lunes, 22 de mayo de 2017

José Antonio Ramos Sucre



Nacido en Cumaná en 1890 y muerto en Ginebra en 1930, la vida de Ramos Sucre está marcada por un insomnio despiadado y una entrega al estudio de la literatura y de los idiomas que no tiene parangón en su época. Su angustia final, trastornado por una dolencia sin cura, le arrastrará al suicidio: fin prematuro para una existencia de caballero tan discreto como erudito, tan solitario como sociable, que ejerció como profesor, traductor y diplomático, y cuya obra, inclasificable, fue reivindicada por las nuevas generaciones de poetas venezolanos que vieron en Ramos Sucre al fundador de la poesía moderna en su país. 
De “Poesía Completa” por Toni Montesinos 

José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 9 de junio de 1890 - Ginebra, Suiza, 13 de junio de 1930), poeta, ensayista educador, políglota, autodidacta y diplomático venezolano. Considerado uno de los más destacados escritores e intelectuales de la historia literaria de Venezuela. Su poesía, escrita en prosa, ha sido objeto de muchos análisis con la intención de catalogarla, sin éxito, como vanguardista o pre-surrealista. Críticos literarios coinciden y le reconocen un rechazo al criollismo que reinaba en el ámbito literario venezolano e identifican en su poesía una recurrente supresión del «que» relativo y el cultivo del monólogo y el «yo». La temática que empleó Ramos Sucre en su obra estuvo caracterizada por el uso frecuente del simbolismo, la mitología, personajes históricos venezolanos, lo fantástico y esotérico; el tema de la muerte ocupó un gran espacio en su producción literaria. Su vida personal, universitaria y profesional estuvo signada por las vicisitudes propias de las guerras civiles en su país y, en especial, el gobierno del General Juan Vicente Gómez (1908-1935) quien gobernó Venezuela, como dictador, durante su transición rural a la petrolera. Ramos Sucre libró una larga lucha contra el insomnio hasta que la perdió cuando cometió suicidio en la ciudad de Ginebra, Suiza, en el año 1930. Sus restos mortales reposan en el Cementerio de Santa Inés de la ciudad de Cumaná, estado Sucre, Venezuela.
La prosa de Ramos Sucre, afinada, tajante y exquisita como su composición poética presenta en múltiples casos una propuesta a destiempo existencialista (a través de la metamorfosis del «Yo») pues no solo la belleza de esta evolución en toda su obra se ve mercada si no la supresión de posesivos y de el «que», repercutiendo en cierta forma como una expresión de la permeabilidad de los grandes clásicos literatos venezolanos como Ricardo Leon y Baralt, Ramos Sucre es considerado un erudito y maestro de la poesía venezolana en múltiples y reconocidas personalidades letradas. 
De wikipedia


LA TORRE DE TIMÓN I925 


El fugitivo


Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemoerie. Entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.
Insistían en el resentimiento de los antiguos reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos entrar.
Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.



Lied


Los espinos llenan, desde el pórtico en minas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.

La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la magia lunar.

El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.

Nadie podría decir el susto de la corza blanca.

Hasta ese momento no se había cantado en la mansión desierta.



La alucinada


La selva había crecido sobre las ruinas de una ciudad innominada.
Por entre la maleza asomaba, a cada paso, el vestigio de una civilización asombrosa.
Labradores y pescadores vivían de la tierra aguanosa, aprovechando los aparejos primitivos de su oficio.
Más de una sociedad adelantada había sucumbido, de modo imprevisto, en el paraje malsano.
Conocí, por una virgen demente, el suceso más extraño. Lloraba a ratos, cuando los intervalos de razón suprimían su locura serena.
Se decía hija de los antiguos señores del lugar.
Habían despedido de su mansión fastuosa a una vieja barbuda, repugnante.
Aquella repulsa motivó sucesivas calamidades, venganza de la harpía. Circunvino a la hija unigénita, casi infantil, y la persuadió a lanzar, con sus manos puras, yerbas cenicientas en el mar canoro.
Desde entonces juegan en silencio sus olas descolmadas. La prosperidad de la comarca desapareció en medio de un fragor. Arbustos y herbajos nacen de los pantanos y cubren los escombros.
Pero la virgen mira, durante su delirio, una floresta mágica, envuelta en una luz azul y temblorosa, originada de una apertura del cielo.
Oye el gorjeo insistente de un pájaro invisible, y celebra las piruetas de los duendes alados.
La infeliz sonríe en medio de su desgracia, v se aleja de mí, diciendo entre dientes una canción desvariada.


La cuita
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.
Yo escucho las violas y las flautas de los juglares en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas arma asechanzas y redes contra la doncella, acervando mis dolores de proscrito.
La niña ausente a una señal maligna del seductor.
Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés. Los juglares rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés. Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados.



Discurso del contemplativo
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y el canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará en mi espíritu la desazón exasperante del rencor, aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
Como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz llegará hasta mí después de perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Ante el mar de las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré el momento y afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los pájaros amigos.



El episodio del nostálgico 

Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.

La nieve esmalta la ciudad extranjera.

La luna prende un fanal en el tope de cada torre.

Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.

Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.

Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.

Duda si era su padre el caballero difunto.

Nunca lo vio sonreír.

Sacaba, a veces, un medallón vacío.

Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.

Nadie consigue entender el mecanismo.

He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.



La conversión de Pablo 

Los moradores de aquel pueblo extrañaban la facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su carácter extraordinario, insistían en su retraimiento lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que recorre alado la tierra, que oye en el silenció altas voces aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño extravío a lo largo de los árboles que mece el aura de la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante. Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato bajo un miedo angustioso:
—Vivía yo en donde nací, en una ciudad de claras bizarrías, de consejas extrañas y cármenes morunos.
Debieran ser mármoles truncos sus escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso…
Reconocí la aparición infausta que augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada contrición.


 La ventana 

Ella está puesta a la ventana, desierta de galanes. Vestida de luto y pensativa, reclama la atención de los artistas y demanda la reverencia de los soñadores.
Ajada por el tiempo, regala y apacigua las almas afligidas.
Vuelve los ojos de la calle solitaria a la colina opuesta, por donde el día se aleja como un rey asiático sobre lerdo elefante. Observa la sombra que adelanta con el furtivo paso de la mendiga a un festín regio.
Conforma el ánimo con el apocamiento de la luz; bendice con un recuerdo la estrella más temprana; y mira que los celajes dolorosos componen una escena de holocausto, donde su esperanza, casta Ingenia, sucumbe entre lamentos.


El culpable 

Agonicé en la arruinada mansión de recreo, olvidada en un valle profundo.

Yacían por tierra los faunos y demás simulacros del jardín.

El vaho de la humedad enturbiaba el aire.

La maleza desmedraba los árboles de clásica prosapia.

Algunos escombros estancaban, delante de mi retiro, un río agotado.

Mis voces de dolor se prolongaban en el valle nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.

Los facultativos usaban, en medio del desconcierto, los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el cauterio.

Recuerdo la ocasión alegre, cuando sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos, después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de golpe sobre la mesa del festín.

Entreveía en el curso de mis sueños, pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica, fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de rodillas y con las manos juntas.

Mi naturaleza venció, después de mucho tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.

Visité, apenas restablecido, una familia de mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz de mi pasada amargura.

Estaba atenta a una melodía crepuscular.

El recuerdo de mis extravíos me llenaba de confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.

Me despidió, indignada, de su presencia.


A una desposada 

Cualquier invención de mi enfermizo numen desluciría las páginas de este álbum. Las ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en una mansión regia. Más conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche, y estaba yo embriagado con la plácida expiración de rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque las menores no conseguían lucir en medio de la irradiación de aquellas, sus hermanas; y sueño que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al sultán de un país remoto. Veía en las bodas el comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la contemplación ba las selváticas gacelas. Y de tupidos cabellos, que bajaban a confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol. Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten el día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos, en medio de la lluvia rumorosa El cortejo recorre selvas y desiertos, en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe ejerce, en su y lana; reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le convendría el desierto en compañía del vate gentilísimo.
Entretanto, éste ha desaparecido de su lado, y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la alegría. La princesa alza los ojos y observa que el cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada, omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora llamaba, enamorada, a mi ventana.


Hechizo 

La tarde aterida vestía de azul, ceniza y plata. Las neblinas, fantasmas de la atmósfera, bajaban la escala del monte procero hasta las ondulaciones de la tierra dura y parda. Circulaban arpegios moribundos, sones eolios, gemidos del aire. Descendía en sacudidos copos la tristeza y una difusa luz tildaba los vértices de cristal.
La niña de infausta belleza rompía con emersión de nelumbo el lago del tedio. Lucía también colores austeros y marchitos, excepto el azul cándido de los ojos infantiles y el lujo solar de la cabellera, capaz de coronar con majestad de tiara su continente de sacerdotisa intacta, al servicio de una religión astronómica.
Yo soy ahora un mar callado al pie de una columna de basalto, orillas de un reino de escaldas, donde no alcanza el sol oblicuo.
Y ella misma, druidesa de espantoso bosque, sugiere el lago de una comarca hiperbórea, oscuro y glacial, de donde huyera la danzante luz con el atributo de noviembre. Y su rostro perdura en mis ojos desde que me apareció por vez primera en el curso de un letargo, del cual desperté con la súbita fractura de un espejo, en medio de mansión desamparada, una noche interminable.
La noticia de su nombre debía prenunciar mágicamente este segundo encuentro, parecido al reconocimiento fortuito, desenlace de los dramas fatales. Yo conocí aquel nombre leyéndolo con dificultad a la luz de arrinconada lámpara, en la sala de una fiesta concluida. Aquella luz era intermitente, fuliginosa y de color pálido. También eran de color pálido los contados trechos libres del cielo y, con significación de presagio irrevocable, una nube enorme, vampiro de alas satánicas, estorbaba en aquel instante el nacimiento del sol.



El rapto 

El follaje exánime de un sauce roza, en la isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un lugar desviado de las rutas marítimas. Los más hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva, más temible cuando más ceremonioso, en un viejo de faz inexpresiva, más temible cuando más ceremonioso, al padre de la niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.



El mensajero 

La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos, con la tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril, delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética, añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero, sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto del pesado mensaje.



Sueño 

Mi vida había cesado en la morada sin luz, un retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil, polvoso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba después en dirección ineluctable, entre figuras tenues, abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa, bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con mi voz desesperada de confinado.



La casa del olvido 

Un espejo retrata la oscuridad de la estancia, donde los muebles antiguos aumentan la majestad de la sombra. El color amarillo de los marcos, guarniciones y entalladuras vacila y fenece en un borde negro. La estancia ocupa un extremo interior de la mansión desierta, salvo de ruidos y de alarmas; conviene con la meditación abismada y con el desconsuelo infinito; rememora las ilusiones de antaño, desfile de lamentos. El sueño, de semblante lívido y alas funerales, visita el retiro inexpugnable, posando finalmente sobre el piso de alfombras; él es la única interrupción del soliloquio vertiginoso.
Con natación de náyade y corre con desbandada fuga de Atalanta. Un vegetal flexible sigue la jamba de la ventana, se dobla en arco y termina en flor solitaria; una flor que parece de artificio: casta, indemne del tiempo, color de alabastro y sin aroma; y esa flor beata, de palidez litúrgica, traba relaciones dichosas con una estrella, divisada desde la ventana en un mismo sitio del cielo.
Pero la flor padece otro amor secreto y más vehemente: solicita el estanque vecino, yacija del agua dormida y desnuda, y quiere escapar de la sombra, para morir sumisa bajo el dardo del sol, igualando el sacrificio de tal cautiva, amante del vencedor en bárbara epopeya.
La luna coloca un nimbo de plata sobre la flor enjuta, monja negada al sueño y sustraída del mundo, una noche amenizada con inmensa luz remota, preludio y mensaje del cielo; y esa noche de contemplación, en su llano estanque, murmura en sueños el agua virginal.
La mansión enorme engrandece los fantasmas de la sombra y recibe la inundación del sol con el sosiego del desierto. Dispone la mente a la meditación escrupulosa de la muerte y su recinto sellado enuncia agüeros de la eternidad.
En el centro de la morada funeral, edificada con regularidad severa, el agotado pozo antiguo, convertido en fosa, puede sustentar la vida de un ciprés inmóvil. El árbol huraño vigila sin fin sobre la fosa inadvertida, y su cúspide, finalmente elevada por encima de los muros de la mansión rigurosa, demanda el horizonte lejano y el lenitivo de la aurora.




EL CIELO DE ESMALTE 1929 

El valle del éxtasis 

Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco y semejanza con los músicos irlandeses, juntados en la corte por una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles había depositado entre las manos del emperador difunto, al celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire, artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el capricho de embellecer los últimos días de su jornada terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí advirtiéndome su esperanza de recoger al oie de un árbol invisible la copa de zafir de Teodolinda. Una reina lombarda.


Lucía 

Yo abría las ventanas de la cámara desnuda y fiaba el nombre de la ausenté a los errores de una ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida, imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba, salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de Jesús.
Brumas lentas nacían, al empezar la noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos, señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me devolvió la corona de su frente.


El cirujano 

Los valentones convinieron el duelo después de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico de feria, motivó la altercación irritándolos con sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido, pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda de osario y yo la señalé para satisfacer más tarde mis propósitos de estudioso.
Nadie podía solicitar las reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en vez del cuerpo lacerado.



El rebelde 

El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo, arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores, ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las quimeras del terror.

Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de la salamandra y de la república volante de las sílfides.


La cábala



El caballero, de rostro famélico y de barba salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.

Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el agua malsana del arroyo.

Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el vértice de su lanza.

Discutían a cada momento, sin embargo de la amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.

El criado resuelve salvar al caballero de la seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las Cicladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal de las oceánidas.

Cervantes me refirió el suceso del caballero devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.


El político 
La carroza del caudillo sanguinario solivianta el polvo de la ruta de fuego. Su escolta ha recogido las tiendas de campaña sobre el lomo de unos perros inicuos.
El tizne del incendio releva la tez bisunta y los cabellos lacios de los guerreros enjutos, efialtos y vestiglos, delirio de un bonzo.
El mandarín, astuto y perezoso, gato sibarita, socava el auge de la horda montes. Su discurso indirecto, proferido a sovoz en una entrevista con los invasores, divierte el estrago a una lontananza quimérica. Su frívolo cincel refina la corola de marfil de una flor mecánica.
El tropel de sagitarios, amenaza frenética, se engolfa en el erial, se encara al cielo resplandeciente, de límites violáceos. Un numen aleve suelta la cuadriga de los torbellinos y sepulta la algazara de los jinetes bajo un tapiz monótono.
El mandarín, azar de su niñez, recibió de su maestro, un peregrino tunante, el apólogo de la calavera nihilista, en el sitio del vendaval. Un astrólogo señalaba ese día el equilibrio de los elementos.


La nave de las almas 
Recuerdo apenas el lugar de mi ausencia. Una columna de fuego iluminaba el clima boreal. Yo me había perdido en un desierto de nieve.
La voz de mi congoja subía hasta las nubes de ámbar pálido.
Tu fantasma vino de la distancia, en la nave taciturna, dirigida por el vuelo de un albatros herido. Tu vida real se había deslizado, siglos antes, en una ciudad gentil. Shakespeare ha soñado los jardines quiméricos, en donde los señores y las damas de viso porfían a ganar el prez de la agudeza o decantan los méritos del amor con citas y argumentos de Platón. Cipreses y laureles demandan el cielo virginal.
Yo había concebido en torno de tu imagen una leyenda inhumana y señalado tu paso de este mundo en la oscuridad nocturna. Yo deposité furtivamente sobre tu féretro unas violetas, las flores de tu mismo nombre.
Tú me llevaste, en premio de mi fidelidad, al país desvaído de tu vivienda, a un horizonte de ensueño, ^o presencié el desfile sonámbulo de tus hermanas, las heroínas de la tragedia. Y caí de bruces a la vista del dolor, bajo los aletazos de un pájaro vengativo, condenado a la suerte de Satán.


La frontera 
La infanzona habilita la gente del servicio, las criadas simples, en el uso de la ballesta y del arco. Distingue, esforzando el oído, los atabales de de la ballesta y del arco. Distingue, esforzando el oído, los atabales de la morisma.
Los castellanos se han dividido en facciones y olvidan la saña con los infieles. Un prelado violento los acusa de amistarse con el adversarlo, de sobrellevar sus maneras lúbricas, de preferir la sombra de la palma y el ambiente del jazmín al resol de la jornada pulverulenta.
Un leproso de semblante escarnecido no se limita a ofender el sosiego de las fuentes, sino allana la empresa del invasor, asumiendo el servicio de práctico. Se ha formado entre los judíos y herejes del Languedoc y difunde sus doctrinas culpables. La enfermedad lo precipita de la grandeza.
El prelado sabe del conflicto por un medio original. Se esfuerza en reprimir una desazón, un susto repentino, y acude al secreto del santuario, a la consulta reverenda. Un hilo de sangre divide el corporal, el lienzo eucarístico.
El prelado se encamina a la plaza, junta los feligreses en son de guerra y los induce a un entusiasmo victorioso.
La turba de los humildes acorre a suprimir el asedio y admira a la heroína sobre el adarve. Un anciano triste y de vestido rozagante proclama el avenimiento de la santidad con el valor en una misma persona Ha visto en sueños, dirigido por una voz juvenil, la cota de armas de lumbre diamantina, arrojada a los pies de una cruz.


El exvoto 
El rey progenitor del paladín, bebía agua de un pozo. Guardaba una simplicidad rural. Defería al parecer de su noble consorte, segura y satisfecha de una vejez lozana.
El rey había recibido agravios de un salvaje de extraña fealdad y esperaba de un hijo desaparecido el restablecimiento de la honra. Descubrió en un sueño, la noche de un domingo, la suerte del niño y su crianza bajo la encomienda de un caballero denominado Héctor, émulo del héroe troyano en las virtudes, y no pudo acertar con el domicilio, ni consultando a los sabios del reino.
El desaparecido retorna, sin el consejo de nadie, al sentir los bríos de la mocedad y encuentra el camino derecho de su casa.
Ha empezado el viaje del regreso al ceñirse, por travesura y petulancia juvenil, un arma invencible, una espada secreta, sin el asentimiento ni la presencia de su maestro.
El caballo resplandeciente de un santo, autor del miedo pánico en la muchedumbre de los paganos, lo espera el principio de un bosque envuelto en una lumbre matinal; y la hija del maestro lo alcanza y lo sigue en otro de la misma casta, después de tejer en sus cabellos el iris y el nenúfar de un estanque diáfano.
El príncipe fue reconocido por sus progenitores y les sucedió y su compañera vino a ser reina. Agradeció la felicidad emprendiendo y ejecutando la fábrica de una iglesia y tejió en su ornamento la semblanza de la llama, de la rosa y del trébol; y su dama constante se disculpó de la presunción de usar corona, ofreciendo su guirnalda de flores acuáticas para el adorno de los capiteles.


El herbolario 
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta. Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recoma la tierra, sufriendo la grita y pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.



El rencor 
La música del clavecín, alivio de un alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa, por la ventana de su balcón, el río fatigado y el temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron, esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron la reconciliación definitiva. 



La abominación 
El solitario maldijo la ciudad en términos precisos y se escondió lejos, en una selva de espinos florecientes.
Los naturales divisaban, desde los miradores y solanas, un contorno inflamado. El moral resistía esforzadamente el suelo de nitro y el pozo de betún.
Las mujeres ejercían la autoridad y celebraban de noche un rito lúgubre y sensual. “Yo mismo presencié la fiesta del llanto y del amor.
Conseguí sustraer de la muchedumbre una joven destinada a la orgía clamorosa. Adiviné el fervor de su ternura e inocencia.
Unos piratas la habían cautivado sutilmente.
El solitario nos puso en el camino del mar y yo no acierto a distinguir si me perteneció la idea súbita de invocar el nombre de Ulises, para conciliarme la voluntad de unos remeros griegos.



La procesión 
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la quimérica flor azul.

Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la amatista pontifical. El anciano había da en la mano y portaba en un dedo la amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su carrera, apareciéndole en sueños.

Dirigió la palabra a las siete mil estatuas de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más distinguidos de la Edad Media.

Unas campanas invisibles difundieron a la hora del ángelus el son glacial de una armónica.

El anciano y la muchedumbre de los personajes eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de mí cuando las estrelias profundas imitaban un reguero de perlas sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.

Yo caí de rodillas sobre la hierba dócil, rezando un terceto en Yo caí üe rodillas sobre la Hierba dócil, rezando un terceto de la incertidumbre.


El aprendiz 
Yo me esforzaba en atinar los vestigios de una sombra aventurera. Le atribuía la rueda y el compás, los avíos de Santa Catalina o de Urania, e imaginaba su descenso de una sala etérea, de un reino inverosímil.

Yo trataba entonces con el maestro de un arte sublime, autor de edificios reflejados en las linfas del Rhin, y atento a imitar la regularidad sideral, la melodía visible del cielo.

Yo horadaba continuamente la tierra para descubrir maravillas sombrías. Un ser proscrito me había celebrado a solas los aposentos y corredores de una urbe sepultada y añadía los méritos del gnomo en la fábrica del cristal y su recelo de los hombres. Una piedra me separó de la entrevista, cayendo de repeso en las aguas de una laguna crepuscular.

Yo vine a pensar en los artistas de una raza difunta y soterrada. Los residuos de su grandeza habían inspirado sin duda la disciplina de mi consejero y maestro y yo erraba al asignarle un origen celeste. El espió desde ese momento mis pasos, sin arrepentirse de su benevolencia, me siguió por una caverna sinuosa y me recogió, inerte y desvariado, delante de un sepulcro distinguido con la rueda y el compás, los signos de Santa Catalina o de Urania.


El peregrino ferviente 

Yo sufría en paz el sinsabor de los cielos ateridos. Un esplendor lívido, el sol extraviado, nacía debajo del horizonte e iluminaba la urbe glacial. El agua de los meteoros ennegrecía las casas monumentales.

Un monje reflexivo, poseído de la soberbia, conocía los secretos de la mecánica y de la magia natural. La cabeza de un autómata anunciaba el porvenir y yo la consulté sin remordimiento.

Yo recibí ese día un castigo de origen arcano. Pasabas de esta vida a ocultas de mí y sin esperanza. Yo vine a perderme en la sombra y en el polvo de un palacio frágil, seguí los errores de un fantasma ciego, de una efigie entrevista bajo las tenues gasas de Eurídice y volví a la plaza misma del ingreso, después de una ronda febril.

Emprendí la vuelta de mi patria en medio del rumor de una inmensa desventura. Los hombres desertaban de las ciudades, huyendo de la peste y de los ludibrios del miedo. El incendio de las ricas mansiones desentumía al lobo condenado.

Unas vírgenes de tu amistad, inspiradas en el ejemplo de tu virtud y vestidas con el atavío del fantasma ciego, de la sombra aérea, me encaminaron al lugar de tu sepulcro, me arrodillaron al pie de tu imagen de alabastro.



La ciudad de los espejismos



Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa de recogerme en el aposento.

Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe, en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle hundida bruscamente en el río lánguido.

Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría los cielos.

No puedo señalar el número de veces de mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio, después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose velozmente en la espesura de la alfombra.

La ruina de las paredes había empolvado la sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no recibían sino la visita de la muerte.

Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de Shakespeare.


LAS FORMAS DEL FUEGO 1929

Las ruinas

Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre, aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de las paredes y de las ménsulas.

Sobre la maciza escalinata había corrido un tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas metálicas.

Yo visitaba, después de un decenio, el palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso había llegado a ser una cuesta difícil.

Yo me incliné delante de la imagen de un santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban hasta el suelo de arena los sarmientes péndulos de una flora adventicia.

Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.

Sus hojas amarillas y de un revés grisáceo vibraban al unísono del mar indolente y una de ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de fragancia las páginas de mi libro de Amadís.



Mito



El rey sabe de los motines y asonadas provocados por los descontentos en tomo de la misma capital. Recibe a cada paso un mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado en torno de una noticia ambigua.

El soberano imagina la devastación de una zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue un sol rojo, de país cálido.

Los hombres de la tribu cerril trasportan unas tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados, ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las tiendas para sus jefes.

El rey consulta en vano el remedio del estado con los capitanes antiguos, de barba pontificia y de elocución breve.

El príncipe, su hijo, sobreviene a interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la compañía de los atolondrados.

Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.

El héroe ha salido al peligro con la asistencia de una muchedumbre entusiasmada.

El día de su regreso, las mujeres hermosas entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de antigüedad secular en alabanza del arco iris.


El retrato



Yo trazaba en la pared la figura de los animales decorativos y fabulosos, inspirándome en un libro de caballería y en las estampas de un artista samurái.

Un biombo, originario del Extremo Oriente, ostentaba la imagen de la grulla posada sobre la tortuga.

En la casa de las cortesanas, alhajada de muebles de laca. Mi favorita se colgaba afectuosamente de mi brazo, diciéndome palabras mimosas en su idioma infranqueable. Se había pintado, con un pincel diminuto, unas cejas delgadas y largas, por donde resaltaba la tersura de nieve de su epidermis. Me mostró en ese momento un estilete guardado entre su cabellera y destinado para su muerte voluntaria en la víspera de la vejez. Sus compañeras reposaban sobre unos tapices y se referían alternativamente consejas y presagios, diciéndose cautivas de la fatalidad. Fumaban en pipas de plata y de porcelana o pulsaban el laúd con ademán indiferente.

Yo sigo pintando las fieras mitológicas y paso repentinamente a dibujar los rasgos de una máscara sollozante. La fisonomía de la cortesana inolvidable, tal como debió de ser el día de su sacrificio, aparece gradualmente por obra de mi pincel involuntario.


El sopor



No puedo mover la cabeza amodorrada y vacía. El malestar ha disipado el entendimiento. Soy una piedra del paisaje estéril

El fantasma de entrecejo imperioso vino en el secreto de la sombra y asentó sobre mi frente su mano glacial. A su lado se esbozaba un mastín negro.

He sentido, en su presencia y durante la noche, el continuo fragor de un trueno. El estampido hería la raíz del mundo.

La mañana me sobrecogió lejos de mi casa y bajo el ascendiente de la visión letárgica.

El sol dora mis cabellos y empieza a suscitar mis pensamientos informes.

Caído sobre el rostro, yo represento el simulacro de un adalid abatido sobre su espada rota, en una guerra antigua.


La verdad



La golondrina conoce el calendario, divide el año por el consejo de una sabiduría innata, Puede prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una proporción entre el medio y el fin, entre el método y el resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre, anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y dijeron al oído del sabio la solución del enigma del universo, el secreto de la esfinge impúdica.


El impío



El ciervo del abad se ha acogido a la iglesia, librándose de los perros sanguinarios. Oye, desde su refugio, el grito del cazador. Descansa del peligro bajo una luz velada, atisbo del infinito.

El cazador amedrenta los humildes, señalándolos a la jauría frenética. Ríe estrepitosamente de su capricho de señor.

Sube las gradas de la iglesia, camino de su pórtico, sobre un caballo de pisada firme. Apellida los canes, desde el umbral, por medio de una bocina irreverente.

El abad, indignado por la irrupción del sonido, resiste al profano, arredra la jauría feral.

El caballo emprende súbita carrera y desaparece en un precipicio, llevando su jinete.

Los canes aúllan en torno de un sumidero calcinado.


La guerra



El hombre de inteligencia rudimentaria salió a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una época primitiva.

Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y perezosas.

Escogió, durante el trayecto, las piedras más sólidas, para armar su honda.

Emitió gritos con el mayor aliento, usando las manos a guisa de tornavoz.

Otro hombre apareció, vestido de una zamarra y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro se perdía en el bosque del cabello y de la barba.

El combate duró, sin decidirse, un tiempo indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.

Una mujer falseó cautelosamente el pie del defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una sumisión abyecta.

El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por una cuesta breve.

Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies sangrientos de la cautiva.


El entierro



Erase un mocetón dicaz y engreído. Venía de la guerra civil, de lucirse en una jornada sangrienta, de esclarecer el abolengo marcial en presencia de un caudillo ambicioso.

Tenía en sus manos el gobierno de una aldea.

Salió una noche fuera de poblado a gozar un paisaje esquivo y silencioso. La luna asomaba sobre un estribo de la sierra.

El mozo distinguió, en la hora ambigua, el paso de un cortejo. Algunos burladores iban a su frente, llevando sobre sí una cama y pregonando la nueva de una muerte. Eran lugareños de vida traviesa y faz alcoholizada.

El joven escuchó su propio nombre al preguntar el del caído. Los persuadió fácilmente al abandono de la farsa lúgubre y a desbandarse en demanda de sus hogares.

Se juntaron, la noche siguiente, para la misma diversión a la vista de la luna exangüe, y retiraron el aviso de la muerte del joven. El los deshizo espada en mano, a tajos y denuestos y arrestó los más culpables.

Una fiesta se dio, a los pocos días, en la casa de un hidalgo rural.

El héroe agasajaba sumisamente a las hermosas y las trenzaba guirnaldas de flores pasajeras.

Un hombre macizo y desgreñado penetró en la sala y se trabó con el galán. Venía de la maleza v del barranco y desahogaba una acometividad irreflexiva.

El desconocido parecía invulnerable al arma de fuego.

La lucha se decidió con el puñal y terminó, después de unos momentos premiosos, con la muerte de ambos adversarios.

Los lugareños, de vida traviesa y faz alcoholizada, fueron absueltos de su arresto y encargados de llevarse el cadáver del joven.

No consiguieron identificar el del importuno.


Saudade



De las zagalas y de las ninfas celebradas en más de una fábula de origen lusitano. Jorge de Montemayor, el bizarro gentilhombre, dejó la memoria de esas mujeres sensibles y de sus cuitas de amor en los párrafos elegantes de su Diana, y pereció, acusado de indiscreto, por efecto de una asechanza nocturna, dirigida desde el recato de una celosía.

La estampa de una mano crispada en el muro calizo y una cruz señalan el sitio del malcaso.

La niña descubre, en la corteza de un fresno, la cifra del nombre aciago.

Un aura indolente desprende, sobre el caudal de agua, las hojas de la selva nostálgica, en el principio de la mañana ilusoria.


El secreto del Nilo



Adriano estaba inconsolable con la pérdida de su favorito en el río cenagoso, entre saurios torpes. Había perecido cuando ostentaba los atributos e insignias de Apolo.

Las palmeras descabelladas presenciaban una vez más el sacrificio del sol, anegadas en la penumbra del momento solemne, y una pirámide abrumaba el horizonte de modo inexorable.

Adriano había seguido las inspiraciones de una curiosidad impía y las enseñanzas de una crítica presumida, al visitar osadamente el país de los mitos sabios, espectador inmóvil del misterio.

Adriano se ha reclinado sobre el zócalo de un monumento derruido, en la vecindad del río inagotable, y descubre una imagen de su pensamiento en la actitud de un gavilán, el mismo del rito indígena, ensañado en aventar las plumas de una víctima.


El musulmán



La mezquita había venido al suelo durante el exterminio de los fieles.

Los piratas rubios habían mutilado sus torres y cubierto de estuco las letras decorativas en donde se leía el nombre del profeta. Se reían de la filigrana concebida y realizada por nuestros antepasados en una serie de siglos de entusiasmo.

Los muecines, humillando la frente en el polvo, anunciaron la nube de los neblíes sanguinarios.

Llegaron después de una travesía de seis meses, lucios y descortezados por el bochorno de los mares tórridos. El viento se dividía en silbidos al correr entre las velas tirantes. Los grumetes soplaban las sirenas, colgados ágilmente de los mástiles.

No nos atrevimos a combatirlos en el litoral, sino en un descampado fácil a nuestra caballería. Fuimos asesinados a mansalva. Nuestros héroes fiaban locamente en una lid vistosa, de aceros cruzados en combate singular. El fuego de los ingenios de hierro venció al denuedo franco y esteró el suelo con las víctimas y despojos de un simún.

Mi hermano mayor quedó entre los prisioneros y sufrió una suerte aciaga.

Los vencedores lo escogieron para blanco de sus pistolas. Su cadáver, colgado por los pies, se deshizo durante varios días en medio de una ronda de chacales crepusculares. El se había atrevido, a pesar de sus cadenas, con un jefe principal.

Yo visité a hurtadillas la mezquita de nuestra devoción, antes de ausentarme de mi suelo cautivo, y rescaté las reliquias de mi hermano, pagándolas al vencedor con el presente de unas armas antiguas y de una estofa suntuosa. La muselina, elástica y transparente, pasaba sin ajarse a través de un anillo.

Escogí para mi destierro el hogar de un pueblo hermano. Una planta voluble, presea de nuestras selvas, se teje en torno de un árbol seco v lo adorna con sus flores de escarlata. Yo la traje y la conservo en memoria de mi casa.

Pedí servicio en una flotilla de pescadores de perlas y recorro un golfo cristalino.


El clima del nopal



El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por medio de una elocución viva, el susto de la fuga a rienda suelta, bajo el alcance de las piedras y de los disparos.

Se finge dedicado a la memoria de Mercedes, constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.

Describe la estancia en donde pasó de esta vida y quedó yacente, sin los ventanales, arrojaba lejos el perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de marfil, un cirio de lumbre mustia.

Pasa a celebrar su propósito irrevocable de vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una maleza parca y cenicienta.

El ermitaño da fin a su discurso y me sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.

Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la greguería de los truhanes.

El capitán los persuadió a respetarme la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y la promesa de navegar la vuelta de mi patria.

Disparaba su pistola sobre unas aves de rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.


El cristiano



Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.

Él había perdido los años más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio, por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se había conservado intacta y lo había redimido al principio de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su vivienda en un descampado. El se había insinuado en la amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.

Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.

El me enseñó la caridad con los animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre mis hombros, el ajuar de la suya y eché por delante un zorro azul del polo y una liebre sedosa.


El desahucio



La cortesana había arribado de Londres y se había revestido con sus nieblas. Se encontraba sola y enferma.
Yo me apresuré a defenderla de la incertidumbre y la recibí en mi estancia desprevenida. Subió la escalera apoyándose en mi hombro.
Alboroté el fuego para restablecerla del pasmo del frío. El gozo de la llama tino de rojo las cortinas de terciopelo, residuo de mi fortuna salvado de las garfas de los acreedores.
Gendarmes y sollozaba amargamente al declarar la ruina de su salud y de su prestigio.
Se acomodó en la cama de palisandro, enriquecida de placas de bronce e incrustada de plata, conforme el estilo de Pompeya, y se perdió entre las sábanas abandonándose a merced de sus morbos. No podía resistir la muchedumbre de sus redolores.
Yo consumí en sus exequias el resto de mis bienes y la incineré con los muebles artísticos, arriesgando la última partida con el desgaire de un Sardanápalo.
No pude pagar el alquiler de la vivienda y me arrojé a la calle en demanda de los peligros de la intemperie.