lunes, 8 de febrero de 2016

José María Valverde



José María Valverde

Nace en Valencia de Alcántara, Cáceres, en 1926.
Estudia Filosofía en Madrid, en cuya Universidad se doctora. Poeta, traductor, profesor de estética. Profesor en Roma y catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona. En 1964 se exilia voluntariamente,
por motivos políticos, en Estados Unidos y Canadá, donde fue catedrático de literatura española en Universidad de Trent, Canadá, y traductor e historiador literario.
Su estilo poético se caracteriza por la sencillez expresiva y la lengua castiza, buscando siempre la desnudez y la precisión léxica, casi coloquial, en lo que sigue la tradición de Antonio Machado. Esa ansia de depuración le llevó a extirpar numerosos poemas de sus compilaciones últimas, sucesivamente cada vez más reducidas. Sus preferencias métricas fueron por el arte mayor y el verso alejandrino. 

Premio Nacional de poesía en 1949, Premio de la Crítica en 1962, Premio Ciutat de Barcelona. Muere en Madrid en 1996.


SALMO INICIAL

Señor, no estás conmigo aunque te nombre siempre.
Estás allá, entre nubes, donde mi voz no alcanza,
y si a veces resurges, como el sol tras la lluvia,
hay noches en que apenas logro pensar que existes.
Eres una ciudad detrás de las montañas.
Eres un mar lejano que a veces no se oye.
No estás dentro de mí. Siento tu negro hueco
devorando mi entraña, como una hambrienta boca.

Y por eso te nombro, Señor, constantemente,
y por eso refiero las cosas a tu nombre,
dándoles latitud y longitud de Ti.
Si estuvieras conmigo yo hablaría de cosas,
de cosas nada más, sencillas y desnudas,
del cielo, de la brisa, del amor y la pena.
Como un feliz amante que dice sólo: «Mira
qué pájaro, qué rosa, qué sol, qué tarde clara»,
y vierte así en la luz de los nombres su amor.
Pero no. Tú me faltas. Y te nombro por eso.
Te persigo en el bosque detrás de cada tronco.
Te busco por el fondo de las aguas sin luz.
¡Oh cosas, apartaos, dadme ya su presencia
que tenéis escondida en vuestro oscuro seno!
Marcado por tu hierro vago por las llanuras,
abandonado, inútil como una oveja sola…
Hombre de Dios me llamo. Pero sin Dios estoy.



ORACIÓN POR NOSOTROS LOS POETAS

Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
si miramos, es sólo para verterlo en voz.

No podemos coger ni la flor de un vallado
para que sea nuestra y nada más que nuestra,
ni tendernos tranquilos en medio de las cosas,
sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.
Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
jamás conoceremos lo que es una mujer
en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.
Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
Y después que la tierra tiene voz por nosotros
nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande…

Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
igual que por las piedras lo es el cristal del río.
Tú no has hecho tu obra para hundirla en silencio,
en el silencio huyente de la gente afanosa;
para vivirla sólo, sin pararse a mirarla…
Por eso nos has puesto a un lado del camino
con el único oficio de gritar asombrados.
En nosotros descansa la prisa de los hombres.
Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
inútiles y bellas como Dios ha creado,
tantos ocasos rojos, y tanto árbol sin fruta,
y tanta flor, y tanto pájaro vagabundo?
Solamente nosotros sentimos tu regalo
y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.

Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
con nuestro aplastamiento de asombro y maravilla.
Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
en brazos de una llama tan cruel y magnífica.

Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
dales paz, esa paz que en vida les negaste,
bórrales el doliente pensamiento sin tregua.
Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
para nosotros solos, y no para cantarte.




SALMO DE LAS ROSAS

Oh rosas, fieles rosas de mi jardín en mayo;
ya venís, como siempre, a reposar mi angustia
con vuestro testimonio de que Dios no me olvida.

Hubo un tiempo en que yo creí perdido todo.
Pero vuestra constancia no se enteró siquiera
y seguisteis viniendo a acariciar mi frente
y a decirme que el mundo seguía estando intacto.
Surgís difícilmente lentas, de dentro a afuera,
como torres de nubes que, imitando dragones,
se alzan en el ocaso, saliendo de sí mismas;
o como un sentimiento, tan nuestro y tan profundo,
que al subirlo a la boca va espeso del esfuerzo,
arrastrando en su parto los más hondos aromas.
¿Qué decís, qué decís, bocas de Dios infantes?
¡Cuánto trabajo os cuesta pronunciar la palabra
oliente y no entendida! Os morís, fatigadas,
cuando acaba, al decirla, vuestro oficio en la tierra.

Vuestra belleza es eso: morir, pasar al vuelo.
Vuestro aroma es la muerte. Y por eso enloquece.
Mas ¡qué importa morir cuando se ha sido, y tanto!
Yo os doy la eternidad que os quitaba el ser bellas.
Os tengo en mi recuerdo lo mismo que en un libro,
evocándome mayos, muchachas y ciudades,
al hallaros de pronto, cuando paso las hojas.

Voy contando mis años por relevos de rosas.
De rosas repetidas, de eternidad de rosas
que me animan, diciéndome que el Señor sigue en pie.



ORACIÓN DEL AMANECER EN LA CIUDAD

A esta hora podemos encontrarte,
al andar por las calles: todavía
tu gran aliento en vela se oye, como
el de la madre al fondo de la casa,
a la orilla del hijo, contemplándole
igual que una laguna en la espesura,
infundiéndole amor; de su entresueño
mal despierta, enviando al sueño niño
palabras, besos, que entran y se quedan
para siempre en lo más hondo del alma,
en la secreta cámara del sueño.

Pronto despertarán todos; ya vienen
de vuelta por las sendas de los sueños,
y hay nostalgia al volver, al dejar lejos
las regiones del Padre, la mansión
de sombra donde en Él se reposaba,
y desde donde llegan sus adioses
todavía, quedándose en las frondas,
extinguidos de pronto en un recodo.
Hay nostalgia al volver apresurados
para llegar a tiempo ante la puerta
de la mañana nueva, del trabajo.

Ya hay quien está despierto a la tarea.
Obreros con bufandas, ciegas botas,
gabanes de revés, viejos paraguas,
se agrupan torpemente, como a tientas,
hablando a media voz, mientras aguardan
los primeros tranvías, que les lleven
a las playas del alba y la faena;
los tranvías sonámbulos, con luces
purísimas, alegres, inconscientes,
en la triste negrura que se marcha.

Hay tabernas con frío, que madrugan
a preparar el día con su vino,
triste de hambre, de obligación, de prisa;
encendidas, igual que ojos abiertos
a la fuerza, pese a un sueño infinito.
Las obras, los escombros, los solares,
Los pozos con un torno, junto a un charco
de cemento, las tapias, la basura,
solos, son la pregunta abandonada
del hombre cuando el hombre se ha callado,
la inquietud que prendemos en las cosas
al pasar, un amargo polvo de alma.

La aurora, con color de equivocada,
a golpes va llegando, calle a calle,
como andando de espaldas, no queriendo
mirar en donde pisa. Pero el sol
lo besa luego todo, como un ciego.
Y ahora todos despiertan. Ya se acuerdan
de sus nombres, del día que es, del mundo;
ya vuelven a ponerse entre las manos
del dolor de las fechas; ya se ocupan
de los asuntos de hoy, de lo que espera.
Al despertar, aún tienen en las manos
algo de allá, del Padre. Y no lo miran;
mas de pronto una ausencia, un leve vuelo,
les obliga a mirar atrás, hacia esas
tierras, tarde entrevistas, hacia el pórtico
que no puede volverse a abrir, al sueño.

Y tú ya te retiras. Todavía
vas por alguna calle solitaria,
seguido por el sol, poniendo el último
beso sobre los párpados que se abren,
para que tengan luego una disuelta
sensación de dulzura sin memoria,
la huella de tu estancia, el don del sueño…



EL UMBRAL

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.

Esta mirada dará
ya la habías soñado; este cabello
rubio tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.

No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.
Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar y a hacerse de verdad.

Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres hombre.

Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de Él podrás sentir.

Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño
bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva obediencia más profunda.

Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.

Y no por prepararte
—ya ves todo qué extraño, qué distinto—,
sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la realidad.




DESPEDIDA ANTE EL TIEMPO

Madre, hoy sé que he crecido sin salir
de tu seno, que he andado por la sombra
de tus montes hasta cumplir mi hombría,
que eres el fondo de mi playa hundiéndose
hacia mañana… Y al marchar me vuelvo
y empiezo a verte, ahora que ya es tarde,
y comprendo que estaba en ti, que todo
era bajo tus alas lo que era,
milagrera mamá en quien descansaban
la luz y la tiniebla; que podías
ahuyentar el horror; por quien el mundo
seguía siendo un cuento, un uniforme
de aviador o de capitán de barco.
Porque al anochecer siempre mandabas
Dejar los juegos, recoger la vida
y dormirnos bajo tu mismo sueño.
y si volvía a mi rincón, herido
el pecho primerizo, con las lágrimas
sin pena, y me encerraba en la congoja,
vendrías con tu taza y tu cuidado,
a arroparme mejor, a la pared
vuelto, como a una nada de juguete.
El rociar de mis días transcurridos
hacia allá, como piedras en torrente,
tiene en medio un menudo son, un hilo
que los cose, engarzando las mañanas
y las noches, oído en duermevela;
el perpetuo rumor de tus pantuflas
besando el suelo, de un rincón en otro,
santificando el suelo, reviniéndolo
en un solo latido, en una mano.

Hoy te veo, por fin, igual que un mueble
que a nuestro lado estaba envejeciendo,
hecho ya carne nuestra, en su invisible
gris de fidelidad, hasta que un día,
con la luz de una muerte o de un viaje,
despierta, se hace otro, y le miramos,
atónitos, su juventud difunta
de adornos que ha borrado la costumbre.

Y hoy veo en ti tu niña antigua, aquella
de las amarillentas cartulinas
que parece un amor mío perdido,
esa muchacha que murió una tarde
en que buscaba flores por el prado,
anegada en las inmutables aguas
de la maternidad, detrás del tiempo,
viéndonos desde allí venir jugando,
entrar saltando… A veces, sin sentirlo,
dices viejas palabras inservibles
que suenan en tu ayer, a letra antigua,
las palabras de aquella niña muerta.

Entre tus manos hoy lo dejo todo
para entrar a la vida más ligero,
a ti, que no te cansas de guardarnos,
para si nos perdemos de nosotros,
por si una vez volvemos, y pedimos
de nuevo comenzar; la ropa limpia,
la masa original de nuestros nombres,
el fondo de los días en tus arcas.
Todo está aquí para que lo rescates
de su enredo, mi armario de ilusión,
mi vida en borrador, para que vayas
sacando en limpio hacia el amor mis años,
hacia la soledad, hacia el mañana,
mientras yo voy andando por mi olvido.

Guárdame tú mi niño, hoy que sonrío
un poco avergonzado, temeroso
de enternecerme ante mi imagen trémula;
esconde entre tus sombras a mi niño
miedoso de los perros y el demonio,
el niño que crecía muy deprisa
devorando los días, inventándolos
antes de que llegaran, pensativo,
siempre en convalecencia, navegando
la enciclopedia, en alta mar de sueños;
niño que parecía estar cumpliendo
años de huerfanito, y no los suyos;
lleno de gravedad, de metafísica;
que acabó de ser niño, cuando aún
le quedaba dolor de niño, un vasto
dolor que le venía siempre grande,
sobrándole de un día para otro,
de un año para otro, de la infancia
para la juventud. Guárdame, madre,
mi resto de dolor, la primer llaga,
abierta todavía, y que hoy no puedo
regresar a cegar; ponlo en tus brazos
y cúrame el pasado con caricias,
bésame en el ayer, entra a callar
la pena, viva aún, de lo olvidado.
Guárdame mi retrato de muchacho
lúgubre, de silencio y pesadillas,
de tercas discusiones, abrasándome
las palabras, cegándome la vida;
de nublado pensar y andar sesgado,
con miedo de mi voz, asustadizo
de mi mirada… Mi retrato grave,
sobre el que ahora alumbro una sonrisa,
al volverme y mirarme en el reflejo,
adolescente rígido, absoluto,
denso, napoleónico, obstinado,
meticuloso en el soñar, consciente;
envuelto en mi respeto, revestido
de mí mismo, ministro de mí mismo,
avaro de mí mismo, aprovechándome
hasta el céntimo… Y lleno de ternura
amistosa y burlona, te lo entrego
a ti, que no te cansas de guardarnos,
de conservar imágenes, mirándolas
cegarse poco a poco, ser memoria…
Madre, hoy querría hablar, quiero inventar
mi palabra ante ti, que nunca tuve,
porque siempre he callado; he sido el niño
absorto, el niño esquivo a la caricia,
que tiene en carne viva la mirada.
Sí, porque siempre he estado allá, remoto,
como escondiéndome en mi propio espectro,
viéndote lejanísima, lo mismo
que en los gemelos al revés, de niño,
asomándome hasta mis propios ojos
como a una cerradura; mi ojo izquierdo,
en la mesa, más hecho a ti, a tu lado,
mi sonrisa habitada sólo a medias…
Ahora querría hablarte y ya no puedo,
me ensordecen las olas del mañana,
el mugido del mar que está inundándome,
y me pregunto, silencioso, cómo
va a ser el aire cuando no lo vea
por ti, como el cristal de la ventana;
cómo será el dormir y el despertar
sin tu dulce fantasma en lo escondido
de la casa; cómo va a ser entonces
asomarme a otros ojos donde quiero
dejar mi amor, hundido en su laguna,
y ver tu ausencia haciéndomelos graves,
maternales, definitivos, últimos;
cómo será el rezar, arrodillarme
con la oración de siempre, y advertir
que son palabras tuyas, las primeras,
que has dejado en mi boca hasta la muerte…




MÁS ALLÁ DEL UMBRAL
(HISTORIA DE NUESTRO AMOR)
Softly my Future climbs the stair,
I fumble at my childhood’s prayer—
So soon to be a child no more!
Eternity, I’m coming, Sir,—
Master, Tve seen that face before.
EMILY DICKINSON

Ya sé, ya sé que estaba amaneciendo
y en la neblina y en tus vagos párpados
empezaba la tierra, todavía
menos costumbre que ilusión, brotada
de un poso de campanas y de soles
madrugados de tu niñez. Cercando
el despertar con voz de caracola,
casi haciéndote daño, la esperanza
desbordada y sin rostro, igual que todas
las mañanas, cantaba por tus venas
como un golpe de miel ebria, disuelto
al caer dentro de tu corazón.

Niña desobediente a los deberes
de ser mujer, la cifra de tus años,
obstinada en tu infancia, en alargarla,
a esa hora sentías tú la vida
golosamente retrasada, entera,
palpada como fruta que da lástima
morder, por no romper la tersa piel.

Pero al salir un poco más a flote,
de súbito, entre el vaho rumoroso
de mares, de ciudades y de puentes,
sentiste que perdía pie un latido,
que te había llamado una voz nueva
con un nombre más grave, más secreto 
e ineludible: el nombre de tu muerte;
que un pájaro augural se había oído
y un viento del amor, por un instante,
vino a cubrir el ruido de las olas.

Como si amanecieras a un domingo
más solemne, aguardado largamente,
mirándolo acercarse, y conversándolo,
y al comprender que es hoy, que ya no cabe
más ilusión, entonces lo temieras,
lo quisieras dejar para otro día,
aplazarlo hasta nunca, por el miedo
a su cansado atardecer, la vuelta
de la tarde hacia el lunes, recontando
lo que por fin fue todo lo soñado;
así sentiste el corazón, con vértigo
alzarse contra el tiempo, rebelarse
contra su mismo peso de manzana,
venido sin remedio hacia unas manos.

No era ya un nombre de hombre, ni mis ojos
en solemne esperar el sacrificio, 
no era mi voz quebrada, tal de un niño
que pide una limosna de ser grande
y de tener dolores de varón,
sino que viste atrás el hado, el tiempo,
la seria obligación de vida y tránsito.
Al fin, habrías de cumplir tus años
sin demorarlos más; y recibías
al destino con tus trajes de niña,
hasta acabar de usarlos, por vez última.
Pensaste: «Y esto es todo. Mis inmensos
sueños son esto, igual que si muriera.»
Yo entré casi con pena, deteniéndome
ante ti, en tu país de luz antigua, 
estremecido de respeto, viendo
tu casa, donde siempre es Navidades,
tu verano descalzo, siempre el mismo,
en que regresas a tu origen quieto,
tu crecer junto al mar, en sus raíces.
Ea, todo acabó. Pues todo sigue
pero ya no es la misma tu mirada.
Como si hubieras puesto un nuevo espejo,
hay una doble luz hoy en tu cuarto.
Llegó el amor a saltear tus reinos
de inmóvil sol, y no por los caminos  
por que se viene y va hasta los inviernos;
ha venido del lado de la playa,
vagabundo, bajando desde el monte
donde se oía el mundo por la tarde.
Ahora sabes qué inútil fue volverte
a la pared, a atar el hilo roto,
querer resucitar viejos muñecos,
con mano dulce sujetar el alma.

Yo te vi someterte poco a poco,
quitarte la corona de ilusiones,
descender del sitial de libertad
a querer sin querer; he contemplado
tu primera sonrisa temerosa,
distraída, volviéndose a luchar
contigo misma y el amor naciente,
como asomada a una ventana, pero
escuchando hacia dentro de la casa „
los pasos de alguien que entra; yo sé cómo
alguna vez, al tiempo de tu risa
se veía cruzar un pez de sombra
bajo tus ojos de agua abierta y dará.
Ya bajas y gozosamente aceptas
tu parte de dolor y amor. Colocas 
mi mano sobre tu cabeza y dices:
«Heme aquí. Cúmplase en los dos lo escrito.»

Pero nunca hay morir. Inesperada
vida, como al pasar de un valle a otro,
nos envuelve y se impone lentamente.
Yo soy igual que tú. Yo tuve miedo
antes también, y, mira: ahora rebusco
hasta lo más pequeño y olvidado
de mí para traerlo a que se queme
en ti. Tras el primer escalofrío,
como al caer una cadena de ancla
por su escobén, con roce helado y súbito,
se abre luego el silencio en anchos cercos
y reina la mañana sobre el barco,
así despierto ahora a la luz nueva,
así siento inundarse en otra sangre,
casi ajena, mi corazón, y palpo,
atónito, el milagro, aún sin verlo,
porque mis ojos todavía empiezan
a aprender de las manos. Todo llega
a la oblación en caravana alegre:
antes, mucho nombraba yo a la muerte
con mi primera voz, y hoy no nace falta;
su sello de verdad definitiva
lo pones tú en mis cosas. Para ti
he crecido de niño con sospecha
de un destino, y he estado preparando
con tiempo mi ternura y mi palabra,
mi antigua sumisión enardecida;
meditando qué fueran unos ojos,
empeñado en hacerme digno, en cada
paso, como si ya me vieras; siempre
vestido para el viaje, y todo en orden.

Aquí lo tienes, échalo en la hoguera
que nos tapa la oscuridad del bosque.
Ven, muerte mía, muerte de ojos daros,
y al hundirme en tus aguas dame vida,
vuelve a acunarme, cántame el nacer
con tu voz, que no se oye de tan pura,
ábreme la mirada al nuevo día,
ábreme la mirada al nuevo ota,
depone su verdad. Ya, más difuntos,
andamos por un sudo más secreto;
aprendiendo a ser dos, vamos errando
descalzos por lo oscuro de la casa,
por donde al retumbar la voz se nota
que alguien vela en silencio, mientras mana
la esperanza en tinieblas, como fuente
que no se oye, mas todo lo enternece;
descendemos a nuestra roca viva
donde se posa el pie de Cristo, el peso
consolador de Dios, como una mano
en la frente del niño ciego; donde
nos empieza a nacer todos los días
nuestro Cristo de dos, resucitando,
multiplicado, el mundo, que se extiende
ahora con más montes y más tierras.
Y hoy que vamos creyendo en otros días,
juntando más amor para mañana,
y ponemos despacio en una hucha
los besos ahorrados, le decimos
a Cristo que es la hora de que llegue,
hoy que empieza a ser todo verdadero,
para que lo conviva y lo recoja;
que ya puede venir a compartir
nuestro pan de esperanzas, y a sentarse
con nosotros, ahora que tenemos
un rincón, entre dos almas, sin viento,
y una cuna de manos enlazadas;
que bajo nuestro techo de palabras
habite con los dos, para que se haga
verdad lo que decimos, y aprendamos
a estar cerca, y dejados en su sombra,
a ver la paz y a hablar y oír más bajo;
que sobra voz, ya siempre sobra voz…




Elegía a la fotografía de una muchacha desconocida

Tendrías quince años cuando quedaste inmóvil
aquí, en la cartulina de suavísima niebla.

Te vuelves a mirarnos -con unos ojos negros,
dulces, hondos y frescos como grutas-
desde el escorzo grácil de tu cuerpo.
Dime, ¿de dónde viene tu mirada?
Habla de cosas dulces y pequeñas,
de tu vida, tu casa,
tu piso, bosque umbroso de sueños y recuerdos,
-tú eres la cierva blanca en su espesura-,
el balcón donde ves pasar las nubes,
los viejos y borrosos retratos de la sala,
las butacas de verde terciopelo gastado,
el piano, negro, mudo, con ecos, -como un pozo-,
y el bullir y las voces, apagadas
y vagas, de la sombra en los rincones...
(¡Ay tus sueños de niña!
¡Cómo están en el fondo de tus ojos
muriendo dulcemente!
Estrenabas la vida;
aquel día morías y nacías.
Y aquí, en este retrato,
frente al blanco camino,
dejaste tu niñez en la mirada.)
Esa luz que ha quedado contigo prisionera
en tu clara laguna,
es la luz que conservan
las cosas de la abuela puestas en la vitrina.

Ya te habrás olvidado. ¡Qué muerta estás aquí!
¿Dónde estarás ahora?
...Días, calles, olvidos, amores y tristezas,
relojes, calendarios, trajes, cuerpos, ventanas,
tejas, lluvias, tarjetas, zapatos ya gastados,
tranvías, ruedas, nubes, sueños, tardes, mañanas,
inviernos y veranos, rosas secas, revistas,
muertos, libros, silencios, músicas, risas, llantos,
arroyos y caminos, montañas, bosques, mares,
y un montón de minutos iguales como arenas
me separan de ti.
Pero en mi orilla queda tu retrato olvidado.
...Tendrías quince años. Yo, entonces, estaría
paseando mis sueños de niño no sé dónde.
¿Dónde estarás ahora?
Oh muchacha lejana que quizá hubiera amado
de no ser por el tiempo, el tiempo... siempre el tiempo...




DONDE DIOS SE COMPLACE
(TRES RETRATOS Y UN HIMNO)
«… y al vecino, como a vosotros mismos».

(2)
Mientras pueda enhebrar la aguja, dice,
no se piensa quejar. Miseria limpia,
faena, cuando la hay, en otras casas
de ruido y lumbre, y todo para qué;
como en playa de otoño por la tarde
suena a frío. El torrente ya ha menguado
volviéndole la espalda. No tendrá
carta, y al cementerio ya hace mucho
que no sabe el tranvía. Aquí está, en medio
de la pobreza hiriente y gritadora
del vecinaje, andando en su silencio,
fregando su silencio y su oquedad,
sin una mota nunca. Pasan trenes
entre las latas y ladrillos, silban,
insisten, relojeros, en la rueda
del tiempo, que no saca agua del pozo.
No hay recuerdos. Es sólo un peso ciego
como una losa sin grabar. El alma
no está educada para recordar;
la arena se ha tragado rostros, lejos
o muertos, quién lo piensa. Pero siempre
hay que coser las viejas medias, siempre
zurcir la vida, hervir el pucherito;
alguien hay que, invisible, está comiendo
con la boca mellada, con el diente
de oro de mejores tiempos, alguien
la lleva por el pan, se está arropando
en su mantón, latiendo en su vacío,
y en alto la sostiene, como el viento
cuando se hace alma y voz de la hojarasca.



LA MAÑANA

En la mañana, en su fino y mojado
aire, subes y vuelves a la casa,
con el latir de gente, y los trabajos;
te corona el rumor del mercadillo,
y el carpintero habrá sacado el pote
pegajoso a la puerta, y dará golpes,
y el triciclo de carga va llevando
la buena nueva, porque tú me llegas
con tu cesto, cargada de milagros;
te acompaña la leche, como un niño
que anda mal, que se tiende y que se mancha,
el queso, denso espacio de pureza
concretada y punzante, y el fulgor
antiguo del aceite, la verdura
aún viva, sorprendida mientras duerme,
las patatas mineras y pesadas
de querencia de suelo, los tomates
con fresco escalofrío; los pedazos
crueles de la carne, y un aroma
noble de pan por todo, y su contacto
rugoso de herramienta. Ya se inunda
mi faro pensativo de riquezas,
de materias preciosas; considero
la textura del vino y de la fruta,
estudio mi lección de olores: noto
que todo se hace yo porque lo traes
a entrar en mí, y estamos en la mesa
elevados, las cosas y nosotros,
en el nombre del mundo, como pobre
desayuno de Dios, a que nos coma.



DE UNA VIDA DE SANTO

Sobre su nombre y nacimiento
hasta el día de hoy no están
las historias de acuerdo: fue
desconocido y vulgar.

Cuantos le hablaban, le olvidaban
en seguida, para quedar
sin darse cuenta otro poco
más alegres, más en paz.

Quién nos le pinta encerrado
en mística soledad;
quién dice que habitó en el ruido,
dejó familia y ganó el pan.

Sólo nos consta que solía,
al salir de su portal,
mirar el color del cielo
y, tropezando, suspirar.

Que le gustaba andar despacio,
ir silbando a ver pasar
la gente, y tenía algunas
dulces manías que cultivar.

Sin pensarlo mucho, rezaba
con costumbre de olvido ya,
confiaba y se distraía
en la vida y su zumbar.

Murió, y despertó asombrado
al encontrarse santo allá;
riega milagros pequeños
que a nadie dan nada que hablar.




LA VOCACIÓN DE SAN MATEO
(Mat 9, 9.)
—Siempre me gustó el orden. Yo no tengo
fuerzas para vivir a la aventura.
Hipócritas, solían acusarme
de mi poco dinero, rebañado
a fuerza de esperar, de perseguir
al moroso, gritando entre sus niños,
de tener buena letra. ¿Y por qué no?
¿Por cuál justicia van ellos a hablar?

Solo, con malhumores digestivos,
débil, fue mi refugio aquella mesa
con el papel, los sellos, la balanza
temblorosa, y la ley. Yo no sacaba
más de lo acostumbrado. (No me importa
ya, que todo pasó, pero conservo
mi hábito antiguo de equidad exacta.)
El Imperio Romano y los poderes
de reyezuelos lagoteros, todo
se apoyó en mis columnas de sobadas
monedas. Desde el fondo de la tierra,
desde el olivo anciano, desde el flaco
cabrito y la tinaja en paz, venía
rodando el disco tibio, con un rostro
laureado. Y luego, nítidos montones
de tañido preciso, sudorosos,
y el mundo hacia delante, y yo tranquilo.

Pero una tarde vino el que decían,
el que hablaba a las gentes. Yo sabía,
pero eso no era para mi; era cosa
del mundo de allá fuera, de las grandes
verdades y mentiras, de las muertes
y los amores, de las intemperies.
Ni lo pensé; un revuelo por la plaza,
varios camellos más, una inquietud 
de vendedores de agua. El hombre célebre,
con su cara de bueno enflaquecido,
apareció, y cruzaba con su tropa
de pobretes.
Y yo ya le olvidaba,
y seguía mi suma, pero no:
llegó a mí, y dijo: «Sígueme», pasando
sin mirar hacia atrás. Yo ¿qué iba a hacer?
Yo siempre he obedecido, yo no supe;
me levanté, queriendo preguntarle,

¿Qué más da?
Ya llevo varios meses; todavía
no le he podido hablar a solas, pero
se me olvida qué le iba a preguntar.
Él ya cuenta conmigo; ¿qué más da?
Si yo estaba sentado, es porque nadie
pensó en mi nombre; nadie me quería.
Siento el desorden, pero ¿qué más da?




Las viejas campanas

Oigo viejas campanas que llegan del pasado,
campanas de la tarde en los pueblos tranquilos...
Campanas que no he visto, y ahora están cantándome
desde los dulces valles del pasado difunto.

Venid conmigo, entrad a la sombra que llega.
Cantad, pues sois tan leves que no puede decirse
si sois un sueño muerto o si es que estáis distantes,
porque la lejanía confunde espacio y tiempo.

Éste es el tiempo triste de nacer con recuerdos.
Cuando yo vine al mundo, habían muerto cosas
que he crecido esperando. Y yo no lo sabía,
las suponía cerca, tal vez tras de mi casa,
tal vez tras de esos montes a donde van los pájaros.
Y el rumor del poniente era su voz remota.

No sé, yo no sé qué eran las cosas que esperaba.
Sé que era algo sencillo. Eran dulzuras mínimas.
Quizá mañanas claras, quizá rumor de fuentes,
quizá campos amigos donde Dios paseaba,
o era el amor, a salvo del viento de la historia,
o el conversar despacio de las cosas sabidas...




POR QUÉ HABLABA ASÍ JESÚS
(Mat., 13, 10-15)

—Leyendas les conté. ¿De qué podían
servirles los discursos de razones,
disueltos, sin raíz en la memoria,
como espuma de voz? Cuando bajaba
la tarde, era el momento de alejarles:
igual que el sol, caía mi parábola
redonda y de oro entre sus manos; algo
para llevar a casa intacto, y luego
repartirlo a los otros que quedaron
junto al fuego, esperando las noticias
de la plaza del pueblo, y del curioso
forastero.
No fueron mis palabras
de retumbar iluso, definiendo
qué es y qué no es, creando una penumbra
de pozo en que caer hasta el engaño
de la entrada del mundo; no arrullé
el sueño del saber con las palabras
hechas para otra cosa; no encendí
bengalas de colores en lo oscuro
irremediable. Yo conté, bendije,
maldije, prometí, lancé preguntas,
recé: hablé como El Hombre.
Se llevaban
mis monedas rodando por el mundo, 
mis historias pequeñas con la estampa
de un sembrador con pájaros, o de una
vieja barriendo, o de un rey que casaba
a su hijo, muy dorado y en colores;
y como con billetes, cada uno
les sacaba una cosa, un pan, un paño,
echándolas enteras adelante.
Yo les daba mis cuentos, mi palabra
que podía ser llave de la vida 
al de ojo puro y corazón derecho;
pero también ser trampa de oro, dura
piedra que masticar, para el henchido
de su propio saber, que la pondría
al trasluz, sopesándola, dudando
si tirarla.
Pues ya lo dijo el otro:
«Oiréis sin entender, y miraréis
sin ver.» Para eso hablaba con historias; 
para que el que tenía, recibiera
hasta abundar, y el vano en sus entrañas
perdiese hasta lo poco que tenía:
su orgullo de saber, y se quedara
dando vueltas al guijarro enigmático,
royendo el duro hueso de mi verbo:
la fábula que a todos divertía
y encendía; para él ciega y cerrada
como el túnel de la condenación.



RESUCITADO EN LA TIERRA
(Mat., 28, 9-10.)

—Mucho tiempo he tenido un cuerpo triste,
el traje de trabajo humano; ahora 
voy estrenando el traje del domingo
que todos llevarán, resucitados.
El mío es el primero: me lo pruebo
despacio, solitario, acostumbrándome
ante el espejo inmenso de los montes
y el mar y el cielo, atónitos, callados.
Los árboles, los pájaros, las piedras
se estremecen al verme: ¿ya es la hora
de encenderse también, dejar k queja,
su hundido afán, su llanto de materia,
y ser gloria final en mi reinado
para que el mundo muera luego en paz?

Ya estaba encariñado con el otro
cuerpo: viejo, arrugado, con que el alma
creció en acuerdo dulce de avenirse
a las miserias mutuas, apegándose
a cada rozadura de la vida
como en unos zapatos convividos.
Pero ahora le premio en nuevo ser.
Ésta es la misma barba que ha brotado
como la zarza en la vereda, intacta,
turbia de sol, de polvo y de sequía;
hoy es el cercó de mi gloria, donde
se esfuma lentamente mí fulgor.
Aquí siguen mis pies, casi de leño
a fuerza de caminos, ya invadidos
de piedra, en callo duro, minerales
que entran por mi sustancia y me hacen árbol;
ahora la tierra en ellos se humedece
de cielo y luz, y aprende así a esperar.
Aquí tengo mí cuerpo, sordo y blanco,
como un pan escondido en la alacena,
mi ciudad minuciosa de canales
y plazas, y aire y jugos, siempre en vela:
laborioso, descansa y goza ahora,
buen obrero en su fiesta, y queda sólo
entregado a su hermosa perfección,
hecho un himno de huesos bien trabados,
y carne que parece de alma, a fuerza
de saberse hacer justa, en cada sitio,
como debe de ser: ya se ha hecho música,
un canto de colores y de espacio
que ante mi Padre siempre quedará.
Los ojos que me vieran, cegarían:
tendré que disfrazarme, y apagando
mi luz, saldré del bosque de mi gloria;
iré a comer con mis hermanos tristes
y así verán que no soy un fantasma,
un espíritu viudo entre las brisas.
Allí les dejaré mi testamento:
mi palabra en sus manos, que la esparzan,
el abrazo final, sin hablar casi:
no les deslumbre y mate mi secreto,
mis alas y mi risa de inmortal.




HIMNO PARA GLORIAR A MI ESPOSA
(«Creo en la resurrección de la carne.»)

Siempre que vuelve por tus ojos
un viento de tus años de niña a atravesar,
y te llama un paisaje
que empezaste y dejaste a la mitad;
siempre que un cielo y una playa
de otro tiempo, te insisten con nostalgia de allá,
y querrías volver
a esos recuerdos donde has muerto ya,
no llores, sino calla y oye
cómo vive en tu cuerpo, cómo en tu carne va
todo lo que has vivido,
en tu carne que nunca morirá.
Grabado está en tus huesos cada
dolor, cada ilusión que ha cruzado tu edad:
por tu cuerpo de días
resucitado, a Dios entreverás.
Y en esa huella de la vida,
como están dos pisadas en una sola, igual
la huella de mi nombre
al golpe del amor ha de quedar.
Ante el Señor, tu nuevo cuerpo
hará de mí más luz entre su claridad:
iré en lo que fue tuyo,
reflejado en tu nombre de cristal.
Y tu figura, como un cántico,
cruzará de eco en eco toda la eternidad,
sonando por tus hijos
de rostro en rostro, por siempre jamás.




ANIMAL DOMÉSTICO

Furtivo, el gato da un salto y se mete
tras los libros; desaparece. Inquieto,
saco unos tomos, rompo su secreto:
guarda un trapo, papeles, el carrete
de una cinta de máquina… Es un nido,
no de gato, una choza un poco humana,
el sueño torpe de un mejor mañana,
es un tanteo lento y prohibido…
El gato y yo, a los ojos nos miramos,
turbados, con vergüenza. Vuelve afuera
¿te enajenó el vivir de humanos restos?
Por más que te contagies de tus amos
tú no podrás subir desde tu esfera.
Ya es tarde: el hombre soy yo: no hay más puestos.




ARISTÓTELES

Alzó la mano y dijo: —Yo os lo explicaré todo,
sin los viejos relatos de la niñez del mundo:
por qué giran los astros, por qué rugen las olas,
la rara anatomía de la ballena, el caso
de la tenaz sordera de las dulces abejas.
Pero antes, un momento: para más certidumbre
recordemos qué es eso de hablar y discurrir,
y el Sí y el No, y las sendas del pensamiento en blanco—.
Entonces tapó un velo de niebla el Universo:
en vez de los paisajes, surgieron los fantasmas
potentes del concepto, chocando sus espadas;
las durísimas vigas del ente matemático
tendieron su palacio sobre el limpio vacío;
y al fondo, el horizonte vibraba con el canto
quieto, enloquecedor, de la Última Palabra,
del puro Ser, allende Creador o creación,
y verdad o mentira, y presencia o futuro;
el fin de abiertas fauces; la catarata inmensa
que hunde la realidad en brazos de la Nada.
Algo quiso añadir; fue a nombrar la justicia,
las cosas de los hombres, las leyes y los jefes.
Pero aquellos espectros emplazaban al mundo.
Asustados, callaron todos por varios siglos.




TOMA DE CONCIENCIA

Primero, era un mandato de cruzada arcangélica
contra el hervor en marcha de puños en la calle:
entre un vago tufillo a iglesias incendiadas,
el miedo a que se hundiera el buen pasar modesto
nublaba a la familia en torno a la camilla.
Luego… mejor callar de la lucha civil.
El cadáver que sigue creciéndome en la espalda,
más mío a cada vez, como muerto a mis manos.
Tras eso, años de hundirme en confuso vacío:
por un lado surgía el asco a los magnates,
mientras duraba el pánico a oír: ¡Ya están ahí!
Pero en medio de todo, dejando apocalipsis,
otra cosa apremiaba: el dolor silenciado
de la gente con hambre, del pisoteado pobre,
del injuriado oscuro, del invisible en mugre.
Eran las estadísticas crónicas de sudores,
en cada porcentaje resonaban gemidos,
y, al volver la mirada a la historia, los textos
de lisonjas heráldicas se borraban en llantos.
Por si no era bastante eso de ser poeta,
acechando en escucha la vida ajena y propia,
lo mismo que un espía, otra maldición vino
sobre mí: entre la charla bien educada, el té,
de pronto, me han mirado como a un perro rabioso.
Y aún más; tampoco puedo cambiar de apocalipsis:
a cada cual le peso su porción de maldades
y su poco de méritos, según se desvanece.
Seré traidor para unos, blando para los otros,
abierto a un porvenir sin asiento ni gloria,
quizá colaborando, pero siempre mal visto,
progresista gruñón, mesurado extremista…
En lo de «amar al prójimo» entra este gris cansancio.




SOBRE MI IMPOSIBILIDAD DE ESCRIBIR UNA «ELEGÍA MADRILEÑA»
J’ai changé. Comme vous. 
Mais d’une autre maniere. VERLAINE

¿Y cómo no escribir una «Elegía
Madrileña», si llego a mi ciudad
de niño y de muchacho, desde lejos,
tras años de cambiar gentes y lenguas,
unos días, fugaz, desconocido,
forastero en mi tierra, en vacaciones?
Si sólo fuera el tiempo, cantaría:
los churros en el mármol del café,
ciertas calles y tiendas remansadas
en la edad en que odié la camiseta,
las escasas reliquias que no nubla
el vaho de los coches recién hechos;
o, igual que ayer, la luz de la mañana
por un balcón, doblada en un reflejo
dorado en la pared, en lenta fuga,
fueran pasto bastante a mi elegía.
Y podría ponerle como fondo
del despertar primero al estar vivo
el ruido de tranvías herrumbrosos
al píe del viejo piso, y los pregones;
y hasta quizá, mirando desde ahora,
despierto a lo social, algo diría
recordando el dolor de las criadas,
con las que convivíamos los niños,
con odio y con apego, como náufragos,
en su jungla de cháchara y refranes,
y el soplo de su afán de hombre llenando
nuestra infancia de vagas suciedades
—ellas, con los soldados, en el parque,
miraban de reojo nuestros juegos,
su dura ligazón de servidumbre—.
¿Y el golpe de los versos, levantados,
arrebatándome desde los libros
al país de los sueños, en la sombra,
al fondo del pasillo y sus rumores?
¿Y luego, los tanteos del amor,
paseado en el alma por las calles,
que entonces consentían ir soñando
o leyendo al andar por las aceras?
(De repente, otro barrio se me nada
íntimo y delicado; aun su más triste
carbonería se volvía nítida,
con la luz de los ojos esperados.)
Madrid destartalado de mi infancia,
ciudad del farolero y los barquillos,
y, después, del amor, ¡cómo no darte
mi verso, hoy entre niebla de motores,
si te veo y no estoy, como un fantasma!
Si «se canta» —es verdad— «lo que se pierde»,
¡cómo no he de cantarte en lo remoto
del ayer, imposible aunque te toque!

Pero no puedo: al verte en tu bullicio,
desarrollista y pobretón a un tiempo,
reconozco, más próspero y más duro,
rigiendo tu vivir, algo de entonces,
que nunca aparecía en mi lenguaje,
pero hoy, al encontrarte, sé que estaba
en mí y que con el paso de los años
se me ha vuelto una piedra en la conciencia,
una vergüenza; aquel poder antiguo
gobernando la vida ante mis pasos
—el destino y el sueldo de mi padre,
las notas del colegio, los deberes,
y aun la misma oración a Dios, manchada
de miedo al pobre, sorda a su murmullo—;
cuanto reverencié, en mi clase media,
girando bajo el soplo imperativo
del oráculo oculto entre los bosques
del poder y el dinero, entre espesuras
de palabras sublimes y ancestrales;
esto que, renovado y viejo a un tiempo,
hoy veo cómo rueda y manda y gasta
en relumbrón de bares, y se impone
en los televisores, y somete
a su interés la misma rebeldía,
la lírica más tierna de los jóvenes,
el cansancio irritado del que corre,
siempre a medio dormir, tras sus empleos;
aquel sentido, entonces sin un nombre,
pero fuerte y celoso, y que hoy me duele
más porque era lo mío, mis raíces,
por mucho que quisiera renegarlo
al ver que me lo das, Madrid, triunfante.
Tarde es para acusar a aquel mi niño,
ansioso y débil, o a mi adolescente,
vehemente y cobarde al mismo tiempo:
han ganado los míos, los que quise
que me salvaran cuando en mis principios
me entró miedo a los vientos del mañana.
Madrid es suyo, y yo crecí con ellos.
No fui nunca inocente. Lo fingía,
sospechando, allá al fondo, algo muy sucio.
Y hoy que me lo confieso, no consigo
redimirlo en poesía, y verte sólo,
Madrid, limpio en mi ayer. Te cantaría
tras el agua del tiempo que no vuelve,
pero lo que hoy al verte toma nombre
me pone contra mí. Se me ha partido
la raíz de la voz; no es mía aquella
con que eché a hablar. Un áspero silencio
me come aquel pasado y mi Madrid.
Se acabaron las puras elegías,
el lírico cantar a mi niñez.



LA PALABRA HECHA CARNE

De boca en boca llega hasta esta hora
un mensaje que emplaza
toda palabra nuestra, y amena2a
transfigurarla en luz abrasadora:
que el ser se mostraría
sustentado en palabra, no en la mía
ni de nadie, una voz sin ley ni cuenta,
flotando en el silencio de allá atrás,
la palabra de siempre, que jamás
dice un nombre de aquel que en ella alienta;
sola voz soberana
que hizo nacer la humana,
pero que, al dirigirse a nuestro oído,
dejó su son de mares y de vientos,
hecha carne en un hombre sin fulgor
que dijo poco, «amor», y algunos cuentos,
y murió perseguido
a manos de la gente,
sólo con el rumor
de que resucitó furtivamente.
Quedo callado ante ese desafío:
¿tanto digo, y es nada?
Mi palabra, que da el ser a lo mío,
¿en otra estará envuelta, enajenada?
¿Es verdad eso? Siento
terror a tal locura, a tan violento
lenguaje, a tal amor
acechando detrás de este dolor
que es vivir y la cárcel que es el ser.
Sé que fuera el creer
renunciar a mi lengua y a mi vida,
pero me hiere esa palabra clara
y sé que, aun antes ya de ser creída,
valdría echar mil vidas en su hoguera,
aunque un sueño tan sólo resultara.
Y ¿quién iba a soñar de esa manera
que vuelve del revés el pensamiento
y nos deja sin habla y sin aliento?