lunes, 20 de mayo de 2013

Pablo García Baena

En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba. Fue declarado Hijo Predilecto de Andalucía en 1988, y Premio Andalucía de las Letras en 1992. En 2004 recibió la Medalla de Oro de la Provincia de Málaga en la que pasó una gran parte de su vida. Actualmente, es miembro de la Comisión Asesora del Centro Andaluz de las Letras, del que es director. Su poesía posee un acento gongorino y sensualidad, e incluye la temática religiosa de los ritos y las procesiones. Su obra poética hasta la fecha se halla reunida en Poesía completa (1940-2008) (Madrid, Visor, 2008). En mayo de 2008 gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En octubre de 2012 ha recibido el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca. (Biografía tomada de Wikipedia)

LAS SANTAS MUJERES

Hemos llorado tanto que apenas si podemos recordar.
Nuestras vecinas nos decían desde sus ventanas:
María, tus ropas están húmedas…
María, la albahaca de los pórticos te ha bañado en su agua amarga y verde.
María, ya no temas. Varas finas de olivo han cubierto las hachas de los lectores.
Sí. Hemos llorado tanto… … Las tres hemos llorado tanto
que ahora casi no sabemos otra cosa que llorar.
Toda la noche errantes llorando por las calles.
Como ciegos que tienden su mano en la penumbra y caen en las zanjas,
Llorando, nos caímos dormidas en los duros peldaños de los atrios
Y entre el suelo llorábamos.
Bajos los negros mantos, agrupadas, como funestas aves
Que aguardan el enjoyado dedo de los sátrapas
Para posar en él su altanería,
Seguras de que el ángel de cabellos vengadores
Vendría con la espada y la balanza
Para pesar las túnicas bordadas de campanas,
Las frías armaduras, los escudos, los yelmos y su airón de blasfemia
Las danzas como llama que surge de los pífanos
Y las miradas que alargan los celos o la envidia,
En tanto el cuerpo teme y escurre tembloroso
La inmunda pedrería de sus llagas
Como áspid que abandona su escama entre los mimbres.
Sí. Hemos llorado tanto…
Nuestras ropas van húmedas de llanto y madrugada.
María y tú, María, y tú también, María
Las tres, hace miles de noches que lloramos.
(Caminan mientras hablan las santas mujeres.
Todo el pueblo las sigue
Y el Nazareno, pálido en sus pesadas andas de lirios luminosos,
Bendice a la campiña de lejanos cortijos,
Donde bajo el azahar, los martinetes lloran la pasión del Señor).
Jerusalén, Jerusalén, hacia ti nos volvemos.
Míranos: tres mujeres andando ya sin fuerzas.
Nuestra voz nadie oye. Y hay sangre por tus muros,
Hay sangre entre tus piedras como musgo rojizo,
Toda tú, esponja ávida empapada de sangre.
¿Qué dirán las vecinas cuando nos vean volver?
María, tienes paja en el pelo…
María, algo punza en tus ojos. Se dirían acericos donde arden alfileres.
María, ¿aún tiemblas? Tus manos en su fiebre buscan no sé qué pájaros de angustia.
Hemos llorado tanto que apenas si podemos recordar.
Dejamos nuestras casas creyendo que en seguida volveríamos.
El pan siguió cociéndose al fuego de los hornos.
La escalera apoyada en el viejo manzano para coger sus frutos.
Los calderos dispuestos, derritiendo manteca,
 ahora es todo ceniza.
Somos pobres mujeres. Al pasar bajo un arco
Los niños han gritado creyéndonos embriagadas.
Sí, vamos ebrias de llanto. Vamos andando, torpes,
Dado tumbos, cayendo.
Somos mujeres débiles, pero una fuerza oculta nos obliga decir
Algo que sólo sabemos expresar con el llanto.


LA HUERTA DE LA CRUZ

El camino entre huertas que deja a la Fuensanta,
campesina y humilde, a un lado y en el otro
el pozo de la gracia con su promesa ciega,
me lleva perezoso por su polvo sediento.
Primero está la huerta de la Capilla; verdes
los cipreses se elevan ávidos de luceros.
El camino se dobla en la higuera que cruje
junto a la dulce y vana delicia de las cañas.
Otra huerta. Las coles, ostentan orgullosas
la pompa de sus hojas de un morado litúrgico
y en la noria que un viejo caballo redondea
la música del agua salta en los arcaduces.
Cansino como un buey mi paso va dejando
huellas sobre la tierra que borran otras huellas.
Unos cardos levantan el reseco tormento
de sus púas que hieren al débil airecillo.
El sol en su agonía me besa largamente.
Mi frente resplandece en invisibles halos
y aquella mariposa ha libado un momento
en la oscura y estéril dalia de mi chaqueta.
Pasado ya el arroyo, la huerta de la Cruz
levanta la blancura ruinosa de sus tapias.
El hierro de la verja agriamente rechina
y Sultana me ladra, furiosa, sin saberme.
Cuánto tiempo ha pasado desde que yo de niño
corría por la arena íntima de esta senda
y Sultana venía a recibir alegre
el temeroso halago de mi caricia tímida.
Corrían otros tiempos. Yo venía con mi madre
a ver a la que hoy es mujer de mi hermano.
El padre casi ciego junto al fuego encendido
estrechaba mi mano ente sus manos rudas.
Soledad y sus hermanas Pilar, María, Elisa
me llevaban contento al establo. Las vacas
miraban asombradas con sus ojos ingenuos
de niña a quien sonríe un hombre por la calle.
Soledad me llenaba los bolsillos de peras,
de ciruelas, de nueces, la boca de pestiños
y en mis manos ponía el tazón humeante
de leche como un cáliz que me ofreciera el campo.
Luego, yo, distraído, miraba por la sala
donde los viejos cuadros apagaban sus brillos:
La Inmaculada azul y en un piadoso cromo
San Onofre cubría su desnudo de yedras.
A la vuelta la tierra respiraba el sosiego
de la tarde. Como una fresca gota encendida
en el soñado pétalo del crepúsculo puro
derramaba una estrella sus luces de diamante.
Mi madre, entre sus brazos, llevaba virginales
azucenas blanquísimas y rosas como llamas
y entre el verde temblor de la albahaca primera
se perdía el perfume del morado heliotropo.
El camino a la vuelta era tan diferente…
Todo triste: el arroyo con sus húmedas hierbas,
las huertas, las higueras, la noria solitaria
y al final la Fuensanta mecida por los grillos.


OTOÑO EN LOS CASTAÑOS

Quiero morir de amor esta tarde en el campo.
Estoy echado solo, con Dios y mi poesía,
sobre la tierra húmeda del castañar que el viento
del otoño descrencha con su peine de frío.
Mátame dulcemente, muerte que nos acechas:
ven ahora callada, ven ahora, callada
por el sendero, ahora que el corazón me tiembla
de amor, que todavía puedo darlo sangrante
y destrozado pero como una fuente puro.
Ven que quiero contarte esta tarde en el campo,
a ti, que sólo tú podrías consolarme,
todo el amargo cauce de mi llanto secreto,
a ti, que eres la única confidente que calla.
Un pájaro vuela por los pinos. ¿Son tus alas
las que mueven las nubes brillantes por el cielo
o vendrás cautelosa avanzando en la sombra,
y no oiré ni el crujido de las hojas pisadas?
Si eres libertadora de todo sufrimiento,
no, no vengas ahora a esta cita en el campo,
si te llamó no quiero el olvido en tu sueño
sino el quedar por siempre eterno en mi recuerdo.
Ven pronto, pronto, muerte. Ven, muerte, que te llamo,
antes que el corazón se me enturbie de odios
y me ciña el deseo con sus llamas ardientes.
Antes de que despierte el desprecio dormido,
ven, y en tu dura piedra, haz mi dolor eterno.
Ven, muerte, que no quiero olvidar, y ya veo
al fondo del dolor la aurora del olvido.
Ven, que quiero morir esta tarde en el campo.


ÉGLOGA DE BELISA

En la selva sombría
que el manso viento arrulla y enamora,
la clara luz del día
rompe la engañadora
niebla y la noche cae ante la aurora.
A las luces suaves
que el caballo del alba va encendiendo,
las parleruelas aves
el silencio rompiendo
un coro deleitoso sosteniendo.
Por entre los laureles
que al arroyo le prestan su verdura,
cantando sin rabeles,
un pastor con ternura
velaba con el llanto su amargura:
Árboles que al venero
de sus ojos mirasteis vuestras ramas,
hablad de la que quiero,
que al cielo de las famas
llega el ardor hirviente de mis llamas.
Canarios que en la pluma
de sus manos hicisteis vuestros nidos.
Alondra que en la espuma
de sus labios heridos
bebiste los cristales encendidos.
Y tú, luna medrosa
que huyes de la fría amanecida,
no corras presurosa,
mira la enfebrecida
mano que arrebató mi propia vida.
Escucha, selva entera,
oye la historia de mi desventura.
Detente, primavera,
y con tu veste pura
ahuyenta de mi frente la locura.
Belisa la pastora,
y yo, de dulce amor los dos sufriendo,
salimos a deshora
de la majada huyendo,
el aire de los corzos persiguiendo.
La selva iluminada
por la luna y los cándidos luceros,
el aura sosegada,
los trinos placenteros
del galán ruiseñor y los jilgueros.
Al viento el pie desnudo
corriendo sobre perlas de rocío;
en la cintura el nudo
de un torpe escalofrío
que mi brazo rodea en su desvío.
En la noche, sus manos
volaban como azor en cetrería,
parándose en los vanos
jazmines de luz fría
y en las silvestres rosas de la umbría.
Ángeles cazadores,
por los cotos en flor de las esferas,
desde sus miradores
lanzaban las primeras
flechas de verde luz a las riberas.
Y yo en mi caracola
rizaba un aire áspero y guerrero,
que temblaba la sola
selva a su toque fiero
como pájaro en redes prisionero.
Cerca ya del remanso
donde el río naufraga en surtidores,
los ciervos en descanso
dormían soñadores,
ajenos a la caza y sus ardores.
La luna iluminaba
anclados en el río los jardines,
la noche desgranaba
sus mágicos violines
sobre volantes peces y delfines.
Al canto de Belisa
y al ronco son del caracol al viento,
despertaba la brisa
el ojo soñoliento,
espantando a los ciervos su lamento.
Un tímido corcillo
que en los juncos pacía su blancura,
entre el verde tomillo
huyó por la espesura,
rompiendo en los cristales su figura.
Belisa, voladora
corrió tras él por juncias y zarzales.
Su pelo, que atesora
el oro en los banales
lazos, rompió, ahogando litorales.
La nieve que al cordero
despojó de la lana su vestido,
en el espino fiero
deja un copo prendido,
lirio de yelo en nácar florecido.
En mi ruda ballesta
tendí del arco los fuertes cordeles
y la saeta presta
voló por los laureles,
deshojando del vien /eles.
Mas, ¡ay!, que ya no puedo
seguir porque la voz naufraga en llanto.
Ven, pues no tengo miedo,
muerte, que no me espanto:
corta el hilo grosero de mi canto.
Tanto como la flecha
corrí por la vereda oscurecida
donde la muerte acecha:
allí estaba tendida
Belisa despojada de su vida.
Allí estaba clavada,
derritiendo la nieve de su seno
la saeta lanzada.
Allí de sangre lleno
su cuerpo se enfriaba sobre el heno.
La cinta que a su pelo
recogía, celeste y volandera,
destrenzaba su anhelo
entre la zarza fiera
flotando de la muerte la bandera.
La sangre se paraba
en los ocultos cauces de sus venas,
el céfiro enlazaba
en sus manos serenas
guirnaldas de alhelíes y azucenas.
¡Ay noche despiadada,
deshoja las estrellas de tu cielo!
Detente, madrugada
bajo tu yerto velo,
que tu luz no verá mi desconsuelo.
Y tú, profundo río,
ahoga entre tus olas ya mi vida,
que tu fondo sombrío
sea la tumba perdida
donde duerma ni sien enloquecida.
La selva se dormía…
Cerró el agua sus alas de cristales.
Lejos, amanecía
y junto a los trigales
balaban sin pastor los recentales.


LA MUCHACHA DESNUDA ENTRE VIDRIOS
A Manolo Hidalgo

Muchacha ¿qué llevas en tu frente?
anoche todavía era pálida…
La mesa estaba sola como el bosque
y la lámpara ardía para el llanto.
Por el espejo en niebla, los rincones
se llenaban de telas destrozadas.
¡Oh, deja que me ría!
Había tabaco y sangre.
de una rota botella, sobre el suelo,
escapaba en silencio la serpiente del día.
llamaron en la puerta. Unos nudillos tercos
golpeaban sin descanso la madera.
No preguntadme nada.
Hay un violín que aquieta los leones.
Muchacha ¿qué llevas en tus ojos?
anoche todavía eran ciegos…
Paseaba con mi cesto de frutas por la acera
despidiendo las horas que clavaban sus dientes
en el bronce mortal de los crepúsculos.
Pasó, con su gabán raído, sin mirarme
y su mano estrujaba hasta el perfume
el limón del destino.
Dormía entre su boca el trofeo del desdén
como si hubiera bebido en el cáliz de un dios
un licor de amargura y paraíso
o tuviera la llave de algún jardín prohibido.
Y tras él se arrastraba el grito de los raptos
en la hora más bella del estío
y la crencha de una reina implorante en un templo. 
Desnuda entre sus vidrios
la noche alzaba su severa frente
y la vieja mendiga del otoño
recogía las hojas en su saco.
Corrí para ofrecerle de mis frutas:
manzanas, sí, manzanas serían sus preferidas.
Grité hasta encontrarlo: ¡Ay, espera!,
y ahora un dogal de tristeza estrangula mi cuello.
¿No veis que resplandezco. ¿Para qué preguntar?
Muchacha ¿qué llevas en tus labios?
Anoche todavía no tenía color…
la calle desgarraba el vestido en mis hombros
con sus mil manos torpes
y una joya inapreciable,
un collar de miradas insomnes y marchitas
me ceñía desnuda todo el cuerpo.
Había ojos voraces en mis rodillas
que subían por mis brazos con el frío de los reptiles
y mi pecho apenas si respiraba
bajo murientes ascuas.
Una llama trémula de alientos
como el petróleo que incendia la sombra de las galerías
deslizaba sus lenguas por mi vientre.
La lluvia con sus pliegues me detuvo en un atrio
y un brazo de dominio estrechó mi cintura.
Me sentía tan débil que apenas si en la escalera puede recordar:
«Era el campo y bebí leche tibia en un vaso.
Había fresas».
Más tarde, al levantarme,
vi el hoyo de mi cuerpo sobre la sucia sábana
y ahogadas sus palabras en la roja marea de la fiebre
el murmuraba: Tus labios, ah, tus labios…
cuando yo recogía del mantel las monedas
¿Por qué me preguntáis? No sé nada.
Arrodíllate.
Llevo en mis labios el beso que se compra.



EL RETORNO

Esa gota de agua que resuena en la piedra de la cegada fuente
e da el acorde grave de tus días,
pródigo que regresas por jardines de olvido
escuchando los ecos lejanos de pisadas.
He aquí la muralla y la sombra cambiante del amarillo limonero
donde el adolescente alza su grito melancólico
como ave que despierta asustada en la noche.
Aquí tu dicha tuvo su oriente y aún las palmas
parecen respirar aquella dicha,
aquella brisa que adormece y canta con un dulce zureo de palomas
y acaricia en su seda ligera al misterioso caminante.
Mira el cancel, el banco de los doctos canónigos,
el pregón del otoño rojeante
como canción sagrada de Cecilia
que expira en el cuchillo martirial de las arpas.
Mira, ya casi noche,
las calles donde al turbio conjuro de los ojos
muchachos verdes por el agua desnuda de los aljibes
retuercen con sus uñas finas el corazón de las guitarras.
Oye las palabras que quedaron mudas en tus labios
como campanas lentas que cierran los atardeceres.
Campanas de conventos por la cuesta del Bailío,
calles de la Paciencia, de la Rosa, del Agua.
Olor de jaras que arden en los hornos de tortas.
Sobre verjas secretas buganvillas estallan
y el pan, como redonda joya campesina,
en los serones luce su oro bárbaro y religioso.
Esta es tu casa, Pródigo. Hoy que vuelves
mira las solitarias cámaras, los pórticos ruinosos,
las resonantes bóvedas y esa puerta cerrada…
No encontrarás la llave ni el puñal para abrirla.
Detén tu mano.
gladiador celeste te prohíbe el umbral de tu edén más amargo.
Mas tú adivinas casi, por entre las rendijas de la vieja madera,
ese pozo que entrega su dormido frescor
a la caricia en sombra de la parra.
Aunque una vez bebiste en su profundo cuenco de agua resonante
ya siempre tendrás sed por los caminos. 


EL PUESTO DE LECHE

Al frío de las ocho,
cuando en las piedras lisas de la calle
golpea la herradura pesada de los mulos
y el arriero anuda la soga en la ventana,
llegaba la leche en las viejas cántaras resonantes,
hondas como cañadas donde un arroyo en sombra
perfuma con los verdes lentiscos de la aurora
y una canción lejana
iba abriendo postigos en el sueño.
En el compás angosto, bajo la acacia rosa
y el silencio apagado del naranjo,
manos hábiles armaban la frágil lona y el toldo sombrío
donde guardar la amarga languidez de los nísperos,
la frescura suave de los albarcoques,
de un sol celoso que en cúspide de dicha
consume en su pasión cuanto acaricia.
bajaban de los carros los cestos de manzanas,
las lechugas aún húmedas de noche,
y la azul platería de los peces,
fría en su carne tersa de sonrosados vidrios
como un silbo de luna en los aljibes de la madrugada.
El portal de la leche,
con su estrella de cristal de colores
verde, rojo, naranja,
se llenaba de cántaros misteriosos y pródigos
como las zafras mágicas de la leyenda.
El niño recordaba las láminas sencillas
de la Historia Sagrada: José desnudo junto a la cisterna
mientras los mercaderes cargaban con sus odres los durmientes camellos,
y el ánfora de Ruth entre las mieses,
y los vasos ungidos que Baltasar profana
con un vino rojo de cinturas esbeltas y canelas nocturnas,
y el maestresala de las bodas de Cana
dando órdenes, junto a las vasijas de barro,
al joven escanciador que colma las copas nupciales.
Sobre los muros blancos del portal, viejas litografías
orilladas de moscas en sus marcos de nogalina
mostraban a Isabel la Católica, rodeada de obispos,
en su blanca hacanea entrando por Segovia,
y sobre el mismo cojín de seda asina,
celeste como el ala de libélulas raudas en torno de los juncos,
desangraba Holofernes su cuello en surtidores
y Colón arrodilla al indio temeroso, entre frutos calientes como pecados jóvenes
y un revuelo triunfal de papagayos.
Al fondo, tras la puerta vidriera, estaba el patio
en su sueño de arcos dormidos al suspiro tenue del agua viva
y la mañana clara acallaba noctámbulas serenatas de olores:
los dompedros carmíneos, las caracolas pálidas
y moradas como oídos pequeños atentos en un halo de músicas secretas
y el punzón de marfil de las damas de noche
hiriendo el turbio pétalo, como lacrimatorios
goteantes de luna, de madreselvas vírgenes.
Así vosotros florecéis de nuevo en mi caída noche,
patio, portal, compás angosto bajo la acacia rosa
y esa sombra que ronda vuestro hastío melancólico,
vuestro olvido humeante, atardecer de niebla,
fugaz, por un momento, detiene el paso y mira.


HIMNO DEL CEDRO

Oh qué dulce negrura perfumada
bajo tu copa virgen que la noche cobija.
Oh, alcanzar tu sombra,
nube que no has querido abandonar la tierra,
llegar desde lejanos países, cuando el sol,
igual que una garza que se desangrara,
deja caer las gotas ardientes de sus rayos;
llegar hasta tu sombra,
suave negrura perfumada.
Una palabra bajo la gruta secreta de tus ramas,
una palabra sola, dicha en voz baja,
¿o fue sólo el rumor de la hierba y la luna?,
una palabra sólo en la noche lánguida de lilas y suspiros
me aparta de ti,
cedro, que sueltas tus cabellos perfumados de pájaros
a la caricia de la noche,
que te abandona, herido, ante la espada lívida del alba.
Oh, quién llegara de nuevo
a percibir el perfumado beso de tu tronco,
como esa pareja que sube a la montaña sólo por verte,
cambiando entre sí caracoles y florecillas,
bajo las frondas que el Amor fugitivo enciende en músicas,
con las cabezas reclinadas y las manos unidas,
subiendo despacio a la montaña,
sólo por verte, cedro, suave negrura perfumada.


SUEÑO DE ADÁN
A Bernabé Fernández-Canivell

Dormido estoy, pues que dormir es esta
sombra que al primer barro me devuelve.
Dormido en el vergel de Dios, cansado
entre sus manos grandes que meciendo
van mi sueño, el jardín, la tierra oscura.
Alta es la noche. Al aire, la candela
redonda y blanca fulge de la luna,
esparciendo claror en el silencio.
¿Silencio? Sí, silencio. Dios respira
en silencio de estrellas. Más, rumores
hinchan el bosque como fruto cálido,
estallante. Vibran de luz las alas
de oropéndola y cínife. Los ciervos,
entre el rojo carbunclo de la adelfa,
braman, la llama es a de las astas
enredada de rosas, ¿no era rosa
el nombre que le di a aquel aroma
vivo y fugaz? Las palmas se estremecen,
se orean con el viento de las águilas
emparejadas. Juntas van las aves
y un animal se tiende cerca de otro.
Mas mi sombra está sola sobre el mundo…
sombra de rey. Ser rey es estar solo.
¡Déjame pasear entre tus aguas,
lluvia del sueño! Anega mis arcillas
interiores y suéname un ser nuevo.
Invade mis riberas tal la ola
que la cárcava llena y en la playa
deja el nácar bellido de las conchas.
Déjame tú también su grácil nácar
entre mis manos, como un lirio príncipe
del alba por mi carne floreciendo.
Un nuevo ser de luz, graciosamente
errando entre las frondas virginales,
de fuego y ala su incipiente paso.
Criatura cereal, tronco de frutas
recientes, algo torpe vive, enreda
su verde llama fría como escama
por sus hombros de flor, entre las hojas
mojadas de sus ojos y profundas…
Así te pienso y surges en mis manos.
Voz sagrada de Dios. La tarde tiembla
en sus turbios balajes. Queda el canto
del pájaro hecho sal. ¿Aún yo sueño?
la fuente evoca su faisán esquivo.
Germinada en mi espalda, como un ala
pesas y yo te llevo. Lumbre angélica,
embellece el laurel desnudo y joven,
incendia, árbol de ascuas, el violado
jardín que alza su oración de humo.
No mires hacia atrás. En nuestra carne
rojos dientes de zarzas. Está abierta
la puerta y fuera gime el viento solo.


CENIZA
Al Padre Gerardo de Jesús, C.D.

Otra vez tu ceniza, Señor, sobre mi frente…
Polvo soy que algún día volverá hasta tus plantas.
Polvo en la muerte y polvo ahora que aún vivo
perdido entre la arcilla blanda de tu universo.
Otra vez la ceniza ardiente como ascua
que estalla en el volcán de tu amor implacable,
lucha por derribar, por abatir en Vida
la altiva barbacana que levanta sus muros
en la ciudad confusa de mi alma.
Otra vez la ceniza llamando está en la puerta de mi frente
con arrullo o con látigo,
ahora que el deseo me asfixiaba en la sombra de su gran lino negro,
ahora que en mi tacto se disipaba un mundo como un vaso quebrado,
un mundo donde abren sus corolas violentas los senos de vírgenes,
un mundo que no cree en los antiguos dioses,
pero adorna su ara con verbena olorosa
y se engaña pensando que el viento entre la hierba
es la pezuña ágil del sátiro que baila.
Pero has llegado Tú, y aunque es primavera he de cerrar los ojos.
No podré recordar ni siquiera estos días
tibios y embriagadores como un vino vertido de turbadoras ánforas
y de todo mi cuerpo ahuyentaré aquel vaho que me ahoga,
el humo sofocante de una mirada
que arde con la llama azul de los espinos quemados en la sierra,
cuando el pastor descansa su cabeza en el báculo.
Y mis manos, que se placían en el halago dulce de los azahares,
que se ataban a otras manos
como se atan en la canastilla de la Purificación la paloma o la tórtola,
podrán sólo enlazarse a la espiga, a la llaga,
acariciar la moneda que se da a los mendigos cuando nadie nos mira,
crisparse sobre la madera del confesonario
cuando, rodilla en tierra, los labios van alzando las cortinas del alma;
o subir como llamas implorantes hasta tu cielo,
como lenguas rosadas de aquellos animales
que en el circo lamían la sandalia del mártir.
Subirán a tu cielo como el perro que teme
y confía y se arrastra delante de su amo,
subirán a tu cielo suplicando que anegues
en tu ceniza viva todo incendio que se levante en mí
y que tu lava arrase mis mármoles paganos,
la púrpura soberbia de mis templos,
los plintos florecidos de mis deseos,
aun cuando en las almenas de las torres
haya arqueros que apresten contra Ti sus aljabas
y la sangre hierva por mi cuerpo
como un hormiguero aplastado en el camino.


DÍA DE LA IRA

Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
el labio casi helado de besar tanta muerte.
Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
como una carne mísera, tibia para las moscas.
Sobre tu piedra estoy, no vencido, ligado:
hiere y al turbio caño de la sangre el impuro
animal de vagido caliente perezca,
pues que amó la carne y su comercio
y fue carnal el llanto para él, como un miedo
cobarde de pichones en las manos
y la oración un pétalo manchado entre los dientes.
Raspa, rae de mi lengua su nombre, si aún tienes
en el día del rigor panales de dulzura
y opera con tu largo bisturí de clemencia
el corazón, la entraña que no tuvo cansancio
ni olvido en el sopor del vino y de las noches
y que implacablemente perseguías
por las angostas calles de la antigua tristeza.
Rebana de los dedos su urdimbre de caricias
y deja que mis manos palpen ciegas y ajenas
la larga tela fría del desengaño.
Inerme sobre el mármol escucho el viento tuyo
de las trompas alzadas a la luna postrera,
cuando el ángel apaga la lucerna del tiempo
y remueve las vendas,
el sombrío aposento de las urnas,
el agujero oscuro, el cenotafio…
porque desnudo estoy ante ti y te temo.


PASÓ ENTRE LOS HOMBRES

Pasó entre los hombres.
Estuvo en la tierra.
Lo vieron las redes
las barcas de pesca
—llevaba en sus labios
unas flores frescas—,
el polvo, el camino,
la espina, la tuera
—llevaba en sus ojos
como un agua nueva—,
el templo, la tórtola,
el siervo y la almena
-llevaba en sus manos
un pan de promesa
pasó… Sobre un monte
quedaron sus huellas.
—Cántara rojiza
de Caná, ¿recuerdas?
-Quieres que recuerde
¿y era primavera?
Como de mujer
es mi carne tensa
y son cien las bocas
a palparme ciegas,
a morder sedientas
mi barro inocente,
¿y era primavera?
Danzaría la noche
granate de hogueras
y el vino devuelto
sangraría en la fiesta
sobre los desnudos
vientres de doncellas…
¿Quieres que recuerde?
—almazara lenta
del Huerto de Olivas,
tú sí que te acuerdas.
—¿Dices que llevaban
espadas, linternas,
escudos y adargas
al viento de guerra?
¡Han pasado tantos
al son de trompetas!
y es siempre la misma
mi labor: gotea
la paz del aceite
en sumisa ofrenda.
—Pozo de Samaria
bajo palma enhiesta,
dime sus palabras…
—¡Mi agua es tan vieja!
¡Ha escuchado tantas
palabras eternas!
Finos tañedores
de la luna llena,
jóvenes galanes,
la oscura belleza
del amor cántaro!
como enredadera
de labios ardientes
y ardientes caderas,
junto al manadero
de linfas secretas.
Y era sed el aire,
la costra de piedra,
ll almez y el águila,
la ruda y la menta.
y fluía mi agua
límpida y dispersa,
inútil… Tenían
sed de turbias venas.
-Tal vez tú te acuerdes,
tú, la higuera seca.
Más que amor, perdura
el odio y su lengua.
-Dicen que maldijo
mi sombra… La siesta
doblaba las mieses
y un clavel de arena
secaba los labios.
Verde en la vereda
la jarra vacía
de mis hojas bellas.
Vino: Con su mano
sanó mi madera.
Ardieron mis huesos
y una miel añeja
de amor, como llanto,
me hizo colmena.
Hoy tengo en mis ramas
un fruto de estrellas.



A LA LUNA

Suspiro de la noche, perla fría
que el estival ardor cambias en nieve.
Fuente donde la alondra trinos bebe,
azor de la nocturna cetrería.
Alas que navegáis la helada ría
del cielo en brazos de la brisa leve.
Rosa dormida en luz, de donde llueve
frescura de silencio y melodía.
Amantes que en la noche serenada
empañáis los cristales de la luna
con el suspiro que os destroza el seno:
Besad, que ya la aurora viene alada,
antes que Febo salte de su cuna
y que el olvido vierta su veneno.


NIÑA DE LOS PEINES

Giralda de las voces… Padecía
por su garganta un ave prisionera.
Era la pena de la petenera
y era un vuelo de llanto y agonía.
Ente el celo y la muerte y la armonía
de la amargura ardiendo como cera
está Pastora sobre su ara ibera:
Nuestra Señora del Andalucía.
Cádiz de sal, Triana de la luna,
Málaga del jazmín, Córdoba amante,
le dan el vino denso del olvido.
Y ella, que el grito y el silencio auna,
raja el granado rojo de su cante
y entrega el corazón y su latido.


COMO EL ÁRBOL DORADO

Como el árbol dorado sueña la hoja verde,
ahora que no estás y en los bosques nevados
cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,
los jóvenes deseos a la deriva quieren
cubrir tu memorial de húmedas laureas.
Era el marzo feliz que oreaban los vientos:
primaveral basílica los juncos erigían,
las varitas moradas de san José, la avena
como lluvia menuda y un recado secreto
la cardelina lleva por alfarjes de ramas.
Así como la tierra mi corazón hinchado
germinaba de ocultas semillas sepultadas.
Así como la tierra nupcias al mar ofrece
el oleaje crespo de los besos unía
labio y tierra en anillos de herrín indestruíbles.
Veíamos el mundo juntos sobre la roca…
qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda
que luego tú serías, rojeantes racimos
de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua
cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.
Pero el cielo era puro y fugaz y la loca
alegría de vivir, esa máscara errante
y beoda reía bajo el galoneado
raso del capuchón del dominó talar,
otorgando antifaces que realidad cubrían.
La tristeza, una calle por donde no pasábamos,
la poesía, una flauta que gime abandonada
y el rezo y los sociales lazos y la amistad,
esa vieja burguesa con labor de ganchillo,
nos vieron ir desnudos bajo constelaciones.
Sabíamos que un soplo acabaría con todo:
estancias en la noche centelleante de arañas,
copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa
y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,
desgarrando la cola de satén de la huida.
Sabíamos que un soplo… Y que no volvería
aquel vino jamás a mojar nuestros labios.
Confusamente turbia tiendo la mano ahora
hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento,
y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo. 



Todos los santos

Suena la noche, suena el cautiverio
tenebroso, cadenas arrastradas
por el mármol. Inician !as maderas
y el metal la batalla de la orquesta,
la nublada obertura crece suave,
gotea la cera sobre el paño negro.
Si pudieras dormir. Agazapado
el volatín de los timbales salta,
ríe, te trae desnudo hasta la cama,
bufón de cresta roja, cascabeles.
Ya no puedes dormir. Estás conmigo,
ah vana sombra, aparta tu ternura,
tu torrente de lágrimas: la grave
camelia del oboe se desangra.
Ahí está la mancha. Leve, asciende,
voces humanas, órgano, los tubos
plateados del álamo en el bosque
tienen tu voz. Apaga los blandones,
retira antifonarios. Barbitúricos,
dosis letal de fiebre y laberinto,
tu cabellera flota todavía
por amargos violines del insomnio.
Sube el fagot, el panteón cerrado
ilumina la ojiva de las arpas,
pabilos crujen junto al hueco oscuro.
Humo es el sauce y su atabal ceniza.
Bebe en mi corazón. Cómo estremecen
las lilas, las violas, las sonoras
cajas el ritmo marcan de latidos.
Vuélvete a la pared. Están los sueños
exhumando el espectro. Rosas abren
por las trompas. Estallan las carcasas
de primavera, besos, huellas fulgen.
Duerme. El velorio sigue de las flautas,
pavanas para un tiempo ya difunto,
barraganía inútil del recuerdo.


ULTIMA SOLEDAD

Luis de Góngora 
¿Les decias todo?
Apenas si supieron que vivías,
que vertías tu sangre,
entre el ramaje intonso de las fábulas,
vistiendo la tristeza de metales leonados,
de áspides volantes el hastío
y la melancolía
de blancos cisnes o de luíos bellos.
El orgullo te queda.
Ya es bien poco
que oscura vida fue, hostil, limando
almenas, torres albarranas, muros,
irrespirable el aire como plaza
sitiada por el hambre y la epidemia.
A ti, que disponías de los oros de Arabia,
de la púrpura una…
Los familiares, sí, para ellos todo,
ese orgullo quebrado,
esa victoria informe,
esa gloría que habrán de disputarte
los necios siempre.
Tal vez puedas reírte desde arriba.
Pero no quiero infierno o edén bobo
donde desde el altor, entre las nubes,
veamos el cruento
escenario dispuesto como trampa
en que la vida copia nuestras vidas
idénticas, ajena, sorda siempre,
en otros seres:
el rey mezquino y el valido inútil,
vanaglorias, insidias, abandonos,
sin que podamos mejorar el lance.
Preferible será dormir por siempre,
abismo ilimitado sin olas,
sin memoria,
al pesado sopor de un vino basto
que nos haga olvidar ruin cobijo.
El mar cubriendo fiel el fraude abyecto.
Quizás la muerte es sentarse piedra
sobre sitial de piedra, soñolientos
como deidad o perros a la sombra
de los cedros celestes.
Y no oír ese rezo de llanto interminable,
esa rodante bola de suplicios,
de injurias, soledad, desvalimiento,
embebidos en el mineral espectáculo
de la propia perfección inmortal.
¡Qué larga noche!
Esa la desdichada recompensa:
El desdén silencioso de los dioses.
Vamos, pues se hace tarde,
libertadora la moneda fulva.



DIOS

CANTO LLANO

Ya hemos aceptado, Señor, el ser humildes.
Tu guadaña ha pasado sobre el heno rapando
las doradas cabezas del orgullo y la ira,
las cogullas moradas de nuestra penitencia.
¿Nos queda todavía algún don que entregarte?
Lo diste y lo quitaste. Lejos tan derrotas
que fueron labios, bellas ruinas silenciosas.
Aventa en tu gran horno nuestra mezquina hierba.
Pero ¿nos diste algo que no fuera amargura?
La efímera colmena de la vida bullía
de sonrisas… Vencidos por férreos guanteletes
nos pegamos al muro de los remordimientos.
Ahora paseamos tu soledad esperando
que alguna vez nos hables. Nuestras voces iguales
se elevan despojadas de afán, de sufrimiento,
como un árbol desnudo al llanto del otoño.
Danos la paz, Cordero de Dios, que es el olvido,
la paz que es el silencio, el sueño, el alimento
de nuestra muerte. Réquiem. El corazón, ya piedra,
aguarda de tu dedo el epitafio justo.




NICODEMO

El viento sopla donde quiere,
hinca los bieldos, hoz afila,
las vidas lleva y trae desnudas.
El alto fuego purifica,
aventa grano y alfoliero,
la paja esparce y la codicia.
Trema en las hojas del olivo,
barre la carne donde ardía
el matorral de la lujuria.
Aquí en la dura roca viva,
orto de luz, no pudridero,
hemos sembrado la semilla.
La feraz viña de la muerte
emparra roja la vendimia,
inagotable mosto cárdeno.
Sábanas plieguen, vendas ciñan.
Mientras lloraban las mujeres
el sicómoro florecía.
De sus palabras en la noche
bebió mi miedo en pura hidria:
amor, la gracia, el hijo, el reino.
Ahora ya sólo ungir el crisma.
¿Y eres maestro en Israel?
Libras de áloe y de mirra.
La antorcha está bajo el almud.
Ronda nocturna se adormila.
Rumor de alas por el huerto.
Irrumpe libre áurea insignia.
Veste real, cetro: mortaja.
Están las piedras removidas.
Oh pueblo mío del oprobio,
comino, eneldo, menta, brizna
errante para las hogueras.
Oh pueblo terco, raza mía,
oigo caer en el barreño
tu sangre cómplice y sumisa.





LA COCINA DE LOS ANGELES
Bartolomé Esteban Murillo 
¡Qué ir y venir esa Noche
por las cocinas del cielo!
Clara, en el punto de nieve,
Teresa, entre los pucheros.
La Carmen Soto vigila
calderetas y torreznos,
en tanto tocan a laudes
almireces y morteros.
Sumiller de mesa y boca,
pejes en nácar de Méjico,
Tobías el caminante
porta en azafates bellos
y adobado en pepitoria
el corzo de San Huberto
flamea entre las canelas
que inciensan fulvos braseros.
Amarguillos y perrunas
pizcan los franciscos legos
y los ángeles peinándose
el almíbar del cabello
rompen el alinde cande
de cornucopias de yelo.
Pinches son los serafines
y con albos pañizuelos
espejean como plata
los platos en los plateros.
Francolines de Milán,
plumas de rojo capelo
en horno de palosanto
doran pechugas al fuego.
Los pastores, que son hombres
de recental paramento,
cuecen habas, hierven gachas,
majan sal de salmorejos
y la majada se niebla
al humo de los espetos.
Parihuelas con salvillas,
frutas de sartén, buñuelos,
alfajores, bartolillos,
alojas de caramelo,
bechamelas, mostachones,
capuchinas, borrachuelos,
colman bandejas de azófar,
enmelan los lienzos duendos
y como hostiarios relucen
dulceras en los chineros.
El caldo de la Parida,
en áureo grial enhiesto,
al dar en punto las doce
sirve el Maestresala atento.
La Virgen, como es ayuno,
un suspiro es su alimento,
y al Niño recién nacido,
en niveo pórfido cuenco
que vela mano de ámbar,
da la leche de su pecho.

martes, 14 de mayo de 2013

Anselm Grün. Sobre los sueños.


Imagen de internet
INTERPRETACIÓN PSICOLÓGICA Y ESPIRITUAL DE LOS SUEÑOS 

A la hora de aplicar en la actualidad las palabras de la Biblia y la experiencia de la tradición, resulta conveniente confrontarlas con los conocimientos de la psicología moderna. No obstante, no se trata de abordar los sueños manera puramente psicológica, sino de tener en cuenta sus hallazgos. Resulta muy útil consultar libros de psicología sobre los sueños para tener una idea del universo de los símbolos y las imágenes. En primer lugar, tenemos que aprender el idioma en el que Dios quiere hablarme. Pero la tarea decisiva es preguntarse una y otra vez qué desea comunicarme con sus palabras. Debo hablar con Él sobre mis sueños, meditar ante Él acerca de las imágenes para así vislumbrar qué es lo que desea de mí. La interpretación de los sueños es cosa de Dios, le dice José a Faraón. Si se los ofrezco en mis oraciones, podré averiguar el modo en que el Señor me evalúa a mí y mi situación, qué debo observar y qué pasos debo dar.

La psicología jungiana considera la interpretación de los sueños en una dimensión objetiva y otra subjetiva. En la primera, los sueños expresan algo sobre las personas con las que tengo relación y el estado de las cosas con las que sueño. Así, un sueño puede revelar que mi escalera está deteriorada o que olvidé cerrar con llave al salir de casa. A menudo, el sueño adopta las experiencias del día y utiliza esos restos diurnos como material para llamar mi atención sobre algo importante. En la dimensión objetiva el sueño tiene una función compensatoria, es decir, complementa mi visión consciente de las cosas. Si durante el día he tenido una conversación con un amigo, mi consciente no habrá registrado muchas cosas, pues yo estaba ocupado con mis pensamientos y habré pasado por alto cómo se encuentra en realidad. En el sueño, el inconsciente me dice lo que ha observado en mi amigo, por ejemplo, que no le va bien o que hay algo oscuro en él. También puedo pensar que, en el sueño, Dios quiere descubrirme la verdad de mi amigo. Las observaciones de mi inconsciente me avisan de aspectos importantes que, de lo contrario, hubiera pasado por alto. Dado que nuestra visión consciente a menudo está influida por nuestros deseos, es importante atender la visión del inconsciente, que es complementaria. En la visión onírica, el Señor me libera de mi ceguera para enfrentarme a la verdad.

La regla fundamental de la interpretación de los sueños consiste en traducirse a su dimensión objetiva. Es preciso preguntarse qué me revela acerca de personas, situaciones, negocios, de mi profesión, de mi compromiso en una asociación, etc. Por ejemplo, un hombre soñó que su colega le había invitado a cenar, y que le había ofrecido verduras plagadas de gusanos. Él sospechó que el sueño quería prevenirle de hacer negocios con él y desistió del contrato. Los sucesos posteriores le demostraron que había actuado correctamente, ya que el colega resultó ser un estafador. Este sueño mostró los aspectos de su socio que su consciente no había registrado, al estar bloqueado por sus propias ideas. Dios le protegió mediante el sueño de una decisión errónea, con la cual hubiera perdido mucho dinero.

El segundo método es la interpretación en la dimensión subjetiva, es decir, todas las personas y las cosas que veo en el sueño son parte de mi ser y manifiestan algo sobre mi estado. El sueño describe mi situación con imágenes. A menudo, resultan más eficaces para expresar el propio estado que las descripciones racionales. Sin embargo, a estas imágenes se les pueden atribuir diversos significados. No pueden interpretarse de forma arbitraria, y deben contemplarse en el contexto y la situación interior de ese momento preciso. No tiene sentido consultar un diccionario de símbolos y creer que «coche» significa siempre «yo» y «caballo» mi vitalidad. Yo mismo debo asociarlo a lo que me sugieren. Aunque el conocimiento de los símbolos puede ser útil, debemos conservar libertad interior para referirlos concretamente a nosotros.

A continuación, veremos algunos símbolos oníricos y sueños típicos para que sirvan de estímulo a la hora de realizar nuestra propia interpretación. Jung insiste en que no existe una interpretación de los sueños absolutamente correcta, sino que lo importante es observar la situación particular del individuo para ponerla en contacto con lo soñado.

Si sueño con un coche que quiero dominar con el volante pero que avanza hacia donde quiere, puede indicar que he perdido el control sobre mí mismo, y que estoy siendo gobernado por fuerzas inconscientes. O si subiendo una montaña con el coche acelero pero no avanza, no se mueve del lugar. Entonces, debo preguntarme por qué no tengo suficiente fuerza interior para las tareas que me esperan, si no me estoy enfrentando a una montaña sin haber llenado el depósito previamente. Y puedo reflexionar sobre cuáles serían para mí las fuentes de energía idóneas.

Al hablar con Dios en mis sueños, Él desea señalarme la fuente interior que oculto, su gracia, a la que no permito el acceso. El sueño entonces no está dándome instrucciones concretas para actuar. Al despertar, no sé exactamente qué debo hacer. Pero creo entender a qué temas habré de enfrentarme los días y las semanas siguientes. Estaré más sensible al sobreesfuerzo, a los bloqueos, al estancamiento de mis fuentes, a mi separación de Dios. Y si estoy atento, algo en mí se pondrá en marcha, el Señor logrará de nuevo hacer fluir su gracia en mi ser.

Son muy típicos los sueños de caídas, en los que nos precipitamos al vacío. Me he de preguntar, en este caso, donde he perdido el apoyo, dónde ascendí demasiado, dónde me desorienté al subir. El sueño no pretende que coja miedo, de manera que luego me caiga por las escaleras. Su intención es advertirme para que encuentre mi medida y me cuestione cuál es mi sostén. Es un estímulo para buscar mi apoyo en Dios, para tomar conciencia de que no tengo garantías de no fracasar o de no caer, pero que en el Señor estoy seguro y que Él me mantiene. Al interpretar sólo debo recordar las visiones del sueño o describirlas con mis propias palabras. Entonces, percibiré de inmediato que no se trata de escaleras externas, sino de una situación interna, y que mi caída se refiere al estado de mi corazón.

También son frecuentes los sueños de persecuciones. Que alguien me persigue es signo de que hay algo en mí que no he aceptado. El perseguidor es mi sombra. Puede ser una persona, un tipo sombrío que me señala mi lado oscuro, un enemigo que me muestra que estoy en lucha conmigo mismo o contra un animal que revela aspectos reprimidos dentro de mí. Un león que me persigue muestra una violencia que no quiero percibir, y al mismo tiempo mi fuerza positiva, que no soy capaz de admitir. Una serpiente puede referirse a mi sexualidad, pero también a mi inteligencia, a mi instinto. Los animales nunca son símbolos unívocos. Siempre hay que tener en cuenta lo que me evoca el animal en cuestión, lo que genera en mí, a qué me recuerda, etc. La reacción correcta tras un sueño de persecución sería meditar acerca de él, imaginar que me doy la vuelta y miro amigablemente al perseguidor o, incluso, que lo abrazo. Entonces, habré aceptado el desafío, y habré logrado integrar una porción de mi sombra. No puedo integrarla mediante su comprensión intelectual, convirtiéndola en un propósito concreto, sino mediante la observación y la reconciliación. No puedo comprobar qué es lo que me sucede a través de esta meditación, pero confío en que mi sombra reprimida sea más consciente y, por ende, se convierta en parte de mí.

De manera similar deben verse los sueños de guerra o prisión. Muestran que estoy en lucha conmigo mismo, que peleo contra un enemigo interior o que estoy atrapado por fuerzas destructivas. La guerra revela con frecuencia una destrucción interior. También en este caso conviene meditar acerca del sueño y analizarlo con Dios. A través del sueño de guerra, Él me dice cosas que, de lo contrario, yo pasaría por alto. Me señala un estado que me resulta desagradable. Sólo con la oración ignoraría este estado, ya que en la oración los presentimientos suelen ocultarse con las propias palabras. Pero en el sueño no puedo ocultar nada, no puedo reprimirme: Dios me dice sin miramientos cuál es la situación que me rodea. Me conduce hacia un conocimiento radical de mí mismo. Descubre mis puntos oscuros. Y en el sueño puede hacerlo de manera que yo no sea un estorbo.

Pero los sueños no nos revelan únicamente aspectos negativos que hemos reprimido. A menudo también nos envían mensajes felices. Nos muestran que hemos avanzado más de lo que creíamos, que nos ha sucedido algo, que estamos más reconciliados con nosotros mismos de lo que quisiéramos ver. Así, por ejemplo, un río que cruzamos o vadeamos para alcanzar la otra orilla nos indica que hemos dado un paso decisivo hacia adelante, que hemos llegado al nuevo margen, que comienza una nueva etapa de nuestro camino. O en nuestra casa, vemos de pronto habitaciones totalmente nuevas en las que, hasta ese momento, nunca habíamos entrado. El hogar es una imagen de la totalidad de la psique. En este caso estaríamos abriendo nuevos espacios de vida en nosotros. Una mujer me contó que, en sueños, entró en una gran sala barroca que nunca antes había visto en su casa. Es decir, que algo se abre en ella, algo espacioso y bello, libre y caprichoso, como representa el barroco. Un sueño así provoca una actitud muy positiva. Al día siguiente nos sentimos distintos. Dios nos ha transmitido un mensaje feliz acerca de nuestro estado interior.

Muchas veces los sueños son ambivalentes y no se pueden clasificar como positivos o negativos sin más. Debemos escuchar atentamente y observarlos. Algunas personas no quieren recordarlos por temor a que signifiquen algo nefasto. Pero esto no tiene sentido. Los sueños no son determinantes. Nos muestran nuestra situación y los posibles riesgos para que estemos atentos, observemos el peligro y lo evitemos. También los sueños de peligro son útiles. No quieren provocar el pánico en nosotros, sino hacernos girar nuestro volante interno y no avanzar hacia el abismo. Sólo se trata de transformar los sueños en nuestra vida. Pero, con frecuencia, surge una dura resistencia. E. Aeppli, discípulo de Jung, describe nuestra defensa interior contra el mensaje de los sueños:

Cuántas veces preferiríamos negar el conocimiento adquirido en los sueños, por ejemplo, aquel en que determinadas relaciones con el entorno nos provocan daño, en que debemos dejar personas, proyectos o ideas a las que nos aferrábamos por temor a perderlos. Cerramos los ojos frente al hecho de que somos peores y más bajos de espíritu que lo que estamos dispuestos a admitir y que, por tanto, es hora de aceptar a ese hermano inferior que llevamos dentro. No queremos admitir que dentro de nosotros existe un cúmulo informe de vitalidad e impulsos salvajes. Aquel que rechaza las tareas del mundo exterior y de su sociedad, no quiere admitir, ni siquiera escuchar, la severa orden del sueño de integrarse en este mundo tan temido como desvalorizado. El sueño convoca a nuestra conciencia y ésta debe responder a una profunda pregunta: «Si ésta es tu situación, ¿qué vas a hacer de ahora en adelante, tú, hombre versado en sueños, para que cambie y tú te conviertas en otro?»

En este sentido debemos observar nuestros sueños, preguntarnos qué significan, pero, sobre todo, qué consecuencias podemos extraer para nuestra vida. Un sueño en el que estamos con muy poca ropa en medio de la gente quiere mostrarnos lo pobre que es nuestra vestimenta vital, cómo tras nuestra apariencia de seguridad se esconde la desnudez y la pobreza interior. Si en sueños entro a la iglesia sin zapatos, es una invitación a tomarme en serio lo básico, las realidades cotidianas simples y banales, no a evadirme, sino a permanecer en contacto con mis fuerzas naturales.

Son frecuentes los sueños de ladrones.

Un ladrón irrumpe en la casa que es nuestro sueño. Generalmente se trata de alguien de nuestro propio mundo interior. Asciende desde la profundidad incontrolada de nuestra alma e irrumpe en nuestro mundo consciente, amenaza su orden y su propiedad. Con mucha frecuencia se trata de un impulso disfrazado, e incluso de un instinto asesino.
Un sueño de ladrones no es positivo o negativo en sí mismo. Puede suceder que ciertas fuerzas asalten mi casa porque yo no les he franqueado la entrada. Vale más congraciarme con ellas y permitirles entrar. Pero también puede ocurrir que esas fuerzas extrañas entren en mi casa y la desvalijen porque en mí todo está abierto, porque yo no estoy conmigo. Las puertas están abiertas, de manera que los pensamientos y los impulsos peligrosos pueden entrar en cualquier momento. Si es así, debería protegerme brindando mayor espacio a Dios dentro de mí para que colme mi casa y la torne inaccesible a las fuerzas extrañas.

También es frecuente que tengamos sueños de retrasos. Soñamos que perdemos el tren, que llegamos muy tarde a un evento. Esta imagen de llegar tarde en la vida nos revela que dejamos pasar el tren porque dependemos excesivamente del pasado, porque queremos llevar muchas cosas viejas en nuestro camino.

En ocasiones soñamos que perdemos la maleta. Entonces debemos preguntarnos qué nos hace falta para el camino interior, qué importantes elementos no hemos cogido para el viaje. Puede ser el silencio, tan necesario, la oración, la gracia de Dios que dejamos de lado. Pero también puede tratarse de otras fuerzas y habilidades fundamentales que hemos dejado de desarrollar. Si olvidamos el dinero, nos falta energía, un valor de la personalidad imprescindible para el viaje.

Con frecuencia soñamos que llegamos tarde porque no prestamos atención al tiempo, al presente. O nos subimos al tren equivocado. El sueño no puede decirnos con más claridad que miremos por dónde pisamos. ¿Dónde nos hemos equivocado de trasbordo? ¿Dónde corremos el riesgo de tomar una senda equivocada, de montar un caballo equivocado?

Si después de un sueño indagamos en nuestra conciencia, descubriremos en nosotros muchas cosas que hubieran permanecido ocultas de no haber soñado. El sueño es la clave que abre al espíritu la puerta hacia el espacio que refleja con mayor claridad nuestra situación actual.

El camino es una alegoría clásica de la vida. En el sueño, a menudo nos vemos en el camino. Marchamos por senderos desconocidos o que al principio conocemos y de pronto desaparecen. Desesperados, caminamos sin rumbo y buscamos una meta determinada, una ciudad, una casa, o permanecemos clavados en el suelo sin poder dar ni un paso más. Todas éstas son imágenes del momento en el que estamos en la vida. Y es conveniente incluirlas al indagar en nuestra conciencia, preguntar a Dios qué quiere decirnos acerca de nuestro estado actual y qué pasos debemos emprender.

En el sueño el camino a veces se estrecha y debemos atravesarlo como en el momento de nacer. Una nueva vida más intensa nos espera al otro lado. Con frecuencia, nos encontramos en una encrucijada y no sabemos qué dirección tomar. En ocasiones, los letreros del camino indican extraños nombres. Nos evocan ideas de las que debernos intentar tomar conciencia. A veces se aparece un animal que conoce el camino, que representa nuestro instinto, o un niño pequeño o, incluso, un ángel que nos guía con seguridad. Después de estos sueños tenemos motivos más que suficientes para agradecer a Dios que nos muestre el camino y nos diga qué debemos atender.

También son frecuentes los sueños de exámenes, no sólo en época de pruebas escolares o laborales. Nos muestran siempre que, a lo largo de nuestra vida, siempre debemos superar pruebas. Meditamos las tareas que debemos resolver en nuestra actual escuela de vida,
en la que nos son asignadas todas las tareas, nuestros deberes, como por ejemplo terminar de resolver un importante conflicto en un plazo adecuado y aprobar los exámenes de la existencia. En el sueño se nos pide una respuesta, pero la pregunta es una pregunta vital, con frecuencia formulada por el todopoderoso destino. Y ocurre que debemos tolerar que un maestro desconocido «nos revise el cuaderno», que vea cosas que nos gustaría ocultar. O puede que hable en otro idioma, por ejemplo, en el lenguaje del sentimiento, que quizá todavía no hemos aprendido y nos es ajeno. Y sin embargo, la situación de vida exige ahora que sea el sentimiento el que hable. 

Debemos meditar acerca de tales sueños para averiguar cuál es nuestra tarea actual y qué debemos trabajar en nosotros para aprobar el examen que Dios nos impone.

Los animales que aparecen en nuestros sueños nos recuerdan nuestros instintos y tendencias. No se puede decir con exactitud si un animal significa esto o aquello. Pero conviene reflexionar acerca de sus características, para así conocernos mejor a nosotros mismos y ver cuál es el tema preciso de nuestro camino espiritual.

El caballo «representa ante todo el impulso sexual disciplinado y formado del hombre». Cuando, en el sueño, los caballos se desbocan, «el orden psíquico de la vida erótica del soñador está perturbado».

El perro significa el aspecto amable del instinto. «Si el sonador está acompañado por un perro, es que tiene una relación positiva con las fuerzas de su inconsciente y disfruta de una atenta seguridad instintiva».

El león es el rey de los animales y manifiesta grandes energías psíquicas a las que hay que enfrentarse para madurar y adquirir una nueva seguridad. El tigre es la imagen de un instinto que se ha independizado y que nos acecha emboscado para atacarnos.

Si soñamos con ratones y ratas, debemos preguntarnos qué aflicción oculta o gran preocupación nos roe por dentro.

Las aves se consideran criaturas intelectuales. Indican ideas que nos mueven a tener elevados pensamientos de águila real o sombrías reflexiones de cuervo. Si en nuestro sueño vemos gallinas que cacarean, se refieren a una «colectividad extravertida e intelectualmente pobre».

Los sueños con serpientes son muy frecuentes. Para Freud, tienen siempre un significado sexual. Pero esto es muy parcial. La serpiente es un importante símbolo onírico. Es una imagen de ciertas fuerzas primitivas. De acuerdo con la experiencia de la psicología, representa también un gran símbolo de energía psíquica. Si en sueños ve una serpiente, se enfrenta a fuerzas de la profundidad del alma ajenas al yo, tan antiguas, podría decirse, como esta criatura prehistórica.

Estas fuerzas pueden ser perversas o sanadoras. La serpiente parece iniciar procesos curativos en nuestra alma o una experiencia de transformación interior, de renacimiento desde el espíritu.

Todos los animales que se nos aparecen en sueños son ambivalentes. No hay que limitarse a los significados aquí descritos. Deberíamos, más bien, iniciar una conversación con los animales del sueño para entrar en contacto con esas fuerzas reprimidas que quieren ser integradas. Presentimos procesos espirituales de transformación interior y reconocemos las amenazas que nos acechan en el camino. Los antiguos decían que Dios nos envía a los animales en el sueño para sernos útiles con su compañía y para alertarnos de los peligros.

Muchos se asustan al soñar con la muerte. Tienen miedo de que sea un anuncio de su propio fallecimiento o del de los seres queridos. Pero los sueños de muerte señalan la muerte interior para que algo nuevo pueda nacer en nosotros.

La experiencia de miles y miles de pequeños y grandes sueños nos lleva a la certeza de que soñar con la muerte nunca anuncia la muerte física, es decir, que no se trata de un vaticinio sombrío. Los sueños en los que aparece la muerte, en imágenes a menudo extrañas, en las que nosotros mismos morimos o incluso asistimos a nuestro propio entierro, lo que nos dicen es que espiritualmente algo está muerto, que sentimos la ausencia de las personas que soñamos como muertas.

C. G. Jung sostiene que nunca debemos dejar una decisión en manos del sueño. Si en el sueño vemos que la relación con una persona está muerta, tendremos que reflexionar sobre ello y decidir si dejamos que siga muerta o si preferimos revivirla.

Cuando soñamos con nuestra propia muerte, se trata de una imagen de transformación. La vieja identidad debe morir. En los sueños a menudo se nos aparecen los muertos. Éstos siempre son sueños importantes. A veces, el padre o la madre fallecidos nos envían un mensaje. Lo que nos dicen los muertos son siempre mensajes importantes que deberíamos atender y sobre los que deberíamos meditar en nuestro camino. Con frecuencia sólo vemos sus figuras, sin que nos digan nada. Estos sueños revelan que los muertos tienen una relación con nosotros y que desean explicarnos algo sobre nuestra vida actual. Al profundizar después sobre ello podremos preguntarles qué quieren decirnos.

A veces alguna persona me cuenta, llena de angustia, que ha soñado que su padre o su madre muertos no están bien. En el sueño estaban enfermos o llevaban un abrigo roto. Piensa que significa que siguen en el purgatorio. Pero estos sueños nada dicen sobre el destino de los muertos, sino sobre nuestra relación con ellos. Deberíamos observar e intentar aclarar este vínculo.

Los sueños con niños proclaman siempre un mensaje feliz. En nosotros crece algo nuevo, y una vitalidad renovada traspasa la antigua inflexibilidad. Entramos en contacto con nuestro verdadero núcleo, con lo legítimo y auténtico. Si el sueño es de embarazo, se anuncia algo novedoso y debemos suponer que nos hemos encontrado a nosotros mismos, que todo será bueno y nuevo.

Un mensaje feliz similar conllevan los sueños de boda. El matrimonio de un hombre y una mujer es una imagen de unión de opuestos, del vínculo de ánima y ánimus. Es una boda sagrada. El mismo Dios une en nosotros los opuestos para convertirnos en espació para su presencia. Ya nada en nuestro interior quedará excluido de la vida divina. Todo podrá participar de su plenitud de la vida, todo lo anuncia. Los sueños de bodas e hijos nos hacen interiormente felices. Nos sentimos distintos al despertar, colmados de esperanza y con la sensación de haber avanzado un trecho fundamental en el camino de la autorrealización y del ser uno con Dios.

Con frecuencia los sueños numinosos dan cuenta del ser uno con Dios. Nos vemos haciendo algo en una iglesia, como asistir a un sacramento. A veces detectamos cosas que no se corresponden. Quizá hay barro en el altar. Esto no significa necesariamente que lo sagrado en nosotros está manchado, sino que todo en nosotros se está transformando, también lo oscuro y lo aparentemente sucio. Lo que vemos en la iglesia siempre se corresponde con el lugar. Así que quizá lo hayamos incorporado muy poco en nuestra fe. Quizá vivamos aún en el dilema entre las fuerzas religiosas y vitales, entre el anhelo religioso y los instintos.

Los sueños de la iglesia nos indican qué sucede en nuestra alma o cuál es nuestra tarea, o bien qué hemos pasado por alto hasta ahora. Si la iglesia de mis sueños está siempre en obras, será una señal de la situación de mi fe. Tampoco en este caso existen recetas para su esclarecimiento. Debernos tratar de interpretarnos a nosotros mismos y nuestra situación presente en el espejo del sueño. Esto sólo es posible si entablamos un diálogo entre el sueño y la realidad. El primero nos muestra la realidad de la vida y, a la inversa, observar nuestra situación concreta nos permitirá descifrar el mensaje del sueño. En ocasiones el sueño deja claro que Jesús camina junto a nosotros. O se nos aparece María, o vemos una luz y sabemos que Dios nos rodea con su luminosa presencia. Estos sueños son de gran utilidad. Durante el día, deberíamos recordarlos una y otra vez, y meditar acerca de ellos. De este modo, desplegarán en nosotros su efecto sanador.

El estudio psicológico de los sueños puede ayudarnos a comprender el idioma de nuestros sueños. Pero, para nosotros, este idioma no es sólo el lenguaje del alma, del inconsciente, sino el lenguaje olvidado de Dios, tal como señala Agnes Sanford, teóloga y discípula de Jung. Debemos escuchar lo lúe el Señor quiere decirnos en los sueños y que, quizá, únicamente pueda comunicarnos en este idioma. Con frecuencia pasamos por alto las palabras que nos dice durante el día. O tergiversamos las que escuchamos en la oración y en el silencio, añadimos nuestros deseos, y dejamos pasar lo que nos resulta ingrato. En el sueño, el Señor nos descubre la verdad acerca de nosotros mismos sin que podamos hacer nada en contra. Y, muchas veces, se trata de una verdad desagradable, que hasta entonces habíamos logrado reprimir. En el sueño, ya no es nuestro «yo» el que tiene la sartén por el mango, hay algo nuevo al mando. La psicología la denomina el «sí mismo» y también podemos decir que es Dios quien se manifiesta. En la práctica, el psicólogo puede aprender algo de esta instancia superior del «sí mismo» o de la acción de Dios en los sueños:

Durante las consultas, somos testigos una y otra vez del agradecimiento por el hecho de que una instancia superior viva en nosotros (la psicología compleja la denomina el «sí mismo»), que se percata de nuestra vida con mayor claridad de lo que podemos hacerlo nosotros, que participa en su éxito y que, por medio del sueño, nos avisa una y otra vez de cuál es el punto del viaje en el que nos encontramos, qué nos amenaza, a quién necesitamos y hacia dónde debemos ir. Por la confianza que tiene en la sabiduría de su propio «sí mismo», al percibir nuevas fuerzas, la persona adquiere una serenidad desconocida hasta entonces. Sabe que frente a cualquier nuevo problema, en aprietos ante los que no sepa seguir adelante, en los grandes conflictos consigo misma, el alma le enviará las parábolas de su sueño. […] Vive con la certeza de encontrar siempre el camino que le conduce a casa. A veces, conmocionados por el sentido profundo de un sueño importante, nos parece que ya estamos en este gran hogar, cuyo señor utiliza los sueños para que permanezcamos siempre cerca.16

No nos haríamos un favor ni a nosotros ni a las personas que se nos acercan en la confesión o en los ejercicios espirituales si ignorásemos el lenguaje de Dios en los sueños. Una parte importante de nuestra vida quedaría excluida de la transformación y la sanación del Señor. Y nuestra vida espiritual carecería de vitalidad y autenticidad, fuerza y verdad, libertad y amplitud, amor y bondad, irradiación y fascinación.

Todos los caminos espirituales que excluyen las sombras provocan indefectiblemente una peligrosa tensión. La persona entonces se divide, por un lado, entre su buena voluntad y su deseo de amar y obedecer a Dios y, por el otro, su sombra, que se manifiesta en su unión con la tierra, en sus necesidades y en sus instintos. En estos casos pueden producirse neurosis religiosas. Y la fe cristiana, a pesar de su mensaje de amor, resultaría cruel con las personas, les exigiría más de lo justo y, finalmente, los destrozaría.

Lamentablemente, la Iglesia tiene mucha gente sobre su conciencia, porque en el pasado la situó bajo una tensión insoportable. Por esta razón resulta urgente, a partir de la rica tradición espiritual de la Iglesia, crear y dar un nuevo impulso a esa espiritualidad íntegra que caracteriza todas las grandes escuelas cristianas, ya sea la escuela del antiguo monacato o de la mística griega, la espiritualidad ignaciana, la mística del maestro Eckhart o la de las grandes mujeres que con frecuencia fueron calumniadas. Una espiritualidad global no puede permitirse el lujo de excluir el cuerpo y despreciar los sueños. Hasta que no se contemple a la persona como un todo, no se la podrá salvar en su totalidad.

domingo, 12 de mayo de 2013

H. P. Lovecraft. En la cripta.

EN LA CRIPTA

Dedicado a C. W. Smith, que sugirió la idea central

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.

Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.

No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrante-mente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.

Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enorme-mente a George Birch.

La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.

Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vió obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó porqué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otras cosas de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo —que Birch apenas se molestaba en utilizar— no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida, como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.

Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.

Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y
se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.

El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda respondió a sus débiles arañazos en la puerta.

Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosa-mente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro —absolutamente seguro— de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengático granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.

Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices —antiguas y desvaídas como eran— convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.

Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
—¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo ... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quiso morderle el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!

—"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.

—"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!.

Entrevista a Fco. J. Rubia. Sobre neuroteología, mística ...





FRANCISCO J. RUBIA, NEUROBIÓLOGO
Entrevista de VÍCTOR M. AMELA para “La Vanguardia”. 24-07-2003

Tengo 65 años, nací en Málaga, viví 22 años en Alemania y ahora en Madrid. Soy catedrático de Fisiología en la facultad de Medicina de la Universidad Complutense y director del Instituto Pluridisciplinar de esta universidad. Estoy casado, y tengo dos hijas y un nieto. La política española es para apearse. Dios es una experiencia humana.


Una nueva disciplina científica está naciendo: la neuroteología. Estudia los fundamentos neuronales de la experiencia espiritual. En el éxtasis sientes un aura en torno al cráneo: ¿por eso a los santos se les pinta con aura? Un electroencefalograma hablaría de ondas alfa y ondas zeta, de sincronización de la actividad eléctrica de las células de la corteza cerebral. Aprendo mucho leyendo "La conexión divina" (Crítica), del profesor Rubia, subtitulado: "La experiencia mística y la neurobiología". Rubia no quita ni pone rey, sólo ayuda al saber: "Puedes creer que Dios es una proyección del cerebro humano pero también que Dios puso en nuestro cerebro estructuras que nos permitieran conocerle". Y me despide con su lema: "¡Más que real, todo nuestro mundo es cerebral!". O sea, una ilusión.

-¿Dios creó el cerebro... o el cerebro creó a Dios?
-No puedo responder a eso.
-Usted es neurobiólogo...
-Y sí puedo decirle que toda experiencia espiritual tiene base cerebral.
-¿Por ejemplo?
-El éxtasis místico. Hay estructuras concretas del hemisferio derecho de nuestro cerebro directamente implicadas en ese estado.
-Entonces, ¿también yo puedo ser místico?
-Es una capacidad universal, ciertamente, pero hay cerebros más lábiles, más proclives que otros a entrar en ese estado de éxtasis.
-¿En qué consiste un éxtasis místico?
-En una experiencia (transitoria) de disolución de la dualidad Yo-Naturaleza (o sea, desaparece tu ego, fundido en uno con el todo) y de suspensión del flujo del tiempo.
-O sea... siento que soy infinito y eterno.
-Y que todo encaja, todo se ilumina, todo está bien. Es un arrobo que han descrito muchas personas: poetas, artistas, eremitas, santos, herejes, visionarios, místicos célebres...
-Y relatan que han conectado con Dios.
-Eso los formados en culturas con Dios. Pero si eso lo vive un budista (el budismo carece de Dios), le hablará de "iluminación".
-¿Qué ha sucedido en esos cerebros?
-Se ha estimulado el lóbulo temporal derecho (más visuo-espacial, y de emociones, afectos...) y se suspende la actividad del lóbulo parietal izquierdo (el lógico-matemático, analítico, que capta la dualidad, las antinomias como arriba-abajo, antes-después...).
-El arrobo místico altera nuestra percepción cotidiana de espacio y tiempo, pues...
-Quizá espacio y tiempo sean las gafas con que el cerebro mira la realidad. ¡Un filtro construido por el cerebro! Quizá el cerebro nos restrinja lo real, cosa útil para sobrevivir como especie. Y, en el éxtasis místico, ¡el cerebro se quita un ratito esas gafas, ese filtro!
-¿Y qué más podemos ver en ese éxtasis?
-Una luz blanca, sensación de viajar en el espacio, de que estás volando, levitando...
-¿Como Santa Teresa de Jesús?
-Está muy claro que Santa Teresa tenía epilepsia del lóbulo temporal derecho, que se expresa en el síndrome de Gastaut-Geschwind: hiperreligiosidad, hipergrafía...
-¿Por eso escribía desaforadamente?
-¡Fíjese en la profusa obra escrita de Santa Teresa…! Y también ven luces cegadoras. ¡Como la que tiró a san Pablo de su caballo!
-¿Otro epiléptico?
-La descripción que hace san Pablo de sus visiones encaja en el mismo síndrome.
-¿Todos los fundadores o reformadores religiosos han sido psicópatas, o qué?
-¡La gente que "ve" diferente es la que mueve el mundo! Pero no tilde el éxtasis místico de patología: es una función más del cerebro, igual que tiene la otra, la analítica.
-Seguro, pero más exótica...
-Quienes la viven sienten que esa vivencia es más "real" que la gris realidad cotidiana. Y eso les insufla tal convicción, tal entusiasmo.., ¡que se entiende que convenzan a los demás y que lleguen a fundar religiones!
-¿Y desde cuándo existen éxtasis místicos?
-Desde que existe el ser humano. Desde los chamanes prehistóricos. ¡Es una actividad del sistema límbico de nuestro cerebro!
-Entonces está usted sugiriendo que el ser humano es religioso por naturaleza...
-Sí. La sensación de trascendencia, de unicidad, va con nosotros. Por eso todo intento de
extirpar la espiritualidad... ¡fracasará!
-Pero existen los ateos...
-Eso es una opción cultural, claro. El psicólogo Michael Persinger estimuló electromagnéticamente el lóbulo temporal derecho de mil personas: unos dijeron sentir la presencia de Jesús o la Virgen, otros de Elías, Mahoma, el Espíritu del Cielo..., según su trasfondo cultural. Y había ateos y agnósticos... ¡que hablaron de abducción por alienígenas...!
-¿Puedo provocar yo en mi cerebro un estado de éxtasis místico y ver a Dios?
-A lo largo de los siglos se han empleado diversas técnicas: danzas, músicas, ejercicios respiratorios, rezos, posturas, ayuno y castidad, aislamiento, ciertas drogas...
-¿Y puede declararse espontáneamente?
-Sí. O por un "shock" emocional. La edad más favorable es entre los 30 y 35 años. Y los pueblos ágrafos, arcaicos, eran más proclives a ese estado: usaban más el sistema límbico del cerebro (hipocampo, amígdala), lo que facilita la conciencia no-egoica, y, así, sentirse animal o roca o árbol... Nosotros usamos más el cerebro binario, que separa e individua las cosas: yo, el mundo, esto, aquello...
-¿Y qué sucede en nuestro cerebro al morir? Hay quien en ese trance ve a Dios...
-Ese trance se parece a un éxtasis místico: hay anoxia (ausencia de oxígeno), y eso lo notan antes las células pequeñas, las interneuronas, cuya función es inhibir a las grandes, a las neuronas, que así quedan desmadradas, desinhibidas: esto excita la corteza visual y nos da sensación de avanzar por un túnel hacia una luz blanca (el cielo, Dios...) al fondo (a causa de la fisiología de la fóvea), y, a la vez, ese estrés cerebral provoca que el hipocampo repase rápidamente su memoria episódica: y por ello ves escenas de tu vida.
-¿Una experiencia grata o desagradable?
-Muy gratificante, placentera: ¡se multiplica por 300 el volumen de endorfinas, inhibidoras del dolor! Pero en algunos casos, si solamente resulta excitada la amígdala, hay sensaciones de pavor, terrores desagradables...
-¿El infierno?
-Sí: místicos cristianos hablan del demonio, del infierno... Jesús mismo, mientras ayunaba en el desierto, charló con Satanás.
-Asombra hablar de esto con un científico.
-Pues anote lo que dijo Einstein: "Lo místico es la fuente de toda ciencia verdadera".