miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ángela Figuera Aymerich



Ángela Figuera Aymerich nació en Bilbao el 30 de octubre de 1902. La infancia de Ángela fue normal, sin traumas, pero como era la mayor de los nueve hermanos y su madre era una persona de carácter débil y de poca fortaleza física Ángela tuvo que dedicar bastante atención a los hermanos más pequeños, particularmente al menor, Diego.
Quizá esta circunstancia exageró en ella el innato instinto maternal y el amor a los niños que rezuma su poesía. Algunos de sus críticos dijo que Angela quería ser madre hasta de su propia madre.
Como toda su vida tuvo que enseñar a niños y muchachos desarrolló una especial habilidad para tratar con ellos sin la menor violencia. Escribió muchos cuentos para niños y poesías, pero después rompía todo lo que ya no le gustaba. Sólo se ha salvado un cuaderno de unas doscientas páginas de poemas de juventud que he conservado y no figuran en sus obras completas porque ella no quiso nunca publicarlo.
La toma de conciencia de las persecuciones, marginaciones y desigualdades de nuestra sociedad originó un cambio radical en la poesía de Angela, magistralmente expuesto en su tercer libro, Vencida por el ángel (1950). A éste siguieron El grito inútil (1952), Víspera de la vida (1953) y Los días duros (1953).
En 1958 se publicó en México su libro Belleza cruel, cuyo prólogo de León Felipe causó un gran revuelo en el mundo literario de toda España.
Julio Figuera Andú



MUJER DE BARRO
A Julio (1948)

MUJER

¡Cuán vanamente, cuán ligeramente
me llamaron poetas, flor, perfume!...

Flor, no: florezco. Exhalo sin mudarme.
Me entregan la simiente: doy el fruto.
El agua corre en mí: no soy el agua.
Arboles de la orilla, dulcemente
los acojo y reflejo: no soy árbol.
Ave que vuela, no: seguro nido.

Cauce propicio, cálido camino
para el fluir eterno de la especie.


HERMOSA

No me digáis que es mentira
¡Soy hermosa, soy hermosa!
Tampoco yo lo sabía.

Pero mi amante lo dijo
cuando mi rostro bebía,
y, entonces, me vi en sus ojos…

¡No me digáis que es mentira!



BARRO


Es barro mi carne… ¿Y qué?
Cuando mi amante la besa
le sabe a nardos y a miel.


AUSENCIA

Tacto delicado
sobre mi corazón. Algo caliente
y vivo aún… Como un beso por dentro.
Tus ojos sobre mí… Quizá tus labios…
Acaso un leve roce de tus dedos…

Puede que sólo sea una palabra
que me dijiste en sueños…



VIEJA

Porque el collar de mis días
ya desgranó muchas cuentas,
por eso, sólo por eso,
decís que soy vieja… ¿Vieja?...

Aún los senderos del campo
son gozo para mis piernas.
Aún gusto del sol que abrasa
y de la luna que sueña;
de nadar en las corrientes
y correr por las praderas
riendo bajo la lluvia
cuando estalla la tormenta…
Aún puedo llorar por nada
y canto sobre las penas…
Y en el hueco de mi mano
guardo una esperanza presa…
Decís, a pesar de todo,
decís que soy vieja… ¿Vieja?...
Mi carne morena aún tiene
sabores de primavera:
¿No veis los ojos en celo
de mi amante sobre ella?



POEMAS DE MI HIJO Y YO
A Juan Ramón, mi hijo

RUBIO

El padre, moreno;
la madre, morena,
y el niño más rubio que miel de colmena..

El padre, los ojos verdes;
la madre, los ojos negros,
y el niño, azules, azules…

¡Hijo del alma, lucero!
Nunca pensé que tuviera
dentro de mí, miel y cielo.



CARAMELO

Te di un caramelo.

Yo salí ganando:
tú me diste un beso.



ENFERMO

No quiere comer el niño:
pone un hociquito terco.

En la dulce leche tibia
las sopitas van cayendo
—Suaves manos de la madre
lloviendo flores de almendro…—
«Mira, niño, qué bonito:
aquí un barquito velero,
y un pececito, y un pato,
y un perrito, y un borrego…
Mamá come el pececito
y el nene come el cordero
y el barquito, rico, rico…
Todo para ti, mi cielo…»

No quiere comer el niño:
está pálido, está enfermo.

Los ojos de la mamá
están llorando en silencio…



MADRE

—Cuando se dice que no,
es que no. Lo dicho, dicho.
(Hay que tener energía
para educar a estos chicos…)

Se conforma… ¡Si es un ángel!
Y, al cabo de un momentito,
entre juegos y entre risas
ha olvidado su capricho.
¿Por qué, pues, mi corazón
está tan adolorido?...

El placer que le negué
me punza como un cilicio.



EL FRUTO REDONDO

CANCIÓN

La rama de almendro, de almendro florido,
córtala, amante,
y vente conmigo…

Amante, amantito, amante,
volvamos hoy donde ayer
que ayer perdí mi pañuelo
y he de encontrarlo otra vez.
A la orillita del río,
debajo de los almendros,
mi pañuelito bordado
que sabe cómo te quiero…

La rama de almendro, de almendro florido,
córtala, amante,
y vente conmigo..

Vente que vente conmigo
donde estuvimos ayer
que ayer me robaste un beso
y me lo has de devolver…
A la orillita del río,
debajo de los almendros,
el beso que me robaste
que me lo devuelvas quiero.

La rama de almendro, de almendro florido,
córtala, amante,
y vente conmigo…



SORIA PURA  (1949)
LA TIERRA

EN TIERRA

Caída sobre ti, vertida, floja,
en tu rugosa palma, verdecida
por un áspero vello de tomillos,
soy como un agua tibia derramada
que se te va adentrando lentamente.

No me recoja nadie. No me llame:
Hay un zumbido fiel de eternidades
que mis oídos cierra
al filo de los gritos turbadores.
Un sueño de perezas alcanzadas
que deshará en estáticos anillos
mis antiguos resortes.
Un polvo de cansancios que me ciega
el ansia alucinada de los ojos
bajo los párpados sin llave.

Nadie me mueva: Ya no soy. Aguardo,
blando terrón perdido, que la reja
viril de los arados me socave
en rojos surcos… ¡Qué morir sin lucha,
sin trance, sin espanto!... ¡Qué fecundo
brotar en tallo y en raíz: ¡eterna!



CALOR

Arden los pinos con jadeos acres.
El cielo baja, por beber, al río.
No hay pájaros. Tenaces, las chicharras
arrullan el sopor con su chirrido.

Una ceñida argolla incandescente
me asfixia los sentidos.





TORMENTA

La mano dura del viento
cañas y juncos doblega,
hace silbar los mimbrales
y sacude la arboleda.

La serpentina del rayo
rubrica las nubes densas.
Gotas enormes se aplastan.
sobre la desnuda arena,
dejando huellas oscuras
como redondas viruelas.

El río está gris y hierve.
El cielo está negro y truena.




EL RIO
RIO

Entro en el agua, dura de tan fría,
que me coge del talle;
que me ciñe y envuelve
con apremios de amante…

¡Qué grito por el aire esplendoroso
al tener que entregarme!



ANHELO DEL RIO

El río tenía peces
—oro y plata en sus meandros—,
El río tenía peces,
pero él amaba los pájaros.

Ojos de sus aguas verdes,
siempre mirando a lo alto.

¡Qué envidia siente del aire
cosido de vuelos raudos,
acribillado de picos,
estremecido de cantos!

El río tenía peces…
Pero él deseaba pájaros.





NIÑO EN LA ORILLA

¡Ay, los ojos del niño
en la orilla del río!

Las aguas pasan rodando
desde su cuna a su muerte:
los ojos del niño sueñan,
extáticos, su presente.

El río llega y se va
turbio de tierra y de peces:
los ojos del niño ignoran
las luces que los encienden;
cómo se llenan de vuelos,
de nubes, de ramas verdes.

Cuando lo sepan, caerán
perdidos en la corriente.


NADANDO

¡Cómo me abrazaba el río!
¡Ay, y cómo me abrazaba!

¡Qué beso total y único
con labios frescos de agua!




LOS ARBOLES

ÁLAMO

Sobre tu liso tronco, bien ceñida
al círculo gentil de tu cintura,
álamo, me estaré. Deja que pegue
mi carne sin raíces a tu cuerpo
quieto y callado, vivo sin
latido. Toma para tus venas de este zumo
caliente y agitado de mi sangre.
Que corra en ti, que baje a tu raigambre
recia y profunda… En otra primavera,
yo brotaré en tus hojas. Por el viento,
habrá un temblor de mí cuanto te muevas.



PINAR

Hasta la orilla del río,
pinos y pinos y pinos.

¡Qué calor siente el pinar!
Ni el Duero, que lo atraviesa,
lo consigue refrescar.

Un viento aromado y cálido
se trenza en el laberinto
de troncos contorsionados.
¡Ay, cómo sangran los pinos
la perfumada resina
por sus costados heridos!

jY cómo suena y resuena
entre las copas oscuras
el ruido de la marea!

Caídas sobre la hierba,
como estrellas apagadas,
las piñas secas.



INTIMO PAISAJE
ANULACIÓN

No ser ni yo. Ni nadie. Lo más, una pastora
perdida en tu silencio de largas soledades;
sentada en tus tomillos; la luz de la mirada
copiando, sin saberlo, los vuelos de las aves;
caída sin nostalgias sobre el
fluir del río;
con el desnudo rostro abierto a tu
paisaje, al viento los cabellos, y la tranquila frente
surcada por un ritmo de pensamientos fáciles…

En el regazo quieto, las manos inactivas
dibujarán un nido de vagas ansiedades.



MÚSICA

Se oye una música… ¿Dónde
suena esa música? ¿Dónde?..
No hay pajarillos en la noche.
No suenan flautas en la noche…
¿Dónde esa música? ¿Dónde?

Mi corazón canta en la noche.



NOCHE

Noche redonda, blanda, sin esquinas.
Hondo recodo en el zigzag eterno
de los despiertos días luminosos,
¡con qué desesperado parpadeo
los ojos se me caen en tu negrura,
buscándole horizontes a tu cerco!...
¡Qué caminar inútil, de tornillo
sin fin, por tu misterio,
perdido el rojo vivo de mi sangre,
anémica de luz, en tus senderos…
¡Qué naufragar en mares invisibles!
¡Qué manos extendidas en un tenso
deseo de contactos, de siluetas,
de contornos concretos!
Entre mis labios ávidos te viertes,
vino sin copa, sin sabor, sin fuego,
burbujeando trémulas estrellas
con una luna desolada en medio.





SOÑANDO EL MAR


INFANCIA MAR DE MI INFANCIA

Mar, yo estrené mis ojos al mirarte.
Toda yo me estrené. Nací en tu orilla.
Tallos gemelos de mi carne nueva,
iban mis pies pisándote los labios.
Mi sueño, no; mi ensueño se acunaba
en el vaivén antiguo de tus olas.
¡Qué gritos largos iban de mi boca,
inerme de palabras, a clavarse
como ávidos arpones en tu lomo!
Al penetrar en ti, ¡con qué violencia
de urgencia varonil me penetraste!
Lejos de ti, me inclino íntimamente
sobre tu hendido pecho, y en mis noches,
el recio golpear de tus arterias
me vivifica el alma.

Lejos de ti, pisando tierra seca
de la meseta adusta, entre altos pinos,
huelo tu vasto aroma, aprisionando
este menudo olor de río y hierba;
oigo tu enorme jadear, te veo,
mar de mi infancia, ¡mar!, siempre
esperándome.




REMANSO

Aquel recodo del río,
con una barca quieta y solitaria…

La sombra de los árboles trazando
rayas de azul, de oro y de esmeralda
sobre las aguas. Aromados pinos,
alamillos de plata,
erizados enebros,
chopos severos de robusta planta.
Y la tierra caliente, trasudando
el vaho de las hierbas aromáticas.
Y un cerro gris y pelado
con unas ruinas pintadas
sobre la seda del cielo.
Y una paz… Y una añoranza
de no sé qué… Yo me estuve,
hora tras hora, sentada
mirando, sólo mirando,
correr las nubes y el agua…
Al irme, hubiera querido
dejar el alma amarrada
en el recodo del río
como la barca quieta y solitaria.



VENCIDA POR EL ÁNGEL (1950)

Yo cerraba los ojos; yo apretaba los puños:
yo blindaba mi pecho con metales helados;
yo sorbía a raudales la alegría y el fuego
para escapar, bravía, al acoso del Ángel.

El Ángel era suave, silencioso y terrible.
llevaba una ancha copa de licores amargos,
y en su pálida frente se leía imborrable
la palabra tremenda.

He luchado con él. He luchado: He reído
sobre todas las flores de los mayos ingenuos;
cabalgando las nubes; fabricándome estrellas;
derramando canciones.

Me he apoyado en mis huesos; me he afirmado en mi sangre.
He caído en la sima de los besos sin límite.
He crujido en el trance de los duros abrazos.
He gritado el triunfo de mi carne aumentada
en la carne del hijo.

Me he proclamado limpia contra el asco y la ruina.
Me he declarado libre contra el tedio y la duda.
Me he creído excluida, separada, intocable.

Pero el Ángel llegaba. A pesar de mis puños,
de mis ojos cerrados, de mis labios tenaces,
con su vuelo impasible, con su copa colmada,
me ha tocado; me ha roto la coraza soberbia;
me ha deshecho los muros; me ha cortado la huida.

Sin espada, sin ruido, me ha vencido. En la entraña
me ha dejado clavada la raíz de la angustia
y ya siento en mi alma el dolor de los mundos.




ESTA PAZ

Aquella Paz de olivo y de paloma
lograda, en verde tierno y blanco puro
sobre el carmín violento de la sangre,
no es esta paz de ahora, enmascarada
entre papel y tinta mentirosa.

No es esta paz, de pecho acribillado
por viejas bayonetas oxidadas,
que se dejó por todos
los rincones del mundo
fusiles olvidados que disparan,
cañones que conservan su bramido
y buitres acerados con el buche
preñado de metralla.

No es esta paz de corzos asustados
pisando sucio barro movedizo.

No es esta paz de aturullados vuelos,
de afán desorientado, de planetas
sin órbita precisa.

Paz harapienta, coja, rotulada
con «ismos» y con «antis»;
gritada en altavoces,
gestada en asambleas y convenios
de turbia hipocresía.

Paz con hedor de muertos insepultos;
inquieta de presagios;
roída de psicosis y complejos.

Paz de niños con hambre
que no han sabido nunca
cómo se clavan los menudos dientes
en un mullido pan de blanca miga
bajo un crujir dorado de cortezas.

No. Nuestra paz, difícil, fermentada,
toda aristas y filos
como vidrio quebrado,
en que las manos duras, apretadas,
han de llevar el corazón en vilo
para que no se arrastre ni se hiera,
no es una paz de olivo y de paloma.

No es una paz de júbilo y descanso.





EL BARRO HUMILDE

Porque hoy, Señor, te hablo de esos muertos.
De los muertos más muertos, más hundidos;
de los muertos del todo.

Pasaron muchos, pero muchos quedan
en carne viva —suya— demorados.
Tú hiciste del aljibe de su pecho
polvo y basura, pero ya su sangre,
en generoso trance transfundida
hacia canales nuevos, permanece.

Otros, amordazada ya su boca
con lodo espeso, gritan, gritan, gritan…
Y todos los oímos. Tú los oyes.
Tú sabes que no están del todo muertos.

Y aquellos que apretaban en su mano
una semilla rubia, un bulbo henchido,
hoy se nos yerguen en presencia plena
de espigas o de nardos. No murieron.

Y los que caminaban, encendidos
los ojos en la almena de la frente,
borrachos de una estrella, tan ajenos
al suelo que les dabas por apoyo
¡qué huellas hondas de contorno puro
fueron dejando y cómo se llenaron
de agua y de cielo cuando Tú lloviste!
Sólo por eso, sólo, bien lo sabes,
esos no morirán eternamente.

Otros murieron. Otros: infinitos
como los granos de menuda arena
que el viento sopla, escupe y amontona.
Arena inútil, inconexa, estéril.
Que pierde el agua y ni concibe sueños
ni se levanta en torres
ni tolera caminos
ni grávidas semillas amamanta.
Tú los hiciste un día y así fueron.
Traídos y llevados,
giraron en absurdo remolino
entre el cielo y la tierra.
Jamás llegaron a tocar las nubes
sus cortos brazos ni sus pies cobardes
pesaron en el suelo.

Vivieron (¿se enteraron?). Eran dulces
y mansos. Y también eran amargos
y fieros. Porque sí. Porque lo eran.
Sus miembros se encresparon muchas veces
en lujurias sin fruto. Y otras tantas
ciñeron con un hielo de abstinencia
sus castigados lomos.
Nada brotó en su tronco. Fue su llanto
de lágrimas redondas que corrieron
sin trabajar sus almas. Fue su risa
espuma derramada.
Eran así. Murieron. ¿Lo sabían
en el preciso instante?... Y hoy, ¿lo saben?
¿Lo saben que están muertos, muertos, muertos;
borrados, aventados, desnacidos?...
¿Saben que ya no son, que no serán,
que no han sido jamás entre los hombres?

Señor, de ellos te hablo. Tú; los cuentas?
Yo, ni podría imaginar su nombre,
ni perfilar la curva de sus labios,
ni sospechar, mirando tu arco iris,
el color de sus ojos.
Conozco que estuvieron. Que ahora esconden
en cualquier parte su menguada ruina.
Sobre sus tristes miembros disgregados
la tierra, eterna parturienta, brota
vida infinita en tallos quebradizos.
Pero ellos, mudos, torpes, ni en la hierba
escribirán sus formas y colores.

Ni sombra serán nunca; ni recuerdo.

De ellos hablo, Señor. Tú, sin olvido;
Tú, centro de Ti mismo y tu horizonte,
Tú los tendrás los muertos olvidados.
Quizá los quieres más por más pequeños.
Su barro humilde, deleznable, sucio,
acaso moldearás con tus pulgares
en finos vasos de preciosa forma.
El muro de tu mano levantada
acaso abrigará piadosamente
esa llamita débil de su espíritu.
Acaso de tu aliento huracanado
un hilo compasivo se adelgace
para tañer la flauta de sus huesos.



BOMBARDEO
A Julio

Yo no iba sola entonces. Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y apresura para el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el vuelo
de un ala sin plumón y con grillete;
casi cristal y casi sueño. Tierna.

Iba llena de gracia por los días
desde la anunciación hasta la rosa.

Pero ellos no podían, ciegos, brutos,
respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.
Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.

Del más bello horizonte, del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.
Que apedreaban con cascote y hierro
la carne desarmada,
la risa de los niños, los cabellos
de las muchachas, los henchidos senos
de las nodrizas, la rugosa frente
de los viejos cansados,
los anchos ojos de los colegiales
y el tórax trepidante de los mozos.

Cuando el terrible estruendo mantenía
todo el horror en vilo, como un látigo,
sobre la vida inerme y el espanto
resquebrajaba en turbio terremoto
el aire sin palomas de la urbe,
yo colocaba, dulce, mis dos manos
sobre mi vientre que debió cubrirse
de lirios y de espumas y esas telas
que visten, recamadas, los altares.

Iba por la ciudad —llena de garras
y dientes erizando las esquinas—
como un bajel altivo que, repleta
la próvida sentina con tesoro
de gran fragilidad, se tambalea
entre una furia de olas y relámpagos.

Y, al encerrarme en casa, bien sabía
que no existía el puerto ni el abrigo.
Que las paredes recias, levantadas
en paz por manos sucias de trabajo,
se desharían como cera blanda
al fuego y al martillo gobernados
por otra mano, pulcra, encaramada
en máquina de presa y exterminio.

Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.

Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.

Y la desnuda soledad del cuerpo
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.
Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.

¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisas,
con qué vibrar de nervios y raíces,
nos quisimos entonces!

Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.

Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos,
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, transcurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.

Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.

Así, unidas las bocas, transvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos…

No. Nunca nos quisimos como entonces.



LOS DIAS DUROS (1953)

No. Ya no puedo estar, como solía,
oculta en matorrales de madreselvas,
de musgo delicado, de jazmines
que perfumaban la ilusión precisa
de mi vivir aparte, preservada.

No puedo deslizarme por el fácil
canal de los ensueños sin escollo
con los alegres ojos enfocados
a un horizonte matizado en rosa.

Bien lo sabéis cómo era yo de tierna.
Cómo canté mi arcilla y mis claveles.

Cómo broté la luz y la sonrisa.
Cómo me di a la lluvia y a los vientos
y al fuego del varón y a la tarea
de concebir v de alumbrar con grito.

Siempre extasiada en descuidado gozo
como una niña al borde del sendero.

Hoy ya no puedo. He de salir. Alzarme
sobre mi dócil barro femenino.
Gritar hacia las cosas que me gritan
con labios erizados, con garganta
hostil y azuzadora.

Los días duros, agrios, se levantan
como árida montaña. Hay que treparlos
en puro afán, dejando bien ceñida
a su áspero contorno, viva, roja,
la hiedra de la sangre derramada.

Hay que vivir a pulso los minutos
sin rémora, sin miedo, cabalgando
en la delgada arista del presente.

Ya no es escudo el hijo entre los brazos.
Ya no es sagrado el seno desbordante
de generoso jugo, ni nos sirven
los rizos de blasón, ni nos protege
la condecoración de la sonrisa.
Está la miel, pero la miel no basta.
Ni el espejuelo sabio de los ojos.
Ni el círculo encantado que trazaron
siglos atrás en torno a la belleza.

Hoy nuestra vida, violenta, astuta,
avanza con estruendo de motores
de cientos, de millares de caballos
armados de pezuñas aceradas
bajo las cuales se hacen imposibles
frágiles vidrios y delgada hierba.

Inútil es la huida y el gemido.

Hay que luchar, rugir, sincronizarse
con el compás terrible de los hechos.
Crujir, arder, vibrar, abrir los ojos
con osadía firme y suficiente.

Temblar la fibra más sensible y mansa
de nuestros nervios y forjarla en hojas
de inquebrantable filo.

Hay que afianzar rotundos rompeolas
en este mar de trombas y huracanes.
A la embestida seca de los machos
que olvidan la pulida reverencia,
rosa, el madrigal y aquellos besos
en el extremo de la mano esquiva,
hay que oponer lo recio femenino.
El sexo puro, leal, íntegro, casto
a fuerza de arrancar viejas guirnaldas
de trapo con olor de hipocresía.

Ya no podemos acunar la débil
carne del hijo en un regazo tibio
de raso y plumas: Hay que sostenerla
con fuertes manos, apoyarla adrede
en el inquieto suelo, preparando
con firme decisión su andar futuro.

Los días duros se abren a mi quilla.
He de marchar por ellos renovada.

No mataré mi risa ni mis sueños.
No dejaré mis besos olvidados.
No perderé mi amor entre las ruinas.
Pero no puedo desmayarme blanda.




DE NADA A NADA

¡Qué dulce ser llevada de la mano
por fáciles senderos aprendidos!

Aquel seguro viento que condujo
las naves a los puertos apacibles
y mantenía las abiertas alas
en vuelo jubiloso hacia su nido
¿es este remolino polvoriento
que desconcierta en giros alocados
la rosa antigua de los navegantes?

Aquella pura estrella que guiaba
las almas a su clara epifanía,
¿qué noche torva o socavado abismo
la devoró caída de su altura?

Aquel amor maduro que alfombraba
de musgo fiel el pecho de los hombres
¿es este jadear de rojos tigres
que nos eriza de ásperos rugidos
la desprovista entraña y nos provoca
un escozor de ortigas en la sangre?

En idas y venidas sin sentido
pisoteamos la sufrida tierra.
Furor de nuestra prisa la sacude.
Guerreros terremotos la desgarran.
Y un bosque enmarañado y mar confuso
anegan y emborronan las fronteras
trazadas en los viejos mapamundis
donde se pudren gigantescas pilas
de muertos olvidados sin escrúpulo.

Vamos de nada a nada. Sin destino.




POETA

Más de un día me duele ser poeta. Me duele
tener labios, garganta, que se ordenan al canto.

Es tan fácil vivir cuando sólo se vive
mudo y simple, esquivando la pesquisa y el vértigo.

Pero aquel que es poeta ni en mitad del tumulto
ni emboscado en la orilla logrará su descanso.

Porque el ojo sin párpado no consigue la noche
y en acecho infinito se le enciende y afila.
Porque todo el misterio, despeñada gaviota,
le golpea el cantil de las sienes desnudas
y, en la boca, transidas de belleza imposible,
las enormes palabras se le agolpan y enredan.

Porque vive y lo sabe. Porque muere y lo sabe.
Pero el grito convulso de su vida y su muerte
es halcón insumiso que las nubes devoran.

Océanos, ciclones, bosques, astros habitan
en el ámbito estrecho que su cráneo circunda.
Olas, aves, raíces, pulsaciones, acordes,
por la red de los nervios se le enroscan vibrando.

¡Qué avidez de contornos le agudiza los dedos!
¡Qué avidez de caminos le estremece las plantas!
En el pecho le crece su imperioso destino.

Y, ni dentro ni fuera, en la fina tangente
que tan sólo en un punto a lo cierto se ajusta,
solitario y alerta, desvelado o sonámbulo,
el poeta mantiene su equilibrio difícil.




PRESENCIA DE DIOS

¡Oh Dios, mi pequeñez y tu grandeza!
¿Cómo creer que esta menguada forma
imagen tuya sea y semejanza?
¿He de soñar tu rostro por el mío
y levantarte gigantesco y vasto
sobre la base ruin de mi figura?

Yo sé que estás. Y tu presencia enorme
de ser único, impar, irrepetible,
me llena de terror, señoreándome.

En la redonda cárcel que me diste
no hay un rincón oscuro y recatado
donde sentirme sola, liberada
de tu mirar agudo, omnipresente.

Aunque quisiera huirte, dispararme
en vuelos velocísimos, tenderme
en puentes largos, navegando brumas,
talando bosques, perforando túneles,
Tú estás y estás, continuo, inesquivable.

Yo siento tu presencia en las raíces
más finas de mis nervios, en la tibia
corriente de mi sangre y en la médula
secreta que mantiene mi esqueleto.

A veces, perceptible, te dibujas,
agua sin fondo, monte sin ladera,
muro sin puerta, torre sin escala.
Tu frente dilatada se constela
con tus pupilas lúcidas, terribles
y el haz profuso de tu cabellera
desciende como lava incandescente
en lenta ondulación sobre tus hombros.

Tus manos se adelantan imperiosas
en un perpetuo fiat sobre el caos,
y la firmeza de tus pies se asienta,
libre de peso, sobre la corriente
del tiempo en que ni naces ni te agotas.




VÍSPERA DE LA VIDA

Hay que tener el recuerdo de
alaridos de mujeres en parto…
Es necesario haber estado al
lado de moribundos…
R. M. RILKE

Aguarda aún. Detente. Nada sabes.
Aún yaces en la víspera. No sueñes.
No cantes. No te llegues a las copas
de vino y llanto. No ardas en la ira.
No admires. No aborrezcas. No idolatres.
No toques las espinas ni las rosas.
No vueles con los pájaros. No sigas
la estela de los peces por el río.

No juzgues. No perdones. No condenes.
Aguarda, que aún no sabes, aún no has visto.

Acércate a una madre en el instante
de desgarrarse, distendida, rota
en un terrible chorrear de gritos,
de sangre, de sudor, de íntimos jugos
que corren brutalmente, macerando,
tundiendo, dilatando sin clemencia
las fibras más sensibles, sacudiendo
del arraigado tallo el fruto vivo
para lanzarlo, desprendido y solo,
por el herido cauce a la intemperie.
Escucha el alarido que, infrahumano,
tuerce los labios de la madre abierta
y pone al hijo exento ante los ojos:
Pella de carne informe, sucia, blanda,
con húmedo calor de entraña. Escucha
ese primer vagido con que el hombre
estrena el aire y se proclama cierto.
Inclínate. Con reverentes manos
la vida nueva toca. Luego vete.
Acércate a la turbia encrucijada
donde la muerte solapada obtiene
la segura victoria
de su callada, sórdida paciencia.
Mira la lucha inútil, degradante,
de lo que fuera un hombre y es apenas
res acabada, corroído fruto,
carroña anticipada que palpita.
Mira rodar abandonadas gotas
por el talud helado de la frente.
Mira los ojos cómo se desnudan
de todo su paisaje y desconocen
los próximos contornos y se ahondan
en pozos profundísimos abiertos
hacia el macizo espanto sin perfiles.
Mira los labios desteñidos, sucios
de salivas amargas
y escucha en ellos, lento, sibilante
el último jadeo de la vida
que los pulmones, ya sin ritmo, expelen.
Toca la rigidez y el frío donde
hubo un contacto cálido y suave.
Y junto a ese trágico puñado
de mísera materia que persiste, 
pregúntale, pregúntate a ti mismo,
qué aguarda, qué ha perdido, qué conserva,
qué signo monstruoso desentraña
su terca permanencia sin sentido.

Vete después, sumérgete de lleno
en la vital corriente de tus días.



NADIE SABE

Abre tus ojos anchos al asombro
cada mañana nueva y acompasa
en místico silencio tu latido
porque un día comienza su voluta
y nadie sabe nada de los días
que se nos dan y luego se deshacen
en polvo y sombra. Nadie sabe nada.

Pisa la tierra, vierte la simiente,
coge la flor y el fruto: sin palabras,
pues nadie sabe nada de la tierra
muda y fecunda que, en silencio, brota,
y nadie sabe nada de las flores
ni de los frutos ebrios de dulzura.

Mira la llamarada de los árboles,
bebiéndose lo azul; contempla, toca
la piedra inmóvil de alma intraductible
y el agua sin contornos que camina
por sus trazados cauces, ignorándolos.
Sueña sobre ellos. Sueña. Sin decirlo.
Pues nadie sabe nada de los árboles
ni de la piedra ni del agua en fuga.

Mira las aves altas, desprendidas,
limando el sol al golpe de sus alas;
toma del aire el trino y el gorjeo,
pero no quieras traducir su ritmo,
pues nadie sabe nada de los pájaros.

Mira la estrella, vuela hasta su altura,
toma su luz y enciéndete la frente,
pero no inquieras su remoto arcano
pues nadie sabe nada de la estrella.

Besa los labios y los ojos; goza
la carne del amante sazonada
secretamente para ti; acomete
con decisión humilde la tarea
del imperioso instinto: crece en ramas,
mas nada digas del tremendo rito
pues nadie sabe nada de los besos
ni del amor ni del placer, ni entiende
la ruda sacudida que nos pone
el hijo concluido entre los brazos.

Clama sin grito, llora sin estruendo
pues nadie sabe nada de las lágrimas.

Vete a hurtadillas. Con discreto paso.
Traspasa quedamente la frontera.
Pues nadie sabe nada de la muerte.






IGNORANCIA

Cuando caí de Ti a la dura tierra,
cuando me hallé, caliente de tus manos,
desnuda y con gemido entre los hombres,
era tu propio aliento el que llenaba
mis frágiles pulmones encerrados
hasta ese instante en soledad sin viento.
Era el reflejo de tu rostro en llamas
el que encendía mis pupilas nuevas.

Venía desde Ti. De Ti sabía
tu esencia, tu color y tu figura.

Sabía la razón de mi comienzo,
la causa de mi carne y el designio
que hizo brotar, precisa, mi simiente
entre infinitos gérmenes frustrados.

Entonces te sabía y me sabía.
Por eso, duro, hermético, borraste
al paso de los días la memoria
de aquel primer instante y me has dejado
como un sediento río que corriera
desde una oscura fuente inasequible
hacia ignorados mares sin orilla.




CAÍN

El no sabía nada. Era macizo, adusto.
Vivía en una ausencia de dulzuras y cantos.

Inclinado a la tierra, un ave negra, hirsuta,
le rondaba la frente, anegando sus ojos
mientras iban sus dedos en el suelo enemigo
desbravando terrones y raíces rebeldes.

Desterrado del gozo, oraba a un Dios terrible
y al dejar en el ara la mezquina cosecha
un rencor urticante le quemaba las palmas.

El no sabía nada. Un día —rama virgen,
fresco volumen, garza de intocada belleza—
el hermano reía junto al blanco balido
del rebaño inocente.

¿Por qué, de pronto, rayo, piedra lanzada, vértigo,
lobo rabioso, toro de ciega acometida?

Hubo un silencio súbito de fuentes y de pájaros
y los cielos supieron el color de la sangre.

El nada comprendía. Contemplaba sus manos.



ABEL

El no sabía nada. Era sencillo, dulce.
Vivía simplemente como vive la carne.

Viril de savia nueva, erguía bajo el cielo
su vertical gozosa de rubio adolescente.

Oraba a un dios terrible y aplacaba su cólera
con tiernos recentales y rizadas ovejas.

Nada sabía. Un día, en brusca llamarada
ardió pálida envidia frente a sus ojos mansos
y se abatió iracunda sobres1 su pecho núbil.
Y él se encontró, de pronto, sin saber cómo, muerto.

Y se encontró, sin saber cómo, sólo.
Con un áspero gusto de limo entre los labios
y un frío desamparo por los huesos y venas.

Porque nadie le dijo que estrenaba la muerte.
Que en la tierra profunda no encontraría al hombre.
Que habría de quedarse dócilmente en su sitio,
entregarse sin límites al oscuro silencio.
Porque nadie le dijo que las pardas raíces
se trenzarían ávidas a sus miembros helados
bebiendo de él sin prisa, agotándole el zumo.
Porque nadie le dijo que el romero crecía
agarrado a la piedra que pesaba en su vientre
y que el vivo carmín que adornaba la rosa
era más encendido a través de su sangre.

Él nada comprendía. Tan sólo estaba muerto.





EN LA MUERTE DE MI MADRE

 Ya tengo mi raíz bajo la tierra.
Un poco muerta ya contigo, madre,
hay algo de mi vida que se pudre
contigo, con tus huesos delicados,
con tus azules venas, con tu vientre
que cóncavo sufrió dándome forma.
En la ignorancia, madre, no en pecado
me hiciste tú. Como la vida brota.
Como la carne crece y se divide
en el sagrado centro de la hembra.
Pequeña y débil fuiste. Te pesaba
un hijo tras de otro en el regazo
con un humilde asombro de mirarte
continuamente llena y frutecida.

Y yo salí de ti con otra fuerza.
Con una ardiente audacia de preguntas
que tú jamás te habías formulado
cuando la vida se te daba en júbilo
o te acosaba en duro sufrimiento.
Que no estaban siquiera en la terrible
angustia suplicante de tus ojos
que sólo me pedían una tregua,
un imposible alivio
a ese dolor, a ese infinito miedo
de bestezuela en cepo sin huida
con que la muerte, madre, te llegaba.

Te veía ir. Sin retenerte.
Sin ayudarte. Nadie puede hacerlo
en esa hora. Todos vamos solos
a nuestra propia destrucción. No pude,
no pude acompañarte, madre mía.
Poner seguridad en tu camino
ni sonreírte desde el otro lado
de la pesada puerta silenciosa
que un día se nos abre bruscamente,
siempre hacia fuera, nunca hacia el retorno.

Y tuve que soltar, fría, indefensa,
tu mano que a la mía se acogía
mendiga de un calor y una esperanza
que habían desertado de tu sangre.
Yo sé que confiabas, suponiendo
en mí una vaga omnipotencia, un algo
capaz de sostenerte. Y yo tan sólo
sentía una blandísima ternura,
una tremenda compasión inútil
por tu absoluto, enorme desamparo.
Y nada pude hacer. Ni tan siquiera
quedarme junto a ti. Te me pusiste
horriblemente lejos. Separada.
Ajena. Casi hostil en tu misterio.
Indescifrable en tu quietud. Ahora
eso de mí que estaba en tus entrañas,
que fue principio mío y persistía en
tu secreta intimidad, se pudre
contigo —mi raíz— o acaso vive
como un tallo profundo, recatado,
en tierra que tú abonas aguardándome.




EL GRITO INÚTIL (1952)

¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?

¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rondando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera, lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje.
Al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la plata azul de aquella luna.
Volvedme a la andadura mesurada,
al tópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es en vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.

Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?





POSGUERRA

Alegraos, hermanos, porque vivos seguimos.
Verticales, calientes sobre tierra segura
persistente al estruendo y a la dura piqueta.
Aún nos queda la carne y un acero de huesos
nos mantiene flexibles bajo el cielo de siempre
que absorbió indiferente los agónicos gritos.

Alegraos, hermanos, porque es bueno quedarse
como espiga escapada a la hoz y a la muela.
Como res condenada que evadió la cuchilla.

Yo poeta, os lo digo: Tanta gracia borrada,
tanta hermosa mecánica, tantos arcos triunfales,
tantos techos humildes destruidos a ciegas.
Tantos cráneos hundidos, tantas bocas inmóviles
taponadas de arcilla, no interrumpen la serie
de los días ligeros que nos llevan en andas
porque vimos el caos y quedamos exentos.

Porque estamos enjutos transcurrido el diluvio,
alegrémonos, hijos. En las ruinas y grietas
que dejó el terremoto sembraremos el grano
y veremos crecer el tomillo y la rosa.

Yo, poeta, os lo digo: las corolas son dulces
bajo un sol sin careta de mortíferos gases,
y, olvidado el rugido de los huecos aceros,
un idilio de pájaros y de arroyos nos mece.

Cuando el ácido llanto de las madres sin hijo
se ha perdido en el polvo, una edénica savia
hinche en curva golosa las mejillas, los vientres
virginales y tibios que se rinden al hombre
prolongando su estirpe.

Somos, somos, amigos, más allá del desastre.
Continuemos. Hagamos cosas, hijos, sonetos,
sinfonías, retablos
donde Dios Padre oculte la sonrisa indulgente
en las barbas fluviales recamadas de plata.
…………………………….
He mirado a mi lado. Como sombras caminan.
Adherido a sus piernas, pesa un lodo de siglos.
Hay un resto de sangre que embadurna sus ojos.

Añorando el contorno de las duras culatas
cuelgan lacias sus manos. Y los labios abiertos
a su antigua congoja, desconocen la hartura.

No me escuchan. ¿Qué largas resonancias tremendas
ensordecen sus almas? No me miran. ¿Son alguien?
¿Son los mismos? ¿Son todo lo que hoy día subsiste?
¿Esto queda del hombre tras la furia del hombre?
Y yo sé que no puedo darles nada. Como ellos
soy un resto, una fuga,
una angustia cercada de horizontes difíciles,
un pulmón oprimido por tiránicos puños,
una estancia, vacía de divinas presencias,
cuyos muros gotean de sudor y de llanto.

La venganza callada de millones de muertos.




REGRESO

Salió a sembrar. Salió de madrugada.
Volvió al anochecido. Traía la simiente
intacta y una sombra de plomo le seguía.

Salió a sembrar. Dijeron que era tiempo
de regresar y uncirse a la costumbre.

El era sólo un rudo campesino.
Los ojos y las manos pegados a la tierra.
Y también la esperanza.
Su pequeña esperanza, justo para ir tirando
de un año para otro, de cosecha a cosecha.

Sudaba largamente. Deseaba la lluvia
o el sol según los casos. Maldecía a menudo.
Y cantaba otras veces.
Cuando el aire era dulce y obediente el ganado.

Un día vio en sus manos una dura culata.
Vio el fuego, el miedo, el odio, limándole los huesos.
La carne troceada. El aire al rojo
metiéndose debajo de sus párpados.
La furia repetida del acero y la pólvora.
La sangre despreciada.

Aquello era la guerra, le dijeron.
Luego, otro día, le ordenaron: Alto.

Volvió. Pensó primero que era hermoso.
La paz debía ser como una aurora.
Un oloroso aceite derramado.
Un vino alegre dentro de las venas.

Volvió. Salió a sembrar de madrugada.
Salió a sembrar. No pudo.
Le faltaba el silencio.
Sus oídos alerta
seguían escuchando los cañones,
la brama del motor entre las nubes,
la piedra dividida en estallidos,
el lento gotear de las heridas.

Y dejó solo el campo.
Y devolvió a sus arcas la simiente.
Porque no había silencio.
Porque no había fe ni existía el mañana.
Porque se había roto
el ritmo primitivo que movía sus brazos.





BELLEZA CRUEL (1958)

PALABRAS…


Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme. Ángela Figuera Aymerich… de cosas que uno ha dicho, de versos que uno ha escrito…

Porque yo fui el que dijo al hermano voraz y vengativo, cuando, aquel día, nosotros, los españoles del éxodo y del llanto, salimos al viento y al mar, arrojados de la casa paterna por el último postigo del huerto… Yo fui el que dijo:


Hermano… tuya es la hacienda…
La casa, el caballo y la pistola…
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo…
Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!...
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?



Fue éste un triste reparto caprichoso que yo hice, entonces, dolorido, para consolarme. Ahora estoy avergonzado. Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción. Tal vez era lo único que no nos podíamos llevar: la canción, la canción de la tierra, la canción que nace de la tierra, la canción inalienable de la tierra. Y nosotros, los españoles del éxodo y del viento… ¡ya no teníamos tierral

Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción.

Nuestro debió haber sido el salmo, el salmo del desierto, que vive sin tierra, bajo el llanto, y que sin garfios ni raíces se prende, se agarra, anhelante, de la luz y del viento.

Yo hablé también un día del salmo. «El salmo es mío», dije, «el salmo es una joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes… y ahora lo rescato, me lo llevo, me lo llevo del templo, me lo llevo en mi garganta rota y desesperada…» Y dije también: «El salmo fugitivo y vagabundo es el lenguaje justo del español del éxodo y del llanto»… Palabras, palabras nada i más. Yo no me llevé el salmo tampoco. Nosotros no nos llevamos el salmo.

Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado, blasfemia sin sentido, palabras de un idiota llenas de estrépito y de fuña que se perdieron como burbujas de hiél en el vacío… Y nos quedamos luego todos mudos… Los mudos fuimos nosotros… ¡Los desterrados y los mudos!

De este lado nadie dijo la palabra justa y vibrante. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto caminar, de tanto llanto y de tanta injusticia… no brotó el poeta.

Y ahora estamos aquí, del otro lado del mar, nosotros, los españoles del éxodo y del viento, asombrados y atónitos oyéndoos a vosotros cantar: con esperanza, con ira, sin miedos…

Dos a vosotros cantar: con esperanza, con ira, sin miedos…

Esa voz… esas voces… Dámaso, Otero, Celaya, Hierro, Crémer, Nora, de Luis, Ángela Figuera Aymerich… los que os quedasteis en la casa paterna, en la vieja heredad acorralada… Vuestros son el salmo y la canción. 

México, D. F., junio, 1958.
LEÓN FELIPE 



BELLEZA CRUEL

Dadme un espeso corazón de barro,
dadme unos ojos de diamante enjuto,
boca de amianto, congeladas venas,
duras espaldas que acaricie el aire.
Quiero dormir a gusto cada noche.
Quiero cantar a estilo de jilguero.
Quiero vivir y amar sin que me pese
ese saber y oír y darme cuenta;
este mirar a diario de hito en hito
todo el revés atroz de la medalla.
Quiero reír al sol sin que me asombre
que este existir de balde, sobreviva,
con tanta muerte suelta por las calles.

Quiero cruzar alegre entre la gente
sin que me cause miedo la mirada
de los que labran tierra golpe a golpe,
de los que roen tiempo palmo a palmo,
de los que llenan pozos gota a gota.

Porque es lo cierto que me da vergüenza,
que se me para el pulso y la sonrisa
cuando contemplo el rostro y el vestido
de tantos hombres con el miedo al hombro,
de tantos hombres con el hambre a cuestas,
de tantas frentes con la piel quemada
por la escondida rabia de la sangre.

Porque es lo cierto que me asusta verme
las manos limpias persiguiendo a tontas
mis mariposas de papel o versos.
I Porque es lo cierto que empecé cantando
para poner a salvo mis juguetes,
pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo,
y me confieso y pido a los que pasan
que me perdonen pronto tantas cosas.

Que me perdonen esta miel tan dulce
sobre los labios, y el silencio noble
de mis almohadas;’ y mi Dios tan fácil
y este llorar con arte y preceptiva
penas de quita y pon prefabricadas.

Que me perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta belleza cruel, tanta belleza.




MIEDO

También yo tendría miedo de los ángeles.
Son demasiado puros para mi.
ERNST WIECHERT

Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus cándidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?
Y Tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno.
Si un día, al despertarme,
Lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.




SOLO ANTE EL HOMBRE

Sí, yo me inclinaría
ante el definitivo contorno de los lirios.

Sí, yo me extasiaría
con el trino del pájaro.

Sí, yo dilataría
mis ojos ante el mar y la montaña.

Sí, yo suspendería
el soplo de mi pecho ante un arcángel.

Sí, yo me inclinaría
ante la faz de Dios, tocando el polvo,
si con su mano convocara el trueno.

Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre,
reo de origen, ciego, maniatado,
los pies clavados y la espalda herida,
sucio de llanto y de sudor, impuro,
comiéndose, gastándose, pecando
setenta veces siete cada día,
sólo ante el hombre me comprendo y mido
mi altura por su altura y reconozco
su sangre por mis venas y le entrego
mi vaso de esperanza, y le bendigo,
y junto a él me pongo y le acompaño. 






EL DÍA QUE ME MUERA


El día que me muera
no quiero el llanto al uso ni las flores
cortadas al efecto ni los cirios
de lento gotear en los sufragios.
No quiero el luto inútil de las ropas
ni las miradas tristes ni el silencio
ni el ramo de laurel correspondiente.
No quiero que la vida se detenga
cual si algo extraño hubiera sucedido
y el mundo ya no fuera como antes.


El día que me muera,
quiero que todo viva y continúe:
que broten flores en los mismos sitios,
que corra el agua por la misma acequia,
que los amantes trencen sus abrazos,
que nazca un niño en el portal de enfrente,
que mi vecino vaya a la oficina,
que los obreros entren en la fábrica,
que salgan a la mar los pescadores,
que las mujeres vuelvan de la compra
con un ramo de acelgas en los brazos;
que el labrador entierre su semilla
cuando amanezca el sol y el estudiante
cierre sus libros cuando el sol se ponga;
que se oigan las sirenas de los buques,
los golpes del martillo, los motores,
las voces de los niños en el patio,
los ruidos de la calle, los jilgueros.


Y quiero que, a la hora de costumbre,
los míos se reúnan en la mesa,
partan el pan y cambien la sonrisa.


Que mis amigos beban unos chatos
y escriban un poema por la noche.





ANTOLOGÍA TOTAL (1973)


A LEÓN FELIPE. YA DEL OTRO LADO
«Podrán hacer entonces con el Hombre
el pan ázimo
donde el Cristo se albergue.»
LEÓN FELIPE


YA estás al otro lado de la última lágrima
del mundo. Ya te has muerto,
hermano León Felipe, caminante
infatigable y solo de todos los senderos
doloridos y áridos;
el de los ojos sucios mas no ciegos;
el trágico payaso;
el loco terco
vocero de verdades sin adorno;
el crudo farmacéutico
de píldoras amargas sin dorado;
el conductor indómito y blasfemo
de la carroza; el hombre de la tralla
que fustigó al ladrón y al fariseo;
al cómitre, al tirano, al egoísta,
al charlatán y astuto buhonero
que vende baratijas y mentiras;
al gángster y al banquero;
al juez de un solo oído
y al poeta antiséptico;
al sabio pusilánime;
al que prostituyó el salmo y el templo;
al héroe de la espalda enrojecida
con sangre de su pueblo.


Te has ido, León Felipe. Te ha llevado
el viento amigo y trajinero,
a ti que preguntabas:
«¿Será la muerte el viento?»
A ti que suplicabas:
«quiero dormir… morir. Siembra mis sueños.»
Quedaste ya dormido en la montaña.



EN LA ARDIENTE OSCURIDAD

A Ignacio, el ciego de Buero Vallejo.


En noche sin aurora y negra ira,
arcángel de ceniza, derribado
por una mano dura a ese camino
—dado a los pies, negado a las miradas—
donde, insumiso, Ignacio, gritas, bates,
testuz de obstinación contra la piedra;
muñón de hiél, cuchillo enarbolado,
odio en clamor y floración de ortigas,
tú quieres ver… Tú quieres ver. Tan sólo
eso, que hubiera sido tan sencillo
si del confuso vientre de tu madre
no hubieran abortado tus dos ojos
cuajados en opaca gelatina,
helados peces en borroso llanto,
medusas muertas fermentando rabia
debajo de los párpados inútiles.
Tú quieres ver. Tú quieres ver, sabiendo
que no verás jamás, y el imposible
que sube su acidez hasta la boca.

Habitas en un caos de rumores.
Escuchas las palabras. Y los besos
te caen por los oídos cual guijarros
turbando el pozo amargo de tu sangre.
El pájaro y el niño y los violines
son para ti tan sólo un dulce trino.
El agua, derramada incertidumbre,
frescor en fuga, nada entre los dedos.
La brisa te aletea por las sienes.
El sol te guillotina con sus rayos.
Conoces que hay un cielo y que la luna,
de lejos, te aureola sin posarte.
Mezquina referencia. No te basta
el tacto vacilante de tus manos
siguiendo una engañosa geografía
de aristas y contornos. Vagas formas
en que los labios y las rosas tienen
un húmedo misterio que te inquieta.
No es suficiente un mundo que se oculta
privado del color y la distancia.
No quieres ir por él a tropezones
contra la hostilidad de los objetos.
No quieres que el amor sea un volumen
de carne femenina entre tus brazos.

Deliberadamente, rechazando
la necia dulcedumbre del consuelo,
cerrado a cal y canto, terco, erguido
en tu erizada y seca arquitectura
de sombra y soledad, Ignacio, sufres.

Porque quizá una noche en tus entrañas,
con bárbaro tesón, estrangulaste
a un niño triste que pedía sueños
con hambre de piedad y de caricias
para seguir, soberbio, la difícil
jornada del dolor sin anestesia.

Y morirás, Ignacio, es necesario
para tranquilidad de los corderos.
Son dóciles y tímidos. Se abrevan
en la resignación y la esperanza.
Se aturden con el ruido de su risa.
Se abrigan mutuamente en el aprisco
que trabajosamente construyeron
y tú, cruel, pretendes destruirlos
a golpes de verdad y de sarcasmo.
Debes morir, Ignacio. Nadie puede
dejar sin su vendaje las heridas.
Llegar a los que duermen, sacudirles
y darles de beber hiel y vinagre.

Has de morir, Ignacio. Pero, escucha:
Antes que, adivinando las estrellas,
maltrates el cristal de tu ventana
aullando tu terrible despedida;
Antes que el pobre cuerpo se te rompa
—vaso de maldición— contra la tierra,
escucha, hermano mío; no estás solo
en ese infierno antiguo. Todos ciegos,
vivimos como tú. Todos lloramos
con estos ojos vivos y lucientes
que, como a ti los tuyos sin retina,
 jamás nos han servido para nada.

Todos queremos ver. Todos queremos
ver de verdad, desesperadamente.
Igual que para ti, para nosotros
las cosas y los seres se agazapan
en un recinto espeso, impenetrable.
Están a oscuras todos los caminos
y nadie sabe a dónde nos conducen
ni quién puso la hierba en sus orillas
ni qué nos dice el río que atraviesan
ni qué hay bajo las máscaras iguales
de tantos hombres yendo a nuestro lado.
Todos queremos ver. Todos queremos
ver, con aquella luz del primer día,
un mundo transparente en su inocencia.
Y vamos ciegos corno tú. Más ciegos
que tú. Queriendo ver. Y, al fin, vencidos,
igual que tú, seremos solamente
un muerto sin preguntas ni respuestas.




CUENTOS TONTOS PARA NIÑOS LISTOS
Dedicado a mis nietos,
Ana y Gabriel,
con cariño interminable,
Su yaya
Angela (1979)



CUENTO TONTO DE UN CIEMPIÉS 
A QUIEN NOMBRARON CARTERO


1

VERANO

Por tener fama de listo
y por ser el que más corre,
a don Ciempiés le nombraron
cartero Oficial del Bosque.

Día a día se le ve
yendo de acá para allá,
con su gran cartera al hombro,
repartiendo sin cesar
cartas, libros y paquetes;
cuentos, chismes y demás.
Va descalzo y sin vestido
porque el sol suele brillar
que es un gusto y no hay peligro
de poderse resfriar.

Doña Ciempiés le reprende:
—¿Cómo vas tan desastrado
todo el día por ahí
sin vestido y sin zapatos?
¿Te parece que está bien
en un señor con un cargo
tan importante como es
el de cartero?
—¡Canastos!
—dice el marido— ¿No ves
que no tengo tiempo? ¿Acaso
crees que lleva diez minutos
el probarse cien zapatos?
—¡No me grites! Ya lo sé…
Sé que no es moco de pavo
tener tantísimos pies.
Pero, ¡mira que ir descalzo
un señor cartero, igual
que si fuera un pelagatos!
-¡Repanocha! ¡Qué manía
con los dichosos zapatos!
¿No ves que se me hace tarde?

Y allá se fue como un rayo
nuestro amigo don Ciempiés
para empezar el reparto.

II
OTOÑO

En éstas y otras cosas,
pasó pronto el verano
y apareció el otoño
sin flores y mojado.
Nuestro Ciempiés seguía
feliz y atareado
distribuyendo cartas,
cumpliendo mil encargos,
sin importarle un pito
lloviznas ni chubascos.
Lloviznas m cnubascos.
¡Cálzate al fin, so zafio!
¿No ves qué tiempo hace?
¿Que está lloviendo a jarros?
—¡Déjate de pamplinas!
Siempre sermoneando…
—Verás tú cómo acabas
cogiendo un buen catarro.
—Pues, tomo una aspirina
y está todo arreglado.
¡Cabezota!
—¡Pelmaza!
—¡Qué te zurzan!
—Me marcho.
Y, si llueve, que llueva…
Si me pilla debajo,
ya verás cómo vuelvo
de limpito y de guapo
con la ducha…
—¡Gamberro!
Ya me estoy figurando
como vas y te metes
en toditos los charcos…
—¡Por mi abuelo, que aciertas!
¿No ves que así me lavo
los pinreles? Y, ahora,
ahí te quedas, encanto.
Y, marcándose un chotis,
se las pira tan Pancho.

III
INVIERNO

Pero, al fin, cierto día,
nada más despertarse,
don Ciempiés dio un respingo…
—¡Huyuyuy! ¡Qué frío hace!
Se asomó a la ventana
Y se asustó: —¡Mi madre!
Si está todo nevado…
Esto ya es alarmante.
Inviernito tenemos…
¿Cómo voy a arreglarme
sin zapatos ahora?
Los pies van a quedárseme
congelados del todo…
Nada. Ya no hay escape.
¡A comprarme zapatos!
Y me voy al instante
sin que nadie me vea
y sin desayunarme
pues, si no, mi señora…
¡Uf! No quiero que me arme
la gran bronca… Me largo
antes de que sea tarde.
Y, a la chita callando,
se escapó. Ya en la calle,
vio a unos perros jugando
con la nieve… —Chavales,
si mi esposa pregunta
por mí, que he ido a comprarme
los zapatos… y corro…
¡Me parece que sale!

Cien pies son muchos «pieses».
Era ya mediodía
y aún estaba el cartero
en la zapatería
venga y venga probarse,
con la tripa vacía,
tan cansado y rabioso
que los ojos le ardían,
cuando, desde la puerta,
se oye una vocecilla:
—Dice madre que vengas
que la sopa se enfría…
—¡Ah! ¿Sí? Mira, monada,
Dile a tu mamaíta
que aún voy por el zapato
treinta y nueve. Que siga
con la sopa caliente
y, de paso, me fría
por lo menos un kilo
de chorizo y cecina
y, después, que me haga
una buena tortilla
y… que espere sentada
que termino en seguida.

A fuerza de probaturas
y derrochando paciencia,
don Ciempiés quedó calzado
de la cola a la cabeza.
Llegó a su casa a las tantas
con un hambre tan tremenda
que, dejando a su mujer
que riera a rienda suelta,
se zampó todo el almuerzo,
comida, merienda y cena
sin olvidar vino y postres…
Por milagro no revienta…
Pero, ¡quiá! Feliz al fin,
dio un abrazo a la parienta
y le dijo: —Ciempiesita,
ríe todo lo que quieras.
Ahora que tengo zapatos,
me alegra verte contenta.
Pero es tarde. Vámonos
a dormir. ¡Basta de juerga!
Que hoy no ha tenido correo
la gente y estará negra.
Mañana madrugaré
y ¡a repartir las tarjetas
de Navidad que, este año,
ya están llegando a docenas!
 
Se marcharon a acostar
y aquí acaba la historieta.
 (Aviles, agosto, 1969)