martes, 17 de diciembre de 2013

Evangelio apócrifo de Santo Tomás.


EVANGELIOS APÓCRIFOS
EL EVANGELIO DE SANTO TOMÁS

(Redacción griega)


Preámbulo:  
I 1. Yo, Tomás Israelita, vengo a anunciaros a todos vosotros, mis hermanos entre los gentiles, para que los conozcáis, los actos de la infancia y los prodigios de Nuestro Señor Jesucristo, cumplidos por él después de su nacimiento en nuestro país.

2. Y he aquí cuál fue su comienzo. 

Gorriones hechos con barro

II 1. El niño Jesús, de cinco años de edad, jugaba en el vado de un arroyo, y traía las aguas corrientes a posar, y las tornaba puras en seguida, y con una simple palabra las mandaba.
2. Y, amasando barro, formó doce gorriones, e hizo esto un día de sábado. Y había allí otros muchos niños, que jugaban con él.
3. Y un judío, que había notado lo que hacía Jesús, fue acto seguido, a comunicárselo a su padre José, diciéndole: He aquí que tu hijo está cerca del arroyo, y, habiendo cogido barro, ha compuesto con él doce gorriones, y ha profanado el sábado.
4. Y José se dirigió al lugar que estaba Jesús, lo vio, y le gritó: ¿Por qué haces, en día de sábado, lo que no está permitido hacer? Pero Jesús, dando una palmada, y dirigiéndose a los gorriones, exclamó: Volad. Y los pájaros abrieron sus alas, y volaron, piando con estruendo.
5. Y los judíos quedaron atónitos ante este espectáculo, y fueron a contar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús. 

Muerte del hijo de Anás

III 1. Y el hijo de Anás el escriba se encontraba allí, y, con una rama de sauce, dispersaba las aguas que Jesús había reunido.
2. Y Jesús, viendo lo que ocurría, se encolerizó, y le dijo: Insensato, injusto e impío, ¿qué mal te han hecho estas fosas y estas aguas? He aquí que ahora te secarás como un árbol, y no tendrás ni raíz, ni hojas, ni fruto.
3. E inmediatamente aquel niño se secó por entero. Y Jesús se fue de allí, y volvió a la casa de José. Pero los padres del muchacho muerto lo tomaron en sus brazos, llorando su juventud, y lo llevaron a José, a quien reprocharon tener un hijo que hacía tales cosas. 

Castigo infligido por Jesús a un niño

IV 1. Otra vez, Jesús atravesaba la aldea, y un niño que corría, chocó en su espalda. Y
Jesús, irritado, exclamó: No continuarás tu camino. Y, acto seguido, el niño cayó muerto. Y algunas personas, que habían visto lo ocurrido, se preguntaron: ¿De dónde procede este niño, que cada una de sus palabras se realiza tan pronto?
2. Y los padres del niño muerto fueron a encontrar a José, y se le quejaron, diciendo: Con semejante hijo no puedes habitar con nosotros en la aldea, donde debes enseñarle a bendecir, y no a maldecir, porque mata a nuestros hijos.

 José reprende a Jesús

V 1. Y José tomó a su hijo aparte, y lo reprendió, diciendo: ¿Por qué obras así? Estas gentes sufren, y nos odian, y nos persiguen. Y Jesús respondió: Sé que las palabras que pronuncias no son tuyas. Sin embargo, me callaré a causa de ti. Pero ellos sufrirán su castigo. Y, sin demora, los que lo acusaban, quedaron ciegos.
2. Y los que vieron esto, vacilantes y atónitos, decían de Jesús que toda palabra que pronunciaba, buena o mala, se cumplía, y producía un milagro. Y, cuando hubieron visto que Jesús hacía cosas semejantes, José se levantó, lo agarró por la oreja, y se la estiró con fuerza.
3. Pero el niño se enfadó, y le dijo: Bien fácil te es buscar sin encontrar, y acabas de obrar como un insensato. ¿Ignoras que te pertenezco? No me hagas daño.

Exposición del alfabeto

VI 1. Y un maestro de escuela, llamado Zaqueo, que se encontraba allí, oyó a Jesús hablar así a su padre, y lo sorprendió mucho que un niño se expresase de aquella manera.
2. Y, algunos días después, se acercó a José, y le dijo: Tienes un hijo dotado de buen sentido e inteligencia. Confíalo a mi cuidado, para que aprenda las letras, y, con las letras, le enseñaré toda ciencia. Y también le enseñaré a saludar a los mayores, a honrarlos como antepasados, a respetarlos como padres, y a amar a los de su edad.
3. Y le escribió todas las letras del alfabeto desde Alpha hasta Omega muy puntualmente y con toda claridad. Mas Jesús, mirando a Zaqueo, le dijo: Tú, que no conoces la naturaleza del Alpha, ¿cómo quieres enseñar a los demás la Beta?
Hipócrita, enseña primero el Alpha, si sabes, y después te creeremos respecto a la Beta. Luego se puso a discutir con el maestro de escuela sobre las primeras letras, y Zaqueo no pudo contestarle.
4. Y, en presencia de muchas personas, el niño dijo a Zaqueo: Observa, maestro, la disposición de la primera letra, y nota cómo hay líneas y un rasgo mediano que atraviesa las líneas que tú ves comunes y reunidas, y cómo la parte superior avanza y las reúne de nuevo, triples y homogéneas, principales y subordinadas, de igual medida.
Tales son las líneas del Alpha.

Perplejidad de Zaqueo

VII 1. Y, cuando Zaqueo, el maestro de escuela, oyó al niño exponer las alegorías tan numerosas y tan grandes de la primera letra, quedó perplejo ante tal respuesta y ante tal enseñanza, y dijo a los asistentes: ¡Desventurado de mí, a qué extremo me veo reducido! Me he cubierto de vergüenza, al traer a mi escuela a este muchacho.
2. Así, pues, hermano José, te ruego que lo lleves contigo, porque no puedo soportar la severidad de su mirada, ni penetrar el sentido de su palabra en modo alguno. Este niño no ha nacido en la tierra, es capaz de domar el fuego mismo, y quizá ha sido engendrado antes de la creación del mundo. ¿Qué vientre lo ha llevado? ¿Qué pecho lo ha nutrido? Lo ignoro. ¡Ay, amigo mío, tu hijo me pone fuera de mí, y no puedo seguir su pensamiento! Me he equivocado en absoluto. Yo quería tener en él un discípulo, y me he encontrado con que tengo en él un maestro.
3. Me doy cuenta de mi oprobio, amigos míos, porque yo, que soy un viejo, he sido vencido por un niño. Y no me queda sino abandonarme al desaliento o a la muerte, a causa de este niño, ya que no puedo, en este momento, mirarlo cara a cara. ¿Qué responderé, cuando digan todos que he sido derrotado por un pequeñuelo? ¿Y qué podré explicar acerca de lo que él me ha dicho de las líneas de la primera raya? No lo sé, amigos míos, por cuanto no conozco, ni el comienzo, ni el fin, de este niño.
4. Así, pues, hermano José, te ruego que lo lleves contigo a tu casa. Es algo muy grande, sin duda: un dios, un ángel o algo parecido.

Conclusión de la historia de Zaqueo

VIII 1. Y, mientras los judíos daban consejos a Zaqueo, el niño rompió a reír, y dijo: Ahora que tu aventura produce sus frutos, y que los ciegos de corazón ven, he aquí que yo vengo de lo alto para maldecirlos, y para llamarlos a lo alto, como me lo ordenó el que me ha enviado a causa de vosotros.
2. Y, cuando el niño hubo acabado de hablar, pronto todos los que habían caído antes bajo su maldición, quedaron curados. Y nadie, desde entonces, se atrevió a provocar nunca su cólera, por miedo a que los maldijese, y los hiriese de enfermedad.

Niño caído de una terraza

IX 1. Algunos días después, Jesús jugaba en una terraza, sobre lo alto de una casa, y uno de los niños que jugaba con él, cayó de la terraza, y murió. Y, Viendo esto, los demás niños huyeron, y Jesús quedó solo.
2. Y, habiendo llegado los padres del niño muerto, acusaron a Jesús de haberlo hecho caer. (Jesús les dijo: Yo no hice tal.) Y lanzaron invectivas contra él.
3. Mas Jesús se tiró de la terraza abajo, se detuvo cerca del cuerpo del niño caído, y gritó a gran voz, diciendo: Zenón (porque tal era su nombre), levántate, y dime: ¿Soy yo quien te hizo caer? Y, habiéndose levantado inmediatamente, el niño repuso: No, Señor, tú no me has hecho caer, sino que me has resucitado. Y los espectadores del lance quedaron conmovidos de asombro. Y los padres del niño glorificaron a Dios por el milagro cumplido, y adoraron a Jesús.

Resurrección de un joven

X 1. Pasados otros cuantos días, un joven cortaba leña en las proximidades del pueblo. Y he aquí que su hacha le hendió la planta del pie, y murió, por haber perdido toda su sangre.
2. Y, como ello produjera una aglomeración y un tumulto de gentes, el niño Jesús corrió también allí, y, haciéndose sitio, atravesó la multitud, y tomó el pie herido del joven, que en seguida quedó curado. Y dijo al joven: Levántate, sigue cortando leña, y acuérdate de mí. Y la multitud, al ver lo que había pasado, adoró al niño, diciendo: Verdaderamente, el espíritu de Dios reside en ti.

Jesús en la fuente

XI 1. Y, cuando tenía seis años, su madre le dio un cántaro, y lo envió a tomar agua, para llevarla a casa. Pero, habiendo tropezado el niño con la multitud, el cántaro se rompió.
2. Entonces Jesús, extendiendo la túnica que lo cubría, la llenó de agua, y la llevó a su madre. Y su madre, reconociendo milagro tal, lo abrazó, y guardó en su corazón los misterios que veía cumplidos.

Milagro del grano de trigo

XII 1. Otra vez, en la época de la siembra, el niño salió con su padre para sembrar trigo en su campo, y, mientras su padre sembraba, el niño Jesús sembró también un grano de trigo.
2. Y, una vez lo hubo recolectado y molido, obtuvo cien medidas y, llamando a la granja a todos los pobres de la aldea, les distribuyó el trigo, y José se quedó con lo que aún restaba. Y Jesús tenía ocho años cuando hizo este milagro.

Milagro de las dos piezas de un lecho

XIII 1. Y su padre era carpintero, y hacía en aquel tiempo carretas y yugos. Y un hombre rico le encargó que le hiciese un lecho. Mas, habiendo cortado una de las piezas más pequeña que la otra, no sabía qué partido tomar. Entonces el niño Jesús dijo a su padre José: Pon las dos piezas en el suelo, e iguálalas por tu lado.
2. Y José procedió como el niño le había indicado. Y Jesús se puso al otro lado, tiró de la pieza más corta, y la tomó igual a la otra. Y su padre José, viendo tal, quedó admirado, y abrazó a Jesús, diciendo: Felicitarme puedo de que Dios me haya dado este niño.

Relaciones con un segundo maestro

XIV 1. Viendo José que el niño crecía en edad y en inteligencia, y no queriendo que permaneciese iletrado, lo llevó a un segundo maestro. Y este maestro dijo a José: Le enseñaré primero las letras griegas, y luego las hebraicas. Porque el maestro conocía la inteligencia del niño. Sin embargo, después de haber escrito el alfabeto, se ocupó largamente de él, y Jesús no le respondió, hasta que le advirtió: 2. Si eres verdaderamente un maestro, y conoces bien el alfabeto, dime primero el valor de Alpha y yo te diré luego el de Beta. Pero el maestro, irritado, le pegó en la cabeza. Y el niño, en su dolor, lo maldijo, y aquél cayó exánime, con la faz contra tierra.
3. Y el niño volvió a casa de José, que quedó muy afligido, y recomendó a su madre: No le dejes pasar la puerta, porque cuantos lo encolerizan, quedan heridos de muerte.

Jesús confunde a un tercer maestro

XV 1. Y, algún tiempo después, otro maestro que era pariente y amigo de José, le dijo: Tráeme al niño a la escuela, que quizá podré por la dulzura enseñarle las letras. Y José le contestó: Si tienes valor, hermano, llévalo contigo. Y lo llevó con temor y repugnancia, y el niño iba con placer.
2. Y, entrando decididamente en la escuela, encontró un libro sobre un pupitre, y, tomándolo, no leía los caracteres que en él se encontraban, sino que, abriendo la boca, hablaba conforme a la inspiración del Espíritu Santo. Y enseñó la Ley a los presentes.
Y, juntándose una gran multitud, lo rodeaba, lo escuchaba, y se admiraba de la belleza de sus descripciones, de lo justo de sus discursos, y de que un niño como él se expresase de tal manera.
3. Al oír esto, José, espantado, fue a la escuela, temiendo por la salud del profesor. Y el maestro dijo a José: Sabe, hermano, que yo he tomado al niño por discípulo, pero está lleno de sabiduría y de gracia. Condúcelo, yo te lo ruego, a tu domicilio.
4. Y, cuando el niño hubo oído estas palabras, sonrió. y le dijo: Puesto que has hablado bien, y has dado un buen testimonio, sea por tu causa curado quien fue herido. Y en seguida el otro maestro fue curado. Y José volvió con el niño a su casa.

Jacobo, curado de una mordedura de víbora

XVI 1. Y José envió a su hijo Jacobo a cortar madera, el niño Jesús lo seguía. Y, mientras Jacobo trabajaba, una víbora le mordió en la mano.
2. Y, como sufría y parecía herido de muerte, Jesús se aproximó, y le sopló en la mordedura, y en seguida cesó el dolor, y murió el reptil, y, al instante, Jacobo quedó sano y salvo.

Resurrección de un niño

XVII 1. Más tarde, murió un niño en la vecindad, y su madre lloraba mucho. Y Jesús oyó el clamor de su gran pena y se apresuró a acudir. Y, hallando al niño muerto, le tocó el pecho, y dijo: Yo te mando, niño, que no mueras, sino que vivas, y que te quedes con tu madre. Y en seguida el niño abrió los ojos, y sonrió. Y Jesús dijo a la mujer: Tómalo, y dale leche, y acuérdate de mí.
2. Y, viendo esto, la gente se llenó de admiración, y decía: En verdad, este niño es un Dios o un ángel de Dios, porque toda palabra suya se convierte en un hecho. Y Jesús se fue a jugar con los demás niños.

Resurrección de un hombre

XVIII 1. Algún tiempo más tarde, habiéndose producido en una casa que se construía un gran tumulto, Jesús se levantó, y acudió al lugar. Y, viendo a un hombre que yacía sin vida, le tomó la mano y dijo: Levántate, hombre, y continúa laborando en tu obra, pues yo te lo ordeno. Y el hombre se levantó, y lo adoró.
2. Viendo lo cual, quedó la gente admirada, y decía: Este niño viene del cielo, porque ha salvado almas de la muerte, y las salvará durante toda su vida.

Jesús en medio de los doctores

XIX 1. Cuando tuvo la edad de doce años, sus padres, siguiendo la costumbre, fueron a Jerusalén por las fiestas de Pascua con otros compañeros de viaje, y, después de las fiestas, regresaron a su morada. Y, mientras ellos volvían, el niño Jesús quedó en Jerusalén, y sus padres pensaron que estaba entre sus compañeros de viaje.
2. Mas, tras una jornada de camino, buscaron entre sus deudos, y, no hallándolo, se afligieron, y tomaron a la ciudad para buscarlo. Y, tres días después, lo hallaron en el templo, sentado entre los doctores, escuchándolos e interrogándolos. Y todos estaban atentos y sorprendidos de que un niño redujese al silencio a los ancianos del templo y a los doctores del pueblo, explicando los puntos principales de la Ley y las parábolas de los profetas.
3. Y su madre María, aproximándose, le dijo: ¿Por qué nos has hecho esto, hijo mío?. He aquí que estábamos afligidos, y que te buscábamos. Pero Jesús les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que es preciso que yo atienda a las cosas que afectan a mi Padre?
4. Y los escribas y los fariseos dijeron a María: ¿Tú eres madre de este niño? Ella respondió: Lo soy. Y ellos dijeron: Feliz eres entre las mujeres, porque Dios ha bendecido el fruto de tus entrañas. Nunca hemos visto ni oído tanta gloria, tanta virtud, tanta sabiduría.
5. Y Jesús, levantándose, siguió a su madre, y estaba sometido a su familia. Y su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia.

Gloria a él por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Felipe Benítez Reyes


Nace en Rota, 1960. Estudia en el Colegio San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María, luego Filología Hispánica en la Universidad de Cádiz y en la de Sevilla. Es autor de una obra versátil que abarca la poesía, la novela, el relato, el ensayo y el artículo de opinión. Sus libros están traducidos al inglés, italiano , ruso, francés, rumano y portugués.
Su obra poética ha sido recopilada bajo el título Trama de niebla (Marginales 214 en Tusquets), y el libro de relatos Maneras de perder(Andanzas 302).
1992, Premio Fundación Loewe por Sombras particulares; 1994: Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla por Vidas improbables; 1995: Premio Nacional de Literatura por Vidas improbables. 1995: Premio Nacional de la Crítica por Vidas improbables. 1995: Premio Ateneo de Sevilla de Novela por Humo. 1997: Medalla de Andalucía a su carrera literaria. Premio Luis Cernuda. Premio Hucha de Oro. Premio de Periodismo El Torreón. Premio Viaje del Parnaso. Premio Nadal de Novela 2007 por Mercado de espejismos
"En literatura se puede contar todo, aunque también hay que saber lo que no hay que contar para que quede un margen de misterio, digamos. Un relato se hace de evidencias y de sugerencias, de revelaciones y de secretos. Se cuenta una historia y de fondo se está contando otra, que suele ser la importante"
Recoge Norberto Pérez García: “la reflexión sobre el tiempo es el tema mayor de su poesía, si no de su obra completa, y el artificio de enlace del juego de máscaras y de experiencias ficcionales en que consiste su obra lírica. Si en sus primeros libros las voces poéticas son variadas, a todas ellas las une una persistente conciencia temporal que se ha ido convirtiendo a lo largo de su trayectoria en la nota dominante que permite apreciar la identidad de una inconfundible voz personal factible de identificarse con la voz característica del autor”.

LA CONDENA 

El pasillo cuyo final no alcanzo nunca,
la navaja que me persigue
mientras yo corro inmóvil por un bosque
poblado de fantasmas, y de pronto
los rostros confundidos, las ciudades
con escaleras rotas y edificios vacíos
y estatuas mutiladas y deformadas perspectivas,
y tú que me abandonas porque me desconoces,
porque somos extraños en ese orden pavoroso
establecido sobre las ruinas de la razón,
y el túnel que se vuelve interminable,
y ver que me persiguen, que unas manos
afilan un puñal, y que yo corro, y que me alcanzan…
Algunas noches, con ligeras variantes,
Esta fiel pesadilla me atormenta.
Lo que hice para merecerla no lo sé.

De Los vanos mundos 

LA CONDENA

El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.
Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.
Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es un desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras lo cifren
halla sólo palabras.
Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.
Nuestros tesoros son tesoros falsos.
Y somos los ladrones de tesoros.


LAS ILUSIONES 

Si cada cual saliese una mañana
olvidado de sí, desasistido
de todo su pasado, sin memoria,
con un rumbo inconcreto y en los labios
una canción trivial, alegremente,
dispuesto a no volver atrás la vista
para que nada enturbie esa mañana,
diáfana mañana que posee
el inquietante brillo de las tentaciones
que a veces confundimos con la vida,
si saliésemos y de pronto
qué hermosura perfecta, qué alto vuelo
el de nuestro cansado corazón,
tan luminoso ahora, ¿olvidaríamos
de veras el dolor que padecimos,
el miedo y la tristeza y la locura
de creernos por siempre destinados
al mal y la desdicha? No sabemos.
¿Una mañana apenas bastaría,
Diáfana mañana de verano, para hacernos
Pensar que aún es posible proseguir,
Vivir, después de todo, impunemente?



LO FUGAZ 


Pasarán estos años como pasa 

a través de los bancos de niebla, 

irreal y solemne, el buque negro 

cuyo perfil borroso va alejándose 
con rumbo a unas bahías fantasmales. 
Como pasan los pájaros marinos 
pasarán estos años indolentes 
sin dejar en el aire estela alguna, 
sin dejar en la arena una pisada. 
Pasarán empujados por las velas 
de humo hacia las sombras de otra costa 
donde el sol es un ángel condenado 
a incendiar cada tarde mares muertos, 
a quemar en el mar sus alas negras. 
Pasarán estos años. Y en el muelle 
donde ancló la adolescencia jubilosa 
una tormenta espesa arrasara 
los barcos blancos y las limpias redes 
con que salimos al mar una mañana.


MISERIA DE LA POESÍA 

La lenta concepción de una metáfora 
o bien ese temblor que a veces queda 
después de haber escrito algunos versos 
¿justifica una vida? Sé que no. 
Pero tampoco ignoro que, aun no siendo 
cifra de una existencia, esas palabras 
cifra de una existencia, 
sudo ordenar un mundo. ;.Y eso basta? 
Los años van pasando y sé que no. 
Hay algo de grandeza en esta lucha 
y en cierto modo tengo 
la difusa certeza de que existe 
un verso que contiene ese secreto 
trivial y abominable de la rosa: 
la hermosura es el rostro de la muerte. 
La Hermosura es 
tal vez no. Su verdad, ¿sería tanta 
como para crear un mundo, para darle 
color nuevo a la noche y a la luna 
un anillo de fuego, y unos ojos 
y un alma a Calatea, y unos mares 
de nieve a los desiertos? Sé que no. 

ELEGÍA 

Todo lo perderé salvo el recuerdo 
de los días aquellos luminosos 
en que la vida aprisionaba con firmeza 
la flor caudal y humana 
de una ambigua emoción inexpresable 
que cada cual concibe 
como felicidad. 
De Pruebas de autor 

LA ESENCIA DEL TIEMPO

Quien pone su mano sobre el agua
cautiva de una fuente
toca el mar antiguo de los griegos.
Quien alza una copa blanca
en la noche de Córdoba
eleva el Grial santo
y el cuerpo de los dioses.
Quien se entrega al amor
revive las manos de cristal de Calatea.
Aquel que oye a Mozart
oye a Juan del Encina, oye la flauta de cera
que refiere Teócrito,
oye el ancho murmullo del desierto
bajo la noche extensa,
y un trémulo laúd que tiene alma.
El solitario que contempla la luna
es Endymión. 

SOLEDADES 

Nos van dejando solos los mayores.
Se irán
la fresca juventud y los amores cálidos.
Y partirán de pronto, sucederán qué cosas,
propiciarán qué cartas, y qué libros amargos.
Alzando va ya el tiempo la alta torre
de la soledad, que nubla el cielo.
Y nos llama la sombra con su mano enemiga.
Y se adentra en lo oscuro
nuestra herida memoria.
Ya nos lleva la vida por senda entenebrada,
solos ante la destrucción de cuanto amamos.
Y ese viento que ahuyenta las estrellas…



LAS MALAS COMPAÑÍAS 



Los amigos que tengo hacen vida de barra, 

distraen a las perdidas, salen sólo de noche. 

Los amigos que tengo maldicen a la vida 
apoyados en barras, meciendo copas frías, 
perdidos en la noche. 
A menudo, de noche, 
mis amigos dan fiestas y beben vino amargo, 
pues saben que la vida exige tales gestos 
a la guardia más joven que vela sus castillos, 
su leyenda dorada. 
Los amigos que tuve 
acosaban de noche a las niñas perdidas, 
castigando las barras de los bares siniestros, 
castigando las barras. 
Los amigos que tuve, si los tuve, 
ya no son mis amigos, 
que la noche es de nadie y luchamos por ella. 
Mis amigos van solos cuando sale la luna 
y nos vemos esquivos, y a veces nos hablamos. 
Alardea cada cual de sus heridas. 
Los amigos que tengo, si los tengo, 
llevan luz de la luna en sus ojos asados. 
Yo tengo unos amigos que no sé si los tengo, 
cometas que van errantes, gente ociosa que esconde 
un corazón helado quemándole en el pecho. 



LOS ESPEJOS 



Conciencias de mano los llamó Stevenson. 

Su luz es de agua y plata, y es oscura: 

hermana de la luna melancólica. 
Los tienen las muchachas 
como lagos de nieve en sus alcobas 
y a veces prisioneros en sus bolsos. 
Dicen que el tiempo pasa y son ingratos 
después de aquellas noches que valen una vida. 
Huelen a mármol lúgubre 
y son restos de un mundo que perdimos, 
de un mundo destrozado que nos mira. 


EL MAPA FALSIFICADO 

Hay una calle que nunca cruzaré, 
siendo una calle cualquiera, como sé 
que hay jardines y barcos 
y estaciones y hoteles 
en que nunca estare. 
Camino de la luz entenebrada, 
no es otro mi camino. 
Y esa calle indistinta, con árboles y tiendas, 
la pienso como un mundo 
del que no seré digno. 
Me imagino 
a la joven que sirve, en un bar de esa calle, 
comidas económicas 
y al soñador contable que le escribe 
una carta sin firma en su radiante 
oficina bancaria. 
Pienso 
que en esa calle un hombre, 
bajo la luz triunfante de un domingo, 
lee la prensa con hastío y temor, 
y luego siente 
su solitario corazón estremecido 
palpitar con el mundo. 
También sé 
que hay un jardín lejano en que la vida 
renace temblorosa en su inocencia; 
un jardín con estatuas y caballos 
enanos, con lagos y con niños. 
Y con esa sombría transparencia 
que invita a recordar. 
Sé que existe un jardín que no merezco. 
Como sé que ese barco que se aleja 
con guirnaldas festivas y con globos, 
con aire de verbena sobre el mar, 
no es el barco que espero. 
Que mi barco no es ese 
ya lo sé. 
Como sé mi camino, 
sé que el mar no me espera. 
Y ese tren que se va, con ruido alegre 
de silbidos y alegres despedidas, 
lo di ya por perdido. Pasajero del aire, 
confundí mi billete. Si quemé mis maletas, 
¿qué ciudad voy buscando? 
Esa calle cualquiera, ese jardín radiante, 
el barco que en el mar es luminoso, 
los trenes con destino, los hoteles 
donde el viajero brinda y baila y juega 
con fatalidad jocosa a la ruleta, 
esos sitios sé yo que son reales. 
Para llegar a ellos no debí 
romper tan pronto el mapa. Ya lo sé. 
Ahora sigo un camino de sombra envenenada. 


PERSISTENCIA DEL OLVIDO 

Recuerdo una ciudad como recuerdo un cuerpo. 
Caía ya la luz sobre las calles 
y caía en tu cuerpo 
—en un hotel quizás, o en no sé 
Qué habitación sin muebles de no sé 
Qué ciudad— la luz agonizante 
De velas encendidas. 
Un temblor 
de velas, o un temblor de árboles, 
en el otoño sucedía —no lo sé— 
en la ciudad que no recuerdo 
—y esa desmemoriada sensación 
de haber estado allí, ignoro adonde, 
con alguien que no sé, 
quizás en la ciudad que siempre olvido. 
Tal vez era la lluvia: mi pasado 
ocupa un escenario de calles desoladas. 
Sin duda era la lluvia golpeando 
los cristales de un taxi, con alguien a mi lado, 
con alguien que ha perdido 
sus rasgos con el tiempo. 
O era yo 
—no lo sé—, tal vez yo mismo 
reflejado en cristales mojados por la lluvia. 
Quizás era en verano, no recuerdo, 
y era otra ciudad la que ahora olvido. 
Una ciudad con bares junto al mar, 
donde tú nunca estabas. 
No sé bien 
qué ciudad era aquella en que la luz 
tenía la apariencia de una flor abrasada, 
pero tus manos frías estaban en mis manos, 
tal vez en algún cine con palcos de oro viejo, 
en su caliente oscuridad. 
Una ciudad 
se vive como un cuerpo, 
se olvida como él. 
Posiblemente 
ahora evoco ciudades que existieron 
al lado de esos cuerpos que existieron 
en ciudades que existen tal vez en el olvido. 
Que deben de existir, pero no sé. 


APUNTE 

Esos barcos que llegan sigilosos al muelle 
tienen algo de símbolo y de fácil metáfora. 
El símbolo quizá de todo cuanto muere. 
La metáfora, en fin, de una vida ignorada. 
De niño los miraba inventando unas rutas 
por olvidados mares y por tierras de magos. 
Perdiéndose en la niebla, helados por la luna, 
los barcos de mi infancia iban siempre de paso. 
Perseguían un mundo que no existe. Un mundo 
que ha muerto en mí, que está borrándose 
al evocarlo ahora desde este mar oscuro 
que sólo surcan ya los barcos fantasmales. 


LOS DESTINOS CRUZADOS 



Alguien repite el nombre 

de una ciudad que nunca ha visitado 

y con esa palabra 
designa la vida, la cifra, le da forma 
a un frágil espejismo 
de altas torres y plazas y mercados 
alegres —y bandadas 
de espantadas palomas, surgidas 
del sombrero de copa del Gran Ilusionista, 
al toque de campanas vespertino. 
Alguien mira la noche caerse como un fruto 
maduro de la nada sobre el mar, y ve unos barcos 
partir, y se pregunta 
qué ocurrirá allá lejos, en países 
cuyos nombres conservan 
el dorado prestigio del café, la madera y las espadas, 
y en qué puerto, en qué alegre taberna 
brindaría y con quién al celebrar 
la venta del marfil o del cacao. 
En una plaza con palomas, 
a la sombra de altas torres, alguien repite el nombre melodioso 
de una ciudad que nunca ha visitado. 
Más allá de estos mares, 
en un bar de los muelles, 
un hombre se entretiene 
en mirar en el mapa 
esta alejada orilla, y se imagina 
sus plazas con bandadas de palomas, 
sus bulliciosos bares y casinos 
de juego, sus mujeres… 
Alguien, en cualquier parte 
de otra ciudad desconocida, 
repite el nombre de una ciudad 
desconocida, tan lejana 
de aquí, tan lejos 
esta ciudad de aquella, 
de su nombre de plata y aventura. 



INCOHERENCIA DE LO COTIDIANO 

Relojes digitales, como lunas heladas,
cámaras fotográficas y de vídeo
con su impecable aspecto de amuletos,
televisores que reflejan
imágenes de enfermos, de atletas, de asesinos
-y ese charco de sangre en primer plano—;
ante ofertas de pilas de larga duración,
ante montones
de carretes de fotos que habrán de eternizar
el viaje a las islas, la mirada de un niño
o el desnudo furtivo de una mujer dormida;
ante el escaparate de los fríos prodigios,
de pronto, por el azar de las analogías,
hay un hombre que ve
la sucesión de su memoria, episodios
de niebla confundidos
en cuerpos y en objetos que recubren
un pasillo sin fin,
al fondo del cristal que le refleja.
Y ve en ese cristal imágenes borrosas
de unos coches que pasan, de una joven que pasa,
la intermitencia de un neón, los diligentes
transeúntes que escapan de la lluvia:
sombra en su propia sombra repetida;
y observa los relojes,
la altiva maquinaria rebajada
en un 20 %, y prosigue su rumbo
mientras otro curioso se detiene a mirar
relojes digitales, y cámaras de vídeo, y el reflejo
de su propia mirada en el cristal,
y pone en hora exacta su reloj,
para seguir después,
cuando la lluvia cesa, su camino,
con zapatos mojados y paraguas,
por una calle comercial cada vez más desierta.



EL TIEMPO 



De niño andaba con sus pies de plomo, 

pisando desganado los relojes. 

Iba lento y solemne, 
como en un carruaje muy pesado, 
hacia un difuso punto de partida. 
Luego anduvo con pasos más ligeros, 
como huyendo de sí, como una fiera 
enjaulada en un cuarto oscurecido. 
Ahora lleva sus botas 
aladas, va corriendo. Va 
más ansioso que nunca hacia el final. 
Aparta con desprecio 
los soles y las lunas. 
Cuando al fin se descalce, 
¿qué será de nosotros, y dónde 
vamos a refugiar tanta tiniebla? 


NUBE DE NADA

Hay un lugar en que la vida tiembla
ante el viento y la noche
igual que un pensamiento equivocado.
Un lugar de cristal que alguien ha roto
y en que ya no andará descalza la inocencia.
Un lugar en que flota
el cadáver de un niño ahogado en un mar de relojes
que giran con el dolor de los juguetes
y ese mar suena a orquesta de difuntos que interpreta
las partituras indescifrables del tiempo.
Y hay un baile de espectros incesantes,
y sus rostros son los mismos de aquellos
que andaban por la casa, que hablaban de viajes y países,
que traían regalos de ultramar,
Cuando tenía
antifaces la vida y era la dama loca
que se abría como una flor de nieve
cada día en los ojos
que miraban asombrados los naufragios
de los buques fantasmas,
el vuelo de las cometas en la playa errabundas
y la fugacidad
de los castillos de pólvora, al final de los veranos eternos,
cuando se desgarraban los toldos por el viento y volaban
por las calles vacías los sombreros perdidos,
plumas de gaviotas y arenisca, los jirones
de carteles de cines y de circos
que traían el silbido de las balas,
la furia de las fieras
y los ojos vendados del lanzador de cuchillos
ante la ruleta de la muerte.
Hay un lugar en que aún suenan
los broncos abordajes de piratas a los barcos británicos,
el rugido de tigres de Bengala
y la sonrisa rota
de los magos de Holanda y de Turquía.
Hay en ese lugar
imágenes borrosas de mujeres
en cuartos de hotel, en asientos
traseros de unos coches furtivos, parados en los bosques
como brillantes amuletos de juventud;
imágenes borrosas de mujeres
en alcobas prestadas, en pasillos
de edificios que tienen
la condición de laberintos recordados.
Hay un lugar en que recorren
las sierpes del rencor la arena blanca.
Hay un lugar en que todo está dicho
y todo está perdido.
Y ese lugar —apréndelo— es tu corazón.



EL DIBUJO EN EL AGUA 



Bien sabes que estos años pasarán,

que todo acabará en literatura:

la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos. 
Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos. 
Un dibujo en el agua es la memoria,
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo. 
Tú harás ese dibujo. 
Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti. 


EL EQUIPAJE ABIERTO 

De todo comienza a hacer bastante tiempo.
Y en una habitación cerrada
hay un niño que aún juega con cristales y agujas
bajo la mortandad hipnótica de la tarde.
Comienza a hacer de todo muchos años.
Y la noche, sobrecogida de sí misma,
abre ya su navaja de alta estrella
ante la densa rosa carnal de la memoria.
Comienza a ser el tiempo un lugar arrasado
del que vamos cerrando las fronteras
para cumplir las leyes
de esa cosa inexacta que llamamos olvido.
Y llega la propia vida hasta su orilla
como lleva el azar la maleta de un náufrago
a la playa en que alguien la abre con extrañeza
—y esa ridiculez de disfraz desamparado
que adquieren los vestidos de la gente al morir.
Lejano y codiciable,
el tiempo es territorio del que sólo
regresa, sin sentido y demente,
el viento sepulcral de la memoria,
devuelto como un eco.
Como devuelve el mar su podredumbre.
Todas nuestras maletas
reflejan la ordenación desvanecida
de un viaje
que siempre ha sucedido en el pasado.
Y las abrimos
con la perplejidad de quien se encuentra
una maleta absurda
en esa soledad de centinela
que parecen tener las playas en invierno.



INFANCIA 

El viento golpea la puerta
del cuarto siempre cerrado. 
El viento llama a la puerta. 
El viento quiere abrir
la puerta en que detiene su camino
ese caballo blanco con ojos de cristal. 
El viento araña
la puerta con su garra de dragón errabundo. 
Los sioux y comanches
van tensando sus arcos. 
La paloma mecánica
mueve sus alas frías. 
Pero el viento
derriba al fin la puerta. 
Y deja ver
la habitación de sombra y amargura. 


El Soneto Nocturno 

La luna era ese párpado cerrado
que flotaba en el circo de la nada
—y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado. 
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
—y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado. 
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño. 
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño. 


VALOR DEL PASADO 

Hay algo de inexacto en los recuerdos:
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
Y si la vida
en algo está cifrada,
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizás remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada. 
Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida. 


LA EDAD DE ORO 

Lo que el tiempo se lleve
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria,
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria. 
Llévese el tiempo todo
lo que quiera llevarse,
porque todo fue suyo desde siempre. 
Que desvanezca el tiempo
el oro delincuente del amor
y la imagen hermética de aquello
que llamabas pasado
—y era apenas
ayer: la fugitiva
edad de no tener
edad para el pasado. 
Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en esos viejos cines de posguerra
convertidos
en locales de baile que cerraban
cuando el cielo quería amanecer.
Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con
un vaso aún en la mano
y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos. 
Y era la muerta luz que amanecía
la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando
las naves de la eterna juventud. 
Pero en su coche fúnebre
el tiempo iba admitiendo pasajeros. 
Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna
tuvo la juventud. 
Así que arrastre todo, que se lleve
en su vértigo el tiempo la memoria,
dejando
un vacío perfecto en el pasado. 
Porque todo recuerdo
se acaba corrompiendo en el presente.
Y este presente ya
de poco va a servirnos. 
De poco va a servirnos
el saber que hubo un tiempo en que la vida
valía su peso en oro. 
Porque la vida pone
su casa en el pasado. 
Y esta casa sombría no parece la nuestra. 


El artificio

Un punto de partida, alguna idea
transformada en un ritmo, un decorado
abstracto vagamente o bien simbólico:
el jardín arrasado, la terraza
que el otoño recubre de hojas muertas.
Quizás una estación de tren, aunque mejor
un mar abandonado:
Gaviotas en la playa, pero quién
las ve, y adónde volarán.
Y la insistencia
en la imagen simbólica
de la playa invernal: un viento bronco,
y las olas llegando como garras
a la orilla.
O el tema del jardín:
un espacio de sombra con sonido
de caracola insomne. Un escenario
propicio a la elegía.
Unas palabras
convertidas en música, que basten
para que aquí se citen gaviotas,
y barcos pesarosos en la línea
del horizonte, y trenes
que cruzan las ciudades como torres
decapitadas.
Aquí
se cita un ángel ciego y un paisaje
y un reloj pensativo.
Y aquí tiene
su lugar la mañana de oro lánguido,
la tarde y su caída
hacia un mundo invisible, la noche
con toda su leyenda de pecado y de magia.
Siempre habrá sitio aquí para la luna,
para el triunfante sol, para esas nubes
del crepúsculo desangrado: metáfora
del tiempo que camina hacia su fin.
La música de un verso es un viaje
por la memoria.
Y suena
a instrumento sombrío.
De tal modo
que siempre sus palabras van heridas
de música de muerte:
Gaviotas en la playa...
O bien ese jardín:
Todo es de nieve y sombra,
todo glacial y oscuro.
El viento arrastra un verso
tras otro, en esta soledad. Arrastra
papeles y hojas secas
y un sombrero de copa
del que alguien extrae
mágicamente un verso
final:
Una luz abatida en esta playa.
Y hay un lugar en él para la niebla,
y un cauce para el mar,
y un buque que se aleja.
En cualquier verso tiene
su veneno el suicida,
su refugio el que huye
del hielo del olvido.
Puede
cada verso nombrar desde su engaño
el engaño que alienta en cada vida:
un lugar de ficción, un espejismo,
un decorado que
se desmorona, polvoriento, si se toca.
Pero es sorprendente comprobar
que las viejas palabras ya gastadas,
la cansina retórica, la música
silenciosa del verso, en ocasiones
nos hieren en lo hondo al recordarnos
que somos la memoria
del tiempo fugitivo,
ese tiempo que huye y que refugia
-como un niño asustado de lo oscuro-
detrás de unas palabras que no son
más que un simple ejercicio de escritura.

De "Sombras particulares" 1992 
CASA DE VERACRUZ

Entré en la casa blanca con mi incierta
llave de cristal frío,
la memoria.
Se mecía
el toldo sobre el patio
como un jirón de niebla. Se mecía
el caballo —qué roto— de cartón
en el cuarto de juego.
Y nada era
nítido allí ni vago, pues los ojos
miran con lente propia los dominios
del cadáver del tiempo,
y nada para el ojo es tan real como la nada,
esa nada que vuela
como un ave enjaulada por la casa vacía,
llena de eternidad agonizante.
La vida que allí estuvo no parece
sino una densidad de desamparo
ante la mano helada del tiempo, engalanada
con anillos que arrojan
el veneno veloz de la melancolía
en la copa que estamos apurando.
Esa mano que pasa
por los juguetes rotos y los muebles,
por el globo terráqueo de marfil
y por los trajes de los muertos,
hieráticos y huecos como estatuas de nadie.
Extraño en ese mundo clausurado,
oí el tiempo moverse.
Su paso de reptil en los espejos.
Y fui abriendo las puertas,
palpando oscuridades ostentosas
exhibidas allí como un resplandor negro,
y supe que era el huésped
de una rancia tiniebla
oculta en mi memoria como un borrón de espanto.
Y andaban por la casa mis vampiros,
rugían por la casa mis monstruos siderales,
velaban como arañas de ceniza
las brujas de los cuentos,
los licántropos
mostraban sus colmillos como puntas de estrella.
Y andaban por allí, vacías sus miradas, los difuntos
con rostros congelados en el hielo
de las fotografías.
Y supe que era el dueño de la niebla.
Y tomé posesión de mi memoria.
Cerré la casa blanca con mi llave
—tan fría— de cristal, y ahora no tengo
un lugar en que pueda morir
rodeado de aquellos que me tienden sus manos
desde la orilla turbia que empiezo a divisar.