martes, 19 de mayo de 2020

Paciencia y confianza en Dios. De "La paz interior". Jacques Philippe.

Del libro "La paz interior".
Autor: Jacques Philippe. Ediciones Rialp. S. A. Madrid

10.- JESÚS ESTÁ EN TODO LO QUE SUFRE

La razón definitiva que nos ayudará a afrontar serenamente el drama del dolor es la siguiente: hemos de tomar en serio el misterio de la Encarnación y el de la Cruz: Jesús tomó nuestra carne,  realmente sobre sí nuestros sufrimientos, y de este modo está en todo el que sufre. En el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo sobre el Juicio Final, Jesús dice a los que han visitado a los enfermos y a los presos:
«Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Esas palabras del Señor nos enseñan que «a la caída de la tarde nos examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz), y en especial del amor a nuestros hermanos necesitados. Es una llamada a la compasión. (¿Acaso esas palabras de Jesús no nos invitan también a reconocer sus rasgos, su presencia en todos los que sufren? Nos llaman a recurrir a todas nuestras fuerzas para aliviar ese sufrimiento, pero también a dirigir sobre él una mirada de esperanza. En todo dolor hay un germen de vida y de resurrección, ya que Jesús en persona esta en él.
Si, ante una persona que sufre, estamos convencidos de que es Jesús quien sufre en ella, que, en palabras de San Pablo, completa en ella lo que falta a su Pasión, (¿Como desesperarse ante ese padecimiento? ¿Acaso no ha resucitado Cristo? (¿No es redentora su Pasion? «No os aflijáis como esos otros que no tienen esperanza» (1 Tes 4, 13).

11. LOS DEFECTOS y LAS DEFICIENCIAS DE LOS DEMÁS

Ya he aludido a la inquietud ante cualquier mal que amenace o atente contra nuestra persona o contra nuestros prójimos como el motivo mas frecuente de la pérdida de la paz interior.
La respuesta es el abandono en las manos de Dios, que nos libra de todo mal o que, si lo permite, nos da la fuerza para soportarlo y transformarlo en beneficio nuestro.
Esta respuesta sigue siendo válida para todas las demás causas que nos hacen perder la paz, en las que vamos a interesarnos ahora y que son casos particulares. No obstante, conviene hablar de ellas, pues si la unica ley es el abandono, su práctica toma distintas formas segun el origen de nuestros problemas y de nuestras preocupaciones.
Suele suceder que perdamos la paz no porque un sufrimiento nos afecte o nos amenace personalmente, sino más bien a causa del comportamiento, que nos aflige y nos preocupa , de una persona o un grupo de personas. En ese caso, lo que está amenazado no es directamente nuestro bien -en el que, por otra parte, estamos interesados-, sino el bien de nuestra comunidad, de la Iglesia o la salvación de una persona determinada.
Una mujer puede sentirse preocupada porque no ve que se produzca la deseada conversión de su esposo. El superior de una comunidad puede perder la paz viendo que uno de los frailes o de las religiosas hace lo contrario de lo que se espera de ellos. O más simplemente, nos irrita que un pariente no se comporte en la vida cotidiana como creemos que debía conducirse. ¡Cuánto nerviosismo provoca este tipo de situaciones!
La respuesta es la misma que la precedente: la confianza y el abandono. He de hacer todo lo que se me ocurra para ayudar a mejorar a los demás, serena y tranquilamente, y dejar el resto en las manos del Señor, que sabrá sacar provecho de todo.
A propósito de esto, querríamos enunciar un principio general, muy importante para la vida espiritual y para la cotidiana, y que es el punto en el que habitualmente tropezamos cuando se trata de los casos citados anteriormente. Por otra parte, su campo de aplicación es mucho más amplio que el tema de la paciencia con los defectos del prójimo.
Este principio es el siguiente: debemos velar no por desear únicamente cosas buenas en sí mismas, sino también por quererlas de un modo bueno. Estar atentos no sólo a lo que queremos, sino también a la manera en que lo queremos. En efecto: frecuentemente pecamos así: deseamos una cosa que es buena, incluso muy buena, pero la deseamos de un modo que es malo. Para hacerlo comprender mejor, volvamos a uno de los ejemplos anteriores: es normal que un superior de una comunidad vele por la santidad de los que le han sido confiados: es una cosa excelente, conforme con la voluntad de Dios. Sin embargo, si ese superior se enfada, se irrita y pierde la paz ante las imperfecciones o el escaso fervor de sus hermanos, ciertamente el Espíritu Santo no le está inspirando. Y a menudo mostramos esta tendencia: como la cosa que deseamos es buena, incluso realmente querida por Dios, nos creemos justificados para desearla de tal modo que, si no se realiza, nos impacientamos y disgustamos. ¡Cuanto más buena nos parece una cosa, más nos inquietamos y nos preocupamos por obtenerla!
Como ya he dicho, debemos pues, no sólo verificar que las cosas que deseamos son buenas en sí mismas, sino también que es bueno nuestro modo de quererlas y buenas las disposiciones de nuestro corazón. Es decir, que nuestro querer debe seguir siendo sereno, pacífico, paciente, desprendido, abandonado en Dios. No debe ser un querer impaciente, demasiado precipitado, inquieto, irritable, etc. En la vida espiritual suele ocurrir que nuestra actitud es defectuosa: ciertamente no somos de los que quieren cosas malas, contrarias a Dios; deseamos cosas buenas, en conformidad con la voluntad de Dios, pero todavía las queremos de un modo que no es «el modo de Dios», es decir, el del Espíritu Santo, que es dulce, pacífico y paciente, sino a la manera humana: tenso, precipitado, y defraudado si no logra inmediatamente aquello hacia lo que tiende.
Todos los santos insisten en decirnos que debemos moderar nuestros deseos, incluso los mejores, pues si deseamos al modo humano que hemos descrito, el alma se conturba, se inquieta, pierde la paz y obstaculiza las actuaciones de Dios en ella y en el prójimo.
Eso se aplica a todo, incluso a nuestra propia santificación. ¡Cuántas veces perdemos la paz porque nos parece que nuestra santificación no avanza lo bastante aprisa, que tenemos todavía muchos defectos! Y eso no hace más que retrasar las cosas. San Francisco de Sales llega hasta decir que «nada retrasa tanto el progreso en una virtud como el desear adquirirla con demasiado apresuramiento». Volveremos sobre ello más adelante.
Para terminar, recordemos lo siguiente: la prueba de que estamos en la verdad, que deseamos según el Espíritu Santo, no es sólo que la cosa ansiada sea buena, sino también que conservemos la paz. Un deseo que hace perder la paz, incluso si la cosa deseada es excelente en sí, no es de Dios. Hay que desear y anhelar, pero de un modo libre y desprendido, abandonando en Dios la realización de esos deseos como Él lo quiera y cuando lo quiera. Es de gran importancia educar el corazón en este sentido para progresar espiritualmente. Dios es quien hace crecer y quien convierte, no nuestra agitación, nuestra precipitación o nuestra inquietud.

  1. PACIENCIA CON EL PRÓJIMO
Apliquemos, pues, todo lo dicho, al deseo que tenemos de que los que nos rodean mejoren su conducta, un deseo que ha de ser sereno y sin inquietudes; sepamos permanecer tranquilos aunque ellos actúen de un modo que consideramos erróneo o injusto. Hagamos, por supuesto, todo lo que dependa de nosotros para ayudarles, es decir reprenderlos o corregirlos en función de las eventuales responsabilidades que tengamos que asumir respecto a ellos, pero hagámoslo todo en un ambiente de cariño y de paz. Y cuando seamos incapaces, permanezcamos tranquilos y dejemos actuar a Dios.
¡Cuántas personas pierden la paz al pretender cambiar a toda costa a quienes les rodean! ¡Cuántas personas casadas se alteran y se irritan porque querrían que su cónyuge no tuviera este defecto o aquel otro! Por el contrario, el Señor nos pide que soportemos con paciencia los defectos del prójimo.
Tenemos que razonar así: si el Señor no ha transformado todavía a esa persona, no ha eliminado de ella tal o cual imperfección, ¡es que la soporta como es! Espera con paciencia el momento oportuno, y yo debo actuar como ÉL Tengo que rezar y esperar pacientemente. ¿Por qué ser más exigente y más precipitado que Dios? En ocasiones creo que mi prisa está motivada por el amor, pero Dios ama infinitamente más que yo, y sin embargo ¡se muestra menos impaciente! «Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad, el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperándolo con paciencia, mientras caen las lluvias tempranas y tardías» (Sant 5, 7).
Esta paciencia es tanto más importante cuanto que opera en nosotros una purificación indispensable. Aunque creemos desear el bien de los otros o nuestro propio bien, ese deseo suele estar mezclado con una búsqueda de nosotros mismos, de nuestra propia voluntad , del apego a nuestros criterios personales estrechos y limitados, a los que nos aferramos y queremos imponer a los demás, y a veces, incluso a Dios. Debemos liberarnos a toda costa de esa estrechez de corazón y de juicio, a fin de que no se realice el bien que imaginamos, sino el que corresponde a los designios divinos, infinitamente más amplios y más hermosos.

  1. PACIENCIA CON NUESTRAS PROPIAS FALTAS Y NUESTRAS IMPERFECCIONES
La persona que ha recorrido determinado camino en la vida espiritual, que desea realmente amar al Señor con todo su corazón y que ha aprendido a confiar en Él y a abandonarse en sus manos en medio de las dificultades, suele correr el riesgo de perder la paz y la tranquilidad del alma en una circunstancia que el demonio aprovecha con frecuencia para desanimarla y desconcertarla.
En esta ocasión se trata de la visión de su miseria, de la experiencia de sus propias faltas y, a pesar de su buena voluntad, de caídas en un terreno u otro.
También en este caso es importante comprender que la tristeza, la inquietud y el desánimo que sentimos en el alma después de una falta no son buenos y que, por lo tanto, debemos de hacer todo lo posible para permanecer en paz.
Existe un principio fundamental que debe guiarnos cuando experimentemos a diario nuestras miserias y nuestras caídas: no se trata tanto de hacer unos esfuerzos sobrehumanos para eliminar totalmente nuestros defectos y pecados (¡algo que, en cualquier caso, está fuera de nuestro alcance!), sino de recuperar lo antes posible la paz, evitando la tristeza y el desaliento cuando caigamos en una falta o cuando nos sintamos afectados por la experiencia de nuestras imperfecciones.
Esto no significa dejadez ni resignación ante nuestra mediocridad: al contrario, es el medio para santificarnos más rápidamente. Y así lo demuestran numerosas razones.
La primera es el principio fundamental al que ya hemos aludido en varias ocasiones: Dios actúa en el alma en paz. No conseguiremos liberarnos del pecado con nuestras propias fuerzas, eso solamente lo conseguirá la gracia de Dios. En lugar de rebelarnos contra nosotros mismos, será más eficaz que nos encontremos en paz para dejar actuar a Dios.
La segunda razón es que eso complace más al Señor. ¿Qué es lo que más le agrada? ¿Cuando después de una caída nos descorazonamos y atormentamos, o cuando reaccionamos diciendo: «Señor, te pido perdón, he pecado otra vez, ¡mira lo que soy capaz de hacer por mí mismo! Pero me abandono confiadamente en tu misericordia y en tu perdón y te doy gracias por no haberme permitido pecar aún más gravemente. Me abandono en Ti con confianza porque sé que, un día, me curarás por fin. Mientras tanto, te pido que la experiencia de mi miseria me haga más humilde, más dulce con los otros, más consciente de que no puedo nada por mí mismo, sino que todo lo tengo que esperar solamente de tu amor y tu misericordia». La respuesta es clara.
La tercera razón es que la angustia, la tristeza y el desaliento que sentimos después de nuestras faltas y fracasos raramente son puros y no suelen deberse al simple dolor de haber ofendido a Dios: en ello se mezcla una buena parte de orgullo. Nos sentimos tristes y desalentados, no tanto por haber ofendido a Dios, sino porque la imagen ideal que teníamos de nosotros mismos se ha visto brutalmente destruida.
¡Frecuentemente nuestro dolor es el del orgullo herido! Este dolor excesivo es justamente la prueba de que confiábamos en nosotros mismos y en nuestras fuerzas, y no en Dios. Escuchemos a Lorenzo Scupoli, antes citado: «Un hombre presuntuoso se cree seguro de desconfiar de sí mismo y de confiar en Dios (que son los fundamentos de la vida espiritual, y que, por lo tanto, debemos esforzarnos por adquirir), pero está cometiendo un error que sólo advertirá cuando se produzca alguna caída. Entonces, si se altera, si se aflige, si pierde la esperanza de hacer nuevos progresos en la virtud, demuestra que no ha puesto toda su confianza en Dios sino en sí mismo; y cuanto mayor sea la tristeza y la desesperanza, más culpable se considerará.
Cuando el que desconfía de sí mismo y confía totalmente en Dios comete alguna falta, no se extraña, no se disgusta ni se inquieta, porque comprende perfectamente que es el resultado de su fragilidad y del poco cuidado que ha tenido en depositar su confianza en Dios. Esa caída, al contrario, le enseña a desconfiar todavía más de sus fuerzas y a confiar cada vez más en la ayuda del Único que tiene el poder; detesta su pecado por encima de todo; condena la pasión o la costumbre perniciosa que ha sido la causa; siente un vivo dolor de haber ofendido a Dios, pero ese dolor, siempre sereno, no le impide volver a sus ocupaciones anteriores, a soportar las pruebas acostumbradas y a perseguir hasta la muerte a sus crueles enemigos...
Existe además la ilusión, muy común, de atribuir a un sentimiento de virtud el temor y la turbación que se siente después del pecado. Aunque la inquietud que sigue al pecado vaya siempre acompañada de cierto dolor, procede, sin embargo, de un fondo de orgullo, de una secreta presunción causada por una excesiva confianza en las propias fuerzas. Así, cuando la persona que se cree asentada en la virtud y desprecia las tentaciones llega a reconocer -por la triste experiencia de sus caídas- que es tan frágil y pecadora como las demás, se asombra ante un hecho que no debía haber sucedido y, privada del débil apoyo con el que contaba, se deja invadir por el disgusto y la desesperanza.
Esta desdicha no sucede nunca en el caso de los humildes, que no presumen de ellos mismos, y solamente se apoyan en Dios, porque cuando caen, ni se sorprenden ni se turban, pues la luz de la verdad que los ilumina les hace ver que su caída es un efecto natural de su debilidad y su inconstancia» ( Combate espiritual , cap. 4 y 5).

14. DIOS PUEDE SACAR EL BIEN INCLUSO DE NUESTRAS FALTAS

La cuarta razón por la que esta tristeza y ese desaliento no son buenos radica en que no debemos tomar trágicamente nuestras propias faltas, pues Dios es capaz de sacar un bien de ellas. Santa Teresa de Lisieux gustaba mucho de esta frase de San Juan de la Cruz: «El Amor sabe sacar provecho de todo, del bien como del mal que encuentra en mí, y transformar en Él todas las cosas».
Nuestra confianza en Dios debe llegar hasta ahí: hasta creer que Él es lo bastante bueno y poderoso como para sacar provecho de todo, incluidas nuestras faltas y nuestras infidelidades.
Cuando San Agustín cita la frase de San Pablo:
«Todo coopera al bien de los que aman a Dios», añade: «Etiam peccata»: ¡incluso el pecado!
Por supuesto, hemos de luchar enérgicamente contra el pecado y batallar por corregir nuestras imperfecciones. Dios vomita a los tibios, y nada enfría tanto el amor como la resignación ante cierta mediocridad, una resignación que es, además, una falta de confianza en Dios y en su capacidad para santificamos. Cuando hemos sdo causantes de cualquier mal debemos también intentar repararlo en la medida de lo posible, pero no debemos sentirnos excesivamente desolados por nuestras faltas, pues, cuando volvemos a Él con un corazón arrepentido, Dios es capaz de hacer surgir un bien de ellas. Esa actitud nos hará crecer en humildad y nos enseñará a poner algo menos de confianza en nuestras propias fuerzas y un poco más solamente en ÉL
¡Grande es la misericordia del Señor, que emplea nuestras faltas en beneficio nuestro! Ruysbroek, un místico flamenco de la Edad Media, dice lo siguiente:
«En su clemencia, el Señor ha querido volver nuestros pecados contra ellos mismos y a favor nuestro; ha encontrado el medio de hacer que nos sean útiles, de convertirlos en instrumentos de salvación en nuestras manos. Que esto no disminuya nuestro temor a pecar, ni nuestro dolor por haber pecado. Pero nuestros pecados se han convertido, para nosotros, en una fuente de humildad.»
Añadamos que también pueden convertirse en un manantial de ternura y misericordia para con el prójimo. Yo, que caigo tan fácilmente ¿puedo permitirme juzgar a mi hermano? ¿Cómo no ser misericordioso con él como el Señor lo ha sido conmigo?
Por lo tanto, después de una falta, cualquiera que sea, en lugar de quedarnos hundidos en medio del desaliento y de machacar sobre ella, debemos volvemos confiadamente a Dios de inmediato e incluso agradecerle el bien que, en su misericordia, ¡sacará de esa falta!
Hemos de saber que una de las armas que el demonio suele emplear para impedir el camino de las almas hacia Dios consiste precisamente en hacerles perder la paz y llegar a desalentarlas a la vista de sus faltas.
Necesitamos saber distinguir el auténtico arrepentimiento, el verdadero deseo de corregimos -que siempre es tranquilo, apacible y confiado-, del falso arrepentimiento, de esos remordimientos que nos conturban, nos desaniman y nos paralizan. ¡No todos los reproches que proceden de nuestra conciencia están inspirados por el Espíritu Santo! Algunos provienen de nuestro orgullo o del demonio, y tenemos que aprender a discernirlos. Y la paz es un criterio esencial en el discernimiento del espíritu. Los sentimientos que inspira el Espíritu de Dios pueden ser poderosos y profundos, pero no por ello menos sosegados. Oigamos de nuevo a Scupoli:
«Para mantener el corazón en un perfecto sosiego, es necesario también despreciar ciertos remordimientos interiores que parecen venir de Dios, porque son unos reproches que nos hace nuestra conciencia sobre auténticos defectos, pero que proceden del espíritu maligno, según se puede comprobar por las consecuencias. Si los remordimientos de conciencia sirven para humillamos, si nos hacen más fervorosos en la práctica de buenas obras, y si no disminuyen en absoluto nuestra confianza en la misericordia divina, hemos de recibirlos con acciones de gracias y como favores del Cielo. Pero si nos causan angustia, si hacen decaer nuestro ánimo, y si nos vuelven perezosos, tímidos o lentos en el cumplímiento de nuestros deberes, hemos de creer que son sugerencias del enemigo y debemos seguir haciendo las cosas del modo habitual, sin dignarnos escucharlas ( Combate espiritual, cap. 25).
Comprendamos esto: para la persona de buena voluntad, la gravedad del pecado no radica tanto en la falta en sí, como en el abatimiento que provoca. El que cae, pero se levanta inmediatamente, no ha perdido gran cosa; más bien ha ganado en humildad y en experiencia de la misericordia divina. Pierde más el que permanece triste y abatido. La prueba del progreso espiritual no es tanto la de no caer, sino la de ser capaz de levantarse rápidamente de las caídas.

  1. ¿QUÉ HACER CUANDO HEMOS PECADO?
De todo lo que acabamos de decir se deduce una regla de conducta muy importante para nosotros cuando caigamos en cualquier falta. Ciertamente hemos de sentir dolor por haber pecado, pedir perdón a Dios y suplicarle humildemente que nos conceda la gracia de no ofenderle así, y formar el propósito de confesarnos en el momento oportuno. Todo ello sin entristecemos ni desanimarnos, recuperando la paz lo antes posible gracias a las consideraciones antes expuestas, y reanudando nuestra vida espiritual normal como si nada hubiera pasado. ¡Cuanto antes recobremos la paz interior, mejor será! ¡Avanzaremos así mucho más que impacientándonos con nosotros mismos!
Veamos el siguiente ejemplo, muy importante: bajo la confusión que nos invade al caer en cualquier falta, generalmente sentimos la tentación de relajarnos en nuestra vida de piedad, de abandonar, por ejemplo, nuestro tiempo habitual de oración personal. Y encontramos buenas excusas: «¿Cómo yo, que acabo de caer en el pecado, que acabo de ofender al Señor, me voy a presentar ante Él en este estado?» Y a veces pasan varios días hasta que recuperamos nuestros hábitos de oración. Pero eso es un gran error: no es más que la falsa humildad inspirada por el demonio. Es imprescindible no variar nuestros hábitos de oración, sino todo lo contrario. ¿Dónde encontraremos la curación de nuestras faltas sino junto a Jesús? Nuestros pecados son un mal pretexto para alejarnos de Él, pues cuanto más pecadores somos, más necesitamos acercarnos al que dice: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos... No he venido a llamar a losjustos, sino a los pecadores » (Mt 9, 12-13).
Si esperamos ser justos para llevar una vida de oración habitual, podemos esperar mucho tiempo. Y al contrario, al aceptar presentarnos delante del Señor en nuestra condición de pecadores , recibiremos la curación y poco a poco nos transformaremos en santos.
Hemos de abandonar una ilusión muy importante:
¡querríamos presentarnos delante del Señor únicamente cuando estamos limpios y bien peinados, además de satisfechos de nosotros mismos! Pero en esta actitud hay mucho de presunción. A fin de cuentas, nos gustaría no necesitar de su misericordia. Sin embargo, ¿qué clase de naturaleza es la de esa pseudo-santidad a la que aspiramos, a veces inconscientemente, que nos haría prescindir de Dios? Por el contrario, la verdadera santidad consiste en reconocer siempre que dependemos exclusivamente de su misericordia.
Para terminar, citaremos un último pasaje del Combate espiritual que nos remite a todo lo dicho y que nos indica la línea de conducta que hemos de seguir cuando caigamos en alguna falta; se titula: «Lo que hemos de hacer cuando recibimos alguna herida en el Combate Espiritual» :
«Cuando os sintáis heridos, es decir cuando veis que habéis cometido alguna falta, sea por mera fragilidad, o intencionadamente y con malicia, no debéis entristeceros demasiado: no os dejéis invadir por el disgusto y la inquietud, sino dirigíos inmediatamente a Dios con humilde confianza: "Ahora, ¡oh Dios mío!, dejo ver lo que soy, porque ¿qué podía esperarse de una criatura débil y ciega como yo, sino errores y caídas?" Deteneos un poco en este punto, a fin de recogeros en vosotros mismos y concebir un vivo dolor por vuestras faltas.
Después, sin angustiaros, dirigid vuestra cólera contra todas las pasiones que os dominan, especialmente contra la causante de vuestro pecado. "Señor, diréis, habría cometido crímenes aún mayores si, con vuestra infinita bondad, no me hubierais socorrido."
Enseguida, dad miles de gracias a ese Padre de las misericordias; amadle más que nunca, viendo que, lejos de sentirse agraviado por la ofensa que acabáis de hacerle, os tiende de nuevo la mano ante el temor de que caigáis de nuevo en algún desorden semejante.
Por fin, llenos de confianza, decidle: "Muestra lo que eres, ¡oh Dios mío!; haz sentir tu divina misericordia a un humilde pecador; perdona todas mis ofensas; no permitas que me separe, que me aleje ni siquiera un poco de ti. Fortaléceme con tu gracia de tal modo, que no te ofenda jamás ."
Después, no os dediquéis a pensar si Dios os ha perdonado o no: eso significa querer preocuparos en vano y perder el tiempo; y en este procedimiento hay mucho orgullo e ilusión diabólica, que, a través de estas inquietudes del alma, trata de perjudicaro s y atormentaros . Así, abandonaos en su misericordia divina y continuad vuestras prácticas con la misma tranquilidad del que no ha cometido falta alguna. Incluso si habéis ofendido a Dios varias veces en un solo día, no perdáis jamás la confianza en Él. Practicad lo que os digo la segunda, la tercera y la última vez como la primera... Esta manera de luchar es la que más teme el demonio, porque sabe que agrada mucho a Dios, y porque, verse dominado por el mismo al que ha vencido fácilmente en otras contiendas, le produce siempre un gran desconcierto...
...Si, desgraciadamente, caéis en una falta que os produce angustia y desánimo, lo primero que debéis hacer es tratar de recobrar la paz de vuestra alma y la confianza en Dios...»
Para concluir este punto, querríamos añadir un comentario: es cierto que es peligroso hacer el mal, y que debemos hacer todo lo posible por evitarlo. Pero reconozcamos que, tal y como somos, ¡lo peligroso sería que no hiciéramos más que el bien!
En efecto, marcados por el pecado original, tenemos una tendencia tan enraizada a la soberbia, que nos es difícil, incluso inevitable, hacer algún bien sin apropiárnoslo, ¡sin atribuirlo al menos en parte a nuestras aptitudes, a nuestros méritos y a nuestra santidad! Si el Señor no permitiera que de vez en cuando actuemos mal, que cometamos errores, ¡correríamos un peligro enorme! Caeríamos inmediatamente en la vanidad , en el desprecio hacia el prójimo, y nos olvidaríamos de que todo nos viene de Dios gratuitamente .
Y nada como esta soberbia impide el amor verdadero. Para preservarnos de ese gran mal, el Señor permite en ocasiones un mal menor, como el de caer en algún defecto; y debemos darle las gracias por ello, pues, sin ese parapeto, ¡correríamos un gran peligro de perdernos!

viernes, 17 de abril de 2020

La predicación de Cristo. J. A. Sayés.


CAPÍTULO 4 del libro de José Antonio Sayés: 
"Razones para creer". 
Ediciones Paulinas.



LA PREDICACIÓN DE CRISTO

1 . La llegada del Reino

No hay exegeta, católico o protestante, que niegue que el núcleo de la predicación de Cristo fue el tema de la llegada del reino.
Cuando Jesús aparece en el marco de la Palestina de hace dos mil años, lo hace en medio de una expectación mesiánica y en el clima de la espera de la llegada del reino mesiánico , que se había convertido en la razón de ser de la esperanza del pueblo judío. Viene Jesús y proclama: "El reino de Dios ha llegado, convertíos" Los sinópticos concuerdan en que el tema primordial de la predicación de Jesús es la llegada del reino: "Enseñaba en las sinagogas y predicaba el evangelio del reino" (Mc 4,23; 9,35). Jesús les decía: "También en otras ciudades tengo que evangelizar el reino de Dios; para ello he venido" ( Lc 4,43). Marcos resume así la predicación de Cristo: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed la buena nueva" (Mc 1,15).
El tema del reino tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Yahvé, en su condición de salvador de Israel, se había ligado a su pueblo por la alianza en el desierto y se había comprometido a salvarlo. Esta alianza se había concretado en el mesianismo real que provenía de l a promesa que el profeta Natán había hecho a David. Este mesianismo , a su vez, había sido profundizado por los profetas, especialmente Isaías y Jeremías. Se trataba de un mesianismo que, con el influjo de los profetas, había adquirido tonalidades nuevas y, así, aparecía en el horizonte de la profecía un personaje misterioso, el Siervo de Yahvé, que había de cargar con los pecados de Israel y realizar su liberación y su salvación. Pero en los últimos siglos, bajo la influencia del movimiento apocalíptico del siglo II a.c1., surge la perspectiva de un reino victorioso sobre los enemigos de Israel.

1 El movimiento apocalíptico mencionado nace en tiempo de crisis con el fin de inyectar en el pueblo una esperanza con la victoria de Dios ante la ocupación de Israel por el enemigo seléucida. En sus escritos se sirven de imágenes y comparaciones bajo las cuales transmiten una esperanza al pueblo oprimido.

Es de notar que esta concepción político-nacional del reino dominaba en la literatura extrabíblica ( Testamento de los 12 Patriarcas, Salmos de Salomón , Cuarto libro de Esdras, Apocalipsis de Baruc, Documentos del Qumrán). La visión política del reino era la que dominaba en la mentalidad popular en los tiempos de Jesús, de modo que se había unido la esperanza mesiánica a la instauración del reino independiente de Israel. Era una expectación de tipo nacional-religioso. Se esperaba un reino, en efecto, que tendría como fin la fidelidad y el sometimiento de todos los pueblos a la voluntad de Dios y al triunfo de Israel.
Por eso, cuando Jesús usa la expresión "reino de Dios" para definir su misión, se vale de la imagen que mejor caracterizaba las esperanzas judías. Pero Jesús interpreta este concepto de forma nueva e inesperada 2 :
2 H. ScHLIER, Reich Gottes und Kirche , Catholica 11 (1957) 178-189; 
R. SCHNACKEN-BURG , Reino y reinado de Dios , Madrid 1967; 
E. STAEHLIN, Die Verkündigung des Reich Gottes in der Kirche Iesu Christi, 7 vol., Basilea 1951-1965; 
J. JEREMIAS, Las parábolas de Jesús, Estella 1970; 
G. BoRNKAMM , Jesús de Nazareth, Salamanca 1975; 
J. JEREMIAS, Teología del Nuevo Testamento, Salamanca 1974, 46-50.
  1. En primer lugar, el reino que Jesús predica no tiene una aparición espectacular como imaginaban los judíos. Llega de forma invisible y oculta: el reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: "Vedlo aquí o allá", porque el reino de Dios ya está entre vosotros"(Lc 17,20-21). La afirmación es sorprendente para quienes esperaban acontecimientos grandiosos o prodigios espectaculares. El reino ha llegado; y, no obstante, ahí siguen las legiones romanas ocupando Palestina.
  2. Sin embargo, Jesús tiene conciencia de que ha llegado el acontecimiento preparado por Dios en la historia de Israel: "El tiempo se ha cumplido". Fue en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret, donde comentando un texto del profeta Isaías relativo a la llegada del reino (Is 61, 1-2) y enrollando el volumen después de haberlo leído, dijo: "Esta escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" (Lc 4,21). Jesús tiene la conciencia de que con él ha llegado el reino.
    A los mensajeros de Juan Bautista que le preguntan si es él el que ha de venir o tienen que esperar a otro, responde Jesús: "Id y decid a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los mudos hablan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados" (Mt 11,4-6; Lc 7,22).
3) Jesús tiene conciencia de que con él han llegado ya los tiempos mesiánicos, de que en su persona se cumplen los vaticinios relativos al Mesías. Este reino mesiánico se manifiesta tanto por la palabra como por los hechos de Jesús. La palabra de Dios se compara a una semilla depositada en un campo (Mc 4,14): los que la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey de Cristo, reciben 111 reino. La semilla va creciendo poco a poco hasta el tiempo de la N iega (cf Me 4,26-29).
Pero también los milagros de Cristo son el signo de que el reino ha llegado. Las curaciones, la expulsión de los demonios, son signos de que los tiempos mesiánicos se han inaugurado ya, de que el reino de Dios ha hecho irrupción en el presente en la misma persona de Jesús: "Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios"(Lc 11,20) 3.

4) Pero ¿en qué consiste este reino? Según explica Jesús, el reino es la llegada de la salvación y el amor del Padre. Supone en principio la comunicación de Dios con el hombre más que la dominación o el poderío, la paternidad de Dios más que el triunfo humano. Implica, desde luego, una nueva idea de Dios en clara contraposición a la idea que tenían los fariseos4. Estos tenían una particular teología del mérito. A base de un esfuerzo en el cumplimiento de la ley, se sentían con derechos delante de Dios; un Dios que ellos definen, controlan y delimitan; un Dios que, en su lógica, no puede amar a los pecadores, particularmente a los publicanos (recaudadores de Roma, odiados por su falta de patriotismo y por sus robos continuos) y a los que no cumplen la ley como ellos.
Pues bien, lo radical en la predicación de Cristo consiste en la presentación de un Dios, su Padre, como un Padre misericordioso, como alguien que ama a los hombres gratuitamente, escandalosamente, por encima de todo mérito; alguien que ama a los "amhaares", a los publicanos y mujeres de mala vida, con una sola condición: con la condición de que sean capaces de creer en la maravilla inmerecida de la misericordia del Padre y de convertirse en consecuencia.

3 A propósito de la existencia del diablo me complace recoger aquí una reflexión de un teólogo tan serio corno A. Leonard, que dice así: "El que considere la doctrina del diablo y de los ángeles caídos corno una ingenuidad medieval hace gala de la mayor y más peligrosa de las ingenuidades. No será posible comprender nada de la Sagrada Escritura, y especialmente de las consecuencias cósmicas de la falta original y del combate de Cristo y de la Iglesia contra el príncipe de este mundo, si se niega la realidad de las potencias hostiles a Dios y al hombre". (cf A. LEONARD, Razones para creer, Barcelona 1990, 245).
4 Cf J.A. SAYÉS, Jesucristo, nuestro Señor, Edapor, Madrid 19902 , 16ss.

No se puede comprender el radicalismo de Jesús si no se tiene en cuenta la misericordia radical de su Padre, que busca el arrepentimiento como única condición de su perdón y de su amor (Lc 15, 1 1- 31). Se trata de la parábola del hijo pródigo, que Cristo tuvo que componer para justificar su trato con los publicanos en contra de las acusaciones de los fariseos. Es una parábola que debiera llamarse más bien parábola del padre bondadoso, porque el protagonista no es el hijo que se arrepiente (actitud lógica en quien no tiene ya nada para vivir), sino el Padre, que le ama con un amor inmerecido, puesto que había perdido ya el derecho de ser considerado como hijo.
El reino de Dios no es otra cosa que la misericordia del Padre ofrecida ahora a todo hombre gratuitamente, independientemente de todo mérito, de toda condición de raza, lengua o posición social. Todos son llamados al reino; particularmente los que, en opinión de los fariseos, no merecían el amor de Dios: publicanos, mujeres de mala vida, gente despreciable desde la condición humana. Para entrar en el reino no se necesita ni siquiera ser judío: "Os digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa de Abrahán, Isaac y Jacob en el reino"(Mt 8,11).
Desde esta perspectiva se comprende el comportamiento de Jesús con los pecadores, con la gente baja y despreciable. Ellos son los llamados por el Padre. Ha venido a llamarlos porque son objeto de la predilección del Padre (Lc 5,32; 19,10; Mt 18,12-14). Para ellos hay una buena nueva. El Padre no los desprecia como hacen los fariseos. Es más, ellos, incapaces de enorgullecerse con méritos que no poseen, están en una situación privilegiada para comprender la misericordia de un Dios que ama escandalosamente. Por eso, en su arrepentimiento y en su humillación, dejan sitio al amor misericordioso de Dios, mientras que los fariseos son incapaces de comprender un amor que ama sin cálculo y sin medida . Por ello los pecadores y prostitutas precederán a los fariseos en el reino (Mt 21,31).
Jesús nos asegura que hay más alegría en Dios por la conversión de un pecador que por la perseverancia de noventa y nueve justos (Lc 15,7.10.32). Ahora bien, el castigo del infierno es para aquéllos que desprecian este amor del Padre renunciando a la conversión y a la gracia que les es dada (cf Mt 11,20-29), porque los que se obstinan en no creer, los que se burlan de este amor misericordioso del Padre, morirán en sus pecados (Jn 8, 12.21.24). Se condenan aquéllos que se cierran obstinadamente a la invitación misericordiosa de Dios (Jn 3, 1 6-21; 5,24).
Según Jesús, el evangelio divide a los hombres en dos grupos: sencillos y autosuficientes. Puede darse un pecador que, en medio de su miseria, se abra humildemente a la gracia. El Padre, en este caso,
no mira ya el pecado; pero el que, por su autosuficiencia, desprecia a un Padre que por amor va a llegar al ridículo de la cruz de su Hijo, ese mismo se niega a la salvación,
Con la predicación de Jesús, la lógica del fariseo ha quedado totalmente rota, destruida, invalidada. El perdón que Jesús predica supone un auténtico escándalo. La forma de perdón que más impresionó a los hombres de aquella época fue la comunión de mesa que Jesús tuvo con los pecadores. Jesús come y bebe con ellos. Son comidas que realiza como signo de la llegada del reino, pero que escandalizan profundamente a los que, por afán de pureza, no se rozaban con los pecadores y evitaban todo trato con ellos. En más de una ocasión tuvo que defenderse Jesús de acusaciones por este motivo: "Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores" (Mt 11, 18-19).
Precisamente la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-31) la compone Jesús para justificar su comportamiento con los pecadores. Es una parábola que no debiera llamarse, como dice Cerfaux, parábola del hijo pródigo, sino parábola del padre bondadoso, porque lo que en ella más resalta es la figura del padre. El hijo mayor representa al fariseo que ha cumplido la ley a la perfección y se escandaliza del amor del padre al otro hermano. Este vuelve a casa consciente de que ha perdido todos sus derechos como hijo; sólo pretende ser admitido como un criado más. Y en esto está el escándalo: el padre hace fiesta y derrocha un amor y una misericordia inmerecidos,
Esta es la primera dimensión del reino que Jesús predica: el amor inmerecido del Padre. Pertenecer al reino es dejarse amar por un amor insospechado, escandaloso, sea cual sea nuestra situación de miseria, pecado, enfermedad o abandono aparente. El primer mandamiento del amor de Dios no debiéramos formularlo como "amar a Dios sobre todas las cosas'', sino "dejarse amar por Dios sobre todas las cosas". En efecto, Cristo dijo: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros" (Jn 15,16). Y el teólogo del amor, san Juan, dice así: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero" (1 Jn 4, 10).
Recuerdo en este sentido una conferencia que A. Frossard, el judío converso, nos dirigió en un congreso sobre ateísmo, en Roma, en octubre de 1980. Al percibir la presencia de varios sacerdotes, se dirigió a nosotros diciendo: "Ustedes tienen la culpa de que los fieles no hayan conocido el amor de Dios. Hablan y predican los derechos humanos y la justicia, y eso está bien; pero no se atreven a hablar de la maravilla del amor de Dios, que ni viven ni entienden... Desde mi conversión todavía no me he acostumbrado a la maravilla de ese amor". Efectivamente, ser cristiano es vivir de esa maravilla, es ser consciente de una predilección del Padre en Cristo. El cristianismo, antes que acción, es la recepción de ese amor, de ese don inmerecido. Sobre eso versa la conversación de Jesús con la samaritana: "si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber..." (Jn 4,10).

La vida personal de Jesús es precisamente este abandono en manos del Padre, en su providencia paternal: "Por eso os digo: no andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento , y el cuerpo más que el vestido?. Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ... Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan . Pero yo os digo que ni Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados , diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber? , ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se preocupan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura . Así que no os preocu péis del mañana : el mañana se preocupará de sí mismo"(Mt. 6, 25-34 ).
"Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura". Quizás ninguna frase como ésta resume mejor la predicación de Jesús.
Es la unión de Cristo con el Padre, la vivencia de su amor, lo que le hace inmensamente libre y lo que le conduce a romper todas las barreras de su tiempo. Se mezcla con los pecadores, habla y tiene amistad con la mujer, privilegia en sus parábolas a los samaritanos, trata con centuriones y extranjeros. No tiene miramientos ni prejuicios. La parábola del fariseo y del publicano es un resumen perfecto de su doctrina. Los fariseos se ven desplazados; y esto, naturalmente, enciende su odio contra Jesús. Pero su actitud con ellos es inequívoca. Como dice Jeremias, Jesús arremete contra ellos, "porque tienen un buen concepto de sí mismos y confían en su propia piedad (Lc 16, 9- 1 4); porque afirman que son obedientes, pero de hecho no lo son ( Mt 21 ,28-31); porque no están dispuestos a secundar el llamamiento de Dios (Lc 14,16-24) y se alzan contra sus mensajeros ( Mt 12,1-9); porque hablan de perdón, pero no tienen ni idea de lo que es en realidad el perdón (Lc 7,47: a quien poco ama se le perdona poco). Nada separa tan completamente al hombre de Dios como la piedad que está segura de sí misma" 5.
En resumen , el reino de Dios tiene dos dimensiones fundamentales:
1 ) Por un lado, es la llegada de la paternidad de Dios en Cristo, de modo que en Cristo somos elevados a la condición de hijos;
  1. Pero, por otro lado, significa la liberación del pecado, del sufrimiento y de la muerte, es decir, de las grandes servidumbres que pesan sobre la humanidad desde el pecado de Adán, y de las que el hombre no se puede librar. Como observa Faynel 6, "el reino nuevo consiste esencialmente en la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres realizada ahora en la persona misma de Cristo, alianza que contiene dos grandes aspectos: a) un aspecto de perdón, b) un aspecto de comunión con Cristo".
  2. Los milagros de Cristo, signo y realización del reino, vienen nsí a efectuar en el mundo la liberación. de la servidumbre del maligno y de la muerte, que comenzó con el pecado de Adán y que ahora encuentra una oposición fundamental en la victoria de Cristo. Cristo tiene conciencia de ello, pues se presenta frente al maligno como el más fuerte, que encadena al fuerte y lo despoja de su poder ( M t 12,29; Lc 17,22; Mc 3,27). Jesús tiene la conciencia de vivir un combate personal con el maligno. Sus frecuentes encuentros con los posesos eran otros tantos choques violentos con el enemigo.
  3. En sus parábolas Jesús atribuye a Satanás los obstáculos que encuentra en su predicación (Mt 13,19). El demonio intenta arrancar del corazón de los hombres la semilla del mensaje de salvación (Lc 8, 12). Por ello pide Jesús al Padre que, si no ha de sacar a los suyos del mundo, los libre del maligno (Jn 17,5). A Simón Pedro le advierte que las puertás del infierno (el poder del infierno) intentarán prevalecer contra la Iglesia (Mt 16,19); y, asimismo, le recuerda que Satanás busca cribar a los discípulos (Lc 22,31). En el momento de dejar el cenáculo, Cristo declara como inminente la derrota del príncipe de este mundo (Jn 12,17). Y por su muerte tiene Jesús conciencia de que el príncipe de ·este mundo ha sido ya juzgado (Jn 16,11).
5 J. JEREMIAS, Teología del Nuevo Testamento, Vol. 1, Salamanca 1974, 146.
' A. LANG, Teología fundamental lI. La Iglesia, Madrid 1971, 6.
Es el imperio de Satanás, el imperio del pecado, del sufrimiento y de la muerte, el que es vencido por Cristo en la cruz. Su reino se implanta allí donde el pecado es vencido.
  1. Pero el reino se identifica personalmente con el mismo Jesús. Hay una equivalencia constante entre entregarlo todo por Cristo o por causa del reino, entre seguir a Cristo o aceptar el reino (Lc 18,29; Mt 19,29; Mc 10,29). Con su venida, predicación y milagros ha llegado definitivamente el reino: "Decid a Juan: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados" (Lc 7,22-23; Mt 11,5). Hay una idea de Orígenes que expresa esto con exactitud: Cristo es la autobasileia7 , es decir, él mismo es el reino en persona. Quien le acoge a él, quien se convierte a él, ha recibido el reino. Dice Faynel: "Este es uno de los datos fundamentales de toda la predicación de Cristo. Acceder al reino es sencillamente seguir a Cristo y arriesgar la vida por él. Y, a la inversa, negarse a seguir a Cristo es perder la vida y excluirse uno mismo del reino"8.
  2. Este reino que Cristo predica y realiza sufre una tensión, de modo que viene a ser una realidad dinámica que mira hacia una plenitud de futuro en el cielo. El reino, que ha comenzado ya aquí, que está ya presente aquí, mira, según dice Cristo, hacia una consumación en la eternidad: "Yo os digo que de aquí a poco ya no beberé del fruto de la vid, hasta que no haya venido el reino de Dios" (Le 22,18). Aparece el reino ligado a una dimensión de futuro. En el padrenuestro se pide así: "venga tu reino" (Mt 6,10).
Está, pues, el reino ligado a la parusía cuando venga el Hijo del hombre y diga a los justos: "Venid benditos de mi padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo" (Mt 25,34). Jesús exhorta a vigilar, porque no se sabe cuándo llegará ese momento : "Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre". (Mt 24,42-44). Este día de la venida final del Hijo del hombre nadie lo conoce: "Mas aquel día y hora nadie lo conoce, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Mt 24,36).
La gran novedad, por lo tanto, de la predicación de Cristo, la gran sorpresa, es que el reino haya llegado ya y se haya hecho presente en él : "El reino se ha cumplido". Y, sin embargo, ni los enemigos de Israel han sido echados fuera ni se ha dado la victoria militar a su pueblo. "El reino de Dios está entre vosotros" (Lc 17,20). Es la vida de la gracia que ya ha comenzado, tanto en su dimensión que nos introduce en la vida filial de Cristo y nos hace en él hijos del Padre, como en la dimensión liberadora del pecado. La liberación, la salvación, han comenzado ya, si bien ni el sufrimiento ni la muerte han sido aún vencidos. He ahí la tensión interna que tiene el reino de Dios hasta que llegue a su plenitud. Los milagros, entre tanto, son una victoria sobre el mal y la muerte, una anticipación de la victoria final. Pero ésta no llegará aún definitivamente sino con la segunda venida del Señor.
7 ÜRIGENES , In Math. 14; MG 13, 1197.
8 P. FAY NEL, La Iglesia 1, Barcelona 19822 , 56.
El reino de Dios ya ha irrumpido en la historia. Como alguien ha dicho, Cristo rompió el tiempo y abrió el cielo. Pero este reino, ya presente en Cristo, en su enseñanza y en sus milagros, no es todavía el reino consumado. Las parábolas de Jesús evidencian la tensión entre el presente y el futuro: ya está aquí, pero tiene que llegar aún a su consumación. El reino de Dios es algo que está creciendo como lo demuestra la parábola del grano de mostaza (Mt 13,31-32). Es un reino que está todavía en lucha contra el poder del maligno (Mt 1 3,24-30.36-43) , vencido ya por Cristo, en cuanto que de ahora en adelante todo hombre, con su gracia, tiene la posibilidad de vencerle; pero todavía sigue el diablo con su función de tentador, que quiere apartar al hombre de la salvación. La victoria decisiva tendrá lugar cuando el último enemigo, la muerte, sea vencido por la resurrección de nuestros cuerpos (1Cor 15,26) y cuando Cristo en su segunda venida extienda su poder y su victoria sobre el cosmos (Rom 8,18ss). Entonces el reino se habrá consumado. El imperio del demonio quedará reducido a la condenación final y a la impotencia y tendrá lugar la victoria de todos los justos en Cristo.

2. Un dato para la historia

Con el tema del reino estamos, pues, en el corazón mismo de la predicación de Jesús. Todos los exegetas están de acuerdo en que el tema del reino es el núcleo de su mensaje. Aparece 13 veces en Marcos, 9 en frases o logia pertenecientes a una fuente escrita hacia los años 40, la llamada Quelle, que recogía los discursos de Jesús y que han utilizado Mateo y Lucas, 27 veces en textos exclusivos de Mateo, 12 en textos de Lucas y dos en el evangelio de Juan.
En contraste con estos datos tenemos que el término reino aparece pocas veces en los evangelios apócrifos. En época precristiana aparece sólo en el Qaddis, oración judía, y en algunas plegarias afines. En Flavio Josefo no hay alusión alguna al tema; sólo en la literatura rabínica van aumentando los casos, pero, como dice Jeremias, tales casos se limitan a expresiones estereotipadas, como "acoger en sí el reino del cielo", "someterse a Dios". Por lo tanto, el contraste con los evangelios es evidente. Tampoco en la Iglesia primitiva el tema del reino tiene relevancia alguna. Por eso la exégesis moderna no duda en señalar que dicho tema es lo más genuino de la predicación de Jesús.
Finalmente, el contenido del reino en boca de Jesús es original y distinto del que tenía en el Antiguo Testamento, como ya vimos. En la apocalíptica judía el reino tiene características de juicio inexorable del mundo por parte de Dios y está precedido de signos tremendos . El reino predicado por Jesús ha llegado ya y no viene precedido de grandes acontecimientos. Viene, además, como una intervención salvífica de Dios, que, sobre todo, busca la conversión. Avancemos, pues, en el mensaje de Cristo, seguros como estamos de que en el tema del reino alcanzamos el núcleo de su predicación.

domingo, 29 de marzo de 2020

Sobre el cambio climático


He conocido el articulo "No saber es peor". 
Me parece muy interesante y apunta al verdadero problema. Me permito remitirte mi incompleta opinión. 

Las más preclaras mentes no saben qué sucede en realidad, por mucho que se diga.

En la historia de la Tierra se conocen muchas glaciaciones y sus períodos interglaciares intermedios. En la época cuaternaria son 4 períodos de frío, en la terciaria, 4 ó 6. Se especula que hasta más de 30 glaciaciones ha sufrido este planeta desde su constitución. Luego es evidente que los cambios suceden sin intervención humana. 

La cuestión que se debe plantear es si en el cambio actual la humanidad está interviniendo en el proceso y en qué sentido. En el siglo XVII, sucedió una miniglaciación que alteró el clima de tal forma que produjo carestías y hambrunas que motivaron revueltas sociales tales como las que prepararon la revolución francesa. Te comento esto pues siempre me asombró el sutil equilibrio de nuestro entorno; únicamente bajó la temperatura media 1º celsius. Ahora está subiendo bastante más y se prevé que siga el proceso. ¿Es causa natural?. Se desconoce con seguridad. 

Achacan al dióxido de carbono toda la influencia en el clima por su efecto de gas invernadero. No es el único gas con el poder de absorber ondas infrarrojas y emitirlas (base del efecto invernadero). El vapor de agua, los óxidos de nitrógeno que se producen al descomponerse los nitratos con un efecto invernadero mucho más intenso; los óxidos de azufre (son menos abundantes); el metano producido por los herviboros, que se desprende del suelo y del fondo de los mares donde se encuentra atrapado en forma de complejos con el hielo en una cantidad asombrosa (permafrost); … Y dicen que los combustibles fósiles (carbón y petróleo) producen el CO2 que lo causa. Estudios sobre las formas de vida africanas demuestran que una de sus costumbres corriente es preparar el terreno de cultivo quemando los vegetales que cubren la tierra, y que este procedimiento genera una cantidad de CO2 casi equivalente a la que produce Europa. 

Pero ¿influimos en el clima?. Posiblemente, pero no podemos dejarnos llevar por los intereses de políticos, multinacionales, y así. El premio nobel de la paz, exvicepresidente norteamericano Al Gore posee minas de cinc y germanio que contaminan ni se sabe, y él va dando conferencias por el mundo sobre contaminación y cambio climático, a razón de unos 30 mil euros cada una o más, viajando con su jet privado que contamina lo que cientos de coches. Extraño interés por el bien común y lucha contra la polución la del premio nobel. 

La complejidad del tema es impresionante. Un hecho: si aumenta la concentración del CO2 la presión de éste en la atmósfera hará que se disuelva mejor en los mares y océanos pasando a ser almacenado en disolución y en los esqueletos calcáreos de los animales; además de que es posible que la función clorofílica de las plantas verdes aumente y pasen a ser más abundantes atrapando el gas. No se conocen todas las implicaciones en un mundo sistémico donde todo está interrelacionado y existen mecanismos de control de la propia naturaleza. Tan es así que cuando Lovelock escribió sobre ello pronto escribieron de Gea, la Tierra, como un mundo vivo e inteligente. No creo que coartar el desarrollo de las naciones menos desarrolladas sea el camino de evitar algo que no se conoce bien. Puede ser una forma de manipulación de naciones y empresas multinacionales poderosas por el control de la economía mundial. 

Y es que si el proceso tiene origen natural (muy probable) nada se va a poder hacer para evitarlo. Parcialmente la humanidad influye en los procesos fisicoquímicos del ambiente, atmósfera, mares... Es muy saludable usar las energías alternativas, en un avance lógico de la técnica y recursos asequibles e investigar en el uso de otras formas de energía como puede ser la nuclear de fisión y la de fusión (algunos dicen que esta última nunca será accesible), la fotovoltaica, eólica, geotérmica, de las mareas... 
Existen muchos otros problemas conectados con éste, como son los usos de sustancias tensioactivas (detergentes), metales pesados, producción de sustancias cancerígenas y venenosas en las combustiones y en los procesos de obtención y producción, aprovechamiento descontrolado y abusivo de los bienes naturales que dan lugar a cambios en el hábitat y desaparición de especies de animales y vegetales, …. aunque esto también es un proceso natural. 

Prudencia en los planteamientos y en la forma de vivir. Eso exige la cuestión. Y análisis crítico de las decisiones políticas e informaciones generales. 

sábado, 23 de noviembre de 2019

«Dicen que no hablan las plantas...», de Rosalía de Castro por Aitana Sánchez-Gijón

«Dicen que no hablan las plantas...», de Rosalía de Castro por Aitana Sánchez-Gijón, en YouTube:


Para más Rosalía de Castro en mi blog:
 galefod.blogspot.com

en el siguiente enlace:




Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

domingo, 3 de noviembre de 2019

Juerga en el cielo. Manuel Benítez Carrasco.

Sobre la poesía de Manuel Benítez Carrasco, visitar:
https://galefod.blogspot.com/search/label/Manuel%20Benitez%20Carrasco

MANUEL BENÍTEZ CARRASCO nació en Granada el 1 de diciembre de 1922 en pleno corazón del barrio del Albayzín, en la placeta del Salvador a la que tantas veces recitará y en el seno de una familia muy religiosa. 
Pasó los primeros años de su infancia entre la colegiata albaicinera donde su tío Manuel Benítez Martínez era el coadjutor, la ermita de San Miguel Alto donde su padre ejercía de carpintero y vivía con su familia y las escuelas del Ave María, donde, como él mismo decía, aprendió las primeras letras. Así, dada la ubicación de su cuna no es de extrañar que el poeta haya traducido desde sus primeros escritos la belleza de Granada que sus ojos contemplaban desde los altos del cerro del Aceituno y por los requiebros de las callejuelas de su Albayzín natal.
Benítez Carrasco inició su carrera literaria colaborando en la revista poética "Colección Vientos del Sur". Muy joven, en 1943, obtuvo su primer premio de relevancia, el Premio Nacional de Teatro de Escuadra con la obra "Luz de Amanecer", comenzando desde este momento una trayectoria literaria jalonada de galardones.
En 1947 marcha a Madrid. Ciudad donde comenzó a ganarse la vida como poeta, recitando sus poesías en teatros y clubes en los años 50. Según explicó Delgado-Calvo, la peculiaridad de Benítez Carrasco reside en que "no fue un poeta al uso como los conocemos hoy, que publican sus libros y les llaman para dar conferencias", sino un "poeta de cartel" que se ganaba la vida recitando su poesía en teatros y clubes de lujo. "Lo que nadie puede discutirle a Benítez Carrasco es que salía a un escenario a recitar sus poesías y triunfaba. Llenaba los escenarios, los abarrotaba”
Sin embargo, en Madrid no termina de encontrar su hueco y se marcha a América, donde le llega el éxito. Desde 1955 su figura es totalmente inseparable de Hispanoamérica: viaja a Cuba y en la isla caribeña permanece durante todo un año. A partir de este momento la figura de Manuel Benítez Carrasco es totalmente inseparable de México, donde pasa gran parte de su vida.
A partir de los años 70, Benítez Carrasco empezó a alternar su residencia en México con estancias en Granada, donde murió en 1999.
En 1998 fue nombrado hijo predilecto de la ciudad de Granada, año en que también se le dedicó una importante avenida en el barrio de la Oliva en Sevilla. Muere el 25 de Noviembre de 1999.