martes, 19 de mayo de 2020

Paciencia y confianza en Dios. De "La paz interior". Jacques Philippe.

Del libro "La paz interior".
Autor: Jacques Philippe. Ediciones Rialp. S. A. Madrid

10.- JESÚS ESTÁ EN TODO LO QUE SUFRE

La razón definitiva que nos ayudará a afrontar serenamente el drama del dolor es la siguiente: hemos de tomar en serio el misterio de la Encarnación y el de la Cruz: Jesús tomó nuestra carne,  realmente sobre sí nuestros sufrimientos, y de este modo está en todo el que sufre. En el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo sobre el Juicio Final, Jesús dice a los que han visitado a los enfermos y a los presos:
«Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Esas palabras del Señor nos enseñan que «a la caída de la tarde nos examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz), y en especial del amor a nuestros hermanos necesitados. Es una llamada a la compasión. (¿Acaso esas palabras de Jesús no nos invitan también a reconocer sus rasgos, su presencia en todos los que sufren? Nos llaman a recurrir a todas nuestras fuerzas para aliviar ese sufrimiento, pero también a dirigir sobre él una mirada de esperanza. En todo dolor hay un germen de vida y de resurrección, ya que Jesús en persona esta en él.
Si, ante una persona que sufre, estamos convencidos de que es Jesús quien sufre en ella, que, en palabras de San Pablo, completa en ella lo que falta a su Pasión, (¿Como desesperarse ante ese padecimiento? ¿Acaso no ha resucitado Cristo? (¿No es redentora su Pasion? «No os aflijáis como esos otros que no tienen esperanza» (1 Tes 4, 13).

11. LOS DEFECTOS y LAS DEFICIENCIAS DE LOS DEMÁS

Ya he aludido a la inquietud ante cualquier mal que amenace o atente contra nuestra persona o contra nuestros prójimos como el motivo mas frecuente de la pérdida de la paz interior.
La respuesta es el abandono en las manos de Dios, que nos libra de todo mal o que, si lo permite, nos da la fuerza para soportarlo y transformarlo en beneficio nuestro.
Esta respuesta sigue siendo válida para todas las demás causas que nos hacen perder la paz, en las que vamos a interesarnos ahora y que son casos particulares. No obstante, conviene hablar de ellas, pues si la unica ley es el abandono, su práctica toma distintas formas segun el origen de nuestros problemas y de nuestras preocupaciones.
Suele suceder que perdamos la paz no porque un sufrimiento nos afecte o nos amenace personalmente, sino más bien a causa del comportamiento, que nos aflige y nos preocupa , de una persona o un grupo de personas. En ese caso, lo que está amenazado no es directamente nuestro bien -en el que, por otra parte, estamos interesados-, sino el bien de nuestra comunidad, de la Iglesia o la salvación de una persona determinada.
Una mujer puede sentirse preocupada porque no ve que se produzca la deseada conversión de su esposo. El superior de una comunidad puede perder la paz viendo que uno de los frailes o de las religiosas hace lo contrario de lo que se espera de ellos. O más simplemente, nos irrita que un pariente no se comporte en la vida cotidiana como creemos que debía conducirse. ¡Cuánto nerviosismo provoca este tipo de situaciones!
La respuesta es la misma que la precedente: la confianza y el abandono. He de hacer todo lo que se me ocurra para ayudar a mejorar a los demás, serena y tranquilamente, y dejar el resto en las manos del Señor, que sabrá sacar provecho de todo.
A propósito de esto, querríamos enunciar un principio general, muy importante para la vida espiritual y para la cotidiana, y que es el punto en el que habitualmente tropezamos cuando se trata de los casos citados anteriormente. Por otra parte, su campo de aplicación es mucho más amplio que el tema de la paciencia con los defectos del prójimo.
Este principio es el siguiente: debemos velar no por desear únicamente cosas buenas en sí mismas, sino también por quererlas de un modo bueno. Estar atentos no sólo a lo que queremos, sino también a la manera en que lo queremos. En efecto: frecuentemente pecamos así: deseamos una cosa que es buena, incluso muy buena, pero la deseamos de un modo que es malo. Para hacerlo comprender mejor, volvamos a uno de los ejemplos anteriores: es normal que un superior de una comunidad vele por la santidad de los que le han sido confiados: es una cosa excelente, conforme con la voluntad de Dios. Sin embargo, si ese superior se enfada, se irrita y pierde la paz ante las imperfecciones o el escaso fervor de sus hermanos, ciertamente el Espíritu Santo no le está inspirando. Y a menudo mostramos esta tendencia: como la cosa que deseamos es buena, incluso realmente querida por Dios, nos creemos justificados para desearla de tal modo que, si no se realiza, nos impacientamos y disgustamos. ¡Cuanto más buena nos parece una cosa, más nos inquietamos y nos preocupamos por obtenerla!
Como ya he dicho, debemos pues, no sólo verificar que las cosas que deseamos son buenas en sí mismas, sino también que es bueno nuestro modo de quererlas y buenas las disposiciones de nuestro corazón. Es decir, que nuestro querer debe seguir siendo sereno, pacífico, paciente, desprendido, abandonado en Dios. No debe ser un querer impaciente, demasiado precipitado, inquieto, irritable, etc. En la vida espiritual suele ocurrir que nuestra actitud es defectuosa: ciertamente no somos de los que quieren cosas malas, contrarias a Dios; deseamos cosas buenas, en conformidad con la voluntad de Dios, pero todavía las queremos de un modo que no es «el modo de Dios», es decir, el del Espíritu Santo, que es dulce, pacífico y paciente, sino a la manera humana: tenso, precipitado, y defraudado si no logra inmediatamente aquello hacia lo que tiende.
Todos los santos insisten en decirnos que debemos moderar nuestros deseos, incluso los mejores, pues si deseamos al modo humano que hemos descrito, el alma se conturba, se inquieta, pierde la paz y obstaculiza las actuaciones de Dios en ella y en el prójimo.
Eso se aplica a todo, incluso a nuestra propia santificación. ¡Cuántas veces perdemos la paz porque nos parece que nuestra santificación no avanza lo bastante aprisa, que tenemos todavía muchos defectos! Y eso no hace más que retrasar las cosas. San Francisco de Sales llega hasta decir que «nada retrasa tanto el progreso en una virtud como el desear adquirirla con demasiado apresuramiento». Volveremos sobre ello más adelante.
Para terminar, recordemos lo siguiente: la prueba de que estamos en la verdad, que deseamos según el Espíritu Santo, no es sólo que la cosa ansiada sea buena, sino también que conservemos la paz. Un deseo que hace perder la paz, incluso si la cosa deseada es excelente en sí, no es de Dios. Hay que desear y anhelar, pero de un modo libre y desprendido, abandonando en Dios la realización de esos deseos como Él lo quiera y cuando lo quiera. Es de gran importancia educar el corazón en este sentido para progresar espiritualmente. Dios es quien hace crecer y quien convierte, no nuestra agitación, nuestra precipitación o nuestra inquietud.

  1. PACIENCIA CON EL PRÓJIMO
Apliquemos, pues, todo lo dicho, al deseo que tenemos de que los que nos rodean mejoren su conducta, un deseo que ha de ser sereno y sin inquietudes; sepamos permanecer tranquilos aunque ellos actúen de un modo que consideramos erróneo o injusto. Hagamos, por supuesto, todo lo que dependa de nosotros para ayudarles, es decir reprenderlos o corregirlos en función de las eventuales responsabilidades que tengamos que asumir respecto a ellos, pero hagámoslo todo en un ambiente de cariño y de paz. Y cuando seamos incapaces, permanezcamos tranquilos y dejemos actuar a Dios.
¡Cuántas personas pierden la paz al pretender cambiar a toda costa a quienes les rodean! ¡Cuántas personas casadas se alteran y se irritan porque querrían que su cónyuge no tuviera este defecto o aquel otro! Por el contrario, el Señor nos pide que soportemos con paciencia los defectos del prójimo.
Tenemos que razonar así: si el Señor no ha transformado todavía a esa persona, no ha eliminado de ella tal o cual imperfección, ¡es que la soporta como es! Espera con paciencia el momento oportuno, y yo debo actuar como ÉL Tengo que rezar y esperar pacientemente. ¿Por qué ser más exigente y más precipitado que Dios? En ocasiones creo que mi prisa está motivada por el amor, pero Dios ama infinitamente más que yo, y sin embargo ¡se muestra menos impaciente! «Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad, el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperándolo con paciencia, mientras caen las lluvias tempranas y tardías» (Sant 5, 7).
Esta paciencia es tanto más importante cuanto que opera en nosotros una purificación indispensable. Aunque creemos desear el bien de los otros o nuestro propio bien, ese deseo suele estar mezclado con una búsqueda de nosotros mismos, de nuestra propia voluntad , del apego a nuestros criterios personales estrechos y limitados, a los que nos aferramos y queremos imponer a los demás, y a veces, incluso a Dios. Debemos liberarnos a toda costa de esa estrechez de corazón y de juicio, a fin de que no se realice el bien que imaginamos, sino el que corresponde a los designios divinos, infinitamente más amplios y más hermosos.

  1. PACIENCIA CON NUESTRAS PROPIAS FALTAS Y NUESTRAS IMPERFECCIONES
La persona que ha recorrido determinado camino en la vida espiritual, que desea realmente amar al Señor con todo su corazón y que ha aprendido a confiar en Él y a abandonarse en sus manos en medio de las dificultades, suele correr el riesgo de perder la paz y la tranquilidad del alma en una circunstancia que el demonio aprovecha con frecuencia para desanimarla y desconcertarla.
En esta ocasión se trata de la visión de su miseria, de la experiencia de sus propias faltas y, a pesar de su buena voluntad, de caídas en un terreno u otro.
También en este caso es importante comprender que la tristeza, la inquietud y el desánimo que sentimos en el alma después de una falta no son buenos y que, por lo tanto, debemos de hacer todo lo posible para permanecer en paz.
Existe un principio fundamental que debe guiarnos cuando experimentemos a diario nuestras miserias y nuestras caídas: no se trata tanto de hacer unos esfuerzos sobrehumanos para eliminar totalmente nuestros defectos y pecados (¡algo que, en cualquier caso, está fuera de nuestro alcance!), sino de recuperar lo antes posible la paz, evitando la tristeza y el desaliento cuando caigamos en una falta o cuando nos sintamos afectados por la experiencia de nuestras imperfecciones.
Esto no significa dejadez ni resignación ante nuestra mediocridad: al contrario, es el medio para santificarnos más rápidamente. Y así lo demuestran numerosas razones.
La primera es el principio fundamental al que ya hemos aludido en varias ocasiones: Dios actúa en el alma en paz. No conseguiremos liberarnos del pecado con nuestras propias fuerzas, eso solamente lo conseguirá la gracia de Dios. En lugar de rebelarnos contra nosotros mismos, será más eficaz que nos encontremos en paz para dejar actuar a Dios.
La segunda razón es que eso complace más al Señor. ¿Qué es lo que más le agrada? ¿Cuando después de una caída nos descorazonamos y atormentamos, o cuando reaccionamos diciendo: «Señor, te pido perdón, he pecado otra vez, ¡mira lo que soy capaz de hacer por mí mismo! Pero me abandono confiadamente en tu misericordia y en tu perdón y te doy gracias por no haberme permitido pecar aún más gravemente. Me abandono en Ti con confianza porque sé que, un día, me curarás por fin. Mientras tanto, te pido que la experiencia de mi miseria me haga más humilde, más dulce con los otros, más consciente de que no puedo nada por mí mismo, sino que todo lo tengo que esperar solamente de tu amor y tu misericordia». La respuesta es clara.
La tercera razón es que la angustia, la tristeza y el desaliento que sentimos después de nuestras faltas y fracasos raramente son puros y no suelen deberse al simple dolor de haber ofendido a Dios: en ello se mezcla una buena parte de orgullo. Nos sentimos tristes y desalentados, no tanto por haber ofendido a Dios, sino porque la imagen ideal que teníamos de nosotros mismos se ha visto brutalmente destruida.
¡Frecuentemente nuestro dolor es el del orgullo herido! Este dolor excesivo es justamente la prueba de que confiábamos en nosotros mismos y en nuestras fuerzas, y no en Dios. Escuchemos a Lorenzo Scupoli, antes citado: «Un hombre presuntuoso se cree seguro de desconfiar de sí mismo y de confiar en Dios (que son los fundamentos de la vida espiritual, y que, por lo tanto, debemos esforzarnos por adquirir), pero está cometiendo un error que sólo advertirá cuando se produzca alguna caída. Entonces, si se altera, si se aflige, si pierde la esperanza de hacer nuevos progresos en la virtud, demuestra que no ha puesto toda su confianza en Dios sino en sí mismo; y cuanto mayor sea la tristeza y la desesperanza, más culpable se considerará.
Cuando el que desconfía de sí mismo y confía totalmente en Dios comete alguna falta, no se extraña, no se disgusta ni se inquieta, porque comprende perfectamente que es el resultado de su fragilidad y del poco cuidado que ha tenido en depositar su confianza en Dios. Esa caída, al contrario, le enseña a desconfiar todavía más de sus fuerzas y a confiar cada vez más en la ayuda del Único que tiene el poder; detesta su pecado por encima de todo; condena la pasión o la costumbre perniciosa que ha sido la causa; siente un vivo dolor de haber ofendido a Dios, pero ese dolor, siempre sereno, no le impide volver a sus ocupaciones anteriores, a soportar las pruebas acostumbradas y a perseguir hasta la muerte a sus crueles enemigos...
Existe además la ilusión, muy común, de atribuir a un sentimiento de virtud el temor y la turbación que se siente después del pecado. Aunque la inquietud que sigue al pecado vaya siempre acompañada de cierto dolor, procede, sin embargo, de un fondo de orgullo, de una secreta presunción causada por una excesiva confianza en las propias fuerzas. Así, cuando la persona que se cree asentada en la virtud y desprecia las tentaciones llega a reconocer -por la triste experiencia de sus caídas- que es tan frágil y pecadora como las demás, se asombra ante un hecho que no debía haber sucedido y, privada del débil apoyo con el que contaba, se deja invadir por el disgusto y la desesperanza.
Esta desdicha no sucede nunca en el caso de los humildes, que no presumen de ellos mismos, y solamente se apoyan en Dios, porque cuando caen, ni se sorprenden ni se turban, pues la luz de la verdad que los ilumina les hace ver que su caída es un efecto natural de su debilidad y su inconstancia» ( Combate espiritual , cap. 4 y 5).

14. DIOS PUEDE SACAR EL BIEN INCLUSO DE NUESTRAS FALTAS

La cuarta razón por la que esta tristeza y ese desaliento no son buenos radica en que no debemos tomar trágicamente nuestras propias faltas, pues Dios es capaz de sacar un bien de ellas. Santa Teresa de Lisieux gustaba mucho de esta frase de San Juan de la Cruz: «El Amor sabe sacar provecho de todo, del bien como del mal que encuentra en mí, y transformar en Él todas las cosas».
Nuestra confianza en Dios debe llegar hasta ahí: hasta creer que Él es lo bastante bueno y poderoso como para sacar provecho de todo, incluidas nuestras faltas y nuestras infidelidades.
Cuando San Agustín cita la frase de San Pablo:
«Todo coopera al bien de los que aman a Dios», añade: «Etiam peccata»: ¡incluso el pecado!
Por supuesto, hemos de luchar enérgicamente contra el pecado y batallar por corregir nuestras imperfecciones. Dios vomita a los tibios, y nada enfría tanto el amor como la resignación ante cierta mediocridad, una resignación que es, además, una falta de confianza en Dios y en su capacidad para santificamos. Cuando hemos sdo causantes de cualquier mal debemos también intentar repararlo en la medida de lo posible, pero no debemos sentirnos excesivamente desolados por nuestras faltas, pues, cuando volvemos a Él con un corazón arrepentido, Dios es capaz de hacer surgir un bien de ellas. Esa actitud nos hará crecer en humildad y nos enseñará a poner algo menos de confianza en nuestras propias fuerzas y un poco más solamente en ÉL
¡Grande es la misericordia del Señor, que emplea nuestras faltas en beneficio nuestro! Ruysbroek, un místico flamenco de la Edad Media, dice lo siguiente:
«En su clemencia, el Señor ha querido volver nuestros pecados contra ellos mismos y a favor nuestro; ha encontrado el medio de hacer que nos sean útiles, de convertirlos en instrumentos de salvación en nuestras manos. Que esto no disminuya nuestro temor a pecar, ni nuestro dolor por haber pecado. Pero nuestros pecados se han convertido, para nosotros, en una fuente de humildad.»
Añadamos que también pueden convertirse en un manantial de ternura y misericordia para con el prójimo. Yo, que caigo tan fácilmente ¿puedo permitirme juzgar a mi hermano? ¿Cómo no ser misericordioso con él como el Señor lo ha sido conmigo?
Por lo tanto, después de una falta, cualquiera que sea, en lugar de quedarnos hundidos en medio del desaliento y de machacar sobre ella, debemos volvemos confiadamente a Dios de inmediato e incluso agradecerle el bien que, en su misericordia, ¡sacará de esa falta!
Hemos de saber que una de las armas que el demonio suele emplear para impedir el camino de las almas hacia Dios consiste precisamente en hacerles perder la paz y llegar a desalentarlas a la vista de sus faltas.
Necesitamos saber distinguir el auténtico arrepentimiento, el verdadero deseo de corregimos -que siempre es tranquilo, apacible y confiado-, del falso arrepentimiento, de esos remordimientos que nos conturban, nos desaniman y nos paralizan. ¡No todos los reproches que proceden de nuestra conciencia están inspirados por el Espíritu Santo! Algunos provienen de nuestro orgullo o del demonio, y tenemos que aprender a discernirlos. Y la paz es un criterio esencial en el discernimiento del espíritu. Los sentimientos que inspira el Espíritu de Dios pueden ser poderosos y profundos, pero no por ello menos sosegados. Oigamos de nuevo a Scupoli:
«Para mantener el corazón en un perfecto sosiego, es necesario también despreciar ciertos remordimientos interiores que parecen venir de Dios, porque son unos reproches que nos hace nuestra conciencia sobre auténticos defectos, pero que proceden del espíritu maligno, según se puede comprobar por las consecuencias. Si los remordimientos de conciencia sirven para humillamos, si nos hacen más fervorosos en la práctica de buenas obras, y si no disminuyen en absoluto nuestra confianza en la misericordia divina, hemos de recibirlos con acciones de gracias y como favores del Cielo. Pero si nos causan angustia, si hacen decaer nuestro ánimo, y si nos vuelven perezosos, tímidos o lentos en el cumplímiento de nuestros deberes, hemos de creer que son sugerencias del enemigo y debemos seguir haciendo las cosas del modo habitual, sin dignarnos escucharlas ( Combate espiritual, cap. 25).
Comprendamos esto: para la persona de buena voluntad, la gravedad del pecado no radica tanto en la falta en sí, como en el abatimiento que provoca. El que cae, pero se levanta inmediatamente, no ha perdido gran cosa; más bien ha ganado en humildad y en experiencia de la misericordia divina. Pierde más el que permanece triste y abatido. La prueba del progreso espiritual no es tanto la de no caer, sino la de ser capaz de levantarse rápidamente de las caídas.

  1. ¿QUÉ HACER CUANDO HEMOS PECADO?
De todo lo que acabamos de decir se deduce una regla de conducta muy importante para nosotros cuando caigamos en cualquier falta. Ciertamente hemos de sentir dolor por haber pecado, pedir perdón a Dios y suplicarle humildemente que nos conceda la gracia de no ofenderle así, y formar el propósito de confesarnos en el momento oportuno. Todo ello sin entristecemos ni desanimarnos, recuperando la paz lo antes posible gracias a las consideraciones antes expuestas, y reanudando nuestra vida espiritual normal como si nada hubiera pasado. ¡Cuanto antes recobremos la paz interior, mejor será! ¡Avanzaremos así mucho más que impacientándonos con nosotros mismos!
Veamos el siguiente ejemplo, muy importante: bajo la confusión que nos invade al caer en cualquier falta, generalmente sentimos la tentación de relajarnos en nuestra vida de piedad, de abandonar, por ejemplo, nuestro tiempo habitual de oración personal. Y encontramos buenas excusas: «¿Cómo yo, que acabo de caer en el pecado, que acabo de ofender al Señor, me voy a presentar ante Él en este estado?» Y a veces pasan varios días hasta que recuperamos nuestros hábitos de oración. Pero eso es un gran error: no es más que la falsa humildad inspirada por el demonio. Es imprescindible no variar nuestros hábitos de oración, sino todo lo contrario. ¿Dónde encontraremos la curación de nuestras faltas sino junto a Jesús? Nuestros pecados son un mal pretexto para alejarnos de Él, pues cuanto más pecadores somos, más necesitamos acercarnos al que dice: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos... No he venido a llamar a losjustos, sino a los pecadores » (Mt 9, 12-13).
Si esperamos ser justos para llevar una vida de oración habitual, podemos esperar mucho tiempo. Y al contrario, al aceptar presentarnos delante del Señor en nuestra condición de pecadores , recibiremos la curación y poco a poco nos transformaremos en santos.
Hemos de abandonar una ilusión muy importante:
¡querríamos presentarnos delante del Señor únicamente cuando estamos limpios y bien peinados, además de satisfechos de nosotros mismos! Pero en esta actitud hay mucho de presunción. A fin de cuentas, nos gustaría no necesitar de su misericordia. Sin embargo, ¿qué clase de naturaleza es la de esa pseudo-santidad a la que aspiramos, a veces inconscientemente, que nos haría prescindir de Dios? Por el contrario, la verdadera santidad consiste en reconocer siempre que dependemos exclusivamente de su misericordia.
Para terminar, citaremos un último pasaje del Combate espiritual que nos remite a todo lo dicho y que nos indica la línea de conducta que hemos de seguir cuando caigamos en alguna falta; se titula: «Lo que hemos de hacer cuando recibimos alguna herida en el Combate Espiritual» :
«Cuando os sintáis heridos, es decir cuando veis que habéis cometido alguna falta, sea por mera fragilidad, o intencionadamente y con malicia, no debéis entristeceros demasiado: no os dejéis invadir por el disgusto y la inquietud, sino dirigíos inmediatamente a Dios con humilde confianza: "Ahora, ¡oh Dios mío!, dejo ver lo que soy, porque ¿qué podía esperarse de una criatura débil y ciega como yo, sino errores y caídas?" Deteneos un poco en este punto, a fin de recogeros en vosotros mismos y concebir un vivo dolor por vuestras faltas.
Después, sin angustiaros, dirigid vuestra cólera contra todas las pasiones que os dominan, especialmente contra la causante de vuestro pecado. "Señor, diréis, habría cometido crímenes aún mayores si, con vuestra infinita bondad, no me hubierais socorrido."
Enseguida, dad miles de gracias a ese Padre de las misericordias; amadle más que nunca, viendo que, lejos de sentirse agraviado por la ofensa que acabáis de hacerle, os tiende de nuevo la mano ante el temor de que caigáis de nuevo en algún desorden semejante.
Por fin, llenos de confianza, decidle: "Muestra lo que eres, ¡oh Dios mío!; haz sentir tu divina misericordia a un humilde pecador; perdona todas mis ofensas; no permitas que me separe, que me aleje ni siquiera un poco de ti. Fortaléceme con tu gracia de tal modo, que no te ofenda jamás ."
Después, no os dediquéis a pensar si Dios os ha perdonado o no: eso significa querer preocuparos en vano y perder el tiempo; y en este procedimiento hay mucho orgullo e ilusión diabólica, que, a través de estas inquietudes del alma, trata de perjudicaro s y atormentaros . Así, abandonaos en su misericordia divina y continuad vuestras prácticas con la misma tranquilidad del que no ha cometido falta alguna. Incluso si habéis ofendido a Dios varias veces en un solo día, no perdáis jamás la confianza en Él. Practicad lo que os digo la segunda, la tercera y la última vez como la primera... Esta manera de luchar es la que más teme el demonio, porque sabe que agrada mucho a Dios, y porque, verse dominado por el mismo al que ha vencido fácilmente en otras contiendas, le produce siempre un gran desconcierto...
...Si, desgraciadamente, caéis en una falta que os produce angustia y desánimo, lo primero que debéis hacer es tratar de recobrar la paz de vuestra alma y la confianza en Dios...»
Para concluir este punto, querríamos añadir un comentario: es cierto que es peligroso hacer el mal, y que debemos hacer todo lo posible por evitarlo. Pero reconozcamos que, tal y como somos, ¡lo peligroso sería que no hiciéramos más que el bien!
En efecto, marcados por el pecado original, tenemos una tendencia tan enraizada a la soberbia, que nos es difícil, incluso inevitable, hacer algún bien sin apropiárnoslo, ¡sin atribuirlo al menos en parte a nuestras aptitudes, a nuestros méritos y a nuestra santidad! Si el Señor no permitiera que de vez en cuando actuemos mal, que cometamos errores, ¡correríamos un peligro enorme! Caeríamos inmediatamente en la vanidad , en el desprecio hacia el prójimo, y nos olvidaríamos de que todo nos viene de Dios gratuitamente .
Y nada como esta soberbia impide el amor verdadero. Para preservarnos de ese gran mal, el Señor permite en ocasiones un mal menor, como el de caer en algún defecto; y debemos darle las gracias por ello, pues, sin ese parapeto, ¡correríamos un gran peligro de perdernos!