martes, 23 de junio de 2015

Venga a nosotros tu reino. Félix García López.

Venga a nosotros tu reino
FÉLIX GARCÍA LÓPEZ

Seguramente muchos lectores habrán tenido la oportunidad de visitar Tierra Santa; y probablemente la mayoría, sino todos, habrán visto, al menos en fotografía, lugares tan santos y entrañables para un cristiano como el monte de los Olivos, el Calvario, el lugar de la Ascensión, etc. Recordarán que en Jerusalén, sobre la cima del monte de los Olivos, muy cerca del lugar tradicional de la Ascensión de Jesús a los cielos, se conserva una gruta en la que, según una tradición cristiana, Jesús se retiraba con sus discípulos para instruirles y para orar.
Ya en los primeros siglos del cristianismo se bautizó a esta cueva con el nombre de “Gruta de las enseñanzas”. Posteriormente los cruzados la denominaron “Gruta del Pater”, por considerar que Jesús enseñó allí por primera vez el padrenuestro o que allí lo recitó con frecuencia.
Gruta del Pater” o “Gruta de las enseñanzas”, ambos nombres se adaptan muy bien a las tradiciones evangélicas sobre el padrenuestro. El evangelista Lucas presenta así los hechos:
“Y se dio e! caso de que estaba Jesús en un sitio rezando y cuando acabó le dijo uno de sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a rezar, como también Juan enseñó a sus discípulos’. Jesús les dijo: cuando recéis decid: Padre nuestro…’” (Lc 11, 1ss).
Tres veces se repite, en estas fórmulas introductorias al padrenuestro, el verbo “rezar” y dos veces el verbo “enseñar”. El padrenuestro nace, según esta tradición evangélica, como una auténtica oración y como una verdadera enseñanza.
Que naciera o no en una gruta, nada dicen expresamente los evangelistas, sí bien algo pudiera inferirse en este sentido del evangelio de Mateo. En las palabras que preceden al padrenuestro, Mateo recoge las siguientes enseñanzas de Jesús:
“Cuando recéis no seáis como los hipócritas, que son amigos de rezar en pie en las sinagogas… En cambio, tú cuando reces entra en tu habitación… y reza a tu padre en lo oculto… así: ‘Padre nuestro…’ “ (Mt 6, 5ss).
El padrenuestro surge, pues, como un modelo de oración, a petición de los discípulos de Jesús. El esquema de esta oración es bien sencillo; después de una invocación, siguen dos series de deseos-peticiones: en la primera, de amplios horizontes, se pide la implantación a nivel cósmico de los designios de Dios; la segunda mira a las necesidades personales de los discípulos.
Para percatarnos mejor de las amplias perspectivas de la primera serie de peticiones, entre las que se encuentra el ‘venga a nosotros tu reino”, conviene que nos fijemos en la invocación de la introducción: “Padre nuestro que estás en los cielos” y en la última petición “hágase tu voluntad así en la tierra como en los cielos”. Cielos y tierra son, evidentemente, dos dimensiones cósmicas, que constituyen el marco de la primera parte del padrenuestro. Entre estos dos puntos se halla encuadrada, como elemento central, la petición “venga a nosotros tu reino”. En ella se desea y se pide que el reino de los cielos venga a nosotros, que estamos en la tierra. Nuevamente se dan cita aquí las dos dimensiones señaladas.

¿Qué reino?
Pero… ¿cuál es la verdadera naturaleza de ese reino, cuya venida se desea y se pide en el padrenuestro? ¿A qué realidad hacía referencia Jesús cuando invitaba a sus discípulos a orar al Padre diciendo: “venga a nosotros tu reino”? Y ¿qué entenderían los discípulos al escuchar estas palabras de labios de su Maestro?
Para responder adecuadamente a estas preguntas tenemos que examinar las enseñanzas de Jesús sobre el reino de Dios y las creencias y las esperanzas de los discípulos, y de una buena parte del pueblo de Israel, acerca de una intervención del Señor con el fin de implantar su reino en el mundo.
Como los primeros discípulos, también nosotros queremos ahora seguir los pasos de Jesús; y lo vamos a hacer poniéndonos a la escucha del Maestro, rememorando sus palabras, dejando que sus enseñanzas (acompañadas de algunos comentarios) discurran poco a poco por nuestra mente y que desciendan a nuestro corazón. Que esa palabra de Dios, siempre viva y operante, fecunde una vez más nuestro espíritu de hijos de Dios que nos hace clamar: “Padre, venga a nosotros tu reino”.
De todas las enseñanzas de Jesús, a lo largo de los tres años de su ministerio público en Palestina, el mensaje sobre la venida del reino de Dios es, sin duda alguna, el central; en torno a él se aglutinan los demás. La idea del “reino de Dios” o su equivalente “reino de los cielos” es como la osatura que sustenta toda la predicación de Jesús. (Nada más normal, por tanto, que la petición “venga a nosotros tu reino” ocupe el centro del padrenuestro en el que se sintetiza, en cierta manera, la predicación del Maestro.)
La enseñanza de Jesús llegaba en un momento en el que el pueblo de Israel esperaba y ansiaba ardientemente la aparición del reino de Dios. Para comprender estas esperanzas y estos anhelos del pueblo conviene echar una rápida ojeada a la historia de Israel, es decir, a la historia del pueblo que vio nacer a Jesús y en el cual se arraiga su mensaje sobre el reino de Dios.
La verdad es que el pueblo de Israel tenía una experiencia relativamente larga de lo que era un reino. Efectivamente, la monarquía israelita surgió en el siglo XI a.de C. con Saúl y perduró hasta el siglo VI, concretamente hasta el año 587 a. de C., fecha de la conquista de Jerusalén, de la destrucción del templo y de la deportación a Babilonia.
En la etapa anterior a la monarquía, el pueblo de Israel estaba acostumbrado a pensar en términos de una teocracia, en la que Yahvé era el verdadero rey de Israel. Esta idea pervivió durante la monarquía y aún después de su desaparición. La monarquía en Israel surgió, no sin fuertes oposiciones, para hacer frente al peligro filisteo. En su mismo nacimiento, el pueblo albergaba una gran esperanza: verse liberado de las amenazas de las otras naciones. Bien pronto el rey David tradujo esta esperanza en una realidad, al dominar a los filisteos y ensanchar considerablemente las fronteras de su reino. Esto provocó una reacción favorable a la monarquía, particularmente al rey David, en quien vieron el lugarteniente de Dios, a su ungido o mesías, al representante legítimo de Dios en la tierra.
 En David, Dios había llevado a feliz término las promesas hechas en otro tiempo a los patriarcas; y a David se ligaba ahora una nueva promesa divina. Yahvé, por medio del profeta Natán, hacía llegar al rey David este oráculo: Tu casa y tu realeza permanecerán firmes para siempre ante Mí: tu trono será estable por siempre” (2 Sam 7, 16).
Esta promesa y este privilegio, concedido por Dios a David, no era exclusivamente personal, sino que era una prerrogativa de todos los sucesores de David en el trono. Consiguientemente, las creencias y las esperanzas del pueblo de Israel, relativas a la venida del reino de Dios y a la salvación del pueblo, se canalizaron normalmente a través de la dinastía davídica; es decir, sería un rey del linaje de David quien aportaría la liberación definitiva al pueblo de Israel. El desarrollo de los acontecimientos en el reino de Israel, escenario de sucesivas crisis y fracasos políticos, incitó constantemente a profetas de Israel a interrogarse sobre el sentido exacto del oráculo de Natán.
Algunos profetas pensaron que este oráculo no era válido para la dinastía de David en su conjunto e indistintamente, sino que había de ser entendido en el sentido de un rey ideal y de un reino ideal más o menos lejano. La caída de Jerusalén, esto es, el fin de la monarquía, reforzaría considerablemente esta interpretación. Después de este desastre nacional, Israel difícilmente podía esperar un resurgimiento político por sus propias fuerzas. Cuanto menor era esta esperanza tanto mayor era la expectación de una intervención futura de Dios a favor de su pueblo.
Esto hizo que paulatinamente se fuera perfilando, en el horizonte político y religioso de Israel, la figura ideal de un Mesías, de un príncipe de la paz. Se actualizaba así la promesa a David, pero con proporciones sobrehumanas, al esperar un rey cuyo glorioso principio y cuya paz no tendría fin en el trono de David y en su reino (cf. Is 9, 1ss).
Este rey ideal —diseñado en el libro de Isaías y en otros textos proféticos— era el Enmanuel, en quien los evangelistas descubrirían a Jesús, el Mesías, el Cristo, el hijo de David. A su persona y a la época en que vivió, a su palabra y a su obra vamos a dedicar ahora algunas reflexiones.

En tiempos de Jesús
La esperanza de Israel en la venida del reino de Dios era tan viva como heterogénea. Israel llevaba ya varios siglos sometido al dominio de otras naciones. Deseaba ardientemente verse liberado de sus opresores, concretamente de la dominación romana; aguardaba con ansia el momento en que Dios congregara y rigiera de nuevo a Israel, más aún, de que Dios gobernara toda la tierra por medio de su ungido o mesías.
Esta esperanza estaba muy difundida en los medios populares y de ella nos ha quedado constancia en los evangelios y en otros escritos de la época. 

Los mismos discípulos de Jesús esperaban la llegada de un reino justo, sí, pero meramente humano y terreno; aguardaban que Jesús restaurara el reino de Israel. Lucas dice que los discípulos de Jesús “creían que el reino de Dios —entendido como la restauración nacional de Israel— iba a aparecer inmediatamente” (Lc 19, 11).
Quizá por esto los discípulos comenzaron a preocuparse por los puestos. Un buen día:
“Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, a decirle: Maestro, queremos que nos hagas lo que te pidamos. El les dijo: ‘¿Qué queréis que yo os haga?’ Ellos le dijeron: ‘Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en el esplendor de tu reino’. Pero Jesús les dijo: ‘No sabéis qué pedís…’ (Mc 10, 35ss). 

En la última cena, hablando Jesús con sus apóstoles de la proximidad del reino, éstos discutían entre sí sobre quién sería el mayor. Jesús aprovechó esta ocasión para enseñarles cómo los reyes de las naciones las dominan y cómo entre los apóstoles no tiene que ser así: el mayor ha de servir al menor y el que manda ha de comportarse como el que sirve (Lc 22, 24ss).
Pero la lección de Jesús no bastaría, como tampoco había sido suficiente todo el largo período de su predicación y enseñanza. Los discípulos seguían pensando que Jesús iba a erigir un reino político-religioso, de tipo nacional, un reino que, si era necesario, se impondría por la fuerza y se defendería con las armas. De aquí que los discípulos que estaban junto a Jesús en el huerto de Getsemaní, en la noche del prendimiento, le preguntaron: “Señor, ¿atacamos a espada?” (Lc 22, 49). Y Pedro desenvainó la espada e hirió a un esclavo del sumo sacerdote (cf. Jn 18, 10).
Después de la muerte y de la resurrección de Jesús, los discípulos de Emaús manifiestan las esperanzas que se habían forjado acerca del reino predicado por Jesús: “Nosotros esperábamos –dicen— que fuera El (Jesús) quien iba a liberar a Israel” (Lc 24, 21).
Incluso en el momento de la Ascensión se expresa una esperanza de este tipo en la pregunta de los discípulos a Jesús: “¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” (Hch 1, 6). 

Esta esperanza religioso-nacional de los discípulos de Jesús —y de una buena parte del pueblo— se daba la mano con la idea-esperanza en Jesús, hijo de David, a quien Dios daría el trono de su padre.
Mateo abre su evangelio con estas palabras: “genealogía de Jesucristo, hijo de David” (Mt 1, 1) y Lucas, al presentar el anuncio del ángel a María, hace referencia explícita al oráculo de Natán:
“Mira, dice el ángel a María, concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús. El será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará sobre la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 31-33).

Por su parte, el evangelista Marcos transmite la aclamación de la multitud con ocasión de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén: “Bendito el reino que viene de nuestro padre David” (11, 11).
En realidad, Jesús nunca rehusó el título mesiánico “hijo de David”, pero probó sobradamente, con sus palabras y con sus obras, que este título, por sí solo, no bastaba para expresar el misterio de su persona y de su misión.
Para no incurrir en algún malentendido, Jesús pedía a los enfermos, que le aclamaban como “hijo de David”, que mantuvieran en secreto el hecho de su curación. Tal vez quería prevenir Jesús que las masas populares o algún grupo más extremista confiriera a su filiación davídica un alcanee político. El reinado de Dios, predicado por Jesús, no consistía, ciertamente, en una teocracia nacional, de tipo religioso-político. Jesús tenía una concepción muy distinta del reino de Dios; cuál fuera esta concepción es lo que ahora vamos a considerar.

El cumplimiento de la promesa
Marcos coloca al comienzo de la vida pública de Jesús un texto programático en el que se sintetiza toda la predicación del Señor sobre el reino de Dios.
“Después que Juan fue entregado, Jesús fue a Galilea, predicando el evangelio de Dios y diciendo: se ha cumplido el tiempo y ha llegado el reino de Dios. Arrepentíos y creed al evangelio” (1, 14-15). 

Lucas, en cambio, encabeza la predicación de Jesús con un episodio bastante diferente, pero que tiene también un valor programático. Este evangelista presenta así los hechos:
‘Llegó Jesús a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga en día de sábado, y se levantó a leer. Se le entregó el volumen del profeta Isaías Y al desplegar el volumen encontró el pasaje donde estaba escrito:
‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ungió;
me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a predicar liberación a los cautivos y vista a los ciegos;
a enviar en libertad a los oprimidos,
a predicar un año de gracia del Señor.’

Cuando enrolló el volumen y lo entregó al ministro, se sentó. En la sinagoga, los ojos de todos estaban clavados en él. Y empezó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta escritura ante este auditorio’ “ (Lc 4, 16-21). 

Una nueva era
Tanto Marcos como Lucas, pese a las muchas diferencias existentes entre ellos, coinciden en señalar que con Jesús comienza una nueva era, al realizarse lo que durante tanto tiempo se había estado esperando y preanunciando: ‘el tiempo se ha cumplido”; “hoy se cumple esta escritura”. La nueva etapa de la historia de la salvación aparece en este discurso programático de Jesús misteriosamente vinculada a su persona, a su palabra y a su obra. Con la aparición de Jesús se ha cumplido el tiempo, el reino ha llegado Por eso, “preguntado por los fariseos cuándo llegaba el reino de Dios, Jesús les respondió:… el reino de Dios está entre vosotros” (Le 17, 20s). A los mismos fariseos, que le acusaban de expulsar a los demonios gracias a Belcebú, príncipe de los demonios, Jesús les responde que El expulsa los demonios gracias al Espíritu de Dios, lo cual —añade— es un signo manifiesto de que el Reino de Dios ha llegado (cf. Mt 12, 24ss). Es decir, mediante su obra Jesús derriba un reinado, el de Belcebú, y erige otro, el de Dios.
Esta presencia del reino, sin embargo, no impide a Jesús invitar a sus discípulos a orar al Padre diciendo: “Venga a nosotros tu reino” (Mt 6,10; Le 11, 2), la más clara expresión, quizá, del carácter futuro-escatológico del reino. Pero ¿cómo se explica que el reino de Dios existe ya y, sin embargo, aún se espera su venida?


El reino de Dios es una realidad presente, pero es también y sobre todo una realidad futura
Característico y decisivo en el mensaje de Jesús es proclamar el reino escatólogico de Dios como un reino cercano a los hombres. En Cristo Jesús, Dios salió al encuentro de los hombres; en el Hijo de Dios se unieron los cielos y la tierra, lo humano y lo divino, operándose así la cercanía del reino de Dios. “Con su palabra y con su acción, Jesús se adueña del hoy y hace de él el presente en el que se toman las decisiones del futuro definitivo”1.
El reino de Dios apunta hacia un futuro ya amanecido, pero aún por venir. El reino de Dios está presente en Jesús y en su obra, pero únicamente como anticipo de lo venidero.
“El reino de los cielos —decía el mismo Jesús— es parecido a un grano de mostaza que un hombre coge para sembrarlo en su campo; es la más pequeña de todas las semillas, pero, una vez desarrollado, es mayor que las hortalizas, y se hace un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo van a anidar en sus ramas’ (Mt 13, 31-32).
El reino de los cielos está ya presente en Jesús, pero tan sólo germinalmente lo mismo que el árbol se contiene en el grano, sin que aún haya alcanzado su pleno desarrollo, de forma que hay que esperar su consumación en el futuro.

La cercanía del reino de Dios en Jesús
Esta cercanía refleja también en todos los que habiendo reconocido esta presencia del reino de Dios en Jesús optan por seguirle. Es decir, la presencia del reino de los cielos no sólo se hace manifiesta en Jesús, sino también en sus discípulos, en su Iglesia (cf. Mt 16,18).
La Iglesia tiene la misión de testimoniar en la tierra la llegada del reino de los cielos. Los discípulos de Jesús han de ser sus testigos hasta lo último de la tierra (cf. Hch 1,8). Sí, testigos del reino o testigos de Jesús; cambia la expresión, pero la realidad viene a ser la misma.
Efectivamente, por su muerte y su resurrección, el Jesús predicador pasó a ser el Cristo predicado. Después de su muerte y su resurrección, Dios exaltó al Señor Jesús a su derecha (cf. Hch 2,32ss; Flp 2,9ss), ejerciendo así un reinado salvador por medio del Mesías glorificado. Jesús, en cuanto Cristo y Señor, pasó a ocupar el centro de la predicación apostólica. De aquí que ser testigos del reino de Dios o ser testigos de Jesús sea una misma realidad. En la perspectiva neotestamentaria, Jesús es rey sobre todo a partir de su resurrección y de su manifestación gloriosa. Consiguientemente, la Iglesia apostólica tiende a situar el reino de Dios y de Cristo, en su totalidad, al final de los tiempos.

Un reino de servicio
La resurrección de Jesús y el envío del Espíritu transformaron completamente a los Apóstoles. A la luz del Espíritu, los Apóstoles penetraron en el misterio pascual y en el verdadero sentido de la obra realizada por Dios en Cristo Jesús.  Comprendieron los discípulos la verdadera naturaleza del reino de Dios proclamado por Jesús. Pedro se dio cuenta que el reino de Dios no era de este mundo y que no era preciso defenderlo con la espada. Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, reconocieron en Jesús un libertador de una talla infinitamente superior al restaurador del reino de Israel que ellos se habían imaginado. Los Apóstoles que en la última cena se disputaban los primeros puestos en el reino se convencieron finalmente de que lo más importante en el reino de Dios no es sobresalir y dominar, sino servir; que servir es reinar. Esta fe y esta convicción pospascuales movieron a los primeros discípulos a optar definitivamente por Cristo, a consagrar su vida a la causa del reino, esto es, al servicio de Dios mediante el servicio a los hombres. Un servicio desinteresado y sin reservas, pues “nadie puede servir a Dios y a Mammón” (Mt 6,24). El auténtico servicio al reino de Dios es incompatible con el servicio al reino de este mundo. El antiguo pueblo de Dios, esclavo en Egipto, suplicaba a Faraón que soltara sus amarras y le permitiera ir al desierto para “servir” a su Dios (cf. Ex 5ss). La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, tiene que liberarse de todos los impedimentos de este mundo para desempeñar libremente su misión al servicio del reino de Dios.
‘Jesús, dice un teólogo actual, exige del hombre que se decida radicalmente por Dios. La opción es inequívoca: Dios y su señorío o el mundo y su señorío… Jesús mismo abandonó familia y profesión, hogar y patria. Y a otros hombres los sacó de sus vinculaciones familiares y sociales para que lo siguieran como discípulos. Pero no a todos invitó a dejar la familia, la profesión y la patria. No fue un revolucionario social. A todos, sin embargo, a cada uno en particular, invitó a la radical decisión: ¿A qué se quiere pegar, en definitiva, el corazón, a Dios o a los bienes de este mundo?”.

 La exigencia de amar a Dios con todo el corazón v al prójimo como a sí mismo constituye la quintaesencia de la ética del reino.
Creo que la Iglesia actual, como la Iglesia apostólica, los cristianos de hoy, al igual que los primeros discípulos de Jesús, todos los aquí presentes necesitamos constantemente de una revisión de nuestros criterios y de una adaptación a los grandes principios y a las grandes exigencias del reino. De un reajuste de nuestras concepciones, a la luz del Espíritu, para no reducir el reino de Dios a nuestras propias medidas e intereses para penetrar en el verdadero espíritu del reino de Dios y del Señor Jesús. A los discípulos de Emaús, Jesús no les pidió que renunciasen a sus proyectos humanos y a sus esperanzas concretas. Jesús les escuchó a lo largo del camino y se interesó por sus propios discípulos de Emaús se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino, cuando nos abría el sentido de fas Escrituras?” (Lc 24, 32).
Haciéndose eco de la fuerza de atracción ejercida por la palabra de Jesús no sólo sobre sus discípulos, sino también sobre todos aquellos que le escuchaban, un teólogo de nuestros días se pregunta: “¿por qué seducía la predicación de Jesús por su pureza, limpieza y claridad y, sin embargo, fue rechazada por la mayoría del pueblo y precisamente por sus dirigentes político-religiosos?” A esta cuestión el mismo teólogo responde aduciendo como razón el hecho de que el reino de Dios anunciado por Jesús “no es reino de poder político y de bienes terrenos, sino el señorío de Dios, que supone conversión y fe…”. Esta respuesta toca uno de los puntos centrales de la doctrina del reino. Efectivamente, en los umbrales de su vida pública, Jesús comenzó proclamando no sólo la llegada del reino de Dios, sino también las exigencias de este reino. Jesús decía: “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios ha llegado; convertíos y creed al Evangelio” (Mc 1,15)
Desde aquel “primer” discurso de Jesús hasta nuestros días, esta invitación apremiante del Maestro no ha dejado de repetirse entre los hombres. Cada Miércoles de Ceniza, en los umbrales de la Cuaresma, la Iglesia recuerda a sus fieles este imperativo programático de Jesús, esta llamada ineludible a vivir la ética del reino de Dios. Mientras la mano del sacerdote traza la cruz sobre la frente de los cristianos, a prenden de nuevo aquellas palabras: “convertíos y creed al Evangelio”.
“La conversión y la fe, precisa un buen exégeta alemán, son en Jesús sólo dos caras de una misma postura fundamental. Sólo quien se convierte puede formarse la creencia de que el tiempo de salud ha llegado ya, y que el reino de Dios en su plenitud está ya a las puertas; y esta misma fe constituye de nuevo una conversión, puesto que incluye el reconocimiento de la culpabilidad ante Dios, así como la necesidad de salud, pero también la disposición para cumplir la voluntad de Dios conforme a los postulados radicales de Jesús” .

La conversión exige una transformación de la mente y del corazón, inclinados al dominio y a la autosuficiencia; autosuficiencia que lleva a construirse su propio reino, a instalarse en él y a olvidar el reino de Dios. Convertirse significa abandonar la propia suficiencia y la falsa seguridad en sí mismo para apoyarse en Dios, de la misma manera que el niño busca el apoyo y la seguridad en su padre. En cierta ocasión, relata el evangelista Mateo, “se acercaron los discípulos a Jesús diciendo: ¿quién será el más grande en el reino de los cielos? El, llamando a sí un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 1-3). “Volver a hacerse niños” supone un cambio total en la vida del hombre adulto. Esta imagen empleada por el mismo Jesús toca el centro del sentido de la conversión, esencial en cualquier momento de la vida del cristiano. “Volver a hacerse niños“ significa aprender de nuevo a decir “papá”, Abba, en el sentido ya explicado. Convertirse, por tanto, significa aprender de nuevo a decir Abba, a depositar toda la confianza en el Padre celestial, a regresar al hogar paterno y a los brazos del Padre. La conversión del hijo pródigo consiste en hallar el camino para regresar al hogar paterno y a los brazos de su padre (cf. Lc 15, 11ss).
La conversión y la fe urgidas por Jesús como condición indispensable para tener parte en el reino de Dios, hacen que el hombre entre, ya desde ahora, en comunión con Dios y que eleve su corazón al Padre para pedirle con confianza filial “venga a nosotros tu reino”, anhelando la comunión definitiva con Dios, el reino consumado, la unión con su Rey en la gloria (cf. Lumen Gentium, 5).
La petición “venga a nosotros tu reino” apunta claramente al reino último, al reino ya consumado al final de los tiempos, a la gloria eterna. La Iglesia vive y realiza su misión en el mundo presente, pero es escatológica por su destino. Los cristianos por su bautismo resucitan con Cristo y participan ya en la tierra de su soberanía en los cielos.
“Dondequiera que haya hombres que se atrevan a pedir a su Padre celestial con confianza de niños y en nombre de Cristo la revelación de su gloria y que se digne concedernos aquí el pan de vida, y la cancelación de nuestras deudas, se está realizando, ya desde ahora, el reino soberano de Dios sobre las vidas de sus hijos… . “

Venga a nosotros tu reino
Al llegar al término de nuestro camino, tras las huellas de Jesús, a la escucha de su mensaje sobre el reino de Dios, volvemos con gusto al punto de partida: a Jerusalén, la ciudad santa, a la “Gruta de las enseñanzas” o “Gruta del Pater”, “cuna” de esa hermosa oración, de rasgos profundamente humanos y de dimensiones verdaderamente cósmicas, en la que se dan cita el cielo y la tierra. Pues, cada vez que suplicamos al Padre “venga a nosotros tu reino’ le estamos pidiendo que el reino de los cielos se haga presenté en la tierra, que El salga a nuestro encuentro en su Hijo Jesucristo, que envíe la fuerza del Espíritu para que nos ayude a seguir caminando hacia la patria prometida, hacia los nuevos cielos y la nueva tierra, anunciados en la segunda carta de San Pedro y contemplados por el autor del Apocalipsis (cf. 2 Pe 3,13; Ap 21,1). Allí, en los nuevos cielos y en la nueva tierra, reside la verdadera Jerusalén, nuestra madre, la patria definitiva de todos los rescatados (cf. Gal 4, 24 ss; Ap 21, 1-22, 5).
En la espera y esperanza, en el ansia y anhelo de contemplar un día esos cielos nuevos y la nueva tierra y de sentarnos con Cristo en la Jerusalén celeste, para tomar parte en el banquete del reino (cf. Lc 22, 28-30), que el Padre tiene reservado para los que le aman y guardan sus mandamientos, desde lo profundo de nuestro corazón seguimos clamando: “Venga a nosotros tu reino.”