martes, 24 de mayo de 2016

José Rienda




José Rienda (Granada, 1969) es Diplomado en Filología Francesa y Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Miembro numerario de la Academia de Buenas Letras de Granada.

Como poeta, ha publicado En las hondas lejanías… (Cuadernos del Laurel, Granada, 1991), De otro Romanticismo, poemario finalista en el Certamen de Poesía Gustavo Adolfo Bécquer de la Junta de Andalucía en 1992  De otro Romanticismo, poemario finalista en el Certamen de Poesía Gustavo Adolfo Bécquer de la Junta de Andalucía en 1992 (Qüásyeditorial/Junta de Andalucía, Sevilla, 1992), Inventario de Octubre, Premio Federico García Lorca de Poesía de la Universidad de Granada en 1994 (Fundación Federico García Lorca/Universidad de Granada, Granada, 1995) y el cuaderno Itinerario al mar (Dauro, Granada, 2000).

Actualmente compagina su profesión de bibliotecario con la enseñanza de español a extranjeros, y es asesor literario y bibliográfico de Ediciones Dauro.


Ahora que estamos más rendidos, más
lejos del viejo mar de la esperanza,
precisamente ahora
que el suicidio respeta los fracasos,
las traiciones, las débiles ideas
que nunca fui capaz de rescatar
de la amenaza torpe de otros ojos,

ahora que estamos más tristes de todo,
más heridos de todo, 
 
sostienen mi renuncia las palabras
y desatan en venas que me aprietan
algún otoño absuelto
que ofrezca su remanso entre las dudas
como un reducto digno por la paz.

Porque aquí reconozco
ante el mundo y la tarde
que me llaman los muertos del abismo
y siempre voy, que no me escondo: nunca
se quebró tanta voz entre la tierra,
su memoria de vida a bocanadas
y el cansado silencio
de un lenguaje de bosques
que reclaman su auxilio
heridos desde el fondo de los años. 



Cuando nací a la sangre de las calles
cargué con el cansancio de los siglos
exactos de dolor que nos preceden.
Siempre supuse el nombre de una anciana
olvidada, una historia con el mundo
escrito en las arrugas y en el gesto
de la tristeza lenta que se adquiere
mientras ocurre el hambre de los hijos.
 
Cuando habité el silencio que me ofreces
en tu vientre de sombra hospitalaria,
arriesgué los cansancios que sostengo
como un vestigio turbio de la historia
que tú accediste a prolongar, eterna
presencia que se aprieta en el recuerdo
para abrir nuevas páginas al mundo
mientras ocurre el gozo de los hijos.




La ciudad amanece y nuestra historia
también desde sus puentes
mostrándonos las calles,
las plazas, los antiguos edificios
como un reestreno
de otra vieja película que tú
protagonizas fuerte desde entonces.
Los guiones fueron tuyos y la música
y esas fotografías donde empiezo
a pronunciar tu nombre sin las dudas
que en este frío habitan sin remedio
y que tú destrozaste
con una dignidad que sobrecoge,
como un extraño triunfo de fracasos.

La ciudad amanece y nuestra historia
también desde sus puentes
como lugar primero que quisimos
para un pacto de amor contra los tiempos
de cansada derrota
que detrás de la lluvia nos esperan.




Después de todo el tiempo que nos llueve
y nos cala los huesos de la vida
nos recuerda
que las páginas tristes permanecen
porque la lluvia siempre
fue lluvia que destroza de esperanzas
este mar que mendiga entre siglos de miedo;
después de las cansadas voces,
viejas voces que gritan aquí desarboladas
y eternamente caen, 

caen como abismo incierto
en la tragedia antigua que nunca reconoces
porque sólo en los versos sobreviven
otros suicidios más duros tal vez;
después de la mañana
que agoniza
cuando deserta alguno de los nuestros
con un salto fatal hacia la cumbre;
después, al fin y al cabo,
de mi traición,
recuerda que resisto
refugiado en la tarde
que ensombrece las dudas
para que no pregunten por mis ojos.





Llovió poco y las últimas
hojas verdes que aún tiemblan en los árboles
son tan sólo un paisaje
para otros bosques más lejanos. Tú,
porque eres quien transita amanecidas
las páginas en ti bajo los ojos,
apurarás la copa del otoño
cuando incendie la vieja soledad,
el dolor que desvive en la impaciencia
de sabernos al borde del suicidio
y la tarde templada
herida en lentitud hacia la historia.





Sin embargo es temprano para la huida.


Nuestro frío, no trémulo sino implacable, fiel
al oficio de perros donde habita,
huésped entre los huesos,
recaudará el cansancio en el dolor
que anuncia la existencia:
 
un lento madrugar hacia una noche inmensa
de dudas y de miedos,
la historia en la renuncia que aceptamos
para un seguir tirando a malos tragos
y el mar…, el mar que grita al horizonte
mientras finges guardar
la tierra entre los dedos.
 
Sin embargo es temprano para la huida
y transitan en ti bajo los ojos
estas páginas tristes que me duelen.





Preguntaste si el bosque,
la lluvia que maltrato con las prisas
o la canción que extiende tu mirada
llenarían la calle
con un aviso urgente de la tierra.
 
Preguntaste,
inocente,
si el perpetuo morir que nos gobierna
detendría tu nombre entre las voces
y mi nombre también como un insulto.
 
Preguntaste si sólo resistimos
o si acaso habitamos un pretexto
exacto a cualquier otro que deambula
mudo, perplejo entre los sueños débiles,
también perecederos,
que se anuncian con luces infinitas
destrozando las horas lejanas de la paz.
 
Pero sólo silencio.
me miraste y silencio
porque nunca aceptaron los suicidios
ni el fracaso maldito de estas páginas
como única salida para el triunfo.





Es cierto que cruzamos algunas noches juntos
y que arrojabas siempre tu distancia a la lumbre.
Por entonces las tardes, el bar y la costumbre
de arañarte en mis ojos, de extraviar los asuntos
 
de la agenda del día, de herir la muchedumbre
en esta soledad de infelices presuntos
que dejaron su rastro de muerte ante la cumbre
que jamás alcanzaron. Sí fue cierto que juntos
 
quebramos los cristales del frío de ciudad;
sí fue cierto que entonces asaltamos las muestras
del espejo y seguimos tras restos del adiós

porque el tiempo intentaba destrozar la verdad
y esconder cicatrices que siempre fueron nuestras
y decir que tan sólo era un juego entre dos.



Los árboles huyeron tan temprano
esta mañana apenas decidida
a tejerse entre brazos y caderas
de cualquier calle o de cualquier tragedia,
 
los árboles huyeron tan temprano
esta mañana, insisto que sin causa
alguna sobre luces manifiestas,
ajenos al cansancio y los portales

de cualquier calle, insisto que sin causa,
tan temprano y tan viejos, tan a solas,
esta mañana apenas mas reciente

que el dolor que te anuncia la existencia,
huyeron, tan temprano aquí los árboles,
que extraños y de golpe nos despueblan.



Sí.
El porvenir es tarde,
tarde porque de golpe fue muy tarde,
tarde porque mañana
será siempre ya tarde para el último muerto,
para los muertos de ahora mismo tarde,
tarde.
 
¿Dónde están todos?
¿Dónde la voz, los árboles?
¿Adónde la esperanza?

El porvenir es nunca.
Y este mar que mendiga bajo siglos de miedo.
 
El porvenir es nada.
Y este abismo que anuncia el dolor de los huesos.
 
Otra historia vecina y extraña sin embargo
y otros ojos cansados que apenas rozan cuerpos,
son sólo muertes, sangre en estas páginas,
en esta luz de hogar deshabitado,
en este bosque frágil sobre el tiempo,
en estas manos tensas
y en estas calles,
en estas lluvias,
en estos restos…




XV


Por si acaso los bosques de un exilio en la playa
o prefieres entonces renombrar la derrota
y retomas en cueros nuestra noche canalla
y decides de pronto que te llamas gaviota.
Por si acaso los ecos de una vieja muralla
o descubres un libro, una cumbre y te agota.
Por si acaso la tarde, el dolor, la batalla.
Por si acaso concluyes y me dices idiota.
Y las voces cansadas y también el invierno,
la vejez de la lluvia y el amor por si acaso
te requiero un camino que te lleva al infierno.
Y los gestos vencidos y también el desierto
y la cama tremenda y la paz del fracaso
por si acaso te llaman y te dicen que he muerto.



Yo sé las horas blandas del amor
y la tristeza…
Yo sé de la tarde,
de su luz de jardín
y soledad de campo.




III


Yo conozco un camino
de pinares ardiendo
que recorro cansado
y que nunca abandono
por si acaso te inventas
una sombra que afirme
la presencia en tu carne.
 
Y conozco una casa
donde vuelvo despacio
recogiendo los sauces
que poblaron el bosque
fugitivo y doliente
del momento templado
que me dieras ayer
al creerte en mis ojos. 

Yo conozco una isla
por detrás de mi vida
donde rema tu tiempo.
Una parte de mundo
que amanece de noche
si presuntas por mi,
unos libros antiguos
que contienen historias
buscadoras de luz
cuando cruza el invierno. 

Yo conozco un camino
de pinares que gritan
y destrozan la tarde
preguntando tu nombre.



IV



En el mar 
 que me ocupas,
como un náufrago inmenso
amanece flotando la mañana.

¿Por el muslo
de qué ola te llegaré
para romperme al aire
y rociarte de vida?
 

Ven,
en el mar que me ocupas 
como un náufrago inmenso
resplandecen las gaviotas
regalándome playas
que preludian tu fiesta.




VIl


Y se detuvo el campo en tu vestido.
Sobre tus ojos se vertía el cielo.
  
Una vez anhelaba tus palacios,
donde el amor te vio descalza
con sólo el viento.

 Y se detuvo el campo en tu vestido.
La hierba nos rozaba, pero lejos.


Una vez anhelaba tus palacios,
donde el amor tal vez te hallara
con sólo el fuego.



IX


Es lo que más me duele de todo lo que amo:
tu juventud incierta, el cruzar estaciones
sin pensar en saberlo, el poder olvidarnos
de la lluvia callada que los campos precisan,
el ponerle una acera
al sinfín de tu calle.


Y lo que más me duele de todo lo que amo
resiste en el quizás
del llegar a quererte para estar indefenso
y pedir que me abraces
mientras cierro los ojos
y susurras hermosa
que me quede tranquilo,
que tendrás tú cuidado
del reloj y la tarde.


Es lo que más me duele,
el tener que llamarte porque a veces no estás,
el buscarle una entrada a la historia prohibida,
el vivir al acecho de tu amable palabra.




ITINERARIO AL MAR


V
CANTO URBÁNICO


Distancia marginal, ¿dónde amanece?
Adversarios del hambre de las calles
el hambre nos asalta abandonados.
Abandonado vas y abandonados
nos silencia el amor, nos estremece.
Adversarios del frío de las calles


el frío nos asalta y siempre es tarde.
Mírate qué lejano en la avenida.
El sol te sobrecoge y todo es cero.
Mírame qué lejano y tan cobarde.
Va ligera de luz aquí la vida
y allí la muerte espera y yo la espero.


Distraídos a golpes contra el mundo,
nómbrame tan pequeño y tú gigante,
protector de este mar destinatario.
Sálvame, camarada, solitario.
En la paz día a día moribundo
el bosque es tempestad y militante.

Escríbeme a la paz al rojo vivo,
hora labrada en muertes sin memoria.

Llévame de repente hasta el infierno.
Si de repente caes y sobrevivo.
de repente perdemos tanta historia
que irrumpe de repente el duro invierno.




VI

GRITO PRIMAL



Arrebatadamente tuyo, tierra,
oh sangre, arrebatadamente vuestro,
quiebra otra voz en ojos que se ignoran
y otra paz se desgarra en cementerios.


El porvenir es largo y duro y solo.
El futuro nos duele largo tiempo.

Oh muerte, arrebatadamente intensa,
oh llanto arrebatado, oh mar, espejos
donde se ataja tanta vida, bosques
absolutos, pequeña flor, silencio,
silencio al fin, silencio siempre y noches
porque a noche y silencio llegaremos.
Arrebatadamente tuyo, vida,
oh vida, arrebatadamente espero
un abismo de paz, quizás hoguera,
quizás lago, quizás amor, tremendos
gritos, ciudades, cuerpos profundísimos,
relámpagos que claman su derecho
de subir al origen, a los vientres
no raros sino tenues, sí imperfectos,
sí de carne entre sombras, sí mujer,
exacta de razón y día, pechos,
muslos, despliegue de diluvios vacuos,
plaza, destino, pozo azul, sendero.
 
Arrebatadamente todo, todos
desconocidos ya, perecederos,
damnificados, víctimas del aire,
de la existencia aquí rendida en fuego.