jueves, 23 de enero de 2014

Joan Margarit


Joan Margarit nació en Sanaüja, en la comarca de la Segarra. Sus padres se casaron en julio de 1936 en Barcelona, pero la guerra civil española les obligó a retirarse a Sanaüja donde nació el poeta. Se dio a conocer como poeta en castellano en 1963 y en 1965. Después de un largo paréntesis de diez años, escribió “Crónica. A partir de 1980, inició su obra poética en catalán. Desde 1968, Margarit es catedrático, jubilado actualmente, de Cálculo de estructuras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Se define como poeta bilingüe en castellano y catalán. Por otro lado, desdeña las corrientes poéticas y considera que, fuera de la poesía, el hombre se encuentra a la intemperie, valorando al poeta como "el ser más realista, el más pragmático, porque bebe de la realidad. Lo que no es pragmático es la economía"


CIEN POEMAS: Nos dice José Agustín Goytisolo en la introducción a este poemario:
Poemas que prefiero: Nocturno en Cirene. Retorno de vacaciones, Era un dibujo, Tarde de lluvia, Joana, Torino 1950, Antes del alba, Amor y tiempo, Muchacha de madrugada, El significado de nuestro presente, Edad roja, Mujer de primavera, La partida, Peligros, El tiempo pasado, Principios y finales, Los motivos del lobo, Sueño de una noche de verano, Primer amor, Incitación a la posteridad, Poética, Final de recital, No tires las cartas de tu amor, Aventura doméstica, Los ojos del retrovisor, Horarios nocturnos, La libertad, Astápovo, Canción de la luna gris, El oráculo, Barcelona era una fiesta, Cosas en común, La educación sentimental, Imagen en un cristal.
El propio autor explica en su "Viaje poético" cual ha sido la trayectoria de su vida y de su poesía que, como él escribe, se confunden en un todo para formar este viaje. JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO


UN VIAJE POÉTICO

Los principios nada tienen que ver con los finales, se dice en uno de los poemas de esta antología. Es el conocido efecto del ángulo de tiro o de la precisión en astronomía: el hecho de que pequeñísimas desviaciones iniciales son la causa de errores que será muy difícil (si es que resulta posible) corregir. Así ocurrió con mi trayectoria literaria, que en sus primeros veinte años se desarrolló en zig-zag y estuvo llena de escapadas a calles sin salida. De «atzucacs», que decimos los catalanes con esta extraña palabra de resonancias más bien vascas o eslavas.
Arranqué como poeta hacia los veinte años —a finales de los 50— con un error inicial, la autodidáctica. Tuve -cómo no— una mala compañía, un entrañable ángel negro. Alguien que, como yo, salía habiendo tomado partido previo por la negación. Poner en evidencia todas las flaquezas y la pobreza (en comparación con nuestra ambición) de cualquier poema existente fue fácil y enardecedor, pues quien toma esta actitud acaba por identificar potencia destructiva con potencia creadora, dos asuntos que distan de tener algo que ver. Lo que había que hacer era justo aquello que quedaba después del derribo y que nosotros —yo al menos— sentíamos cercano y evidente. No había más que tomarlo.
Hace poco me surgió, entre un montón de viejas carpetas, una que contenía más de cien sonetos en castellano que no recordaba. Ninguno de ellos merece más que esta mezcla de admiración y sarcasmo con que solemos enfrentarnos a nuestro propio tiempo perdido. He trabajado .mucho para escribir los poemas de esta antología y los que han quedado fuera de ella. Ya sé que, en el territorio del arte, el esfuerzo no es garantía de nada (el público, sagaz, sigue creyendo en la inspiración). El esfuerzo es una condición necesaria, pero con ella se está a años luz de la condición suficiente, ya mucho más misteriosa. En cualquier caso, si alguna vez, en algún lugar, en catalán o en castellano, alguno de estos poemas es identificado como un buen poema, no me disgusta que, en lugar de ser fruto del favor del azar, lo sea de esta suma de equivocaciones, sentimientos heridos, entusiasmos tardíos y trabajos forzados que ha sido mi trayectoria poética. JOAN MARGARIT


LUCES DE LOS INSTANTES

LUCES de los instantes se apagan en ceniza
cuando nosotros, huéspedes, hemos de deshacer
el equipaje y no partir jamás.
Sobre la piel las horas depositan
despacio, un espesor de eternidad,
porque tras el futuro ha de volver
la vida como un hilo de agua helada
que en el deshielo recomienza el cántico.
Anna, hablo de ti y de largas playas
con la tristeza de la mar de invierno.
De cómo aquella niña que tú fuiste
dejó caer entre sus dedos
la arena de las horas pactadas con la muerte.
De la memoria, el texto queda escrito
en este friso de agua remota como el mármol
que anuncia el cielo azul de otros lugares
De ti queda la luz en mis manos vacías
y un signo muy sutil
borrado en los cristales empañados.
Y si hay, donde tú estás,
algún eco lejano de alegría,
es que el futuro está nutriéndose
en el presente con la claridad
de los muros de las afueras
y nuestro cavilar de caminantes.


ERA UN DIBUJO
(De Poema para un friso)

ERA un dibujo en un papel tan fino
que se lo llevó el viento.
Desde la alta ventana hasta muy lejos,
calles, el mar: el tiempo
que ya nunca podré recuperar.
Lo he buscado en las playas, en invierno,
cuando más pena dan los dibujos perdidos.
He seguido el camino de los vientos.
era el dibujo a lápiz de una chica.
Dios, cómo lo he buscado.


ULISES EN AGUAS DE ÍTACA

VAS llegando a la isla y ahora sabes,
el azar y vivir, qué significan.
Tu arco será de polvo en un estante.
polvo será el telar y cuanto teje.
Los pretendientes, que en el patio acampan,
son sombras que Penélope ha soñado.
Vas llegando a la isla: como el tiempo
a la Odisea, el mar bate a las rocas.
Nadie tejió nunca tu ausencia. Nadie
tampoco vino a destejer tu olvido.
Por más que, a veces, la razón lo ignore,
Penélope es la sombra de tu sueño.
Vas llegando a la isla: las gaviotas
cubren la playa v no moverán
cuando al pasar no dejes huella alguna,
pues tú no existes: eres la leyenda.
Quizá un lejano Ulises murió en Troya,
y quizá lo llorara una mujer,
pero en el sueño de un poeta ciego
sigues salvándote. Dentro de mí,
riguroso y eterno, cada amanecer
un solitario Ulises desembarca.

TARDE DE LLUVIA

SOBRE la alfombra color beige oscuro
se balancea un pie con media negra,
igual que en los sembrados un pájaro de invierno.
La curva delicada del talón
marca, despacio, el ritmo de la música.
Hay un temblor lejano
de niños en tus ojos, y una sombra
velada de inquietud en los cabellos.
La lluvia de una tarde de domingo
a veces se parece a nuestro epílogo.
Suntuosa la tristeza de tus manos
con anillos de plata, ahora indecisas
y en silencio después de las caricias.
En las cornisas, pájaros mojados
son restos de un recuerdo, entre hojarasca,
de la hija lejana, en el camino
de barro y niebla alrededor del lago.
Vence el tiempo al recuerdo, y breves charcos
parecen tu silencio. Anochece:
sólo cuando el destino se ha cumplido
no hay motivos de alarma.


JOANA


Así serías a los quince años.
más alta y más esbelta, los ojos con más luz,
sin tu expresión de ausencia, la frente despejada.
Podrías caminar, firme y estable,
y no te torcerías, con la espalda
doblegada quién sabe por qué pena.
Con manos bien formadas,
leerías, saldrías con amigos,
tu misma cuidarías de tus cosas
y viajarías sola.
De la realidad son parte nuestros sueños,
y en ocasiones yo siento una hija
cerca a la vez y extrañamente ausente
que me imagino bajo el mismo abrigo
de la pequeña Anna, que murió
hace ya muchos años. Las dos juntas
habláis dentro de mí mientras crecéis,
y sois, a veces, una que ha callado
para siempre o que en ti me está sonriendo
Joana, en el misterio de tu calma.


ANTES DEL ALBA

DURMIÓ de niño bajo el mismo cielo
que ahora lleva en sus ojos, este cielo
con estrellas paradas como iconos.
El día que aún no empieza es un tesoro
de instantes que jamás, al dispersarse,
podrá reunir de nuevo.
Mira hacia el patio oscuro
donde callan las hojas de la hiedra,
como en suspenso frente a la inminencia
de un futuro que está en el negro cielo.
Va encendiendo las luces; las ventanas
parecen cuadros de oro en la fachada,
un preludio del hilo azul y rosa
que cortará la oscuridad, un arma
sobre el silencio impenetrable
de las casas en pie junto a la calle.
Aurora a aurora edifica su muerte
y, en los muros, su voz; escucha absorto
la austera obscuridad en los cristales
y el grito de una garza en la azotea.
La afinidad del alba con la nada
trae el frío a sus ojos, y un recuerdo
desde otro tiempo se levanta en él
cuando, extinguidas todas las estrellas,
se desvelan las hiedras temblorosas.
Y va apagando luces, como ayer.
Y como hará mañana hasta que, un alba,
su mirada también se haya extinguido.


NOCTURNO

LOS fanales, las hojas de los plátanos
son de alguna novela que he olvidado.
Ella no está, pero la siento cerca
si miro el fondo amargo de las calles,
el resplandor de joya falsa
que tienen los semáforos. Conmigo
vive en los cuartos de la soledad:
yo podría sentir mis manos
con la justa medida de sus pechos,
pero aquello pasó, los perros vuelven
a la basura de mi frente.


AMOR Y TIEMPO

RECUERDA cuando aún desconocías
que la vida no tendría piedad contigo.
Amor y tiempo: el tiempo, que en nosotros
es la arena de un río que, despacio,
va cambiando la forma de la costa.
El amor, que ha copiado en tu mirada
la claridad de la isla del tesoro.
Sensual y solitaria, rodeada
por la sonora senectud del mar
y gritos militares de gaviotas.
El sueño o clandestino de un hombre ya maduro.

MUCHACHA DE MADRUGADA

DESDE el retrato oval en blanco y negro
me miras como a un huésped
en la cama del cuarto que fue tuyo.
Pero soy yo quien mira tu mirada
de mujer joven, mientras la campana
de este pueblo de la isla de Mallorca
me dice cómo huye la noche de verano.
Nos encontramos hace muchos años
en esta habitación
y cada día me parezco más
a tu ausencia, tú que fuiste
como las muchachas que hoy, cerca de aquí,
duermen en esta hora lenta, oscura.
Mi juventud
es sólo un carbunclo en la noche
de un hombre que mira tu retrato
y excava en el vacío otro vacío
bajo la cabecera de la que fue tu cama.


EL SIGNIFICADO DE NUESTRO PRESENTE

EL agua del puerto, si el poniente la irisa,
es nuestro recuerdo: una irreal
piel del pasado.
Un tono malva bajo los ojos nos habla
del cansancio moral,
de los plátanos sin hojas en los cristales del café,
de las conversaciones
trascendentes que ya no recordamos.
La heterodoxia se fue ensombreciendo
en el aura del dinero,
en las mujeres que nos despreciaron.
En tus ojos he visto
el fervor humanista por la nada
que aquel tiempo nos enseñó.
Y no busquemos nuestra juventud,
perdida entre filósofos germánicos
y profetas judíos.
Ahora en su lugar hay literatura,
aulas donde la gente es cada vez más joven.
Personajes a los que debemos escuchar
con el mismo asco de entonces.
Restos de una extinguida lucidez.
La amistad mantenida en un tiempo que cae
como una casa grande y solitaria

POÉTICA

AL ir tras la belleza estarás solo:
si la encuentras, se desvanece y deja
polvo de mariposa entre los dedos.
Perseguirás de nuevo el resplandor
que sabes dentro de ti, como el relámpago
que muestra fugazmente,
hasta el lejano horizonte, la realidad.


EDAD ROJA

TANTO tiempo para aprender que llegas tarde
al gran amor. Que nunca habrás vivido
ninguna edad de oro. Las rosas de Ronsard
nunca serán perfume en tu mirada
y el otoño no las deshojará
de lentos pétalos en los brazos de nadie.
Cubriste con el olvido los espejos
como se hacía en las casas de los difuntos.
No volverán las mujeres con las que,
por un fugaz momento de ternura,
cambiabas los años de soledad.
Porque la vida es ardiente en otoño,
en las horas de angustia no podrás
amar ni a la mujer que ya has perdido

EL DESPRECIO DE CALIPSO

LAS playas volverán a estar desiertas
igual que nuestro amor, pues desconfías
de lo que no entiendes, y te vendes
por las monedas viles del pasado.
No salvarían mi amor vulgares proezas.
Los perros devoran tus días.
Habrás perdido tu dignidad si pierdes
la hospitalaria luz del mito.
Y cuando tu valor se haya acabado
y quede en su lugar sólo la astucia,
nunca volverás a encontrar la isla.
La inventarás, entonces: junto a una mujer
cansada de aventuras, sólo dentro de ti
podrás hallar mi costa abrupta.


DESTRUCCIÓN

AHORA que está muerto, caído en el asfalto,
al pie de la alta y triste luz de los cristales
de algún hotel barato, puedes recordar
de sus últimos conciertos un maligno
sonido de trompeta, bellísimo, apagado.
Indiferente, Chet Baker estaba dentro
del foco, como si fuese la luz
de un bar desierto, al fondo de una calle siniestra.
El demonio soplaba aquella música.
Boca sin dientes, ojos cavernosos
y un anillo en la mano de esqueleto,
ya no tocaba para nadie: helado
por aquel frío de hoteles que llevaba en los ojos
soplaba el puro y cálido sonido del mal.

LA PARTIDA

DEFINITIVAMENTE se trata de mi otoño,
un tiempo de alianzas imposibles,
la edad roja de todos los peligros
para hombres maduros y chicas solitarias.
La edad del adulterio y el olvido
sin ninguna esperanza, la edad fría,
la partida final contra uno mismo.
Permanezco en la mesa sin esperar la suerte,
ya no cabe el azar en este juego.
Es el tiempo de hacer un solitario
con las cartas marcadas de la vida.


PELIGROS

EL poder de la inercia se opone a que te pares:
ella te lanza contra el parabrisas
y es igual su atracción
a la de las estrellas más lejanas.
Las palabras también
tienen este poder para atraerte
hacia lo que has escrito por lejano que sea.
Jamas, jamás escribas
sobre tu muerte ni sobre el suicidio:
Aunque parezcan débiles
-como débiles parecen las estrellas-
Te empujarán con fuerza las palabras
buscando su sentido.
No debes escribir más poemas de amor
a la desconocida,
pues ella te hablará desde tus versos
y caerás en la trampa de sus ojos.
Porque todo se acaba pareciendo
al nombre que soñamos
y hasta nosotros mismos
a las palabras que nos dio la vida.

EL TIEMPO PASADO

COMO un tanque, el camión de la limpieza
de madrugada asusta a las calles desiertas.
Mana el agua de bronce de la fuente,
paciente y solitaria como la mirada
del hombre que pasea con las manos
en los bolsillos.
Sigue extraños caminos, se detiene
en un banco vacío, junto a un árbol,
en una esquina, hasta llegar al estanque
donde ve una cabeza de perro reflejada
que con ojos tristísimos le está mirando.
Saca sus manos del bolsillo y, a la vez
que va haciendo girar entre sus dedos
un gastado collar, vuelve al portal.
Y se escucha el rumor tranquilo de las llaves
en esta hora de la madrugada,
cuando los perros muertos pasean con sus amos.


PRINCIPIOS Y FINALES

EN tiempo fui una chica con futuro.
Leía a Horacio en latín
Y me sabía de memoria a Keats.
Pero, cazada dentro de las cuevas
de los adultos, comencé a parir
hijos de un hombre estúpido y creído.
Ahora lleno mi vaso en cuanto puedo
y lloro al recordar versos de Keats.
Una ignora, de joven, que lugar alguno
es el lugar donde podrá estar siempre.
Que nunca llegará ni aquél ni aquélla
en quien hallar descanso. Una ignora,
cuando es joven aún, que los principios
nada tienen que ver con los finales.

AUTORRETRATO

DE la guerra quedó el viejo capote
de desertor sobre mi cama.
En la noche sentía el tacto adusto
de aquellos años, que no fueron
los más felices de mi vida.
Pero el pasado acaba siendo
fraternidad de lobos y melancolía
de paisajes falseados por el tiempo.
Queda el amor —no la filosofía,
que es una ópera— y, sobre todo, nada
de poeta maldito: tengo miedo,
pero me apaño sin idealismo.
Las lágrimas a veces se deslizan
tras el cristal oscuro de las gafas.
La vida es un capote de deserto

EN UN BAR

SE hacen tediosas las conversaciones
en torno del dinero, los vinos, la cocina,
despojos de las sombras espantosas
en que nos hemos ido convirtiendo.
«Tu sangre es roja: jódete, fascista
Relampaguea escrito en el lavabo,
y me siento de nuevo aquel muchacho
de un tiempo, en teoría, pobre y triste.
Los policías, con abrigos grises,
entraban a caballo en la universidad.
Saltan chispazos de las herraduras
y, mientras mea, va conmemorando
tanta oportunidad de amor perdida,
sonriente, un hombre de mediana edad
en el sucio lavabo de este bar.


EL BANQUETE

APLASTADOS los fémures por sus noventa años,
desconfiada y voraz, la suegra vigilaba,
y el cobarde del suegro, bajo su obesidad,
en diez lenguas callaba. Mi hijo, con un pozo
de helada oscuridad en la cabeza,
se atracaba ante el televisor.
Mi hermano se mataba, engordando y gritándoles
soeces procacidades a los manteles blancos.
Disecados, mis padres, mudos de tanto odiarse,
tenían soledad terminal en sus caras.
Un banquete moral repugnante y fantástico.
Tú, con nuestra amistad salvada del naufragio,
sonriente me mirabas. Sin embargo,
tantos años de monstruos han sido implacables.


DESCRIPCIÓN DE TI

CON rabia has arrugado tu pasado.
Es una carta que no quieres leer
ni que nadie te escriba nunca más.
tienes derecho a no mentir para vengarte,
el derecho de paso de los años,
cuando ya mal alguno
te puede envilecer, sino la muerte.
El tiempo que has perdido es este perro
que ladra por la noche en algún patio.
La bufanda te abraza como el amante ausente.
No pierdas la costumbre de escuchar el mar,
desolado oleaje interminable
que en invierno pasea junto a ti.


SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

DETENEMOS el coche
al lado de una valla de cipreses.
Hace treinta años que vivimos juntos.
Fui un joven inexperto y tú una chica
desamparada y cálida.
La sombra de la última ocasión
va ocultando a la luna.
Soy un viejo inexperto.
Tú, una mujer de edad, desamparada.


QUIROMANCIA

VIVIMOS, tú en el fondo de mis manos,
y yo al fondo de las tuyas,
con la desolación por las heridas
que, con las mismas armas, nos causamos.
El pasado es inútil: si aburrida
es ya la vida, y desolada, y sucia,
no le añadamos la melancolía.
A veces necesita una salida
como el suicidio,
un amor imposible o bien la ruina.
Se llega así a los imprecisos límites
de la edad de la niebla,
cuando no hay a la vista costa alguna.
Tan sólo queda la confusa línea
de la isla del tesoro.
Lejana y falsa, la he buscado
y pido que me sea concedido
una vez más, poderla distinguir
en la luz otoñal de la ciudad.

PRIMER AMOR

EN la Girona de mis siete años
con sus escaparates de postguerra
color gris de penuria, la pequeña
cuchillería reflejaba el sol
en pequeños espejos de acero.
Con la frente apoyada en el cristal,
miraba una navaja, larga y fina,
bella como una estatua gris de mármol.
Puesto que en casa no querían armas,
fui a comprarla en secreto y la sentía
golpeándome el muslo en el bolsillo.
La abría muy despacio y contemplaba,
en la hoja, afilada y directa,
aquella conventual frialdad del arma.
Silenciosa presencia del peligro:
los treinta años primeros la oculté
tras los libros de versos, y después
en un cajón, entre tus bragas y tus medias.
Hoy, que voy a cumplir cincuenta y cuatro,
vuelvo a mirarla. Abierta entre mis dedos,
igual de peligrosa que en la infancia.
Fría y sensual. Más cerca de mi cuello.


EL INFIERNO DE DON JOAN

LAS heridas de amor, igual que las de guerra,
se sienten de nuevo en las noches de lluvia.
Por esto junto al lecho tengo espejos,
porque he aprendido a ver en todas las mujeres
tu espalda, y a escuchar tu voz junto a mi oído
al sentir su placer. He aprendido
que en un cuerpo desnudo me está abrazando el tuyo.
Vives por mí, callada, en los espejos.
Nos veo en ellos como dos extraños
en una misma habitación. Reclamo
el goce solitario de mirar
para poder estar contigo cuando enlazas
a otro en el espejo y te siento mi tacto.


INCITACIÓN A LA POSTERIDAD

SI ya no puedes escribir ni amar
no busques más lugar para morir:
basta una habitación de hotel barato.
Pide que no te pasen los avisos,
paga dos noches por adelantado.
Mezclados con alcohol has de servirte,
de vesperax o tofranil, tres gramos
y, en caso de cianuro, sólo un cuarto.
serás muerto de lujo porque el crimen,
a un poeta, da el rango de maldito.
Deja escrita una nota desolada.
Aún mejor, un poema inacabado.
Al vacío escenario, para ti
llegará un foco. La posteridad.



POÉTICA

ALGUIEN que mide versos y que guarda
la soledad, en los huesos, de Vallejo
y la muerte de Espriu dentro de su alma.
Que se encomienda a la sombra de Quevedo
moviendo el húmero con la estilográfica
para escribir la letra de un bolero.
Si no sonriera nadie, ni llorara,
con verso alguno de los que me invento,
;A dónde —pensaría— me conduce esta historia?
Por algún hijo muerto. Por algunos
amores sin futuro. También por el futuro
que a todos amenaza como un arma,
por tanto mal brumoso que no es noticia nunca.
Por todo esto se escribe la poesía.



TERNURA DE FONDO

EN viejas grabaciones de jazz me gusta oír
los rumores que llegan desde el público.
Alguien grita con voz enronquecida,
feliz por el trabajo de los músicos.
Hay aplausos; alguna copa rota.
El pulso del local, en el suburbio
de una ciudad del Sur. Momentos únicos
que cada vez regresan del pasado.
Algo así debe de ser la vida
más allá de la muerte: este perdido
Rrmor de voces de una noche de música.
Quizá el alma inmortal sea este instante
frágil, preciso, breve, cuando tintinean
los vasos en algún viejo disco de jazz.


AVENTURA DOMÉSTICA

SOLO en casa y mirando en los armarios.
Encuentro algún antiguo mapa de carreteras,
contratos que han vencido, estilográficas
que ya no escribirán ninguna carta,
calculadoras con las pilas secas
y relojes que el tiempo ha derrotado.
En los cajones suele, como una rata triste,
anidar el pasado. Vacíos, los vestidos
cuelgan igual que viejos personajes
que nos interpretaron.
Pero encuentro también tu lencería,
color arena, o noche, con pequeños bordados.
Bragas, sostenes, medias que despliego
y que me hacen volver hasta el brillante
—y a la vez misterioso— fondo de amor y sexo:
Lo que da, de verdad, vida a las casas,
Igual que se la da a los puertos lejanos
La luz de sus cafés y de sus barcos.


LA LIBERTAD

ES la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.
La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.
La libertad es un extraño viaje.
Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en tiempo de elecciones.
Es el peligro que, de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.
Libertad es hacer el amor en los parques.
Es el alba de un día de huelga general.
Es morir libre. Son las guerras médicas.
Las palabras República y Civil.
un rey saliendo en tren hacia el exilio.
La libertad es una librería.
Ir indocumentado. Las canciones
de la guerra civil.
Una forma de amor, la libertad.


ASTAPOVO

DE madrugada, cuando sólo se oyen
relojes en lo oscuro,
me lo imagino a los ochenta años
huyendo en un tren ruso que iba £
el sur de ningún sitio que los viejos anón
Tolstoi temía aquel invierno
que lo siguió durante muchos años
hasta alcanzar su cita
ferroviaria con la muerte,
la noche en que el teclado del telégrafo
transmitía el más breve
y el más cruel de todos sus relatos.
Quiso correr más rápido que el frío,
y el tren quedó cubierto para siempre
por los copos de nieve que caían
en la estación de Astápovo.
Comencé con más tiempo mi escapada,
porque de él aprendí
que en la estación final se debe entrar
a gran velocidad. Así la muerte,
sin tiempo de avisarnos con señales,
agitando un fanal desde las vías,
de un golpe seco cambia las agujas.


PRIMUM VIVERE

TODO el día vendiendo enciclopledias
por barrios del suburbio.
Ha subido escaleras con vaho de cocinas
y hombres y mujeres que se gritan
por la falta de espacio y de futuro.
Ha oído llorar niños, ladrar perros,
y se ha hecho más pesada la cartera.
Al sentarse en un banco a descansar,
abre la enciclopedia y va mirando
las estatuas griegas,
aquella indiferente nobleza de los clásicos,
el cuerpo humano, efímero y monstruoso,
que el mármol vuelve tolerable y lógico.
Las esculturas son una victoria,
pero ya tan lejana que prefiere
el brillante bullicio y la ropa tendida,
los rojos y los ocres de Tiziano,
que tienen, al poniente,
para quien sabe verlos, estas calles.


CANCIÓN DE LA LUNA GRIS

LA luna de Ana
era la muerte
sobre su cuna,
pequeña barca.
Luna de trapos,
la luna enferma
que, sobre Mónica,
llevo colgada
de la memoria.
Y ya salía
aquella extraña
y equivocada
luna de Joana.
¿Dónde me espera
la luna en ruinas
como mi padre?
Son muchas lunas
de este mal viaje,
pero pagadas
por las felices
lunas románticas
de Tenerife,
claros de luna
—que no esperaba-
de los cincuenta,
noches de amor,
lunas de té
tras la colina
negra en Forés.
De tantas lunas
deja el vivir
en la mirada
la luna gris.


EL ORÁCULO

ERES tú cuando niño, con un cazo.
En el pequeño matadero, aguardas
a que te vendan sangre.
El suelo de cemento, un banco
con las cabras tendidas en hilera,
balando, atadas y ofrecido el cuello.
Has puesto el cazo debajo de una de ellas,
negra y suave. Parsimonioso, un hombre
armado de un punzón, la ha degollado.
Como ocurría en Delfos, el mensaje
del chorro rojo golpe;
con el mismo sonido que ahora escuchas,
fue difícil y obscuro, y has tardado
cuarenta años en interpretarlo.


COSAS EN COMÚN

HABERNOS conocido un otoño en un tren que iba vacío.
La radiante, aunque cruel, promesa del deseo.
La cicatriz de la melancolía.
Un viejo afecto por los motivos del lobo.
La luna que acompaña al tren nocturno Barcelona París.
Un cuchillo de luz para los crímenes
que por amor debemos cometer.
Nuestra maldita e inocente suerte.
La voz del mar, que siempre te dirá
donde estoy, porque es nuestro confidente.
Los poemas, que son cartas anónimas
escritas desde donde no imaginas
a la misma muchacha que un otoño
conocí en aquel tren que iba vacío.



HABLA UNA MUJER

MÍRAME: hay en mí
vivísimos ponientes enterrados
y canciones que ya he desaprendido.
Conservo los colores del ayer,
de conversaciones
dispersas en las noches.
Misterio del amor. ¿De qué penumbra
viene tu cortesía, la serena
actitud hacia el abismo del deseo?
¿De qué lugar tu voz, calmosa y recta,
y tu razonamiento de bala que hace blanco,
tu mano orientadora entre la niebla?
Si nunca te han vencido, si la conversación
son curvas de nivel en algún mapa
de sentimientos desaparecidos.
si tener la razón no te ha llevado
a enamorarme nunca,
entonces, bien podríamos cambiar
la mitad de razón, de calma y sensatez,
sólo por una chispa de misterio.


FILÓSOFO EN LA NOCHE

CUANDO la alta noche negra de Madrid
cierra los cristales de la calle O’Donell,
dejo que mi frente repose en tu ausencia.
He abierto la Ilíada. Apolo Cabreado
es como la noche y, al marcar el paso,
golpean las flechas su carcaj de cuero.
Frío está tu sitio, que nadie ha ocupado.
Hablo desvistiéndome, tal si tú estuvieras:
me acostumbré a hacerlo los primeros días.
Sin tus frascos, sólo me torna el espejo
del baño el progreso lento de la edad.
Doblada la ropa, me pongo el pijama
con la bata gris ceñida a mi cuerpo
y las zapatillas en los pies de viejo.
Una nueva Ilíada —de García Calvo——
me aguarda esta noche. Sobran los hipérbaton
y estorba la rima. Pero su difícil
ritmo tiene fuerza, una resonancia
de alguna verdad, y entre las palabras
ha vuelto a esperarme la arena de Troya.

Junto a mí y tu sombra crecieron los hijos:
la chica, dos chicos —hoy he recibido
carta del mayor: apenas recuerdan,
he sido su Hornero de ésta, nuestra Ilíada
muy lejos del mar de ramblas con plátanos
en donde te hallé, no he podido nunca
sentir más Helena que tú en mi interior.
En clase, mañana, tendré sueño: todos
ignoran las noches oscuras que el logos
guarda para mí. Frente al piso siento
el aire en los árboles negros del Retiro.
Asusta el aspecto, con yelmo y coraza,
de Héctor a su hijo. La noche ha cruzado
el desesperado ruido de una moto.
Quizás, bajo el bronce de la soledad
asusté también a nuestros tres hijos.
Tu fotografía, ya de un tono sepia,
se encuentra en mi mesa, perdida entre libros:
joven lejanía de triste sonrisa.
Troyanos y aqueos —un mar encrespado
de cascos y escudos, de lanzas de leño
con puntas de hierro— siéntanse en el suelo
junto al mar de tarde que brama en la playa.
Pero estoy ausente: cuando ataca Ayante
al escudo de Héctor, pienso en nuestro mar,
virgen como en Troya, de la Costa Brava
los años sesenta. Abro el ventanal.
Nuestros hijos hace tiempo que están lejos:
el mayor, quizás, ve como al crepúsculo
se abren las primeras luces de Chicago.
El segundo duerme —¿o, como yo, vela?—
en la madrugada dura de Berlín.
La chica en la noche, muy cerca de Londres,
duerme entre unos brazos, como tu en los míos
en la Barcelona de noches felices

Mientras las hogueras acechan las naves,
malos pensamientos como el mar negruzco
que arroja algas tristes, también van cercándome
como si los dioses de Hornero existieran.
Tanto tiempo muerta mientras yo envejezco
solo con la Iliada. Pero allí en la playa,
entre dos combates, mientras las estrellas
el cielo ennegrecen, duermes, como Helena,
en tu oscuridad, aquí junto a mí.
Tal casco de bronce de un guerrero exhausto,
me pesan los párpados al ir recordando
el cielo de tarde de la Diagonal
en la primavera de aquella ciudad.
Delgado, ideal, tal línea de Euclides,
es el lugar donde transcurre la Ilíada
que leemos juntos —en mi vida tú,
en tu muerte yo. Me sale el filósofo
al ver como Aquiles elige la gloria
en vez de la vida. Comienza la ética:
la noble y antigua lección del dolor
ya estaba en la Iliada. Héctor y los suyos
van llegando a sangre frente a las barcazas.
Siempre hay un Aquiles que espera en la sombra.
Pienso que la ausencia —como el río helado
templaba las armas— me forjó más duro.
Cada cual escucha dentro de su Ilíada
las armas que chocan con brillantes yelmos,
los hórridos gritos que lanzan los griegos
en barcas ardiendo. Alcatoo en tierra:
su último latido vibra con la lanza
hincada en su pecho. Tú serás la lanza
que tiemble en el último deseo en mi cuerpo.
Van carros vacíos por la Olaya huyendo
y el leve rumor al pasar las hojas,
es como si fuera tu débil presencia.
Y ya en los cristales se alza el horizonte
del parque, aclarándose, como si brillaran
tras los negros árboles las armas de Aquiles
Te he buscado siempre. Tantas, tantas veces
he desembarcado por sólo una luz
en costas abruptas. Abro la ventana,
me llama en el parque un alba de pájaros.
La dura vejez pone en la mirada
unas largas playas igual que en la Iliada.
Mercante oxidado, llegando a un gran puerto,
hendiré aguas sucias en donde revuelan
miles de gaviotas, buscando una inmóvil
mujer solitaria que espera en la dársena.
Hoy, cuando la proa se hunde fatigada
y ya el navegante no ve bien de lejos,
se borra la costa. Mirando las olas,
recuerdo tus ojos con luz del ocaso
y, sonriente, pienso que, gris y romántica,
te llevo en el buque de hierro del alma.


LA MALETA

LA clínica, de cuando era una torre
burguesa de altos barrios, aún conserva
el parquet encerado y los magnolios.
Ha hecho el ingreso y ahora está esperando
que la acompañen a su habitación.
Hace años del amor, pero ella aún
tiene izada bandera de tormenta
en una playa donde ya no hay nadie.
Ahora piensa en los hombres que la amaron
y a los que rechazó, por cobardía
o por fidelidad. Uno cantaba
boleros en Rigat; los más ardientes,
se los dedicó siempre su mirada.
Ninguno está hoy aquí. Ya, los amigos
son asuntos lejanos, cuando el cuerpo
no era un sórdido objeto de conversación.
Forma con todos ellos uno solo
y bailan, una noche de su juventud,
cuando fueron parando las demás parejas
hasta dejarlos solos en la pista.
Soledad, ya lo es todo: es aquel baile,
la noche de postguerra en el Rigat.
La pista bajo el foco de un quirófano
en el bolero cruel de su pasado.
Y la vieja maleta que, a sus pies,
mientras cavila todas estas cosas,
inconsciente, acaricia como a un perro.

sábado, 18 de enero de 2014

Ramón de Basterra


Ramón de Basterra y Zabala nació en Bilbao el 31 de marzo de 1888. Era el mayor de cinco hermanos y su padre, abogado, murió pronto; un tío, Luis de Basterra, quedó a cargo de la prole huérfana, pero Ramón fue separado del grupo y vivió con una tía que tenía una casita en el pueblo de Plencia, en el abra bilbaína. Estudió en un colegio particular de la villa y más adelante cursó el bachillerato en un internado jesuita, como casi todos los adolescentes burgueses de su edad: Basterra vivió en el colegio de Orduña lo mismo que Ayala había experimentado en Gijón, Ortega y Gasset en El Palo (Málaga) y Juan Ramón Jiménez en El Puerto de Santa María; lo que, años después, vivirían Rafael Alberti en El Puerto y Rafael Sánchez Mazas en el mismo centro de Orduña. La decisión fue importante en la vida del huérfano. Basterra era un niño inmaduro, sensible y desorientado, de mediano rendimiento escolar y lecturas tan intensas como heterogéneas. Con apenas dieciséis años empezó a estudiar derecho por libre, lo que significaba evitar los cursos regulares que los jesuitas atendían en Deusto, pero, al igual que los matriculados en aquéllos, debía realizar los exámenes en Valladolid. Nunca fue un estudiante muy aprovechado hasta que decidió preparar su ingreso en la carrera diplomática.
Se licenció en Derecho y entró en la carrera diplomática desempeñando cargos como el de agregado en Roma (entre 1915 y 1917), Bucarest (desde junio de 1918) y Caracas (1924). Allí padece una grave crisis de una enfermedad mental que padece desde hace años, a consecuencia de la cual es repatriado y más tarde reanuda sus trabajos diplomáticos en Madrid. En cada uno de esos tres destinos fraguó una obra, cuya matriz se encuentra en Roma, donde Basterra encuentra el sentido universal de España en la historia, según lo expresa en su obra poética Las ubres luminosas y Vírulo (en dos partes: Las mocedades y Mediodía). En Rumanía estudiaLa obra de Trajano; en Caracas la Compañía Guipuzcoana de Navegación, de donde saldrá Los navíos de la Ilustración, una exaltación del carlotercismo español.
El 18 de septiembre de 1913 Basterra tuvo su primera intervención pública resonante. Se trató de la conferencia «El artista y el País Vasco», pronunciada en la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Es su primer ajuste de cuentas con su tierra. «el peor de nuestros males es la burguesía adinerada».
Hacia 1924 el poeta tenía en el cajón o en proyecto, más o menos inacabadas, obras de todo tipo: ensayos y escritos históricos (Dominio universal de España, Pirineo pensativo), poesía (Llama romance) y teatro (Las alas de lino, Fátima y Las boinas rojas). Incluso comenzó a gestar una tercera parte de Virulo. Sólo dos de estas obras vieron la luz de forma póstuma: Guillermo Díaz Plaja editó el poemario inacabado Llama romance y la obra de teatro Las alas de lino. Basterra fue un rapsoda vasco.


ROMA 

Ciudad que eres la madre de ciudades, 
en la sombra del mundo tus murallas 
son fanal de una luz que las batallas 
no apagan, con sus rojas tempestades. 
Más recias que tus muros, tus verdades 
se yerguen, cuando en el combate fallas. 
¡Detente, peregrino, que aquí hallas 
Canon y Ley para tus ansiedades! 
La luz de la Hélade en el mármol veo, 
clama el bronce la voz de Galileo, 
¡campana y mármol, la Ciudad Eterna! 
El alma de Occidente en ti perdura 
que hasta Grecia y Judá, doble mar pura, 
tu acueducto de espíritu se interna. 

LA FUENTE DE TREVI 

El agua pura, límpida, inocente, 
que, virgen, la campiña recorría, 
salta del mármol a la luz del día, 
rompe en espuma, tumultuosamente. 
Neptuno, al centro, junto a su tridente, 
tiene al tritón en su cortesanía, 
ya un tronco esbelto de hipocampos guía 
en la onda del artístico torrente. 
Raudal montuoso, vena campesina, 
que un acueducto, en pompa, te encamina 
hasta el brocal del grave monumento. 
El mito extático a la voz cantora 
con su albicante majestad decora: 
tu afán de vidrio es todo el movimiento. 


COMPAÑERISMO 

Los blancos giros de la mariposa 
me envuelven por la umbría del sendero 
y, con la leve amiga temblorosa, 
en tanto andamos, plácido, confiero: 
-Mi tenue compañera, ¿eres dichosa?, 
libre y feliz, como ahora soy, te quiero. 
No bien dijera así, que ella me aposa 
en el hombro su peso tan ligero. 
—¿Qué, me tomas de acémila? De grado 
te conduzco, ¡tu burro va encantado! 
¡Guíame, guíame mi guía airosa! 
¡Mi alma y mi cuerpo, en su único ejercicio, 
no tengan otro fin que ir en servicio 
de la gracia, mi dueña mariposa! 

PROVIDENCIA 

Vuela, rayando el aire, una avecica, 
como una flor de pluma, por la tarde
de puro cielo blanco, en un alarde 
de ágil gracia. ¡Cuan leve es y tan chica! 
Desciende a un árbol y en la rama pica: 
se echa a volar hacia la puesta que arde 
y se pierde, por fin, ¡que Dios la guarde! 
¡Diminutez que todo me amplifica! 
¡Oh, Providencia! El aire es sostén suave, 
tan vasto, de la pequeñez del ave! 
¡La tierra, el cielo, el sol, concordemente, 
digno remate a su armonía eterna, 
te elaboran, oh breve vida tierna, 
una gotita de agua, una simiente! 

LA PAUTA 

Pensaba, oteando el despuntar del día, 
en la deforme lobreguez primera, 
cuando no había el mundo y, no más, era 
el caos, sin la luz ni la armonía. 
Nada queda hoy de la hurañez umbría 
bajo del sol, ni en la celeste esfera: 
sonríe el mar, lamiendo su barrera, 
y el aire, tierra y mar y cielo, alia. 
De un bello orden el mundo vibra lleno, 
y la hosca confusión que al orbe empieza 
no encuentra más cabida que mi seno. 
Abismo en la altitud y en la bajeza, 
tan sólo la virtud me une al sereno 
orden que rige la Naturaleza. 

VOCES A UN PUEBLO 

Versión definitiva de «El inquilino de Bilbao. Oda a la Villa», 
Hermes, 16 (1918). 

I
Los astros, las pupilas camaradas de otras 
noches, en gira por mundanas sendas, 
vi, en suma, parpadeando 
sobre el oscuro césped de mi tierra. 
—Como jirón de humo, pensaba, 
broté al mundo entre esas tejas. 
Y, con corazón blando, 
y con sumisa cabeza, 
sentía que a mi verde tribu me encadenaban 
las argollas carnales de mi herencia. 
En esto, 
palpitó, titilando de halos e iridiscencias 
el cielo de la Villa Invicta, 
estremecido por su noche eléctrica. 
¡Oh sacra actualidad imperante, 
tachonando lo negro de estrellas, 
que entre los montes brotas, como un águila, 
en la sombra abolenga! 
Las campanadas del tiempo que cunden 
desde tus urbanas esferas, 
queden en popa 
para los que amen contemplar la estela. 
¡Como el silbato serio 
de solitaria sirena, 
que anuncia la proa 
que rumbo adelante se arriesga,
clarín de gallo, augur de auroras, 
mi clamor sea! 

II
Surco las rúas por los cauces 
férreos, en los tranvías que retintinean, 
entre el flujo de grupos que avanzan a su hito,
en el rumor de la urbana colmena. I 
¡Caudal de humanidad, rostro a la Historia, 
que al pie mamas de las montañas abuelas! 
¡Adiós el área angosta que abre 
con su rollo de prórrogas la mano primigenia 
de Haro, Señor de Vizcaínos! 
¡Adiós Bilbao arroyo, pulsando la onda ingenua 
que en cinco siglos se ancha y se remansa 
en la mudez de su dicha secreta! 
¡Salud Villa que rozo por las vías, 
el parto de la doble guerra, 
en la cual tu afán vence de vigilia a los campos, 
dormidos en la montuosidad azuleña! 
Tras el pisar rumoroso de las tropas 
que izaron las hispanas banderas, 
nos derramas al curso de la Historia. 
¡Salud Bilbao que vas a la mar universa! 

III 
¡País que empuñas remos y barrenos, 
roído de olas blancas y de heridas bermejas, 
espuma y mineral, 
comarca nauta y ferrera, 
salpicada de villas imponentes 
como escollos que el campo anega, 
hasta que una se alza de tus haldas 
a encender tu inocente tiniebla, 
hasta que una irrumpe, 
cráter de ideas! 
¡País que empuñas remos y barrenos, 
comarca nauta y ferrera, 
sobre tus hombros montañosos 
Bilbao, la testa! 

IV 
Bajo el vapor nuboso o el azul jubilante, 
desde las losas de las aceras, 
como hebras invisibles 
empuñas miles de riendas. 
El silbato que rasga el aire hanseático 
clama a Londres y América; 
al corazón de Aragón y Castilla 
súmense tus carreteras. 
¡Encrucijada 
De caminos de mar y de rumbos de tierra! 
El poderío hacínase en tus rampas 
Para hacer nuestras almas más bellas. 
¡Villa vehemente 
que esparces a montañas y aldeas 
un resplandor en la campestre sombra, 
como un «aquí estoy», ¿a cuándo esperas 
para decir el «aquí estoy» al alma? 
¡Dibuja el ademán de luz a las conciencias! 

V 
Busco una imagen para tu alma y la hallo 
en el bosque de cruces de tus dársenas: 
el buque, tajante, brioso, 
que a nadie mendiga su fuerza, 
ni al agua, ni a la brisa, y va seguro, 
con afán personal. Cuando se le intercepta 
algo, en el rumbo que eligió por suyo, 
la voz, ceñida en vapor blanco, eleva. 
¡Fu, fu! Seria voz de quien va lejos 
en soledad. Y pasa ante la emoción nuestra. 
De proa es como el rostro de un valiente, 
de flanco, exento de inútiles velas 
desliza el casco, nivelado y liso, 
con las franjas de pintura rectas; 
de popa, su hélice es el talón 
del nadador hacia la meta. 
Cuando atraca junto a los muelles, 
Casi terrestre, se hace una vivienda. 
¡Ante él, cuan haraganes los veleros, 
Pordioseando energías forasteras! 
Un remolcador diminuto 
va, viene, torna a contramarea, 
un mensajero diligente 
que la orden cumplimenta. 
Hasta que, tirando de las sogas 
vuelve, tan chico y jactancioso pues a cuestas 
lleva de su hierro afanoso dos veleros 
panzudos, arrastrando su lacia corpulencia. 

VI 
Paga visita la mente 
a aquellas almas de hace treinta, 
cincuenta, setenta años: 
dura realidad son sus esperanzas aéreas. 
Lo que anhelaba en sus sueños, 
es hoy cal, hierro, acero, madera, 
como el Pentecostés de llamas rubias 
que desciende a nuestras cabezas, 
hará un domingo del espíritu 
sobre los montes y la mar de fiesta. 
¡Ofrendemos un ramo de nuestro roble arisco, 
a las plantas del claro Augusto César! 
(Como una campanita romance 
Nuestro corazón suena.) 

VII 
Mozo que mi alma portas en las manos, 
sobre la hilambre, mariposa queda, 
ojalá rompa en giros blancos 
ante ti y guíe tus pupilas frescas. 
Por el sendero de comarca 
muy denso de inocencia, 
ella es oriente a ventanales de oro, 
tras de cuyo cristal la sangre, esencia 
quemada en corazones pebeteros, 
arde bajo unas lámparas despiertas. 
Del vidrio miro el universo aldeano: 
¡cuan raros pájaros de luz trasvuelan 
de un alma a otra alma solitaria! 
¡Feliz quien desborda la niebla 
del horizonte de los padres! 
¡Mi corazón es va de piedra 
filosofal, que muda en oro 
cuanto se acerca! 
-Estoy en el confín de los abuelos 
soñando el sueño de Grecia, 
colmado el pecho de romanos mármoles, 
escuchando la voz de Jerusalén, vieja. 

VIII 
Ascendamos a la montaña mística, 
al Monte Athos de la fe lugareña: 
los claustros murmurantes, las sendas fervorosas, 
asilos, incienso, campanas begoñesas. 
El mortero carlista abrió su gola 
so las arcadas de la iglesia: 
la silbante bomba 
de la humosa espoleta 
lanzaba al aire el rústico dictamen: 
«Vizcaya es campo, no haya ciudad en ella». 
¡Simiente germinal del caserío, 
maternales y odiadas tejas, 
de vuestro campanario del hoyo, junto al monte, 
cundisteis hacia el faro en que el mar centellea! 
Lo hondo de las casas graves. 
continuas, como tus vías férreas, 
partieron adelante, cantando, 
tus voluntades burguesas. 

IX 
Los árboles se estrellan de embriones 
sobre las herbosas laderas 
en las que la Villa está engastada 
cual en una sortija montañera. 
-Bilbao iridiscente que el resplandor románico 
brillas, en nuestra sombra bárbara, de la lengua 
que tembló su ala 
desde las castellanas almenas 
a los cielos náuticos 
de los ultramares de epopeya, 
¡sé antorcha de las almas 
en el Pirineo violeta!


LOS FLANCOS AZULES 

IV
En todos los rincones vascos, en las callejas 
sombrías, de ancho alero, que ostentan piedras viejas 
de armas sobre las puertas; en algún muelle frío 
en que las barcas negras lucen su añil de estío 
interior; en los mansos portales de tenderos; 
en las rúas que lloran los carros plañideros, 
como en las anchas salas de hidalgo, so la araña 
de vidrio, entre retratos de la Corte de España, 
es la esencia ignaciana el jugo de la tierra. 
Ignacismo en la paz e ignacismo en la guerra 
vascas. ¡Alpargateros, remachando la estopa 
en Azcoitia o Durango, bajo la fresca copa 
de un árbol! ¡Toneleros de Zumaya, con rosas 
mejillas de manzanas! ¡Silleros en las losas 
de algún portal de Deva! ¡Herreros de Vizcaya! 
¡Buen labrador que empuñas como un cetro la laya! 
A vosotros os cabe la ufanía ferviente 
de ser los menestrales más bellos de Occidente. 
Amáis por su faena que os place el oficio. 
Vuestro afán es el lema ignaciano: «servicio». 
De ahí que en las dos lizas del siglo diecinueve, 
cuando los mozos pálidos que leen mientras llueve 
en el pueblo peroran de los nuevos derechos, 
sentís que os oprimen vuestros antiguos pechos 
y en Vasconia abandonan los rosas artesanos, 
—Chicote, lezna o cáliz—, el amor de sus manos, 
para blandir el sable y empuñar la escopeta. 
Cruzasteis así el dulce Pirineo violeta 
dispuestos a dejar la escopeta y el sable 
cuando en paz el blasfemo liberal no os hable 
de abandonar a Dios y, en el íbral sosiego, 
pudierais reanudar, junto al nativo fuego, 
el escoplo, el martillo, sin las palabras vanas 
de la elocuencia, ajenas a vidas artesana. 

HEREDAD 

Clara tarde. La brisa de fluidos cristales. 
Mueven las cañaveras de maíz, cual boreales 
aves del polo, torpes, esmeraldas y mudas, 
sus hojas, a manera de las aletas rudas. 
¡Miles de verdes pájaros erguidos sobre el suelo! 
El drama anual que nutre y que prepara el cielo, 
llega, otra vez, en suma, al fatal desenlace. 
Las que fueron espigas primaverales, hace 
ya tiempo, son las cañas granadas y maduras, 
como cuellos de noble, para las segaduras 
que hará la guillotina de la hoz de la siega. 
Para aquel campo pleno, la vacua muerte llega. 
La casa de labor, antañera, borbota 
una nube turquesa que en la atmósfera flota; 
aquel humo que a Ulises le recuerda su aldea 
y le atrae, cual la Luna absorbe la marea, 
hacia su azul humilde que se yergue en la altura, 
sobre los campos, bello penacho de dulzura.

OFICIOS 

Sombra. Callejas frescas con fachadas de hidalgo, 
trapos en los balcones de leño azul. Hay algo 
que recuerda el silencio de oro de las colmenas.
Se elabora moviendo los labios apenas. 
¿Durango, Azcoitia, Luno? Viven, triunfan las manos, 
tejiendo cuerda, urdiendo la sandalia de aldeanos, 
la alpargata. Igualmente mudos, entre madera 
fresca, que como en rizos de propia cabellera 
se envuelve en sus virutas, labran los ebanistas. 
En el camino quiebran las rígidas aristas 
de los cantos —trie, trac, trie— los picapedreros; 
indican, aijada alta, la rúa, los boyeros. 
¿Quién dijo descontento en este bello mundo? 
¡Amad, dulces hermanos de oficios, con profundo 
amor la piedra, el leño, la cuerda que el destino 
os puso entre las manos, como llavín divino 
para que el universo sus tesoros os abra! 
Por cuerda, leño y piedra, yo tengo la palabra. 

TABERNA 

El silbote y el parche del tambor, a lo lejos. 
En los vasos de vidrio denso, tiene reflejos 
pajizos, de luz baya, el rubio vino blanco. 
Sentados en la tabla carcomida de un banco 
seis varones y seis varones labradores 
y marineros, frente por frente, los mayores 
ya canos y los jóvenes de rosadas mejillas, 
beben y callan. Rojas jarras, con las arcillas 
esmaltadas de blanco, corren de mano en mano. 
Por la puerta se ve un campo virgiliano. 
De pronto una voz ronca manda: —¿Qué tal la pesca? 
—Bien, dicen. Y la mar tan dulce y gigantesca, 
queda evocada. Luego: —¿Qué tal el campo?, clama 
otra voz. —Bien, dicen. Y así la húmeda grama 
se les hace presente también unos instantes. 
Domingo. Hoy son señores todos los trabajantes. 
Oscurece. Silencio. La lengua de la aldea, 
un acordeón, declama rústica melopea. 

LA SUBSTANCIA SUPREMA 

La piedra de la alquimia del alma, la centella 
de gracia de los místicos, el áureo vellocino 
del viaje de argonautas, la substancia más bella, 
el espíritu, en suma, final y más divino, 
es uno mismo. Cuando sea en torno tu vida 
sombra y te nieguen sombras, al margen del camino, 
nada es cierto y seguro como tu alma encendida, 
nada es cierto y seguro como tú mismo. ¡Toma 
a tu propia substancia y deja construida 
con ella una obra, clara y eterna, como Roma! 

EUSQUELDUN 

Yo, eusqueldún, el cantor del futuro apogeo, 
hidalgo de las faldas del claro Pirineo, 
que a mi tribu conduje sangre de los Atridas, 
y la loba de Roma con las ubres henchidas 
de leche de grandeza, resueno en la Bahía 
de Vizcaya un robusto cuerno de profecía. 
Blancas gotas del Lacio brillan en la pradera. 
Me alumbra un resplandor de España venidera. 
Tras de rezar los clásicos, penitente del gusto, 
una cosa establezco, primordial: el robusto 
amor a Roma. Yo amo el mundo, el universo. 
al Continente se abre la ventana del verso, 
no he de negarme a nada, al ejemplo del sol, 
pero estoy sobre un recio promontorio español. 
Yo no soy decisivo. Espero, entre los hombres, 
aquel mayor que yo que resuene los nombres 
que son como bordones de la vida española. 
;Oh lirio de la raza, de gótica corola!, 
para esa flor de gracia yo dejo mis poemas 
como un limo que nutra las alburas supremas 
del lis cantor de España. Bautista de agua, luego 
vendrá quien nos bautice, como el Cristo, con fuego. 


LAS HOGUERAS DEL ALMA 

Huyendo de mi tribu verde, sentí que el fuego 
de otros pueblos alumbra mas no calienta. Luego, 
pensé en la travesía de luz que siguió España 
y en la llama erudita que incorpora su entraña. 
Acudí hacia el Oriente de la luz patria, Roma. 
Con mármoles y bronces, asceta del idioma, 
maceré mi alma en medio de escombros de alto ejemplo. 
Dogmas fueron las piedras de algún clásico templo 
del viejo «Fuero Juzgo» y las claras «Partidas»; 
el resplandor del Foro romanceó nuestras vidas. 
El laurel palatino fue penacho de reyes 
y en lo hondo de los campos patrios portan los bueyes 
la reja del arado que ara el surco del Lacio. 
Antes llenaron otros enjambres el espacio 
azul del Pirineo, de mieles de sapiencia. 
Los densos, blondos rayos de lumbre de la ciencia, 
tejieron las paredes de la cuadrada torre 
del canciller Don Pero Lope de Ayala: corre 
como una melodía su voz que se ha hecho eterna. 
Llevó el alma a la rúa pétrea de la «cuaderna 
vía». Entró al mundo por egregio sendero. 
Nuestra alma está en las claras estrofas de Don Pero. 
Allí al oriente erige, hacia el cielo cristiano, 
Loyola el cupulón, eco del Vaticano, 
cobijando el espíritu del libro de «Ejercicios» 
que templó a este cantón puro contra los vicios. 
En suma, no muy lejos se alza un nogal gigante, 
corporación hojosa, convocada delante 
del Palacio del gran Conde Peñaflorida. 
De lo alto de las ramas, bajaron a la vida 
del noble Pirenaico, al fluir de los vientos. 
Múltiples melodiosos y píos pensamientos. 
Soñaba el prócer con el blanco feudalismo 
intelectual. Nosotros soñamos con lo mismo. 

MAR 

Surcando el campo vi la mar fulgente 
en el ancho horizonte en el que fina 
nuestra existencia terrea y la marina 
comienza, inmensa y misteriosamente. 
La bravia vehemencia cristalina 
rompe en la orilla, tumultuosamente, 
y un clamor, por momentos más potente, 
sube, cuando el tumulto se avecina. 
Un tembloroso soplo que me agita 
el cabello, la ropa, el pensamiento 
envía el mar que al corazón excita. 
Y una fragancia de juventud siento, 
cual si saliera de la mar que grita 
la voz de Dios, en el salobre aliento. 

EL GRITO 

¡Sonad, sonad los cobres heroicos que apenas 
se nos alzó una llama de heroísmo en las venas! 
Nuestra existencia es laxa, mediocre. Como aviva 
el hurgón la fogata, España revivida 
necesita una fe, un gran amor, un hito. 
No hay salvación en tanto no suba al cielo un grito, 
un grito vasto, unánime, surtidor de energía. 
¡Lanzadlo vos, soldados, en la trompetería! 
«;La Cultura o la muerte!» Sed los cobres, profetas 
de este grito ascendente. ¡Sonad, sonad trompetas!