lunes, 20 de mayo de 2013

Pablo García Baena

En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba. Fue declarado Hijo Predilecto de Andalucía en 1988, y Premio Andalucía de las Letras en 1992. En 2004 recibió la Medalla de Oro de la Provincia de Málaga en la que pasó una gran parte de su vida. Actualmente, es miembro de la Comisión Asesora del Centro Andaluz de las Letras, del que es director. Su poesía posee un acento gongorino y sensualidad, e incluye la temática religiosa de los ritos y las procesiones. Su obra poética hasta la fecha se halla reunida en Poesía completa (1940-2008) (Madrid, Visor, 2008). En mayo de 2008 gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En octubre de 2012 ha recibido el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca. (Biografía tomada de Wikipedia)

LAS SANTAS MUJERES

Hemos llorado tanto que apenas si podemos recordar.
Nuestras vecinas nos decían desde sus ventanas:
María, tus ropas están húmedas…
María, la albahaca de los pórticos te ha bañado en su agua amarga y verde.
María, ya no temas. Varas finas de olivo han cubierto las hachas de los lectores.
Sí. Hemos llorado tanto… … Las tres hemos llorado tanto
que ahora casi no sabemos otra cosa que llorar.
Toda la noche errantes llorando por las calles.
Como ciegos que tienden su mano en la penumbra y caen en las zanjas,
Llorando, nos caímos dormidas en los duros peldaños de los atrios
Y entre el suelo llorábamos.
Bajos los negros mantos, agrupadas, como funestas aves
Que aguardan el enjoyado dedo de los sátrapas
Para posar en él su altanería,
Seguras de que el ángel de cabellos vengadores
Vendría con la espada y la balanza
Para pesar las túnicas bordadas de campanas,
Las frías armaduras, los escudos, los yelmos y su airón de blasfemia
Las danzas como llama que surge de los pífanos
Y las miradas que alargan los celos o la envidia,
En tanto el cuerpo teme y escurre tembloroso
La inmunda pedrería de sus llagas
Como áspid que abandona su escama entre los mimbres.
Sí. Hemos llorado tanto…
Nuestras ropas van húmedas de llanto y madrugada.
María y tú, María, y tú también, María
Las tres, hace miles de noches que lloramos.
(Caminan mientras hablan las santas mujeres.
Todo el pueblo las sigue
Y el Nazareno, pálido en sus pesadas andas de lirios luminosos,
Bendice a la campiña de lejanos cortijos,
Donde bajo el azahar, los martinetes lloran la pasión del Señor).
Jerusalén, Jerusalén, hacia ti nos volvemos.
Míranos: tres mujeres andando ya sin fuerzas.
Nuestra voz nadie oye. Y hay sangre por tus muros,
Hay sangre entre tus piedras como musgo rojizo,
Toda tú, esponja ávida empapada de sangre.
¿Qué dirán las vecinas cuando nos vean volver?
María, tienes paja en el pelo…
María, algo punza en tus ojos. Se dirían acericos donde arden alfileres.
María, ¿aún tiemblas? Tus manos en su fiebre buscan no sé qué pájaros de angustia.
Hemos llorado tanto que apenas si podemos recordar.
Dejamos nuestras casas creyendo que en seguida volveríamos.
El pan siguió cociéndose al fuego de los hornos.
La escalera apoyada en el viejo manzano para coger sus frutos.
Los calderos dispuestos, derritiendo manteca,
 ahora es todo ceniza.
Somos pobres mujeres. Al pasar bajo un arco
Los niños han gritado creyéndonos embriagadas.
Sí, vamos ebrias de llanto. Vamos andando, torpes,
Dado tumbos, cayendo.
Somos mujeres débiles, pero una fuerza oculta nos obliga decir
Algo que sólo sabemos expresar con el llanto.


LA HUERTA DE LA CRUZ

El camino entre huertas que deja a la Fuensanta,
campesina y humilde, a un lado y en el otro
el pozo de la gracia con su promesa ciega,
me lleva perezoso por su polvo sediento.
Primero está la huerta de la Capilla; verdes
los cipreses se elevan ávidos de luceros.
El camino se dobla en la higuera que cruje
junto a la dulce y vana delicia de las cañas.
Otra huerta. Las coles, ostentan orgullosas
la pompa de sus hojas de un morado litúrgico
y en la noria que un viejo caballo redondea
la música del agua salta en los arcaduces.
Cansino como un buey mi paso va dejando
huellas sobre la tierra que borran otras huellas.
Unos cardos levantan el reseco tormento
de sus púas que hieren al débil airecillo.
El sol en su agonía me besa largamente.
Mi frente resplandece en invisibles halos
y aquella mariposa ha libado un momento
en la oscura y estéril dalia de mi chaqueta.
Pasado ya el arroyo, la huerta de la Cruz
levanta la blancura ruinosa de sus tapias.
El hierro de la verja agriamente rechina
y Sultana me ladra, furiosa, sin saberme.
Cuánto tiempo ha pasado desde que yo de niño
corría por la arena íntima de esta senda
y Sultana venía a recibir alegre
el temeroso halago de mi caricia tímida.
Corrían otros tiempos. Yo venía con mi madre
a ver a la que hoy es mujer de mi hermano.
El padre casi ciego junto al fuego encendido
estrechaba mi mano ente sus manos rudas.
Soledad y sus hermanas Pilar, María, Elisa
me llevaban contento al establo. Las vacas
miraban asombradas con sus ojos ingenuos
de niña a quien sonríe un hombre por la calle.
Soledad me llenaba los bolsillos de peras,
de ciruelas, de nueces, la boca de pestiños
y en mis manos ponía el tazón humeante
de leche como un cáliz que me ofreciera el campo.
Luego, yo, distraído, miraba por la sala
donde los viejos cuadros apagaban sus brillos:
La Inmaculada azul y en un piadoso cromo
San Onofre cubría su desnudo de yedras.
A la vuelta la tierra respiraba el sosiego
de la tarde. Como una fresca gota encendida
en el soñado pétalo del crepúsculo puro
derramaba una estrella sus luces de diamante.
Mi madre, entre sus brazos, llevaba virginales
azucenas blanquísimas y rosas como llamas
y entre el verde temblor de la albahaca primera
se perdía el perfume del morado heliotropo.
El camino a la vuelta era tan diferente…
Todo triste: el arroyo con sus húmedas hierbas,
las huertas, las higueras, la noria solitaria
y al final la Fuensanta mecida por los grillos.


OTOÑO EN LOS CASTAÑOS

Quiero morir de amor esta tarde en el campo.
Estoy echado solo, con Dios y mi poesía,
sobre la tierra húmeda del castañar que el viento
del otoño descrencha con su peine de frío.
Mátame dulcemente, muerte que nos acechas:
ven ahora callada, ven ahora, callada
por el sendero, ahora que el corazón me tiembla
de amor, que todavía puedo darlo sangrante
y destrozado pero como una fuente puro.
Ven que quiero contarte esta tarde en el campo,
a ti, que sólo tú podrías consolarme,
todo el amargo cauce de mi llanto secreto,
a ti, que eres la única confidente que calla.
Un pájaro vuela por los pinos. ¿Son tus alas
las que mueven las nubes brillantes por el cielo
o vendrás cautelosa avanzando en la sombra,
y no oiré ni el crujido de las hojas pisadas?
Si eres libertadora de todo sufrimiento,
no, no vengas ahora a esta cita en el campo,
si te llamó no quiero el olvido en tu sueño
sino el quedar por siempre eterno en mi recuerdo.
Ven pronto, pronto, muerte. Ven, muerte, que te llamo,
antes que el corazón se me enturbie de odios
y me ciña el deseo con sus llamas ardientes.
Antes de que despierte el desprecio dormido,
ven, y en tu dura piedra, haz mi dolor eterno.
Ven, muerte, que no quiero olvidar, y ya veo
al fondo del dolor la aurora del olvido.
Ven, que quiero morir esta tarde en el campo.


ÉGLOGA DE BELISA

En la selva sombría
que el manso viento arrulla y enamora,
la clara luz del día
rompe la engañadora
niebla y la noche cae ante la aurora.
A las luces suaves
que el caballo del alba va encendiendo,
las parleruelas aves
el silencio rompiendo
un coro deleitoso sosteniendo.
Por entre los laureles
que al arroyo le prestan su verdura,
cantando sin rabeles,
un pastor con ternura
velaba con el llanto su amargura:
Árboles que al venero
de sus ojos mirasteis vuestras ramas,
hablad de la que quiero,
que al cielo de las famas
llega el ardor hirviente de mis llamas.
Canarios que en la pluma
de sus manos hicisteis vuestros nidos.
Alondra que en la espuma
de sus labios heridos
bebiste los cristales encendidos.
Y tú, luna medrosa
que huyes de la fría amanecida,
no corras presurosa,
mira la enfebrecida
mano que arrebató mi propia vida.
Escucha, selva entera,
oye la historia de mi desventura.
Detente, primavera,
y con tu veste pura
ahuyenta de mi frente la locura.
Belisa la pastora,
y yo, de dulce amor los dos sufriendo,
salimos a deshora
de la majada huyendo,
el aire de los corzos persiguiendo.
La selva iluminada
por la luna y los cándidos luceros,
el aura sosegada,
los trinos placenteros
del galán ruiseñor y los jilgueros.
Al viento el pie desnudo
corriendo sobre perlas de rocío;
en la cintura el nudo
de un torpe escalofrío
que mi brazo rodea en su desvío.
En la noche, sus manos
volaban como azor en cetrería,
parándose en los vanos
jazmines de luz fría
y en las silvestres rosas de la umbría.
Ángeles cazadores,
por los cotos en flor de las esferas,
desde sus miradores
lanzaban las primeras
flechas de verde luz a las riberas.
Y yo en mi caracola
rizaba un aire áspero y guerrero,
que temblaba la sola
selva a su toque fiero
como pájaro en redes prisionero.
Cerca ya del remanso
donde el río naufraga en surtidores,
los ciervos en descanso
dormían soñadores,
ajenos a la caza y sus ardores.
La luna iluminaba
anclados en el río los jardines,
la noche desgranaba
sus mágicos violines
sobre volantes peces y delfines.
Al canto de Belisa
y al ronco son del caracol al viento,
despertaba la brisa
el ojo soñoliento,
espantando a los ciervos su lamento.
Un tímido corcillo
que en los juncos pacía su blancura,
entre el verde tomillo
huyó por la espesura,
rompiendo en los cristales su figura.
Belisa, voladora
corrió tras él por juncias y zarzales.
Su pelo, que atesora
el oro en los banales
lazos, rompió, ahogando litorales.
La nieve que al cordero
despojó de la lana su vestido,
en el espino fiero
deja un copo prendido,
lirio de yelo en nácar florecido.
En mi ruda ballesta
tendí del arco los fuertes cordeles
y la saeta presta
voló por los laureles,
deshojando del vien /eles.
Mas, ¡ay!, que ya no puedo
seguir porque la voz naufraga en llanto.
Ven, pues no tengo miedo,
muerte, que no me espanto:
corta el hilo grosero de mi canto.
Tanto como la flecha
corrí por la vereda oscurecida
donde la muerte acecha:
allí estaba tendida
Belisa despojada de su vida.
Allí estaba clavada,
derritiendo la nieve de su seno
la saeta lanzada.
Allí de sangre lleno
su cuerpo se enfriaba sobre el heno.
La cinta que a su pelo
recogía, celeste y volandera,
destrenzaba su anhelo
entre la zarza fiera
flotando de la muerte la bandera.
La sangre se paraba
en los ocultos cauces de sus venas,
el céfiro enlazaba
en sus manos serenas
guirnaldas de alhelíes y azucenas.
¡Ay noche despiadada,
deshoja las estrellas de tu cielo!
Detente, madrugada
bajo tu yerto velo,
que tu luz no verá mi desconsuelo.
Y tú, profundo río,
ahoga entre tus olas ya mi vida,
que tu fondo sombrío
sea la tumba perdida
donde duerma ni sien enloquecida.
La selva se dormía…
Cerró el agua sus alas de cristales.
Lejos, amanecía
y junto a los trigales
balaban sin pastor los recentales.


LA MUCHACHA DESNUDA ENTRE VIDRIOS
A Manolo Hidalgo

Muchacha ¿qué llevas en tu frente?
anoche todavía era pálida…
La mesa estaba sola como el bosque
y la lámpara ardía para el llanto.
Por el espejo en niebla, los rincones
se llenaban de telas destrozadas.
¡Oh, deja que me ría!
Había tabaco y sangre.
de una rota botella, sobre el suelo,
escapaba en silencio la serpiente del día.
llamaron en la puerta. Unos nudillos tercos
golpeaban sin descanso la madera.
No preguntadme nada.
Hay un violín que aquieta los leones.
Muchacha ¿qué llevas en tus ojos?
anoche todavía eran ciegos…
Paseaba con mi cesto de frutas por la acera
despidiendo las horas que clavaban sus dientes
en el bronce mortal de los crepúsculos.
Pasó, con su gabán raído, sin mirarme
y su mano estrujaba hasta el perfume
el limón del destino.
Dormía entre su boca el trofeo del desdén
como si hubiera bebido en el cáliz de un dios
un licor de amargura y paraíso
o tuviera la llave de algún jardín prohibido.
Y tras él se arrastraba el grito de los raptos
en la hora más bella del estío
y la crencha de una reina implorante en un templo. 
Desnuda entre sus vidrios
la noche alzaba su severa frente
y la vieja mendiga del otoño
recogía las hojas en su saco.
Corrí para ofrecerle de mis frutas:
manzanas, sí, manzanas serían sus preferidas.
Grité hasta encontrarlo: ¡Ay, espera!,
y ahora un dogal de tristeza estrangula mi cuello.
¿No veis que resplandezco. ¿Para qué preguntar?
Muchacha ¿qué llevas en tus labios?
Anoche todavía no tenía color…
la calle desgarraba el vestido en mis hombros
con sus mil manos torpes
y una joya inapreciable,
un collar de miradas insomnes y marchitas
me ceñía desnuda todo el cuerpo.
Había ojos voraces en mis rodillas
que subían por mis brazos con el frío de los reptiles
y mi pecho apenas si respiraba
bajo murientes ascuas.
Una llama trémula de alientos
como el petróleo que incendia la sombra de las galerías
deslizaba sus lenguas por mi vientre.
La lluvia con sus pliegues me detuvo en un atrio
y un brazo de dominio estrechó mi cintura.
Me sentía tan débil que apenas si en la escalera puede recordar:
«Era el campo y bebí leche tibia en un vaso.
Había fresas».
Más tarde, al levantarme,
vi el hoyo de mi cuerpo sobre la sucia sábana
y ahogadas sus palabras en la roja marea de la fiebre
el murmuraba: Tus labios, ah, tus labios…
cuando yo recogía del mantel las monedas
¿Por qué me preguntáis? No sé nada.
Arrodíllate.
Llevo en mis labios el beso que se compra.



EL RETORNO

Esa gota de agua que resuena en la piedra de la cegada fuente
e da el acorde grave de tus días,
pródigo que regresas por jardines de olvido
escuchando los ecos lejanos de pisadas.
He aquí la muralla y la sombra cambiante del amarillo limonero
donde el adolescente alza su grito melancólico
como ave que despierta asustada en la noche.
Aquí tu dicha tuvo su oriente y aún las palmas
parecen respirar aquella dicha,
aquella brisa que adormece y canta con un dulce zureo de palomas
y acaricia en su seda ligera al misterioso caminante.
Mira el cancel, el banco de los doctos canónigos,
el pregón del otoño rojeante
como canción sagrada de Cecilia
que expira en el cuchillo martirial de las arpas.
Mira, ya casi noche,
las calles donde al turbio conjuro de los ojos
muchachos verdes por el agua desnuda de los aljibes
retuercen con sus uñas finas el corazón de las guitarras.
Oye las palabras que quedaron mudas en tus labios
como campanas lentas que cierran los atardeceres.
Campanas de conventos por la cuesta del Bailío,
calles de la Paciencia, de la Rosa, del Agua.
Olor de jaras que arden en los hornos de tortas.
Sobre verjas secretas buganvillas estallan
y el pan, como redonda joya campesina,
en los serones luce su oro bárbaro y religioso.
Esta es tu casa, Pródigo. Hoy que vuelves
mira las solitarias cámaras, los pórticos ruinosos,
las resonantes bóvedas y esa puerta cerrada…
No encontrarás la llave ni el puñal para abrirla.
Detén tu mano.
gladiador celeste te prohíbe el umbral de tu edén más amargo.
Mas tú adivinas casi, por entre las rendijas de la vieja madera,
ese pozo que entrega su dormido frescor
a la caricia en sombra de la parra.
Aunque una vez bebiste en su profundo cuenco de agua resonante
ya siempre tendrás sed por los caminos. 


EL PUESTO DE LECHE

Al frío de las ocho,
cuando en las piedras lisas de la calle
golpea la herradura pesada de los mulos
y el arriero anuda la soga en la ventana,
llegaba la leche en las viejas cántaras resonantes,
hondas como cañadas donde un arroyo en sombra
perfuma con los verdes lentiscos de la aurora
y una canción lejana
iba abriendo postigos en el sueño.
En el compás angosto, bajo la acacia rosa
y el silencio apagado del naranjo,
manos hábiles armaban la frágil lona y el toldo sombrío
donde guardar la amarga languidez de los nísperos,
la frescura suave de los albarcoques,
de un sol celoso que en cúspide de dicha
consume en su pasión cuanto acaricia.
bajaban de los carros los cestos de manzanas,
las lechugas aún húmedas de noche,
y la azul platería de los peces,
fría en su carne tersa de sonrosados vidrios
como un silbo de luna en los aljibes de la madrugada.
El portal de la leche,
con su estrella de cristal de colores
verde, rojo, naranja,
se llenaba de cántaros misteriosos y pródigos
como las zafras mágicas de la leyenda.
El niño recordaba las láminas sencillas
de la Historia Sagrada: José desnudo junto a la cisterna
mientras los mercaderes cargaban con sus odres los durmientes camellos,
y el ánfora de Ruth entre las mieses,
y los vasos ungidos que Baltasar profana
con un vino rojo de cinturas esbeltas y canelas nocturnas,
y el maestresala de las bodas de Cana
dando órdenes, junto a las vasijas de barro,
al joven escanciador que colma las copas nupciales.
Sobre los muros blancos del portal, viejas litografías
orilladas de moscas en sus marcos de nogalina
mostraban a Isabel la Católica, rodeada de obispos,
en su blanca hacanea entrando por Segovia,
y sobre el mismo cojín de seda asina,
celeste como el ala de libélulas raudas en torno de los juncos,
desangraba Holofernes su cuello en surtidores
y Colón arrodilla al indio temeroso, entre frutos calientes como pecados jóvenes
y un revuelo triunfal de papagayos.
Al fondo, tras la puerta vidriera, estaba el patio
en su sueño de arcos dormidos al suspiro tenue del agua viva
y la mañana clara acallaba noctámbulas serenatas de olores:
los dompedros carmíneos, las caracolas pálidas
y moradas como oídos pequeños atentos en un halo de músicas secretas
y el punzón de marfil de las damas de noche
hiriendo el turbio pétalo, como lacrimatorios
goteantes de luna, de madreselvas vírgenes.
Así vosotros florecéis de nuevo en mi caída noche,
patio, portal, compás angosto bajo la acacia rosa
y esa sombra que ronda vuestro hastío melancólico,
vuestro olvido humeante, atardecer de niebla,
fugaz, por un momento, detiene el paso y mira.


HIMNO DEL CEDRO

Oh qué dulce negrura perfumada
bajo tu copa virgen que la noche cobija.
Oh, alcanzar tu sombra,
nube que no has querido abandonar la tierra,
llegar desde lejanos países, cuando el sol,
igual que una garza que se desangrara,
deja caer las gotas ardientes de sus rayos;
llegar hasta tu sombra,
suave negrura perfumada.
Una palabra bajo la gruta secreta de tus ramas,
una palabra sola, dicha en voz baja,
¿o fue sólo el rumor de la hierba y la luna?,
una palabra sólo en la noche lánguida de lilas y suspiros
me aparta de ti,
cedro, que sueltas tus cabellos perfumados de pájaros
a la caricia de la noche,
que te abandona, herido, ante la espada lívida del alba.
Oh, quién llegara de nuevo
a percibir el perfumado beso de tu tronco,
como esa pareja que sube a la montaña sólo por verte,
cambiando entre sí caracoles y florecillas,
bajo las frondas que el Amor fugitivo enciende en músicas,
con las cabezas reclinadas y las manos unidas,
subiendo despacio a la montaña,
sólo por verte, cedro, suave negrura perfumada.


SUEÑO DE ADÁN
A Bernabé Fernández-Canivell

Dormido estoy, pues que dormir es esta
sombra que al primer barro me devuelve.
Dormido en el vergel de Dios, cansado
entre sus manos grandes que meciendo
van mi sueño, el jardín, la tierra oscura.
Alta es la noche. Al aire, la candela
redonda y blanca fulge de la luna,
esparciendo claror en el silencio.
¿Silencio? Sí, silencio. Dios respira
en silencio de estrellas. Más, rumores
hinchan el bosque como fruto cálido,
estallante. Vibran de luz las alas
de oropéndola y cínife. Los ciervos,
entre el rojo carbunclo de la adelfa,
braman, la llama es a de las astas
enredada de rosas, ¿no era rosa
el nombre que le di a aquel aroma
vivo y fugaz? Las palmas se estremecen,
se orean con el viento de las águilas
emparejadas. Juntas van las aves
y un animal se tiende cerca de otro.
Mas mi sombra está sola sobre el mundo…
sombra de rey. Ser rey es estar solo.
¡Déjame pasear entre tus aguas,
lluvia del sueño! Anega mis arcillas
interiores y suéname un ser nuevo.
Invade mis riberas tal la ola
que la cárcava llena y en la playa
deja el nácar bellido de las conchas.
Déjame tú también su grácil nácar
entre mis manos, como un lirio príncipe
del alba por mi carne floreciendo.
Un nuevo ser de luz, graciosamente
errando entre las frondas virginales,
de fuego y ala su incipiente paso.
Criatura cereal, tronco de frutas
recientes, algo torpe vive, enreda
su verde llama fría como escama
por sus hombros de flor, entre las hojas
mojadas de sus ojos y profundas…
Así te pienso y surges en mis manos.
Voz sagrada de Dios. La tarde tiembla
en sus turbios balajes. Queda el canto
del pájaro hecho sal. ¿Aún yo sueño?
la fuente evoca su faisán esquivo.
Germinada en mi espalda, como un ala
pesas y yo te llevo. Lumbre angélica,
embellece el laurel desnudo y joven,
incendia, árbol de ascuas, el violado
jardín que alza su oración de humo.
No mires hacia atrás. En nuestra carne
rojos dientes de zarzas. Está abierta
la puerta y fuera gime el viento solo.


CENIZA
Al Padre Gerardo de Jesús, C.D.

Otra vez tu ceniza, Señor, sobre mi frente…
Polvo soy que algún día volverá hasta tus plantas.
Polvo en la muerte y polvo ahora que aún vivo
perdido entre la arcilla blanda de tu universo.
Otra vez la ceniza ardiente como ascua
que estalla en el volcán de tu amor implacable,
lucha por derribar, por abatir en Vida
la altiva barbacana que levanta sus muros
en la ciudad confusa de mi alma.
Otra vez la ceniza llamando está en la puerta de mi frente
con arrullo o con látigo,
ahora que el deseo me asfixiaba en la sombra de su gran lino negro,
ahora que en mi tacto se disipaba un mundo como un vaso quebrado,
un mundo donde abren sus corolas violentas los senos de vírgenes,
un mundo que no cree en los antiguos dioses,
pero adorna su ara con verbena olorosa
y se engaña pensando que el viento entre la hierba
es la pezuña ágil del sátiro que baila.
Pero has llegado Tú, y aunque es primavera he de cerrar los ojos.
No podré recordar ni siquiera estos días
tibios y embriagadores como un vino vertido de turbadoras ánforas
y de todo mi cuerpo ahuyentaré aquel vaho que me ahoga,
el humo sofocante de una mirada
que arde con la llama azul de los espinos quemados en la sierra,
cuando el pastor descansa su cabeza en el báculo.
Y mis manos, que se placían en el halago dulce de los azahares,
que se ataban a otras manos
como se atan en la canastilla de la Purificación la paloma o la tórtola,
podrán sólo enlazarse a la espiga, a la llaga,
acariciar la moneda que se da a los mendigos cuando nadie nos mira,
crisparse sobre la madera del confesonario
cuando, rodilla en tierra, los labios van alzando las cortinas del alma;
o subir como llamas implorantes hasta tu cielo,
como lenguas rosadas de aquellos animales
que en el circo lamían la sandalia del mártir.
Subirán a tu cielo como el perro que teme
y confía y se arrastra delante de su amo,
subirán a tu cielo suplicando que anegues
en tu ceniza viva todo incendio que se levante en mí
y que tu lava arrase mis mármoles paganos,
la púrpura soberbia de mis templos,
los plintos florecidos de mis deseos,
aun cuando en las almenas de las torres
haya arqueros que apresten contra Ti sus aljabas
y la sangre hierva por mi cuerpo
como un hormiguero aplastado en el camino.


DÍA DE LA IRA

Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
el labio casi helado de besar tanta muerte.
Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
como una carne mísera, tibia para las moscas.
Sobre tu piedra estoy, no vencido, ligado:
hiere y al turbio caño de la sangre el impuro
animal de vagido caliente perezca,
pues que amó la carne y su comercio
y fue carnal el llanto para él, como un miedo
cobarde de pichones en las manos
y la oración un pétalo manchado entre los dientes.
Raspa, rae de mi lengua su nombre, si aún tienes
en el día del rigor panales de dulzura
y opera con tu largo bisturí de clemencia
el corazón, la entraña que no tuvo cansancio
ni olvido en el sopor del vino y de las noches
y que implacablemente perseguías
por las angostas calles de la antigua tristeza.
Rebana de los dedos su urdimbre de caricias
y deja que mis manos palpen ciegas y ajenas
la larga tela fría del desengaño.
Inerme sobre el mármol escucho el viento tuyo
de las trompas alzadas a la luna postrera,
cuando el ángel apaga la lucerna del tiempo
y remueve las vendas,
el sombrío aposento de las urnas,
el agujero oscuro, el cenotafio…
porque desnudo estoy ante ti y te temo.


PASÓ ENTRE LOS HOMBRES

Pasó entre los hombres.
Estuvo en la tierra.
Lo vieron las redes
las barcas de pesca
—llevaba en sus labios
unas flores frescas—,
el polvo, el camino,
la espina, la tuera
—llevaba en sus ojos
como un agua nueva—,
el templo, la tórtola,
el siervo y la almena
-llevaba en sus manos
un pan de promesa
pasó… Sobre un monte
quedaron sus huellas.
—Cántara rojiza
de Caná, ¿recuerdas?
-Quieres que recuerde
¿y era primavera?
Como de mujer
es mi carne tensa
y son cien las bocas
a palparme ciegas,
a morder sedientas
mi barro inocente,
¿y era primavera?
Danzaría la noche
granate de hogueras
y el vino devuelto
sangraría en la fiesta
sobre los desnudos
vientres de doncellas…
¿Quieres que recuerde?
—almazara lenta
del Huerto de Olivas,
tú sí que te acuerdas.
—¿Dices que llevaban
espadas, linternas,
escudos y adargas
al viento de guerra?
¡Han pasado tantos
al son de trompetas!
y es siempre la misma
mi labor: gotea
la paz del aceite
en sumisa ofrenda.
—Pozo de Samaria
bajo palma enhiesta,
dime sus palabras…
—¡Mi agua es tan vieja!
¡Ha escuchado tantas
palabras eternas!
Finos tañedores
de la luna llena,
jóvenes galanes,
la oscura belleza
del amor cántaro!
como enredadera
de labios ardientes
y ardientes caderas,
junto al manadero
de linfas secretas.
Y era sed el aire,
la costra de piedra,
ll almez y el águila,
la ruda y la menta.
y fluía mi agua
límpida y dispersa,
inútil… Tenían
sed de turbias venas.
-Tal vez tú te acuerdes,
tú, la higuera seca.
Más que amor, perdura
el odio y su lengua.
-Dicen que maldijo
mi sombra… La siesta
doblaba las mieses
y un clavel de arena
secaba los labios.
Verde en la vereda
la jarra vacía
de mis hojas bellas.
Vino: Con su mano
sanó mi madera.
Ardieron mis huesos
y una miel añeja
de amor, como llanto,
me hizo colmena.
Hoy tengo en mis ramas
un fruto de estrellas.



A LA LUNA

Suspiro de la noche, perla fría
que el estival ardor cambias en nieve.
Fuente donde la alondra trinos bebe,
azor de la nocturna cetrería.
Alas que navegáis la helada ría
del cielo en brazos de la brisa leve.
Rosa dormida en luz, de donde llueve
frescura de silencio y melodía.
Amantes que en la noche serenada
empañáis los cristales de la luna
con el suspiro que os destroza el seno:
Besad, que ya la aurora viene alada,
antes que Febo salte de su cuna
y que el olvido vierta su veneno.


NIÑA DE LOS PEINES

Giralda de las voces… Padecía
por su garganta un ave prisionera.
Era la pena de la petenera
y era un vuelo de llanto y agonía.
Ente el celo y la muerte y la armonía
de la amargura ardiendo como cera
está Pastora sobre su ara ibera:
Nuestra Señora del Andalucía.
Cádiz de sal, Triana de la luna,
Málaga del jazmín, Córdoba amante,
le dan el vino denso del olvido.
Y ella, que el grito y el silencio auna,
raja el granado rojo de su cante
y entrega el corazón y su latido.


COMO EL ÁRBOL DORADO

Como el árbol dorado sueña la hoja verde,
ahora que no estás y en los bosques nevados
cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,
los jóvenes deseos a la deriva quieren
cubrir tu memorial de húmedas laureas.
Era el marzo feliz que oreaban los vientos:
primaveral basílica los juncos erigían,
las varitas moradas de san José, la avena
como lluvia menuda y un recado secreto
la cardelina lleva por alfarjes de ramas.
Así como la tierra mi corazón hinchado
germinaba de ocultas semillas sepultadas.
Así como la tierra nupcias al mar ofrece
el oleaje crespo de los besos unía
labio y tierra en anillos de herrín indestruíbles.
Veíamos el mundo juntos sobre la roca…
qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda
que luego tú serías, rojeantes racimos
de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua
cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.
Pero el cielo era puro y fugaz y la loca
alegría de vivir, esa máscara errante
y beoda reía bajo el galoneado
raso del capuchón del dominó talar,
otorgando antifaces que realidad cubrían.
La tristeza, una calle por donde no pasábamos,
la poesía, una flauta que gime abandonada
y el rezo y los sociales lazos y la amistad,
esa vieja burguesa con labor de ganchillo,
nos vieron ir desnudos bajo constelaciones.
Sabíamos que un soplo acabaría con todo:
estancias en la noche centelleante de arañas,
copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa
y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,
desgarrando la cola de satén de la huida.
Sabíamos que un soplo… Y que no volvería
aquel vino jamás a mojar nuestros labios.
Confusamente turbia tiendo la mano ahora
hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento,
y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo. 



Todos los santos

Suena la noche, suena el cautiverio
tenebroso, cadenas arrastradas
por el mármol. Inician !as maderas
y el metal la batalla de la orquesta,
la nublada obertura crece suave,
gotea la cera sobre el paño negro.
Si pudieras dormir. Agazapado
el volatín de los timbales salta,
ríe, te trae desnudo hasta la cama,
bufón de cresta roja, cascabeles.
Ya no puedes dormir. Estás conmigo,
ah vana sombra, aparta tu ternura,
tu torrente de lágrimas: la grave
camelia del oboe se desangra.
Ahí está la mancha. Leve, asciende,
voces humanas, órgano, los tubos
plateados del álamo en el bosque
tienen tu voz. Apaga los blandones,
retira antifonarios. Barbitúricos,
dosis letal de fiebre y laberinto,
tu cabellera flota todavía
por amargos violines del insomnio.
Sube el fagot, el panteón cerrado
ilumina la ojiva de las arpas,
pabilos crujen junto al hueco oscuro.
Humo es el sauce y su atabal ceniza.
Bebe en mi corazón. Cómo estremecen
las lilas, las violas, las sonoras
cajas el ritmo marcan de latidos.
Vuélvete a la pared. Están los sueños
exhumando el espectro. Rosas abren
por las trompas. Estallan las carcasas
de primavera, besos, huellas fulgen.
Duerme. El velorio sigue de las flautas,
pavanas para un tiempo ya difunto,
barraganía inútil del recuerdo.


ULTIMA SOLEDAD

Luis de Góngora 
¿Les decias todo?
Apenas si supieron que vivías,
que vertías tu sangre,
entre el ramaje intonso de las fábulas,
vistiendo la tristeza de metales leonados,
de áspides volantes el hastío
y la melancolía
de blancos cisnes o de luíos bellos.
El orgullo te queda.
Ya es bien poco
que oscura vida fue, hostil, limando
almenas, torres albarranas, muros,
irrespirable el aire como plaza
sitiada por el hambre y la epidemia.
A ti, que disponías de los oros de Arabia,
de la púrpura una…
Los familiares, sí, para ellos todo,
ese orgullo quebrado,
esa victoria informe,
esa gloría que habrán de disputarte
los necios siempre.
Tal vez puedas reírte desde arriba.
Pero no quiero infierno o edén bobo
donde desde el altor, entre las nubes,
veamos el cruento
escenario dispuesto como trampa
en que la vida copia nuestras vidas
idénticas, ajena, sorda siempre,
en otros seres:
el rey mezquino y el valido inútil,
vanaglorias, insidias, abandonos,
sin que podamos mejorar el lance.
Preferible será dormir por siempre,
abismo ilimitado sin olas,
sin memoria,
al pesado sopor de un vino basto
que nos haga olvidar ruin cobijo.
El mar cubriendo fiel el fraude abyecto.
Quizás la muerte es sentarse piedra
sobre sitial de piedra, soñolientos
como deidad o perros a la sombra
de los cedros celestes.
Y no oír ese rezo de llanto interminable,
esa rodante bola de suplicios,
de injurias, soledad, desvalimiento,
embebidos en el mineral espectáculo
de la propia perfección inmortal.
¡Qué larga noche!
Esa la desdichada recompensa:
El desdén silencioso de los dioses.
Vamos, pues se hace tarde,
libertadora la moneda fulva.



DIOS

CANTO LLANO

Ya hemos aceptado, Señor, el ser humildes.
Tu guadaña ha pasado sobre el heno rapando
las doradas cabezas del orgullo y la ira,
las cogullas moradas de nuestra penitencia.
¿Nos queda todavía algún don que entregarte?
Lo diste y lo quitaste. Lejos tan derrotas
que fueron labios, bellas ruinas silenciosas.
Aventa en tu gran horno nuestra mezquina hierba.
Pero ¿nos diste algo que no fuera amargura?
La efímera colmena de la vida bullía
de sonrisas… Vencidos por férreos guanteletes
nos pegamos al muro de los remordimientos.
Ahora paseamos tu soledad esperando
que alguna vez nos hables. Nuestras voces iguales
se elevan despojadas de afán, de sufrimiento,
como un árbol desnudo al llanto del otoño.
Danos la paz, Cordero de Dios, que es el olvido,
la paz que es el silencio, el sueño, el alimento
de nuestra muerte. Réquiem. El corazón, ya piedra,
aguarda de tu dedo el epitafio justo.




NICODEMO

El viento sopla donde quiere,
hinca los bieldos, hoz afila,
las vidas lleva y trae desnudas.
El alto fuego purifica,
aventa grano y alfoliero,
la paja esparce y la codicia.
Trema en las hojas del olivo,
barre la carne donde ardía
el matorral de la lujuria.
Aquí en la dura roca viva,
orto de luz, no pudridero,
hemos sembrado la semilla.
La feraz viña de la muerte
emparra roja la vendimia,
inagotable mosto cárdeno.
Sábanas plieguen, vendas ciñan.
Mientras lloraban las mujeres
el sicómoro florecía.
De sus palabras en la noche
bebió mi miedo en pura hidria:
amor, la gracia, el hijo, el reino.
Ahora ya sólo ungir el crisma.
¿Y eres maestro en Israel?
Libras de áloe y de mirra.
La antorcha está bajo el almud.
Ronda nocturna se adormila.
Rumor de alas por el huerto.
Irrumpe libre áurea insignia.
Veste real, cetro: mortaja.
Están las piedras removidas.
Oh pueblo mío del oprobio,
comino, eneldo, menta, brizna
errante para las hogueras.
Oh pueblo terco, raza mía,
oigo caer en el barreño
tu sangre cómplice y sumisa.





LA COCINA DE LOS ANGELES
Bartolomé Esteban Murillo 
¡Qué ir y venir esa Noche
por las cocinas del cielo!
Clara, en el punto de nieve,
Teresa, entre los pucheros.
La Carmen Soto vigila
calderetas y torreznos,
en tanto tocan a laudes
almireces y morteros.
Sumiller de mesa y boca,
pejes en nácar de Méjico,
Tobías el caminante
porta en azafates bellos
y adobado en pepitoria
el corzo de San Huberto
flamea entre las canelas
que inciensan fulvos braseros.
Amarguillos y perrunas
pizcan los franciscos legos
y los ángeles peinándose
el almíbar del cabello
rompen el alinde cande
de cornucopias de yelo.
Pinches son los serafines
y con albos pañizuelos
espejean como plata
los platos en los plateros.
Francolines de Milán,
plumas de rojo capelo
en horno de palosanto
doran pechugas al fuego.
Los pastores, que son hombres
de recental paramento,
cuecen habas, hierven gachas,
majan sal de salmorejos
y la majada se niebla
al humo de los espetos.
Parihuelas con salvillas,
frutas de sartén, buñuelos,
alfajores, bartolillos,
alojas de caramelo,
bechamelas, mostachones,
capuchinas, borrachuelos,
colman bandejas de azófar,
enmelan los lienzos duendos
y como hostiarios relucen
dulceras en los chineros.
El caldo de la Parida,
en áureo grial enhiesto,
al dar en punto las doce
sirve el Maestresala atento.
La Virgen, como es ayuno,
un suspiro es su alimento,
y al Niño recién nacido,
en niveo pórfido cuenco
que vela mano de ámbar,
da la leche de su pecho.