miércoles, 2 de marzo de 2016

Conformidad con la voluntad de Dios. San Alfonso María de Ligorio.



Por San Alfonso Mª de Ligorio



Canonizado en 1839
Fundador de los redentoristas.
Proclamado Doctor de la Iglesia el 7 de julio de 1871 por el papa Pío IX

Patrono de los confesores y de los teólogos de moral.


Conformidad con la voluntad de Dios  

Y la vida, en su voluntad. (Sal 29, 6)



PUNTO 1:  Todo el fundamento de la salud y perfección de nuestras almas consiste en el amor de Dios. «Quien no ama está en la muerte. La caridad es el vínculo de la perfección» (1 Jn 3, 14; Col, 3, 14). Mas la propia voluntad con la voluntad divina, porque en esto se cifra —como dice el Areopagita el principal efecto del amor, en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer.

En tanto, pues, agradan al Señor nuestras obras, penitencias, limosnas, comuniones, en cuanto se conforman con su divina voluntad, pues de otra manera no serían virtuosas, sino viciosísimas y dignas de castigo.

Esto mismo, muy especialmente, nos manifestó con su ejemplo nuestro Salvador cuando del Cielo descendió a la tierra. Esto, como enseña el Apóstol (Hech 10, 5-7), dijo el Señor al entrar en el mundo: «Vos, Padre por el hombre, y queréis que os sacrifique con ia muerte este Cuerpo que me habéis dado. Cúmplase vuestra divina voluntad.» Y lo mismo declaró muchas veces, diciendo (Jn 6, 38) que no había venido sino para cumplir la voluntad de su Padre.

Con lo cual quiso patentizarnos el infinito amor que al Padre tiene, puesto que vino a morir para obedecer el divino mandato (Jn 14, 31). Dijo, además (Mt 12, 50), que reconocería por suyos únicamente a los que cumplieran la voluntad de Dios, y por esta causa el único fin y deseo de los Santos en todas sus obras ha sido el cumplimiento de ella. El Beato Enrique Susón exclama: «Preferiría ser el gusano más vil de la tierra, por voluntad de Dios, que ser por la mía un serafín.»

Santa Teresa dice que lo que ha de procurar el que se ejercita en oración es conformar su voluntad con la divina, y que en eso consiste la más encumbrada perfección, de tal suerte, que quien en ello sobresaliere recibirá de Dios más altos dones v adelantará más en la vida interior.

Los bienaventurados en la gloria aman a Dios perfectamente porque su voluntad está unida y conforme por completo con la voluntad divina. Así, Jesucristo nos enseñó que pidiéramos la gracia de cumplir en la tierra la voluntad de Dios como los Santos en el Cielo. Fiat voluntas tua, sicut in coelo, et in terra.

Quien así lo hiciere, será hombre según el corazón de Dios, como llamaba el Señor a David, porque éste se hallaba dispuesto siempre a cumplir lo que Dios quería, y continuamente le suplicaba que le enseñase a ponerlo por obra (Sal 142, 10).

¡Cuánto vale un solo acto de perfecta resignación a lo que Dios dispone! Bastaría para santificarnos… Va Pablo a perseguir a la Iglesia, y Cristo se le aparece y le ilumina y convierte con su gracia. El Santo se ofrece a cumplir lo que Dios le mande (Hch 9 6) «Señor, ¿qué quieres que haga?» Y Jesucristo le llama vaso de elección (Hch 9, 15) y Apóstol de las gentes.

El que ayuna y da limosna y se mortifica por Dios, da una parte de sí mismo; pero el que entrega a Dios su voluntad, le da todo cuanto tiene. Esto es lo que Dios nos pide, el  corazón, la voluntad (Pr 23, 26).

Deseos, de nuestras devociones, comuniones y demás obras piadosas, el cumplimiento de la. Voluntad divina. Este debe ser el norte y mira de nuestra oración: el impetrar la gracia de hacer lo que Dios quiera de nosotros. Para esto hemos de pedir ia intercesión de nuestros Santos protectores, y especialmente de María Santísima, para que nos alcance luces y fuerzas, con el fin de que se conforme nuestra voluntad con la de Dios en todas las nuestro amor propio… Decía el Santo M. P. Ávila: «Más vale un «bendito sea Dios», dicho en la adversidad, que mil acciones de gracias en los sucesos prósperos.»

Inveni virum secundum cor meum, qui faciet omnes volúntates meas.



AFECTOS Y SUPLICAS



¡Ah Señor mío! Todas mis desventuras han procedido de no querer rendirme a vuestra santa voluntad. Maldigo y aborrezco mil veces aquellos días y ocasiones en que por cumplir mi deseo contradije y me opuse a vuestro querer, ¡oh Dios de mi alma!... Ahora os doy mi voluntad toda. Acogedla, Dios mío, y unidla de tal modo a vuestro amor, que no pueda rebelarse otra vez.

Os amo, Bondad infinita, y por el amor que os profeso, me ofrezco enteramente a Vos Disponed de mí y de todas mis cosas como os agrade, que yo en todo me resigno gustoso a vuestra santísima voluntad. Libradme de la desdicha de oponerme a resistir a vuestros deseos, y haced de mí lo que os plazca. Oídme, ¡oh Padre Eterno!, por el amor de Cristo. Oídme, Jesús mío, por los merecimientos de vuestra Pasión.

Y Vos, María Santísima, socorredme y alcanzadme la gracia de cumplir siempre la voluntad divina, en lo cual se cifra salvación, y nada más pediré.




PUNTO 2 : Menester es conformarnos con la voluntad divina, no sólo en las cosas que recibimos directamente de Dios, cómo son las enfermedades, las desolaciones espirituales, las pérdidas de hacienda o de parientes, sino mediatamente de Dios, que nos las envía por medio de los hombres, como la deshonra, desprecios, injusticias y toda suerte de persecuciones. Y adviértase que cuando se nos ofenda en nuestra honra o se nos dañe en nuestra hacienda, no quiere Dios el pecado de quien nos ofende o daña, pero sí la humillación o pobreza que de ello nos resulta.

Cierto es, pues, que cuanto sucede, todo acaece por la divina voluntad. Yo soy el Señor que formó la luz y las tinieblas, y hago la paz y creo la desdicha (ls 45 7). Y en el Eclesiástico leemos: «Los bienes y los males, la vida y la muerte vienen de Dios.».  Todo, en suma, de Dios procede, así los bienes como los males.

Se llaman males ciertos accidentes, porque nosotros les damos ese nombre, y en males los convertimos, pues si los aceptásemos como es debido, resignándonos en manos de Dios, serían para nosotros, no males, sino bienes. Las joyas que más resplandecen y avaloran la corona de los Santos son las tribulaciones aceptadas por Dios, como venidas de su mano.

Cuando supo el santo Job que los sabeos le habían robado los bienes, no dijo: «El Señor me los dio y los sabeos me los quitaron», sino el Señor me los dio y el Señor me los quitó (Jb 1, 21). Y diciéndolo, bendecía a Dios, porque sabía que todo sucede por la divina voluntad (Jb 1,21).

Los santos mártires Epicteto y Atón, a de hierro y hachas encendidas, exclamaban: Señor, hágase en nosotros tu santa voluntad, y al morir, éstas fueron sus últimas palabras: «¡Bendito seas, oh Eterno Dios, porque nos diste la gracia de que en nosotros se cumpliera tu voluntad santísima!»

Refiere Cesarlo (lib. 10, c. 6) que cierto monje, aunque no tenia vida más austera que los demás, hacia muchos milagros. Maravillado el abad, le preguntó qué devociones practicaba. Respondió el monje que él, sin duda, era más imperfecto que sus hermanos, pero que ponía especial cuidado en conformarse siempre y en todas las cosas con la divina voluntad. «Y aquel daño—replicó el tierras, ¿no os causó pena alguna?» «¡Oh Padre—dijo el monje—, antes doy gracias a Dios, que todo lo hace o permite para nuestro bien», respuesta que descubrió al abad la gran santidad de aquel buen religioso.

Lo mismo debemos nosotros hacer cuando nos sucedan cosas adversas: recibámoslas todas de la mano de Dios, no sólo con paciencia, sino con alegría, imitando a los Apóstoles, que se complacían en ser maltratados por amor de Cristo. Salieron gozosos de delante del Concilio porque habían sido hallados dignos de sufrir afrentas por el nombre de Jesús (Hch 5, 41). Pues ¿qué mayor contento puede haber que sufrir alguna cruz y saber que abrazándola complacemos a Dios?...

Si queremos vivir en continua paz, procuremos unirnos a la voluntad divina v decir siempre en todo lo que nos acaezca: «Señor, si así te agrada, hágase así» (Mt 11, 26). A este fin debemos encaminar todas nuestras meditaciones, comuniones, oración y visitas al Señor Sacramentado, rogando continuamente a Dios que nos conceda esa preciosa conformidad con su voluntad divina.

Y ofrezcámonos siempre a Él, diciendo: Vedme aquí, Dios mío; haced de mí lo que os agrade… Santa Teresa se ofrecía al Señor más de cincuenta veces diariamente, a fin de que dispusiese de ella como quisiera.



AFECTOS Y SÚPLICAS



¡Amadísimo Redentor, divino Rey de mi alma, reinad en Elia, desde ahora, únicamente Vos!... Aceptad mi voluntad toda, de modo que no desee ni quiera sino lo que Vos queráis. Bien sé cuánto os he ofendido oponiéndome a vuestra santa voluntad, y de ello me pesa sobre todo, y me arrepiento de corazón.

Merezco castigo, y no lo rechazo, sino que lo acepto, rogándoos solamente que no me impongáis ia pena de privarme de vuestro amor. Concedédmelo así y hacer de mí lo que os agrade. Os amo, Redentor mío; os amo, Señor, y porque os amo quiero hacer cuanto Vos queráis. ¡Oh voluntad divina, tú eres mi amor!...

¡Oh Sangre de Jesús, Tú eres mi esperanza!, y por Ti espero que desde ahora estaré siempre unido a la voluntad de Dios v aue ella será mi norte y guía, mi amor y mi paz. En ella deseo descansar y vivir.

Diré en todos los sucesos de mi vida: Dios mío, nada quiero sino lo que deseéis Vos; cúmplase en mí vuestra voluntad: Fiat voluntas tua… Otorgedme, Jesús mío, por vuestros méritos, la gracia de que yo repita siempre esa amorosísima súplica: Fiat voluntas tua…

¡Oh María, Madre y Señora nuestra, que cumpliste continuamente la voluntad divina!, alcanzadme Vos que la cumpla yo también. Reina de mi vida, concededme esa gracia que por vuestro amor a Cristo espero conseguir.




PUNTO 3 : El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. «No se contristará el justo por cosa que le acontezca» (Pr 12, 21), porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

El alma resignada, dice Salviano, si recibe humillaciones, quiere ser humillada; si la combate ia pobreza, se complace en ser pobre; en suma: quiere cuanto le sucede, y por eso goza de vida venturosa. Padece las molestias del frío, del calor, la lluvia o el viento, y con todo ello se conforma y regocija, porque así lo quiere Dios. Si sufre pérdidas, persecuciones, enfermedades y la misma muerte, quiere estar pobre, perseguido, enfermo; quiere morir, porque todo eso es voluntad de Dios.

El que así descansa en la divina voluntad y se complace en lo que el Señor dispone, se ha/la como el que estuviera sobre las nubes del Cielo y viera bajo sus plantas furiosa tempestad sin recibir él perturbación ni daño. Esta es aquella paz que—como dice el Apóstol (Fil 4, 7) — supera a todas las delicias del mundo; paz continua, serena,  permanente, inmutable. El necio se muda como la luna, él sabio se mantiene en la sabiduría como el sol (Ecl 27,12). Porque el pecador es mudable como la luz de la luna, que hoy crece y otros días mengua. Hoy le vemos reír; mañana, llorar; ora se muestra alegre y tranquilo; ora afligido y furioso.  Cambia y varía, en fin, como las cosas prósperas o adversas que le suceden.

Pero el justo, como el sol, se mantiene en su ser con igualdad y constancia. Ningún dichosa tranquilidad, porque esa paz de que goza es hija de su conformidad perfecta con la voluntad de Dios. Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).

Santa María Magdalena de Pazzi no bien oía nombrar voluntad de Dios, sentía consolación tan profunda, que se quedaba sumida en éxtasis de amor… Con todo, las facultades de nuestra parte inferior no dejarán de hacernos sentir algún dolor en las cosas adversas; pero en |a voluntad superior, si está unida a la de Dios, reinará siempre profunda e inefable paz. Ninguno os quitará vuestro gozo (Jn 16, 22).

Indecible locura es la de aquellos que se oponen a la voluntad de Dios. Lo que Dios quiere se ha de cumplir seguramente. ¿Quién resiste a su voluntad? (Rm 9, 19). De suerte que esos desventurados tienen por fuerza que llevar su cruz, aunque sin  paz ni provecho. ¿Quién le resistió y tuvo paz? (Jb 9, 4).

¿Y qué otra cosa desea Dios para nosotros sino nuestro bien? Quiere que seamos santos para hacernos felices en esta vida y bienaventurados en la otra. Penetrémonos de que las cruces que Dios nos envía cooperan a nuestro bien (Rm 8, 28), y de que ni los mismos castigos temporales vienen para nuestra ruina, sino a fin de que nos enmendemos y alcancemos la eterna felicidad (Jdt 8, 27).

Dios nos ama tanto, que no sólo desea nuestra salvación, sino que se muestra solícito para procurárnosla (Sal 39, 18). ¿Y qué nos ha de negar quien nos dio a su mismo Hijo?... (Rm 8, 32).

Abandonémonos, pues, siempre en manos de Dios, que jamás deja de atender a nuestro bien (1 P 5, 7). «Piensa tú en Mí — decía el Señor a Santa Catalina de Sena—, que Yo pensaré en ti.» Digamos siempre como la Esposa: Mi amado para mí, y yo para Él (Ct 2, 16). Mi amado trata de mi bien, y yo no he de pensar más que en complacerle y unirme a su santa voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.

Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: «Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo» (Hch 9, 6). «He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido» (Lc 1, 38). «Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío» (Sal 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: «Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres» (Mt 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo.» Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces… ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!



AFECTOS Y SUPLICAS



iOh Jesús, Redentor mío! Disteis en la cruz la vida a fuerza de dolores para salvarme y redimirme… Tened ahora compasión de mí, y no permitáis que un alma por Vos redimida con tantos trabajos y con tanto amor haya de odiaros eternamente en el infierno.

Nada dejasteis de hacer para obligarme a amaros, como nos lo manifestasteis cuando antes de expirar en el Calvario dijisteis aquellas amorosas palabras: Cosummatum es!… ¿Y cómo he correspondido yo a vuestro amor?... Bien puedo asegurar que por mi parte nada omití para ofenderos y obligaros a que me aborrecierais… Gracias os doy por ia paciencia con que me habéis sufrido y por el tiempo que me concedéis para que repare mi ingratitud y os ame y sirva antes de morir… Amaros quiero, sí, y hacer cuanto quisiereis; y os doy toda mi voluntad, mi libertad y todas mis cosas. Desde ahora os consagro mi vida y acepto la muerte que me enviéis, con todos los dolores y circunstancias que la acompañen, uniendo este sacrificio ai gran sacrificio de vuestra vida que Vos, Jesús mío, hicisteis en la cruz por mí. Deseo morir para que se cumpla vuestra voluntad… ¡Oh Señor, por los merecimientos de vuestra Pasión sacratísima, dadme la gracia de que esté yo en esta vida resignado y conforme siempre con vuestras disposiciones, y en la hora de mi muerte haced, Señor, que la abrace y reciba con entera conformidad a vuestra voluntad santísima!

Morir quiero, ¡oh Jesús!, para complaceros; morir quiero diciendo: Fiat voluntas tua…

María, Madre nuestra, así moristeis Vos; alcanzadme la inefable dicha de que muera yo así.

sábado, 27 de febrero de 2016

María Mercedes Carranza



MARÍA MERCEDES CARRANZA (Bogotá 1945-2003), licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, dirigió las páginas literarias «Vanguardia» y «Estravagario» de El Siglo de Bogotá y El Pueblo de Cali. Ejerció como jefe de redacción del semanario Nueva Frontera durante trece años y fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente que reformó la constitución colombiana de 1991.
Publicó los siguientes libros de poesía: Vainas y otros poemas (Bogotá, 1979), Tengo miedo (Bogotá, 1983), Hola, soledad (Bogotá, 1987), Maneras del desamor (Bogotá, 1993), El canto de las moscas (Bogotá 1997), Poesía completa y cinco poemas inéditos (Bogotá, 2004).
Desde su fundación, en 1986, hasta su muerte dirigió la Casa de Poesía Silva en Bogotá.





En vida y otras muertes
  

No llega. Va con cada palabra
que te digo, me la entregas
en cada gesto y yo te la devuelvo,
mano a mano. Es un ir y venir
disfrazado de nosotros dos. Vuela
air mail con las cartas
que escribimos, anda entre la sopa
y más que nunca por la tarde. Está
detrás de todo ese montón de ropa
para lavar, contra el espejo que miramos,
desde la sonrisa de las fotos, junto
a aquel viaje al mar. «Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos». Y sólo será
un gesto más entre tú y yo. Porque
Manrique, amigo dilecto
de las calaveras, ¿qué fue
de tanto verso sino palabras más o menos?





Aquí entre nos


Un día escribiré mis memorias, ¿quién
que se irrespete no lo hace? Y
allí estará todo. Estará el esmalte
de las uñas revuelto
con Pavese y Pavese con las agujas y
una que otra cuenta de mercado. Donde
debieran estar los pensamientos
sublimes pintaré
tus labios a punto de decirme
buenos días todos los días. Donde
haya que anotar lo más importante
recordaré un almuerzo
cualquiera llegando al corazón
de una alcachofa, hoja por hoja.
Y de resto,
llenaré las páginas que me falten
con esa memoria que me espera entre cirios,
muchas flores y descanse en paz.




Cuando la viuda arrancó sus cabellos
«Todos los que se abstuvieron, votaron por mí»
GABRIEL ANTONIO GOYENECHE
Presidente de la República de Colombia

Debe decirse viuda y gloria inmarcesible.
El colgar los cabellos de un árbol
da el tono de desespero bíblico
indispensable para llorar en coro.
Si se añade espadas cual centellas
puede pensarse en raudo, en fulgurante,
y si se dice esclavos habrá quien crea
que después de cantarlo todos seremos libres.
Pero no sólo eso: debe decir termopilas,
constelación de cíclopes y centauros,
para que nadie entienda, y trompas
victoriosas y pérfida salud. Todo ello
nimbado de lauros y de sangre y de expansivo
empuje y además muy brillante por estar
bajo el palio de un sol de libertad.
Y detrás de todo eso, lo que vemos
a diario, que se debe cantar en un himno
distinto de éste, hecho para damas que toman
chocolate y para caballeros que juegan 
golf los martes y se comen los mocos.




Aquí con la señora Arnolfini

Bueno, señora Arnolfini, es
el momento de que se decida.
Está muy bien (molto bene para hablar claro)
que mire a su esposo con ojos de 
oh dulces prendas por mí bien halladas
pero va siendo hora de que tenga su hijo
y de que injiera las naranjas,
porque no todo es dulce
y alegre cuando Dios quería
y de pronto empiezan las naranjas
-digo- a oler feo. No
me explico por qué sigue posando,
si hasta el mismo Van Eyck está requetemuerto
y su pinocho –perdone- su mando ya no es
el hábito del alma suya, pues es
sabido que últimamente las señoras
prefieren otras fibras.
Venda su palacio y sus alhajas
y recorra el mundo en auto-stop; beba
la pausa que refresca, compre
lo que tarde o temprano será
un Philips y lea el Reader’s Digest;
dedíquese a coleccionar llaveritos y
hágase la cirugía plástica; después
tome barbitúricos. Haga algo señora
para no verla morir entre memorias tristes,
como tanto les ocurre a las palomas
en la Piazza della Signoria.





Métale cabeza

Cuando me paro a contemplar
su estado y miro su cara
sucia, pegochenta,
pienso, Palabra, que
ya es tiempo de que no pierda
más la que tanto ha perdido. Si
es cierto que alguien
dijo hágase
la Palabra y usted se hizo
mentirosa, puta, terca, es hora
de que se quite su maquillaje y
empiece a nombrar, no lo que es
de Dios ni lo que es
del César, sino lo que es nuestro
cada día. Hágase mortal
a cada paso, deje las rimas
y solfeos, gorgoritos y
gorjeos, melindres, embadurnes y
barnices y oiga atenta
esta canción: los pollitos dicen
píopíopío cuando tienen
hambre, cuando tienen frío.




Fuerza, Canejo, sufra y no llore…

Entre la espada y la pared
está el gesto necesario,
siempre listo
para asaltar a aquel que nos habla
al que hablamos.
El catálogo es dispendioso
y se parece al andar de las palomas
en el parque, sutil y monótono.
Sonreír para verse amable, para
bailar torcer el cuello. Alzar
las cejas al asombro,
con el asco arrugar la cara y
mucho parpadeo que eso sirve para todo.
El pedir puesto requiere
capítulo especial, modoso, solícito y
más que nada mostrarse
dispuesto a vender el alma.
Si gesto tras cada cosa, no
en todo lugar y menos al morir: allí
sólo seriedad y buenas maneras.



Salmodia, sin gracia ni ritmo

Sé muchas cosas alrededor
de mí. Sé que yo no me visto
de crepúsculos para dormir. Añoro
esas viejas andanzas de tanto
vate insigne. Mas sin embargo
sólo me pongo la piyama
y un par de medias en los pies.
Tampoco veo cosas misteriosas,
ni las intuyo, ni me importan.
Me basta con que el cielo siga
todos los días, sin más perendengues,
y que tus caricias sean eso
y no vehículos para llegar
a las esferas celestiales. Juro
que Dios, Libertad y otros no son más
que la estupidez diaria de tener
que vivir cansada y de no llegar
a conocerlos nunca, que son palabras
con mayúscula y objeto
de gentes sin oficio. Y cómo no,
reconozco que me gusta el aguardiente
y no los néctares sagrados.
Después de todo,
malvivo mi vida, como usted.



Babel y usted

Si las palabras no se arrugaran, si
fuera posible ponérselas cada mañana,
como una blusa o una falda, previo
uso del quitamanchas, el cepillo y la plancha.
Si no se pudieran pronunciar ya más
por lo brilladas y rodillonas.
Si, después de un largo viaje, se
botaran como la maleta, tan descosida,
tan llena de letreros y de mugre. Si no se
cansaran, si fuera normal y corriente
someterlas a chequeo médico cada año,
con diagnósticos y exámenes de laboratorio,
vitaminas y reconstituyentes y hasta
menjurges para la anemia. Si las
palabras hicieran sindicato en defensa
de sus fueros más legítimos y reclamaran
indemnizaciones por abuso de confianza
a aquellos que las tratan como a violín
prestado. Si algún día hicieran huelga,
¿qué opina usted, García?




Se lo voy a decir

Es necesario decirlo
porque si no para qué esta palabra.
Que las plantas nacen, crecen,
se reproducen y mueren, lo sabe todo el mundo.
Pasa igual con el día
que se muere por la tarde
y también se mueren los cangrejos
y hasta las estrellas de la Vía Láctea.
Cada rato hay nuevas maneras
para decir las mismas cosas.
Pero lo que yo tengo que decir nadie lo sabe.
Es obvio como una ola,
bello como una araña,
es posible como el verde
y largo como el croché.
¿Ya comprendió?



Muestra las virtudes del amor verdadero y confiesa al amado los afectos varios de su corazón
A Fernando

Hoy pienso especialmente en ti
y veo que ese amor carece de desmayos,
de ojos aterciopelados
y demás gestos admirables.
Ese amor no se hace como la primavera
a punta de capullos
y gorjeos. Se hace cada día
con el cepillo de dientes por la mañana,
el pescado frito en la cocina
y los sudores por la noche.
Se vive poco a poco ese amor
entre tanto plato sucio, detrás del cotidiano
montón de ropa para planchar,
con gritos de niños y cuentas del mercado,
las cremas en la cara
y los bombillos que no funcionan.
Y otra cosa: cada tarde te quiero más.



Poema de amor

A través de una luz irreal
-la cortina azul de la habitación
cerrada a media tarde-
se acerca a la cama.
En estos instantes su cuerpo es inmenso,
sólo el cuerpo existe.
Puedo repetir las palabras entredichas,
la piel que se derrite, el sudor.
Pero en realidad sucede
que mi cuerpo está bajo su cuerpo
-fantasías inconfesables,
manos sabias, miradas inequívocas—
ambos tratando de sobrevivir
cada uno gracias al otro.
Caemos y caemos como Alicia
en un precipicio sin tocar fondo.
Y como Alicia nos detenemos de repente:
ese tenso, inmóvil instante.
El espejo se rompe
cuando oigo su voz que me dice:
«Qué bien lo hemos pasado, mi amor».
Pienso entonces que debo ocuparme ya
de encender las luces de la casa.



«Solo ante el peligro»

Para hablar de ti no sirve un poema.
Tal vez una vieja canción del Oeste,
una canción que diga de aquel hombre solo
que va por el mundo
jugando a los vaqueros. Una canción
que recuerde las ciudades
que el hombre lleva en la memoria,
donde siempre hubo un duelo,
un bar y una mujer. Una canción
que hable de los largos caminos
que nunca acaban
y el hombre en su caballo
hacia cualquier parte.
Nadie sabe su nombre porque así
lo quiso él, aunque, con frecuencia,
en las noches luminosas
el hombre eche de menos una palabra
tierna y tal vez llore.
Una canción que diga de la mujer
que en cada pueblo deja,
sentada en la barra de una cantina,
recordando al hombre
y sus borracheras de matón
y sus agresivos momentos de soledad
y sus monólogos agrios con fantasmas
y su tierna intimidad al amanecer
y su incontenible ansiedad
por sentir el pie en el estribo, nuevamente.
Una canción que hable de ti, Juan.




Balance final

Sobre la cama de sábanas destendidas
un segundo del tiempo que les fue dado
se encontraron más allá de la piel.
Por un instante el mundo fue exacto y bondadoso
y la vida algo más que una historia desolada.
Luego y antes y ahora y para siempre
todo fue un juego de espejos enemigos:
sólo hubo rechazos, cuerpos solitarios,
mal aliento, ilusiones no compartidas,
cartas banales, gestos rutinarios
y un paciente velar el cadáver de aquel instante.





Quiero bailar con Ulises
«Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage»
JOACHIM DU BELLAY
Quiero invitar a bailar a Ulises,
quiero beber con él y que me cuente
de qué color eran los ojos del joven Aquiles.
Quiero que me cante el canto de las sirenas
y me diga de sus noches de insomnio
sobre las aguas del Mediterráneo.
Quiero saber de su complicidad con Circe
en la isla de Ea y de sus extrañas
ceremonias y encantamientos.
Quiero que Ulises me haga el amor
y en la cama me cuente
cómo eran los vestidos de Helena
y si París fue como lo pinta Rubens.
Quiero saber qué vio en el país de los Lotófagos,
de qué color eran las montañas de Eólide.
Quiero que me cuente por qué regresó a Itaca.




Poema de amor

Afuera el viento, el olor metálico de la calle.
Ya dentro, va dejando todo lo que lleva encima,
primero la cartera y la sonrisa;
se deshace de las caras que ese día ha visto,
los desencuentros, la paz fingida,
el sabor dulzarrón del deber cumplido.
Y se desviste como para poder tocar
toda la tristeza que está en su carne.
Cuando se encuentra desnuda
se busca, casi como un animal se olfatea,
se inclina sobre ella y se acecha;
inicia una larga confidencia tierna,
se pide respuestas, tal vez tiene la mirada turbia;
separa las rodillas y como una loba se devora.
Afuera el viento, el olor metálico de la calle.





Borgiana

Yo quiero pensar en este anciano,
los ojos ciegos, lentos los labios,
el desprecio en el vacío rostro duro.
Ha hallado la palabra única
que resume todo el universo.
Pero la eternidad le vale nada.
Solo, en la habitación de la vieja casa,
vuelve terco a hacer memoria de su sueño,
inventa con voz que suena a metal y a lágrima
la batalla en la que hubiera querido morir
y se dice que deseó cumplir otro destino:
no el de las palabras en un papel,
no Cervantes sino Alonso Quijano.
Con la memoria mira
Los rostros imaginarios de sus antepasados.
Como su abuelo, el coronel Suárez,
hubiera querido caer en Junín bajo las lanzas
o como Francisco Borges en lo alto de un caballo
deteniendo las balas con el pecho.
Si tan sólo se le hubiese permitido
usar por una vez el cuchillo de Muraña
para saborear el coraje de matar o de ser muerto.
En la habitación de la vieja casa, derrotado
se resigna fatalmente a la sabiduría.



Bogotá, 1982

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto que he de andar y desandar
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
a lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.




Encuentros con el enemigo

Ocurre ya bien entrada la noche. De repente
los motivos del día quedan en suspenso.
Una música que en otras horas
le hubiera traído nostalgias impacientes
la oye ahora como palabras y palabras.
Llama por teléfono a alguien
y alguien no está o sí pero es igual.
Piensa en el que ama y ve con claridad
que ese amor es la violeta del sueño que no existe.
Los rostros perdidos vienen uno a uno a su memoria,
indiferente los mira y los deja pasar de largo.
Entonces ocurre el miedo porque sí
y ya nada queda sino el abandono.
A la mañana siguiente, irresponsable y cotidiana,
amará de nuevo y sin pudor
a todos los fantasmas de la noche pasada.



Sobran palabras

Por traidoras decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene
a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirá
lentamente y con dolor;
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horca
por ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.
Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa.
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta
el final.



Conversación con mi hija

Muchas cosas pasarán sobre tu cuerpo
lluvia, deseos, labios, tiempo
gastarán tu piel y por dentro tu alma.
A menudo tendrás que saludar
a la fe, a la esperanza, a la caridad.
Son cuestiones inevitables,
usa la cortesía y santas pascuas.
Te acosarán a respuestas blanco sobre negro
y viva la civilización, te gritarán
y cuando entiendas por fin que el mundo
es redondo habrás perdido para siempre.

Sobre tus hombros la llevarás,
a la civilización te digo,
vestida de gringa, o de sueca o de japonesa:
esta dama lee a Platón,
se bendice las axilas con desodorantes,
toma coca-cola y no permite
que la saluden con el sombrero puesto.
Usa siempre la cortesía y
no se te olvide, hija
lavarte los dientes todas las mañanas
y apagar la luz antes de dormir.




No vivo en un jardín de rosas

«C’est la prison Dedalus
Que de ma mélancollie,
Quant je la cuide fallie,
J’i rentre de plus en plus»
CHARLES D’ORLÉANS

Si nombro mis fantasmas
tal vez pueda engañar al enemigo.
El enemigo espera ese momento
del atardecer, irreal y desapacible,
en el que yo muero con el día.
Entonces me asalta
y sin piedad me despedaza.
Tal vez pueda engañar al enemigo.
¿Por qué, cuando lo presienta
turbio e inminente,
no sentarme, en escena feliz,
a comer papas fritas y ver televisión?
A lo mejor puedo ir mañana
a las islas griegas de turista satisfecha
o comprarme una casa en cómodas cuotas
y mi pelo brillante y
mi cara joven porque uso crema Ponds.
Pero el enemigo sabe con quién trata
y sutil y terco esperará agazapado
a que apague la televisión
y sea noche y sea silencio y yo
en mi cama dé vueltas sola y desolada.




La Patria

Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace vanos siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.

A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.

Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina,
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.




Juventud, bien ida seas

«Fui feliz, pero me aburrí tanto»
GRAHAM GREENE

Un cuerpo que se alza con pereza
porque el aire le pesa y el vestido.
Sin sed ni preguntas, la boca cae,
caen también los pechos, tela de seda ajada,
y son frutas secas los pómulos maquillados.
Los ojos hundidos no miran hacia fuera
para ver el cojín desgonzado en el sofá
o la luz que recalienta las flores;
pasa ahora por ellos lo invisible,
como una cara que ya no es
o el verde acero de un río
paralizado para siempre en la memoria.
Juventud, bien ida seas:
heroína de fábulas misteriosas
vestida con ropas prestadas, bien ida seas.
Te llevas el coqueteo de los espejos
y la alegría de gastar un cuerpo joven.
Pero cómo añorar los turbios monólogos del amor,
las tardes de sábado con sus afanes fracasados,
aquella espera ciega de algo que no llega
y tanta playa, vino y rosas, piernas desnudas
que anunciaron infiernos y paraísos
y sólo se recuerdan después con un bostezo.

Juventud, bien ida seas,
es el momento de cambiar de sueños.




El corazón

40 años han dejado nudos y sospechas
y un cielo turbio donde envejecen sin remedio
el sol, la dicha y las palabras.
Lo cruzan calles ahora sin olores ni mediodías;
a veces el esplendor de un nombre
se pudre como saliva o como flor.
Ausencias y desamores son raíces secas,
ya sin rabia ni belleza.
Ha hecho suyas algunas cosas muertas:
las risas, las caricias y las cenizas de una tarde,
el sabor del domingo a los 10 años,
ciertos versos Celestinos y necesarios,
algunos cuerpos usados con ternura.
Allí el futuro está de sobra
como el polvo en los muebles de la casa
y sólo una certidumbre sobrevive:
el deseo incancelable de estar siempre en otra parte.
Una lluvia bogotana, leve y gris, cae sin parar.
Cementerio de sueños, pobre corazón,
nada inmortal lo habita.



Oda al amor

Una tarde que ya nunca olvidarás
llega a tu casa y se sienta a la mesa.
Poco a poco tendrá un lugar en cada habitación,
en las paredes y los muebles estarán sus huellas,
destenderá tu cama y ahuecará la almohada.
Los libros de la biblioteca, precioso tejido de años,
se acomodarán a su gusto y semejanza,
cambiarán de lugar las fotos antiguas.
Otros ojos mirarán tus costumbres,
tu ir y venir entre paredes y abrazos
y serán distintos los ruidos cotidianos y los olores.
Cualquier tarde que ya nunca olvidarás
el que desbarató tu casa y habitó tus cosas
saldrá por la puerta sin decir adiós.
Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper los retratos,
barrerlo todo y seguir viviendo.




Poema del desamor

Ahora en la hora del desamor
y sin la rosada levedad que da el deseo
flotan sus pasos y sus gestos.

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,
aquellas palabras que no fueron posibles,
las palabras que sólo zumbaron como moscas,
la poca fe en las ceremonias de la ternura
y sus ojos, frío pedazo de carne azul.
Días perdidos en oficios de la imaginación,
como las cartas mentales al amanecer
o el recuerdo preciso y casi cierto
de encuentros en duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre los sueños.

¡Qué sucia es la luz de esta hora,
qué turbia la memoria de lo poco que queda
y qué mezquino el inminente olvido!




El olvido

Todo sucede en el oleaje de la memoria:
palabras que fueron dichas pierden su esplendor,
de las sonrisas desaparece esa boca,
el amanecer ocurre todavía pero nadie lo espera ya,
su cuerpo es igual a otro cuerpo,
muere la ausencia, ese insaciado apetito que acompaña,
el teléfono no trae su voz y poco importa.

Y hacía brillar las mesas y los ojos.
Es el olvido, puerta siempre abierta
que nadie sabe cuándo se atraviesa.
Ocurre un día y comienza entonces el recuerdo,
lenta mirada sobre territorios muertos.



Oración

No más amaneceres ni costumbres,
no más luz, no más oficios, no más instantes.
Sólo tierra, tierra en los ojos,
entre la boca y los oídos;
tierra sobre los pechos aplastados;
tierra entre el vientre seco;
tierra apretada a la espalda;
a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;
tierra entre las manos ahí dejadas.
Tierra y olvido.





Descripción del enemigo
«Y porque nuestra razón nos aparta
Violentamente del abismo, por eso nos acercamos
A él con más ímpetu»
EDGAR ALLAN POE (El demonio de la perversidad]

I
Es el aire que entra por tu boca el enemigo,
el sueño que sueñas sola,
las palabras que dices y las que no dices,
las miradas que salen de tus ojos,
tus pensamientos quién sabe en qué,
las manos que usas para tocar
así sea con la sabiduría del deseo,
los pies que te conducen sin rumbo hacia el desastre,
son el enemigo en vela, el insomne impávido
que te aborda por todos los poros
y como un tumulto de hormigas rojas
te inunda con la sangre de tus venas
y te deja, ya para nada, seguir la vida.

II
O lo mismo: colocarte de estatua en un parque
para que escriban vulgaridades
en tu piel oscura o pasen de largo,
ponerte al filo del abismo por si acaso,
soñar con el desastre más cercano
y empujar el sueño a la vigilia,
buscar la trampa para caer en ella
hasta perder la luz y el corazón,
construirte con primor por la mañana
y naufragar por la tarde en la taza de té,
colocarte ante el espejo para mirar tu obra
y seguir la vida, ya para nada.



18 de agosto de 1989

«Vi estallar en los cielos el relámpago, el nombre
que divide la tarde, las resacas airadas,
el alba como un pueblo de palomas borradas
y acaso vi en todo esto lo que cree ver el hombre»
ARTHUR RIMBAUD
Este hombre va a morir
hoy es el último día de sus años.
Amanece tras los cerros un sol frío:
el amanecer nunca más alumbrará su carne.
Como siempre, entre sus cuatro paredes
desayuna, conversa, viste su traje;
no piensa en el pasado, aún liviano y todo víspera,
en los gestos, hechos y palabras de su vida
que mañana serán distintos en el bronce y en los himnos,
porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

En su corazón de piedra
el asesino afila los cuchillos.

Este hombre va a morir.
hoy es la última mañana de sus horas.
Por sus ojos de fría carne azul
sólo pasan idiomas y horizontes
para ciertas cosas que los otros sueñan:
la urgencia del pan y de la sal,
la flor abierta del abrazo, la sangre
invisible y contenida en su caracol de venas.
Ahora conversa por teléfono, escribe un discurso.
En el libro de apuntes lo atropellan
con letra afanada y resbalosa
los nombres y las citas de ese día,
porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

El asesino esconde la cara siempre
para que el sol no le escupa sus gargajos de fuego.

Este hombre va a morir,
hoy es el último mediodía de sus años.
Con la frente en el abismo sin saberlo
estrecha manos, almuerza, pregunta la hora.
Sus pasos que ha dirigido otras veces al amor
y a asuntos más rutinarios como el olvido
o la toalla azul después del baño,
que lo han llevado a conocer la gloria
en la algarabía elemental de las multitudes,
sus pasos pueden ser contados ya
porque este hombre camina hacia la muerte.

El asesino: humores de momia, hiel de alacrán,
heces de ahorcado, sangre de Satán.

Este hombre va a morir,
hoy es la última tarde de sus días.
Se prepara sin saberlo para el ritual:
con la voz fingida en la memoria,
que casi oye ya entre las caras como olas,
repasa las palabras de la arenga:
pan y verde, lagos de luz, verde y labios.
Frente al espejo rehace el nudo de la corbata,
cepilla otra vez sus dientes
y con los dedos recorre las alas amarillas del bigote.
Entonces las banderas y las manos y las voces,
la lluvia roja de papel picado,
la hora y el minuto y el segundo.

El asesino danza, la Danza de la Muerte:
un paso adelante, una bala al corazón,
un paso atrás) una bala en el estómago.

Cae el cuerpo, cae la sangre, caen los sueños.
Acaso este hombre entrevé como en duermevela
que se ha desviado el curso de sus días,
los azares, las batallas, las páginas que no fueron,
acaso en un horizonte imposible recuerda
una cara o voz o música.

Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino.





Las manos amadas

Manos sabias:
dedos que han oído
y en la oscuridad han visto.
Manos que llevan en su memoria
carnes destruidas ya por el olvido
y en las uñas
ese vago temor a la barbarie.
Manos que van de palabra
a labio, a instante
en que los dedos desordenan
infiernos y gestos y venas.
Piel cómplice o mezcla de sangres
cuando roza el centro de suave paloma.
Manos que también dicen adiós.




Reloj de sangre
«Nada es más hondo
que una ausencia admitida»
JON SlLKIN

Las ausencias me asisten:
esa voz que saluda grosera
«hola borracha», ya me falta
y también la dulce de anteayer: «¿eres tú?»;
la punzada que regresa con unos versos
hoy de repente recordados:
«Vinieras y te fueras dulcemente
de otro camino
a otro camino…»
Me asiste el pinar de Daroca
y mi madre allí mirando como ida;
hay también un río quieto:
ese de verde agua profunda
que moja mis 10 años.
Me ilumina aquel luminoso
«has sido mi compañera de camino»
dicho en la sombra de la alcoba
por una voz que hoy es ceniza.
Y está también lo que ya sé:
«adiós», me dices,
no ha ocurrido, ya ha ocurrido
porque hieren las ausencias antes,
mucho antes que mañana sean.




Huele a podrido

Caes cada día en el pozo de la culpa.
Caes y te levantas en un juego innoble
de muertes sin fin y resurrecciones.
Porque mueres a causa de cosas frívolas,
como un amor que inatajable se seca
o las trece sílabas que hacen un verso amargo
o por las sábanas destendidas y el turbio olor
que deja en tu cama un cuerpo ajeno y pasajero
o sólo por una palabra que oyes a destiempo.
Y resucitas por esa indolente resignación
a desangrar hechos y risas con desgano.
A tu alrededor, sin embargo, y a toda hora
hay muertos que mueren de verdad,
el aire huele a cosa sucia y podrida
y la vida se vive entre las balas y el abismo.
El miedo como un sol negro y derretido
se filtra en las habitaciones, ocupa los espejos.
El miedo, ese viento que cierra puertas y ventanas.
Hay rencor y hay asco en todas partes:
entre los platos de comida, sobre las almohadas,
a la hora de hablar de los recuerdos,
antes y después del buenos días, en los bostezos,
en toda esquina, ojo, instante, boca.
Y tú, infeliz sobreviviente de una muerte
que forma parte del paisaje como el aire
y que a todos al mismo tiempo manosea,
debes cada día confundir tu culpa.




Las sobras de arroz frío

Amo la tierna berenjena
de carne amarga y suave
y color de las grandes penas.
El curry me llevó a esos mundos
populosos, de gentes, de olores y de dioses.
La alcachofa, mi flor preferida,
se desviste, hoja a hoja,
sobre el plato y me ofrece su
corazón
que es dulce y se derrite.

Deliro con el cordero,
el recién nacido y cocinado en sus jugos
aromas y sustancias del campo
de Castilla.
Un sushi de mariscos misteriosos
me reveló los sofisticados ritos
de un pueblo que suspira con
las flores del almendro.

Mas es en mi ciudad, en mi casa,
en mi cocina y sin platos ni manteles
donde he conocido el placer verdadero.
Ya de noche y en silencio el mundo,
tomé de la nevera arroz blanco,
sobras de otros días,
apenas hervido con agua y aceite:
ahora perlas deslucidas, duras y secas,
heladas.
Y así pasaron de mi mano a la boca.
Y así gocé del simple,
vergonzante y oculto placer
que todas las cocinas guardan.