sábado, 2 de febrero de 2019

La rosa de Paracelso. Borges.

LA ROSA DE PARACELSO 

DE QUINCEY: Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. El maestro fue el primero que habló. — Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente –dijo con cierta pompa. –No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? 
—Mi nombre es lo de menos –replicó el otro. –Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. 
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo: —Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo. 
—El oro no me importa –respondió el otro. —Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. 

Paracelso dijo con lentitud: —El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta. 
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta: —Pero, ¿hay una meta? 
Parecelso se rió. —Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino. 
Hubo un silencio, y dijo el otro: —Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino. —¿Cuándo? –dijo con inquietud Paracelso. —Ahora mismo –dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa. —Es fama –dijo– que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera. 
—Eres muy crédulo –dijo el maestro.–No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió. —Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella. —Eres crédulo –dijo.–¿Dices que soy capaz de destruirla? —Nadie es incapaz de destruirla –dijo el discípulo. —Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba? —No estamos en el Paraíso –dijo tercamente el muchacho; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie. 

—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso? 
—Una rosa puede quemarse –dijo con desafío el discípulo. —Aún queda fuego en la chimenea –dijo Parecelso. —Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo. —¿Una palabra? –dijo con extrañeza el discípulo–. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resugiera?. 
Paracelso le miró con tristeza. —El atanor está apagado –repitió– y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos. 
—No me atrevo a preguntar cuáles son –dijo el otro con astucia o con humildad. 
—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala. 
El discípulo dijo con frialdad: —Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo. 
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo: —Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa. El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: —Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don? 

El otro replicó, tembloroso: —Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. 
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza. 
—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será. 
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. 
Se arrodilló, y le dijo: 
—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa. Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. 

sábado, 15 de diciembre de 2018

Fanáticos y prudentes.




En el 2015 recibí este escrito que vuelvo a poner en circulación dado el cariz que va adquiriendo la sociedad: los separatistas sin ser mayoría se imponen; los LGTB sin ser mayoría implantan progresivamente sus condiciones culturales, sus modas y leyes que van contra el sentido común de la sociedad; los laicistas, sin ser mayoría desplazan la religión y tratan de eliminar su enseñanza; los musulmanes, sin ser mayoría quieren desplazar los signos cristianos porque se sienten molestos, siendo estos los moderados; ¿qué será de los fanáticos que son células dormidas pero dispuestas a la acción cuando lo consideren oportuno?.

EL SILENCIO ​"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena." 
Mahatma GANDHI 

¿ Eran muchos los nazis ? 
¿ Son muchos los musulmanes fanáticos ? 

Una opinión sobre los fanáticos. 

El autor de este mensaje es el Dr Emanuel Tanay nacido en 1928, judío sobreviviente del Holocausto, y conocido y muy respetado psiquiatra forense radicado en los Estados Unidos de América. Un hombre, cuya familia pertenecía a la aristocracia alemana antes de la Segunda Guerra Mundial, fue propietario de una serie de grandes industrias y haciendas. Cuando se le preguntó ¿cuántos de los alemanes eran realmente nazis?, la respuesta que dio puede guiar nuestra actitud hacia el fanatismo: "Muy pocas personas eran nazis en verdad" dijo, "pero muchos disfrutaban de la devolución del orgullo alemán, y muchos más estaban demasiado ocupados para preocuparse. Yo era uno de los que sólo pensaba que los nazis eran un montón de tontos. Así, la mayoría simplemente se sentó a dejar que todo sucediera. Luego, antes de que nos diéramos cuenta, los nazis eran dueños de nosotros, se había perdido el control y el fin del mundo había llegado. Mi familia perdió todo. Terminé en un campo de concentración y los aliados destruyeron mis fábricas..." 


Se nos dice que la gran mayoría de los musulmanes sólo quieren vivir en paz. El hecho es que los fanáticos dominan el Islam, tanto en este momento como en la historia. Son los fanáticos los que marchan. Se trata de los fanáticos los que producen guerras. Se trata de los fanáticos los que sistemáticamente masacran cristianos o grupos tribales en África y se van adueñando gradualmente de todo el continente en una ola islámica. 
Estos fanáticos son los que ponen bombas, decapitan, asesinan. Son los fanáticos los que toman mezquita tras mezquita. Se trata de los fanáticos los que celosamente difunden la lapidación y la horca de las víctimas de violación y los homosexuales. Se trata de los fanáticos los que enseñan a sus jóvenes a matar y a convertirse en terroristas suicidas. 
El hecho cuantificable y duro es que la mayoría pacífica, la "mayoría silenciosa" es intimidada e imperceptible. 

La Rusia comunista estaba compuesta de los rusos, que sólo querían vivir en paz. Sin embargo, los comunistas rusos fueron responsables por el asesinato de cerca de 50 millones de personas. La mayoría pacífica era irrelevante. 

La enorme población de China era también pacífica, pero los comunistas chinos lograron matar la asombrosa cifra de 70 millones de personas. 

El individuo japonés medio antes de la Segunda Guerra Mundial no era un belicista sádico. Sin embargo, Japón asesinó y masacró, en su camino hacia el sur de Asia Oriental, en una orgía de muerte que incluyó el asesinato sistemático, a 12 millones de civiles chinos, la mayoría muertos por espada, pala y bayoneta. 

Y, ¿quién puede olvidar Ruanda , que se derrumbó en una carnicería? ¿Podría no ser dicho que la mayoría de los ruandeses eran amantes de la paz? 
Las lecciones de la historia son con frecuencia increíblemente simples y contundentes. Sin embargo, a pesar de todos nuestros poderes de la razón, muchas veces perdemos el más básico y sencillo de los puntos: Los musulmanes amantes de la paz se han hecho irrelevantes por su silencio. Los musulmanes amantes de la paz se convertirán en nuestro enemigo si no se pronuncian, porque al igual que mi amigo de Alemania, se despertarán un día y encontrarán que los fanáticos los poseen, y el fin del mundo habrá comenzado. ​ 
Los alemanes, amantes de la paz, japoneses, chinos, rusos, ruandeses, serbios, afganos, iraquíes, palestinos, somalíes, nigerianos,argelinos, y muchos otros han muerto a causa de que la mayoría pacífica no se pronunció hasta que fue demasiado tarde.

En cuanto a nosotros, que somos espectadores ante los eventos en desarrollo, debemos prestar atención al único grupo que cuenta: los fanáticos que amenazan nuestra forma de vida. 

Por último, cualquiera que duda de que la cuestión es grave, no piensa sobre ello ni le da publicidad y elimina este mensaje sin reenviarlo, está contribuyendo a la pasividad que permite a los problemas expandirse. 

Por lo tanto, entiéndete un poco a ti mismo y ¡envía esto una y otra vez! 

Esperemos que miles de personas, en todo el mundo, lean, piensen sobre ello, y actúen en consecuencia antes de que sea demasiad​o tarde.

lunes, 26 de noviembre de 2018

La escuela de Salamanca. Tiempos Modernos de Intereconomía TV.

Los teólogos españoles de la Escuela de Salamanca hicieron aportaciones únicas al Derecho, a la Política, a la Economía, como recuerda el sociólogo y politólogo Javier Santamarta del Pozo en Tiempos Modernos, el programa que dirige Fernando Paz  en  Intereconomía TV.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Leopoldo de Luis. Poeta.



(Córdoba, 1918) Seudónimo de Leopoldo Urrutia de Luis. Escritor español. Su obra poética, en la línea de la poesía social, se inició en 1946 con Alba del hijo, a la que siguieron poemarios como Teatro real (1957), Trigo limpio (1961), Con los cinco sentidos (1970), Igual que guantes grises (1979, premio Nacional de Literatura) y La sencillez de las fábulas (1989). Entre sus ensayos figuran Antonio Machado, ejemplo y lección (1975) y Vida y obra de Vicente Aleixandre (1977). En los años noventa publicó Reformatorio de adultos (1990), Tríptico de la materia humana(1991) y Claves de Miguel Hernández (1992).
De:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/l/luis_leopoldo.htm


Encuentro con Leopoldo de Luis, 
por Vicente Aleixandre

Si al entrar miráramos al fondo de la habitación, veríamos una ventana y, delante, una mesita pequeña. Sentada, una muchacha trabaja en una máquina de escribir. El sol caía suavemente hasta los rizos ligeros, que se hacían casi vaporosos, en la luz. Una mano pulsaba, la otra se emparejaba en su diligencia, y era una música vibrátil donde se trituraba con suavidad la letra que unos ojos claros iban tomando de aquellas grandes hojas desplegadas.

Como desde un objetivo, desde el umbral podíamos ladear la mirada. Pronto desaparecería el cuadrito: la muchacha, la máquina, si no la música sonante. Estábamos viendo una mesa mayor, y en ella una mano grande sobre una página blanca. Los ojos observadores subían: un brazo conducía esa mano. Subían más: un hombro. Más: un rostro de un hombre atento, atentísimo al equilibrio, a la regularidad, a la claridad sin tacha de la escritura elegante. Sobre su cabeza, escaso el cabello. Una frente amplia, y descendiendo de ella una nariz pesante, levemente abultada en su extremo, y debajo, un poco oculta en esa postura, una boca pequeña, apretada ahora y situada sobre dos mejillas que se esparcían con generosidad, dando cierta seriedad inmóvil al rostro coloreado. El objetivo, la mirada enfocaba esa cara, y entonces el contemplado podía levantar los ojos. Eran castaños y estaban abstraídos en el cálculo de las palabras o de los números que la mano disciplinada aguardaba para escribir.

El plano podía prolongarse y escucharíamos unos pasos: la muchacha ingresaba ahora en el campo de la visión y observábamos cómo recogía otros papeles y cómo se retiraba.

La mano grande, otra vez en movimiento, trazaba nuevas cifras, nuevas palabras, columnas, números, párrafos ordinales, líneas, productos...

Sonaba un teléfono, se oían unas voces, y la figura se ponía de pie. El jefe de negociado de aquella empresa, don Leopoldo Urrutia de Luis, se deslizaba despacio fuera del plano, que se fundía y extinguía.

La puntualidad, el escrúpulo, la diligencia, la atención, son cualidades morales que un artista puede llevar ínsitas en su alma. Y en un quehacer cotidiano, ajeno al parecer, estar conmovedoramente denunciándole, haciéndole reconocible cuando nuestra mirada penetra por una puerta abierta y arroja un cono de luz sobre aquel que sentado a una mesa trabaja con aplicación. Porque nada es ajeno y todo queda absorbido en su unidad, todo integrado y todo armoniosamente situado y reconocido como elemento de un símbolo general.

Este artista será un hombre cortés. La cortesía, la delicadeza, una suave paciencia, pueden, en el trato humano, ser tal un dibujo fino, servicial, adherente, donde cada uno de los otros, como subrayado por la mano conocedora, adquiere su perfil, su desenvoltura, su naturalidad, protegido — aunque a primera vista no lo creamos — por esa firme y suavísima dedicación.

Si ese artista no es un dibujante, y qué admirable dibujante sería, y su dibujo tendría algo de la implacabilidad en la cortesía del dibujo japonés; si no es un plástico, puede ser un orador, puede ser un poeta, puede ser no más que abstraído meditador, interrumpido a veces en su sonrisa buena.

Pero, si es un poeta, le veremos alguna tarde acabar el trabajo en su despacho, cerrar su gaveta: un momento brilla en el aire la llave silenciosa; tomar su abrigo y descender con suavidad y firmeza la escalera... Va, quizás, a recoger un paquete en casa de algún amigo: posiblemente unas pruebas de imprenta de la revista poética que él cuida con desinterés. O se encamina para dejar en la portería de alguien la fotografía interesante que él posee y que generosamente, después de obtener un duplicado a su costa, entrega. En el Metro está confundido con todos, sin disgusto; sale con la gran onda humana que va a morir, él su última espumilla, en el umbral mismo de su residencia. Luego, arriba, ante las cuartillas blancas... Pero algunos días podía hacer también alguna visita. La tarde que yo le conocí llevaba Leopoldo una cartera grande de cuidada piel. Hablaba poco, apenas el tino de una palabra; pero su largo silencio diríase la línea viva en que se vaciaban los asistentes. Con su mirada parecía trazar el perfil justo y natural en que las figuras encontraban su movimiento.

Alguien pidió a Leopoldo de Luis que leyese sus versos últimos. Su cortesía, en ese caso, oscilaba entre la negativa rotunda y la inmediata rendición deferente. En el conflicto cortés el tiempo importaba, y el que matizadísimo transcurría otorgaba su primera mitad al rehusamiento modesto, su mitad segunda a la vacilación complaciente. Que era, al fin, la que obtenía la victoria y, con ella, la recitación íntegra del poema solicitado.

Su voz nos producía sorpresa. Porque, abriéndose paso en la modestia con la confusión propia, pero con la decisión necesaria, la voz surgía de pronto de un registro desconocido, oscuro, tal que cavernoso y el acento solemne, el escandido casi oratorio, frenado por la vigilancia del gusto, daba a la declamación cierto énfasis, no enfadoso, pero sí inesperado, como si un nuevo Leopoldo de Luis asomase, de pronto por transparencia en el rostro de nuestro amigo, y desde allí, nos saludase con ademán y voz irreconocibles.

Al terminar el poema se apagaba en el acto la luz del interpuesto Leopoldo y volvía a brillar en él la cara reconocida. Su afable simpatía, su silencioso asentimiento, su delicada atención obtenían la primacía en esos instantes pospoemáticos, que pocos poetas llevan con la naturalidad desinteresada del que acabábamos de escuchar.

Una charla general se sucedía, hasta que alguien se ponía de pie para despedirse. No era Leopoldo el primero, pero tampoco el último. Con justeza encontraba el momento, y al alejarse con pisada suave, con deslizado movimiento, parecía que se llevaba el dibujo fiel de cada uno, que él había recogido con agasajo, sin que el modelo hubiese sentido más que gratísima holgura, y que el fino autor acumularía en el estuche mental de sus múltiples experiencias. Si se tenía sensibilidad para ello, se sentiría únicamente, a su ausencia, que el aire era más inhóspito, como si, de pronto, se hubiese cuajado, perdida su vaporosidad afable, casi diríamos amistosa, y que la conversación o decaía o se hacía un poco picuda, desajustada, y se entraba en la hora molesta de los pequeños desacuerdos. Leopoldo de Luis habría penetrado en el Metro, con la masa general habría rodado hasta la estación de «Estrecho», y surgiendo en la ola común habría ido arriba, él, la última espumilla segura, hasta la puerta de su residencia.



PRIMERA DEDICATORIA 


Sombra apenas de vida. Imperceptible aliento.
Sólo vago aleteo de mi amor o latido.
Susurro que arrebata un milagroso viento
del árbol de mi sangre triste y estremecido.

Hálito débil, sombra tan sólo adivinada
en la oscura penumbra lejana de la vida,
donde el milagro es carne virgen de la mirada
y el misterio es el alba de la entraña dormida.

Pálpito de mis pulsos más allá de mí mismo.
Eco de mis latidos y sombra de mis tactos.
Proyección de mi vida hacia un nuevo heroísmo
por rutas indecibles y caminos exactos.

Proyección de mi vida, hoy sólo dulce peso.
Sólo extraño vahído por la materna frente.
Estagnación del aire suspirado del beso.
Perennidad de un sueño que nace diariamente.

Remanso de mi esfuerzo. Calma de mi arrebato.
Sosiego de mi frente. Silencio de mi grito.
Te presiento en el aire mudo de mi retrato,
jalón de mi entusiasmo, de mis angustias hito.

Ella, en la luminosa penumbra de su sueño,
ya te da dulces nombres con que vestir la rosa,
la ternísima rosa de tu cuerpo pequeño
que hoy llena esa penumbra del sueño luminosa.

Yo, te veo en mi torno, intuyo tu presencia,
mas tu alado suspiro a precisar no acierto.
Te adivino en el gesto de su leve indolencia,
dulcemente cansado, vagamente despierto.

Te adivino en la sombra cárdena que sus ojos
agranda y hermosea de un fulgor fugitivo.
En la breve caricia de sus vestidos flojos
bajo el delgado aliento recientemente vivo.

¿Eres más que ese triste fulgor de sus pupilas?
¿Más que esa desvelada ansia de su ternura?
Como una clara sombra de realidad te afilas
y entre los sobresaltos la emoción se apresura.

El río de mi vida se ahíla y se adelgaza
para ser esa dulce gota de tu existencia
que desde el silencioso recinto nos emplaza
por este emocionado periplo de impaciencia.

¿Cómo verás las cosas desde ese mundo interno,
tan ignoto aunque centro de toda cosa viva?
Desde ese silencioso recinto tibio y tierno
donde cobra la sangre su voluntad creativa.

¿Cómo llamarte ahora que eres sólo una sombra,
un suspiro de vida interna, imperceptible?
¿Cómo llamarte si eres lo que sólo se nombra
con íntimas palabras de lenguaje indecible? 


Huella de amor en prados de escondida ternura,
en ocultos jardines donde empieza la vida.
Mi corazón vestido con su emoción más pura
— sombra, temblor o hijo — te da su bienvenida. 



DE «HUÉSPED DE UN TIEMPO SOMBRÍO» (1948)

POEMA PARA OCTUBRE

La tarde es una rosa vagamente
en la rama desnuda del ocaso.
Una rosa ceniza, como un frío
beso crecido en unos muertos labios.

Leve sombra desliza
su palidez de hielo entre mis manos.
Las pupilas alargan sus miradas
como cautivos pájaros.

Octubre otra vez fruto
de este paisaje, este árbol
donde día tras día oscuramente
mi pobre corazón se va quedando.

Vivir es reencontrarse
en todo lo lejano,
ser otra vez aliento en el paisaje
que fue otra vez soñado.

Vivir es ser corteza de este roble
que en hielo y sol el tiempo va quemando.

Después del hielo de este invierno o llanto,
de este toro nocturno de amargura,
de este desnudo y dolorido canto,
de estas flores sin gracia ni hermosura,

sólo ese sol de la palabra espera
baña de luz el corazón cobarde
sólo esa evocación de primavera
su rosa o fuego aquí en el pecho arde.

No es ya ni la esperanza, es solamente
una palabra o cuerda en la que suena
un eco de metal lejano, ausente,
bajo esta opaca y triste voz de arena.

Esperaré. Ya sé que en vano se hace,
como en vano la noche espera al día
que sólo al alcanzarlo, se deshace;
como es nada al llegar al mar la ría.

Canto mi soledad, álamo triste.
Lo que me abrasa canto, mientras muero.
¿Detrás del llanto un mundo nuevo existe?
Todos los días de mi edad espero.




DE «LOS IMPOSIBLES PÁJAROS» (1949) 

EL CAÑAVERAL 

El viento, músico de Octubre
pasa por los cañales amarillos, 
los humaniza dolorosamente 
arrancándoles débiles gemidos.

El viento, músico de Octubre,
de la ladera azul amigo,
entre las cañas, dulces flautas
para sonar cerca del río.
El viento pasa dolorosamente.
La caña se hace triste caramillo.
Soy como esos cañales. 



Como cañas, 
mis huesos junto al río 
oscuro de mi sangre. 
El viento triste 
que viene de las cumbres del olvido 
pasa y arranca, hecho canciones, 
un dolor muy antiguo. 





CANSANCIO

De la tierra me sube este cansancio,
esta fatiga de caminos.
La tierra es vieja, el hombre es viejo y lleva
caminando ya muchos siglos.
La vida es sólo una angustiosa marcha,
la tierra no tiene cobijo.
El hombre pasa y pasa. Por los campos
se suceden el hielo y el lirio.
El hombre pasa. El sol de agosto encierra
su oro en las torres de los trigos.
El hombre pasa. Oro y ceniza, Otoño
el corazón vuelve sombrío.
El hombre pasa. Gélidos rebaños
pastan en prados decembrinos.
El hombre pasa siempre. El tiempo pesa
sobre el paisaje mudo y frío.

Esta fatiga sube de la tierra,
este cansancio de caminos.

Sobre mi espalda pasan los senderos
que se recorren desde siglos.
Mis pies arrastran otros densos cuerpos
que lastran este cuerpo mío.
Vivir es caminar siempre de sombras
cargado hacia un fatal destino.
Este cansancio que ahora siento, acaso
sea un cansancio muy antiguo.

En el principio de la vida era
un hombre al borde de un camino,

PRIMAVERA 

Volver, siempre volver a los caminos
que ya corrimos antes. 
Vivir es caminar con diferentes

pasos por sendas siempre iguales.


¿Dónde los días que se fueron? Pasan 
los días sobre rostros y lugares 
y el dolor va marcando solamente
las distintas edades. 
Ahora te tengo, hijo, frente al claro 
milagro del paisaje. 

Mira: la Primavera, dulcemente 
se cierne, como un ave 
por el delgado cielo, sobre el ancho 
corazón de los campos, alegrándoles 
con el amor azul de su tibieza. 

La flor es niña y es la tierra madre.
¡Cuántas veces anduve este camino 
hacia un Abril radiante!


Cuántos hombres lejanos, olvidados, 
cuyo dolor de sombra se hace lastre 
sobre los hombros míos, 
antes de ser yo tierra viva por él pasaron. 
¿Sabes tú, hijo, qué es la Primavera? 

Tú eres la Primavera de mi sangre. 
Por las sendas de Abril adolescente 
como ahora abrazándote 
— abril de mi alegría— iré en tus pasos 
hecho recuerdo en caminar constante...

Hoy es la Primavera, hijo. 
El sol, rosa de sangre, 
sobre el inmóvil río del ocaso 
dobla la dulce rama de la tarde. 




ES COMO EL AGUA...

Es como el agua en gracias generosas
por el frescor humilde de la arena:
un albo deshojar de húmedas rosas,
líquido florecer que de amor suena.

Sencillamente fluyes, te derramas
en amorosa ofrenda por mi orilla.
De agua encendida o de fluyentes llamas
tocada dejas esta humana arcilla.

Como en la húmeda tierra tengo huellas
sobre mí de tu paso transparente,
y brillantes guijarros, como estrellas,
iluminados bajo tu corriente.

Mira el agua. Contémplate. En el hondo
caz de mi alma, amor, lo mismo fluyes.
Miro el agua. Te miro. Y en el fondo
del tiempo, acaso, como el agua huyes.



AUNQUE SIEGUE LA VOZ...

Aunque siegue la voz con que tu nombre
digo, tu nombre irá, como una hoguera
abrasando estos huesos y esta carne de hombre
con perpetuo verdor de primavera.

Aunque ciegue la herida de mis ojos
donde vive la luz de tus paisajes,
en los del alma, de ceguera rojos,
siempre se estrellarán tus oleajes.

Aunque duela el silencio, como espada
fundida en lentas fraguas de amargura,
sonará esta verdad desesperada,
mordida tierra entre mi dentadura.

Sorda la voz, el sueño enarenado,
las pupilas, el alma, la garganta arañadas,
ronco, diré que hay en mi pecho, hincado,
un árbol que florece rosas ensangrentadas.

Respiro por la herida.
Por esta viva herida de mi muerte;
por esta mortal llaga de mi vida
que años y sueños y fracasos vierte.

Respiro por la herida este aire triste
empapado de humana pesadumbre.
Y un claro viento insiste
contra muros de tedio y de costumbre.

Pisando mi dolor, legiones de hombres pasan
ciegos, hacia esta misma hoguera mía.
¿Para siempre se salvan? ¿Para siempre se abrasan?
Yo sólo sé que busco mi verdad día a día. 



CUANDO CIERRO LOS OJOS...

Cuando cierro los ojos vuelvo a verte
por la dorada sombra. No te pierdo.
Vas por las galerías donde vierte
su triste poso el agua del recuerdo.

Hecha pura verdad recuperada,
sin contornos, sin forma, solamente luz,
pura lumbre o gracia enamorada,
caricia transparente.

No eres dolor. Sólo melancolía
o declinada tarde. Herido beso.
Poniente sol que el vago azul enfría.
Ala que pasa y deja un leve peso.



Te recupero aquí. Si el tiempo suena 
aquí deja el sonar, hecho latido. 
Hasta aquí arrastra su amarilla 
arena el huracán que pasa enardecido. 

Su rosa la esperanza aquí cultiva. 
Pone el amor su dolorosa lumbre. 
La tierra cava la verdad más viva 
y va dejando su mortal costumbre.

Detrás de cada día va una estela 
de dolor, de cadáveres sombríos. 
Los fracasos. El sueño que se hiela. 
Los hondos pozos sin amor, vacíos.

Lo que nos huye, lo que fue la aurora. 
La lágrima, la voz. Esa ventana 
que abrimos a la muerte cada hora. 
Todo lo que es angustia cotidiana. 

Galería sin fondo, sima oscura aquí, 
tras de los ojos, si los cierro,
todo un acervo mundo se apresura. 
La memoria me acosa un triste perro. 

Aguas abajo de mi vida, se hunde 
tu cuerpo, ese pequeño paraíso 
en que nos encontramos. Ya se funde 
a este doble vivir de amor sumiso, 

Sólo aquí existes. Falso sol tus ojos. 
Falsa playa tu cuerpo, falsa ola 
la del mar de tu voz. Sólo en los rojos 
ocultos campos míos vives sola. 

Sombra y luz. Barro y nube. Vida y muerte. 
Mundo y mundo, mis párpados afrontan. 
Se hunden tus alas cuando quiero verte. 
Cuando cierro los ojos, se remontan.

ABRIL PONE SU CLARO... 


Todo lo que perdí volverá con las aves. 

J. G.

Abril pone su claro
milagro en el paisaje,
su adolescente rosa
de luz sobre la tarde.
La flor y la pureza,
el tibio amor del aire:
todo vuelve en las alas
de pájaros fugaces.

Pero ayer yo era otro
por este mismo parque.
De lo que perdí, nada
volverá con las aves.
La cigüeña celeste,
blanca cruz en el aire.
La golondrina negra
llena de claridades,
pájaros que devuelven
pubertad al paisaje.

Pero lo que he perdido
nunca lo traen las aves.
Aquel niño no tiene hoy
su mirada de antes.
El corazón vestirse
de almendros ya no sabe.
¡Abril, abril! , gritaba.
Pero si octubre abate
con sus manos oscuras
los verdes alminares...
Lo que se pierde, ¿siempre
retorna con las aves?
¿Como al rosal la rosa?
¿Como la brisa al sauce?
Pájaros imposibles
de anidar en mi sangre.
Oh plumas que no logran

sostenerse en mi aire.

Pájaros imposibles.

Lo que he perdido
nunca volverá con las aves.



DE «LOS HORIZONTES» (1951)

ELEGÍA

Con sus alas de plomo va la tarde;
pesa en la piel ceniza de los campos.
Difusamente cunde la penumbra,
vellón de sucia lana en el ocaso.

Tú eras también de luz y de paisaje.
Se ha oscurecido el mundo entre tus manos.
Se ha detenido el tiempo, río sordo.
La luz ya es sólo sombra de tus párpados.

Se siente caminar lejanamente.
Alguien cruza en la sombra hacia el pasado.
Nada delante. Olvido. Dios en sueños
aún alienta en el alma su amor manso.

Se retorna al recuerdo cual las olas,
una vez y otra vez, con lento paso.
Duele el amor, duele la certidumbre
de saberse de amor y odio poblados.

¿Ves? Somos cual la encina, aquí en la sombra.
Honda raíz, enfurecidos brazos.
Ferviente savia oculta nos abrasa.
La libertad nos nace por el llanto.

Como la luz, aquí también morirnos,
en el hermoso otoño del ocaso.
Un ascua fugitiva hacia la sombra.
El amor anochece en nuestros labios.




LOS DESPOJADOS


Tenían los ojos de piedra
y el corazón de pena remota.
Se movían como se mueven
las tristes bestias silenciosas.

La luz de ocaso les hacía
oscuros y casi sin forma,
como de niebla espesa y torpe,
borrosamente, por la sombra.

Tras de los bultos miserables 
se perdía una vida incógnita 
por galerías de tristezas 
y de venturas y zozobras. 
Niños andando desde años
con la risa en los labios rota, 
jóvenes sauces de esperanza 
con la ilusión verde en las hojas. 
Y el amor como una ceniza 
que abrasó el corazón y la boca. 

También un pájaro de sueños 
anidó en estas ramas solas, 
y se alegraron de veranos, 
de rumoroso aire de fronda. 
Hasta en la carne más humilde 
el sueño tiene alas de alondra. 
Se perdían tras de sus bultos 
mares lejanos. Y una sórdida 
bruma cegaba con hastío 
la playa infiel de la memoria. 

Iban despacio, naufragando 
de indiferencia y de derrota. 


OSCUROS HOMBRES

Oscuros hombres, vamos a la luz,
vamos a remontar los hoscos sueños.
Sé que lleváis irremediablemente
un tigre encadenado en vuestro pecho.
Pasivos agonistas de una vida
que sorda pasa y os escuece dentro
como un río de sal por vuestras venas,
como una roja ortiga en vuestro ceño.
Montón de soledades asediadas
por la injusticia, por el hambre, el miedo.
Solitarias angustias, hombres solos,
vamos, hacia la luz, a comprendernos.

Acaso la verdad, arriba, bate sus alas
cerca; abajo, acaso, lejos. Acaso dentro
de nosotros mismos vuela,
y llevamos nuestro propio cielo.

Tal vez amor. Tal vez se niegue
el árbol a florecer desde su pobre leño.
Absorto el hombre, estéril la ternura,
los ojos, puras fuentes, están secos.
Tal vez el corazón sólo es de tierra
y falta llanto para darle riego.
Tal vez si nos herimos las pupilas
liberadora lágrima alumbremos.

Oscuros hombres: vamos a la luz.
Solitarios alzáis vuestros silencios,
vuestro rencor, vuestra sombría nada,
vuestros helados y terribles fuegos.
A la impávida luz de la amargura
mirémonos: vamos a comprendernos.




SALIDA DEL COLEGIO

Eran las ocho. Habíamos dejado
un día más bajo el oscuro techo.
No nos dábamos cuenta. Cada tarde
nos acercaba al hombre, sin saberlo.
Cerrábamos el libro. Otra mirada niña,
perdida para siempre. Lejos, pero
pausadamente aproximándose,
unos ojos de hombre floreciendo.
Las acacias de octubre a octubre
en vilo negreaban ya el patio del recreo.
Siempre al coger mi abrigo recordaba
yo a mi madre.
Las ocho.
En el silencio
de la calle irrumpíamos nosotros.
Un aire frío. Aldebarán luciendo.
Luego nos alejábamos con pasos
que claramente aún escucho dentro.
Pasos hacia la pena de ser hombres
y de vivir y de seguir muriendo.
No nos habían dicho
que la vida era esto.
Que sólo la miseria educa a otros
niños que un día exigirán su puesto
de hombres junto a nosotros. No sabíamos
que el mundo está mal hecho.
Eran las ocho.

Al recoger mi abrigo
yo me acordaba de mi madre, lejos.

Hasta hoy no he sabido la tristeza
que tiene la salida del colegio.




Y SEGUIR

Vuélvete. No prosigas. La verdad es recuerdo.
El amor es recuerdo. Lo perdido es aroma.
Regresemos. El tiempo que no vuelve
nos abre el materno regazo de su voz: la memoria.

Retrocede a la infancia. A la tibia penumbra
del naciente deseo. Al no ser. A la incógnita
mirada. Como un río que el pedregal olvida
y a la pureza o fuente de su niñez retorna.

—Si el hombre fuera solo, si el río fuera solo
sobre la piel hirsuta, sobre la tierra inhóspita...
Olvidar. En el alma, en el más puro hielo,
hundirse día a día. Que siga el agua sola.

Pero ríos que bajan llorando sin fronteras
heridos entre espadas de troncos, entre rocas,
pero ríos que sangran hacia el mar lentamente,
desde lejos un hondo cauce de amor invocan.

Vamos hacia el mañana. Alcemos las pupilas.
Que un canto de esperanza caldee nuestra boca.
No estamos solos. Alguien precisa nuestros hombros.
Y con él proseguimos caminando en la sombra.




LA PALABRA

La luz llega más lejos, aún más lejos
Desconocidos mundos ilumina.
Opaca sombra, el barro vive oscuro.
Su luz, su fuego, es la palabra viva.

Todo es anochecer entre mis huesos,
entre mis manos que levantan días
de soledad y de cansancio, todo
es vuelo triste hacia la tarde herida.
El alba pura sólo en la voz surge. 
Sólo en el canto brota la encendida 
perpetuidad de la memoria humana
sobre la tierra lívida.

Por esa luz de música o de llanto
el hombre se libera de su asfixia.

Por esta voz que brota de la sangre
la libertad humana se ilumina. 






DE «ELEGÍA EN OTOÑO» (1952)

OTOÑO. VIDA

Si de repente nos volvemos
hacia nosotros, ya no estamos.
Somos perpetua y triste huida
en el tiempo, sobre los años.
¿Ves el Otoño? Bebe ríos
secos y rojos del verano
y lleva dentro un fuego antiguo
de viejos sueños olvidados.

Somos de Otoño. Sólo Otoño
en el sabor de nuestros labios.
Todo se vuelve al fin Otoño
de arena triste en nuestras manos.
El estío de nuestra sangre
nos hace Otoño siempre, acaso.

Ya donde ayer la luz solía
no la sentimos. Van lejanos
los imposibles manantiales
en lo remoto. Van sonando
trenes que pasan sin regreso
por amarillos y hondos campos.

Viene el Otoño. Tristes árboles
en tus ojos. Heridos pájaros
por un octubre de memorias,
de tibia sangre dejan rastro.

Y vivir se nos hace esto:
Otoño al fin, sobre los párpados.
Nos ha cubierto lentamente
un como tenue polvo claro,
una ceniza de septiembre.
Y el fuego lejos.
Ya no estamos.


TRANSITO

Como la muda música del tiempo
suena tu paso próximo. Resbala
tu sombra cual los días en fluyente 
transitar por mis surcos, como un agua. 


Flotamos en el tiempo, en el continuo
ir del río. Nos lleva. Nos desgasta
lentamente. Nos suena honda en el pecho

la rota frialdad de su cascada.

Fuimos de abril. Teníamos
una luz inefable, como un ala.
Flor o pájaro o nombre del amor,

en el sueño y en la rama.

Fuimos también de mayo. Dulcemente
el mirar como un fruto se doraba
de presagios. Madura y entreabierta 
la fresca pulpa en que el besar se abrasa. 




El estío nos hizo arena ardiente, 
carne encendida de besada playa 
donde blancos caballos como espuma 
por la sangre de agosto se abalanzan. 

Como cuerpos de otoño nos amarnos 
bajo la luz dulcísima y dorada y sentimos 
el cobre de noviembre de hermosura 
sonar en nuestras almas. 

Cuánto diciembre acude, cuánto enero 
cerca el amor, la vida, la esperanza. 
Por la nieve tus pasos cómo suenan 
a rosas deshojadas.

Somos de tiempo. Soledad y tiempo 
nos vuelven sombra y nada. 





NAUFRAGIO

El mar en Santa Bárbara es un claro
mastín de espuma. Ladra entre las rocas,
lame las finas manos de la arena,
va y viene por las conchas,
y a los lentos corderos de la tarde
hasta el redil del horizonte acosa.

Trae en los dientes algas. Juega
con viejos corchos, con maderas rotas.
Acaso son oscuros, pobres restos
de un naufragio remoto. Por las olas
viene en la triste tabla carcomida,
hecha frío despojo, una congoja
humana, un pulso a flote
de corazón cegado, una memoria
de vidas por un mar ya sin orilla
hacia un día que ya no tiene aurora.

Contemplamos el mar. Y nos miramos.
Tal vez aquí solloza,
en esas tablas, un amor,
un sueño que aún el olvido arrostra.

Y miramos el mar, cual si sintiéramos
que un oscuro naufragio nos convoca,
que olas de tiempo y soledad nos lanzan
contra arrecifes de tristeza, contra
mares de llanto sobre los que pasa
su helada mano un cielo sin memoria. 



VIA MUERTA

Como trenes lejanos nos cruzan los recuerdos
en la noche, a través de los campos del alma.
Nos huyen. Los sentimos. El tiempo los conduce
a la remota oscuridad sonámbula.

Quedamos silenciosos, como estaciones solas,
frías en la desnuda madrugada.
Dios es a veces sólo el párpado amarillo
de esa única luz que no se apaga.

Sordos, en qué profundas vías muertas de olvido
los vagones del sueño se topan y se encallan
en la inmovilidad de la tiniebla
mientras la vida sigue silbando en la distancia.

Vías muertas de olvido, donde los guardagujas
del tiempo hunden la risa y la esperanza.
Raíles herrumbrosos por donde no es posible
transitar hacia el alba.

Oh tristes vías muertas
donde va la alegría condenada,
en las que descarrila definitivamente
aquel tren de juguete de la infancia.




EL BALCÓN MANET 

Miras el tiempo silencioso
en el balcón. Un tiempo extraño
que se desliza vagamente
como una sombra entre las manos.
En un verdor remoto deja
fija la vida, el sueño estático
entre los cauces inviolables
y geométricos del marco.

El tiempo vuelve entre tus ojos
y estos ojos paralizados
que nos contemplan mudamente
desde el balcón remoto y alto.
¿Qué sueño antiguo ha detenido
la luz en estos rostros claros,
en estas dulces, armoniosas
figuras, estos trajes blancos?

Mueves estampas, libros. Vuelves
los ojos otra vez al cuadro.
Álbumes, páginas, revistas,
viejas carpetas de grabados,
cajas, recuerdos, libros. Vuelves
los ojos otra vez al cuadro.

¿Quién nos contempla? ¿Qué transita
bajo este verde balcón, bajo
estas pupilas como luces
que nos están iluminando?
¿Qué tiempo miras?
¿Qué recuerdos suben del pozo de los años,
desde las algas de este fondo
donde reviven sueños, rastros?

Todo desfila, de repente,
bajo este verde balcón, bajo
estas pupilas. Ilusiones,
desesperanza, amor, fracasos,
ahora remotas alegrías,
ahora infantiles, breves llantos,
ahora la sombra de la madre,
niños nos vemos ahora, acaso. 

Rápidamente retrocede la vida,
el tiempo remontamos bajo la luz
de estas pupilas en el balcón remoto y alto.
Nos encontramos, de repente,
con una edad que no pasamos,
que se nos viene sin haberla
vivido nunca ahora a las manos,
que se nos echa sobre el alma
tierra que nunca hemos pisado,
y que nos suena en el recuerdo
la palabra que nunca hablamos. 

El hondo tiempo transcurrido
nos regresa, nos hace extraños.
Nos sobrecoge. Todo suena
como a un otoño inacabado.

¿Seguiremos? ¿Hay otro tiempo
hacia la vida aún esperándonos?

Y nos miramos. Y volvemos
los ojos otra vez al cuadro.




LA CONDENA 

Aquí nos vemos nuevamente, 
persiguiéndonos en la distancia. 
No lo sabemos y llevamos 
uno contra otro la mirada. 
Oscuramente se alimenta la luz 
injusta en nuestras brasas, 
nos ilumina oscuramente 
el turbio pozo de las lágrimas. 

No lo sabemos. Y pasamos 
como las fieras acosadas 
desde la edad de una condena 
hacia el llanto de una esperanza. 
Y llevarnos como una ortiga, 
en nuestra carne la palabra, 
la saliva irreconciliable 
que por la sangre se adelanta.

No lo sabemos. Y vivimos 
construyendo paredes, tapias, 
tabiques, muros, que nos van 
poco a poco tapiando el alma. 
No lo sabemos. Y forjamos 
cada día una nueva jaula. 

Nos encontramos persiguiéndonos 
sin saberlo. La vida pasa. 
Nos trae, nos lleva, sordamente. 
Tristemente. Nos abalanza. 
No lo sabemos. Y el amor 
no encuentra patria.


REFUGIO

Nos quedas tú, que eres la sombra
buena, la dulce mano amiga,
el escondido brazo amante
que nos enlaza por la vida.
Nos quedas tú, mano invisible
que mudamente nos vigilas,
que nos enjuga este sudor
amargo y triste cada día.
Nos quedas tú, sólo recuerdo
pero caliente copo que hila
la dulce lana del olvido
y el fresco lino que mitiga
como pañuelo de Verónica
el dolor de la faz herida.
Nos quedas tú, cielo tranquilo
al que volvemos las pupilas
cuando miramos y no vemos
más que erial de roja ortiga.
Nos quedas tú, tu pura agua
para beber cuando las guijas
secan y ciegan los arroyos
y la boca nos sabe a acíbar.
Nos quedas tú, tu soledad
que nos acoge compasiva,
nos queda al menos tu ternura
a la que vuelve el alma niña,
con sed de madre, de sentirse
en unos brazos suspendida.
Acógenos. Sólo nos queda
el ala azul de tu caricia
desde la sombra, para ver
si nos alzamos todavía,
Tú nos conoces, nos perdonas,
dices «acaso fue la vida».
Nos quedas tú, que con amor,
desde las sombras aún nos miras.



EL HAMBRE
Boca buscando vida a dentelladas,
buscando libertad, buscando aurora.
Hambre embistiendo en ciegas oleadas
que sólo pena y soledad devora.

Es la mano del hambre la que guía
este sordo destino, esta aventura
por donde el hombre asoma cada día
como una indominable dentadura. 

Pan, libertad, amor, Dios, paz, olvido,
día a día buscando por sustento,
y hombre a hombre, como un niño
perdido, como un instinto de animal hambriento.

Amargo el pan, la libertad negada,
amor que es odio, paz que es turbia guerra,
seco rencor que nunca olvida nada,
Dios que desde su altura nos destierra.

Cuanto tocan los dientes con su frío,
cuanto en la mordedura se cercena,
se vuelve masa de amargor y hastío.
Sólo comemos soledad y pena.


LA LIBERTAD

Toda la tierra espesa de clamores 

ciega de vida, grave de hermosura, 
modelándose trémula de cimas 
lejanamente azules, descendiendo 
hasta tibias arenas no besadas, 
dormida de ternura como un cuerpo 
gozosamente reclinado al borde 
de los ríos, amantes sin congoja.

Toda la tierra envuelta en la radiante 
y azul vida del cielo 
entre felices aves sin retorno, 
oreada de brisas que transitan 
ignorando los pálidos metales 
hondamente dormidos tras la rosa.

Toda la tierra como un verde ruido 
de vida va a besar sus pies: se yergue 
el hombre y solitario, mudo, mira 
su alrededor de hermosos horizontes 
y el alto cielo tal sus propios ojos. 

En la armoniosa cárcel de su cuerpo 
la libertad el hombre estrena y sabe. 
Inéditos caminos a sus plantas, 
la hermosura brotando de las cosas, 
la música del mundo en sus oídos. 
Todo en su mano y cada nuevo 
día su libertad elegirá el mañana.

Libre para llorar sobre las rocas, 
libre para morir sobre los campos 
y para caminar hasta cansarse 
o dejarse caer contra la hierba. 
si remontamos, torpemente,
si es que tu pluma nos auxilia.
Libre para dejar una semilla
como estirpe abocada a igual destino. 
Sobre la hermosa tierra, bajo el alto 
y hermoso cielo silenciosamente 
llora su triste libertad el hombre.

Y sin embargo sólo por ser libre 
brilla en su pecho el corazón del día.




CANCIÓN PARA LOS OJOS DOLORIDOS 

Cerrad los ojos un instante, acaso
la fiera luz, el sol los enrojecen.
Cerradlos un instante, que el sollozo
en la sombra los limpie dulcemente.

Así. La oscuridad es una madre
que nos besa en silencio, que nos mece
con blandas manos; niños afligidos
su callada ternura nos envuelve.

La fiera luz, el polvo amargo y seco
en las pupilas duele.
Llevamos tanto tiempo con los ojos
desmesuradamente abiertos siempre.

¿Quién restregó en los párpados ortigas
y disolvió en la luz la sal caliente?
La mirada nos sangra, y proseguimos
mirando hasta la muerte.

¡Los sueños! No consuelan.
Se sueña con los ojos abiertos y perennes
las pupilas bostezan su congoja
contra el hosco fulgor de las paredes.

Alerta, insomnes, en feroz acecho
la vida nos mantiene.
Acaso en el principio fue una pupila enorme
abierta contra un aire rojo de arena y fiebre.

Venid, cerrad un poco los ojos desgarrados
tras de la mano leve
del olvido. En el fondo del alma el hombre un bálsamo
de olvido y de ternura infantil tiene.

Cerradlos y miraros
dentro del pecho, cual si niños fueseis.
Una mano de madre acaso acuda
a poneros un dulce y buen aceite.

Sentaos como niños en el suelo
y llorad largamente,
como cuando jugando se os metía
una chinita leve.

Sentaos y escuchad; acaso un canto
en vuestro oído suene,
como aquel con que madre requería
al sueño que en la cuna nos sosiegue.

¡Tanto tiempo los párpados abiertos!
¡Tanta sal los escuece!
Nos raya las pupilas
toda la ceniza del Miércoles.

Venid. Cerrad los ojos un instante.
¿Qué implacable mandato abiertos los sostiene?
Así; la oscuridad es una madre
y nos besa en silencio dulcemente.



De Teatro Real (1957)

SEGISMUNDO 
A Manuel Montero

Nos soñamos la vida, nos hacemos 
la vida sueño a sueño. Levantamos 
de nuestra noche muros, edificios 
descorazonadoramente humanos.

Torres de pena, tapias de amargura, 
habitaciones de silencio y llanto, 
sonoros corredores de esperanza, 
terrazas donde el gozo trae sus pájaros.

Por heridas paredes sube a trozos 
su deseada hiedra el entusiasmo, 
como clara pintura que quisiese 
cubrir el esqueleto del andamio.

Por rampas de ventura precipita 
su deshelada nieve el desencanto 
como vía de agua que quisiera 
echar a pique el barco.

De la alegría al desaliento hacemos 
camino de ida y vuelta a cada paso. 
Monótona escalera recorrida 
absurdamente tramo a tramo.

La muerte al pecho de los sueños lanza 
todos los días sus disparos. 
El hombre alienta, aunque vacila, 
y en el corazón muestra los impactos. 

Por una tierra en guerra vamos siempre: 
de vida a muerte por los campos 
que sólo en sueño descubrimos pero 
que sólo en sueño abandonamos. 

Fábulas tristes, verdaderas fábulas 
alegres que nos vamos inventando 
y somos a la vez autor, intérprete, 
traspunte, atrezzo y escenario. 

Soñamos que nosotros mismos somos 
y que tomamos parte en un diálogo, 
pero no escucha nadie nuestras voces 
y de pura verdad el cuento es falso. 

Estoy soñando lo que me rodea. 
Tú también eres sueño entre mis brazos; 
un dulce sueño que me acuna y pone 
la irrealidad más verdadera, al cabo.

Nos soñamos la vida en tanto lenta-
mente va haciendo el tiempo sus estragos. 
Y al despertar es cuando comprendemos 
que era la realidad lo que soñábamos.



LA PARODIA

Nos movemos con ese vago hastío
de la repetición indiferente,
con el fluir monótono del río
que copia gota a gota su honda fuente.

Hemos multiplicado los ensayos
y salimos, tediosos, a la escena,
para decir con voz de papagayos
nuestro papel que a vieja historia suena.

Dura luz nos acosa con sus brillantes cromos
y no podemos ver si alguien nos mira.
Ni sabemos si solamente somos
trágicos personajes de mentira,

figuras de tablado que repiten
un neciamente trágico argumento,
que para concluir no necesiten
sino cortar el cruel experimento.

De tanto interpretarla hemos cogido
cariño a esta parodia.
El personaje de esta farsa, herido
de verdad, siente y ama y sueña y odia.



LA SOLEDAD

Ya ves que no está solo el hombre, mira:
es una pieza más del mundo, un gozne
sobre el que gira un poco el mundo; todo
— hijo — se complementa en un exacto orden.

La materia se acopla y se armoniza:
establece sus ciclos, rotaciones
que se cumplen perfectas, crece, vive
y se transforma en nueva vida insomne.

No duerme la materia, está creando
siempre más vida. En ese giro el hombre
acude con su hacer multiplicado,
con su diaria vida, golpe a golpe.

Encauza las tormentas silenciosas
de la tierra, relámpagos que rompen
su corteza, los rayos cereales,
las vegetales trombas de los bosques.

Acompasa los cielos agitados
de los ríos, el lomo de los montes
reduce, y el resuello de las bestias 
ejercita en domésticas labores. 


En cada leve acción hay una mano
que algo de vida en movimiento pone
y la perfecta máquina del mundo
maniobra por esos diminutos motores.

Como a un completo y calculado esfuerzo
vivo y común todo responde,
como ruedas de un mismo reloj por cuya esfera
un caballo incansable golpea su galope.

El hombre es esa misma combustión que no cesa
ese mismo caballo monta, ese redoble ,
de mar continuo está en sus venas, le hace 
común substancia viva, vivo acorde. 


Nunca está el hombre solo si comprende 
el clarísimo enigma, las lecciones 
tan misteriosamente fáciles del mundo
en cuyo día vive, en cuya noche.

Los humanos oficios se completan
también. Planetas son, no aislados soles,
en torno de una vida común. Cuerpos que pueden
brillar si es que entre todos logran que la luz brote.

La soledad es un ciego fantasma
para olvidar, un vino triste y pobre
que anega el corazón, es un gusano
que la madera de la vida roe.

Mala la soledad es, hijo; acecha
desde la pena, en el fracaso esconde
sus armas de silencio, en la injusticia
bebe la ciega sed que la corrompe.



Defiéndete contra su acoso. Es dulce 
su acento... El corazón no quiere roces 
extraños; sueña hacerse vanamente 
para sus breves rosas una torre. 

Pero es, hijo, mezquino y triste el mundo 
a que convoca ese quebrado bronce. 
De esta pequeña llama que cada uno encendemos 
tiene que arder la hoguera viva del horizonte. 




LA ESPERANZA 

Alegría, hoja verde. 
P. N. 
Sigue, sigue subiendo. Falta poco... 
V. A. 
Todo el acoso triste del invierno, 
toda la destrucción de la ceniza 
no son bastante. Tierra dura y seca 
la hace crecer con mineral espina. 

Los dulces desencantos del otoño 
con su mano no logran recubrirla 
ni contagiarle su tristeza áurea, 
su hermosura marchita. 

Florece entre la más amarga tierra, 
la primavera está en su raíz misma, 
surge del vivo hierro, de la roca 
humana y silenciosamente viva. 

De unas manos de piedra y tierra nace, 
de unos huesos sufridos, de una mina 
de llanto. No es azul de cielo; sólo 
gris de terrón y sangre endurecida. 

Es así de difícil la esperanza, 
así de seca su belleza, ortiga 
irreductible, violenta, pura 
como la luz solar del primer día. 

Como la luz del primer día, llena 
el corazón del hombre. Está, sufrida 
y maltratada, en cada uno 
de nosotros haciéndose continua. 

Haciéndose continua herencia y pluma 
áspera para el ala de la vida, 
pluma para las alas que nos tienen 
en vilo todavía. 

Hay que ganarse la esperanza. Es duro 
ganarse la esperanza, hijo. Mírala 
entre los ojos de estas gentes, sobre 
sus fatigadas frentes afligidas. 

Ve la esperanza, hijo, en esas manos 
de jornalera y requemada arcilla, 
en esos dorsos que se comban, esos
 hombros que el tiempo lentamente izan. 

Mírala florecer entre las máquinas 
sucia de grasa y hambre; entre la tinta 
del libro; hacerse luz en los pinceles; 
música que la música aproxima. 

Escúchala en la voz de los poetas 
más altos que nos hablan: «Alegría, 
hoja verde caída en la ventana...»
«Sigue, sigue subiendo. Falta poco. Es la vida...»

Hijo, es la vida. Sí. Seguir subiendo 
y abrir nuestra ventana cada día 
y que una hoja siempre nueva y verde 
nos dé en el corazón, hermosa y limpia.



EL FUSILADO

Mi juventud ha sido fusilada. 
No se fusila nunca a un hombre solo, 
caen poco a poco nuestras propias vidas. 
Miro de forma extraña, si os dais cuenta; 
desde la muerte miro de los otros, 
desde mi muerte en cada uno de ellos.

Soy aquel joven muerto junto al alba 
que avanza hacia su otoño, atravesado 
el pecho por la luz de un orificio 
por el que se descubren años, sombras, 
y un paisaje remoto se trasluce.

De dos en dos. En fila. Los altos paredones 
recogen el impacto. Nuevamente 
de dos en dos. 

                                  ¿Adivináis ahora 
por qué sacar tan fácilmente puedo 
el corazón del pecho y enseñároslo 
como una roja fruta hacia el otoño?


NOSOTROS

Somos nosotros los que conducimos 
la vida hacia la luz cada mañana. 

Los astros en su eterno movimiento 
sólo descubren soledad callada, 
sólo belleza y soledad. La tierra 
se abre fría y hermosa. Por su espalda 
vuelven los ríos, tornan las colinas 
a erguir sus pechos, puros se levantan 
los impasibles árboles. 

                                Nosotros 
conseguimos que gire la esperanza 
sobre la desolada geografía. 
Damos la vuelta al mundo en cada 
amanecer. Y el sol vuelve a alumbrarnos. 
La vida cobra gozo y ansia, 
pena y pasión. 

Nosotros 
construimos así el amanecer; somos la raya
 que divide lo exacto de lo vivo, 
lo puro de lo vivo que se empapa
 de sangre; la frontera 
entre lo bello y lo que ríe y canta 
y llora y sufre. En nuestra boca 
está el secreto: el día, el mundo, hablan 
por nosotros. No somos seres 
perfectos. Nada puros. Nada 
exactos. Nos conmueven 
vertiginosas ráfagas, 
ciegos limos nos cubren, nos cimientan 
movedizas arenas cálidas 
y el tiempo torvamente con su estrago 
nos amenaza... 
Pero tenemos el secreto. 
Acaso asusta comprobarlo: estaba 
todo perfecto, bello, y viene el hombre 
a sembrar la discordia, la cizaña 
en medio de la obra sin mancilla, 
a salpicarlo todo con su mancha 
roja, indeleble... 
Pero 
sin su huella ¿qué vale la obra intacta? 


II 
Nosotros somos los que conducimos 
la vida. 
                             Vagamente 
lo comprendemos: vamos enturbiando 
la belleza inhumana, ese 
río purísimo. Ponemos 
barro y dolor con nuestra muerte.

Nosotros somos esa mancha roja 
que turba el ampo de la nieve. 
Estigma somos. Imprevisto 
desacorde en la música celeste. 

De sangre están manchadas nuestras manos 
por dentro. Sangre que inocente 
llega en las venas a ser ansia 
del corazón hasta los dedos. 
                    Eje 
de sangre somos que da vueltas 
al carrusel del mundo, lentamente. 

III 
Nosotros vamos dando vueltas 
a la vida. Elevamos sombras 
hacia la luz. Hundimos luces 
hacia la oscuridad. Y otra 
vez levantamos con esfuerzo 
las señas luminosas. 
Nosotros somos los que fabricamos 
las piezas de esta rueda giratoria. 
Nadie diría que llevamos siglos 
de aprendizaje; aún se equivoca 
la mano, aún hay errores 
terribles, aún nos falla la memoria. 
Nosotros extraemos en el bosque 
del tiempo estas verdades, estas pocas 
palabras, ramas con que se mantiene
tras la ceniza aún la lumbre roja: 
libertad, esperanza, amor, mañana, 
hijo, alegría, corazón, no importa. 

Nosotros dibujamos con las suelas 
de los viejos zapatos una honda 
vereda, un hondo surco donde sigue 
prendiendo la semilla silenciosa. 
Somos los que afirmamos cada día 
la realidad: redonda 
es la tierra y la vida entre las manos 
del hombre debe ser también redonda. 

Queremos darle vueltas a la vida. 
Por eso no se nos perdona.