
MANUEL ALVAREZ ORTEGA (1941 - 2001)
Nace el 1 de abril de 1923 en Córdoba. Estudia en la Facultad de Veterinaria de Córdoba. Desde 1951 es veterinario por oposición de la Academia de Sanidad Militar en Madrid, plaza a la que renunció en 1972 con el paso a la situación de “Servicios Civiles” como comandante veterinario para dedicarse por entero a la literatura. Murió el día 15 de junio de 2014, a los 91 años de edad.
2001. Propuesta de premio Nobel por la Universidad St. Gallen.
2007. Medalla de Oro de Andalucía, por
la Junta de Andalucía.
De wikipedia
Manuel Álvarez Ortega atraviesa la segunda mitad del siglo XX
como un vate visionario cuya voz destapa la caja de los truenos y abre
la cancela de los mitos y las profecías, desparramada en largos
versículos y cláusulas prosarias de entonación salmódica. En sus
distintas actualizaciones simbólicas, la muerte se enseñorea de su
poesía como una presencia pertinaz, alrededor de la cual se construye un
canto de sonidos negros al desmantelamiento y a la desintegración.
De:
Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
http://www.cervantesvirtual.com/portales/manuel_alvarez_ortega/
LA HUELLA DE LAS COSAS (1941-1948)
HUIDA
El llano se estremece bajo el peso indolente de las horas
y entre sus flores marchitas se desenreda una tristeza.
Los naranjos, el jazmín, los ricinos, las dalias junto al pozo,
parece que nunca existieron, son como un delgado hilo de niebla
que se dilata por los incoloros días del octubre sombrío.
La mañana no
tiene fin: desde la muralla sólo llega el silencio
y, a veces,
cuando llueve, el lamento indolente del agua, el mugido de algún lejano establo que se desvanece en la alameda
o los vagos gritos de algún pastor perdido entre los valles.
Pero yo oigo una desconocida voz que señala el perfil de una muerte,
siento como una sombra errante que se apacigua en mis sienes,
y, si salgo al jardín, si contemplo las polvorientas ventanas de la casa
o acerco mi frente a sus cristales y veo sus habitaciones vacías,
percibo como si un amargo sabor se desprendiera de mi cuerpo.
Y el recuerdo viene a mí entonces como un dardo de sombra
y me convierte en un torrente de sueños que va llenando el espacio.
Y es la cal poblada de telarañas o los cuadros olvidados en los rincones
quienes dicen, con complacencia, que todo en el mundo es triste huida
y que el corazón, cuando cae, el dolor lo destruye para siempre.
y que un día llega entre polvo y ceniza la muerte y nos cierra de un soplo los ojos
y nos agria la voz en la garganta. Y no quiero creerlo
porque cuando me detengo junto a los viejos muros de la casa
me acuerdo de sus queridos seres, los siento junto a mi rostro y creo
que viven, están ahí, su vida es el nombre fiel que descansa en el recuerdo.
ESPERA
y los delgados álamos se desnudaban en la otra orilla del río.
Agua abajo,
con la tierra que vino arrastrándose desde la negra montaña,
la tarde naufragaba oscuramente.
Las grises casas del campo a lo lejos lentamente morían
en medio de un silencio empañado por los ladridos de los perros
y por el puente cruzaban lentamente las nubes y entre las aguas de la acequia
palidecían las vagas luces del molino.
Y de pronto, alzados los ojos al mar borrascoso del cielo, una voz
dejó caer su lluvia en paz: «¿Qué haces, oh Dios, con las almas que te llevas?»,
y el dolor se hizo un frío silencio alejándose por el campo
y el día una planicie de soledad.
Yo decía: «Hermosa es la vida», y nada hablaba, Dios era
lo mismo que una sombra muerta, una música rota, en el sueño,
sólo se oía el golpe de la lluvia, un astro entre el ramaje
o la tristeza que lloraba sus horas perdidas en el corazón.
Ah, ya sé que ese día yace lejos,
que el amor era entonces como un fuego que me traspasaba en silencio.
Pero nunca olvidaré que la ribera estaba desierta y que yo solo esperaba
en la oscura soledad.
LLANTO DEL
OLMO SOLITARIO
Dime tú, tarde de otoño, ¿qué manos encendieron tu pálido horizonte
¿Quién limpia
la infinita claridad de este cielo sin fondo donde las
nubes esconden a las errantes estrellas que iluminaban mi vida?
Yo he visto,
oh tarde, la oscura fuente donde el hombre cura las llagas de su tristeza,
pero al
acercarme yo la tierra anegó de súbito sus límpidas aguas. Sobre mi cuerpo duerme la esperanza su sueño de amor ante el olvido.
¿Llegaré al final de mis días y sólo he de ver tu resplandor que agoniza?
Oh tierra,
yo soy tal el vino amargo que se desborda en un vaso,
un río de
savia prisionero entre amarilla carcoma y negras paredes. ¿Por qué no me bebes de un trago y, consumida la aridez de mi gesto,
rompes el cristal que me niega para que él solo, en silencio, bajo sombra, se pudra?
ÉGLOGA DE UN
TIEMPO PERDIDO (1 949 – 1 950)
¿HASTA DÓNDE
LA MUERTE, LA VOZ DE AQUELLOS DÍAS…?
¿Hasta dónde la muerte, la voz de aquellos días,
la súplica que el tiempo a solas levantaba
entre las cosas heridas de tanta fría ausencia,
de tanto amargo llanto como tu boca hizo?
¿Será ya siempre así: la vida naciendo al exilio
en cada instante, conjuro su propia anunciación,
mientras alza, torpe, sus manos hasta un rostro
que no sabe sino del maleficio y la tristeza?
¿Será así eternamente: volver a ese pálido mundo
donde la soledad quema, en medio del desaliento,
recuerdos como ríos, lágrimas nocturnas, deseos
bajo la doliente pesadumbre de su cuerpo?
¿Será llorar oscuramente bajo la helada lluvia
que sepulta su lejano y antiguo universo, caer
sobre un fuego indolente o deshacerse en desdicha
sobre el humo que queda de su callado paso?
¿Hasta cuándo este heroico huir solitario, preso
de las redes de un amor que calcinó el verano,
a rastras de la noche sin fin y sin embargo fiel
a la leve anunciación de su adorable tránsito?
¿Viviré ya siempre así: embriagado y vencido
por todo lo que fuimos en aquel celeste reino,
mientras bebo la amarga eternidad de la sombra
junto a un cuerpo que al tocarlo se desvanece?
¿Hasta dónde llegar entonces si por este abismo
de visible impureza, de voces rotas y castigo,
la desolación crece como un mar de violencia
complaciente, demencial vencedora de mi cuerpo?
CLAMOR DE
TODO ESPACIO (1950)
OIGO TU
SILENCIO
Oigo tu
silencio, oh pálido septiembre, en la rumorosa umbría, a orillas del cañaveral desierto de estrellas y agua deslizada:
tu silencio esculpido en el aire que envenena la escarcha,
errante como un ácido amor entre la ceniza de un cruel corazón.
Oigo tu silencio, tu creciente sombra transfundida en un vaho de hojarasca,
tu temblor oculto en la virgen corola de una flor desolada;
tu silencio sin luna, tu eterna adolescencia hecha muerte,
tu sagrada dulzura sumergida sin gloria en un vaso de ramas.
Oigo tu silencio: se te abre una herida lentísima en la honda garganta.
¿Quién nace en tu arena y trae en sus manos tanta fervorosa alegría?
Oh septiembre materno: no quieras que ilumine tu trémulo nocturno con palabras.
En ti se cierra mi pulso de amante: a tus pies ya no soy más que mísera arcilla.
HOMBRE DE
OTRO TIEMPO (1950)
CON DESPIADADA MANO A IBAS DESNUDANDO LA TIERRA
Con
despiadada mano ibas desnudando la tierra,
abriendo
largos surcos de llanto por el viento,
cayendo
fríamente sobre cuerpos que exhalaban su nostalgia
encima de un
mundo corrompido. Corrías
cara al
cielo apasionado bebiendo la vida,
tu sonrisa
manchada por el polen de los amargos rostros,
tu cintura
derrumbándose bajo el aire
como sombra
borrada por el día
Ni un
momento tu voz te delataba. Tal el musgo
volcado
indiferente en la piedra arañada por los siglos,
así crecías:
ávidamente, triste, horrible
buscador de
gargantas en la noche, quieta orilla
sembrada de
cuerpos que no olvidan y barcas
que se
pudren al solemne murmullo de la mar.
Oh, quisiera
recordar tu antigua boca. Recordarte
bajo el arco
sombrío del otoño, tu carne taladrada
por la
lluvia y el frío mineral de los sollozos.
Recordarte
vencido al fondo de este tiempo,
desgarrada
tu frente, tu cintura cruzada
por el tacto
suave de otros labios.
Pero huyes
de este reino que alza su negrura
encima de la
muerte que te ciñe, y no basta
tu cabeza
corroída de gritos, tu lengua
enredada en
la oscura desnudez de la memoria,
ni tampoco
tu piel rozada por el amargo liquen
que los
insectos remueven con sus alas, esa arena
que hunde tu
semblante en la bruma invadida por la muerte.
Ah, mira,
mira el Tiempo roto bajo nubes
de recuerdos
y almas que sufrieron la ruina,
el castigo
silencioso de perderse sin dorar su palabra de ternura.
Mira el sol
y esta sangrante rama que hiere con su filo
el largo
mediodía, la corriente y el árbol todo abierto,
el fiel
escombro que azota un viejo hogar
suavemente
destrozado por la niebla
Cuerpo,
cuerpo mío, conozco tu herida, el cauce
que asoma su
encendida sangre por los terribles ojos
de
noviembre, la palabra inagotable y el secreto
de ser sólo
un vientre mordido de deseos. Conozco
tu saliva
perezosa, el frío despojo que desplazas
en cada
movimiento, esa larga senda
que arrastra
el pálido reflejo de aquel dios
que fuiste
un vago día, esa concha sumisa que denuncia
la mano
desolada que la arroja.
Mas no
quiero encadenarme a tu destino. Lo sabes.
Amo mientras
muero y contemplo tu gris vida
rodando
oscuramente por todos los caminos,
ululando
angustiosa por ríos y bosques, creciendo
como una
savia virgen por las venas más hondas
de todos los
cadáveres que aún viven.
No quiero
encadenarme a tu destino, ni sembrar en tu carne
esa memoria
que los años en pan mohoso transforman,
esa fuente
inagotable que murmura por qué viejos barbechos va la muerte
sembrando su
semilla y el castigo de ser sólo delirio
de algo que
no ha sido.
Ya sé: ;qué
importa a tu boca este maduro tiempo?
¿qué importa
a tu mano este frío cuchillo que clava mientras llama?
Giras, y a
tu giro la noche vierte su ponzoña,
el derramado
jugo con que ciega los ojos más frenéticos que miran.
Caes, y a tu
caída lucen los amantes el tacto cruel de su belleza,
la cifra que
mide sus cinturas en un abrazo esculpido bajo mármol.
Pero dime,
¿quién puede ya olvidar esa garganta
que un día
pregonaba eterno amor sobre la tierra?
¿quién puede
ya romper ese círculo que la bruma protege
donde yaces
tú, signo de una inaccesible hora,
polvo
solemne que la yedra con su verdor corroe?
Te amaba
igual que a un dios —lo sabes—, un dios
que libera
de pronto su vana liturgia
pero queda
para siempre asido al suelo que le vence.
Amaba tu
alegría caída bajo el fuego inagotable,
el rumor de
tu sien olvidándose entre túnicas sangrantes,
esa agua
incorrupta que mojaba tus muslos
a través de
los días y las hojas cayendo.
Amaba tu
tierra y la sombra de tu tierra,
tu amor y el
pulso de mi frente en tu desnudo seno.
Pero mi amor
murió en la noche. Cayó a tus pies. Tú reías…
Tímidos
perros alargaban sus ladridos por el valle
y un gran
sollozo venía tras las luces lejanas y los montes.
Las mujeres
odiaban en el vaho encadenado de la alcoba
y el vino
corría por mesas y bocas incendiando diabólico las sienes y el sexo.
¿A quién
llaman —decías— los muertos entre la lluvia?
Fue en la
noche, cuando el alma se despoja de su poso diario,
cuando el
silencio tiene sonidos de tristeza y el mar
no sueña
nunca morir junto a las playas.
En la noche
sombría, cuando los quietos muros
chorrean su
salitre y los adolescentes pálidos se entregan
en el césped
atormentado de los parques.
En la noche:
tú venías orillando las luces de los prohibidos barrios
quebrando el
lívido soliloquio de sus muertos,
cortando la
negra maraña que tejen los hambrientos
en las
sucias estancias sembradas de chiquillos.
Venías
arrastrando tu pobreza, tu infalible miseria adivinada,
confundiendo
tu lodo a mis pasos perdidos
a través de
farolas sombrías y callejas exangües.
Pero te
conocí, oh, te conocí sin embargo. Aún oigo
el latido de
tu ala desgarrándose en mi nuca,
el ronco
farol que encendía mi sangre por tu cuerpo,
las funerales barcas que arrastrabas por los
hondos arrecifes
de tu boca,
la somnolienta arcilla que dejabas al cruzar lenta
la misma
zanja donde yo me estremecía.
Te conocí:
siempre llamas lo mismo: un leve roce
que esconde
un cruel castigo, una fácil caricia que deja
larga llaga,
un fiel crujido que rompe toda inhabitada carne.
Ah cuánta
misericordia te mereces, cuánto perdón
para ti que
fermentas un día y otro, inalterable,
en este
deformado mar de dolientes cabezas
atrayendo
los más duros dientes de un destino.
Cuánta
misericordia te mereces, cuánto perdón.
Mas huiré de
ti. Siempre. No quiero compartir tu rostro, tierra ya,
el polvo de
tus miserables labios rotos, tu sombra
derramada en
sal a lo largo de este desierto
que cubre
día a día de cadáveres los cielos.
Mírate,
mírate caído, dios, demonio, hombre. Oh, mira
con qué
cruel insistencia arrastras tu espléndido designio.
Nunca, nunca
más tu leve sombra. Óyeme, solitario
hombre de
otro tiempo. Nunca más tu sombra
ni el jugo
envenenado de tu historia.
Vuelca pues
tu leyenda alrededor de otro mundo,
abre las
grises venas donde tanto bebiste
esa fulgida
luz que los años desolados te niegan.
Nunca más tu
sombra, tu efímera pisada,
ni el
crujiente sollozo que tu boca derrumba.
Por última
vez me inclino hacia tu lecho para olvidarme
al fin de tu
callada muerte con la oscura inocencia
de aquel
niño que ocupaba tu voz, tu tierna arena
cuando tú le
inundabas de tu vida…
EN LAS
TARDES AZULES DE DICIEMBRE
En las tardes azules de diciembre te veo alzándote por el Sur
si miro a
Córdoba sumergida en el valle. Siento entonces tu cuerpo
acercarse a
través del espacio desde la tierra dorada de tu playa,
oigo tu
respiración suave, la queja de las olas golpeando las barcas.
Hacia allá
quiero volver un día, tocar el secreto de ese país
arrinconado
entre nubes errantes y muros carcomidos, caminar
bajo la
lluvia ardiente de ese trópico y bañarme en la luz
de ese
inmenso desierto que la muerte crucifica en vano.
Hallaré tu
cabeza coronada por el agua marina. Y a ella, conmigo,
entregaré el
rumor de estas torres de Córdoba. Mi boca
explicará a
tu boca este crepúsculo del Sur. Tú llorarás,
y el
universo en mí se hará sombra al conocer la dicha secreta de esas lágrimas.
NO QUISIERA
SENTIR ESTE CORAZÓN QUE SE ABRE
No quisiera
sentir este corazón que se abre como un mar en la tierra,
esta rama
que los insectos corroen con su polvillo silencioso,
cuando el mundo
despierta tras la lluvia que empaña una muerte
y el alma es
como un astro que olvida la fiel tristeza de un día.
A esa boca
que llora en la tarde, yo quisiera retener con mi boca.
Oír su
amarga música interrogando a las más bellas cosas.
Abrazar ese
recóndito río que ensancha su secreto tras las lágrimas
como un vano
triunfo que el ocaso, en su huida, desentierra.
¿Quién sabe
qué oscuro viento recorre la orilla de tu noche
ni qué
cálido signo graba en silencio los labios que te apresan?
Óyeme:
olvidar quisiera ese conjuro que crece bajo tu llanto
y huir de mí
mismo v de tu sombra a través del tiempo y sus heridas.
Más yaceré a
tus pies, amor. Y si alguien volviera con tu tristeza,
como un
doliente cadáver que las aguas en la costa golpean,
así, una vez
y otra, como un cadáver, sé que mi deseo caería
golpeando su
piel sobre la huella de tu piel entre las algas.
TENEBRAE
(1951)
XVIII
Frente al
mar de septiembre cegaba el mediodía. Tú eras un cuerpo de alquitrán acariciado
por las olas. Alguien hablaba de no sé qué país perdido. El mundo se hizo de
pronto llanto en nuestra boca.
Sobre la
broza de la playa las aves marinas decapitaban el recuerdo. Por el aire
ardiente una voz oscura su soledad derramaba. Las algas dejaban en nuestra piel
su muerta escoria. El día se apagó.
¿Qué queda
de esa hora? Golpea el mar la tierra. El cielo esconde su ebria luz. Sólo la
huella de nuestros pasos se ha borrado, no la mano dócil que nos aleja, como
dos sombras heridas en medio de la eternidad.
EXILIO (1952
– 1953)
CEMENTERIO
MARINO
Hasta aquí
el tiempo con sus lluvias.
Y el salmo
de la piedra batido por el mar.
La rama
desgajada y la colina
abierta
tristemente al mundo de los astros.
Un corazón
de hierba comido por el polvo
tal un barrio
de muertos que la luna custodia.
¡Oh viajero!
He aquí la historia de unos días
lamidos cara
a cara por un pueblo
de impúdicos
mendigos y mujeres
que han
hecho de su sexo una mortaja.
Aquí el
mármol que custodia los muslos
del duro
adolescente caído en el asfalto,
la fiel
garganta del guerrero
nal de odio
talado por el viento,
la rubia
trenza y su perfume
gritando
desolado por la costa,
los tristes
senos de una niña
podridos sin
el tacto suave del amante.
¡Cementerio
marino, desolado recinto!
Una espiga
de sombra quiero llevar cantando,
repasando la
arena que guarda tu codicia.
Alzar el
vago remo que perdura
las grises
llamaradas del deseo
y el hastío.
Modular tu torso de cañizo,
la bóveda de
hormigas y yerbajos
y el árbol
tatuado por la lluvia
que en tu
muro se acuesta.
No me pidas
que aleje tu miseria,
el golpear
solemne de las nubes,
el llanto de
tus cruces derrumbadas
bajo el
ardiente óxido del día.
No quiero tu
pasión desordenada,
la costumbre
viciosa o el castigo
de fluir
callado como un río
por todos
los rincones de la muerte.
Yo busco el
rito de tu infancia,
la entrega
que perdura tras el tiempo,
la despierta
mansión que arrebata
suave la
sangre de tus hijos,
el silbido
del mar en la ladera
que baña
irremediable tus escombros.
Dame labios
de sal, agua entre ramas,
que mi
corazón beba tu dicha
junto a la
lapa roída y el ciempiés.
Y en
apacible noche, a tu sombra,
cederá su
jugo mi pasión más turbia,
exilio de
una amarga entrega
hace meses
comida por tu tierra.
Pon tu
palabra en mi boca,
oh demonio
de mi mundo,
y hazla una desierta playa
que cruja
con mi mismo escalofrío.
No. No digas
adiós a tus violentos hijos.
Aquí me
condeno. Ya lo sabes.
pues donde
los muertos juegan
en desolada
espera con los muertos
ningún dios
pondrá allí la sombra
gangrenada
de su pecho, su río.
Y así el que
llegue caminará ya herido
suplicando
al sol su caldeado fruto,
su gloria, y
esa libertad como un deseo
rodando por
la lengua victoriosa.
UNA CANCIÓN
EN LA MADRUGADA
Viene de
madrugada,
brilla el
cielo en el húmedo cristal de la alcoba,
viene
envuelta en una leve niebla
a través de
las calles
todavía en
sombra.
Entra por la
ventana, apacigua
las cosas
familiares,
y, con
inocencia, entre el sueño, es como una mano
que
configurara el nuevo día.
Azul es el
silencio.
Duerme el
pueblo bajo la paz
de sus
tejados. Mas de pronto, en el aire cálido,
la canción
queda en suspenso y la tierra
parece va
desierta.
¿Quién canta? ¿De
qué terrestre
paraíso nace
esa voz,
ese hilo de
tristeza que nos convoca
con sus
alas?
Viene de
madrugada, es la confesión
secreta de
alguien —un oscuro río—
que pasa,
recuerda un amor perdido, un tiempo
no lejano,
la vida entera en su exilio
santiguada.
Sin embargo,
al otro lado del día,
otra sombra
oye también esa voz,
deja escapar
sus lágrimas.
Se une —por
una eternidad— a la tristeza del alba
iniciada,
y como un cuerpo
que presiente su culpa
en una
oscuridad inversa,
hermanado a
la pena de una boca ausente que canta,
así abre su
herida
a la herida
que de otro amor hicieran los años.
INVENCIÓN DE
LA MUERTE (1960 -1961)
Como un río
fugaz, un ala negra, tu muerte nacerá.
Y en torno a
los muros de la casa, la última noche
encenderá
sus funerales astros con triste resonancia.
Vivirán en
la sombra cuerpos que son sólo leyenda,
caerán de
las hojas los nombres que a solas adorabas,
las aves
llorarán tu nostalgia bajo la rota luna,
y entre los
sórdidos suburbios de humo y miseria.
Junto a los
negros mercados, entre el ala del fuego,
Una nube de
mendigos se extenderá por la tierra
en memoria
del llanto que en sus labios sembraste.
¿Quién oirá
el cauce de tu sangre entre los mármoles?
Tierra tu
cuerpo, el golpe de los años dejará su polvo
crecer por el
mundo como un cerrado mar de luto,
la savia que
bebió tu amor en tanto hermoso día
derramará su
sueño de alquitrán y pacífica ternura
por encima
de las letras que proclamaron tu historia.
Inventarán
un mundo de hierros muertos y cuchillos
en torno a
tu memoria, construirán llorando un nuevo reino
con los
fríos despojos que el tiempo sembró en tu boca.
Y un coro de
demonios, igual que una marea oscura,
verterá sus
voces de seminal magisterio en tu lecho,
junto al
barro que queda de tanto amor sacrificado.
Oh cuerpo
ardido en el sur, cuerpo abrasado en el delirio
de una
libertad por la mano de los años maltratada:
tu corazón
de arcilla se derrama en una fría lluvia
sobre un
pueblo de anónimos insectos, tu voz de sombra
se
descompone en una música de tablas y sordos alaridos.
Y en el
fondo del tiempo un largo aguacero moja tu sueno
de una luz
envenenada por una paz de hormigas y cristales.
¿Quién
podría salvarte de ese reino tan duramente golpeado
por el odio?
¿Quién sabría descender a ese imperio
de rojas
luminarias, cruzar la frontera que separa tus días
en ese país
sembrado de tan leves e injustos despojos?
¿Cómo llegar
hasta ese puerto donde la negra araña
teje sus
redes con tan pacientes hilos, volver
después de
tantos siglos acumulados por las lágrimas
con una
brasa de amor, una sílaba heroica, una bandera
arrancada al
llanto que en tu desesperación se desenvuelve?
Madre de
dura niebla: oigo el terco golpe de tus aguas
correr por
el fondo subterráneo del amor destruido,
veo nacer tu
hoguera de calcinantes alas entre la broza
de un tropel
de asesinados sueños, toco tu música herida
bajo una
turba de harapos y sollozos, bebo tu corazón
que en el
delgado silencio, a orillas de la noche,
con lianas y
alfileres desesperadamente te sostiene.
Pero ¿qué
gracia cumpliría el dulce oficio de entregarte
a ese
laberinto de metálicos escombros y horas muertas?
Al borde de
tu universo aproximo mis labios, oh madre,
quiero
llorar un salmo de sangre penetrante en tu ría,
contemplar
de lejos tus ruinas de sogas y lonas descompuestas
por el
hábito seguro del hambre y la injusticia. Quiero
extraer el
jugo amargo de los días en tu mundo encendido,
conocer la
fábula anticipada de tanta boca ardiente
como pone su
huella en ese barrio tuyo de centenarios huesos.
Quiero vivir
rodeado de intemporales rostros y recorrer,
recorrer las
calles de ese cielo donde unos reyes blasfemos
con acidas
lágrimas, desesperados, un día te coronaron.
EL TIEMPO Y
SU OSCURA VENGANZA
Con doliente
ternura el tiempo apoya su boca en la casa, deja resbalar
su aceite
oscuro, habla como un río lleno de sustanciales flores,
como una
nube nocturna que unifica mucha pasión, mucha esperanza muerta
entre el
olvidado coro de antiguos moradores.
A veces nace
un llanto subterráneo de los lechos, pregona el día
Su soledad
por los vacíos comedores, las terrazas se llenan
De una
palpitante ceniza, y la lluvia, a solas, juega entre el polvo
Que abandonó
en los patios un otoño sin frutos, torrencial y amarillo.
Pero también
despierta la nostalgia su música de escombros y papeles,
hilo a hilo
va tramando el asombro su idioma indescifrado
a través de
trapos con calor de otros años y cabezas queridas:
aue derrama
sus lágrimas sobre un amor apenas conocido.
Torpe reino,
patria de negras alas: un astro ciego cruza tu oscuridad
de sangre
planetaria, de luna en luna el amor deja caer sus ramas
sobre tu
corazón de tierra enardecida, y el llanto, como una sal nupcial,
moja tu
herida y se alimenta de los siglos que fueron para ti una venganza.
EL HUMO DE
LOS AÑOS
Quiero, con
amor reconocido, tocar la piedra hasta el delirio,
hacer de
este pueblo que antaño iluminaste un nuevo reino,
desterrar
las lágrimas que coronan tu pasada leyenda
entre
libros, flores, hilos, pequeñas cosas como muerte:
el polvo de
una edad que olvida en la marea su entrega,
tanto amor
como la vida prolongándose en nuestro cuerpo hizo.
Aquí quiero
escribir: noche, tierra mía, madre, patria , sola.
Llorar en tu
ventana de sal dulce y lluvia mortuoria, abrir
el fuego de
mi piel salpicada de lutos a tu sueño, tocar
la gloria de
tu escombro coronando el invierno, la resina
de un
martirio que ha ido dejando sus sílabas ardientes
sobre mi
corazón traspasado de marina pesadumbre.
Pero quién
podría devolver a esta ribera el humo de los años
que en torno
a tu estatura se congregaron para amarte?
;Quién
abriría tus ventanales mojados de luz triste y sombra,
cuando el
invierno llora entre hogueras v pájaros ciegos
la total
destrucción de un patrimonio que fecundó con sangre
la delgada,
oscura, multiplicada anatomía de tu sexo combatiente?
Diosa de
adorable cintura, germinal tierra: quiero mi muerte
plantar en
tu ladera, navegar por tu arteria de amor sostenido,
crear mi
territorio de nostalgia y llanto planetario a solas,
renacer a
otro mundo en tu noche de eterno manantial fundido:
quiero tener
mis manos mojadas en la tristeza de tu cuerpo
y cantar en
ese suelo de vida paralela con tu boca bajo la mía.
Mis ojos se
abandonan al templo del mar,
tú emerges
de la arena —cabellos, algas
en el zócalo
de las olas—
¿Cómo sabría
decir que
eres tú esa malherida columna
rescatada al
pasado, cierta diosa antigua
entrevista
bajo el incendiado plumaje
del verano?
Ah, grandes temores
me suceden
cuando vago
por la costa del sur. Toco
el cielo,
digo adiós, no soy.
Vida marina.
¿qué puede
exaltar tu poderoso fuego
si la muerte
abre su ala sobre el mundo
y el olvido
configura su eternidad
en la
púrpura apagada de otro espacio?
Quiere vivir
de nuevo un día, la hora
que pudo ser
testigo del amor que no fue
—el tiempo
que hizo de su carne un río
De dicha o
desesperación—.
Pero la sombra
toca el alma
cuando llega la noche
y el llanto
quema los ojos y la ceniza
se adormece
en la boca.
Y así, celeste
ausencia,
persigue ahora la imagen
de otro
cuerpo, se entrega a la ventura
de un
encuentro que sólo la muerte,
en otro
paraíso, puede establecer.
NO NACE DE
LA MUERTE ESTA SOMBRA, ESTE SONIDO
No nace de
la muerte esta sombra, este sonido,
nace del
amor, del territorio que la nostalgia
enciende con
su pasión violenta, de unas manos
que
inventaron su calor en torno a unos seres
que allí
vivieron la feliz aventura, el sueño
de un
corazón acostumbrado a soportar el peso
de una
miseria total, extrañamente combatida.
Por aquí,
digo, cruzaba, con sangre descompuesta,
el odio
intemporal, se cubría de letras fíeles
un mármol
hecho para otro cuerpo, el polvo
condensaba
su estrellada alegría bajo la noche,
y tú, errante
entre la luna, verano arriba,
soplabas tu
inocente delirio al son de los días,
mientras las
aguas del tiempo te olvidaban
y el
recuerdo abría sus canales en tu garganta
con el frío
cuchillo de su voz deshabitada.
Pero ahí
estás, no vives, oyes caer la lluvia
como un
lento sollozo, navegas en esa ciudad
de puertas
cerradas y luces interiores, sola
esperas
consumir tu pan y tu destino, mientras
lejos pasa
la vida desmenuzando historias,
entregas
corporales, pasiones desconocidas:
la deuda de
una edad que en tu carne proclamó
una aventura
que los labios nunca denunciaron.
MÁS ALLÁ DE
ESTE PUENTE
Más allá de
este puente —¿qué es el río ahí, juncos descompuestos, cama de liebres, orillas
apenas vegetales?—, el altísimo torreón, las almenas melladas, la ciudad sin
puertas.
Si te
volvieras, sólo cárcel sería —látigos, horcas, epidemias, y las rodillas en el
suelo por un edicto oficial: «Quemado sea el reo, pues niega a Dios»—, nidal
del odio.
Nunca sabrás
qué lenguas fueron cortadas en el recinto, la sangre que se derramó, las
vírgenes que fueron inmolarlas.
Y sin
embargo estas piedras, mudos testigos, tabernáculo de la injusticia,
eternamente lo dicen.
UNA EDAD
PERSEGUIDA POR LA LLUVIA
Donde duerme
el día
los líquenes
del alba
nacen.
Bajé a la ladera, y entre los ácidos
frutos que
el sol acuchillaba,
explorando
el sonido
desprendido
en la roca,
puse mis
manos en el resplandor de la bruma,
bebí el
salitre pálido del invierno
y, cielo
caído,
la nada
oscureció la mansión donde el olvido
reina.
De pájaros y superficie se cubren
los cielos.
Un húmedo sabor medita
entre las
piedras.
Y en el agua
que oscila y se arrodilla
en la playa,
ardiente meridiano,
la cara
enlutada del tiempo se desdibuja
entre la
broza y sus peces
taciturnos.
¿Hacia dónde el hilo del ocaso
se enreda
buscando la salida
del astro
que nos salve? Boca en peligro,
como un
gusano comido por la sombra,
subí al
corazón del puerto, lleno
de
impermeables y tristeza,
me acerqué
al recinto
donde tu
cuerpo espera de su viaje nocturno,
me arrodillé
en la piedra
y dejé el
carbón de mi boca
en tus
letras
impreso.
No volveré. Pasarán las horas
entre surcos
y sequías, y ahí te quedarás,
ave sola,
pico esculpido,
cortina de
la muerte,
recordando
una edad perseguida por la lluvia.
CUANDO
ALGUIEN EXPLICA LA RUEDA
Cuando
alguien explica la rueda dentada que hace juego con el péndulo, por muy fiel
que sea la confidencia, siempre hay un perro que hace la suma de los crímenes
que parasitan el mundo.
Los que
pasan una frontera saben que pronto los emblemas se transforman en divinidades
persuasorias, es obligado recibir a los recaudadores de sangre, acoger con
ternura los seductores himnos que dan relieve a la geografía y al sobresalto.
Pero cuando
la fiebre intercambia con los astros sus lúcidas maquinaciones, ante los
simbólicos monolitos a las enfermedades carcelarias, los personajes del relato,
saliendo de sus cloacas perentorias, entonan la salve de los ajusticiados.
Siempre hay
una alegría contenida en la pócima que nos consagra a la fosa eternidad.
PERO UN
CUERPO TAMPOCO ES UN ASTRO
Pero un
cuerpo tampoco es un astro que flocula al azar: los que aman conocen su
delirante traslación, creen en los rasgos de su inflorescencia temporal, aunque
se nieguen a los valses que se encienden y se apagan cuando en el lecho se
despierta un complejo de culpabilidad.
Sin embargo
nadie sabe que un cuerpo es sólo un precario aposento sin entrada ni salida, un
estero en donde el hastío se desenvuelve con comodidad, un signo que se hace
transparente, mientras no llegue el alba y la penumbra se desvanezca y el mundo
acalle en sus mareas su propia expiación.
Oh, sólo los
sonámbulos de siempre saben que un cuerpo es un astro que pende de una cuerda en
un callejón oscuro, que los días están circundados de un negro hilo acusador,
que la muerte es un relato obsceno escrito con nada sobre papel de luto.
DESHABITADO
POR LA FIEBRE, IGUAL QUE UNA HABITACIÓN (1971)
Deshabitado
por la fiebre, igual que una habitación oscura por donde viaja el olvido y los
gestos de una antigua heredad dejaron sus manchas purpúreas en los muros, ahora
que es otoño y los astros no se atreven a penetrar hasta el lecho, configurando
la distancia, midiendo las lágrimas con el desvelo de otras noches más
expuestas al peligro, como un ataúd vacío, el espejo se desvanece entre los
hilos de la sombra y las lámparas cierran la puerta al dolor con la misma
seguridad con que una boca pone su sello de muerte en una imagen que acaba de
entregar su resplandor al sueño.
Paseando sus
cirios por el crucero, abierta la procesión por el acólito mayor, ave revestida
con el sayal del engaño, el maniquí flota, se desliza por las cerraduras, abre
los postigos de la mansión donde la reina exhibe el tatuaje de sus senos, y al
frente, bajo los cobertores de la impudicia, el sexo inscribe su círculo de
angustia en otro planisferio, se da a una confusión de mártires y bajo la piel,
paciente, espera.
Una oración
tan sólo basta para que los justos vuelvan a su sitio, para que los cánticos se
hagan de nuevo propiedad de los dioses ocultos, y así, antes de que el adiós
del pertiguero comience su rito y la luz cambie el sonido de sus metales por la
espadería del desengaño, el diminuto verme que siembra la discordia entre
piedras húmedas, esqueletos conversos y el turno riguroso de valses que
adelantan sus dolientes abismos, delante de los torsos que esperan una vez más,
sin conocerse, volverán a ser de nuevo las sórdidas arañas que siempre, desde
el primer día, se devoraron en su virginidad.
LA CASA
SOMETIDA AL CLAMOR DE LA MAREA
La casa
sometida al clamor
de la marea,
las ventanas
bajo la
humareda de aves que lloran por la costa,
la galería
de retratos
que el
salitre de los muros conjuga con tapices de luto
y viejos
candelabros,
el amarillo
aceite de los santos
con los
ritos familiares,
los retablos
de una estación envenenada por la sombra,
el vaho de
los salones
negando con
desdén los agravios de otra edad, los gestos
de un
auditorio que se fue con el polvo de los años,
la letanía
de ofrendas
ante el
altar de unos dioses que la madera marchita,
los rostros
de una pasión
entre
túnicas y salterios,
vírgenes de
boca sin aliento herederas de un verano de humo,
mercenarias
de un sexo errante
por los
sombríos dormitorios,
las máscaras
de la desdicha
vagando sus
traiciones por los lechos desiertos,
la esfinge
de harapos vestida
por el
insomnio, el gorgojo
de la
costumbre santiaguado por un horario de maldiciones
y
cicatrices,
la
existencia bebida como un daño,
el olvido,
la pobreza, el maleficio o la enfermedad, oh, todo,
todo pasa
por este firmamento rural
cuando la
vejez en vano se perpetúa
entre las
reliquias de un milagro obsceno, la liturgia
de una
nostalgia que seduce
romo un beso
de cianuro o un cáncer.
MANTIA
FIDELIS 975 – 1 976)
ABRAZADOS EN
LA OSCURIDAD DE LA NOCHE
Abrazados en
la oscuridad de la noche,
como dos
larvas que bajan por el éxodo y el escalofrío,
semillas de
un llanto mortuorio,
así viajamos,
trapos en desuso, cadáveres de humo, por el túnel
del sexo, el
abismo último,
la ceremonia
de sangre virginal confinada en su circo.
¿Adónde
vamos, vendaval de delirio,
todo lágrimas
y amplexaciones, como
dos nubes
que se dilatan bajo la fúnebre extensión de la penumbra,
murciélagos de
algodón, abiertos
al tatuaje
de los dientes y su constelación difunta?
¿Qué nos
queda luego
de esta
oscura posesión,
plato de
desaliento, sino una dulce galaxia de silbidos memorables,
expuestos a
desleales olvidos,
alacranes
caídos por la gracia de una anunciación letal
bajo la
húmeda luz de la lámpara?
Aquí yacen
nuestros cuerpos,
una procesión
de cartílagos, una minuciosa investidura para la muerte.
Guarda
entonces tu adversidad
para otro
milagro más duradero,
envuelve tu
sexo, ángel comido por sus alas, para el día final,
cuando en
medio de otro desierto
todo mi sexo
se haga un vuelo
de langostas
voraces, y, boca
insaciable
que llega hasta tu entraña, cuchillo que busca la sombra de tu seno,
sordo
relámpago en un ocaso
de ciegas
hormigas o sierpes,
con otra
sangre más leal te fecunde.
LLEGAR DE
MÁS ALLÁ DEL ESPEJO
Llegar de
más allá del espejo,
ahora que
una oscura dinastía cede tu rostro cuando hacia la nada te vuelves,
y apresar en
el vuelo de otra pupila
la esfinge
que en el mal se adormece,
;te concede
el privilegio de nacer en tan bastardo lugar, ser origen
de un cuerpo
acuchillado en un cubil
de anónimos
suicidas?
Unidas las
cabezas bajo el fuego
de la
posesión, conjura el aire
más allá del
andén que anuncia tu sexo de alud descompuesto,
¿basta tal
semejanza de medalla antigua,
el lecho que
hacia un eclipse se alarga,
para que el
hielo de las bocas se haga ceniza entre las sábanas
y el escalofrío,
harapo temporal,
teja su
alucinante corona
de oprobio y
seducción?
Pasan las
sombras como semillas
que se
niegan a su fecundación,
el agua del
día entrega su linaje a un nidal de lúgubres arañas,
y, tal un
súbito resplandor, cortada
la
habitación en dos meridianos
de sueño,
así cumples el ritual de tu entrega, pródiga madre,
antes de que
las horas te hagan
un nuevo
féretro v en él, sola, insondable peregrina del polvo,
eternamente
seas un nuevo infierno.
ESCRITO EN
EL SUR (1977 – 1978)
UN AÑO HA
PUESTO SU MANO SOBRE MI
Un año ha puesto
su mano
sobre mí. ¿Cómo
me
defenderé?
Pudieran regresar
los días
que se
salvaron de su ejecución.
Sabría
esperar. Se mueve
una lóbrega
luz por la casa. La tristeza
se arrincona
entre los muebles.
En vano vaga
la herrumbre como una iguana
que olvida
su respiración
en una
jungla de recuerdos.
Enfermedad, ola
gregaria,
nada se salva. Más allá
de la
cosecha de la carne, en la edad que madura
para la
guadaña, está el perfume
último del
remordimiento, la negación que agita
su caudal de
fracaso y engendra
una rama que
a la nueva savia
se entrega.
Un año ha puesto
su mano
sobre mí.
¿Cómo
me
defenderé?
Inmenso paraíso
infernal, ciudad
muerta,
amigos clandestinos
que aún
conserváis vuestra delirante imagen,
¡qué
insalvable el cielo
de esta
epifanía de marzo!, ¡con qué estremecimiento
se desmigaja
la lámina malpintada
de una vida!
Cerca está la
frontera, el rosado
patíbulo.
¿Habitaré ya siempre
tan malsano
hotel?
Sólo un ladrido de
perros,
un sudor de
gencianas
y una cruz
de sombras
ponen hoy en
mi boca la hora de los miles de muertos
que en mi
cuerpo
solemnemente
callan.
TEMPLO DE LA
MORTALIDAD (1979- 1980)
¿ES ACASO EL
TIEMPO EL TRÁNSITO…?
¿Es acaso el
tiempo
el tránsito
de dos edades que no conoceremos,
la despedida
de una fábula
en torno a
un injusto sacrificio, la ciega
incertidumbre
de una subasta
sin remedio?
¿Vendemos nuestra
existencia
en algún
mercado errante, una feria
intemporal
—y no lo sabemos—, o es una lonja
de clamores
y maleficios
lejos del
inventario de la divinidad,
derrota o
cobardía?
¿Por qué dudosa
gloria
cambiaremos nuestra
breve encarnación,
mal amasada
la vejez, cedido
nuestro
humano monopolio al traficante
de vicios,
torpes necesidades,
desprendidos
al fin de enemigos fervientes
y
propiedades vanas?
¿Pasaremos todos
unidos
por la misma
puerta, héroes
de un
crepúsculo común, una misma voz oscura
a lo largo
de los mismos corredores,
un gesto
único bajo el resplandor
de un único
día?
¿Qué nuevo
desencanto
nos poseerá,
ante qué guarida,
mal urdido
el perdón, pediremos
nuestro pan
eterno, el calor o la palabra,
sonámbulos o
mendigos
por la
inmensidad de un devastado
desierto?
Esto hay más allá
de la tentación:
una plaga de
soledad, un andamiaje
de toscas
vanidades, ávidos deseos
que nos
conducen a un naufragio de polvo
o ceniza.
LITURGIA (1981)
XI
He aquí que
se cierra, como un color sombrío, el tiempo que fuera claro testimonio de tu
ser.
Mas, como si
fuera tuya, la tierra cede a tu paso su respiración, luna de humo, piedra
calcinada.
Nadie habita
el lugar: donde el aire se incendia, abierta herida, sólo yace el sonido de tu
oscuridad.
GESTA (1982 –
1983)
NO PUDIERON
LOS AÑOS HACER UNA FRONTERA
No pudieron
los años
hacer una
frontera
de tu
gracia:
queda la sombra al
otro lado
del tiempo,
un súbito sueño
se abre a la
noche, en donde te expones
—noticia de
un antiguo viaje
o una nueva
profanación—, leve costura, adiós
entre dos
luces.
El insomnio, tal
un cazador
furtivo en
un páramo desierto,
al encuentro
de tu edad, ¿qué anuncio simula
de tan torpe
andadura? ¿Cómo
se libra de
sus peligros, antiguos lutos,
odios
clandestinos?
Todo adverso
encuentro
es una
resurrección, pues nadie sabe
a qué
distancia el tiempo entrega su estirpe
irreversible
al mal, el fulgor
que en su
insolencia declina.
Sólo la carne.
invadida la
memoria de engaño,
conoce con
qué desesperanza un antiguo amor
en su propia
resignación
se
extermina.
Sin embargo, conocido el fraude
de semejante
pasión, puesto
que esta
visitación no es de ningún reino,
antes de que
te niegues
a ninguna
otra vida, en el instante impreciso
en que
placer y dolor intercambian
sus puñales,
¿en qué eternidad,
vanos héroes,
se harán
solidarios
nuestros cuerpos?
LAS HORAS SE
DESHACEN EN LA ARENA
Las horas se
deshacen
en la arena.
El mar
es como un
cuerpo de humo.
¿Qué esperas,
memoria convocada
por las sombras
de este
verano infernal?
Largo es el día
sin amor.
Pero la noche
teje su pesadumbre,
y, en torno a la casa,
donde hubo
gratitud
sólo el
olvido escribe su maledicencia,
baldía majestad.
¿Adónde nos
conduces,
desdicha,
ciega nave,
si la
eternidad nos niega y en el osario
sólo aguarda
la ceniza, huésped
de un
maleficio mayor?
Héroes propicios
a enfermedades
y castigos, rostros
de sal,
¿hallaremos la senda que nos lleve
al país de
la verdad?
¿O seremos la
lepra
de un
delirio anticipado, la voz
del
sufrimiento en su última residencia,
el hoyo que
nos acoja o nos consagre
a otro
inmerecido amor?
VULNERABLE
DOMINIO (1985 – 1986)
LLEGAN DESDE
UNA PLANTACIÓN DE INSOMNIO
Llegan desde
una plantación
de insomnio
y veneno,
todavía
descompuestos por la sombra que hizo de sus cuerpos una heredad desierta,
dóciles al
vuelo de las arañas
en sus telas
nocturnas.
Desentierran
largos hilos
de llanto,
el arenal de sus voces manchado por la broza del levante,
el saco de
su hedor orando
por
habitaciones y galerías, como murciélagos de otro mundo,
como lepra
obscena.
Desde mucha
distancia
el granizo o
la escarcha describen su larga procesión,
y el
escombro que a su paso dejan,
por la
desgracia santificado, se eleva sobre un cielo de azufre,
un pantano
en donde el sol mortal
los envuelve
en sus redes.
Se
acercarán, las bocas
cruzadas por
el terror,
y, midiendo
su separación, lo que no tiene fin a tal hora, insomnes
o bordeando
el sueño,
el ojo que
los contempla escribirá lo que siempre esperó:
El mildium
secó sus vidas,
toda la
semilla se hizo sal.
Al final
irán de puerta en puerta por lo oscuro, hasta alcanzar la noche,
y, llenos de
confianza
y oraciones,
asegurarán
que su
cabalgata está allí para proclamar nuestro descanso
en otro
espacio.
Y así,
esparciendo en el aire
sus pañuelos
de luto,
como líquenes
que bajan por pendientes de humo, sembrarán
la lava de
su cortejo,
y hacia ella
iremos,
y, pidiendo
justicia, inclinaremos nuestra cabeza hasta sus plantas,
una landa de
víboras,
después que
nuestro cuerpo ceda a sus profecías, victima
tan malsana
lealtad.
Adormecido en la marea,
¿qué abisal náufrago
En el palacio de sombra, dominio
Sin embargo, ajena
¿cómo puede la inocencia,
NO RESPLANDECE LA MAÑANA
No resplandece la mañana
si el verano toca tu corazón de mariposa
diurna, si el mar
desconoce la sima del deseo
en su ebriedad
oculto.
Acógete entonces al juicio del día,
y, antes de que el olvido
sea un conjuro en los cuerpos,
haz de esta visitación una larga alegoría
de máscaras sin edad
y rostros en desuso.
Ventana al Sur, fosa
en el aire, cuando
la eternidad no es sino una contemplación
y el amor una aventura venial
que se perpetúa
en la nada,
¿vale negarse al sortilegio
de ser polvo para la muerte
y, larva en su cubil de penumbra,
hacer de su presencia la desierta heredad
que nos salve o nos condene
a otro presentimiento?
¿QUIÉN OLVIDA LA MAÑANA...?
¿Quién olvida la mañana de este aniversario?
El mar oculta su voz en el acantilado, la niebla se hace difunta luz sobre el arenal, donde el día, sediento, completa sus muertas aves.
Volviera, hidra de llanto, y la tierra sería un paraíso desierto, la paz de un rostro que vive su eternidad de piedra.
Mas, al otro lado del tiempo, ¿sabe nadie si hay una rosa de ónice en su lugar o si una boca convoca a otra boca en ese vegetal reino?
¿Cómo conocer si el polvo, santiguado por el triunfo, en su altar complacido, relata una fábula que corona la pleamar?
En tal encuentro, ¿quién dejará en su piel la sal de tan injusta cólera? ¿Qué sobrevivirá en la frontera del mal? ¿Qué se hará día en tan oscura heredad?
El cuerpo se sucede entre la ceniza de las estaciones. El tiempo pasa. Quedan ruinas.
ADORMECIDO EN LA MAREA
NO RESPLANDECE LA MAÑANA
Adormecido en la marea,
¿qué abisal náufrago
intercambia la fria corona del destierro
con la última araña
del verano?
En el palacio de sombra, dominio
del tiempo, mientras el sueño
se somete solo a una noche de infortunio,
entre las velas mortecinas
y el desaliento, la libertad se decapita
como una flor de humo.
Sin embargo, ajena
al dolor, antes de que la luz
entregue sus vieja espadas a los espejos
y el llanto, escudero de una ruinosa paz,
escriba la hora exacta
de la posesión,
¿cómo puede la inocencia,
disfrazada de aurora en el lecho,
hacer de su virginidad tardía un holocausto,
la indolente ceniza que le salve
de un mayor infortunio?
NO RESPLANDECE LA MAÑANA
No resplandece la mañana
si el verano toca tu corazón de mariposa
diurna, si el mar
desconoce la sima del deseo
en su ebriedad
oculto.
Acógete entonces al juicio del día,
y, antes de que el olvido
sea un conjuro en los cuerpos,
haz de esta visitación una larga alegoría
de máscaras sin edad
y rostros en desuso.
Ventana al Sur, fosa
en el aire, cuando
la eternidad no es sino una contemplación
y el amor una aventura venial
que se perpetúa
en la nada,
¿vale negarse al sortilegio
de ser polvo para la muerte
y, larva en su cubil de penumbra,
hacer de su presencia la desierta heredad
que nos salve o nos condene
a otro presentimiento?
¿QUIÉN OLVIDA LA MAÑANA...?
¿Quién olvida la mañana de este aniversario?
El mar oculta su voz en el acantilado, la niebla se hace difunta luz sobre el arenal, donde el día, sediento, completa sus muertas aves.
Volviera, hidra de llanto, y la tierra sería un paraíso desierto, la paz de un rostro que vive su eternidad de piedra.
Mas, al otro lado del tiempo, ¿sabe nadie si hay una rosa de ónice en su lugar o si una boca convoca a otra boca en ese vegetal reino?
¿Cómo conocer si el polvo, santiguado por el triunfo, en su altar complacido, relata una fábula que corona la pleamar?
En tal encuentro, ¿quién dejará en su piel la sal de tan injusta cólera? ¿Qué sobrevivirá en la frontera del mal? ¿Qué se hará día en tan oscura heredad?
El cuerpo se sucede entre la ceniza de las estaciones. El tiempo pasa. Quedan ruinas.