sábado, 22 de noviembre de 2014

El siglo de Oppenheimer de José Manuel Sánchez Ron

El siglo de Oppenheimer

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON 

Publicado en EL PAÍS - Opinión - 14-09-2004

Se cumple este año el centenario del nacimiento de Jacob Robert Oppenheimer (1904-1967), un hombre cuyo recuerdo todavía no se ha traspapelado en ese abigarrado almacén que es la historia, un físico brillante, aunque no de la talla de otros cuya memoria nunca llegó a enquistarse tanto en la cultura universal. Los motivos que explican este hecho son conocidos, pero recientemente han salido a la luz datos que dan a su historia, y a la de su tiempo, matices nuevos. Más aún, en esa historia se pueden encontrar tendencias de la ciencia del siglo XX, y de la política, que han aflorado de nuevo si es que alguna vez estuvieron ocultas en los últimos tiempos.


No fue Robert Oppenheimer un hombre perfecto, aunque se dieron en él una serie de circunstancias que explican su inmenso carisma. Neoyorquino de ascendencia judía, estudió física y química en Harvard, licenciándose en sólo tres años. Una vez graduado se trasladó a Europa, justo en los años en que en el Viejo Continente se acababa de alumbrar la mecánica cuántica, una teoría que no sólo cambiaría la física sino también el mundo. Permaneció allí cuatro años, estudiando con Rutherford (Cambridge), Born (Gotinga), Ehrenfest (Leiden) y Pauli (Zúrich). Ciertamente, sabía dónde encontrar la excelencia, una habilidad que le serviría bien cuando años más tarde le fue encomendada la tarea de dirigir un centro singular: el laboratorio de Los Álamos. 

De regreso a su patria compartió puestos docentes en la Universidad de Berkeley y en el Instituto Tecnológico de California. La década de los treinta y comienzos de los cuarenta fue, desde el punto de vista científico, la mejor época de su vida. Durante esa poco más de una década, Oppenheimer Oppie, para sus colegasprodujo magníficos trabajos en electrodinámica cuántica, física nuclear y de altas energías, y astrofísica. Fue, de hecho, uno de los que más hizo por introducir la física cuántica en Estados Unidos, en donde llegaría a prosperar con una fuerza, de la que careció en Europa, exhausta después de nutrir manantiales de odio y muerte. En ciencia fue un hombre de su tiempo. Pero también lo fue en el plano sociopolítico, en el que sus simpatías se inclinaron, en aquellos años, hacia la izquierda. Participó activamente en varios comités para ayudar a la República Española durante la Guerra Civil y frecuentó la compañía de organizaciones comunistas (su hermano Frank fue durante algún tiempo miembro del partido, y él se casó con la viuda de un comunista que murió mientras combatía en España). Sin embargo, nunca se demostró que él hubiese sido miembro del partido. 

Era inteligente, brillante, culto, atractivo, rico, además de altanero y orgulloso. En Berkeley, en donde Ernest Lawrence estaba creando la física de altas energías, con sus cada vez más grandes aceleradores de partículas, sus habilidades como teórico resultaban indispensables. No es sorprendente, por tanto, que en 1943 el general Leslie Groves que no ignoraba las relaciones que Oppenheimer había mantenido con organizaciones de izquierdas lo eligiese para dirigir el laboratorio de Los Álamos, la última pieza del Proyecto Manhattan, creado para construir bombas (atómicas) de poder nunca antes imaginado. No decepcionó al general, como quedó patente en agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki. Pero para ello fueron necesarias no sólo sus conocimientos científicos, sino también una gran capacidad organizativa y habilidad para manejar a lo que seguramente constituyó la mayor concentración de la historia de primadonnas científicas. En este sentido fue un pionero de lo que después llegaría a ser frecuente: científicos eminentes que a partir de un cierto momento se convierten en organizadores, en "empresarios de la ciencia", con las inevitables consecuencias que ello conlleva en sus propias investigaciones. Un somero vistazo a la lista de publicaciones de Oppenheimer muestra que desde 1926 hasta 1942 escribió 64 artículos, ninguno entre ese último año y 1945, y únicamente cinco a partir de 1946. La "Gran Ciencia", la ciencia que reúne en proyectos de investigación centenares de científicos y técnicos y que requiere de enormes recursos económicos, la ciencia que cuenta entre sus elementos, además de los puramente científicos, otros relacionados con la política, la industria y la economía, necesita de Oppenheimers. Por eso, al recordar el centenario de su nacimiento, podemos decir que su ejemplo marcó en la ciencia un siglo: el siglo de Oppenheimer. 


Convertido en un héroe nacional después de agosto de 1945, comenzó entonces una nueva etapa de su vida. Una etapa que finalmente haría de él un miembro del reducido panteón en que se encuentran científicos que fueron víctimas de la opresión y la intransigencia. Aunque separados por cuatrocientos años, Galileo y Oppenheimer son, probablemente, las figuras más destacadas de este ejemplar colectivo. En el caso de Galileo el opresor fue la Iglesia romana, mientras que en el de Oppie fueron todos aquellos que en Estados Unidos deseaban beneficiarse, frente a la Unión Soviética, del poder nuclear con el que inesperadamente se habían visto dotados. Los militares del Pentágono, por supuesto, formaban parte de ese grupo, pero no sólo ellos, también personajes tan poderosos como el siniestro director del FBI, Edgard Hoover, el senador Joseph McCarthy y el influyente Lewis Strauss, miembro y luego director de la Comisión de Energía Atómica (CEA), agencia que monopolizaba todo lo referente a la energía nuclear, y científicos, entre los que ninguno sobresalió más que Edward Teller. 


El problema es que Oppenheimer llegó a la convicción de que no tenía sentido embarcarse en una carrera de armamento nuclear, buscando más y más poderosas bombas, como la bomba de hidrógeno, la "súper". Y su opinión no era la de cualquiera, sino la del "padre de la bomba atómica", de alguien que figuraba en los comités más importantes que aconsejaban sobre asuntos nucleares. Cuál era su opinión aparece expresada claramente en un informe que, en nombre del Comité Asesor de la CEA que dirigía, envió el 17 de agosto de 1947 al secretario de Guerra: "Creemos que la seguridad de nuestra nación", como algo opuesto a su habilidad para infligir daño a una potencia enemiga, "no puede residir completamente o incluso fundamentalmente en su capacidad científica o técnica. Debe basarse sólo en hacer que las guerras futuras sean imposibles. Es nuestra unánime y urgente recomendación... que se lleven a cabo todos los acuerdos internacionales necesarios para lograr tal fin". Cuando en 1949 la Unión Soviética hizo estallar su primera bomba atómica, fueron muchos en Estados Unidos los que vieron en el desarrollo de la "súper" la única medida para combatir a los soviéticos. Oppenheimer se esforzó por retrasar los trabajos en semejante dirección con el fin de intentar llegar a un acuerdo con la Unión Soviética para renunciar a esa arma, pero el presidente Truman decidió dar luz verde a la fabricación de la bomba. 

En semejante escenario, acaso hubiese sido prudente que Oppenheimer retornase a la vida académica, pero aunque tras el final de la guerra retomó algunas de sus actividades universitarias en California, desde el principio las alternó con constantes viajes a Washington DC, para asistir a los comités en que figuraba. Al director del Departamento de Física de Berkeley le confesó que echaba de menos los corredores de poder de Washington. De hecho, cuando, a comienzos de 1947, se le ofreció la dirección del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, la aceptó, contento de instalarse en un lugar cercano a la capital federal, ocupado en tareas organizativas. Tenía razón Teller, el científico que más y con más dureza combatió a Oppie, cuando respondió a la célebre frase de éste, de que los físicos habían "conocido el pecado" debido a la bomba atómica, señalando que lo que los físicos habían "conocido es el poder". Y, añado yo, entonces al igual que hoy ese poder les había gustado. No los culpemos por ello, pero tengámoslo en cuenta. 

La influencia que Oppenheimer ejercía, o podía ejercer, hizo que a partir de 1950 se intensificasen los esfuerzos para apartarlo del escenario político nuclear. El anuncio en febrero de que Klaus Fuchs, miembro (de origen alemán) de la delegación británica que había trabajado en el Proyecto Manhattan, acababa de confesar que había pasado secretos atómicos a la Unión Soviética, ayudó en este sentido. Inmediatamente, el 9 de febrero, el senador McCarthy declaraba que poseía una lista con más de 200 nombres de comunistas que se habían infiltrado en el Departamento de Estado, e iniciaba su famosa caza de brujas política. En marzo, Oppenheimer declaraba ante un Comité Conjunto que ahora era "un decidido anticomunista, cuyas antiguas simpatías por causas comunistas le habían inmunizado contra más infecciones".

No bastó con esto, sin embargo. Ni tampoco con que el 1 de noviembre de 1952 se llevase a cabo con éxito la primera explosión termonuclear estadounidense. La persecución a la que fue sometido tanto por Strauss, nombrado por Eisenhower director de la CEA, como por Hoover, dio como fruto que el 3 de diciembre de 1953 el presidente ordenase que se estableciese una barrera entre Oppenheimer y los secretos atómicos. Ahí podía haber terminado todo, más aún habida cuenta de que el último vínculo que unía a Oppie con la Administración en asuntos atómicos expiraba en junio de 1954. Habría bastado con no renovarselo. Sin embargo, una vez más, no era suficiente: era preciso demostrar a otros el riesgo que asumían si se enfrentaban a ellos, a los que sólo podían imaginar un futuro seguro bajo el escudo de miles y miles de bombas nucleares. Y así fue como Oppenheimer terminó ante una Junta de Seguridad de Personal de la CEA, ante la que fue interrogado, al igual que otros, amigos y enemigos, entre el 12 de abril y el 6 de mayo de 1954 para juzgar sobre su lealtad. El 27 de mayo una mayoría (2 frente a 1) de esa junta emitió su recomendación. Merece la pena recordar uno de sus pasajes centrales: "No creemos que lo que hemos encontrado... proporciona una completa y automática respuesta a la cuestión que se nos planteó... Por una parte, no existe evidencia de deslealtad. De hecho, tenemos delante de nosotros muchas responsables y positivas evidencias de la lealtad y amor por su país del individuo concernido. Por otra parte, no creemos que se haya demostrado que el doctor Oppenheimer esté libre de sospecha en lo que se refiere a conducta, carácter y asociación. Podemos en conciencia, creemos, concluir nuestra difícil tarea con una breve, concisa, recomendación: no pueden existir obstáculos para la seguridad nacional, que en tiempos de peligro debe ser absoluta, y sin concesiones a razones de admiración, gratitud, recompensa, simpatía o caridad. Cualquier duda que surja debe resolverse a favor de la seguridad nacional. El material y evidencia presentado a esta junta deja dudas razonables con respecto al individuo al que concierne. No podemos, por consiguiente, recomendar que se le devuelva la autorización de acceder a secretos". 

Lo peor de todo es que, aunque escritas hace ya medio siglo, estas palabras no han sido guardadas, con vergüenza, en el cajón más oculto de la historia. Continúan vigentes hoy, a la vista de todos: en, por ejemplo, la base estadounidense de Guantánamo, en donde, en aras a una supuesta "seguridad nacional", centenares de personas han sido la mayoría continúan allí retenidas sin disponer de las más mínimas garantías jurídicas. Y también en el muro que Israel ha levantado en Palestina, al igual que en todos esos aeropuertos norteamericanos, en los que la sospecha se impone sin consideración a las posibles humillaciones que se puedan producir en el camino. 

No es sorprendente, claro, que con semejantes recomendaciones, el 29 de junio la propia CEA decidiese retirar a Oppenheimer el permiso a acceder a secretos atómicos, justo un día antes de que tal permiso expirase. 

Robert Oppenheimer fue acusado y condenado, en una mera "audiencia", o "vista", sin ninguna potestad legal, no por haber pasado información a otros países, por haber sido o no comunista, sino por sus opiniones. El delito de opinar en contra de lo que otros pensaban. En el camino quedaron todo tipo de iniquidades. Durante 11 años, violando la legalidad, el FBI abrió su correo, controló sus llamadas telefónicas, instaló micrófonos ocultos en su despacho y en su casa, y siguió todos sus movimientos. Y no sólo fue él. Entre 1947 y 1952 casi cinco millones de personas fueron investigadas en Estados Unidos. Del 99,5% de ellas no existía nada sospechoso en sus historias previas.

Los Teller, Lawrence, Strauss, McCarthy, Hoover, al igual que sus compañeros de viaje soviéticos hacia las entrañas de la destrucción nuclear, ganaron finalmente la partida a los Oppenheimer, Bethe o Sajarov: cuando la Unión Soviética se desmoronó en 1991, entre ella y Estados Unidos habían fabricado en torno a 125.000 armas nucleares. Eisenhower tuvo tiempo de darse cuenta del peligro que representaba una alianza entre ciencia y política como la que había conducido al final político de Oppenheimer, al que él también había contribuido. Lo demuestran unas frases de su discurso de despedida al abandonar la presidencia en 1961, cuando sus sinceros esfuerzos por lograr un acuerdo permanente que prohibiese las pruebas nucleares había quedado en prácticamente nada. "Al respetar la investigación y los descubrimientos científicos", manifestó entonces, "debemos también estar alertas al peligro igual y opuesto de que la política pública pudiera ser capturada por una élite científico-tecnológica". Tras lo cual añadía lo que es, ciertamente y hasta la fecha, una sabia recomendación: "La tarea del estadista es conformar, equilibrar e integrar estas y otras fuerzas, nuevas y viejas, dentro de los principios de nuestro sistema democrático, dirigido siempre hacia las metas supremas de una sociedad libre"

viernes, 21 de noviembre de 2014

Níobe

NÍOBE 


Níobe, reina de Tebas, se enorgullecía de muchas cosas. Anfión, su esposo, había recibido de las Musas la magnífica lira a cuyo son se acoplaron por si mismas las piedras de las murallas tebanas; su padre, Tántalo, había sido huésped de los dioses; y en cuanto a ella, era soberana de un dilatado reino y estaba dotada de un alto espíritu y majestuosa belleza. Pero de nada se ufanaba tanto como del número de sus hijos, catorce, lozanos todos y de los cuales la mitad eran varones y la otra mitad hembras. Así era Níobe teñida por la más feliz de las madres, y lo hubiera sido de no haberse considerado ella como tal; pero la conciencia de su propia felicidad la perdió. 

Un día, la profetisa Manto, hija del adivino Tiresias, movida por inspiración divina, salió a las calles de Tebas llamando a las mujeres a honrar a Latona y a sus hijos gemelos, Apolo y Ártemis. Invitólas a adornarse el cabello con coronas de laurel y a entregarse a piadosas plegarias entre el humo del incienso. Cuando las tebanas acudían al punto de reunión, presentóse Níobe, en medio de un regio séquito y vestida de ropajes entretejidos de oro. Radiante de belleza cuanto lo permitía su enojo, movía la cabeza majestuosa y el cabello, colgante a ambos lados de los hombros. De pie en medio de las mujeres que, a cielo abierto, se ocupaban en los ritos del culto, recorrió con orgullosa mirada el círculo de las congregadas y les habló así: 

-¿No estaréis locas al honrar así a dioses que sólo conocéis de oídas, cuando moran entre vosotras seres aun más favorecidos por el Cielo? Si eleváis altares a Latona, ¿por qué mi nombre divino queda sin incienso? Y sin embargo mi padre fue Tántalo, el único mortal que jamás se sentara a la mesa de los dioses; mi madre Dione, hermana de las Pléyades que brillan en el firmamento como rutilante constelación; uno de mis antepasados es Atlante, el poderoso, que sostiene sobre su espalda la bóveda celeste; mi abuelo es Zeus, padre de los dioses; hasta los pueblos de Frigia me obedecen, y a mí y a mi marido nos rinden vasallaje la ciudad de Cadmo y sus murallas, levantadas al son de la lira. En mi palacio, cada estancia me muestra inmensos tesoros; a todo esto se une un rostro digno de una diosa y un enjambre de hijos como ninguna otra madre puede ostentar: siete hermosas hijas y siete vigorosos hijos, a los que pronto se sumarán yernos y nueras. ¡Decid, pues, si tengo o no motivos para sentirme orgullosa! ¿Os atreveréis todavía a preferirme a Latona, la oscura hija de Titanes, a quien la amplia Tierra le negó un día espacio donde traer al mundo los hijos que había engendrado de Zeus, hasta que la isla flotante de Délos le ofreció su inseguro asiento, compadecida de la mísera errante? Allí fue madre de dos niños, la infeliz: ¡la séptima parte de los que constituyen mi dicha materna! Soy feliz, ¿quién puede negarlo? Y seguiré siéndolo. La diosa de la Fortuna tendría demasiado que hacer si se propusiera destruir todo cuanto poseo. Aun suponiendo que me arrebatase alguna cosa, aunque me quitara algunos hijos, ¿cuándo esta cifra se verá reducida a la ínfima pareja de “gemelos de Latona? ¡Dejaos, pues, de sacrificios, fuera el laurel de vuestras frentes! ¡Dispersaos, volved a vuestras casas y no os dejéis engañar nunca más por semejantes desatinos!.

Las mujeres, asustadas, quitáronse de la cabeza las guirnaldas Y, dejando los sacrificios sin terminar, entráronse en sus casas para propiciarse con sus mudas oraciones a la divinidad ofendida. 

Desde la cumbre del Cinto, en Délos, Latona, rodeada de sus hijos, observaba, con sus ojos de diosa, lo que sucedía en la lejana Tebas. 

—¡Mirad, hijos: yo, vuestra madre, que tan orgullosa me siento de haberos dado la vida, que no ce ¿a excepto Hera, soy víctima de la difamación de una insolente mortal, y me veré arrojada de mis antiguos y sagrados altares si no acudís en mi ayuda, hijos míos! ¡Si, también a vosotros os denuesta Níobe, también os pospone a su tropel de hijos! 

Disponíase Latona a añadir súplicas a sus palabras, pero Febo, interrumpiéndola, dijo: 

—¡Deja las quejas, Madre!, no hacen sino demorar el castigo. 

Asintió su hermana a sus palabras, y envolviéndose ambos en un manto de nubes y surcando los aires con rápido vuelo, poco tardaron en alcanzar la ciudad y el castillo de Cadmo. Extendíase ante sus muros un vasto campo raso, no destinado al arado, sino a los juegos y carreras de caballos y carros. Precisamente en aquel momento estaban solazándose allí los siete hijos de Anfión: unos montaban briosos corceles, otros se ejercitaban en la lucha libre. El mayor, Ismeno, firme sobre su montura, hacíale describir círculos, tirante el freno en la boca espumeante, cuando de repente: 

—¡Ay de mí! —exclamó, y, traspasado el corazón por una flecha, suelta la brida de sus inertes manos mientras resbalaba lentamente por el flanco derecho del caballo. 

Hermano Sípilo, que caracoleaba a su lado, habiendo oído en el aire el silbido del proyectil, echó a huir a rienda suelta, semejante al timonel que recoge en las velas el más leve soplo de viento para correr a ponerse a salvo en el puerto. Pero un venablo, rasgando la atmósfera con fuerte zumbido, le alcanzó; vibró el asta en lo alto de su nuca al clavársele el hierro desnudo y traspasarle el cuello. Resbalando por las crines del caballo cayó al suelo el jinete mortalmente herido, y tiñó la tierra con su cálida sangre. Otros dos —llamábase uno Tántalo, como su abuelo, y el otro Fédimo— se hallaban fuertemente enlazados, pecho contra pecho, ejercitándose en la lucha, cuando volvió a resonar el arco y una saeta los atravesó a ambos, unidos como estaban. Ambos exhalaron a la vez un suspiro y retorciendo los dolientes miembros por el suelo y revolviendo los ojos extintos de luz, rindieron el alma jadeando entre el polvo. El quinto hijo, Alfenor, vio caer a sus hermanos. Golpeándose el pecho corrió a ellos para vivificar con sus abrazos sus gélidos miembros, pero sucumbió también en su piadosa acción, pues Febo Apolo le envió el hierro mortal al fondo mismo del corazón: al querer extraérselo, salieron con el aliento la sangre y la entraña del moribundo. A Damasictón, el sexto de los hijos, jovenzuelo delicado de largos rizos, acertóle una flecha en la rótula y, al inclinarse para sacarse con la mano el inesperado proyectil, penetróle otro, hasta las plumas, por la abierta boca hasta el cuello y un chorro de sangre salió proyectado como un surtidor del fondo de su garganta. El último y más joven de los hijos, Ilioneo chiquillo aun, que lo había presenciado todo, cayó de rodillas y, levantando al cielo los brazos, comenzó a orar: 

-¡Oh, dioses todos, perdonadme la vida! 

El propio terrible arquero se sintió conmovido, pero ya la flecha no podía volver al arco. El muchacho se desplomó, si bien víctima de herida menos dolorosa, que apenas le atravesó el corazón.

La nueva de la catástrofe se difundió muy pronto por la ciudad. El padre, Anfión, al oír el horrible mensaje, se traspasó el pecho con su acero. Los lamentos de los criados y del pueblo entero no tardaron en llegar al gineceo. A Níobe costóle mucho tiempo comprender lo espantoso de la tragedia; resistíase a creer que los celestiales tuviesen tantas prerrogativas, que se atreviesen a tanto; pero muy pronto no le fue ya posible la duda. ¡Ah!, ¡qué distinta era la Níobe de ahora de la de antes, la que había ahuyentado al pueblo de los altares de la poderosa divinidad y cruzado las calles de la ciudad con la cabeza orgullosamente levantada! A aquélla la habían envidiado hasta sus amigos más queridos; ésta inspiraba compasión a sus propios enemigos. Precipitose al campo y arrojándose sobre los fríos cadáveres, distribuía sin orden sus últimos besos entre los hijos. Luego, alzando al cielo los desfallecidos brazos, exclamó: 

—Cébate ahora en mi aflicción, sacia tu corazón rencoroso, ¡oh, cruel Latona! La muerte de estos siete hijos me hunde en la tumba. ¡Triunfa, victoriosa enemiga! 

Entretanto habían acudido sus siete hijas, todas vestidas de luto, y, los cabellos al viento, permanecían inmóviles llorando a sus hermanos caídos. Al verlas, un rayo de maligno gozo pasó por el rostro pálido de Níobe. Imprudente, dirigiendo al cielo una mirada de escarnio, exclamó: 

—¿Victoriosa? No, pues en mi desgracia me queda más que a ti en tu dicha. ¡Aun tras de tantos cadáveres soy yo quien se lleva la victoria! 

Había terminado apenas, cuando se oyó un rumor como el de la cuerda de un arco al distenderse. Todos quedaron aterrorizados, excepto Níobe; el infortunio la había vuelto inconmovible. De repente, una de las hijas se llevó la mano al corazón y, arrancándose una flecha que acababa de herirla, desplomóse sin sentido, inclinando la cabeza sobre el hermano que yacía más cerca. Otra de las hermanas corrió hacia la desdichada madre con ánimo de confortarla; pero, alcanzada a su vez por un dardo invisible, enmudeció bruscamente. Una tercera cae al salir huyendo, y otras sucumben sobre la que expira. Sólo la última restaba; habíase refugiado en el regazo de su madre y se estrechaba contra él, cubierta por los pliegues de sus ropas. 

¡Déjame siquiera esta última! —clamó Níobe, implorante, dirigiéndose al cielo—, ¡sólo la más niña de tantas! 
Pero mientras formulaba su ruego, la tierna criatura se abatía sobre su regazo y Níobe quedaba sola en medio de los cuerpos sin vida de su esposo, hijos e hijas. El dolor la había dejado rígida; el aura no le movía ni un cabello; el rostro, exangüe; los ojos inmóviles en las doloridas mejillas; ni sombra de vida aparecía en todo su cuerpo: las venas se paralizaron y el pulso dejó de latir; torciose el cuello, el brazo tuvo un último gesto;, el pie dejó de moverse; sus mismas entrañas se habían tornado fría roca. Nada vivía ya en ella, aparte las lágrimas que rodaban inagotables de los pétreos ojos. Entonces una poderosa ráfaga de aire arrancó la piedra y, llevándola por los aires al otro lado del mar, depositóla en la vieja patria de Níobe, Lidia, en las desiertas montañas, entre los acantilados del Sípilo. Allí quedó clavada Níobe, en forma de marmórea roca, en la cumbre del monte y todavía hoy siguen fluyendo sus lágrimas del mármol. 

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A


Anselm Grün explica el significado psicológico de este mito en "Portarse bien con uno mismo", que se halla recogido en otra etiqueta del blog:

Aventureros, arribistas los hay también en la espiritualidad. Hay hombres que se fijan altos ideales, que borrachos de experiencias espirituales creen que pueden llegar cada vez más alto, que pueden situarse cada vez más cerca de Dios y sentir sólo a Dios. También hay gente joven que hacen demasiado pronto planteamientos muy extremos. Tienen experiencias espirituales y están tan entusiasmados que se olvidan de la vida que eliminan. Echan un tupido velo sobre sus sombras y sin duda alguna son absorbidos por ellas. Hay jóvenes que piensan que si optan por Cristo y se convierten, nada podrá sucederles, ninguna crisis se interpondrá en su camino. La fe les ayudará en esta tarea. Estos aventureros del cielo se saltan su propia realidad, está claro que no se toman en serio su propio cuerpo. Se olvidan de que no sólo son hijos del cielo, sino que son también hijos de la tierra. Sólo podemos subir hasta Dios si tenemos el valor de bajar a lo más hondo de nuestra realidad, a la oscuridad de nuestras sombras. La opción por Dios que hemos hecho en nuestra juventud tenemos que mantenerla en los altibajos del día a día y de las distintas etapas de la vida y ratificarla permanentemente, instante tras instante.

Niobe es otro paradigma de la autodestrucción. «Niobe estaba orgullosa de lo que había recibido en regalo de los dioses sin mérito alguno por su parte. Estaba orgullosa de su prudencia y de su belleza. También lo estaba de su padre Tántalo, que era amigo de los dioses y participaba en sus banquetes celestiales. Y también de su marido, a quien las musas le habían dado el arpa mágica, a cuyo toque se habían construido las murallas del castillo real de Tebas. Pero de lo que más orgullosa estaba era de sus catorce hijos; sus siete fuertes hijos y sus siete hermosas hijas llenaban de alegría su corazón. Se consideraba la más feliz de todas las madres y de todas las mujeres. Pero este orgullo le trajo la perdición» (Schwab). Cuando las mujeres tebanas quisieron adorar a la diosa Leto y a sus gemelos Apolo y Artemisa, las incitó a que la adoraran a ella y a sus catorce hijos porque se lo merecía mucho más que Leto que sólo tenía dos. Esto provocó la ira de la diosa. Entonces ésta, con la ayuda de sus dos gemelos, la aniquiló junto con sus catorce hijos e hijas. «Sola y profundamente encorvada, la antes orgullosa Niobe se sentó en medio de los cadáveres de sus niños. Su sufrimiento era enorme y estaba como petrificada. Se convirtió en una piedra, pero sus lágrimas no cesaban. Brotaban sin cesar de sus ojos de piedra, que antes habían mirado orgullosos la belleza y la felicidad de su familia. Un huracán levantó la piedra por los aires y la llevó secuestrada a la patria de Niobe, a los montes de Lidia. Todavía se la puede ver allí entre los peñascales, en rocas de mármol con rostro humano. De sus ojos fluyen lágrimas sin fin. Y nadie puede consolarla».

Niobe no está en sí. No siente su vida, sino que está orgullosa de lo que ha recibido sin mérito por su parte, a saber, de su padre, de su marido y de sus hijos. Construye su vida sobre otros hombres. Se define por sus hijos, por su belleza, por lo que tiene. No se apoya en sí misma, no tiene identidad alguna, está vacía y aburrida. Su identidad Je viene de lo que tiene. Quien no recorre el camino hasta lo más hondo de su alma para conocerse y para descubrir la imagen de Dios que hay en él, queda excluido de la vida. No tiene acceso a sí mismo y por eso tampoco puede acceder ni a la vida ni al amor.

La autodestrucción puede verse también en otra postura de Niobe. Niobe se compara con la diosa Leto y cree que al tener tantos hijos y tan hermosos se merece la adoración como diosa mucho más que ella, que sólo tiene dos gemelos. Esta comparación le hace muy difícil vivir. «La necesidad de compararse se debe a ideas que la alejan del instante», afirma Schellenbaum (Schellenbaum). Esta necesidad de compararse se observa en nuestro lenguaje coloquial. En él todo tiene que ser «super». «La necesidad de compararse hace que sea imposible una relación fluida con los demás y empuja al aislamiento. Es como si el sentido de la vida viniera de fuera». El que se compara con otros, siempre cojea de alguna pierna. Porque siempre hay Jtij vaJores y cerrar los ojos ante la riqueza de los otros. Niobe no tiene en cuenta que Leto es una diosa. Lo único que ve es que sólo tiene dos hijos frente a los catorce que ella ha traído al mundo. Le es imposible ver lo que vale Leto porque está ciega y tiene unos celos enormes. La necesidad de compararse lleva con frecuencia a utilizar un lenguaje realmente exagerado. «En nuestra vida todo tiene que ser ‘super’. ¿Dónde está, pues, lo pequeño, lo insignificante, lo que no llama la atención? Y sobre todo, ¿cuántos rivales tenemos que poner fuera de combate para seguir siendo ‘super’?».

Como Niobe sólo se afirma desde fuera porque sólo se define comparándose con otros, no puede soportar el dolor que le infligen los dioses. También el dolor le viene de fuera. No es cosa suya y por tanto poco podrá cambiarla. No puede manejar el dolor, porque el dolor es lo que la identifica. Se petrifica. La necesidad de compararse y de valorarse la conducen a destruirse a sí misma, a petrificarse. Del rostro petrificado de Niobe fluyen ininterrumpidamente lágrimas. Pero estas lágrimas no son en ella signos de vida, sino muestras palpables de su vacío interior. Las lágrimas pueden transformar el dolor en vida, incluso en alegría. Pero las lágrimas de Niobe, que fluyen como automáticas de sus ojos, son signos de muerte. El rostro que muestra mis simpatías y mis antipatías está petrificado. Mis ojos se han puesto rígidos, ya no pueden mirar a nadie a los ojos. Quien vive de compararse con los demás, tiene sus ojos ciegos. No pueden ver nada porque sólo miran siempre hacía uno mismo.

Estos son algunos ejemplos de héroes griegos. Los filósofos griegos tenían razón cuando interpretaban alegóricamente las historias de los dioses y de los héroes, cuando veían en ellas un profundo significado. Las leyendas griegas muestran los éxitos y fracasos de la vida humana. Como los cuentos de tiempos posteriores, rebosan sabiduría. A través de los héroes a que nos hemos referido, todos los cuales fueron castigados por sus erradas actitudes ante la vida, las leyendas nos muestran algunas formas de autodestrucción, que también ahora podemos ver a menudo en nuestro mundo. Nos dicen cómo acaba el hombre que se construye sólo con sus fuerzas, que quiere controlar y tener todo en un puño, que no deja de compararse con los demás, que se mantiene tercamente en las decisiones que tomó una vez y sólo se define desde fuera.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Tántalo. Significado simbólico según Paul Diel.

TÁNTALO 
El tormento de Tantalo

Tántalo, hijo de Zeus, reinaba en Sípilo, Lidia, y era extraordinariamente rico y famoso. Si jamás los dioses olímpicos habían honrado a un mortal, éste era Tántalo. En consideración a su elevada alcurnia le distinguieron con su íntima amistad y, finalmente, le permitieron comer a la mesa de Zeus y escuchar cuanto los inmortales hablaban entre sí. Pero su humano espíritu, lleno de vanidad, no supo mantenerse a la altura de aquella felicidad sobrehumana y comenzó a faltar a los dioses de muy diversas maneras. Revelaba a los mortales los secretos de los olímpicos; robaba de su mesa néctar y ambrosía y repartía el producto de su latrocinio con sus compañeros terrenales; escondió el precioso perro de oro que otro sustrajera del templo de Zeus, de Creta, y al reclamarlo el dios, negó él bajo juramento haberlo recibido. Finalmente, en el colmo ya de la insolencia, invitó a los dioses a un banquete, y, para poner a prueba su omnisciencia, mandó sacrificar a su propio hijo Pélope y aderezarlo y servirlo a la mesa. Sólo Deméter, sumida en dolorosas cavilaciones por el rapto de su hija Perséfone, comió una paletilla del horrible manjar, mientras los demás dioses, dándose cuenta de la atrocidad, echaron en un caldero los miembros descuartizados del muchacho y la parca Cloto les dio nueva vida con renovada belleza. El omóplato consumido se reemplazó por uno de marfil. Tántalo había colmado la medida de su maldad y los dioses lo arrojaron al Hades, donde fue sometido a terribles tormentos. Estaba en un estanque cuya agua le llegaba hasta la barbilla, y sin embargo sufría una sed devoradora, sin poder jamás alcanzar el líquido que tan cerca tenía. En cuanto se agachaba para llevar la boca hasta el agua, secábase ésta y el oscuro suelo aparecía a sus pies; parecía como si un demonio hubiese vaciado el lago. Padecía además de un hambre crudelísima. Detrás de él, en la orilla del estanque, elevábanse magníficos frutales, cuyas ramas se curvaban sobre su cabeza. Cuando se incorporaba, reflejábanse en sus pupilas jugosas peras, manzanas de roja piel, relucientes granadas, apetitosos higos y verdes olivas; pero no bien trataba de cogerlas con la mano, soplaba un viento tempestuoso y repentino que levantaba las ramas hasta las nubes. A este suplicio infernal uníase un constante terror de la muerte, puesto que había una roca enorme suspendida en el aire sobre su cabeza y que amenazaba desplomarse a cada momento. Así aquel ofensor de los dioses, el desalmado Tántalo, se vio condenado a sufrir un triple y eterno martirio en los infiernos. 

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A




TÁNTALO 

según Robert Graves

La ascendencia y el origen de Tántalo son motivo de discusión. Su madre era Pluto, hija de Cronos y Rea, o, según dicen algunos, de Océano y Tetis l; y su padre Zeus o Tmolo, el dios con corona de roble del monte Tmolo que, con su esposa Ónfale, gobernaba en el reino de Lidia y había juzgado el certamen entre Pan y Apolo . Sin embargo, algunos llaman a Tántalo rey de Argos o de Corinto; y otros dicen que fue al norte desde el monte Sípilo en Lidia para gobernar el país de Paflagonia, de donde, por haber incurrido en la ira de los dioses, fue expulsado por el frigio Ilo, a cuyo hermano menor Ganimedes había raptado y seducido.

Por su esposa Eurianasa, hija del dios fluvial Pactolo; o por Euritemiste, hija del dios fluvial Janto; o por Clitia, hija de Anfidamante; o por la pléyade Dione, Tantalo fue padre de Pélope, Níobe y Bróteas. Sin embargo, algunos llaman a Pélope bastardo, o hijo de Atlante y la ninfa Linos.

Tántalo era amigo íntimo de Zeus, quien lo admitía en los banquetes de néctar y ambrosía del Olimpo, hasta que la buena suerte le trastornó la cabeza, reveló compartirlos con sus amigos mortales. Antes que se descubriera este delito cometió otro peor. Habiendo invitado a los olímpicos a un banquete en el monte Sípilo, o quizás en Corinto, Tántalo descubrió que los alimentos que tenía en la despensa eran insuficientes para los invitados y entonces no se sabe si para poner a prueba la omnisciencia de Zeus, o simplemente para poner de manifiesto su buena voluntad, despedazó a su hijo Pélope y agregó los pedazos al guisado preparado para los dioses, como habían hecho los hijos de Licaón con su hermano Níctimo cuando agasajaron a Zeus en Arcadia. Todos los dioses reconocieron lo que tenían en el plato, y lo rechazaron con horror, todos menos Deméter, quien, trastornada por haber perdido a Perséfone, comió la carne de la paletilla izquierda.

Por estos dos delitos fue castigado Tántalo con la ruina de su reino y, después de su muerte por la mano de Zeus, con el tormento eterno en compañía de Ixión, Sísifo, Ticio, las Danaides y otros. Ahora cuelga, consumido perennemente por la sed y el hambre, de la rama de un árbol frutal que se inclina sobre un lago, pero cuando se inclina para beber retroceden y no dejan más que el negro cieno a sus pies; o, si alguna vez logra recoger un puñado de agua, ésta se desliza entre sus dedos y lo único que consigue es humedecer sus labios agrietados, quedándose más sediento que antes. El árbol está cargado de peras, manzanas brillantes, higos dulces, olivas y granadas maduras, pero cada vez que tiende la mano para tomar un fruto suculento una ráfaga de viento lo pone fuera de su alcance.

Además, una piedra enorme, un risco del monte Sípilo, sobresale por encima del árbol y amenaza eternamente con aplastar el cráneo de Tántalo. Este es su castigo por un tercer delito: el robo, agravado con el perjurio. Un día, cuando Zeus era todavía un infante en Creta y le amamantaba la cabra Amaltea, Hefesto le hizo a Rea un mastín de oro para que guardara al niño; este mastín llegó a ser luego el guardián de su templo en Dicte. Pero Pandáreo, hijo de Merope, nativo de la Mileto lidia, o quizá cretense —si, en verdad, no era efesio— se atrevió a robar el mastín y lo llevó a Tántalo para que lo custodiara en el monte Sípilo. Cuando terminó la alarma causada por el robo, Pandáreo pidió a Tántalo que le devolviera el mastín, pero Tántalo juró por Zeus que nunca había visto ni oído hablar de un perro de oro. Cuando este juramento llegó a oídos de Zeus, ordenó a Hermes que investigara el asunto, y aunque Tántalo siguió perjurando, Hermes recuperó el perro por la fuerza o mediante una estratagema, y Zeus aplastó a Tántalo bajo un risco del monte Sípilo. Todavía se muestra el lugar cerca del lago Tantálido, guarida de cisnes-águilas blancos. Más tarde, Pandáreo y su esposa Harmótoe huyeron a Atenas, y de allí a Sicilia, donde perecieron miserablemente.

Según otros, sin embargo, fue Tántalo quien robó el mastín de oro y Pandáreo aquel a quien lo confió y quien, por haber negado que lo había recibido, fue destruido, juntamente con su esposa, por los dioses airados, o convertido en piedra. Pero las hijas huérfanas de Pandáreo, Mérope y Cleotera, a las que algunos llaman Camiro y Clitia, fueron criadas por Afrodita con cuajadas, miel y vino dulce. Hera las dotó con belleza y una sabiduría más que humana; Ártemis las hizo altas y fuertes; Atenea las instruyó en todas las artes manuales conocidas. Es difícil comprender por qué estas diosas mostraron tal solicitud, o eligieron a Afrodita para que ablandará el corazón de Zeus con respecto a esas huérfanas y arreglara buenos casamientos para ellas, a menos, por supuesto, que hubieran animado a Pandáreo para que cometiese el robo. Zeus tuvo que haber sospechado algo, pues mientras Afrodita estaba encerrada con él en el Olimpo, las Harpías se apoderaron de las tres muchachas con su consentimiento y las entregaron a las Erinias, quienes les hicieron sufrir sustitutivamente por los pecados de su padre.

Este Pandáreo fue también el padre de Aedón, esposa de Zeto, a quien dio como hijo Itilo. A Aedón le atormentaba la envidia que sentía por su hermana Níobe, quien gozaba del amor de seis hijos y seis hijas, y cuando trató de matar a Sípilo, el mayor de ellos, mató por error a Ítilo; Zeus la transformó inmediatamente en un ruiseñor que, a comienzos del verano, lamenta todas las noches a su hijo asesinado.

Después de castigar a Tántalo, Zeus se dio el placer de resucitar a Pélope; para ello ordenó a Hermes que recogiera los miembros y los volviera a hervir en la misma caldera, sobre la cual pronunció un hechizo. Entonces la Parca Cloto los rearticuló; Deméter le dio una paletilla de marfil, para sustituir a la que había comido, y Rea le insufló la vida, mientras Pan danzaba alegremente.

Pélope salió de la caldera mágica revestido con una belleza tan radiante que Posidón se enamoró de él al instante y lo llevó al Olimpo en un carro tirado por caballos de oro. Allí le nombró su copero y compañero de lecho, como Zeus posteriormente nombró a Ganimedes, y le alimentó con ambrosía. Pélope advirtió por primera vez que su hombro izquierdo era de marfil cuando se desnudó el pecho para llorar a su Níobe. Todos los verdaderos descendientes de Pélope están marcados de ese modo, y después de su muerte la paletilla de marfil fue guardada en Pisa.
Robert Graves
Los mitos griegos
Alianza editorial



De:
EL SIMBOLISMO EN LA MITOLOGÍA GRIEGA 
PAUL DIEL 
EDITORIAL LABOR. S.A. 

El mito de Tántalo permite medir en toda su profundidad este tema de fábula: simbolización de la elevación y la caída. 

En la historia de Tántalo que precede al mito propiamente dicho, la alternancia nerviosa se encuentra indicada. Tántalo nos muestra, no viviendo más que para la justificación de sus deseos corporales, aquello que lo conduce al exceso del crimen, del asesinato. A esta desgracia, sucede un estado de elevación excesivo que, en razón de su exaltación malsana, precipita la caída definitiva. El mito propiamente dicho se contenta con simbolizar el exceso de la aspiración final y de su negación. La avidez del alma que busca la intensidad de la vida al paroxismo, ya sea en la perversión o en la sublimación, testimonia la existencia de un impulso vital excesivamente grande. El desencadenamiento de los deseos corporales que precede al movimiento de elevación se encuentra frecuentemente en la historia de los hombres que han aspirado a la más perfecta de las purificaciones llegando hasta el deseo de santidad. 

En el mito de Tántalo la elevación última no es más que una tentativa impotente como la de Icaro para quien la sola aproximación de la región sublime es fatal. Tántalo, gracias a la profundidad de su arrepentimiento, logra aproximarse a la región sublime: transformándose en un «amado de los dioses». 

Las divinidades —como cualesquiera otros personajes míticos— son símbolos de significado oculto. Ni el mito de Tántalo ni ningún otro mito pueden ser traducidos sin que se deje traslucir claramente la significación del simbolismo más frecuente y mas importante. 

Las divinidades simbolizan las cualidades idealizadas del hombre. La expansión de sus cualidades es acompañada por alegría; su destrucción engendra angustia, inhibición, impotencia, tormento. Los mitos simbolizan tales hechos psicológicos diciendo que las divinidades recompensan o castigan. El hombre debe luchar contra sus inclinaciones perversas con el fin de desarrollar sus cualidades y obtener alegría. En sus combates simbólicos, las divinidades aparecen ayudando al hombre o prestándole armas. Pero lo que en realidad viene en su ayuda son sus cualidades mismas (simbolizadas por la divinidad propicia y las armas otorgadas por ella). En el plano de los conflictos del alma, la victoria es debida a la fuerza inherente al hombre. Por eso podemos decir que, en el plano esencial, la justicia es inherente a la vida. Las divinidades se transforman así en la expresión simbólica de la legalidad esencial de la vida y de su justicia inherente. A causa de la frecuente intervención de las divinidades en los mitos, no nos será posible retornar a esta significación, motivo por el cual debe ser comprehendida de una vez y para siempre. 

El mito de Tántalo, el conflicto psíquico, no está simbolizado por un combate contra el monstruo. La intervención de las divinidades tiene, sin embargo, también aquí una significación simbólica, y el simbolismo que hace del héroe un «amado de los dioses» significa que Tántalo, gracias a la amplitud de su arrepentimiento, se eleva hacia la región sublime, recobra sus propias cualidades y se reconcilia así con las divinidades que son sus cualidades, figuradas en una forma perfecta e ideal. En este sentido nada es más justo que decir —tal como lo hace el mito— que Tántalo es el invitado de los dioses. Que es su comensal, que se nutre de néctar y ambrosía, símbolos ambos de espiritualización (verdad) y de sublimación (amor). 

A la elevación real no puede suceder una caída más que si tal elevación se manifiesta por un estado de exaltación imaginaría: la vanidad. El mito cuenta que Tántalo finaliza por no contentarse ya con ser el invitado y amado de los dioses. Enardecido por su éxito y olvidado de su condición de mortal y de sus límites, Tántalo se exalta hasta querer ser igual a las divinidades, puros símbolos del espíritu. 

Con el fin de comprender el estado de alma simbolizado por el mito de Tántalo y, por lo mismo, de analizar su traducción, es preferible comenzar antes que por el desarrollo de los símbolos, por la explicación psicológica del estado simbolizado. 

El hombre que aspira a la espiritualización-sublimación no es el mismo ser a cada instante de su vida, ni debe necesariamente querer vivir sin cesar en la esfera sublime simbolizada por la morada de las divinidades en el mito griego, el Olimpo. Basta que sepa «bajar a tierra», es decir, que se digne satisfacer la necesidad de sus deseos «terrestres», de sus deseos corporales. La falta de Tántalo es precisamente la de alimentar el proyecto insensato de abdicar completamente de su condición «terrestre», el intentar permanecer siempre como «invitado de los dioses», de considerar como indigno el retorno a la tierra, el querer ser «un dios entre los dioses». 

La imaginación espiritual, la visión del objetivo sublime, que constituye la fuerza de Tántalo arrepentido y que ha hecho de él «el amado de los dioses», se exalta transformándose así en imaginación perversa, en vanidad. Tántalo, en estado de exaltación vanidosa, exagera su deseo esencial y disimula sus deseos corporales. Es la falta esencial cometida por todos los nerviosos, la culpa vanidosa que, en el mito de tipo «Tántalo», se manifiesta en su más alto grado de peligro y audacia. 

En la medida en que los deseos espirituales y los deseos corporales correspondan a un deseo natural, unos y otros son conciliables: únicamente la exaltación los hace contradictorios. Al exceso de perversión corresponde un hastío excesivo que corre el riesgo de engendrar un exceso de sublimación. Siendo todo estado de elevación insuficiente, permanece aguijoneado hasta el exceso por la persistencia del desencanto, y de esta culpabilidad exaltada surgirá finalmente el deseo de sublimidad exaltada: la vanidad de querer ser purificado de todo deseo corporal, de querer realizar el ideal perfecto de elevación, el ideal que sobrepasa las fuerzas disponibles. De este estado, caracterizado tanto por la exaltación excesiva del deseo esencial como por la inhibición excesiva de los deseos corporales, nace el desdeño total del cuerpo y sus deseos más naturales. En los períodos dominados por ese desdeño, la vanidad triunfante hace de las suyas. El individuo no se contenta con imaginarse purificado, alucina también con la santidad hasta el delirio. Pero el menosprecio no es más que la forma negativa de la exaltación de los deseos: revela un nexo obsesivo con su objeto. Sobrecargados por el desprecio, los deseos corporales no se disuelven en la sublimación: si lo fueran, no provocarían ninguna fuerza exaltante: no más atrayente que repelente en todo caso. De este modo, no disueltos, los repugnantes deseos corporales se vuelven atrayentes. La alucinación de lo sublime se agota y cede lugar a la invasión alucinada de los deseos reprimidos. A la más elevada vanidad, tanto alucinada como definitiva, corresponde la caída más honda en el tormento terrible de la culpabilidad. 

Una de las empresas más vanas con el fin de escapar a ese balancearse peligroso entre la exaltación de los deseos corporales y la exaltación espiritual, consiste en intentar eliminar los deseos corporales por medio del ascetismo; lo que puede considerarse como el intento de anular y castigar (e inclusive de destruir, de matar) al cuerpo impuro, presa de los deseos carnales. Sin embargo, ausente la suficiente fuerza de sublimación, no existe más que un solo camino para escapar de la destrucción completa —inclusive de las fuerzas disponibles—liberar al espíritu de su exaltación y aceptar el cuerpo. El ensayo vano y obsesivo de salvar al psiquismo (el alma), girando la amenaza de destrucción hacia el cuerpo, por el ascetismo, no hará más que acelerar la llegada del «castigo» final: la abolición de toda fuerza física, la impotencia que ya no alcanza a obtener ninguna satisfacción real de sus deseos alucinados. 

Esa forma excesiva de la vanidad culpable, la falsa santidad, es, ya veremos, el tema del mito de Tántalo. 

Debemos señalar que el ideal de la cultura griega no es la santidad. El santo es el ideal de otros ciclos míticos tales como el hindú o el cristiano. De acuerdo con el sentido oculto de esos mitos, el santo (el hombre simbólicamente divinizado) ha vencido los deseos corporales en verdad y en la realidad pero también, y especialmente, en la imaginación. Habiéndolos disuelto, ya no conoce más su tentación. La energía, sustraída de los deseos múltiples, está enteramente a su disposición. Todas las fuerzas se concentran en él, desprendiéndose del mundo del cual ya no desea nada, pero precisamente por haberse desligado de todos los nexos afectivos permanece todavía unido al mundo gracias al puente más intenso: el del afecto sublimado, el del amor objetivado, la bondad. La cultura cristiana es un paso evolutivo que sobrepasa la cultura griega por medio de la creación del ideal del santo. La tentativa vana, expresada en el mito griego de Tántalo, es en el mito cristiano una realización. En términos simbólicos: la carne se hace espíritu, el hombre deviene dios (precisamente lo que Tántalo hubiera querido ser); o, para emplear las inversiones simbólicas por las cuales el mito cristiano manifiesta sus relaciones: «El espíritu se hizo carne», «Dios se hizo hombre». 

La cultura griega que precede a la era cristiana no tiene como ideal la santidad, sino la armonía entre todas las pulsiones en expansión, tanto espirituales como corporales: el justo medio. Pero será desconocer totalmente el desarrollo de la cultura griega pensar que ella fue la realización completa de ese ideal. Permaneció tan separada de él como la cultura cristiana todavía lo está del suyo. 

Precisamente porque los griegos no han alcanzado la visión clara y más elevada del ideal simbólicamente expresado por el mito cristiano no podían ver en el deseo de purificación perfecta más que su aspecto negativo: el peligro de una excitación malsana en la esfera de lo espiritual. Su visión mítica advierte justamente ese conflicto; no expresa sino el peligro de ver rota la armonía de las pulsiones, perdiéndose así su justa medida. 

Se trata de revelar detalladamente cómo la simbolización del mito griego expresa y condena, en la historia de Tántalo, esa falsa santidad, que no es más que una exaltación sentimental hacia el espíritu. 

El mito cuenta que Tántalo, admitido a la mesa de los dioses y queriendo igualarlos, los invita a su vez a un festín prometiéndoles delicias desconocidas. Tántalo mata a su hijo (Pélope) y lo sirve a la mesa de los dioses, queriendo saber si las divinidades se darán cuenta de lo servido. 

De acuerdo con este simbolismo, Tántalo reemplaza la comida habitual de los dioses, el alimento del espíritu, por la forma más abyecta de alimentación terrestre. En la historia real de Tántalo, su hijo se llama Pélope. En el relato significativo de su vida, expresado en el simbolismo mítico que hace de Tántalo una figura representativa de la vida humana en general, su hijo, Pélope, debe tener también una significación simbólica. Pues ¿quién es el hijo mítico del hombre, de todo hombre? 

Como la alimentación que las divinidades sirven al hombre en estado de elevación tiene un significado oculto, simbolizando la alegría de espiritualización-sublimación, el alimento que el hombre, queriendo ser igual a los dioses —mortal en elevación vanidosa— les convida, debe tener también él una importancia psíquica que no puede ser sino lo inversa de la significación sublime. La comida abyecta que Tántalo sirve a los dioses será así su propia perversión. 

Podemos decir, en efecto, de todo hombre en estado de elevación vanidosa, que toma sus cualidades perversas por cualidades sublimes, es decir, que «ofrece a las divinidades» su perversión pensando que tal ofrenda pueda ser considerada como sublime. 

Se ha señalado ya que las relaciones de parentesco entre las divinidades y el hombre simbolizan el grado de espiritualización. Ya que, en tanto ser espiritual, teniendo cualidades espiritualizadas, el hombre es, simbólicamente hablando, «el hijo» de la divinidad (es específicamente hijo de tal divinidad que simboliza tal característica del héroe mítico). Si, por su deseo de espiritualización, el hombre se transforma simbólicamente en «hijo de dios», el hombre es, inversamente, el «padre» de los deseos corporales. El simbolismo de «hijo del hombre» significa entonces los deseos corporales, los deseos que atan el hombre a la tierra, los deseos terrenales. Acechando al cuerpo, a la carne, se denominan, por consecuencia simbólica, deseos carnales. Los deseos corporales se simbolizan así por «hijo carnal» o por «la carne del hijo». El «hijo asesinado» significa los deseos terrestres psíquicamente aniquilados, perversamente eliminados: la negación de su existencia. El «hijo asesinado, servido a la mesa de los dioses», simboliza la exaltación vanidosa a su nivel máximo; el rechazo de todo goce terrestre, rechazo debido al convencimiento erróneo de poder transformar así la alegría negada en alegría sublime, la perversión en cualidad espiritual, «sirviendo» así al ideal del espíritu, a las «divinidades». Sin embargo, los deseos reprimidos no están realmente muertos, pues continúan alimentando, el psiquismo: pero están transformados en perversión; constituyen un alimento abyecto: Tántalo ama secretamente sus deseos carnales (su «hijo»), lo ama de una manera exaltada y, a pesar de «matarlo» en sus deseos reprimidos, sigue convencido de que se trata de un alimento delicioso. Pero quisiera al mismo tiempo liberarse de la malsana ambivalencia que acompaña inseparablemente la del amor exaltado de los placeres corporales: el tormento de la culpa. Está, a pesar de su amor por ese «hijo mítico» (los placeres), dispuesto a sacrificarlo. Si ofrece a las divinidades ese alimento abominable es porque, queriendo igualarlas y no pudiendo hacerlo, trata de rebajarlas a su nivel. Espera que ese alimento, hasta entonces desconocido de los dioses, les gustará, o por lo menos que los dos estados, lo sublime y lo perverso, confundidos por su vanidad y sin embargo discernidos por su culpabilidad, pasen inadvertidos por los dioses. Espera que las divinidades no reconozcan lo comido, que gocen del manjar y lo feliciten. 

Ese pasaje simbólico expresa así la perversión de Tántalo y su tentativa culpable por liberarse (del hijo muerto), señalando la forma perversa que adquiere su vanidad (el hijo asesinado, en la mesa de los dioses). Expone de este modo el estado psíquico que resulta de tal perversión: el desgarramiento entre la vanidad y la culpabilidad, la incertidumbre que busca justificarse. El manjar, el hijo asesinado, siendo una falsa purificación ofrecida a las divinidades, su aceptación por éstas como símbolo de la pureza ideal— simbolizaría la absolución vanamente buscada: el apaciguamiento completo de la culpabilidad, la justificación suprema de la purificación falsa y vanidosa. A fin de captar toda la amplitud de la simbolización, es importante señalar que Tántalo no sacrifica solamente su perversión, lo cual sería su verdadera sublimación. Su proyecto de ser igual a los dioses lo incita a una elevación exaltada, empujándolo a matar a «su hijo», los deseos naturales. Sucumbe a la perversión por la exaltación hacia lo sublime. Todo hombre debería sacrificar la tentación exaltada de las pulsiones corporales. Pero sacrificar el deseo natural de las pulsiones es sobrepasar la condición humana, es aspirar a ese grado supremo de sublimidad que se halla designado por el simbolismo «divinización». (El mito griego —ya lo hemos dicho, pero habrá que repetirlo— no incluye esta posibilidad suprema de la naturaleza humana, centro del mito cristiano.) 

Desprovisto Tántalo de su fuerza de realización, su aspiración recae al nivel de la imaginación exaltada, transformándose en una perversión más peligrosa todavía que la exaltación de los deseos corporales. Se trata de la perversión del espíritu en su forma más decisiva: la vanidad llevada a su paroxismo. 

Tal es la falta de Tántalo. 

Se debate vanamente contra la condición humana; sacrifica su «hijo», los deseos naturales. Lo mata para ofrecerlo a los dioses; pero su ofrenda no es más que embuste. No sacrifica en sí mismo al espíritu perverso, sino que mata solamente su cuerpo, mortificando su carne (el hijo del hombre) en lugar de ofrecer su alma purificada (el hijo de dios).

Pero las divinidades no se dejan engañar. Reconocen la blasfemia. Saben distinguir el espíritu verdadero del espíritu falso, el alimento sublime de la alimentación perversa. 

Solamente una divinidad se deja engañar. Es Deméter, diosa de la tierra nutricia, diosa que ofrece los frutos de la tierra, los goces naturales, la satisfacción de los deseos justificables frente al espíritu. Ella puede equivocarse, ya que lo que se le ofrece son los deseos naturales, cosa que ella ama. Ella «ama» al «hijo del hombre», a la carne, a los goces terrestres, los frutos de la tierra, ya que su función simbólica es la de ofrecerlos. Pero no puede sino dejarse engañar provisionalmente; ya que muy pronto percibe que lo que está comiendo es el fruto corrupto, la carne mortificada, el goce terrestre, su propio don, pero negado y sacrificado por desprecio. Horrorizada, devuelve lo que se le ha ofrecido. Y Zeus restablece el orden de la naturaleza, deseosa de que viva «el hijo del hombre», el deseo natural, resucitando así a Pélope. 

Tántalo, culpable, es castigado. 

Lo expulsan del Olimpo, es arrojado fuera de la esfera del espíritu. Ha rechazado, no por su sublimación sino por exaltación perversa, las satisfacciones vitales y elementales que los dioses reservaban a todo hombre, y son las divinidades quienes le niegan para siempre las alegrías sublimes y espirituales para las cuales sus facultades estaban excepcionalmente dotadas. Es precipitado en las profundidades subterráneas, símbolo del subconsciente, míticamente llamado Tártaro (Infierno), región de la culpabilidad rechazada, del tormento sin fin, región de la desesperación donde el hombre culpable debe expiar. 

El mito nos muestra a Tántalo, condenado a estar subido a un árbol cuyos frutos están al alcance de la mano, mientras sus pies se hunden en el agua. Cuando tiende la mano para coger los frutos éstos desaparecen, y cuando se inclina a beber, el agua se retira. 

¿Cuál es la significación “psicológica de esa imagen del castigo? A toda exaltación hacia el espíritu sucede la caída. Según su sentido oculto, el castigo no es más que la consecuencia del estado psíquico de Tántalo. La primera parte del mito simboliza la aventura loca; la situación final simboliza la explosión de la locura manifiesta. El ascetismo no es la única forma malsana que adopta la exaltación del espíritu en su máximo punto de ruptura. A la destrucción ascética del cuerpo corresponde la disociación delirante de la psique; al rechazo excesivo de los deseos corporales responde la explosión alucinante. Esa ley psíquica se observa con más frecuencia que en otras manifestaciones en el delirio místico, dividido en dos estados distintos: uno eufórico (vanidad delirante), estado mediante el cual el enfermo se representa el cielo abierto y se ve elevado a la altura del espíritu (simbólicamente hablando se cree un invitado de Dios); y el estado atormentado (culpabilidad alucinante) mediante la cual el enfermo se cree condenado para siempre por el espíritu, siendo el más indigno de los hombres, y excluido de toda satisfacción. 

El castigo al cual es condenado Tántalo por el veredicto de «la divinidad ultrajada», por la «sentencia» del espíritu de la vida, por la ley psíquica, es el más justo que pueda existir: trata de la simple ilustración de la legalidad de la vida y de su justicia inherente. Tal castigo no es más que otro aspecto del crimen cometido: cuando el individuo se entrega a la loca aventura de una elevación que rebasa el límite de sus fuerzas, cuando se excede más allá del margen de sus fuerzas con el fin de exaltar sus deseos espirituales, no le queda más energía para satisfacer sus deseos naturales. Esa es la ley secreta del ascetismo. El hombre cree cometer la acción más sublime (igualarse a la divinidad), y no es más que la víctima de una obsesión malsana. 

El agua que se retira y los frutos que se escapan son los símbolos claros de una pérdida del sentido de lo real, símbolo de la imaginación impotente en estado de alucinación. La alucinación ofrece a Tántalo los frutos y el agua, elementalmente necesarios para calmar el hambre y la sed. Pero cuando trata de tomarlos, no puede hacerlo; las promesas alucinantes no son más que fantasmas, y su mano busca vanamente. El agua y los frutos, la satisfacción de su sed y de su hambre le son al mismo tiempo que alucinantemente prometidos, realmente prohibidos por su espíritu ascético, por el espíritu de esa vida que él no anima y que, a fuerza de exaltación vanidosa, no se manifiesta más que bajo la forma del tormento y de la inhibición, bajo la máscara de la culpabilidad exaltada: el insaciable que, por exaltación vanidosa, no ha sabido contentarse con el alimento sublime que los dioses han querido ofrecerle, tampoco puede, por culpabilidad exaltada, coger el alimento terrestre y corporal. El símbolo del castigo (los frutos que se evaporan) tiene así la misma significación que el símbolo del crimen (el hijo asesinado). Aquí —como en casi todos los mitos— parece que la perversión y el castigo son una y la misma cosa. La culpa es el castigo. La intervención de la divinidad no es más que un símbolo entre otros, indicador de la falta cometida o la falta obviada y su consecuencia: la deformación malsana o la sana formación del psiquismo. El funcionamiento legal actúa inevitablemente por sí mismo, por sus propios medios. En el mito de Tántalo, los símbolos del castigo, el agua y los frutos que se rechazan son la repetición final y la demostración del tema central del mito: la impotencia corporal y espiritual, consecuencia de la exaltación imaginativa. 

Pues los símbolos finales no solamente expresan el vano delirio de la sed y el hambre corporales, sino que contienen también el otro aspecto de la locura manifiesta: el enloquecimiento impotente del espíritu que ya no encuentra satisfacción alguna más que por medio de la alucinación. El agua, gracias a su cualidad refrescante y purificadora, es el símbolo constante de la espiritualización-sublimación (que se ha vuelto inaccesible), y los frutos que se evaden de las manos del culpable castigado no son solamente el símbolo del alimento corporal, sino que representan también la obra espiritual. Simbolizan los «frutos» que la sublimación debería producir, los frutos del frustrado esfuerzo espiritual. Todos los frutos de su esfuerzo espiritual se le escapan al hombre malsanamente exaltado, a Tántalo. Su castigo es lo contrario de lo que su exceso frente a la intensidad de la vida había querido obtener: es la esterilidad definitiva del espíritu que penetra la sombra de la locura. 


Después de la traducción del mito de Tántalo puede ser interesante hacer notar con mayor precisión el paralelismo (señalado antes, por lo demás) y también la diferencia que existe entre este mito griego y ciertos aspectos del mito cristiano. 

El hijo asesinado recuerda el sacrificio. Mejor dicho, el sentido simbólico del sacrificio y el renunciamiento a los bienes terrestres por amor al espíritu (la divinidad). De este modo, el simbolismo del «hijo asesinado» se encuentra en los mitos de todos los pueblos. Por no citar más que un ejemplo: cuando Abraham se dispone a sacrificar a su hijo, un ángel (intuición sublime) le revela que el único sacrificio valioso es la purificación del alma y de toda exaltación en ella, purificación cuyo símbolo más constante es el animal inocente, el cordero (el hecho de que el hombre a sacrificar se haya reemplazado por el animal indica al mismo tiempo la purificación de las costumbres que corresponde a la transformación evolutiva de las tribus de cazadores en tribus de pastores). 

En el mito judeocristiano el padre mítico de todos los hombres y Dios único, es símbolo de la idealización perfecta del espíritu. La madre mítica, por el contrario, es la tierra, el mundo manifiesto, el mundo sensible simbolizado en el mito griego por Deméter (terra-mater), y en el mito cristiano por la madre-virgen: María. En tanto el mundo sensible permanezca inocente (virgen), en la medida en que no haya sido vanidosamente exaltado, encuéntrase justificado frente al Dios-Espíritu. Únicamente la revuelta vanidosa (la promesa de la serpiente) puede herir el mundo de los sentidos (los deseos). Es así como en el mito cristiano, el símbolo del mundo inocente y bueno, de la madre mítica, María, es representado con frecuencia sobre la esfera terrestre destruyendo con su pie a la serpiente. 

Míticamente hablando, todo hombre es «hijo de dios». Es hijo de madre y padre míticos, hijo del espíritu y de la tierra. Los héroes míticos son más especialmente los «hijos de dios»: el espíritu, herencia del padre mítico, actúa en ellos; pero los deseos corporales no están menos presentes, ni los deseos terrenales, producidos por la madre mítica. De ahí el peligro de exaltación y, por lo tanto, los conflictos típicos del hombre, simbolizados por los combates que debe llevar a cabo el héroe. 

Para un desarrollo consecuente de la imaginación simbólica, el héroe del mito cristiano es representado como hijo de la tierra virgen, María, y del Espíritu Santo. Así se convierte en el vencedor definitivo del conflicto interior. Estando los deseos terrenales perfectamente disueltos, su energía se espiritualiza. Los goces corpóreos se convierten realmente y sin exaltación vanidosa en alegría sublime. Ese sacrificio último de los deseos múltiples es igualmente expresado por el símbolo del «hijo asesinado». Sin embargo, en virtud de la victoria realizada, el «hijo sacrificado» ya no significa el rechazo de algo sino quien sacrifica su «hijo» a la divinidad, sino que es «Dios» quien unió del siguiente modo. Gracias a su purificación perfecta, el héroe del mito cristiano —siendo un hombre real— se ha convertido en un «igual» del símbolo «divinidad»: es simbólicamente divinizado, es decir, que se ha convertido en la manifestación real de la cualidad ideal de la cual la divinidad es símbolo. Tal cualidad para seguir siendo el ideal exigido (simbólicamente hablando: Dios «quiere»), debe lograr que su «hijo» simbólico, el hombre real, resista hasta en la muerte el asalto del mundo perverso sin dejarse caer en la perversión. Expresado en el plano simbólico: Dios-Hijo se sacrifica a los hombres, mostrando, gracias a su invencible fuerza de sublimación, el camino de la salvación. 

Pero la analogía simbólica entre el mito griego y el mito del Nuevo Testamento es todavía más profunda. No concierne solamente al contraste entre la elevación vanidosa de Tántalo y la elevación sublime del mito cristiano, sino que toca también al simbolismo de la caída que (narrada en el Antiguo Testamento) precede a la elevación perfecta y sublime, de modo que la analogía se extiende así hasta el mito judaico. 

Satán, el espíritu caído (simbólicamente: el ángel caído), quiso —como Tántalo— igualarse a la divinidad. Como Tántalo es expulsado del cielo (lugar simbólico de la alegría) siendo precipitado en el infierno (lugar simbólico del tormento). Como Tántalo, Satán simboliza la exaltación imaginativa. Pero, y aquí se da la diferencia fundamental entre las dos culturas, el mito griego sigue siendo una aparición singular e individual, mientras que en el mito judeocristiano el ángel caído simboliza al espíritu del Mal. No es solamente la ilustración aislada del destino de la imaginación exaltada; es la personificación de esa función psíquica, pues simboliza la culpa y la caída del mundo entero. El principio psicológico del Mal (la exaltación vanidosa) se convierte en el plan simbólico en el príncipe del Mal, el demonio que, en forma de serpiente (vanidad), promete a Adán (símbolo de la humanidad) igualarlo a Dios. La diferencia más importante y más significativa entre el mito griego y el mito judeocristiano reside en el hecho de que Satán no incita a rechazar el fruto y a rebelarse contra el espíritu, sino a comer el fruto y rebelarse contra el «Espíritu-Dios». Pero la diferencia no es más que aparente, pues —psicológicamente hablando las exaltaciones inversas están ambivalentemente ligadas y terminan por fundirse en una misma significación. El rechazo exaltado de los deseos terrenales, de los «frutos», conduce —como lo muestra el castigo de Tántalo— los deseos a la exaltación alucinada de éstos mismos a su insaciabilidad: al deseo –aunque impotente— de coger el «fruto» (la invitación de la serpiente-Satán). El mito cristiano agrega al mito judío de la caída la explicación simbólica del estado de elevación perfecta, realmente alcanzado por el héroe (en la redención). El mito griego —precursor en ese sentido incompleto— ignora la visión del estado de elevación en su más alto grado y en su forma más perfecta; se conforma con expresar el horror que, comparado con su ideal de armonía, le inspira el exceso de elevación vana, impotente e insaciable que, en verdad, no es más que la caída mito de Tántalo. 

Mediante el mito de Perseo, la cultura griega, logra simbolizar la elevación sana y armónica, conforme a su ideal de equilibrio entre las pulsiones.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Meditación. De Mello.

UNA LLAMADA AL AMOR
CONSCIENCIA - LIBERTAD - FELICIDAD


Presentación

Las meditaciones que contiene este libro no son ninguna especie de nuevas doctrinas, sino las "memorias" de un místico que tuvo el valor de ver la realidad y que, como consecuencia de ello, vivió lleno de compasión y amor por todos los seres y todas las cosas y se deleitaba "con todo y con nada". en cierto sentido, el libro tiene algo de autobiográfico, porque refleja la dolorosa trayectoria que tuvo que recorrer Tony en los últimos años de su vida para renunciar a cualesquiera sistemas de creencias, ideologías, fórmulas e inclinaciones y acceder a la vida, al amor, a la felicidad y estar solo. El libro versa ante todo, sobre el amor, y los obstáculos al mismo: apegos, instintos, deseos, sistemas de creencias...; en una palabra: sobre los condicionamientos y el modo de liberarse de ellos y conseguir ver, conseguir amar.

No es de esperar que todo el mundo esté de acuerdo con Tony; puede que muchos no quieran ver lo que él quiere hacer ver. Tony es consciente de que muchos prefieren los muros de su prisión a la libertad que hay fuera de ellos; y de que otros no querrían más que mejorar las condiciones de dicha prisión. Él esperaba, eso sí, que algunos tuvieran el valor de evadirse de su encarcelamiento para ver la realidad y resultar transformados por semejante visión. También sabía que otros le acusarían de mirarlo todo desde una perspectiva excesivamente personal e ignorar las dimensiones sociales y estructurales de la realidad. Pero Tony no era ciego a dichas dimensiones; lo que ocurre es que estaba más interesado en ofrecer y propugnar una actitud fundamental necesaria para todos (reformadores de la sociedad, revolucionarios, cristianos, hindúes, ateos...): una actitud muy parecida al nishkama karma de la tradición india, o lo que él llamaba la mística de las acciones no lucrativas, indispensable para cualquiera que desee contribuir a la construcción de una sociedad más justa y humana.

Por supuesto que el libro adolece de cierta dosis de repetitividad; pero las repeticiones son inevitables si no se quiere sacrificar algunas de sus valiosísimas intuiciones. de ahí que el texto haya sido conservado tal como Tony lo dejó, a excepción de algunas levísimas correcciones. Aun a riesgo de provocar controversia, hemos decidido ofrecer al público estas meditaciones, porque estamos convencidos de su extraordinario valor, no porque preveamos que hayan de concitar el entusiasmo de sus seguidores. de todos modos, tal vez algunos tengan el valor de tomárselas en serio.... y consigan ver.

JOSEPH MATTAM S.J.

Ahmedabad, 4 de enero de 1991

MEDITACION 1


"¿De qué le sirve al hombre ganar 
todo el mundo si pierde su vida?"

(Mt. 16,26)

Recuerde la clase de sentimiento que experimentas cuando alguien te elogia, cuando te ves aprobado, aceptado, aplaudido... Y compáralo con el sentimiento que brota en tu interior cuando contemplas la salida o la puesta del sol, o la naturaleza en general, o cuando lees un libro o ves una película que te gusta de veras. Trata de revivir este último sentimiento y compáralo con el primero, el producido por el hecho de ser elogiado. Comprende que este primer tipo de sentimiento proviene de tu propia "glorificación" y "promoción" y es un sentimiento mundano, mientras el segundo proviene de tu propia realización y es un sentimiento anímico.


Veamos otro contraste: recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando obtienes algún éxito cuando consigues lo que anhelabas, cuando "llegas arriba", cuando vences en una partida, en una apuesta, en una discusión. Y compáralo con el sentimiento que te invade cuando disfrutas realmente con tu trabajo, cuando de veras te absorbe por entero la tarea que desempeñas. Y observa, una vez más, la diferencia cualitativa que existe entre el sentimiento mundano y el sentimiento anímico.

Y todavía otro contraste más: Recuerda lo que sentías cuando tenías poder, cuando tú eras el jefe y la gente te respetaba y acataba tus órdenes, o cuando eras una persona popular y admirada. Y compara ese sentimiento mundano con el sentimiento de intimidad y compañerismo que has experimentado cuando has disfrutado a tope la compañía de un amigo o de un grupo de amigos con los que te has reído y divertido de veras.

Una vez hecho lo anterior, trata de comprender la verdadera naturaleza de los sentimientos mundanos, es decir, los sentimientos de autobombo y vanagloria, que no son naturales, sino que han sido inventados por tu sociedad y tu cultura para hacer que seas productivo y poder controlarte. Dichos sentimientos no proporcionan el sustento y la felicidad que se producen cuando contemplas la naturaleza o disfrutas de la compañía de un amigo o de tu propio trabajo, sino que han sido ideados para producir ilusiones, emoción... y vacío.

Trata luego de verte a ti mismo en el transcurso de un día o de una semana y piensa cuantas de las acciones que has realizado y de las actividades en que te has ocupado han estado libres del deseo de sentir esas emociones e ilusiones que únicamente producen vacío, del deseo de obtener atención y la aprobación de los demás, la fama, la popularidad, el éxito o el poder.

Fíjate en las personas que te rodean. ¿Hay entre ellas alguna que no se interese por esos sentimientos mundanos? ¿Hay una sola que no esté dominada por dichos sentimientos, que no los ansíe, que no emplee consciente o inconscientemente, cada minuto de su vida en buscarlos' Cuando consigas ver esto, comprenderás cómo la gente trata de ganar el mundo y cómo, al hacerlo, pierde su vida. Y es que viven unas vidas vacías, monótonas, sin alma...

Propongo a tu consideración la siguiente parábola de la vida: un autobús cargado de turistas atraviesa una hermosísima región llena de lagos, montañas, ríos y praderas. Pero las cortinas del autobús están echadas, y los turistas, que no tienen la menor idea de lo que hay al otro lado de las ventanillas, se pasan el viaje discutiendo sobre quién debe ocupar el mejor asiento del autobús, a quien hay que aplaudir, quién es el más digno de consideración... Y así siguen hasta el final del viaje.