viernes, 13 de marzo de 2015

José de Nazaret. Visión de Ramón Cué, S. J.


José de Nazaret 

Sí. Sí. Habéis leído bien. No hay errata de imprenta.
Hablo yo: José de Nazaret, esposo de María.
Comprendo perfectamente vuestra extrañeza, pues nunca me imagináis hablando; me tenéis en vuestras iglesias como la representación más perfecta del santo mudo.
Es verdad que yo desfilo por el Evangelio como una sombra furtiva, en absoluto y caviloso silencio, sin pronunciar una sola palabra; y, sin embargo, gracias a mi muda y no comprendida colaboración, Dios se hizo y se sigue haciendo Palabra viva entre los hombres. Yo me hice silencio para que resonara la Palabra.
Pero casi todos vosotros lo convertís exclusivamente en mudez hermética de los labios, y hay en mí otro silencio, misterioso y profundo, que se convierte en la dimensión vital de mi existencia.
Tan silencioso, que no disponéis de indicios, por mi actuación siempre muda en el Evangelio, para conocer o reconstruir, ni el estilo de mi lenguaje, ni el tono de mis palabras, ni la calidad expresiva de mi vocabulario.
Y no sólo me habéis declarado mudo oficial para siempre en la Iglesia, sino que en todas mis imágenes parece que me habéis puesto un candado invisible en la boca. San José no habla nunca.
Os equivocáis. Y aquí estoy para demostrarlo. San José va a hablar.
Y con mi estilo personal. Pues lo tengo. Y os va a desconcertar también, ya que para casi todos carezco en absoluto de personalidad.
Soy consciente y víctima de que mi figura histórica, imaginada por vosotros, no es actual en vuestro mundo de hoy.
La imagen del hombre moderno exige iniciativa., decisión y creatividad; que se desenvuelva con total independencia e incluso con una oportuna agresividad; que sepa conciliar la simpatía arrolladora con la rebeldía que reclame el momento; que totalmente liberado y consciente, no se deje manipular nunca por quien intente aprovecharse de él, y que consiga dejar pruebas tangibles y eficaces de su potencia viril en todos los órdenes: familiar, económico, cultural, social y político, y, naturalmente, no hace falta subrayarlo, en el orden, o incluso desorden, sexual.
Mi figura, lo sé, es un puro cliché negativo de esta imagen positiva del hombre moderno.
Consideráis, lo sé, un hombre vulgar, lento, gris, sin imaginación ni amor propio; dócil y plegable a toda decisión superior.
Un hombre bueno, pero sin agallas. Sin talento. Más bien un poco tonto. A veces bobo. Para algunos cristianos, incluso cualificados por su ministerio en la Iglesia, tan poco hombre, y así lo afirman y escriben, que no tuve reparos en reconocer como hijo propio el que tuvo mi mujer alegremente con un soldado romano... Si acuso este golpe es por la ofensa que implica para mi Hijo y para su Madre y mi Esposa.
Incluso despreciáis y os sonreís de mi religiosidad apolillada y pasada de moda. Mi actitud religiosa es pasiva, callada, sumisa; válida sólo para la resignación, el sufrimiento y el aguante, de cabeza baja y con criterios comunes, inservible por tanto para el cristianismo de hoy rebelde, agresivo, social y revolucionario.
Soy consciente de la imagen deformada que tenéis de mí, y precisamente por eso tengo derecho a hablar.
Y exijo que me escuchéis. Sobre todo cuando se trata de informar sobre María de Nazaret.
Después de nuestro hijo, Jesús, soy el contemporáneo de María que más íntimamente vivió con ella. En el espacio: una sola casa; en el tiempo: toda una vida; en la intensidad: un auténtico y vivo matrimonio.
Y por eso la conozco como nadie. Sí: la conozco y salgo al paso de vuestra mal disimulada sonrisa. En el lenguaje bíblico «conocer a una mujer» es tener relación sexual con ella, lo sé. Pero para muchos de vosotros, muy hombres, el contacto sexual es el único, exclusivo y supremo conocimiento de la mujer, ¡qué ínfima y grosera medida para el conocimiento de lo femenino, ofensiva y degradante para la mujer y para el hombre!.
Mi conocimiento de María alcanza e invade excelsas cumbres e inaccesibles profundidades. Nadie la conoce como yo.
Más aún, toda la clave de mi existencia fue Ella.
Soy el hombre símbolo, escogido por Dios, para demostrar todo el misterioso poder transformante que tiene María y que sigue ejerciendo, como destino propio, en la Iglesia y en las almas.
Sí, lo repito: todo se lo debo a una mujer.
¿Os sonreís? Tal vez. ¿Tan poco hombre como para dejarse transformar por una mujer? No seáis hipócritas. Ni cínicos. Poned la mano en el pecho. Desde que el primer hombre, tipo y símbolo, Adán, se dejó transformar y manipular por Eva, que me tire la primera piedra el hombre que no se haya dejado «transformar» en uno u otro sentido, por alguna mujer. Y, a veces, qué mujeres. Pobres hombres.
Afortunadamente la mía fue una mujer única, excepcional, irrepetible.
En mi pasmo nunca acabo de preguntarme y menos de responderme, por qué fui precisamente yo, aquel muchacho como cualquier otro de Nazaret, el escogido en toda la historia para esta aventura fascinante.
Si no hubiera sido por Ella, yo sería uno de tantos, náufrago perdido en el silencio letal de la marea humana.
Por Ella soy José de Nazaret. Pido y exijo por Ella que me escuchéis.
Su destino fue transformarme a partir de aquel muchacho que yo era.
Un hombre, en Nazaret, se casaba normalmente entre los dieciocho y los veintitrés años.
En nosotros todo fue normal. Dios parte de la normalidad.
Las excepciones y los privilegios vinieron luego, para otro misterioso destino interior, con dolor y gloria al mismo tiempo.
María empezó, por tanto, transformando a un muchacho; al que yo tengo ahora que reconstruir para partir de él, porque vosotros lo habéis desfigurado convirtiéndolo en un viejo.
Me habéis robado mi juventud. Con la que yo me presenté, un día, consciente de mis cualidades y atractivos ante María, y de los que ella se enamoró.
Quitadme, por favor, años, arrugas, canas, espalda encorvada, ojos apagados, paso indeciso y bastón tembloroso, caducidad e impotencía.
Ofendéis a María. ¿Era tan rara o anormal como para enamorarse de semejante viejo, estando rodeada de muchachos floridos que la pretendían en Nazaret?
Y ofendéis a Jesús. ¿Imagináis el comentario de los que nos vieron a los tres pasar juntos por la calle?
—Fíjate, qué pena: esa preciosidad de niño, con esa madre tan joven y guapa y ese pobre padre, tan viejo y arrugado.
No, mujer. ¿Cómo va a ser el padre? Será el abuelo.
—Pues hasta para abuelo lo encuentro viejo junto a ellos dos.
En el fondo, eso es lo que pretendíais al representarme viejo: que nadie pensase que yo podría ser el padre carnal de Jesús. No teníais mala voluntad; se trataba de subrayar la virginidad de María y mi paternidad sólo adoptiva. Pero el medio fue fatal. Eso no se consigue acumulando años, canas, arrugas y bastones. El resultado final es ofensivo para los tres. Y peligrosamente ambiguo: ¿quién será entonces el padre de ese niño?
La realidad histórica de mi juventud fue tan lógica y normal que para todos nuestros vecinos de Nazaret, yo era el padre de Jesús.
Devolvedme, pues, mi juventud.
Ahora ya me siento a gusto.
Ya soy yo: un muchacho de Nazaret que anda buscando, como sus compañeros y amigos, una novia con quien casarse.
La novia conquistada acabará siendo María, que a su vez terminará conquistando y transformando al muchacho conquistador.
Os confesaré cómo era yo para que comprendáis luego mejor mi transformación.
No me convirtió María; pues yo no necesitaba conversión de malo a bueno, ni de frívolo a serio; ni tampoco de indiferente o frío, a creyente práctico.
No. Precisamente reconozco y recuerdo que siempre, por herencia familiar, por ambiente social y por tendencia espontánea, fui un hombre religioso; así nací. Dios era algo tan lógico, tan evidente y tan íntimo que constituía el eje central de mi existencia.
No, no era beato, ni santurrón, ni escrupuloso, ni menos, obsesivo religioso. A veces llegaba un poco tarde a la Sinagoga. Tenía amigos que dedicaban más tiempo al estudio de la Sagrada Escritura. Incluso algunos me tachaban de excesivamente liberal en la interpretación de los cumplimientos y ritos externos de la Ley Judía.
Pero os confieso que sentía a Dios, el Dios de Israel, clavado en la médula misma de mi estructura humana.
En aquel momento histórico de mi juventud, en los círculos más religiosos del judaismo, se respiraba y se sentía en el aire, como una inminente, más o menos próxima, llegada del Mesías prometido. No había razones ni pruebas. Un presentimiento. Sensibilidad de intuición. Latía en el ambiente.
Y yo sentía ese latido en mi ser y en mi sangre.
Porque yo descendía del linaje y de la casa real de David, al que estaba vinculada la promesa divina. Por las venas del Mesías, llegada a través de sus descendientes, circularía la sangre de David.
En mis venas bullía esta sangre. Yo era un descendiente afortunado de David y un ascendiente ilusionado del Mesías. Siempre fui consciente de esta perrogativa personal. Siempre fue una llama que presidió mi juventud.
Pero jamás pensé, ni por asomo, que yo sería transmisor directo al Mesías de mi sangre davídica. Ni en sueños lo imaginé. Pero sí un vivo eslabón, a largo plazo, en la cadena mesiánica.
Consciente y orgulloso en mi papel de intermediario, yo quería cumplir con este glorioso destino aportando mi mejor sangre que un día, cierto, aunque lejano, llegaría por los hijos de mis hijos, al Mesías prometido.
Me impresiona recordar cómo cada día se iba haciendo en mí más fuerte y consciente esta ilusión y este ideal.
Ideal que se concretaba en mi propia descendencia. Por eso mi sueño supremo era un hijo. Mejor, muchos hijos; cada uno de ellos multiplicaría mis acariciadas posibilidades de desembocar en el Mesías.
Por eso comprenderéis que el personaje y la figura clave de mi mundo interior fuera el Patriarca Abraham. El lejanísimo padre de todo Israel y del futuro Mesías. Me fascinaba su figura recia, dura, insobornable y, al mismo tiempo, entrañablemente paternal y jugosa.
Nadie había vivido la paternidad con riesgos tan dramáticos. Su aventura paterna, entre las crueles exigencias de Dios y su entrega sin condiciones, me fascinaba. La figura de Abraham se acrecía en mi interior.
Por entonces yo no sabía que Abraham era también mi ascendiente directo. Que yo era rama de su tronco; que mi genealogía, con nombres y apellidos arrancaba de Abraham. Entonces, muchacho de Nazaret, no lo sabía, como no sabía entonces tantas cosas que luego, mi propia experiencia, me fue enseñando. La primera, que yo doblaría en mí, con otro signo, en otro hijo, la dramática aventura paterna de Abraham. Por María, centro y clave de mi destino.
No imaginéis que hablo de mi sangre y mi linaje con el mismo alarde y orgullo, tantas veces vano y ridículo, con que recomponéis vosotros vuestro escudo nobiliario o numeráis las ramas y hojas de vuestro árbol genealógico. No. La descendencia de la Casa de David, aunque se fundaba en la sangre, no confería ni título ni heráldica; era una vinculación esencialmente religiosa con el Mesías, como enviado de Dios para la restauración de Israel.
Yo, José de Nazaret, pertenezco al mejor linaje de la Historia humana. Pero nunca se me ocurrió rehacer mi árbol genealógico. Luego, bastantes años después de mi muerte, se encargaron de ello dos especialistas: San Lucas y San Mateo. Mi casa de Názaret no ostentaba en su fachada o en su dintel mi escudo nobiliario, y jamás se me ocurrió tallar en madera policromada sus cuarteles sobre una noble pieza de cedro del Líbano.
Ser descendiente de David era otra cosa.
Vosotros, en vuestro linaje, retrocedéis al pasado muerto para enorgulleceros inútilmente con méritos ajenos.
Nosotros, en Israel, linaje de David, mirábamos hacia el futuro para tratar de llegar de algún modo al Mesías.
Vosotros reproducís un escudo heredado sin esfuerzo propio.
Nosotros colaborábamos con la sangre, la ilusión y la vida al cumplimiento de las profecías.
El Mesías era nuestro Escudo. No en un pasado apolillado, sino en un futuro joven y vital. Para vosotros, un pergamino heráldico; para nosotros, un hijo propio, de nuestra propia carne, descendiente de David. Por eso mi ilusión era un hijo. Muchos hijos.
Yo había heredado la sangre de David y cuidaba esa sangre para que, sana y limpia, incontaminada y fecunda, desembocara a su hora por mis descendientes en el Mesías.
Mi taller de carpintería no era sólo la fuente de mis recursos económicos con mi trabajo, sudor y esfuerzo diario; se desarrollaba mi organismo, se hacían fuertes mis músculos y maduraba, día a día mi virilidad. Yo era ya entonces un joven sano, robusto, lleno de vitalidad, descendiente de David, que soñaba con un hijo, con muchos hijos, como Abraham.
Necesitaba una mujer, una esposa, por eso andaba buscando una novia.
Había en Nazaret unas cuantas muchachas casaderas, tentadoras y bellas, donde escoger. Podía permitirme el lujo de hacerlo —y no es vano alarde de muchacho conquistador—, ya que yo era un joven normal, atractivo y sano, de buena reputación y con un taller propio de carpintería. ¡Ah!, y descendiente de la Casa Real de David. Podía, pues, escoger.
Y aquí tengo que confesar para mi vergüenza y confusión, que no elegí a María desde el primer momento. Sí, estaba en mi lista, pues la conocía y me gustaba, pero sin decidirme, como en reserva.
Había otras dos o tres muchachas que acapararon desde el principió mi interés, me deslumbraron con su belleza, me envolvieron con sus palabras y sus gestos, me encandilaron con sus miradas insistentes y tentadoras. Pero ninguna llegó a ser, ni mucho menos, mi novia.
Pasada la sorpresa de los primeros relámpagos fulgurantes y hechos ya los ojos a la realidad, empecé a calibrar y a recelar de sus encantos. Me estaban resultando o demasiado bellas, o demasiado espontáneas, o demasiado atrevidas. Se desvirtuó el hechizo y dejé de mirarlas; aunque ellas seguían mirándome a mí.
Y volví los ojos, serenos ya y experimentados, para examinar y mirar más despacio a María de Nazaret.
Era otra cosa. Completamente distinta. Tan profunda y tan perfecta que corría el peligro de resbalar sobre ella una primera mirada rápida y superficial. Era un obra de arte, tan exquisita y refinada, que no bastaba mirarla; había que dedicarle la contemplación y el estudio. Para unos ojos frívolos hasta podía pasar inadvertida.
Su belleza y su figura no era deslumbradora ni llamativa, y mucho menos atrevida y provocadora. No dominaba, ni conocía siquiera, el arte sutil de la coquetería femenina. Ni te mantenía la mirada, ni te envolvía con sus gestos calculados, ni te ponía lazos y trampas en sus estudiadas palabras. En un concurso vuestro de belleza no hubiera conseguido el título de Miss Universo. Porque era muchísimo más que eso. La primera vez que yo me había acercado a María con intención de conocerla se puso colorada y bajó la cabeza mientras yo le hablaba. Me hurtó los ojos, pero recuerdo que sonrió suavemente.
Yo no supe descifrar entonces aquella exquisita respuesta. Cuántas veces he comentado después con María, pidiéndole perdón, ese primer encuentro. Confieso mi ceguera. No tenía experiencia, por eso entonces la dejé, me estaban reclamando celosas las llamadas tentadoras de las otras muchachas:
-José, José, José. Ven aquí con nosotras.
Y dejé a María y su sonrisa. Cómo me dolió después este gesto. Y cuántas veces me lo recriminé a mí mismo. Volví con las otras muchachas, pero pronto me defraudaron. Descubrí su peligroso vacío. Huí de ellas hastiado y herido. Necesitaba otro tipo de novia.
Un descendiente de David, que sueña en el lejano Mesías, no puede entregar su sangre predestinada a unas frívolas muchachas por bellas que sean. La madre de mi hijo, de mis hijos, tenía que ser diferente.
Y recordé a María. En el fondo no la había olvidado. Estaba en mi lista, la primera, pero en reserva. Ante mi desengaño con las otras se iluminó rutilante su figura. Y me decidí a abordarla de nuevo.
Su reacción fue otra vez la misma: el rubor, la cabeza baja y la deliciosa e inolvidable sonrisa.
Esta vez la comprendí. Mis ojos ya estaban limpios, quedé para siempre cautivo de aquel sonriente rubor. Seguimos viéndonos con frecuencia. ¿Que quién se declaró primero? Pues yo, José, naturalmente; el hombre. No me imaginéis ni tan tímido ni tan indeciso como para dudarlo.
Al contrario, pensad que ante la categoría de María, su personalidad impresionante que imponía respeto y sus cualidades excepcionales, había que ser muy hombre, con personalidad también y pisando muy firme y seguro, para dar ese paso decisivo sin arriesgarse a hacer el ridículo y pronunciar valientemente la fórmula comprometida:
—María, yo te quiero. Te quiero de verdad.
Así se lo dije. Firme por fuera. Tembloroso por dentro.
Y tuve la suerte de escuchar su respuesta.
—Y yo también te quiero a ti, José.
Esta vez había levantado la cabeza, me miraba a los ojos y repetía la sonrisa del primer encuentro.
Nunca pude imaginar que yo acababa de pronunciar las palabras más trascendentales de mi vida. Las que le marcarían nuevo rumbo.
Entonces sólo pensé que ya tenía novia. Luego fui comprobando que ya quedaba atado por María a un insospechado destino.
Yo estoy seguro de que los dos nos quisimos desde el primer encuentro. Ella lo confesó callada en su sonrisa. Pero yo no la supe interpretar porque tenía los ojos deslumbrados por falsas y sucias luces.
-María, yo te quiero.
Así de sencillo.
Jamás sospeché que tan temblorosas y limpias palabras iban a revolucionar mi existencia, y que yo, por ella, pasaba la frontera de la íntimo y personal, para entrar en la zona, insospechada y trascendente de la historia salvífica y universal. Por María; por aquella muchacha de quince años que me miraba y sonreía suavemente aceptándome:
-Y yo a ti, José.
Así se inauguró el noviazgo más bello en la historia del amor humano. Fue la etapa más feliz, más serena, más radiante de mi vida.
Cuando nuestras relaciones se hicieron públicas en Nazaret, los amigos y conocidos me miraban con envidia y admiración. Me fui enterando de que todos ellos habían puesto los ojos y la ilusión en María, pero ninguno se había atrevido a abordarla. Las otras muchachas, las frivolas y tentadoras, me miraban celosas y resentidas.
Los que me querían bien me daban la enhorabuena.
—Vaya suerte, José. Menuda novia que te has conseguido. ¿Cómo la conquistaste? De verdad que hacéis buena pareja. Tal para cual.
Estos comentarios subrayaban mi felicidad. En mi carpintería brillaba una luz nueva y distinta. Nunca me había parecido tan fragante el perfume del cedro cuando serraba su madera. Nunca había tenido tan limpia y ordenada mi carpintería. Como si mi novia fuera a llegar de un momento a otro. Y nunca me había sentido más hombre y más seguro. Antes me sorprendía a veces indeciso ante el porvenir; ahora lo encaraba firme, con la frente bien alta. Y todo, lo reconocía, por María, por mi novia.
Porque éramos novios. Sí, novios de verdad.
Vosotros habéis imaginado mis relaciones con María, como de puro compromiso. Como quien cumple ante la sociedad con un convencionalismo obligado. Como un mero trámite, incómodo y desairado. Y hay incluso quienes tienen —por fariseísmo, por malicia, o por mala conciencia— un concepto tan pequeño, tan falso o tan grosero del noviazgo que se escandalizan ante la afirmación de que María y José fuimos novios.
Y otra vez José de Nazaret se siente despojado de otra de sus más bellas realidades: ser novio de María.
Devolvednos nuestro auténtico noviazgo, a los dos. Y a Jesús.
Institución divina planeada por Dios, como camino necesario e ilusionado hacia el matrimonio, y vivido por nosotros dos en su mas auténtica y fiel realización.
Dios inventó y planeó el noviazgo. Nadie lo ha vivido en su plenitud como nosotros dos. Dios nos miraba satisfecho y feliz; realizábamos su ideal.
Nuestro noviazgo quedó como arquetipo para todos los novios del universo.
Devolvednos, en justicia, esta amorosa y única realidad.
Jamás dos novios se han querido tanto, tan fuerte, tan limpia y tan diáfanamente como María y José.
Jamás un muchacho le ha confesado tan varonilmente a una novia:
María, yo te quiero.
Jamás una novia le ha respondido al muchacho con tan ruborosa y entregada sonrisa: —Y yo también te quiero a ti, José.

* * *
Tengo que confesar que yo emprendí mi noviazgo con el firme propósito de llevar yo siempre la iniciativa.
Era lógico en el ambiente social en que vivíamos y en la mentalidad judía que nos había educado. Yo era el varón, preeminencia total.
La mujer, con todo el amor y el respeto, quedaba siempre relegada a un nivel inferior.
Yo descendía, además, de la Casa Real de David. Mi sangre sería la única que, con exclusivo derecho, nos podía acercar al Mesías. El mérito, pues, era mío. Es cierto que en Nazaret algunos parientes de María afirmaban que también Ella descendía directamente de David... Pero la cosa no estaba muy clara. Y aunque así fuera, nada aportaba ni añadía. Era el varón y no la mujer quien confería el linaje a los hijos; era el varón y no la mujer quien les imponía oficialmente el nombre, que en el mundo judío equivalía a marcarles su futuro destino. Y era el varón, mi potencia viril, la que fecundaría, en definitiva, el seno de mi esposa.
Como varón yo, José, tendría toda la iniciativa. María, mi esposa, la aceptaría amorosa pero pasivamente.
Amaba a mi novia con toda el alma, sin reserva alguna, pero consciente de mi calidad de varón. Confieso honradamente mi postura porque es clave para comprender la transformación que en mí realizó una mujer.
Pronto empecé a darme cuenta de que María, mujer, tenía algo en lo que me aventajaba a mí, al varón. Su sentido de Dios.
Yo —ya lo he afirmado— era un muchacho instintivamente religioso en cuya vida siempre había estado presente Dios. Mi ilusión era quedar vinculado por mis hijos al Mesías. Yo sentía auténtica vivencia de lo divino. Pero empecé a descubrir que María me aventajaba, que iba muy por delante, que se me perdía de vista, que yo no podía alcanzarla.
Sentía y hablaba de Dios con una experiencia tan profunda y con una naturalidad tan espontánea que yo me quedaba sorprendido y pasmado.
Dios en Ella no era ni ciencia ni cultura ni sabiduría. En esto tal vez yo la ganaba. Y en el conocimiento teórico de la Escritura.
Dios en Ella era «vida». Presente en Ella como una segunda alma. No superpuesta y añadida artificialmente, sino como instalada y nacida en Ella desde siempre. Yo me pasmaba.
Y como yo sentía también a Dios, las palabras, los pensamientos y las vivencias de María sobre Dios encontraban en mí un eco, una resonancia y una acogida espontánea y completa.
No. No. Qué absurdo. No es que siempre, de novios, estuviéramos hablando de Dios expresamente. Nuestra conversación era normal entre dos novios. Hablábamos de todo y de Dios con frecuencia. Mas, como es lógico, cuando coincidíamos en nuestra común ilusión de vincularnos al Mesías a través de nuestros hijos. No es que María, ya lo he dicho, me diera clase de Teología o de Escritura, que se convirtiera en una novia predicadora ni misionera con su novio. Ni mucho menos.
María era la sencillez y la normalidad de una muchacha de Nazaret convertida en novia.
Yo percibía a Dios en ella de otro modo. Como el clima en que vivía y palpitaba, como su respiración. Sin nombrarlo.
En el amor que me demostraba, no sé cómo, estaba Dios.
Y si yo le daba un beso era también como si besara en ella a Dios. Me imagino que muchos no me comprendan. No es fácil. Lo reconozco. Yo mismo quedaba desconcertado. Pero os aseguro que mi amor a María, como novio, cada día era más fuerte, más entregado, más profundo, más varonil.
Ese Dios que estaba entre los dos lo acrecía y lo ahondaba.
Ese amor que teníamos a Dios fortalecía nuestro mutuo amor.
Sí. De pronto empecé a comprender que yo también amaba más a Dios. Me lo había contagiado María.
¿Que a quién amaba más, a María o a Dios? Absurda pregunta. Amaba a Dios en María y amaba a María en Dios.
¿Empezáis a comprender la transformación que en José estaba realizando, sin proponérselo, aquella muchacha?
Nuestro noviazgo transcurría sin darme cuenta.
El amor devoraba los días, las semanas, los meses.
Yo me dejaba llevar por su vértigo seductor e irresistible. Mi entrega a María era incondicional: pensamientos, sueños, trabajos, tiempo. Nada acotaba en reserva para mí. Entre Dios y ella me habían conquistado misteriosamente. Tanto que a veces sentía como un miedo estimulante al mismo tiempo, como el vértigo de un abismo seductor. Como un desafío implacable que cada vez se atrevía a más y al que yo vencía siempre con mi entrega.
Cuando me di cuenta me había alejado de la orilla, se perdía de vista, imposible tornar atrás; me había embarcado con María en el amor aguas adentro. Al principio fue un lago, como el de Genesaret, azul y luminoso, cuyos límites se ven de todas partes. Ahora era un océano inmenso y profundo, sin riberas visibles, en el que ya no había retorno.
Pero ¿quién hablaba de regreso? Yo no. Al contrario, bendecía mi suerte y mi fortuna. Y cada día, cada palabra, cada gesto, cada latido, me iba embarcando, más y más, mar adentro, en un arriesgado, delicioso y punzante compromiso. ¿Quién llevaba para entonces la iniciativa en aquel noviazgo?
¿Yo, José, el varón, el descendiente de David? ¿O María, la muchacha del rubor y la sonrisa?
En realidad, ninguno de los dos. Ni María ni José.
La iniciativa la llevaba otra persona: Dios.
Aunque entonces yo no llegara a percibirlo.
Nos habíamos embarcado tan adentro que nuestro amor había madurado ya plenamente.
Y de común acuerdo empezamos a preparar nuestro próximo desposorio. Estaba asegurado nuestro porvenir independiente. Teníamos ya nuestra casa. Y yo disponía de una carpintería propia, ya en marcha y con clientela fija. Todo nos sonreía a los dos.
Y a mí, sobre todo, los ojos y los labios de María.
Hasta que una tarde —jamás lo olvidaré— noté que de pronto la sonrisa de María no era la misma. Se esforzaba por mantenerla igual. Pero yo la conocía demasiado bien, no podía ni sabía disimular, era toda transparencia, y advertí que su sonrisa empezaba como a desmayarse y marchitarse.
—Algo te pasa, María.
—Sí, José —me contestó agradecida a que yo me hubiera adelantado.
—Dímelo. ¿Qué sucede?
Y entonces, con una sencillez y una valentía desconcertante, me explicó cómo Dios le pedía que le consagrara totalmente a El solo su cuerpo, en una entrega absoluta de su virginidad. Y que Ella no podía negarle nada a Dios. Yo al principio pensé que se trataba de un escrúpulo pudoroso, explicable por su exquisita delicadeza espiritual. Y traté de explicarle.
—No. No es eso.
E insistió con firmeza en que Dios le pedía la ofrenda total de su virginidad.
Traté de mantenerme sereno.
—¿Pero has visto a Dios, María? ¿Se te ha aparecido?
—No, José.
—¿Lo soñaste, María?
-No, José.
—¿Has escuchado sus palabras en tus oídos?
—No, José. No hace falta nada de eso. Tú lo sabes, Dios nos habla dentro, José.
Yo no sabía reaccionar. Sorprendido, molesto, burlado, herido y rechazado al mismo tiempo. Y exploté:
—Está bien. Comprendido. Yo sobro. Estoy de más. Me despides y me dejas tirado en el camino después de haberme embarcado, día tras día, y tú te vas con Dios.
Reaccionó inmediatamente:
-No, José, no; yo te quiero, te sigo queriendo, y más todavía que antes.
—¿Pero qué manera de querer es ésa? ¡Vete con Dios!
Y sangrando en mi orgullo de hombre me puse en pie para marcharme.
También ella se levantó, me cogió rápida de la mano y con suavísima energía me retuvo imperiosa:
—Espera, José; escúchame: no te vayas ni me dejes así.
Cedí. Nos sentamos. Y entonces me explicó que todo podría conciliarse: las exigencias de Dios y nuestro matrimonio, que todo dependía de nosotros, del tamaño y de la fuerza de nuestro mutuo amor humano y del amor que le tuviéramos a Dios; que humanamente esto no podría explicarse, pero que las cosas de Dios no necesitan explicaciones; que Ella, de su parte, estaba dispuesta a todo, que amaba a Dios y me amaba a mí. Inmensamente, que yo lo pensara despacio y tranquilo...
Iba a contestarle desbocado e intemperante. No pude. Decidida me puso su mano en mis labios y los apretó con amor:
—No. No contestes ahora, José, por favor, no. Espera, piénsalo. Todo el tiempo que quieras, no hay prisa. Dios tampoco la tiene. No digas nada ahora. Pregúntale a Dios. Por mi parte ya sabes que te quiero con toda mi alma. Pregúntale esto también a Dios. Piénsalo. Ya me contestarás.
Se puso en pie, nos miramos, su palidez me asustó, descompuesta la armonía de su rostro, como si fuera a saltar en añicos. Pero un vigor interior se lo recompuso milagrosamente. Hizo un esfuerzo heroico por rehacer su sonrisa, lo consiguió y me soltó la mano, que sentí en el aire fría y desvalida.
— Hasta mañana, José.
Pero antes de dejarla la miré airado y volví a explotar violentamente:
-¿Cómo Dios, María, puede ser tan cruel, rompiendo así nuestros planes de amor y privándonos El mismo de llegar por nuestros hijos al Mesías? ¿A mí, a quien hizo descendiente de David? ¿Para qué? ¿Por qué Dios se permite jugar tan caprichosamente con nosotros? ¿Por qué abusa de nuestra bondad? ¿Por qué Dios se atreve a pedirnos el sacrificio de nuestro hijo, de nuestros hijos? Lo que tienen todos, lo que concede a todos, y a nosotros no. ¿Qué pecado hemos cometido? ¿Por qué, María, por qué?
—No lo sé, José. Dios es así. Recuerda a Abraham, José. Primero le hizo la promesa del Mesías y luego le pidió la inmolación de su único hijo. Y fue después el padre de Israel y del Mesías. Tú y yo admiramos y queremos a Abraham. Cuántas veces hemos hablado de José.

* * *

Difícilmente podéis imaginar mi noche.
El silencio, las tinieblas y la soledad que me rodeaban en Nazaret hacían más tenebrosa la noche que yo llevaba dentro.
Hay quien me llama «sombra». Otros me comparan a la «noche». Las dos cosas son acertadas. Mi corta vida quedó marcada por las noches. Luminosa y musical alguna. Trágicas las otras. Dos de estas últimas quedan registradas en el Evangelio de San Mateo.
Pero en todas mis noches está presente la actuación eficaz de Dios. La primera trágica de mi vida. Imposible describirla.
Fue una batalla campal en mi interior. Luchaba nada menos que contra Dios. Protesté. Le interrogué. Le desafié. Le ataqué. Le amenacé con dejarlo.
Y traté también de arrancar de sus manos a María, a mi novia, y exigirle que me la dejara libre. Traté de romper esos lazos y esas exigencias absurdas con que El trataba de aprisionarla robándomela exigencias absurdas con que El trataba de aprisionarla robándomela a mi.
Luché contra María. Contra su condescendencia a cumplir todas las exigencias de Dios, por absurdas e injustas que fueran, como reclamarle su virginidad. Luché defendiendo mis derechos elementales, mi dignidad de hombre, mis inalienables exigencias de futuro esposo, mis prerrogativas como descendiente de David. Luchaba contra Dios en defensa de María y en mi propia defensa. Y lo que más me exacerbaba era adivinar que María estaba de parte de Dios contra mí; y que algo en mí, interiormente, en mi alma, yo mismo, también me desdoblaba para aliarme con Dios y tomar partido por El.
Porque resulta que yo amaba también a Dios con toda mi alma. Y la culpable era María, a la que no podía ni quería dejar de ningún modo, y que me sabía también incondicional de Dios.
Dios. Dios. Dios.
Era como un redoble sordo, como un trueno lejano, como un latido en mi sangre desbocada y un clavo hincado en mi cabeza incandescente a punto de estallar.
No podía más, necesitaba el aire fresco que a esas horas oreaba la altura de Nazaret. Salí a la soledad cercana del campo.
Caminé lentamente con la cabeza baja. No quería mirar arriba. Ni ver el cielo donde estaba mi enemigo, mi adversario de lucha: Dios.
Cansado, al fin, me senté en una piedra.
Y sin darme cuenta me encontré con la cabeza levantada mirando al cielo.
Desde su cristal azul, altísimo y profundo, me miraron infinitas y afiladas las estrellas. Se me llenaron los ojos de astros.
Me acordé de Abraham cuando, en otra noche como aquella mía, Dios le invitó a que contara, si podía, las estrellas.
Y ya no sé lo que pasó después...
No sé si a mí también la voz de Dios me convidó amorosamente a que las numerara.
Parecía que llovían sobré mí. Y que su luz mojada me refrescaba la cabeza ardiente y dolorida.
No sé si soñé. No sé si Dios me habló aquella noche.
Sólo sé que cuando me desperté tenía los ojos y el rostro mojados por las lágrimas y por las estrellas...
Sé que había dejado de luchar contra Dios.
Sé que me había rendido sin condiciones.
Sé que en mi corazón manaba una paz infinita.
Y sé que a primeras horas de la mañana fui a ver a María, mi novia, que tampoco había descansado en toda la noche, para decirle que «sí», que lo que Ella quisiera, que lo que Dios exigiera. Que aceptaba, por Ella, todas las absurdas condiciones de Dios. Que había ganado Ella.
¡Que ganaba Dios!.
Aquella noche luché contra El.
Y ahora seguramente tendría que luchar contra alguno de vosotros que rechazáis el que Dios hubiera pedido a María, mi novia, y a mí por Ella, una entrega virginal.
Pero no lucharé contra vosotros. No merece la pena. Compadezco vuestro mezquino concepto de Dios y de sus exigencias. Sentáis como principio inamovible el que Dios sólo puede pedir y exigir lo que es conforme y según la mentalidad de cada época histórica.
Moldeáis un Dios esclavo en sus decisiones, de las convenciones sociales. Un Dios sin personalidad. Que debe acomodarse a la circunstancias. Un Dios ridículo y manipulado por vosotros mismos.
Rechazáis en Dios todo lo que no comprende vuestra razón. Todo lo que escapa a vuestros pobres cálculos.
Cuando Dios, sobre todo en la santidad, suele ir siempre a contrapelo del hombre.
¿Era conforme con la mentalidad de su época el que Dios exigiera a Abraham el sacrificio de su propio hijo? ¿Está de acuerdo con la naturaleza divina asumir un cuerpo? ¿Y con la naturaleza humana elevarse hasta la Divinidad? Pues ése es el absurdo de la Encarnación ésta es una de las grandezas de Dios. Poder realizar lo que nos parece absurdo. Y ahí está también la grandeza del hombre. Saber aceptar y realizar, con su cooperación, todos esos absurdos divinos.
Eso mismo pensaba yo durante la ceremonia de mi desposorio con María. Había entre los dos un secreto que compartíamos y que nos unía más: nuestra virginidad.
Si nuestros familiares y amigos allí presentes hubieran adivinado nuestro mutuo secreto habrían formulado vuestra misma palabra. Absurdo. Imposible. Y más en un descendiente de David.
Pero nuestro secreto no se divulgó hasta muchos años después. La ceremonia se desarrolló con la gozosa rutina de un normal desposorio judío. La fiesta fue sencilla y alegre.
La solemnidad se reservaba para el segundo rito: la Boda, que se realizaba meses más tarde.
Aunque ya los desposorios nos constituían y declaraban jurídicamente esposos con todas sus consecuencias legales. Pero cada uno seguía viviendo por su lado en la casa paterna hasta después de la celebración de las Bodas. Entonces el esposo llevaba a su mujer a la nueva casa, donde se iniciaba plenamente la convivencia marital de los recién casados.
Celebramos nuestros desposorios y seguimos viviendo cada uno con nuestras respectivas familias.
Todo pareció y fue normal: María era mi esposa auténtica con entrega total a Dios de su virginidad, y yo, José, era su auténtico esposo con idéntica y recíproca entrega a Dios.
La fiesta fue normal. Y sin embargo los dos muchachos, María y José, acabábamos de poner en marcha una absurda revolución que aún perdura y nunca acabará en la historia del amor: la virginidad libremente escogida por Dios. Nuestro hijo Jesús la consagraría divinamente, escogiéndola como estado de vida para El mismo, y la exaltaría, como programa ideal de su reino, en discursos y parábolas para los valientes y arriesgados.
¿Os acordáis de aquel muchacho, José de Nazaret, en la plenitud de su juventud, de su fuerza, de su virilidad, descendiente afortunado de la Casa de David, cuyo ideal era tener un hijo, muchos hijos, para llegar por ellos con su sangre al futuro Mesías?
Hoy es un joven esposo que ha ido virgen a sus desposorios, que dentro de unos meses celebrará, virgen también, sus Bodas; y que tiene el propósito de convivir después virginalmente con su esposa María.
¿Comprendéis la transformación realizada en él? Pues no ha terminado, aunque culminó ya una etapa. La transformación sigue en marcha y María, novia ayer, mi esposa hoy, como factor clave de este proceso.
Todas sus etapas parecen alcanzar sus climas de tensión y lucha en la noche. Ya os dije que las noches parecen definirme a mí y a mi vida.
Me esforcé por describiros mi primera noche en combate abierto con Dios. Me fue difícil. No sólo la batalla, sino su descripción. Pero lo va a ser más el explicaros mi segunda batalla nocturna. La más tensa y trágica de mi existencia y la más decisiva para mi transformación. En esa noche volví a nacer de nuevo para una nueva existencia. Con María siempre presente y actuante desde su misteriosa doliente e indefinible lejanía.

* * *

Todo empezó una tarde en que mi esposa me consultó si me parecía bien y yo aprobaba un viaje suyo a la Montaña de Judea para asistir y atender a su prima Isabel, que iba a dar a luz dentro de tres meses.
Yo sabía de esta prima, conocía su edad avanzada y su esterilidad.
Pero ¿estás segura, María? En sus condiciones es imposible.
La respuesta fue muy suya, se definió una vez más.
Sí, José; pero para Dios no hay nada imposible.
Me dejó, como siempre, sin palabra. Una de las primeras condiciones y posturas a que obligaba María sin predicarlo era borrar del diccionario la palabra «imposible» cuando se trata de Dios.
Aprobé el viaje, lo organizamos y quedé tranquilo al ver que en la caravana viajaban con ella unos buenos amigos, a los que encargue cuidaran de mi joven esposa y la atendieran en cuanto ella pudiera necesitar.
Ni remotamente se me ocurrió sugerirles que la vigilaran. Absurdo y ofensivo para los dos. Nos queríamos de tal modo que nos fiábamos mutuamente uno de otro. Ni asomo de celos en ninguno de nosotros. Por eso ni Ella ni yo nos hicimos recomendaciones en este sentido al despedirnos. Sí recuerdo las últimas palabras que yo le dije:
María, vuelve, por favor, lo más pronto que puedas. No sé cómo voy a poder vivir sólo sin sentirte a mi lado. Vuelve pronto, para mí es como si Nazaret se vaciara con tu ausencia.
Sí José. A mí me pasa lo mismo, te echaré de menos a cada instante.
La seguí con los ojos sin moverme de aquel sitio hasta que la caravana se perdió en el polvo luminoso y vibrante de la lejanía.
Fueron pasando los meses.
Se hacían infinitos.
Su ausencia me sirvió para comprobar cuánto la quería. Más de lo que yo imaginaba. Jamás pensé que fuera tanto. Ansiaba su regreso con toda el alma.
Porque además, y según nuestros planes convenidos, debíamos ir preparando la ceremonia solemne de nuestra Boda. La que sellaba el matrimonio judío y su convivencia familiar.
Hice los cálculos de su retorno y no me equivoqué.
Por esos días se anunció en Nazaret la próxima llegada de una caravana en regreso de Jerusalén.
Con los otros vecinos que aguardaban también a otros viajeros salí al sitio acostumbrado donde solíamos esperar el arribo de las caravanas.
Yo era feliz. Esa tarde iba a recuperar para siempre a María. Y ya no volvería a repetirse una ausencia tan larga. Estaba arrepentido.
¿Por qué no la había acompañado en su viaje? De surgir otro en el futuro, a donde fuera, lo que durara, yo iría con ella. Siempre se aprende algo; en esta ocasión, que la ausencia de María es intolerable. No sabría ya vivir sin ella.
La espera era larga. Sobre todo para mí, que había acudido el primero. Poco a poco fue aumentando el número de los que esperábamos. Predominaba la alegría, pues a todos nos acuciaba igual deseo; y abrazar a los viajeros. La larga espera se amenizó con cánticos, cuentos y la recitación intercalada de algún salmo bíblico.
Imposible describir el júbilo de la llegada.
Se desarticuló instantáneamente nuestro grupo para lanzarse cada cual, entre voces y empujones, a la búsqueda de la persona querida.
Chocaban en el aire los nombres de los viajeros reclamados con gritos agudos y exigentes.
Yo también clamé:
—i María! ¡María!
Y no tuve que gritar más, pues afortunadamente la localicé enseguida.
Corrí impetuoso a Ella, que me había visto también y que venía presurosa hacia mí. Yo seguía repitiendo en voz baja: «¡María! ¡María!». Y Ella se acercaba también con mi nombre —lo oí— repetido en sus labios: «¡José! ¡José!»
Se juntaron nuestros nombres y se juntaron al mismo tiempo nuestros cuerpos en un abrazo largo y apretado.
Yo, en mis ansias de encuentro, no había tenido calma para fijarme en su rostro. ¿Sonreía? ¿Lloraba? ¿O las dos cosas al mimo tiempo?
Durante el lento abrazo nuestros labios seguían repitiendo intensamente el nombre soñado y poseído ahora: «María. José.» Como quien verifica y palpa una imposible realidad.
El cuerpo de mi esposa era como un temblor de llama en mis brazos.
De pronto me pareció notar algo extraño en su cuerpo, ya conocido de anteriores abrazos. Imposible, rechacé el pensamiento, me surgió acuciante la duda. Apreté más el abrazo para acabar de cerciorarme. Pude comprobar que entre María y yo, entre su cuerpo y el mío, se interponía algo extraño. Un bulto incipiente, otro cuerpo, mínimo aún, pero ya cuerpo, entre nuestros dos cuerpos. La certeza de mi sospecha inicial me apuñaló el alma.
María, mi esposa, estaba embarazada.
¡Imposible! Pero la realidad era tangible.
Con rabia ciega rompí bruscamente el abrazo como si su cuerpo me quemara. Puse mis dos manos sobre sus hombros en un rechazo silencioso y enérgico, di un paso atrás poniendo tierra por medio y clavé en su rostro mis ojos afilados por la ira, buscando y exigiendo la respuesta de los suyos.
Inútil. María había bajado la cabeza, que parecía pesarle infinitamente, y lloraba en silencio.
Yo no dije una palabra. No podía ni sabía qué decir.
Cuantas veces le he agradecido a Dios aquel silencio y no haberle lanzado entonces bruscamente a la cara palabras irremediables que nos hubieran dolido a los dos toda la vida.
Afortunadamente, la presencia oportuna de unos amigos comunes que llegaban también a recibir a María evitaron un choque y solucionaron de momento la violenta situación.
Disimulé cuanto pude mi explosiva tensión y todos juntos acompañamos a María hasta dejarla en su casa. No hablé ni una palabra en todo el camino. Me había quedado literalmente mudo.
Únicamente cuando María, ya en su casa, iba a cerrar la puerta, yo le dije intencionadamente de modo que Ella entendiera:
María, mañana hablaremos.
Levantó la cabeza y me miró en silencio infinitamente triste. Luego, los fieles amigos me acompañaron a mi casa. Yo me dejaba conducir como un autómata. Ellos me preguntaban el por qué de mi mutismo y de mi extraña conducta cuando debía estar tan contento con el regreso de mi esposa.
-¿Qué te pasa, José? Estás muy raro esta tarde.
-Yo sé lo que le pasa —dijo uno de ellos con reticencia—. Pero ¿es que no os habéis dado cuenta?
—¿De que?.
—¿Pero estáis ciegos? ¿No os fijasteis en María? José va a ser padre muy pronto. La alegría lo ha dejado mudo.
Y allí, a la puerta de mi casa, todos me rodearon dándome afectuosas palmadas en la espalda y repitiendo:
-¡Enhorabuena, José, enhorabuena! Qué callado te lo tenías. Vaya, José de Nazaret va a ser padre. Enhorabuena, enhorabuena.
Y cada vez que repetían la palabra era como si me dieran un golpe bajo o una puñalada:
—¿Enhorabuena, José, enhorabuena!
Fue como si me hubieran apuñalado todos juntos a la puerta de mi casa, donde me dejaron.
Pero yo no podía hacer callar aquella palabra que seguía vibrando en mis oídos y que se clavaba en mi corazón:
-Enhorabuena, enhorabuena. José de Nazaret va a ser padre.
Con un golpe violento cerré la puerta.
Y me hundí en mi noche.
La más trágica de mi vida. Y la más larga.
No dormí ni un sueño. Ni lo intenté siquiera. Sabía que era imposible.
Mi cerebro era como una roca en medio del mar embravecido; azotada y batida salvajemente por el oleaje, que desde todas las direcciones se lanzaba incansable y brutal sobre ella hasta quedar a veces totalmente sumergida entre la espuma rabiosa y amarga.
Tres golpes de mar, sucesivos o simultáneos, me azotaban.
Correspondían a las tres claves, que, al mismo tiempo, eran tres preguntas desgarradoras que me pedían respuesta.
María, la esposa virgen, embarazada.
Yo, José, el esposo virgen también, burlado y escarnecido.
Y el tercero, el hombre sin rostro, sin nombre, que se había atrevido a profanar a mi esposa.
Tres preguntas, tres enigmas, tres heridas medulares y tres enemigos contra los que yo me debatía a brazo partido a lo largo de toda la noche. También yo era mi propio enemigo. Me desdoblaba a mí mismo para enfrentarme con ese otro yo, para acusarlo, condenarlo y despreciarlo.
Y en la lucha cerrada de este triángulo hermético me desgarraban y me laceraban el amor, el odio, la venganza, el orgullo herido, la vergüenza, la rabia, el desengaño, la amargura, el asco, el desprecio...
Un triángulo sin salida que me estrangulaba en su cerco diabólico de hierro.
Y siempre, como una constante fatídica, que afloraba y se erguía continuamente, la presencia obsesiva de un hecho inexplicable: María, esposa virgen, estaba embarazada.
Pasmo. Asombro. Contradicción radical. Paradoja monstruosa.
—Imposible. Imposible —repetía yo en voz alta tratando de destruir el hecho.
Y, sin embargo, era verdad. Absurda y brutal. Pero palpable.
María, mi esposa virgen, embarazada.
Era como si de pronto todas las rosas de Nazaret hubieran cogido la lepra y se estuvieran pudriendo con llagas purulentas. Como si la única fuente que brotaba en Nazaret, cristalina y fresca, donde todos bebíamos, se convirtiera en una cloaca y vertiera serpientes y veneno por sus caños. Como si esa madrugada, en el alba, se levantara un sol negro; y siendo sol, subiera por el cielo negro, lanzando su luz negra sobre Nazaret negro.
No. Imposible —protestaba yo con todas mis fuerzas, para terminar aceptando la realidad que había tocado en aquel abrazo.
Me enfrenté yo solo con María; imaginé todos sus posibles comportamientos, rehice todas las circunstancias, la ataqué por todas partes, la acusé en todos los sentidos; pero nunca, nunca llegué a la última conclusión de condenarla.
Me lo prohibía el amor.
Y me lo prohibía la justicia. La conocía tan bien que ponía por ella la mano en el fuego. Y, ¿entonces?
Y volvía a analizar, a rehacer, a suponer, a acusar; para terminar deduciendo que no podía mi esposa ser culpable.
Entonces me lanzaba furiosamente contra el único culpable verdadero, contra el violador salvaje, el profanador brutal, el sádico repugnante que la forzó.
La imaginación enfebrecida y lacerada me sugería escenas y detalles que casi me hacían gritar de dolor y que yo rechazaba y borraba hasta arrancarlas con sangre de mi imaginación.
Por un lado, trataba de imaginar la figura del culpable. ¿Lo conocería yo? ¿Tendría algo personal contra mí? ¿Envidia, celos, venganza? ¡Quién podría ser? Trataba de descubrirlo y localizarlo en todas sus imposibles madrigueras. Y, por otra parte, no quería saber absolutamente nada de él.
Ni conocer la persona. Ni que me pronunciaran su nombre, concretar su figura. De conocerlo, lo odiaría con toda mi alma. Y yo no quería odiar. Tenía miedo del odio. Odiaba el odio.
Entre María, mil veces recriminada, mil veces inculpada y mil veces absuelta, y el anónimo agresor, puro fantasma, sin voz y sin rostro, siempre acusado y siempre condenado, el único culpable, yo, José, el tercer protagonista pasivo de aquella tragedia, iba y venía de uno a otro, presente sin pretenderlo, víctima de todos los golpes. Marido burlado, esposo en ridículo, el último en enterarse. El bobo, el tonto, el imbécil, el que paga al final los propios platos rotos.
Y en última instancia, yo culpable también, sí, culpable. Por ingenuo, por crédulo, por fiarme de todos. Por tonto.
Tonto culpable, que abre los oídos a esos planes delirantes de virginidad. Y que los acepta y se compromete él mismo; y hace el ridículo de desposarse con una que se dice virgen y que exige al otro la virginidad. Y todo invocando y poniendo como garantía la exigencia y el nombre de Dios.
Dios. ¿Dios? ¿Culpable también?
Hasta entonces no lo había pensado. Dejaba a Dios aparte, a un lado. Pero ahora no; Dios está también implicado, Dios es culpable. Y me enfrenté con El.
¿Por qué nos exigió el compromiso de la virginidad sin comprometerse El a nada? Si los dos se lo dimos todo, ¿por qué El no pone ni da algo de su parte? ¿Por qué le exige a María ser virgen y cuando llega la hora del peligro El se queda tan tranquilo, cruzado de brazos, sin echarnos una mano?
¿Por qué no ayudó a María? ¿Por qué dejó que la violaran? ¿Por qué no intervino pudiendo evitarlo? ¿Por qué me pide que yo sea virgen y deja que mi virginidad se convierta en burla, en ridículo, en deshonra, en herida infectada para toda mi vida? ¿Dónde estaba Dios? ¿Así defiende a los que se entregan y se fían de El sin condiciones? ¿Para eso me obliga a renunciar a mis derechos como descendiente de David?.
Y mientras yo, aquí, José, en esta noche, me desgarro y me destrozo, víctima idiota de mi credulidad, el verdadero culpable, el violador, el sacrílego, ¿dónde está? ¿Qué hace? Reírse a carcajadas de su hazaña. Contársela a sus amigos. Y disfrutar con nuestra deshonra Y pasarse la lengua golosa por sus labios repugnantes como una fiera que saborea la sangre de su víctima, sin que Dios intervenga, sin que mueva un dedo siquiera, oyendo sus carcajadas y defendiendo y aumentando su salud y su vida.
Y, de Dios, mi pensamiento iba a María.
¿Qué estará haciendo esta noche? ¿Durmiendo tranquilamente por el cansancio del viaje? ¿O despierta, como yo, pensando en mí y compartiendo mi tragedia? ¿Despreocupada? ¿Impasible? ¿A infinita distancia en el más reparador y feliz de los sueños? Yo, tratando, contra toda evidencia, de defenderla. ¿Dormida Ella, sin acompañarme siquiera con el pensamiento? ¿Tan poco represento? ¿Tan nada soy?
Mi cerebro y mi corazón eran un borbotón irrefrenable y desbocado de preguntas que me desconcertaban, me atravesaban y me dejaban exhausto y sin respuesta.
Imposible dormir en toda la noche. La luz del alba, al barrer la oscuridad nocturna, trajo un leve alivio a mi mente.
No tenía, después de tantas preguntas, una respuesta adecuada y, sin embargo, yo debía de tomar una decisión.
La primera, inmediata, para ese mismo día fue no salir de mi casa. Ni ir a ver a María. Le había dicho la víspera por la tarde: «Mañana hablaremos.» Lo pensé mejor. Más frío ya y más lúcido. No. Yo no tengo que hablar. Es Ella quien tiene la palabra. Ella la que debe decirla. Ella, por tanto, la que debe venir y dar explicaciones. ¿Voy a aumentar mi ridículo pidiéndoselo yo?
Como una fiera enjaulada aguanté todo el día sin salir de mi casa. Di la disculpa de que no me encontraba bien. En el fondo esperaba la venida de María. ¡Tenía que hablar! Y sí no venía ni hablaba, ¿es que se sentía y era culpable? Esperé y esperé... Pasaron las horas lentas y crueles un latente y hondo desengaño que manaba en mi interior me fue serenando. En este clima, más apaciguado y realista, fui poco a poco formulando mi decisión final. Dolorosa pero inevitable. No quedaba otra salida. Romper de una vez y para siempre; como si nunca nos hubiésemos conocido. Qué ingenuo. Un oscuro subconsciente, que yo no quería oír, me advertía que tratándose de María esto era imposible. El que la conozca quedará ya marcado para siempre.
Según la Ley, podía denunciarla legalmente o que recibiera su castigo y devolverme a mí la libertad y la honra.
Bueno; eso de la honra, hasta cierto punto.
Me resistía a hacerlo. ¿Era en verdad adúltera? ¿Podía probarlo, podía afirmarlo al menos? Reconocí, lealmente, que el corazón me decía y aseguraba que no.
Cuando cayó la tarde y empezó a llegar la noche yo tenía ya mi determinación decidida.
La Ley me daba otra posibilidad. Yo, en privado y en secreto, en presencia de dos testigos, dos amigos cualificados y fieles, repudiaría a mi esposa, quedando así libre; sin ofenderla ni agraviarla a ella públicamente. Sin tribunales ni castigos, sin escándalo social, chismorreos y comentarios vecinales. Discretamente. En privado. En secreto.
Me sentí reconfortado tras tomar en firme mi decisión.
Era ya noche cerrada.
Estaba seguro de conciliar el sueño.
Era como si regresara de una batalla campal contra el universo. También contra el cielo.
Me senté en mi lecho. Estaba rendido. Antes de acostarme hablé un momento con Dios. Hice ante él un balance de mi situación y le comuniqué mi decisión irrevocable: mañana repudiaré en secreto a María, mi esposa.
Levanté la cabeza, respiré hondo y resumí en voz alta:
-Y mañana, Señor, volveré a ser el que era: el hijo y descendiente de David y volveré a pensar en un hijo mío, que le transmita mi sangre a tu Enviado y Mesías.
Me sentía relajado ya. Y, por supuesto, vencedor en la batalla»
Me recliné en el lecho y acomodé con cuidado mi dolorida cabeza.
No soy consciente de más.
Debí hundirme, tras breves instantes, en un sueño abismal y confortador.
Jamás tuve una noche tan feliz.
El sueño físico curaba y fortalecía lenta y suavemente mi cerebro, mi imaginación, mi sensibilidad y mis nervios. Y Dios, con su palabra, curó mi espíritu.
Su mensaje nocturno dio respuesta luminosa y rotunda a todos mis enigmas y preguntas pendientes.
La palabra de Dios me fue comunicada en sueños por su ángel.
San Mateo, que consigna el episodio, no recoge la identidad de ese ángel. No hacía falta. No me extraña si vosotros le ponéis nombre y le llamáis Gabriel. ¿No es el Embajador oficial de todo lo concerniente a la Encarnación del Verbo?
También yo, José de Nazaret, tuve mi «anunciación» cuatro meses después de la de María.
Las breves palabras del ángel compendian, definen e iluminan toda mi vida, todo mi destino, toda mi personalidad.
Las recogió San Mateo en su Evangelio: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a tu esposa, María, porque lo que hay en sus entrañas proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús. El será la salvación de todos los hombres.»
Con dos frases Dios desvelaba el enigma y ponía de acuerdo en un instante todas las irreconciliables paradojas.
Dios seguía siendo, como siempre, el mismo.
María, mi esposa, seguía siendo virgen a pesar de todas las apariencias contrarias.
Yo, José, debía seguir siendo su esposo virgen.
Y el buscado «culpable» del niño que latía en su seno era nada más y nada menos que el Espíritu Santo.
Yo seguía siendo el Hijo y Descendiente de David. Pero en una maravillosa sorpresa —cosas de Dios— yo no llegaría al Mesías indirectamente a través de mis hijos y descendientes. Llegaría yo. Yo, José, personalmente.
Yo era ya el último descendiente de David en el árbol genealógico. Detrás de mí, el Mesías. No por la carne y por la sangre. Por la fe, el amor y la virginidad.
Yo sería el Padre legal del Mesías, pues Dios me daba a mí el encargo, jurídico y paternal, de imponerle su nombre, que era confiarle su destino: Jesús, Salvador.
Yo, esa noche, antes de dormirme, le había recordado y recalcado a Dios expresamente que era descendiente de David y que trataría de tener un hijo mío propio que entroncara con el Mesías.
Dios, en mi sueño, recoge mis palabras, me empieza saludando: «José, Hijo de David»; y me descubre una nueva, sorprendente y directa vinculación con el Enviado.
¡Cómo se aclaran las cosas cuando Dios habla!
Pero, ¿por qué a veces se queda mudo y tarda tanto en abrir los labios?
Desapareció el ángel; pero no se desvanecieron sus palabras. Toda la noche me estuvo acunando suavemente, quedamente, un arrullador estribillo que me cantaba: «José, Hijo de David.»
Se ausentó el ángel de mis sueños. Entonces me invadieron otros sueños: los míos, los que fabrica el subconsciente con elementos y vivencias personales. María, el viaje, el regreso, los amigos, «el culpable» —que no lo era, ni había existido—. Eran los sueños de un hombre producidos en todas las noches de los hombres.
Pero el ángel y sus palabras no habían sido un sueño. Su mensaje no lo puede fabricar ni inventar un subconsciente humano. Le faltan elementos que no están en la experiencia del hombre: el Espíritu Santo, su fuerza fecundante, Dios que se hace hombre, una virgen que es madre al mismo tiempo... No era un sueño humano. Yo no había soñado con un ángel. El ángel y sus palabras habían sido una realidad externa a mí, venida de fuera, de Dios; y que actuó en mí mientras dormía. En los otros sueños, los humanos, elaborados por mi subconsciente, aquella noche soñé con María mil veces, de mil formas, en mil circunstancias.
Cuando desperté necesitaba verla. No soñarla. Y abrazarla. Sobre todo necesitaba abrazarla para llevarla después a mi casa, como me había encargado el ángel de parte de Dios.
Y temprano, de prisa, corrí a casa de María.
No vivíamos lejos; no necesitaba correr; pero no podía remediarlo. Me sentía más joven, más fuerte, más ágil y alegre que nunca.
Jamás había pisado la tierra con más dominio y seguridad. Nada me frenaba. Ni las cuestas, ni las esquinas, ni mis vecinos de Nazaret, que empezaban a circular por las calles.
Yo corría de prisa, como si respondiera a una urgencia de María que me llamaba y me necesitaba.
Y así era en verdad.
Algunos conocidos me miraban extrañados, pues no era ése el ritmo acostumbrado de mi camino:
—Shalom, José. ¡Qué prisa llevas! ¿Sucede algo?
Un amigo quiso detenerme:
—José, ya me enteré de que ayer estuviste malo. Veo que te has repuesto bien y pronto. Me alegro. Shalom.
Yo sonreía a todos y saludaba con la mano sin detenerme.
Divisé a María, como aguardándome ya, a la puerta de su casa. ¡Claro que me estaba esperando!
Aceleré la marcha.
Frené al llegar ya junto a Ella.
Sonreía y lloraba al mismo tiempo. Yo abrí los brazos y los cerré luego sobre su espalda mientras los suyos apretaban la mía.
Y volví a apretarla toda contra mí para volver a sentir junto a mi cuerpo aquel otro cuerpecito minúsculo, de cuatro meses, que latía vivo — ¿se movía, saltaba?— entre nuestros dos cuerpos. El Enviado de Dios el Mesías, Dios mismo. Allí estaba, lo sentía,entre los dos. En medio del abrazo, apretado por el amor de los dos, y abrazándonos El también a los dos. Los tres en un solo abrazo.
Yo abrazaba a María, y abrazaba en Ella a Dios, abrazaba al Mesías, al Viejo Testamento con sus promesas y dolores, abrazaba al Nuevo Testamento, con sus sueños y realidades. Abrazaba a toda la Iglesia de todos los tiempos. Todo estaba allí; apretado entre los dos.
¿Imagináis lo que es abrazar a María, consciente de lo que Ella es?. Porque hace sólo dos días en otro abrazo mi orgullo la rechazó bruscamente, incomprendida y calumniada. Esta vez no quería soltarla, ni aflojar aquel nudo, ni deshacer por nada aquel abrazo.
Cuando al fin la solté y nos miramos ya cara a cara, yo sentí en mi mejilla la humedad de su llanto y vi que mis lágrimas también habían mojado las suyas.
Habíamos sufrido juntos y llorado juntos. El dolor había hecho más fuerte y más maduro nuestro amor.
Pensé que ya no podía amarla más. Me engañaba. El amor es un río en incansable crecimiento.
Ahora nos mirábamos sin pestañear, clavados los ojos en los ojos, y reteniendo yo sus manos entregadas en las mías. Mudos los labios. Ya estaba todo dicho. Bastaba aquel abrazo.
Ahora sí que yo no podía vivir lejos de Ella. Aunque en Nazaret no había distancia la necesitaba en mi casa.
Por eso adelantamos cuanto nos fue posible la ceremonia de la Boda.
Todo un acontecimiento en Nazaret. Era pequeño y todos nos conocíamos. Acudieron invitados de las aldeas cercanas. En concreto, de Cana, donde María tenía unos parientes, los que años después —yo ya no estaba en la tierra— la invitaron a Ella y a mi hijo Jesús a unas Bodas en las que faltó el vino. En la nuestra no faltó nada, os lo puedo asegurar. ¿Qué podía faltar si María era la novia? Lo llenaba todo, lo presidía todo; todo lo acaparaba sin pretenderlo y todo se condensaba en una frase con la que todos me felicitaban:
—Enhorabuena, José. ¡Qué suerte! Te has llevado la muchacha más guapa de Nazaret.
Yo asentía feliz contemplándola toda ruborosa. De buena gana hubiera añadido:
¿La más guapa de Nazaret?. No. De Israel, del mundo, de la creación, de la historia. Pero sonreía y callaba. Hoy soy consciente de que yo tenía razón.
Coronada de rosas, acompañada por el cortejo de sus amigas, con las lámparas encendidas en el anochecer, mientras el séquito de mis amigos, vestidos de fiesta, la traían conmigo a mi casa, entre música canciones, era, os lo aseguro, la mejor esposa que un hombre puede soñar.
Porque en María, como en Dios, siempre hay más, mucho más, de lo que se ve; o si queréis, se ve mucho menos de lo que hay.
Yo en aquella Boda lo adivinaba sin saber entonces formularlo. Hoy ya sé que María entonces no era sólo mi novia ni sólo mi esposa ideal; sé que era el ideal de todas las novias y esposas; sé que era el símbolo y la sublimación de la esposa; que era la esposa del Espíritu Santo; que realizaba, en anticipo perfecto, a la Iglesia: Esposa de Cristo; y a todas las almas que a lo largo de la historia y de la eternidad se dan y se entregan amorosamente a Jesús.
Pero en aquella fiesta, entre lámparas, rosas y canciones, yo, José de Nazaret, podía afirmar que María era en realidad de verdad mi esposa exclusiva. Por eso me felicitaban cordialmente los amigos:
-¡Qué suerte, José!
La fiesta se prolongó, como era costumbre, en la noche. Y esta vez la noche, mi amiga y enemiga, me felicitaba también juntando sus estrellas con las lámparas encendidas y los ojos ilusionados de las muchachas:
-¡Qué suerte, José!
Era verdad. La suerte se llamaba María.

* * *

Pero mi suerte culminaría en otra noche.
La más bella, la más sonora, la más trascendental. Donde culminaría también consolidándose la etapa más decisiva y ardua de mi transformación. La noche de Belén.
Llegamos a la Ciudad de David después de mediodía. Era mi lugar de origen, y allí teníamos que inscribirnos en el censo ordenado por el emperador Augusto. Ya conocéis la historia. Como no encontramos sitio en la posada, nos vimos forzados a refugiarnos en una cueva a las afueras. María, mi esposa, estaba a punto de dar a luz.
Yo era descendiente de la Casa Real de David. Os extrañará que no hospedara a María en nuestra Casa Solariega; pero la verdad es que no existía. Ni palacio, ni casona, ni casa vulgar y corriente. Mucho Linaje Real de David, pero a la intemperie. Refugiados en una cueva de pastores y rebaños entonces vacía.
¿Comprendéis ahora el sentido, tan diferente del vuestro, de mi aristocracia y de mi árbol genealógico?.
David, el Rey, mi ¡lustre antepasado, ¿no comenzó siendo un pastor de rebaños por aquellos campos y aquellas cuevas?. Pues José, hijo de David, su descendiente, regresaba a la cueva y a los pastores para darle al árbol genealógico de David su más anhelada y suprema rama: El Mesías.
En una cueva, avanzada la noche, solos los dos: María y yo.
Allí pusimos el primer nacimiento. Qué fácil y qué difícil. Y explicarlo, también.
Cuanto más breve y rápido, mejor. Como ocurrieron los hechos.
María, sentada en la paja del suelo, me avisó que estaba a punto de dar a luz. Me lo comunicó así, tan serena y sencillamente. Yo me puse nervioso. No sabía qué hacer. Estaba desconcertado. Quise hacer algo, salir corriendo, avisar a alguien, buscar ayuda...
Ella me retuvo tranquilizándome:
-No, José; no te vayas, quédate; no hace falta nadie.
Yo insistí; en mi total inexperiencia buscaba soluciones inmediatas. Le pregunté qué necesitaba: agua, lienzos, vasijas...
Ella insistió firme y serena:
—Nada. José. No te preocupes. No hace falta nada.
«Nadie», «nada». Luego, después, más tarde, lo fui comprendiendo.
Para el Nacimiento de Dios no hacía falta «nadie» ni «nada». Entonces lo acepté desconcertado y tembloroso.
La iniciativa —¡ah, el hombre!— la llevaba Ella sola. Como siempre. Con irresistible persuasión me indicó que me sentara cerca de Ella, sobre la paja, y que pensara en Dios.
—Y en el Mesías, José. ¿No eres descendiente de David? ¿No estamos en su Casa?
Su sonrisa me serenó.
Ella cerró los ojos, yo la imité.
Sabía que los dos juntos estábamos pensando en Dios.
La noche era total: negra y silenciosa.
Yo seguía con los ojos cerrados.
De pronto, fuera, en la altura, empezó a sonar lejana una orquesta con coros que se iba acercando más y más...
Sin darme cuenta, volví la cabeza y miré hacia afuera; a la noche a los cielos, a las estrellas, buscando la música y los cantores.
Me asombré: la noche vibraba toda entre luces y resplandores; la noche cantaba. Desde dentro de la cueva yo no podía distinguir a los altísimos músicos. Pero toda la noche era una orquesta coral:
—«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.»
Volví la cabeza para preguntarle a María qué era aquello.
Pero no pude hacerlo. Me quedé sin palabra.
En los brazos de María, mi esposa, había un Niño recién nacido que parecía dormir plácidamente. Ella estaba igual, no había cambiado; y, sin embargo, era más luminosa y musical que la noche.
Nunca, ni antes ni después, vi una sonrisa más bella en su rostro:
Sí, José, el Mesías, nuestro hijo. Jesús; también es tuyo, tómalo.
~Y me alargó los brazos ofreciéndome el Niño dormido.
Yo lo tomé en mis manos jóvenes y fuertes, lo contemplé en pasmo y en éxtasis, le di un beso de padre en la frente dormida y le repetí en voz baja para que no se despertara:
—Jesús, Jesús; Hijo mío también, Jesús.
Le estaba ya imponiendo, recién nacido, su nombre, como me había ordenado el ángel de parte de Dios. A los ocho días lo haría jurídicamente como padre legal en la ceremonia de su Circuncisión; y sería yo, José, quien con el nombre le marcara su destino: Salvador del mundo.
María sonreía. La noche cantaba. José de Nazaret era el hombre más feliz del Universo.
¡Qué bien pagadas estaban todas las noches tristes y trágicas de mi vida con aquella noche buena!. Con aquella Esposa. Con aquel Niño. Con Jesús.
La noche de Belén es la síntesis y la clave de mi vida.
En mi tierra de origen. En el solar de mis mayores. En la Casa de David.
Esa noche nació Jesús. Y esa noche nació también, definitivamente, a una nueva existencia, José de Nazaret.
Esa noche María dio a luz dos hijos en un doble parto virginal.
Esa noche culminó la misteriosa gestación con la que María me había estado engendrando.
Esa noche presentí que María no sólo era mi esposa, sino también mi madre.
Entonces no lo supe, pero ahora lo veo. Esa noche empezó a ser María madre de todos los hombres, y estrenaba conmigo su maternidad espiritual.
Mi nuevo nacimiento culminó cuando puso en mis manos, entregándomelo, a Jesús recién nacido, el Mesías, el Hijo de Dios.

  * * *

¿Cómo había nacido? Virginalmente.
Testigo excepcional, doy fe de este hecho.
Salió virginalmente de María, como virginalmente había entrado en Ella.

Para ser engendrado no hizo falta mi potencia viril. Para nacer, María no necesitó ni de «nadie» y de «nada».
Toda la fuerza, la vitalidad, la iniciativa, la fecundidad del hombre, son inútiles para engendrar a Dios.
Y comprendí, aunque os parezca absurdo, que yo había engendrado a Dios, renunciado precisamente a mi iniciativa viril y acogiéndolo en la apertura total y pasiva de mi virginidad.
Lo masculino que hay en el hombre: poder, iniciativa, virilidad, no le hacen falta a Dios. El es la iniciativa por excelencia, lo masculino esencial, y busca y necesita en el hombre, en todo hombre, lo femenino que hay en él —entrega, apertura, acogida— para fecundarlo y engendrarse en él.
La noche luminosa de Belén iluminó, desde María, el sentido de mi virginidad.
Tenía a Dios en mis brazos hecho niño.
Para nacer no me necesitó. Ahora, ya nacido, pedía que yo fuera su padre legal y que como tal yo llevara la iniciativa familiar y la responsabilidad de cuidarlo, ampararlo y atenderlo en su desarrollo y crecimiento, con todas las consecuencias que lleva consigo ser padre.
Acepté esta paternidad, y desde esa noche empecé a ejercerla.
María me cedió el puesto.
Me dejó la iniciativa y la responsabilidad.
Dios me avisó a mí, y no a María, para que yo salvara al Hijo y a la Madre de la amenaza mortal de Herodes y los condujera salvos a Egipto.
También a mí me fue comunicada, años después, la orden del regreso a Israel. Y yo organicé el viaje y la salida del destierro.
Yo monté la casa de Nazaret.
Yo organicé mi taller y volví a rehacer mi clientela.
Yo, con mi trabajo diario, mantenía con inmensa satisfacción al Hijo y a la Madre. 
Los dos reconocían y respetaban mi puesto y mi responsabilidad. Los dos me necesitaban. Y los dos me amaban como jamás ha sido amado un padre y un esposo.
Pero, entre tanto el proceso de mi transformación interior seguía su marcha ascendente, presidida por la Madre y el Hijo.
En aquella casa de Nazaret todos «crecíamos».
Iba creciendo día a día Jesús.
Crecía también José, que jamás se quedó rezagado en aquel hogar donde Dios era el reloj que exigía un «crecimiento» continuo.
Yo no podía alcanzar al hijo. Lo perdía de vista.
Pero allí estaba María para echarme siempre una mano y empujarme más y más arriba.
Mi transformación y crecimiento no acababan nunca.
Tenía un estímulo infalible: Ellos me necesitaban.
Habían puesto la iniciativa en mis manos.
¿Hasta cuándo?
Un suceso, misterioso e inesperado, vino a ponerme en la pista de una respuesta.
Sucedió precisamente cuando nuestro hijo Jesús cumplió los doce años.
A esa edad, un niño en Israel dejaba de serlo y la Ley le reconocía una personalidad y una madurez que le liberaban de una infantil dependencia de sus padres y le exigían una propia responsabilidad.
No era la independencia total, pero sí un ensayo y un entrenamiento dentro de los lazos aún vivos del hogar.
Jesús, al cumplir sus doce años, ¿lo recordáis?, se quedó voluntaria y conscientemente en el Templo.
Lo buscamos durante tres días desolados. Y al reprocharle María su conducta, estrenó su propia responsabilidad de decisión y nos contestó:
—¿Y por qué me buscabais? No sabíais que yo tengo que dedicarme a las cosas de mi padre?
Entonces, como dice San Lucas, ni María ni yo entendimos su respuesta. Como siempre, entre silencios y diálogos, Ella y yo, la fuimos desvelando y asimilando.
En esa respuesta había un mensaje directo para mí.
Jesús por vez primera había aludido solemnemente, delante de mí, a su otro Padre. Delante de su padre legal en la tierra evoca a su Padre auténtico y único, en los cielos.
Lo presentí. Y empecé a adivinar mi destino.
La alusión y la presencia del «otro» Padre prevenían y avisaban, a mi paternidad terrena y legal, que no estaba lejos la hora de mi relevo.
No. No lo interpretéis con criterios humanos, como una forzada jubilación en plena actividad; ni como un cese en mi cargo agradeciendo los servicios prestados; ni menos, muchísimo menos, como un frío y calculado gesto del que me ha necesitado como padre y ahora prescinde de mí porque ya no le hago falta.
María, como siempre, me ayudó a tratar de comprenderlo en su plenitud total. Al contrario, yo debía sentirme inmensamente satisfecho de mi entrega absoluta a Jesús, en el ejercicio de mi paternidad. La alusión al «otro Padre» me levantaba a mí a una altura y vinculación insospechada de «padre» a «Padre»; de paternidad legal en la tierra a Paternidad real y divina en los cielos. Y como sujeto único de esta doble paternidad, Jesús hijo de Dios.
María me ayudaba a agradecer a Dios el que yo hubiera compartido, de algún modo, con el Padre la paternidad sobre Jesús.
María me estimulaba y felicitaba por mi destino generosamente cumplido.
María me fue preparando para la hora del relevo.Hoy lo veo diáfanamente.
Nuestro hijo Jesús iba a comenzar su vida pública. Iba a dejar a su Madre y a su casa. A Nazaret y a sus convecinos. Iba a ser de todos y para todos. Y les iba a empezar a hablar de su Padre, con mayúscula; de su Padre que está en los Cielos, de su Padre que todo lo puede, todo lo sabe, todo lo contiene, y en cuyas manos están todas las decisiones.
¿No lo comprendéis?
Yo me fui para dejar paso, libre y total, a ese nuevo Padre.
Fue la última noche de mi vida.
Os la deseo semejante a todos. Ya que todos tenéis que pasar por la muerte.
¿Mi enfermedad? Nadie la conocía. Todos coincidían en que era una cosa rara. Fue muy corta. No llegó a tres días.
Yo solamente sentía un profundo cansancio y un deseo insaciable de reposo.
Es verdad que había trabajado mucho en mi vida, pero estaba en madurez de vigor y facultades.
Yo sabía que mi cansancio era otra cosa.
Era el peso de un destino cumplido generosamente.
La única pena era tener que dejarlos. A los dos.
Eso sí me partía el alma. Como partía el hogar.
¿Que a cuál de los dos me dolía más dejar? Eran dos penas distintas, porque eran dos abandonos diferentes. Los dos, sin medida; cada uno a su nivel, divino y humano.
Tal vez la pena mayor era dejar a María.
Jesús era hombre y era Dios; con infinitas posibilidades divinas y humanas para defenderse y vivir.
María era mujer, soló mujer; y la presentía más desvalida y sola.
¿Que Jesús podía suplir con ella mi amor?. No. Jesús, ni como hombre ni como Dios, podía llenar el hueco «humano» de mi amor específico de esposo con otro amor igual. Divina «suplencia». Sí; pero la identidad del amor con que José esposo amó a María esposa, no. María quedaba sola y viuda. Era auténtica y no fingida viudedad. Que no puede llenar un hijo, aunque sea Dios.
Los dos me cuidaron y mimaron como sólo ellos sabían y podían hacerlo.
Sin dejarme un momento.
Mis dos manos —uno a cada lado— descansaban en las caricias de las suyas.
Vosotros, al morir, deseáis besar un crucifijo.
Mi muerte se consumó entre dos besos.
Y con la misma frase repetida por los dos:
—Gracias por todo, José.
—Gracias por todo, padre.
¿No era como para morir de alegría?
¿No volvió a ser María mi suerte?
Yo sabía y sentía que los dos lloraban.
Sé también que las manos de María me cerraron suavemente los ojos. Y que luego me los besó con sus labios virginales.
Yo aquí soy ya infinitamente feliz.
Sólo me falta mi cuerpo. Lo estoy esperando. Cuando me lo devuelva la resurrección, me devolverá con él en mis ojos resucitados aquellos dos besos de María que yo no pude saborear ya muerto.
Y volverá a ser María, eternamente, aquí arriba, en el Cielo como fue siempre abajo en la tierra, la niña de mis ojos. 
Ramón Cué, S.J.
MARÍA DE NAZARET
Hablan sus contemporáneos
EN EL BIMILENARIO DE SU NACIMIENTO
J. RODRÍGUEZ CASTILLEJO EDITOR