jueves, 24 de octubre de 2013

E. T. A. Hoffmann: Antonia canta.


E. T. A. Hoffmann

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (Königsberg,24 de enero de 1776 – Berlín, 25 de junio de 1822), escritor, jurista, dibujante y caricaturista, pintor, cantante (tenor) y compositor musical alemán, que participó activamente en el movimiento romántico de la literatura alemana. Conocido como E. T. A. Hoffmann, su nombre de nacimiento era Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, pero adoptó el de Amadeus en honor del compositor Wolfgang Amadeus Mozart


Aquella noche, los miembros del regocijado Club Serapion habían comparecido puntualmente en casa de Teodoro. El viento invernal corría en anchas ráfagas, se retorcía en torbellino y con lágrimas de nieve atizaba los cristales mal asegurados en sus ribeteadas emplomaduras. Menos mal que resplandecía en la habitación, debajo del revellín de la vieja chimenea, una ancha solera de brasas; su cálida luz acariciaba con innumerables reflejos los muebles severos de obscuro color que contrastaban con la rebosante alegría de sus dueños.

Pronto humean las pipas y los reunidos se colocan, en orden de edad, alrededor de la vasija del ponche de la amistad, lamida por las llamas. No falta nadie. El decano tiene allí a todos sus invitados. La copa de Bohemia se llena y pasa de mano en mano, la conversación agota sus recursos y se renuevan de cabo a cabo de la velada el ponche y las anécdotas, hasta que, exaltadas las imaginaciones, llegan a las zonas más elevadas de la excentricidad.

- Querido Teodoro -exclama de pronto uno de los reunidos, jovial vividor-, la conversación va a decaer si tú no la atizas con una de tus historias, pero algo raro, ¿me entiendes?, algo que sea al mismo tiempo sentimental, fantástico y antinarcótico.

- Brindemos -dice Teodoro- y voy a complaceros. Se trata de una anécdota, no poco chocante, de la vida del consejero Krespel. Ese digno personaje, que ha existido como vosotros y como yo, era, no hay duda, el hombre más singular que en todos los días de mi vida haya visto. Llegaba yo a las aulas de la Universidad de H… con el propósito de cursar Filosofía, cuando corrían de boca en boca por allí las particularidades del consejero Krespel. ¡Qué hombre más desconcertante! Sabed, por otra parte, que el consejero Krespel gozaba en aquella época de una reputación excepcional como sabio jurista y por su destreza como diplomático.

Uno de los pequeños príncipes que reinaban a la sazón en Alemania, hombre cuya vanidad excedía todo límite, le había llamado a su residencia para confiarle la redacción de una memoria con vistas a justificar sus derechos sobre cierto territorio lindante con sus estados que estaba dispuesto a reclamar ante la corte imperial. Tan buen éxito tuvo el asunto que el Príncipe juró, en medio de su regocijo, conceder en recompensa a su favorito lo que más deseara, por exorbitante que fuera. El honrado Krespel, que se había pasado toda la vida lamentándose de no tener casa a su gusto, quiso que le construyeran una a su capricho, pagando el Príncipe, desde luego. El Serenísimo había llevado la generosidad a adquirir también a su costa el terreno que el Consejero indicara. Pero éste se contentó con un jardín, no muy extenso, a las puertas de su residencia, en un sitio de lo más pintoresco.

Desde aquel momento Krespel no descansó; intervino en el acarreo de los materiales de construcción, y él en persona, cubierto de una extravagante indumentaria de confección propia, un día tras otro desleía la cal, cribaba la arena y ponía en hilera los ladrillos.

Para nada se le ocurrió llamar a un arquitecto, ni parece que se preocupara por tener un plano. Amaneció un día, y el hombre se llegó a la ciudad de M… para elegir un maestro albañil experto, y le rogó que desde el día siguiente mandara a su jardín el número de jornaleros suficiente para construir su casa. El maestro albañil, que intentaba regateos a propósito de la dirección de la mano de obra, veía visiones cuando Krespel le aseguró, muy formal, que holgaban las prevenciones y que todo se arreglaría sin disputa, porque no había dificultad, ni podría haber divergencia ninguna. Cuando el maestro constructor llegó al sitio indicado con sus hombres, vio abierta una zanja en forma de cuadrado regular; y Krespel le dijo: -Aquí deben echarse los cimientos de mi casa; y luego levantad las cuatro paredes del recinto; levantad hasta que yo os diga: -Basta.

- Pero… ¿sin puertas, ni ventanas, ni tabiques?… ¿Lo ha pensado usted bien? -exclamaba el albañil, mirando a Krespel como se mira a un loco-. Ea, buen hombre, limítese a cumplir lo que le pido -respondió el Consejero con frialdad-. Cada cosa en su tiempo.

La certeza de que le pagarían generosamente decidió al albañil a emprender la construcción que tan absurda le parecía. Con alegre presteza se pusieron a la tarea los jornaleros, calentándose la garganta a costas del propietario, trabajando incansables día y noche, y comiendo y bebiendo a su sabor a expensas del Consejero, que estaba siempre vigilando. Las cuatro paredes subían, subían, hasta que una mañana Krespel dijo a los obreros: -¡Basta!-. Obedecieron ellos al unísono como verdaderos autómatas, y bajando de los andamios fueron a alinearse en círculo alrededor de Krespel, y se quedaron mirándole con aire zumbón como diciendo: -Y ahora, maestro, ¿qué vamos a hacer? -¡Sitio! ¡Dejen pasar! -exclamó el Consejero, al cabo de una pausa de reflexión. Corrió inmediatamente hacia un extremo del jardín, inclinó la cabeza con gesto de descontento, volvió luego a pasos contados hasta llegar al pie de sus cuatro paredes, y repitió la pantomima a cada lado del recinto hasta que, de improviso, como al empuje de una idea luminosa, agachó la cabeza y se fue hacia un punto de la parel, gritando con todas sus fuerzas: - ¡A mí, a mí, muchachos! ¡Coged los azadones y abridme aquí una puerta! -. Y luego se puso a dibujarla con tiza en la pared, en sus exactas dimensiones. Fue cosa de unos momentos. Entró por ella en la casa, y sonreía como encantado de su obra maestra. Pero el patrón albañil le hizo presente que la altura de las paredes no pasaba de la de una casa de dos pisos. Circulaba Krespel, seguido de los trabajadores armados de martillos y azadas. Estaba en todo: medía, calculaba, daba órdenes: -Aquí una ventana, seis pies de altura, cuatro de ancho… Aquí una muy pequeña; tres pies de alto, dos de ancho…-. Y la palabra se convertía inmediatamente en obra.

Ahora bien, amigos míos, en el pleno de este incidente del cual hablaban todos, llegaba yo a H… y en realidad nada he visto tan regocijante como los centenares de mirones que apretaban las narices contra la verja del jardín de Krespel, y que vitoreaban cada vez que se desprendía una piedra o que se abría en la pared, como por ensalmo, otra ventana. Por el mismo estilo fueron ejecutados los trabajos restantes de la famosa construcción, sin que les precediera un plan o un razonamiento, a medida de las corazonadas de maese Krespel.

La chispeante singularidad de la empresa, el íntimo convencimiento de que todo saldría a medida de las mejores esperanzas, y por encima de todo la generosidad del consejero Krespel, mantenían despierto el afán de sus obreros, gracias a cuya actividad constante la casa quedó pronto terminada. Por fuera presentaba la más rara irregularidad, ya que ninguna ventana se parecía a la otra y cada uno de sus detalles se desentendía de los restantes; vista por dentro era, en verdad, la más cómoda de todas las habitaciones imaginables, y hube de reconocerlo yo misma cuando, al cabo de unos días de alternar con él, maese Krespel me hizo los honores de su nueva estancia. Puso remate a su originalidad con un convite de ceremonia, al que únicamente fueron admitidos los varios tipos de obreros que habían colaborado en la edificación. Este convite debió de ofrecer el más original de los cuadros. En él devoraron los platos más rebuscados unas bocas no acostumbradas a apreciar tales refinamientos. De sobremesa, las esposas y las hijas de aquella buena gente improvisaron un baile, en el cual no dejó de participar el señor Krespel.

Cuando las piernas empezaron a flaquearle echó mano a un violín, y se divirtió viendo brincar a sus convidados como verdaderos títeres, hasta que lució la aurora.

Un martes, di con el señor Krespel en casa del profesor M… Figura más extraña que la de Krespel aquella noche no creo haberla visto en mi vida. Cada uno de sus movimientos llevaba impreso una torpeza tal, que me tenía con el alma en un hilo, esperando de un momento a otro cualquier percance. Pero según parece los anfitriones ya estaban familiarizados con sus cosas, y el ama de la casa no parecía extrañarse en lo más mínimo al verle tan pronto agitado cerca de un grupo de porcelana china como balanceando las piernas delante de un espejo, como agitando los puños bordados mientras hacía prestidigitación a base de unas piezas de cristal, a las que hacía dar vueltas una tras otra a la luz de las velas. El cuadro cambió durante la cena. Krespel había pasado de la curiosidad a la charla más viva; saltaba sin cesar de una idea a otra, y de todo hablaba, voluble y con una voz alternativamente quejumbrosa, velada, decidida o lánguida. Se habló de música y de un compositor que se había puesto de moda. Krespel sonreía y dijo por fin con un acento sibilante: -¡Quisiera que cien millones de diablos se llevaran al fondo del infierno a ese musicastro!-. Pero de pronto prorrumpió con voz de trueno: - ¡Es un serafín en la armonización! ¡Es el genio del canto! -. Al decirlo se le empañaban los ojos de lágrimas furtivas. Para no tacharle de loco, más bien que distraído, convenía recordar que una hora antes había hablado con entusiasmo de una cantante célebre. Al ser servido un plato de liebre, Krespel puso aparte los huesos y reclamó las patas, que la hija del Profesor, una encantadora niña de cinco años, le trajo alegremente al cabo de unos momentos. Los chicos de aquel hogar parecían sentir un gran cariño por el Consejero, y no tardé en descubrir el motivo cuando después de la cena vi a Krespel sacar del bolsillo una caja que contenía un torno de acero, con el cual empezó a moldear los huesos de la liebre en forma de una serie de juguetes minúsculos, que sus amiguitos, rodeándole a tres pasos, se repartieron entre gritos de júbilo.

De pronto, a la sobrina del Profesor se le ocurrió preguntar: -¿Y qué se ha hecho, querido señor Krespel, de nuestra buena Antonia?-. El Consejero puso la misma cara que un goloso que ha mordido en una naranja agria. En una súbita mueca sus facciones se obscurecieron, y tenía un aspecto muy desagradable cuando respondió entre dientes: -¿Nuestra… nuestra querida Antonia…?

El Profesor, que se dio cuenta del efecto que la desgraciada pregunta había causado, dirigió a su sobrina una mirada de reconvención, y como para distraer al malhumorado Krespel, le preguntó, animadamente: -¿Cómo van los violines? -al tiempo que estrechaba amistosamente las manos de su invitado. Desaparecieron las arrugas en el rostro de Krespel:

- Inmejorablemente, querido Profesor. Me he puesto ya a desmontar el célebre Amati, el violín que he adquirido hace poco por una feliz casualidad. Espero que Antonia pondrá lo restante. -Antonia es una criatura que merece todo cariño -repuso el Profesor-. Es cierto, ¡como un ángel! -exclamó Krespel, sollozando. Y cogiendo bastón y sombrero salió precipitadamente, con todas las apariencias de un hombre desolado. Esta rareza me impresionó y pedí al Profesor algunos detalles acerca de la historia del Consejero. -¡Ah! -me dijo-. ¡Es un hombre muy raro! Es tan diestro en construir un violín como hábil en redactar un escrito. Una vez ha dado el último toque al violín lo prueba durante una hora o dos, arrancando de él una música que deleita el oído; lo cuelga luego al lado de los otros, y allí queda. Si acaso tiene noticia del violín de un ejecutante célebre, lo adquiere, lo toca una sola vez, lo desmonta pieza por pieza y echa los fragmentos en un arca, que ya tiene casi colmada.

- Pero, ¿en qué relaciones está con Antonia? - pregunté con impaciencia. Y el Profesor me respondió con gravedad: -El Consejero vivía años atrás en una casa aislada de la calle X…, con una anciana ama de llaves. Lo raro de sus costumbres excitó la curiosidad del vecindario, y él, para desmentirlos, podríamos decir, se puso a cultivar el trato de algunos conocidos, y se le vio en los salones, donde se captó muchas simpatías por su inesperada amabilidad. Le creían soltero, y no hablaba nunca de su familia. Más adelante se ausentó durante unos meses. El día de su regreso se notó en la casa el reflejo de una iluminación insólita, y pronto una voz femenina encantadora mezclaba sus acordes a los del acompañamiento de clavicordio y violín vigorosamente pulsado. Se paraban en la calle los transeúntes, y los vecinos escuchaban asomados a las ventanas aquella música y aquellos cantos que brotaban en el encanto silencioso de la noche. Serían las doce cuando cesó el canto; fue entonces la voz del Consejero la que se impuso, ruda y autoritaria, alternando con otra voz masculina, que parecía hacerle cargos. De vez en cuando interrumpían la discusión los lamentos de una joven. Un grito penetrante de ésta puso fin a la crisis; pero se oyó todavía en la escalera un ruido singular, como de cuerpos que chocan, y salió un joven de la casa, llorando, precipitándose hacia una silla de posta que le esperaba a pocos pasos, y todo volvió a quedar en silencio.

Los curiosos se preguntaban qué secreto se encerraría en aquella dramática escena. Al día siguiente Krespel estaba tranquilo y sereno, como de ordinario, y nadie se atrevía a interrogarle; pero el ama de llaves no pudo resistir a la tentación de decir al oído a quien quisiera escucharla, que el señor Consejero había llegado del viaje con una joven que era una hermosura y se llamaba Antonia. Había más. Un joven perdidamente enamorado de Antonia les había seguido en el viaje y luego hasta la casa, y había sido necesario para echarle que el Consejero pusiera en juego todo su caudal de indignación. En cuanto a las relaciones entre Antonia y el señor Consejero, la anciana las ignoraba. De todos modos no supo callar que el señor Krespel tenía a la joven odiosamente secuestrada, que no cesaba de vigilarla y que ni siquiera le permitía la distracción de cantar acompañándose al clavicordio.

Una sola vez se la había oído cantar, y este recuerdo se convirtió en leyenda del barrio, aureolada de maravilla, pretendiendo que Antonia era una cantante única y que ninguna otra de las que se presentan en escena la superaría jamás.

Me causó tal impresión lo que el Profesor me contaba, imperaba en mis sueños con tal fuerza, que, locamente enamorado, no pensé más que en los recursos de que me valdría para entrar en la casa de Krespel, ver a la misteriosa Antonia, y después de jurarle amor eterno, sustraerla a su tirano. En perjuicio de mi novela, las cosas tomaron un rumbo muy pacífico. Apenas hube hablado un par de veces con el Consejero en casuales encuentros y halagado su manía hablándole de violines, él mismo me invitó a que le hiciera una visita en su casa.

Dios sabe lo que sentí. Fue como si se me abrieran las puertas del cielo. El señor Krespel sometió a mi examen todos y cada uno de sus violines, y me hizo observar los más mínimos detalles. ¡Y los violines eran más de treinta! Había uno de muy vieja hechura, colgado a mayor altura que los otros y adornado de una corona de flores. Me aseguró Krespel que se trataba de la obra maestra de un constructor de nombre desconocido y que sus notas tenían sobre los sentidos un poder magnético irresistible, obligando al sonámbulo a revelar los más secretos pensamientos. -No me he sentido nunca con arrestos -me decía- para desmontar ese violín y estudiar su estructura. Es como si encerrara una vida de la cual yo sería como el asesino. Bien pocas veces he tocado en él, y únicamente para mi Antonia, que experimenta al oírlo las más dulces sensaciones-. Recorrió mis venas el escalofrío del misterio, pensando en Antonia. -Mi buen señor Consejero -le dije, con el acento de la más amable insinuación-, ¿no me haría usted el favor de tocarlo para mí unos instantes?-. Krespel se revistió de ironía, y con voz nasal, apoyando en cada sílaba, me respondió: -No, mi buen señor estudiante-. Su actitud me desconcertó y no supe qué replicarle. Entre tanto Krespel persistía en enseñarme las curiosidades de su colección.

A punto de despedirnos, sacó de un cofrecillo un papel plegado y me lo dio, diciendo en tono casi solemne -Joven, es usted amante de las artes; acepte lo que le doy, como precioso recuerdo-. Y sin esperar la respuesta me empujó suavemente en dirección al umbral y me cerró la puerta en las narices. Desplegado el papel, vi que contenía el cabo de una cuerda quinta y esta inscripción: «Fragmento de la cuerda quinta que el divino Stamitz había puesto a su violín cuando dio su último concierto». A pesar de la despedida algo extravagante con que me había obsequiado el Consejero, no supe resistir al deseo de volver a su casa, y estuve acertado; en el momento en que llegué, Antonia, al lado de Krespel, se ocupaba en ordenar las piezas de un violín que él desmontaba. Era una joven extremadamente pálida, que un soplo de aire hubiera ruborizado y que apagado el rubor volvía a una blancura y a una frialdad de alabastro. Me sorprendió notar aquel día en Krespel una naturalidad y una cordialidad que contrastaban vivamente con los celos tiránicos de que el Profesor me había hablado. Conversé particularmente con Antonia delante de él, sin que demostrara desagrado. Desde aquel día mis visitas fueron frecuentes y bien acogidas, hasta llegar a la franca y amable intimidad, a despecho de los chismosos, que en todo buscan pretexto para urdir sus malicias.

Las raras ocurrencias de Krespel me divertían, pero me es forzoso confesar que el imán que me atraía a la casa era Antonia, y que únicamente por consideración a ella toleraba yo el carácter de Krespel, que a momentos resultaba francamente insoportable. Cada vez que yo llevaba la conversación al tema musical, se ponía como un gato enfurecido, y quieras que no debía darle la razón en cuanto dijera, y salir con las orejas gachas.

Una noche le encontré de un humor muy feliz; había descubierto en su viejo violín de Cremona un secreto que importaba mucho al arte. Aprovechándome de aquellos momentos de viva satisfacción, logré por fin que hablara de música. Pusimos en tela de juicio el talento fanfarrón de una caterva de virtuosos, a quienes la masa admiraba. Krespel reía mis agudezas y Antonia fijaba en los míos sus grandes ojos. -¿No es cierto -le dije- que ni para el canto ni para el acompañamiento sigue usted el ejemplo de ninguno de nuestros pretendidos vencedores de dificultades?-. Las mejillas pálidas de la muchacha se bañaron de un delicado tinte encarnado, y como si algo electrizante hubiera recorrido todo su ser, abrió los labios. ¡Iba a cantar! Inmediatamente, Krespel, empujándola hacia atrás, y cogiéndome a mí por un hombro, me gritó en voz estridente: -¡Caballero! ¡Caballerito…!-. Y volviendo a los modales ceremoniosos de otras veces, añadió: -Soy demasiado cortés todavía, mi querido señor estudiante, para rogar al diablo que le rompa la crisma; pero, como usted ve, bastan las tinieblas que reinan afuera para que pueda rompérsela sin que yo me moleste en hacerlo echándole escalera abajo. Así, pues, hágame un favor: vuelva al sitio de donde ha venido, y conserve un buen recuerdo de su amigo, si… entiéndame… si por acaso no le encuentra usted en casa otra vez-. Diciendo esto me abrazó como en la primera visita y me puso fuera, sin que yo pudiera dirigir a Antonia una sola mirada de adiós.

El Profesor no dejó perder la ocasión de hacer burla de mí. Me dijo y repitió que mi nombre quedaba borrado para siempre de los libros del Consejero. Poco a poco, la ausencia y el alejamiento atenuaron la violencia de la pena que me tenía con la muerte en el alma.

La figura de Antonia y la idea de aquel canto del cielo que no me había sido posible oír se borraban, se velaban tenuamente con las misteriosas tintas de un sueño abismado en el fondo de mi alma.

Dos años después estaba yo de viaje por el sur de Alemania. Mi itinerario me llevaba a cruzar la ciudad de H… Una sensación de congoja me oprimía el pecho a medida que me acercaba a aquella ciudad. Anochecía y se destacaban en el horizonte los campanarios, envueltos en la bruma que precede a la noche cerrada. De pronto me faltó el aire, y hube de decidirme a bajar del carruaje y seguir la carretera andando, y aquella sensación adquiría cada vez un carácter más extraño. Creía oír en el espacio los acentos de un canto dulce y fantástico; distinguía unas voces que salmodiaban. -¿Qué será? ¿Qué será?- grité para mí mismo con un acento de temor que llamó la atención de otro caminante que acertaba a pasar-. ¿No ve usted allá a la izquierda el cementerio? -dijo el hombre-.

Acaban de enterrar a alguien-. En esto, la carretera en pendiente dominaba el cementerio y vi efectivamente que acababan de echar las últimas paletadas de tierra a una fosa.

Descorazonado, se me antojó que en aquella sepultura se encerraba toda una vida de felicidad y de esperanza. Cerca de las primeras casas de la ciudad encontré al profesor M. apoyado en el brazo de su sobrina; volvían ambos de la lúgubre ceremonia; pasaron cerca de mí sin verme y me di cuenta de que la joven estaba llorando.

Me fue imposible frenar la impaciencia que me devoraba. Mandé a un lacayo con el equipaje a una fonda de que tenía recuerdo, y corrí desesperadamente hacia la casita de Krespel. Al abrir la verja del jardín vi pasar por la avenida de tilos al Consejero, gesticulando como un desesperado, en medio de dos personas enlutadas.

Llevaba el traje gris que él mismo se había cortado, según el más extravagante modelo; la misma indumentaria que antaño, a no ser el largo crespón que colgaba del tricornio exiguo, y el cinturón negro que le ceñía el vientre y prendido del cual se balanceaba un arco de violín en lugar de espada. Su aspecto era escalofriante. -¡ Está loco! -me decía yo. Los hombres que le acompañaban se separaron en el umbral de la casita y Krespel les abrazó riendo, con una risa que no pasaba de la garganta. Ellos se despidieron, y al volverse notaron mi presencia. -Bienvenido, señor estudiante -me dijo Krespel-. Usted sí me comprenderá-. Y cogido de la mano me llevó al cuarto donde tenía la ristra de violines, esta vez cubiertos de un crespón negro. Uno faltaba: el del maestro desconocido; una corona de ciprés señalaba el sitio que antaño ocupaba. Comprendí el drama. - ¡Antonia! ¡Antonia! -exclamé con voces de delirio. Y Krespel seguía plantado delante de mí, petrificados los ojos y con los brazos cruzados.

- Cuando ella expiró -me dijo, con una voz que pretendía contener la emoción-, el alma de aquel violín emitió al romperse una nota de dolor y la tabla armónica se resquebrajó. El viejo instrumento, al que tanto cariño tenía, no pudo sobrevivir; lo he encerrado en su ataúd-. Así me habló el Consejero. Alterados los rasgos, con la voz ronca y cascada, preludió una canción grotesca y era una cosa horrible verle saltar sobre un pie, de uno a otro lado del cuarto, mientras alrededor de su sombrero flotaba el crespón de luto, que se enredaba en las cuerdas de los violines, y al rozarme la cara arrancó de mi garganta un grito agudo. Entonces se detuvo. - ¡Muchacho!… ¡Muchacho!… ¿Por qué grita usted así. ¿Acaso ha visto alguna vez el Ángel de la Muerte? Es el que va delante de todos en los entierros…-. Dichas estas palabras se situó en el centro del cuarto, y levantando con ambas manos el arco de violín colgado de su cinturón, lo rompió con ensañamiento y echó los pedazos lejos de sí-. ¡Ahora estoy libre! ¡Libre, libre! ¡Basta ya de violines; no haré ni uno más!-. El desventurado Krespel aullaba esas frases en un tono infernal; y después empezó de nuevo a recorrer el cuarto andando en un pie. Helado de espanto intenté la huida, pero él me detuvo con brazo nervioso. -Puede quedarse, señor estudiante; no atribuya a la locura mis convulsiones. Todo eso me viene encima porque el otro día mandé que me cortaran una bata, bajo la cual quería parecerme al Destino o a Dios-. El desventurado me declaró una serie de extravagancias por el estilo, hasta que agotado por la exaltación cayó como muerto. Acudió a mis voces la anciana ama de llaves, y le dejé en sus brazos.

Al ver de nuevo al profesor M. le sostuve mi opinión de que el consejero Krespel estaba loco. -Yo opino lo contrario -me respondió-. La fermentación del pensamiento que en otro consumiría el cerebro, en nuestro pobre amigo se desahogaba por medio de la actividad. La desordenada agitación que agotaba sus nervios es lo que le ha de salvar. La muerte repentina de Antonia ha sido como el rayo que le cayera encima. Pero dejemos que pasen unos días, tal vez uno solo, y apuesto a que por sí mismo volverá a encariñarse con sus hábitos y con la vida cotidiana.

Al día siguiente, Krespel se había calmado casi por completo, aunque de vez en cuando repetía que nunca más montaría un violín, ni siquiera lo tendría en las manos. La predicción del Profesor se realizaba.

A mí en particular todo esto no me dilucidaba el misterio que envolvía las relaciones que tuviera Antonia con el consejero Krespel. Cuantas más vueltas le daba, más podía en mí la instintiva creencia de que había existido entre aquellos dos seres algo odioso. No me conformaba a dar el adiós a aquella ciudad antes de haber provocado las explicaciones que tal vez acarrearían la revelación de algo punible. Me iba excitando cada vez más, hasta que decidí volver al gabinete del Consejero. Estaba tranquilo, sentado ante su mesita de trabajado, torneando unos juguetes. -Hombre abominable -éste fue mi saludo- ¿cómo puede usted gozar de un momento siquiera de bienestar, sintiendo en el corazón el gusano roedor? ¿No le reprocha nada la conciencia?

Aunque perplejo, el Consejero sostuvo la mirada de mis ojos, y abandonando el torno replicó: -¿Qué significado tiene lo que me está diciendo? Tome usted asiento, querido-. Su despreocupación, su misma amabilidad me irritaban y le acusé abiertamente de la muerte de Antonia, jurándole que en mi calidad de abogado, pondría en juego todos mis recursos para provocar una investigación judicial acerca de las causas de tal crimen. Mi exaltación acabó desahogándose en un torrente de palabras. Al terminar observé que el Consejero no había cesado de sostener con toda tranquilidad mis miradas. -Es usted joven e impulsivo -me dijo, poniendo en la voz una gravedad solemne que me confundía-. ¿Con qué derecho, joven, se atreve a penetrar en los secretos de una vida que desconoce? Antonia no vive ya. ¿Qué importa lo restante…?-. Había algo profundamente triste en la calma de aquel hombre. Avergonzado de mi insensatez, apelé a la generosidad de su corazón para que me confiara algunos detalles de la vida de aquel ángel que removía en mí las fuentes del llanto.

Me cogió de la mano, me llevó hasta el balcón y me confió una historia de la que únicamente puedo recordar lo que hace referencia a Antonia.

Ya de joven se había iniciado en el Consejero Krespel la afición apasionada que le llevaba a adquirir a toda costa los violines de los viejos maestros. Esta afición le había conducido a Italia. En el Teatro de San Benedetto de Venecia oyó a la famosa cantatriz Angela X… No menos que su talento artístico, deslumbre al Consejero su belleza, y se unió con ella en matrimonio secreto. Pero, ángel de la escena, la bella cantatriz era el diablo en el hogar. Al cabo de innumerables escenas borrascosas, Krespel optó por refugiarse en el campo, donde consolaba sus cuitas pulsando un excelente violín construido en Cremona.

Pero la signora, celosa como buena italiana, corrió a su retiro para seguir atormentándole sin compasión. Un día entró en el pabellón de verano, donde Krespel estaba improvisando, engolfado en los mundos de la música, apoyó la linda cabecita sobre el hombro del marido y le miró con el amor en los ojos. El Consejero, que vagaba por unas zonas ideales, hacía revolotear el arco con tanto ardor, que éste, sin él intentarlo, rozó la garganta satinada de Ángela. Dio ella un brinco furioso, le increpó llamándole bestia tedesca, y en un arranque de cólera le arrebató el violín de Cremona y lo estrelló contra el mármol de una mesa que había en la sala.

Quedó el Consejero -como suele decirse- de piedra, y luego, por uno de esos movimientos nerviosos que escapan al análisis, todo su cuerpo se crispó, y arrojó por la ventana de su propia casa a la bella cantatriz, huyendo luego hacia Alemania. Pero, por el camino, al recordar aquel extraño suceso, si bien había obrado sin premeditación, le asaltaron los remordimientos; contribuiría también a ello el recuerdo de cómo la señora le había arrullado últimamente con la dulce esperanza de la paternidad. Imagínese, pues, su grata sorpresa cuando, al cabo de ocho meses recibió en un extremo de Alemania una carta rebosando ternura, en la cual su mujer querida, sin hacer la más mínima mención del accidente de la villa, le anunciaba el nacimiento de una hija, y le instaba a que volviera a Venecia. Receloso Krespel, temiendo que le tendieran un lazo, mandó tomar informes y supo que efectivamente la bella italiana, al ser echada por la ventana tuvo la suerte de caer sobre un macizo de flores y césped que habían suavizado la caída, y que en cuanto a los resultados del vuelo de aquel ruiseñor, el único conocido era un cambio feliz en su genio.

Habían cesado los antojos y los arranques de cólera. El remedio conyugal resultaba maravilloso. La noticia caló tan hondo en el buen Consejero, que hizo enganchar inmediatamente los caballos a su berlina. Pero cuando ya estaba en el carruaje cambió de opinión: -¡Diablo! -se dijo-. Si la dama no estuviera curada del todo, ¿he de exponerme a echarla una segunda ver por la ventana?-. Era una pregunta difícil de contestar.

Subió, pues, a su casa, puso una carta muy extensa a su querida esposa, felicitándola de que su hijita tuviera como él, una motita de vello detrás de la oreja, y luego… no se movió de Alemania. Cruzáronse otras cartas. De Venecia a H… revoloteaban como bandadas de tórtolas las protestas de cariño, los planes para mañana, las lamentaciones y los dulces ruegos. Y cierto día, Ángela se presentó en Alemania; y dejó pasmados con su arte a los concurrentes del teatro de F… Le sobraban unos años para que la llamaran joven, pero, aun así, encendió alguna pasión, procuró a más de uno la dicha que anhelaba y causó con estas cosas muchas habladurías.

Entre tanto, la niña de Krespel había crecido. La llamaban Antonia, y la madre presentía en ella una cantante de su misma categoría. Sabiendo tan cerca a los suyos, Krespel ansiaba ir a abrazar a su hija, pero le retenía el temor a las locuras de su señora y no se decidía a abandonar sus violines, que nunca le contrariaban.

Un músico joven de gran porvenir, que brillaba en aquel entonces, se enamoró de Antonia. Llamado a dar su beneplácito, Krespel se declaró encantado de que su hija se uniera con un artista sin rival en el violín, y esperaba de un día a otro la participación de la boda, cuando recibió una carta enlutada y de letra desconocida, anunciándole que Ángela acababa de morir de pleuresía, precisamente el día anterior al señalado para la boda de Antonia; le notificaba también que la última voluntad de la cantatriz había sido que Krespel acudiera inmediatamente para hacerse cargo de la huérfana.

El novio, que no se había separado de Antonia durante el doloroso trance, estaba presente a la llegaba de Krespel. Una noche en que se reunieron y Krespel soñaba con la difunta, se sentó Antonia al piano y cantó una melodía. Hubiérase dicho al oírla que latía en su garganta el alma de la madre, Krespel sollozaba, dominado por la emoción; se levantó y estrechó en los brazos a la muchacha.-No, hija mía -exclamaba-. ¡Si me amas deja de cantar! ¡Se me rompe el corazón! ¡No cantes nunca más!-. Ella posó largo rato en su padre los ojos brillantes de lágrimas, en el ensueño de una dicha que iba a desvanecerse. Se desbordaban sus bucles como un torrente de ébano encima de los hombros de nieve, y su talle se inclinaba como un lirio a punto de quebrarse. Krespel lloraba al verla tan bella, atormentada por el instinto que acababa de revelarle el porvenir. Se acentuaba la palidez en el rostro de Antonia, y él había descubierto en sus rasgos uno que era mortal, y contemplaba aterrorizado aquel germen que iría desarrollándose. -No, amigo, no -decía al cabo de un tiempo al famoso doctor R.-. Las manchas rojas que asoman a sus mejillas cuando canta no son efectos de la animación… Serán lo que ya me temía-. No he de ocultarle mis inquietudes -respondía el Doctor-. Sea que la muchacha se haya esforzado en el canto, o debido a un defecto orgánico, yo entiendo que ese brillo sonoro de la voz, que está por encima de las facultades de su edad, es un indicio de peligro, y no le concedo ni seis meses de vida si le permite usted que cante.

Temblando bajo esta amenaza, el Consejero veía la suerte de su hija como la del arbusto embellecido por las primeras flores y que una mano sin piedad se dispone a cortar de raíz. Se resolvió a señalar a Antonia los dos caminos para su porvenir: el uno conducía en poco tiempo a la tumba, pasando por el casamiento y las seducciones de la vida artística; el segundo conservaría al padre anciano la hija querida, su único gozo y su postrera felicidad.

Antonia se hizo cargo del sacrificio que le imploraba su padre, y le abrazó sin acertar a decirle en palabras lo que sentía. Krespel despidió al novio y dos días más tarde llegaba a H.. con su hija, único tesoro de su existencia. Pero el novio no podía renunciar tan fácilmente a la dicha que se había prometido, y siguiendo las huellas de Krespel le alcanzó en el umbral de la nueva residencia. El Consejero le rechazó con dureza. -¡Que le vea otra vez al menos! -exclamó Antonia-. ¡Que le oiga una vez más, y no me importa luego morir! - ¡Morir! ¡Morir! Hija mía, eres el único ser que me reconcilia con este mundo. Sea como tú quieres. ¡Pero, si llegaras a morir no maldigas al menos a tu desdichado padre!

El sacrificio era decisivo. El joven músico se vio obligado a acercarse al clavicordio, y Antonia cantó. Tenía Krespel la mirada pendiente de su hija, hasta que vio aparecer en los pómulos las manchas rojas que contrastaban con su palidez. Entonces interrumpió el concierto con violencia, invitando al músico con el gesto a que se retirara. Al verle partir, Antonia dio un grito desgarrador y cayó desvanecida.

- Por un momento -me decía Krespel, después de contarme esta triste historia- creí que mi pobre hija había muerto. Empujé por la espalda al maldito novio hacia la calle-. ¡Váyase! ¡Pero, pronto! ¡No sé cómo no le hundo un cuchillo en el corazón, para reanimarla y devolver el color a sus mejillas con la sangre de usted!-. Debía ser tan terrible mi aspecto al decirle estas palabras, que el joven músico salió corriendo, como alocado, para no volver más.

La muchacha había abierto los ojos al cabo de un rato; y volvió a cerrarlos. El médico, llamado con urgencia, afirmó que el accidente, aunque grave, no tendría probablemente peores consecuencias. Antonia pareció restablecerse casi del todo a los pocos días. Su amor filial ofrecía el más conmovedor espectáculo. Abnegada, con admirable resignación, soportaba las manías y los antojos de su padre, y le ayudaba con angelical paciencia a desmontar los viejos violines que iba adquiriendo y a fabricarlos de nuevo. -No, padre mío -le decía a menudo con una sonrisa melancólica-, no volveré a cantar, ya que esto te aflige. Mi único deseo es vivir y respirar para ti-. Y Krespel se sentía dichoso de oírla.

Al adquirir el violín famoso que más tarde había de ser encerrado en el ataúd de Antonia, y disponerse a desmontarlo, la joven le miró con tristeza. -¿Éste también? -le preguntó. Y Krespel oyó en su interior una voz que le instaba a salvar aquel violín y a servirse de él. No bien empezó a tocarlo, la joven dio unas palmadas. -¡Pero, si es mi voz! -exclamaba-. ¡Vuelvo a cantar! -. Y, en efecto, las notas del violín maravilloso parecían rodar como perlas del empíreo. Krespel estaba conmovido; el arco creaba prodigios bajo sus dedos. Y Antonia volvía sonriendo a su idea. - ¡Padre, quisiera cantar! -. Y él arrancaba del instrumento deliciosas variaciones.

Pocos días antes de mi segundo viaje a H…, al Consejero le había parecido oír -era una noche de calma- que el clavicordio recobraba su alma en el cuarto inmediato, y reconoció la pulsación del pretendiente de Antonia recorriendo rápidamente las teclas de marfil. Iba a levantarse, pero una mano de hierro parecía atenazarle. Le pareció luego que la voz de su hija murmuraba débilmente, como en la lejanía, y poco a poco las modulaciones eran más cercanas, en un crescendo fantástico, y cada una de las vibraciones le hería como una flecha en el corazón. De pronto, una aureola azulada rasgó las tinieblas en que estaba sumida la habitación. Y Krespel vio a su hija en los brazos de su pretendiente. Sus labios se unían, y a pesar de ello el canto celeste continuaba. Bajo el dominio de un miedo y una angustia sobrenaturales, el consejero Krespel permaneció en su inmovilidad hasta la aurora, paralizado el pensamiento por una torpeza de plomo.

Cuando el primer rayo de luz se deslizó en tintas rosadas a través de las cortinas de su cama, se levantó como de un sueño penoso y corrió al cuarto de Antonia.

La vio tendida en el sofá, caídos los párpados, juntas las manos y con una sonrisa dulce, pero fija, que rozaba sus labios pálidos.

Parecía el ángel dormido de la virginidad. Su alma había vuelto a Dios.