viernes, 20 de mayo de 2016

José del Río Sáinz

Luis Alberto de Cuenca escribe una introducción en las obras completas de este poeta santanderino. De ella extraemos lo siguiente.


JOSÉ DEL RÍO SÁINZ
es hoy, desde su estatua en el Sardinero de Santander, un poeta olvidado. Las lecturas obligatorias en los colegios e institutos han convertido la Literatura española en un catálogo de nombres reducidísimo, y los editores reproducen mil veces los mismos títulos bajo mil cubiertas diferentes, atentos sólo a que su autor esté incluido en las listas elaboradas por los pedagogos de turno.
Hace tiempo que José del Río dejó de estar incluido en listas de ese tipo, o quizá no lo estuvo nunca. De él, pues, hay que decirlo casi todo, desde el año de su nacimiento (1884) hasta el de su muerte (1964). Que fue marino mercante y periodista. Que publicó algunos de los libros de poesía castellana más deslumbrantes del siglo XX y algunos de los poemas dedicados al mar y a la navegación  más hermosos de las letras castellanas. Que en prosa se lució dando a las prensas unas magníficas biografías de Zumalacárregui y Nelson, además de un grueso y documentado volumen titulado Churchill y su tiempo. Que tuvo hijas e hijos, y que uno de éstos, José Luis del Río Setién, le dio tres nietos, dos hembras y un varón, y que este último, José del Río Mons, capitán de barco (como su abuelo) y fotógrafo, es quien firma conmigo esta edición.
Gerardo Diego lo incluyó en las páginas de su celebérrima Antología a partir de la segunda edición (Madrid, Signo, 1934), y redactó asimismo una veintena de extraordinarias páginas sobre él, rotuladas «José del Río, poeta», que, junto a una «Carta abierta» de Concha Espina, constituyen el pórtico de un florilegio de nuestro autor aparecido en Santander en 1953 y clausurado por un brillante epílogo de José María de Cossío.
Versos del mar y de los viajes, se publicó en Santander en 1912 (Establecimiento Tipográfico de «La Atalaya»). En ese tomo hay cuatro espléndidos sonetos iniciales, agrupados bajo el título genérico de «Ofrenda». Los tres primeros se dedican a las mujeres amadas por el poeta, al mar y a los amigos; así, por ese orden, como si lo primero fuese la mar y el mar no fuese más —ni menos— que el mejor amigo que Del Río Sáinz tuvo. Veamos esos cuatro sonetos, que por cierto presentan variantes con respecto a su versión definitiva, dentro de Versos del mar y otros poemas.
 
I
A todas las mujeres que he querido
con un amor fugaz: Mary, Esther, Cloe…,
cuyo recuerdo pálido el olvido
todos los días, poco a poco, roe;
a todas las que, alegres y galantes,
conocimos en esos cafetines
en que suelen gastar los navegantes
con larguezas de procer los chelines;
a todas les dedico hoy este libro
y, al evocarlas, como un arpa vibro…
Mi propia juventud es lo que evoco,
llena de luz, de encantos y de estrépito,
mientras solloza el corazón —¡el loco!—,
al verse más formal… y más decrépito.


II

Y a ti, ¡oh, mar!, que me diste las primeras
robustas sensaciones que he gozado;
comiere que remando en tus ¿aleras
me hubiste de tener como forzado.
Escuela de la vida, templo y atrio
en que el vivir cosmopolita y pícaro,
al alejarme del terruño patrio,
me dio la alada decisión de un Icaro.
A ti, a quien todo lo que soy le debo,
porque infundiste en mí un ánimo nuevo
y el vigor me inyectaste de tu yodo;
a ti también dedico estas estrofas,
en las que encierro el horizonte todo
que se abarca de pie sobre las cofas.


III

Y a vosotros, amigos, compañeros,
que escanciasteis conmigo el áureo vino
de los años felices y primeros
en todos los mesones del camino;
a vosotros, antiguos camaradas,
arcabuceros en el mismo tercio,
que hoy seguís sobre el mar vuestras jornadas,
tripulando los buques del comercio…
A todos os saludo. Ante vosotros,
pretendo que mis versos como potros
junto a la orilla de los mares troten,
¡y que, al sentir la orquesta de las olas,
como líricos látigos azoten
la inmensa superficie con sus colas!


IV

Mi propósito es éste: como pasa
la vida sin cesar, y ella es la única,
quiero ir tejiendo la inconsútil gasa
de los recuerdos, y formar mi túnica.
No es la ambición lo que hace que yo luche:
lo mismo que el muchacho enamorado
que conserva en el fondo de un estuche
las dulces cartas del objeto amado,
y después abre el cofre con frecuencia
y perfuma el erial de su existencia
con el mórbido aroma epistolar…
¡así yo quiero, cuando el tiempo corra,
que estos versos inunden mi mazmorra,
trayendo el aire bienhechor del mar!


De este primer y espléndido libro, dedicado íntegramente al mar, quiero recordarles a continuación uno de los sonetos más famosos de José del Río, el titulado «Las tres hijas del capitán», a un paso de lo kitsch, pero de impecable factura y gozosa memoria:

Era muy viejo el capitán, y viudo,
y tres hijas guapísimas tenía;
tres silbatos, a modo de saludo,
les mandaba el vapor cuando salía.
Desde el balcón que sobre el muelle daba
trazaban sus pañuelos mil adioses,
y el viejo capitán disimulaba
su emoción entre gritos y entre toses.
El capitán murió… Tierra extranjera
cayó sobre su carne aventurera,
festín de las voraces sabandijas…
Y yo sentí un amargo desconsuelo
al pensar que ya nunca las tres hijas
nos dirían adiós con el pañuelo…



NOCHE DE TORMENTA

Entreabrimos los ojos alarmados:
desde el lecho se sienten y se escuchan
unos pasos confusos y agitados,
como de hombres que corren o que luchan..
—¡Todos arriba! ¡Estamos sin gobierno!—
¿Quién al oír tal grito no despierta
en una noche cruda del invierno
en que barren las olas la cubierta?
Entre el ciclón se escucha la angustiosa
voz del piloto que a la gente acosa
para doblar la fe con que trabaja…
Nos vestimos a oscuras y salimos,
¡y pensamos si acaso es la mortaja
la ropa que temblando nos vestimos!



LUZ POR LA AMURA

Entre el ronco gemido de las olas,
única estrofa de la noche oscura,
se oye clara la voz de los serviolas,
que anuncian una luz por una amura.
Es un vapor; su luz no se confunde,
y en las nubes que velan su reflejo
tiembla sobre las olas y se hunde
cual si huyera de nuestro catalejo.
La soledad monótona del viaje,
al surgir esa luz, al fin se quiebra;
el corazón le rinde un homenaje.
¿De qué nación será? No importa nada,
y bebemos un vaso de ginebra
a la salud del nuevo camarada.



La ola, con titánicos alientos,
bate el vapor; su mole ingente y ruda,
al chocar, se deshace en mil fragmentos
y vuelve a ser después agua menuda.
Así quisiera ser. Su poder ciego
tener un instante reunido
para lograr un ideal y, luego,
deshacerme en las rocas del olvido.
Vivir la vida en una hora sola…,
mas vivirla lo mismo que la ola,
con su ímpetu brutal y con su fuerza.
¡Y no el largo vivir de débil caña,
que teme siempre que el turbión la tuerza
o que la ahogue el cieno que la baña!




REGRESO

Otra vez, Santander, aquí me tienes,
descansando en la paz de tu bahía;
¡dame, para ponérmela en las sienes,
la corona de tu melancolía!
El ancla he echado en ti breves momentos.
después de recorrer medio planeta;
¿adónde los caprichos de los vientos
llevarán de mi vida la veleta?
Vengo a sentarme, lleno de fatiga,
bajo la sombra de la puerta amiga
que cobijó a los míos, veneranda…
Quizá el camino tomaré de nuevo
cuando vuelva a gritar «¡Álzate y anda!»
el ansia aventurera que en mí llevo…




Antes de que la muerte helada bese
mi frente que el cansancio hunde en la almohada
—un cansancio mortal de no hacer nada—,
lanzo a la noche hostil mi S.O.S.
No es que pida favor ni me confíese;
a nadie se dirige mi llamada:
es como una botella que lacrada
sobre las aguas de un naufragio fuese.
Sólo un alma gemela, no sé dónde,
quizá logre entender lo que se esconde
en las tres letras —clave y anagrama—.
¡Alma que no conozco y que adivino,
que no he encontrado nunca en mi camino,
que no sabe de mí, mas que me llama…!


Gerardo Diego saludó en él al orfebre del verso, subrayando también sus ripios. Quizá sean  esos descuidos los que hacen más sabrosa hoy la lectura de su obra, máxime para aquellos que, como yo, apreciamos en el arte, sobre todas las cosas, la rara mezcla de lo negligente y lo perfecto.
Luis ALBERTO DE CUENCA
Madrid, septiembre de 1999





BURGOS

La calle tiene el nombre de un héroe medieval;
huele a humedad de siglos y a vieja judería;
al fondo se recorta la enorme catedral,
entre cuyos encajes de piedra muere el día.
Al pasar, una vieja reza una avemaría
y ante una cruz se signa: Por la santa señal…
Una luz cadavérica muestra la mancebía,
donde se rinde culto al pecado mortal.
Entramos. Junto al fuego de un brasero sentados,
taciturnos y mudos, están cuatro soldados
y un joven flaco y pálido, quizá un seminarista,
y la Ester y la Gloria y la Pelos Quemados,
envueltas en mantones, con los rostros pintados
como tristes payasos que salen a la pista.
El ama, una grotesca anciana de ojos crueles,
que la peluca adorna con fingidos claveles
y en un largo descote muestra los pechos secos,
nos recibe extremando cortesías y mieles
mientras zurce y repasa un chal de largos flecos;
y a los del grupo dice:
—Para pelma ya basta,
con que ahuecando, hijos, que aquí hace falta pasta
y no he visto a ninguno sacar una moneda.
Y se van los del grupo, sombríos, maldicientes;
mascullando una fiera amenaza entre dientes,
y un instante en silencio la triste sala queda.
A una señal del ama, las tres pobres cautivas
nos rodean, fingiendo palabras afectivas;
nosotros les pagamos con unas frases bellas,
como se le da a un pobre una limosna al paso,
y al ama le mandamos que saque unas botellas,
y las tres van bebiendo por turno en nuestro vaso.
Y después la más triste, la de cara de enferma,
es la elegida para que con nosotros duerma,
y en el lecho que ha visto tantas gentes beodas,
igual que a una princesa en su noche de bodas,
le guardamos respetos de sabor conyugal,
evitándole toda liviandad y molestia.
¡Oh el agradecimiento de aquella pobre bestia
ante nuestra limosna de amor y de ideal!
Cuando un beso le damos y a la calle salimos
el sol está en el cielo, y en el alma sentimos
una voz que nos dice que la acción fue piadosa,
que de amor las limosnas también a Dios son gratas;
y bajando por unas negras escalinatas
en las que el musgo, libre de todo ultraje, medra
 –por ellas sólo cruzan rameras y beatas–
Como confirmación de la íntima doctrina,
un santo nos sonríe desde su honda hornacina
con su rostro de piedra…




LA VENDEDORA DE SUS HIJAS

A la vieja esquelética que iba por los vapores
recogiendo las sobras de los ranchos, un día
en que la sangre ardía con los fuertes licores
dijimos si un duro ganar la convenía.
Cuando vio la moneda en nuestras sucias manos
brillaron de tal modo sus pupilas cansadas
como deben brillarles a los tigres hircanos
ante las tiernas presas recién despedazadas.
—Mira —le dijo un mozo de los más satisfechos—
deseamos mujeres que tengan buenos pechos
y lindos rostros ;sabes? Que sean jovencitas.
Las pagaremos bien; tú ganarás tu duro.
Dio un suspiro la vieja, recogió sus marmitas
y diciendo: Hasta luego, se alejó por el muro.
Volvió al cabo de un tiempo: iban con ella dos
Muchachas; ¡qué magnífico y galante trofeo…!
Eran las más perfectas creaciones de Dios,
o al menos nos lo hacía creer nuestro deseo.
Se cubrían de andrajos, pero la hosca pobreza
no rompía el encanto de la carne fragante;
el dolor sublimaba la florida belleza
y la hacía más noble y más interesante.
Las fueron poseyendo los marinos borrachos,
los grumetes imberbes y los barbudos machos
en todas las literas y en todas las yacijas.,
Y la vieja cobró por ellas su dinero…
¡Porque las dos muchachas eran sus propias hijas,
según contó entre risas, luego, un carabinero!




A esta vieja cocota que queda en el café
después que ya se han ido todos los parroquianos
y a la que el camarero hace poner en pie
y despide con unos modales inhumanos…
A esta vieja cocota que el espanto refleja
del porvenir sombrío, sobre el mismo sofá
nuestros ojos la han visto irse haciendo muy vieja,
cual la benaventina y triste Maestá…
Hace ya muchos años venía acompañada
de jóvenes apuestos, ¡la falange sagrada
de amor!, y bebían champán como hijos pródigos.
Triunfaba en esos días su carne perfumada
de la moral austera sobre los vanos códigos…
Después ya vino sola con hombres misteriosos
que al ver la policía huían cautelosos;
ya eran pobres sus galas y cursi su sombrero…
Hoy ya se queda sola sin que nadie la llame;
sólo a veces la lleva borracho algún cochero
para saciar con ella algún capricho infame.
Esta rema caída, esta vieja cocota,
que duerme sobre el mármol igual que una marmota,
una noche al cerrarse no se despertará…
y cuando el camarero la empuje con su bota,
caerá bajo el sofá.



ALBA

… y mi padre me dijo, mostrando mi equipaje,
este pobre equipaje de humildes cosas lleno:
—Abrázame, hijo mío; sal a tu primer viaje,
empieza ahora tu vida, sé valeroso y bueno.
Y salí por el mundo; dejé mi casa clara,
subí a un tren y a lo visto apenas daba crédito;
era como de un sueño la perspectiva rara
de los nuevos paisajes y el panorama inédito.
Bilbao, ese gran puerto, llenó mi alma de asombros;
parecía que el mundo gravitaba en mis hombros
y me sentí vencido con ganas de llorar.
El barco, el primer barco, fue como un calabozo.
El capitán me dijo:
—Hay que ser hombre, mozo.
Y me pareció aquella la enorme voz del mar. 



LAS MISSES DEL MUELLE

Como única alegría de estas grises
tardes inglesas, a mirarnos vienen,
desde los muelles, unas lindas misses,
que un dulce encanto de balada tienen.
El bando juvenil nos examina
y nos observa con sus ojos claros,
y en los rostros risueños se adivina
que les debemos parecer muy raros.
Murmuran entre sí, y una guitarra
que una canción de Málaga desgarra,
excita su atención y las conmueve…
¡Oh misses de facciones candorosas!...
¡al veros he aprendido que en la nieve,
igual que bajo el sol, nacen las rosas!




PILOTOS

Diez y nueve años, fuego en las miradas,
infantil el alma, fiero el corazón;
azules las gorras y galoneadas,
así los pilotos del comercio son.
Cuando a tierra saltan, en grupo ruidoso
cantan y se ríen como granaderos;
de los viejos puertos turban el reposo
y son la esperanza de los taberneros.
Todas las tabernas del muelle conocen
cuánta es su alegría. No hay en ellas mueble
que tras de sus cenas ellos no destrocen,
ni baile que el brío suyo no despueble.
Pero saben todos que al saldar la cuenta
pagan largamente todos estos daños.
Son de dinamita ruidosa y violenta
sus escandalosos diecinueve años
y los taberneros los ven complacidos;
el vino en sus mesas forma rojos charcos,
y cuando se encuentran borrachos perdidos,
en coches los llevan de vuelta a sus barcos.
Todas las muchachas de los cafetuchos
suspiran por ellos, les brindan su amor
y sus confidencias reciben a escuches
junto a ellos sentadas en el mostrador.
Diecinueve años vividos de prisa,
diecinueve años con sed de placer;
son heraldos suyos la riña y la risa
y hay siempre en sus labios besos de mujer.
Los guardias les temen por su borrachera,
que es la más furiosa, la más pendenciera
—bien lo prueban muchos uniformes rotos—.
¡Flor brava de raza, juventud triunfante,
vida escandalosa! Tal son los pilotos
de la pintoresca marina mercante.





LAS PENAS DEL NAUFRAGIO

Ante las rocas grises, cenicientas,
el corazón sobrecogido late;
parecen unas tristes osamentas
tendidas en un campo de combate.
Sentimos como un fúnebre presagio
que de espanto la frente deja fría;
¡en esas peñas ocurrió el naufragio
de un buque de la misma Compañía!
Suben todos a verlas; en la borda
toda la dotación dobla los codos.
Se oye el rumor de la resaca sorda,
que en nuestras almas temeroso zumba,
mientras pensamos en silencio todos
en qué mares tendremos nuestra tumba.





EL PERRO DE A BORDO

Un maretazo rápido y aleve
lo llevó de cubierta a nuestra vista;
fue su agonía dolorosa y breve
y aún el trágico lance nos contrista.
Era el más viejo del bajel. Cogióle
el capitán en una playa hambriento,
y, como a un nuevo tripulante, diole
sitio en el rancho y pródigo sustento.
Era el guardián del buque; sus melenas
agitaba magnífico en sus rondas.
¡Con qué furor ladraba a las ballenas!
Todos vimos su muerte doloridos,
¡y aún nos parece oír bajo las ondas
el fúnebre clamor de sus ladridos!






EL PASO DE LA LÍNEA

La Equinoccial cruzamos. Hubo fiesta,
y en la paz religiosa del ambiente
se oyeron los acordes de la orquesta
como un suspiro de la patria ausente.
Era vulgar la música —una flauta
y un áspero acordeón —pero sonando
en medio de la mar, el pobre nauta
hallaba su sonido dulce y blando.
Con la voz de la música allí hablaba
la patria ausente. Vi como surcaba
amargo llanto alguna tez broncínea.
¡Oh santo amor a los paternos lares,
que nos haces llorar ante una línea
invisible tendida entre los mares!





RIO JANEIRO

Unos tragos de vino del Ribeiro
solemnizan el término del viaje…
En lontananza está Río Janeiro,
como un edén en medio del boscaje.
Alza su mole verde el Pan de Azúcar
y el Corcovado su empinada espalda;
como la margen del nativo Júcar,
el Amazonas baña una esmeralda.
Antes que el sol de América se ponga,
daremos fondo en medio de la oblonga
boca, que es la antesala del gran puerto.
Y al fatigado marinero alegra
la perspectiva del café-concierto
donde canta los fados una negra.



 
LA NOCHE PAVOROSA

La noche es pavorosa. Nunca tantos
horrores tuvo un trágico momento…
y sentimos la angustia y los espantos
que paralizan hasta el pensamiento.
Se siente como un fúnebre presagio;
a nuestros pies se ve abierto el abismo:
¡la idea obsesionante del naufragio
de todos se apodera a un tiempo mismo!
En la caseta del timón dos rudos
marineros están; trágicos, mudos,
oyen del viento la gigante orquesta…
Uno rompe el silencio.
—Aquí el «Apolo»
se fue a pique una noche como ésta,
—dice sombrío —¡y me salvé yo solo!





EL DE LOS TRES NAUFRAGIOS

Se salvó en tres naufragios, y él lo cuenta,
con énfasis pueril y tosco estilo,
siempre que una ocasión se le presenta
de reanudar de su relato el hilo.
Ésa es su vanidad, toda su historia;
de hilo vulgar están sus horas hechas
y ocupan por entero su memoria
esos tres episodios y tres fechas.
Él lo comprende con su rudo instinto
y todo lo refiere al triple drama:
—¡Fue al mes de naufragar el «Riotinto»…!
—¡Fue al año de salvarme del «Bahama»…!
Ello le da en el rancho, entre la gente,
prestigios y respetos. Cuando él habla,
ni respirar a los demás se siente.
Todos escuchan:
—«Me agarré a una tabla…»
Siempre hay un nombre trágico en su boca:
-Buen capitán aquel que vio él ahogarse
en el «Iberia».—Y cuando el nombre evoca
se ve a la sombra del ahogado alzarse.
Este hombre que ha asistido a tres naufragios
se cree inmortal; desprecia los presagios;
él tiene un amuleto que el mar trunca.
Y cuando el miedo pone livideces
en todos los demás, piensa él que ¡nunca
se puede ahogar quien se salvó tres veces!




LOS PIRATAS DEL MUELLE

¡Viejos figones de los muelles, viejos
hostales de las gentes más absurdas
que el temporal humano trae de lejos!
¡Pintorescas zahúrdas
de las que sale siempre un vaho de horno
y a cuyos muros las estampas burdas
o los viejos trofeos dan adorno!...
Ya es la Reina Victoria de muchacha,
en una estampa, o bien el Rey Alberto,
o entrelazada con un remo un hacha,
todo de polvo y moscas recubierto.
Nidos de amor donde a buscar su amante,
sucia piltrafa de un festín hediondo,
acude el tripulante
del vapor que ha acabado de dar fondo.
Teatro de indescriptibles zafarranchos,
antros que participan del aspecto
de los marinos ranchos
y del burdel abyecto.
Hay un cartel mugriento: «No se fía»,
y un tabernero de una faz sombría
que deja el suministro
y se esconde si ve a la policía
que entra a hacer un registro.
Por el muelle circula una leyenda
de robos y de sangre; se murmura
que la cueva profunda de la tienda
fue a veces sepultura.
Y que buscando allí con interés,
quizás un esqueleto
descubriera el secreto
del marinero inglés,
del marinero amigo de los lances
de amor y vino, a la prudencia sordo,
que un día en que cobrara sus avances
no volvió más a bordo.
Mas nadie se lo dice frente a frente
al temible patrón…; las meretrices
cuentan de él que es un hombre muy valiente
y que tiene en su piel diez cicatrices.
Hasta la misma policía evita
tener cuentas con él y le rehuye;
sólo de tarde en tarde le visita
cuando un proceso algún Juzgado instruye.
Es popular hasta en los más lejanos
puertos del mundo; en todos los vapores
saben tanto del peso de sus manos
corno de sus licores…
Pero hay un hombre que la frente baja
al oír su nombre ¡y que instintivo pulsa
en el hondo bolsillo la navaja
con la mano convulsa!

Ése es el vengador por el destino
escogido; y un día, cuando el vino
haya su efecto hecho,
se hallará frente a él sin saber cómo…
¡y le hundirá hasta el pomo
su cuchillo en el pecho!





EL TAMBOR DEL DRAK
«Demandez aux hommes du Devonshire,
Car ils onr entendu, dans le calme profond de la nuir
Le roulement du tambour, et ils l’ont vu, “lui”,
Passer sur son navire d’une blancheur aclarante…»

Un viejo romance del Devonshire cuenta
que los marineros de aquel rededor
alguna vez oyen, entre la tormenta,
el fiero redoble de un ronco tambor.
Muy de tarde en tarde el redoble suena
siempre que a Inglaterra sacude un turbión;
cuando una borrasca se desencadena
y pone en peligro la vida de Albión.
Los nautas conocen el redoble ingente;
del tambor del Drake el redoble es;
y ven a su héroe de pie sobre el puente
de una nave blanca, de blanco bauprés.
Pasa en su navío blanco y misterioso,
el mismo navío que llevó a Ultramar,
cuando frente al mundo iba valeroso
el inmenso imperio inglés a fundar.
Siempre que el redoble del Drake se escucha,
es que algún peligro Inglaterra ve;
es que algún peligro ingun.cn,
y hace falta un alma y hace falta fe…
y hace falta un alma y hace taita re…
Sir Francis acude sobre su bajel,
llevando en el tope las mismas divisas
que dio a sus marinos la reina Isabel.
Dicen los marinos que Nelson no era
más que el propio Drake que resucitó;
cuando al mundo vino la nación entera
el redoble fiero del tambor oyó.
Hoy, como hace siglos, a todo lo largo
del Devonshire suena el tambor marcial:
es que Albión de nuevo bebe un trago amargo
y a salvarla viene Drake el inmortal…
¿En qué cuerpo ahora tomará aposento
el alma del héroe para ir a la lid?
El redoble suena perdido en el viento,
rueda por las olas como un trueno.—¡Oíd!...




DETRÁS DEL FRENTE

La trompa apocalíptica de los juicios finales,
con su clamor de muerte, estremece la tierra;
y en las góticas torres de viejas catedrales,
entre tallas monstruosas de diablos y de efebos,
la lechuza sombría de la guerra
va incubando sus huevos.
El cielo es una hoguera en los tristes ocasos,
y el sol, en vez de vida, parece una amenaza;
en los pueblos desiertos el eco de los pasos
resuena como el ronco estruendo de una maza.
Nadie cruza las calles perdidas en tinieblas;
sólo unos perros flacos ensayan sus aullidos…
¡Oh, el dolor de esas pueblas,
Albert, Soissons y Royes,
por las que sólo cruzan los heridos
en trágicos convoyes!
Se huele a cloroformo. Detrás de esas oscuras
ventanas entornadas el drama se presiente;
se siente el dolor hondo de las primeras curas
sobre sucios camastros;
se ve de las camillas la procesión doliente
que deja rojos rastros.
Aquí es donde la lucha más bárbara se muestra,
aquí es el dolor frío, agudo y lacerante.
¡Felices esos pueblos que están en la palestra
mirando al enemigo magnífico delante!
Lo horrendo es este drama, el drama sordo y ciego,
entre silencios hoscos y fúnebres presagios,
de los pueblos situados tras la línea de fuego,
cual playas que recogen reliquias de naufragios.
No hierve aquí la sangre igual que en las trincheras,
no pasan los dragones altivos y soberbios,
no dan su vuelo al aire las mágicas banderas
ni se crispan los nervios.
Aquí es el dolor frío, la sensación de asco
de la carne llagada que entre trapos se esconde;
es la muerte alevosa que viene sobre un casco
de granada, caído de no sabemos dónde.
Se siente el dolor sordo y la cruel agonía
que hay de los hospitales en las fúnebres salas;
se ve a la cirugía
ensanchar las heridas abiertas por las balas.
Aquí esos mismos héroes probados en cien lides
pasean abatidos y llevan en su cara,
no el gesto legendario de Ayaxes y de Cides,
sino el cansancio impreso,
como si la tragedia sus hombros abrumara
con un horrendo peso.
A nuestra espalda suena un sordo fragor. ¿Oyes,
corazón? Son las ruedas de los tristes convoyes.
En vano es que preguntes; no habrá quien te conteste;
el alma de la guerra es cual la de la peste,
que ejecuta sus fallos si dar una razón.
¿Conoces algún drama que se compare a éste?
¡Responde, corazón!




RETRATO DE LEGIONARIO

¿Qué ensueño te ha llevado, Arturo Casanueva,
a alistarte romántico en esa heroica leva
que más que nuestro siglo recuerda otras edades?
Tú venías sufriendo la prisión de la prosa
en la cárcel dorada de las grandes ciudades.
Vivías las mezquinas y duras realidades,
pero soñabas una resurrección gloriosa.
Y de improviso oíste desde tu piso cuarto,
ese piso apacible de la fonda burguesa,
redoblar de tambores, y tú estabas ya harto
de una vida en las mallas del desaliento presa.
El redoble preñado de fieras arrogancias
te hizo bajar al medio de la gran vía enorme
y despertó en tu alma antiguas resonancias,
y te halagó el orgullo marcial de un uniforme.
Y viste a hombres quiméricos, locos, inadaptados,
con ojos de epopeya en la cara bisoña,
que cruzaban la calle fieramente agrupados
tras la extraña bandera del duque de Borgoña.
—¿Quiénes son? —preguntaste a un pollo decadente,
por el cuerpo y el alma ridículo adefesio.
—Son los locos del Tercio… —Y pasó por tu mente,
en su trotón de guerra, de su mesnada al frente,
por los campos de Holanda, Alejandro Farnesio.
Y te fuiste con ellos, colocaste en tus sienes
el chambergo rotundo de las hidalgas alas,
ese mismo chambergo que en el retrato tienes
como una golosina que brindas a las balas.
¿No ha sido ése el proceso de tu loca aventura,
que condenan de fijo, con censuras unánimes,
el bachiller y el ama, el barbero y el cura
y las gentes ecuánimes?
;No ha sido ese el proceso que así tu vida lleva
desde el siglo vigésimo al siglo diez y siete?
Tu retrato lo prueba;
retrato que parece por un Velázquez hecho,
y en el que te nos muestras, Arturo Casanueva,
con la mano apoyada en un viejo mosquete
y una cruz en el pecho.




¡Y ESTO FUE UN HOMBRE!

El olor de carroña lo delata.
Todo es una asquerosa gusanera;
una monda osamenta se recata
en un podrido paño de guerrera.
Esto fue un hombre, y en un día bello
como este en que vivimos, los despojos
tuvieron forma humana y un destello
de luz de juventud sobre los ojos.
Y hubo un amor quizás en su alma preso,
amor que aún flota fiel sobre el barranco.
Una novia esperaba su regreso,
quizá en un pueblo blanco.
Y un cráneo noble en el que acaso hirviera
como en una caldera
de una idea genial la viva lumbre…
¡Y todo se trocó en la gusanera
que nos lanza su hedor de podredumbre!




SAN SEBASTIÁN DE GARABANDAL

Algunos días, por las mañanas,
bajo las viejas, nobles ventanas,
se escucha el canto de las campanas
de los rebaños, voz de cristal;
se oye el mugido grave del toro
y los pastores cantan a coro
el romancesco nombre sonoro
del alto puerto y el invernal:

¡San Sebastián de Garabandal!

Parece un eco del Romancero,
huele a lentisco, huele a romero
y evoca el nombre de un milagrero
santuario viejo, hosco y feudal.
Oculta el puerto la niebla densa
que Peña Sagra, nevada, inmensa,
en su empinado cuerno condensa
y baja al valle como un cendal:

¡San Sebastián de Garabandal!

Marcha solemne la del ganado
que va hacia el puerto; con su cayado,
guía el vaquero el sosegado
ritmo del paso por la canal:
las ternenllas dulces y castas,
las vacas viejas de líneas bastas
y el toro enorme de enormes astas,
rey coronado, bestia imperial:

¡San Sebastián de Garabandal!

Y el viejo perro, que en su pelambre,
recia y tupida como un estambre,
guarda la huella de un lobo en hambre
con cada diente como un puñal,
va flanqueando el paso lento
de la cabaña, la cola al viento
y entre la yerba, a todo atento
bajo el hocico chato y leal:

¡San Sebastián de Garabandal!

Clamor agreste de los mueidos,
de las esquilas, de los ladridos
sones dispersos, todos fundidos
en una sola voz pastoral,
que canta el himno del alto puerto,
por la neblina siempre cubierto,
y donde espera franco y abierto
con sus establos el invernal,
que tiene un nombre grave y guerrero
de verso suelto del Romancero:

¡San Sebastián de Garabandal…!





AMBICIÓN

Bien ¡oh Señor! A mi ambición humillas.
Lo que anhelaba era insensato anhelo,
y lo pedí temblando, de rodillas,
como se pide para el alma el cielo.
Ahora que has confundido mi demencia,
comprendo que ofendí tu santo nombre:
quise que fuera un cielo la existencia,
como antes de pecar el primer hombre.
Yo te pedí, Señor, el pan seguro;
no el rico pan; el pan honrado y duro
que el amor laborioso sólo amasa…
Y unas monedas de plebeyo cobre
para dar en la puerta de mi casa,
todos los días, con mi mano, a un pobre…

Yo te pedí el caudal de la modestia,
no el oro del placer artero y vano;
no el brioso corcel, la mansa bestia
que ayudara al esfuerzo de mi mano.
Y no saber lo que saber no importa,
ni consumirme en esta fiera llama…
La vida así sería dulce y corta,
y al morir, ver en torno de mi cama,
escuchando mi adiós, la prole llena
del sentimiento de mi propia vida,
y a la esposa leal, la esposa buena,
por el trabajo y el amor ungida.
Era mucho pedir, y me humillaste;
la vida es padecer, y me dejaste
estas horas absurdas y terribles
a que está mi existencia encadenada…
¡Ansias, pasiones, sueños imposibles:
ambicionarlo todo y no ser nada!




CANCIÓN DE CUNA
Al niño José Antonio A. Celada Soto

Niño, letra inicial,
de un párrafo que empieza,
mayúscula florida de un gótico misal
de los ritos de la Naturaleza.
¿Qué dirá ese capítulo en sus líneas finales?
Los puntos suspensivos, ¿Qué ocultan cautamente?
Hay temblor de esperanza y un perfume de futuros rosales
en la fresca manzana de tu rostro inocente.
Niño, hombre de mañana, capitán o maestro,
X tras de la cual caben mil soluciones:
que Dios ponga en tu frente el pámpano o el estro,
o las virtudes, o las pasiones…
Algo que de tu vida haga fuente o centella,
o llamaradas rojas o santas dulcedumbres,
o Aldebarán o Sirio. Pero siempre alta estrella
cualesquiera que sean los paisajes que alumbres…





JESÚS QUE VUELVE

Hermanos, salgamos.
De Sión pongamos en las viejas vías
guirnaldas y flores, laureles y ramos,
que viene el Mesías…
El Mesías llega,
aunque el mal sacrílego nos dice que tarda;
en un mar de sangre el mundo se anega
y el pueblo gimiendo su venida aguarda.
Le aguarda; en su duelo
la gente comprende que la salvación
podrá solamente venirnos del cielo…
y al cielo los ojos levanta Sión.
Ya se le presiente
sobre su jumento pacífico y tardo,
con un claro nimbo de luz en la frente,
que es como una estrella en el cielo pardo.
Ya se le adivina:
ya cae de los ojos la trágica venda;
desciende risueño la roja colina
y surge en el fondo de la árida senda.
Hombres rencorosos, criaturas crueles,
ahogad el encono que os muerde las almas.
¡Jesús no bendice los fieros laureles
ni las rojas palmas!
Las palmas y lauros que al Justo circundan
no son las ganadas en bárbara liza;
son las que el trabajo y el amor fecundan;
con ellas su reino de paz simboliza.
Hermanos, salgamos
hasta los umbrales de nuestras moradas
llevando palmeras, guirnaldas y ramos,
que ya del Mesías se oyen las pisadas…
El bárbaro ciclo de sangre y de luto
se cierra; la espada El quiebra en el cinto
y en los corazones Él ahuyenta al bruto
feroz del instinto.
Jesús se aproxima. ¡Benditas sus manos!
Las manos que pueden domar a las fieras,
juntar a los hombres lo mismo que hermanos
y hundir en el polvo las negras banderas.





LA PRIMERA CRUZ

España rompió el mito y disipó las brumas
que envolvían el bosque, para que entrase el sol;
hubo un temblor fantástico y un vuelo de mil plumas
sobre el yelmo de acero del primer español.
Los pájaros enormes, de especies ya extinguidas,
pájaros imperiales de galas policromas,
hendieron con sus alas en trágicas huidas
el aire saturado de bárbaros aromas.
Las bestias de las cuevas, las bestias indolentes,
que no sintieron nunca miedo en su vida brava,
como liebres medrosas, entre un chascar de dientes,
huyeron ante el paso del hombre que llegaba.
Y hasta los mismos árboles de troncos milenarios
sacudieron la pompa de sus ramajes bellos,
como una pleitesía hacia los temerarios
seres desconocidos que llegaban a ellos.
El templo fue violado, los ídolos vencidos,
y el héroe castellano plantó en medio la Cruz,
y a todas las guaridas, las ramas y los nidos
llegó el raudal de luz.
Y el héroe castellano, en medio de la pompa
de la selva vencida, hizo sonar su trompa,
la trompa que a los siglos anunciaba su hazaña,
y del bosque sombrío en el mágico seno,
con un fragor de trueno,
sonó el nombre de España.
Con la primera leña del primer tronco hendido,
entre el terror de aquella naturaleza hosca,
el rudo aventurero que la había vencido
labró devotamente la primera Cruz tosca.
La Cruz, sobre la selva del hombre aún enemiga,
fue como una simiente que doró el sol de fuego,
y granó como una maravillosa espiga
en mil granos, mil pueblos que el hombre ensanchó luego.
¡Pueblos de las colonias, obra de fe y cariño,
ranchos de los indígenas, poblados de fortuna!...
Los árboles cantaban a cada pueblo niño
que nacía a su sombra, una canción de cuna.





UN TORERO ANDALUZ

Ronda, misterio y rejas, viejo burgo roquero,
vio nacer a este mozo; su genio tutelar
fue en su cuna la sombra de don Pedro Romero,
el torero de copla, el héroe de cantar.
Las mocitas de Ronda que le amaron primero
aún esperan al mozo que salió a torear.
¡Ay mocitas de Ronda! El mocito torero
se ha perdido en el mundo como un río en el mar.
No le esperéis transidas como humanas pavesas;
al mocito de Ronda hoy sonríen marquesas
desde palcos que adornan un tapiz y un blasón.
Y las novias de Ronda de las citas primeras
son tan sólo cenizas de apagadas hogueras…
Con el viento del triunfo se le heló el corazón.