lunes, 22 de junio de 2015

Santificado sea tu nombre. José Manuel Sánchez Caro.

Santificado sea tu nombre
José Manuel Sánchez Caro

Hace mil seiscientos años largos, el obispo de la Iglesia de Jerusalén, San Cirilo, invitaba a los recién bautizados, ya cristianos, a orar con las palabras que nos enseñó Jesús y a entender bien lo que con esas palabras decían. Aquellos cristianos recientes, los “nuevos corderos”, como les llama, se habían preparado durante toda la cuaresma para el bautismo y la eucaristía. Y en este contexto cuaresmal recibían por primera vez la enseñanza del padrenuestro. En un contexto semejante, tiempo de cuaresma, preparación para el gran día de la Pascua, aniversario festivo de nuestro bautismo, siguiendo la antigua tradición de la Iglesia atestiguada ya en el siglo primero de su existencia, nos reunimos nosotros para orar con la plegaria por excelencia, la que nos enseñó Jesús, y conocer a fondo cuanto con las palabras de esta oración pedimos, de manera que concuerden las palabras de nuestra boca con la mente y el corazón que las hace nacer.

Este es, me parece, el sentido de un comentario al padrenuestro, “compendio de toda oración”, como lo llamó aquel cristiano laico del s. II que era, en las iglesias de Africa, Tertuliano. Y dijo bien, porque, según otro maestro de la fe y la oración, también africano, el gran San Agustín, “cualesquiera otras palabras digamos... no decimos otra cosa, sino lo que está consignado en esta oración del Señor, siempre que oremos recta y convenientemente“.

Y la más moderna exégesis e interpretación de los evangelios está de acuerdo con la intuición de estos antiguos maestros cristianos. Porque es muy probable que el padrenuestro sea como un guión o temario, que nos dejó el Señor para guía de nuestra oración. Al menos, así parece sugerirlo en su evangelio San Lucas, cuando nos presenta, como contexto histórico en que nació esta oración, cristiana por excelencia, la respuesta del Maestro a aquella pregunta de los suyos: “Señor, enséñanos una oración, como Juan les enseñó a sus discípulos” (Lc. 11,1).

Así pues, intentemos llegar al significado profundo de aquella primera petición del padrenuestro, que dice: “Santificado sea tu nombre”. Comenzaré la tarea poniendo por delante aquel prologuillo con que Teresa de Jesús iniciaba sus explicaciones sobre “el Pater” a sus monjas, ella que, al fin y al cabo, era mejor guía que yo:

“Porque entendamos esto que pedimos —decía— y lo que nos importa importunar por ello y hacer cuanto pudiéremos para contentar a quien nos lo ha de dar, os quiero decir aquí lo que yo entiendo


Si no os contentare, pensad vosotros otras consideraciones, que licencia nos dará nuestro Maestro, si en todo nos sujetamos a lo que tiene la Iglesia, y así lo hago yo aquí” (Camino 30,4).

El contexto, o la osadía de dirigirnos al Padre


Cuando de pequeño recitaba la oración del padrenuestro en medio de la celebración eucarística, siempre me extrañaba aquella introducción con que la Iglesia nos invitaba a orar en común: “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir.”

Nos atrevemos a decir...”. Pero ¿es verdaderamente un atrevimiento rezar el padrenuestro? Sí. Es ciertamente por lo menos una osadía dirigirnos a Dios con la palabra Padre, y llamarnos y sentirnos hijos ante él. Porque esta cercanía inevitable que evocan las palabras padre-hijo no ha hecho nunca olvidar a la Iglesia la inmensa distancia que hay entre Dios y hombre, y la gracia y benevolencia de este Dios nuestro que ha querido acercarse a nosotros, hombres y mujeres, hasta esa profunda intimidad y cercanía que dejan sospechar el uso, con verdad, de las palabras entrañables padre-hijo. Con la osadía y a la vez la confianza de hijos, dirigimos nuestras primeras palabras al Padre celestial: “Santificado sea tu nombre
“. 

Pero detengamos un momento nuestro camino. Antes de introducirnos en la primera petición, hagamos un alto, como quien se para un instante a contemplar desde un montículo el panorama de la ciudad que vamos a visitar después, calle por calle. De las seis peticiones de que consta, tras la invocación inicial, el padrenuestro, todas ellas dirigidas al Dios Padre, las tres primeras tienen como protagonista literario al pronombre “tú”: Santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad. Las tres siguientes cambian ese tú por un nosotros: el pan de nosotros... dale a nosotros; perdona las deudas de nosotros... como nosotros perdonamos; no nos dejes caer a nosotros en la tentación... más líbranos a nosotros del mal. La palabra tú corresponde a Dios que es Padre; la palabra nosotros habla de los hijos, que formamos la comunidad cristiana. Y en conjunto se subrayan los supremos valores del cristiano: mirando a Dios, se habla de su Reino, que es proclamación de su santidad y su gloria, y vigencia de su voluntad; bajando la vista hacia los redimidos, nosotros, se suplica pan para nuestra pobreza, perdón para nuestras deudas, protección para nuestra debilidad.

La petición que traemos entre manos, “santificado sea tu nombre”, se sitúa pues en la primera mitad. Parece como si pidiéramos algo para Dios. Pedir algo para Dios, ¿no es una gran osadía? ¿Podemos siquiera imaginarlo?

Quizá podamos contestar debidamente a esta justa pregunta, si nos fijamos un poco más en las tres primeras peticiones. Porque, examinadas atentamente, parecen descubrirnos una auténtica recapitulación de todo lo esencial que el Antiguo Testamento contiene y comunica. En efecto, el 
santificado sea tu nombre” recoge aquella primera revelación de la trascendencia de Dios hecha a Moisés en el monte Sinaí (Ex 19,20-25): Dios se escoge un pueblo, para testimoniar entre las naciones de la tierra que él es el único, el Santo. Al suplicar “venga tu reino”, estamos sintetizando la gran epopeya de ese pueblo: de un grupo de seminómadas dispersos, Dios construye primero un verdadero pueblo, Israel; después un reino, del que David, figura del Cristo que había de venir, representa la primera aproximación al reino de Dios que Cristo viene a implantar en la tierra. Y cuando oramos “hágase tu voluntad”, estamos abogando porque llegue a plenitud el proyecto de Dios sobre los hombres; a través del destierro, el sufrimiento y la humillación del pueblo de Israel, se nos va haciendo posible la apertura de los corazones desde el interior del hombre, de manera que pueda desembocar en esa respuesta de amor que Dios-Padre pide a sus hijos los hombres, y que se hará plena en el nacimiento, vida y muerte de Jesucristo. 

Descubrimos, de este modo, que el padrenuestro, y concreta mente su primera petición, está enraizado en el Antiguo Testamento. Y esto aparece más claro cuando comparamos las palabras con que Jesús nos enseña a orar y aquellas otras usadas por los judíos piadosos de su tiempo'. ¿Quién no reconoce los ecos de la oración del Señor en esta antigua plegaria judía, llamada Qadis, es decir, Santificación, con la cual concluía la liturgia de las sinagogas y que probablemente tantas veces rezó Jesús desde niño?:

“Ensalzado y santificado sea su gran nombre
en el mundo que El por su voluntad creó.
Haga prevalecer su Reino
en nuestras vidas y en los días vuestros.
Y en la vida de toda la casa de Israel,
presurosamente y en breve.
Amén.”


Nos parece estar oyendo por un momento el comienzo del padrenuestro. Entonces, ¿la oración de Jesús es una oración judía? Su contenido ¿se agotó en una recapitulación concentrada del Antiguo Testamento? No, de ninguna manera. Como dice una poetisa casi contemporánea, Gertrud von le Fort, dirigiéndose a la Iglesia: “Tus oraciones son más atrevidas que todas las especulaciones de los filósofos y serían más señeras que todos sus sistemas... Tus palabras, bien lo sé, vienen de Dios y de Dios me hablan, porque has sido capaz de su silencio.” En el mundo judío resuena el grito de una esperanza aún incumplida, mientras que en la oración del Señor es la certeza de que han comenzado ya los tiempos nuevos lo que da consistencia a su plegaria. Pero así como Jesús no es un Dios aparecido en el mundo por las buenas, sino que tiene sangre humana y concreta, de María, pertenece a la época determinada de los albores del siglo I de nuestra era, y vive en las tierras de Galilea y Judea, una subprovincia romana bajo los reinos de Augusto y Tiberio, igualmente el padrenuestro ha nacido del humus formado por la piedad veterotestamentaria y judía.

Era el lenguaje del pueblo de Jesús, la lengua de las fórmulas oracionales judías impregnadas de Antiguo Testamento. Ello, por una parte, nos exige el esfuerzo explicativo de comprender palabras e ideas que están a veinte siglos de distancia de nosotros; y por otra, nos proporciona el estímulo para intentar la comprensión del padrenuestro en el lenguaje del pueblo en que vivimos. De aquí la doble tarea que vamos a emprender. Primero, penetrar en el significado de las palabras que componen la corta petición: “santificado sea tu nombre”; seguidamente, descubrir la actualidad de aquello que, con las mismas palabras antiguas, seguimos suplicando.

La santidad de Dios


Cuando rezamos “santificado sea tu nombre”, lo primero que debemos intentar comprender es el significado de esas palabras “santificado sea”. Cualquier cristiano medianamente instruido sabe que aquí no podemos pedir el que Dios sea hecho santo. Y eso por la sencilla razón de que si alguien hay santo sobre todas las cosas, ése es precisamente Dios. Dios es santo, el “santo de Israel”, como le llama tantas veces la Sagrada Escritura. Las palabras santo, santidad, indican en cierto modo una separación, algo que es objeto de culto y por eso se aparta de lo profano, lo que forma la vida corriente de los hombres. Este es su significado primitivo. Pero, en realidad, decir que Dios es santo significa que él es alguien distinto de los hombres, totalmente otro, que no se confunde con nada humano. Afirmar que Dios es santo viene a ser tomarse en serio a Dios, reconocer que él no es una creación del sueño insatisfecho de los humanos, una pura excrecencia de nuestro pensamiento, una buena idea, por más sublime que nos parezca, de la especulación del entendimiento. Decir que Dios es santo supone reconocer que existe independiente frente a nuestra existencia, es más, que nuestra existencia y la de todo cuanto existe, depende radicalmente de él, y sin él no hubiera existido.

Por consiguiente santificar a Dios significa reconocerle como aquel que verdaderamente es y por el que son todas las cosas, aquel por quien cada uno de nosotros existe. Cuando esto se reconoce por la fe, el hombre profundamente religioso no puede por menos de santificarle, es decir, proclamar su santidad, o con otras palabras, alabarle, bendecirle, engrandecerle. Así nos enseñan los testigos de la fe que nos precedieron. Como el profeta Isaías, que se descubre hombre pequeño y de labios impuros ante el Dios omnipotente, al que alaban los serafines gritando a coro: 
Santo, Santo, Santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria” (Is 6,3). O como Moisés, cuando se acerca a la presencia del Dios santo que se manifiesta en el fuego de la zarza y escucha la voz: “Descálzate, que el suelo que pisas es santo” (Ex 3,5). O como la Iglesia de todos los tiempos y lugares, que cierra siempre la alabanza y acción de gracias de la primera parte de la plegaria eucarística con el cántico del Sanctus. 

Santificar a Dios es pues alabarle, bendecirle, proclamar su gloria. Es decir, pregonar las maravillas únicas de la acción de Dios sobre el mundo y los hombres, acción que refleja lo que es Dios, su huella, su gloria. Por eso María, que ha sentido en sí misma la más maravillosa e impresionante maravilla de Dios, la encarnación de su hijo, no puede por menos de exclamar: “Proclama mi alma la grandeza .del Señor..., porque ha hecho maravillas en mí el Todopoderoso. Su nombre es santo...” (Lc 1,46-49).

El nombre de Dios
Su nombre es santo...”, dice María; “santificado sea tu nombre”, nos enseña a decir Jesús. He aquí la segunda palabra que debemos aclarar: ¿por qué el nombre de Dios? ¿Qué significa eso?

El nombre de una persona no es solamente una palabra fugaz y arbitraria con la cual le reconocemos. El nombre, incluso en nuestra cultura, representa a la persona, y al alabar, venerar o injuriar el nombre de alguien, es a su poseedor a quien alabamos, veneramos o injuriamos. Todos hemos tenido experiencia de lo que significa venir “en nombre de alguien” y cómo se nos abren determinadas puertas en esos momentos. Y todos escuchamos el énfasis con que alguien se dirige a nosotros desde la tribuna política, o el televisor o el Boletín Oficial diciendo: “en nombre de su Majestad el Rey” o “en nombre del pueblo”...

Pero en el Antiguo Oriente el nombre tenía aún mayor importancia que en nuestra cultura. No es, como frecuentemente entre nosotros, una etiqueta arbitraria, sino nombre “que habla”, que expresa la naturaleza y peculiaridad de una persona. En el antiguo libro bíblico de Samuel encontramos un ejemplo entre mil que se podrían escoger. David va a castigar a Nabal, que le ha ofendido. Pero la esposa de este, Abigail, le sale al encuentro y disculpa así a su marido: “No tomes en serio, Señor, a Nabal, ese cretino, porque es como dice su nombre: se llama Nabal, es decir, 'necio', y la necedad va con él” (I Sam. 25,25). Cuando los padres daban nombre a un niño, señalaban con él una peculiaridad o una circunstancia concreta que lo afectaba. Por eso el nombre, y más el nombre de Dios, nos manifiesta algo de lo que Dios mismo es. Y es Dios mismo el que ha querido con amor y delicadeza revelar a los hombres algo de su misterio comunicándoles su nombre. En el Antiguo Testamento Dios le dice a Moisés, que le ha preguntado por su nombre: “Yo soy el que soy“, * 3,14), es decir, el que estoy aquí contigo, el Dios que actúa en favor de su pueblo hoy, como lo hizo antes con los padres y lo hará siempre. Y, ya en la plenitud del Nuevo Testamento, es Jesús mismo quien nos revela el verdadero nombre de Dios, y con ello nos lleva al máximo conocimiento que de él podemos tener: Dios es Padre, aquel que nos hace hijos suyos, y como hijos nos trata y nos tratará. “Yo he manifestado tu nombre a los hombres”, dice Jesús (Jn 17, 6) ”Padre justo..., yo les di a conocer tu nombre, y seguiré dándoselo a conocer, para que el amor que tú me has tenido esté con ellos...” (Jn 17,26).

Por eso, el nombre de Dios no es una palabra abstracta o arcana, una especie de fórmula mágica que nos lo pone en nuestras manos y se presta a manipulación; el nombre de Dios es para nosotros la presencia de Dios mismo, que camina junto a nosotros, su pueblo, con la cercanía del Padre que mira por sus hijos con amor.

Santificado sea tu nombre: la acción de Dios

Y ahora ya tenemos los elementos para poder entender con palabras de hoy lo que pedimos al orar “santificado sea tu nombre”. En primer lugar, y esto parece una paradoja, suplicamos algo que sólo Dios mismo puede hacer. Los conocedores de la gramática hebrea y griega nos dicen que esta expresión equivale a decir: “Padre, santifica tu nombre”. Porque en realidad nadie puede dar gloria a Dios, nadie puede expresar convenientemente su gloria, sino sólo él. Y nosotros, con su ayuda. Por eso dice Santa Teresa con su peculiar estilo:

“Como vio su Majestad que no podíamos ni alabar ni engrandecer ni glorificar este nombre santo del Padre eterno conforme a lo poquito que podemos nosotros, si no nos proveía su Majestad con darnos acá su Reino, por eso lo puso el buen Jesús lo uno cabe lo otro” (Camino 30,4)

Sólo si Dios nos da su fuerza, sólo si él toma la iniciativa, podemos proclamar convenientemente su santidad. Y esto, en vez de desanimarnos, nos ha de llenar de ánimos y fortaleza, pues estamos seguros de que en nosotros es Dios mismo el que ora, es el Espíritu de Jesús el que nos hace gritar: “Padre, santifica tu reino” (Rom 8,14-16).

Así pues, con la certeza de que nuestra oración no es baldía, gritamos: “Sea santificado tu nombre”, en la creación y el universo entero, de manera que todos descubran a través de las maravillas de la creación, que tú estás con nosotros y eres nuestro Padre; sea santificado tu nombre, como fue santificado a lo largo de la historia del pueblo de Israel, de modo que todos los pueblos te alaben; sea santificado tu nombre, como fue santificado por Jesús, que manifestó a los hombres tu gloria y santidad (Jn 17,1.4); sea santificado tu nombre por la comunidad de los cristianos creyentes, de manera que todos te conozcan y te alaben y participen de tu santidad.

En nuestra petición estamos así clamando para que la gloría de Dios Padre se manifieste plenamente a los hombres todos, para que se cumplan aquellas palabras que el profeta Ezequiel puso en boca de Dios mismo: “Mostraré la santidad de mi nombre ilustre, profanado entre los paganos, que vosotros profanasteis en medio de ellos, y sabrán los paganos que yo soy el Señor, cuando les muestre mi santidad en vosotros” (Ez 36,23). En el fondo estamos pidiendo que Dios como Padre sea conocido y amado por todos. Tal como dice un poeta contemporáneo:

“Dios,
el nombre con que te invocamos
está como muerto y casi no tiene ya significado,
es vacío y caduco,
como cualquier palabra humana.
Te pedimos que vuelva a tener fuerza
como un nombre lleno de promesas,
como palabra viva,
por la que sabemos que tú serás para nosotros
el que eres:
digno de confianza,
escondido, aunque muy cercano,
ahora y en la eternidad” (H. Oosterhuis).


O quizá, con palabras semejantes, aquella otra traducción contemporánea de esta petición:

“Padre nuestro que estás en los cielos...
que tu nombre sea santificado, bendecido,
que tú seas bendito
y que seas conocido.
Que reconozcamos tu verdadero rostro,
un rostro diferente,
surcado por huellas de ternura,
de espera y esperanza
de tus hijos” (P. Loidi).


Santificado sea tu nombre: con la ayuda de Dios


Pero aún no hemos dicho todo cuanto en esta petición se contiene. Si bien es verdad que sólo Dios puede hacer brillar su santidad y su gloria en medio de los hombres, no es menos cierto que esta santificación de su nombre, Dios la hace normalmente a través de ellos, especialmente mediante la comunidad cristiana, que ha conocido la maravilla del nombre de Dios, es decir, al Dios que con nosotros camina y es Padre nuestro.

Por eso, decir “santificado sea tu nombre” es suplicar a Dios que nos conceda a sus hijos la capacidad de descubrir su gloria en las bellezas del universo, en la experiencia de nuestro encuentro con Jesús, en la vida cotidiana en medio de la Iglesia; que seamos capaces de descubrir la presencia actuante, cercana, amorosa, paternal de Dios y proclamarla a voz en grito.

Un poema reciente brasileño, grita:

“Déjanos cantar, Señor, un canto nuevo
en medio de tu pueblo.
Que tu gloria
se convierta en alegría de nuestras vidas
y sonrisa en nuestros labios.“

 
Porque al pedir a Dios que su nombre sea santificado, estamos pidiéndole que seamos capaces de orar con la alabanza, sin pedir nada a cambio, sólo porque él es grande y da sentido a nuestra vida; estamos suplicando la fuerza para poder entonar el cántico del Gloria: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor estamos orando para conseguir la fe y la alegría que hacía capaces de entonar a los tres jóvenes dentro del horno: “Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre santo y glorioso, a él gloria y alabanza por los siglos” (Dan 3,52); estamos rezando, para conseguir los ojos limpios de Francisco de Asís y poder gritar con él a la vista de la creación: 

“Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol...
y por la hermana luna de blanca luz menor...
y por la hermana agua, preciosa en su candor...
y por la hermana tierra, que es toda bendición...”


Recobrar esta capacidad de asombro por las cosas, y por los hombres y por sus obras espléndidas y por los acontecímientes de la vida, y poder en su recuerdo santificar al Dios que es origen y vida de todo; descubrir el amor y la amistad entre tantos hombres, y la ternura y la sonrisa y la inocencia de los niños; y la maternidad de la Iglesia y de María en nuestro peregrinar creyente; y sobre todo la cercanía y el cariño que Dios nos ha manifestado en Jesucristo, y alabarle con gritos y canciones y versos... todo esto también se lo pedimos a Dios al gritar: “Santificado sea tu nombre
 

Pero no sólo poder santificarle con nuestras palabras. También con las obras. Como les explicaba San Cirilo, el obispo de Jerusalén del siglo IV a sus catecúmenos:
Reconozcámoslo o no, el nombre de Dios es santo por su naturaleza. Pero nuestros pecados lo han profanado, según está escrito: por vosotros es continuamente blasfemado su nombre entre las gentes (Is 52,5). Por oso pedimos no que él sea santo, como si no lo hubiera sido siempre, sino que (su nombre) sea santifícado y viviendo como los santos de Dios” (Cat mist. 5,11).

Y es que los cristianos podemos profanar el nombre de Dios. Si nuestras obras, las obras de los que confesamos conocer el verdadero nombre de Dios, de los que tenemos la osadía de llamarle Padre, no responden a las que se deben esperar de quienes son hijos y han experimentado el amor de Dios, ¿no rechazarán entonces los no creyentes y los tibios a este mismo Dios? ¿No maldecirán de un Dios que se muestra tan degradado en las acciones de los que afirman creer en él?

Otro gran catequista y obispo del siglo IV, Teodoro de Mopsuestia, enseñaba así a sus cristianos:
Ante todo, haced aquello que procure alabanza a Dios, vuestro Padre. Porque lo que Jesús dijo: brille vuestra luz ante los hombres de modo que, viendo vuestras buenas obras, alaben a vuestro Padre del cielo (Mt 5,16) eso mismo es lo que ahora dice al orar: 'Santificado sea tu nombre'. Pues esto equivale a decir: tenéis que aplicaros a realizar acciones tales, que el nombre de Dios sea alabado por todos” (Homilía XI,10, sobre el padrenuestro).

Vivir como cristianos, ser consecuentes con nuestra fe, estar del lado de la justicia, fomentar todo valor positivo venga de quien venga, crear espacios de diálogo y convivencia... todo cuanto significa trasplantar el evangelio a la vida del hombre de hoy, eso es también “santificar el nombre de Dios”, pues que a través de ello quienes con nosotros conviven podrán descubrir el nombre verdadero de un Dios que no exime de responsabilidades, que no niega la vida, que no inhibe la acción, sino que hace posible ser plenamente humano al hombre, precisamente porque vive en cristiano.

En particular, existe un mandamiento de la ley de Dios que tiene estrecho contacto con la petición del padrenuestro, sobre la que estamos reflexionando. Seguramente habéis adivinado a cuál me refiero: “No pronunciarás el nombre de Dios en vano”, como dice la Escritura y recogen nuestros catecismos. Generalmente nosotros hemos reducido su significado al uso consciente de la blasfemia, es decir al desprecio explícito del nombre de Dios. Y este significado es real, y supone ciertamente la actitud antípoda a la santificación de su nombre, es decir, el gesto más opuesto al que se siente y es hijo de Dios. Pero no se agota aquí su contenido, sino que es mucho más amplio y nos va describiendo como en negativo lo que es santificar el nombre de Dios.

En su origen, cuando estaba vivo el sentimiento de que conocer el nombre de Dios daba la posibilidad de manejar a Dios mismo mediante conjuros y otras prácticas mágicas, este mandato prohibía el uso del nombre divino en cualquier práctica de ese tipo. Y así indirectamente descubrimos que santificar el nombre de Dios supone aceptar a Dios con total y absoluto respeto, no usar su nombre para cubrir bajo capa de religión cualquiera de nuestros negocios más o menos sucios, y sobre todo no poner a Dios como tapa-agujero de nuestros problemas, y así justificar nuestra incapacidad de compromiso y empeño. Quien con mucha (falsa) devoción invoca el nombre de Dios y se cruza de brazos ante problemas y situaciones que exigen una intervención comprometida, está abusando de su nombre, y necesita aprender a rezar el padrenuestro, con la certeza bien clara de que Dios tiene que ayudarle a santificar su nombre enseñándole a obrar de modo conveniente.

También prohibía este mandato usar el nombre de Dios para avalar el falso juramento ante el juez. Quizá aquí podamos descubrir que nunca el nombre de Dios será santificado, cuando se use para tapar o cubrir nuestras injusticias. Asimismo quería poner freno el mismo mandamiento al uso que hacían del nombre de Dios los falsos profetas, aquellos que no anunciaban la palabra de Dios, sino la que querían oír los gobernantes; cosa que parece antigua, pero que recobra toda su actualidad, cuando queremos justificar en nombre de Dios nuestra visión utilitaria de la vida, o nuestra opción política concreta, o simplemente nuestra discrepancia con el prójimo. Por eso, rezar “santificado sea tu nombre” es también pedir a Dios que nos ayude a ser verdaderos y justos en su nombre, y nos dé luz para distinguir nuestras opiniones personales y humanas de lo que es su palabra y su mandato. Con otras palabras de Jesús: “Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios” (Le 20,25).

Jesús aún nos descubre un nuevo modo de profanar el nombre de Dios, cuando asegura: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” (Mt 7,21). O lo que es igual, no basta con una oración meramente ritualista, con una piedad hipócrita y farisaica, que prescinde del esfuerzo cotidiano por convertirse personalmente y por intentar cambiar las estructuras de injusticia. También en esto ha de ser el nombre de Dios santificado.

Con palabras de otro antiguo obispo de África cristiana, San Cipriano:

“Al decir 'santificado sea tu nombre', le pedímos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros... Inspirandones en aquellas palabras de la Escritura 'Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo' (Lev 20,26), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos empezado a ser. Y esto lo pedimos todos los días. Nos es necesario santificarnos cada día, pues como faltamos cotidianamente, debemos purificar nuestros pecados por una santificación repetida, sin cesar...” (Comentario al padrenuestro).

La santificación final

Todas estas cosas se encierran en esas breves palabras del padrenuestro. Con razón podemos llamar a esta plegaria “compendio de toda oración”. Oración que hemos de rezar sin miedo, confiadamente, como hijos y en la certeza de que alcanza lo que pedimos. En medio de un mundo en el que el nombre de Dios tantas veces, con hechos y palabras, se profana, los discípulos de Jesús clamamos por la manifestación de la gloria y santidad de Dios. Y clamamos no porque Dios esté lejano de nosotros, sino con la seguridad de que él ya está presente en medio de los hombres. Cantamos en la comunidad nuestro cántico de gloria, “santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo”, con la alegría y la certeza de quien sabe y por eso grita “llenos están los cielos de tu gloria”. Y con la esperanza de quien aguarda la plena manifestación de la santidad y la gloria de Dios, el día en que su nombre será reconocido, alabado, ensalzado y glorificado por todos sin excepción. Ese día, que el último libro de la Escritura nos describe con rasgos de liturgia celeste, nuestra petición “santificado sea tu nombre” será sustituida por el cántico de los redimidos, que han logrado ya construir los cielos y la tierra nuevos:

“Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios todopoderoso;
justos y verdaderos tus caminos,
rey de las naciones.
¿Quién no temerá, Señor,
y no glorificará tu nombre?
Porque tú sólo eres santo,
y todos los pueblos vendrán
y se postrarán ante ti,
porque han quedado manifiestos
tus designios de salvación” (Ap 15,3-4).