidir por el .

Es clásico recordar lo que ocurrió a Alexis Carrel ( 1873 - 1944); premio Nobel francés de medicina en 1912. Carrel, ateo convencido, había oído hablar de los milagros de Lourdes y se había dicho a sí mismo al examinar a una muchacha afectada de peritonitis tuberculosa: «Si esta muchacha se cura, me hago fraile o me vuelvo loco»19.  La muchacha quedó curada de repente en su misma presencia. Esto era en 1903. Pasaron casi treinta años hasta la conversión de Carrel; ¿Qué ocurrió?. La prueba la tenía delante de los ojos, pero es entonces cuando en el corazón humano se entablar una lucha entre la autosuficiencia y la humildad necesarias para adorar a Dios. Sólo cuando el corazón humano se rinde a la gracia en un acto de humildad y sencillez es cuando nace la fe. La razón me indica que hay motivos serios para creer, pero la razón no causa la fe. Según la doctrina católica, aunque, a pesar del pecado original, el hombre ha conservado la capacidad natural de conocer a Dios por la razón natural, no puede adherirse firmemente a Dios ni dar un paso positivo y salvífico hacia él, si Dios, previamente, no le atrae con el don interior de la fe; fe que el hombre hace suya en un acto de acogida libre y humilde.  La razón no es nunca causa  de la fe; sino condición indispensable para que la fe no sea un acto arbitrario e irracional. La razón nos lleva al umbral de la fe, me dice que verdaderamente, la existencia de Dios se impone por la lógica pero no causa la fe, Este es el momento de la lucha interior; la "razón" me inclina a creer pero el "corazón” tiene que estar dispuesto a adorar. Sólo cuando, examinados los motivos serios que la razón me da para creer; me rindo a la atracción interior la gracia que se insinúa en lo más hondo de mi corazón, nace el de la fe. La fe es un encuentro personal con Dios y que, preparado por la razón, sólo Dios puede ceder al corazón dispuesto y humilde. Por ello, la razón, tiene que ir acompañada de la oración humilde.

Pongamos una comparación. Imaginemos que nos encontramos ante un riachuelo crecido. Yo me encuentro en una orilla: La razón me dice que en la otra se encuentra Dios. Por la razón ya sé que Dios está ahí; pero saltar al otro lado es difícil porque implica dejar la orilla de mi autosuficiencia y  vivir en la orilla de Dios, con una concepción de la vida que tiene en Dios su fundamento último. En esta circunstancia surge la lucha interior. Es entonces cuando Dios, desde su orilla, tiende la mano de la gracia, y el corazón; bien dispuesto, se agarra a ella, saltando con su ayuda,

La razón me asegura que Dios existe, pero no me da la fuerza para saltar, para adherirme a Dios en el fondo de mi corazón. Sólo cuando el hombre, examinados los motivos serios que tiene para creer, se rinde humildemente a la atracción interior de la gracia, da el sí.

Así pues, tanto la fe como el ateísmo son actos voluntarios del corazón humano; pero mientras el primero es consecuente con lo que la razón le dice, el segundo apaga la luz de la razón, prefiriendo la independencia y la oscuridad.

Como decía Pascal, «no hay más que dos clases de personas a las que se pueda llamar razonables: o aquéllos que sirven a Dios con todo su corazón, porque le conocen, o aquéllos que buscan a Dios con todo su corazón, porque no le conocen»20.

¡Cómo cambian las cosas cuando se busca a Dios con un corazón sincero! Sin duda muchos comprenden que este mundo nuestro es inexplicable por sí mismo, y sospechan la existencia de Dios; pero es preciso tener un corazón limpio para adorarle. De hecho, no se encuentra nunca a Dios mientras no existe la suficiente humildad y sencillez para adorarle. No podemos olvidar que Dios sólo se manifiesta a los humildes.

Y este encuentro con Dios por medio de la razón supone una búsqueda ulterior, porque el hombre debe preguntarse si ese Dios creador en el que él cree ha hablado en alguna parte y ha manifestado sus intenciones. Hay preguntas, como es el caso del problema del mal, que sólo en la revelación de Dios encuentran su respuesta acabada.

Por otra parte, los que creemos en Cristo como Hijo de Dios sabemos lo que ayuda a nuestra fe el tener una imagen concreta de Dios. No podemos olvidar que el hombre es también «cuerpo» e imaginación. Por ello, Cristo es la respuesta más acabada al problema de Dios. Es el rostro vivo del Dios que el hombre busca con tanto afán.

miércoles, 5 de julio de 2017

El problema del mal en el mundo. Sayés.



José A. Sayés
Dios existe
Editorial EDAPOR
1982









EL PROBLEMA DEL MAL

La existencia del mal en el mundo ha aparecido a lo largo de los siglos como un obstáculo para creer en Dios. ¿Cómo se puede conciliar la existencia de un Dios creador, todopoderoso y bueno, con el hecho de la existencia del mal en el mundo?. Desde hace siglos el problema del mal pesa en la conciencia de muchos como un obstáculo contra la fe en Dios.
Berdiaev, converso a la fe cristiana, no veía personalmente en la existencia del mal un obstáculo para llegar a la fe en Dios, pero no dejaba de advertir que para muchos era el gran escándalo: 
<<La conciencia racionalista del hombre contemporáneo juzga que la existencia del mal y del sufrimiento es el principal obstáculo para la fe en Dios y el argumento más importante en favor del ateísmo. Parece difícil conciliar la existencia de Dios, del dispensador clementísimo y omnipotente, con la existencia del mal, tan temible y poderoso en nuestro mundo. Este argumento, el único serio, se ha hecho clásico. Los hombres pierden la fe en Dios y en el sentido divino del mundo, porque observan que el mal triunfa, porque experimentan sufrimientos carentes de sentido, engendrados por dicho mal>>.
Ya antes de Berdiaev otro compatriota suyo y ferviente creyente, Dostoiewsky, había expresado el problema del mal en términos parecidos. A propósito de la tentación de Cristo en el desierto escribía: <<Las piedras y los panes equivalen al actual problema social, a nuestro ambiente. No se trata de una profecía, esto ha existido siempre... Tú eres el hijo de Dios, por consiguiente tú lo puedes todo... Ordena que la tierra de ahora en adelante produzca sin trabajo, enseña a los hombres una ciencia y un orden que asegure el futuro de su vida, ¿no ves tú que los principales vicios y males humanos nacen del hambre, del frío, de la miseria y de la imposible lucha por la existencia? He aquí el primer problema que el espíritu del mal había planteado a Cristo>>.
Dostoiewsky expone en estas palabras el escándalo que el problema del mal representa para los hombres.

1) ¿Qué es el mal?

Al tratar el problema del mal en confrontación con la existencia de Dios es preciso definir antes, con la mayor objetividad y desapasionamiento, qué es el mal. Esto resulta difícil cuando sentimos el mal en nuestra propia carne, pues cuando el mal destila su veneno en nosotros es difícil analizar las cosas objetivamente, pero aquí es necesario hacerlo así, precisamente porque queremos basar la existencia de Dios en razones objetivas y no en sentimientos irracionales.
Los clásicos definían el mal como privación de un bien debido, privación de lo que es debido a un sujeto. Así lo definía Santo Tomás y, antes que él, los grandes padres de la Iglesia. Decía San Agustín: <<Alejándome de la verdad, yo pensaba que iba a su encuentro: porque no pensaba que el mal es la privación de un bien>>; <<el mal no es una sustancia, porque si fuera una sustancia sería bueno>>.
El mal es la privación de un bien debido. El que yo no tenga alas no es un mal; la ceguera en cambio es un mal, porque me priva de un bien debido, que es la vida.
Siendo una privación, el mal no tiene una entidad autónoma, sino que, como tal privación, es una carencia que padece algo que de suyo es bueno. Un hombre cojo, por ejemplo, carece de ciertas facultades que tiene un hombre normal, pero la carencia que padece (la cojera) se da en un hombre que, por 1o demás, es bueno. Es decir, no se da un mal absoluto, una cojera (por seguir el ejemplo) que exista en sí misma. El mal es siempre una privación que se da en algo que, por lo demás, es bueno. Pensemos en el demonio: a pesar de su maldad moral, el demonio, en cuanto criatura
inteligente, no deja de ser una criatura ontológicamente buena. El mal no subsiste en sí mismo.
Siendo esto así, no se da un mal absoluto, no puede existir un mal que sea el mal por esencia y causa de todo mal. Por consiguiente, no cabe establecer dos principios absolutos, el principio absoluto del bien y el principio absoluto del mal, como pretendía el dualismo maniqueo. Esta concepción dualista, venida a Occidente desde Persia, y que prende en el maniqueísmo y en sectas medievales como los cátaros y albigenses, es incompatible con la creencia en un Dios creador. Si las cosas de este mundo son creadas por Dios, en cuanto tales criaturas son buenas, y el mal no podrá ser otra cosa que las carencias que padecen cosas que de suyo son buenas. Como dice Journet, esta definición del mal como privación se ha elaborado bajo un cielo cristiano, bajo la fe en un dios creador.

2) El mal explicable

Antes de hablar del mal como escándalo ante Dios, Creador omnipotente y bueno, es preciso hacer una observación para encuadrar en su justa medida el escándalo que experimentamos por la existencia del mal, y no levantar farisaicamente la mano contra el cielo.
Se trata de caer en la cuenta de que una gran parte del mal que padece el hombre proviene del mismo hombre. Sobre este punto se podrían escribir varios volúmenes dedicados todos ellos a la responsabilidad del hombre ante el mal del mundo.
Los antiguos siempre pensaron que las principales calamidades que azotan a la humanidad son la peste, la guerra y el hambre.
Pues bien, cada vez más, a medida que la humanidad progresa, vamos cayendo en la cuenta de que el responsable de gran cantidad de enfermedades que asolan hoy en día al hombre es el mismo hombre. Limitándonos a algunas consideraciones, podríamos decir que las enfermedades que más muertes causan hoy en día a la humanidad son las que provienen de la sobrealimentación, las enfermedades del corazón, por ejemplo. Los pueblos atiborrados de comida mueren, en un gran porcentaje, por el colesterol y el ácido úrico. Por lo que respecta al cáncer, cada vez más se sospecha, y se conoce incluso, el influjo de la contaminación y de los colorantes que tienen los alimentos. Por lo que afecta a las enfermedades de los pueblos pobres, no cabe duda de que hoy en día una enfermedad como la tuberculosis es totalmente  curable y que sus causas se deben a la infraalimentación y a las condiciones de vida o alojamiento.
Hoy en día, con los recursos de los que disponemos, el hombre es absolutamente responsable del hambre en el mundo y hoy, como ayer, sigue siendo responsable único de la guerra.
Con estas consideraciones no pretendemos decir que el hombre sea responsable de todos los males que le afectan, de todas las enfermedades que le oprimen o de todas las desgracias que le aplastan, pero tenemos que darnos cuenta de que resulta sarcástico acusar al Creador, cuando nosotros somos asesinos, verdugos y explotadores de nuestros propios hermanos.
Otro tipo de mal que tampoco puede ser utilizado como pretexto contra Dios es el mal de la naturaleza en el sentido que explico a continuación. Me refiero a los males que experimenta la naturaleza misma y que son necesarios para el mantenimiento de la misma naturaleza. Es lógico, por ejemplo que la hierba deje de existir en aras a la alimentación de los animales. En este caso podemos decir que Dios Creador no sólo permite, sino que quiere indirectamente el <<mal>> para el bien total de la naturaleza. Nadie se escandaliza de un mal tan relativo y tan lógico.

3) El mal, inexplicable

El problema comienza cuando hablamos del mal que afecta injustamente al hombre, del mal que el hombre no causa de ninguna manera o que, causado por ciertos hombres, afecta injustamente a otros. Aquí no vale hablar, como en el caso anterior, de un mal que sea permitido en favor del todo. El hombre, ciertamente, es una parte del cosmos; pero es mucho más, es un centro personal, un todo personal que da incluso sentido a la marcha ascensional del cosmos, como si todo el mundo culminase precisamente en el hombre.
Aquí no vale justificar el mal del hombre como precio exigido por el bien del cosmos.
Hay una escena en La Peste de Camus que enmarca bien el problema al que nos referimos. La ciudad de Orán queda invadida por la peste y queda totalmente aislada con el fin de evitar el contagio. La peste se va cebando en sus habitantes, que van cayendo uno tras otro. En este contexto se entrecruzan dos personajes; el médico ateo Rieux (en el que podemos ver la figura de Camus) que, sin creer en Dios, se dedica a hacer el bien posible, y el jesuita Peneloux, que desde el púlpito de la catedral defiende la tesis de que el mal que padece la ciudad es justo castigo de Dios por los
pecados de los hombres.
Hay un momento en que el médico y el religioso jesuita se juntan ambos a cada lado de la casa de un niño afectado por la peste y que está en trance de morir acosado por dolores insufribles. En este momento el médico pregunta al padre jesuita: <<¿también este niño sufre como precio de sus pecados?> >, y es el momento en el que el protagonista (no olvidemos que representa a Camus) dice: <<estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados>>.
Este es el encuadre del problema. Pensemos en el caso de un niño subnormal, que, aparte de estar privado de sus facultades normales, hace sufrir a sus padres. ¿Es esto compatible con la existencia de un Dios omnipotente y bueno?. Y el dilema es tan claro como clásico: O Dios puede evitar este mal y no lo hace (y en ese caso no es un Dios bueno), o no puede evitado (y ello es signo de que no es omnipotente).
Llegados ya al filo del problema se impone precisar lo mejor posible la respuesta.

4) La respuesta de la razón

A veces oímos decir que el misterio del mal no encuentra en la razón contestación alguna, por lo que hay que recurrir a la revelación con el fin de obtener la respuesta adecuada. Indudablemente el misterio del mal no encuentra respuesta acabada y satisfactoria sino en la revelación, pero la razón puede y debe mostrar cómo la existencia del mal no elimina de suyo la necesidad de un Dios creador, aunque no sepa conciliar la existencia de ambos.
La razón puede mostrar con claridad, aunque no sepa explicarlo, que la existencia del mal no elimina la necesidad de la existencia de Dios. La razón tiene que reconocer que no sabe cómo conjugar los dos factores del problema, Dios y el mal, pero tiene que admitir que la existencia de uno (el mal) no elimina la necesidad de la existencia de Dios y por ello la razón quedará abierta a la posibilidad de una revelación de Dios, en la que Dios mismo dé respuesta acabada al problema del mal. Veamos cómo el mal no elimina la existencia de Dios.
Decíamos antes que el mal es la privación de un bien debido y que, como tal, se da en un ser que, por lo demás, es bueno. Recordemos el caso de la ceguera u otro cualquiera. El mal se da siempre como privación en algo que de suyo es bueno. Siendo esto así, se comprende que, por mucho mal que haya en el mundo, seguirá existiendo el bien y, por mucho desorden que exista, seguirá existiendo el orden. El mal hará que el bien y el orden de este mundo sean menores de lo que nosotros hubiéramos deseado; pero no podrá hacer desaparecer del todo el bien, el orden y la belleza, y este bien, este orden y esta belleza seguirán reclamando un Dios creador que explique y dé razón de su existencia. Con otras palabras, cuando hablamos del mal, olvidamos que, por mucho mal y desorden que existan en este mundo, seguirá existiendo el bien y el orden, y que éstos necesariamente seguirán reclamando la existencia de Dios. Nunca el mal del mundo conseguirá ser tan absoluto que destruya toda huella de bien y de orden, porque, por definición, el mal se da como privación en algo que, por lo demás, es bueno. Un niño subnormal tiene defectos, pero estos defectos no dejan de existir en un organismo que, por lo demás, es bueno. Un niño subnormal tiene defectos, pero no deja de tener sentimientos humanos y bellos, En una palabra, siempre queda en el mundo la maravilla del orden y de la perfección. En nuestro mundo asolado por el hambre, la guerra, la injusticia, hay, a pesar de todo, un orden tan maravilloso que nos fascina y una belleza que nos sobrecoge. Basta tener los ojos abiertos. De la misma manera que la madre de un niño subnormal sabe apreciar los valores y los sentimientos que, a pesar de todo, se dan en su hijo, la razón humana debe admitir que pasar del mal, existe en el mundo un orden tan maravilloso, que no puede provenir del hombre mismo. y puede asimismo comprender que este mundo, en lo que tiene de orden y en su propia existencia, no se explica por sí mismo y necesita la existencia de un Dios creador. Además, no podemos olvidar que toda enfermedad que padece el hombre proviene del influjo de causas naturales, que obran según su propia naturaleza y sus propias leyes. El hombre  es una parte del cosmos y está sometido a sus leyes. El problema nace cuando uno piensa que Dios podría evitar el mal y no lo hace.
Como decimos, la razón no sabrá conjugar estas dos realidades: Dios y el mal. Pero sabe que el mal no elimina a Dios. A este respecto decía un hombre lleno de buen sentido, J. Balmes:
<<El mal existe, es cierto; pero la providencia existe también, no es menos cierto; en apariencia son dos cosas que no pueden existir juntas, pero puesto que tú sabes ciertamente que existen, esta apariencia de contradicción no te basta para negar esa existencia. Lo que debes hacer, pues, es buscar el modo con que pueda desaparecer esa contradicción, y en caso de que no te sea posible, considerar que esta imposibilidad nace de la debilidad de tus alcances>> .
En consecuencia, lo que debe hacer una persona razonable es preguntar si Dios en alguna parte ha hablado y nos ha explicado el porqué y el para qué de la existencia del mal. La razón, que sabe que la existencia de mal no elimina la necesidad de Dios como explicación del orden y de la misma existencia de este mundo, debe estar atenta a ver si ese Dios creador se ha revelado en alguna parte.
Hay, pues, una luz para la razón. La oscuridad del mal no es tal que apague la luz de un mundo que de suyo es bueno y bello, y de un Dios creador del mismo. Hay que aprovechar la luz que tenemos y caminar con ella, preguntando si en alguna parte Dios mismo ha dado más luz al problema. No se puede dejar de avanzar porque no tengamos plena luz. Tenemos luz suficiente para caminar y buscar la luz definitiva. Naturalmente, si el mal que sufrimos tuviera la última y definitiva palabra, no sería posible creer en Dios. Si un niño tuviese que ser subnormal durante toda la eternidad, yo no creería en Dios, porque sería una prueba de la impotencia divina; pero si la revelación nos dice que el mal que padece ese niño no tiene la última palabra, y que incluso Dios puede sacar de él bienes superiores, entonces la razón humana habrá quedado plenamente satisfecha. La omnipotencia y la bondad divinas quedarían a salvo, si supiéramos que Dios permite el mal para sacar el bien.

5) La respuesta de la revelación

Dijimos en un principio que examinaríamos el problema de Dios desde la razón. Así lo hemos hecho hasta ahora e incluso hemos mostrado que la existencia de Dios viene exigida por un mundo que de suyo es bueno, y que sigue reclamando una razón de su existencia. Con todo, la respuesta satisfactoria al problema del mal no se puede lograr sino desde la revelación. Permitaseme apelar aquí a la revelación cristiana. No importa tanto que en este momento cambiemos de método; lo que importa es encontrar la verdad. Sólo la revelación cristiana nos da una respuesta cumplida al problema del mal. Podríamos reducir a cinco principios lo que nos dice sobre ello:
- Dios no quiso el dolor.
- El hombre es causa del pecado y del dolor.
- El mal injusto no tiene la palabra definitiva.
- Dios tolera el mal para sacar bienes superiores de él.
- El verdadero mal es el pecado.

Dios no quiso el dolor

El dolor no lo hizo Dios. El libro del Génesis nos cuenta cómo Dios lo hizo todo bien y libró al hombre del aguijón del dolor y de la muerte.
El hombre, de suyo, es de materia sensible y por ello está sujeto a la corrosión y al roce del dolor y, por supuesto, al aguijón de la muerte, es algo que de suyo pertenece a la ley de la corporalidad, que envejece y sufre la influencia del ambiente. Si, por ejemplo, una serpiente me pica y me mata, esto es algo lógico, que un agnóstico aceptaría como ley de vida.
El problema comienza cuando creemos en un Dios que es bueno y no evita tales cosas. Pero he aquí que Dios en sus planes primeros creó al hombre para hacerle partícipe de su felicidad, y, con sus dones preternaturales, le preservó del dolor y de la muerte. El mismo trabajo humano no aparece en el Génesis como un castigo, sino como la posibilidad de cooperar en la obra de la creación, sometiéndola al servicio del hombre. El trabajo aparece como la realización de la perfecta unidad entre el hombre y la naturaleza. No es fruto de una maldición, sino la llamada a una vocación digna de la inteligencia del hombre. El pecado del hombre fue lo que ocasionó la fatiga del trabajo.
Dios creó para hacer feliz al hombre. Ese fue su plan. Dios no quiso el dolor.

El hombre, causa del pecado y del dolor

La revelación nos ha mostrado de dónde proviene el mal. En primer lugar es preciso decir que, según la revelación, el mal que sufre cada persona en particular no va unido necesariamente
a su propio pecado, como pretendía la mentalidad tradicional en el Antiguo Testamento. En el libro de Job se desmiente la tesis de que los padecimientos son fruto y castigo de los pecados del que sufre. Elifaz, Bildad y Sofar defienden contra Job la tesis tradicional de que los sufrimientos que padece el hombre provienen de sus propios pecados. Job, por el contrario, apela a su inocencia y se somete al juicio de un Dios que aflige misteriosamente al justo.
 En el Nuevo Testamento todavía quedan huellas de la mentalidad tradicional. Ante el ciego de nacimiento que curó Jesucristo, preguntan sus discípulos si pecó él o sus padres para nacer ciego (Jn 9,2). A ello responde Jesucristo diciendo que no pecó ni él ni sus padres La misma doctrina de Jesucristo aparece respecto al hundimiento de la torre de Siloé en el que perecieron 18 personas. En este caso Jesucristo advierte que no por ello deben ser consideradas estas personas como más pecadoras que los demás habitantes de Jerusalén (Lc 13,4).
Según la revelación, el sufrimiento tiene su origen frontal en el pecado de Adán, en el pecado del primer hombre, que libremente rechazó la amistad infinita de Dios. El primer hombre, provisto de libertad, rechazó un amor infinito, con una decisión que encerraba en definitiva el deseo de ser el centro del universo. No nos compete estudiar aquí las dimensiones del pecado original. Baste recordar que por revelación sabemos que, en razón de nuestra solidaridad misteriosa con Adán, hemos nacido no sólo en pecado, sino con las consecuencias del pecado: enfermedad, dolor y muerte. Para aceptar, esto es preciso recordar que el pecado y sus consecuencias, lo mismo que la hondura y la seriedad del amor de Dios, sólo desde Dios pueden ser comprendidos en su profundidad. Sólo cuando nos acercamos a la profundidad del amor de Dios, se vislumbra la profundidad del pecado como ofensa a él. En la cruz de Cristo podemos comprender el alcance dramático del pecado humano como ofensa a Dios en persona.  La cruz y el dolor de Cristo son, antes que nada, una muestra clara de la hondura del pecado humano como ofensa a Dios.
El mal injusto no tiene la última palabra

Pero esta cruz de Cristo es al mismo tiempo la respuesta más grande que se haya dado jamás al problema del mal. Dios mismo en persona viene en la cruz a llenar con su presencia el dolor humano. La cruz de Cristo nos enseña en primer lugar que Dios nos ama incluso cuando nos encontraríamos en una situación dolorosa e insoportable. Ante el Dios de la cruz no se puede dudar, porque nos muestra un Dios que no es ajeno al dolor. Todo dolor humano, cuando se vive desde la fe en Cristo, tiene así el contrapunto de su presencia amorosa. Lo trágico del dolor, lo verdaderamente angustioso, es sufrido a solas, y lo trágico del dolor queda suprimido cuando se sufre con Cristo y en Cristo.
Pero hay más; la cruz de Cristo es la victoria sobre el dolor. Por la resurrección de Cristo, de la que un día participaremos también nosotros, sabemos que no hay dolor injusto que sea definitivo. La resurrección de Cristo proclama la victoria definitiva sobre el dolor y la muerte. Proclama y anuncia a todo el mundo que el mal está definitivamente vencido, que el mal no tiene la última palabra, puesto que 1a etapa definitiva de nuestra salvación en el cielo desconocerá el azote del mal y del dolor, ya que nos espera definitivamente el triunfo y el gozo sin límites. Esta es en el fondo la suerte definitiva para los que aceptan la redención de Cristo. Dios nos ha creado sobre todo para permitirnos gozar un cielo eterno en el que no habrá sombra alguna de sufrimiento. ¡Creados para una felicidad eterna!
No creemos en el fondo que la meta de nuestra vida sea el cielo o, si lo creemos, estamos más bien resignados a ir a él, lamentando que un día tengamos que dejar nuestra tierra. Es increíble hasta qué punto hemos perdido la esperanza cristiana. ¡Estamos resignados a ir al cielo! No esperamos en él, no soñamos con él.
No sé dónde leí algo que puede servir de comparación ilustrativa. En un campo de concentración nazi, ante el panorama de una prisión de por vida, un prisionero consiguió habituarse a la vida increíble de aquel lugar. Trabó amistad con uno de los centinelas y no tuvo escrúpulos en denunciar ciertos hechos de sus compañeros. A cambio, se le asignó un trabajo menos duro y consiguió el privilegio de algunos cigarrillos. De este modo había sabido sacar partido de una situación insoportable.
Pues bien, este prisionero fue el único que no gozó con la llegada de la liberación. La libertad auténtica no era para él libertad. Nunca la había esperado, tampoco la podía disfrutar ni compartir, pues había vendido la amistad de sus compañeros al precio de unos cigarrillos.
A veces, da la impresión de que con nuestro amor a la tierra vendemos el cielo al precio de unos cigarrillos.
Es curioso que en múltiples ocasiones se utiliza la existencia del mal en el mundo como arma contra el cristianismo, cuando, según la doctrina cristiana la finalidad última del hombre no es otra que el gozo eterno en el cielo, y no la instalación perfecta en este mundo. La finalidad del cristianismo, fundamental y primordialmente, es de tipo sobrenatural y trascendente, de tal modo que, si lo despojamos de esta vocación última, lo hacemos ininteligible. El cristianismo no ha pretendido jamás que la finalidad última del hombre sea, en expresión de Tresmontant, instalarse lo más cómodamente posible en este planeta para pasar felizmente el resto de nuestros días en una casita con jardín. Es cierto que el amor por los demás nos debe llevar a suprimir en la medida de lo posible el mal que el hombre padece. Así lo hizo Cristo con sus curaciones y así lo debemos hacer nosotros creando un mundo más justo y habitable.
Pero no podemos olvidar que Cristo realizaba sus milagros como signo de un orden superior, que es el orden de la gracia. En la curación del paralítico de la que nos habla San Marcos (2,1-12) Jesucristo lo cura de la parálisis como signo de una curación más honda, que es el perdón de los pecados. Cristo, que curaba las enfermedades del hombre, que se compadecía por el dolor de éstos y que tendía su mano amorosa a toda necesidad humana, decía: <<Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura>> (Mt 6, 33), y por añadidura entiende Cristo el comer y el vestir.
Por eso el cristiano sabe que; antes y después de nuestro trabajo por los demás, queda siempre la vida en Dios, la vida de la gracia, como fundamento de una esperanza sin límites. Las bienaventuranzas no son un insulto contra el hombre, no son una renuncia al progreso, son la proclamación de la alegría por encima de todo progreso y por encima de toda situación humana, incluida la del dolor, porque no hay fracaso humano para el que tiene la esperanza puesta en Cristo.
Finalmente es claro que la existencia de la muerte no es algo que se pueda objetar contra el cristianismo. Cristo resucitado ha vencido definitivamente a la muerte, y con Cristo el creyente espera en su propia resurrección. La muerte no puede ser sentida como una injusticia por aquél que sabe que es un paso hacia una vida de felicidad. Por eso si alguien tiene derecho a la alegría es el cristiano. <<¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? >>. Así canta la pascua cristiana.
Así, pues, no es objeción válida contra el cristianismo la existencia del mal y del dolor que hacen que este mundo no pueda ser la instalación perfecta del hombre. Ser la objeción válida contra el cristianismo la existencia de un mal injusto que fuese definitivo; no la existencia de un mal que no es definitivo y que incluso Dios puede permitir para conseguir bienes mayores.

Dios tolera el mal para sacar bienes superiores

Como decimos, el mal no puede ser motivo de escándalo, si Dios se puede servir de él para sacar bienes superiores. Una vez que el mal apareció en el mundo Dios podía haberlo suprimido, pero prefirió aprovechardo para sacar de él bienes mayores. Dios aprovecha el mal para sus planes de bendición y misericordia. Decía San Agustín que ni el mal ni el pecado los había tolerado Dios si no fuera tan grande su omnipotencia y su bondad que aún del mal pudiera sacar el bien: <<Dios ha juzgado que sacar el bien del mal es mejor que no permitir la existencia de algún mal>>.
Cuando tengamos la perspectiva del cielo, veremos cómo ciertos acontecimientos, que nosotros juzgamos como males, sirvieron para nuestra salvación. Dios, que lo ve todo, tiene una lógica que a nosotros, hombres de poca fe, nos parece a veces inaceptable. Nos falta la perspectiva de Dios.

El verdadero mal es el pecado

El verdadero mal para el cristiano es el pecado (mal moral), el oponerse libremente a la amistad paternal de Dios, rechazándola hasta el fin. Pero el pecado es el precio de la libertad. Si Dios se expuso al riesgo del pecado, es porque ha querido darnos el don magnífico de libertad, y no podría ser de otro modo, porque sólo el amor que nace de la libertad es auténtico amor. Dios quiere que el hombre se realice en el amor, y el amor responsable y consciente implica necesariamente el ejercicio de nuestra libertad. Donde no hay libertad, no hay amor verdadero.
El misterio del pecado tiene, pues, su raíz última en el misterio de nuestra libertad; libertad con la que todo hombre puede llegar a ser mezquino, ruin y miserable, o virtuoso, héroe y santo. El hombre es capaz de odiar, de matar por tonterías, de traicionar lo más sagrado, de ultrajar lo más venerable, y es también capaz de sacrificarse por los demás, de servir sin precio, de perdonar hasta el  más noble, lo más bello, lo más limpio.
El hombre elige y con ello elige su destino eterno. Nos asusta que el hombre pueda elegir su destino eterno y es que, en el fondo, nos asusta nuestra libertad; libertad que sólo Dios puede crear y que nadie respeta como él, incluso cuando paga en la cruz sus consecuencias.