jueves, 10 de septiembre de 2015

José Bergamín


Extraído de Rosa María Grillo en:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/exiliado-de-si-mismo-bergamin-en-uruguay--0/html/ff941c44-82b1-11df-acc7-002185ce6064_6.html

Exiliado de sí mismo: 
Bergamín en Uruguay 1947-1954 
Nacido en Madrid en 1895 de padres andaluces, último de nueve hijos, tuvo una infancia y una juventud acomodadas, en precoz contacto sea con el mundo político (el padre, abogado, fue varias veces ministro entre el 1912 y el 1922, antes de la dictadura de Primo de Rivera), sea con el del toreo (a la familia materna pertenecían numerosos toreros), sea con el literario (sus primeros contactos con Valle-Inclán remontan al 1910 ó 1912, años en los que podemos también datar su amistad con Gómez de la Serna, con quien en 1915 funda la ‘tertulia del Pombo’). Los ‘maestros’ indiscutibles de la época ya desde su debut le tributan estima e incitación: El cohete y la estrella (1923), colección de aforismos, publicada en la ‘Biblioteca de Índice’ con la introducción de Juan Ramón Jiménez, viene reseñada elogiosamente por Miguel de Unamuno en sus Comentarios, y Antonio Machado escribe una recensión entusiasta de su primera obra poética, «Tres sonetos a Cristo crucificado ante el mar» (1937). Publica también teatro (Tres escenas en ángulo recto, 1925, Enemigo que huye, 1927) y prosa (Caracteres, 1926); participa activamente en todas las iniciativas y manifestaciones que han caracterizado en aquellos años la ‘generación del 27’, de quien es considerado el «mejor comentarista» y «prosista olvidado». En 1928 se casa con Rosario Arniches (hija de Carlos) y viaja mucho por Europa, llegando hasta Rusia, aunque el dato principal de estos años es su siempre mayor empeño político a favor de la República, hasta el punto de ocupar el puesto de Director General de Acción Social Agraria e Inspector de Seguros y Ahorros en el gobierno provisional de 1931. No se adhiere a ningún partido político, pero no oculta nunca, sino que afirma y defiende siempre con tenacidad y orgullo, su fe republicana, su catolicismo, la amistad con Manuel Azaña y la simpatía hacia el partido comunista. No renuncia tampoco al papel ya consolidado de crítico literario y publicista: la actividad mayor en este ámbito seguramente la despliega en la fundación y dirección de Cruz y Raya, prestigiosa revista que, según el mismo Bergamín, «nació y murió de y por y con la República del 1931 (...), coincide y se identifica con ella», generosamente abierta a intelectuales y poetas emergentes, a colaboradores españoles y extranjeros. Es la que, entre todas las obras del escritor español, mejor evidencia su personalidad e ideología, y se puede considerar «producto de su creatividad individual» (Sánchez-Epper). Es posible, definiendo Cruz y Raya, definir también a Bergamín utilizando sus propias palabras: «Cruz y Raya se afirmó a sí misma como católica y republicana. Esto es, como de católicos y republicanos de buena voluntad que querían realizarla a la vez con sentido, significado, religioso y político». Si a esto se añade «independencia de juicio y libertad de espíritu», el todo en «un singular entroncamiento de raíz cristiana y católica, pero sin ‘confesionalismo’ ni exclusión alguna», se tiene un cuadro esquemático, pero auténtico, de la Revista y de su Director.

  El final de la II Guerra Mundial con la supervivencia de la dictadura franquista en el nuevo orden democrático europeo y la muerte de su mujer constituyen otras duras pruebas: Caracas, Montevideo y de nuevo París marcan la imposibilidad de echar raíces en tierra extranjera. Es como un retirarse sobre sí mismo, una pausa meditativa en la que sobre la actividad creadora y organizadora parece prevalecer el nostálgico y frustrante pensamiento de España. Publica ensayos, artículos y algunas obras teatrales, polemiza con desterrados españoles e intelectuales locales, defiende con coraje y vehemencia sus posiciones, que tal vez paradójicamente la incierta e incómoda condición de exiliado vuelve más radicales. Ni siquiera tras la vuelta a la España franquista, en 1958, se adapta a la realidad política: no renuncia, a pesar de las continuas amenazas e intimidaciones, a expresar su propia irreducible adversidad al régimen de Franco, escribiendo en El Nacional de Caracas violentos artículos y denuncias obstinadas. Esta permanencia en España (1958-1963), aunque breve y atormentada, le permite sacar linfa vital, encontrar inspiración para los numerosos libros que publica en aquellos años (que recogen también artículos y ensayos escritos en el exilio, repropuestos al público ‘re-encontrado’ al que aludía Ayala) sea de crítica (Lázaro, don Juan y Segismundo, 1962), sea de teatro (Los tejados de Madrid, 1961) y de poesía (Rimas y sonetos rezagados, 1962, Duendecitos y coplas, 1963).

Obligado a abandonar de nuevo España en diciembre de 1963, recorre otra vez, como en una asfixiante espiral sin salida, las etapas de su precedente exilio: Montevideo, París... Sin documentación, sin identidad, encarna ahora como no lo había hecho nunca antes aquella figura fantasmal en la que, incluso en tiempos no sospechosos, se había reflejado e identificado. A pesar de los numerosos reconocimientos que se le han tributado en Francia (‘Commandeur des Arts et des Lettres’, diversos programas en televisión, etc.) y la afectuosa amistad de Malraux, escribe poco, principalmente poesía (el ‘diario poético’ recién publicado por Gonzalo Penalva) y en revistas latinoamericanas artículos políticos. Una sacudida parece producirle el libertario mayo francés, que él vive tras las barricadas esperando, tal vez con una ilusión desesperada, que de un movimiento revolucionario europeo una chispa pudiese cebar finalmente la mecha en España. Pero el monolítico e impenetrable sistema franquista resiste también a esta oleada, y sólo en 1970, cuando su enemigo de siempre Fraga Iribarne deja el Ministerio de Información y Turismo, le es consentido el retorno. Ahora, como en 1958, a la inmensa alegría y fuerza recibida del «sentir España de nuevo, en su tierra, en su luz, en su aire (...) como si hubiese dejado de ser un fantasma», no le acompaña la tranquilidad, ni política ni económica ni existencial: Bergamín aparece fuertemente marcado por el exilio que, en las palabras de José Luis Aranguren, es «un no poder vivir plenamente ni allí, en el destierro, ni aquí, en la patria».

Ni siquiera la muerte de Franco, como tampoco el reconquistado orden democrático, reconcilian a Bergamín con su España: como republicano convencido, no ha aceptado nunca la monarquía y, es más, su actividad política disidente parece agudizarse nuevamente. Se presenta como candidato de ‘Izquierda Republicana’ al Senado en 1979. Su elección última, definitiva, polémica y simbólica será coherente hasta las últimas consecuencias: en 1982 se transfiere a San Sebastián con su hija Teresa. Finalmente sin censuras y sin intimidaciones (sus artículos en El País y en el Sábado Gráfico de Madrid habían sido censurados con frecuencia, y a partir de abril de 1978 cesaron del todo sus colaboraciones), en abierto apoyo con Herri Batasuna, continúa la lucha de siempre, con un entusiasmo y una vitalidad increíbles. ¿Un irreductible soñador o un testarudo defensor de la libertad?


Olvidado por muchos, ignorado por otros, Bergamín muere el 28 de agosto de 1983; sobre su ataúd la ikurriña, la bandera vasca, recuerda su última quijotesca batalla. El autoexilio en Euskadi -en oposición al insilio madrileño- es el último síntoma de una irrenunciable vocación a la integridad y totalidad que ha marcado su precoz militancia política y su labrada y polimorfa actividad cultural. 


TRES SONETOS A CRISTO CRUCIFICADO ANTE EL MAR
A Jacques y Raíssa Maritain
“Solo, a lo lejos, el piadoso mar.”
UNAMUNO
I
No te entiendo, Señor, cuando te miro
frente al mar, ante el mar crucificado.
Solos el mar y tú. Tú en cruz anclado,
dando a la mar el último suspiro.
No sé si entiendo lo que más admiro:
que cante el mar estando Dios callado;
que brote el agua, muda, a su costado,
tras el morir, de herida sin respiro.
O el mar o tú me engañan, al mirarte
entre dos soledades, a la espera
de un mar de sed, que es sed de mar perdido.
¿Me engañas tú o el mar, al contemplarte
ancla celeste en tierra marinera,
mortal memoria ante inmortal olvido?

II
Ves ya, madre de monstruos y quimeras,
paridora de música radiante:
ven a cantarle al Hombre agonizante
tus mágicas palabras verdaderas.
Rompe a sus pies tus olas altaneras
deshechas en murmullo suspirante.
de la nube sin agua, al desbordante
trueno de voz, enciende tus banderas.     
Relampaguea, de tormentas suma,
la faz divinamente atormentada
del Hijo a tus entrañas evadido.
Pulsa la cruz con dedos de tu espuma.
Y mece, por el sueño acariciada,
la muerte de tu Dios recién nacido.

III
No se mueven de Dios para anegarte
las aguas por sus manos esparcidas;
ni se hace lengua el mar en tus heridas
lamiéndolas de sal, para callarte.
Llega hasta ti la mar, a suplicarte,
madre de madres por tu afán transidas,
que ancles en sus entrañas doloridas
la misteriosa voz con que engendrarte.
No hagas tu cruz espada en carne muerta;
mástil en tierra y sequedad hundido;
árbol en cielo y nubes arraigado.
Madre tuya es la mar: sola, desierta.
Mírala tú que callas, tú caído.
Y entrégale tu grito arrebatado.




No te perdí de vista, ni de oído,
voz a mis perdiciones lisonjera;
ni te gané, que entonces te perdiera,
perdiéndome al ganarte por perdido.
Te encontré y me encontré, tan sorprendido
de volverte a encontrar, como cualquiera;
como cualquiera y de cualquier manera
hice y deshice en ti mi mal sentido;
que el sentido y razón de consentirme,
voz que el tropiezo de mi voz esconde
fue partirnos los dos, cuando, al partirme,
me dejaste con voz que no responde,
con silencio mortal, para decirme
que te vuelva a encontrar ¡Dios sabe dónde!.





LA SOMBRA Y LA MUERTE
I
“Ya con la sombra me asombra.”
LOPE
Pienso que sigue al eco prolongado
del mar, en su sonora voz oscura,
“aquella voluntad honesta y pura”,
lumbre que enciende mi ámbito callado.
De luz y no de sombra estoy cercado,
como la noche; mi pasión apura
la tiniebla sutil que me procura
vivir de claridades rodeado.
Padezco por anhelo de ese fuego
que, invisible, me abrasa y no me prende,
volviéndome esqueleto, espectro, escombro.
Ni sombra soy cuando a mirarme llego;
pues cuando en tal figura me trasciende
mi sombra no es mi sombra que es mi asombro.

II
“En todo hay cierta, inevitable muerte.”
CERVANTES
Siento que paso a paso se adelanta
al doloroso paso de mi vida
el ansia de morir que siento asida
como un nudo de llanto a la garganta.
Fue soledad, fue daño y pena, tanta
pasión que en sangre, en sombra detenida,
me hizo sentir la muerte como herida
por el vivo dolor que la quebranta.
Siento que paso a paso, poco a poco,
con un querer que quiero y que no quiero,
se adentra en mí su decisión más fuerte:
sintiendo en cuanto miro, en cuanto toco,
con tan clara razón su afán postrero,
que en todo es cierta, inevitable muerte. 




A CRISTO CRUCIFICADO
“Me da la vida el temor..!’
CERVANTES
Tú me ofreces la vida con tu muerte
y esa vida sin Ti yo no la quiero;
porque lo que yo espero, y desespero,
es otra vida en la que pueda verte.
Tú crees en mí. Yo a Ti, para creerte,
tendría que morirme lo primero;
morir en Ti, porque si en Ti no muero
no podría encontrarte sin perderte.
Que de tanto temer que te he perdido,
al cabo, ya no sé qué estoy temiendo:
porque de Ti y de mí me siento huido.
Mas con tanto dolor, que estoy sintiendo,
por ese amor con el que me has herido,
que vivo en Ti cuando me estoy muriendo.




Al pasar por el parque me he encontrado  
con un fantasma errante en sus caminos:
destello luminoso de hojas muertas,
otoño sobre el suelo humedecido.
Tan inaudita música de lumbres
hace visible el alma a los sentidos
como un rescoldo que despierta en llama
al fuego que en cenizas se ha dormido.
Seguirán otros pasos a mis pasos;
pisarán esta tierra que yo piso:
pero no escucharán los mismos ecos
que yo estoy escuchando otros oídos.
Otros ojos verán lo que mis ojos,
pero no lo verán como los míos.
Y en otro otoño pulsará el otoño
otro latir de corazón vacío.  




[ MADRID, 1959-1962 ]  A Carlos Obregón 


Este regato en el silencio umbroso,
breve niñez de agua,
transparenta un murmullo estremecido
en el fluir de su corriente mansa.
Y es tanto lo que cuenta su voz viva
por todo lo que dice, lo que habla
(los “verdes paraísos”, los secretos
amores de la infancia),
que al escucharlo temo que se rompa
el hilo de mi alma
como se rompe un eco entre las sombras
y un verso en el temblor de las palabras.
Se hace el silencio luz. Y en el aliento
de la tierra regada
percibo más sutil entre el boscaje,
como un vivo aleteo entre las ramas,
este rumor del agua y el del aire
que en la espesura fresca se recata.
Y como el eco de un decir oscuro
el murmurar de la corriente clara
se une con el aroma luminoso
de los ligustres entre las acacias.
Se une con el latido en que mi sangre
siente temblar un corazón que calla.




No calles, el silencio
abre un abismo tenebroso al alma
cuando el callar es verdadero.
No calles. Habla.
Dale siquiera un eco
a mi voz, un balbuceo de palabra
que rompa todo lo secreto.
Porque si tú te callas, poco a poco,
le irá tejiendo tu silencio
un sudario mortal a mis palabras:
un estremecimiento
apenas vivo; un eco resonante
al vacío de todo, al hondo hueco
que abre como una tumba nuestra vida:
que pesa en nuestros ojos como un sueño.




Con las lluvias de Octubre el Otoño es tan verde
que apenas si se encienden amarillos destellos
en las copas más altas, y unas hojas caídas
apagan su relámpago luminoso en el suelo.
Los cielos transparentan una luz más lejana;
en el aire se aquietan los ímpetus del viento:
y acallando sus pasos para no ser sentido
se acerca con astuta precaución el Invierno.
Por las largas, abiertas avenidas del parque,
y por los sinuosos, escondidos senderos,
no hay más alma que el alma viviente del paisaje
en la clara y profunda lucidez del silencio.
Del silencio, cadencia de una voz inaudita
que estremece las sombras, que enmudece los ecos:
una voz temerosa que parece escucharse
como un grito en la bóveda resonante del cielo.





El misterio está en el aire;
en el aire y en el fuego;
en el fuego y en la luz;
en la luz y el pensamiento.
En la palabra y la idea;
en la voz y en el silencio;
en lo profundo del mar
y en los abismos del cielo.
El misterio está en su sitio:
y de par en par abierto
a la claridad del sol,
a la oscuridad del tiempo.
Tiempo que distiende el alma
desvelándola de sueño,
y hace que en el corazón
del hombre, tiemble el misterio.




¿Por qué se secan las hojas
y se marchitan las flores
y los pájaros se van
sin que sepamos a dónde?
¿Por qué enmudecen las piedras
cuando el agua no les canta?
¿Por qué se callan los árboles
cuando el viento no les habla?
Silencios y soledades
pueblan la tierra y el mar.
Los astros pueblan el cielo
de silencio y soledad.





Estoy pensando ahora, en esta hora
última de la tarde, de tan clara,
profunda y luminosa, parecida
al despertar agónico del alba:
estoy pensando cuando miro cómo
se oscurece el jardín con tan extraña
quietud, durmiéndose en la sombra
la pura silueta iluminada
de los árboles altos que semejan
sutiles esqueletos de fantasmas;
estoy pensando, estoy soñando, creo,
como si no pensara ni soñara,
en otra que será la última hora
de mi vida que siento que se acaba
sin muerte como ahora acaba el día
en esta hora en que su luz se apaga. 



Tu voz viene de un mundo tan distante
que apenas si el oírla me asegura
de que es tu voz, de que no estoy oyendo
otra voz muy distinta de la tuya.
Una voz tan lejana de ti misma
que el oído no sabe si la escucha;
y la oye el corazón como si oyera
palabras que los labios no pronuncian.
Palabras sin sonido que parece
que abren simas sombrías y profundas
de un silencio mortal, como si abrieran
el hondo hueco de una sepultura.





No hay palabras que digan lo que dicen
en Invierno los árboles:
sus troncos, recortados en el cielo
transparente del parque,
no los sueñas; son ellos los que sueñan
el dormido paisaje:
lo están soñando en ti cuando los miras
extraños y distantes.
Las últimas, finísimas agujas
sutiles del ramaje,
despojado de hojas, esquelético,
se clavan en el aire.
Y los esbeltos troncos que sustentan
la celeste raigambre
abren su sueño de la tierra al sueño
de los altos espacios siderales.



Esta tarde de Invierno una invisible
primavera aletea con los pájaros.
(Los gorriones picotean por el suelo.
Un mirlo cruza en vuelo raudo.)
Rota una nube al sol poniente, el cielo
abre su más profundo azul lejano.
Verdinegrea el agua del estanque
de un fervor renacuajo.
La mano femenina del recuerdo
teclea en algún piano
una mazurca de Chopin que escuchan
los árboles extáticos.
Por los senderos y avenidas,
aquí y allá, los bancos
a jóvenes parejas amorosas
esperan solitarios.
Un renacer de nueva Primavera
el Invierno parece estar
como si de otro sueño más profundo
se hubiese despertado.
Fuerte, más fuerte que la muerte, el alma
la deja que se acerque paso a paso.





Siente tanta, tantísima alegría
mi corazón, que ya decir no puedo
cuánto fue su dolor, cuánta su pena,
hasta encontrar al fin este sosiego.
Parece que la vida poco a poco
me va velando el alma con su sueño:
y sólo el corazón alegremente
con su latido me desalma el tiempo.
Ya sé ahora por fin a dónde voy:
y sé ahora también de dónde vengo.
Sé que vine de ti, Dios, a mi vida:
y que vuelvo por ti, Dios, a lo eterno.




Cuando esté muerto es que estaré dormido,
pero no para siempre:
porque de ese otro sueño se despierta
más allá de la muerte.
Y si sigo soñando ese otro sueño,
¿qué será lo que sueñe?
Y si llego por fin a despertarme,
¿de qué me acordaré cuando despierte?




Sin Dios,
sólo dos.
(En dos sólo cabe uno – cuando en uno caben dos. –Y uno y otroquiere Dios – que no quepan en ninguno.)
Sin dos,
sólo Dios.




La vida es nuestra pasión.
La verdad, nuestra razón.
(Cuando de verdad queremos – lo que de vida soñamos – laverdad, la padecemos, -la vida, la razonamos.)
La vida es nuestra razón.
La verdad, nuestra pasión.




Al final,
todo es igual.
(Porque Fray Luis de León – le ha ofrecido la ocasión – con una expresa versión, - la monja Isabel Osorio – lee el Cantar de Salomón: - ¿soñando en don Juan Tenorio?...)
Por principio,
amor es ripio.

(Y es consonante notorio – de Tenorio con Osorio – el fuego del Purgatorio. – Isabel, consonante de Luzbel, - por Él, con Él, contra Él, - prendida en llama consuena… - ¡Alma en pena! –Ya Fray Luis de León – por consonar con canción, - con pasión y corazón, - con razón, y sin razón, - le prende la Inquisición.)
Al final,
todo es moral.




Desde luego,
amor es ciego.
Desde antes, y después
no lo es.
(Amar es querer juntar – mirar y ver. – Qué es lo que hay que separar – para creer.)
Ver y no ver.
Amar no es nunca escoger.

(No poder ver ni mirar – no es amar, es envidiar. – Un escoger que cojea – y baila con la más fea.)
Desde luego,
amor es juego.





Lo que soy cuando estoy siendo
es lo que veo más claro
y lo que menos entiendo.



Dios hizo al hombre del lodo
Y del hombre a la mujer…
(Ahora lo comprendo todo.)





¿Quieres que hagamos un trato?
Yo te compro tu querer
si me lo vendes barato. 



Mi corazón está sordo.
Tu corazón está ciego.
El tuyo no oye mi voz.
El mío no ve tu sueño.




Párate, corazón mío,
que no te quiero sentir
palpitando en el vacío.



La ida cabe en un cuento.
La verdad en un decir.
El mundo en un pensamiento.



El querer que tú me tienes
no es como el que yo te tengo:
el mío te está buscando;
el tuyo me está perdiendo.


Al arder el tronco seco
suenan, crepitan las llamas
cantan con la voz del viento
que estremecía sus ramas.




¿El alma sueña la vida
o la vida sueña el alma?
El alma, la vida, el sueño…
Palabras, siempre palabras.




Tantísimos ojos vivos
que se ha comido la tierra
son los que abrieron los tuyos
para mirar las estrellas. 





Para el gato, un cascabel.
Para el ratón, una trampa.
Para el querer, una puerta.
Para el sueño, una ventana.
Para la muerte, una cruz.
Para la cruz, una raya.
Para la raya, una sombra.
Para la sombra, un fantasma.
Para el silencio, una voz.
Para la voz, una máscara.
Para la máscara, un rostro.
Para el rostro, una mirada.
Para la mirada, un mundo.
Para el mundo, una palabra.
Para la palabra, un hombre.
Para el hombre, un nombre: nada.




Siembras palabras que el viento
te arrebata de la mano.
Grano que no cae al surco
se lo comerán los pájaros.   



La que te juega la muerte
es una mala partida.
Tengas o no tengas suerte
la tendrás siempre perdida.


No hay más que una sola suerte:
a todos nos da la vida
lo que nos quita la muerte.





Cállate, no digas nada,
que lo que dices mejor
lo dices cuando te callas.




Volver a Dios es morir
pero morir de una muerte
en la que empieza el vivir.





“Sólo a una mujer amaba
que fue verdad, creo yo,
porque todo se acabó
y eso sólo no se acaba.”




El corazón nunca duerme.
la que se duerme es el alma
para estar soñando siempre.




No se tienen esperanzas
si no se tienen recuerdos.
El olvido es la frontera
de la muerte y del infierno.




Mi gozo cayó en un pozo
y sirvió de espejo al cielo.
El tuyo se cayó al mar:
los peces se lo comieron.




Tú eres la noche y el día:
por la mañana eres clara
y por la tarde sombría.




Yo no sé lo que persigo:
sé que me pierdo y me encuentro
cuando me encuentro perdido.





Mi vida se va acabando:
y no lo quiero pensar
y no hago más que pensarlo.




Yo no sé si esto es ahora
por la hora del reló:
sé que la hora sonó
pero no sonó mi hora;
porque el tiempo se demora
en hacer su parecer,
que es hacer y deshacer
el tiempo que se ha perdido,
ido sin ese haber sido
hasta dejarlo de ser.




No puedes perder el tiempo:
el tiempo te pierde a ti
cuando tú quieres perderlo.





La razón vale tan poco
que cuando quieres tenerla
es cuando te vuelves loco.





La noche de tu querer
me la pasé como el gallo
cantando el amanecer.



Verde el olivo verde,
blanco el almendro:
cuando llega la noche
se vuelven negros.



Se vuelven negros
lo mismo que si fueran
mis pensamientos.



Como el querer así es todo:
primero con cuidadito
y luego de cualquier modo.




Las piedras me están gritando
que no te vaya a buscar
donde me estás esperando.


Que hasta las piedras lo saben
que me engaña tu querer
y yo no quiero enterarme.



La verdad de las palabras
no es verdad por lo que dicen:
es verdad por lo que callan.



Si los silencios no hablaran
nadie podría decir
lo que callan las palabras.




Mi puerta se abre al camino.
Mi ventana se abre al mar.
Desde que tú te marchaste
nunca se han vuelto a cerrar.





Envejecer no es morir;
la vejez es como un árbol:
arde el Otoño en las hojas
de que lo va despojando;
la luz y el aire en sus ramas
lo van desenmascarando
y ofrecen desnudo el tronco
al sol que lo está mirando.



Puse al querer alma y vida
y se los jugué a la muerte.
No sé si gané o perdí
porque dejé de quererte.





Santa María Magdalena:
tanto penaste de amor
que enamoraste la pena.




Yo no sé lo que sería
pero sé que lo que era
no era lo que parecía.




El cariño que te tengo
no es un cariño cualquiera:
que no te quiero querer
y te quiero aunque no quiera.




La fuerza de la llama
la dobla el viento:
la de los corazones
el pensamiento.



No tengo más que esta vida;
si hay otra, yo no la tengo:
porque la doy por perdida.



No pongas foso, ni muro,
Ni puertas al corazón:
Es como está más seguro.





Dime que el viento y la calma
la locura y la razón,
pueden llegar a entenderse
dentro de tu corazón.



Pero tú a mí no me digas
que el gato con el ratón
pueden hacer buenas migas.



Lo contrario nos asombra:
a mí me asombra tu luz;
a ti te asombra mi sombra.




Para escapar a tu muerte
No tienes sitio en el mundo
Donde poder esconderte.



El Infierno es un abismo
que no está fuera de ti
sino dentro de ti mismo.



¡Mira tú lo que es el tiempo!
Nos vamos quedando solos
como se quedan los muertos.




La vejez es una máscara:
si te la quitas, descubres
el rostro infantil del alma.



La mentira y la verdad
son como el cuerpo y la sombra:
no se pueden separar.



Mirar tus ojos es ver
apagarse las estrellas
antes del amanecer.



No digas malas palabras
que te quemarán la lengua
y te apagarán el alma.





Siempre me dices que tienes
ganas de venirme a ver.
Lo dices, pero no vienes.



Yo tengo una lucecita
que no le quita a lo oscuro
más que lo que necesita.




El sentido de la vida
sólo lo tiene la muerte
que al dártelo te lo quita.





La razón y la verdad
una vez se separaron
y no se han vuelto a juntar.




No se puede andar con gente
que no sabe a dónde va
ni sabe de dónde viene.




Mi copla se cayó al mar
y la encontró una sirena
que no la supo cantar.




Sopla un poquito en la brasa
Y verás cómo se enciende
lo que tú crees que se apaga.



Mira romo pasa el tiempo:
ayer se llamó esperanza
la que hoy se llama recuerdo.



Cada uno es cada uno.
Cada cual es cada cual.
Cada quien es cada quien.
Y nadie es menos ni más.




Yo no sabría decir
si soy yo quien pierde el tiempo
o el tiempo me pierde a mí.


Cuando comienzo a dudar
veo la sombra de un hombre
que va andando por el mar.




No tener más que razón
es estar ciego de alma
y sordo de corazón.



Me estoy quedando dormido
entre la vida y el sueño,
entre el sueño y el olvido.


Estoy soñando que sueño
sin despertar todavía,
como si no fuera, yo
el soñador de mi vida.



Como si fuera una sombra,
y no lo fuera la mía,
una sombra que se sueña
soñadora de sí misma.




Voy huyendo de mi voz,
huyendo de mi silencio;
huyendo de las palabras
vacías con que tropiezo.



Como si no fuera yo
el que me voy persiguiendo,
me encuentro huyendo de mí
cuando conmigo me encuentro.




Yo no sé qué es lo que puede
de esta noche y de esta fiesta
en mi corazón cansado
dejar un rastro, una huella.



No hay ni un eco ni una sombra
en que se prolongue apenas
de una voz o de una luz
la estremecida cadencia.


Las luces ya se apagaron
y las voces ya no suenan:
las sombras se hacen silencios
y los silencios, tinieblas. 




Señor, yo quiero morirme
como se muere cualquiera:
cualquiera que no sea un héroe,
ni un suicida, ni un poeta
que quiera darle a su muerte
más razón de la que tenga.
Quiero morirme, Señor,
igual que si me durmiera
en Ti; como cuando niño
me dormía, sin que apenas
supiese yo que era en Ti
y por Ti que el alma sueña;
y sin que por despertar
cada día, no quisiera
volver a dormir de nuevo
una y otra vez, sin tregua.
Cada noche y cada día,
por dormida o por despierta,
el alma sabe que está
soñando la vida entera.
Por eso quiero, Señor,
morir sin que ella lo sepa.
Quiero morirme, Señor,
como si no me muriera.




Dentro del otoño hay ecos
de catedrales sonoras:
claustros de penumbra verde,
largas naves, altas bóvedas;
las arboledas las fingen
fantasmales, las prolongan
ahondando en el hondo cielo
sus resonancias más hondas;
y, al esconderse en los huecos
más oscuros de sus sombras,
el aire otoñal es duende
que esa música atesora:
volviendo, en esa cadencia
murmurante entre las hojas,
los silencios más silencios,
las soledades más solas.




Llamas amor a consentir el daño
que hace tu corazón cuando se siente
Latir en otro corazón extraño.
Que, al fin, lo que te queda de la vida
es sentir el vacío de otra mano
en tu mano vacía.




Tengo miedo al silencio
Y temo las palabras
que al decirlo lo esconden
como si lo callaran.
Me da miedo esa hora
silenciosa del alma
en que todo se hunde
porque todo se calla.





EN EL SILENCIO DE LA GRAN CARTUJA
“Todo es disfraz de silencio.”
M. DE UNAMUNO

No sé si el alma debe,
sintiendo esta quietud, maravillada,
quedarse en su silencio, renunciando
al don de la palabra.
Le llega al corazón este silencio
de “música callada”
poblando de “sonoras soledades”
fabulosas el alma.
En esta luz de atardecer, sombría
por la noche que avanza,
y por la oscura voluntad de sueño
que cobijan los pinos en sus ramas,
se ahonda la espesura temerosa
del bosque, y las montañas
levantan, fantasmales, hasta el cielo,
con muda voz, sus cumbres arriscadas.
La tarde, este silencio, este sosiego,
la soledad del bosque ensimismada
en sueño y en dormido son del río,
todo habla al alma cuando el alma calla.
 (Grande Chartreuse. Junio 1965)





“Pour un Coeur que s’ennuie,
oh, le chant de la pluie.”
VERLAINE
Todo el aire que respiro
está velado de lágrimas.
Sigue cayendo la lluvia
como un llanto. Siente el alma
que la está oyendo caer
como si no la escuchara:
en un silencio sonoro
de oscuridades calladas,
como una mano invisible
golpeando en la ventana;
y sobre las hojas secas
como un crepitar de llamas.
Va cayendo, destejiendo
las nubes en hilos de agua,
igual que una cabellera
por el viento despeinada.
La bebe una tierra oscura
con su sed que no se sacia
como queriendo apagar
el fuego de sus entrañas.
Y mi corazón la siente
lo mismo que si llorara,
como una voz, como un canto,
como un decir sin palabras.





Ya siento que se acerca cada vez más la hora
en la que el corazón cansado, de repente
se para, se detiene de pronto sin latido
y me deja caer como un despojo inerte.
La siento que se acerca, que me mira en silencio
mortal, al fin, la hora heridora que quiere
no dejarme sentir ni siquiera que, al cabo,
dejaré de sentir de una vez para siempre.




Un débil sol de otoño largamente acaricia
de claridad cansada la soledad del parque,
vivo rescoldo apenas de una vencida lumbre
que al declinar el día apagará en la tarde.
La sombra de la sombra, la llama de la llama,
huyen, y son despojos efímeros del aire.
Y el alma huye del alma como de un viento helado
que arrastra la humareda y la ceniza esparce.





Se presiente el otoño cuando apenas
se tiñe de amarillo
la verdinegra fronda y todavía
el viento no arrebata en torbellino
de oro las primeras hojas secas
sonorizando el suelo humedecido.
Cuando aún en el hálito profundo
de la tierra se siente del estío
arder la luminosa pesadumbre
de un fuego entre sus sombras fugitivo.





Morir no es desnacer, no es desvivirse
sintiéndose uno mismo
escapar de la oscura red del tiempo
destramando su hilo.
No es un dormir ni un despertar tampoco.
No es salir de un camino a otro camino.
No es dejarse vencer de ningún sueño. 

No es darse por vencido.


A CRISTO CRUCIFICADO ANTE EL MAR 
[ 1937-1983 1 
A Manolo Mallofret 
"Il n'y eux plus ríen que la mer" 
VÍCTOR HUGO 
He vuelto a ti otra vez, mar poderoso, 
mar sin Dios y sin dioses, mar sin tiempo: 
profundo mar, vacío de ti mismo, 
solitario guardián de tu secreto. 
Vuelvo a mirarme en ti ¡mar infinito! 
como en un vivo espejo: 
a escucharme en tu voz tempestuosa 
como un lejano eco. 
Vuelvo otra vez y vuelvo a preguntarte 
¡oh prodigioso mar, mar agorero! 
¿quién mató a Dios, qué mano tenebrosa 
lo sepultó en su sueño? 
¿Quién a su luz, nacida del abismo, 
despojó de su reino 
y a su voz y palabra creadora 
dio su silencio eterno? 
¿Por qué tú, mar sonoro, con tu canto 
juntaste en ti la tierra con el cielo? 
¿Qué soledad de soledades sola 
vuelve a tu nada nuestro pensamiento? 
¿Qué agónico morir, oué dolorido. 
pesaroso desvelo, 
apaga en ti la luz agonizante 
de un corazón ardiendo? 
Agonía de Dios fue la de Cristo 
en la noche del huerto. 
Ante ti ¡mar! Cristo crucificado 
no está vivo, está muerto. 

 
Enrique Morente canta a José Bergamín



EDITORIAL PRE-TEXTOS
POESÍAS COMPLETAS
DE JOSÉ BERGAMÍN