Edward Bach. II. Escritos y conferencias. Otros elixires.

Cuadro síntesis: Emociones y Flores armonizadoras




(1932) 

Introducción: 
Es imposible expresar la verdad con palabras. El autor de este libro no tiene la intención de sermonear, ya que, de hecho, desprecia este método de la comunicación del conocimiento. En las siguientes páginas, el autor ha intentado indicar, de la manera más clara y sencilla posible, el sentido de nuestra vida, así como la finalidad de las dificultades con las que somos enfrentados y los medios con los que contamos para poder restablecer nuestra salud. Y, en la práctica, desea indicarnos cómo cada uno de nosotros se puede convertir en su propio médico.

Capítulo 1. Nada más sencillo que eso. La Historia de la Vida. 

Una pequeña niña ha decidido pintar a tiempo un cuadro de una casa para el cumpleaños de su madre. En el espíritu de la pequeña niña la casa ya está pintada. Ella conoce hasta los más mínimos detalles de la casa, y ahora debe transportar esa idea al papel.

Coge su caja de pinturas, el pincel y un trapo y, llena de entusiasmo y felicidad, se pone al trabajo. Toda su atención y su interés se concentran en su labor, nada puede desviarla de lo que está realizando en ese momento. El cuadro está puntualmente listo para el cumpleaños. La niña ha plasmado su idea de la casa tan bien como ha podido. Es una obra de arte, ya que lo ha pintado ella sola, cada pincelada era el fruto del amor que sentía hacia su madre; cada ventana, cada puerta, fue pintada con la convicción de que tenían que estar exactamente ahí. Aun cuando pareciera un almiar, era la casa más completa que jamás haya sido pintada. Ha sido un éxito, por que la pequeña artista ha puesto todo su corazón y toda su alma, toda su vida, en realizar esa pintura.

Eso es salud: éxito y felicidad, y un auténtico servicio al prójimo, servir a nuestra manera a través del amor en una completa libertad.

Venimos al mundo con el conocimiento del cuadro que debemos pintar y hemos trazado ya el camino a través de nuestra vida. Todo los que nos queda por hacer es darle forma. Recorremos nuestro camino llenos de alegría e interés, y concentramos toda nuestra atención en el perfeccionamiento de ese cuadro, poniendo en práctica, lo mejor que podemos, nuestros pensamientos y objetivos en la vida física del entorno que hemos elegido.

Si desde el principio hasta el final perseguimos nuestros ideales con todas las fuerzas que poseemos, si aspiramos a que nuestros deseos se hagan realidad, entonces no existe el fracaso sino más bien, al contrario, nuestra vida se hace marcadamente exitosa, sana y afortunada.

La historia misma de la pequeña pintora pone en claro cómo las dificultades de la vida influyen en ese éxito y en la salud, pudiéndonos apartar del sentido de nuestra existencia si se lo permitimos.

La niña pinta febril y felizmente en su cuadro cuando de repente pasa alguien por su lado y opina: “¿Por qué no pintas aquí una ventana y ahí una puerta? También, el camino de entrada debería cruzar así el jardín.” Esto tendrá como consecuencia el que la pequeña pierda por completo el interés en su trabajo. Quizá siga pintando, pero ahora está plasmando sobre el papel la idea de otra persona. De alguna manera, le enfada, irrita, la hace infeliz y tiene miedo de rechazar esas propuestas. Quizá comience a odiar el cuadro y probablemente lo haga añicos. En realidad, la reacción que tenga depende del tipo de personalidad del niño.

Cuando el cuadro esté listo, es probable que en él sea fácilmente reconocible una casa, pero el cuadro es incompleto y un fracaso, porque representa la interpretación del pensamiento de otra persona y no la interpretación del niño. Como regalo de cumpleaños ha perdido su valor, por que ya no podrá ser terminado a tiempo, y la madre tendrá que esperar un año más al regalo.

Ésta es la enfermedad: la reacción de la injerencia. Es un fracaso e infelicidad transitoria que se establece en nuestras vidas cuando permitimos que otros se inmiscuyan en el sentido de nuestra existencia sembrando la duda, el miedo o la indiferencia.

Capítulo 2. La salud depende de que estemos en armonía con nuestra alma. 

Es de esencial importancia el que entendamos el verdadero significado de salud y enfermedad. La salud es nuestra herencia, nuestro derecho. Salud es la unidad completa del alma, cuerpo y espíritu, y eso no es tan difícil de conseguir, ni tampoco es un ideal que nos quede tan lejos sino, más bien, algo que puede ser logrado sin mucho esfuerzo y de manera natural.

Todos los objetos terrenales no son otra cosa que la interpretación de objetos espirituales. Incluso detrás del acontecimiento más insignificante se esconde una finalidad divina. Cada uno de nosotros tiene una misión divina en este mundo, y nuestras almas utilizan nuestro espíritu y nuestro cuerpo como instrumentos para poder llevar a cabo este objetivo, de tal manera que cuando estos tres aspectos funcionan en mutua armonía, la consecuencia es entonces la salud total y la felicidad absoluta.

Una tarea divina no significa una víctima. No quiere decir que debamos retirarnos del mundo y apartar de nosotros la alegría de la belleza y la naturaleza. Todo lo contrario, significa que disfrutamos de todas estas cosas de manera todavía más amplia y plena. Señala, también que el trabajo que amamos lo hacemos con nuestro corazón y nuestra alma, indiferentemente de que se trate del trabajo de la casa, de la agricultura, pintura o escenificación, independientemente de que sirvamos a nuestros semejantes en una tienda o en el hogar. Si amamos ese trabajo sobre todo lo demás, sea lo que sea, entonces se trata del mandato concreto de nuestra alma, del trabajo que debemos desempeñar en este mundo, y es en este trabajo en el único que podremos desarrollar nuestro verdadero yo y podremos poner en práctica su mensaje de una manera material y habitual.

Por lo tanto, a través de nuestra salud y nuestra fortuna podemos juzgar hasta qué punto interpretamos correctamente ese mensaje.

En las personas están presentes todas las cualidades espirituales y nosotros venimos a este mundo para manifestar estas características una tras otra, para perfeccionarlas y fortalecerlas, de manera que ninguna experiencia ni dificultad puedan debilitarlas o llegue a apartarnos del cumplimiento de ese sentido de la vida. Nosotros elegimos nuestra ocupación terrenal y las condiciones de vida externa que nos brindan la mejor oportunidad para probarnos. Venimos al mundo con una completa consciencia de nuestra especial tarea. Nos sabemos nacidos con el inimaginable privilegio de que todas nuestras luchas han sido ganadas antes de que las hayamos comenzado, de que la victoria nos es cierta antes de que se haya establecido la prueba, porque sabemos que nosotros somos hijos de Dios y que, por lo tanto, somos divinos e invencibles. Con esta revelación, la vida es una pura alegría. Podemos considerar todas las duras y difíciles experiencias de la vida como una aventura, ya que no debemos hacer otra cosa que reconocer nuestro poder, defender sinceramente nuestra divinidad, y entonces las dificultades se esfumarán como la niebla ante los rayos del sol. De hecho, Dios da a sus hijos la soberanía sobre todas las cosas.

Si sólo le prestamos atención a ellas, nuestras almas nos conducirán en cada ocasión y en cada situación difícil. Y cuando el espíritu y el cuerpo hayan sido guiados, marcharán por la vida irradiando felicidad y salud, tan libres de preocupaciones y responsabilidades como un pequeño y confiado niño.

Capítulo 3. Nuestras almas son perfectas. Somos hijos de Dios, y todo lo que nuestra alma nos obliga a hacer es por nuestro bien. 

Por esta razón, la salud es el reconocimiento más cierto de lo que somos. Nosotros somos perfectos, somos los hijos de Dios. No tenemos que aspirar a lo que ya hemos alcanzado. Estamos en este mundo únicamente para manifestar la perfección en su forma material con la que estamos bendecidos desde el comienzo de los tiempos. Salud significa obedecer las órdenes de nuestra alma, ser confiados como un niño pequeño, mantener el intelecto a raya con sus argumentos lógicos (el árbol de la sabiduría de lo bueno y de lo malo), con sus pros y sus contras, con sus miedos preconcebidos. Salud significa ignorar lo convencional, las imaginaciones banales, así como las órdenes de otras personas con el fin de que podamos ir por la vida inalterados, indemnes y libres para poder así servir a nuestros semejantes.

Podemos medir nuestra salud según nuestra felicidad, y nuestra felicidad refleja la obediencia a nuestra alma. No es necesario ser un monje o una monja, o aislarse del mundo. El mundo está ahí precisamente para que lo disfrutemos y para que le sirvamos. Y sólo sirviéndole motivados por el amor y la felicidad, podremos ser útiles de verdad y dar lo mejor de nosotros. Cuando se hace algo por obligación, quizás hasta con un sentimiento de enojo o de impaciencia, el trabajo realizado no vale nada, siendo el despilfarro de un tiempo muy valioso que podríamos dedicar a uno de nuestros semejantes que realmente necesitase nuestra ayuda.

No es necesario analizar la verdad, ni justificarla o hablar demasiado sobre ella. Se la reconoce a la velocidad de un rayo. La verdad es parte de nuestro carácter. Solamente necesitamos una gran fuerza de convicción para las cosas insustanciales y complicadas de la vida que han conducido al desarrollo del intelecto. Las cosas que cuentan son las cosas simples: son aquellas en cuyo caso decimos: “¿Por qué? Es verdad. Parece que siempre lo he sabido.” Y así ocurre con la percepción de la felicidad que sentimos siempre que vivíamos en armonía con nuestro yo espiritual. Cuanto más estrecha es la relación, tanto mayor será la alegría. Piensen en lo radiante de felicidad que se encuentra una novia en la mañana del día de su boda, en el arrobamiento de una madre con su recién nacido y en el éxtasis de un artista en la culminación de su obra maestra. Ésos son los momentos en los que se extiende la unidad espiritual.

Imagínense por un momento lo maravillosa que sería la vida si todos pudiéramos vivir con esa alegría. Y eso es posible si no perdemos la obra de nuestra vida.

Capítulo 4. Si seguimos nuestros propios instintos, nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestras necesidades... entonces no deberíamos conocer otra cosa más que alegría y salud. 

Escuchar la voz de nuestra alma no es ningún objetivo imposible. Siempre que estemos dispuestos a reconocerlo, resultará muy fácil. La sencillez es la palabra clave de toda creación.

Nuestra alma (suave y delicada voz, la propia voz de Dios), nos habla a través de nuestra intuición, nuestros instintos, nuestros deseos, ideales, nuestras preferencias y desafectos habituales. De cualquier manera, es más fácil para nosotros si nosotros mismos la oímos, ¿Cómo si no podría Él hablar con nosotros? Nuestros verdaderos instintos, deseos, preferencias o aversiones nos han sido otorgados para que podamos interpretar las órdenes espirituales de nuestra alma con la ayuda de nuestra limitada percepción física, ya que a muchos de nosotros no nos es posible todavía vivir en una compenetración directa con su yo espiritual. Estas órdenes deben ser acatadas sin rechistar, porque únicamente el alma sabe qué experiencias son necesarias para el desarrollo de nuestra personalidad individual. Sea cual sea el mandamiento –se haga patente de forma trivial o cautelosa, se manifieste como un deseo por una taza de té o como la necesidad de la transformación total de nuestro estilo de vida–, debe ser obedecido de manera complaciente. El alma sabe que el estar satisfecho es el único camino para la sanación de cualquier mal que en este mundo consideramos como pecado o error, ya que mientras la globalidad se revela en contra de una cierta manera de actuar, no se subsana el error, sino que seguirá existiendo latentemente. Es mucho más fácil y rápido seguir metiendo el dedo en la mermelada hasta que uno se ponga malo y ya no le queden más ganas de probarla. Nuestras verdaderas necesidades, los deseos de nuestro verdadero “yo”, no deben ser confundidos con los deseos y las necesidades que tan a menudo nos meten otras personas en la cabeza o con la conciencia, que, al fin y al cabo, es lo mismo pero con otras palabras. No debemos hacer caso de cómo el mundo interpreta nuestra manera de actuar. Sólo nuestra alma es responsable de nuestro bienestar, nuestra buena reputación está en Sus Manos. Debemos tener la certeza de que únicamente existe un pecado: el pecado de no obedecer las órdenes de nuestra propia divinidad. Esto es un pecado frente a Dios y a nuestros semejantes. Estos deseos, inspiraciones y necesidades no son nunca egoístas, nos afectan únicamente a nosotros, son siempre adecuados y nos aportan salud mental y corporal.

La enfermedad es la consecuencia de la resistencia de la personalidad frente al liderazgo del alma que se manifiesta corporalmente. La enfermedad se presenta cuando hacemos oídos sordos a la voz “suave y delicada” y olvidamos la divinidad que hay en nosotros, o cuando intentamos imponer a otros nuestros deseos o permitimos que sus propuestas, ideas y órdenes nos influyan.

Cuanto más nos liberamos de influencias externas, de influencias de otras personas, tanto más nuestra alma puede servirse de nosotros para realizar la obra de Dios. Sólo cuando intentamos dominar a los otros o ejercer un control sobre ellos nos convertimos en egoístas: Pero el mundo pretende hacernos creer que es egoísta aquel que sigue sus propios deseos. El motivo para ello es que el mundo nos quiere esclavizar, ya que, en realidad, solamente podemos servir al bienestar de la humanidad si realizamos nuestro verdadero “yo” y conseguimos expresarlo sin limitaciones. Shakespeare pronunció una gran verdad cuando dijo: “Si eres sincero contigo mismo, entonces necesariamente se desprenderá de ello que no puedes ser deshonesto frente a otras personas. Esto está tan claro como que la noche sigue al día.”

La abeja que elige una determinada flor para recoger miel es el instrumento que servirá para diseminar el polen, que es imprescindible para las jóvenes plantas de la futura vida.

Capítulo 5. Si permitimos que otros se inmiscuyan en nuestra vida, entonces ya no podremos oír las órdenes de nuestra alma conduciéndonos a la desarmonía y a la enfermedad. El momento en que el pensamiento de otra persona irrumpe en nuestro espíritu nos desvía de nuestro verdadero rumbo.

Con nuestro nacimiento, Dios nos otorgó el privilegio de una individualidad única. Nos confió una tarea especial que sólo cada uno de nosotros podemos hacer. Él indicó a cada persona el camino propio que debe seguir sin que haya nada que le obstaculice. Por lo tanto, queremos estar pendientes para no permitir ninguna intromisión por parte de otros y, lo que quizás es aún más importante, que no nos inmiscuyamos bajo ningún concepto en la vida de los otros. Ahí reside la verdadera salud, el verdadero servicio al prójimo y la realización del sentido de nuestra vida.

En la vida de todas las personas se producen intromisiones. Forman parte del plan divino, y son necesarias para que podamos aprender cómo resistirnos a ellas. De hecho, podemos considerarlas como contrincantes verdaderamente útiles, cuya existencia está únicamente justificada por la circunstancia de que nos ayuden a hacernos más fuertes y a reconocer nuestra divinidad e invencibilidad. También debemos saber que sólo cobran importancia e impiden nuestro progreso si permitimos que nos influyan. El ritmo de nuestro progreso depende únicamente de nosotros. Es nuestra decisión si permitimos que nuestra tarea divina sea obstaculizada o si aceptamos la manifestación de la intromisión (llamada enfermedad), lo que provocaría nuestra limitación corporal y nuestro sufrimiento. La alternativa es que nosotros, que somos los hijos de Dios, nos sirvamos de esta intromisión para reafirmarnos aún más en el sentido de nuestra vida.

Cuantos más obstáculos haya en el camino de nuestra vida, tanto más seguros podremos estar del valor de nuestra tarea. Florence Nightingale logró su objetivo a pesar de la oposición de toda una nación. Galileo creía que la Tierra era redonda, aunque todo el mundo creía lo contrario, y el pequeño patito feo se convirtió en un cisne, aunque toda su familia se había burlado de él.

No tenemos ningún derecho a inmiscuirnos, sea de la manera que sea, en la vida de cualquier otro hijo de Dios. Únicamente nosotros tenemos el poder y la sabiduría para culminar la tarea adjudicada a cada uno de nosotros. Solamente cuando hacemos caso omiso de este hecho e intentamos imponer nuestras tareas a otros o permitimos que otros se inmiscuyan en nuestro trabajo, entonces irrumpe la desarmonía y la tensión en nuestras vidas.

Esta desarmonía y enfermedad se manifiesta en nuestro cuerpo y sirve únicamente para reflejar el funcionamiento de nuestra alma, de la misma manera que una sonrisa ilumina nuestros rostros o la ira los endurece. Esto mismo se puede aplicar a cosas mayores. El cuerpo refleja los verdaderos motivos de la enfermedad, tales como el miedo, indecisión, dudas, etc., a través del desorden de sus sistemas y tejidos.

Por este motivo, la enfermedad es la consecuencia de distorsiones e intromisiones al irrumpir en la vida de otro o permitir que otros lo hagan en la nuestra.

Capítulo 6. Todo lo que tenemos que hacer es salvaguardar nuestra personalidad, vivir nuestra propia vida, ser el capitán de nuestro propio barco, y así todo saldrá bien. 

En nosotros existen importantes características, a través de las que nos vamos perfeccionando poco a poco, concentrándonos posiblemente en una o dos a la vez. Son aquellas características que en la vida terrenal de todos los grandes maestros que ha habido de tiempo en tiempo se han puesto de manifiesto para enseñarnos y ayudarnos a reconocer lo sencillo que es superar todas nuestras dificultades.

Éstas son las siguientes posibilidades: 
Amor.                             Indulgencia.                         Sabiduría.
Simpatía.                       Fuerza.                                  Perdón.
Paz.                                Comprensión.                       Valor.
Firmeza.                        Tolerancia.                           Alegría.

Al perfeccionar en nosotros mismos estas cualidades, cada uno se hace que el mundo se aproxime un poco más a su definitiva e inimaginablemente gloriosa meta. Cuando reconocemos que no aspiramos a un beneficio egoísta o a ventajas personales, sino a que cada individuo –sea rico o pobre, sea de un elevado o bajo nivel social– tenga la misma importancia dentro del proyecto divino y cuente con los mismos poderosos privilegios para convertirse simplemente en el salvador del mundo a través del conocimiento de que es una criatura del Creador. Y al igual que existen esas cualidades, esos pasos hacia la perfección, también se dan obstáculos o impedimentos que tienen la finalidad de fortalecernos en nuestro destino y en nuestra constancia.

Las siguientes son las verdaderas causas de la enfermedad:
Inhibición.                Indiferencia.                    Ignorancia.
Miedo.                         Debilidad                           Impaciencia.
Intranquilidad.          Duda.                                Temor.
Indecisión.           Entusiasmo exagerado.         Aflicción
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Si permitimos el libre acceso a todos esos impedimentos, éstos se reflejarán en nuestro cuerpo, originando lo que llamamos enfermedad. Al no entender las verdaderas causas de la enfermedad, hemos atribuido esta desarmonía a influencias externas, a agentes desencadenantes de enfermedades, al frío o al calor, y a los resultados los hemos denominado artritis, cáncer, asma, etc. Se suele creer que la enfermedad tiene su origen en el cuerpo.

Además, existen determinados grupos de individuos, cada uno con su propia función, es decir, muestran en el mundo material una determinada lección que han aprendido. Cada uno tiene en ese grupo una personalidad determinada e individual una labor precisa y una forma propia de llevarlo a cabo. Éstas son también causas de las desarmonías, que se pueden poner de manifiesto en forma de enfermedad si no permanecemos fieles a nuestra personalidad individual y a nuestra labor.

La verdadera salud es felicidad, una felicidad que es muy fácil de conseguir porque está origina da por pequeñas cosas, como puede ser hacer aquello que hacemos con gusto como, por ejemplo pasar nuestro tiempo con aquellas personas que realmente queremos. En esas situaciones no existe tensión, ni esfuerzo, ni ambición por lo inalcanzable. La salud está ahí para nosotros, y podemos aceptarla en cualquier momento, a voluntad. Se trata de averiguar la labor para la que somos aptos y dedicarnos por entero a ella. Ay tantas personas que suprimen sus verdaderas necesidades y se convierten en personas que se desarrollan en el sitio equivocado. Como consecuencia de los deseos de su padre o de su madre, un hijo se convierte en abogado, soldado u hombre de negocios, cuando lo que en realidad quería ser era carpintero. O quizás el mundo pierda a otra Florence Nightingale por la ambición de una madre que quiere ver a su hija bien casada. Este sentido del deber es un sentimiento falso y, por eso, no brinda ningún servicio al mundo. Trae consigo desgracia, y probablemente se despilfarrará gran parte de la vida antes de que se pueda subsanar este error.

Érase una vez un maestro que dijo: “¿No sabéis que tengo que obedecer la voluntad de mi padre?” Lo cual significaba que debía obedecer su divinidad y no la voluntad de sus padres terrenales.

Queremos encontrar y realizar aquella cosa de la vida que realmente nos gusta. Deseamos convertir esa cosa en una parte tan importante de nuestra vida para que se convierta en algo tan natural como nuestra respiración, de la misma manera que para una abeja el recoger miel forma parte de ella, o para un árbol el perder sus hojas en otoño y volver a echar otras nuevas en primavera. Cuando investigamos la naturaleza, comprobamos que cada animal, cada pájaro, cada árbol y cada flor desempeña un papel determinado, ocupa un sitio propio, determinado y particular a través del cual enriquece el mundo aportando su granito de arena.

Cada gusano que cumple con su trabajo diario contribuye al riego y la limpieza de la tierra. La tierra proporciona las sustancias alimenticias para todas las plantas. Y por otro lado, la vegetación cuida de los hombres y de cada ser vivo, haciendo crecer las plantas en la secuencia adecua da para mantener el suelo fértil. Viven para la belleza y su sentido, y su labor es tan natural para ellas como la vida misma.

Y, cuando encontramos el trabajo para el que estamos hechos, si forma parte de nosotros, su realización entonces resulta muy fácil y hacerlo se convierte en una alegría. Nunca nos cansaremos de hacerlo, es nuestro “hobby”. A través de ello se ponen de manifiesto todos nuestros talentos y capacidades que están a la espera de ser desvelados. Haciendo ese trabajo nos encontramos como en casa y podemos sacar lo mejor del mismo si somos felices, lo que significa obedecer las órdenes de nuestra alma.

A lo mejor ya hemos encontrado el trabajo idóneo. ¡Qué vida más maravillosa! Algunos saben ya desde su niñez cuál será su vocación, dedicándose durante toda su vida a esta tarea. Otros, aun sabiendo desde niños lo que quieren, cambian de opinión debido a otras propuestas y a determinadas circunstancias de su vida, o bien son desilusionados por otras personas. Sin embargo, todos nosotros podemos recuperar nuestro ideal y, aun cuando no lo podamos reconocer inmediatamente, podemos ponernos en camino para aspirar a él, ya que únicamente el ponernos un objetivo nos aportará consuelo porque nuestras almas tienen paciencia con nosotros. El verdadero deseo, el verdadero motivo, es lo que cuenta, es el verdadero éxito, sea cual sea el resultado.

Por tanto, siga las órdenes de su “yo” espiritual.

Capítulo 7. Una vez que hayamos reconocido nuestra divinidad, se hace todo mucho más sencillo. 

Al comienzo, Dios dio al hombre el dominio sobre todas las cosas. El hombre, la criatura del Creador, tiene un motivo tan profundo para su desarmonía como la ráfaga del aire que entra por una ventana abierta, “Nuestros errores no se fundamentan en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”, y qué agradecidos y llenos de esperanza estaremos cuando seamos capaces de reconocer que la curación también se encuentra en nosotros mismos. Cuando apartemos de nosotros la desarmonía, el miedo, el temor o la indecisión, se restablecerá la armonía entre el alma y el espíritu, y el cuerpo recuperará la perfección en todas sus partes.

Independientemente de la enfermedad que padezcamos, sea cual sea el resultado de esa desarmonía, podemos estar seguros de que la sanación reside en el ámbito de nuestras posibilidades, ya que nuestra alma nunca exige de nosotros más de lo que podemos realizar sin esfuerzo.

Cada uno de nosotros es un sanador, porque cada uno experimenta en su corazón amor por alguna cosa: por nuestros semejantes, por los animales, la naturaleza o la belleza en alguna de sus manifestaciones. Y cualquiera de nosotros quiere conservar ese amor y contribuir a que sea cada vez mayor. Cada uno de nosotros también siente compasión por aquellos que sufren. Esta compasión es totalmente natural porque todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos padecido. Por este motivo, no sólo nos podemos sanar a nosotros mismos, sino que también tenemos el privilegio de encontrarnos en situación de ayudar a sanar a nuestros semejantes, siendo los únicos requisitos para todo esto el amor y la compasión.

Nosotros, como hijos del Creador, llevamos la perfección en nosotros mismos y venimos al mundo con el fin de reconocer nuestra divinidad. Por esta razón, todos los exámenes y experiencias de la vida no pueden hacer nada contra nosotros, ya que con la ayuda de este poder divino todo es posible.

Capítulo 8. Las plantas medicinales son aquellas cuyo poder les ha sido otorgado para ayudarnos a conservar nuestra personalidad. 

Así como Dios Misericordioso nos ha proporcionado alimento, también Él deja crecer entre las hierbas de las praderas plantas maravillosas que nos deben sanar cuando estamos enfermos. Ellas están ahí, para ofrecer al hombre una mano amiga cuando éste ha olvidado su divinidad y permite que el miedo o el dolor impida su visión.

Éstas son las plantas medicinales:

 
Achicoria (Cichorium intybus).
Mímulo (Mimulus guttatus).
Agrimonia (Agrimonia eupatoria).
Scleranthus (Scleranthus annuus).
Clemátide (Clematis vitalba).
Centaura ( Centaurium umbellatum).
Genciana (Gentiana amarella).
Verbena (Verbena officinalis).
Ceratostigma (Cerastostigma willmottiana).
Impaciencia (Impatiens glandulifera).
Heliántemo (Helianthemun nummularium).
Violeta de agua (Hottonia palustris). 


Cada planta medicinal se corresponde con una de las cualidades humanas, y su finalidad consiste en fortalecer esa cualidad, de tal forma que la personalidad pueda alzarse sobre los errores que representan a la correspondiente piedra que se nos cruza en el camino.

En la siguiente tabla están representados las cualidades , los errores y el remedio correspondiente que ayuda a la personalidad a superar esos fallos.

ERROR                                REMEDIO                 VIRTUD 

 
Bloqueo emocional        Achicoria                      Amor
Miedo                                Mímulo                         Compasión
Intranquilidad                Agrimonia                    Paz
Indecisión                        Scleranthus                  Estabilidad
Indiferencia                     Clemátide                 Benevolencia
Debilidad                          Centaura                      Fuerza
Duda exagerada              Genciana              Entendimiento
Entusiasmo exagerado   Verbena                   Tolerancia
Ignorancia                      Ceratostigma              Sabiduría
Impaciencia                     Impaciencia                Perdón
Temor                                 Heliántemo                Valor
Aflicción                         Violeta de agua            Alegría


Los remedios contienen una fuerza curativa concreta que no tiene nada que ver con el creer a ciegas, ni su efecto depende de aquel que la proporciona, al igual que un somnífero hace que el paciente duerma, independientemente de que lo haya proporcionado el médico o la enfermera.

Capítulo 9. La Verdadera naturaleza de la enfermedad. 

En la verdadera curación no tiene ningún significado la naturaleza ni el nombre de la enfermedad física. La enfermedad del cuerpo, en sí misma, no es otra cosa más que el resultado de la desarmonía entre el alma y el espíritu. Representa sólo un síntoma de la verdadera causa y, dado que la misma causa se manifiesta de manera diferente casi en cada uno de nosotros, debemos intentar apartar la causa, desapareciendo automáticamente las consecuencias, cualesquiera que éstas fueran.

Esto lo podemos entender todavía mejor de manos del suicidio. El suicidio no ocurre por sí mismo. Algunas personas se cuelgan desde una gran altura; otros toman veneno, pero detrás de cualquier manifestación del suicidio se esconde la desesperación. Si podemos ayudar a esas personas que piensan en el suicidio a superar su desesperación y a que encuentren alguien o algo por lo que vivir, entonces están curadas para largo plazo. Si lo único que hacemos es retirarles el veneno, entonces únicamente los habremos salvado temporalmente. Más tarde intentarán, de nuevo y en cualquier momento, suicidarse. También el miedo tiene diferentes efectos según las personas. Algunas se quedan blancas, otras se ponen rojas, algunas se vuelven histéricas y, de nuevo, otras se enmudecen. Si logramos explicarles lo que es el miedo y les mostramos que son suficientemente fuertes para poder superar y enfrentarse a todo, entonces no habrá nada que pueda asustarlas. El niño no volverá a tener miedo de esa sombra en la pared cuando se le dé una ve la y se le muestre cómo se originan esas sombras que bailan en la pared.

Durante demasiado tiempo hemos culpado a los agentes patógenos, resistentes a la alimentación y los hemos considerado como las causas de las enfermedades. Pero algunos de nosotros somos inmunes a epidemias de gripe, otras aman ese frescor que trae el viento frío, y otros muchos pueden comer queso y tomarse por la noche un café solo sin ponerse enfermos.

Nada en la naturaleza nos puede dañar si somos felices y armónicos, ya que precisamente para todo lo contrario está ahí la Naturaleza: para nuestro beneficio y disfrute. Sólo cuando permitimos que la duda y la depresión, la indecisión o el miedo crezca en nosotros, somos susceptibles ante las influencias externas. Por lo tanto, la verdadera causa que se esconde tras la enfermedad es el estado del paciente y no su constitución física.

Cada enfermedad, sea todo lo grave que se quiera, puede ser curada siempre que se recupere la felicidad del paciente y éste desarrolle el deseo de retomar la obra de su vida. Con frecuencia se necesita para ello una transformación mínima en su estilo de vida, cualquier idea fija insignificante que le hace intolerante frente a los demás, cualquier responsabilidad falsa que le esclaviza cuando podría hacer algo bueno. Existen siete maravillosos estadios en la curación de la enfermedad y son los siguientes:
Paz. Esperanza. Alegría. Confianza. Certeza. Sabiduría. Amor.

Capítulo 10. Para que nosotros mismos seamos libres, debemos dar libertad a los demás. 

La meta última de la humanidad es la perfección, y para alcanzar ese estado el hombre debe aprender a caminar ileso por entre las diferentes experiencias de la vida. Debe enfrentarse a todos los obstáculos y tentaciones sin permitir ser apartado de su camino. Si lo consigue, se verá libre de todas las dificultades, injusticias y padecimientos de la vida. Esa persona ha almacenado en su alma el amor perfecto, la sabiduría, el valor, la tolerancia y la comprensión que son el resultado de saber y ver todo, ya que el maestro perfecto es aquel que ha vivido todas las experiencias.

Nosotros podemos hacer de ese viaje por la vida una breve y satisfactoria experiencia cuando re conocemos que la libertad de servidumbre sólo se consigue si damos libertad a los demás. Seremos libres cuando demos libertad a los demás, ya que sólo podemos aprender a través de nuestro buen ejemplo, es decir, dando libertad a todas aquellas personas que tienen que ver con nosotros. Cuando demos libertad a cada ser vivo y a todos los que están a nuestro alrededor, entonces seremos nosotros libres. Si comprobamos que no intentamos controlar o manejar la vida del otro hasta en el más mínimo detalle, entonces nos daremos cuenta de que la intromisión ha desaparecido de nuestras vidas, porque son precisamente aquellas personas a las que tenemos maniatadas las que nos esclavizan. Érase una vez un hombre que estaba tan aferrado a sus propiedades que no pudo aceptar un regalo de Dios.

Nos podemos liberar fácilmente del dominio de los otros concediéndoles, primero, una libertad total y, segundo, negándonos suavemente a permitir ser dominados por ellos. Lord Nelson fue muy sabio cuando en una ocasión miró a través del telescopio con su ojo ciego. Sin obligación, sin oposición, sin odio y sin enemistad. Nuestros contrincantes son nuestros amigos, hacen que el juego merezca la pena, y al final del mismo todos deberíamos darnos la mano.

No sería lógico esperar que los otros hagan lo que queremos. Sus ideas son correctas, y aunque sus caminos discurran en una dirección diferente al nuestro, nuestra meta es la misma al final del camino. Comprobamos que no hacemos justicia a nuestros deseos si forzamos a los otros a que tengan los mismos.

Nos podemos comparar con una revista que es distribuida en los diferentes países del mundo: se dirigen a Asia, otras a Canadá, algunas otras a Australia y luego regresan al mismo puerto. ¿Por qué seguir entonces al barco que va al Canadá si queremos dirigirnos a Australia? Eso representa únicamente un retraso innecesario.

Aquí puede suceder de nuevo que no reconozcamos la pequeñez que nos tiene presos. Las cosas que nosotros queremos capturar son aquellas que nos capturan a nosotros. Eso puede ser una casa, un jardín, un mueble, etc. Incluso ellos tienen su derecho a la libertad. Las posesiones terrenales son finalmente perecederas, despiertan el miedo y la preocupación, porque nosotros en nuestro interior somos conscientes de su inevitable pérdida final. Estas cosas están ahí para que las disfrutemos, admiremos y las agotemos totalmente, pero no para que consigan un significado tan grande como para convertirse en cadenas.

Si damos libertad a todos y a todo lo que nos rodea, comprobaremos que seremos mucho más ricos en amor y propiedades que nunca anteriormente, ya que el amor que da libertad es el gran amor que une todavía más.

Capítulo 11. Sanación. 

Desde tiempos inmemoriales, la Humanidad ha reconocido que nuestro Creador, en su amor, ha hecho crecer hierbas en las praderas que nos permiten sanar, así como cereales y frutas para nuestro alimento.

Los astrólogos que han investigado las estrellas, y los homeópatas que han estudiado las plantas han buscado desde siempre el remedio que nos ayude a mantener nuestra salud y nuestra alegría de vivir.

Para encontrar el remedio que nos pueda ayudar, debemos encontrar primero la meta de nuestra vida, el objetivo al que aspiramos, y entender las dificultades de nuestra vida. A estas dificultades las denominamos errores o debilidades, pero no queremos dejarnos intranquilizar por ellas, ya que no son otra cosa más que la prueba de que estamos realizando grandes cosas. Nuestros errores deberían ser nuestros estimulantes, porque eso significa que tenemos grandes objetivos.

Debemos adivinar qué batallas podemos soportar y a qué enemigo intentamos vencer especialmente, entonces podemos recoger agradecidamente la planta que es apropiada para ayudarnos a vencer. Deberíamos aceptar esas plantas de la naturaleza como una riqueza medicinal, como el regalo divino de nuestro Creador para ayudarnos con nuestras dificultades.

Durante la verdadera curación no desaparece ningún pensamiento de la enfermedad. Lo que se tiene en consideración es el estado espiritual, sólo el problema espiritual. Lo que importa es dónde no nos hallamos en armonía con el plan divino. Esta desarmonía con nuestro yo espiritual puede provocar cientos de diferentes debilidades en nuestro cuerpo, ya que, al fin y al cabo, nuestro cuerpo lo que hace es reproducir el estado de nuestro espíritu, pero ¿qué papel juega? Si volvemos a poner en orden nuestro espíritu , entonces el cuerpo también sanará rápidamente. Resulta tal y como Cristo nos enseñó: “¿Qué es más fácil de decir que tus pecados te son perdonados, o levántate y anda?” Por eso queremos volver a dejar claro que nuestra enfermedad corporal no juega ningún papel. Es el estado de nuestro espíritu, y sólo eso, lo que importa. Ignoran do completamente la enfermedad que padecemos, debemos por ello sólo tener en cuenta a cuál de los siguientes tipos de personalidad pertenecemos.

Si se tuvieran dudas a la hora de elegir el remedio apropiado para cada uno, nos ayudaría si nos preguntásemos qué virtudes admiramos más en los otros o que defectos de las otras personas nos causan un rechazo más enérgico, ya que esos defectos que precisamente queremos eliminar en nosotros son los que más odiamos en las otras personas. De esta manera nos vemos incitados a eliminarlos en nosotros mismos.

Todos nosotros somos sanadores y, con nuestro amor y compasión, estamos en circunstancias para ayudar a aquellas personas que realmente quieren sanar. Busque el conflicto espiritual del paciente que se esconde tras la enfermedad, déle el remedio que le ayudará a superar ese defecto y todas las esperanzas y estímulos que le pueda entregar, y la fuerza curativa en él hará el resto.

Capítulo 12. Los remedios. 

ACHICORIA Timidez/Amor. 

¿Pertenece usted a ese grupo de personas que añoran servir al mundo? ¿A ese grupo que desea ardientemente dirigirse hacia los hombres con los brazos abiertos y bendecirlos? ¿A esas personas que quieren ayudar y consolar a los otros pero que, por algún motivo, se ven impedidas por las circunstancias o por otras personas? ¿Se da cuenta de que es dominado por unas pocas personas en lugar de servir a muchas otras, de tal manera que sus posibilidades de dar tanto de sí, tal y como usted desea, se ven muy limitadas? ¿Alcanza usted esa fase crítica cuando se da cuenta de que todas las personas cuentan con usted pero ninguno de manera especialmente fuerte?
En este caso, la maravillosa y azul achicoria que crece en los campos de cereales le ayudará a alcanzar su libertad, la libertad que tan necesaria es para todos nosotros antes de poder servir al mundo.

MÍMULO Miedo/Compasión. 

¿Pertenece usted a ese grupo de personas que son miedosas? ¿Pertenece a aquellos que tienen miedo de la gente o de las circunstancias de la vida? ¿Es de esos que van por la vida valientemente pero que, sin embargo, el miedo les quita la alegría de vivir? ¿Tienen miedo de cosas que jamás ocurren; de personas que, en realidad, no tienen ningún poder sobre usted; del futuro y de lo que él traerá consigo; miedo de caer enfermo o de perder la alegría; miedo de los convencionalismos o de otros cientos de cosas?
¿Desea luchar por su libertad pero, sin embargo, no tiene el valor de liberarse de las cadenas? Si ése es el caso, el mímulo que crece en las orillas de los ríos cristalinos le devolverá la libertad de amar su vida y usted aprenderá a tener el sentimiento de compasión más tierno para con las otras personas.

AGRIMONIA Intranquilidad/Paz. 

¿Es usted de aquellos que sufren perturbación de sentimientos, de aquellos cuya alma no encuentra la paz pero que, sin embargo, se abanderan como la víctima del mundo ocultando su tormento a sus semejantes, y que ríen, sonríen y hacen chistes ayudando a las otras personas a sentirse alegres mientras usted mismo padece? ¿Quiere combatir sus preocupaciones tomando alcohol y drogas para ser capaz de afrontar las difíciles pruebas de su vida? ¿Cree que en la vida necesita algo que le estimule para poder seguir adelante?
Si ese es el caso, la maravillosa agrimonia que crece en los bordes de los caminos y en las praderas, con sus flores con forma de torre de iglesia y sus semillas acampanadas, le aportará la paz y el entendimiento. La lección de esta planta reside en el hecho de que hace que usted sea capaz de conservar la paz en presencia de todas las pruebas y dificultades con las que se encontrará en la vida, hasta que ya nadie sea capaz de poder apartarle de esa paz.

SCLERANTHUS Indecisión/Estabilidad. 

¿Pertenece usted a ese grupo de personas a las que le resulta difícil tomar decisiones, formarse una opinión de algo cuando en usted mismo aparecen pensamientos contradictorios que le impiden decidirse por un camino? ¿Es capaz esa indecisión de bloquearle el camino y retrasar sus progresos? ¿A veces le parece correcta una cosa y, un momento después, otra distinta?
Si ése es el caso, usted debe aprender a actuar espontáneamente en circunstancias desafiantes, a desarrollar una opinión correcta y permanecer fiel a ella. En esas circunstancias ayuda ese pequeño y verde ovillo de un año que crece en los campos de cereal.

CLEMÁTIDE Indiferencia/Bondad. 

¿Es usted una de esas personas que creen que la vida no es particularmente interesante; de ese grupo que, al levantarse, desean no tener que enfrentarse de nuevo a otro día más; de aquellos que creen que la vida es tan difícil, tan dura y tan amarga que no hay nada que merezca la pena y piensan que podrían volver a dormirse, ya que no compensa el esfuerzo de hacer un intento? ¿Tienen sus ojos esa mirada que denota que usted no pertenece a este mundo, que todavía está en sus sueños y que encuentran sus sueños mucho más hermosos que la vida misma? ¿Están a menudo sus pensamientos con otra persona que ya ha abandonado este mundo? Si usted tiene ese sentimiento, aprenda a “mantenerse cuando no exista en usted nada más aparte de la voluntad que le ordena resistir” Con eso ha alcanzado una gran victoria.
La maravillosa planta, que adorna nuestros setos ahí donde el suelo está desnudo, la clemátide, cuyas semillas, que recuerdan a plumas, sólo desean ser arrastradas por el viento para así poder renacer de nuevo en cualquier sitio le ayudará a re encontrarse con la realidad, a enfrentarse con su vida, a encontrar su trabajo y le devolverá la alegría a su vida.

CENTAURA Debilidad/Fuerza. 

¿Es usted de esas personas que es utilizada por todo el mundo porque posee ese buen corazón que le impide decir que no a cualquier cosa? ¿Cede con tal de mantener la paz, en lugar de hacer lo que considera correcto porque, simplemente, no quiere luchar? ¿Pertenece usted a ese grupo de personas que tienen buenas intenciones pero que son pasivamente utilizadas, en lugar de elegir activamente su trabajo? Aquellos que han sido utilizados habrán recorrido un gran trecho del camino del servicio al prójimo una vez que hayan podido comprender que deben ser un poco más positivos en su vida.
La centaura, que crece en nuestras praderas, le ayudará a encontrar su verdadero yo, de tal manera que usted pueda actuar con iniciativa y positivamente en lugar de dejarse utilizar desde una actitud pasiva.

GENCIANA Duda/Entendimiento. 

¿Pertenece usted a ese grupo de personas con grandes ideales que tienen la esperanza de hacer algo bueno? ¿Es usted de aquellos que se desilusionan si no consiguen alcanzar rápidamente su meta? ¿Si logra su objetivo, es presa de un estado de ánimo eufórico, mientras que cuando aparecen dificultades se deprimen rápidamente?
Si ése es el caso, entonces la pequeña y amarga genciana, que crece en las praderas de nuestras colinas, le ayudará a permanecer fiel a su objetivo y a ser optimista, aun cuando las cosas se pongan difíciles. Esta planta le mantendrá siempre animado y le ayudará a tomar conciencia de que no existen fallos cuando se hace lo mejor que se puede, lo que también siempre parece ser el resultado más obvio.

VERBENA Entusiasmo exagerado/Tolerancia. 

¿Está usted en ese grupo que es presa de un entusiasmo exacerbado? ¿A esas personas que añoran llevar a cabo algo maravilloso y que desean hacer todo en un momento? ¿Le resulta difícil elaborar pacientemente su plan porque quiere tener rápidamente los resultados en sus manos? ¿Comprueba que su entusiasmo conduce a que, se comporte de una manera rígida con otras personas? ¿Quiere que los otros vean las cosas igual que las ve usted? ¿Intenta imponer a los otros su propia opinión y se muestra impaciente cuando no le obedecen?
Si ése es el caso, usted tiene en su poder el convertirse al mismo tiempo en una personalidad dirigente y en un maestro para los otros. La verbena, esa pequeña planta con florecillas malvas que crece en los setos, le ayudará a conseguir esas cualidades que usted necesita. Ella le otorgará bondad para con sus semejantes y tolerancia frente a las opiniones de los otros. Le permitirá tomar conciencia de que los grandes objetivos de la vida se alcanzan suave y tranquilamente, sin tensión ni estrés

IMPACIENCIA Impaciencia/Perdón. 

¿Pertenece usted a esas personas que, en lo más profundo de sí mismos, saben que tienen una tendencia hacia la crueldad? ¿Cuándo lucha y se siente importunado y molestado, le resulta difícil no enfadarse? ¿Permanece en usted el deseo de utilizar la fuerza para imponer su opinión a otros? ¿Es impaciente, consiguiendo esa a veces que Usted se convierta en una persona cruel? ¿Tiene su personalidad rasgos de un inquisidor?
Si ése fuera el caso, aspire a lograr la bondad y el perdón, y esa pequeña flor de color malva, esa balsámica portadora de glándulas que crece en las orillas de los ríos de la región del Valais, le traerá la bendición ayudandole durante su camino.

CERATOSTIGMA  Ignorancia/Sabiduría.

¿Es usted de aquellos que tienen la sensación de sentirse sabios? ¿De aquellos que opinan que podrían ser un dirigente o un filósofo de sus semejantes? ¿Opina que en usted mismo reside el poder de aconsejar a sus semejantes cuando éstos tienen dificultades, de poder suavizar su preocupación y de poderles ayudar siempre en sus problemas? ¿Si embargo, y a causa de una falta de confianza en sí mismo, no se encuentra en situación de lograrlo, quizás porque atiende demasiado a la voz de los demás y presta mucha atención a los convencionalismos del mundo? ¿Se da cuenta de que es precisamente esa falta de confianza en sí mismos, esa ignorancia sobre su propia sabiduría y su propia persona, lo que le conduce a la tentación de seguir de manera excesivamente rígida los consejos de los demás?
En ese caso, la ceratostigma le ayudará a encontrar su individualidad, su personalidad, liberándose de influencias externas, lo que le pondrá en situación de utilizar su enorme sabiduría para el bienestar de la humanidad.

HELIÁNTEMO Temor/Valor. 

¿Pertenece usted a ese grupo de personas que viven en una continua y profunda desesperación y temor? ¿Pertenece a aquellos que creen no poder soportar más? ¿A los que temen lo que ocurrirá: la muerte, el suicidio, la locura o cualquier terrible enfermedad? ¿O, quizás, tiene miedo de confrontarse con la desesperanza de las circunstancias de la vida material?
Si eso es así, aprenda a permanecer fuerte y a luchar por su libertad aun en circunstancias de grandes dificultades. La maravillosa, pequeña y amarilla flor del heliántemo le proporcionará el valor para alcanzar su objetivo.

VIOLETA DE AGUA Padecimiento/Alegría.

¿Se encuentra usted entre esas grandes almas que se esfuerza por servir a sus semejantes valientemente y sin protestar; que se afanan por llevar su padecimiento tranquilamente y sin resignarse que no admiten que su pesar influya en su trabajo diario? ¿Ha sufrido pérdidas importantes o ha vivido tiempos difíciles y, sin embargo, ha continuado viviendo tranquilamente? Si eso es así, entonces esa maravillosa flor acuática que se mueve libremente por la superficie de nuestros claros ríos le ayudará a percibir que, a través de su padecimiento, ha depurado y desarrollado un gran ideal que le ayudará a servir a sus semejantes aun cuando le hiera a usted mismo, a aprender a estar solo en este mundo y a lograr la gran alegría de la completa libertad, haciendo por ello un acabado servicio a la Humanidad. Y sólo con que eso se haga por una vez realidad, ya no supone sacrificio alguno, sino la maravillosa alegría de ayudar bajo todas las circunstancias. Además, esta pequeña planta le ayudará a comprender que todo lo que usted siempre ha considerado como cruel y triste sirve, en realidad, al bienestar de aquellos que usted compadece
Todos nosotros podemos hacernos con el valor necesario y conservar un corazón valiente ya que Dios nos ha puesto en este mundo para un objetivo aún mayor.

Él quiere que sepamos que somos sus hijos y que reconozcamos nuestra propia divinidad. Él desea que seamos perfectos, sanos y felices. Él pretende que sepamos que, a través de su amor, podemos conseguir todo, y nos recuerda que cuando lo olvidamos, entonces padecemos y pasamos a ser infelices. Él quiere que la vida de cada uno de nosotros esté llena de alegría, salud y un completo amor y servicio al prójimo, tal y como Cristo nos enseño: “Mi yugo y mi carga son ligeros”.

Estos remedios pueden ser elaborados por productores homeopáticos. También uno mismo los puede elaborar siguiendo los pasos que se describen a continuación: 

- Coja una fuente de cristal no muy honda y llénela con agua de río o, preferentemente, de una fuente. Introduzca suficientes flores de la planta deseada, de manera que la superficie esté cubierta. Deje la fuente bajo el sol el tiempo necesario hasta que las flores comiencen a marchitarse. Saque cuidadosamente las flores y reparta el agua en botellas, mezclándola con la misma cantidad de coñac para su conservación.
- Una sola gota es suficiente para preparar 0,2 litros (200 ml), con agua (dilución en agua de la solución stock o madre de arriba), de la que se tomarán las dosis necesarias utilizando como medida una cucharilla.
- La dosis debería ser medida en la forma que el paciente considere necesaria; para casos agudos tomar cada hora; en casos crónicos, tres o cuatro veces al día, hasta que se perciba una mejora y el paciente pueda prescindir del remedio.
- Y no olvidemos que siempre debemos agradecer a Dios que haya hecho crecer todas esas plantas medicinales para nuestra curación.

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Tipo de
Emo ciones
Emociones y sentimientos a dominar
Flor de Bach original
Emociones positivas



MIEDO
Miedo, nerviosismo inexplicable.


Miedo a cosas conocidas: muerte, accidente, volar, ..

Miedo de perder el control del comportamiento al borde de una crisis nerviosa.

Excesiva preocupación por los demás, especialmente por familiares.

Terror, miedo extremo, pánico. Pesadillas.
Aspen: álamo temblón.

Cherry Plum: Cerasífera

Mimulus: mímulo.


Red Chesnut: castaño rojo.


Rock Rose: heliantemo.
Seguridad. Intrepidez y apertura.


Calma, acción racional, lucidez.


Valentía, capacidad para enfrentarse a las dificultades con seguridad y humor.

Preocupación correcta. Tranquilidad en casos de emergencia.


Calma, valentía



INCERTI-DUMBRE


Dudar del propio juicio, búsquedq del consejo de otro antes de actuar.

Desaliento ante pequeños contratiempos, fácilmente deprimido y desanimado.

Desesperanza, pesimismo, negatividad.


Cansancio, fatiga mental, duda de la capacidad para cumplir con las tareas.


Indecisión, duda, humor variable.

Insatisfacción vital e incertidumbre por el camino a seguir
Cerato: Ceratostigma

Gentian: Genciana.


Gorse: Aulaga.


Hornbeam:
Hojarazo.

Scleranthus: Scleranthus.

Wild Oat: Avena silvestre
Confiar en su intuición. Seguridad en sí mismo.

Optimismo, confianza, perseverancia.


Fe, esperanza. Vitalidad. Certidumbre.


Vitalidad. Capacidad para enfrentarse


Determinación. Capacidad de elegir y actuar con rapidez, equilibrio y serenidad.

Ambiciones positivas, habilidad para decidir el camino a tomar en la vida.



FALTA DE INTERÉS

POR EL

PRESEN
TE
Incapacidad para aprender de los errores pasados

Deseo de evadirse de la realidad, ensoñación.


Vive en el pasado, nostalgia, añoranza.


Profunda tristeza sin causa conocida


Falta de energía. Agotamiento total mental y físico.

Pensamientos recurrentes, obsesivos, no deseados. Discusiones mentales.

Resignación, apatía, pasividad, fatalismo.
Chesnut Bud: brotes castaño

Clematis: Clemátide

Honey
suckle: 
Madreselva


Mustard: mostaza


Olive: olivo.


White Chestnut: Castaño de Indias

Wild Rose: rosa silvestre.
Capacidad de aprendizaje de la experiencia propia y de los demás.

Alegría de vivir. Interés por el mundo real.


Vive presente. Avanzar en la vida sin lamentos.


Paz interior.




Vitalidad. Restauración de la energía. Interés por la vida.

Paz mental.  Pensamientos positivos.


Interés e iniciativa para realizar cambios. Iniciativa.


SOLE DAD
Hablador compulsivo, centrado en sí mismo, detesta la soledad.

Impaciente, irritable, debe hacerse lo que él quiere.

Orgulloso, reservado, a veces distante, solitario.
Heather: Brezo.


Impatiens: impaciencia



Water violet: violeta de agua
Participa con los demás. Tolerante. Ayuda,escucha con desinterés 

Empatía, apertura.


Abierto a los demás. Comprensión y empatía.


HIPER SENSIBILI DAD AL ENTORNO
Esconde sus preocupaciones bajo una máscara alegre

Voluntad débil, no sabe decir no, siempre quiere agradar

Odio, envidia, sospecha, celos, cólera.

Necesidad de protección ante cambios e influencias externas.
Agrimony (Agrimonia)

Centaury (Centaura menor)

Holly (Acebo)


Walnut  (Nogal)
Optimismo real, acepta sus cualidades y defectos

Defiende y expresa su voluntad; da pero con sensatez.

Generosidad, compasión, comprensión.

Adaptación al cambio. Autovaloración e identidad frente a las influencias.








Desá
nimo
 y de
sespe
ranza
Mala imagen de uno mismo, vergüenza, suciedad física o mental.

Sentirse desbordado por el trabajo y las responsabilidades

Falta de confianza en sí mismo. Sentimiento de inferioridad. Miedo al fracaso.

Profundo sentido del deber. Aún exhaustos siguen  adelante obstinadamente.

Culpabilidad. Remordimientos. Sentirse responsable de todo.


Consecuencias de un shock nervioso y/o accidente. Mala noticia repentina. Duelo.


Profunda desesperación y angustia. Haber llegado al fondo. Sentimiento de abandono.

Autocompasión. Sentimientos de injusticia. Resentimiento, angustia.
Crab appel Manzanosilvestr


Elm (Olmo)



Larch (Alerce)


Oak (Roble)



Pine (Pino silvestre)


Star of Bethle hem (Leche de gallina)



Sweet Chestnut
(Castaño Dulce)




Willow (Sauce)
Aceptación de sí mismo con sus imperfecciones.


Seguridad, eficiencia, confianza en sí mismo

Perseverancia. Determinación. Confianza en sus competencias.


Valentía. Paciencia. Tomar tiempo para uno mismo.


Equilibrio. Alegría de vivir. Aceptarse y respetarse. Juicio claro.



Liberación de las tensiones, tristezas, …consecuencias de un shock. SPT.


Liberación. Sensación de apoyo interno.


Olvido y perdón. Alegría de vivir.

Sen
Sibi
lidad 
hacia los demás
Crítica. Intolerancia. Arrogancia.

Amor posesivo. Dar para recibir. Sobreprotección.

Duro con uno mismo. Inflexibilidad. Sacrificio.

Exceso de entusiasmo. Rebelde contra las injusticias. Nervioso.

Autoritario. Intransigente. Ambicioso. Dominador. Inflexible.
Beech (Haya).

Chicory (Achicoria)

Rock wáter. (Agua de Roca)

Vervain (Verbena)


Vine (Viña).
Indulgencia. Comprensión. Tolerancia.

Generosidad. Entrega. Amabilidad.

Flexibilidad. Autoindulgencia.


Moderación. Tolerancia. Capaz de relajarse.

Respeto hacia los demás. Autoridad sabia y comprensiva.



SOIS VÍCTIMAS DE VOSOTROS MISMOS 
(Conferencia en Southport, febrero de 1931). 


Para mí no resulta fácil dar este discurso delante de vosotros. Sois una sociedad de médicos, y yo os hablo también como médico. Pero la medicina de la que hoy quiero hablar aquí está tan lejos del parecer ortodoxo de hoy en día, que hace que este discurso apenas tenga nada que ver con la práctica actual, con la clínica privada o con la planta de un hospital tal y como actualmente las conocemos. 

Si ustedes, como seguidores de Hahnemann, no se hubieran adelantado mucho a la medicina ortodoxa de los últimos 200 años de aquellos que todavía predican las enseñanzas de Galeno, tendría un miedo rotundo a hablar sobre este tema. 
Pero las enseñanzas de su gran maestro y de sus seguidores han arrojado tanta luz sobre la naturaleza de la enfermedad, allanando el camino hacia la curación correcta, de tal manera que estoy seguro de que ustedes están preparados para avanzar conmigo un tramo de ese camino y saber aún más de la magnificencia de la salud total y de la verdadera naturaleza de la enfermedad y curación. 
La inspiración de Hahnemann hizo que la humanidad pudiera ver la luz en la oscuridad del materialismo cuando el hombre había llegado ya tan lejos que consideraba a la enfermedad como un problema puramente material que únicamente debía ser solucionado y curado con medios materiales. 

Al igual que Paracelso, él sabía que la enfermedad no podría existir si nuestro espíritu y nuestra inteligencia estuvieran en armonía. Fue por esto por lo que se puso en busca de remedios que pudieran sanar nuestro espíritu, trayéndonos así paz y salud. 
Hahnemann realizó un gran progreso y nos hizo avanzar un gran tramo de nuestro camino. Pero, para su trabajo, disponía únicamente del tiempo que puede dar de sí una vida y, por eso, ahora nos toca a nosotros retomar sus investigaciones en el punto en el que las dejó. Tenemos que continuar su trabajo sobre la curación absoluta, cuyos fundamentos ya había creado y cuya obra había comenzado de forma tan digna. 
El homeópata ya ha dejado de lado una gran parte de los aspectos innecesarios y de poca importancia de la medicina ortodoxa, pero aún tiene que avanzar más. Sé que ustedes quieren mirar hacia delante, ya que ni el saber del pasado ni el del presente son suficientes para aquel que busca la verdad. 
Paracelso y Hahnemann nos enseñan a no prestar excesiva atención a los detalles de la enfermedad, sino a tratar a la personalidad, al hombre que lleva dentro, en el convencimiento de que la enfermedad desaparece cuando nuestro ser espiritual y mental se encuentran en armonía. Este grandioso fundamento es la enseñanza fundamental que debe ser continuada. 
Lo siguiente que percibió Hahnemann fue cómo producir esa armonía, y pudo comprobar que la forma de actuar de las drogas y remedios de la antigua escuela, así como los elementos y plantas que él escogía, podía invertirse a través de una potenciación, de tal manera que la misma sustancia que ocasionaba envenenamientos y síntomas de enfermedad podía sanar esos males si era utilizada en una cantidad minúscula y preparada según un método especial. 
De ahí formuló el principio: Igual con igual se cura. Además, esto es un principio fundamental de la vida que él nos ha cedido para que continuemos con la construcción del templo cuyos planes le habían sido revelados. 

Si proseguimos la consecución de estos pensamientos, la primera y significativa conclusión a la que llegamos es la verdad sobre el hecho de que la enfermedad misma es eso que igual con igual se cura, ya que la enfermedad no es otra cosa que la consecuencia de una forma de actuar errónea. La enfermedad es el resultado natural de la desarmonía entre nuestro cuerpo y nuestra alma; es ese ,igual con igual se cura, porque es la enfermedad misma la que detiene e impide que nuestro comportamiento erróneo llegue demasiado lejos. Al mismo tiempo, la enfermedad es una lección que nos enseña a corregir nuestro camino y a armonizar nuestra vida con la órdenes de nuestra alma. 

La enfermedad es la consecuencia de una manera equivocada de pensar y de un comportamiento erróneo, y desaparecerá cuando esa forma de actuar y esos pensamientos sean puestos de nuevo en orden. Cuando está aprendida la lección del dolor, del padecimiento y del pesar, entonces la existencia de la enfermedad carece de sentido y desaparece automáticamente. 

Eso es lo que Hahnemann quería decir con su frase igual con igual se cura. 
Recorramos juntos todavía un trozo más del camino.
Una nueva y maravillosa perspectiva se abre frente a nosotros, y vemos que la curación verdadera se puede alcanzar, pero no apartando lo equivocado a través de lo equivocado, sino sustituyendo lo equivocado por lo correcto. Lo bueno sustituye a lo malo la luz a la oscuridad. 

Aquí se llega a comprender que ya no podemos seguir por más tiempo combatiendo la enfermedad con la enfermedad. Ya no podemos hacer frente a la enfermedad con los productos de la enfermedad. Ya no intentamos apartar las enfermedades con sustancias que las pueden ocasionar. Todo lo contrario, resaltamos la virtud opuesta que subsanará el error. 
La farmacopea del futuro inminente deberían contemplar únicamente aquellos remedios que tienen el poder de sacar lo bueno, mientras que deberían ser eliminados todos aquellos remedios cuya única cualidad es la de oponerse a lo malo. 
Es cierto que el odio puede ser vencido por un odio aún mayor, pero sólo podrá ser sanado por el amor. La crueldad puede ser evitada a través de una crueldad aún mayor, pero sólo podrá ser apartada si se desarrolla la compasión. En presencia de un miedo aún mayor, se puede perder y olvidar e propio miedo, pero la verdadera curación del miedo es el valor total. 
Y por este motivo, todos nosotros, los que pertenecemos a esta escuela de medicina, debemos concentrar nuestra atención sobre esos remedios maravillosos que Dios ha puesto en la naturaleza para que los utilicemos en nuestra curación, y entre los cuales se encuentran las beneficiosas y sobresalientes plantas medicinales. 
Claramente, en esencia es erróneo cuando se dice que igual con igual se cura. Aunque la idea de la verdad que tenía Hahnemann era correcta, sin embargo, la expresó de manera incompleta. Lo igual puede fortalecer a lo igual; lo igual puede apartar a lo igual, pero en el verdadero sentido de a curación, lo igual no puede sanar a lo igual. 
Cuando se escuchan las enseñanzas de Krishna, Buda o de Cristo, encontramos que ellas encierran perennemente el principio de que lo bueno vence a lo malo. Cristo nos enseñó a hacer frente a lo malvado, a amar a nuestros enemigos y a perdonar a aquellos que nos persiguen. Ahí no aparece ninguna curación en el sentido de que lo igual sana a lo igual. Por eso, en la verdadera sanación, así como en el desarrollo espiritual, siempre debemos aspirar a alcanzar lo bueno para expulsar lo malo; a lograr el amor para vencer al odio; a crear la luz para acabar con la oscuridad. Es por este motivo por el que debemos evitar cualquier sustancia nociva, cualquier producto perjudicial, y usar, por el contrario, todo aquello que haga bien y sea beneficioso. 


Sin ningún género de dudas, Hahnemann, se esforzó por transformar, a través de su método de la potenciación, lo erróneo en correcto, lo venenoso en virtud, pero resulta mucha más fácil emplear directamente los remedios que benefician y que hacen el bien.
La sanación está por encima de todas las cosas materiales y de cualquier ley. Es de origen divino y, por eso, no puede estar sujeta a cualesquiera de nuestros convencionalismos o a los patrones normales. Por consiguiente debemos elevar nuestros ideales, nuestros pensamientos y objetivos a maravillosas y sublimes dimensiones que nos han sido mostradas y enseñadas por los grandes maestros. 
¿No piensan por un momento que todo esto nos aparta de la obra de Hahnemann? Todo lo contrario, él indicó las grandes leyes fundamentales, las bases, pero él tuvo sólo una vida, y si hubiera continuado con su obra habría llegado, sin lugar a dudas, a los mismos resultados. Nosotros continuamos ahora con su obra y se la cederemos al siguiente estadio natural de desarrollo. 
Ahora queremos reflexionar sobre el hecho de por qué la medicina debe modificarse de manera inevitable. La ciencia de los anteriores 200 años ha considerado siempre a la enfermedad como un factor material que puede ser apartado a través de medios naturales. Por supuesto, todo esto es rotundamente falso. 
La enfermedad del cuerpo, tal y como nosotros la conocemos, es un resultado, un producto final, un estadio final de algo mucho más profundo. El origen de la enfermedad no se encuentra a nivel físico, sino, más bien, a nivel espiritual. La enfermedad es, en un 100%, el resultado de un conflicto entre nuestro yo espiritual y nuestro yo perecedero. Siempre que estos dos se encuentren en mutua armonía, nos encontramos totalmente sanos. Ahora bien, cuando ya no existe esa compenetración, tiene entonces como consecuencia lo que conocemos como enfermedad. 
La enfermedad es únicamente un correctivo. No es ni un castigo ni una crueldad, pero es el medio que emplea nuestra alma para indicarnos nuestros errores, impedir que cometamos fallos aún mayores y para evitar que se produzcan otros males, conduciéndonos de vuelta al camino de la verdad y de la luz, del que nunca deberíamos habernos apartado. 
En realidad, la enfermedad está al servicio de nuestro bienestar y hacer el bien, aunque deberíamos evitarla con que sólo tuviéramos el entendimiento correcto junto con el deseo de hacer lo que se considera correcto. 
Cualesquiera de los errores que siempre cometemos se muestran en nosotros mismos y ocasionan –según la naturaleza del error– desgracia, ausencia de bienestar o padecimiento. El objetivo reside en hacernos conscientes del efecto perjudicial de una actitud equivocada o de una forma errónea de pensar. Al producirse en nuestro caso resultados semejantes, se nos muestra cómo podemos causar aflicción a otras personas, infringiendo de esta manera la grandiosa y divina ley del amor y de la unidad. 
Para la comprensión del médico, la enfermedad misma indica el tipo de conflicto. Quizá se pueda ver todo esto más claro al ilustrarlo con ejemplos, para acercarles a la idea de que da igual la enfermedad que se padezca, el caso es que ésta aparece porque no reina el equilibrio entre la persona y la divinidad existente en esa persona. 
El dolor es la consecuencia de la crueldad, que ocasiona dolor en los otros, ya sea espiritual o corporal. Pero podrán estar seguros de que descubrirán en su propia persona una ruda forma de proceder o un pensamiento cruel cuando se analicen a sí mismos en los momentos en que padezcan dolor. Aparten de ustedes estas tendencias crueles y desaparecerá el dolor. 
Cuando alguna de sus articulaciones o algunos de sus miembros se encuentre agarrotado, podrán estar seguros de que esa misma rigidez está presente en sus espíritus, de que se encuentran aferrados a cualquier idea, principio o convencionalismo con el que deben romper. Si padece asma o tienen alguna dificultad a la hora de respirar, de alguna manera le están robando el aire a otra persona. Si sienten que se ahogan, es porque no tienen el valor suficiente para hacer lo correcto. Cuando se sienten débiles, entonces es porque están permitiendo que alguien impida a su fuerza vital penetrar en sus cuerpos. Incluso la parte del cuerpo afectada hace referencia a la naturaleza del error: la mano significa una forma errónea de actuar; el pie, que se comete un error al ayudar a los otros; el cerebro indica una falta de control; el corazón hace referencia a una carencia, exceso o a un comportamiento falso en el amor; el ojo muestra una falsa percepción y señala el hecho de que no se quiere ver la verdad cuando uno tiene que enfrentarse a ella. Igualmente, se puede profundizar en el motivo y la naturaleza de una enfermedad como una lección que el paciente debe aprender y su necesaria corrección. 
Permítame echar una breve ojeada al hospital del futuro. 
Será un oasis de paz, de esperanza y de alegría. No habrá lugar para las prisas y el ruido. No existirá ninguno de esos terribles aparatos y máquinas que hoy en día se utilizan. No se olerá a productos desinfectantes ni a anestesias. No aparecerá nada que recuerde a la enfermedad y al padecimiento. Los pacientes no serán continuamente molestados para tomarles la temperatura. No existirán reconocimientos diarios con estetoscopios y otros aparatos de exploración para grabar en el ánimo del paciente la naturaleza de su enfermedad. No habrá lugar para esas continuas tomas de tensión para transmitir al paciente la sensación de que su corazón palpita demasiado rápido. No aparecerán ninguna de estas cosas, porque todo ello dificultad la atmósfera de paz y tranquilidad que tan necesaria es al paciente para facilitar su pronta recuperación. Tampoco habrá ya necesidad de laboratorios, porque el análisis microscópico de los detalles, no tendrá ninguna importancia cuando se haya comprendido que es el paciente el que debe ser tratado y no la enfermedad. 
El objetivo de todas esas instituciones será el producir una atmósfera de paz, de esperanza, de alegría y de confianza. Todo lo que se haga será para que el paciente sea estimulado, a olvidar su enfermedad y a que aspire a su recuperación, corrigiendo al mismo tiempo cada uno de los fallos existentes en su naturaleza, y para que entienda la lección que debe de aprender. 
Todo será maravilloso y hermoso en el hospital del futuro, de tal forma que el paciente busque la manera de salir de ese lugar no sólo para liberarse de su enfermedad, sino también para desarrollar el deseo de llevar una vida en la que exista una mayor armonía con las órdenes de su alma de lo que ha existido hasta ahora. 
El hospital se convertirá en la madre de los enfermos. El hospital los tomará en sus brazos, los tranquilizará y consolará, proporcionándoles al mismo tiempo esperanza, confianza y valor para superar sus dificultades. 
El médico del mañana reconocerá que él, por sí mismo, no posee ningún poder para sanar al otro, sino que le fueron dados los conocimientos de cómo guiar a sus pacientes y lograr que la fuerza curativa sea canalizada a través de él para, de esta manera, liberar a los enfermos de sus padecimientos. Todo esto lo recibe el médico cuando dedica su vida al servicio de sus semejantes, al estudio de la naturaleza humana, de tal forma que pueda comprender parcialmente el sentido de esta naturaleza, y tiene un deseo de todo corazón de liberar a los hombres de sus padecimientos y de dar todo por ayudar a los enfermos. Entonces, su poder y capacidad de ayudar crecerá de forma directamente proporcional según la intensidad de su deseo y de su disponibilidad a servir. El médico comprenderá que la salud, al igual que la vida, depende única y exclusivamente de Dios, y sólo de él. Comprenderá también que los remedios que emplea sólo son remedios dentro del plan divino que contribuyen a conducir al afectado de nuevo hacia el camino de la ley divina. 
El médico del mañana no tendrá interés en la patología o en la anatomía patológica, ya que él investiga la salud. Para él no juega ningún papel el hecho de que, por ejemplo, la disnea sea producida o no por el bacilo de la tuberculosis, por el estreptococo o por cualquier otro microorganismo. Pero, por el contrario, será marcadamente importante para él el saber por qué el paciente al respirar tiene que padecer semejantes dificultades. Es insignificante el saber que parte del corazón es la que está dañada y, por contra, es tremendamente importante descubrir de qué manera el paciente ha desarrollado de manera equivocada su amor. Los rayos X ya no serán utilizados para examinar una articulación artrítica, sino que más bien se investigará la personalidad de paciente para descubrir dónde se encuentra el agarrotamiento en su alma. 
Los diagnósticos de las enfermedades ya no serán dependientes de los síntomas y muestras corporales, sino de la capacidad del paciente de corregir sus errores y de poder volver a estar en armonía con su vida espiritual. 
La formación del médico, englobará un profundo estudio de la naturaleza humana que conducirá a una gran percepción de lo puro y perfecto, a la comprensión del estado divino del ser humano, así como al conocimiento de cómo se puede ayudar a aquellos que padecen, de manera que su relación con su yo espiritual vuelva a ser armónica y en su personalidad se restablezca de nuevo la salud y la concordia. 
El médico del futuro estará en condiciones de poder averiguar el conflicto existente en la vida del paciente que ha ocasionado la enfermedad o desarmonía entre el cuerpo y el alma. Esto le permitirá darle al paciente el consejo que para él es el adecuado y tratarlo. 
El médico también tendrá que estudiar la naturaleza y sus leyes, estará familiarizado con las fuerzas curativas de la naturaleza de tal forma que pueda utilizar estos conocimientos para el beneficio del paciente. 
El tratamiento del mañana despertará, en esencia, cuatro cualidades en el paciente: 
1. Paz. 

2. Esperanza 

3. Alegría 

4. Confianza 

Todo el ambiente que le rodee, así como la atención, así como la atención que se le preste al paciente, estarán al servicio de ese objetivo. Al englobar al paciente en una atmósfera de salud y de luz, se apoyará su recuperación. Al mismo tiempo, los errores del paciente han sido diagnosticados, se ha conseguido que él los vea claros y ahora obtiene apoyo y ánimo para poder superarlos. 
Además, le serán suministrados los remedios maravillosos que han sido bendecidos por Dios con fuerzas curativas para abrir en él los canales que captan la luz del alma, de manera que la fuerza curativa penetre e invada al paciente. 
La manera de actuar de estos remedios consiste en elevar nuestras vibraciones y en abrir nuestros canales para que nuestro yo espiritual pueda sentir, en invadir nuestra naturaleza con la virtudes que necesitamos y en subsanar los errores que en nosotros ocasionan daños. Estos remedios son capaces, al igual que una música maravillosa o que todas esas magníficas cosas que nos inspiran, de elevar nuestra naturaleza y de acercarnos a nuestra alma, y, precisamente a través de esta forma de actuar, nos traen consigo paz y nos liberan de nuestros padecimientos. 
No sanan atacando la enfermedad, sino invadiendo nuestro cuerpo con las maravillosas corrientes de nuestra naturaleza ya más elevada, en cuya presencia cada enfermedad se funde como la nieve bajo los rayos del sol. 
Finalmente, estos remedios cambian la actitud del paciente frente a la salud y la enfermedad. 
Se debe acabar para siempre con el pensamiento de que se puede comprar el alivio de una enfermedad con oro o plata. La salud tiene, como la vida, un origen divino, y sólo puede ser alcanzada a través del empleo de medios divinos. Dinero, lujo o viajes pueden hacer que, de puertas para afuera, parezca que podemos comprar una mejora de nuestro estado corporal, pero todas estas cosas nunca nos podrán proporcionar la verdadera salud. 
El paciente del mañana entenderá que él, y solamente él, podrá liberarse de su padecimiento, aunque pueda recibir consejo y ayuda por parte de otras personas cualificadas que le apoyan en su esfuerzo. La salud, por tanto, existe cuando podemos hablar de armonía entre el alma, el espíritu y el cuerpo. Esta armonía es condición indispensable antes de que se pueda producir la curación. 
En el futuro, uno ya no se sentirá jamás orgulloso de estar enfermo. ¡Todo lo contrario! La gente se avergonzará tanto de su enfermedad como se deberían avergonzar de un asesinato. 
Ahora, quisiera aclararles cuáles son los dos estados del espíritu que, en nuestro país, provocan más enfermedades que cualquier otra causa. Estos son los grandes errores de nuestra civilización: la codicia y la falsa idolatría. 
La enfermedad nos ha sido otorgada a modo de correctivo. Ella es la consecuencia de nuestra manera errónea de proceder y de pensar. Sí, no obstante, podemos corregir nuestros errores y vivir en armonía con el plan divino, entonces la enfermedad nunca más nos buscará. 
En nuestra civilización, la codicia eclipsa todo. Tenemos ansias de bienestar, de posición social, de una elevada situación profesional, de honra mundial, de bienestar y popularidad. No obstante, esta ambición es inofensiva en comparación con otro tipo de apetencias. 
Lo peor de todo es la ambición de poseer a otra persona. Es cierto que este aspecto está tan extendido entre nosotros que lo consideramos correcto y adecuado. Sin embargo, esto no atenúa su aspecto negativo, ya que el querer poseer o influir sobre otros individuos o personalidades significa la usurpación del poder de nuestro Creador. 
¿Cuántas personas podría encontrar entre sus amigos o familiares que sean realmente libres? ¿Cuántas no están ligadas o se ven influenciadas o dominadas por otras personas? ¿Cuántas de ellas podrían afirmar cada día, cada mes, cada año, que únicamente obedecen los dictados de su alma y que le son indiferentes las influencias de otras personas? 
Y, sin embargo, cada uno de nosotros es un alma libre que solamente debe responder ante Dios de sus acciones y, también de sus pensamientos. 
Quizá la lección más grande de la vida es la de aprender a tener libertad. Libertad respecto a las circunstancias que nos rodean, frente a nuestro ambiente cotidiano, frente a otras personalidades y frente a nosotros mismos, ya que en tanto no seamos libres no podremos estar en situación de darnos totalmente y de servir a nuestros semejantes. 
Analicemos ahora si somos víctimas de una enfermedad o cualquier otra dificultad, si nos vemos rodeados de personas o de amigos que nos molestan, si vivimos con personas que nos dominan y nos ordenan, que se inmiscuyen en nuestros planes o que impiden nuestro desarrollo. Nosotros mismos somos los responsables de ello. El motivo de todo esto es que, dentro de nosotros, existe una tendencia que obstaculiza la libertad del otro, o bien nos falta el valor de reafirmarnos en nuestra propia individualidad y re reivindicar nuestro derecho a nacer. 
En el momento en el que hayamos dado una completa libertad a todos nuestros semejantes, cuando ya no sintamos el deseo de unir otras personas a nosotros y de limitarlas, cuando nuestro único pensamiento consista en dar y no en tomar, entonces, en ese momento, seremos verdaderamente libres. Nuestras ataduras caerán y romperemos las cadenas y, por primera vez en nuestra vida, sabremos de la extraordinaria alegría que proporciona la libertad absoluta. Liberados de todas las limitaciones humanas, serviremos diligentemente y llenos de alegría sólo a nuestro más elevado yo. 
El ansia de poder se ha desarrollado tanto en el mundo occidental, que hace necesaria la aparición de graves enfermedades antes de que la persona afectada pueda reconocer su equivocación y corregir su comportamiento. Y, según la intención con la que dominemos a nuestros semejantes, debemos de padecer en tanto que lo que nos hayamos atribuido no le competa al ser humano. 
La libertad completa es nuestro derecho de nacimiento, y solamente la podemos alcanzar cuando le concedamos esa libertad a cada alma viva que se nos cruce en nuestro camino, puesto que, en verdad, recogemos lo que sembramos, tal y como dice el dicho: El que no siembra no recoge. 
Al igual que irrumpimos en la vida de otra persona, ya sea joven o mayor, eso debe de tener repercusiones en nosotros. Cuando limitamos sus actividades, de alguna manera podemos comprobar que nuestro cuerpo se ve también limitado por una especie de rigidez. Sí, además, les proporcionamos dolor y padecimiento, entonces debemos estar preparados para padecer lo mismo hasta que nos hayamos enmendado. Y no existe ninguna enfermedad, ni siquiera una ten grave, que no sea necesaria para examinar nuestras actuaciones y modificar nuestro comportamiento. 
Aquellos de ustedes que padezcan bajo el dominio de otras personas, pueden adquirir un nuevo valor, ya que eso significa que se ha logrado un paso más en su desarrollo, en el que se le imparte la lección de cómo volver a recuperar su libertad. Y, exactamente, el dolor y padecimiento que se soporta es la lección que les permitirá poder corregir sus propias equivocaciones. Y, tan pronto como hayan reconocido estos errores y los hayan corregido, desaparecerán las dificultades. 
Para poder llevar esto a cabo, se deben practicar grandes bondades. No se puede, jamás, herir a otra persona a través de un pensamiento, una palabra o un hecho. Pensemos que todas las personas trabajan en su propia liberación, yendo por la vida aprendiendo las lecciones que les son necesarias para la perfección de su propia alma. Esto lo deben hacer para ellos mismos. Deben tener sus propias experiencias, reconocer las trampas de la vida y, a través de sus propias fuerzas, encontrar el camino que conduce a la cumbre. Lo más maravilloso que podemos hacer, ahora que poseemos un poco más de conocimiento y experiencia que nuestros jóvenes, es conducirlos suavemente. Si nos prestan atención, estupendo. En caso contrario, debemos esperar hasta que hayan tenido otras experiencias que deben hacerles conscientes de sus emociones y, entonces, quizás se dirijan de nuevo a nosotros. 
Deberíamos aspirar a ser útiles de manera bondadosa, tranquila y paciente, a movernos entre nuestros semejantes como un soplo de viento o un rayo de sol. Tendríamos que estar siempre preparados para ayudar cuando nos lo pidan, pero nunca debemos imponerles nuestros puntos de vista. 
Y ahora quisiera hablar sobre otro gran impedimento que se interpone a la salud y que hoy en día está muy extendido. Se trata de uno de los mayores impedimentos con los que se encuentra los médicos en su esfuerzo por sanar al paciente. Es un impedimento que es una forma de divinización, Cristo dijo: “No se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero”, y, sin embargo, el dinero es una de las piedras con que tropezamos más a menudo. Hubo una vez un glorioso y magnífico ángel, que se le apareció a San Juan, cayendo éste de rodillas presa de la admiración a la vez que le adoraba, pero el ángel le dijo: “No debes arrodillarte ante mí, ya que soy tu siervo y el siervo de tu hermano. Adoremos a Dios” Y, sin embargo, hoy en día miles de personas no adoran a Dios, ni siquiera a un poderoso ángel, sino a un semejante. Les puedo asegurar que una de las mayores dificultades que debemos superar es el endiosamiento de un mortal. 
Qué habitual es la frase: “Debo preguntar a mi padre, a mi hermana, a mi marido... “ ¡Qué tragedia! Imaginarse que un alma humana que lleva adelante su evolución divina deba pararse para pedir permiso a un semejante. ¿A quién cree que debe agradecer su origen, su vida? ¿A un semejante o a su creador? 
Debemos comprender que únicamente debemos responder ante Dios de nuestros pensamientos y de nuestras actuaciones. Y que, de hecho, se trata de una falsa idolatría el dejarse influenciar por los otros mortales, el seguir sus deseos o el tener en cuenta sus necesidades. La penalización es muy grave, nos ata, nos lanza a la cárcel y limita nuestra vida. Y eso debe ser así porque no nos merecemos otra cosas si obedecemos las órdenes de otros semejantes sabiendo que todo nuestro yo sólo debería conocer una orden y ésa es la de nuestro Creador, que nos ha regalado nuestra vida y nuestra comprensión. 
Pueden estar seguros de que la persona que se siente obligada con su mujer, con su hijo o con un amigo, es un idólatra que sirve al dinero y no a Dios. 
Recordemos las palabras de Cristo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?, lo que significa que cada uno de nosotros, seamos lo pequeño e insignificante que queramos, está aquí para servir enteramente a nuestros semejantes, a la humanidad y al mundo, y nunca, ni siquiera durante el más breve momento, debe seguir las órdenes de otra persona cuando éstas contravengan de cualquier manera los motivos que reconocemos como las órdenes de nuestra alma. 
Sean el capitán de sus almas, el maestro de sus destinos (lo que significa que, sin prestar ningún tipo de resistencia, se dejen dominar y guiar por la divinidad que existe en ustedes a través de otra persona o de una circunstancia), vivan siempre en armonía con las leyes de Dios y sean sólo responsables ante Dios, que nos ha regalado nuestra vida. 
Quisiera desviar todavía su atención hacia otro punto. Piensen siempre en la orden que Cristo dio a sus discípulos: “No os opongáis a lo negativo.” La enfermedad y los errores no se vencen a través de la lucha, sino al sustituirlos por lo bueno. La oscuridad desaparece con la luz y no con más oscuridad; el odio lo hace con el amor, la crueldad con la compasión y la enfermedad con la salud. 
Nuestro objetivo reside únicamente en reconocer nuestros errores y en esforzarnos por desarrollar la virtud que se le opone, de tal forma que el error desaparece al igual que la nieve se funde bajo el sol. No luchen contra sus preocupaciones. No batallen con sus errores y debilidades, es mucho mejor que los olviden y se concentren en el desarrollo de las virtudes necesarias. 
Resumiendo. Podemos reconocer la importancia que, en el futuro, tendrá la homeopatía en la superación de enfermedades. Ahora, cuando hemos comprendido que la enfermedad en sí significa Igual con Igual se cura, que nosotros mismos somos los culpables de la enfermedad, que ésta aparece para corregir nuestros errores, representando en última instancia un bien para nosotros, y que podemos evitarla si aprendemos las lecciones necesarias y corregimos esos errores antes que sean necesarias otras lecciones del dolor aún más difíciles. Esto es la consecución natural de la magnífica obra de Hahnemann. La consecución lógica de este pensamiento se le hizo patente a él conduciéndonos un paso más adelante hacia una comprensión completa de la enfermedad y la salud, y ése es el estadio en el que superamos el vacío existente entre lo que él nos ha legado y el ocaso del día, cuando la humanidad haya hecho semejante progreso, pudiendo así recibir directamente la grandeza de la sanación divina. 
Aquel médico juicioso que escoja esmeradamente sus remedios de las beneficiosas plantas de la naturaleza, estará en situación de ayudar a sus pacientes, de abrir los canales que posibilitan una mayor unidad entre cuerpo y alma, desarrollando, por lo tanto, las virtudes que son necesarias para subsanar los errores. Esto proporciona a la humanidad la esperanza de una verdadera salud en conexión con progresos espirituales. 
Para los pacientes, es necesario que estén preparados para confrontarse con la realidad de que la enfermedad es, única y exclusivamente fruto de sus propios errores, al igual que el precio del pecado es la muerte. Deben desear corregir esos errores, llevar una vida mejor y más plena de sentido, y reconocer que la sanación, depende únicamente de sus propios esfuerzos, aunque puedan ir al médico para que les ayude y guíe. 
La salud ya no se puede conseguir con dinero, igual que un niño no puede comprar su educación. No hay ninguna suma de dinero capaz de enseñar a un niño a escribir. Él lo debe aprender bajo la dirección de un profesor experimentado, y exactamente igual es el comportamiento de la salud. 
Existen dos grandes mandamientos: Ama a Dios y a tus semejantes. Queremos desarrollar nuestra individualidad de forma que consigamos una completa libertad para servir al divinidad en nosotros mismos y, únicamente, a esa divinidad. Y deseamos darle a todos los otros una completa libertad y servirles de la manera en que esté en nuestro poder según las leyes de nuestra alma. Y la capacidad de servir a nuestros semejantes aumenta al hacerse cada vez mayor nuestra propia libertad. 
Por este motivo, debemos enfrentarnos al hecho de que nosotros mismos, exclusivamente, somos los responsables de nuestra enfermedad, y de que el único tratamiento reside en corregir nuestros errores. Toda verdadera curación aspira a representar para el paciente un apoyo para armonizar su alma, su espíritu y su cuerpo. Eso solamente lo puede llevar a cabo él mismo, aunque el consejo y la ayuda de una persona experimentada puedan representar una gran ayuda en todo ello. 
Tal y como Hahnemann expuso, toda sanación que no haya procedido del interior perjudica. Toda recuperación aparente del cuerpo, conseguida a través de métodos materiales o por la actuación de otra persona, que no cuente con la ayuda propia del paciente, puede aportar seguramente cierto alivio corporal, pero dañará nuestro más elevado yo, ya que la lección no ha sido aprendida ni los errores subsanados. Cuando se piensa en las numerosas curaciones artificiales y superficiales que se llevan a cabo hoy día con la ayuda del dinero y de métodos médicos equivocados: son métodos falsos porque simplemente acallan los síntomas proporcionando un alivio aparente sin haber eliminado las verdaderas causas. 
La sanación debe proceder de nuestro propio interior al reconocer nuestros errores, corregirlos y conseguir que nuestra vida esté en armonía con el plan divino. Y dado que nuestro Creador, en su bondad, nos ha proporcionado ciertas plantas medicinales bendecidas por él que nos deben ayudar a lograr nuestra victoria, queremos buscar estas plantas y utilizarlas tan bien como nos sea posible, para así ascender la montaña de nuestra evolución hasta que llegue el día en el que hayamos alcanzado la cima de la perfección. 
Hahnemann había reconocido la verdad de que Igual con Igual se sana, que en realidad significa que la enfermedad cura a la manera equivocada de proceder, que la verdadera sanación no es otra cosa que un nivel más alto, y que el amor y todos sus atributos expulsan a lo equivocado. 
él reconoció que en la verdadera sanación no debe ser utilizado nada que retire al paciente su propia responsabilidad, sino que sólo deben ser empleados aquellos remedios que le ayuden a superar sus propios errores. 
Ahora sabemos que ciertos remedios en la farmacopea homeopática tienen el poder de superar nuestras vacilaciones, dotando, por lo tanto, de una mayor armonía a nuestro cuerpo y a nuestra alma y sanando a través de la armonía alcanzada de esta manera. 
Finalmente, es nuestra labor depurar la farmacopea, así como añadirle nuevos remedios, hasta que sólo contenga aquellos que son beneficiosos y conmovedores. 


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Material extraído de:
http://www.salud.bioetica.org/california.htm


Flores de California

A partir de la década del 70, la Flower Essence Society estudió una serie de flores, denominadas “Flores de California” que conservan el espíritu y la filosofía de la terapia floral de Bach, pero que tiene la particularidad de haber incorporado algunas con efectos muy adecuados a los problemas más comunes del presente, como ser el estrés tan habitual en las grandes ciudades, las disfunciones sexuales, el envejecimiento, las adicciones, etc. Además, las Flores de California se combinan perfectamente con las flores de Bach para determinados problemas, potenciando aún más sus efectos positivos.
 
Las 72 esencias básicas y sus aplicaciones primarias:

 
Aloe Vera: cansancio
Arnica: golpes.
Basil: castidad y culpas
Blackberry: pasividad
Black-Eyed Susan: represión
Bleeding Heart: identificación simbiótica
Borage: tristeza
Buttercup: desvalorización
Calendula: comunicación deficiente
California Pitcher Plant: Desequilibrios
California Poppy: ambición.
California Wild Rose: desgano.
Cayenne: aburrimiento.
Chamomile: ansiedad.
Chaparral: estrés.
Corn: desubicación.
Dandelion: cansancio.
Deer Brush: confusión, disociación.
Dill: estrés cotidiano.
Dogwood: trauma.
Filaree: detallismo.
Forget me not: preocupación por trascender.
Fuchsia: control de sentimientos.
Garlic: temores
Golden Ear Drops: recuerdos dolorosos.
Goldenrod: personalidad indefinida.
Hound's Tongue: materialismo
Indian Pink: confusión.
Iris: insatisfacción.
Larkspur: rigidez.
Lavander: extrema sensibilidad.
Lotus: equilibrante.
Madia: distracción.
Mallow: retraimiento.
Manzanita: repulsión.
Mariposa Lily (Azucena): nutrición. 

Morning Glory (Ipomoea violacea): autodestrucción.
Mountain Pennyroyal: actitudes negativas.
Mountain Pride: pesimismo.
Mugwort (Artemisa): tensión extrema.
Mullein (Verbasco): traiciones.
Nasturtium (Berro): agotamiento mental.
Oregon Grape: desconfianza.
Penstemon: desafío.
Peppermint: pasividad mental.
Pink Monkeyflower: temor.
Pink Yarrow: sensibilidad
Pomegranate (Granada) : femeneidad conflictiva.
Quince: rigidez y poder.
Rabbitbrush: minuciosidad.
Sagebrush: transformación.
Saguaro: poder y autoridad.
Saint John's Wort: miedo.
Scarlet Monkeyflower: rabia.
Scotch Broom: total pesimismo.
Self Heal: Autocuración
Shasta Daisy: confusión.
Shooting Star: dificultad de inserción.
Star Thistle: posesividad.
Star Tulip: miedo a expresión femenina.
Sticky Monkeyflower: problemas sexuales.
Sunflower: masculinidad.
Sweet Pea: aislamiento social.
Tansy: dudas.
Tiger Lily: femineidad.
Trillium: envidia.
Trumpet Vine: conflictos de expresión verbal.
Violet: timidez
Yarrow: debilidad de carácter.
Yerba Santa: melancolía.
Zinnia: rigidez expresiva.