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sábado, 2 de febrero de 2019

La rosa de Paracelso. Borges.

LA ROSA DE PARACELSO 

DE QUINCEY: Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. El maestro fue el primero que habló. — Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente –dijo con cierta pompa. –No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? 
—Mi nombre es lo de menos –replicó el otro. –Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. 
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo: —Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo. 
—El oro no me importa –respondió el otro. —Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. 

Paracelso dijo con lentitud: —El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta. 
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta: —Pero, ¿hay una meta? 
Parecelso se rió. —Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino. 
Hubo un silencio, y dijo el otro: —Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino. —¿Cuándo? –dijo con inquietud Paracelso. —Ahora mismo –dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa. —Es fama –dijo– que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera. 
—Eres muy crédulo –dijo el maestro.–No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió. —Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella. —Eres crédulo –dijo.–¿Dices que soy capaz de destruirla? —Nadie es incapaz de destruirla –dijo el discípulo. —Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba? —No estamos en el Paraíso –dijo tercamente el muchacho; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie. 

—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso? 
—Una rosa puede quemarse –dijo con desafío el discípulo. —Aún queda fuego en la chimenea –dijo Parecelso. —Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo. —¿Una palabra? –dijo con extrañeza el discípulo–. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resugiera?. 
Paracelso le miró con tristeza. —El atanor está apagado –repitió– y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos. 
—No me atrevo a preguntar cuáles son –dijo el otro con astucia o con humildad. 
—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala. 
El discípulo dijo con frialdad: —Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo. 
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo: —Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa. El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: —Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don? 

El otro replicó, tembloroso: —Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. 
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza. 
—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será. 
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. 
Se arrodilló, y le dijo: 
—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa. Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuentos de Honorio Bustos Domecq. (Borges y Bioy Casares).

Honorio Bustos Domecq es álter ego de Borges y Bioy Casares. Se unieron para hacer publicidad de los productos lácteos de "La Martona"; y entre mate y mate engordaron su amistad y mezclaron ironía y usos lingüísticos con intercaladas bromas ingeniosas. Vocabulario y sintaxis remiten a los barbarismos recogidos por el “Diccionario del Argentino Exquisito". El pseudónimo consiste en la reunión de los apellidos de un bisabuelo materno de Borges (Bustos) y de la abuela paterna de Bioy (Domecq).Honorio Bustos Domecq es autor de la colección de relatos detectivescos “ Seis problemas para don Isidro Parodi” (1942), “Un modelo para la muerte” (1946), “Crónicas de Bustos Domecq” (1967) y "Nuevos cuentos de Bustos Domecq" (1977).
Una somera biografía sobre el autor corre a cargo de una maestra llamada Adelma Badoglio, así como de una redicha presentación de un tal Gervasio Montenegro, imaginario colega y amigo de Honorio Bustos. Gervasio Montenegro aparece también como personaje, un célebre actor acusado de asesinato, en algunos de los relatos que se supone que prologa.
Según su biógrafa, Honorio Bustos Domecq, nació en la localidad argentina de Pujato y fue un escritor precoz que publicó sus primeras obras en la prensa de Rosario a la edad de 10 años. Fue eminente polígrafo y durante la intervención de Labruna fue nombrado Inspector de Enseñanza y, más tarde, Defensor de Pobres.
Otro seudónimo utilizado por Borges y Bioy Casares es Benito Suárez Lynch. (Parcialmente de wikipedia).



Una amistad hasta la muerte

Siempre redunda satisfactoria la visita de un joven amigo. En esta hora preñada de nubarrones, el hombre que no está con la juventud más vale que se quede en el cementerio. Recibí, pues, con la mayor deferencia a Benito Larrea y le sugerí que me efectuara su visita en la lechería de la esquina, cosa de no molestar a mi señora, que baldeaba el patio con creciente mal genio. Nos dimos traslado sin más.

Alguno de ustedes a lo mejor se acuerda de Larrea. Cuando murió su padre se vio heredero de unos pesitos y del quintón de la familia que el viejo le compró a un turco. Los pesitos los fue gastando en farras, pero sin desprenderse de Las Magnolias, la quinta que decayó a su alrededor, mientras él no salía de la pieza, entregado al mate cocido y a la carpintería como hobby. Prefirió la pobreza decorosa a transar un solo momento con la incorrección o con el hampa. Benito, hoy por hoy, frisaría los treinta y ocho abriles. Venimos viejos y ya nadie se salva. Lo vi por lo demás caidón y no levantó cabeza cuando el patasucia trajo la leche. Como yo pescase al vuelo que andaba atribulado, le recordé que un amigo está siempre listo a poner el hombro.

-¡Don Bustos! —gimió el otro mientras escamoteaba una media luna sin que yo lo notase—.Estoy sumido hasta las orejas y si usted no me tiende su cable soy capaz de cualquier barbaridad.

Pensé que iba a tirarme la manga y me puse en guardia. El asunto que lo traía al joven amigo era todavía más bravo.

—Este año de 1927 me resultó la fecha nefasta —explicó. Por un lado, la crianza de conejos albinos, auspiciada por un avisito en recuadro como esos de Longobardi, me dejó la quinta hecha un colador, llena de cuevas y de pelusas; por el otro, no acerté un peso en la quiniela ni en el hipódromo. Le soy verdadero, la situación había revestido ribetes alarmantes. En el horizonte asomaban las vacas flacas. En el barrio me negaban el fiado los proveedores. Los amigos de siempre, al divisarme, cambiaban de vereda. Acogotado por todas partes resolví, como corresponde, apelar a la Maffia.

En el aniversario de la muerte natural de Cario Morganti me presenté de luto en el palacete de César Capitano, del Bulevar Oroño. Sin aburrir a ese patriarca con el pormenor pecuniario, que fuera del peor gusto, le di a entender que mi desinteresado propósito era aportar una adhesión a la obra que él presidía tan dignamente. Yo temía los ritos de iniciación, de que se habla tanto, pero aquí donde usted me ve, me franquearon las puertas de la Maffia, corno si me respaldara el Nuncio. Don César, en un aparte, me confió un secreto que me honra. Me dijo que su situación, por lo sólida, le había granjeado más enemigos que liendres y que a lo mejor le convendría una temporadita en una quinta medio perdida, donde no lo alcanzaran escopetas. Como no soy afecto a perder oportunidades, a toda velocidad le respondí:

-Tengo, precisamente, lo que usted busca: mi quinta. Las Magnolias. La ubicación es aparente: no está muy lejos que digamos para quien conoce el camino y las vizcacheras descorazonan al forastero. Se la ofrezco a título amistoso y hasta gratuito.

La última palabra fue el mazazo que la situación requería. Haciendo gala de esa sencillez que es propia de los grandes, don Cesar inquino:

¿Con pensión y todo?

Para no ser menos le respondí:

—Usted podrá contar con el cocinero y el peón, como cuenta conmigo, para satisfacer el más inesperado de sus antojos.

El alma se me fue a los pies. Don César frunció el ceño y me dijo:

—Qué cocinero ni qué peón. Fiar en usted, un Juan de afuera, es tal vez un dislate, pero ni loco le consiento que meta en el secreto a esos dos, que me pueden vender a Caponsacchi como chatarra.

La verdad es que no había cocinero ni peón, pero yo le prometí que esa misma noche los ponía de patitas en la calle.

Arqueado sobre mí el Gran Capo comunicóme:

—Acepto. Mañana, a las veintiuna clavadas, lo espero valija en mano, Rosario Norte. ¡Que crean que me voy a Buenos Aires! Ni una palabra más y retírese; la gente es mal pensada.

El más fulminante de los éxitos coronaba mi plan. Tras un improvisado zapateo, gané la puerta.

Al otro día invertí buena parte de lo que me prestase el carnicero Kosher en alquilarle el break a un vecino. Yo mismo hice las veces de cochero y desde las ocho p.m. revisté en el bar de la estación, no sin asomarme cada tres o cuatro minutos, para verificar si todavía no me habían robado el vehículo. El señor Capitano llegó con tanto atraso que si quiere tomar el tren lo pierde. No es sólo el hombre de empresa que el Rosario de acción aplaude y recela, sino un pico de oro continuo, que no te deja meter baza. A las cansadas llegamos con el canto del gallo. Un suculento café con leche reanimó al invitado. Que presto retornó la palabra. Pocos minutos bastarían para que se revelara como un conocedor infatigable de los más delicados vericuetos del arte de la ópera, singularmente en todo lo que atinge a la carrera de Caruso. Ponderaba sus triunfos en Milán, en Barcelona, en París, en la Opera House de Nueva York, en Egipto y en la Capital Federal. Carente de gramófono, imitaba con voz de trueno a su ídolo en Rigoletto y en Fedora. Como yo me mostrase un tanto remiso, dada mi escasa versación musical, limitada a Razzano, me convenció alegando que por una sola representación londinense le habían abonado a Caruso trescientas libras esterlinas y que en los Estados Unidos la Mano Negra le había exigido sumas inmoderadas, bajo amenaza de muerte; sólo la intervención de la Maffia logró impedir que esos malandrines llevaran a buen término su propósito, contrario a la moral.

Una siestita reparadora que duró hasta las nueve de la noche, obvió el asunto almuerzo. Poco después Capitano ya estaba en pie, blandiendo tenedor y cuchillo, con la servilleta al cogote y cantando, con menos afinación que volumen, Cavalleria rusticana. Una doble ración de pastel de fuente, regada por su fiasco de Chianti, lo entretuvo durante la perorata; arrebatado por la verba, yo casi no probé bocado, pero llegué a compenetrarme de la actuación privada y pública de Caruso, casi como para dar examen. Malogrado el creciente sueño, no perdí una sola palabra, ni pasé por alto este hecho capital: el anfitrión estaba menos atento a las porciones que engullía que al discurso que despachaba. A la una se regresó a mi dormitorio y yo me acomodé en la leñera, que es el otro aposento que no se llueve.

A la mañana, cuando me espabilé entumecido para revestir mi gorro de cocinero, descubrí justamente que en la despensa raleaban las vituallas. No era milagro: el amigo Kosher, sin embargo de ser lo más proclive a la usura, me previno que no volvería a prestarme un kopek; de mis proveedores de práctica, sólo conseguí Yerba Gato, un mínimo de azúcar y unos restos de cascaras de naranja, que hicieron las veces de mermelada. Dentro de la más estricta reserva, le confié a uno y a todos, que mi quinta hospedaba a un personaje de gran desplazamiento y que en breve no me faltaría el metálico. Mi labia no surtió el menor efecto y hasta llegué a pensar que no me creyesen en cuanto al asilado. Maneglia, el panadero, se propaso y me espetó que ya lo fatigaban mis embustes y que no esperara de su munificencia ni un recorte de miga para el loro. Más afortunado me vi con el almacenero Arruti a quien importuné hasta arrancarle kilo y medio de harina, lo que me habilitaba para poder capear el almuerzo. No todas son flores para el cristiano que se quiere codear con los que descuellan.

Cuando volví de la compra, Capitano roncaba a pierna suelta. A mi segundo toque de corneta —reliquia que salvé del remate judicial del Studebaker— el hombre saltó de la cucha con una imprecación y no tardó en absorber ambos tazones de mate cocido y las limaduras de queso. Fue entonces que noté, junto a la puerta, la temida escopeta de dos caños. Usted no me creerá, pero a mí no me agrada por demás vivir en un arsenal que lo carga el diablo.

Mientras yo echaba mano de una tercera parte de la harina para los ñoquis de su almuerzo, don César no perdió el tiempo que es oro y en una revisada general que no dejó un cajón sin abrir sorprendió una botella de vino blanco, despistada en el taller de carpintería. Ñoqui va, ñoqui viene, agotó la botella y me tuvo boquiabierto con su interpretación personal de Caruso en Lohengrin. Tanto comer, beber y perorar, le despertaron el sueño y a las tres y veinte p.m. había ganado la cucha. En el ínterin yo higienizaba el plato y el vaso y gemía con la pregunta ¿qué le voy a servir esta noche? De estas cavilaciones me arrancó un espantoso grito que mientras viva conservaré patente. El hecho superó en horror todas las previsiones. Mi viejo gato Cachafaz había cometido la imprudencia de asomarse a mi dormitorio conforme a su costumbre inveterada y el señor Capitano lo degolló con la tijera de las uñas. Lamenté, como es natural, el deceso. Pero en mi fuero interno celebré la valiosa contribución aportada por el barcino al menú de la noche.

Sorpresa bomba. Engullido el gato, el señor Capitano dejó atrás los temas musicales al uso para darme una prueba de confianza abocarme a sus proyectos más íntimos, que juzgué improcedentes en grado sumo y que. Usted no me creerá, me alarmaron. El plan. De corte napoleónico, no sólo involucraba la supresión, por intermedio del ácido prúsico, del propio Caponsacchi y familia, sino de una porción de compinches a todas luces expectables: Fonghi, el mago de las bombas en mingitorios, el P. Zappi, confesor de los secuestrados, Mauro Morpurgo, alias el Golgota, Aldo Adobrandi, el Arlequín de la Muerte, todos, quien más, quien menos, caerían a su turno. Por algo me dijo don César dando un puñetazo que disminuyó la cristalería: «Para los enemigos, ni justicia.» Emitió estas palabras tan enérgicas que cuasi se atoró con un corcho, que manoteó creyendo galleta. Atinó a vociferar:

—¡Un litro de vino!

Fue el rayo que ilumina la tiniebla. Administré unas gotas de colorante a un gran vaso de agua que el hombre se zampó entre pecho y espalda y que lo sacó del apuro. El episodio, baladí si se quiere, me tuvo en vela hasta que piaron los pajaritos. ¡Nunca se pensó tanto en una sola noche!

Disponía de algodón y de naftalina. Con estos ingredientes completé, para la comilona del martes, una fuentada de ñoquis escasany hasta entonces. Día tras día, astutamente incrementé la dosis, en plena impunidad, porque don César inflamábase con Caruso o regodeábase con los planes de su vendetta. Sin embargo, nuestro melómano sabía retornar a la tierra. Créame que más de una vez me recriminó bonachón:

-Lo veo consumido. Aliméntese, sobrealiméntese, caro Larrea. Por lo que más quiera, vigórese. Mi venganza lo necesita.

Como siempre me perdió la soberbia. Antes que el primer botellero de la mañana berreara su pregón, mi plan ya estaba en líneas generales, maduro. La suerte quiso que descubriese, en un ejemplar atrasado del Almanaque del Mensajero, unos pesitos bien planchados. Me resistí a la tentación de invertirlos en dos cafés con leche completos y me aboqué sin más a la compra de aserrín, de pinotea y de pintura. Incansable en el sótano, fabriqué con tales enseres un pastel de madera, con bisagra, que pesaría más de tres kilos y que artísticamente recubrí de pintura marrón. Una guitarra desafinada, en desuso, me brindó un juego de clavijas, que remaché con sumo buen gusto a remedo de borde.

Como quien no quiere la cosa presenté ese capolavoro a mi protector. Este, engolosinado, le clavó el diente, que cedió antes que la vianda. Prorrumpió en una sola palabra máscula, se incorporó cuan alto era y me ordenó, ya con la escopeta en la diestra, que rezara mi última Ave María. Usted viera cómo lloré. No sé si por desprecio o por lastima, el Capo consintió en alargar el plazo unas horas y me conminó:

—Ésta noche, a las veinte, ante mis propios ojos, usted se traga este pastel sin dejar una miga. Si no lo mato. Ahora está libre. Sé que no le da el cuero para delatarme ni para intentar una fuga.

-Esta es mi historia, don Bustos. Le pido que me salve.

El caso era en verdad delicado. Inmiscuirme en asuntos de la Maffia era del todo ajeno a mi tarea de escritor; abandonar al joven a su destino requería cierto coraje, pero la más elemental cordura lo aconsejaba. ¡El mismo había confesado albergar en su quinta de Las Magnolias a un Enemigo Público! Larrea se cuadró como pudo y partió hacia la muerte. La madera o el plomo. Lo miré sin lástima.





Penumbra y pompa 


Lo que son las cosas. Yo que siempre he mirado con suma indiferencia las sociedades benéficas y demás comisiones vecinales cambié de parecer cuando ocupé el sillón de tesorero de Pro Bono Público y me llovieron por carta las más generosas contribuciones. Todo marchaba que era un gusto, hasta que algún desocupado, que nunca falta, entró a sospechar y el doctor González Baralt, mi abogado, me despachó en el primer tren, a objeto de radiarme en la periferia. Cuatro días y cuatro noches me las arreglé como pude en un vagón correo, de esos que están como arrumbados en la localidad de Talleres. Por último el doctor González Baralt en persona acudió restregándose las manos para darme la solución: un cargo rentado en Ezpeleta. Extendido a nombre supuesto. El domicilio de Ramón Bonavena, que yo visitara en mis tiempos de Ultima Hora, había sido consagrado museo que perpetuase nombre y memoria del novelista tronchado en plena madurez. Por una ironía del destino yo sería el curador.

El doctor González Baralt me prestó su barba postiza; le sumé unos anteojos negros y el uniforme de ordenanza que la investidura exigía y me dispuse, no sin justificada aprensión, a recibir la tanda de estudiosos y turistas que llegarían por bañadera. No apareció ni un alma. Como hombre de museo, experimenté la desilusión que es del caso; como fugitivo un alivio. Ustedes no me creerán, pero metido en ese buraco me aburría notablemente, llegando a leer las novelas de Bonavena. Para mí que el cartero me salteaba; en tanto tiempo, ni una carta, ni un folleto de propaganda. Eso sí, el personero del doctor me traía mi sueldo a fin de mes, cuando no el aguinaldo, previo descuento de los gastos de viático y representación. Yo ni me asomaba a la calle.

No bien me anoticié de la prescripción, estampé unas palabras fuertes en el cabinete, como quien se despide para siempre; acondicioné en una bolsa lo que el apuro me dejó rapiñar, la cargué al hombro, hice dedo en la esquina y me reintegré a Buenos Aires.

Algo raro había sucedido, que yo no terminaba de pescar, algo que flotaba en el ambiente de la metrópolis, un vago no sé qué, un aroma que me asechaba y que me rehuía: la ochava se me antojaba más chica y el buzón más crecido.

Las tentaciones de la calle Corrientes —pizzería y mujer— me salieron al paso: como no soy de los que escurren el bulto, las acogí de lleno. Las resultas: a la semana me encontré, como se dice vulgarmente, sin fondos. Por increíble que parezca, busqué trabajo, a cuyo fin tuve que recurrir, infructuoso, al amplio círculo de mis familiares y amigos. El doctor Montenegro no pasó de un espaldarazo moral. El P. Fainberg, como era de prever, no quería materialmente apearse de su mesa redonda pro la poligamia eclesiástica. Ese compañero de todo momento, Lucio Scevola, no me dio ni la hora. El cuoco negro del Popolare rechazó de plano mis tratativas, para ingresar como marmitón en el mismo y, con hiriente sorna, me preguntó por qué no aprendía a cocinar por correspondencia. Esa frase, arrojada al desgaire, ofició de centro y pivote de mi triste destino. ¿Qué otro resorte me restaba, les averiguo, que el eterno retorno a las estafas y al grosero cuento del tío?. Confesarélo: más fácil fue tomar la resolución que ponerla en práctica. Primer recaudo, el nombre. Por más vuelta que le di a la cabeza, me revelé del todo incapaz de encontrar otro que el ya . eco zumbaba todavía! Para tomar coraje me acordé que un axioma del comercio recomienda que no se cambie la marca. Vendido que hube a la Biblioteca Nacional y a la del Congreso siete juegos completos de la obra de Bonavena, más dos bustos en yeso del aludido, tuve que desprenderme del sobretodo cruzado que me prestase el guardavía de Talleres y del olvidado paragua que uno siempre sustrae del guardarropa, para abonar a satisfacción el importe de sobres con membrete y papel de carta. El asunto destinatarios lo despaché mediante una selección hecha a dedo, en una guía de teléfonos que me facilitó un vecino y que en virtud de su estado francamente rasposo no pude colocar en plaza. Reservé el remanente para estampillado.

A continuación procedí hasta el Correo Central, donde hice mi entrada como un bacán, recargado de correspondencia hasta el tope. O la memoria me fallaba o el recinto aquel se había expandido de modo remarcable: las escalinatas de acceso conferían su majestuosidad al más infeliz, las puertas giratorias lo mareaban y casi lo tiraban al suelo, para recoger los paquetes; el cielo raso, obra de Le Parc, daba vértigo y hasta miedo de caerse para arriba- el piso era un espejo de marmolina, que me lo reflejaba patente, a usted, con todas sus verrugas; la estatua de Mercurio se perdía en los altos de la cúpula y acentuaba el misticismo propio de la repartición; las ventanillas recordaban otros tantos confesionarios; los empleados, allende el mostrador, cambiaban cuentos de loros y solteronas o jugaban al ludo. Ni un alma en el sector reservado al público. Centenares de ojos y anteojos convergieron en mi persona. Me sentí bicho raro. A efectos de acercarme tragué saliva y requerí de la ventanilla más próxima el estampillaje pertinente. Fue yo articular la demanda y fue darme la espalda el funcionario, para consultar con sus pares. Tras cabildeos levantaron entre dos o tres una trampa que había en el piso y me explicaron que iban a correrse hasta el sótano, donde guardábase el depósito. Volvieron a la postre por la escalerita de mano. Dinero en pago no aceptaron, prodigándome una porción de estampillas, que más me hubiera valido dedicarme a la filatelia. Usted no me creerá: no las contaron. De haber previsto esa baratura, no vendo los bustos de yeso y el sobretodo. La mirada buscada los buzones y no daba con ellos; ante el peligro de que la autoridad se arrepintiera de no haber aceptado el importe, opté por una retirada inmediata, para pegar en casa el franqueo. Paciente en la piecita del fondo, fui pegando con saliva las estampillas, que enteramente les faltaba la goma. Ya había cantado el penúltimo gallo, cuando me aventuré a la esquina de Río Bamba, con una porción de cartas listas para el despache. Allí campea, como ustedes recordarán, uno de esos buzones peso pesado que ahora se estilan y que ya algunos feligreses habían adornado con flores v con exvotos. Di la vuelta en su derredor, buscándole la boca, pero por más que giré no encontré el menor resquicio para infiltrar las cartas. ¡Ninguna solución de continuidad, ninguna hendija, en tan imponente cilindro! Noté que un vigilante me miraba y emprendí la vuelta al hogar.

Esa misma tarde recorrí el barrio, tomando la precaución, eso sí, de salir sin bulto aparente, para no despertar la suspicacia de las fuerzas del orden. Por inverosímil que ahora parezca, me sorprendió que ni uno solo de los buzones inspeccionados presentara boca o ranura. Apelé a un cartero con uniforme, que sabe pavonearse por Ayacucho y que ni le hace caso al buzón, corno si ya no tuviera nada que ver. Lo convidé con un cafecito, lo rellené con especiales, lo saturé de cerveza y cuando lo vi con las defensas bajas me animé a preguntarle por qué los buzones, cuya vistosidad yo era el primero en destacar, no presentaban boca. Grave, pero no compungido, me contestó: —Señor, el contenido de su encuesta supera mi capacidad. Los buzones no tienen boca, porque ya no les ponen correspondencia.

-Y usted ¿qué hace? —yo le interrogué. Me respondió insumiendo otro litro:

-Usted, señor, parece olvidar que habla con un cartero. ¡Qué puedo saber yo de esas cosas! Me limito a cumplir con mi deber. Ni un dato más pude sacarle. Otros informantes que provenían de los más diversos extractos —el señor que atiende a los búfalos en el Jardín Zoológico, un viajero que terminaba de venir de Remedios, el cuoco negro del Popolare, etcétera— llegaron a decirme, cada cual por conducto separado, que en su vida habían visto un buzón con boca y que no me dejara marear por semejantes fábulas. El buzón argentino, repitieron, es una erección firme, maciza, una y sin cavidad. Me tuve que rendir a los hechos. Entendí que las nuevas generaciones —el señor de los búfalos, el cartero— hubieran visto en mí un antiguallo, uno de esos que traen a colación rarezas de otro tiempo, que ya no y me llamé a silencio. Cuando la boca calla, el seso bulle. Discurrí que si no funciona el correo, una mensajería privada, ágil, desprejuiciada, apta para canalizar la correspondencia, sería bien recibida por la opinión y me redituaría ingresos pingües. Otro elemento positivo era, a mi ver, que la propia mensajería puesta en acción cooperaría a propagar los embustes del redivivo Pro Bono Público.

En la oficina de marcas v señales, donde acudiese a registrar a tambor batiente mi acariciado engendro, flotaba una atmósfera bajo muchos aspectos similar a la del Correo: idéntico silencio sacerdotal, idéntico ausentismo de público, idéntico sinnúmero de oficiantes para atender a éste, idénticas demoras y abulia. A la larga me expidieron un formulario en que dejé estampada mi ponencia. No haberlo hecho. Ese punto fue el primer paso de mi vía crucis.

Entregado que hube mi formulario percatéme de un movimiento general de repulsa. Unos me dieron francamente la espalda. A otro la cara se le distorsionó a ojos vistas. Dos o tres formularon con franqueza improperios y pifias. El más indulgente me señaló, con corte de manga, la puerta giratoria. Nadie me extendió recibo y yo entendí que más me valiera no reclamarlo.

De nuevo en la seguridad relativa de mi domicilio legal, determiné aguantármela hasta que encalmara el ambiente. Al cabo de algunos días obtuve, en préstamo, el teléfono del señor que pasa las quinielas y me comuniqué con mi confesor jurídico, el doctor Baralt. Este, deformando un poco la voz, cosa de no comprometerse, me dijo:

-A usted le consta que yo estuve siempre de parte suya, pero esta vuelta usted se nos ha extralimitado, Domecq. Yo defiendo a mi cliente, pero el buen nombre de mi estudio está por encima de casi todo. Nadie lo creerá: Hay porquerías que no apaño. La policía anda en su búsqueda, mi desventurado ex amigo. No insista y no importune.

A renglón seguido cortó la comunicación con tanta energía, que me destapó la cera de la oreja.

La prudencia me encerró con llave en mi cuarto, pero a los pocos días el más tupido comprende que si la distracción escasea el miedo echa raíces y, jugándome el todo por el todo, tomé la calle por mi cuenta. Erré sin brújula. De pronto constaté con el corazón en la boca que me enfrentaba con el Departamento Central de Policía. No me alcanzaron las dos piernas para asilarme en el primer salón de peluquería donde, ya sin saber lo que formulaba, pedí que me afeitaran la barba, que era postiza. El oficial peluquero resultó ser don Isidro Parodi, con el guardapolvo blanco y de cara en buen estado de conservación, aunque un tanto bichoco. No oculté mi sorpresa; le dije:

‘Don Isidro, don Isidro! Un hombre como usted está perfectamente bien en la cárcel o a una considerable distancia. ¿Cómo se le ha ocurrido instalarse frente al propio Departamento? Ni bien se descuida, lo buscan… Parodi me contestó con indiferencia:

—¿En qué mundo vive, don Pro Bono? Yo estaba en la 273 de la Penitenciaría Nacional y un buen día noté que las puertas habían quedado a medio abrir. El patio estaba lleno de presos sueltos, con la valijita en la mano. Los guardiacárceles no nos llevaban el apunte. Volví para recoger el mate y la pava y me fui arrimando al portón. Gane la calle Las Heras y aquí me tiene.

¿Y si vienen a detenerlo? —dije con un hilo de voz, porque pensaba en mi propia seguridad.

-¿Quién va a venir? Todo es pura bambolla. Nadie hace nada, pero hay que reconocer que se respetan las apariencias. ¿Se fijó en los biógrafos? La gente sigue concurriendo, pero ya no dan vistas. ¿Se fijó que no hay fecha sin que una repartición no deje el trabajo? En las boleterías no hay boletos. Los buzones no tienen boca. La madre María no hace milagros. Hoy por hoy, el único servicio que funciona es el de las góndolas en las cloacas.

—No se me abata —le supliqué—. La Gran Rueda del Parque Japonés prosigue girando.

Pujato, 12 de noviembre de 1969 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Jorge Luis Borges. El tintorero enmascarado Hákim de Merv . La casa de Asteríón. La lotería de Babilonia.


El tintorero enmascarado Hákim de Merv 

A Angélica Ocampo 

Si no me equivoco, las fuentes originales de información acerca de Al Moqanna, el Profeta Velado (o más estrictamente, Enmascarado) del Jorasan, se reducen a cuatro: a) las excertas de la Historia de los jalifas conservadas por Baladhuri, b) el Manual del gigante o Libro de la precisión y la revisión del historiador oficial de los Abbasidas, ibn abi Tair Tarfur, c) el códice árabe titulado La aniquilación de la rosa, donde se refutan las herejías abominables de la Rosa oscura o Rosa escondida, que era el libro canónico del Profeta, d) unas monedas sin efigie desenterradas por el ingeniero Andrusov en un desmonte del Ferrocarril Trascaspiano. Esas monedas fueron depositadas en el Gabinete Numismático de Tehrán y contienen dísticos persas que resumen o corrigen ciertos pasajes de la Aniquilación. La Rosa original se ha perdido, ya que el manuscrito encontrado en 1899 y publicado no sin ligereza por el Morgenlándisches Archiv fue declarado apócrifo por Horn y luego por sir Percy Sykes.
La fama occidental del Profeta se debe a un gárrulo poema de Moore, cargado de saudades y de suspiros de conspirador irlandés.

LA PURPURA ESCARLATA
A los 120 años de la Hégíra y 736 de la Cruz, el hombre Hákim, que los hombres de aquel tiempo y de aquel espacio apodarían luego El Velado, nació en el Turquestán. Su patria fue la antigua ciudad de Merv, cuyos jardines y viñedos y prados miran tristemente al desierto. El mediodía es blanco y deslumbrador, cuando no lo oscurecen nubes de polvo que ahogan a los hombres y dejan una lámina blancuzca en los negros racimos.
Hákim se crió en esa fatigada ciudad. Sabemos que un hermano de su padre lo adiestró en el ofició de tintorero: arte de impíos, de falsarios y de inconstantes que inspiró los primeros anatemas de su carrera pródiga. Mi cara es de oro (declara en una página famosa de la Aniquilación) pero he macerado la púrpura y he sumergido en la segunda noche la lana sin cardar y he saturado en la tercera noche la lana preparada, y los emperadores de las islas aún se disputan esa ropa sangrienta. Así pequé en los años de juventud y trastorne^ los verdaderos colores de las criaturas. El Ángel me decía que los carneros no eran del color de los tigres, el Satán me decía que el Poderoso quería que lo fueran y se valía de mi astucia y mi púrpura. Ahora yo sé que él Ángel y el Satán erraban la verdad y que todo color es aborrecible.
El año 146 de la Hégira, Hákim desapareció de su patria. Encontraron destruidas las calderas y cubas de inmersión, así como un alfanje de Shiraz y un espejo de bronce.

EL TORO
En el fin de la luna de xabán del año 158, el aire del desierto estaba muy claro y los hombres miraban el poniente en busca de la luna de ramadán, que promueve la mortificación y el ayuno. Eran esclavos, limosneros, chalanes, ladrones de camellos y matarifes. Gravemente sentados en la tierra, aguardan el signo, 1 portón de un paradero de caravanas en la ruta de Merv. Miraban el ocaso, y el color del ocaso era el de la arena.
Del fondo del desierto vertiginoso (cuyo sol da la fiebre, así como su luna da el pasmo; vieron adelantarse tres figuras, que les parecieron altísimas. Las tres eran humanas y la del medio tenía cabeza de toro. Cuando se aproximaron, vieron que éste usaba una máscara y que los otros dos eran ciegos.
Alguien (como en los Cuentos de las Mil y Una Noches) indagó la razón de esa maravilla. Están ciegos, el hombre de la máscara declaró, porque han visto mi cara.

EL LEOPARDO

El cronista de los Abbasidas refiere que el hombre del desierto (cuya voz era singularmente dulce, o así les pareció por diferir de la brutalidad de su máscara), les dijo que ellos aguardaban el signo de un mes de penitencia, pero que él predicaba un signo mejor: el de toda una vida penitencial y una muerte injuriada. Les dijo que era Hákim hijo de Osmán, y que el año 146 de la Emigración había penetrado un hombre en su casa y luego de purificarse y rezar le había cortado la cabeza con un alfanje y la había llevado hasta el cielo. Sobre la derecha mano del hombre (que era el ángel Gabriel) su cabeza había estado ante el Señor que le dio misión de profetizar y le inculcó palabras tan antiguas que su repetición quemaba las bocas y le infundió un glorioso resplandor que los ojos mortales no toleraban. Tal era la justificación de la Máscara. Cuando todos los hombres de la tierra profesaran la nueva ley, el Rostro les sería descubierto y ellos podrían adorarlo sin riesgo —como ya los ángeles lo adoraban. Proclamada su comisión, Hákim los exhortó a una guerra santa —un djehad— y a su conveniente martirio.
Los esclavos, pordioseros, chalanes, ladrones de camellos y matarifes le negaron su fe: una voz gritó brujo y otra impostor.
Alguien había traído un leopardo —tal vez un ejemplar de esa raza esbelta y sangrienta que los monteros persas educan. Lo cierto es que rompió su prisión. Salvo el profeta enmascarado y los dos acólitos, la gente se atropelló para huir. Cuando volvieron, había enceguecido la fiera. Ante los ojos luminosos y muertos, los hombres adoraron a Hákim y confesaron su virtud sobrenatural.

EL PROFETA VELADO
El historiador oficial de los Abbasidas narra sin mayor entusiasmo los progresos de Hákim el Velado en el Jorasán. Esa provincia —muy conmovida por la desventura y crucifixión de su más f amoso caudillo— abrazó con desesperado fervor la doctrina de la Cara Resplandeciente y le tributó su sangre y su oro. (Hákim, ya entonces, deseartó su efigie brutal por un cuádruple velo de seda blanca recamado de piedras. El color emblemático de los Banú Abbás era el negro; Hákim eligió el color blanco —el más contradictorio— para el Velo Resguardado!:, los pendones y los turbantes.) La campaña se inició bien. Es verdad que en el Libro de la precisión las banderas del jalifa son en todo lugar victoriosas, pero como el resultado más frecuente de esas victorias es ia destitución de generales y el abandono de castillos inexpugnables, el avisado lector sabe a qué atenerse. A fines de la luna de rejeb del año 161, la famosa ciudad de Nishapur abrió sus puertas de metal al Enmascarado; a principios del 162, la de Astarabad. La actuación militar de Hákim (como la de otro más afortunado Profeta) se reducía a la plegaria en voz de tenor, pero elevada a la Divinidad desde el lomo de un camello rojizo, en el corazón agitado de las batallas. A su alrededor silbaban las flechas, sin que lo hirieran nunca. Parecía buscar el peligro: la noche que unos detestados leprosos rondaron su palacio, les ordenó comparecer, los besó y les entregó plata y oro.
Delegaba las fatigas de gobernar en seis o siete adeptos. Era estudioso de la meditación y la paz: un harem de 114 mujeres ciegas trataba de aplacar las necesidades de su cuerpo divino.

LOS ESPEJOS ABOMINABLES
Siempre que sus palabras no invaliden la fe ortodoxa, el Islam tolera la aparición de amigos confidenciales de Dios, por indiscretos o amenazadores que sean. El profeta, quizá, no hubiera desdeñado los favores de ese desdén, pero sus partidarios, sus victorias y la cólera pública del jalifa —que era Mohamed Al Mahdí— lo obligaron a la herejía. Esa disensión lo arrumó, pero antes le hizo definir los artículos de una religión personal, si bien con evidentes infiltraciones de las prehistorias gnósticas.
En el principio de la cosmogonía de Hákim hay un Dios espectral. Esa divinidad carece majestuosamente de origen, así como de nombre y de cara. Es un Dios inmutable, pero su imagen proyectó nueve sombras que, condescendiendo a la acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esa primera corona demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron otro cielo más abajo, que es duplicado simétrico del inicial. Ese segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario y ése en otro interior, y así hasta 999. El señor del cielo del fondo es el que rige —sombra de otras sombras— y su fracción de divinidad tiende a cero.
La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y animan. El asco es la virtud fundamental. Dos disciplinas (cuya elección dejaba libre el profeta) pueden conducirnos a ella: la abstinencia y el desenfreno, el ejercicio de la carne o su castidad.
El paraíso y el infierno de Hákim no eran menos desesperados. A los que niegan la Palabra, a los que niegan el Enjoyado Velo y el Rostro (dice una imprecación que se conserva de la Rosa Escondida), les prometo un Infierno maravilloso, porque cada uno de ellos reinará sobre 999 imperios de fuego, y en cada imperio 999 montes de fuego, y en cada monte 999 torres de fuego, y en cada torre 999 pisos de fuego, y en cada piso 999 lechos de fuego, y en cada lecho estará él y 999 formas de fuego (que tendrán su cara y su voz) lo torturarán para siempre. En otro lugar corrobora: Aquí en la vida padecéis en un cuerpo; en la muerte y ia Retribución, en innumerables. El paraíso es menos concreto. Siempre es de noche y hay piletas de piedra, y la felicidad de ese paraíso es la felicidad peculiar de las despedidas, de la renunciación y de los que saben que duermen.

EL ROSTRO
El año 163 de la Emigración y quinto de la Cara Resplandeciente, Hákim fue cercado en Sanam por el ejército del jalifa. Provisiones y mártires no faltaban, y se aguardaba el inminente socorro de una caterva de ángeles de luz. En eso estaban cuando un espantoso rumor atravesó el castillo. Se refería que una mujer adúltera del harem, al ser estrangulada por los eunucos, había gritado que a la mano derecha del profeta le faltaba el dedo anular y que carecían de uñas los otros. El rumor cundió entre los fieles. A pleno sol, en una elevada terraza, Hákim pedía una victoria o un signo a la divinidad familiar. Con la cabeza doblegada, servil —como si corriera contra una lluvia—, dos capitanes le arrancaron el Velo recamado de piedras.
Primero, hubo un temblor. La prometida cara de Apóstol, la cara que había estado en los cielos, era en efecto blanca, pero con la blancura peculiar de la lepra manchada. Era tan abultada o increíble que les pareció una careta. No tenía cejas; el parpado inferior del ojo derecho pendía sobre la mejilla senil; un pesado racimo de tubérculos le comía los labios; la nariz inhumana y achatada era como de león.
La voz de Hákim ensayó un engaño final. Vuestro pecado abominable os prohíbe percibir mi esplendor… comenzó a decir.
No lo escucharon y lo atravesaron con lanzas.

 
De El Aleph
La casa de Asteríón

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III, I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras (descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarías de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. 
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. 
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. 
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. 
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que  vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?.
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.
A Marta Mosquera Eastman. 



LA LOTERÍA DE BABILONIA


Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo; es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los de Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aún a la impostura.

Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.

Mi padre refería que antiguamente ¿cuestión de siglos, de años? la lotería en Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes.

Naturalmente, esas «loterías» fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública, los mercaderes que fundaron esas loterías venales, comenzaron a perder el dinero. Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todo poder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera aparición en la lotería de «elementos no pecuniarios». El éxito fue grande. Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.

Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas.

Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza; los pobres (con envidia razonable o inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén, notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer término, logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho -el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar, hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.

Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañía (que no renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.

Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos, acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré de explicarlo.

Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no entienden sino algunos especialistas; pero que intentaré resumir, siquiera de modo simbólico.

Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos... Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Ello Lampridio, en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.

También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un gramo de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.

Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía... Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.

La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.