miércoles, 3 de julio de 2013

Manuel Benítez Carrasco. Poesía neopopular andaluza.


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MANUEL BENÍTEZ CARRASCO nació en Granada el 1 de diciembre de 1922 en pleno corazón del barrio del Albayzín, en la placeta del Salvador a la que tantas veces recitará y en el seno de una familia muy religiosa. 
Pasó los primeros años de su infancia entre la colegiata albaicinera donde su tío Manuel Benítez Martínez era el coadjutor, la ermita de San Miguel Alto donde su padre ejercía de carpintero y vivía con su familia y las escuelas del Ave María, donde, como él mismo decía, aprendió las primeras letras. Así, dada la ubicación de su cuna no es de extrañar que el poeta haya traducido desde sus primeros escritos la belleza de Granada que sus ojos contemplaban desde los altos del cerro del Aceituno y por los requiebros de las callejuelas de su Albayzín natal.
Benítez Carrasco inició su carrera literaria colaborando en la revista poética "Colección Vientos del Sur". Muy joven, en 1943, obtuvo su primer premio de relevancia, el Premio Nacional de Teatro de Escuadra con la obra "Luz de Amanecer", comenzando desde este momento una trayectoria literaria jalonada de galardones.
En 1947 marcha a Madrid. Ciudad donde comenzó a ganarse la vida como poeta, recitando sus poesías en teatros y clubes en los años 50. Según explicó Delgado-Calvo, la peculiaridad de Benítez Carrasco reside en que "no fue un poeta al uso como los conocemos hoy, que publican sus libros y les llaman para dar conferencias", sino un "poeta de cartel" que se ganaba la vida recitando su poesía en teatros y clubes de lujo. "Lo que nadie puede discutirle a Benítez Carrasco es que salía a un escenario a recitar sus poesías y triunfaba. Llenaba los escenarios, los abarrotaba”
Sin embargo, en Madrid no termina de encontrar su hueco y se marcha a América, donde le llega el éxito. Desde 1955 su figura es totalmente inseparable de Hispanoamérica: viaja a Cuba y en la isla caribeña permanece durante todo un año. A partir de este momento la figura de Manuel Benítez Carrasco es totalmente inseparable de México, donde pasa gran parte de su vida.
A partir de los años 70, Benítez Carrasco empezó a alternar su residencia en México con estancias en Granada, donde murió en 1999.
En 1998 fue nombrado hijo predilecto de la ciudad de Granada, año en que también se le dedicó una importante avenida en el barrio de la Oliva en Sevilla. Muere el 25 de Noviembre de 1999.


CABEZA DE TORO

Ornamental milagro de la oliva
en la pared de esta taberna vieja;
cabeza sin furor, fuerza cautiva,
toro ya más sumiso que la oveja.
Desventurada cornamenta altiva,
muerta marisma en la mirada añeja,
belfo sin el cristal de la saliva,
y el polvo y el silencio por la oreja.
Estáticos pitones, en espera
que un maletilla baje de la gloria
y los burle graciosa y limpiamente.
Mugido sin vaquilla y sin bandera,
corrida sin clarín y sin memoria,
decapitado toro indiferente.


UNO, DOS Y TRES.

Uno, dos y tres;
tres banderilleros
en el redondel.
Sin las banderillas
tres banderilleros;
sólo tres monteras
tras los burladeros.
Uno, dos y tres....
luego tres capotes
en el redondel.
Puntos cardinales
de una geografía
de sol y de sangre.
Y el toro en el Sur,
una media luna
sobre su testuz.
Uno, dos y tres...
y el toro no sabe
cómo obedecer.
Las manos en llamas,
el uno lo llama,
pero no lo espera.
(Sobre un burladero
tiembla una montera).
El dos que lo cita
no lo quiere ver.
(¡Coraje, coraje!,
cornadón de rabia;
burladero al aire).
Y la voz del tres:
¡Toro..., toro...,eh!
(Patas y pitones
en busca del tres).
Pero el tres espera,
y... ¡uno, dos y tres!,
con tres capotazos
le para los pies.
Punta de percal...,
mano burladora!
¡Sal, torero, sal
ahora!
Y cuando el torero
llamando, citando
fuerza la arrancada
del toro, y parando
templa la embestida
mandando,
marcando
lidas,
burlando
cornadas...
heridas...
Uno, dos y tres,
son de nuevo tres....
tres banderilleros,
sólo tres monteras
tras los burladeros,
¡o tres
capotes al quite
en el redondel!


FIESTA EN LA GLORIA
En homenaje a Don Ramón Montoya

Cuando don Ramón Montoya
se fue, porque lo llamaron
para una fiesta en la gloria,
temblaron, tristes y solas,
sin que nadie las tocara,
las guitarras españolas;
por los tablaos derramaron
lágrimas como lunares
todas las batas de cola,
y muertecitos de pena
se quedaron las gargantas,
y los cantes y las penas.
Antes de que don Ramón
llegara para la fiesta,
y no habiendo allí guitarras
porque tampoco había juergas,
Dios le dijo a San José,
(a San José, que es un santo
que sabe bien de maderas):
- José; hazme una guitarra
una guitarra flamenca
con el mejor palo santo
y más celestial que tengas.
Y, orgulloso del encargo,
San José,
San José hizo una guitarra
que pa que.
Los santos, cuando la vieron,
se quedaron pasmaítos;
más de cuatro
perdieron hasta el sentío;
y Dios no pudo por menos
que decirle a San José
con un aire bien flamenco:
- Ole las manos que hicieron
esa guitarra de España
para más gloria del cielo.
Don Ramón tomó en sus manos
la guitarra; por la gloria
el silencio se afinaba
contra el filo de las rosas.
Templó las cuerdas; las cuerdas
sonaron con son de luna,
pero de luna española,
su lección mágica y honda:
Sevilla ríe en la prima
fina, ligera y garbosa,
y Córdoba en el bordón
lloraba una pena mora.
Barros y Guadalquivires
se enredaban en las notas,
y todo el aire andaluz
iba, en manos de Montoya,
corriendo Sierras Morenas,
cruzando Tajos de Ronda.
El silencio se rompió
con un ¡ole!, que hizo historia
y el cielo se hizo colmao
por el embrujo embrujao
de los duendes de Montoya.
San Cristobalón,
las manos como palmeras,
empezó a hacer unas palmas
que se venía el cielo a tierra:
- Sordas, sordas
(le decía don Ramón),
que esto no es una tormenta,
San Cristobalón.
Y Santa Teresa, ¡vaya..
vaya monja!
Qué doctora tan sencilla
qué mística tan graciosa,
qué santa de “ancha es Castilla"
qué gloria tan española
y qué española tan guapa,
tan guapa y requetehermosa,
!lo que se dice una monja
flamencona!
Si loca de gracia estaba
ahora se volvió más loca
oyendo como reían
y gemían
los duendes de Andalucía
en las manos de Montoya.
Se recogió bien el hábito
de una punta a la cadera;
alzó los brazos al aire
llenándolos de canela
-dos jaulas eran sus manos
dando a los pájaros suelta
y a requiebros y a giros y
a todas las cosas buenas,
se echó a medir el tablao
de la fiesta.
Y, llevada de su genio,
en una de aquellas vueltas,
dio un volantazo tan grande
con su bata de estameña,
que por poquito poquito
me lo tira de cabeza
a su San Juan de la Cruz
que, lleno de misticismo,
como siempre estuvo, estaba
mirándola embobaíto.
San Pedro, que siempre tiene
carita de mal humor,
desde la puerta miraba
serio a Dios, como diciendo:
¡Esto no es serio, Señor!
Pero cuando don Ramón
hizo temblar en un tercio
toda el alma del bordón,
San Pedro sintió que un aire
como un diablillo gitano,
se le metía por las venas
y se le subía a los labios.
Y sin poder contenerse,
y sin poder remediarlo,
se echó p'alante, flamenco,
con una caña en la mano;
se echó el vinillo a la boca,
lo paladeó un buen rato,
carraspeó pa' evitar
que le saliera algún gallo
(que no sé por qué San Pedro
le teme tanto a los gallos),
y entonándose primero
con un jipío bien largo,
puso al cielo al rojo vivo
con los tercios de un fandango:
- Con el permiso de Dios,
y como premio a esas manos,
escrito queda en la historia:
desde hoy tendrán los gitanos
entrada libre en la gloria.
Y cuando vieron los santos
que, al embrujo de Montoya,
el santo más serio estaba
en lo mejor de sus glorias,
Cecilia dejó el piano
y San David tiró el arpa
y se pusieron a hacer
un repiqueteo de palmas.
Y mientras que, postineros,
con su estrellita del brazo,
jaleaban los luceros,
bailó y cantó como nunca
entre requiebros y oles,
la Mercé por bulerías
y Chacón por caracoles.
Ebrias de gracia española,
las santas más achinadas
se sintieron flamenconas;
y hasta la Virgen María,
bonita como ella sola,
con la luna por peineta
y el sol por bata de cola,
se bailó por alegrías
en el tablao de la gloria.


EL ÁGUILA

Yo, como tú, desesperadamente,
con los ojos me estoy bebiendo el cielo;
y en esta oscura cárcel de mi frente
ensayo inútil la lección del vuelo.
Yo, como tú, me aflijo de un recuerdo;
y, ante las lejanías libertadas,
furiosamente mis costados muerdo
buscando mi plumaje a dentelladas.
Al barro y a la reja condenados,
tus alas crujen y mi carne clama:
¡ay, carceleros de nuestros costados!
Pero cuidemos nuestra amarga hiedra;
soñemos vientos sobre cada rama,
soñemos cumbres sobre cada piedra.


DARRO FLAMENCO

Bajo las fraguas
del Sacromonte
golpea y canta
por martinetes.
Bajo la Alhambra,
siguiriyas de espumas
lloran sus aguas;
y le acompañan
con sus frescos maitines
las Bernardas y Zafras.
Bajo San Pedro,
penumbra grave,
tres curvas como tercios
por soleares.
Cante de minas
bajo la Plaza Nueva
gime y suspira.
Y bajo Puerta Real,
como se queja,
aunque nadie lo escuche,
por carceleras.
En el Puente del Genil
le llega la libertad;
y ahí se acaba el sufrir.
Que en el Puente del Genil
se encuentra a su hermano río
fresquito de alboreas
y de la mano se van
caminito de la vega
para echarse los dos juntos
un cantecillo de siega.



MI BUEN AMIGO EL ESTANQUE

Mi buen amigo el estanque,
rico de musgos y peces
se ha encerrado en una cerca
de olor y arrayanes verdes.
Esmeralda derretida,
cielo líquido y endeble,
pequeño mar sin orillas,
Sin velas..., convaleciente.
Mi buen amigo el estanque
tiene un espejo en la frente,
copia tardes y paisajes
y ronda damas celestes.
Y aunque él no quiere decirlo,
yo lo he visto muchas veces
besándose con la luna
tras los arrayanes verdes.


Aguafuerte de la pena y de la copla

A los pies de una farola
la pena a punto de copla.
La pena de media noche
sin porqués y sin bordones.
Se metió en la taberna,
¡válgame la Macarena!
Se encontró con Soleá.
¡Eso faltaba: cantar!
En la taberna del barrio,
la copla de los borrachos:
-«Yo no quería quererte,
pero te quiero y te quiero
con fatiguitas de muerte!
Con la copla que me hería
la pena iba y venía:
-«Y no te quisiera ver,
y antes me venga la muerte
que dejarte de querer»
La copla de los borrachos
de sabroso vino amargo.
La medianoche en la calle
atravesada la carne.
La copla iba y venía,
la pena cómo dolía
Era ya la madrugada,
la copla no se cansaba...,
la pena no se dormía...;
con qué amargura en el aire...
amanecía.

JUAN ROMERO

¿Dónde está el grito de luna
...aquel grito, Juan Romero,
que te rondó las entrañas...?
No cabían en el viento
los piropos de tu boca
ni los rizos de tu pelo.
No había calle sin tu sombra,
no había reja sin tu beso,
ni balcón sin tu mirada,
ni farola sin tu sueño.
Costúrenlos de novia...
¡Ay, aquellos costureros...!
Y no había ninguno, no,
que no tuviera un pañuelo,
donde las niñas bordaran,
con la seda de más precio,
su inicial y tu inicial,
en secreto casamiento.
Al andar ibas dejando
toda tu faja en requiebros,
la faja se iba enredando
en rejas y en ojos negros.
Y a tu paso y a tus pasos
quedaban en el silencio
las novias llenas de ojeras, l
los novios llenos de celos.
Por eso te dieron muerte
todos los novios del pueblo.
Dicen que fue a medianoche...;
dicen que fue amaneciendo...;
dicen, dicen...; pero nadie
sabe nada de lo cierto.
Lo único cierto que saben,
¡y cómo lo llora el pueblo!,
es que anoche, junto al río,
mataron a Juan Romero.
Junto al río, como un junco
está junto al río, muerto.
Un brazo sobre la arena,
el otro sobre su pecho;
una mano bajo el agua,
i otra mano sobre el cuello.
Mitad del rostro en la orilla,
mitad cayéndole el cielo;
la boca medio cerrada
y los ojos entreabiertos.
En sus sienes se han echado
a morir dos rizos negros
y en sus ojeras se están
amortajando los besos.
Junto al río, junto al río
esta como un junco muerto,
muerto rondador de espumas
estrenando besos nuevos.
Que hasta el agua enamorada
le está besando en silencio
la sangre de su camisa
y la flor de su sombrero.
¡Ay, galán de cien cinturas,
rondador de cien secretos!
Cien costureros de nácar
cien niñas están abriendo.
Lágrimas desesperadas
están, sobre cien pañuelos,
casándose con tu nombre,
en secreto casamiento.
¡Ay, qué verbena de luto
por los rincones del pueblo!:
las novias lloran de rabia,
los novios lloran de celos.
Dicen que fue a medianoche...;
dicen que fue amaneciendo...;
dicen, dicen...; pero nadie
sabe nada de lo cierto.
Lo único cierto que saben,
¡y cómo lo llora el pueblo!,
es que anoche, junto al río,
mataron a Juan Romero.


«SOLEA» DEL AMOR INDIFERENTE
«Ni rencores ni perdón;
no me grites..., no me llores;
lo nuestro ya se acabó».

¿Rencores...? ¿Por qué rencores...?
No le va a mi señorío
guardarle rencor a un río
que fue regando mis flores.
Tú me diste los mejores
cristales de tu corréate,
y no sería decente
maldecirte, por despecho,
si sé que tienes derecho
a dar o negar la fuente.
Debo estarte agradecido
por tu generosidad:
tú me diste por bondad
di por cumplido.
Me brindaste tu latido,
tu boca nunca besada,
tu carne nunca estrenada,
tus ojos siempre esperando
con dos ojeras temblando
debajo de la mirada.
Me diste el primer «te quiero»,
que es el que más atosiga
y, llanita de fatiga,
me diste el beso primero.
Y hasta que llegó a tu alero
aquel mal viento ladrón.
yo sé que tu corazón
fue mío por vez primera,
y sólo mía la acera
debajo de tu balcón.
Por eso yo, bien nacido,
ni te odio ni te aborrezco;
al contrario, te agradezco
todo cuanto me has querido.
No me importa si te has ido,
barca mía, hacia otro mar;
que yo no te puedo odiar
por esta mala partida,
porque odiar es, en la vida,
un cierto modo de amar.
Ni te vengas a mi lado
para pedirme perdón;
el perdón es la razón
de volver a lo pasado.
Y lo pasado, acabado,
que pasó... porque pasó.
; Déjame que viva yo
sin perdón y sin rencores;
porque... por más que me llores,
lo nuestro ya se acabó!


TUS CINCO TORITOS NEGROS

Contra mis cinco sentidos
tus cinco toritos negros:
torito negro, tus ojos,
torito negro, tu pelo,
torito negro, tu boca,
torito negro, tu beso,
y el más negro de los cinco,
tu cuerpo, torito negro.
Barreras puse a mis ojos,
tus ojos me las rompieron.
Barreras puse a mi boca,
tu boca las hizo leño.
Puse mi beso en barreras,
tu beso les prendió fuego.
Barreras puse a mis manos,
les hizo sombra tu pelo.
Y puse barreras duras
de zarzamora al recuerdo,
y saltó sobre las zarzas
tu cuerpo, torito negro.
¡Deja, que no quiero verte!
¡Déjame, que no te quiero!
Y luego monté mis ojos
sobre un caballo de miedo;
...tus ojos me perseguían
igual que un torito negro.
Y luego mordí mi almohada
para contener mi beso;
...tu beso me corneaba
igual que un torito negro.
Y luego arañé mi carne
de tentación y deseo,
para que no me gritara
que yo te estaba queriendo,
y tu cuerpo encandilao,
mimbre, luna, bronce y fuego,
se me plantó ante los ojos
igual que un torito negro.
¡Deja, que no quiero verte!
¡Déjame, que no te quiero!
El aire del cuarto estaba
temblando con tu recuerdo.
Cien caballos en mis venas
al galope por mi cuerpo;
y yo, jinete sin rienda,
luchando por contenerlos.
Cien herreros en mi boca
trabajando con mis besos,
y yo, , queriendo ser fragua
para poder deshacerlos.
Cien voces en mi garganta
gritándome que te quiero,
y yo, ¡mentira infinita!,
gritando que no te quiero.
Salí por aire al balcón...;
...me tropecé con el cielo:
verde, blanco, azul y negro,
igual que el de aquella noche
de nuestro primer encuentro,
en que me hirieron al paso
tus cinco toritos negros.
Y me acordé de aquel aire
que jugaba con tu pelo,
como un niño a quien le gustan
los caracolillos negros.
Y me acordé de aquel rayo
de luna, fino y torero,
que puso dos banderillas
de luz en tus ojos negros.
Y de aquel dolor de labios
que nos quedó de aquel beso;
y de aquel dolor de brazos,
y de aquel dolor de huesos,
y de aquella caracola
de amor, que quedó por dentro,
con un mar de amor dormido:
...que te quiero, ...que te quiero.
Y se me escapó la voz:
grité: ¡te quiero!, ¡te quiero!
Y ya no pegué mi boca
contra la cal de mi encierro;
y ya no mordí mi almohada
para contener mi beso;
y ya no arañe mi carne
de tentación y deseo.
Pegué mi beso a tu boca,
junté tu boca a mi beso,
y otra vez aquel dolor
y aquel temblor de recuerdos,
pensando en aquella noche
de nuestro primer encuentro.
¡Te quise siempre, te quise!
¡Te quiero siempre, te quiero!
Aunque no puedo quererte,
¡te quiero!
Aunque no debo quererte,
¡te quiero!
Aunque en cunas de tu casa
almendros se están meciendo,
¡te quiero!
Aunque tú tengas dos lirios
que se te cuelgan del cuello,
¡te quiero!, ¡te quiero!, ¡te quiero!
Y aunque pongas más barreras
de zarzamora al recuerdo,
para que nunca las salten
tus cinco toritos negros...:
torito negro, tus ojos,
torito negro, tu pelo,
torito negro, tu boca,
torito negro, tu beso,
y el más negro de los cinco,
tu cuerpo, torito negro.
¡Te quise siempre, te quise!
¡Te quiero siempre, te quiero!


CUANDO EL ANGEL SE MARCHÓ
A Víctor María Corteza

Temblor de plumas plegadas
en señal de adoración.
¡Qué olor a gloria quemada
dentro de la habitación!
Por la puerta...
¡Aire, que salgo!
¿quién salió...,
quién saldría?.
Salió tan sólo un rumor
de plumas recién abiertas,
pero en la puerta quedó
un musgo de Ave María
y un eco de Anunciación.
El rosal...
¡Aire, que paso!
¿Quién pasó...,
quien pasaría
tan sin pies y tan de raso,
para que todo el rosal
se empinara?...
¡Aire, que paso!
...Y qué murmullo de alas
movió las rosas al paso.
En la fuente...
¡Aire, que salto!
¿quién saltó,
que estando el agua serena
de pronto se estremeció?...
Sobre el agua saltó el dulce
ángel de la Anunciación.
Y a su viento,
el claro cristal cuajó
de espumas su encantamiento...
¡Pero no!
No fue el agua, que, al temblar,
frunció nevadas espumas.
Fue que al ángel, al saltar,
se le mojaron las plumas.
Por la pradera...
¡Aire, que vuelo!
¡Qué rumor de alas tendidas
por la pradera se fue!
Cada flor nube pequeña
para el apoyo del pie...
¡Aire, que vuelo!
Para el apoyo del ala...
¡Aire, que vuelo!
¡Para el apoyo del cielo!
Y en la lejanía...
¡Aire, que subo!
La palmera se movió...
la palmera se movía
como diciéndole adiós.
Todo Nazaret quedó
transido de Ave María
y blanco de Anunciación.


DE LA NIEVE NACIÓ EL FUEGO

Entre la nieve está el fuego
a punto ya de ser sol.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por ti me apeno, María.
-No ves que tengo calor...!
No ves que me arde arde
dentro la hoguera de Dios!
De la nieve nació el fuego
y Diciembre se incendió.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por ti me apeno, María.
-No ves que el niño llegó
y está quema que me quema
la llama que me quedó!
Pura nieve ríe el fuego,
¡se está derritiendo el sol!
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por El me apeno, María.
-Pero yo no puedo, no,
por mas que quiera y que quiera,
hacerle un abrigo al sol.
La nieve vela que vela
al fuego que se durmió.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.


EL AGUA

El agua nos da vida; nos levanta
ríos de sangre en pie para la vida;
río de pie es el hombre, sangre erguida,
y en sus arenas algo muere o canta.
Cualquier aire de azar lo solivianta
como el agua que está desprevenida
y como a leve espuma sorprendida
cualquier aire de azar lo desencanta.
Y el agua nos deshace lentamente.
Río de pie es el hombre, sangre, lava,
que muerde sus orillas mientras fluye.
Y poco a poco, pero fieramente,
su manantial por dentro lo socava
y el alto mar por fuera lo destruye.


MUERTE DEL CIERVO

Todo fuga imposible y fiebre lenta
el ciervo herido se tendió en el prado;
por la canela tibia del costado
le resbala una herida polvorienta.
Desmaya la cabeza; con dulzura
mira su muerte y cierra la mirada;
y lamiendo su sed, desordenada,
la lengua busca arroyos de frescura.
Con un ansia de risco y de pradera
mueve una pata, como si quisiera
avanzar apoyándose en la brisa.
Mas pesan mucho el sol, la fiebre, el plomo.
Y se muere, se muere, triste, como
una gran sed que ya no tiene prisa.


ALA Y ALMA A LA VEZ

Ala y alma a la vez pudiendo darme,
me diste el alma y me negaste el vuelo;
barro me hiciste, mas pudiste honrarme
con barro volador, flecha hacia el cielo.
Qué más te daba retocar mi arcilla
con alados retoños de plumaje,
para que, siendo Booz de mi gavilla,
pudiera ser Miguel de mi paisaje.
Me ungiste como a rey de tus creaciones;
mas ve, Señor, al águila que escala
los vientos y no cesa de humillarme.
Y pregunto. Señor, por qué razones
me diste el alma y me negaste el ala,
ala y alma a la vez pudiendo darme.


FUEGOS ARTIFICIALES

¿Qué me queda, Señor, de tanta rueda
como he quemado a la ilusión de un día?
¿Qué me queda de tanta algarabía
de lumbre, ruido y oro, chispa y seda?
¡Cuánta cinta de lumbre se me enreda,
cuánto arroyo de luz me desafía,
cuánta cascada y fuente de alegría...!;
y de tanto aparato, ¿qué me queda?
¡Ay!, qué iluminación en mi castillo
y qué cohete afán, limón de brillo,
que tira al aire su dorado zumo.
Pero al sonar el último estampido,
veo que de tanta luz, de tanto ruido,
sólo me quedan soledad y humo.


LA BARCA

La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
huele a marisma la boca
y sabe a sal la palabra.
Así...La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
¿Qué cuánto quiero por ella?
Venga conmigo a la playa.
Por una quilla de oro
y dos remos de esmeralda
le vendo... el aire que lleva dentro
por una rosa de nácar...
la arena donde se acuesta,
y por un timón de plata...
ese mar en duermevela
en el fondo de la barca
donde estrellas marineras
reman de noche a sus anchas.
Aire, arenas y agua
¡todo le vendo!... menos la barca.
Aquí la tiene: bonita,
como una mujer casada;
por la quilla, sueño verde;
por la vela, nieve blanca.
Cuando está en la playa
pienso si soñará con el agua;
cuando está en el agua
digo si soñará con la playa.
La trato como una mujer
y así está ella;
le saltan la presunción y el orgullo
cuando duerme y cuando anda.
Con decirle, que le viene pequeña
¡toda la playa!
Que en esto de los amores
mujer y barca se pasan
de orgullosas, por queridas;
de presumidas, por guapas.
Y cuando se lanza al mar
además de guapa, brava.
Mete el pecho, hunde el casco;
se enjoya de espuma blanca,
cruje el agua en las amuras,
ella, altiva, la rechaza,
y cuando se deja atrás
la nieve, el oro y el nácar,
se esponja, se espuma,
se contonea y se acicala,
como hembra que se sabe fina,
bonita y andas.
Una reina no sería tan reina
¡como mi barca!
Y si viera cuando corre¡
Caballo con la crin blanca
que va levantando polvo
de espuma sobre esmeralda.
¿Qué cuánto quiero por ella?
¡Mi barca no es solo barca!
Cuña, mástil, timón, remo,
quilla verde y vela blanca.
Mi barca es la sal del mar
que se hizo piropo y gracia,
con un nombre: soledad
sobre este nombre: mi barca.
La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
huele a marisma la boca
y sabe a sal la palabra.
Así...La barca...la barca...
con sólo decir... mi barca...
¿Qué cuánto quiero por ella?
¡Mi barca no es sólo barca!

Presión. Dibujos Figura Humana. DFH. Significados psicológicos. Augusto Vels.


2 - LA PRESIÓN DEL TRAZADO.-







La presión del trazado en el dibujo, es para mi uno de los aspectos más importantes. La presión que el sujeto ejerce sobre las lineas de los DFH, refleja el nivel de energía psíquica y nerviosa fundamental, señala la potencia de los impulsos realizadores, el grado tensional de la voluntad en el mantenimiento de las actitudes y de los objetivos a lograr y la firmeza y resistencia frente a todo obstáculo, presi¢n o dificultad.
Un dibujo a base de trazos fuertes, profundos y en relieve, expresa las facultades creadoras y de acción, la vitalidad y energia de una persona que afronta con éxito los problemas vitales y marcha con confianza en si mismo hacia los objetivos que se propone. Si el conjunto de las figuras dibujadas no ofrece desproporciones, lateralizaciones u otros signos de desadaptación, el sujeto vencer normalmente toda circunstancia adversa, oposición, obstáculo o dificultad para llegar a sus metas. Si el dibujo presenta desproporciones chocantes u otras anomalias que reflejen desadaptación e impulsividad, el sujeto tiende a destruir, arrasar o atacar con más o menos violencia las situaciones contrariantes, las presiones u oposiciones, es decir, los obstáculos que le impiden realizar sus deseos.
De manera general, el grosor y la profundidad de los trazos está en relación con la fuerza vital del sujeto: esta fuerza o vigor personal, puede estar controlada, si las figuras son armónicas, bien organizadas y sin distorsiones. La fuerza vital puede ser impulsiva, destructiva y violenta, si los DFH presentan anomalias, desproporciones, desorden o discordancias.
La presión de los trazos, fuerte, normal o débil, aparte de reflejarnos el nivel de energía psíquica y nerviosa, puede darnos también información sobre el retraimiento y la conflictividad (consigo mismo o con el entorno), así como preciosa información sobre el estado de la sensibilidad nerviosa y psíquica del sujeto que realiza los DFH. Veamos el capítulo de la presión en sus detalles :


2-1 - TRAZOS GRUESOS Y PASTOSOS EN LOS DIBUJOS.-
Buena memoria y retentiva visual por la prolongación de las impresiones físicas. Puede faltar la capacidad para vivir y comprender temas abstractos y espirituales. Sensualidad, pesadez, abandono a los placeres del cuerpo. Materialismo. Decadencia moral o espiritual, con signos negativos.


2-2 - DIBUJOS A BASE DE TRAZOS FUERTES, NETOS Y BIEN DELIMITADOS.-
Carácter enérgico, voluntarioso, activo y decidido. Buena salud mental y fisica. Capacidad de resistencia a ls influencias externas. Buena afirmación de si mismo y de las actitudes tomadas. Libido fuerte y en progresión.
Capacidad de rendimiento en el trabajo. Perseveraci¢n en los objetivos a lograr, estabilidad, madurez y seguridad en si mismo. En sentido negativo (*) : descarga o liberacion violenta de las pulsiones, audacia, brusquedad, falta de consideración y de miramientos en las relaciones del Yo con el Tú.
(*) - Deben interpretarse los DFH, en "sentido negativo", cuando presentan los siguientes signos :
a) - Dibujos pobremente integrados o con múltiples fracasos en los intentos de estructuración.
b) - Cuando los DFH presentan sombreados, transparencias, desproporciones o discordancias, roturas o cortes en el dibujo de las parte del cuerpo, por ejemplo, un cuello que no enlaza con el tronco o unas manos cortadas a nivel de las muñecas.
c) - Falta de coherencia en la organización de las partes del cuerpo o en los movimientos, por ejemplo, unos pies orientados en distinta dirección a la del cuerpo, un pie en una dirección y el otro en otra, ojos con estrabismo muy pronunciado, rasgos del rostro fuera de su lugar correspondiente, etc.
d) - Figuras pequeñas, inclinadas y ubicadas en el cuadrante izquierdo y bajo de la página. Aspecto deshumanizado o siniestro en los DFH. Exceso de rigidez en la postura de las figuras. Figuras excesivamente grandes que no caben en la página. Lateralizaciones. Omisión de partes importantes de las figuras, etc.


2-3 - DFH CON TRAZOS FLOJOS.-
Nivel de vitalidad por debajo de la media. La energia nerviosa y psiquica es más o menos débil. El sujeto es más receptivo que activo. Escasa resistencia en la afirmaci¢n del Yo frente a los demás. Se deja influenciar por las opiniones, por las presiones y circunstancias externas, por los obstáculos, las dificultades, por las imposiciones u oposiciones de los demás. Esta debilitaci¢n del Yo o falta de resistencia a las personas o acontecimientos externos, condiciona la sumisi¢n y dependencia, la timidez, la imprecisi¢n, las vacilaciones, las dudas, la fácil fatigabilidad y los complejos de impotencia, claudicaci¢n y minusvalia.
Es frecuente en los DFH con trazos débiles, que el sujeto intente retocar algún desliz en la configuración del dibujo, lo que se traduce en una corrección insistente de la anomalia (repetición de trazos en una pequeña zona o área de los DFH. En éstos casos, se debe sospechar una dificultad, minusvalia o problema, fisico o psiquico, en la parte retocada de la figura. Estos retoques insistentes, suelen presentarse en la cara, los brazos, las manos, los hombros, la zona de los ¢rganos sexuales, en el aparato locomotor (piernas y pies), etc.
Según la zona donde se localicen los recargos de trazos o retoques, pueden deberse, como algunos autores indican, a la inhabilidad gráfica, pero en muchos casos, éstos fallos, tienen un transfondo psicológico, es decir, o bien encierran sentimientos de culpabilidad, desadaptación, o miedo a ser infravalorizado, o pueden deberse a verdaderos problemas en la sociabilidad del sujeto (retoques en la cara), a conflictos o problemas sexuales ( retoques en el área de los órganos sexuales), a complejos de masturbación, o miedo al castigo por algo hecho con las manos, si los retoques, cortes o roturas aparecen en las manos, etc.
En general, pueden ser tan negativos los DFH realizados con trazos ténues, leves, inseguros y llenos de retoques, como otros que hubiesen sido hechos con trazos muy fuertes, bruscos, brutales y desproporcionados. En el primer caso, la delicadeza puede ir mezclada con una timidez, inseguridad e influenciabilidad morbosa que determinaria la incapacidad para afirmarse y la "neurosis de fracaso".
En el caso de un exceso de vigor, brutalidad y desproporción en los trazos, podemos sospechar una falta de madurez y de equilibrio en las reacciones, propio a veces, de sujetos epileptoides, fácilmente irritables, explosivos y violentos. Pero también puede tratarse de una reacción compensadora ante un temor de impotencia. Algunos autores hablan de posibles traumatismos cerebrales, tumores, encefalitis, etc. pudiendo darse éste síndrome en algunos diabéticos mal controlados.


2-4 - DFH CON TRAZOS FUERTES, SEGUROS Y BIEN CENTRADOS.-
Como he dicho anteriormente, el nivel de presión de los trazos corresponde al grado de energia vital, a la potencia de la libido, a la fuerza de las tendencias, deseos y necesidades, al vigor de la voluntad para enfrentarse a los problemas vitales y superar obstáculos y dificultades en los objetivos que se quieren alcanzar.
Por tanto, una fuerte presión en el trazado, seguida de un buen control y organización de la tarea a realizar, en este caso los DFH, es la expresión de un carácter enérgico, voluntarioso y decidido apoyado por una buena vitalidad. El sujeto resiste eficazmente todo acontecimiento, situación, obstáculo u oposición, toda presión externa, contraria a sus principios, a sus necesidades y conocimientos o a los objetivos que se haya trazado. Esta interpretación es tanto más justa, cuanto más neto, limpio y profundo es el trazado y cuanto más organizadas y equilibradas sean las partes y el conjunto de las figuras dibujadas, lo que se traducir también en una buena profundidad de pensamiento y autenticidad en los valores personales.
Si la robustez del trazado obedece solamente al empleo de un rotulador o de un instrumento de punta gruesa, en cuyo caso los trazos, vistos con la lupa, no presentan más que grosor sin profundidad, hay que desconfiar de la autenticidad de los valores del sujeto, especialmente si los bordes de los trazos no son netos, sino llenos de babosidades, (trazado pastoso y sucio), en cuyo caso el sujeto intenta hacer alarde de valores inauténticos, exhibe su personalidad ante los demás ostentando cualidades y méritos que no puede justificar o apoyar en la realidad.


2-5 - DFH CON LINEAS SEGUIDAS, DECIDIDAS Y SIN INTERRUPCION.-
El sujeto pasa del pensamiento a la acción sin vacilaciones, se siente seguro de si mismo y de lo que hace. Una vez toma posición y decide una acción obra con rapidez y de acuerdo con su determinación. Si el dibujo es rápido, bien proporcionado en su conjunto, y la presión de los trazos es firme, el sujeto aborda los problemas y realiza sus intercambios con los demás con plena iniciativa, confianza y resolución, sin crear conflictos a los demás, ni tenerlos consigo mismo.
Si las partes y el conjunto de las figuras aparecen desproporcionadas, discordantes, mal organizadas o con anomalías, la interpretación debe hacerse en sentido negativo. Se tratar entonces de un sujeto impulsivo, apasionado, individualista y mal integrado social y profesionalmente.


DFH CON LINEAS FLOJAS, VACILANTES Y FRECUENTEMENTE ROTAS.-
Es propio de sujetos asténicos, débiles de espíritu y de carácter, con frecuentes titubeos y vacilaciones que inhiben la acción y la decisión.
Las lineas débiles, con poca presión y vacilantes. hacen al sujeto permeable, vulnerable a los acontecimientos e indefenso frente a las situaciones adversas o que requieren lucha. El único recurso de éstos sujetos, para mantenerse a flote en la vida, es la dependencia-sumisión. Los bloqueos psíquicos a causa de la timidez, la inseguridad y la falta de energía, crea en ellos la fuerte propensión a la angustia y a la ansiedad.
Si la vaguedad del trazado (flojedad o blandura) es importante, puede dar lugar a pérdidas de atención, a olvidos, perturbaciones emocionales y coartatividad inoperantes, principalmente si el sujeto se siente observado por un superior, de donde la deficiencia para ciertas tareas, a causa de la frecuente pérdida de autodominio emocional. El sólo hecho de pensar que puede "no quedar a la altura que desea" (la timidez genera orgullo interno), le inhibe anormalmente ante los demás. Su renuncia a participar en reuniones, en seminarios de formaci¢n que requieren examen, o en cualquier acto público, no es más que un mecanismo de defensa frente a la propia inseguridad.
Los trazos débiles, vagos, tenues o restringidos son la expresión de la falta de vigor en las funciones vitales. Sea por la misma debilidad o por represiones y frustraciones repetidas, el sujeto que realiza con trazos delgados o tenues los DFH, se encuentra con falta de tono muscular y nervioso, es decir, con falta de fuerza y de vigor en la voluntad para hacer frente a las peripecias de la vida. Su sensibilidad y receptividad se acentúan y son pasivas. Por tanto, su visión de los acontecimientos es bastante dramática, limitada y subjetiva. No soporta, sin resentirse, cualquier reproche aparente, cualquier contrariedad u oposición sin sentirse dañado. Su fragilidad, sus disgustos, su impotencia frente a lo adverso, sus lamentaciones, se ponen fácilmente de manifiesto, así como su pusilanimidad, su evasión ante los conflictos y su sentimiento de inseguridad y de impotencia.


DFH CON TRAZOS BRUSCOS, VIOLENTOS, DESPROPORCIONADOS.-
Como ya queda indicado anteriormente, cuando los DFH son dibujados con trazos bruscos, violentos y desproporcionados, las cargas instintuales o emocionales logran romper el autocontrol, sea por falta de madurez en el sujeto, sea por traumatismos cerebrales, por tendencias epileptoides congénitas, o por cualquier otra causa que ha deteriorado la regulación de las reacciones (drogas, alcohol, etc.), el sujeto es excesivamente irritable, no soporta bien las contrariedades, tiende a las reacciones impulsivas, explosivas y violentas y muestran poca habilidad, poco ingenio, poca paciencia, para adaptar su comportamiento de un modo comprensivo a las normales incidencias, esperas, obstáculos y dificultades de la vida.
En muchos casos, sobre todo en los epileptoides, si bien las reacciones son primarias e impulsivas, en la acción suelen ser lentos y en las relaciones con los demás, en la vida social, es notoria la inhibición, la retención pegajosa, la crispación repentina del humor, las reacciones explosivas y las perseveraciones en la actitud tomada.


DFH CON TRAZOS DENTADOS O EN DIENTES DE SIERRA.-
Se trata de trazos que, en sus bordes externos o internos, presentan irregularidades en forma de dientes de sierra. En general, parecen traducir tensión en la comunicación, por mantener el sujeto opiniones o criterios contrarios o en oposición a los demás. Es señal de mala adaptación, de irritabilidad, de crispación, de reacciones bruscas, propio de una emotividad mal controlada (Grado V de la escala de Pophal).
Según M.T. Prenat, los dientes de sierra a la izquierda de los trazos, expresan el "predominio de las percepciones internas (cenestesia) y de las resonancias intimas", es decir, la prolongación del efecto de las impresiones recibidas. La voluntad predomina sobre el sentimiento y produce el tipo pobremente integrado de Jaensch.
Los trazos con dientes de sierra a la derecha, según ésta misma autora, reflejan el predominio de las percepciones externas y determinan la impresionabilidad producida por los estimulos recibidos del ambiente exterior. Se trataria, en éste caso, de un tipo integrado o sociable, pero con un espiritu crítico acentuado.
Por tanto, según deducimos de las observaciones de M.T. Prenat, los sujetos con dientes de sierra en el borde izquierdo de los trazos, dirigen la agresividad de sus reacciones, principalmente hacia si mismos (masoquismo). Y los sujetos cuyos DFH presentan melladuras o dientes de sierra a la derecha, dirigen la agresividad hacia el exterior (sadismo).


DFH CON TRAZOS TORCIDOS O EN DOBLE INFLEXION
La torsión o doble inflexión es un trazo que describe dos direcciones opuestas. Puede ser el efecto de una dolencia fisica o de los transtornos propios de la edad critica (pubertad), edad en la que son frecuentes los estados de ambivalencia (existencia simultanea y con la misma fuerza, en la conciencia de dos afectos opuestos : amor-odio, atracción-repulsión, obediencia- rebelión, etc.).
Por tanto, la torsión o doble inflexión, es un signo de conflicto interno, un signo de inseguridad e ideterminación, un signo de vacilación entre el deseo y el temor que conduce a una pobreza de medios para enfrentarse con el entorno y sus problemas. Este conflicto interno se produce cuando, ante un problema, deseo o estimulo, el sujeto oscila entre dos o más respuestas contradictorias y con la misma fuerza y no sabe a qué atenerse. Esta lucha interna consume energia, sin hallar una fácil solución. En éste estado, el sujeto está raro de carácter y lleno de contradicciones, disminuye su capacidad de atenci¢n, pierde efectividad en sus estudios o en el trabajo y sufre interiormente.
Tomemos un ejemplo : el muchacho que está pasando de niño a adulto. Por un lado, tiene aun sin liquidar el complejo de Edipo (amor y fidelidad a la madre). Por otro, quiere ser adulto, desprenderse de la tutela de la madre, divorciarse de ella e independizarse. Ha centrado su amor en una muchacha que le gusta, pero no tiene valor, ni suficientes recursos para desprenderse de la tutela de la madre e independizarse. En ésta situación, el muchacho se ve obligado a soportar el dominio de la madre, a la cual ama y odia a la vez. a causa de sus exigencias.
En resumen : la torsión es un gesto de sufrimiento fisico o moral. Es frecuente en sujetos afectados por perturbaciones del aparato respiratorio, por ejemplo, en los asmáticos. Asociada a las roturas o soluciones de continuidad de los trazos, puede señalar afecciones cardíacas.


DIBUJOS CON LINEAS FUERTES, RECTAS E INFLEXIBLES.-
Cuanto más profundo y recio es el trazo, tanto más se acentúa la rigidez, la tensión, la inflexibilidad del carácter.
La rigidez e inflexibilidad es una fijación a ideas, posiciones o actitudes en sujetos que tienden, inconscientemente, a regresar a una etapa o fase de desarrollo, a una motivación o necesidad profunda, que quedó pendiente de satisfación. Por tanto, la inflexibilidad, la incapacidad, a veces, de ceder incluso a las evidencias demostradas, tiene su origen en frustraciones afectivas dolorosas sufridas durante la infancia. Es un trauma de una privación que puede estar relacionado con el complejo de Edipo o de Electra, o con tendencias homosexuales reprimidas.
Los DFH realizados con lineas rectas, tienden a dar a las figuras formas cuadradas o rectangulares, lo que supone, salvo en raros casos, una adaptación pobre en la convivencia y en el enfrentamiento con las peripecias de la vida..
Si las lineas rectas de los DFH son delgadas, ténues o con poca presión, reflejo de una vitalidad o libido débil, el sujeto se defiende, con su postura rigida, contra su vulnerabilidad interna.
A veces, ciertas lineas, muy fuertes y alargadas, denuncian transtornos de tipo neurótico o tendencias paranoides. La pesadez, grosor y apoyo excesivo de los trazos, señal de excesiva fuerza motora, puede corresponder a sujetos maniacos o esquizáofrénicos, pero para llegar a conclusiones de éste tipo, es necesario contar con un informe médico.
Cuando en los DFH los contornos externos están marcados con lineas fuertes y los detalles internos con trazos débiles, cabe sospechar que el sujeto pone un muro entre él y su entorno. O bien defiende su Yo de una vulnerabilidad o permeabilidad excesiva (exceso de sensibilidad) tomando precauciones defensivas contra los choques dolorosos o posible hostilidad, real o imaginada de su entorno; o bien posee un alto concepto de si mismo (orgullo), que le impide comunicarse abiertamente con "los cernícalos que le rodean", pues asi considera a sus semejantes.


DFH CON LINEAS INSEGURAS AL TRAZAR EL CONTORNO.-
Al trazar el contorno, el sujeto emplea pequeñas lineas que dejan el dibujo inseguro y vacilante en su estructura. Estos fallos en el intento de dar configuración a los DFH, repasando a veces de manera repetitiva los mismos trazos, refleja la angustia del sujeto que, en circunstancias anómalas o inesperadas, le falta confianza en si mismo para salir airoso de las situaciones.
Intentando vencer su estado interno de vacilaci¢n, de inquietud y de inseguridad, el sujeto se balancea sobre varias ideas de corrección. Queriendo perfeccionar lo que cree defectuoso, deja la huella de su deseo de perfección, pero no la eficacia de su acci¢n. Se trata de sujetos que, frente a situaciones nuevas o desacostumbradas, quedan indecisos o como obnubilados, sin saber que solución pueden dar a los problemas. Dudando sobre lo que deben hacer, pierden frecuentemente la ocasión de actuar en los momentos favorables, tomando a veces, decisiones erroneas o a destiempo.
Como ya queda dicho en otro lugar, es importante observar la zona o área donde se producen éstos fallos, anomalías o retoques, ya que representan, inconscientemente, el área donde el sujeto se siente más débil, impotente o minusválido, es decir, la parte orgánica o psíquica de su personalidad que mayores complejos de inferioridad genera, dando origen a sus conflictos.


DFH CON LINEAS DE PRESION, FORMA, DIMENSION Y DIRECCION DESCONTROLADAS.-
Dificultad para reprimir los impulsos. Agitación. Incapacidad para planificar las tareas. Impulsividad. El sujeto pasa de la excitación que le produce cada estimulo interno o externo a la reacción inmediata, sin que medie la reflexión. En todo caso, la reflexión puede venir a posteriori de los hechos consumados. Este exceso de primariedad puede ser patológico. (Ver más atrás el articulo : "DFH realizado a base de trazos bruscos, violentos, desproporcionados).


DFH CON PRESION FLOJA O VACILANTE Y FRECUENTES ANGULOS EN EL DIBUJO DE LOS CONTORNOS.-
He observado éstos signos en personas sumamente impresionables y poco integradas en la convivencia social y profesional. Se trata, generalmente, de sujetos muy susceptibles, puntillosos y egocéntricos, siempre con un sentimiento inseguro del propio valer. Suelen interpretar de modo torcido o peyorativo cualquier observación critica que se les hace, cualquier broma o comentario que alguien pueda hacer sin propósito de ofender o de atacar.
Cuando las figuras dibujadas son, en proporción, más altas que anchas, (figuras alargadas), el prurito de la propia dignidad, el orgullo, tiene algo de enfermizo a causa de la facilidad con que entran en el resentimiento, en los celos y el rencor.
En determinados casos, he observado éste signo como un efecto del exceso de mimo y prolongación del amamantamiento en la infancia, seguido de la frustración por la llegada de un nuevo hermanito que le ha postergado o marginado en las atenciones de la madre. Esta frustración infantil ha condicionado un "carácter anal", desconfiado, egoista y egocéntrico. El sujeto no intenta integrarse y adaptarse al mundo, quiere que sea el mundo quien se adapte a él e intuya todas sus necesidades y deseos y los satisfaga.
En resumen : la presión o vigor de los trazos, debe relacionarse con el nivel de energia psiquica y nerviosa, con la capacidad de afirmación, de voluntad realizadora y con la capacidad de resistencia orgánica y psiquica que posee cada individuo.
El individuo que está dotado de mucho impulso, de mucha fuerza realizadora, de iniciativa, de confianza en si mismo y fuerte ambición, lo expresar, en los DFH, o en su grafismo, a través de la presión en el trazado.
Por el contrario, los sujetos con bajo nivel de energia (líbido débil), sea por causas de tipo fisico o psiquico, lo expresarán en sus DFH de lineas delgadas, tenues o débiles y más o menos indecisas o vacilantes. Los ciclotimicos, los inestables y los impulsivos muestran un trazado fluctuante en la presión.


lunes, 1 de julio de 2013

CORRUPCIÓN Y PECADO. J, M, Bergoglio


Jorge M. Bergoglio 
(Papa Francisco) 


CORRUPCIÓN Y PECADO 

Publicaciones Claretianas 



“Sólo ante Dios o un niño 
debemos ponernos de rodillas” 

PRÓLOGO
En nuestras sociedades, y en todos los medios de comunicación, aparece con frecuencia, casi constantemente, el tema de la corrupción como una de las realidades habituales de la vida. Se habla de personas e instituciones aparentemente corruptas que han entrado en un proceso de descomposición y han perdido su entidad, su capacidad de ser, de crecer, de tender hacia la plenitud, de servir a la sociedad entera. No es una novedad: desde que el hombre es hombre siempre se ha dado este fenómeno que, obviamente, es un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción. Con frecuencia noto que se identifica corrupción con pecado. En realidad, no es tan así. Situación de pecado y estado de corrupción son dos realidades distintas, aunque íntimamente entrelazadas entre sí.

Dado que el tema es siempre actual, me ha parecido oportuno volver a escribir sobre ello. Sucede que, en muchos lugares, se polariza la atención sobre ello y muchos se asombran de que puedan suceder cosas de este estilo. No quiero pormenorizar en ejemplos: los diarios están llenos de ello.

No podemos obviar el tema pues es un asunto recurrente en muchas de nuestras charlas y reuniones. Nos hará bien reflexionar juntos sobre este problema y también sobre su relación con el pecado. Nos hará bien sacudirnos el alma con la fuerza profética del Evangelio que nos sitúa en la verdad de las cosas removiendo la hojarasca que la debilidad humana, para la corrupción. Nos hará mucho bien, a la luz de la palabra de Dios, aprender a discernir los diversos estados de corrupción que nos circundan y amenazan con seducirnos. Nos hará bien volver a decirnos unos a otros: “¡pecador sí, corrupto no!”, y decirlo con miedo, no sea que aceptemos el estado de corrupción como un pecado más.

‘Pecador, sí”. Qué lindo es poder sentir y decir esto y, en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera.

“Pecador, sí”, como lo decía el publicano en el templo (“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”, Le 18,13); como lo sintió y lo dijo Pedro, primero con palabras (“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”, Le 5,8) y luego con lágrimas al oír aquella noche el canto del gallo, momento éste que la genialidad de J. S. Bach plasmó en la sublime aria Erbarme dich, mein Gott (Ten piedad de mí, Señor).

“Pecador, sí” tal como Jesús nos enseña que lo dijo el hijo pródigo: “He pecado contra el cielo y contra ti” (Le 15,21) y luego no pudo seguir hablando pues quedó enmudecido por el cálido abrazo del padre que lo esperaba.

“Pecador, sí” como nos lo hace decir la Iglesia al comenzar la Misa y cada vez que miramos al Señor crucificado.

“Pecador, sí” como lo dijo David cuando el Profeta Natán le abrió los ojos con la fuerza de la profecía (2Sm 12,13).

¡Pero qué difícil es que el vigor profetice resquebraje un corazón corrupto! Está tan parapetado en la satisfacción de su autosuficiencia que no permite ningún cuestionamiento. “Acumula riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios” (Le 12,21). Se siente cómodo y feliz como aquel hombre que planeaba construir nuevos graneros (Le 12,16-21), y si la situación se le pone difícil conoce todas las coartadas para escabullirse como lo hizo el administrador astuto (Le 16,1-8) que adelantó la filosofía de ‘tonto el que no robe’

El corrupto ha construido una autoestima basada precisamente en este tipo de actitudes tramposas; camina por la vida por los atajos del ventajismo a precio de su propia dignidad y la de los demás. El corrupto tiene cara de yo no fui, “cara de estampita” como decía mi abuela. Merecería un doctorado honoris causa en cosmetología social. Y lo peor es que termina creyéndoselo. ¡Y qué difícil es que allí entre la profecía! Por ello, aunque digamos “pecador, sí”, gritemos con fuerza “¡pero corrupto, no!

Una de las características del corrupto frente a la profecía es un cierto complejo de incuestionabilidad. Ante cualquier crítica se pone mal, descalifica a la persona o institución que la hace, procura descabezar toda autoridad moral que pueda cuestionarlo, recurre al sofisma y al equilibrismo nominalista-ideológico para justificarse, desvaloriza a los demás y arremete con el insulto a quienes piensan distinto (cf. Jn 9,34).

El corrupto suele perseguirse de manera inconsciente, y es tal la irritación que le produce esta autopersecución que la proyecta hacia los demás y, de autoperseguido, se transforma en perseguidor. San Lucas muestra la furia de estos hombres (cf. Le 6,11) ante la verdad profética de Jesús: “pues ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podrían hacer contra Jesús”. Persiguen imponiendo un régimen de terror a todos aquellos que los contradicen (cf. Jn 9,22) y se vengan expulsándolos de la vida social (cf. Jn 9,34-35). Le tienen miedo a la luz porque su alma ha adquirido características de lombriz: en tinieblas y bajo tierra.

El corrupto aparece en el Evangelio jugando con la verdad: poniéndole trampas a Jesús (cf. Jn 8,1-11; Mt22,15-22; Le20,1-8), intrigando para sacarlo de en medio (cf Jn 11,45-57; Mt 12,14), sobornando a quien tiene capacidad de traicionar (cf. Mt 26,14-16) o a los funcionarios de turno (c£ Mt 28,11-15). San Juan los engloba en una sola frase: “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (Jn 1,5). Hombres que no perciben la luz. Podemos releer los evangelios buscando los rasgos típicos de estos personajes y su reacción ante la luz que trae el Señor.

Al presentar este escrito quisiera que resultara de utilidad para ayudarnos a comprender el peligro de desmoronamiento personal y social que entraña la corrupción; y ayudarnos también en la vigilancia, pues un estado cotidiano de complicidad con el pecado nos puede conducir a la corrupción.

Buenos Aires, ocho de diciembre,
Solemnidad de la Inmaculada del año dos mil cinco.

JORGE MARIO BERGOGLIO, sj
Papa Francisco 



ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO AL TEMA DE LA CORRUPCIÓN

Hoy día se habla bastante de corrupción, sobre todo en lo que concierne a la actividad política. En diversos ambientes sociales se denuncia el hecho. Varios obispos han señalado la “crisis moral” por la que pasan muchas instituciones. Por otra parte, la reacción general frente a ciertos hechos que indicarían corrupción ha sido creciente y, en algunos casos, ante la impotencia de generar una solución de los problemas, el actuar del pueblo ha producido manifestaciones que amenazan con convertirse en una nueva Fuenteovejuna. 5e trata de un momento en el que emerge de una manera especial la realidad de la corrupción.

Y, sin embargo, toda corrupción social no es sino la consecuencia de un corazón corrupto… No habría corrupción social sin corazones corruptos: “Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que contaminan al hombre” (Mc 7,20-23).

Un corazón corrupto: aquí está el asunto. ¿Por qué un corazón se corrompe? El corazón no es una última instancia del hombre, cerrada en sí misma; allí no acaba la relación (y por lo tanto la relación moral tampoco). El corazón humano es corazón en la medida en que es capaz de referirse a otra cosa, en la medida en que es capaz de adherirse en la medida en que es capaz de amar o negar el amor (odiar). Por ello Jesús, cuando invita a conocer el corazón como fuente de nuestras acciones, nos llama la atención sobre esta adhesión finalística de nuestro corazón inquieto: “Donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón” (Mt 6,21).

Conocer el corazón del hombre, su estado, entraña necesariamente conocer el tesoro al que ese corazón está referido, el tesoro que lo libera y plenifica o que lo destruye y esclaviza; en este (personal o social) se pasa al corazón corno autor y conservador de esa corrupción, y del corazón se pasa al tesoro al que está adherido ese corazón.

Método

Quisiera reflexionar sobre este hecho, para comprenderlo mejor y también para ayudar a evitar que la corrupción se convierta en un lugar común de referencia o en una palabra más de las que se usan en el engrana]e nominalista de la cultura gnóstica y de valores transversales, esa cultura que tiende a asfixiar la fuerza de la Única palabra. Pienso que, en primer lugar, puede ayudar a adentrarse en la estructura interna del estado de corrupción “ponderando la fealdad y malicia que… tiene en si… ; sabiendo que, si bien la corrupción es un estado intrínsecamente unido al pecado, en algo se distingue de él.

En segundo lugar, también ayuda describir el modo de proceder de una persona, de un corazón corrupto (distinto al del un pecador). En tercer lugar, recorrer algunas de las formas de corrupción con las que Jesús tuvo que enfrentarse en su tiempo.

Finalmente, ayudará preguntarse sobre el modo de corrupción que podría ser más propio de un religioso —una persona consagrada, un sacerdote o, incluso, un obispo—. Por supuesto que puede llevar en sí una corrupción similar al del resto de los mortales, pero aquí me interesaría preguntar por lo que yo llamaría corrupción en tono menor, es decir: la posibilidad de que un religioso tenga corrompido el corazón pero (permítase la palabra) venialmente, es decir, que sus lealtades para con Jesucristo adolezcan de cierta parálisis.

¿Es posible que un religioso participe de un ambiente de corrupción? ¿Es posible que esté de alguna manera— parcialmente o venialmente corrupto? Todas estas cosas llevan –metodológicamente- a situarse en distintos puntos de vista para, desde allí, apuntar al tema de la corrupción. Además hay que notar que corrupción es una “palabra cargada” de significaciones contemporáneas, y se corre el riesgo de forzar la reflexión para que se acomode a ella.

La inmanencia

No hay que confundir pecado con corrupción. El pecado, sobre todo si es reiterativo, conduce a la corrupción, pero no cuantitativamente (tantos pecados provocan un corrupto) sino cualitativamente, por creación de hábitos que van deteriorando y limitando la capacidad de amar, replegando cada vez más la referencia del corazón hacia horizontes más cercanos a su inmanencia, a su egoísmo.

Así lo afirma san Pablo: “Porque todo cuanto se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos (los hombres injustos): Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles —su poder eterno y su divinidad— se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras. Por lo tanto, aquellos no tienen ninguna excusa: en efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la gloría del Dios incorruptible por imágenes que representan a hombres corruptibles, aves, cuadrúpedos y reptiles” (Rm 1,19-23). Aquí aparece claro el proceso que va desde el pecado a la corrupción, lo que esto supone de ceguera, de abandono de Dios a las propias fuerzas, etc.

Podríamos decir que el pecado se perdona; la corrupción, sin embargo, no puede ser perdonada. Sencillamente porque en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de su salud: se cansa de pedir perdón.

Este sería un primer rasgo característico de toda corrupción: la inmanencia. En el corrupto existe una suficiencia básica, que comienza por ser inconsciente y luego es asumida como lo más natural. La suficiencia humana nunca es abstracta. Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce, lo tranquiliza y lo engaña: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida” (Lc 12,19). Y, de manera curiosa, se da un contrasentido: el suficiente siempre es —en el fondo— un esclavo de ese tesoro; y cuanto más esclavo, más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia.

Así se explica por qué la corrupción no puede quedar escondida: el desequilibrio entre el convencimiento de auto-bastarse y la realidad de ser-esclavo del tesoro no puede contenerse. Es un desequilibrio que sale fuera y, como sucede con toda cosa encerrada, bulle por escapar de la propia presión… y –al salir— desparrama el olor de ese encerramiento consigo mismo: huele mal. Sí, la corrupción tiene olor a podrido. Cuando algo empieza a oler mal es porque existe un corazón encerrado a presión entre su propia suficiencia inmanente y la incapacidad real de auto-bastarse; hay un corazón podrido por la excesiva adhesión a un tesoro que lo ha copado.

El corrupto no percibe su corrupción. Sucede lo que con el mal aliento: difícilmente el que tiene mal aliento se percata de ello. Son otros quienes lo sienten y se lo deben decir. De aquí también que difícilmente el corrupto puede salir de su estado por remordimiento interno. Tiene anestesiado el buen espíritu de esa área. Generalmente el Señor lo salva con pruebas que le vienen de situaciones que le toca vivir (enfermedades, pérdidas de fortuna, de seres queridos, etc.) y son éstas las que resquebrajan el armazón corrupto y permiten la entrada de la gracia. Puede ser curado.

Aparentar

De ahí que la corrupción, más que perdonada, debe ser curada3. Es como una de esas enfermedades vergonzantes que se trata de disimular, y se esconde hasta que no puede ocultarse su manifestación… Entonces comienza la posibilidad de ser curada. No hay que confundir corrupción con vicios (aunque la familiaridad con éstos lleva a transformarlos en tesoro).

El corrupto procura siempre mantener la apariencia: Jesús llamará sepulcros blanqueados a uno de los sectores más corruptos de su tiempo (cf. Mt 23,25-28). El corrupto cultivara, hasta la exquisitez, sus buenos modales… para de esta manera poder esconder sus malas costumbres 4.

3 Perdonada, curada: las palabras no son exactas ni adecuadas, pues todo perdón es curativo. Aquí las contrapongo como recurso para poder entender mejor.
4 “Entre tales dirigentes (partidarios) no faltan quienes, a la manera de las cortesanas de la antigüedad convertidas en vestales, pretenden hoy rescatarse de la sospecha (de corruptos) oficiando de inesperados guardianes del templo de la honestidad pública”,
FRIGERIO, O.”Corrupción, un problema político”. La Nación, año 122, n° 42.863, p. 7.


En la conducta del corrupto la actitud enferma resultará como destilada y, a lo más, tendrá la apariencia de debilidades o puntos flojos relativamente admisibles y justificables por la sociedad.

Por ejemplo: un corrupto de ambición de poder aparecerá —a lo sumo— con ribetes de cierta veleidad o superficialidad que lo lleva a cambiar de opinión o a reacomodarse según las situaciones: entonces se dirá de él que es débil o acomodaticio o interesado… pero la llaga de su corrupción (la ambición de poder) quedará escondida.

Otro caso: un corrupto de lujuria o avaricia disfrazará su corrupción con formas más aceptables socialmente, y entonces se presentará como frívolo. Y la frivolidad es mucho más grave que un pecado de lujuria o avaricia, simplemente porque el horizonte de la trascendencia ha cristalizado hacia un más acá difícilmente reversible. El pecador, al reconocerse tal, de alguna manera admite la falsedad de este tesoro al que se adhirió o adhiere… el corrupto, en cambio, ha sometido su vicio a un curso acelerado de buena educación esconde su tesoro verdadero, no ocultándolo a la vista de los demás sino reelaborándolo para que sea socialmente aceptable5. Y la suficiencia crece… comenzará por la veleidad y la frivolidad, hasta concluir en el convencimiento, totalmente seguro, de que uno es mejor que los demás:

“Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.

Os aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado»” (Lc 18,9-14).

5 “Tened cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas… a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos… no pongáis cara triste…” (Mt 6,1-18).

Comparar

“ …ni tampoco como ése”, porque el corrupto necesita siempre compararse a otros que aparecen como coherentes con su propia vida (incluso cuando se trata de la coherencia del publicano al confesarse pecador) para encubrir su incoherencia, para justificar su propia actitud. Por ejemplo, para un veleidoso, una persona que procura tener claros los límites morales y no los negocia es un fundamentalista, un anticuado, un cerrado, una persona que no está a la altura de los tiempos. Y aquí aparece otro rasgo típico del corrupto: la manera como se justifica.

Porque, en el fondo, el corrupto tiene necesidad de autojustificarse, aunque él mismo no se dé cuenta de que lo está haciendo. El modo de justificarse de quienes están en la corrupción (se entiende, justificarse comparándose con otros) tiene dos características.

En primer lugar se hace por referencia a situaciones extremas, exageradas o que en sí son malas: rapacidad, injusticia, adulterio, no ayunar, no pagar el diezmo… (como en la parábola). Es la referencia a algo exagerado o a un pecado incontestable y —en tal referencia— instauran una comparación entre los buenos modales de sus fallas y la contundencia del pecado al que aluden.

Se trata de una comparación falseada porque los términos son de diverso género: se compara una apariencia con la realidad. Pero, a la vez, se le aplica al otro una realidad que no es tal cual.

Y aquí aparece el segundo rasgo, en la comparación, el término al que se refiere, está caricaturizado (o suele estarlo). O caricaturizado en sí mismo (y sería el caso mencionado del fariseo con referencia al publicano), o caricaturizado en las relaciones que se hacen con situaciones de fuera o que le tocan de alguna manera, donde se utilizan interpretaciones de hechos a la luz de otros hechos parecidos, aparentemente reales, o reales pero aplicados inadecuadamente. (Es el caso de la blasfemia de los fariseos a Jesús: “Nosotros no hemos nacido de la prostitución”6; o el reducir la actividad de Jesús a un mero rebelde de su tiempo: “Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César”7. Aquí, por ejemplo, se proyecta en la comparación un hecho político). Cuando nos encontremos ante justificaciones de este tipo, generalmente podemos presumir que estamos ante un caso de corrupción.
Jn 8,39-41. El eminente teólogo especialista en Mariología Rene Laurentin trae, a propósito de este texto, la exégesis de algunos que piensan que está referido a la Madre de Jesús en el momento en que regresó a Nazareth desde Aim Karim. Ya eran evidentes los signos de la maternidad, y es esto lo que lleva a José a querer dejarla en secreto. Muchos habrían pensado mal de Ella en el sentido de que hubo transgresión de la ley. Esta exégesis es verosímil desde el punto de vista bíblico… y los fariseos aquí se cobran en la Madre de Jesús. Yo no vería dificultad en aceptar la exégesis desde el punto de vista teológico, pues señalaría un paso más todavía en el anonadamiento de Jesús y en el de su Madre que lo acompañó durante todo el camino.
6 Jn 19,12. Obviamente que aquí hay un reduccionismo en la comparación.


De la comparación al juicio.

Al compararse el corrupto se erige en juez de los demás: él es la medida del comportamiento moral8. “… Yo no soy como ése” significa “ése no es como yo, y por ello te doy gracias”9. Es como si dijera: yo soy la medida del cumplimiento (cumplo y miento): pago los diezmos, etc… Pero en esto de la medida hay algo más sutil: ninguna persona puede forzar tanto la realidad sin arriesgarse a que esa misma realidad se vuelva contra él mismo.

8 Para erigirse en juez, el corrupto procura aparecer como un equilibrado, como un centrista; y cuando las circunstancias lo obligan a tomar medidas desmesuradas que denunciarían su corrupción, a mostrar un des-equilibrio, sabe demostrar que ese desequilibrio era necesario en orden a un equilibrio mayor… Pero nunca, aun en el desequilibrio táctico, dejará de sentirse juez de una situación.
9 Es decir: “Te doy gracias porque hay tan pocos como yo”. El corrupto trata de apartarse de todo grupo humano, siempre se siente más allá del otro.


Y del juicio a la desfachatez

Volverse contra él mismo. El ser es trascendentalmente verum (verdadero), y yo podré distorsionarlo y retorcerlo como una toalla con la negación de la verdad… pero el ser continuará siendo verum aunque —en su inmanencia situacional- uno logre presentarlo de otra manera. El ser pugna en manifestarse como es10. En el núcleo mismo del juicio que hace un corrupto se instala una mentira, una mentira a la vida, una mentira metafísica al ser que, con el tiempo, se volverá contra quien la hace. En el plano moral esto es evitado, por los corruptos, proyectando su propia maldad en otros. Pero es una solución provisoria y temporal que no hace más que aumentar la tensión del ser por recuperar su veracidad (puesto que su verdad nunca la perdió). Y Jesús le dice que no es el otro el malo, sino que “tu ojo es malo”11.
10 Toda la creación anhela esto, como con dolores de parto, al decir de san Pablo en Rm 8,22.
11 Mt 6,22. Y si es malo, es mejor que te lo arranques.


La corrupción lleva a perder el pudor que custodia la verdad, el que hace posible la veracidad de la verdad. El pudor que custodia, además de la verdad, la bondad, belleza y unidad del ser. La corrupción se mueve en otro plano que el del pudor: al situarse más acá de la trascendencia, necesariamente va más allá en su pretensión y en su complacencia. Ha transitado el camino que va desde el pudor a la desfachatez púdica12.

12 Quizá con alguna comparación se entienda mejor. Robar una cartera a una señora es pecado, y al ratero lo ponen preso en la comisaría, y la señora cuenta a sus amigas lo que le pasó, y todas concuerdan en lo mal que anda el mundo, y que las autoridades tendrían que tomar medidas, que ya no se puede salir a la calle… y la señora en cuestión, la asaltada por el ratero, ni piensa en cómo su marido –en los negocios- estafa al Estado no pagando los impuestos, y despide a los empleados cada tres meses para evitar relación de dependencia, etc. Y su marido, y ella también quizá, en las reuniones hacen gala de estas mafias empresarias y comerciales; a esto llamo yo desfachatez púdica. Otro caso: la prostitución es pecado, y a las prostitutas se las llama mujeres de mala vida o simplemente malas mujeres. Socialmente se dice que son execrables porque contaminan la cultura y la buena educación, etc., etc. Y la misma persona que dice esto va a la fiesta del tercer matrimonio de una conocida (después del segundo divorcio), o acepta que fulana o mengana tenga algunas aventuritas (siempre que sean de buen gusto), o que se publiquen las insatisfacciones amorosas de tal o cual actriz de cine, que cambia de pareja como de zapatos. Voy a esto: hay una diferencia entre la prostituta y la así dicha señora sin prejuicios. Aquella no ha perdido todavía su pudor; ésta, aparentemente, está más allá del pudor, en una actitud de desfachatez, a la cual las convenciones sociales la convierten en púdica.
Triunfalismo

Unido a este ser medida de juicio hay otro rasgo. Toda corrupción crece y —a la vez— se expresa en atmósfera de triunfalismo. El triunfalismo es el caldo de cultivo ideal de actitudes corruptas, pues la experiencia les dice que esas actitudes dan buen resultado, y así se siente en ganador, triunfa. El corrupto se confirma y a la vez avanza en este ambiente triunfal. Todo va bien. Y desde este respirar el bien, gozar del viento en popa, se reordenan y se rearman las situaciones en valoraciones erróneas.

No es triunfo, sino triunfalismo. La veleidad y la frivolidad, por ejemplo, son formas de corrupción que pueden anidar cómodamente en esa aura nefasta que De Lubac llamaba “mundanidad espiritual”13, que no es otra cosa sino el triunfo impostado en triunfalismo de la capacidad humana; el humanismo pagano sutilizado en sentido común cristiano.

El corrupto, al integrar en su personalidad situaciones estables de degeneración del ser, lo hace de tal manera que alienta un sentido optimista de su existencia hasta el punto de autoembriagarse en un adelanto de la escatología como es el triunfalismo.

El corrupto no tiene esperanza. El pecador espera el perdón… el corrupto, en cambio, no, porque no se siente en pecado: ha triunfado. La esperanza cristiana se ha como inmanentizado en las virtualidades futuras de sus ya logrados triunfos, de sus inmanentes arras14.
14 Este fenómeno de la inmanentización de la esperanza tiene su fuerza en la doctrina del tercer tiempo de Joaquín de Fiore. Su concepción de la Iglesia está corrompida en este sentido. Sobre su institución se edificaron muchos sistemas de esperanza inmanente. El misterio de la Iglesia era, así, releído a la luz de movimientos culturales o de hechos políticos inmanentes, y –de esta manera- se da un hecho curioso: en aras del progreso, he dar un paso más en el desarrollo de la humanidad, se inmanentiza la trascendencia y esta inmanencia es precisamente un fundamentalismo más peligroso que el que entraña una mala comprensión del volver a las fuentes. Sería el fundamentalismo de la inmanencia, de releer los misterios eclesiales con parámetros de redenciones políticas o incluso de realidades político-culturales de los pueblos, aunque sean buenas.

Es precisamente este triunfalismo, nacido de sentirse medida de todo juicio, el que le da ínfulas para rebajar a los demás a su medida triunfal. Me explico: un ambiente de corrupción, una persona corrupta, no deja crecer en libertad. El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad. Para él no vale ni el amor a los enemigos o la distinción que está en la base de la antigua ley: o amigo o enemigo. El se mueve, más bien, en los parámetros de cómplice o enemigo.

Por ejemplo, cuando un corrupto está en el ejercicio del poder, implicará siempre a otros en su propia corrupción, los rebajará a su medida y los hará cómplices de su opción de estilo15. Y esto en un ambiente que se impone por sí mismo en su estilo de triunfo, ambiente triunfalista, de pan y circo, con apariencia de sentido común en el juicio de las cosas v de sentido de la viabilidad en las opciones variadas. Porque la corrupción entraña ese ser medida-, por ello toda corrupción es proselitista. El pecado y la tentación son contagiosos… la corrupción es proselitista 16.
15 Ya no es sólo medida respecto al juicio valorativo, sino también medida de asociación o de referencia a la convocatoria de adeptos. Para ser con-militón necesita ser cómplice de él.
16 Hay tres características de toda tentación al pecado: la tentación crece, se contagia y se justifica. Estas mismas características aparecen, pero de diverso modo, en el estado de corrupción. La corrupción se consolida, convoca y sienta doctrina. El crecer de la tentación es ya proceso de consolidación; el contagiarse pasa a tomar papel activo, y por ello es proselitismo; finalmente la simple justificación se elabora mucho más, y sienta doctrina.

Esta dimensión proselitista de la corrupción señala actividad y aptitud para convocar. Podría encuadrarse en el plan de lucha de Lucifer, como caudillo, que san Ignacio presenta en los Ejercicios. No se trata de una convocatoria a cometer pecados, sino a enrolar en estado de pecado, en estado de corrupción: “…redes y cadenas… primero tentar de codicia de riquezas… para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo (léase triunfalismo) y después a crecida soberbia…”. Se trata de un plan para crear estado lo suficientemente fuerte como para que pueda resistir al ahora (el primer binario)o al todo (el segundo binario) de la invitación a la gracia20.

20 Aquí la referencia es forzada, porque en el caso de los binaríos no aparece que sea por corrupción, sino simplemente de algo adquirido “no pura y debidamente por amor de Dios” (EE 150). Pero sirve para ejemplificar.

Mirando al tiempo de Jesús

En el Nuevo Testamento aparecen personas corruptas, en las que la adhesión al estado de pecado es clara a primera vista. Tai el caso de Herodes el Viejo21, y Herodías22. En otros la corrupción se camufla en actitudes socialmente aceptables, por ejemplo el caso de Herodes (hijo) que “oía con gusto a Juan”23 y opta por la perplejidad como fachada para defender su corrupción; o el de Pilaros que aparece como el asunto que no le toca, y por ello se lava las manos24, pero en el fondo es para defender su zona corrupta de adhesión al poder, a cualquier precio.

Pero también hay, en tiempo de Jesús, grupos corruptos: los fariseos, los saduceos, los esenios, los zelotes25.
25 Cf. Al respecto el libro de Schubert Los partidos políticos en tiempo de Jesús. Aquí simplemente hago una descripción muy general y hasta simplificada del asunto, sólo mirando a ejemplificar el caso de la corrupción en las élites.

Una mirada a esos grupos nos ayuda más a interiorizarnos en el hecho de la corrupción frente al mensaje salvador de Jesucristo y a su Persona.

Hay dos rasgos que son comunes a esos cuatro grupos. En primer lugar, todos han elaborado una doctrina que justifica su corrupción, o que la cubre. El segundo rasgo: estos grupos son los más alejados, cuando no enemigos, de los pecadores y del pueblo. No sólo se consideran limpios, sino que —con esta actitud—proclaman su limpieza.

Los fariseos elaboran la doctrina del cumplimiento de la Ley hasta un nominalismo exacerbante y esto mismo los lleva a despreciar a los pecadores, a quienes consideran infractores de esa aplastante ley26

Los saduceos ven en los pecadores y en el pueblo a pusilánimes incapaces de negociar el poder en las diversas coyunturas de la vida, y ponen precisamente en la doctrina de este trato negociado con el poder su interior corrupción que no le da cabida a la esperanza trascendente.

Los zelotes buscan una solución política aquí y ahora, ésta es su doctrina, detrás de la que esconden una buena dosis de resentimiento social y falta de sentido teológico del tiempo. Para ellos la teología del destierro de su pueblo no tiene vigencia. Y los pecadores, el pueblo, terminará por ser el idiota útil a quien convocarán para ideologizarlo en la lucha armada.

Finalmente cuesta detectar, a primera vista, qué corrupción hay en los esenios, pues son hombres de muy buena voluntad que buscan en el recogimiento y en la vida monástica la salvación de un grupo elegido. Aquí está su corrupción: han sido tentados bajo la especie de bien y han dejado consolidar esa tentación como referencia doctrinal de sus vidas. Para ellos los pecadores y el pueblo están lejos de este plan, son ineptos para engrosar este grupo. La respuesta de Jesús a Juan Bautista va dirigida, por elevación, a ellos: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Lc 7,22).

Jesús se erige, pues, ante estos cuatro grupos, ante estas cuatro corrientes doctrinarias corruptas, recogiendo las promesas de redención hechas a su pueblo27. Recurre al patrimonio de su pueblo, como lo hizo en el momento de la tentación en el desierto. Relee las Escrituras porque son ellas las que dan testimonio de su estilo, en oposición a los estilos alternativos que proponen estas cuatro élites.

Resumiendo

La corrupción no es un acto, sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir. Los valores (o desvalores) de la corrupción son integrados en una verdadera cultura, con capacidad doctrinal, lenguaje propio, modo de proceder peculiar. Es una cultura de pigmeización por cuanto convoca prosélitos para abajarlos al nivel de la complicidad admitida. Esta cultura tiene un dinamismo dual: de apariencia y de realidad, de inmanencia y de trascendencia.

La apariencia no es el surgir de la realidad por veracidad, sino la elaboración de esa realidad, para que se vaya imponiendo en una aceptación social lo más general posible. Es una cultura de restar, se resta realidad en pro de la apariencia. La trascendencia se va haciendo cada vez más acá, es inmanencia casi… o a lo más una trascendencia de salón. El ser ya no es custodiado, sino más bien maltratado por una especie de desfachatez púdica. En la cultura de la corrupción hay mucha desvergüenza, aunque aparentemente lo admitido en el ambiente corrupto esté fijado en normativas severas de tinte Victoriano. Como dije es el culto a los buenos modales que encubren las malas costumbres. Y esta cultura se impone en el laissez faire (“dejar hacer”) del triunfalismo cotidiano.

No siempre alguien se transforma de golpe en corrupto. Más bien es al revés. Hay un camino por el que uno se va deslizando. Y ese camino no se identifica sin más, con el camino de cometer pecados. Uno puede ser muy pecador y —sin embargo— no haber caído en la corrupción: quizá sea el caso de Zaqueo, Mateo, la Samaritana, Nicodemo, el Buen Ladrón, los cuales tenían algo en su corazón pecador que los salvó de la corrupción: la adhesión a la inmanencia, adhesión propia del corrupto, no había cristalizado aún, estaban abiertos al perdón. Sus obras nacían de un corazón pecador, eran obras malas muchas de ellas, pero –a la vez- ese corazón que las producía sentía su propia debilidad. Y por ahí podía entrar la fuerza de Dios. “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1Co 1,25).

Vengo haciendo una distinción (que puede ser peligrosa) entre pecado y corrupción; con todo, es verdadera. Y, sin embargo, también hay que afirmar que el camino hacia la corrupción es el pecado. ¿Cómo se da esto? Se trata de una forma sutil de progresión o, mejor dicho, de salto cualitativo del pecado a la corrupción. El autor de la Carta a los hebreos nos dice: “Estén atentos para que nadie sea privado de la gracia de Dios, y para que no brote ninguna raíz venenosa capaz de perturbar y contaminar a la comunidad” (Hb 12,15): obviamente que habla de algo más que el pecado, indica un estado de corrupción. Ananás y Safira pecaron, pero no fue un pecado nacido de un corazón débil sino de la corrupción, fue un fraude, engañaron a Dios29, y el castigo lo reciben precisamente por esta corrupción que crea en ellos una actitud fraudulenta. ¿Hay que plantearse el problema de distinguir el pecado de la corrupción? Creo que mucho no ayudaría. Con lo dicho basta: uno puede ser reiterativo en pecados y no estar todavía corrupto; pero —a la vez— la reiteración del pecado puede conducir a ello no se detiene en el conocimiento del propio pecado sino que hace ir más allá: al conocimiento y aborrecimiento del desorden de mis operaciones y de las cosas mundanas y vanas. Sabe del peligro de la “raíz venenosa” que “contamina”. En su adhesión al Señor busca para el Ejercitante estados de alma abiertos a la trascendencia, sin que se reserven para sí ninguna área inmanente.

La corrupción del religioso

Corruptio optimi, pessima (“no hay nada peor que la corrupción de lo mejor”). Esto puede aplicarse al religioso –persona consagrada, sacerdote, obispo…— corrupto. Que los hay, los hay. Que los hubo, basta con leer la historia. En las diversas órdenes que pidieron una reforma o que la hicieron, había en mayor o menor grado, problemas de corrupción. No quiero resino más bien a estados de corrupción cotidianos, que yo llamaría veniales, pero que estancan la vida de quien se entrega a Dios. ¿Cómo se da esto?

El beato Fabro daba una regla de oro para detectar el estado de un alma que vivía tranquilamente y en paz: proponerle algo más (magis)31. Si un alma estaba cerrada a la generosidad reaccionaría mal.

El alma se habitúa al mal olor de la corrupción. Sucede lo que en un ambiente cerrado: sólo quien viene de fuera se percata de la atmósfera enrarecida. Y cuando se quiere ayudar a una persona así, el cúmulo de resistencias es indecible.

Los israelitas eran esclavos de Egipto, pero se habían acostumbrado a esa pérdida de la libertad, habían adecuado la forma de su alma a ello, no se hacían ilusiones de otra manera de vivir. Su conciencia estaba dormida y, en este sentido, podemos hablar de cierta corrupción. Cuando Moisés anuncia a los israelitas el plan de Dios, “ellos no quisieron escucharlo, porque estaban desalentados a causa de la dura servidumbre” (Ex 6,9). Después, cuando surgen las dificultades en el camino del desierto, le echan en cara a Moisés el que se haya metido y los haya metido en este asunto: “Y al encontrarse con Moisés y Aarón les dijeron: «Que el Señor fije su mirada en vosotros y juzgue. Porque nos han hecho odiosos al faraón y a sus servidores, y han puesto en sus manos una espada para que nos maten»” (Ex 5,21).

Los ancianos quieren pactar con el enemigo, cansados y temerosos, y tiene que venir Judit a releerles la historia para que no acepten como carneros situaciones que Dios no quiere.

Jonás no quiere problemas: lo mandan a Nínive y dispara a España33 y tiene que intervenir Dios con una larga purificación (una verdadera noche en el vientre de la ballena, tipos de esa noche que va desde la hora nona del viernes de Parasceve hasta el alba del primer día de la semana).

Elias se dice a sí mismo que avanzó demasiado en el asunto del degüello de los sacerdotes de Balaam, y le agarra miedo de una mujer (me hace acordar a la Regla 12 de discernimiento, de la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales) y se escapa con ganas de morirse34: no es capaz de sobrellevar la soledad de un triunfo en Dios.

A Natanael le resulta más fácil el comentario escéptico de que de Nazareth no puede salir nada bueno35 que creer en el entusiasmo de Felipe.

Los dos discípulos, como otros Jonases, tampoco querían problemas: los citan en Galilea y se escapan a Emaús 36… y el resto de los Apóstoles prefería no creer lo que sus ojos veían esa mañana en el Cenáculo, y dice el Evangelio que “no podían creer a causa de la alegría (Lc 24,41).

Aquí está el nudo del asunto: un proceso de dolor siempre desanima; el haber probado derrotas conduce al corazón humano por el camino de acostumbrarse a ellas, para no extrañarse ni volver a sufrir si surge otra. O simplemente uno está satisfecho con el estado en que está y no quiere tener más problemas.

En todas estas referencias bíblicas encentramos reticencia. El corazón no quiere líos. Hay temor a que Dios se meta y nos embarque en caminos que no podamos controlar. Hay temor a la visita de Dios, temor a la consolación. Con esto se va gestando un fatalismo; los horizontes se van achicando a la medida de la propia desolación o de la propia quietud. Se teme a la ilusión, y se prefiere el realismo del menos la promesa del más… y uno se olvida que el realismo más realista de Dios se expresa en una promesa: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición” (Gn 12,1-2).

En este preferir el menos supuestamente realista hay ya un sutil proceso de corrupción: se llega a la mediocridad y a la tibieza (dos formas de corrupción espiritual), se llega al negocio con Dios según las pautas del primero o segundo binario. En la oración penitencial en el sacramentó de la reconciliación se pide perdón por otros pecados… pero no se muestra al Señor este estado de alma desilusionado. Es la lenta, pero fatal, esclerosis del corazón.

Entonces el alma comienza a satisfacerse de los productos que le ofrece el supermercado del consumismo religioso. Más que nunca vive la vida de entrega a Dios como una realización inmanente de su personalidad. En muchos esta realización consistirá en la satisfacción profesional, en otros en éxitos de obras, en otros en el complacerse de sí mismos por la estima que le tienen; otros buscarán en la perfección de los medios modernos llenar el vacío que siente su alma con respecto al fin que en un momento buscó y se dejó buscar por él. Otros llevarán una densa vida social: gustarán de salidas, vacaciones con amigos, comidas y recepciones; procurarán ser tenidos en cuenta en todo lo que implique figuración.

Podría seguir enumerando casos de corrupción… pero –simplificando— todo esto no es sino parte de algo más hondo: la ya mencionada “mundanidad espiritual”37.
37 La mundanidad espiritual constituye “el mayor peligro, la tentación más pérfida, la que siempre renace —insidiosamente- cuando todas las demás han sido vencidas y cobra nuevo vigor con estas mismas victorias”. DE LUBAC, op. Cit. El mismo De Lubac la define así: “aquello que prácticamente se presenta como un desprendimiento de la otra mundanidad, pero cuyo ideal moral, y aun espiritual, sería, en lugar de la gloria del Señor, el hombre y su perfeccionamiento. La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica. Esta actitud sería imperdonable en el caso —que vamos a suponer posible- de un hombre que estuviera dotado de todas las perfecciones espirituales, pero que no lo condujeran a Dios. Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral. Peor aun que aquella lepra infame que, en ciertos momentos de la historia, desfiguró tan cruelmente a la Esposa bienamada, cuando la religión parecía instalar el escándalo en el mismo santuario y, representada por un Papa libertino, ocultaba la faz de Jesucristo bajo piedras preciosas, afeites y espías… Un humanismo sutil enemigo del Dios Viviente –y, en secreto, no menos enemigo del hombre- puede instalarse en nosotros por mil subterfugios”. Ibid.

La mundanidad espiritual como paganismo disfrazado eclesiásticamente. Frente a estos hombres o mujeres corruptos en su vida consagrada, la Iglesia muestra la grandeza de sus santos… que han sabido trascender toda apariencia hasta contemplar el rostro de Jesucristo; y esto los ha vuelto “locos por Cristo

En la corrupción venial pasan la vida muchos hombres y mujeres, desdiciendo su consagración u ordenación, acomodando su alma junto a la piscina, mirando —durante 38 años— cómo el agua se mueve y otros se curan(Jn5,5)… Ese corazón está corrupto. Por ahí uno sueña despierto y quisiera vivificar esa parte muerta del corazón; se siente la invitación del Señor… pero no, es mucho lío, mucho trabajo. Nuestra indigencia necesita esforzarse un poco para abrir un espacio a la trascendencia, pero la enfermedad de corrupción nos lo impide: “Ad laborem indigentía cogebat, et laborem infirmitas recusabat” (“la necesidad la forzaba a trabajar pero su debilidad se lo impedía”).

Y el Señor no se cansa de llamar: “No temas…”. ¿No temas a qué? No temas a la esperanza… porque la esperanza no defrauda. (Rm5,5).