
La esencia de la oración
Dios es amor
El sacrificio de la cruz está en el
centro mismo de la fe cristiana. En él Dios nos revela su amor por un acto que
es un misterio profundo de humildad.
Es el signo que se nos ha dado y
hacia el que tenemos que dirigir la mirada si queremos reconocer a Dios, al
verdadero Dios, y distinguir sus rasgos.
Superarse, pero ¿cómo?. Se abre ante él un primer camino: el del esfuerzo por crecer, por imponerse; por afirmarse en la voluntad de poder, de dominio sobre sí y sobre los otros. Una ambición, noble quizá, pero viciada por todo lo que hay de orgullo en las raíces profundas de su vitalidad y de su fuerza.
En su grado último, este camino aboca en el pecado de Satanás: complacerse en la propia perfección, tener por única meta esa perfección con entera independencia, que rechaza toda sumisión, sea cual fuere, y todo señor que lo domine. Quiere elevarse sobre los otros y obligarlos a someterse a él. Atribuirse el honor que sólo se debe a Dios.
Si se nos dice que este Dios se digna esperar de nosotros algo distinto de la sumisión y el respeto y que nos invita a amarle, ¿entendemos estas palabras?. La verdad que expresan, ¿lo es realmente a nuestro juicio?. La intimidad a la que nos llama con tal condescendencia este Dios de grandeza, de poder y de majestad, ¿nos puede parecer verdadera intimidad?. Por muy benévola que sea la mirada que se abaja hasta nosotros, ¿puede ser una mirada de amor?. De bondad, sí; pero, ¿de amor? ¿Se puede amar desde tan lejos?.
La grandeza de Dios es infinitamente más rica por la hondura de su misterio, por su insondable plenitud. Porque Dios es amor y su inmensidad es la del amor. No es estéril, como las grandezas humanas, que sólo saben imponerse y que en la severa exigencia del honor que se les debe, se cierran en sí mismas y en la afirmación de su poder.
Es una grandeza infinitamente accesible, infinitamente próxima.
Dios nos ama. Nos ama como Cristo Jesús ama a Pedro, el hombre recto y sincero, y como ama a Juan, el discípulo predilecto, y a Lázaro y a María, y a los niños que encuentra en sus caminos, y a su Madre.
Dios, el Padre que está en los cielos, y que reina por los siglos de los siglos nos ama así: «Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido. Felipe, el que me ha visto a Mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú muéstranos al Padre?»
¿Acaso debemos prestar más atención a las especulaciones de los filósofos, a los tímidos vislumbres de verdad que nos proponen, que a la nítida evidencia que, en cada página, nos ofrece el Evangelio?.
Y esto no sólo por condescender hasta nosotros, sino por una razón más profunda, inscrita, por decirlo así, en la esencia misma de la naturaleza divina, de su riqueza, de su plenitud. Dios nos ama porque es amor. Porque es, por esencia, don, plenitud de don y comunión.
Y para comprender lo que queremos decir al afirmar que Dios es amor, quizá tendríamos que añadir –aunque dando a esta palabra un sentido que desborda nuestros humanos conceptos, como ocurre cada vez que hablamos de Dios— que Dios es humildad.
Dios goza con plenitud de esta libertad de darse. Todo cuanto tiene —todo lo que es—, todo lo absoluto de su infinita perfección, lo posee en esta libertad que nada ata. Es la esencia misma de su naturaleza íntima. Esto es lo que queremos expresar cuando decimos que Dios es amor.
No hay que minimizar ni mutilar esta libertad, encerrándola en nuestras falsas ideas de grandeza.
Dios no guarda celosamente su
majestad y grandeza —no sería ya suya esa grandeza— y si nos pide que le demos
el homenaje que le es debido, es precisamente, reconociendo su grandeza en toda
la profundidad que él mismo se dignó revelarnos, en su verdadera plenitud, y,
por tanto, en esta infinita simplicidad y libertad de un amor sin límites.
Es un amor hacia el que no se puede
progresar sino por el camino de la humildad, liberándonos de las ataduras del
egoísmo, de los endurecimientos del orgullo; dejando que las experiencias de
nuestra pobreza y de nuestra nada vayan cavando el vacío de la propia negación
y desapropiación, que nos abren al amor, al humilde amor. Por el camino de la cruz penetramos en el mismo misterio divino, en donde el gozo de dar es tan inmenso como el de recibir, por que uno y otro son medios para llegar a una misma comunión.
Uno y otro reclaman la misma libertad respecto a la desapropiación, porque si ésta es libertad de dar v de no retener nada como propio, también es libertad de recibir el don de abrirse al don y de vivir de él como de una gracia totalmente gratuita, dejándose penetrar por ella del espíritu de gratuidad y de libre comunión.
Nos hallamos ante este misterio: nuestra vocación a una vida sobrenatural nos hace entrar en comunión con este misterio de amor.
La noción de amor, por el contrario,
porque es más amplia, engloba la de justicia, sobrepasándola. Le da un sentido
más profundamente verdadero, al situarla en una perspectiva más vasta. Nunca
comprenderemos lo que es la justicia de Dios —cómo sobrepasa toda justicia
humana— si no comprendemos antes que está implicada en su amor: la justicia de
Dios es también su amor.
La justicia es la verdad, es el
respeto a la verdad de las cosas. Dios es justo porque respeta la verdad de su
amor. No puede otorgarnos el don de comulgar con Él en este misterio sin exigir
que nuestra actitud en su presencia sea una actitud de verdad. En esta perspectiva, muchas cosas, en la vida espiritual, parecerán más sencillas y más claras.
La fe en este misterio de amor nos abre a su influencia vivificante: nuestra humilde fe, hecha de adoración y de reconocimiento de su infinita plenitud; nuestra humilde fe, consciente de que cuanto más sencilla y serenamente acepte el vacío, el desierto, la oscuridad, dará un testimonio más veraz a la trascendencia del misterio y estará ante él en la verdad.
Esto es lo que debe expresar nuestra oración: humilde adoración ante la infinita plenitud del amor divino; fe en el poder sin límites de este amor que nos ha cogido entre sus manos y que realiza su obra en nosotros; deseo de abrirnos plenamente a este misterio, sin oponerle obstáculo alguno. Actitud de apertura, de gozosa y confiada acogida, la acogida de quien se sabe amado.
Cuáles serían nuestras reacciones ante los más insignificantes acontecimientos de cada día si nos sintiéramos en presencia de este inmenso misterio de amor, de este amor que es Dios mismo. Si creyéramos en él con auténtica fe, acogeríamos cada momento con un acto de confianza, de una confianza penetrada de respeto y de adoración. Y en consecuencia, cuántos sentimientos no encontrarían ya eco en nosotros. Nos herirían aún sensiblemente, sufriríamos aún, es cierto, pero sin acritud ni amargura. Lo veríamos todo con mirada serena y benévola, lejos de las exageraciones y acometidas del amor propio.
Todo es pequeño, al lado del amor que nos posee, al lado del misterio que nos rodea y penetra nuestra vida.
En todo está presente, incluso en las deficiencias de los que nos hieren y en las nuestras también. Además, no hay nuestras y suyas. Sólo existe la pobreza común de una humanidad pecadora, que es nuestra, toda entera. Nuestra propia miseria nos hace partícipes de la miseria humana, todos somos solidarios en ella.
Si claváramos la mirada en el misterio del amor divino, si le reconociéramos obrando en la miseria humana, no la juzgaríamos como ajena al amor y opuesta a él, sino como la pobreza hacia la que se inclina con misericordia y en la que se manifiesta, abarcándola entera: «et misericordia ejus super omnia opera ejus.» Se compadece de ella, baja hasta ella, se revela y se ofrece en ella, y nos pide que en ella le reconozcamos.
Todos somos solidarios en nuestra miseria y en el misterio de amor que en ella se realiza.
Sencillez de la oración
Dom Georges Lefebvre
NARCEA, S. A. DE EDICIONES
MADRID