lunes, 22 de junio de 2015

Mero Cristianismo. C. S. Lewis.

C. S. Lewis
MERO CRISTIANISMO
PRIMERA EDICIÓN RAYO, 2006



El gran pecado

Hoy llegamos a esa parte de la moral cristiana que difiere mucho más rotundamente de todas las demás. Hay un vicio del que ningún hombre del mundo está libre, que todos los hombres detestan cuando lo ven en los demás y del que apenas nadie, salvo los cristianos, imagina ser culpable. He oído a muchos admitir que tienen mal carácter, o que no pueden abstenerse de las mujeres, o de la bebida, o incluso que son cobardes. No creo haber oído a nadie que no fuera cristiano acusarse de este otro vicio. Y al mismo tiempo, pocas veces he conocido a alguien que no fuera cristiano que demostrase la más mínima compasión con este vicio en otras personas. No hay defecto que haga a un hombre más impopular, y ninguno del que seamos más inconscientes en nosotros mismos. Y cuanto más lo tenemos en nosotros mismos más nos disgusta en los demás.

El vicio al que me refiero es el orgullo o la vanidad, y la virtud que se le opone es, en la moral cristiana, la humildad. Tal vez recordéis, cuando hablaba de moral sexual, que os advertí que el centro de la moral cristiana no residía allí. Pues bien, ahora hemos llegado a ese centro. Según los maestros cristianos, el vicio esencial, el mal más terrible, es el orgullo. La falta de castidad la ira, la codicia, la ebriedad y cosas son meros pecadillos en comparación. Fue a través del orgullo como el demonio se convirtió en demonio: el orgullo conduce a todos los demás vicios: es el estado mental completamente anti-Dios.

¿Os parece esto exagerado? Si es así, pensadlo un poco. He señalado hace un momento que cuanto más orgullo tenía uno más aborrecía el orgullo en los demás. De hecho, si queréis averiguar lo orgullosos que sois lo más fácil es preguntaros: «¿Hasta qué punto me disgusta que otros me desprecien, o se nieguen a fijarse en mí, o se entrometan en mi vida, o me traten con paternalismo, o se den aires?» El hecho es que el orgullo de cada persona está en competencia con el orgullo de todos los demás. Es porque yo quería ser el alma de la fiesta que me molestó tanto que alguien más lo fuera. Dos de la misma especie nunca están de acuerdo. Lo que es necesario aclarar es que el orgullo es esencialmente competitivo —es competitivo por su naturaleza misma—, mientras que los demás vicios son competitivos sólo, por así decirlo, por accidente. El orgullo no deriva de ningún placer de poseer algo, sino sólo de poseer algo más de eso que el vecino. Decimos que la gente está orgullosa de ser rica, o inteligente, o guapa, pero no es así. Están orgullosos de ser más ricos, más inteligentes o más guapos que los demás. Si todos los demás se hicieran igualmente feos, o inteligentes o guapos, no habría nada de lo que estar orgulloso. Es la comparación lo que nos vuelve orgullosos: el placer de estar por encima de los demás. Una vez que el elemento de competición ha desaparecido, el orgullo desaparece. Por eso digo que el orgullo es esencialmente competitivo de un modo en que los demás vicios no lo son. El impulso sexual puede empujar a dos hombres a competir si ambos desean a la misma mujer. Pero un hombre orgulloso os quitará la mujer, no porque la desee, sino para demostrarse a sí mismo que es mejor que vosotros. La codicia puede empujar a dos hombres mejor que vosotros. La codicia puede empujar a dos hombres a competir si no hay bastante de lo que sea para los dos, pero el hombre orgulloso, incluso cuando ya tiene más de lo que necesita, intentará obtener aún más para afirmar su poder. Casi todos los males del mundo que la gente atribuye a la codicia o al egoísmo son, en mucha mayor medida, el resultado del orgullo.

Tomemos el dinero. La codicia hará sin duda que un hombre desee el dinero, para tener una casa mejor, mejores vacaciones, mejores cosas que comer y beber. Pero sólo hasta cierto punto. ¿Qué es lo que hace que un hombre que gane 10.000 libras al año ansíe ganar 20.000 libras? No es la ambición de mayor placer. 10.000 libras le darán todos los lujos que un hombre puede realmente disfrutar. Es el orgullo... el deseo de ser más rico que algún otro hombre rico, y (aún más) el deseo de poder. Puesto que, naturalmente, el poder es lo que el orgullo disfruta realmente: no hay nada que haga que un hombre se sienta superior a los demás como ser capaz de manipularlos como soldados de juguete. ¿Qué hace que una muchacha bonita reparta miseria allí donde vaya coleccionando admiradores? Ciertamente no su instinto sexual: esa clase de muchacha suele ser sexualmente frígida. Es el orgullo. ¿Qué es lo que hace que un líder político o una nación entera sigan pidiendo más y más, exigiendo más y más? Otra vez el orgullo. El orgullo es competitivo por su naturaleza misma: por eso cada vez demanda más y más poder. Si yo soy orgulloso, mientras haya otro hombre en el mundo que sea más poderoso, más rico o más inteligente que yo, ese hombre será mi rival y mi enemigo.

Los cristianos tienen razón: es el orgullo el mayor causante de la desgracia en todos los países y en todas las familias desde el principio del mundo. Otros vicios pueden a veces acercar a las personas: es posible encontrar camaradería y buen talante entre borrachos o entre personas que no son castas. Pero el orgullo siempre significa la enemistad: es la enemistad. Y no enemistad entre el hombre y Dios.

En Dios nos encontramos con algo que es en todos los aspectos inconmesurablemente superior a nosotros. A menos que reconozcamos esto —y, por lo tanto, que nos reconozcamos como nada en comparación— no conocemos a Dios en absoluto. Un hombre orgulloso siempre desprecia todo lo que considera por debajo de él, y, naturalmente, mientras se desprecia lo que se considera por debajo de uno, no es posible apreciar lo que está por encima.

Eso nos plantea una terrible pregunta. ¿Cómo es posible que personas que evidentemente están devoradas por el orgullo puedan decir que creen en Dios y aparecer ante sí mismas como muy religiosas? Me temo que significa que están venerando a un Dios imaginario. En teoría admiten no ser nada en presencia de ese fantasma que es Dios, pero en realidad están imaginando en todo momento que Él los aprueba y los considera mucho mejores que el resto de la gente corriente; es decir, pagan un insignificante tributo de imaginaria humildad a Dios y sacan de ello una ingente cantidad de orgullo con respecto a sus congéneres. Supongo que Cristo pensaba en personas así cuando dijo que algunos predicarían acerca de Él y arrojarían demonios en Su nombre, sólo para escuchar de Sus labios, al final de los tiempos, que Él jamás los había conocido. Y cualquiera de nosotros puede caer en cualquier momento en esta trampa mortal Afortunadamente, tenemos una prueba. Cada vez que pensemos que nuestra vida religiosa nos está haciendo sentir que somos buenos —y sobre todo que somos mejores que los demás— creo que podemos estar seguros de que es el diablo, y no Dios, quien está obrando en nosotros. La auténtica prueba de que estamos en presencia de Dios es que, o nos olvidamos por completo de nosotros mismos, o nos vemos como objetos pequeños y despreciables. Y es mejor olvidarnos por completo de nosotros mismos.

Es terrible que el peor de todos los vicios pueda infiltrarse en el centro mismo de nuestra vida religiosa. Pero podemos comprender por qué. Los otros, y menos malos, vicios, vienen de que el demonio actúa en nosotros a través de nuestra naturaleza animal. Pero éste no viene a través de nuestra naturaleza animal en absoluto. Éste viene directamente del infierno. Es puramente espiritual, y en consecuencia, es mucho más mortífero y sutil. Por la misma razón, el orgullo puede ser a menudo utilizado para combatir los vicios menores. Los maestros, de hecho, a menudo acuden al orgullo de los alumnos, o, como ellos lo llaman, a la estimación que sienten por sí mismos, para impulsarles a comportarse correctamente: más de un hombre ha superado la cobardía, la lujuria o el mal carácter aprendiendo a pensar que estas cosas no son dignas de él... es decir, por orgullo. El demonio se ríe. Le importa muy poco ver cómo os hacéis castos y valientes y dueños de vuestros impulsos siempre que, en todo momento, él esté infligiendo en vosotros la dictadura del orgullo... del mismo modo que no le importaría que se os curasen los sabañones si se le permitiera a cambio infligiros un cáncer. Porque el orgullo es un cáncer espiritual, devora la posibilidad misma del amor, de la satisfacción, o incluso del sentido común.

Antes de abandonar este tema quiero advertiros de algunos posibles malentendidos:

1) El placer ante el elogio no es orgullo. El niño al que se felicita por haberse aprendido bien su lección, la mujer cuya belleza es alabada por su amante, el alma redimida a la que Cristo dice «Bien hecho», se sienten complacidos, y así debería ser. Porque aquí el placer reside no en lo que somos, sino en el hecho de que hemos complacido a alguien a quien queríamos (y con razón) complacer. El problema empieza cuando se pasa de pensar: «Le he complacido: todo está bien», a pensar: «Qué estupenda persona debo ser para haberlo hecho.» Cuanto más nos deleitamos en nosotros mismos y menos en el elogio, peores nos hacemos. Cuando nos deleitamos enteramente en nosotros mismos y el elogio no nos importa nada, hemos tocado fondo. Por eso la vanidad, aunque es la clase de orgullo que más se muestra en la superficie, es realmente la menos halagos, aplauso, admiración en demasía, y siempre los está pidiendo. Es un defecto, pero un defecto infantil e incluso (de un modo extraño) un defecto humilde. Demuestra que no estás del todo satisfecho con tu propia admiración. Das a los demás el valor suficiente como para querer que te miren. Sigues, de hecho, siendo humano. El orgullo auténticamente negro y diabólico viene cuando desprecias tanto a los demás que no te importa lo que piensen de ti. Naturalmente está muy bien, y a menudo es un deber, el no importarnos lo que los demás piensen de nosotros, si lo hacemos por las razones adecuadas; por ejemplo, porque nos importe muchísimo más lo que piense Dios. Pero la razón por la que al hombre orgulloso no le importa lo que piensen los demás es diferente. Qué iba a importarme el aplauso de esa gentuza, como si su opinión valiera para algo? E incluso si su opinión tuviera algún valor, ¿soy yo la clase de hombre que se ruboriza de placer ante un cumplido como una damisela en su primer baile? No, yo soy una personalidad integrada y adulta. Todo lo que he hecho ha sido hecho para satisfacer mis propios ideales —o mi conciencia artística, o las tradiciones de mi familia— o, en una palabra, porque soy esa clase de hombre. Si eso le gusta al vulgo, que le guste. No significan nada para mí.» De este modo el puro y auténtico orgullo puede actuar como un freno de la vanidad, porque, como he dicho hace un momento, al demonio le encanta «curar» un pequeño defecto dándonos a cambio uno grande. Debemos tratar de no ser vanidosos, pero jamás hemos de recurrir a nuestro orgullo para curar nuestra vanidad: la sartén es mejor que el fuego.

2) Decimos que un hombre está «orgulloso» de su hijo, o de su padre, o de su escuela o de su regimiento, y podría preguntarse si el «orgullo» en este sentido es pecado. Creo que esto depende de qué exactamente queremos decir con estar «orgulloso» de algo. Muy a menudo, en frases como esas, las palabras «estar orgulloso» significan «sentir una cálida admiración» por algo o alguien. Tal admiración está, por supuesto, muy lejos de ser un pecado. Pero podría tal vez significar que la persona en cuestión se jacta de su distinguido padre, o de pertenecer a un famoso regimiento. Esto, indudablemente, sería una falta, pero aún así sería mejor que sentirse orgulloso sencillamente de sí mismo. Amar o admirar cualquier cosa que no sea uno es alejarse un paso de la ruina espiritual absoluta; aunque no estaremos bien mientras amemos o admiremos cualquier cosa más de lo que amamos y admiramos a Dios.

3) No debemos pensar que el orgullo es algo que Dios prohibe porque se siente ofendido por él, o que la humildad es algo que él exige como algo debido a Su dignidad... como si Dios mismo fuese orgulloso. A Dios no le preocupa en lo más mínimo Su dignidad. El hecho es que Él quiere que le conozcamos: quiere entregarse a Sí mismo. Y El y nosotros somos de tal especie que si realmente entramos en algún tipo de contacto con El nos sentiremos, de hecho, humildes... alegremente humildes, sintiendo el infinito alivio de habernos librado por una vez de toda la necia insensatez de nuestra propia dignidad, que nos ha hecho sentirnos inquietos y desgraciados toda la vida. Dios está intentando hacernos humildes para que este momento sea posible; está intentando despojarnos de todos los vanos adornos y disfraces con los que nos hemos ataviado y con los que nos paseamos como pequeños imbéciles que somos. Ojalá yo mismo hubiese llegado un poco más lejos con la humildad: si así fuera, probablemente podría deciros más acerca del alivio, la comodidad de quitarme ese disfraz... de quitarme ese falso ego con todos sus «Miradme» y «¿No soy un buen chico?» y todas sus poses y posturas. Acercarse apenas un poco a ese alivio, aunque sólo sea por un momento, es lo que un vaso de agua fresca para un hombre en medio de un desierto.

4) No imaginéis que si conocéis a un hombre realmente humilde será lo que la mayoría de la gente llama «humilde» hoy en día. No será la clase de persona untuosa y reverente que no cesa de decir que él, naturalmente, no es nadie. Seguramente lo que pensaréis de él es que se trata de un hombre alegre e inteligente que pareció interesarse realmente en lo que vosotros le decíais a él Si os cae mal será porque sentís una cierta envidia de alguien que parece disfrutar con tanta facilidad de la vida. Ese hombre no estará pensando en la humildad: no estará pensando en sí mismo en absoluto.

Si alguien quiere adquirir humildad, creo que puedo decirle cuál es el primer paso. El primer paso es darse cuenta de que uno es orgulloso. Y este paso no es pequeño. Al menos, no se puede hacer nada antes de darlo. Si pensáis que no sois vanidosos, es que sois vanidosos de verdad.
 

Fe 1

En este capítulo debo hablar acerca de lo que los cristianos llaman la fe. En términos generales, la palabra fe parece ser utilizada por los cristianos en dos sentidos o niveles, y los tomaré por turno. En el primer sentido, significa simplemente creencia: aceptar o considerar como verdad las doctrinas del cristianismo. Esto es relativamente fácil. Pero lo que confunde a la gente —al menos solía confundirme a mí— es el hecho de que los cristianos consideren a la fe en este sentido como una virtud. Yo solía preguntarme cómo podía ser una virtud... ¿Qué hay de moral o de inmoral en creer o en no creer un conjunto de afirmaciones? Es evidente, solía decirme, que un hombre cuerdo acepta o rechaza cualquier afirmación, no porque quiera o no quiera, sino porque la evidencia le parece suficiente o insuficiente. Si me equivocara acerca de la validez o invalidez de la evidencia, eso no significaría que era un mal hombre, sino sólo que no era muy inteligente. Y si pensara que la evidencia era insuficiente pero intentara forzarme a creer en ella a pesar de todo, eso sería simplemente una estupidez.

Pues bien, creo que aún conservo esa opinión. Pero lo que no vi entonces —y mucha gente sigue aún sin verlo— es esto: yo asumía que si la mente humana acepta una vez que algo es verdad seguirá automáticamente considerándolo como verdad, hasta que aparezca alguna buena razón para reconsiderarlo. De hecho, asumía que la mente humana está completamente regída por la razón. Pero esto no es así. Por ejemplo, mi razón está perfectamente convencida por evidencias válidas de que la anestesia no me asfixia, y que los cirujanos adecuadamente preparados no empezarán a operarme hasta que esté inconsciente. Pero eso no altera el hecho de que cuando me han acostado en la camilla y me ponen esa horrible mascarilla sobre la cara, un pánico totalmente infantil se apodera de mí. Empiezo a pensar que me voy a asfixiar, y temo que empiecen a operarme antes de quedarme dormido del todo. En otras palabras, pierdo mi fe en los anestésicos. No es la razón lo que me despoja de mi fe: por el contrario, mi fe está basada en la razón. Son mi imaginación y mis emociones. La batalla es entre la fe y la razón por un lado y la imaginación por el otro.

Cuando penséis en esto encontraréis muchos ejemplos parecidos. Un hombre sabe, gracias a evidencias perfectamente válidas, que una chica bonita que conoce es una mentirosa y no puede guardar un secreto, y que no debería fiarse de ella. Pero cuando se encuentra con ella su mente pierde su fe en ese fragmento de conocimiento, y empieza a pensar «Puede que esta vez sea diferente», y una vez más comete la tontería de contarle algo que no debería haberle contado. Sus sentidos y sus emociones han destruido su fe en lo que él realmente sabe que es verdad. O tomemos a un chico que está aprendiendo a nadar. Su razón sabe perfectamente bien que un cuerpo humano sin apoyo no necesariamente se hundirá en el agua: ha visto a docenas de personas flotar y nadar. Pero la cuestión está en si seguirá creyendo esto cuando el instructor retire su mano y le deje sin apoyo en el agua... o si dejará súbitamente de creerlo, se asustará y se hundirá.

Lo mismo ocurre con el cristianismo. No le estoy pidiendo a nadie que acepte el cristianismo si su mejor razonamiento le dice que el peso de la evidencia está contra él. Ese no es el punto en el que entra la fe. Pero supongamos que la razón de un hombre decide una vez que el peso de la evidencia está a favor del cristianismo. Yo puedo decirle a ese hombre lo que le pasará en las semanas siguientes. Llegará un momento en el que haya una mala noticia, o tenga un problema, o esté viviendo entre personas que no creen en el cristianismo, y de pronto sus emociones se rebelarán y empezarán a bombardear su creencia. O bien llegará un momento en el que desee a una mujer, o quiera contar una mentira, o se sienta muy complacido consigo mismo, o vea la oportunidad de ganar un poco de dinero de una manera que no es del todo ortodoxa: un momento, de hecho, en el que sería muy conveniente que el cristianismo no fuera verdad. Y una vez más sus deseos y aspiraciones se rebelarán contra él. No estoy hablando de momentos en los que aparezcan auténticas razones en contra del cristianismo. Esos momentos han de ser enfrentados y eso es un asunto diferente. Estoy hablando de momentos en los que un simple cambio de humor se rebela contra él.

Pues bien, la fe, en el sentido en el que utilizo ahora esa palabra, es el arte de aferrarse a las cosas que vuestra razón ha aceptado una vez, a pesar de vuestro cambios de ánimo. Ya que el ánimo cambiará, os diga lo que os diga vuestra razón. Lo sé por experiencia. Ahora que soy cristiano tengo estados de ánimo en los que todo el tema parece muy improbable. Pero cuando era ateo tenía estados de ánimo en los que el cristianismo parecía terriblemente probable. Esta rebelión de vuestros estados de ánimo contra vuestro auténtico yo ocurrirá de todas maneras. Precisamente por eso la fe es una virtud tan necesaria: a menos que les enseñéis a vuestros estados de ánimo «a ponerse en su lugar» nunca podréis ser cristianos cabales, o ni siquiera ateos cabales, sino criaturas que oscilan de un lado a otro, y cuyas creencias realmente dependen del tiempo o del estado de vuestra digestión. En consecuencia es necesario fortalecer el hábito de la fe.

El primer paso es reconocer el hecho de que vuestros estados de ánimo cambian. El siguiente es asegurarse de que, si habéis aceptado el cristianismo, algunas de sus principales doctrinas serán deliberadamente expuestas a vuestra mente todos los días. De ahí que las oraciones diarias, las lecturas religiosas y el acudir a la iglesia son partes necesarias de la vida cristiana. Se nos tiene que recordar continuamente aquello en lo que creemos. Ni esta creencia ni ninguna otra permanecerá automáticamente viva en la mente. Debe ser alimentada. Y, de hecho, si examinásemos a cien personas que hubiesen perdido su fe en el cristianismo, me pregunto cuántas de ellas resultarían haber sido convencidas de su supuesta invalidez por medio de argumentos. La gente, ¿no se va, simplemente, apartando de la fe?

Ahora debo referirme a la fe en su segundo, o más importante, sentido. Y esto es lo más difícil que he tenido que hacer hasta ahora. Quiero acercarme al asunto volviendo el tema de la humildad. Recordaréis que dije que el primer paso hacia la humildad era darse cuenta de que uno es orgulloso. Ahora quiero añadir que el paso siguiente es hacer un intento serio de practicar las virtudes cristianas. Una semana no es suficiente. A menudo las cosas van de maravilla la primera semana. Intentadlo durante seis semanas. Para ese entonces, no habiendo conseguido nada, o incluso habiendo retrocedido aún más del punto donde se empezó, uno habrá descubierto ciertas verdades acerca de sí mismo. Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que ha intentado con todas sus fuerzas ser bueno. Circula la absurda idea de que los buenos no saben lo que es la tentación. Esta es una mentira evidente. Sólo aquellos que intentan resistir la tentación saben lo fuerte que es. Después de todo, se descubre la potencia del ejército alemán luchando contra él, no rindiéndose a él. Se descubre la fuerza de un viento intentando caminar contra él, no echándose al suelo. Un hombre que se rinde a la tentación después de cinco minutos, sencillamente no sabe qué hubiera pasado una hora después. Por eso los malos, en un sentido, saben muy poco de la maldad. Han vivido una vida protegida porque han cedido siempre a ella. Jamás averiguamos la fuerza del impulso de] mal'dentro de nosotros hasta que intentamos luchar contra él, y Cristo, porque fue el único hombre que jamás cedió ante la tentación, es también el único hombre que sabe absolutamente lo que la tentación significa... el único realista total. Muy bien, pues. Lo más importante que aprendemos de un intento serio de practicar las virtudes cristianas es que fracasamos. Si teníamos la idea de que Dios nos había puesto una especie de examen, y de que podíamos obtener buenas notas mereciéndolas, esa idea tiene que ser abandonada. Si teníamos la idea de una especie de pacto —la idea de que podíamos llevar a cabo nuestra parte del contrato y así poner a Dios en deuda con nosotros para que le tocase a Él, por simple justicia, llevar a cabo Su parte del contrato—, esa idea tiene que ser abandonada.

Creo que todos los que creen vagamente en Dios, hasta que se convierten al cristianismo, tienen la idea de un examen, o de un pacto. El primer resultado del auténtico cristianismo es deshacer esa idea en mil pedazos. Cuando descubren que la idea ha volado en mil pedazos, algunos piensan que el cristianismo es un fracaso y renuncian. Parecen imaginar que Dios tiene ideas muy simples. De hecho, por supuesto, El conoce todo esto. Una de las primeras cosas que el cristianismo está destinado a hacer es deshacer esta idea en mil pedazos. Dios ha estado esperando el momento en que descubráis que no es cuestión de sacar una buena nota en ese examen, o de ponerlo a El en deuda con vosotros.

Después viene otro descubrimiento. Todas las facultades que tenemos, nuestra capacidad de pensar o de mover nuestros miembros en todo momento nos son dadas por Dios. Si dedicásemos cada momento de nuestra vida exclusivamente a Su servicio no podríamos darle nada que no fuese, en un sentido, Suyo ya. De modo que cuando hablamos de un hombre que hace algo por Dios, o que le da algo a Dios, os diré a qué se parece esto. Se parece a un niño pequeño que acude a su padre y le dice: «Papá, dame seis peniques para comprarte un regalo de cumpleaños.» Naturalmente, el padre lo hace y se queda encantado con el regalo del niño. Todo está muy bien, pero sólo un idiota pensaría que el padre ha ganado seis peniques en la transacción. Cuando un hombre ha hecho estos dos descubrimientos, Dios puede empezar realmente a trabajar. Es despues de esto cuando empieza la auténtica vida. El hombre ahora está despierto. Podemos proceder a hablar de la fe en el segundo sentido.

Fe 2

Quiero empezar diciendo algo a lo que me gustaría que todos prestaseis especial atención. Y es esto. Si este capítulo no significa nada para vosotros, si parece estar intentando responder a preguntas que jamás habéis hecho, pasadlo por alto. No lo leáis en absoluto. Hay ciertas cosas en el cristianismo que pueden ser comprendidas desde fuera, antes de que os hayáis convertido al cristianismo. Pero hay muchísimas otras que no pueden ser comprendidas hasta que no hayáis recorrido una cieña distancia por el camino cristiano. Estas cosas son puramente prácticas, aunque no lo parecen. Son instrucciones para tratar con diferentes encrucijadas y obstáculos a lo largo del viaje, y no tienen sentido hasta que el hombre no ha llegado a esos lugares. Cada vez que encontréis en escritos cristianos una afirmación que no comprendáis, no os preocupéis. Dejadla. Llegará un día, tal vez años más tarde, en que súbitamente os daréis cuenta de lo que significa. Si uno pudiese comprenderla ahora, sólo podría perjudicarle.

Naturalmente, todo esto habla en contra de mí al igual que de los demás. Puede que lo que voy a intentar explicar en este capítulo esté más allá de mis posibilidades. Tal vez crea que ya he llegado allí aunque no sea así. Sólo puedo pedirles a los cristianos instruidos que estén muy atentos, y me digan cuándo me equivoco; y a otros, que se tomen lo que diga con cierta dosis de ligereza: como algo que les es ofrecido, porque podría servirles de ayuda, y no porque yo esté seguro de tener razón.

Estoy intentando hablar de la fe en el segundo sentido, el sentido más alto. La semana pasada dije que la cuestión de la fe en este sentido surge después de que un hombre ha hecho lo posible por practicar las virtudes cristianas, y ha descubierto su fracaso, y ha visto que incluso si pudiera ponerlas en práctica sólo le estaría devolviendo a Dios lo que ya es de Dios. En otras palabras, descubre su insolvencia. Pues bien; una vez más, lo que a Dios le importa no son exactamente nuestras acciones. Lo que le importa es que seamos criaturas de una cierta calidad —la clase de criaturas que El quiso que fuéramos—, criaturas relacionadas con El de una cierta manera. No añado «y relacionadas entre ellas de una cierta manera», porque eso ya está incluido: si estáis a bien con Él inevitablemente estaréis a bien con todas las demás criaturas, del mismo modo que si todos los rayos de una rueda encajan correctamente en el centro y en el aro estarán inevitablemente en la posición correcta unos con respecto de otros. Y mientras un hombre piense en Dios como en un examinador que le ha puesto una especie de examen, o como la parte contraria en una especie de pacto —mientras esté pensando en reclamaciones y contrarreclamaciones entre él y Dios— aún no está en la relación adecuada con El. No ha comprendido lo que él es o lo que Dios es. Y no puede entrar en la relación adecuada con Dios hasta que no haya descubierto el hecho de nuestra insolvencia.

Cuando digo «descubierto» realmente quiero decir descubierto: no simplemente repetido como un loro. Naturalmente, todo niño, si recibe una cierta clase de educación religiosa, pronto aprenderá a decir que no tenemos nada que ofrecerle a Dios que no sea ya Suyo, y que ni siquiera le ofrecemos eso sin guardarnos algo para nosotros. Pero estoy hablando de descubrir esto realmente: descubrir por experiencia que esto es verdad.

Ahora bien: no podemos, en ese sentido, descubrir nuestro fracaso en guardar la ley de Dios, salvo haciendo todo lo posible por guardarla y después fracasando. A menos que realmente lo intentemos, digamos lo que digamos, en lo más recóndito de nuestra mente siempre estará la idea de que si la próxima vez lo intentamos con mayor empeño conseguiremos ser completamente buenos. Así, en un sentido, el camino de vuelta hacia Dios es un camino de esfuerzo moral, de intentarlo cada vez con más empeño. Pero en otro sentido, no es el esfuerzo lo que nos va a llevar de vuelta a casa. Todo este esfuerzo nos lleva a ese momento vital en el que nos volvemos a Dios y le decimos: «Tú debes hacerlo. Yo no puedo.» No empecéis, os lo imploro, a preguntaros: «¿He llegado yo a ese momento?» No os sentéis a contemplar vuestra mente para ver si va haciendo progresos. Eso le desvía mucho a uno. Cuando ocurren las cosas más importantes de nuestra vida, a menudo no sabemos, en ese momento, lo que está sucediendo. Un hombre no se dice a menudo: «¡Vaya! Estoy madurando.» Muchas veces es sólo cuando mira hacia atrás cuando se da cuenta de lo que ha ocurrido y lo reconoce como lo que la gente llama hombre que empieza a observar ansiosamente si se va a dormir o no es muy probable que permanezca despierto. Del mismo modo, aquello de lo que estoy hablando ahora puede no ocurrirle a todos como un súbito relámpago —como le ocurrió a San Pablo o a Bunyan—: tal vez sea tan gradual que nadie pueda señalar una hora en particular o incluso un año en particular. Y lo que importa es la naturaleza del cambio en sí, no cómo nos encontramos mientras está ocurriendo. Es el cambio de sentirnos confiados en nuestros propios esfuerzos al estado en que desesperamos de hacer nada por nosotros mismos y se lo dejamos a Dios.

Sé que las palabras «dejárselo a Dios» pueden ser mal interpretadas, pero por el momento deben quedar ahí. El sentido en el que un cristiano se lo deja a Dios es que pone toda su confianza en Cristo; confía en que Cristo de alguna compartirá con él la perfecta obediencia humana que llevó a cabo desde Su nacimiento hasta Su crucifixión: que Cristo hará a ese hombre más parecido a Él y que, en cierto sentido, hará buenas sus deficiencias. En el lenguaje cristiano, compartirá Su «filiación» con nosotros; nos convertirá, como El, en Hijos de Dios. En el Libro IV intentaré analizar un poco más el significado de estas palabras. Si preferís verlo de este modo, Cristo nos En cierto modo, toda la vida cristiana consiste en aceptar este asombroso ofrecimiento. Pero la dificultad está en alcanzar el punto en el que reconocemos que todo lo que hemos hecho y podemos hacer es nada. Lo que nos habría gustado es que Dios hubiera tenido en cuenta nuestros puntos a favor y hubiese ignorado nuestros puntos en contra. Una vez más, en cierto modo, puede decirse que ninguna tentación es superada hasta que no dejamos de intentar superarla... hasta que no tiramos la toalla. Pero, claro, no podríamos «dejar de intentarlo» del modo adecuado y por la razón adecuada hasta que no lo hubiéramos intentado con todas nuestras fuerzas. Y, en otro sentido aún, dejarlo todo en manos de Cristo no significa, naturalmente, que dejemos de intentarlo. Confiar en Él quiere decir, por supuesto, intentar hacer todo lo que El dice. No tendría sentido decir que confiamos en una persona si no vamos a seguir su consejo. Así, si verdaderamente os habéis puesto en Sus manos, de esto debe seguirse que estáis tratando de obedecerle. Pero lo estáis haciendo de una manera nueva, de una manera menos preocupada. No haciendo estas cosas para ser salvados, sino porque El ya ha empezado a salvaros. No la esperanza de llegar al Cielo como recompensa de vuestras acciones, sino inevitablemente queriendo comportaros de una cierta manera porque una cierta visión del Cielo ya está dentro de vosotros.

Los cristianos a menudo han discutido sobre si lo que conduce al cristiano de vuelta a casa son las buenas acciones o la fe en Cristo. En realidad yo no tengo derecho a hablar de una cuestión tan difícil, pero a mí me parece algo así como preguntar cuál de las dos cuchillas de una tijera es la más útil. El que tiréis la toalla. La fe en Cristo es lo único que en ese punto os salvará de la desesperación: y de esa fe en El deben venir inevitablemente las buenas acciones. Hay dos parodias de la verdad de las que diferentes grupos de cristianos han sido, en el pasado, acusados de creer por otros cristianos: tal vez nos ayuden a ver más claramente la verdad. Uno de los grupos fue acusado de decir: «Las buenas acciones son lo único que importa. La mejor de las buenas acciones es la caridad. La mejor clase de caridad es dar dinero. La mejor cosa a la que dar dinero es la Iglesia. De modo que dadnos 10.000 libras y nosotros os ayudaremos.» La respuesta a esta insensatez, por supuesto, sería que las buenas acciones hechas por ese motivo, hechas con la idea de que el Cielo puede comprarse, no serían buenas acciones en absoluto, sino sólo especulaciones comerciales. Al otro grupo se le acusó de decir «La fe es lo único que importa. En consecuencia, si tenéis fe, no importa lo que hagáis. Pecad sin tasa, amigos míos, y pasadlo bien, y Cristo se ocupará de que al final eso no importe.» La respuesta a esta insensatez es que, si lo que llamáis vuestra «fe» en Cristo no implica prestar la menor atención a lo que Él dice, entonces no es fe en absoluto... no es fe ni confianza en El, sino sólo aceptación intelectual de alguna teoría acerca de El.

La Biblia parece dar por zanjado el asunto cuando pone 1 esa frase es: «Trabajad en vuestra propia salvación con temor y estremecimiento», lo que hace pensar que todo depende de nosotros y de nuestras buenas acciones. Pero la segunda mitad dice: «Porque es Dios quien trabaja en vosotros», lo que hace pensar que Dios lo hace todo y nosotros nada. Me temo que esa es la clase de cosa con la que nos encontramos en el cristianismo. Estoy intrigado, pero no sorprendido. Porque ahora estamos intentando comprender, y separar en compartimentos estancos, exactamente lo que hace Dios y lo que hace el hombre cuando Dios y el hombre trabajan juntos. Y, naturalmente, empezamos por pensar que es como dos hombres que trabajan juntos, de modo que se podría decir: «El hizo esto, y yo hice aquello.» Pero esta manera de pensar hace agua. Dios no es así. El está dentro de vosotros además de fuera; incluso si pudiéramos comprender quién hace qué, no creo que el lenguaje humano pudiera expresarlo adecuadamente. En un intento de expresarlo, diferentes Iglesias dicen cosas diferentes. Pero encontraréis que incluso aquellos que insisten con más vehemencia en la importancia de las buenas acciones os dicen que necesitáis fe; e incluso aquellos que insisten con más vehemencia en la fe os dicen que hagáis buenas acciones. En todo caso yo no voy a pasar de aquí.

Creo que todos los cristianos estarán de acuerdo conmigo si digo que a pesar de que el cristianismo parece en un principió tratar sólo de moralidad, sólo de reglas y deberes y culpa y virtud, nos conduce más allá de todo eso hasta algo que lo trasciende. Uno tiene una visión de un país en el que no se habla de esas cosas, salvo tal vez en broma. Todos los que allí habitan están llenos de lo que llamamos bondad del mismo modo que un espejo está lleno de luz. Pero ellos no lo llaman bondad. No lo llaman nada. Ni siquiera piensan en ello. Están demasiado ocupados mirando la fuente de la que ello mana. Pero esto se acerca al punto en que el camino pasa más allá de los confines de nuestro mundo. No hay nadie cuyos ojos puedas ver mucho más allá de eso. Pero los ojos de mucha gente pueden ver más lejos que los míos. 



Moral sexual

Debemos considerar ahora la moral cristiana en lo que respecta al sexo: lo que los cristianos llaman la virtud de la castidad. La regla cristiana de la castidad no debe ser confundida con la regla social de la «modestia» (en un sentido de la palabra); i.e. buena crianza o decencia. La regla social de la decencia establece qué porción del cuerpo humano debería ser enseñada y a qué temas debe referirse, y qué palabras deben usarse, según las costumbres de un cierto círculo social. Así, mientras que la regla de castidad es la misma para todos los cristianos de todos los tiempos, la regla de la decencia cambia. Una muchacha de una isla, del Pacífico que apenas lleva ropa encima y una dama victoriana completamente cubierta de ropa podrían ser igualmente «modestas» o decentes, según las normas de la sociedad en que viven, y ambas, por lo que podamos saber de su indumentaria, podrían ser igualmente castas (o igualmente impuras). Parte del lenguaje que utilizaban las mujeres castas en la época de Shakespeare habría sido utilizado en el siglo XIX sólo por mujeres totalmente licenciosas. Cuando las gentes transgreden las reglas de la decencia común de su época y lugar, si lo hacen para excitar la lujuria en ellos mismos o en los demás, están pecando contra la castidad. Pero si las transgreden por ignorancia o descuido sólo son culpables de mala educación. Cuando, como ocurre a menudo, las transgreden como un desafío para escandalizar o avergonzar a los demás, no están actuando en contra de la castidad sino de la caridad: ya que es poco caritativo complacerse con la incomodidad de los demás. Yo no creo que unas reglas de la decencia muy estrictas o puntillosas sean prueba de castidad o ayuden a ella, y por lo tanto considero que la gran relajación y simplificación de esas reglas que ha tenido lugar en la época en que vivo son una buena cosa. En el momento actual, sin embargo, esto tiene el inconveniente de que personas de diferentes tipos y edades no reconocen todas el mismo patrón, y no sabemos dónde nos encontramos. Mientras dure esta confusión opino que la gente mayor, o los más anticuados, deberían cuidarse de no asumir que los jóvenes o los «emancipados» son corruptos cuando su conducta es impropia (según las antiguas normas); Y que, a su vez, los jóvenes no deberían llamar puritanos a sus mayores porque no adoptan las nuevas normas con facilidad. Un auténtico deseo de creer todo lo bueno que se pueda de los demás y hacer que se sientan lo más cómodos posible resolverá la mayor parte de los problemas.

La castidad es la menos popular de las virtudes cristianas. No hay manera de evitarla: la antigua norma cristiana es «O boda, con fidelidad absoluta a la pareja, o la abstinencia total». Esto es tan difícil y tan contrario a nuestros instintos que, evidentemente, o el cristianismo se equivoca o nuestro instinto sexual, tal como es en la actualidad, se ha desvirtuado. Una de dos. Naturalmente, siendo cristiano, creo que es el instinto lo que se ha desvirtuado.

Pero tengo otras razones para pensar así. La finalidad biológica del sexo es la procreación, del mismo modo que el fin biológico de comer es restaurar el cuerpo. Pero si comemos cada vez que nos venga en gana y todo cuanto queramos, es indudable que la mayoría de nosotros comerá en exceso, aunque no es un exceso irreparable. Un hombre puede comer por dos, pero no puede comer por diez. El apetito va un poco más allá de su finalidad biológica, pero no enormemente. Pero si un hombre joven y sano satisfaciera su apetito sexual cada vez que se sintiera inclinado a ello, y si cada uno de sus actos produjera un hijo, en diez años podría poblar con facilidad una pequeña villa. Este apetito está en absurda y excesiva desproporción con su función.

O considerémoslo de otra manera. Podemos reunir un público considerable para un número de strip-tease; es decir, para contemplar cómo una mujer se desnuda en un escenario. Supongamos que llegamos a un país donde podría llenarse un teatro sencillamente presentando en un escenario una fuente cubierta, y luego levantando lentamente la tapa para dejar que todos vieran, justo antes de que se apagasen las luces, que esta contenía una chuleta de cordero o una loncha de tocino, ¿no pensaríais que en ese país algo se había desvirtuado en lo que respecta al apetito por la comida? ¿Y no pensaría alguien que hubiese crecido en un mundo diferente que algo igualmente extraño ha ocurrido en lo que respecta al instinto sexual entre nosotros?

Un crítico ha dicho que si él encontrase un país en el que números de strip-tease con la comida fueran populares llegaría a la conclusión de que las gentes de ese país se estaban muñendo de hambre. Lo que quiere decir, por supuesto, es que cosas tales como el número de strip-tease serían el resultado no de la corrupción sexual sino de la inanición sexual. Estoy de acuerdo con él en que si, en un país extraño, descubriésemos que números similares con chuletas de cordero fueran populares, una de las posibles explicaciones que se me ocurriría sería la hambruna. Pero el próximo paso sería poner a prueba esa hipótesis averiguando si, de hecho, en ese país se consumía poca o mucha comida. Si la evidencia demostrase que se comía mucho, tendríamos, naturalmente, que abandonar nuestra hipótesis de la hambruna e intentar pensar en otra. Del mismo modo, antes de aceptar la inanición sexual como la causa del strip-tease, deberíamos buscar pruebas de que existe, de hecho, más abstinencia sexual en nuestra época que en aquellas épocas en las que cosas como el strip-tease eran desconocidas. Pero es indudable que tales pruebas no existen. Los anticonceptivos han hecho de la permisividad sexual algo mucho menos costoso dentro del matrimonio y mucho más seguro fuera de él que en ninguna otra época, y la opinión pública es menos hostil a las uniones ilícitas, e incluso a la perversión, que lo ha sido desde los tiempos desde los tiempos paganos. Tampoco es la hipótesis de la «hambruna» sexual la única que podemos imaginar. Todos sabemos que el apetito sexual, como otros de nuestros apetitos, aumenta con su satisfacción. Los que se mueren de hambre pueden pensar mucho en la comida, pero también lo hacen los glotones; a los ahitos, igual que a los hambrientos, les gusta la tentación.

Y he aquí un tercer punto. Encontramos a muy poca gente que quiera comer cosas que no son realmente comida o hacer con la comida otra cosa que no sea comer. En otras palabras, las perversiones del apetito por la comida son raras. Pero las perversiones del instinto sexual son numerosas, difíciles de curar y terribles. Siento tener que entrar en todos estos detalles, pero debo hacerlo. La razón por la que debo hacerlo es que vosotros o yo, a lo largo de los últimos veinte años, hemos sido permanentemente alimentados de rotundas mentiras acerca del sexo. Se nos ha dicho, hasta que nos hemos hartado de escucharlo, que el deseo sexual está en el mismo estado que cualquier otro de nuestros deseos naturales, y que sólo con que abandonemos nuestra anticuada idea victoriana de silenciarlo, todo en el jardín será bellísimo. Esto no es cieno. En cuanto consideramos los hechos, e ignoramos la propaganda, vemos que no es así.

Nos dicen que el sexo se ha convertido en un lío porque ha sido mantenido en secreto. Pero a lo largo de los últimos veinte años no ha sido mantenido en secreto. Se ha hablado de él en todo momento. Y sin embargo sigue siendo un lío. Si el hecho de mantenerlo en secreto hubiera sido la razón del problema, el hablar de él lo hubiera solucionado. Pero no ha sido así. Yo creo que ha sido al revés. Creo que la raza humana lo mantuvo originalmente en secreto porque se había convertido en un lío tal. La gente moderna siempre está diciendo: «El sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos.» Pueden querer decir dos cosas. Pueden querer decir «No hay nada de qué avergonzarse en el hecho de que la raza humana se reproduce de una cierta manera, ni en el hecho de que esto produzca placer.» Si se refieren a eso, tienen razón. El cristianismo dice lo mismo. El problema no es el hecho en sí, ni el placer que produce. Los antiguos maestros cristianos dicen que si el hombre no hubiera caído, el placer sexual, en vez de ser menor de lo que es ahora, sería en realidad mayor. Sé que algunos cristianos confundidos han hablado como si el cristianismo pensara que el sexo, o el cuerpo, o el placer fueran malos en sí mismos. Pero se equivocaban. El cristianismo es casi la única de las grandes religiones que aprueba el cuerpo totalmente, que cree que la materia es buena, que Dios mismo tomó una vez un cuerpo humano, que recibiremos alguna especie de cuerpo en el cielo y que este será una parte esencial de nuestra felicidad, de nuestra belleza y nuestra energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que ninguna otra religión, y casi toda la mejor poesía de amor del mundo ha sido escrita por cristianos. Si alguien dice que el sexo, en sí mismo, es malo, el cristianismo le contradice inmediatamente. Pero, por supuesto, cuando la gente dice: «El sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos», puede querer decir «el estado en el que se encuentra ahora el instinto sexual no es nada de lo que debamos avergonzarnos».

Si es esto lo que quieren decir creo que están equivocados. Opino que debemos avergonzarnos de ello, y mucho. No hay nada de qué avergonzarse en el hecho de disfrutar de la comida, pero sí habría de qué avergonzarse si la mitad del mundo hiciera de la comida el mayor interés de su vida y pasara el tiempo mirando fotografías de comida, babeando y chasqueando los labios. Yo no digo que vosotros o yo seamos responsables de la situación actual. Nuestros antepasados nos han legado organismos que se han torcido en este aspecto, y crecemos rodeados de propaganda en favor de la libertad sexual. Hay gente que quiere mantener nuestro instinto sexual inflamado para sacar dinero de ello. Porque, naturalmente, un hombre con una obsesión es un hombre que tiene muy poca resistencia a lo que pueda vendérsele. Dios conoce nuestra situación; no nos juzgará como si no tuviéramos dificultades que sortear. Lo que importa es la sinceridad y perseverancia de nuestra voluntad para sortearlas.

Antes de poder ser curados debemos querer ser curados. Aquellos que realmente desean ayuda la obtendrán; pero para mucha gente moderna incluso este deseo es difícil. Es fácil pensar que queremos una cosa cuando realmente no la queremos. Un famoso cristiano nos dijo hace mucho tiempo que cuando era joven rezaba constantemente pidiendo la castidad, pero que muchos años más tarde se dio cuenta de que mientras sus labios decían «Dios mío, dame la castidad», su corazón añadía secretamente: «... pero no todavía». Esto también puede ocurrir en nuestras oraciones con respecto a otras virtudes, pero hay tres razones por las que ahora nos es especialmente difícil desear —para no hablar de conseguir— la castidad completa.

En primer lugar, nuestra naturaleza caída, los demonios que nos tientan y toda la propaganda contemporánea en favor de la lujuria se combinan para hacernos sentir que los deseos a los que nos resistimos son tan «naturales», tan «sanos» y tan razonables que es casi perverso resistirse a ellos. Cartel tras cartel, película tras película, novela tras novela asocian la idea de la permisividad sexual con las de la salud, la normalidad, la juventud, la franqueza y el buen humor. Esta asociación es una mentira. Como todas las mentiras poderosas, está basada en una verdad, la verdad, reconocida más arriba, de que el sexo en sí (aparte de los excesos y las obsesiones que han crecido a su alrededor) es «normal» y «sano» y todo lo demás. La mentira consiste en pretender que todo acto sexual al que te sientes tentado es ipso facto saludable y normal. Pues bien; esto cualquier punto de vista, y sin ninguna relación con el cristianismo, tiene que ser una insensatez. Ceder a todos nuestros deseos evidentemente conduce a la impotencia, la enfermedad, los celos, la mentira, la ocultación y todo aquello que es lo opuesto a la felicidad, la franqueza y el buen humor. Para cualquier tipo de felicidad, incluso en este mundo, se necesitará una gran dosis de control, de modo que lo que pretende cualquier clase de deseo fuerte, ser sano y razonable, no cuenta para nada. Todo hombre cuerdo y civilizado debe tener un conjunto de principios según los cuales elija rechazar algunos de sus deseos y permitir otros. Un hombre hace esto basándose en los principios cristianos; otro, en principios de higiene; otro, en principios sociológicos. El verdadero conflicto no está entre el cristianismo y la «naturaleza», sino entre los principios cristianos y otros principios en el control de la «naturaleza». Puesto que la «naturaleza» (en el sentido de los deseos naturales) tendrá que ser controlada de todos modos, a menos que uno prefiera arruinar toda su vida. Es cosa admitida que los principios cristianos son mas estrictos que otros, aunque pensamos que recibiréis una ayuda para obedecerlos que no recibiréis para obedecer a los otros.

En segundo lugar, muchos se arredran ante la perspectiva de intentar seriamente la práctica de la castidad cristiana porque creen (antes de intentarlo) que esto es imposible. Pero cuando algo ha de ser intentado, nunca se debe pensar en la posibilidad o la imposibilidad. Enfrentado a una pregunta opcional en un examen, uno considera si puede contestarla o no; enfrentados a una pregunta obligatoria, uno ha de hacer lo que pueda. Podemos obtener una nota por una respuesta muy poco correcta, pero no recibiremos ninguna si dejamos la pregunta sin contestar. No sólo en los exámenes, sino también en las guerras, en el alpinismo, en aprender a patinar, a nadar, a montar en bicicleta, incluso a abotonarse un cuello duro con los dedos entumecidos, la gente a menudo hace lo que parecía imposible antes de que lo hicieran. Es maravilloso lo que podemos hacer cuando tenemos que hacerlo.

Podemos ciertamente estar seguros de que la castidad perfecta, como la caridad perfecta, no serán alcanzadas por nuestros meros esfuerzos humanos. Debemos pedir la ayuda de Dios. Incluso cuando esto ya se ha hecho es posible que os parezca que durante mucho tiempo ninguna ayuda, o menos de la que necesitáis, os es otorgada. No importa. Después de cada fracaso, pedid perdón, levantaos del suelo y volved a intentarlo. Muy a menudo, lo que Dios nos otorga primero no es la virtud en sí sino este poder de volver a intentarlo de nuevo. Pues por muy importante que sea la castidad (o el valor, la sinceridad, o cualquier otra virtud), este proceso nos entrena en hábitos del alma que son más importantes todavía. Nos cura de nuestras ilusiones con respecto a nosotros mismos y nos enseña a depender de Dios. Por un lado, aprendemos que no podemos confiar en nosotros mismos ni siquiera en nuestros mejores momentos y, por el otro, que no debemos desesperar ni en nuestros peores momentos, porque nuestros fracasos son perdonados. La única cosa fatal es sentirse satisfecho con cualquier cosa que no sea la perfección.

En tercer lugar, la gente a menudo malinterpreta lo que la psicología nos enseña acerca de las «represiones». La psicología nos enseña que el sexo «reprimido» es peligroso. Pero «reprimido» es aquí una palabra técnica: no significa «suprimido» en el sentido de «negado» o «resistido». Un deseo o pensamiento reprimido es uno que ha sido relegado al subconsciente (generalmente a una edad muy temprana) y que puede presentarse ahora a la conciencia sólo de un modo disfrazado e irreconocible. La sexualidad reprimida no le parece al paciente sexualidad en absoluto. Cuando un adolescente o un adulto se ocupa de resistir un deseo consciente, no está tratando con una represión ni está en el menor peligro de crear una represión. Por el contrario; aquellos que seriamente intentan practicar la castidad son más conscientes, y pronto saben mucho más acerca de su propia sexualidad que ningún otro. Llegan a saber de sus deseos como Wellington sabía de Napoleón, o Sherlock Holmes de Moriarty; como un cazador de ratas sabe de ratas o un fontanero de tuberías que pierden agua. La virtud —incluso la virtud que se intenta— trae consigo la luz; la permisividad trae las tinieblas.

Finalmente, aunque he tenido que extenderme un poco en el tema del sexo, quiero dejar tan claro como sea posible que el centro de la moral cristiana no está aquí. Si alguien piensa que los cristianos consideran la falta de castidad como el vicio supremo, está del todo equivocado. Los pecados de la carne son malos, pero son los menos malos de todos los pecados. Los peores placeres son puramente espirituales: el placer de dejar a alguien en ridículo, el placer de dominar, de tratar con despreció, de denigrar; el placer del poder o del odio. Puesto que hay dos elementos en mí, compitiendo con el ser humano en el que debo intentar convertirme. Estos son el ser Animal y el ser Diabólico. El ser Diabólico es el peor de los dos. Por eso un hipócrita frío y autocomplaciente que acude regularmente a la iglesia puede estar mucho más cerca del infierno que una prostituta. Aunque, naturalmente, es mejor no ser ninguna de las dos cosas.