viernes, 9 de febrero de 2018

¿Qué es la verdad?

 ¿Qué es la verdad?.

Diácono Winston de la Concepción Salazar Rojas. EP

Artículo aparecido en:
 Heraldos del Evangelio. 
Noviembre de 2009

Cuentan que una vez unos frailes quisieron gastarle una broma a Santo Tomás de Aquino; en determinado momento empezaron a exclamar: ¡venid! ¡Mirad un burro volando!
Y todos se quedaron esperando ansiosos a que apareciera el santo para ver como reaccionaría, dispuestos a reírse de su hermano de hábito. Cuando llegó al lugar y se puso a mirar al cielo en busca de tan inusitado fenómeno los presentes estallaron en carcajadas y le decían criticándole:
Pero, ¡hombre de Dios! ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? Tú, que pareces que lo conoces, todo, deberías saber que es imposible que los burros vuelen.
La inocentada terminó de manera inesperada y fray Tomás les respondió en tono serio:
- Entre que un burro vuele y que unos religiosos mientan, me parece más imposible lo segundo que lo primero...

- Esta curiosa anécdota nos introduce en un tema apasionante: mentira, verdad... ¿Qué es la verdad?
Si lo consideramos detenidamente, veremos que se trata del problema más elemental que cualquier persona se plantea en lo más íntimo de su ser. A cada instante, en lo que observa, en lo que piensa, en todo aquello que siente, el hombre tiene una propensión, una aspiración o una inclinación para buscar una certeza, una verdad en la que fundarse.
Es el famoso “por qué” de los niños que lo quieren saber todo; en su inocencia, se admiran y se asombran ante un mundo nuevo que ofrece, a sus mentes ávidas de conocer, una infinitud de atrayentes interrogantes. 


Conformidad entre 
la realidad y el pensamiento

Y, entonces, ¿qué es la verdad?

Esa fue la pregunta que, cargada de ironía, Pilato le hizo a Aquel que de sí afirmó: ‘Para esto he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

La misma indagación se plantean hoy día muchas personas sin encontrar una respuesta satisfactoria. Se acostumbra decir que la verdad es la conformidad entre lo que se piensa y la realidad. Así lo ha entendido fundamentalmente la Filosofía clásica y la escolástica, desde Aristóteles, para quien la verdad consiste en afirmar lo que es y negar lo que no es; y Santo Tomás la define como la adecuación de las cosas y del entendimiento: “veritas est adaequalio reí et intellectus”.2
 


La humildad, primer requisito 
para alcanzar la verdad 

Por su parte, con su estilo característico, Santa Teresa de Jesús vincula estrechamente a la verdad con la virtud de la humildad. Asi escribe en su famoso libro de Las Moradas o Castillo interior
"Una vez estaba ya considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante, ar mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”. Tras explicar que "anda en la verdad” el que no hace buen concepto de si mismo, sino que reconoce ser nada y miseria, la gran doctora de la Iglesia añade: “Quien esto no entiende anda en mentira, quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella".3
 

La mística de Ávila nos enseña de esta manera la actitud que debemos asumir ante nuestro Dios y Creador. Es necesario aceptar su soberanía y omnipotencia, que implica en reconocer en nosotros -y en los demás- tanto las cualidades, virtudes y dones que el Creador nos haya otorgado en su infinita liberalidad, como nuestros pecados, defectos y errores, que no sólo debemos detestar, sino corregir. Es decir, quien ama y practica la virtud de la humildad no tergiversa ni manipula la verdad de acuerdo a su propia conveniencia, sino que enfrenta la realidad como ella es, objetivamente.

Con razón afirma el Papa Benedicto XVI en. la introducción de su Enciclica Caritas in veritate:

Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustuibles de caridad. Ésta goza con la verdad (1 Co 13, 6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14, 6)“.


Santo Tomás de Aquino, 

el "apostol de la verdad"
 

Célebre es la afirmación del Aquinate: 
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Santo est” - “toda verdad quienquiera que la diga, procede del Espíritu Santo”;4 Con ello nos enseña que "para conocer una verdad, de cualquier orden que sea, el hombre necesita de un auxilio divino mediante el cual el entendimiento sea impulsado a su propio acto"3
 

Este anhelo de la verdad le mereció al Doctor Angélico el reconocimiento de varios Papas, entre ellos Pablo VI:

Tal afán de buscar la verdad entregándose a ella sin escatimar ningún esfuerzo -afán que Santo Tomás consideró misión específica de toda su vida y que cumplió egregiamente con su magisterio y con sus escritos
-, hace que pueda llamársele con todo derecho "apóstol de la verdad" y que pueda proponerse como ejemplo a todos los que desempeñan la función de enseñar. Pero brilla también ante nuestros ojos como modelo admirable de erudito cristiano que, para captar las nuevas inquietudes y responder a las exigencias nuevas del progreso cultural, no siente la necesidad de salir fuera del cauce de la fe, de la tradición y del Magisterio, que le proporcionan las riquezas del pasado y el sello de la verdad divina“.5


El principio de no contradicción

Un principio fundamental de la Filosofía se encuentra en la base de la verdad: el principio de no contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser, bajo el mismo aspecto y al mismo tiempo. Una tesis tan evidente que no necesita demostrarse, ya que la mente por decirlo así, puede aprehenderlo intuitivamente. Para alcanzar la verdad el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de ese principio, pues de lo contrario caería en el error y la confusión.

Este principio fue proclamado por la mísma Sabiduría eterna y encarnada, cuando les advertía a sus discípulos: “Cuando digáis sí, que sea , y  cuando digáis ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mt 5, 37). De una forma más categórica aún, el libro del Apocalipsis manifiesta cuanto el Señor aprecia la veracidad y la coherencia: “Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea: ‘El que es el Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de las obras de Dios, afirma: Conozco tus obras. No eres frío ni caliente. ¡Ojala fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca" (Ap 3, 14-16).

Es una obligación moral 
mantenerse en la verdad

Para esclarecer el asunto de cómo la razón humana puede conocer la verdad y una vez conocida tiene el deber moral de seguirla, el célebre filósofo español Jaime Balmes aborda el tema de cómo el carácter racional del hombre requiere que sus acciones posean un fundamento en la razón, por ser esta la más importante de sus facultades.

 Es claro que no pueden ser indiferentes para el entendimiento la verdad y el error; su perfección consiste en el conocimiento de la verdad; luego tenemos un deber de buscarla y, cuando no empleamos el entendimiento en ese sentido, abusamos de la mejor de nuestras facultades. El objeto del entendimiento es la verdad, porque la verdad es el ser, y la nada no puede ser objeto de ninguna facultad. Cuando conocemos el ser conocemos la verdad, y, por consiguiente, estamos obligados a procurarnos el conocimiento de la realidad de las cosas. Si por indolencia, pasión o capricho extraviamos nuestro entendimiento, haciéndole asentir al error, ya porque crea existentes objetos que no existen, o no existentes los existentes, ya porque les atribuye relaciones que no tienen, o les niegue las que tienen, faltamos a la ley moral, porque nos apartamos del orden prescripto a nuestra naturaleza por la sabiduría infinita. El amor de la verdad no es una simple cualidad filosófica, sino un verdadero deber moral; el procurar ver en las cosas lo que hay y nada más de lo que hay, en lo que consiste el conocimiento de la verdad, no es sólo un consejo del arte de pensar: es también un deber prescripto por la ley de bien obrar"7
 
  Por donde se entiende mejor la advertencia que el Divino Maestro hizo a los que no quieren andar en el camino de la verdad: “Tenéis por padre al demonio y queréis cumplir sus
 deseos. Desde el comienzo el fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de
 la mentira
” (Jn 8, 44).


La unidad de la verdad: postulado 
fundamental de la razón humana.

Así, como toda verdad, todo bien y toda belleza provienen de Dios como de su fuente, es imposible que haya contradicción en la verdad; lo que puede variar es el camino para llegar hasta ella desde la fe, la filosofía o la ciencia. E igual que ocurre en toda la Creación, también hay una jerarquía y un orden admirables en la esfera del conocimiento.

 Somos criaturas especialmente complejas; tenemos algo de espiritual y algo de material. Ahora bien, el espíritu es superior a la materia, el orden «sobrenatural es superior al orden natural, por eso el estudio de aquello que se refiere a Dios es superior, por su propio objeto, a cualquier otro. Esto no quita ni disminuye la importancia, la utilidad y la necesidad del estudio del universo. Para ello, el ser humano —criatura racional hecha a imagen y semejanza de Dios-- posee la inteligencia que lo lleva a querer investigar el universo. Bien ordenada, esta inteligencia, por si sola, puede y debe conducir a su Creador, iluminada por la luz de la fe, llegará incluso a discernir los misterios y las verdades del orden sobrenatural: 


Esta verdad que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la Salvación. El mismo e idéntico Dios que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada tiene su identificacíón viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol:‘ ‘Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús" (Ef 4, 21; cf. Col I, 15-20). Él es la Palabra eterna en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada que en toda su persona revela al Padre (cf Jn I, 14, 18). Lo que la razón humana busca "sin conocerlo"(Hch 17, 23), puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la "plena verdad" (cf. Jn 1, 4 -16) de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17)"


La verdad impone deberes

Por eso, la razón humana, cuanto más profundiza en el estudio del universo, más se admira al conocer su perfección, su armonía y su belleza, que no pueden ser producto del azar, de la misma forma que no puede ser que miles de letras arrojadas desde una ventana compongan cuando lleguen al suelo, por ejemplo, la Divina Comedia de Dante. Por donde se concluye que sabio e inteligente no es solamente quien mucho conoce o
entiende, sino sobretodo aquel que al admirar esta obra de arte que es la Creación, se remonta a su Creador. No hay nadie tan necio que al contemplar una maravilla de la técnica o una obra de arte se crea que no ha tenido autor, o causa.
 

No obstante, cuando el hombre orgullosamente lesiona ese natural afán por la verdad, se instala en su espíritu el desorden; en su mente, la confusión; en sus ideas, el caos; cayendo más tarde en crisis psicológicas; morales y espirituales que pueden alcanzar todos los ámbitos de su existencia. De manera que quien se construye "su" verdad erige su alma sobre la arena movediza del individualismo y el egoismo más exacerbado con las trágicas secuelas que derivan de quien se pone a sí mismo como origen y medida de la verdad. En cambio, aquél que adhiere a la Verdad alcanza, junto con ella, la libertad: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). El Papa Benedicto XVI en la Misa Crismal del Jueves Santo de este año, explicaba los deberes que la verdad impone: 

  "Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros. Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero
".
 

De manera que una vez que el hombre ha conocido la verdad debe seguirla, y aceptar sus consejos como si se tratase de su mejor amigo, de acuerdo con la famosa frase atribuida al Estagirita: "Amicus Plato, sed magis amica veritas”- Platón es amigo pero más amiga es la verdad. 10 Este camino de búsqueda de la verdad exige del hombre una actitud de aceptación de tal verdad y de rechazo del error, como explica Juan Pablo II.
 

Todos los hombres desean saber" 5 [Aristóteles Metafisica I, 1] y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso en la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lección de San Agustín cuando escribe: ‘He encontrado muchos que querían engañar pero ninguno, que quisieran dejarse engañar’. [Confesiones; X, 23, 33: CCL 27, 173]. Con razón se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es lo. verdadero y lo que es falso, formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias, que han llevado en los últimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de toda la humanidad.

 La verdad engendra odio

Ante este panorama, ¿cómo explicar el hecho de que Jesucristo - el Camino, la Verdad y la Vida- fuese perseguido por aquellos que decían que buscaban la verdad y lo crucificaron entre dos ladrones?.
A esto responde el inmortal Doctor de la Gracia. Comentando la célebre frase de Terencio "Veritas odium parit" (La verdad engendra odio), San Agustín se pregunta cómo explicar hecho tan absurdo. En efecto, dice, el hombre ama naturalmente la felicidad y, dado que esta consiste en la alegría nacida de la verdad, sería una aberración que alguien tome como enemigo a quien predica la verdad en nombre de Dios. Enunciado así el problema, pasemos a la explicación.

La naturaleza humana es tan proclive a la verdad que cuando el hombre ama algo de contrario a verdad, quiere que ese algo sea verdadero. Con eso, se engaña, convenciéndose de que es verdadero lo que en realidad es falso. Entonces es preciso que alguien le abra los ojos. Ahora bien, como el hombre no admite que se le demuestre que se ha engañado a sí mismo, tampoco tolera que se le demuestre cuál es el error en que está. Y el Águila de Hipona concluye:
"Así pues, aquella misma cosa que tienen por verdad, y como a tal la aman, es el motivo de que aborrezcan la verdad. Aman la verdad en cuanto resplandece o ilumina, pero la aborrecen en cuanto los acusa y reprende. [...]. La correspondencia que tendrían de la verdad será que a los que no quieren que los descubra y manifieste los manifestará y descubrirá, aunque ellos no quieran, sin que la misma verdad se descubra y manifieste a ellos. Así es también puntualmente el espíritu del hombre que quiere ocultar su ceguedad, sus achaqnes, su fealdad, sus indecencias, y no quiere que a él se le oculte cosa alguna; pero sucede al contrario, que él queda descubierto para la verdad, y la verdad queda oculta para él ”. 17

Relativismo

 Al discurrir sobre la verdad, no se puede dejar de tratar también un fenómeno tan actual como la globalización, y muy ligado a ella, el relativismo. Éste,
tan de moda hoy en día—propugna, en última instancia: que no existe una verdad, sino verdades; que no sepuede afirmar nada que tenga una validez
 eterna y universal; que las diversas y variables circunstancias históricas ; culturales; sociales o temporales pueden modificar los conceptos y las cosas.

 De acuerdo con esa concepción relativista, se justifican comportamientos y situaciones que antiguamente eran reprobables, pero que hoy en día se consideran aggiornatti, ya que “los tiempos han cambiado”, como se suele decir. Aunque los tiempos cambien, sabemos y cremos que la Palabra de Dios no cambia (igual que el hombre es siempre el mismo en esencia), pues “es más fácil que dejen de existir el cielo y la tierra, antes que desaparezca una coma de la Ley" (Lc 16, 17).

 La Iglesia, columna 

y fundamento de la verdad

Concluyendo estas reflexiones, no podemos sino admirar y ponderar cuán maravilloso es que Dios haya dotado a la Iglesia de una voz infalible, que transmite la verdad cristalina, evitandole naufragar en la tempestad de opiniones y de pareceres personales sin orden ni concierto, que surgen cuando no se sigue la verdad. Alguien dirá que es una atadura, y alguno más atrevido dirá que el dogma encadena la libertad. Nada más contrario. a la realidad; ¿Quién sería el insensato que díjese que las normas de tráfico esclavizan a los conductores,  les coartan la "libertad” de colisionar con
otros vehículos o de atropellar a los peatones? ¿Y quién no ve la
utilidad del pasamano en la escalera para evitar accidentes? 

Por eso, se ha dignado Dios adornar a su Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15), con una joya preciosa que es la infalibilidad, gracias a la cual sabemos y creemos que el Sumo Pontífice, asistido directamente por el Espíritu Santo, no se equivoca en materia de fe y moral. Esto le da a la Iglesia un fundamento sólido como una roca. Aunque las tempestades amenacen surmergirla, podemos confiar en su continuidad, pues no dejará de cumplirse la palabra del Señor según la cual las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (cf. Mt 16,18).

  Quien nos conduce hacia 

la verdad es el Espíritu Santo

Sólo en la Verdad y en el Amor - en una palabra, solamente en Dios-, puede saciar la criatura humana el hambre y la sed de plenitud que lleva en si. Lejos de Dios sólo se hallan las tinieblas, el error, la confusión. Es necesario que reconozcamos que somos seres débiles, limitados y contingentes; nuestra inteligencia, a causa del pecado original, quedó oscurecida y nuestra voluntad inclinada al mal. Con todo, Dios, en su misericordia, dispuso la solución y nos otorgó con infinita generosidad todos los medios que necesitamos para alcanzar la felicidad que anhelamos. Sin embargo, mientras el corazón de los hombres no se vuelva a su, Creador y Señor, no hallará la paz, la tranquilidad, la felicidad; pues, como dice san Agustín: “Porque nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos“.
Quien nos ha de conducir hacia la Verdad es el Espíritu Santo, según la promesa de Cristo a sus Apóstoles: “Cuando venga el
Espíritu de la Verdad, Él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo
” (Jn 16, 13).


Y la estrella que nos guía hasta el Puerto dela Verdad es la Virgen Inmaculada. Ella nos lo señala, como en las bodas de Caná cuando le dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que Él os diga” (Jn 2, 5). Esta sencilla frase resume todo el itinerario cristiano. Hacer lo que Jesús nos dice; como María, que guardaba todas sus palabras y las meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19).



Bibliografía

1 Cf. SILVEIRA, Pablo da. Historias de filósofos. Buenos Aires: Ed. Alfaguara, 1997,. p. 878.
2 Cf. AQUINO, Santo Tomás. De veritate q. 1a. 1; Summa Theologica 1, q. 16, a. 1, ReSp.
3 Sexta morada, Cap. X.
4 AQUINO, Santo Tomás. Summa Theologica. I-II, q. 109, a. 1, ad 1.
5 Idem, íbídem.
6 Carta Apostólica Lumen Ecclesiae, 20/11/1974, n°10.
7 BALMES, Jaime, Filosofía Elemental. Etica. Cap. XV, Secc. III. México: Ed. Porrúa, 1986, p. 96

8 JUAN PABLO H. Encíclica Fides et ratio, 14/9/1998, n° 34.
9 Homilía, 9/4/2009.

10 Frase atribuida a Aristóteles por Ammonio en su obra La vida de Aristóteles.
Apud FRAILE, Guillermo. Historia de la Filosofía. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1975, p; 417.  
11 JUAN PABLO II, Op. cít., n° 25.
12 SAN AGUSTÍN; Confesiones, Libro X, Cap. XXIII.

13 Idem 1,1.

domingo, 4 de febrero de 2018

Sobre la Trinidad. Daniélou.

La Trinidad

En la Trinidad se nos revelan las últimas profundidades de lo real, el misterio de la existencia. Ella constituye el principio y origen de la creación y de la redención; por otra parte todas las cosas le son finalmente referidas en el misterio de la alabanza y de la adoración. Más aún, en definitiva, ella es la que proporciona a todo su consistencia. Todo lo demás procede de ella y a ella tiende. En consecuencia, la conversión esencial es la conversión que nos hace pasar del mundo visible, que nos solicita desde el exterior, a ese mundo invisible que es a la vez soberanamente real, pues constituye el fondo último de toda realidad, y soberanamente santo y admirable, pues es la fuente de toda beatitud y de toda alegría.

Por consiguiente en toda conversión particular, en cada paso de nuestra vida, se da esta conversión fundamental, que es apertura a la realidad profunda| de las Personas divinas, descubrimiento de que precisamente en ellas reside la plenitud de todas las cosas, invitación a sustentarnos de ellas y a encontrar en las mismas lo que en el tiempo y en la eternidad constituirá el tesoro de nuestras vidas. Es aquí donde la contemplación es ante todo cierta manera de penetrar más profundamente en la realidad. Por el contrario, el pecado consiste en no abrirse a lo que es verdaderamente real y a permanecer en un mundo exterior y superficial, que emana de nuestra vida egoísta.

Debemos penetrar en esta conversión contemplativa fundamental intentando abrirnos a esa realidad soberana de la Santísima Trinidad, de manera que nuestros corazones se llenen con su luz, dejando a un lado todo lo demás y volviendo nuestras almas hacia ella. Pero, para ayudarnos en esta contemplación, para redescubrir loque es la realidad de la Trinidad en sí misma, debemos partir de la manifestación de la Trinidad en la creación misma.

1. La Palabra y el Espíritu

Una primera cosa salta a la vista tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento a saber, que las Personas divinas se nos muestran primeramente por medio de su acción en el mundo, en la naturaleza, en el cosmos. Si observamos las primeras expresiones del misterio de la Trinidad en la Escritura, vemos que se hallan en relación con el mundo de la creación. La creación aparece como obra de las Personas divinas. Dios, con su Palabra y con su Espíritu, suscita, vivifica, guía y gobierna el universo. Se da en ello el primer acercamiento, importante en la medida en que pone el misterio trinitario en relación con la realidad misma del mundo material. Veamos algunos ejemplos a este respecto.

Ante todo sobre la Palabra creadora. San Juan, en el prólogo de su evangelio, nos dice que todo ha sido hecho por el Verbo y que este Verbo, por el que todo ha sido hecho, es igualmente el que se hizo carne. Aquí hay un punto de enlace que crea una relación inmediata entre Jesús de Nazaret, a quien Juan nos dice haber tocado con sus propias manos y visto con sus propios ojos, y el mismo Verbo creador, esto es, el poder divino por el que todas las cosas han sido e incesantemente siguen siendo traídas a la existencia, pues la creación entera está suspendida en cada instante a la palabra creadora. No subsiste aquélla, sino en la medida en que ésta es proferida. Toda ella, en cada momento, es sostenida en la existencia. Estas visiones radicales en absoluto son las que mejor nos ayudan a hallar la relación auténtica entre Dios y la creación, a descubrir hasta qué punto la creación depende de Dios.

En el salmo 33, que nos describe la grandeza de la creación, leemos en el versículo 6: «Por la palabra de Yavé los cielos fueron hechos, por el soplo de su boca toda su armada». La Palabra aparece como el instrumento por el que el universo entero es creado y traído a la existencia. Esta significación era familiar a los judíos. San Juan alude a ella al comienzo de su evangelio cuando dice: «Por él todo ha sido creado y nada de lo que ha sido hecho, ha sido hecho sin él». La Palabra de Dios tiene aquí el sentido que le da la Biblia, esto es, esencialmente el de una eficiencia creadora, y no simplemente un contenido intelectual. Como dice el profeta Isaías, realiza todo lo que enuncia, es decir, hay en ella una como identificación entre el decir y el hacer: «Y como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin empapar la tierra, sin fecundarla y hacerla germinar, para que dé sementera al sembrador y pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí sin resultado, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión» (55,10-12).

Así ocurre también con el Espíritu. Desde el comienzo del Génesis leemos en el versículo 2: «El Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas». La imagen es, en efecto, la de un pájaro que

agita las alas para suscitar una corriente de vida. La misma imagen reaparece en el Deuteronomio a propósito del águila que agita las alas sobre el nido para hacer salir a sus crías y obligarlas de ese modo a lanzarse por el espacio. Su significación es provocar la existencia, suscitar el movimiento partiendo de la inercia. De la misma manera el Espíritu se movía sobre las aguas y suscitaba de la nada original todas las especies y todas las variedades de la creación. La expresión volverá nuevamente para significar la fuerza creadora a todo lo largo del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, en el versículo tan frecuentemente repetido por la liturgia: «Si envías tu soplo son creados, y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104,30). Esto, que la liturgia aplicará a pentecostés, es decir, a la creación de la Iglesia, se dice en primer lugar de la creación del universo en el Antiguo Testamento.

El Espíritu Santo aparece como una fuerza creadora, suscitando en primer lugar la vida natural. Por ello exactamente se establece desde el principio en la Biblia una relación fundamental entre la Trinidad y el mundo de la naturaleza, entre 1a Trinidad y el cosmos, de manera que la redención será la reanudación y la reasunción por parte de las misma Trinidad creadora de este universo que es suyo, porque ella lo ha creado, para llevarlo a la plenitud de su cumplimiento. Hay aquí una relación ontológica, inicial, fundamental entre la Trinidad y la creación. Nada resultaría tan falso como separar la esfera religiosa de la esfera de las realidades materiales. El mundo material no tiene su principio sino en la acción de las Personas divinas, y, de otro lado, está todo él llamado a ser reasumido y transfigurado por las Personas divinas.

Pues bien, éste es hoy uno de los puntos más importantes desde el punto de vista de la actual visión del mundo. Una de las grandes tentaciones del hombre moderno es la desacralización del cosmos. Si tiende a concebir el mundo de la naturaleza, que es en el que se desenvuelve la ciencia, como extraño a una finalidad religiosa. Se disocia, de algún modo, una finalidad religiosa, que sería puramente personal, de una finalidad cósmica, que sería profana y material, como si la religión fuera un asunto privado, como si el problema religioso fuera un problema individual y no el problema de la significación misma de la totalidad del universo, y por ello también el de su misma realidad material.
Este enraizamiento originario de la creación en la Trinidad es un punto de partida inicial que no hay que olvidar jamás; un punto al que siempre es preciso volver primaria y originalmente. El hecho de que se adviertan distinciones evidentes, esferas de acción diferentes; que el hecho de abordar el universo desde un punto de vista científico o desde un punto de vista contemplativo emanen de dos encuadres diferentes, no dice sino que se trata de dos puntos de vista proyectados sobre un único universo. Sobre el mismo universo en que se desenvuelve la ciencia y que constituye el espejo a través del cual se nos manifiesta la Trinidad.

2. El origen y el fin
 

En este sentido, el universo material, el cosmos tiene como una triple relación con la Trinidad. Existe una relación con la Trinidad en la misma medida en que el cosmos no subsiste sino por ella y en que, a cada instante, es proferido por la Palabra y vivificado por el Espíritu que se cierne sobre las aguas. En segundo lugar, el cosmos está destinado a conducirnos a la Trinidad en la medida en que todo él por entero es un inmenso signo a través del cual la Trinidad se nos revela y cuya significación religiosa nosotros tenemos que descifrar. Es éste uno de los puntos esenciales del movimiento litúrgico, del movimiento catequético, del movimiento teológico actual. No hay problema más importante que el de la educación religiosa en la civilización técnica, es decir, el problema de conseguir ensamblar la esfera del trabajo científico y la esfera de la experiencia religiosa. El peligro consistiría en situar la relación para con Dios al margen de la realidad del mundo científico, de la civilización técnica; en relegar la experiencia religiosa al puro dominio de la interioridad. A partir de este momento, el mundo queda prácticamente separado, privado de sus raíces trinitarias y la experiencia religiosa queda sin más fuera de alcance para la mayoría de los hombres. Bogan en determinado ambiente mental y es inexorable que así sea. Sólo una ínfima minoría pueden vivir a contracorriente del ambiente mental en el que se hallan inmersos. Consiguientemente, el problema de una vuelta a ese universo de su relación para con la Trinidad aparece como uno de los problemas esenciales en la educación del hombre de nuestros días.

Por último, este universo está orientado hacia la Trinidad en la medida en que, gime esperando la manifestación de los hijos de Dios. San Pablo habla aquí del cosmos material y en visión de extremada audacia afirma que el universo mismo espera algo que no le será dado sino por la manifestación de los hijos de Dios, o, mejor, que es la manifestación misma de los hijos de Dios, en el sentido que actualmente hay hijos de Dios, pero que no se manifiestan, es decir, en el sentido de que lo que se espera es una especie de irradiación sobre el cuerpo de lo que ya se ha realizado en el alma. Puede decirse que el cristiano en el estado actual es un ser que pertenece simultáneamente al pasado y al futuro. Por ello resulta tan incómodo el situarse en el presente. Una cosa se le ha dado, y es el hecho de la realidad en él de la presencia de la Trinidad. Al mismo tiempo vive en un mundo que se halla todavía todo entero bajo la ley de la muerte, del sufrimiento, del esfuerzo y que gime a la espera de una transfiguración por la que nuevamente el mundo corporal se convertirá en la expresión transparente del mundo espiritual, mediante la reconciliación de ambos.

Precisamente aquí, sobre este plano de la esperanza, de la tensión escatológica, existe de modo irrefutable un germen auténtico en la esperanza del hombre de hoy a quien el futuro aportará una liberación mayor. Pero al mismo tiempo esta esperanza, encerrada en sí misma y no orientada hacia la Trinidad, es completamente incapaz de consumarse. De donde la contradicción que observamos hoy en el mundo, entre el esfuerzo inmenso por una liberación en curso, una fe en los hombres, que tiene algo de válido, y al mismo tiempo extrañas desesperaciones, si esa fe en los hombres no va unida con una fe trinitaria, es decir, si no se apoya sobre lo único que puede garantizarle total realización.

Por ello, la reasunción del destino cósmico por el Verbo creador y por el Espíritu vivificador es un elemento esencial de una visión total del mundo material de hoy. Así, la tarea de los cristianos consiste en insertar la Trinidad en el universo mismo de la naturaleza y de la técnica tal como existe. Una renuncia a este aspecto entraña prácticamente la aceptación de un mundo que se constituiría fuera de su realidad. Por parte de ese mundo se da en este orden de cosas una muestra evidente de lo que podrían hacer los cristianos. Pero del lado de éstos se da en la mayoría de los casos una incapacidad para responder y afrontar cabalmente este problema.
Con demasiada frecuencia aceptan una especie de divorcio entre el mundo en el que viven y una fe puramente interior y personal. Pero esto es rotundamente erróneo. La fe es ciertamente un acto interior y personal, pero que supone por anticipado algo exterior y objetivo. Lo esencial no es saber lo que se piense, sino saber lo que es verdadero. Antes de saber si yo pienso que el mundo está en relación con la Trinidad, lo que importa es saber si el mundo está realmente en relación con la Trinidad. Pero si efectivamente esta relación para con la Trinidad es para mí el fondo mismo de la realidad, me encuentro entonces en una actitud ante el enfrentamiento de este mundo que me permite, por mi parte y en la esfera en que me encuentro, esforzarme por entretejer esos lazos por los cuales esta relación se atreve nuevamente a ser restaurada.

2. Manifestación de la Trinidad en la creación


En realidad, el mundo en cuyo interior vivimos es un mundo repleto de la Trinidad. Es sólo porque nuestra mirada permanece profana y carnal por lo que somos insensible a esta presencia. La naturaleza toda entera es como un templo donde Dios mora. Este es, podríase afirmar, el primero de los aspectos del misterio del templo que es precisamente el misterio mismo de la presencia.
Dios mora en el mundo en el que nos encontramos y luego que los ojos de nuestra alma se purifican, ese mundo se convierte realmente en ese paraíso cuajado de energías divinas y a través del cual la Trinidad se manifiesta y se nos hace presente.

Esto se verifica en primer lugar porque «todo don perfecto desciende del Padre de las luces» (Sant 1,17), y éste es el primer aspecto de esta relación fundamental para con la Trinidad. En realidad todas las cosas son dones que manan de Dios. Hay entre Dios y nosotros como una perenne comunicación de dádivas y por tanto de acción de gracias. Este es, cabalmente, el fondo del misterio de la pobreza, que hace que no tengamos nada que nos pertenezca, sino que todas las cosas son dones maravillosos de Dios. Y si desde ahora supiéramos observar, reconoceríamos siempre por adelantado en todo lo que se nos da el signo de su presencia y de su amor.

Por medio de todo esto no solamente encontramos dones de Dios: todas esas cosas son igualmente una cierta irradiación de Dios. Es decir, viniendo y procediendo de él, son como cierto reflejo creado de él. De este modo toda belleza creada es un reflejo del esplendor trinitario, como irradiación de su gloria. Todavía más, la mirada purificada sabe reconocer en las cosas como ese reflejo del esplendor divino. Toda bondad, toda ternura de corazón, toda conversión interior son como una imagen, como emanación de la infinita misericordia y bondad divinas a través de las cuales podemos remontarnos a la fuente de toda bondad, de todo amor, y que nos tienen como inmersos en ese amor, y en esa bondad. También aquí la mirada limpia se remonta inmediatamente al manantial y discierne, a través de sus manifestaciones, el amor infinito de las Personas divinas que expanden toda bondad y todo amor.

En fin, no sólo las cosas todas son dones de Dios y reflejos suyos, sino que a través de todas ellas se da Dios mismo. El mismo se halla presente en cuanto que es él perpetuamente el que obra en el mundo entero y en todas las cosas. Y esto implica lo que los teólogos llaman esa presencia de inmensidad que hace que no haya nada adonde no se extienda la acción de Dios y donde Dios mismo no se halle presente. Esto mismo expresaba san Pablo, cuando escribía que «en él vivimos, nos movemos y somos» (Act 17,28). Dios se halla mucho más próximo de lo que nosotros imaginamos.

En realidad Dios se halla escondido por doquier, pero no se manifiesta sino al corazón que sabe descubrirlo y que se convierte. Porque la presencia de Dios es coextensiva con la totalidad del ser. No hay nada que no penetre con su mirada. Nada hay donde no sea eficaz su acción. Por tanto desde ahora debemos redescubrirnos como sumergidos en esa luz y en esa vida de la Trinidad; debemos percatarnos (y éste es ya un modo de contemplación) de que todas las cosas y en cada momento emanan del Padre de las luces por el Hijo y por el Espíritu, y por lo tanto debemos Vivir en esa presencia y en esa irradiación. Cerrarnos a ello: he ahí el pecado. En realidad, vivimos en plena luz. La luz brilla siempre, esa luz de la Trinidad. Pero somos nosotros los que no dejamos que penetre en el interior de nuestra alma porque las salidas le están cerradas. Es preciso por lo tanto abrir esa puerta de nuestra alma, dejar que esa luz penetre por doquier, que todo lo ilumine, lo unifique y lo transforme.


2

LA TRINIDAD Y EL ALMA

Un segundo aspecto por el que podemos alcanzar la vida trinitaria es la experiencia de nuestra propia interioridad, en la medida en que la Trinidad es la realidad en la cual nosotros mismos, en nuestra más profunda existencia personal, nos hallamos de algún modo enraizados. Cierto es que la vida de la gracia tiene una estructura trinitaria, que ella es don del Espíritu por el Hijo que la recibe del Padre, y vuelta al Padre por el Espíritu que nos da al Hijo. Pero, ¿es también esto cierto al nivel natural? ¿En qué medida es trinitaria la estructura misma del espíritu? Hay tres órdenes de realidades creadas de
las cuales se puede partir para forjarse una imagen de la Trinidad. Los teólogos no han partido jamás sino de estos tres órdenes de realidades, porque no hay otros. Se puede partir del mundo visible, de la cçomunión entre los hombres, de la vida misma del espíritu. Pero, hay una vía, la de san Agustín, que
ve el primer vestigio de la Trinidad en la vida misma del espíritu que es a la vez memoria, palabra y amor. Y es cierto que en la medida en que nosotros definimos a la segunda Persona como Palabra, es decir, como aquello con lo que se expresa el abismo del ser, y cuando definimos a la tercera Persona como Amor, es decir, como lazo entre el origen y la manifestación en la Palabra, en ese momento comprendemos que puede darse cierta analogía entre la estructura misma de la vida de nuestro espíritu y lo que constituye el arquetipo de todo espíritu, es decir, la vida misma de la Trinidad.

1. Presencia creadora y divinizadora


Como de hecho nuestra existencia personal tiene su raíz en Dios, nuestra interioridad brota perennemente de la Trinidad, de tal manera que nos anegamos en Dios cuando nos encontramos en el interior de nosotros mismos. «Alguien hay en mí que es más yo que yo mismo», decía san Agustín, es decir, que en el orden mismo de nuestra vida personal, en el orden de nuestra esencia más personal, nos anegamos originariamente en esa vida trinitaria y, mientras intentamos penetrar en nosotros mismos, no podemos detenernos en nosotros mismos, sino que, como dice todavía san Agustín, debemos extendernos más allá de nosotros mismos en esa luz increada que ilumina toda inteligencia. Por la experiencia que tenemos de nuestra existencia personal, encontramos esa presencia de Dios, como la luz que nos muestra la verdad y el bien.

San Agustín ha explicado incomparablemente esa vuelta al interior en las Confesiones y en el De Trínitate, donde, a través de su itinerario personal, alcanza la Trinidad en su raíz misma. «Entra en ti mismo; en el hombre interior habita la verdad»: in interiore homine habitat veritas. No es sencillamente fuera de nosotros mismos donde se halla presente la Trinidad, sino que de una manera todavía más profunda e íntima está presente en el interior de nosotros mismos, en el santuario del corazón. Este es el otro templo que no es ya el templo del mundo, sino el templo del alma creada a imagen de Dios donde se halla presente la Trinidad. Se halla presente porque en ella se enraíza la vida misma de nuestra persona. Es decir, mientras entramos en nosotros mismos y trasponemos mediante la oración el plano de la vida superficial y exterior, penetramos de un modo más íntimo en las profundidades de nuestra alma. Pero no podemos detenernos en nosotros mismos; más allá de nosotros mismos alcanzamos lo que se halla más adelante de nosotros, lo que es estable, mientras nosotros somos inciertos; lo que es enteramente bueno, mientras nosotros permanecemos mezclados y nuestra libertad se halla con frecuencia falsificada.

Descubrimos así, de alguna manera, que existir para nosotros es estar esencialmente en relación con esa fuente original; sumergirnos y renovarnos en ella. Y nos apercibimos perfectamente de que no es otra cosa lo que hacemos cuando volvemos al inteterior de nosotros mismos por medio de la oración. No para encontrarnos a nosotros, sino para encontrar esa fuente trinitaria de donde brota perennemente todo lo que somos, como de una fuente que mana sin interrupción. Por ello nosotros no somos nosotros mismos sino cuando nos encontramos en Dios. De algún modo vivimos y somos en él. Nos encontramos a nosotros mismos cuando nos encontramos en él. Sólo en él encontramos la verdad de lo que somos. Nos volvemos extraños a nosotros mismos cuando nos hacemos extraños a Dios.


Pero esa presencia de Dios en nosotros no es solamente aquella presencia por la que él es la fuente de nuestra propia existencia. Es, lo sabemos también, ese don misterioso y prodigioso que nos hace la Trinidad de sí misma morando en nosotros por el misterio de la gracia, haciendo de cada una de nuestras almas el santuario donde ella se hace presente. Y es precisamente por este don singular por el que ella viene a asirnos para transponernos más allá de nosotros mismos y para introducimos en nuestra propia vida.

Aquí, por lo demás, las imágenes de interior y de exterior son absolutamente complementarias. De la misma manera se puede decir que nosotros Vivimos en la Trinidad o que es la Trinidad la que mora en nosotros, porque ambas cosas no son sólo dos aspectos de una misma realidad, sino que el uno y el otro son la expresión de esa extraordinaria intimidad y proximidad a la que las Personas divinas nos atraen y nos llaman. Por ello, también para nosotros existir plenamente será vivir verdaderamente de esa vida trinitaria; abrirnos de algún modo para dejarla obrar en nosotros, dejar a las Personas divinas  que toquen nuestros corazones, los conviertan y los instruyan; dejar consumar en nosotros esemisterio que Dios quiere realizar de la comunicación de su vida que hace que cada uno de nosotros se convierta en una humanidad sobreañadida —como decía Isabel de la Trinidad—, en la cual la vida trinitaria se comunica en esa sed que tiene Dios de darse a nosotros, para llenarnos de él. Existe una presencia y una comunicación de la Trinidad todavía más infinitamente íntima que la que contemplamos en el mundo. Es el corazón y centro mismo de nuestras Vidas, porque finalmente todo se reduce para nosotros 'a dejarnos captar por esta vida, mediante la cual pueda ella transformarnos enteramente disipando las opacidades, haciendo estallar las angosturas, a fin de consagrarlo todo en nosotros.

2. Trinidad y oración

Esta recreación de nuestro ser que opera la habitación de las Personas divinas en nosotros, establece entre ellas y nosotros un tipo de relaciones nuevas por las cuales nosotros somos arrebatados en el movimiento mismo de la vida trinitaria. El Espíritu, como dice san Ireneo, viene a tomar posesión
de nosotros y nos da a1 Hijo y el Hijo nos da al Padre. «Si alguno me ama, vendremos a él y haremos en él nuestra morada» (Jn 14,23).
Toda alma bautizada posee en lo más íntimo de sí misma un santuario donde mora la Trinidad y donde siempre le es posible, en cualesquiera circunstancias, encontrar esa presencia de la Trinidad, puesto que ella traspasa los espacios sucesivos de la psicología para hundirse, como una piedra en el fondo del mar, en ese abismo que hay en nosotros y en el cual mora Dios.

La gran equivocación de nuestras vidas espirituales es que nos detenemos en esas zonas intermedias en lugar de alcanzar directamente a Dios. Nos dejamos invadir por las pesadumbres y los proyectos, los deseos y las preocupaciones. E incluso, si vamos más a fondo, es para apenarnos de nuestra propia miseria espiritual. En definitiva, nuestra vida interior no es, frecuentemente, sino una manera de ocupamos de nosotros, más sutil, más refinada, menos grosera, más peligrosa. Se convierte a veces, simplemente en un modo de analizamos a nosotros mismos. Mucho mejor sería entonces que nos ocupáramos de los demás antes que hacer ejercicios espirituales, pues al menos eso nos libraría de nosotros mismos.

La oración es hundirse en ese abismo donde mora la Trinidad, unirse a la Trinidad que mora en nosotros. Y aún cuando fuéramos culpables de las faltas más graves, es preciso comenzar por encontrar la Trinidad, y pensar luego en nuestros pecados. Si procedemos al contrario, no llegaremos jamás a ello. Pues es ahí donde es necesario encontrar lo que san Agustín llamaba la delectatio victrix, ese gusto vencedor. Sólo el placer triunfa sobre el placer. Iamás se ha triunfado del placer por el deber. El placer será siempre más poderoso que el deber. Esto es lo que quiere expresar san Agustín. «No se vence al placer sino por el placer». Pero la delectatio victrix, la alegría divina, es un placer que vale, en efecto, más que todos los placeres. Cuando se ha renunciado a los placeres para alcanzar la alegría, se ha vencido sobre el plano mismo que es precisamente el del placer: hilarem datorem diligit Deus, «Dios ama a los que dan alegremente». Hay tantas personas que sirven a Dios mal de su grado. ¡Dios mismo desea de vez en cuando ser amado por gusto y no solo por obligación!

He aquí precisamente la esencia de la oración: descubrir el esplendor de la Trinidad que es el arquetipo de toda belleza, el arquetipo de todo amor, y percatarse de que, y esta Trinidad mora en nosotros, reclamandonos para un intercambio de amor. Todo lo que se da parece como nada
según reza el Cantar de los Cantares—, al lado de lo que se adquiere en su lugar. Y esto no resulta difícil a condición, una vez más, de que se vaya al fondo, a condición de que se cese en, la lucha, a condición de que se hunda en el abismo, a condición de que se acepte el ceder, a condición de que se sobrepase el plano de todas las cosas a las cuales uno se aferra en ese abismo de Dios, que es en donde de hecho nos hallamos sumergidos, pero que con tanta dificultad alcanzamos. A este nivel la Trinidad es inmensamente cercana, como esa maravilla de Dios que mora en nosotros para proporcionamos la alegría y que siempre nos es posible alcanzar.

A través de esta doble manifestación: la manifestación de 1a Trinidad en el mundo y la de la Trinidad en el corazón, es la realidad de la Trinidad tal como ella es en sí misma, más allá de toda creación, adonde nosotros somos atraídos, saliendo de algún modo de nosotros mismos, como dice el esposo del Cantar a la esposa: «Levántate y ven», dejando todas las cosas, el mundo y nosotros, a través de los cuales la Trinidad se nos manifiesta. Todas ellas despiertan en nosotros la sed de contemplarla en sí misma más allá de los signos y de los velos, para, por medio de la inteligencia, —y ésta es la contemplación misma—, hacernos adherir sin más a su realidad fundamental, encontrar en ella ese fondo último, esa donación última de la que, todo lo demás no es sino la expresión y en la que únicamente podemos reposar por completo, puesto que es la substancia misma del ser.

No solamente es la Trinidad esa realidad que contempla nuestra inteligencia, sino que es también ese bien que es fuente de todo bien, en el cual solo pueden nuestros corazones encontrar su reposo plenamente. Nos obliga a salir de todas las cosas creadas para buscar a aquel que ama nuestro corazón, dejando a un lado todas las cosas visibles e invisibles, como el esposo del Cantar, hasta que le hayamos encontrado tal como es en sí mismo, saliendo efectivamente de nosotros, despojándonos de nosotros mismos para encontrarle verdaderamente, él que se nos manifiesta en la medida en que nos transformamos en él y donde nos dejamos captar y arrebatar por él. Debemos, pues, entrar en primer lugar en esa simple apertura de nuestra alma a esa presencia y a esa realidad de la Trinidad. A su través podemos poco a poco penetrar mejor en su misterio, comprenderlo mejor a la vez en lo que la Trinidad es y en la comunicación que hace de sí misma.

lunes, 22 de enero de 2018

Manuel Machado

(Sevilla, 1874 - Madrid, 1947). Poeta español. Hermano mayor del gran poeta Antonio Machado, es una figura representativa del espíritu modernista en la poesía española de su época. Su personalidad a la vez cosmopolita y andaluza se plasma en una lírica en la que el gusto modernista coexiste con los motivos populares.


Se trasladó con su familia a Madrid en 1883 y se formó en la Institución Libre de Enseñanza. Vivió largas temporadas en París, donde entró en contacto con la poesía simbolista francesa. En 1910 contrajo matrimonio con su prima Eulalia Cáceres, mujer profundamente religiosa, y trabajó como archivero y bibliotecario. Durante la Guerra Civil colaboró con el aparato de propaganda nacionalista y fue elegido miembro de la Real Academia Española (1938).

Dio sus primeros pasos literarios en la revista La Caricatura, fundada y dirigida por Enrique Parada, con quien colaboró en los poemarios Tristes y alegres (1894), y Etcétera (1895). Tras conocer a Rubén Darío, a quien consideró su maestro a partir de entonces, la estética modernista penetró profundamente en sus concepciones poéticas, forjadas también en el simbolismo francés finisecular.

La aparición de Alma (1902), Caprichos (1905) y La fiesta nacional (Rojo y negro) (1906) lo consagró como una de las figuras más sobresalientes de la nueva poesía, aunque más adelante buscó una formulación más personal y cercana a su talante andalucista con Alma. Museo. Los cantares (1907) y, sobre todo, a través de El mal poema (1909) y Cante hondo (1912), donde la musicalidad de sus versos se dirigió a la recuperación de la copla popular andaluza.

Junto a los indudables valores que ofrecieron estos libros y otros como Ars moriendi (1921) o Phoenix (1936), en la última fase de su trayectoria se pudo apreciar una propensión hacia una lírica superficial y tópica, especialmente con Horas de oro (1938), Cadencias de cadencias (1943) y Horario (1947). Publicó también la novela El amor y la muerte (1913) y los ensayos La guerra literaria (1914) y Un año de teatro (1918).
Asimismo, escribió en colaboración con su hermano Antonio varias obras de teatro en verso, entre las que destacan Juan de Mañara (1927), La Lola se va a los puertos (1929), La duquesa de Benamejí (1932) y El hombre que murió en la guerra (1940).

Esta reseña biográfica está tomada íntegramente de:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/machado_manuel.htm

ADELFOS
A Miguel de Unamuno

Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
—soy de la raza mora, Vieja amiga del Sol—,
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.

En mi alma hermana de la tarde, no hay contornos...;
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos ¡pero no darlos! Gloria... ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir!

¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce ni adoro la virtud.


De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo,
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol.

Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme,
lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivirl...

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
París, 1899



LOS DÍAS SIN SOL
A. M. Leo Rouaner

El lobo blanco del invierno,
el lobo blanco viene,
con los feroces ojos inyectados
en sangre helada, fijos y crueles.
¡Maldito lobo invierno, que te llevas
los viejos y los débiles!

¡Reunámonos, que todos
tengan una familia,
un libro y fuego alegre!
Y mientras, fuera, el hacha
el tronco seco hiende,
que será rojo en el hogar, cerremos
la puerta y el balcón... ¡Dios no nos quiere!
¡Tregua! Seamos amigos;

La tibia paz entre nosotros reine
en torno de la lámpara, que esparce
la tranquila poesía del presente.



 EL JARDÍN GRIS
A Francisco Villaespesa

¡Jardin sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma,
jardín muerto”. Tus árboles
no agita el viento. En el estanque, el agua
yace podrida. ¡Ni una onda! El pájaro
no se posa en tus ramas.
La verdinegra sombra
de tus hiedras contrasta
icon la triste blancura
de tus veredas áridas...

Jardín, jardín! ¿Qué tienes?
¡Tu soledad es tanta,
que no deja poesía a tu tristeza!
¡Llegando a ti, se muere la mirada!
Cementerio sin tumbas...
Ni unavoz, ni recuerdos, ni esperanza.
"Jardin sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma!



 MARIPOSA NEGRA
A Rubén Darío

La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro..., el de plata.
La hora cárdena...                                     
                             «Aún es temprano».
«Nada veo sino el polvo
del camino...»                              
                            «Aún es temprano.»
«¿Gritaron, madre?»
                       «No, hija;
nadie habló... ¿Lloras?...»
                       «Lo blanco
del camino que contemplo
las lágrimas me ha saltado...»
«No es eso...»
                       «Yo no sé, madre.»
«El vendrá, que aún es temprano.»
«Madre, el humo se está quieto,
las nubes parecen mármol...,
y los árboles diríase,
que tienden abiertos brazos.»

Un mendigo horrible pasa
y hacia el castillo ha mirado.
Una negra mariposa
revolotea en el cuarto.
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...

El velo de oro, el de plata...,
el de celajes violados.
Y el sol va a caer allá lejos,
guerrero herido en el campo.

¡Mal hayan los servidores
que sin su señor tomaron,
los que con él se partieron
y traen, sin él, su caballo!.



OTOÑO

En el parque, y solo...
Han cerrado
y, olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.

La hoja seca,
vagamente,
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...

Solo
en el parque me han dejado
olvidado,
...y han cerrado.




OASIS

Sueña el león.
Junto a las tres palmeras
se amansa el sol. Existe
el agua. Y Dios deja un momento
que los pobres camellos se arrodillen...
Junto a las tres palmeras,
el árabe, tendido, al fin, sonríe
y suspira... Damasco
lejos aún le aguarda. Los confines
del horizonte brillan encendidos.
Un silencio terrible
llena el aire... En la arena
tiembla la sombra elástica de un tigre.



MELANCOLIA

Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño Viejo7;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.



ANTÍFONA

Ven, reina de los besos, flor de la orgía,
amante sin amores, sonrisa loca... '
Ven, que yo sé la pena de tu alegría
y el rezo de amargura que hay en tu boca.

Yo no te ofrezco amores que tú no quieres;
conozco tu secreto, virgen impura;
Amor es enemigo de los placeres
en que los dos ahogamos nuestra amargura.

Amarnos... ¡Ya no es tiempo de que me ames!
A ti y a mí nos llevan olas sin leyes.
¡Somos, a un mismo tiempo, santos e infames;
somos, a un tiempo mismo, pobres y reyes!

¡Bah! Yo sé que los mismos que nos adoran
en el fondo nos guardan igual desprecio.
Y justas son las voces que nos desdoran...
Lo que vendemos ambos no tiene precio.

Así, los dos: tú, amores, yo poesía,
damos por oro a un mundo que despreciamos...
¡Tú, tu cuerpo de diosa; yo, el alma mía!...
Ven y reiremos juntos mientras lloramos.

Joven quiere en nosotros naturaleza
hacer, entre poemas y bacanales,
el imperial regalo de la belleza,
luz, a la oscura senda de los mortales.

¡Ah! Levanta la frente, flor siempre viva,
que das encanto, aroma, placer, colores...
Diles, con esa fresca boca lasciva...,
¡que no son de este mundo nuestros amores!

Igual camino en suerte nos ha cabido,
un ansia igual nos lleva que no se agota,
hasta que se confundan en el olvido,
tu hermosura podrida, mi lira rota.

Crucemos nuestra calle de la amargura
levantadas las frentes, juntas las manos...
¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura!
¡Hetairas y poetas somos hermanos!.





CANTARES

Vino, sentimiento, guitarra y poesía,
hacen los cantares de la patria mía...
Cantares...
Quien dice cantares, dice Andalucía.
A la sombra fresca de la Vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
algo que acaricia y algo que desgarra. 
La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.
No importa la vida, que ya está perdida.
Y, después de todo, ¿qué es eso, la Vida?...

Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.
Madre, pena, suerte; pena, madre, muerte;
ojos negros, negros, y negra la suerte.
Cantares...
En ellos, el alma del alma se vierte.
Cantares. Cantares de la patria mía...
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.


ENCAJES

Alma son de mis cantares,
tus hechizos...
Besos, besos r
a millares. Y en tus rizos,
besos, besos a millares.
¡Siempre amores! ¡Nunca amor!

Los placeres
van de prisa:
una risa
y otra risa,
y mil nombres de mujeres,
y mil hojas de jazmín
desgranadas
y ligeras....
Y son copas no: apuradas,
y miradas
pasajeras,
que desfloran nada más.

Desnudeces,
hermosuras,
carne tibia y morbideces,
elegancias y locuras...

No me quieras, no me esperes... ¡No hay amor en los placeres!
¡No hay placer en el amor!


  MADRIGAL

Y no será una noche
sublime de huracán, en que las olas
toquen los cielos... Tu barquilla leve
naufragará de día, un día claro
en que el mar esté alegre. Te matarán jugando. Es el destino
terrible de los débiles...
Mientras un sol espléndido
sube al cenit hermoso como siempre.



CASTILLA
A Manuel Reina. Gran poeta

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los peras y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos,
—polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo...
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas, el postigo
va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca,
en el umbral. Es toda
ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

«¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El Cielo os colme de venturas...
En nuestro mal, ¡Oh Cid! no ganáis nada.»

Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.



                                              ORIENTE

FLORES
A Ramón del Valle Inclán

Antonio, en los acentos de Cleopatra encantado,
la copa de oro olvida que está de néctar llena.
Y, creyente en los sueños que evoca la sirena,
toda en los ojos tiene Su alma de soldado.

La reina, hoja tras hoja, deshojando sus flores
en la copa de Antonio las deja dulcemente...
Y prosigue su cuento de batallas y amores,
aprendido en las magas tradiciones de Oriente...

Detiénese... Y Antonio ve su copa olvidada...
Mas pone ella la mano sobre el borde de oro,
y, sonriendo, lenta. hacia si la retira.“

Después, siempre a los ojos del guerrero asomada,
sella sus gruesos labios con un beso sonoro“,
Y da la copa a un siervo, que la bebe y expiran



ELEUSIS
A Miguel Sawa

Se perdió en las vagas
selvas de un ensueño,
y sólo de espaldas
la ví desde lejos...
Como una caricia
dorada, el cabello,
tendido, sus hombros
cubría. Y, al verlo,
siguióla mi alma
y fuese muy lejos,
dejándome solo,
no sé si dormido o despierto.

Se fue hasta el castillo
del burgrave fiero,
que está en la alta roca:
los puentes cayeron
y se despertaron
los sones del hierro
Pasamos... Mi alma,
tras ella corriendo,
dejándome solo,
no sé si dormido o despierto.

Se fue hasta las verdes
llanuras de Jonia; y el templo
cruzó de Partenes. Del mármol eterno dejó las regiones... Y se fue más lejos con mi alma, dejándome solo,
no sé si dormido o despierto.

Oro y negras piedras,
y muros inmensos,
y tumbas enormes
—sepulcro de un pueblo
que mira hacia Oriente
con sus ojos muertos—.

Siguió... y arrastraba
mi alma más lejos,
dejándome solo,
no sé si dormido o despierto.

Siguió; entre menhires
pasamos y horrendos
despojos de fieras... Siguió; y a lo lejos, perdióse en las selvas
oscuras del sueño dejándome solo, no sé si dormido o despierto.



EL PRÍNCIPE

Siete soles forman
el solio del príncipe
de los siete soles.

Su cetro de oro
es un haz de llamas
de mil arreboles.

Su rostro, que nadie
miró porque ciega,
las nubes esconden.

Su imperio, los mundos,
El todo lo puede,
todo lo conoce...

Y en sus ojos, cuyo
mirar mata, brillan
¡todos los dolores!




WAGNER

Un reloj, que no sé dónde está, da la una
“corazón de la noche—, hora solemne y vaga
en que la luz penúltima de la Tierra se apaga,
para dejar la luz última, que es la Luna”.

Es la hora del príncipe que marcha peregrino
a sacar del encanto la encantada princesa,
mientras forjan escudo mágico a la alta empresa
el gnomo de los sueños y el hada del Destino”.

El silencio y la sombra se abrazan: han cesado;
el cantar de la fuente y el suspirar del viento.
Tiene en redor la Luna de ensueños un anillo.

Las ondinas y náyades despiertan. Ha llegado
el momento precioso en que el héroe del cuento
mata al dragón que guarda la puerta del castillo.



VERSAILLESA Enrique Gómez Carrillo

Cogí una hoja seca
del parque,
y entré en el Trianón,
con ella en la mano;
la hoja
de verde vistió.

«¡Los Reyes, los Reyes!»,
gritaron mil voces;
sonaron los ecos
de la marcha real,
y las alabardas el suelo tocaron.
¡Los Reyes! Luis, con su Corte,
surgió en el umbral.

Luis, Sol, Rey. Triunfantes
sus ojos tendieron la noble mirada
a todas sus gentes:
los nobles valientes,
las damas galantes,
los inteligentes
y los elegantes...
Pelucas rizadas...

Copian cornucopias
gracias exquisitas;
y las damiselas
y las princesitas
platican de amores,
de intrigas de amor,
cuando las envuelve
la ola de galanes;
y, entre brocateles y tandas y holanes,
pasan y se alejan
sonido y color.

Mas llegó la tarde... De los galanteos
y los discreteos
apaga el rumor
la hora tranquila de los camafeos.
Galanes y damas
se hablan al oído;
lágrimas sin causa,
suspiro perdido...,
elegante pena, galante dolor.

El cielo, en celajes
cortado, parece de encajes...
Y el Sol, que se acuesta en la porcelana
de unas nubes grana,
galán, a la Luna
el campo cedió.





Ars moriendi

 Morir es... Una flor hay, en el sueño
—que, al despertar, no está ya en nuestras manos—,
de aromas y colores imposibles...
Y un día sin aurora la cortamos.
II

Dichoso es el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje,
deja su alma prendida.

III

Y yo había dicho: «¡Vive!»
Es decir: ama y besa,
escucha, mira, toca,
embriágate y sueña...

Y ahora suspiro: «¡Muérete!»
Es decir: calla, ciega,
abstente, para, olvida,
resígnate... y espera.


IV

Era un agua que se secó,

un aroma que se esfumó,
una lumbre que se apagó...


Y ya es sólo la aridez,
la insipidez,
la hez...


V

La vida se aparece como un sueño
en nuestra infancia... Luego despertamos
a verla, y caminamos
el encanto buscándole risueño
que primero soñamos;
 y, como no lo hallamos,
buscándolo seguimos,
hasta que para siempre nos dormimos.

VI

¡Y Ella viene siempre! Desde que nacemos,
su paso, lejano o próximo, huella
el mismo sendero por donde corremos
hasta dar con Ella.

VII

Lleno estoy de sospechas de verdades
que no me sirven ya para la vida,
pero que me preparan dulcemente
a bien morir... 


VIII

 Mi pensamiento, como un sol ardiente,
ha cegado mi espíritu y secado
mi corazón...


IX

El cuerpo joven, pero el alma helada,
sé que voy a morir, porque no amo
ya nada.

 
de biografiasyvidas:  Los hermanos Antonio y Manuel Machado

 Otoño

II
 
Por ti, Georgina, que vivir es pena,
publicar he, si de tus ojos tanto
el éxtasis perdura y brota el llanto
como se filtra el agua entre la arena.

Pienso que piensa tu melancolía
que es tarde ya esta tarde a las pasiones...,
y que, ante nuestros yertos corazones,
la aljaba del Amor está vacía.

¡Pues miente del crepúsculo la estrella
si la noche te anuncial... La mañana
es, la mañana despeinada y bella,

la que ahora surge y se desborda y mana
nueva, riente..., y el Amor con ella,
del arco tenso y de la venda grana.



 


PIEDRA PRECIOSA

Acabe, como mustias las flores, como exhausto
el arroyo, a la hora del pleno sol de estío,
la canción empezada al alba con el fausto
primaveral. Y sea éste el instante mío.

Instante claro y puro, como cruel diamante
deslumbrador, de aristas duras, fascinadores
cambiantes, y facetas en donde, rutilantes,
brille el paisaje muerto y helados los amores.

Muera la dulce flora que germinó en el fondo
del alma inquieta —entonces jardín el alma era,
tendido a las caricias del astro matinal...

Ya es la hora en que cuaja del ánima en lo hondo
—en la terrible entraña de la dura cantera—,
con su eterna belleza geométrica, el cristal.




OCASO

Era un suspiro lánguido y sonoro
la voz del mar aquella tarde... El día,
no queriendo morir, con garras de oro
de los acantilados se prendía.

Pero su seno el mar alzó potente,
y el sol, al fin, como en soberbio lecho,
hundió en las olas la dorada frente,
en una brasa cárdena deshecho.

Para mi pobre cuerpo dolorido,
para mi triste alma lacerada,
para mi yerto corazón herido,

para mi amarga vida fatigada...
¡el mar amado, el mar apetecido,
el mar, el mar y no pensar en nada!...




AGUAFUERTE

(FINISTERRE)

Negra es la noche, el cielo, el mar, y
El fósforo en los remos de mi barca
marca
su lento navegar.

Voy a salir del mundo al fin...
Cuando, al doblar el cabo Cruz,
el faro, como en sueños, se revuelve
y me envuelve
en un rayo de luz.



SEVILLA

Aire de luz y luz de aroma
embalsamaron el palacio...
Del torreón una paloma
voló indolente en el espacio...

Vino la noche... De la reja
colgó su oscuro crespón

—de sombra y sueños la madeja—
como los flecos de un mantón.

Calló en el patio escondido
de los crótalos el sonido...
Se apagó el último carmín...


Y ya se escucha —solamente
 el surtidor que alza la fuente
en la lujuria del jardín.
. . . . . .
  Mezcla plata, gloria,
risa, azul y sal...
y tendrás el cielo
de Guadalcanal.




  SOLEDADES

Árboles,  plantas — ¡mi campo!
 con vuestro secreto inmenso,
de magníficas latencias
y de implicaciones lleno,
acudidme, habladme. Dadme,
aguas, vuestro limpio espejo
para que yo alfin me vea,
que he vivido siempre huyendo
de mi mismo, y ya no sé
lo que soy ni lo que quiero...
Ayudad a que me encuentre,
que me he perdido, disperso
en la vida de los otros,
sin vivir... Dadme mi cuerpo,
que gasté en brazos de tantas
que no amé. Mis pobres nervios,
al placer y los dolores
de los demás siempre tensos...
Mis manos, que acariciaron
con afán todo lo bello,
sin hacer jamás su presa...
Mis pies, que al azar corrieron
por travesías sin rumbo
y callejas de un momento...
Pero dadme antes mi alma,
que hasta aquí fue sólo un eco
de otras almas, ebria siempre
de músicas y de besos.
Decidme quién soy, estrellas,
y a cuál de vosotras puedo
llamar mía... Descifrad
vuestra eterna queja, vientos...
Y tú, luna, a cuya luz
prestada endeché mis versos...
Decidme, en fin, la verdad;
decidme... Pero, ¿qué espero?
¡Si por no estar nunca solo,
vuestras soledades pueblo,
e insaciable de palabras,
que habléis aún vosotros sueño!



REGRESO

Largas tardes campestres;
alamedas rosadas;
aire delgado que el aroma apenas
sostiene de la acacia;
huerto, pinar... Llanuras de oro viejo,
azul de la montaña...
Esquilas del arambre
y balido, sin fin, de la majada,
en el silencio claro...
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama!

Maravillosa noche estremecida
por el rumor del agua
y el fulgor de los astros
—imán de la mirada
perdida en lo insondable
de la eterna pregunta—. (El grillo canta,
corre la estrella, el aire
suspira entre las ramas.)
Sueño tranquilo y sano,
velado por las plantas

humildes de la tierra y por el bravo
eucalipto que asoma a mi ventana...
Noche de paz y de salud y sueño...
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama!


Allegro matinal, tímida gloria
y milagro de nácar, '
a las corolas risa,
trino a las aves y delicia del alma,
aire en las sienes, despertar, eterna
juventud —¡oh! mañana
que abres los ojos y las rosas!—, dulce
y poderosa gracia...
Mañana de mi huerto, suave y pura...
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama!

¡Me llama la ciudad —que ignora el cielo
y la tierra y el agua
y el sol y las estrellas—,
febril y jadeante, apresurada,
con su aliento mefítico,
y su llanto y sus máquinas,
sonora de metales
infecta de palabras!
 



EL CABALLERO DE LA MANO AL PECHO
                                                      GRECO
 
Este desconocido es un cristiano
de serio porte y negra vestidura,
donde brilla no más la empuñadura
de su admirable estoque toledano.

Severa faz de palidez de lirio
surge de la golilla escarolada,
por la luz interior, iluminada,
de un macilento y religioso cirio.

Aunque sólo de Dios temores sabe,
porque el vitando hervor no le apasione
del mundano placer perecedero,

en un gesto piadoso, y noble, y grave,
la mano abierta sobre el pecho pone,
como una disciplina, el caballero.


 


LA HIJA DEL VENTERO 
“La hija callaba, y de cuando en cuando
se sonreía.” —Cervantes— Quijote.

“La hija callaba
y se sonreía...”

Divino silencio,
preciosa sonrisa,
¿por qué estáis presentes
en la mente mía?

La venta está sola.
Maritornes guiña
los ojos, durmiéndose;
la ventera hila.
Su mercé el ventero,
en la puerta, atisba
si alguien llega... El viento
barre la campiña.

...Al rincón del fuego
sentada, la hija
soñando en los libros
de Caballerías...
con sus ojos garzos
ve morir el día
tras el horizonte...

Parda y desabrida,
la Mancha se hunde
en la noche fría.




FRANCISCO FRANCO

Caudillo de la nueva Reconquista,
Señor de España, que en su fe renace,
sabe vencer y sonreír, y hace
campo de pan la tierra de conquista.

Sabe vencer y sonreír... Su ingenio
militar campa en la guerrera gloria
seguro y firme. Y para hacer Historia
Dios quiso darle mucho más: el genio.

Inspira fe y amor. Doquiera llega
el prestigio triunfal que lo acompaña,
mientras la Patria ante su impulso crece,

para un mañana, que el ayer no niega,
para una España más y más España,
¡la sonrisa de Franco resplandece!



¡PILARICA!

¡Capitana otra vez, Madre Divina!
Capitana otra vez, en la campaña,
¡siempre por Dios y siempre por España!
¡Puerta del Cielo, Estrella matutina!...

¡Tiéndenos otra vez tu regio manto,
tachonado de mundos a millares,
y bendice en tus hijos, militares,
del patrio amor el heroísmo santo!

España vuelve a pelear... Y, ahora,
para ser una y grande y libre, clama
al Pilar de firmeza adamantina...

España vuelve a pelear, Señora.
Y, en el espasmo de su Fe, te aclama
¡Capitana otra vez, Madre Divina!




A MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO(In Memoriam)

Padre y Maestro, si el saber no fuera
la mejor gala de la estirpe humana,
de tu sabiduría sobrehumana
la suma gloria el mundo recibiera.

Cristiano y español, tu magisterio
hizo saber al Orbe, en maravilla,
que, mientras suena el habla de Castilla,
nunca se pone el sol en nuestro Imperio.

Eras tú cuando toda nuestra gloria
en tu obra ingente revivir supiste;
y cuando del claro ayer fuiste el espejo...

Cuando dabas lecciones a la Historia...
Y eras tú ¡todo tú! cuando dijiste:
“Yo guardo con amor un libro viejo...”






JUVENTUD DE LA PIEDRA.— SALAMANCA

¡Oh, piedras ejemplares
de la gloria de ayer y la de ahora,
que con vítores nuevos os decora!

No es la hiedra más joven que esta piedra,
aurirrosada al sol de la mañana,
que luce airosa su festón de hiedra.

No es la rosa que el muro más lozana
—pompón del muro- que parece en rosas
fabricado, infinitas, luminosas.

De la voz doctoral el timbre seco
solemnizó este aire en que floreces,
dorada Salamanca... Y, tantas veces,
“Decíamos ayer”... repite el eco.

Mas también de mancebos a millares
claras voces, delgadas y argentinas, '
impregnaron, ¡oh, piedras salmantinas!,
de eterna juventud estos sillares.




SINFONIA GALLEGA

Vais a oír la Alborada de Veiga... La Alborada
de Veiga es... ¡La Alborada!
Porque si en todas partes amanece,
nunca como en Galicia. Allí parece
que es un perpetuo amanecer la hora.

La gaita añoradora
va diciendo:

Verdores de los prados,
donde la vaca pace,
simbólica de toda la riqueza
que Dios permite, y yace
en la naturaleza.

El Césped joven, el maizal, la parra,
que sostienen pilares de granito;
la hiedra, que desgarra
el pétreo monte. El fresco huertecito...
Las carretas de heno,
con su chillar doliente y su olor bueno.

La aldea en romería...
(Matinales allegros).
Las largas trenzas y los ojos negros.
La suavidad dela melancolía
de una copla de cuna
y de un pálido sol, como la luna.

El robledal sagrado.
(La oscura carballeira).
En el aire mojado,
un cohete, cual lirio deshojado,
entre los sones cae de la muñeira,

y apenas detonado, se deshace
la luminosa sierpe, en tanto hace
a la Charanga popular sordina
la huata de la tépida neblina...
 

Dice la gaita el hórreo y la cabaña.
Los húmedos canchales...
El subir y el bajar de la montaña...
Los ríos torrenciales... _
El orballo que empapa los maizales...

Empieza allá en la cima
lejana —¿monte o nube?—.
Desciende al valle y sube
de nuevo... Se aproxima
y se aleja... Se apaga y se reanima.
Pasa de rayo a llama, a luz, a lumbre...
como pasa del trágico alarido
guerrero (con el céltico aturrullo)
al lamento, al quejido,
al suspiro, al arrullo,
al tierno llanto del recién nacido...

Oid, amigos, que es Galicia austera,
Galicia campesina y marinera,
la siempre verde en tierra y mar, la noble
tierra del heno humilde, el fuerte roble...
¡La España madre de la España entera!

Oid, que ya es muy vaga,
que ya es muy dulce, que se va y se apaga,
dejando entre las verdes soledades
¡saudades, y saudades, y saudades!



“DE PROFUNDIS”

Ya estás, amigo, más allá. Tú sabes
ya la palabra que jamás se escribe,
y desde lo que es a lo que vive
conoces ya las diferencias graves.

Pasamos como nubes, como naves,
o como sombras. Pero aquel pervive
a quien la Fama en su paladio inscribe
por hechos fuertes o por dichos suaves.

Aromas y sonidos y colores,
la senda encantan del vivir, de suerte
que a caminar a nuestro fin convida.

 Y, acabados, sabemos, sus verdores,
que es la vida el camino de la Muerte
y la muerte el camino de la Vida.



  SAN AGUSTIN
(El Santo amigo)

Amigo: es la palabra. Pero cuida
que “amigo” dice infinidad de amores
depurados en uno; flor de flores...
Y el regalo más dulce de la Vida.

Santo: mas luego de no serlo tanto...
para serlo mejor, y del profundo
alzar al Cielo un corazón, del Mundo
henohido ya por el desprecio santo.

Santos hay abogados, protectores...
Mandan, definen, dogmatizan otros,
muestran el premio, anuncian el castigo...

Remedio sin igual de pecadores,
San Agustín conversa con nosotros.
Es el amigo Santo, el Santo amigo.




TERESA DE JESUS
(Oración)
Vivo sin Vivir en mí
y tan alta Vida espero,
que muero porque no muero.
Santa Teresa

Morir de no morir ——¡qué bien decías!-
es mi pena también cuando en ti pienso.
Y, contagiado de tu amor inmenso,
Vivo sin mi cual tú sin ti vivías.

Y es mi pura pasión de tal manera,
de premio alguno ni merced avara,
que aun no siendo tan grande te admirara,
y aunque no fueras santa te quisiera.

De tu amor a Jesús maravillado,
de sólo verte amar enamorado,
como tú le llorabas yo te lloro.

Como tú suspiraste yo suspiro.
Como tú deliraste yo deliro...
Como tú lo adoraste yo te adoro.



ANTE UNA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA
DEL CARMEN, QUE SE VENERA EN BURGOS

Cuando de hinojos, Reina y Madre, miro
vuestra divina imagen, en madera,
barro y color, la propia vida diera
para dárosla a Vos, en un suspiro.

 Mas yo siento caer sobre mi frente
vuestra dulce mirada. Y un consuelo
infinito de amor me ofrece un Cielo
—que no sabré ganar
— eternamente.

Y, vuelta a mi la vista, al miserable
mundo en que nuestra vida apenas dura
—nave o nube- minuto despreciable:


“¡Triste —me digo—-— efímera criatura,
tú el insensible y muerto deleznable,
tú eres el barro, el leño y la pintura!”



LAS CONCEPCIONES DE MURILLO

De las dos Concepciones, la morena...
La de gracia celeste y sevillana,
la más divina cuanto más humana,
la que habla del querer y de la pena.

La pintada a caricias ideales...
La toda bendición, toda consuelo,
la que mira a la tierra, desde el cielo,
con los divinos ojos maternales.

La que sabe de gentes que en la Vida
van sin fe, sin amor y sin fortuna,
y en vez del agua beben el veneno.

La que perdona y ve... La que convida
a la dicha posible y oportuna,
al encanto de amar y de ser bueno.




ENEMIGOS DEL ALMA

¿Amor? ¡Lujuria y celos! Egoísmo
inconfesable. Presúnciones necias.
Agua ni pan, sino alcohol y especias.
Ni realidad, ni ensueños; ¡espejismo!

Pecado'torpe, piedra de sonrojo.
Inagotable fuente de amargura.
Improbo deshonor de la ternura.
Locura, antes. Y, después, enojo.

Es la enemiga carne, del gusano
pasto seguro. Cumpla su destino,
sin someternos a su imperio vano.

El venturoso amor, el peregrino
y grande amor, no puede ser humano.
¡El verdadero Amor sólo es Divino!





DOMINE, UT VIDEAM
II
Ya me mate a mí mismo, pues no quiero
con hombres nada y en Ti sólo fio,
y a tu infinita caridad confio
cuanto sólo de Ti, Señor, espero.

Sólo contigo familiar sería
si Tú me hablaras... Y ¡qué humildemente,
sin guardar nada, corazón y mente,
si los quisieras Tú, te entregaría!

¡Tómamelos, mi Bien, que esta jornada
correr, de todo peso libre, ansío,
porque en Tu Gracia pronto se concluya...

Yo sé de sobra que no valen nada.
Mas, pues dejé mi voluntad, Dios mío,
hazme saber al fin cuál es la Tuya.

III

¡Gracia, gracia, Señor, que el amor quiere
yo todo tuyo, mas 'Tú todo mío...!
Porque la mar lo espera corre el río.
Y a los besos del sol la rosa muere.

Amor, que a toda gloria se prefiere,
la muerte vence, mas no vence el frío...
Eco no halla la voz en el vacío.
No viva, Rey del alma, quien no espere.

Mas, si a vivir amando me destinas,
da pan al hambre mía, aunque sea poco;
agua a la sed en que me ves deshecho.

¡Del alma en sombras a las hondas minas
un rayito de sol...! —Y, El: “¡Calla, loco,
siempre el amor acaba satisfecho!”

 



I

Cuando iba Dios por el Mundo-
dice una leyenda clara
y verde y alegre, como
el campo por la mañana-
el Divino caballero
un escudero llevaba.

Con él partía su pan,
que era del cuerpo y el alma,
con él partía su vino,
con él su sal y su agua;
con él el dulce milagro
de su divina palabra.

Los dos iban tan contentos
sin curar de que las plantas
se disputasen humildes
la gloria de sus pisadas,
y el viento a escuchar sus voces
se parase entre la jara.

 II

Ya eran pasados los tiempos
de la Encarnación primera,
de los prodigios insignes
y las radiantes sorpresas...
Y ya se llama Cristiano
el Orbe y Santa la Tierra.

Ya a la Mar de Tiberiades
no se reduce la pesca,
que el pescador de Betsaida
del Cielo guarda las puertas...
Y ya sobre Pedro está
edificada la Iglesia.

III

Iba Jesús por el Mundo
en compaña de San Pedro,
añorando acaso el día
de su viaje primero,
lleno de amor por el hombre,
por la Tierra de amor lleno.

Ambos se habían escapado,
como chiquillos traviesos,
de la Mansión Celestial,
ansiosos de ver de nuevo
de la corta vida humana
el cotidiano momento.

Pasar un día en la Tierra
y luego volver al Cielo
donde no hay día, ni noche
y no hay espacio ni tiempo,
donde todo es infinito
y donde todo es eterno.

IV

Y era una mañana pura,
llena de sol y de trinos.
El sol besaba los campos,
el aire rizaba el río.
Las sabanillas de niebla
dejaban el prado limpio,
para arrollarse a los pies
del monte, ingente zafiro.

A lo lejos los rebaños
dilataban su balido,
como trompetas unánimes
de un himno de paz tranquilo.
Y los pastores, envueltos
en polvo, luz y rocío,
iban dorados y alertas.
—¿Qué te parece, Perico?
——Señor, aquí se está bien.
La Tierra es un paraíso.

V

Después del oro del día
fue la plata de la tarde.
El sol, la luna, la estrella
en el cielo. Y en el valle
un suspiro tan inmenso,
un silencio tan suave!...

Mas cuando llegó la noche
empezó el río a escucharse;
el viento a decir palabras
sueltas entre los boscajes;
el rocío y las luciémagas
a ser estrellas rampantes.

El ruiseñor en la rama
cantó hasta morir amante...
— Di, Pedro, ¿qué te parece?
— Señor, es cosa admirable.
Los seres que gozan de esto
no tienen por qué quejarse.

VI

Y aquí viene lo gracioso
de nuestra “leyenda áurea”...
Diz que tras la noche ¡claro!
vino el clarear del alba...
Y rompieron a cantar
los gallos de la comarca.
Y, cuando Jesús, riendo,
volvió a San Pedro la cara,
le dijo el santo bendito,
entre suspiros y lágrimas:

—Señor, vámonos de aqui,
volvamos a nuestra Casa,
que estos pícaros me acuerdan
de aquella hora tan mala
en que te negué tres veées
antes que el gallo cantara...!

Y es fama que, ya en el Cielo,
y la aventura pasada,
mientras Jesús se reía,
como un niño aún sollozaba
de aquel Divino Quijote
el divino Sancho Panza.



 AL MAESTRO D’ORS
A PROPOSITO DE MURILLO
                                       
Digamos, si el Arte es vuelo,
que Murillo no “despega”. 
Pero esto del vuelo llega
a lo mejor “hasta el suelo”.
Volando viene del cielo
el Arte a la realidad
y, apoyado en la verdad,
logra su esencia Divina...
no ya por lo que se empina
sino por su humanidad.


VINO ESPAÑOL
(DE UN “CANCIONERO AL VINO DE ESPAÑA”)

Vino español, néctar fuerte,
de oro de sangre licor,
que amalgamas el sabor
del Amor y de la Muerte…
Cuando tu fuego se vierte
en las entrañas, nos baña
el espíritu y la entraña
en una fiera alegría,
tan nuestra... que se diría
que nos bebemos a España.





A JOAQUIN RODRIGO Y SU MUSICA

Pero tú ves, Rodrigo!...
El mágico paisaje,
el supremo color... ¡El personaje
del misterio, que va siempre contigo!

...La suma Realidad, la Verdad pura,
que en el Reino Interior sólo florece...
La perfecta hermosura
que sólo en el jardín del alma crece.

No a los ojos Amor, no Poesía
se brindan como al Sueño. Y es soñando
como el Poeta crea. La harmonía
de Belleza y Verdad surge cantando.
Así tú de ese mundo inenarrable
el alma luz percibes,
y en arpegios magníficos la inscribes...
Y le das una voz y un colorido
única expresión de la inefable...

¡Ay, yo también, Rodrigo,
de eso que no se ve soy el amigo!




TANGO DEL QUERER

Como el vino está en la viña
y en la mina el mineral
así está en el corazón
un cariño de verdad.

 Pero hay que pisar la uva
y la tierra hay que cavar,
y, con dulces palabritas,
el corazón despertar.

¡Ya! ¡ya!
Ya llegó lo que yo temía,
ya está aquí lo que no se va,
ya me ahoga esta pena mía
si tú no la sientes conmigo a la par.
¡Ya! ¡ya!

El beso es una sed loca
que no la apaga el beber,
porque es la sed de otra boca...
que tiene la misma sed.

¡Pero tú vente conmigo
a gozar y a padecer,
de la raíz del suspiro
hasta la flor del querer!

¡Y en un beso partido a cachitos
—caramelo chupado entre dos—,
te daré, me darás vida y alma,
me darás, te daré el corazón!

 


ANTE LA EFIGIE DEL CRISTO DEL PERDON, DE
MARAVILLAS, BARBARAMENTE MUTILADO _UN‘ DIA,
Y YA TAN PIADOSA Y FELIZMENTE RESTAURADO
“QUE NI AUN PARECE RECORDAR LA HERIDA”

¡Perdón! Es la palabra. Del primero
que sabe perdonar es la victoria;
De odio y rencores en la negra noria
caber no puede triunfo duradero.

Herido y mutilado en el madero
vence siempre Jesús, porque su Gloria 

es toda Amor, y es el perdón la historia
de Cristo, Dios y Hombre verdadero.

Llanto de Amor, cual agua de la peña,
de nuestro corazón brote a raudales
grato a la Caridad que 'El nos enseña,

entre oraciones puras y sencillas,
para bañar las plantas divinales
del Cristo del Perdón de Maravillas.



LA ORACION DEL HUERTO

Y ya no pueden más... Mudos, rendidos,
al entrar en el Huerto, que destempla '
un soplo asolador, Jesús contempla
de pena a sus discípulos dormidos.

Y sólo El, en la terrible hora -
—la deleznable carne estremecida
al borde misterioso de la vida-
sobre la humilde tierra llora y ora.

En un sollozo trágico y sublime
— como candente flor que abre su broche-
el Hijo al Padre el corazón entrega.

Mientras el viento en los olivos gime
callada y negra, al fin, llega la noche.
 Y no es la noche sola la que llega.





ANTE JESUS CRUCIFICADO

¿Y fue, Señor, por mí, por esta podre,
ofensa de la luz, del aire estrago;
por este engendro deleznable y vago,
de vil materia repugnante odre?

¿Las torpes ansias de este bruto inerte

tal pudieron, Señor, que por él fuiste
eso tan espantosamente triste
que es, al morir, un condenado a muerte?

¿Que por mi en esa Cruz estás clavado?

¿Que por mí se horadaron tus divinas
manos y estás ahí desnudo y yerto?

¿Que por mi mana sangre tu costado?
¿Que por mí coronado estás de espinas?
¿Que por el hombre, en fin, Dios está muerto?



ASUNCION

Tendió la escala entre el Vivir y el sueño
el dorado Misterio refulgente...
De la Gracia a la Gloria, dulcemente,
pasó la Reina delmorir risueño.

Fue la Asunción. El Cielo la pedía,
la celestial Jerusalem la ansiaba.
Loco de amor el Hijo la esperaba
¡con los brazos abiertos de aquel día!

Ya mira la Divina redentora
con el Mal y la Muerte nuestra guerra
desde la diestra divinal del Padre.

Y no olvida la angélica Señora
que es la Reina del cielo ¡y de la Tierra!
Y es la Madre de Dios y nuestra Madre.




 EL NIÑO DIVINO
(VILLANCICO DE NAVIDAD)


De llanto y risa.
De risa y llanto.


Venid a ver el infante
que hanacido en el establo,
que por ser Rey de los Cielos
no quiso entierra palacios.

Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos...
En la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto,

de llanto y risa,
de risa y llanto.


Para que no sienta el frío
del mundo donde ha llegado,
una mulita y un buey
su aliento le están echando.

Tiene por lecho las pajas,
por techo el cielo estrellado...
De una claridad sublime
tiene el semblante bañado...

De llanto y risa.
De risa y llanto


Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario...
Pero su Padre Divino
lo arrebatará en sus brazos...

Como a la par llora y ríe,
al mover de uno a otro lado
la cabecita, en el aire
traza del Iris el arco...

De llanto y risa,
de risa y llanto.


ANTE EL NACIMIENTO
(VILLANCICO NUEVO)

¡Venid los pastores,
los Reyes también,
veníd a Belén!


Los pastores son de barro,
de barro los Reyes son,
los arroyuelos de vidrio,
las montañas de cartón.

Una estrella de oricalco
en un alambre temblón,
sobre el portal, del lucero
celeste imita el temblor.

En tomo las gentes cantan
los Villancicos al son
de panderos y zambombas
porque ha nacido el Señor.

¡Venid los pastores,
los Reyes también,
venid a Belén!


El niño no tiene cuna,
que en un pesebre nació.
La mula y el buey, de barro,
no pueden darle calor.

Porque el Niño no es de barro,
aunque en él se moldeó,
y, si en tomo todo es lodo,
él es cielo, y gloria, y Dios.

Y así, a la voz de la gente
que al nacimiento cantó
—de cartón y vidrio y barro—,
sonaba unida otra voz:

Veníd los pastores,

 los Reyes también,

 veníd a Belén!