martes, 14 de junio de 2016

¿Qué es la fe?

de internet


COLECCIÓN TEOLOGÍA PARA TODOS        40



 
 
 
 
¿Qué es la fe?
Joseph Cahill, S. J.
EDITORIAL SAL TERRAE
 

I.                    ACTOS DE FE O CREENCIAS

Cuando subes a un avión, crees que el piloto es competente, aunque normalmente no habrás examinado ni inspeccionado su pericia para pilotar un avión.
Cuando cruzas un puente, crees que el puente resistirá aunque normalmente no habrás examinado los píanos y la estructura del puente.
Cuando entras en un restaurante, miras la carta y pides tu comida, crees tanto en la competencia como en la buena voluntad de los cocineros. Crees que no confundirán, intencionada o accidentalmente, la pimienta con arsénico.
Al leer este folleto, crees que el hombre que figura como autor lo escribió realmente.
Si no tienes una educación científica adecuada, crees la fórmula de Einstein que relaciona la masa con la energía: E = mc2. Puedes creer también la teoría de Sommerfeld de las órbitas atómicas. Igualmente crees que el sol dista de la tierra aproximadamente 149 millones de kilómetros y que un rayo de sol tarda en recorrer esta distancia alrededor de ocho minutos.
Ninguna de estas creencias es tan evidente como el hecho de que estás ahora leyendo. Y aunque pudieras comprobar y examinar la competencia del piloto, la solidez del puente, la pericia y la buena intención del cocinero, el origen de este folleto y las afirmaciones científicas más ocultas, la verdad es que normalmente creerás estos hechos. No conoces los hechos como conoces que estás vivo, o que estás leyendo, o que puedes pensar. No obstante, gran parte de la vida diana nos hace presumir con razón que se puede aceptar un modo de conocimiento basado en las palabras o las obras de otra persona.
Hay aún otro modo de creer en nuestra vida diana. El vendedor cree que puede vender sus productos. El futbolista profesional cree que es competente. Antes de tener ninguna experiencia ni ningún conocimiento directo la joven cree que puede educar a sus hijos, controlarlos y dirigirlos. Los comunistas creen que su sistema puede conquistar el mundo.
Creer, pues, no es un prejuicio, sino una parte de la existencia y las posibilidades humanas.

II.                  LA CIENCIA Y LA FE

El estudiante de química cree que le es útil estudiar química. Cree que es capaz de llegar a solucionar algo. Después cree a sus colegas químicos. Cree a aquellos que le han precedido y han llegado a conclusiones útiles, y cree que los que ahora trabajan harán descubrimientos interesantes y provechosos.
Creer es parte de la vida, aun de la que llamamos vida estrictamente científica.
Creer la palabra o la obra de alguien es absolutamente vital en la educación y el progreso científico, creen a sus colegas. El matemático puede usar una regla de cálculo sin tener que molestarse en examinar por sí mismo la exactitud de los cálculos. Basándose en las palabras y las obras de sus colegas, los científicos son capaces de descubrir nuevos campos. No necesitan comprobar las palabras de cada uno de los científicos de quienes dependen, ya que creen en la competencia y el progreso. Y creen en los individuos particulares. Por tanto, el conocimiento crece y se desarrolla. Es, pues, verdad afirmar que la fe no es un principio opuesto a la ciencia. El progreso de la ciencia depende en la actualidad de la fe en las palabras y las obras de los  demás. Sin fe seguiríamos siendo hombres primitivos.
Por muy simples que estos actos puedan parecer, analizándolos, nos encontramos con que son el resultado de un proceso. El padre Bernard Lonergam ha resumido así este proceso:
 1. El que cree debe pensar que su creencia es razonable. Debe pensar que el origen de la creencia (un profesor, un libro, un colega científico) es digno de confianza. Debe pensar que la información que se le ha comunicado es exacta.
 2. El que cree puede reflexionar y ver el valor de esta creencia.
 3. Puede entonces decidirse a creer, y esto le lleva al último paso: el asentimiento actual de la fe.
En todo acto de fe se realiza este proceso y aparece explícitamente si se examina con diligencia.
Por ello, tanto el hombre medio como el técnico, asiente frecuentemente a algo fiados en la palabra o ¡a obra de otro. Esto es el acto de fe. Y en el acto de fe puede analizarse un proceso común a todos los actos de fe. Es inteligente hacer actos de fe. Del mismo modo es también humano y necesario.
Supongamos que te digo que el título “Hijo del Hombre” lo usa frecuentemente Jesús en los tres primeros Evangelios para designar su obra, humilde y majestuosamente a la vez; para indicar que Jesús redimirá al hombre como el Siervo Doliente de Isaías, y para significar que Jesús será exaltado como el Mesías celestial.
 Tiene varias alternativas. Puedes pasar por alto esa afirmación sin pensar en ella. Puedes no creerla. Puedes creerla. Puedes examinarla concienzudamente por ti mismo, valiéndote del Nuevo Testamento, examinando todo lo que puede referirse a ella.
Si escoges creer, debes pensar que la creencia es razonable. Debes pensar igualmente que la persona que hace la afirmación sobre el “Hijo del Hombre” es digna de confianza y competente. Después debes pensar que la información acerca del uso del “Hijo del Hombre” te ha sido comunicada con fidelidad. Errores de imprenta, adiciones o sustracciones de palabras, pueden cambiar el sentido.
Entonces puedes reflexionar sobre la afirmación “Hijo del Hombre”, viendo que creer en su significado te dará un conocimiento nuevo y razonable de esta frase, al leer los Evangelios y al oír las palabras en algún sermón. Puedes decirte a ti mismo que la afirmación “Hijo del Hombre” te ofrece un conocimiento más profundo de los Evangelios» Es, pues, digno de creerse.
Este proceso, que normalmente se realiza con rapidez, te lleva a una decisión positiva, a creer. Entonces haces tu acto de fe en la afirmación, “Hijo del Hombre”. Tal es el análisis del proceso.

III. EL ACTO DE FE DIVINA

Examinemos un acto de fe particular, un acto de fe basado en la palabra de Dios, una fe en la palabra de Dios.
Más adelante veremos con mayor claridad que el acto de £e divina es totalmente diferente de los ejemplos anteriores. Pero tenemos que recordar antes que hacemos muchos actos de fe. Por tanto, la fe no puede carecer de significado en la vida humana. Esto es verdad, con mucha más razón, cuando hablamos de un acto de fe divina, un acto de fe en la palabra de Dios.
Nos estamos refiriendo a un acto de fe hecho por un hombre con la ayuda de Dios. En los actos de fe estrictamente humana no se precisa ayuda especial de la gracia de Dios. Por esto, hay una dimensión nueva de la gracia, que hace que el acto de fe divina sea distinto de los actos ordinarios de la fe humana. El hombre hace el acto de fe divina, pero Dios capacita al hombre para hacer este acto de fe y Dios da al hombre la ayuda actual que exige el creer. El examinar la naturaleza y cualidad de esta ayuda no entra ahora en nuestro propósito.
El origen de la fe, el aumento de la fe y el deseo de creer fueron descritos en el año 529 por el Concilio de Orange, como aquello “por lo que creemos en Aquel, que justifica al pecador” (Canon 5). El origen de la fe, el deseo de creer, el aumento de la fe, todo nos viene con la iluminación e inspiración del Espíritu Santo que comunica a todo una cierta facilidad en la fe.
La voz de la Iglesia, en el Concilio de Trento en enero de 1547, describió la acción de Dios como un “toque al corazón por medio de la luz del Espíritu Santo” (Decreto sobre la justificación, cap. 5).
En abril de 1870, en el Concilio Vaticano, la Iglesia Católica repitió sus afirmaciones y dijo que la fe es algo sobrenatural y fuera del alcance de los poderes meramente humanos. Añadió que Dios ayuda al hombre con su gracia, y que el hombre cree no porque vea con su razón natural, sino sólo porque Dios, que no puede engañarnos ni engañarse, ha hablado. Este acto de fe es al que el Concilio de Trento llama “fundamento y fuente de la justificación, sin el que es imposible agradar a Dios y llegar a ser compañeros de sus hijos”. (Decreto sobre la justificación, cap. 8). Esta es la fe por la que el justo vive y es éste el acto de fe que examinaremos en el Antiguo Testamento, en los sermones de los Hechos de los Apóstoles, en la experiencia de Pablo en Damasco, en los Evangelios y en los dos grandes pensadores católicos que escribieron después del Nuevo Testamento.

IV.  LA IGLESIA CATÓLICA Y LA FE

Es de suponer que los que lean estas páginas serán o católicos que creen y que han hecho y seguirán haciendo actos de fe divina, o no católicos pero desearán conocer más acerca de la enseñanza católica sobre la fe. Por ello, suponemos que nuestros lectores estarán interesados por comprender y apreciar los actos de fe característicos de la tradición católica en todo tiempo y cultura. “La curiosidad” decía Samuel Johnson “es una característica constante y cierta de una inteligencia poderosa”. Ciertamente una mente católica debería sentir curiosidad por el acto de fe divina.
La Iglesia católica no es una sociedad de filósofos. Tampoco es un conjunto de dogmas, sino más bien, como la ha descrito el profesor Charles Donahue, “una sociedad sobrenatural que profesa una sabiduría sobrenatural”. Esta sabiduría sobrenatural se halla y se experimenta personalmente por medio de un acto de fe.
Ciertamente, comprender el acto de fe no debe fundirse con hacer el acto de fe. La comprensión no aumenta por sí misma la fe. Pero el hombre que hace el acto de fe es un ser racional, la inteligencia le exige interés por comprender el acto de fe, que le ofrece al hombre por sí mismo una sabiduría sobrenatural. Si el acto de fe divina va acompañado por investigación y comprensión, se incrementará el aprecio de esta sabiduría sobrenatural de la que todo católico es heredero.

V. LA FE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

(a)   Habla Dios

Los hebreos estaban convencidos de que Dios hablaba al hombre. El Señor mandó a Abram que abandonara su tierra, sus parientes y el hogar de sus padres. El Señor indicó a Abram que se dirigiese a la tierra que El le mostraría, la tierra en la que establecería una gran nación, una nación en la que los hombres sería más numerosos que las estrellas del cielo y las arenas de la tierra. “Abram se marchó como le había mandado el Señor” (Gen. 12,4).
Más tarde el Señor volvió a hablar a Abram y estableció con él un pacto. El Señor mandó a Abram que guardase su pacto. Si lo hacía, el Señor sería el Dios de los israelitas. Igualmente, Dios habló a los descendientes de Abraham (cuyo nombre había sido cambiado en el momento de la Alianza). Dios habló a Isaac y Jacob.
Dios habló repetidas veces a Moisés quien tuvo que conducir a los israelitas del cautiverio, a la tierra prometida. Dios habló a los Jueces que gobernaron en Israel cuando “cada uno hacía lo que mejor le parecía”. (Jueces 17,6). Habló también a Isaías, jeremías, Ezequiel y a los demás profetas.
Así habló Dios a los israelitas por medio de todos estos hombres. Habló para mostrar a los hombres su plan, y exigió que el hombre respondiese a ese plan. En el Antiguo Testamento, esta respuesta humana se describe como la fe. Fue esta fe la que dio sentido. Dignidad y solidez a los israelitas a lo largo de su historia.

(b)   El hombre responde

En el Antiguo Testamento, pues, la fe es una respuesta del hombre a Dios que habla. Los israelitas conocían a Dios como el Creador de cielos y tierra. “En sus manos tiene toda la extensión de la tierra, y suyos son los más encumbrados montes. Suyo es el mar, pues El lo hizo; y hechura de sus manos es la tierra”. (Salmos 94, 4-5).
Si Dios habló a este mundo, lo hizo a través de sus patriarcas y profetas y los israelitas tenían que responderle obedeciendo el pacto en todas sus exigencias ordenanzas. La fe para los israelitas era confianza en que Dios cumpliría sus promesas Esta fe era al mismo tiempo para los israelitas de la antigüedad un acto de obediencia y fidelidad a la alianza con Dios.
Para el israelita la respuesta debía ser total ya que era un acto del hombre. La fe envolvía toda su personalidad, no una u otra potencia únicamente. El israelita no podía concebir que un hombre creyese en Dios con su inteligencia y dejase de cumplir las exigencias de Dios. Para el israelita la respuesta de la fe era total ya que era un acto de fe en Dios que necesariamente incluía la adhesión a las reglas y normas prescritas en la Ley.
La fe de los israelitas no podía estar incluida en algo semejante al “creo en Dios” que los católicos recitan con frecuencia. La fe de los israelitas exigía inmutabilidad ante las exigencias de Dios. Exigía adhesión a un código que Dios había revelado a los israelitas. Exigía confianza en que Dios haría que las cosas aconteciesen como había prometido.

(c)    Las palabras

Puede parecer extraño que en el Antiguo Testamento no aparezca ningún nombre propio para significar esta respuesta total del israelita a Dios. El Antiguo Testamento emplea un verbo hebreo del que proviene nuestro Amén, y algunos derivados que significan “firmeza” o “confianza” o “fidelidad”. También se encuentran palabras que significan “sentirse seguro” y “buscar y hallar un medio de salvación”. Pero la respuesta total del hebreo superaba todo término simple de expresión. Los mismos hebreos que sentían, como ha dicho el padre John McKenzie, “que podían alcanzar y tratar a Dios”, sentían también que se encontraban en una relación directa, inmediata, vital y activa con Dios. El era su Dios. Ellos eran su pueblo.
En el Antiguo Testamento, pues, la fe era la postura hebrea ante Dios que prometía y exigía. La £e era un acto de entrega a Dios y sus exigencias. Era un acto por el que se comprometían a hacer lo que Dios les pedía. Era una relación personal que conservó unido al pueblo hebreo a lo largo de 2.000 años de oposiciones y ataques. Por ello, entrega, compromiso, fidelidad y confianza son algunas de las palabras que pueden usarse para describir la fe tal como se encuentra en el Antiguo Testamento.

(d)   La traducción griega del Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento hebreo original se formó se compuso en un largo período de tiempo. Fue el libro de la revelación. Pero cuando los hebreos salieron de Palestina, vivieron en medio de la cultura griega. En esta nueva situación, el Antiguo Testamento traducido al griego probablemente en el siglo III antes v, de los Setenta) como la revelación del Antiguo Testamento llegó al mundo griego y, en último término, al mundo cristiano. Los libros se continuaron y revisaron hasta casi el primer siglo después de Cristo.
Sigue ignorándose si la traducción griega comenzó a hacerse mediado el siglo III antes de Cristo o en el siglo I antes de Cristo. De todos modos, el vocabulario griego es sin ningún género de dudas más rico y variado que el hebreo. Por esto encontramos en los Setenta más palabras para expresar la fe que en los textos hebreos originales. La traducción griega utilizó un nombre, pistis (para traducir a un mismo tiempo la idea de “fidelidad” de Dios y del hombre) que podía también significar lo que nosotros conocemos como “fe”. El original hebreo tenía un verbo, he’emin, para significar la confianza en Dios; la versión griega, por el contrario, se servía de un verbo con muchas preposiciones.
Cuando el Antiguo Testamento hebreo y griego fue traducido al latín, al español y otras lenguas, ligeras matizaciones fueron colocando las palabras que se refieren a la “fe”. Estas transformaciones no fueron inexactitudes. Las palabras aisladas no tienen sentido. Sólo en su contexto podemos estar seguros de su significado. Podemos descubrir el sentido exacto de la palabra “fe” recurriendo al original hebreo o griego. Volver a los textos hebreos y a la literatura contemporánea el Antiguo Testamento nos ha permitido ver que la fe del Antiguo Testamento no es meramente un acto intelectual como frecuentemente pensamos. El acto de fe divina en Dios es una entrega y un compromiso del hombre entero a Dios. El hombre en su totalidad, inteligencia y voluntad, se haya envuelto en la creencia de que Dios es creador, de que Dios es el Dios de Israel, de que Dios cumplirá sus promesas. Este compromiso personal lleva al hebreo a confiar en Dios  y a cumplir sus propias promesas a Dios. Por estas razones decimos que la fe es un acto de respuesta total. De entrega total.

VI.                LA FE EN LA PREDICACIÓN PRIMITIVA.

‘Dios, que en otros tiempos habló a nuestros padres en diferentes ocasiones, y de muchas maneras por los profetas, nos ha hablado últimamente en estos días por medio de su Hijo”. (Hebr. 1,1).
Dios habló a los hebreos por medio de los patriarcas, los profetas, y los reyes. Más tarde pronunció su palabra última y definitiva, que es Jesucristo. Mucho antes que el Nuevo Testamento tal como ahora le conocemos alcanzase su forma escrita, los Apóstoles cucaron el Evangelio, la “Buena nueva”. Algunos restos de esta predicación primitiva tal como se encuentran en los Hechos de los Apóstoles nos capacitan para ver lo que significó la fe para los Apóstoles.
San Lucas nos presenta a Pedro predicando a los judíos poco después de la resurrección. En nombre y representación de los demás Apóstoles, Pedro anunció el comienzo de la era mesiánica. El pensamiento central de su discurso fue este: “Este Jesús es a quien Dios ha resucitado, de lo que todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios, y habiendo recibido de su Padre la promesa de enviar el Espíritu Santo, le ha derramado del modo que estáis viendo y oyendo” (Hech. 2,32’33). “Persuádase, pues, certísimamente toda la casa de Israel, de que Dios ha constituido Señor y Cristo a este mismo Jesús, al cual vosotros habéis crucificado” (Hech. 2,36).
Después de la curación de un cojo, San Lucas repite que Dios ha resucitado a Jesús, y la curación del cojo se ha debido a la “fe que de El proviene” (Hech. 3,16).
Ante los gobernantes judíos en Jerusalén se repite la exclamación: “Declaramos a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que la curación se ha hecho en nombre de Nuestro Señor Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis, y Dios ha resucitado. En virtud de tal Nombre se presenta sano ese hombre a vuestros ojos” (Hech. 4,10).
De pie ante el Sanedrín, Pedro y los Apóstoles afirmaron: “Tenemos que obedecer a Dios, antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado. Él, Jesús, a quien vosotros habéis hecho morir, colgándole de un madero. A éste ensalzó Dios con su diestra por príncipe y salvador, para dar a Israel el arrepentimiento y la remisión de los pecados. Nosotros somos testigos de estas verdades, y lo es también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen”  (Hech. 5,29-32).
En el momento dramático en el que la misión de la Iglesia se extiende al mundo no judío, se resume una vez más la fe de los primeros cristianos. Pedro vuelve a proclamar ante Cornelio y sus acompañantes que Jesucristo es Señor de todos. “Pero Dios le resucitó A tercer día, y dispuso que se dejase ver, no de todo el pueblo, sino de los predestinados de Dios para testigos, de nosotros que hemos comido y bebido con El, después que resucitó de entre los muertos y nos mandó que predicásemos y testificásemos al pueblo que El es el que está por Dios constituido juez de vivos y muertos” (Hech. 10,40-42).
La fe manifestada por los primeros cristianos fue una convicción y una creencia en la persona de Cristo resucitado y exaltado. Creían en una persona que había resucitado y vivía. Es el Mesías presente, ayer, y hoy y siempre. Es el Señor de todos. Cura los sufrimientos físicos. Da la fe a aquellos que creen en El. Es juez de vivos y muertos. Es el Señor y dueño del universo.
Esta fe de los Apóstoles y de los primeros cristianes es una experiencia de la acción de Dios. Esta experiencia de la resurrección de Cristo transformó a los toles, como la creencia en la resurrección de Cristo había de transformar el mundo.
La fe en Cristo resucitado se adueñó de los Apóstoles plenamente. Predicaron a Cristo como Señor y Mesías. Se entregaron totalmente a este Señor y Mesías. A causa de su compromiso personal con Cristo, Señor y Mesías, en todo igual al Padre, poseyeron una sabiduría nueva, un nuevo conocimiento. Su fe era en la persona de Jesucristo resucitado y dominador, principio y fin de toda sabiduría.
Como en el Antiguo Testamento, la fe es aquí algo más que una opinión abstracta, como cuando decimos ”Creo que mañana lloverá”. Algo más que una simple verdad científica, como cuando decimos: “Creo en la teoría espacial de la relatividad”. Algo más que una mera confianza, como cuando decimos: “Creo que puedo hacer un negocio con esto”. La fe de los Apóstoles y de la Iglesia primitiva fue un acto del hombre en su totalidad por el que el hombre se unía con Cristo resucitado, con Dios mismo.

VII.     LA FE COMO LA MUESTRA LA VISION DE PABLO.

A pesar de que fue Pablo el primero que anuncio con claridad que la fe es un don absolutamente libre de Dios y se opuso radicalmente al principio de la justificación por medio de algunas obras, nos ocuparemos aquí de la experiencia de su conversión que fundamental para su vida. Se describe en los Hechos de los Apóstoles 9, 1-7; 22,6-10; 26,12-16. El mismo Pablo se refiere al acontecimiento con claridad al menos tres veces en sus cartas.
No parece que haya ninguna duda acerca de que Pablo tuvo una experiencia extraordinaria de la acción de Dios. Ve “una luz del cielo”. Cae a tierra. Escucha una voz que le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y él pregunta: “¿Quién eres tú, Señor”?. La voz replica: “Yo soy Jesús a quien tú persigues… Levántate y ve a la ciudad, y Yo te diré lo que debes hacer”.
Digamos lo que digamos de esta experiencia extraordinaria, debemos admitir que San Pablo quiso comunicar la experiencia y sus efectos a todos los que le escuchaban. Esto es lo mismo que afirmar que Pablo deseó comunicar lo que había visto, oído y sentido.
Todas las grandes realidades cristianas conmovieron vitalmente a Pablo. Vivió, sintió y, podemos decir, casi palpó la realidad de Dios, de Cristo, de la liberación del pecado, de la confianza, la esperanza y la fe como un don puro de Dios opuesto a las obras de la ley judía. Para Pablo, Cristo era el centro del universo. La misma vida de Pablo, en todos sus aspectos, estaba dirigida hacia su centro de gravedad, la persona de Jesucristo.
Es, pues, evidente que para Pablo la fe había de ser un contacto transformador con Dios. La fe debería conmover los sentidos, la voluntad, el entendimiento. Las emociones, el corazón. Cuando un hombre cree en Jesucristo, ha de creer con todas las fibras de su ser. Este es el ideal paulino. Como la fe que consideramos en la predicación primitiva era compromiso, entrega. Transformación, así también la de Pablo.
Cristo resucitado fue la creencia básica de Pablo, como lo había sido en la predicación primitiva, Cristo resucitado y exaltado fue el elemento central de la Buena nueva” que Pablo predicó.
Al escribir a la Iglesia de Corinto, Pablo reprende a aquellos que no creen en la resurrección: “Ahora bien, si se predica a Cristo resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de vosotros andáis diciendo que no hay resurrección de muertos?” (1 Cor. 15,12) y, en verdad, “si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es también nuestra fe…, y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, pues todavía tenéis vuestros pecados” (1 Cor 15, 14,17). La fe, para Pablo, es una entrega de la inteligencia, el corazón y la voluntad a este Cristo resucitado.
Nos detenemos aquí para responder a algunas preguntas que pueden habérsele ocurrido al lector. Hemos indicado que la fe, tal como la encontramos en el Antiguo Testamento, en la predicación primitiva y en la experiencia de Pablo en Damasco, se propone como una respuesta total, una entrega del hombre en su totalidad. Esta respuesta total tiene sentido para aquel que cree, aquel que entrega su entendimiento y voluntad a Dios. Que el hombre se entregue plenamente a Dios es un ideal que en la práctica admite grados. Pero el ideal (propuesto por Pablo, por ejemplo) aun cuando no se alcance en su plenitud» influye en todo el hombre. Un hombre puede muy bien tener un grado pequeño de entrega total. El ideal escriturístico exige, sin embargo, crecimiento y desarrollo. Precisamente porque son posibles el crecimiento y el desarrollo es por lo que la entrega de la fe en la práctica admite grados.
Para los cristianos primitivos, la respuesta total era creer en Cristo como Señor y Mesías y cumplir en consecuencia con lo que cada cristiano entendía que era la forma de vida cristiana. Para Pablo, la respuesta total era más amplia que para los demás cristianos. El don divino de la fe le capacitaba para comprender mejor la relación con Dios. Por ello, Pablo dedicó su vida a la predicación de Cristo. La fe viva de la Escritura se describe como conocimiento de Dios y reconocimiento de las exigencias de Dios. El ideal es la respuesta  total de la voluntad, el corazón y el entendimiento, una respuesta del hombre total, más que de una u otra de sus facultades.
Hay una vaguedad aparente en términos como entrega total, respuesta total. Sin embargo, al aplicar términos vagos a los deportes (“voluntad de triunfo”, “genio”, “furia”) nos parecen claros. Sabemos inmediatamente cuándo un atleta manifiesta voluntad, cuándo tiene genio y cuándo saca a relucir su furia.
Podemos decir de la fe que el ideal escriturístico es una entrega del hombre. Esta entrega se presenta normalmente como una entrega amorosa. Los Apóstoles abandonan todo para seguir a Cristo. El joven rico no abandonó todo, y, no obstante, no se indica en los Evangelios que careciera totalmente de fe. Evidentemente la fe admite grados: la fe del principiante, la fe del adelantado y la fe del perfecto. En consecuencia, la entrega también admite grados. Les teólogos afirmarán después que el pecador puede tener una fe auténtica. Esta fe, sin embargo, no será una fe viva. La Escritura propone continuamente un ideal de fe viva, una entrega total.
El término total, en consecuencia» se refiere a una respuesta del hombre, de su voluntad y su inteligencia.  La entrega significa poner nuestro yo en las manos de Dios, someter todo el hombre a las leyes y a la voluntad de Dios. La fe debe penetrar al hombre en toda su vida, en sus juicios sobre el mundo, la muerte, el dinero, el éxito, y sobre todos los aspectos de la vida humana. La intensidad de la entrega de la fe dependerá de la gracia de Dios y de la cooperación libre del hombre con esta gracia.
La respuesta significa que el hombre ha de responder a Dios que habla. En la Escritura esto supone que la fe toma la forma de conocimiento y reconocimiento. Que la respuesta concreta admite diversas intensidades aparece claro considerando algunos personajes muy nocidos tales como Abraham, Isaac, Débora, David, Pedro y Pablo, para no mencionar ejemplos posteriores. Y cuando Pablo mostraba el ideal de su propia respuesta y entrega, sabía que la fe era una vida que admitía grados. Como la vida admite formas inferiores y superiores, también lo hace la vida de fe. Pablo predicó de forma ininterrumpida la vida de fe en su forma más sublime y desarrollada.

VIII.     LA FE Y EL OBJETO DE LOS TRES EVANGELIOS.

El Evangelio según San Mateo se escribió alrededor del año 80 después de Cristo en Palestina o Siria para explicar que Jesús en su persona, sus enseñanzas y sus obras es el cumplimiento total del Antiguo Testamento. Predicado, y después escrito para los judíos, el Evangelio pretende mostrar que la fe en Dios de los años del Antiguo Testamento culmina ahora en la fe en la persona, la enseñanza y la obra de Jesús de Nazaret. Mateo expone el reinado mesiánico en un estilo litúrgico. Por esto, el Evangelio pretende despertar, o completar y perfeccionar la fe en Jesucristo.
Marcos escribió su Evangelio alrededor del año 67, d, C. para explicar que Jesús es a un mismo tiempo Mesías e Hijo de Dios. Escribe para una comunidad gentil de Roma, y desea demostrar una verdad de la fe: Jesús en sus obras y palabras es Mesías e Hijo de Dios. Marcos expone en un estilo popular las grandes obras de Jesús. Para Marcos, la fe es la aceptación de Jesús como Mesías e Hijo de Dios.
Lucas escribió su Evangelio alrededor del año 70 después de Cristo, probablemente en Aquea. Lucas pretende demostrar que Jesucristo es la salvación de Dios. En consecuencia, para Lucas la fe es la aceptación de Jesús como salvación de Dios. Lucas recalca que Jesús es el salvador de todos los hombres. Hace hincapié en que Jesús ha venido de modo especial a salvar a los pecadores, a los indigentes, a los humildes, a los pobres. Con un estilo exquisito y depurado, Lucas escribe el hecho de que Jesús es el Salvador y el único que libra del sufrimiento. Por ello, para Lucas la fe es esencialmente aceptación de Jesús Salvador.
Por la intención y el objeto de los tres primeros Evangelios vemos que la fe es la aceptación total de Jesucristo, acto definitivo de la salvación de Dios. Los Evangelios fueron escritos después de la resurrección de Cristo. Lo que sólo hubiésemos podido comprender a medias antes de la resurrección de Cristo, aparece ahora claro. Para los judíos, Jesús es el cumplimiento de todas las esperanzas y anhelos de Israel. Para los gentiles, Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador. Para todos los hombres, la fe es creer en Jesús como Dios y aceptar a Jesús como Señor de todos. La fe cristiana es una aceptación de la persona de Jesucristo. Los tres primeros Evangelios fueron escritos para proclamar esta verdad de la fe.

IX. ASPECTOS DE LA FE EN LOS TRES PRIMEROS EVANGELIOS.

Además de la descripción general de la fe que se deduce en su integridad de los tres Evangelios, encontramos descripciones abundantes de la fe en otros pasajes más detallados de los Evangelios.
A causa de las semejanzas fundamentales de forma, contenido y origen, podemos considerar en conjunto la fe en los tres primeros Evangelios.

(a)   La fe como toma de conciencia.

Los Evangelios se escribieron en un contexto judío, por lo que frecuentemente nos encontramos con que la fe posee el sentido de fidelidad o lealtad del Antiguo Testamento. “Quien es fiel (consciente) en lo poco, también lo es en lo mucho” (Lucas 16,10).
Mateo habla de un mayordomo “fiel” que cumple con su obligación (Mat. 24,43-51). Y habla también de un siervo “infiel” que maltrata a los esclavos, se divierte con borrachos y, por ello, será castigado. Aquí la fe es conciencia, dependencia. Como los antiguos israelitas debían ser fieles a la alianza, así también, la fe en el Nuevo Testamento es toma de conciencia.

(b)   La fe como confianza en un Padre

En el magnífico capítulo sexto de San Mateo, la fe es confiar en Dios como Padre. La fe se describe como una confianza hacia Dios como nuestro Padre. El término “Padre” se repite once veces en este capítulo. Es en este Padre en el que los discípulos de Jesús han de confiar. Y los discípulos serán llamados hombres de “poca fe” si no confían en su Padre que conoce sus necesidades y provee a los pájaros y a los lirios del campo.
En el Antiguo Testamento se encuentra ya la idea de que Dios fue un Padre para Israel. En los Evangelios la idea de una relación padre-hijo es más íntima. Personal e individual. La fe se describe como la confianza que un hijo amante tiene en su padre.

(c)    La confianza en Jesús y en su Poder

Hay muchos casos en los tres primeros Evangelios en los que la gente se acerca a Jesús porque cree que pueblo creía en Jesús. Y en estos sucesos podemos decir que la fe apareció evidentemente como confianza en el poder de Jesús. Muchas de las narraciones de los milagros muestran que el pueblo que se acercaba a Jesús, lo hacía no para escuchar su doctrina o para creer en ella, sino para beneficiarse con su poder.
El paralítico de Cafarnaum es llevado a Jesús porque, bien él, bien sus portadores, o ambos, tenían fe. Y el paralítico es curado (Marc. 2, 1-12).
La mujer que padecía un flujo de sangre se acerca a Jesús sólo para tocar sus vestidos. Jesús le dice que es su fe quien la ha salvado. (Marc. 5, 25-34).
Jairo, oficial de la sinagoga, se acerca a Jesús para pedir que su hija moribunda sea sanada. Jesús pide al hombre que crea. Parece que cuando Jesús llega a casa de Jairo, la muchacha ha fallecido. Jesús entonces obra el prodigio. (Marc. 5, 22-43).
Sólo hay un ejemplo en el Evangelio de San Marcos del contacto personal de Jesús con un gentil. Una mujer sirofenicia se acerca a Jesús y le pide que se apiade de su hija que está poseída por un demonio. Cuando Jesús cura a la muchacha, vuelve a repetir que la curación se ha realizado por medio de la fe. (Marcos, 7, 24-30).
En estos sucesos y en otros muchos, Jesús ayuda a quien sufre y cree en su poder. Se acercan a Él porque puede ayudarles, porque puede salvarles, como un buen médico puede salvar la vida de una persona. No tiene por qué extrañarnos el hecho de que la fe no sea, aquí, una serie de proposiciones o ideas. Es fe y confianza en una Persona y en su poder.
Tenemos también que hacer constar que la confianza que se muestra en cada uno de estos casos, es una confianza que nace de la persona en su totalidad. La enfermedad afecta a toda la persona, el cuerpo y el alma. La curación corporal debe afectar igualmente a todo el hombre, su cuerpo y su alma. Si se cura el cuerpo, el alma debe dirigirse a la persona que le ha proporcionado la curación corporal. Acercarse a Jesús como alguien que puede curar y salvar el cuerpo, no es menos fe interior en la persona de Jesús simplemente porque se centra en el poder de Jesús. Es claro que hay muchos ejemplos en los tres primeros Evangelios en los que la fe es primordialmente fe y confianza en que Jesús puede salvar y ayudar a librar al hombre del sufrimiento corporal, de todos los dolores que acompañan el sufrimiento corporal y de todas las desgracias que puedan sobrevenir al hombre.

(d)) La fe como creencia en lo que Jesús es.

La fe en muchas de las narraciones del Evangelio, es en primer lugar confianza en el poder de Jesús. Pero hay aún otra descripción de la fe. En la narración de la resurrección de Cristo vemos que se describe la fe como una creencia de que Jesús es el Hijo de Dios.
El hecho de la resurrección de Jesús se halla claramente presente en las narraciones evangélicas. Aparece cuando y donde desea. Viene y va con una facilidad sobrehumana. No obstante, se le reconoce fácilmente como el mismo Jesús que había estado anteriormente con sus seguidores. Es indudable que en la persona de Cristo resucitado los discípulos ven a Jesús como el Señor, el mismo Dios. Creen ahora que es el cumplimiento del Antiguo Testamento. Creen ahora que en El y por medio de Él se encuentra la salvación.
Los evangelistas hacen notar honradamente que antes de la resurrección los discípulos no tuvieron una fe suficiente en Jesús. En el epílogo del Evangelio de San Marcos leemos que, aunque Jesús se apareció a María Magdalena, los discípulos “no lo creyeron”. En el mismo epílogo encontramos dos menciones más a la falta de la fe de los Apóstoles. Y también, la encantadora narración de San Lucas, de los discípulos que iban a Emaús, nos muestra que los discípulos eran “tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas: "¿Por ventura no era menester que Cristo padeciese todas estas cosas y entrase así en la gloria?” (Lucas, 24, 25-26).
Los evangelistas citan su incredulidad porque, en su perspectiva, perciben con qué claridad se había manifestado la divinidad de Jesús. A la luz de la resurrección de Cristo, recordaron sus profecías. Recordaron que había dicho que el Hijo del Hombre tenía que sufrir y morir y después resucitar. En la narración de la resurrección de los tres primeros Evangelios, aun antes de que Cristo se le apareciese, deberían haber tenido los Apóstoles una fe más firme en la resurrección.
Pero, al menos, no hay ninguna duda ni vacilación en los Apóstoles, tras la resurrección y las apariciones de Jesús. El Espíritu los conmueve e ilumina. Su fe comienza a comprender de alguna forma el sentido de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Aun cuando Cristo se hubo aparecido a los Apóstoles, tuvieron ellos que creer en el misterio total del ser de Cristo. El misterio de un hombre que es Dios, de un hombre que es la Palabra final y definitiva de Dios al hombre, este fue el objeto de la fe apostólica, el término de sus deseos.
Sin entrar en detalles en la fe de los Apóstoles antes de la aparición de Cristo resucitado, podemos decir que, una vez que la misión terrena de Jesús se cumplió, los Apóstoles creyeron que Jesús era el Mesías. Creyeron que era el Salvador de todos los hombres. Creyeron que era Dios. En otras palabras, su fe alcanzó a lo que era y quién era Jesús.
Esta fe era a un mismo tiempo convicción y asentimiento. Ciertamente la convicción y el asentimiento vinieron a través de la experiencia de la resurrección de Cristo y la obra del Espíritu. Pero la resurrección de Cristo es un acontecimiento religioso, histórico y trascendente. El asentimiento y la convicción de los Apóstoles de que Jesús es el Hijo de Dios no proviene del conocimiento que ellos tuvieran de uno u otro aspecto de la resurrección. Las narraciones evangélicas ponen siempre en claro que todo acto de fe en Jesús es acción del Padre; a vosotros se os ha concedido conocer el misterio del Reino de Dios” (Marc. 4,11). “La carne y la sangre no te lo han revelado, sino mi Padre celestial" (Mat. 16,17). Dios se revela a los humildes. Y mientras que la doctrina de la fe se explicaría y se comprendería mejor como un don puro y completo, en los tres primeros Evangelios aparecen, sin embargo, pruebas claras de que la convicción de que Jesús es el Hijo de Dios se concede a través de la revelación del Padre.

X.  LA FE EN EL CUARTO EVANGELIO

El cuarto Evangelio se escribió más tarde que los tres primeros. La reflexión, la predicación y las necesidades de la Iglesia primitiva influyeron en el cuarto Evangelio. El tiempo y la experiencia produjeron un conocimiento más profundo del misterio de Jesús.
El cuarto Evangelio presenta toda la realidad de Jesús encarnado. Pretende mostrar que la Iglesia debe su existencia a las palabras, las obras y sobre todo, a la muerte y resurrección de Jesús. Todo el Evangelio se dirige a la fe. “Otros muchos milagros hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están en este libre. Pero éstos se han escrito con el fin de que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y que creyendo tengáis vida en su nombre”. (Juan 20, 30-31).
“En El estaba la vida” (Juan 1,4). La vida en el cuarto Evangelio es la vida de la fe. Creer en Jesús da al hombre vida, participación de la vida misma de Dios.
Ya que Dios amó al mundo y vino a él en forma humana, el hombre ha de responder a este amor divino por la fe. “Esta es la obra de Dios que creáis en aquel que El os ha enviado” (Juan 6,29).
Esta fe es aceptación de Jesús. “Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios”. (Juan, 1,12).
La fe es seguir a Jesús. “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).
La fe es escuchar la voz de Jesús para salvarse. “Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco y ellas me siguen y Yo las doy vida eterna, y no se perderán jamás, y ninguno las arrebatará de mis manos” (Juan 10, 27-28).
La salvación se alcanza a través de la fe. Los que creen se salvan. Aquellos que no creen, están ya juzgados, aun en esta vida. “Quien cree en el Hijo de Dios no está juzgado, pero quien no cree, ya lo está, por lo mismo que no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios” (Juan 3,18). “En verdad, en verdad os digo que quien cree en Mí tiene vida eterna” (Juan 6,47).
La fe es seguir las enseñanzas de Jesús, obedecer sus mandatos. Es conocer a Jesús y reconocerle. Ambas cosas no pueden separarse.
“Decía, pues, Jesús a los judíos que creían en El: Si perseverareis en mi doctrina, seréis verdaderamente discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8, 31-32).
“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14,15). La fe debe llevar a la obediencia amorosa y por ella a la posesión de la vida”. “En verdad, en verdad os digo que quien escucha mi palabra y cree en Aquél que me ha enviado» tiene la vida eterna, y no incurre en sentencia de condenación” (Juan 5,24).
La fe es una entrega total del individuo a la persona de Jesucristo. La fe comprende creer que Jesucristo es el Hijo de Dios. Además la fe es adhesión a Dios que se manifiesta en obediencia a los mandatos y deseos de Dios.
Porque Cristo y el Padre son uno, creer en Cristo es creer en el Padre. Al haber una inhabitación mutua del Padre y del Hijo y una unidad absoluta, negarse a aceptar a Cristo como la revelación de Dios es negarse a aceptar al mismo Dios.
Cristo obra como obra el Padre al dar la vida y juzgar. Ha venido al mundo para dar vida, lo que es esencialmente una acción de Dios. La aceptación o el rechazo de esta vida es el juicio que trae Cristo. Este dar la vida, este poder de juzgar al mundo que tiene Cristo como revelación de Dios, son las acciones que deberían llevar al hombre a aceptar las palabras mesiánicas de Cristo. “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, si no queréis darme crédito a Mí, dádselo a mis obras a fin de que conozcáis y creáis que el Padre está en Mí y Yo en el Padre”. (Juan 10,37-38).
La fe es una actividad básica para la personalidad humana. Por la fe es por lo que el hombre sobrevive y no sucumbe al poder de la muerte. La muerte no es sólo la muerte física. El hombre vive cuando vive de acuerdo con la realidad. La mayor realidad es Dios. Si el hombre no se adhiere a esta gran realidad, se adhiere a la nada, que es lo que pasa. Vivir cualquier realidad falsa es en verdad muerte, si no del cuerpo. Sí de la personalidad humana.
En la fe el hombre se encuentra en la luz y no tantea en la oscuridad. La luz capacita al hombre para encontrar su camino en el mundo y de este modo le orienta hacia los objetos del mundo. La luz penetra en el entendimiento del hombre de modo que comprende quién y qué es. La luz capacita al hombre para verse como una creatura de Dios. Sin la luz que es la fe el hombre no se entenderá a sí mismo, ni entenderá al mundo, ni a Dios. Se halla en las tinieblas de la falta de fe.
En la fe el hombre alcanza la verdad y no permite que su vida transcurra en una gigantesca falsedad. La verdad es la realidad de Dios, Creador, Gobernante, Juez, Salvador y Santificador. La verdad es el encuentro con esta realidad que es Dios. La falsedad, la mentira es una negación de todo lo que Dios es y en consecuencia, una negación de lo que el hombre es. La falsedad, pues, conduce en último término a la nada y la desesperación. La falsedad repudia a Dios.
En la fe el hombre es libre, no está suieto a la esclavitud de las pasiones y el egoísmo. La fe es libertad para obedecer. La fe es la libertad que capacita al hombre para vivir en el mundo sin hacerse esclavo de las riquezas, el poder, la fama, la lujuria o de cualquier otra cosa que aleja de Dios.
Por medio de conceptos como vida, luz, verdad y libertad, el cuarto Evangelio presenta un rico concepto de la fe. Hay una bella unión de los elementos subjetivos y objetivos de la fe. Dios es vida, luz, verdad y libertad. El hombre comparte esta vida, luz, verdad y libertad  entregándose en respuesta total a la fe.

XI. LA FE EN LA IGLESIA POCO DESPUÉS DE LA ÉPOCA DEL NUEVO TESTAMENTO.

En los siglos segundo y tercero después de Cristo, la fe cristiana se extendió ampliamente. El Nuevo Testamento formaba parte de la herencia y el culto de la Iglesia. Los hechos de la revelación estaban lo suficientemente lejanos como para poderles considerar como un todo.
Surgieron grandes escritores y predicadores cristianos, tales como Clemente de Roma, Hermas, Ignacio, obispo de Antioquía; Policarpo, obispo de Esmirna; Papías, obispo de Hierápolis. Poco después del año 150 después de Cristo, aparecieron otros escritores y maestros como Justino y Taciano. En el siglo tercero, aparecieron Ireneo, Hipólito, Clemente de Alejandría, Orígenes, Gregorio el Magno, Dionisio el grande.
Pablo había utilizado la palabra “misterio” para resumir el plan de Dios de la Salvación del hombre. Este plan o misterio fue revelado en Jesucristo. Del siglo segundo al cuarto, los escritores y maestros de la Iglesia meditaron y presentaron este misterio a los fieles. El misterio era el drama de la redención humana. El misterio comenzó en Dios. Se manifestó en Jesús y en la Iglesia. La fe, pues, era la comprensión del hombre del gran misterio de la salvación. Aunque el gran misterio se revela en Cristo y en la Iglesia, sobrepasa siempre el entendimiento humano. El gran misterio de la salvación es secreto, por ello tiene que alcanzarse por la fe. El misterio se revela porque se realizó en Jesús y se predica a todos. En los siglos segundo y tercero, la fe era el acto por el que el hombre captaba el gran misterio de la salvación.
Todos los hechos del Antiguo Testamento encontraron toda su explicación en la acción de Dios en Jesús, su Hijo. La vida, muerte y resurrección de Cristo nacen del amor infinito de Dios. La Iglesia, con sus sacramentos y sus grandes verdades dogmáticas (proclamadas para que el hombre pueda comenzar a comprender a Dios), proviene de las profundidades de un Dios infinitamente amoroso. Todos los elementos, desde el Antiguo Testamento a la Iglesia de hoy, forman parte del gran misterio de la salvación.
Y si hay que creer muchas verdades particulares es porque el hombre necesita imágenes, conceptos, ideas. Juicios. Al dar su asentimiento a verdades particulares que son partes vitales del misterio total de la salvación, e! hombre capta el gran misterio de la salvación como un todo. La fe es el acto por el que el hombre se entrega a la realidad total del gran misterio de la salvación.

XII. AGUSTÍN Y LA FE

A finales del siglo cuarto y comienzos del quinto. La fe se definía en términos que habían de permanecer hasta hoy. Esto se debe principalmente al gran San Agustín, cuya vida podría muy bien describirse como un proceso de búsqueda. Al principio de su vida, dio satisfacción a los apetitos de la carne. Pero la lujuria le dejó insatisfecho. Continuó buscando y haciéndose preguntas: ¿Qué es Dios? ¿Qué es el pecado? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es el mundo?
Al fin, acaba su búsqueda. Y habla a todos los hombres animándoles a buscar. “Escudriña, oh hombre. Busca tu verdadero yo. El que busca, halla. Pero, oh maravilla y gozo, no se hallará a sí mismo, sino a Dios, O, si se encuentra a sí mismo, se encontrará en Dios”.
Para Agustín la fe era el principio por el que el hombre encuentra a Dios. Y al encontrar a Dios, el hombre se encuentra naturalmente a sí mismo. Pueden fácilmente verse aquí los conceptos de vida, luz, verdad y libertad, que son los conceptos johánicos de fe.
Agustín comprendió que la fe ayuda y asiste a la razón. La fe ilumina la inteligencia, y, en consecuencia, influye en todo proceso natural. Puesto que toda forma de conocer comienza por la autoridad, por la aceptación de la palabra de otro, Agustín comprendió que para cualquier conocimiento de la realidad, el hombre debe antes creer en la revelación. Al provenir tanto la fe como la razón de Dios, no puede haber contradicción entre ambas. Para descubrir a Dios, es preciso antes “creer lo que más tarde se conocerá”. Fue Agustín quien dijo: “Cree para comprender”. Así la fe es el medio por el que el hombre es capaz de comprender las grandes realidades.
Es interesante el notar lo altamente personal que es la idea agustiniana de la fe. Aunque es una relación de una persona a otra persona, esta relación tiene que echar mano de imágenes y conceptos, actos del entendimiento y verdades reveladas por Dios. El hombre necesita verdades si ha de acercarse a la Verdad Suprema. El concepto de la fe de Agustín fue muy personal porque sabía que todas las verdades a las que daba su asentimiento se contenían en la Verdad Suprema, que es un ser personal. Las Confesiones de San Agustín son una oración continua de una persona a otra. Adhesión a la verdad. Adhesión a la Verdad Suprema. Esta es la fe de Agustín.
La idea de Agustín de la fe es también muy concreta. Es un acto del hombre caído, hecho con la ayuda de la gracia de Dios. Es un acto del hombre rodeado de tentaciones, acosado por preocupaciones, desconcertado por problemas y desanimado por dificultades.
Como señalamos al hablar de Pablo, la fe de Agustín alcanzaba al hombre en su totalidad. Tenía que unir al hombre total con la Verdad Primera, el Bien Supremo. Esta fe inevitablemente tiene que conducir al amor, la entrega, el compromiso, como lo había hecho en el Antiguo Testamento. La fe penetra en la inteligencia, la voluntad y el corazón. En consecuencia Agustín pudo exclamar: “Tarde te he amado, oh Belleza siempre antigua y siempre nueva; tarde te he amado, porque, he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y yo te buscaba fuera y en mi desamparo me lancé sobre aquellas cosas agradables que Tú has hecho”.


XIII. TOMAS DE AQUINO Y LA FE

Santo Tomás de Aquino heredó el concepto agustiniano de la fe, y le hizo objeto de un minucioso examen técnico. Examinó la función del entendimiento, la voluntad y la gracia en el acto de fe. Analizó además qué es lo que cree el hombre y por qué cree.
No podemos ni necesitamos considerar aquí todos los aspectos del pensamiento de Santo Tomás. Sin embargo, llamaremos la atención sobre algunos de los aspectos más interesantes de su pensamiento. Aparecerá claro que el acto de fe para el gran teólogo es el mismo del Nuevo Testamento, aunque descrito y definido técnicamente.
Lo primero de todo, Santo Tomás afirma que, en todo acto de fe, el asentimiento se da a la persona. La persona en la que se cree es de una importancia capital en todo acto de fe. Las verdades en las que uno crea son secundarios (Summa Theologica IIa IIae, 11,1). Esta persona a la que el hombre da su asentimiento y en que el hombre cree en el acto de fe divina es Cristo. Por el acto de fe el hombre se adhiere a Dios mismo.
Dios es la Verdad Primera. La fe, pues, es creer en este Ser Personal que es la Primera Verdad. Aunque el hombre necesita conceptos, imágenes, proposiciones y las exposiciones que encuentra en los credos, estas cosas no son objeto de la fe (Summa Theologica IIa IIae, 2 ad 2). Cuando un hombre hace un acto de fe, “el acto del creyente concluye no en la exposición, sino en la cosa misma”. En consecuencia, al decir “Creo que Jesucristo es Dios”; “Creo que Jesús se halla presente en el Santísimo Sacramento”, tu acto de fe se dirige a Dios mismo, y no simplemente a las palabras que recitas.
Dios es bondad y felicidad. Es el bien pleno y completo. Por ello, cuando haces un acto de fe divina, tu acto termina en un ser personal que es el Bien Supremo. En consecuencia en cada acto de fe hay un elementó de amor. Dios como Primera Verdad, es el objetivo del hombre que puede experimentar, comprender y juzgar. Dios como el “Bien Supremo” es el objetivo del hombre que puede escoger, desear, querer, buscar. En consecuencia, en el acto de fe divina nuestras inteligencias y voluntades, buscan realmente a Dios. Por ello podemos afirmar que el acto de fe es un movimiento de todo el hombre hacia Dios.
¿Por qué cree el hombre? ¿Por qué hace el hombre actos de fe divina? Señalemos que la pregunta no es ¿qué es lo que lleva a un hombre al punto en que puede hacer un acto de fe? La pregunta es: cuando un hombre hace un acto de fe divina, ¿cuál es la razón de ello?.  La razón última de que tú creas es que Dios te habla. Puedes saber que Dios te habla porque la Iglesia te dice infaliblemente que Dios habla. Puedes saber que Dios te habla porque la Iglesia dice que Dios habla en su libro oficial, la Biblia. Investigando en la Iglesia, la Sagrada Escritura o por otros medios, uno que no sea católico puede llegar a conocer que Dios ha hablado. Conocer con un cierto grado de claridad es una cosa y hacer un acto de fe divina otra completamente distinta. Si el hombre hace algún acto de fe divina, la razón para el acto no es nada menos que Dios mismo. En otras palabras, Dios es el testigo en el acto de fe. El es la razón, por la que el hombre puede creer y dar su asentimiento. Dios trabaja dentro del hombre. La Iglesia dice que “conmueve el corazón por medio de la luz del Espíritu Santo”.
Es por esa razón por lo que el acto de fe divina es un asentimiento absolutamente cierto y seguro. El acto de fe cuenta sólo con Dios para su seguridad. Ningún argumento meramente humano o probable es la razón para asentir a cualquier verdad de la fe. Dios y su autoridad son la razón más cierta.
Por esta misma razón es por lo que el asentimiento de la fe es sobrenatural. Solo Dios puede dar al hombre poder para hacer un acto de fe divina.
Y por esta misma razón es por lo que el acto de fe es oscuro. El hombre no ve con sus ojos o su entendímiento a Dios al que da su asentimiento y en el que cree.
Por esta misma razón también es por lo que el acto de fe descubre al hombre la verdad. En el acto de fe el hombre va más allá de los límites de su inteligencia. Abre su inteligencia a la verdad infinita que es Dios. El testimonio de Dios se convierte entonces en la medida de la inteligencia humana. “Un creyente no es alguien que niega su razón obrando en contra de ella sino que va más allá de su razón. Se deja guiar por una luz de orden superior, que es la Verdad Primera”. (3 Sent. d.24).
No entra dentro de nuestro propósito dilucidar ahora cómo uno que no cree llega al conocimiento de que Dios ha hablado o de las verdades que ha de creer. No obstante, acerca de esto dice Santo Tomás: “A algunas personas Dios revela las verdades directamente, como sucedió en el caso de los Apóstoles y los profetas. A otras, en cambio, Dios propone las verdades enviándolas predicadores de la fe”. También el no creyente puede llegar al conocimiento de que Dios ha hablado por medio de algún contacto con la Iglesia Católica, “la casa de las cien puertas” como Chesterton la ha llamado.

XIV. LA FE Y EL CONCILIO VATICANO I

Todo lo que hemos dicho acerca de la fe fue puesto en un lenguaje permanente, técnico y desarrollado en 1870. Merece la pena que recordemos que las formulaciones técnicas son tanto legítimas como necesarias. En la Escritura el acto de fe, como Dios mismo, se da, no se demuestra. El acto de fe se describe en términos de lo que se experimenta directamente, no de lo que se entiende tras seria reflexión. La fe, tal como se describe y presenta en la Escritura, es una realidad religiosa evidente en sí misma, no una realidad consciente concebida ni formulada técnicamente.
Cuando la Iglesia formula una definición, toma lo que se experimenta directamente, lo que se da, lo que es una realidad evidente en sí misma descrita de muchos modos, y pone todas estas realidades en un lenguaje técnico objetivo. Un dogma es una formulación técnica que va de Dios, en relación conmigo, a Dios tal como es en Sí mismo. En consecuencia, las fórmulas dogmáticas aseguran la validez de las experiencias religiosas subjetivas. Aseguran además las preservación de los misterios sagrados de la revelación divina. Las fórmulas y definiciones técnicas son parte de la Iglesia, ya que la convicción religiosa no es simplemente cosa del sentimiento en la que la formulación inteligente es ajena. Una formulación técnica de lo que es la fe va más allá de este o aquel período de la historia, aunque está basada en la historia. Una formulación técnica hecha por la Iglesia nos capacita a responder con términos claros y concisos a la pregunta: “¿Qué fe”?
Respondiendo a esta pregunta, el Concilio Vaticano I en 1870 definió la fe como sigue: “La Iglesia Católica profesa que esta fe es el comienzo de la salvación humana, es una virtud sobrenatural. Por medio de esta virtud sobrenatural, y con la ayuda de la gracia de Dios, creemos todo lo que ha sido revelado por El. Y esto no por una evidencia que la razón natural pueda ver sino simplemente por la autoridad de Dios que revela, el cual no puede engañarnos ni engañarse” (Constitución Dogmática sobre la Fe Católica., Cap. 3).

XV. CONCLUSIÓN

Así define la Iglesia la fe en un lenguaje científico. Objetivo, técnico y permanente. Es la misma fe que exigía Cristo en el Nuevo Testamento. Es la misma fe que tiene su origen en el Antiguo Testamento. Es la misma fe que ha sido estudiada y analizada por los teólogos. Es creer en Cristo resucitado, como Señor y Mesías. Es el mismo acto de fe por el que el hombre abre su mente y su corazón a la voz de Dios infinito. Es la participación del hombre en el diálogo divino. Es la misma fe que abre al hombre a la vida de Dios y le capacita a creer e imitar a Aquel que es el único y le capacita a creer e imitar a Aquel que es el único camino verdadero, la verdad y la vida.

CUESTIONARIO Y TEMAS DE ESTUDIO

1.       ¿Cómo podemos distinguir la fe de la idea de un simple prejuicio, y relacionarla con la vida?
2.       ¿En qué sentido es un proceso el acto de fe?. ¿Puedes analizar este proceso?
3.       ¿Puedes explicar la interpretación existente entre la fe como un acto, y la palabra de Dios?
4.       ¿Qué distinción hemos de hacer entre hacer y comprender un acto de fe?
5.       ¿Hasta dónde alcanzaba el concepto hebreo de fe, tal como se muestra en el Antiguo Testamento?
6.       ¿Cuál es la diferencia específica que existe entre el acto de fe del israelita antiguo y nuestro Credo?
7.       ¿Qué parte desempeñan las palabras al comparar el Antiguo y el Nuevo Testamento?
8.       ¿Puedes resumir sus progresos históricos, la de una cultura a la otra?
9.       ¿Cómo contrastarías la fe de los primeros cristianos haciendo (y sin hacer) referencia a la fe de los antiguos israelitas?
10.   ¿Qué aspecto de la fe de Pablo la hicieron nueva y grande?
11.   ¿Cuál fue, en realidad, la contribución de Mateo, Marcos y Lucas a la fe?
12.   ¿Qué significa la “fe como toma de conciencia”?
13.   ¿Qué significa la “fe como confianza en un significa la
14.   ¿Qué hay que decir del poder de Jesús de hacer milagros, en cuanto se refiere a nuestra fe? ¿Y de la importancia de su resurrección? ¿De sus apariciones?
15.   ¿De qué forma es el cuarto Evangelio una extensión de los tres primeros en materia de fe?
16.   ¿Hay grados en la fe?
17.   ¿Cuál es el papel de lo sobrenatural, hablando subjetivamente?
18.   ¿Es la fe solo reglas y mandatos, o es libertad?
19.   ¿Puedes explicar en qué se distingue la fe en los primeros años del Nuevo Testamento de la de nuestros días, si en realidad hay alguna diferencia?
20.   ¿Qué quiere decir San Pablo al hablar de “misterio” en relación con el “plan de Dios”?
21.   ¿Cuál fue la contribución de San Agustín a la fe, que ilumine nuestras discusiones?
22.   ¿Cuál fue a su vez, la de Santo Tomás de Aquino?
23.   ¿Por qué cree el hombre, y hace actos de fe?
24.   La obra del Concilio Vaticano en 1870, ¿alteró o hizo avanzar nuestro concepto de la fe al definirla?
25.   ¿Serán capaces los concilios futuros de extender, modificar o alterar este concepto?