sábado, 17 de octubre de 2015

Cuentos. Lydia Davis.

Nació en 1947 en Northampton, Massachusetts. Es profesora de creación literaria en la Universidad de Albany (SUNY). 
"Sus segmentos en prosa alcanzan un nivel de intensidad y concisión que los sitúa en las inmediaciones de la poesía o la iluminación filosófica. Uno de sus más rendidos admiradores, Jonathan Franzen, trató de zanjar el asunto, refiriéndose a ella como “una suerte de Proust del relato breve”. Obtuvo  la concesión del Premio Internacional Man Booke." (De la entrevista en El País de Eduardo Lago). 
Ha publicado seis libros de cuentos habitualmente breves (o brevísimos), con un toque de humor, entre los que destacan: The Thirteenth Woman and Other Stories (1976), Break It Down (1986) o Varieties of Disturbance (2007). Han aparecido varias antologías suyas; y en 2009 recopiló sus cuentos en The Collected Stories of Lydia Davis, traducida al español.
Se dice que sus relatos son poéticos, filosóficos, prosas varias o simplemente retratos de vidas a menudo derrotadas. Conocida asimismo como crítica literaria.
Davis es miembro de la American Academy of Arts and Sciences desde 2005. Ganó el MacArthur Fellows Program, de 2003; y fue finalista del National Book Award Fiction, en 2007. Por sus traducciones ha sido galardonada en Francia. (De Wikipedia).

Aquí hay un enlace a un trabajo sobre ella de Alicia Guerrero: 
http://www.thecult.es/libros/escribir-una-historia.html
 
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas de garaje, porque no sé cuál es su puerta de garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadare, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, pero ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos I ap« está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron al cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé yo dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera a por cerveza.
El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si lo que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto; si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no; cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.



La espina

Hace muchos años, mi marido y yo vivíamos en París y traducíamos libros de arte. Todo lo que ganábamos lo gastábamos en el cine y en comida. Casi siempre íbamos a ver películas americanas antiguas, que allí estaban muy de moda, y comíamos mucho en la calle porque los restaurantes eran baratos entonces, y ninguno de los dos guisábamos muy bien.
Una noche, sin embargo, preparé para cenar filetes de pescado. En teoría, los filetes no tenían espinas, pero en uno debía de haber quedado una espina pequeña, porque mi marido se la tragó. Se le clavó en la garganta. Era algo que nunca nos había pasado a ninguno de los dos, aunque la posibilidad nos preocupara siempre. Le di pan, se bebió muchos vasos de agua, pero la espina estaba bien hincada, y no se movía.
Horas después, el dolor se había intensificado y mi marido se sentía cada vez más preocupado, así que salimos del apartamento y nos lanzamos a las oscuras calles de París en busca de ayuda. Nos dirigimos, primero, al entresuelo de una enfermera que no vivía muy lejos, y la enfermera nos mandó al hospital. Anduvimos un rato y encontramos el hospital en la rue de Vaugirard.  Era antiguo y bastante oscuro, como si ya no tuviera mucha actividad.
Dentro, esperé en una silla plegable, en un amplio pasillo cerca de la entrada, mientras mi marido, tras una puerta cerrada, se sentaba entre varias enfermeras que querían ayudarle, pero lo único que hacían era echarle un spray en la garganta y luego retrocedían y se reían, y él también se reía, tanto como podía. No sé de qué se reían. 
Por fin llegó un médico joven y nos llevó a mi marido a mí a través de pasillos desiertos y dos zonas del oscuro hospital, hasta un ala vacía donde había otra sala de reconocimiento en la que disponía de instrumental especializado. El ángulo de curvatura de cada instrumento era distinto, pero todos acababan en la misma especie de garfio. Bajo una única fuente de luz, en la sala en sombras, insertó instrumento tras instrumento en la garganta de mi marido, trabajando con intenso interés y entusiasmo. Cada vez que insertaba un nuevo instrumento, mi marido sufría una arcada y agitaba las manos en el aire.
El médico extrajo por fin la minúscula espina de pescado y la mostró con orgullo. Los tres sonreímos y lo celebramos.
El doctor nos condujo de vuelta por los pasillos vacíos, hasta la entrada abovedada, que había sido construida para recibir a los carruajes tirados por caballos. Nos quedamos allí un momento, charlando, mirando las calles vacías del barrio, y luego nos estrechamos la mano, y mi marido y yo nos fuimos a casa.
Más de diez años han pasado desde entonces, y mi marido y yo hemos seguido distintos caminos, pero, de vez en cuando, cuando nos vemos, recordamos a aquel joven médico. «Un gran médico judío», dice mi marido, que también es judío.


Algunos de mis defectos

Dijo que yo tenía cosas que desde el principio no le habían gustado. No lo dijo de una manera desagradable. El no es una persona desagradable, por lo menos a propósito. Lo dijo porque yo pretendía que me explicara el motivo para cambiar tan de repente su opinión sobre mí.
Quizá les pregunte a sus amigos lo que piensan sobre el asunto, porque ellos lo conocen mejor que yo. Lo conocen desde hace más de quince años, mientras que yo sólo lo conozco desde hace diez meses. Les tengo aprecio, y ellos parecen tenérmelo a mí, aunque no nos conozcamos muy bien. Lo que me gustaría es comer o tomar una copa con, por lo menos, dos o tres de ellos, y hablar de él hasta hacerme una idea más precisa de cómo es.
Es fácil llegar a conclusiones falsas sobre la gente. Ahora comprendo que durante todos estos meses sólo he llegado a conclusiones falsas sobre él. Por ejemplo, cuando creía que iba a ser desagradable conmigo, era agradable. Y, cuando creía que iba a ser cariñoso, sólo era educado. Cuando pensaba que le fastidiaría oír mi voz al teléfono, a él le gustaba. Cuando creía que se iba a pelear porque lo había tratado con frialdad, deseaba estar conmigo más que nunca y no reparaba en sacrificios ni en gastos con tal de pasar un rato juntos.  Entonces, cuando ya pensaba que era el hombre que me convenía, él, inesperadamente, dio la relación por terminada.
No me esperaba la decisión, aunque durante el último mes yo notaba cómo se iba alejando. Por ejemplo, no escribía con la misma frecuencia que antes, y además, cuando estábamos juntos, me decía más cosas desagradables que nunca. Cuando se fue, yo ya sabía lo que él pensaba. Se tomó un mes para reflexionar, y yo sabía que existía un cincuenta por ciento de posibilidades de que me dijera por fin lo que acabó diciéndome.
Supongo que no me esperaba la decisión por las esperanzas que albergaba entonces, por lo que soñaba para él y para mí: los sueños de siempre sobre una casa preciosa y unos niños preciosos y los dos juntos, trabajando en la casa al anochecer mientras los niños dormían, y más sueños, sobre los viajes que haríamos juntos, y cómo aprendería yo a tocar el banjo o la mandolina, para acompañarlo, porque tiene una maravillosa voz de tenor. Ahora, cuando me imagino tocando el banjo o la mandolina, la idea me parece ridícula.
Todo acabó de la siguiente manera: me llamó por teléfono un día en el que no solía llamarme y me dijo que por fin había tomado una decisión. Luego me dijo que, a causa de que le había costado mucho llegar a una conclusión, había redactado algunas notas sobre lo que iba a decir, y me preguntó si me importaba que me las leyera. Le dije que sí que me importaba. Me dijo que por lo menos debería mirarlas de vez en cuando mientras me hablaba.
Entonces habló de un modo muy razonable sobre las mínimas posibilidades de que fuéramos felices juntos, y sobre convertir lo nuestro en simple amistad antes de que fuera demasiado tarde. Le dije que estaba hablando de mí como si fuera un neumático viejo que amenaza con estallar como si fuera un neumático viejo que amenaza con estallar en plena autovía. Eso le hizo gracia.
Hablamos sobre lo que había sentido por mí en distintos momentos, y sobre lo que había sentido yo por él en distintos momentos, y parece que nuestros sentimientos no casaban demasiado bien. Luego, cuando quise saber exactamente qué había sentido por mí desde el principio, intentando descubrir en realidad el punto máximo que sus sentimientos habían alcanzado, hizo esa afirmación rotunda a propósito de que yo tenía cosas que desde el principio no le habían gustado. No pretendía ser desagradable, sólo rotundamente claro. Le dije que no le preguntaría a qué cosas se refería, pero ya sabía yo que acabaría reflexionando sobre el asunto.
No me gustó oír que yo tenía cosas que le fastidiaban. Era espantoso oír que determinadas cosas mías no le habían gustado jamás a alguien a quien yo quería. También él, por supuesto, tenía cosas que a mí no me gustaban, por ejemplo, la afectación con que introducía frases extranjeras en las conversaciones, pero, aunque yo había notado esas cosas, nunca se lo había dicho de un modo tan terminante. Pero, si me empeño en ser lógica, debo reconocer que quizá yo tenga algunos defectos, al fin y al cabo. El problema es saber cuáles son.
Durante varios días, después de hablar, intenté pensar en el asunto, y vislumbré varias posibilidades. Quizá no hablaba lo suficiente. A él le gusta mucho hablar y le gusta la gente que habla mucho. Yo no soy demasiado habladora, o, por lo menos, no tanto como a él parece gustarle. Se me ocurre alguna buena idea de vez en cuando, pero me falta información. Sólo puedo extenderme a propósito de cosas aburridas. Quizá le he hablado en exceso de lo que debería comer. Me preocupa cómo se alimenta la gente, y les digo lo que deberían comer, lo que es una lata, algo que a mi marido tampoco le gustó nunca. Quizá mencioné a mi marido con demasiada frecuencia, de modo que creyó que yo seguía pensando en mi marido, lo que no es verdad. Quizá le irritaba no poder besarme en la calle, por miedo a que mis gafas le saltaran un ojo, o a lo mejor simplemente no le gustaba estar con una mujer que usaba gafas, o no le gustaba tener que mirarme a los ojos siempre a través de esos cristales azulados. O no le gustaba la gente que apunta cosas en fichas, dietas alimenticias en fichas pequeñas y resúmenes de argumentos en fichas grandes. Es algo que ni siquiera me gusta a mí, y lo hago sin parar. Sólo es una manera de intentar ordenar mi vida. Pero puede que alguna de esas fichas cayera en sus manos.
No se me ocurrían otras cosas que pudieran haberlo fastidiado desde el principio. Por fin llegué a la conclusión de que jamás sería capaz de adivinar las cosas que a él le resultaban un fastidio. Imaginara lo que imaginara, seguramente no acertaría. Y, de todas formas, no iba a seguir intentando identificar mis defectos, porque, aunque adivinara cuáles eran, sería incapaz de ponerles remedio.
Más adelante, en el curso de la conversación, quiso decirme lo entusiasmado que estaba con su nuevo plan para el verano. Ya que no iba a pasarlo conmigo, había decidido viajar a Venezuela, para ver a unos amigos que hacían investigaciones antropológicas en la selva. Le dije que no quería oír nada de eso.
Mientras hablábamos por teléfono, yo bebía un poco de vino que había sobrado de una gran fiesta que acababa de dar. Inmediatamente después de colgar, volví a descolgar el teléfono e hice una serie de llamadas, y mientras hablaba acabé una de las botellas de vino empezadas y empecé otra, de un vino más dulce, y también acabé con ella. Llamé primero a alguna gente de la ciudad y luego, cuando ya era demasiado tarde para llamar, llamé a algunos conocidos de California y, cuando se hizo demasiado tarde para seguir llamando a California, llamé a alguien de Inglaterra. Que acababa de despertarse y no estaba de muy buen humor.
Entre una llamada y la siguiente me asomaba a la ventana y miraba la luna, que, aun estando en cuarto creciente. Brillaba de un modo extraordinario, y pensaba en él, y me preguntaba cuándo dejaría de pensar en él cada vez que viera la luna. La razón por la que pensaba en él cada vez que veía la luna era que, durante los cinco días y cuatro noches que habíamos pasado juntos la primera vez, hubo luna creciente y luego luna llena, las noches eran claras, estábamos en el campo, donde se ve más el cielo, y cada noche, tarde o temprano, salíamos a pasear juntos, en parte para alejarnos de los varios miembros de nuestras familias que se alojaban en la casa y en parte por disfrutar de los prados y de los bosques a la luz de la luna. El camino de tierra que bajaba de la casa hasta el bosque estaba lleno de baches y piedras, así que íbamos tropezando el uno contra el otro, cada vez más apretados en los brazos del otro. Hablábamos de lo agradable que sería sacar una cama al prado y dormir bajo la luna.
La siguiente vez que hubo luna llena, yo estaba de vuelta en la ciudad y la miré desde la ventana de un apartamento nuevo. Pensé que había pasado una luna desde que habíamos estado juntos, y que había pasado muy despacio. Desde entonces, cada vez que había luna llena y brillaba sobre los árboles del jardín, altos y frondosos, y sobre el alquitrán de los tejados planos y, luego, sobre los árboles desnudos y la nieve del invierno, pensé que había pasado otro mes, unas veces rápido y otras veces despacio. Me gustaba contar los meses así.
Era como si él y yo contáramos el tiempo que pasaba, esperando que pasara y llegara el día en que volveríamos a estar juntos. Éste fue uno de los motivos por los que dijo que no podía seguir con lo nuestro. Y puede que tenga razón, no es demasiado tarde para que nos convirtamos en simples amigos, y así de vez en cuando hablará conmigo a larga distancia, casi siempre sobre su trabajo o mi trabajo, y me dará buenos consejos o un plan de acción cuando lo necesite, y entonces se llamará a sí mismo algo así como mi «éminence grise».
Cuando terminé de hablar por teléfono, estaba demasiado mareada para irme a dormir, por el vino, así que puse la televisión y vi algunas películas de crímenes, alguna comedia, y por fin un programa sobre gente rara procedente de todo el país. Apagué el televisor a las cinco, cuando había ya luz en el cielo, y me dormí sin darme cuenta.
Es verdad que, cuando la noche terminó, ya no me preocupaban mis defectos lo más mínimo. A esa hora de la mañana, habitualmente consigo abstraerme de todo, como si estuviera en una dársena, rodeada de agua, donde no me abrumara ese tipo de preocupaciones. Pero siempre habrá un momento, ese día o un par de días después, en que volveré a plantearme esa difícil cuestión, una vez o muchas veces, una pregunta inútil en el fondo, porque no soy yo quien puede responderla, y cualquier otro que lo intente propondrá una respuesta distinta, aunque obviamente la suma de todas las respuestas quizá sea la correcta, admitiendo que exista una respuesta correcta para una pregunta así.


Dos hermanas

Aunque todos desean que no suceda, y aunque sería mucho mejor que no sucediera, a veces sucede: nace una segunda hija y hay dos hermanas.
Por supuesto, cualquier hija, que llora en el momento de nacer, sólo es un fracaso, y es acogida por el padre con un peso en el corazón, puesto que el hombre quería hijos. Vuelve a intentarlo: vuelve a ser una hija. Y esta vez es peor, pues es la segunda hija; luego viene la tercera, e incluso la cuarta. El padre es desgraciado entre hembras. Vive, desesperado, entre sus fracasos.
Afortunado es el hombre que tiene un hijo y una hija, aunque corre un gran riesgo al intentar tener otro hijo. El más afortunado es el hombre que tiene sólo hijos, pues puede insistir, hijo tras hijo, hasta que llegue la hija, y tendrá todos los hijos que desee y, además, una hijita que adorne la mesa. Y, si la hija no llega nunca, ya tiene una mujer, en su esposa, la madre de sus hijos. Él no lleva un hombre dentro. Dentro sólo lleva a su mujer. Ella, que no tiene mujer, quizá desee una hija, pero sus deseos apenas son audibles. Porque ya ella es una hija, aunque probablemente no vivan sus padres.
La hija sola, la única hermana entre muchos hermanos, oye la voz de su familia y se siente satisfecha consigo misma y feliz. Admiran su delicadeza y sosiego frente a la brutalidad y la capacidad de destrucción de sus hermanos. Pero, cuando son dos hermanas, una es más fea y más desgarbada que la otra, una es menos inteligente, una es más promiscua. Incluso cuando todas las mejores cualidades coinciden en una sola hermana, como sucede con mucha frecuencia, esa hermana no será feliz, porque la otra, como una sombra, seguirá sus éxitos con envidia.
Dos hermanas se hacen mujeres en momentos distintos y se desprecian por ser tan infantiles. Se pelean, se sofocan. Si hay una sola hija, siempre será Angela, pero, cuando son dos, pierden el nombre y, como resultado, se vuelven más tercas.
Las hermanas suelen casarse. A una el marido de la otra le parece vulgar. La otra usa a su marido como un escudo contra su hermana y contra el marido de la hermana, a quien teme por su ingenio agudísimo. Aunque las dos hermanas se esfuerzan en ser amigas para que sus hijos tengan primos, a menudo se sienten dos extrañas.
Sus maridos las decepcionan. Sus hijos son un fracaso y malgastan el amor de las madres en ciudades de segunda fila. Fuerte como el hierro, lo único que perdura es el odio entre las dos hermanas. Resiste, mientras sus maridos se marchitan, mientras sus hijos desertan.
Juntas en la misma jaula, las dos hermanas contienen su furia. Tienen la misma cara.
Dos hermanas, vestidas de negro, van juntas a comprar, muertos los maridos, muertos los hijos en alguna guerra; están tan acostumbradas al odio que ya ni lo notan. Alguna vez son cariñosas la una con la otra, porque olvidan.
Pero la costumbre de muchos años amarga, ya difuntas, las caras de las dos hermanas.



La madre

La chica escribió un cuento. «Sería mucho mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.




Terapia

Me mudé a la ciudad justo antes de Navidad. Estaba sola, algo nuevo para mí. ¿Dónde había acabado mi marido? Vivía en una habitación minúscula al otro lado del río, en una zona de naves industriales.
Me había trasladado desde el campo, donde la gente, pálida y calmosa, me miraba como a una extraña, y donde hablar no servía de mucho.
Después de Navidad la nieve cubrió las aceras. Luego la nieve se derritió. Incluso así, me costaba mucho trabajar, aunque después, por unos días, me resultó más fácil. Mi marido se mudó al mismo barrio que yo, para poder nuestro hijo más a menudo.
Aquí, en la ciudad, también pasé mucho tiempo sin amigos. Al principio, lo único que hacía era sentarme en una silla y quitarme pelos y polvo de la ropa. Luego me levantaba, me desperezaba y volvía a sentarme. Por la mañana tomaba café y fumaba. Por la tarde tomaba té y fumaba y me acercaba a la ventana e iba y venía de un cuarto a otro.
A veces, por un momento, pensaba que sería capaz < hacer algo. Luego pasaba el momento y quería moverme, pero no podía.
En el campo, un día, vi que no podía moverme. Primero me arrastré por la casa y luego del porche al jardín, y luego al garaje, donde por fin mi cerebro empezó a dar vueltas como una mosca. Allí estaba yo, de pie sobre una mancha de aceite. Me di razones para salir del garaje, pero ninguna era lo suficientemente buena.
Se hizo de noche, los pájaros callaron, los coches dejaron de pasar, todo se retiró a la oscuridad, y entonces me moví.
Lo único aprovechable de aquel día fue la decisión de no contarle a determinadas personas lo que me había pasado. Se lo conté a alguien, por supuesto, y de inmediato. Pero no le interesó. Por entonces no le interesaba mucho nada que se refiriera a mí, y menos mis problemas.
Creía que en la ciudad volvería a leer. Estaba cansada de sentirme incómoda conmigo misma. Luego, cuando empecé a leer, no leí sólo un libro, sino muchos a la vez: una biografía de Mozart, un ensayo sobre los cambios marinos y otros que ahora no recuerdo.
Mi marido se animó ante estos signos de actividad, y se sentaba y me hablaba, respirándome en la cara hasta que me sentía exhausta. Quería ocultarle lo complicada que era mi vida.
Puesto que no olvidaba inmediatamente lo que leía, pensé que mi mente recuperaba su fortaleza. Anotaba los hechos que creía que no debía olvidar. Pasé seis semanas leyendo y luego dejé de leer.
A mediados del verano, volví a perder el coraje. Empecé a ir al médico. Al principio no estaba contenta con él y pedí cita con otro médico, una mujer, aunque no dejé al primer médico.
La consulta de la mujer estaba en una calle cara, cerca de Gramercy Park. Toqué el timbre. Para mi sorpresa no abrió ella la puerta, sino un hombre con pajarita. El hombre estaba verdaderamente enfadado porque yo había tocado su timbre.
En aquel momento la mujer salió de su consulta y los dos médicos se pusieron a discutir. El hombre estaba furioso porque los pacientes de la mujer tocaban siempre el timbre de su puerta. Yo estaba entre los dos. Después de aquella visita no volví.
Durante semanas no le dije a mi médico que había probado con otro. Pensaba que podía herir sus sentimientos Me equivocaba. En aquellos días me fastidiaba que se dejara maltratar e insultar sin fin mientras siguiera pagándole sus honorarios. Protestó: «Sólo me dejo insultar hasta cierto punto.»
Después de cada sesión, decidía no volver. Tenía distintos motivos. La consulta estaba en una vieja casa que, oculta tras otros edificios e invisible desde la calle, se levantaba en un jardín lleno de senderos, puertas y parterres. De vez en cuando, al entrar o salir de la casa, veía una figura extraña que bajaba las escaleras o desaparecía detrás de una puerta. Era un hombre bajo y robusto con una maraña de pelo negro en la cabeza, embutido en una camisa blanca abotonada hasta el cuello. Cuando nos cruzábamos, nos mirábamos pero su cara permanecía inexpresiva, aunque estuviera yo allí, subiendo las escaleras. Ese hombre me perturbaba, sobre todo porque no entendía qué relación podía tener con el médico. A mitad de cada sesión oía una voz de hombre que gritaba una sola palabra al pie de las escaleras: «Gordon.»
Otra razón por la que no quería seguir viendo a mi medico era que no tomaba notas. Yo pensaba que debía tomar notas y recordar todo lo referente a mi familia: que mi hermano vivía solo en la ciudad, en un apartamento de una habitación; que mi hermana era viuda con dos hijas; que mi padre era muy nervioso, exigente, y se ofendía con facilidad, y que mi madre me criticaba incluso más que mi padre. Creí que mi médico estudiaría sus notas después de cada sesión. En vez de eso, bajaba corriendo las escaleras tras de mí para hacerse un café en la cocina. Yo consideraba que semejante comportamiento mostraba una falta de seriedad por su parte.
Se reía de algunas cosas que yo le decía, y eso me indignaba. Pero, cuando le decía otras que yo consideraba divertidas, ni siquiera sonreía. Decía cosas desagradables sobre mi madre, y me daban ganas de llorar, por ella y por algunos momentos felices de mi infancia. Lo peor de todo era que a menudo se hundía en su sillón, suspiraba y parecía distraído.
Asombrosamente, cada vez que le decía lo incómoda y desgraciada que hacía que me sintiera, me caía más simpático. Pasados unos meses, ya no necesitaba repetírselo.
Me parecía mucho el tiempo transcurrido entre una visita y otra, y volvía a verlo. Sólo había pasado una semana, pero en una semana siempre suceden muchas cosas. Por ejemplo, tenía una auténtica pelea con mi hijo un día, a la mañana siguiente la dueña de la casa me presentaba un aviso de desahucio, y por la tarde mi marido y yo teníamos una larga y desesperada conversación y llegábamos a la conclusión de que jamás nos reconciliaríamos.
Pero tenía muy poco tiempo en cada sesión para decir lo que quería. Quería decirle al médico que mi vida me parecía bastante curiosa. Le conté cómo me había engañado la dueña de la casa; que mi marido tenía dos novias, celosas una de la otra, pero no de mí; que mis parientes políticos me insultaban por teléfono; que los amigos de mi marido no me hacían ni caso, y que yo seguía tropezando en la calle y golpeándome contra las paredes. Cada cosa que le decía me daba ganas de reír. Pero, hacia el final de la hora, le contaba también que si me encontraba cara a cara con otra persona no podía hablar. Había siempre un muro. «¿Hay ahora un muro entre usted y yo?», me preguntaba. No, ya no había muro.
Mi médico me miraba, pero no me veía. Oía mis palabras y, al mismo tiempo, oía otras palabras. Me desmontó y volvió a montarme de otra forma y me enseñó el resultado. Hacía. La verdad ya no estaba clara. Por su causa, yo ya no sabía cuáles eran mis sentimientos. Un enjambre de razones revoloteaba en torno a mi cabeza, zumbando. Me ensordecía, y siempre estaba confusa.
Al final del otoño, mis movimientos se hicieron más lentos y dejé de hablar, y a principios del nuevo año per* prácticamente la capacidad de razonar. Cada vez era más lenta, hasta el punto de que apenas me movía. Mi médico oía el ruido sordo de mis pasos en las escaleras, y me decía que se había preguntado si tendría las fuerzas suficientes para llegar arriba.
En aquel tiempo sólo veía el lado oscuro de todo. Odiaba a los ricos y me fastidiaban los pobres. El ruido de los niños jugando me irritaba y el silencio de la gente mayor me incomodaba. En mi odio hacia el mundo, anhelaba la protección del dinero, pero no tenía dinero. A mi alrededor sólo había mujeres gritando. Soñaba con un asilo apacible en el campo.
Seguí observando el mundo. Tenía dos ojos, pero había perdido la inteligencia y las palabras. Poco a poco mi sensibilidad se extinguía. No me quedaba capacidad de emocionarme o entusiasmarme, ni amor.
Entonces llegó la primavera. Estaba tan acostumbrada al invierno que me sorprendió ver hojas en los árboles.
Gracias a mi médico, las cosas empezaron a cambiar. Me sentía menos vulnerable. Ya no tenía la sensación permanente de que ciertas personas iban a humillarme.
Volví a reírme con las cosas divertidas. Me reía y me paraba a pensar: Es verdad, no me he reído en todo el invierno. En realidad, llevo un año sin reírme. Durante un año he hablado tan bajo que nadie entendía lo que decía. Ahora los conocidos parecían menos apesadumbrados al oír mi voz por teléfono.
Aún tenía miedo, porque sabía que un paso en falso podía dejarme sin defensas. Pero volvía a sentir entusiasmo. Podía pasar la tarde sola. Volví a leer libros y a anotar cosas. Cuando oscurecía, salía a la calle y me paraba a ver escaparates y, al darme la vuelta, en mi alegría chocaba con la gente que tenía cerca, mujeres siempre, que miraban vestidos. Otra vez en marcha, tropezaba con el bordillo.
Puesto que estaba mejor, pensé, pronto acabaría la terapia. Estaba impaciente y me preguntaba: ¿Cómo termina la terapia? Tenía otras preguntas, por ejemplo: ¿Durante cuánto tiempo necesitaría todas mis energías para, simplemente, pasar de un día a otro? Para esto no había respuesta. Y no habría final para la terapia, o no sería yo la que la diera por terminada.



En un País del norte

Magín había cumplido ya los setenta y no estaba bien. Cojeaba de la pierna derecha y tenía el pecho delicado. Si su mujer viviera, no lo habría dejado irse. La verdad es que sus amigos le dijeron que se quedara en casa y esperara a que volviera su hermano Michael. Pero jamás le caso a nadie, salvo a su mujer, y a nadie le hizo caso ahora.
Estaba cerca de Silit, si los mapas del registro catastral de Trsk eran fieles. Llevaba caminando desde primeras ras de la mañana, muy despacio, y le dolían los pies. Al mediodía divisó la ciudad. Desde allí había sido enviada la postal de su hermano. Karsovy, por lo tanto, debía de estar unos kilómetros más al norte.
Dejó la bolsa en la nieve y se frotó los dedos, agarrotados. Miró hacia Silit: a cada lado de la calle se alineaban casas angostas, con las ventanas y los postigos cerrados. Muchos de los tejados, hundidos, se habían derrumbado sobre el umbral. En el pozo que había al final de la calle, a sombra de dos pinos, vio a dos viejas que hacían punto en un banco. Cogió la bolsa, se les acercó y las mujeres dejaron la labor para mirarlo.
Hasta que no les repitió la pregunta a gritos, no lo entendieron. Entonces una abrió la boca y, sin decir una palabra, señaló hacia el otro lado de la calle.
Sentado a la sombra de los aleros, un hombre se peinaba la barba, oscura, con un peine roto. A Magín no le quitaba los ojos de encima. En la callejuela, a su lado, había aparcado un descapotable.
Magín cruzó la calle.
—¿Puede llevarme a Karsovy? —le preguntó en trsk. El hombre dejó de peinarse.
—Ese lugar no existe —dijo.
-Tiene que existir —dijo Magín. Sacó la postal arrugada de su hermano y se la tendió al hombre.
—No existe. Se equivoca.
Magín dejó caer la bolsa y agitó el puño ante la cara del hombre, arrugando la postal. No pensaba discutir.
—No me equivoco —gritó. Se le quebró la voz.
El hombre se sobresaltó.
-Bueno —dijo, escupiéndose en la mano y frotando la saliva en la bota—. No voy mucho por allí.
Magín temblaba de rabia y la sangre le latía en las:
—; Cuánto? —preguntó.
-Le cobraré cincuenta —dijo el hombre. Magin se sacó el monedero del bolsillo de atrás y le puso dos monedas en la mano.
Magín cogió la bolsa y siguió al hombre hasta el coche. El hombre ocupó el asiento del conductor y miró al frente. Magín dejó la bolsa en el asiento de atrás y se sentó con ella. Al sentarse, los muelles cedieron tanto que acabó descansando sobre algo que le pareció una barra de hierro. No se movió.
El motor se puso en marcha y el coche saltó hacia delante Y lanzó a Magín contra el respaldo de su asiento. El coche derrapaba y se encajaba en las huellas que otros coches habían dejado en la carretera nevada. Magín iba de lado a lado mientras los árboles desaparecían en cada curva de la carretera. Dos palomas levantaron el vuelo al paso del coche.
La hostilidad del chófer desconcertaba a Magin. Llevaba una hora en el bosque inacabable y cada vez se sentía más incómodo. Quizá buscaba lo imposible. Llevaba semanas sin noticias de su hermano. Y otra cuestión era cuánto iba a aguantar él. «Esto es una locura —se confesó de repente—. Aquí estoy, con un pie en la tumba, en un país del norte y en invierno, a la espera de no sé qué. Mary se hubiera reído.» Se subió el cuello del abrigo hasta la barbilla.
Llegaron por fin a Karsovy. Se acercaban a un claro, y Magín vio a unas mujeres vestidas de negro que, como sombras, cruzaban los baldíos. Los hombres se acuclillaban a la puerta de sus casas.
Magín se apeó del coche con su bolsa y se apoyó en la puerta del coche. Levantó la mirada y vio que se había congregado alguna gente y lo observaba. Las mujeres se acercaban paso a paso: sus ojos iban de la cara de Magín a la bolsa, pero ni una palabra salía de sus labios. Magin buscó entre los hombres de facciones de piedra al jefe del pueblo. La gente se sentía inquieta. Magin los perturbaba.
-¿Qué? —dijo Magín al chófer, que no se había movido de su asiento—. ¿Qué esperan? ¿Por qué me miran? ¿Por qué no hablan?
—¿Por qué iban a hablar? —dijo el chófer por fin—. No los entendería, de todas formas. Nadie los entiende. Ni siquiera hablan trsk. —Le dio un manotazo al volante —. Hice el mismo camino con otro señor mayor, como usted, hace meses, y nadie ha vuelto a oír hablar de él desde entonces. —Escupió en la nieve y miró a los lugareños con desdén. Antes de que Magín pudiera hablar, tocó el claxon, dio la vuelta con el coche y volvió a adentrarse en el bosque.
Magín se preguntaba qué hacer. Uno a uno los lugareños fueron dando la vuelta y yéndose, echándole una mirada por encima del hombro y deteniéndose un segundo para volver a mirarlo. Se rezagaron dos mujeres. Una era vieja, delgada, vestida con andrajos. La otra era más joven, más corpulenta. La vieja se adelantó, se ajustó el pañuelo y abrió, sonriendo, la boca sin dientes. La otra la cogió de la manga.
—Ninininini —dijo la vieja, la lengua contra el cielo de la boca, y sus ojos brillaron bajo el filo del pañuelo.
Se apartó de la más joven, volvió a adelantarse. La más joven le dio un golpe suave en el hombro y le siseó. La vieja se volvió, escupió y se fue, arrastrando la falda en la nieve.
La más joven le hizo un gesto a Magín para que la siguiera. Cogieron un sendero estrecho, y Magín echaba todo el peso sobre una sola pierna. Bajo los árboles se sintió atenazado por el frío. Tosió. La respiración era un estertor en la garganta.



Jane y el bastón

Mi madre no encontraba el bastón. Tenía un bastón, pero no encontraba un bastón en especial. El puño de ese bastón particular era la cabeza de un perro. Entonces se acordó: Jane tenía su bastón. Jane había venido a verla. Jane había necesitado un bastón para volver a casa. Eso fue hace dos años. Mi madre llamó a Jane por teléfono. Le dijo a Jane que necesitaba el bastón. Jane trajo el bastón. Cuando Jane llegó, mi madre estaba cansada. Estaba en la cama. Ni miró al bastón. Jane se fue a su casa. Mi madre se levantó. Miró el bastón. Vio que no era el mismo bastón. Era un bastón normal. Llamó a Jane y se lo dijo: No era el mismo bastón. Pero Jane estaba cansada. Estaba demasiado cansada para hablar. Se iba a la cama. A la mañana siguiente trajo el bastón. Mi madre se levantó. Miró el bastón. Era el bastón. Tenía la cabeza, de perro, marrón y blanca. Jane se llevó el otro bastón, el bastón normal. Cuando Jane se fue, mi madre se quejó, se quejó por teléfono: ¿Por qué Jane no le había devuelto el bastón? ;Por qué le había llevado el bastón que no era? Mi madre estaba cansada. Ay, qué cansada estaba de Jane y del bastón.



Variedades de perturbación

Llevo oyendo a mi madre cuarenta años y llevo oyendo a mi marido sólo unos cinco, y he pensado muchas veces que lleva razón mi madre y que mi marido no lleva razón, pero ahora pienso con mayor frecuencia que la lleva mi marido, especialmente un día como hoy, cuando acabo de tener una larga conversación telefónica con mi madre sobre mi hermano y mi padre y, luego, una breve conversación telefónica con mi marido sobre la conversación que he tenido con mi madre.
A mi madre le preocupaba haber herido los sentimientos de mi hermano cuando mi hermano le dijo que quería pasar parte de sus vacaciones con ellos, ayudándoles, ya que mi madre acababa de salir del hospital. Ella le dijo, aunque no decía la verdad, que no podía ir porque no quería tener a nadie en casa, ya que, de lo contrario, se sentiría obligada a preparar la comida, por ejemplo, a pesar de lo penoso eme le resultaba moverse con las muletas. Mi hermano se rebeló: «¡No era ésa la cuestión!», dijo. Y ahora no le cogía el teléfono. Mi madre temía que le hubiera pasado algo, y yo le dije que no lo creía. Probablemente se habría tomado las vacaciones que reservaba para estar con mis padres y se habría ido unos días por ahí. Mi madre olvida que se trata de un hombre de cerca de cincuenta años, aunque lamento que mis padres hayan herido sus sentimientos así. Poco después de colgar, llamé a mi marido y le conté todo.
Mi madre hirió los sentimientos de mi hermano para proteger ciertos sentimientos particulares de mi padre, que exigen de mi madre ciertos sentimientos, y, así como me era difícil ignorar los sentimientos particulares de mi padre, que conozco bien, también me resultaba difícil negarme a pensar que no había otro modo de hacer las cosas, sin necesidad de rechazar el ofrecimiento de ayuda de mi hermano, sin ofenderlo.
Hirió los sentimientos de mi hermano para proteger a mi padre de la perturbación que hubiera presentido al saber que mi hermano llegaba, cargando así sobre mi hermano una perturbación algo distinta, que era su propia perturbación, la de mi madre. Ahora mi hermano, al no cogerle el teléfono, les daba a mi padre y a mi madre, a los dos, nuevos motivos de perturbación, una perturbación idéntica o casi idéntica en los dos, pero diferente de la perturbación que temía mi padre y que equivocadamente mi madre achacaba a mi hermano. Ahora en su perturbación mi madre ha llamado para hablarme de su perturbación y de la de mi padre por culpa de mi hermano, y al hacerlo también me ha perturbado a mí, aunque mi perturbación sea más débil, y diferente, que la perturbación que experimentan ahora mi padre y ella, y de la que temía mi padre, falsamente alegada por mi madre.
Cuando le describo esta conversación a mi marido, también lo perturbo, y su perturbación es más fuerte que la mía y diferente, en calidad, a la de mi madre y a la de mi padre, y respectivamente invocada y presentida por una y otro. A mi marido lo perturba que mi madre haya rechazado la ayuda de mi hermano, causándole una perturbación, y que me haya hablado de su perturbación causándome así una perturbación mayor, dice, de lo que me parece, pero también, más en general, la perturbación, más general, que mi madre provoca no sólo en mi hermano, sino en mí también, una perturbación mayor de lo que me parece, y más frecuente de lo que me parece, y lo que dice mi marido me causa una nueva perturbación, diferente en calidad y en grado a la causada por lo que mi madre me dijo, pues esta perturbación no sólo es por mí y por mi hermano, y no sólo por mi padre en su perturbación presentida y en su perturbación presente, sino también y sobre todo por mi madre que, a estas alturas y en general, ha causado tanta perturbación, como mi marido dice a ella toda esa perturbación apenas le afecta.



Reducir gastos

Se trata de un problema que podría planteársele un día a cualquiera. Es el problema de una pareja que conozco. Él es médico, no estoy segura de a qué se dedica ella. La verdad es que no los conozco demasiado. Ni siquiera los conozco ya. Sucedió hace años. Yo estaba harta de una excavadora que iba y venía en la casa de al lado, así que me enteré de lo que pasaba. Tenían un problema: el seguro de incendios les resultaba muy caro. Querían que les rebajaran las primas del seguro. Era una buena idea. Nadie quiere que sus gastos fijos sean demasiado altos, o más altos de lo que les corresponde. Por ejemplo, nadie quiere comprar una propiedad que pague impuestos altísimos, puesto que no es posible rebajarlos y habrá que pagarlos siempre. Es algo que intento retener en la mente. Podemos comprender el problema de esta pareja, aunque no paguemos un carísimo seguro de incendios. Aunque no hayamos tenido exactamente el mismo problema, algún día podría planteársenos un problema similar, de gastos fijos que propenden a ser demasiado altos. El seguro de la pareja era alto porque cubría una gran colección de vino selecto. El problema no era tanto la colección en sí, sino su conservación. Tenían en aquel momento miles de botellas de vino muy bueno y de vino excelente. Las conservaban en el sótano, como, en efecto, debía ser. Habían tenido una auténtica bodega. Pero el problema era que la bodega no era apropiada o no era lo suficientemente grande. No llegué a verla, aunque vi una vez otra bodega, y era diminuta. Era del tamaño de un armario, pero me impresionó. Una vez probé alguno de sus vinos. Soy incapaz, sin embargo, de distinguir la diferencia entre una botella de vino que cueste 100 dólares, o incluso 30, y una botella que cueste 500. En aquella cena quizá sirvieran vino que incluso costara más que eso. No especialmente por mí, sino por alguno de los otros invitados. Estoy segura de que los vinos muy caros son para la mayoría de la gente, incluida yo, un desperdicio. En aquel tiempo yo era bastante joven, pero, incluso ahora, darme un vino caro probablemente sea desperdiciarlo. Aquella pareja se enteró de que si ampliaban la bodega y le hacían determinadas mejoras, las primas del seguro podrían reducirse. Les pareció una buena idea, aunque, en principio, las reformas supondrían algunos gastos. La excavadora y otras máquinas y los obreros que vi desde la ventana del sitio donde yo vivía entonces, y que era una casa que me había prestado un amigo que también era su amigo, debían de costarles miles de dólares, pero estoy segura de que el dinero que dedicaban a aquello lo recuperarían en el plazo de unos pocos años, o incluso de un año, con lo que ahorraran en las primas del seguro. Así que vi aquello como una iniciativa que demostraba prudencia por i una iniciativa que cualquiera hubiera tomado en cualquier otro asunto, y no necesariamente una bodega ahorrar dinero es una buena idea. De esto hace ya mucho tiempo. Deben de haber ahorrado bastante en total, a lo largo de los años, gracias a los cambios que hicieron. Han pasado tantos años, sin embargo, que ya deben de haber vendido la casa. Quizá la bodega reformada aumentara el precio de la casa e incluso recuperaran su dinero con creces. Yo no sólo era joven, sino muy joven, cuando vi la excavadora desde la ventana. El ruido no me molestaba demasiado, porque había otras muchas cosas que me molestaban cuando quería trabajar. De hecho, probablemente agradecía la visión de la excavadora. Me tenía impresionada el vino de la pareja, y los cuadros excelentes que había en su casa. Eran agradables, amables, pero no me merecían demasiada consideración ni su manera de vestir ni sus muebles. Pasaba mucho tiempo mirando por la ventana y pensando en ellos. No sé qué sacaba de aquello. Probablemente fuera una pérdida de tiempo. Ahora soy mucho mayor. Pero aquí estoy, pensando en ellos todavía. He olvidado muchas otras cosas, pero no me he olvidado de ellos ni de su seguro de incendios. Tengo que empezar a pensar que algo debí de aprender de ellos.



Impulso extraño

Miro a la calle desde mi ventana. Brilla el sol, y los dueños de las tiendas salen al calor y ven a la gente pasar. Pero ¿por qué los dueños de las tiendas se tapan los oídos? Y ¿por qué corre la gente como si la persiguiera un fantasma horripilante? Pronto vuelve todo a la normalidad: el incidente sólo ha sido un momento de locura en el que la gente no podía soportar la frustración de sus vidas y ha cedido a un extraño impulso.



Condiciones en las que no puede conducir

No podía conducir si había demasiadas nubes en el cielo. O, más exactamente, si podía conducir con nubes en el cielo, no podía tener puesta la música si había otros pasajeros en el coche. Si había dos pasajeros, así como un animalillo en su jaula, y muchas nubes en el cielo, podía oír pero no hablar. Si un soplo de viento le echaba en el hombro virutas de la jaula del animal, y al hombre que ocupaba el asiento del copiloto también, entonces no podía hablar con nadie, ni escuchar a nadie, aunque apenas hubiera nubes en el cielo. Si el niño estaba callado, leyendo un libro en el asiento de atrás, pero el hombre que iba su lado abría el periódico de tal forma que el filo de las páginas rozaba la palanca de cambios y el sol se reflejaba en el papel blanco y le daba a ella en los ojos, entonces era incapaz de hablar y de oír mientras luchaba por entrar en una autopista llena de coches a toda velocidad, aunque no hubiera nubes en el cielo.
Si era de noche y el niño no iba en el coche, y el animalillo en su jaula no iba en el coche, y el coche, que antes estuvo lleno, estaba vacío de cajas y maletas, y el hombre no leía el periódico a su lado, sino que miraba al frente a través del parabrisas, y el cielo estaba tan oscuro que ella ni veía las nubes, entonces podía oír pero no hablar, y no podía poner música si, brillando en las tinieblas de la colina, a la izquierda y a cierta distancia, un motel iluminado parecía flotar al fondo de la autopista mientras ella conducía a gran velocidad entre los carriles señalizados, con faros que le vienen de frente por la izquierda y se le echan encima por la espalda, en el espejo retrovisor, y faros traseros que surgen en una curva suave bajo la inmensa aeronave de las luces del motel, flotando al fondo de la autopista, de izquierda a derecha, frente a ella, o podía hablar, pero apenas para decir una frase, que quedó sin respuesta.



Los extraños

Mi abuela y yo vivimos entre extraños. La casa no parece lo suficientemente grande para albergar a toda la gente que se presenta a distintas horas. Se sientan a comer como si se les esperara —y, es verdad, siempre tienen un sitio preparado—, o entran en el salón, huyendo del frío, frotándose las manos y protestando del clima, se sientan junto a la chimenea, cogen un libro que yo no había visto antes y continúan su lectura en un punto que habían marcado con un señalador de papel muy viejo. Como si fuera lo más natural, algunos son ingeniosos y agradables, mientras que otros son antipáticos, displicentes o tímidos. Hago inmediatamente amistad con algunos —nos entendemos a la perfección desde el primer momento— y quedamos en volver a vernos en el desayuno. Pero cuando bajo a desayunar ya no están; por lo general, no vuelvo a verlos. Todo esto es muy inquietante. Mi abuela y yo no mencionamos jamás este ir y venir de extraños en la casa. Pero observo su cara, delicada y rosa, cuando entra en el comedor apoyada en su bastón y se detiene, sorprendida: se mueve tan despacio que casi es imperceptible. Un joven se levanta de su sitio, con la servilleta sujeta en la correa de los pantalones, y acude a ayudarla a sentarse en el sillón. Mi abuela acepta su presencia con una sonrisa nerviosa y un elegante gesto de asentimiento, aunque sé que está tan espantada como yo por el hecho de que el joven no estaba aquí esta mañana, ni estará aquí mañana, y, sin embargo, se comporta como si todo fuera absolutamente natural. Pero muy a menudo, sí, el individuo que se sienta a la mesa no es un joven educado, sino una solterona flaca, que nos mira con mala cara y escupe la piel de la manzana asada en el filo del plato. No podemos hacer nada. Y ¿cómo vamos a desembarazarnos de gente a la que jamás hemos invitado y que, de todas formas, se va cuando quiere, antes o después? Aunque pertenecemos a diferentes generaciones, tanto mi abuela como yo hemos aprendido a no hacer preguntas jamás y limitarnos a sonreír ante las cosas que no entendemos.



El viejo diccionario

Tengo un viejo diccionario, de hace unos ciento veinte años, que necesito para cierto trabajo de este curso. Las páginas, inmensas y quebradizas, amarillean por los bordes. Cuando las paso, corren peligro de romperse. Al abrir el diccionario, también asumo el riesgo de romper el lomo, que ya está medio abierto. Debo decidir cada vez que voy a consultarlo si merece la pena seguir estropeando el libro para buscar determinada palabra. Dado que necesito usarlo, sé que lo estropearé, si no hoy, mañana, y que cuando acabe el trabajo estará en peores condiciones que cuando lo empecé, si es que no está absolutamente destrozado. Cuando hoy lo cogí con mucho más cuidado que a mi hijo. Cada vez que lo manejo, me cuido mucho de no hacerle daño: mi principal preocupación es no hacerle daño. Hoy he descubierto que, aunque mi hijo debería ser para mí más importante que mi viejo diccionario, no puedo decir que siempre que estoy con él mi principal preocupación sea no hacerle daño. Mi principal preocupación es casi siempre otra cosa: por ejemplo, enterarme de qué deberes lleva, o ponerle la cena, o terminar de hablar por teléfono. Que pueda hacerse daño en el proceso no parece importarme tanto como acabar lo que tengo pendiente, sea lo que sea. ¿Por qué no trato a mi hijo tan bien, por lo menos, como al viejo diccionario? Quizá sea porque el diccionario es evidentemente frágil. Cuando la esquina de una página se rompe, es incuestionable. Mi hijo no parece frágil, absorto en alguno de sus juegos o maltratando al perro. Sí, su ci su cuerpo es fuerte y flexible, y no es fácil que yo le haga daño. Le he hecho un cardenal y luego se le ha quitado. A veces me resulta evidente que he herido sus sentimientos, pero es difícil apreciar el alcance de las heridas, y los sentimientos parecen curarse. Es difícil decir si se han curado del todo o si han quedado leve e irremediablemente dañados. Los daños del diccionario no tienen remedio. Quizá trate mejor al diccionario porque no me exige nada ni ofrece resistencia. Quizá yo sea más amable con las cosas que no parecen reaccionar contra mí. Pero mis plantas de interior no parecen reaccionar contra mí y, sin embargo, no las trato demasiado bien. Las plantas exigen un par de cosas. Exigen luz, y ya he satisfecho su petición poniéndolas en el sitio adecuado. También exigen agua. Las riego, pero no con regularidad. Y, er en consecuencia, algunas no acaban de crecer y otras se mueren. No son ninguna preciosidad: más bien tienen un aspecto raro. Algunas eran preciosas cuando las compré, p ;, pero ahora son raras porque no las he cuidado bien. La mayoría está en las mismas macetas, feas, de plástico, en las que me las vendieron. La verdad es que me gustan poco. Si la planta no es bonita, ¿existe alguna otra razón para que te guste? ¿Soy más amable con las cosas si son bonitas? Pero trataría bien a una planta aunque no me gustara. Debería saber tratar bien a mi hijo cuando no es precisamente una preciosidad e incluso cuando no se porta bien. Trato al perro mejor que a las plantas, a pesar de que es más activo y más exigente. Es fácil darle agua y comida. Lo saco a pasear, pero no mucho. A veces le pego en el hocico, aunque el veterinario me dijo que no le pegara cerca de la cabeza, o puede que me dijera que no le pegara en ningún sitio. Sólo estoy segura de que no tengo abandonado al perro cuando se duerme. Quizá yo sea más amable con las cosas sin vida. O, más exactamente, si no están vivas, no hay amabilidad que valga. No sufren si no les presto atención, y eso supone un gran alivio. Es un alivio tan grande que incluso es un placer. El único cambio visible que sufren es que se cubren de polvo. El polvo no les hace daño. Incluso puedo buscar a alguien que les quite el polvo. Mi hijo se ensucia, y no puedo ni lavarlo ni pagarle a alguien para que lo lave. Es casi imposible conseguir que no se ensucie, e incluso es complicado hacer que coma. No duerme lo suficiente, en parte porque me empeño en que se duerma. Las plantas necesitan dos cosas, o quizá tres. El perro necesita cinco o seis cosas. Está muy claro cuántas le doy y cuántas no, y, por tanto, hasta qué punto lo cuido. Mi hijo necesita muchas cosas más, además del cuidado físico, y esas cosas cambian y se multiplican constantemente. Pueden cambiar en mitad de una frase. No siempre sé exactamente lo que necesita, aunque suelo saberlo. E incluso cuando lo sé, no siempre puedo dárselo. Muchas veces al día no le doy lo que necesita. Algo de lo que hago por el viejo diccionario, aunque no todo, podría hacerlo por mi hijo. Por ejemplo, al diccionario lo manejo despacio, sin prisa, con cuidado. Tengo en cuenta su edad. Lo trato con respeto. Antes de usarlo, pienso. Conozco sus limitaciones. No lo animo a que haga más de lo que puede (por ejemplo, estar sobre la mesa completamente abierto). Lo dejo tranquilo muchas horas.
Lydia Davis
Cuentos completos
Seix Barral Biblioteca Formentor
Traducción del inglés por Justo Navarro