lunes, 22 de junio de 2015

Vida de San José según los evangelios. Franz Jantsch.

LA VIDA DE SAN JOSÉ SEGÚN LOS EVANGELIOS

En las Sagradas Escrituras no encontramos indicaciones precisas acerca de la ascendencia de San José. Tanto San Mateo como San Lucas componen un árbol genealógico. Estos presentan realmente las mayores dificultades de interpretación, pues se diferencian grandemente entre sí.

Así, por ejemplo, San Lucas llama Helí al padre de San José, mientras que San Mateo le denomina Jacob. Se ha explicado la diferencia diciendo que Jacob era el padre carnal y Heli el padre legal de San José, pues había entre los judíos la costumbre de que, en el caso de que un hombre falleciera sin dejar descendencia; su hermano se casara con la viuda; la institución denominada levirato. Se admite, por tanto, que Helí y Jacob eran hermanos uterinos descendientes de la misma madre. Pudo ocurrir que Helí falleciera sin dejar hijos. Su hermano uterino Jacob habría engendrado, por tanto, a José desposándose con la viuda, ocupando el lugar, por así decirlo, del hermano fallecido Helí. José, por consiguiente; era hijo legítimo de Helí y carnal de Jacob. Ambos evangelistas no reproducen el árbol genealógico en su totalidad, sino que se limitan a una selección. San Mateo escribe para los judíos cristianos, y presenta la ascendencia desde Abraham, pasando por Salomón, hasta Jacob. San Lucas, por el contrario, escribe para los gentiles cristianos, y remonta el linaje desde Helí y el profeta Natán hasta Adán, pues quiere mostrar que Jesús era el Redentor de toda la humanidad. Nos asombramos de que se den listas antecesores y registros de ascendientes tan precisos, pero sabemos por otras fuentes que los judíos ponían un gran interés en la ascendencia, y que había, efectivamente, a la sazón registros escritos. Hay algunos intérpretes de las Escrituras que quieren ver en el árbol genealógico que trae el Evangelio según San Lucas el de la Virgen María, mientras que San Mateo, su opinión, expone la ascendencia de San José. Dejaremos sin resolver esta cuestión. Una cosa es segura: San José desciende de una estirpe judía muy antigua e ilustre. Sus antecesores eran Abraham, David y Salomón. Es el portador de las profecías.

La patria de San José no es segura. Según San Mateo parece que fue Belén; según San Lucas Nazaret. La discrepancia se puede explicar quizá muy bien por el hecho de que el padre nutricio de Jesús procedía efectivamente de Belén, pero por su oficio de trabajador manual había venido precisamente a Nazaret. Cuando José regresó de Egipto quiso establecerse primero en Belén, pero no eran favorables en aquel lugar las circunstancias políticas, y se dirigió a Nazaret la patria de María.

Los nombres, en las Sagradas Escrituras, no son casuales, sino que expresan algo acerca de las personas mismas. Por eso el ángel nombró por primera vez a Jesús y añadió aclarando el sentido de la palabra, que salvará a su pueblo. El nombre de José era asimismo muy ilustre por el antecedente del patriarca José, también llamado José el Egipcio, el hijo de Jacob. Los libros mosaicos nos relatan muchas circunstancias de él. Fue vendido por sus hermanos, tentado por la mujer de Putifar, y cuando ante el Faraón se reveló como intérprete de sueños, éste le nombró virrey suyo. José recogió durante los siete años de fertilidad todo el trigo sobrante, y cuando el pueblo tuvo hambre durante los siete años de esterilidad y pedía pan al rey, los envió a José para que los socorriera.

Su madre, Raquel, le llamó José (Gen 30, 24), dijo: «Que me añada Yavé otro hijo.»

José significa por tanto: Dios añadirá. Podemos ver en ello la indicación de que Dios añadirá un hijo, es decir, Jesús.

Siempre se ha indicado que el José egipcio fue un modelo de San José, el cual incluso desciende de él. Se ha alabado la piedad y la castidad de ambos; en momentos críticos la gente de hoy acude a San José como la gente de entonces acudió al otro. Uno abre los graneros de pan; el otro, los graneros de la gracia divina.

Nos extrañamos de que los Evangelios transcriban el linaje de San José y le llamen padre de Jesús, si bien solamente en apariencia o como esposo de la Virgen María, sin ser en absoluto el padre carnal de Jesús. Pero es que entre los judíos no tiene validez la ascendencia carnal, sino la legal, algo análogo a lo que sucede hoy, por ejemplo, entre nosotros cuando un niño lleva el apellido de su padre adoptivo y en realidad es como si fuese su hijo.

Por el hecho de que San José procediese de una estirpe real no podemos concluir que fuese rico. Su estirpe se había empobrecido, lo mismo que la de la Virgen María, la cual procedía igualmente de David.

Estamos habituados a ver en San José al carpintero. Esto se debe a una expresión de las Sagradas Escrituras que no hay que traducir, sin embargo, unívocamente, por carpintero; más literalmente no significa otra cosa que trabajador. Bien es verdad que, si nos atenemos a la tradición, fue carpintero, es decir, un obrero manual que trabajaba la madera. Sin embargo, no pensemos en nuestra situación actual, en la que carpintero, ebanista y carretero se distinguen perfectamente. San José trabajaría tanto en la construcción de casas como en tareas propias de ebanista. El Padre de la Iglesia San Justino dice de Jesús que construyó yugos y arados. En un texto de un autor gentil se habla de un ataúd que Jesús construyó como carpintero.
 

Es digna de mención una antigua tradición que recoge San Isidoro de Sevilla y según la cual San José no fue carpintero, sino herrero.

Pero nosotros seguiremos la tradición mejor documentada, con arreglo a la cual San José y Jesús, fueron carpinteros. Si nos atenemos a las circunstancias de entonces, San José no era un maestro carpintero en el sentido que damos al término, es decir, una especie de contratista que da trabajo a un grupo de aprendices y oficiales y realiza obras importantes en madera, sino que fue un simple trabajador que sabía manejar el hacha y la madera y al que llamaban los vecinos cuando había que colocar una viga en aquellas casas primitivas o arreglar una puerta. Es muy posible que San José realizara también otras obras, como yugos, arados y ataúdes. Quizá también haría trabajos sencillos en hierro, de suerte que no necesitaría de un herrero para colocar una puerta, sino que él mismo fabricaría los goznes y, tratándose de un yugo, la parte de hierro del mismo.

Por la sobria descripción que del ambiente nos hacen los Evangelios hay que deducir que San José vivió una vida muy sencilla y muchas veces incluso en circunstancias difíciles. Nunca fue rico, nunca tuvo un gran bienestar, a menudo vio amenazada hasta el extremo su vida, la de su familia y su situación material. Pensemos en aquella época en que, con Jesús y María, como un fugitivo, tuvo que irse fuera de su país y comer el amargo pan del destierro. San José fue pobre. De otro modo hubiera encontrado alojamiento sin dificultad alguna en Belén el día de Nochebuena. Nunca tuvo grandes preocupaciones en el sentido burgués de la palabra. Vivió la existencia insegura de un trabajador.

Conviene presentar a nuestros contemporáneos a San José, y por tanto también a Jesús, como un trabajador corriente, pero no como un artesano o un maestro con ribetes de empresario. Así se sirve a la verdad. San José no se preocupó nunca de tener un capital al que poder recurrir y que le preservara de la necesidad. Ahora bien, según las Sagradas Escrituras, San José y la Virgen María, al parecer, poseyeron, por lo menos durante algún tiempo, casa propia. ¿Fue, pues, San José, propietario de una casa?

Conviene examinar la situación actual en Palestina, que entre la gente modesta no ha cambiado, para desengañarse. La casa que San José habitó y quizá poseyó no sería más que una casucha que no se puede comparar, en el mejor de los casos, con esas barracas con jardín de las concentraciones obreras alemanas. Unas cuantas vigas servían de armazón, y las paredes se hacían de barro, sin usar ladrillos ni piedras. Jesús mismo dijo de una tal casa que la podía penetrar un ladrón, pues romper un muro de barro o tierra no requería grandes fuerzas. El coste de una casita tan humilde era, naturalmente, bajo. Lo más probable es que ninguno de nuestros trabajadores de hoy quisiera vivir en semejantes tugurios. Por otra parte, es verdad que en aquellas regiones meridionales no hace falta construir casas tan bien hechas, protegidas contra toda clase de inclemencias atmosféricas, como ocurre en las regiones norteñas. En los innumerables cuadros que representan anunciación del Arcángel San Gabriel a María se ve la mayoría de las veces un gabinete, con ricos cortinajes en grandes ventanas y fastuosas alfombras en un suelo de mosaico, liso como un espejo. Pero según los conocedores de las circunstancias que concurrían en el país de Palestina, si la casa de José era más o menos una de las viviendas corrientes de la región, y hay que admitirlo así, entonces no era más que una cueva provista de una fachada delantera. En lugar de ventana tenía un pequeño respiradero junto a la puerta, y el piso consistía en barro apisonado, sobre el que se colocaban esteras.

En el relato de la infancia de Jesús se intercala la historia de San Juan Bautista, la cual no tiene precisamente una relación directa con San José, pero es, sin embargo, una de las partes preciadas que tratan de la infancia de Jesús, y por eso no queremos tampoco pasarla por alto en esta ocasión. Es extraño que se anuncie primero el nacimiento de San Juan, el cual no viene al mundo por el orden natural de las cosas, sino que es un hijo de la gracia, pues sus padres, así se lee, eran muy ancianos, y a pesar de su deseo no podían esperar ya hijos. Al anunciárselo el ángel, concibió Isabel su hijo. Sólo después de la promesa del nacimiento de San Juan se relata la anunciación del nacimiento de Jesús. También a María la visita un ángel, y le anuncia la milagrosa venida del hijo. Ciertamente que no se trata, como en Isabel, de un hombre, por muy excelso que pudiera ser, sino del mismo Hijo del Altísimo. Zacarías no creyó; María creyó al ángel ciegamente. A la Virgen María corresponde Santa Isabel; a Zacarías, San José. Así, pues, vemos juntas a las dos parejas, llenas de gracia, en la visitación. Aunque en el Evangelio no se dice nada, el arte no ha gustado de representarse a María acompañada de José Zacarías e Isabel los que hicieron observar a José que María esperaba un niño. Sin embargo, antes de hablar de esto queremos examinar cómo se conocieron María y José y qué es lo que podemos decir acerca de sus relaciones tan misteriosas.

No sabemos cómo se conocieron San José y la Virgen. No sabemos si se desposaron por libre inclinación o por voluntad de sus padres. Todo lo que sabemos acerca de esta cuestión por los escritos no auténticos es pura conjetura y poesía, por muy hermosas que sean muchas leyendas. Después nos ocuparemos más de esta cuestión. El Evangelio no nos facilita tampoco dato alguno acerca de la edad de San José. Según la leyenda y la tradición, se supone que San José era de bastante más edad que María. Todo lo que se cuenta en algunos textos de un matrimonio anterior de San José no está confirmado, y según el Evangelio es improbable. El arte ha representado la mayoría de las veces a San José como un hombre de bastante edad, incluso muchas veces como un hombre francamente anciano. La verdad está más bien en el término medio, es decir, que San José quizá contaba de cuarenta a cincuenta años cuando se prometió con María, que era entonces una muchacha. Los esponsales eran en aquella época un contrato jurídico por el que el marido se convertía en dueño de su esposa. Con los esponsales se contraía ya propiamente matrimonio. Mediante ellos adquiría el esposo toda clase de derechos; las bodas que seguían después eran solamente la perfección ceremonial del contrato. Después de los esponsales acostumbraba la novia a permanecer aún algún tiempo en casa de sus padres, hasta un año, y después la conducía el novio al nuevo hogar, el suyo propio. Por las palabras de la Virgen María al ángel, cuando dice: «¿Cómo podrá ser esto puesto que yo no conozco varón?» se ve que, de antemano, a pesar de sus esponsales, quería permanecer virgen. Espontáneamente nos preguntamos por qué entonces se desposaron, pues normalmente el voto de virginidad es contrario al matrimonio. Parece ser que San José y la Virgen María, desde el principio, habían acordado vivir virginalmente en su matrimonio.

Para la solución de esta difícil cuestión se puede quizá alegar que por una parte, la madre de Dios tenía que vivir virginalmente, pues no se puede pensar que viviera con su marido como una esposa cualquiera. Su cuerpo estaba reservado como templo del Altísimo. Por otra parte, necesitaba para ella y para su niño la protección de un esposo y de un padre. La situación de Jesús como hijo dentro de la familia debía estar en regla desde el punto de vista jurídico y con arreglo a los códigos y costumbres vigentes entonces. Por eso fue voluntad de Dios hacer que viviesen ambos en virginidad y, sin embargo, como marido y mujer. Los incrédulos y los protestantes no comprenden en absoluto el misterio de este matrimonio virginal. Siempre afirman que San José fue el padre carnal de Jesús.

Pero según las palabras del Evangelio esto queda excluido en absoluto. María dice entonces de forma inequívoca que no conoce varón, y, por tanto, tampoco a San José. Conocer a un varón quiere decir en el lenguaje corriente de la Biblia, tener relaciones maritales.

En la respuesta del ángel se revela el misterio del origen del hijo de la Virgen María pues dice que el Espíritu Santo vendrá sobre María, y la virtud del Altísimo la cubrirá con su sombra y concebirá al Hijo de Dios. Para instruirla acerca del carácter milagroso de este nacimiento el ángel hace referencia al hecho de que su pariente Isabel ha concebido milagrosamente a un hijo, aunque se la consideraba estéril.

El versículo de San Mateo 1, 25, presenta, ciertamente, algunas dificultades, pues en dicho lugar se dice que San José no tuvo trato carnal con ella «hasta que dio a luz a su hijo». El evangelista escogió probablemente esta expresión para hacer constar clara e inequívocamente que ningún trato carnal fue la causa del nacimiento de Jesús. Con la frase «no la conoció hasta que dio (antes de que diera) a luz a su hijo» no se dice en absoluto que después la conociera. Otros lugares en que se representan frases análogas corroboran esta opinión.

Muchos han señalado asimismo el hecho de que en el evangelio se habla de repente de los hermanos de Jesús. Estaban fuera, se lee (San Mateo 12, 46) y pretendían hablarle. Pero con las palabras «hermanos de Jesús» no se menciona a los hermanos carnales, sino a los primos de Jesús, los hijos de una hermana de María. Como en otros lugares de las Sagradas Escrituras, hay que entender con el nombre de hermanos simplemente a los familiares. Estos pasajes, que parecen ofrecer algunas dificultades de interpretación, son más bien un signo de autenticidad de los relatos evangélicos. Un poeta no se hubiera preocupado de la verdad, antes bien la habría pasado por alto. Muchos afirman que no quedaría afectada, aunque Jesús fuera el verdadero hijo de San José; su filiación divina no sufriría por ello. A esto hay que decir que lo que aquí interesa no es lo que nos pueda gustar o lo que podamos imaginarnos, sino el hecho de que la voluntad de Dios era precisamente distinta y que tenemos que admitirlo como un hecho. Muchos hombres, especialmente los racionalistas, querrían pasarse sin los milagros, pero ocurren milagros, queramos o no. Y si Dios es todopoderoso, podrá en cualquier momento alterar el orden establecido, pues nuestros caminos no son sus caminos ni nuestros pensamientos son sus pensamientos. No nos corresponde presentarle objeciones o proposiciones, sino que tenemos que admitir sus planes divinos con toda humildad y respeto. En cualquier caso son buenos, aunque no los comprendamos.


Los escritores modernos nos cuentan que San José quiso a María con amor de prometido. Sobre esto no podemos asegurar nada, pero es inverosímil que la relación de estos dos seres humanos santos estuviese determinada por un amor romántico. Se encontraban ambos desde luego, bajo la impresión de los grandes milagros que ocurrían junto a ellos y con ellos. Y en esta coyuntura hay, desde luego, muy poco lugar para algo demasiado humano. Siempre tenían presente ante ellos la voluntad de Dios, y el Niño divino estaba con ellos. Consideraron como objetivo de su vida servirle. Aparte de esto, en la antigüedad se era más reservado que ahora. Si San José era bastante más viejo que María, como la tradición hace verosímil, tanto más verosímil resulta que fuese para ella un marido extraordinariamente bueno y un verdadero padre para el Niño.

Se acostumbra a hacer la objeción de que San José fue un hombre normal, y la continencia en el matrimonio tuvo que serle, por lo menos, difícil. Pero hablando en el orden puramente humano, ¿no es posible todo en el hombre? En lo bueno y en lo malo se dan los casos más extraños. Hay vilezas que hacen estremecerse de horror, y al lado resplandece una bondad, un dominio de sí mismo que nos deja atónitos. ¿Por queremos medir todo con nuestra medida?. ¿Por qué no queremos admitir que pueda alguna vez suceder algo de forma distinta de como nosotros nos lo imaginamos o estimamos? Y a los creyentes les es fácil representarse desde un principio esa diferencia, puesto que han de reconocer el poder de la gracia. Si Dios concede su gracia a un hombre, ese hombre podrá hacerlo todo.

El que Dios se hiciese hombre es el milagro de los milagros. La naturaleza, en de sentido corriente de la palabra, quedó con ese hecho trastocada. ¿Por qué nos «maravillamos» de que hayan ocurrido en relación con ese milagro otras cosas inauditas como, por ejemplo el matrimonio virginal de José y María?

También se ha caracterizado muchas veces a San José como un ser poco varonil, débil. No se comprende cómo se ha llegado a esa idea. Según los relatos bíblicos, la realidad no fue así en absoluto. San José actuó virilmente y decidió virilmente. Esto lo veremos con claridad al considerar el resto de su vida, en la medida en que nos es conocida.

El llamado matrimonio blanco se denomina en Alemania de San José por el del Santo. Es un matrimonio en el que se renuncia voluntariamente a la consumación del vínculo, siguiendo el ejemplo del matrimonio virginal de San José. De hecho, siempre hay casos de dos seres humanos que se casan, y después, dentro del matrimonio, llevan una vida virginal. Ciertamente que este matrimonio no es lo normal y nunca lo proclama como tal la Iglesia, pues el matrimonio, evidentemente, por voluntad divina, está ordenado naturalmente a la prole y a la familia. Pero como rara excepción, en determinados casos la Iglesia reconoce el matrimonio blanco, y tampoco podemos decir nada en contra de la voluntad de dos seres humanos perfectos. En cada caso habría que conocer los motivos para poder emitir un juicio sobre ello. Nunca, en verdad podrán dar dos cónyuges que vivan unidos en un matrimonio de esta clase un motivo tan justificado para tal régimen de vida en común como José y María.

A San José le tomó de sorpresa la noticia que le dieron un día; no se había dado cuenta. María, su esposa, esperaba un niño. No sabemos por qué María no le dijo nada. No podemos decir que si es que fue por pudor virginal o por otro motivo.

Tampoco sabemos cómo se explicó José la concepción de María. Parece que, por una parte, le constaba su inocencia, y también tenía, quizá, el presentimiento de un misterio; pero por otra, se avergonzó de vivir con ella. Y quiso hacer lo que legalmente era posible: repudiarla, concediéndole el libelo correspondiente. Podemos imaginarnos cuan terriblemente sufrió San José con la incertidumbre. Qué fácilmente se hubiera explicado todo si ambos hubieran hablado. Pero no lo hicieron. Quizá porque uno esperaba las palabras del otro o porque ambos esperaban un signo de Dios. Y de hecho Dios vino en ayuda de los sometidos a prueba. En un sueño José supo lo que había ocurrido en María. Podemos imaginarnos qué felicidad le invadió. Ahora podía tomar consigo a su bendita esposa y, lleno de paz, esperar al Niño, que no era suyo.

La explicación que el ángel del Señor dio a San José es muy clara. Primero le dice que no tema recibir a María su esposa, pues su hijo procede del Espíritu Santo. Acto seguido el ángel añade qué misión tendrá el hijo de la virgen: salvará a su pueblo de sus pecados. Y el ángel le indica también que Jesús, según las más antiguas profecías, será hijo de una virgen. José admite esa explicación y hace como el ángel del Señor le había mandado. Recibe en casa a su esposa.

Nosotros no hacemos mucho caso de los sueños. Nos parece una superstición hacer que se interpreten sueños, y, sin embargo, las Sagradas Escrituras nos muestran cómo Dios o los ángeles hablaron en sueños a los hombres. También en la vida de Jesús tuvieron los sueños una gran importancia. Tenemos que pensar que Dios deja abiertas todas las posibilidades para hablar al hombre. Hay una diferencia entre querer averiguar el futuro por los sueños y que Dios revele el futuro mediante los sueños.

En el Evangelio se dedican sólo algunas líneas para relatar el nacimiento de Jesús, el acontecimiento más grande de la vida de San José. San Lucas cuenta sobria y realisticamente que el emperador romano dispuso que se empadronase todo el mundo y que fuesen todos a hacerlo cada uno a su ciudad. Como José era de la casa de David, tenía que ir a inscribirse a la ciudad de David, Belén, y tenia que acompañarle su esposa. La ley no tenía en cuenta su estado. No sabemos cuánto tiempo estuvieron en Belén. Sólo se dice que estando allí en Belén se cumplieran los días del parto y dio a luz al Niño, «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón. Muchas leyendas y tradiciones han adornado posteriormente el nacimiento de Jesús, pero todas son fábulas. Tampoco se habla en el Evangelio de la búsqueda de alojamiento, cómo José y María fueron de casa en casa y pidieron que se les admitiera. Belén tenía entonces sólo un mesón, y a causa de la aglomeración estaba rebosante. Tampoco sería este mesón un hotel de lujo. Se deduce que el nacimiento tuvo lugar en un establo porque se dice que María acostó a su hijo en un pesebre. En esta frase queda expresado al mismo tiempo el hecho de que el nacimiento no la debilitó.

En miles de cuadros, desde los tiempos más antiguos hasta el presente, vemos a San José de pie junto al pesebre mirando al Niño, lleno de amor y de respeto, al Niño que no era suyo y al que, sin embargo, quería más que si hubiera sido suyo propio. ¿No se lo había confiado Dios a él?

San José en aquel momento se convirtió en padre nutricio de Jesús. Ciertamente que se alegró y que dio gracias a Dios por el don de la venida de su Hijo. Sin embargo, no se perdió en fantasías, sino que pisó siempre el suelo de la realidad. Se maravilló de lo que era digno de maravilla. En el lugar de las Sagradas Escrituras donde se relata que los pastores vinieron a adorar a Jesús y contaron cómo los habían enviado los ángeles, se dice expresamente que todos los que lo oyeron y a ellos pertenecía sin duda también evidentemente San José, se maravillaron del relato de los pastores.

Por el Evangelio se ve claramente que en el nacimiento no había que ver, por lo demás, muchas cosas maravillosas. Nuestra idea del nacimiento de Jesús es probablemente demasiado fantástica y sentimental. El arte nos lo ha estropeado un poco. Por ejemplo, es muy probable que José y María no estuvieran por Belén llorando y gimiendo pidiendo a todos los labradores un alojamiento, como se ha representado en muchas ocasiones sino que, al no haber sitio en la posada, salieron y se fueron a una de las muchas grutas que aún hoy día se encuentran por aquellos lugares. Estas grutas servían en parte como alojamiento—recordemos solamente el caso de Nazaret—, pero en parte se empleaban como establos. Y, efectivamente, existe el sitio en el que Jesús nació, según la tradición; en un lugar en forma de cueva, debajo de la iglesia de la Natividad, de Belén, y cerca se encuentran una serie de grutas que sirven de alojamiento, donde por ejemplo, vivieron durante largo tiempo San Jerónimo y Santa Paula.

José y María no sintieron quizá la pobreza de la gruta como nosotros, porque ellos la habitaron viviendo una vida de pobreza. La diferencia entre establo y vivienda no es aún hoy día muy apreciable entre la gente pobre de tales regiones. Se suele contar que José sintió no haber podido ofrecer a María para el nacimiento ningún alojamiento mejor. Pero quizá María estuvo mejor sola en el establo que en el tumulto de una posada oriental.

Nos tenemos que hacer a la idea de que no había millares de ángeles aquella Nochebuena en el establo que volaban alrededor. Los ángeles sólo estaban en el campo con los pastores.

Se nos dirá más tarde, en las leyendas, que había parteras y comadronas que José hizo llamar. Pero esto, evidentemente, no es cierto, pues María no sufrió un parto con dolores como los demás madres, sino que por el contrario, dio a luz a su hijo sin dolor. Por eso son falsas las antiguas representaciones en que María yacía en la cama como convaleciente. Lo que, por lo demás, ninguna mujer hace al nacer su hijo, ella lo hizo, no porque no hubiera nadie, pues San José podía hacerlo, sino porque para ella no tenía dificultades. Atendió ella misma al Niño envolviéndole en pañales, y lo colocó en el pesebre, donde el Niño tenía una hermosa cama. El pesebre no era, probablemente, como los nuestros, un armazón de madera, sino que consistía en un canal cavado en la blanda piedra caliza, en el que comían los animales. No sabemos si en el momento del nacimiento estaban efectivamente en el pesebre un buey y un asno. San José cuidaba atentamente a madre y al Niño, pero no estaba nervioso en el sentido que nosotros damos al término. En primer lugar, porque era un hombre creyente al que no se puede intranquilizar tan fácilmente, y en segundo lugar, porque, como hombre curtido, estaba completamente a la altura de la situación. Un hombre de nuestro tiempo hubiera acudido probablemente a las autoridades protestando de la reciente orden, exigiendo explicaciones de por qué se sacaba a la gente de sus casas obligándolas a viajar sin preguntarles si les era fácil o difícil. José no lo hizo; por el contrario, fue recordando entonces que Belén había sido citada en las profecías como lugar de nacimiento del Hijo de Dios. Pues dice el profeta: «Y tú, Belén, no eres ciertamente la más pequeña entre las principales de Judá, porque de ti saldrá un jefe.»

Tenemos que desechar la imagen de José como un hombre inseguro que estaba esperando siempre los sueños y los signos celestiales por no saber él solo qué hacer. José tenía la madurez suficiente para no desconcertarse ante ninguna situación, por difícil que fuese. Había asumido la responsabilidad de cabeza de familia sin hacer por ello grandes aspavientos. No era tampoco una especie de príncipe consorte que ocupara un lugar secundario respecto de su mujer, pues la excelsa posición de María como Madre de Dios y Reina del Cielo no se advertía externamente, en el hogar de la Sagrada Familia. El milagro y lo milagroso no tenía, desde luego, en su vida cotidiana el papel que nosotros quizá nos imaginemos. Si pensamos en Jesús, María y José, vemos siempre ante nosotros el milagro, y nos olvidamos completamente de que el transcurso de los días de vida sencilla y cotidiana, con sus tareas, penalidades y costumbres, llenaba también su vida. Los milagros eran raros, y pasaron decenas de años sin que sucediera ninguno. Si posteriormente las leyendas nos dicen otra cosa, tenemos que reconocerlo de antemano como inexacto. Fue la fantasía poética posterior la que adornó con milagros y acontecimientos extraordinarios lo que en realidad era sencillo y cotidiano.

Estas precisiones son muy importantes, no solamente para rectificar nuestra idea de los acontecimientos y de las sagradas personas, sino también para nuestra misma vida religiosa. Hemos separado demasiado la religión y la vida, hemos creado para la Redención un lugar propio alejado del mundo que no tiene contacto apenas con la vida real. Hay hombres piadosos que no han pensado seriamente en que Dios quiere influir en sus vidas de una forma completamente distinta a como ellos quieren. En la oración y en la iglesia son devotos y piadosos, pero el resto de sus vidas se moldea según puntos de vista diferentes. En realidad, sin embargo, la religión debe tener con la vida una íntima vinculación. La religión no es solamente algunos momentos extáticos, no debe vivir en el vacío, no debe confundirse con la emoción, el sentimentalismo o el suspiro piadoso. San José puede ser para nosotros un guía por lo que se refiere a la forma de abrirse plenamente a lo milagroso y servir, sin embargo, a Dios ante todo mediante una vida y un trabajo fieles y buenos. La religión no tiene su plenitud en lo extraordinario ni en lo maravilloso, sino en la vida corriente y cotidiana, que debe transfigurar y santificar por la fe y por la gracia. San José no era lo que nosotros llamamos un beato. No se arrodillaba arrobado con los ojos en blanco ante el pesebre y oraba para después discutir con los pastores y expulsarlos violentamente del establo. San José oró, pero no era ningún beato, no era nada hiperbólico, no estaba tocado de sentimentalismo como muchos se imaginan, sino que su oración era hacia dentro, varonil y sencilla. No hizo nada para que le vieran los hombres, sino profunda emoción interna. Con los hombres tenía un trato amistoso, y no era reservado ni desabrido.

Lancemos ahora una mirada al pesebre para contemplar al mismo Niño divino. Imaginémonos que entramos con los pastores en la gruta que sirve de establo, habituamos nuestros ojos poco a poco a la semioscuridad, contemplamos a la humilde doncella llenos de respeto y nos acercamos al hombre serio y maduro para ver al Niño. Muchos de nosotros esperaríamos que el niño tuviera a lo mejor en su cabeza una corona dorada que revolotearan los ángeles alrededor, o que el Niño mostrara ya un signo de su futuro poder y señorío; al menos que irradiara una hermosura no terrestre. Sin embargo, el Niño no podía hablar, exactamente igual que cualquier otro niño que haya visto la luz del mundo, se alimentaba, dormía y lloraba exactamente igual que cualquier otro recién nacido. Los pastores no vieron nada milagroso. Lo mismo vio San José, y ésta fue la realidad durante decenas de años. Todo lo que nos cuentan las leyendas de los hechos maravillosos de Jesús cuando era muchacho es ficción y poesía, incluso cuando lo imaginó una mente realmente piadosa. Sin embargo, puede ser peligroso para nuestra vida y actividad religiosa porque nos da una idea falsa de Jesús.


Según la ley judía, tenía que procederse, ocho días después del nacimiento, a la circuncisión de cada niño. La vida de la Sagrada Familia estaba también sometida a la Ley, y, por tanto, se procedió a la circuncisión del niño Jesús. Como esto correspondía al padre de familia, es de suponer que San José llevó a cabo esta obligación con arreglo a la costumbre.

Con esto recibió el Niño al mismo tiempo su nombre, o como dice el Evangelista, San José le impuso el nombre de Jesús. San José no tenía que pensar qué nombre iba a ponerle ni consultar con su esposa, como ocurre en otros casos, sino que ya el ángel les había dado a conocer el nombre antes del nacimiento. Nombre de Jesús significa Salvador. Con este nombre se expresaba ya su función y misión. El hecho de que José impusiera el nombre se explica porque la imposición del mismo era un derecho del padre. Vemos que José se presenta con toda naturalidad como padre legítimo del niño Jesús.

Hoy no comprendemos una costumbre religiosa tan antigua como es la circuncisión. Si hubiera nacido actualmente, no hubiéramos circuncidado al Niño. ¿Qué significaba la circuncisión para los judíos? Mediante ella se convertía el circuncidado en un miembro del pueblo elegido. El que no era circuncidado quedaba excluido de la comunidad de Israel. La circuncisión era la señal exterior de la alianza con Dios. El circuncidado era admitido en la comunidad de la alianza y asumía las obligaciones de la alianza. Se explica la índole de la circuncisión cuando se piensa que la bendición divina de la alianza era, ante todo, una bendición para multiplicarse. Al mismo tiempo la circuncisión era también un símbolo, como se declara expresamente en las Sagradas Escrituras con cierta frecuencia. Se habla repetidamente de la circuncisión del corazón, la cual significa una interna transformación del hombre. Con el Cristianismo desapareció la circuncisión, y la sustituyó el bautismo. San José llevó a cabo su deber de padre de familia con una sencilla naturalidad. Llevó a cabo el cometido señalado por Dios con arreglo a la Ley y no encontró nada extraño en ello. También para María fue esto una cosa natural.

Con arreglo a la ley judía una madre era impura durante cuarenta días después del nacimiento. Al final de este período entraba en el templo para purificarse. María también ofreció este sacrificio de purificación. Y San José la acompañó.

Vivían por entonces aún en Belén y no sabemos si encontraron otra vivienda o moraban aún en la gruta. Es muy posible, incluso probable, que continuaran en la gruta y la prefirieran a vivir en comunidad con muchas otras personas en una casa. La vivienda no era por entonces lo que es ahora para nosotros. No existía todavía la complicada organización que tiene hoy incluso la vivienda más sencilla, al menos por lo que se refiere a la gente modesta a la que pertenecían la Virgen María y San José.

El sacrificio de purificación consistía en el sacrificio de un cordero tratándose de madres ricas, mientras que las madres pobres ofrecían un par de tórtolas o palomas. La Virgen María, como mujer pobre, sacrificó palomas. Al mismo tiempo que el sacrificio de purificación, se llevó a cabo una ceremonia prescrita por la Ley, la llamada Presentación de Jesús en el templo. Todo hijo primogénito era consagrado primariamente al Señor y destinado al sacerdocio. Tenía que ser rescatado del servicio, por así decirlo, por los padres; este servicio lo realizaba a la sazón únicamente la estirpe de Leví. La Ley no prescribía expresamente que la madre llevara al Niño, pero probablemente lo llevaban la mayoría de las mujeres, y la Virgen María siguió esa costumbre. Así, pues, la Virgen María y San José emprendieron el camino con el Niño, que tenía mes y medio, de Belén a Jerusalén; la jornada no era larga, se empleaba solamente hora y media.

En el Templo ocurrió otro hecho extraordinario. El piadoso anciano Simeón reconoció en Jesús al Redentor esperado y le saludó lleno de alegría. Alabó a Dios porque sus ojos habían conocido al Salvador. Es un cuadro impresionante imaginar al viejo israelita, como representante del Antiguo Testamento tomando al Niño en sus brazos y cantando el himno de alabanza.

Se dice otra vez que el padre y la madre, es decir, San José y la Virgen María, se maravillaron de sus palabras. Esto nos demuestra de nuevo que lo extraordinario era una rara excepción en su vida. Por un momento se les reveló la mano de Dios, oyeron unas palabras misteriosas que les dijo un enviado, pero después todo calló y prosiguió la vida cotidiana. De María se dice que guardaba en su corazón esas palabras que le vinieron de Dios por un enviado, es decir, que pensaba en lo que le había dicho el ángel. No comprendía todo el alcance de aquellos acontecimientos. La Virgen María y San José hablaron poco de estas cosas extraordinarias. Estaban preocupados, pensaban en ellas, pero la vida cotidiana del trabajo reclamaba toda su atención. Pero en el fondo de su corazón esperaban ambos nuevas y grandes revelaciones divinas a través de Jesús. Cuando se dice que San José y la Virgen María se maravillaron de las palabras de Simeón casi parece como si hubieran olvidado lo que el ángel les había dicho ya hacía meses. Cuando leemos en el Evangelio la infancia de Jesús, se nos relatan los acontecimientos más importantes, y ante todo los sucesos milagrosos. Sin embargo, en el decurso vital temporal, tal como lo vivieron San José y María, la realidad fue completamente distinta.


No solamente reconocieron a Jesús los mejores representantes del judaísmo. También vinieron de Oriente los Magos como representantes del paganismo. Estamos habituados a hablar de los tres Reyes Magos aunque en las Sagradas Escrituras sólo se habla de los Magos en general. No se dice su número. Mago equivale a sabio; eran miembros de una famosa casta de sacerdotes que se ocupaban especialmente de los secretos de la Naturaleza y de astrología. Se creía entonces que las estrellas revelaban la vida y la muerte de los grandes hombres. Quizá oyeron estos Magos a los judíos de la Diáspora la profecía según la cual un gran rey vendría de Judá. Se ha calculado que en el año 7 de nuestra era hubo una extraña conjunción de Júpiter y de Saturno. Quizá este fenómeno en el cielo estrellado fue el que condujo a los Magos a Judea. El nombre de Reyes, en lugar de Magos, puede proceder del hecho de que en la profecía de Isaías se dice que los Reyes de Arabia y Saba enviarán presentes. Los Magos vinieron a rendir homenaje al Mesías, o, traducido exactamente, a postrarse ante él, lo cual equivale a una adoración religiosa.

Herodes era un rey tirano. Mediante el miedo y el espionaje mantenía al pueblo sometido, y cuidaba celosamente de mantener su poderío. En tal momento se presentan unos forasteros buscando a un nuevo rey de los judíos. Es curioso que sus escribas designaran, siguiendo las profecías, a Belén como lugar del nacimiento del Redentor. Despachó a los Magos con el encargo de que le informaran a su regreso de lo que vieran en Belén.

La caravana procedente de Oriente tomó el corto camino que va desde Jerusalén, en dirección Sur, a Belén. Cuanto más se aproximaban a Belén, tanto más claramente brillaba sobre sus cabezas la constelación de estrellas, y estaban notando lo cerca que estaban de Dios cuando vieron al Niño y le adoraron. Otra vez tenemos que sacrificar algo de nuestras imágenes tradicionales. Los Magos no llevaban corona alguna en sus cabezas., sino que estaban vestidos como todos los orientales, con su amplio manto blanco, y se tocaban con el turbante, y se protegían la nuca con un paño. Sus presentes consistían en las riquezas más preciadas de su país. Posteriormente se ha querido ver un sentido simbólico en ellos: el oro significaría la dignidad real, el incienso la divinidad y la mirra la austeridad del sacrificio. Sin embargo, los Magos hicieron presentes simplemente por la alegría que sentían en sus corazones porque podían ver al Niño maravilloso.

Se supone que los Magos llegaron al año aproximadamente de nacer Jesús. No es seguro, como ya se ha dicho, si encontraron al Niño en la gruta o en una verdadera casa, aunque las grutas que servían de vivienda eran casas.

No sabemos qué papel desempeñó San José en la adoración de los Magos. No se le cita en todo el relato. San José empieza a pasar a segundo término. De forma ostensible queda relegado. Se dice expresamente que entraron en la casa y vieron al Niño con María su madre, cayeron postrados y le adoraron. Parece casi como si no estuviera en la casa San José, o no hubieran reparado en absoluto en él. ¿Sabían o presentían los forasteros de Oriente algo acerca del misterioso origen divino del Niño? No se dice que adoraran al Niño y a la madre. Adoraron únicamente al Niño, pero la madre lo tenía, probablemente, en brazos. San José, por otra parte, estaría quizá en segundo término y lo vio todo. No le correspondió recibir ni una pequeña parte del homenaje. Se alegró de que unos forasteros vinieran a ver a su hijo de adopción y le adoraran. Se alegró de que un resplandor de esa adoración cayera sobre María. Para sí mismo no esperaba nada. Esto lo veremos también en el resto de su vida. No recibió ningún honor, ninguna distinción. No solamente renunció a ello en vida, sino que durante largo tiempo después de su muerte permaneció en la obscuridad; fue olvidado por la Iglesia. Sólo tardíamente, muy tardíamente, ha resplandecido sobre su cabeza el fulgor de la santidad y del amor del pueblo cristiano. Hay dos clases de hombres. Unos que sufren si tienen que pasar a segundo término, y otros que no sólo no se fijan en ello, sino que incluso gustan de permanecer en segundo plano. José pertenece a estos últimos.


El ángel se apareció otra vez a San José en sueños y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto.» San José no vaciló, se levantó de noche y preparó la huida. En el acontecimiento de los Magos San José quedó relegado completamente; aquí, en la huida, pasó a primer plano. El ángel no habló a María sino a José, al hombre. Y éste se hizo cargo de la situación con decisión y sin desconcertarse. La huida hacia el exilio se ha convertido hoy otra vez en un suceso corriente; miles de personas han tenido que abandonar su patria y viven en la actualidad en país extranjero para ponerse a salvo de persecuciones políticas. Quizá en el caso de la Sagrada Familia faltó lo que los refugiados subrayan frecuentemente, a saber: que en su casa fueron gente bien acomodada. Comentan que tuvieron esto y lo otro, y que en la actualidad se encuentran en el límite de la estrechez, sin estabilidad ni dinero ni la posición social a la que estaban acostumbrados. San José no tenía en su casa muchas cosas, no tenía mucho que perder, como suele decirse. Algunos pucheros que María necesitaba, y las herramientas de José, se pudieron preparar rápidamente para el viaje.

San José no se lamentó, no se quejó ni estuvo hablando mal contra el rey, sino que admitió serenamente y como necesaria la suerte que Dios le había reservado. Se esforzó en hacer frente en debida forma la nueva situación. No tiene ningún sentido dirigir constantemente la mirada hacia atrás; lo que hay que hacer es ponerse al corriente de la nueva situación lo mejor que se pueda y tan rápidamente como sea posible, y conformarse. No es tampoco cristiano albergar en el corazón sentimientos de odio, ni esperar la hora de la venganza. El que persevere tendrá tan buena suerte como San José, el cual de la misma forma súbita en que fue enviado a tierras extrañas fue devuelto otra vez a su patria. Podemos esperar menos de los hombres una solución de los conflictos políticos que del Señor de la Historia que todo lo rige y guía y puede también hacer salir un mundo mejor del caos de nuestra época. Esto no quiere decir que tengamos que hacer frente a los acontecimientos de una forma puramente pasiva, pero hacer la revolución es, desde el punto de vista cristiano, algo siempre muy problemático. Cuanto más consideramos la realidad: en su totalidad tanto mejor vemos ahora la interna necesidad con que todo acontece. Un mundo que quiere fundarse solamente en sí mismo y no necesitar de Dios tiene que llegar a la situación a que ha llegado el nuestro.

A una humanidad que se organiza de forma que no deja a Dios ninguna puerta de entrada tienen que derrumbársele los castillos de naipes de su existencia. Y una humanidad que quiere vivir únicamente en la frivolidad y en el placer tenía que caer en la situación aflictiva en que hoy nos encontramos. En definitiva, el único balance positivo que podemos mostrar, el único resultado positivo de nuestra generación es su inconmensurable sufrimiento. Millones han caído en la flor de su vida sin que la vida les haya dado nada millones han perecido en sus casas, millones han perdido la existencia y la hacienda; todo el mundo se ha derrumbado. Sobre todo esto se extendía la cruz gigantesca de un inconmensurable sufrimiento. Ninguna generación anterior a la nuestra ha sufrido tanto como nosotros. Pero lo pavoroso es que ninguna generación ha sacado tan poca enseñanza de su dolor como nosotros. Este reproche no sólo afecta a los hijos de este mundo también a la Cristiandad. Y en ninguna ocasión hemos entrado en nosotros mismos, no hemos cambiado, nuestro corazón ha permanecido duro y frío. Esto es lo que nos hace temblar ante el futuro. Parece, pues, que los días de la aflicción no han terminado aún para nosotros, que Dios tiene que dar nuevos terribles martillazos sobre la dura corteza de nuestro corazón antes de tocarnos en el centro mismo.

Volvamos ahora a nuestros Santos. Recordamos la huida tal como nos la han adornado las leyendas. Los seguidores del niño Jesús iban siempre pisándole los talones, y siempre en el último momento unos buenos hombres o unos animales, o una intervención inmediata de Dios, salvaban al Niño. Las palmas se inclinaban ante el Niño, y las imágenes idolátricas egipcias rodaban por el polvo ante El. Tenemos que repetir de nuevo que la huida no fue así. La huida fue tan poco atractiva, pero, sin embargo, tan emocionante como la huida en nuestra época. Lo más importante para José era decidirse rápidamente, actuar rápidamente. El ángel le manifestó el motivo de la huida; Herodes quería matar al Niño. No sabemos si José comprendió la situación en su conjunto. Sin embargo, no preguntó nada, le bastaba saber que el Niño estaba en peligro. Sabía que como padre nutricio tenía que hacer todo lo necesario para salvarlo de los hombres malvados.

Belén estaba muy bien situada para una huida. Está emplazada en el extremo sur del país y es uno de los últimos lugares habitados de Palestina. Al sur empieza ya el desierto, que se extiende en una amplia zona entre Tierra Santa y Egipto. San José tomó, probablemente, el camino hacia el oeste hasta el mar, siguiendo después por la costa hacia el sur. Es probable que San José y la Virgen María tuvieran un asno en el que montaran la Virgen María y el Niño, tal como se representa en muchos cuadros. San José iba al lado como guía. En cuatro días pudieron alcanzar Egipto. Cuando pusieron el pie en el arroyo que sirve de límite, que la mayoría de las veces está seco, se encontraron fuera de la jurisdicción de Herodes y, por tanto, salvados.


En Egipto había colonias judías importantes. Incluso los judíos tenían un templo en una ciudad que era centro religioso. Pero no es verosímil que San José fuera a vivir entre los judíos, pues tenía que temer que se le delatara; los judíos egipcios estaban en buenas relaciones con la patria. Probablemente se instaló en alguna pequeña ciudad o aldea y buscó un barrio humilde para los suyos, así como una posibilidad de trabajo para él. Quizá nos den una pista las difamaciones de los escritores judíos y paganos al decir que Jesús vivió en Egipto como obrero asalariado. Jesús era entonces muy pequeño, pero es posible que San José hubiera trabajado, como diríamos hoy, en calidad de obrero auxiliar en un país que había alcanzado un alto nivel de civilización. Que José no se estableció en una colonia judía parece deducirse del hecho de que supo la muerte de Heredes sólo por boca del ángel. Pues no es verosímil que los judíos, que vivían en comunidad, no supieran nada de este cambio en su país, tan importante desde el punto de vista político.

Podemos imaginarnos que para personas religiosas como San José y la Virgen María lo más duro de su vida en Egipto fue, probablemente, que tuvieron que cultivar su religión a escondidas, mientras veían en derredor los horrores de un culto idolátrico incomprensible para ellos. Lo mismo le sucede a todo aquel que tiene que vivir lejos de su patria en un país con otras creencias. De esta forma, religión y patria quedan vinculadas más estrechamente entre sí.

Es lástima que no sepamos absolutamente nada del crecimiento del niño Jesús. Ni una línea de las Sagradas Escrituras nos informa de eso. Lo que nos relatan las leyendas no se puede considerar como fuente pues es pura fantasía que nos conduciría otra vez a una pista completamente falsa. En Egipto no ocurrieron milagros. San José trabajaba y la Virgen María llevaba la casa, y el niño Jesús crecía como cualquier otro niño. Aprendió a andar y a hablar, jugaba con otros niños y oraba. El despertar para su gran misión no se manifestó exteriormente de ninguna forma.

Tenemos que insistir una vez más en que no debemos dejarnos desorientar por los relatos de las Sagradas Escrituras. En el Evangelio sólo se cuentan los grandes momentos decisivos en la vida de la Sagrada Familia, cuando Dios interviene milagrosamente en sus vidas. No se habla para nada de la vida cotidiana, que estaba completamente desprovista de milagros y no se diferenciaba de cualquier otra a no ser por la gran proximidad de Dios. Nuevamente tenemos que tener presente esto para no hacernos una idea completamente falsa de la vida de estas santas personas.

Hay que imaginarse cómo esperaron José y María a que el ángel los llamara de nuevo. Pues le había dicho a él anteriormente: «Estate allí hasta que yo te avise.» En la actualidad no nos parece tan terrible, porque sabemos que probablemente sólo fueron unos cuantos años, pero para ellos fue una prueba muy dura. Vivían en la incertidumbre y toda espera es dura. ¡Cuánto habría suplicado San José en sus oraciones para que se le concediese la gracia de un pronto regreso! ¡Con qué anhelo y nostalgia debió esperar María el momento en que pudiera salir del país de cultos idólatras y regresar a su patria, donde tenía vida la creencia en un Dios verdadero y vivo! ¡Cuántas veces tuvo que oír San José: «Eres un extranjero, ¿qué haces entre nosotros?»

Y, sin embarco. San José consiguió algo muy grande. Salvó al Niño divino de una muerte segura. Jesús crecía en la oscuridad, pero también en la seguridad de un país extranjero, y se reservaba para su gran misión futura. El Evangelista alude a una profecía que se cumplió. Pues Oseas escribió: «De Egipto llamaré a mi Hijo.» Con ello se pone de manifiesto el paralelo con el destino del pueblo israelita. Jesús tuvo que vivir durante bastante tiempo en el Egipto extranjero, lo mismo que el pueblo judío hasta que Moisés lo condujo a la Tierra de Promisión.

Mientras la Sagrada Familia vivía segura en el extranjero, sobre Belén se abatió la desgracia. Herodes estaba furioso porque los Magos no le habían informado nada acerca de Belén y del Niño. Y echó mano del medio que siempre tienen los tiranos a su disposición: asesinato. Sus soldados, siguiendo su orden, se lanzaron sobre Belén e hicieron entre las criaturas una terrible carnicería. La política está siempre vinculada a la sangre. Es su última razón cuando las otras acaban de fracasar. Sin embargo, la acción de Herodes fue especialmente abominable porque no atentó contra la vida de enemigos o de hombres, ni siquiera de muchachos, sino que vertió la sangre de niños inocentes. ¡Qué terrible es arrastrar a los niños a la política! No tenían más culpa que haber nacido.

El destino de Herodes puede consolarnos, pues sus árboles no habían crecido hacia el cielo. Herodes tenía setenta años y murió, según la tradición, comido por los gusanos. Así, pues, quedó eliminado el obstáculo que mantenía alejada a la Sagrada Familia. El ángel pudo enviar a su patria de nuevo a San José y a la Virgen María con el Niño. «Levántate—le dijo como hacía años en Belén—, toma al Niño y a su Madre y vete a la tierra de Israel, porque son muertos los que atentaban contra la vida del Niño.» Y San José hizo como el ángel le había mandado; cogió al Niño y a su Madre y se trasladó al país de Israel.



En el Evangelio se dice que San José se trasladó al país de Israel; con esta palabra se mencionaba generalmente a Palestina. Se añade que no quería establecerse en Judea al saber que Arquelao había sido nombrado rey de dicho lugar sucediendo a su padre Judea es la parte sur del país en que se encontraban Jerusalén y Belén. San José, al parecer, tenía el propósito de permanecer en Belén, pues allí estaba su patria original. Pero lo que temía era que el hijo de Herodes pudiera atentar contra el Niño. Otra vez tuvo lugar una advertencia divina en sueños. A consecuencia de ella se trasladó a Galilea, que se encuentra al norte del país, y estableció allí, en la ciudad de Nazaret, su residencia. No fue, por tanto, a su propia patria, sino a la ciudad de donde era oriunda María. Galilea estaba regida por otra autoridad políticas distinta de la de Judea, y por eso comprendemos que José se sintiese allí más seguro.

La observación del Evangelio de que José se preocupaba angustiosamente de que el Niño y su madre estuviesen seguros nos revela que estaba constantemente vigilante y lleno de cuidado por la suerte de esas dos personas. Probablemente no habló mucho con María acerca de esa cuestión. No hubiera hecho más que preocuparla. Podemos imaginarnos a José como poco hablador. Nos lo indica todo su modo de ser, tal como nos lo da a conocer el Evangelio, así como su destino vital. En Egipto hablaba muy poco, pues al principio tuvo que superar las dificultades del idioma del país, y después cuando ya se impuso, tropezó siempre con el hecho de que no era indígena.

La ruta hacia Nazaret era hermosa y San José estaba contento, pues después de tantos años iba otra vez por su país. San José conocía todos los lugares y caminos. Cuanto más se acercaban a Nazaret, tanto más familiar se hacía el paisaje para María. ¡Qué distantes quedaban atrás los días de su infancia y adolescencia que vivió allí! ¡Con qué alegría subió con José y con el Niño de pocos años de la llanura de Esdrelón a las montañas de Galilea! ¡Con qué alegría vio por primera vez en la ladera del monte su querido Nazaret! Desgraciadamente, sabemos muy poco de todo ello. ¿Vivían aún sus padres? ¿Quién les recibió en Nazaret? ¿Quién les ayudó en su nueva existencia? ¿Tuvieron a su regreso desilusiones? No podemos imaginarnos que su vivienda hubiera estado vacía todo el tiempo, aun cuando se tratara de una pobre cueva. Rápidamente se cubren los vacíos que dejan un hombre o una familia al ausentarse de una comunidad. Del trabajo que realizaba San José se encargarían otros, pues estuvieron ausentes bastante tiempo. Ciertamente el regreso no fue solamente pura alegría, sino que hubo que vencer nuevas dificultades. Sin embargo San José estaba ya acostumbrado a esto. No era la primera vez que tenía que empezar de nuevo. Era lo suficientemente hábil y tenaz para conquistar de nuevo su situación en la comunidad.

El Evangelio es extremadamente parco por lo que se refiere a la vida de la Sagrada Familia en estos años. No conocemos detalles de San José ni de la Virgen María. Y de lo que sería aún más importante para nosotros, del desarrollo y crecimiento de Jesús, no sabemos nada. No hay que tomar en serio nada de lo que cuentan las leyendas. Más que darnos una idea exacta, lo que hacen es deformar la verdad. En aquel tiempo no ocurrió ningún milagro y los antiguos, por así decirlo, se habían olvidado ¿Quién sabía ya que los Magos habían venido de Oriente para ver Niño? Esto había ocurrido en el lejano Belén. ¿Quién conocía el hecho de que el ángel les había guiado salvándolos de los peligros en que estuvo el Niño en la primera infancia?. La Virgen María y San José guardaban el recuerdo de todo esto, y habían creído durante todos estos largos años en la misión divina de este Niño, aunque nada milagroso le había ocurrido, pero no sabían lo que cualquier niño posteriomente ha sabido lo que haría Jesús y lo que le sucedería al final. Estaban con esta incertidumbre y esperaban que se pusiera de manifiesto la misión divina del Niño.

Esta espera pudo hacer a San José aún más callado y silencioso. Ciertamente que no era ningún soñador, no iba de aquí para allá como un escriba, sino que tenía su trabajo, su oficio, al que se dedicaba. Al ir al trabajo y al volver de él reflexionaba en todo esto, y en las tranquilas horas de la tarde o también por la noche, cuando en oración se dirigía al Padre de los Cielos.

Jesús no fue a la escuela ni siendo niño ni después. No gozó de la educación superior de los fariseos y de las clases elevadas. Por el contrario, podemos imaginarnos que el muchacho desde bien pronto ayudó a sus padres. Primero ayudó a la madre en la casa, como hacen medio jugando esos niños que son hijos únicos y que están siempre alrededor de la madre. Después se despertó en él el espíritu varonil y se interesó por el trabajo del padre. Le llevaría quizá la comida al lugar donde trabajaba y probaría bien pronto él mismo a iniciarse en el oficio. San José no se lo prohibió. Con cierto respeto contemplaba siempre a ese Niño al que quería como si fuese en realidad su padre, aunque no lo era. Con su conciencia divina sabía, desde luego Jesús que San José no era su padre carnal. Jesús tenía siempre la conciencia de su filiación divina.

El desarrollo de su espíritu humano es para nosotros un tremendo misterio. Así lo fue también para San José. Veremos ahora de qué forma el muchacho hizo que se quedaran atónitos sus padres cuando abrió boca por primera vez para afirmar algo. De este modo les hizo ver que en El empezaba a desarrollarse algo cuyo final aún no podían comprender.

El largo silencio del Evangelio por lo que se refiere a los años de la infancia de Jesús se interrumpe una sola vez. Se nos relata una escena de la vida de Jesús que revela ya el paso de la niñez a la madurez. Se dice que los padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Tenemos que recordar que sólo había un templo en el que se podía realizar él sacrificio. Bien es verdad que había sinagogas en los lugares y ciudades del país, pero sólo eran puntos de a la oración, la lectura y los coloquios religiosos. La fiesta se celebraba en Jerusalén, en el lugar sagrado. Tres veces al año acostumbraban ir al templo los judíos devotos. María, como mujer, no estaba obligada; pero, sin embargo, iba. A los doce años los muchachos estaban obligados por la Ley a ir. Entonces fue cuando Jesús visitó el Templo por primera vez. El y sus padres participaron en las festividades. Al tercer día regresaron a casa. Como se había movilizado medio país, había una gran multitud de gentes que iban de un lado para otro; sin embargo Jesús era tan crecido que le dejaron ir solo. Probablemente caminarían juntos los parientes y conocidos de una aldea y se habría convenido en encontrarse en el albergue donde querían pasar la noche. Terrible fue el espanto de San José cuando no encontró al Niño. Preguntó a los demás que habían tomado el mismo camino, pero nadie supo dónde estaba Jesús. Mayor fue la cuita de San José cuando vio la aflicción de María. ¿Qué le había sucedido a Jesús? ¿Le ocurriría algo? ¿Habría tenido algún accidente?. No pudieron imaginarse que se hubiera escapado, pues había sido siempre obediente con ellos. Al no encontrarlo en el camino, decidieron los santos esposos volver a Jerusalén; quizá allí se podría encontrar algún rastro de él. No sólo María oraba en silencio en el camino de regreso al santuario de Dios; también San José, al que había sido confiado el Niño, rogó a Dios que pudiera encontrarlo.

Primero estarían en la posada de Jerusalén o en el lugar donde habrían estado durmiendo. Después se encaminaron al Templo. El Templo no era un espacio único como ocurre hoy en nuestras iglesias, sino que estaba compuesto de muchos edificios y anejos, y encontraron a Jesús donde menos habían podido sospechar. Estaba sentado en medio de los doctores y de los escribas y hablaba con ellos. En las escuelas de los fariseos el alumno podía hacer preguntas, que le contestaba el doctor. La mayor parte de las veces se trataba de interpretaciones de la Ley y de citas de las Escrituras. Quizá se trataba en aquel coloquio de las profecías mesiánicas. Jesús estaba tan absorto en el diálogo que no se dio cuenta en absoluto de la presencia de sus padres.

Cuando San José y la Virgen María entraron en el recinto vieron allí a su hijo sentado, y oyeron aún algunas de las frases que cambiaba con los doctores. No pudo contenerse más la Virgen María, poniendo de manifiesto todo su cuidado maternal al exclamar pesarosa: «Hijo mío ¿por qué no has hecho esto?» Con ello no preguntaba tanto por el motivo de su comportamiento como se quejaba de que la hubiera puesto en tanto cuidado. María añadió una frase que Jesús recogió y contestó de una forma especial. La Virgen María había dicho: «Mira que tu padre y yo te hemos buscado con ansiedad.» Al decir esto se alude, naturalmente, a San José. Hasta entonces siempre se había presentado San José con la mayor naturalidad como padre del Niño, y la madre también lo había considerado así. Sí Jesús se hubiera comportado infantilmente, lo cual hubiera visto María con buenos ojos, se hubiera levantado hubiera corrido hacia ellos, abrazado a María y exclamando: «Perdonadme que os haya afligido; no pude apartarme de aquí, pero ahora estoy contento porque os tengo y quiero irme con vosotros a casa.» Pero Jesús no dijo eso. Hay que observar que la primera frase que dijo Jesús implica un cierto distanciamiento de sus padres. Es una frase completamente varonil e independiente, nada infantil. «¿Por qué me buscabais?—responde preguntando a su vez—. ¿No sabéis que tengo que ocuparme en las cosas de mi Padre?»

Nos interesa ante todo la parte tocante a José y queremos considerar este acontecimiento desde su punto de vista. No dijo nada. Según las Sagradas Escrituras no habló en absoluto, al menos no se nos ha transmitido ninguna palabra suya. Pero oyó algo que le tuvo que afligir, al menos por el momento, pues se dice expresamente que ni él ni María entendieron completamente esas misteriosas palabras de Jesús. María había dicho: «Tu padre y yo te hemos buscado con ansiedad», y Jesús contesta: «¿No sabíais que yo tengo que ocuparme en las cosas de mi Padre?», aludiendo con ello claramente a un Padre que no es San José, al que debía más obediencia y que desde entonces significaba más para El que San José.

Hoy día nos resulta bastante claro qué fue lo que quiso decir Jesús con esa frase. Es la primera confesión de la propia consciencia mesiánica de Jesús. Jesús ve que tenía ante sí un cometido y se lo dice con toda claridad a sus allegados mas no le entendieron. La traducción literal dice «en la casa de mi Padre», pero significa «que yo tengo que estar en aquello que es de mi Padre». Se comprende, desde luego, si se aplica a la Casa de Dios, pero significa al mismo tiempo algo más. Jesús alude al hecho de que saldrá de la vida que llevaba hasta entonces en el ambiente familiar para entrar, aunque no inmediatamente, en un nuevo ámbito que sus padres, en el mejor de los casos, presentían aunque, sin embargo, no veían claro. Jesús prevé que alguna vez, aunque aún en un futuro lejano, tendrá que dejar la estrechez de la casa paterna terrenal para consagrarse de lleno al servicio del Padre verdadero y eterno. No es verosímil que Jesús tuviera el propósito de desconcertar a sus padres. La expresión fue tan fuerte como la conciencia que tenía de ello. El que reflexione a fondo descubrirá, precisamente en esta aspereza exterior, el amor de Jesús a sus padres terrenales. San José y la Virgen María entendieron así la respuesta, pues añade que Jesús, a pesar de esa frase, continuó con ellos y les estaba sujeto.

Pero desde el punto de vista de San José por entero no podemos olvidar que éste no comprendió la frase de Jesús; como dice expresamente en el Evangelio. Tampoco su madre la entendió plenamente, pero guardaba todas estas palabras en su corazón, es decir, que posteriormente, cuando todo pasó y la vida completa de Jesús quedó tras ella, comprendió todo lo sucedido y recordó estos acontecimientos. San José no tuvo esa experiencia. Sólo en la eternidad pudo comprenderlo y contemplarlo todo. Pero también él quedó pensando en aquellas palabras de Jesús. Sintió entonces quizá por primera vez el dolor de que había algo extraño entre él y su hijo adoptivo que no se podía superar. San José recordó también lo que, por otra parte, desde hacía mucho tiempo no había sentido de aquella forma: que la llegada de Jesús había sido profundamente misteriosa. Así terminó este suceso, que produjo tanta conmoción no con una solución clara, sino dejando una secreta tensión. Jesús volvió con ellos a Nazaret, pero interiormente proseguía su propio camino, madurándose, por decirlo así, para su gran misión.

Podemos imaginarnos cómo la Virgen María tomó de la mano a Jesús y echó a andar, cómo ella y José le pusieron en medio y le observaron durante todo el camino hasta que llegaron a casa. Pero Jesús no volvió a actuar de aquella forma. Probablemente ya no habló más del modo extraño y misterioso que usó en el Templo, y se mostró otra vez con ellos como el hijo dócil que había sido hasta entonces.

La vida en Nazaret cambiaría solamente por el hecho de que Jesús ahora era ya un muchacho y no iba con los niños, sino que se dedicaba al trabajo serio de los hombres. Sin duda alguna Jesús trabajó con San José.

No sabemos nada de cómo iban los dos varones al trabajo, no sabemos qué era lo que hablaban entre si, pero podemos imaginarnos que no tenían una vida común puramente exterior, sino que San José quiso a Jesús ya crecido tanto como éste quiso a San José. Fue San José quien enseñó a Jesús el manejo de las herramientas, el que le encargaba trabajos. No charlarían mucho ni en el trabajo ni después de él. Todo ocurriría tranquila y serenamente.

Por comprensible que sea nuestro deseo de saber algo precisamente de esta época tan importante para el desarrollo de Jesús, tenemos que respetar, sin embargo, el misterio que Dios extendió sobre este período. Este silencio acerca de la Sagrada Familia es, desde el punto de vista de la Historia Sagrada, tan significativo como los otros momentos en que es más explícita.

Así, pues, desgraciadamente, no sabemos nada de estos dieciocho años y nos vemos reducidos a hacer simples conjeturas. Si San José, como es bastante probable, tenía unos cincuenta años al nacer Jesús, al empezar la vida pública de éste tendría una edad de ochenta años. Se admite generalmente que José no vivía ya en tal época. Pues no sabemos nada de él, mientras que a María y a los familiares se les cita con frecuencia. En ningún caso sobrevivió a la muerte de Jesús, pues, de lo contrario, Jesús no hubiera confiado el cuidado de la Virgen María a San Juan.

Quizá San José murió en los últimos años antes de empezar la vida pública de Jesús, cuando él estaba entre los veinte y los treinta años. Por entonces Jesús había adelantado ya tanto que El mismo podría ejercer el oficio y ganar el sustento para sí y para su madre.

No sabemos si San José tuvo una larga enfermedad o conservó su vigor hasta que murió, ni conocemos los detalles de su muerte. Según la creencia general, falleció santamente en compañía de Jesús y María.

Ahorrémonos el pensar en más posibilidades, pues no podemos pasar de la conjetura.

Pero queremos mencionar aquí el antiguo escrito apócrifo acerca de José el carpintero, cuyo texto citaremos más adelante. En él se relata detalladamente su muerte. Es verdad que no hay que valorar este escrito como un relato evangélico, como allí se afirma, ya que está bastante mezclado con construcciones poéticas, aunque pueda contener también una tradición auténtica.

Se hablará del sepulcro de San José cuando se trate de sus lugares de culto, y asimismo del hecho de que algunos opinen que fue llevado al cielo en cuerpo y alma como María. 

José de Nazaret
Franz Jantsch
Planeta Agostini
Biblioteca Cristiana