jueves, 12 de mayo de 2016

Poetas persas. Traducción: Rafael Cansinos Assens



RAFAEL CANSINOS ASSENS

Introducción, traducción y notas

RAFAEL CANSINOS ASSENS

Traduce esta obra un hombre hiperbólico que decía que «era capaz de saludar a las estrellas en dicecisiete idiomas clásicos y modernos». Luego, Borges, que es quien recuerda esta afirmación, puntualiza con la duda añadiendo: «No sé si realmente eran diecisiete, pero está bien la mención de las estrellas, que ya sugiere lo infinito»
Cansinos era sobre todas las cosas un artista que hizo de su vida un estilo literario y de la literatura, claro está, un estilo de vida: los que como él habían hecho de su vida algo que, ante todo, buscaba en lo estético la trascendencia. 
JUAN PORRO


PERSIA, ese pueblo fénix, varias veces renacido de sus cenízas, ha creado una literatura que refleja fielmente los múltiples avalares y vicisitudes, las alternativas de decadencia y esplendor de su larga historia, y mantiene siempre, en medio de todo ese cambio circunstancial de caracteres exteriores, el carácter íntimo, básico de su psicología colectiva, de su genio racial.

Del Zend-Avesta que, como la Ilíada de Hornero y la Biblia, no es la obra de un solo escritor, sino creación colectiva, realizada por muchos autores y a lo largo de muchos siglos, tradición antiquísima que fija Zoroastro y sus discípulos amplían, con talmúdicas glosas, arranca, en realidad, toda la literatura persa que ha llegado a nosotros con nombre de autor y carácter profano. Fenómeno que siempre se da en todas las literaturas, pues siempre, a la cabeza de todos los libros, figura en cada pueblo su libro religioso. En la India, los Vedas; en Israel, la Biblia; en Grecia, la Ilíada y la Teogonia de Hesíodo, y en el oriente arábigo, el Koran. Y se comprende que así sea, pues esos grandes libros religiosos, que recogen tradiciones, fijan ideas e ideales y expresan sentimientos de toda una raza, y son, de un lado, historia o epos y de otro canto o himno, muéstran ya toda la gama y los modelos de la creación literaria y encierran un material copioso, inagotable para variaciones y ampliaciones ulteriores. La literatura profana de todos los pueblos nútrese siempre de su literatura religiosa. Los argumentos de la tragedia griega están tomados de la mitología homérica; las Mil y una noches se nutren del plasma mítico koránico; el Schah-namalh, de Firdusi, reproduce como guerra entre iranios y turamos la lucha mística de ángeles y demonios, que en su Zend-Avesta describe Zoroastro. En ese libro sagrado de los persas, según ha llegado hasta nosotros, señala la crítica erudita la doble colaboración del sacerdote y del aeda o cantor anónimo, lo que supone ya una floración profana sobre el primitivo fondo religioso. También los himnos contenidos en Zend-Avesta, ese salterio místico, son, según esa crítica, de inspiración en gran parte, popular, libre y anónima. Y esa inspiración extrasacerdotal sigue luego actuando fuera del libro, como antes, pero ajustándose ya a esos modelos consagrados por un astro superior.

RAFAEL CANSINOS ASSENS


POETAS PERSAS

POESÍA RELIGIOSA

Del ZEND-AVESTA
HIMNO AL SOL

¡Adoremos al Sol, claro, inmortal,
de los raudos corceles! Cuando el sol
arde en todo su fuego y en su luz
resplandece, por cientos y por miles,
los celestes espíritus acuden
a esa luz y la llevan y la expanden,
y la dan a esa tierra que hizo Ahura,
para incremento de los cuerpos puros
y de las vidas puras y del mismo
sol inmortal y sus corceles raudos.
En cuanto el sol se eleva, pura es
la tierra que creó Abura, y puras son
las aguas manaderas y corrientes;
también las de los lagos, y son puras
todas las cosas santas que en un tiempo
creara el santo Espíritu.
Si, por acaso, un día este salmo sol
dejara de surgir, los devis todos
luego en los siete climas matarían
toda cosa viviente en nuestra tierra;
y en este mundo corporal no habría
espíritus tan fuertes que pudiesen
su asalto rechazar ni resistirlo.
Pero aquel que adorando viene al sol,
de los raudos corceles, inmortal,
y con las sombras lucha y con los devis,
hijos de las tinieblas, y combate
al ladrón, al violento y a los magos,
a las pairikas y al protervo Aura Mainyu;
a Abura Mazda venera y a los santos
inmortales también y el alma suya;
y busca el propiciarse a todo espíritu
celestial y terreno, a este inmortal
sol de raudos corceles, adorando.
Adorar quiero ahora al magno Mithra,
el de los pingües pastos, al que todo
oye y todo lo ve; la ingente maza
que cae sobre la frente de los devis
desde lo alto, la del dios potente,
el de los pingües pastos, y adorar
a esa amistad yo voy, la más selecta
de cuantas amistades entre el sol
pueda haber y la luna.
Por su esplendor, por su fulgencia clara
con himno que se oiga, al sol radiante
adoraré, el de corceles raudos,
espléndido, inmortal. Loores públicos,
y gloria y fuerza y potestad suprema
a este Sol de los rápidos corceles,
y de vida inmortal, que en lo alto irradia.


FIRDUSI

(Abu-l-Kásem Mansur). Siglo X.
KAZIDA

Si en tu pecho una noche descansara
los cielos con mi frente yo tocara.
Sus flechas le rompiera al sagitario,
su diadema a la luna le quitara.
Rápido me elevara al nono cielo
y el orbe con soberbio pie pisara;
y si entonces tuviese tu belleza
o en tu lugar, oh hermosa, me encontrara,
piadoso con los pobres desvalidos,
clemente con los tristes me mostrara.


EPIGRAMA AL SULTÁN MAHMUD


Es Mahmud Zabeli, mar insondable;
sin fondo y sin riberas, infinito;
mas yo me hundí en su seno y no hallé perlas;
culpa no fue del mar, fue de mi sino.



SÁTIRA AL MISMO


¿Has visto en qué ha parado de este rey
esa largueza que te prometías?
Hora es de hablar y a la verdad rendir
el debido tributo; crimen fuera
así no hacerlo, y ocultar al mundo
de tamaña avaricia el torpe ejemplo.
Nada tan ruin cual él hay en la tierra,
no tiene religión, moral ni ley;
menguado de intelecto, tiene un alma
a todo sentimiento noble opuesta.
El hijo de un esclavo, aunque sea padre
de poderosos príncipes, no puede
engendrar grandes obras, nobles hechos.
De la nada elevar a los malvados
es como echarse en los ojos tierra,
o deshacer la trama de la vida,
o víboras criar en nuestro pecho.
El árbol que de suyo amargo sale,
aunque en el propio alchenna lo trasplantes
en la ribera de los ríos eternos,
y lo riegues con miel y pura leche,
su condición jamás podrá vencer
y amargo será el fruto que dé siempre.
Si un huevo de la fúnebre corneja,
del pavón de los cielos en el nido
pones a que lo incube, y al pollito
con granos de higos celestiales nutres,
y le das a beber el agua clara
del dulce Selsebil, y sobre el huevo
el arcángel Gabriel sopla suave,
no saldrá de él, después de tanta esfuerzo,
sino una ruin corneja tenebrosa.
Si coges una víbora del campo
y en un lecho de rosas la acomodas,
y en un lecho de rosas la acomodas,
no lograrás que amiga tuya sea,
y al fin te escupirá mortal veneno.
Si una cría de lechuza el hortelano
coge y de noche en rosas la recuesta
y de día la acomoda entre jacintos,
no bien ya pueda desplegar sus alas,
un rincón buscará, tétrica y sola.
Con entera razón el nabi dijo:
Todo a su natural siempre revierte.
Si al lado de una tienda de ámbar pasas,
a ámbar olerán luego tus vestidos;
y si entras en la fragua del herrero,
tendrás tiznado el rostro, a la salida.
Pero no es maravilla que los pechos
de los malos engendren la maldad.
Forzoso es que la noche oscura sea;
absurdo es esperar sea bueno el malo.
Y, por más que se lave el etíope,
jamás podrá mostrar un blanco rostro.
Oh, tú, dominador de tantas razas,
si tuvieras un ánimo apacible,
de la ciencia el camino conocieras,
y sabrías el prestigio que otro tiempo
alcanzó la poesía, por las mercedes
de los monarcas y el vivir ingenuo.
Y apreciaras mis obras en lo justo,
y así no destruyeras mi fortuna.
Oh, rey Mahmud, conquistador osado,
ya que a mí no me temes, a Alá teme.
¿Por qué con tu conducta mi mordaz
ingenio has irritado? ¿No te espanta
esta sangrienta espada de mi verso?



KATRANU-CH-CHEBEL
(El Montañés)
Vivió en la corte de Azebud-Devlet, 
de la dinastía buidi (siglo XI).

KAZIDA A LA PRIMAVERA

La tierra se vistió de rojas flores,
en virtud de las nubes que destilan
las perlas de la lluvia y en los árboles
frutos hacen brotar como rubíes.
Tórtolas y palomas en los plátanos
gimen como laúdes que vibrar
hacen el alma de quien los escucha.
Las rosas con sus tallos nos sonríen
cual el dulce semblante de la amiga;
en tanto que las nubes tristes lloran
lo mismo que mis ojos en la pena.
El viento del oriente en los jardines
fue como una azafata que a las novias
para la boda adorna y como bellas
esposas se dejaron ver las plantas.
Pero igual que las nubes en el cielo
perduran todavía, también la nieve
en la cima del monte aún resplandece.
Rosas y tulipanes florecieron
y en su seno se alberga la negrura;
narcisos y azucenas, y en su cáliz
la blancura se alberga;
estos a un rubio vino se parecen,
sobre un mantel de plata, rociado;
esos otros semejan fuego ardiente,
que por entre humo negro centellea.
Argentado pusieron el vergel
las blancas flores que su verde esmaltan;
y de oscuro color, por las violetas,
tiñéronse las márgenes del río.
Al pie del alto árbol la violeta
la frente humilla como reo ante el cadi.
En medio de la senda los floridos
tulipanes semejan infinitas
antorchas refulgentes sobre el mar.
Esa gota de lluvia en sus corolas
es una perla sobre real diadema.
Cual faisanes que el vuelo levantaron,
las ingrávidas nubes se columpian,
rosas y tulipanes dominando.
Si miras a la tierra, ves tropeles
de graciosas gacelas, y en el cielo
de las grullas pasar bandadas miles.
Las primeras se amparan de las flechas,
en la yerba crecida que las cubre;
las otras, por temor a los halcones,
se ocultan en las aguas.
Oh, la flor del fiengreco, paliducha
cual mejilla de enfermo; y esa otra,
roja cual la mejilla de hombre alegre.
Mira ese sauce que en un día de viento
se inclina ante el ciprés, como los grandes
se humillan en las cortes, ante el rey.
Mientras que hubo materia, fue la guerra
su única ocupación;
y, en tanto una moneda hubo en sus manos,
no hicieron más que repartir mercedes.



J A K A N I

Nacido en Cancha (1140). 
Vivió en la corte de los selchujíes.




CELEBRANDO LA BELLEZA DE SU AMADA


¡Oh día que ilumina el mundo!
¡Héroe que bate una tropa!
¡Flor de corazón y fruto,
primavera prodigiosa!
Un dragón en cada rizo
de tu cabellera undosa;
tus cejas son hechiceras,
tú, una maga poderosa.
Mi cazadora tú eres,
espantable cazadora,
que con tus certeras flechas
siempre en mí tu pieza cobras.
¡Cuán desventurado soy
en mis malogradas obras!
Y tú, la del pelo rufo,
¡qué dura y poco piadosa!
Me hieres y nunca pones
en la herida escocedura
la menor gota de bálsamo
que atempere mi zozobra.
Sin que ofendido te hubiera,
con un rizo de tu umbrosa
cabellera me has herido,
para siempre, oh seductora.
Y en el pecho de Jakani,
este fuego has encendido
que sin cesar lo devora.




ODA


Igual a la mariposa, yo no puedo
olvidarme de ti por un instante
y atender mis asuntos. Yo me abraso
y prosigo en mi vuelo sin pararme.
Si al fin te decidieras a buscar
mi corazón, empieza sin demora;
hoy mismo, si lo aplazas a mañana.
No me hallarás, por más afán que pongas.
No es mi amor de tal temple que con una
mirada nada más se satisfaga;
el agua del Chihon sería muy poca
para apagar la sed que mi alma abrasa.
Semejante a un laúd, bajo ante ti
la cabeza, con toda sumisión;
hiéreme como quieras, golpéame,
no lanzaré ni un grito de dolor.
Aunque al horno cien veces me arrojases
y me fundieses, no me volvería
oro jamás, idéntico a mí mismo
siempre continuaría.
Si fuera tu placer apedrearme,
a ello me prestaría sin resistencia.
Y aguantaría el dolor de las pedradas
sin proferir la más ligera queja.
Nada digno de ti puedo ofrecerte;
pues mi pobre cabeza nada vale
y ni siquiera es digna de que yo
a tus pies la arrojase.
Yo. Con harto pesar, os lo confieso;
un libertino soy, un disoluto,
al que, además, un loco amor lo tiene
embriagado del modo más profundo.
¿Qué más podría decir de mí el censor
más duro y más severo? Yo declaro
al médico mi mal; mi insensatez
de mi corazón los arrebatos.
Y el médico me dice: “Mira, Sádi,
el mal que tú padeces es amor;
contra esa enfermedad, ningún remedio
te puedo mandar yo”.




CHAMl-NURU-D-DIN ABDU-R-RAHMAN

(Siglo XV)

ODA


Oh camellero, por favor, no aprestes
hoy todavía tu palanquín;
mi corazón con un dolor tan vivo
no quieras oprimir.
¿Está bien que dispongas la partida
cuando el camino está
húmedo todavía del largo llanto
que el amante vertiera en su pesar?
Tal es mi angustia, amigos, que no tengo
valor para alejarme;
y me faltan los ánimos también
y la resignación para quedarme.
Oh, ¡qué suerte la mía! ¡No quiera el cielo
a otro dársela igual!
Que es harto dolorosa y sobrepuja
cuanto podáis pensar.
Se va mi tierna amiga; mi propia alma
me abandona con ella;
mi razón se extravía y el llanto ardiente
las mejillas me quema.
El seguirla a mi cuerpo está vedado;
atrás me vuelvo, pues;
pero luego, aun sabiendo que es inútil,
tras ella echo a correr.
¡Oh, brisa mañanera! En los lugares
que ella atraviesa ahora,
derrama tu frescura saludable
y acaricia su frente seductora.
Y en su oído murmura estas palabras,
que brotan de mi pecho;
y de mi amor profundo inalterable,
llevan el fuerte sello.
¡Oh tú, la de los labios enmelados,
la del porte gentil!
¡Ojalá que el cansancio del viaje
no te llegue a rendir!
Guarido la caravana con la aurora
vuelva a ponerse en marcha,
presta un atento oído a los gorjeos
del pájaro que canta la mañana.
Yo siempre pienso en ti cuando lo escucho,
y aunque sé que estás lejos,
busco tu rostro con mis ojos ávidos,
pensando que he de verlo.
Oh, mi dulce adorada, vuelve pronto,
que el dolor ya me postra;
todo mi ser flaquea y ruedo inerte
sobre la tierra, de mi sangre roja.
Soy comparable al ave que de huir trata
del cazador cruel;
oh, amada, vuelve pronto; si no, muere
tu adorador constante y fiel.
Sin duda en el desierto alguna fuente
para apagar tu sed encontrarás;
pero Chami no tiene otra bebida
que de la ausencia el tósigo mortal.



N I Z A M I (Siglo XII)

Del SIKANDER-NAMEH 

El gran Alejandro va en busca de la fuente de la juventud eterna.

No bien la mente al tenebroso sitio
hubo vuelto Sikander, todo otro
cuidado de su alma alejar hizo.
Libres a su corcel dejó las riendas
rumbo a la tierra umbrosa, y en el yermo
eclipsándose, hundióse cual la luna
del celeste dragón en la garganta.
Mandó que, como guía, se adelantase
por el nuevo e incógnito camino
el adivino Jizr y, desmotando
de su blanco corcel, que era un león
en lo osado e intrépido, cedióselo
para que en él, ligero, cabalgase
y a encontrar le ayudase la fortuna.
Y, asimismo, entrególe una real perla
que, al encontrar la fuente, brillaría
en la sombra, anunciando su presencia.
Y después, finalmente, así le dijo:
En el ir y volver serás mi guía;
ninguno en tal misión te sobrepuja;
Vuelve de tu corcel las bridas, rápido
a todas partes y, con mente atenta,
escudríñalo todo; y cuando veas
que mi perla real, que nunca miente,
resplandece en la sombra, bebe al punto
de la fuente que hallares; y, en bebiendo,
con un feliz augurio, una señaltráeme, 
a fin de que yo te recompense.
Y Jizr, que vagar suele por los campos,
que tal fue siempre su costumbre, luego
empezó a cabalgar, ligero, raudo.
Dejó el camino que las tropas siguen
y otro tomó apartado, toda cosa
escudriñando bien; y largo tiempo
anduvo rebuscando sin que el agua
llegar pudiese a sus sedientos labios.
Hasta que, al fin, la perla lanzó un vivo
destello entre sus manos, y Jizr pudo
lograr al fin su anhelo, pues mostróse
a sus ojos la fuente, clara, pura,
brotando de la peña transparente.
Mas ¿qué digo, la fuente? No le cuadra
tal nombre a la verdad; y si era fuente,
era fuente de luz. Era una estrella
que brilla cuando el alba se convierte
en la mañana; plena era una luna,
pero más plena aún que la luna plena.
Su borboteo incesante no paraba,
cual plata viva en mano de un anciano
trémula y azogada. Aunque, en verdad,
yo parangón no hallo a su pureza,
ni sé cómo expresar bien su semblanza.
No bien que de la fuente percatóse,
y de ella luz tomaban sus pupilas,
ligero Jizr descabalgó y quitóse
sus ropas, y la frente y todo el cuerpo
en la linfa purísima lavó.
Y luego bebió de ella, en la medida
necesaria, que digno era, por cierto,
de la vida inmortal. Y a su caballo
abrevó allí también, y vino puro
infundió en plata pura. Acto seguido
tornó a montar en su corcel, que luego
la desierta llanura devoraba,
en tanto Jizr, para mirar la fuente,
la cabeza volvía sobre su silla,
para luego poder, alegre, ufano,
decirle a su señor: “Esa es la fuente
de la vida inmortal…”. Pero, al volver
la vista una vez más hacia la fuente,
sus ojos no la vieron, y Jizr tuvo
la intuición de que el príncipe Sikander
estaba destinado por los dioses
a no participar en la onda viva;
y temiendo sus quejas, no su ira,
aguijó su corcel y, en un momento,
perdióse en la llanura, cual la fuente
que a su vista se hurtara de improviso.



MOZLEHU-D-DIN SADI (El Afortunado) (Siglo XII)
INTRODUCCIÓN AL GULISTAN

Anécdota tomada del libro primero.

Padecía un monarca una enfermedad grave cuyo nombre no es lícito mentar.
Una junta de médicos griegos convinieron en decir esto: ‘Tara semejante enfermedad no hay otro remedio que la bilis de un hombre, dotado de ciertas cualidades”.
Mandó luego el rey que se hiciesen indagaciones, y encontraron que el hijo de uno de sus vasallos poseía las cualidades requeridas.
Llamó, pues, el rey a los padres del chico y los colmó de riquezas, y un jurisconsulto declaró ser lícito verter la sangre de un súbdito por la salud de la vida del rey.
Aprestóse muy luego el verdugo a sacrificar al muchacho. Y el muchacho volvió la cara al cielo y sonrió.
Díjole el rey: “En trance como el tuyo ¿es posible que sonrías:
Y el muchacho respondióle: “Acariciar a los hijos es cosa de los padres; y costumbre es de la gente apelara la sentencia del juez e invocar la justicia del monarca”.
Pero, en este caso, los padres, por bagatelas del mundo. Me han abandonado al suplicio, y el juez ha dictado contra mí sentencia de muerte, y el príncipe ve en mi muerte su salvación. Así es que no me queda otro refugio que el de Alá, el excelso.
“Contra tu mano, mi grito
¿a quién alzaré? Justicia
contra tu mano yo pido.”
Oprimióse el corazón del rey al oír aquello; ablandaron sus ojos las lágrimas y dijo:
—Preferible es mi muerte a haber de derramar la sangre de un inocente.
Y a continuación, besó al muchacho la frente y los ojos, se lo reclinó en su regazo y le donó infinitas riquezas y lo dejó en libertad.
Y dicen que aquella misma semana sanó el rey.
Siempre en mi pensamiento a aquél yo veo.
de elefantes pastor, que en las orillas 
del Nilo azul, “¿La suerte —dijo— ignoras
que bajo de tu pie corre la hormiga?
¿Y la que bajo el pie pesado y fuerte
De un elefante, tú padecerías?”.




Cuentan que había una vez un niño que practicaba el ayuno, aunque por su edad no venía a ello obligado. Y, según dicen también, costábale mucho trabajo abstenerse de comer hasta la hora del almuerzo, sino se dominaba con rara fuerza de voluntad.
Ahora bien, los días que el niño ayunaba, dispensábale su ayo de ir a la escuela, en premio a su buena acción. Su padre besábalo entre ojo y ojo, su madre en toda la cara y ambos prodigábanle dulces y moneditas de oro. Pero aquí que, una vez, no pudo el chico aguantar aquel fuego que el ayuno le encendía en el estómago. Y, para sus adentros, se dijo: “Si tomara yo un bocado, no se habrían de enterar mis padres. ¿Por qué no hacerlo?”.
Y el chiquillo, como su único deseo era granjearse el apreció de los hombres, comió a su placer y, siguió fingiendo hipócritamente que guardaba el ayuno hasta el fin.
Si no es el anhelo de agradar a Alá, ¿quién podrá saber si haces la azalá, sin haber practicado antes las abluciones prescritas? Pues bien, el anciano que con sus devociones no ha tenido otra mira que granjearse la estimación de los hombres, es mucho más insensato que el niño de mi cuento. Esas largas creaciones que rezas son, simplemente, las llaves del infierno. Si la senda en que caminas te lleva a todas partes, menos a Alá, será en el fuego de chehannan donde te tiendan la alfombra para tus rezos.


LA GOTA DE AGUA
(Fábula…)

Bajó al mar, de las nubes desprendida.
una gota de agua y sorprendida
exclamó: ¡Cuánta agua! Yo me pierdo
en esta masa inmensa y me disuelvo.
Y llena de rubor y de modestia
de encogerse hizo el gesto; con presteza
sus valvas una concha abrió anhelante
y en su seno acogióla muy amable
y en él prestóle abrigo y alimento
con tal mimo y cuidado, que a su tiempo
en una hermosa perla convirtióse
y ahora brillaba en la frente de un monarca.
¡Que la modestia así es recompensada!



Del BOSTAN



CONSEJOS DE ANUSCHIRVAN, MORIBUNDO, A SU HIJO ORMUZ


Cuando Anuschirván sintió
cercana su hora postrera,
llamó a su hijo Ormuz al lecho
y le habló de esta manera:
—Hijo mío, sé siempre amparo
del pobre y del desvalido;
y echa de ti las pesadas
Cadenas del egoísmo.
Pues nadie podrá en tu remo
de la abundancia gozar,
mientras tú sólo en ti pienses
y digas: “Esto bien va”.
Jamás aprobará el sabio
que el pastor duerma indolente
en tanto que el lobo astuto
ronda el redil diligente.
Al pueblo mísero alienta,
hijo, con tu protección,
que del pueblo es el monarca,
desde que el trono ocupó.
El pueblo son las raíces
y el tronco el rey; ten presente
que es de la raíz de donde
al árbol su fuerza viene.









Haz que tu sombra la cabeza cubra
del que perdió a su padre;
avienta de él polvo que lo envuelve;
la espina que lo punza, sácale.
¿De su profundo abatimiento ignoras
la causa lamentable?
Un árbol sin raíces nunca torna
a ornarse de ramaje.
Cuando a un huérfano veas triste, abatido.
no beses a tu hijo en su presencia;
no agraves su dolor que igual no tiene;
porque si llora, nadie lo consuela,
y si la ira lo impulsa al desenfreno,
dime ¿quién lo apacigua y lo serena?
Procura no ser causa de que el llanto
del huérfano los ojos humedezca;
porque tiene ese llanto tal poder
que el trono del Señor por él retiembla.
Enjuga tú sus lágrimas piadoso,
limpia el polvo que oculta su semblante;
y cubre con tu sombra su cabeza,
que antes cubría la de su tierno padre.
Un monarca era yo, cuando en el pecho
paternal la cabeza reclinaba;
miles de servidores acudían
a espantar una mosca de mi cara.
Hoy, en cambio, podrían mis enemigos
llevarme prisionero, sin que nadie
saliese en mi defensa, el más amigo
se abstendría de ampararme.
Por experiencia sé cuánto padecen
los pobres huerfanitos,
pues tuve la desgracia de perder
a mi padre, de niño.







Un anciano dervisch, que tenía una mujer sumamente fea. Dábale un día estos prudentes consejos:

-Ya que, al formarte, la mano del Sino te hizo fea, guárdate mucho de encubrir tu fealdad con ningún afeite color de rosa. ¿Cabe acaso, esperar conseguir la dicha por la fuerza y a despecho del Sino?

¿Quién con un colirio devolverá nunca la vista a un ciego?

Nunca veremos a un malvado por naturaleza hacer ninguna obra buena; así como los perros, propensos de suyo a destrozar las cosas, no serían propios para ejercer el oficio de sastre.

Todos lo filósofos de Grecia y Roma juntos no podrían sacar miel del árbol Sukkum.

¿Podría la fiera convertirse en hombre? Toda la educación que se le diese, sería tiempo perdido.

Puede limpiarse el polvo de un espejo; pero no es posible convertir en espejo una piedra.

Por más que hagamos, nunca de la rama del sauce brotará una rosa; por más que lo bañemos, jamás un etíope tendrá la tez blanca.

Y así, puesto que es imposible rechazar la flecha que dispara el Sino, el único escudo que al débil mortal conviene es la Resignación.







EL AVARO Y EL LADRÓN



Una vez un hombre que no se atrevía a tocarle a su tesoro. Era rico v no se decidía a hacer uso de sus riquezas.

No tomaba ni el alimento necesario para saciar el hambre y no pensaba ni remotamente en atesorar méritos para la otra vida.

Día v noche, su único pensamiento era allegar oro y plata; y el oro y la plata estaban como presos bajo la dura mano de aquel hombre avariento.

Y sucedió que un día púsose su hijo al acecho y descubrió el sitio en que su padre tenía escondido su tesoro, y lo desenterró y, poniendo una piedra en su lugar, se lo gastó alegremente en cosas de ningún provecho.

Poco duró el oro en las manos de aquel joven; con una mano lo había cogido y con la otra lo gastaba; pues diz que era un libertino consumado, un tunante de una pieza, babedor impenitente, que hasta su gorro o sus calzones habría empeñado. Con tal de arbitrar dinero para sus diversiones.

En el exceso de su dolor, su padre se apretaba el cuello con las manos; y sucedió que una vez llevó el hijo a la casa tocadores de flauta y de guitarra para que lo divirtieran; y con aquel bullicio que armaban, no dejaban dormir al viejo, que se pasó toda la noche gritando y gimiendo.

Llegó luego la mañana y el joven, burlándose de los reproches de su padre, le dijo:

-Mira, padre mío, ese oro que te cogí estaba destinado a proveer las necesidades de la vida; para estar bajo tierra, lo mismo da oro que piedra.

De una dura piedra se saca el oro para gastarlo con los amigos y con las personas que se aprecian; pero entre las manos de quien hace un ídolo de sus riquezas, el oro sigue estándo en el fondo de la mina.

Si durante tu vida no les haces a los tuyos sino mal, no debe asombrarte que deseen tu muerte. No disfrutarán del caudal que posees hasta que no estés cincuenta codos bajo tierra.

Un avaro rico en oro y plata es como un talismán sobre un tesoro, que nadie se le acerque. Su oro sólo se conserva tantos años por la virtud del talismán que lo defiende; pero he aquí que, de pronto, la piedra de la muerte rompe el talismán y entonces los herederos se reparten tranquilamente el tesoro.

Después de haber recogido y juntado como la hormiga, date prisa a comer antes de que te coma a ti la tumba.

Los discursos de Sádi son órdenes y consejos, llenos de sabiduría; y harás bien en seguirlos. Guay de aquel que de ellos aparte el rostro; porque sólo siguiéndolos puede encontrarse la felicidad.






ANÉCDOTA



Cuentan de un hombre que una vez fue a llamar a la puerta de un amigo. El cual le preguntó, desde dentro:

— ¿Quién eres?

A lo que el otro contestóle:

-Soy yo.

—Pues bien, en ese caso retírate… No puedo recibirte ahora; que no hay sitio en mi mesa para quien aún está verde; a un hombre así no se le puede madurar y curar de su hipocresía sino por el fuego de la separación y el desvío.

Retiróse, pues, el hombre, y emprendió un viaje para olvidar el dolor que la repulsa de su amigo le produjera; y se estuvo un año entero corriendo tierras y países. Hasta que, maduro y templado por tan larga prueba, volvió a su país y tornó a llamar a la puerta de su amigo. Hízolo con prudencia y timidez, temiendo no se le escapara ninguna palabra inoportuna.

Y el amigo volvió a preguntar desde dentro de la casa:

¿Quién está ahí?

—Querido amigo —contestóle el visitante—, tú eres quien estás a la puerta.

—Ah —exclamó el amigo desde dentro—. Puesto que eres otro yo, entra luego; esta casa no puede albergar dos yoes; un hilo doble no conviene a la aguja; pero, ya que tú eres simple, puedes pasar por su ojo.

Entre el hilo y la aguja existe relación; hecho está el uno para la otra; pero un camello, no es adecuado al ojo de una aguja.

¿Cómo podría el cuerpo de un camello adelgazarse y encogerse, sino mediante la potente lima de la mortificación y un penoso trabajo?




FERIDU-D-DIN ATTAR

 (Siglo XII)

VENTAJAS DEL SILENCIO

Si verdaderamente, hermano mío, buscas al Señor, no abras tus labios sino para recitar sus mandamientos; si conoces al Dios vivo, que no está sujeto a la muerte, pon sobre tus labios el sello del silencio.
Está atento, hijo mío, a mis advertencias y a los consejos que te doy.
¿Quieres hallar la paz y la salud? Guarda silencio.
Quien se abandona a las muchas palabras, muestra tener su corazón corrompido y viciado.
El hombre sabio se ejercita en el silencio; el insensato, en el olvido de sus deberes. Vedarse a sí mismo la mentira y la maledicencia es un silencio, cuya obligación es inexcusable. Maledicencia es un silencio, cuya
No hables tú nunca, hermano mío, sino para alabar a Dios y no emplees su santo nombre en vanos e injustos parloteos.
No bien el hombre se deja vencer por el afán de hablar, todo cuanto posee queda abandonado al expolio.
Las muchas palabras matan el alma, aunque tuviesen un valor igual al de las perlas de Aden.
El que consagra sus esfuerzos a adquirir el arte de la palabra, inflígele una llaga a su alma y desfigura su belleza.
Guarda, pues, tu lengua estrechamente encerrada en la cárcel de tu boca, y no cifres tu esperanza en las criaturas.
Aquel que sólo tiene ojos abiertos para ver sus propias faltas, verá cómo su alma cobra nuevo vigor.



OMAR JAYYAM

(Gayatsun-d-Din Abu-l-Feda)



LAS RUBAYAT


I
¡Despierta! Que ya el sol refulgente ha lanzado
del campo de la Noche a los astros, 
y echado a la Noche con ellos, y con guijos de luz
la Torre del sultán a apedrear ha empezado.



II
Antes de irse el espectro de la falsa mañana
pareció sonar dentro de la taberna arcana
voz: “Si aquí todo lo tenemos dispuesto,
¿a qué hacer por ahí fuera la zalá cotidiana?”.



III
Y cuando cantó el gallo, los que andaban alerta,
aguardando, gritaron: “Abridnos ya la puerta.
Bien sabéis que muy poco hemos de estar aquí,
y que al irnos se cierra por siempre la compuerta”.



VI
Y David cerró el pico; mas aún en un divino
trinado pehlevi clama el ruiseñor: “¡Vino,
vino, más vino rojo!”. Y la pálida Rosa,
al oírlo, se sonroja de un rubor peregrino.



XIX
A veces imagino que la rosa más roja
crece sobre la tierra en que su sangre arroja,
asesinado, un kaisar y que el rojo Jacinto
de algún antiguo amante en la sangre se moja.



XXXI
Por la séptima puerta ascendí, peregrino,
y me senté en el trono de Zujal el divino
desaté muchos nudos, ¡pero el nudo maestro
no pude desatar del humano Destino!



LII
Si un momento te muestra su cara misteriosa,
al punto se sumerge en la tiniebla umbrosa.
donde, en su Eternidad, se recrea con el drama
eterno, en que el autor y actor son una cosa.



LVIII
Y al fin de la taberna por los amplios umbrales,
llegó a ser que tenía formas angelicales,
y en sus hombros traía una jarra; invitóme
y gusté de la Vid los zumos inmortales.





LXXIV
La locura de Hoy es la obra del Ayer
igual que del Mañana la pena o el placer.
¡Bebe! Porque no sabes de dónde vienes ni cómo.
¡Bebe! Porque no sabes ni adonde vas ni a qué.





HAFIZ
(Mohamed Schemsu-d-Din.) Siglo XIV.
GACELES Y RUBAYAT



XIII


Todo está predestinado
por la gran bondad de Alá.
¿Qué puedo, pues, hacer yo
contra la fatalidad?
Predestinado nací
para el vino y la taberna;
¿cómo podría resistir
Ni conseguiría la enmienda?
Igual que el pájaro ama
al árbol, y al bosque el corzo,
yo amo el vino y la taberna,
por el sino poderoso.
Todo está predestinado
por la gran bondad de Alá;
¿qué puedo, pues, hacer yo,
contra la fatalidad?




XVIII

De todos los tesoros de este mundo
los más preciados son:
un instrumento de sonoras cuerdas,
una copa de vino embriagador,
la danza de una almea de piernas ágiles,
de una bella la plena donación…
y después el silencio, sí, un silencio
profundo, absorbedor…





XXIII

Enfermo estoy, lo sé…, pero ¡dejadme!
El médico mejor no lograría curarme.
No hay remedio posible contra estas
heridas tan profundas que mi pecho laceran.
Sólo podría curarme una persona;
la que me puso enfermo con su dulce ponzoña.
¡Que ella me amase y, en el punto mismo.
veríais cómo sanaba, amigos míos!





LXXXIII


Tú gustas de sentarte ante los libros;
yo ante el frasco de vino.
Y así te has hecho un sabio, mientras yo
hundíme en el abismo del error.
Tú gustas de moverte con decoro
sin pasar de la raya; yo prefiero,
como un león audaz, correrlo todo.
Tú gustas de ir juntando con esfuerzo
un día y otro tus acciones buenas;
yo culpas y pecados vov reuniendo.
Tú esgrimes con placer la cimitarra
combatiendo al infiel. Y yo desgrano
de mis versos las perlas y esmeraldas.
Tú elevas tu almo espíritu hacia el cielo
como nube de humo, en línea recta;
yo, cual hilo de agua, aquí serpeo.
En fin, para acabar; tú eres honrado
y bueno; mas tu humor amargo tienes;
en tanto que yo en mieles mi alma empapo.





LXXXIV


La lealtad de mis amores
imaginar tú no puedes.
No sabes cómo rechazo
placer que de ti no viene.
Por más mal que hablen de mí,
es el amor que te tengo
de una pureza sin fin.
¿Pensarás que estoy de broma?
Pues no; que por ti mi alma
les gana en lo serio a todas.




XCII


Del libro del Saber una sentencia
os quiero hoy recitar:
hacer un alma noble. Así, escuchad:
—¡Sé como el cartucho de oro!
Al que te desgarre el pecho,
 codiciando tu tesoro,
báñalo en áureas
y déjalo satisfecho.
Sé como el árbol, que a quien
su ramaje le apedrea
da generoso su fruta,
sin sentirse de la ofensa.
A la concha proponte por modelo;
y, como ella, a aquel que te destroce
regálale al morir las raras perlas
del perdón y el amor, sin un reproche.





XCVII


Mi pena ahogar yo quiero
en vasos tintineantes
del noble vino de Schirás repletos.
La guerra al ruiseñor
le voy a declarar,
por sus cantos insípidos de amor.
La traición aquí priva
en este mundo amargo;
lealtad en pecho de mujer no habita.
Ahogaré, pues, mi pena,
en copas tintineantes
del noble vino de Schirás repletas.
Y mataré al ruiseñor
de una pedrada certera;
para que no cante más…
¡cómo si el mundo estuviera
lleno de felicidad!




CIV


Tus caderas, Sulamit, son dos cojines
de seda sonrosada, y sobre ellos
la noche entera sueño horas felices.
Tus labios son un rojo manantial
que del alcenna mana, y en el que
no me canso en la noche de abrevar.
Dos colinas son tus pechos
de los jardines de Edén,
por las que yo me paseo.
Tus ojos son dos arcanos;
yo paso la noche entera tratando de descifrarlos.
Tus cabellos, Sulamit,
son una noche de amor,
en que quisiera morir.







CLXIX


Un sabio vino una noche a visitarme a mi casa.
“Te revelaré el secreto del que el vino nos escancia
me dijo. Y luego añadió: “No tomes en serio nada;
que la gente sobre el blando se complace en echar cargas”.
Acto seguido me dio una copa, de tal traza,
que es fiel trasunto del cielo, y hace que de puro alegre
Sohra se entregue a la danza.
Y el sabio me siguió hablando: —No te afanes por saber
ciertas cosas de la vida, y recoge mis palabras
más preciosas que las perlas que el buzo de la mar saca.
Igual que este vaso tomas, esta vida has de tomar.
Y siempre has de sonreír, aunque sangres de pesar.
No gimas como el laúd, tu herida del mundo oculta.
Hasta el día que la muerte con su velo te recubra.
Por inquirir la verdad, no te esfuerces; será vano;
que las palabras del cielo son para el hombre un arcano
en la casa del amor, dejarás la vanidad;
sencillo en el responder, ingenuo en el contestar.
Saki, escáncianos más vino; Alá comprende y perdona
las locuras de mi vida.
Alá piadoso, apiadable, en su infinita bondad
nuestros pecados olvida.





CLXI


Creyente, no condenes al fuego del infierno
al bebedor; su culpa confiese cada cual;
los bebedores vamos de noche a la taberna;
de lo que hayan sembrado, todos cosecharán.
No hagas que desespere; ya nos juzgará el cielo;
quién fue malo y quién fue bueno entonces se sabrá.
Austeros o indulgentes, todos amar ansiamos.
todos tu altar buscamos en aljama o kahal,
oh Amor; se perdió por-ello el padre Adám.
En el Edén delicias eternas, junto a ríos
de gustosa frescura, te prometes gozar;
pero tus ilusiones seductoras, ¿no sabes
que en el fondo tal vez puedan comparar
con la sombra de un sauce que en el agua se mira
y que sólo el incauto toma por realidad?
No confíes en tus obras, creyente, pues ignoras
si pesó tu pecado en la balanza Alá.







CLXIII


Señor, el sacrificio penoso de la ausencia
evita a los mortales, yo padezco por ella
y sé cuan dolorosa es su tortura inmensa.
Extranjero en mi patria, cual pobre vagabundo.
Mis amores arrastro por los países del mundo.
En medio de la gente estoy solo; no sé
en busca de consuelo adonde marcharé.
¿Quién será el confidente de este mi amor cruel?
¿En esta soledad quién tomaré por juez?
¿Por qué tendré yo esta pena? Es que nací condenado
a ser siempre tan miserable en ese reino encantado
del amor;
en mi corazón impresos llevo funestos estigmas
y por eso mis sollozos responden todas las noches
al trino del ruiseñor.





CLXXIII


La buena amistad es rara;
la inconstancia es lo normal;
sólo por condescendencia
estrechamos ciertas manos
que no debíamos tocar.
En este vasto dolor
del mundo son los mejores
los que más sufren y llevan
con paciencia sus dolores.
Componga, pues, el poeta
cantos claros como el sol,
que un torrente de alegría
le lleven al corazón.
Mas no espere que el avaro
lo recompense siquiera,
por el don de melodía.
Con una espiguilla huera.
“Paciencia ten”, dijo el sabio.
Seguir debes su consejo,
Hafiz, y por más perdido
que te veas y más enfermo,
sigue camino adelante,
alta la frente, sin miedo.






 CCIV


Ven, sufí, contempla el vaso
que es espejo cristalino,
donde verse puede el dulce
semblante del rojo vino.
Privilegio del borracho
es descorrer del Destino
el velo, don que al asceta
no le ha sido concedido.
Vano es pretender al Enkaf

en la red mirar prendido;
pues sólo cogerá viento
quien lo hiciere, eso es sabido.
Goza tú del bien presente,
no seas como el padre Adán,
que por ansia de saber
perdió el alchenna sin par.
Bebe una copa que otra,
que es de este mundo el festín;
y retírate discreto,
antes de verle su fin.
Pasó la juventud; sólo una rosa
te queda por cortar;
córtala, pues, y a que se mustie triste
no des lugar.
Ama Hafiz la copa; ¡oh, cefirillo!,
busca corriendo a Chami;
y en tanto bebe, dile que lo quiero
para que se solace.



C H A M I

(Nuru-d-Din Abdur-rahman.) Siglo XV

SALAMAN Y ABSAL

Un viajero hallo a Mechnún
sobre la arena sentado
del desierto, caracteres
en ella, como hechicero,
prolijamente trazando.
-¡Oh, amador irreflexivo
que por escribir te afanas
lo que el viento del desierto,
agudo como una espada,
ha de borrar, sin que nadie
descifrarlo pueda luego!
Pero Mechnún respondióle,
sin perder su calma y flema:
—Yo escribo para mí solo,
y tan sólo escribo ¡Leila!
que sin cesar escribiendo
esa única palabra,
en ella un libro condenso
que eternamente medito
y de su Nombre me embriago
con la fantasía, hasta que
pueda beber de sus labios.



Ansiando tener un hijo,
fue un hombre a buscar a un santo,
y tirando de su túnica,
así se puso a implorarlo:
—Oh, maestro, ¡ayúdame!
Pídele a Alá que, del barro,
me haga brotar un ciprés
que ilumine mis nostálgicos
ojos, y evite me extinga
cual niebla, sin dejar rastro.
Mas el dervisch fue y le dijo:
—Deja el asunto en las manos
De Alá, que es quien sabe aquello
que en verdad necesitamos.
pero el hombre insistió: —¡Maestro!,
si mi anhelo no es logrado,
sucumbiré; así que ayúdame
y da a mi plegaria paso.
Visto lo cual, el dervisch
sus manos alzó y, sacando
de los cotos de la sombra
un cervatillo almizclado
de China —un niño—, lo puso
de su padre entre los brazos.
Un niño que, cuando el germen
de la Pasión que plantado
llevaba en su pecho se hubo
desarrollado lozano,
entregóse a la bebida,
al juego y lascivos tratos.
Desde la alta azotea
de su casa, insultos agrios
a las mujeres lanzaba
y a los maridos honrados
desafiaba, por lo que hubo el cadí de multarlo
más de una vez, siendo el padre
siempre de todo el pagano.
Día y noche comidilla
de la ciudad era el muchacho,
sin que valieran consejos
ni amenazas ni halagos
para corregir al chico
y evitar aquel escándalo;
hasta que, por fin, su padre
fue a ver al dervisch, gritando,
asido a sus ropas: —¡Maestro,
se mi esperanza y amparo!
Ruega de nuevo por mí
y pídele a Alá —loado
sea su nombre— que me alivie
de este peso malhadado
que en la cabeza me puso.
Mas el santo dijo: —^Hermano!
Recuerda cómo aquel día
te previne que cuidado
tuvieras en tu demanda,
y no con ruegos livianos
importunaras a Alá
quizás en tu propio daño.
Así es que ahora ya te toca
aguantarte, resignado,
y a Alá pedir te perdone
tu ruego descabellado.



Preguntaron antaño cierto día.
a un hombre que pasaba por maestro,
de qué modo infalible se podría
saber que un hijo es en verdad hijo nuestro,
o fruto de execrable bastardía.
Y el sabio respondió: —Hay un criterio
seguro para el caso; si es el hijo
legítimo y no fruto del adulterio,
al padre en todo será igual de fijo,
en bondad y en maldad; tal el misterio
es de Naturaleza. La cizaña
con los trigales crece contundida,
pero en llegando el día en que florece
el trigo y da su fruto, ya su maña
no le vale, pues claro ve cualquiera,
que es cizaña, aunque trigo pareciera.