martes, 17 de marzo de 2015

San José en los evangelios apócrifos. Leonardo Boff.

EL SAN JOSÉ DEL IMAGINARIO: 
LOS APÓCRIFOS

Las figuras más importantes para nosotros y para nuestra historia no siempre lo fueron para la historia del tiempo en que vivieron. Jesús ocupa, indiscutiblemente, un lugar central en la historia de la humanidad, de Occidente y de las Iglesias cristianas, pero en su tiempo no tuvo casi ninguna importancia; pasó prácticamente desapercibido.

Fuera de los textos cristianos, sólo algunas fuentes se refieren a él de paso. Flavio Josefo (nacido el 37 d.C,), en sus Antigüedades judaicas, una obra de 22 volúmenes, hace apenas dos referencias a Jesús: una, al referirse al martirio de Santiago, «un hermano de ese Jesús a quien llaman Cristo», y otra que habla de milagros y de la resurrección, considerada por los estudiosos como interpolación posterior bajo influencia cristiana.

Tres historiadores romanos se refieren brevemente a Cristo. Suetonio (t 70 d.C), en La vida de los Césares, se refiere de paso a Cristo; Plinio el Joven (t 114 d.C.), en su Epístola a Trajano, habla de himnos cantados a Cristo como a un dios; Tácito (t 118 d.C.), al relatar el incendio de Roma bajo Nerón, dice que fue atribuido a los cristianos, seguidores de un tal Jesús. Es todo.

Con respecto a san José estamos todavía menos informados. Si dependiésemos de fuentes históricas de aquel tiempo, ni siquiera sabríamos de su existencia. Tan sólo los evangelios y los llamados apó-crifos, que lo describen con detalles pintorescos, hablan de él.

1. Los apócrifos: la imaginación de la fe

Los apócrifos (en griego, textos escondidos o secretos, por circular privadamente y por no ser usados públicamente) son libros, muchos de ellos llamados «evangelios», como el evangelio de Pedro, el evangelio copto de Tomás, el evangelio de los Hebreos, el evangelio de los Doce, el evangelio de María de Magdala y otros. La mayoría de ellos fueron redactados en el segundo y tercer siglo de nuestra era, pero no fueron reconocidos oficialmente como evangelios por la Iglesia de los orígenes. La razón es porque no cumplen los requisitos mínimos de ortodoxia que se habían desarrollado en la reflexión de las primeras comunidades, en las que se encontraban los evangelistas Marcos, Mateo, Lucas y Juan.

Si los evangelios son fruto de la inteligencia de la fe (hay en ellos reflexión seria y verdaderas teologías subyacentes a los textos), los apócrifos son producciones del imaginario y de la creencia popular. Satisfacen la legítima curiosidad de los fieles y llenan el vacío de información de los evangelios, especialmente con respecto a los años de la vida oculta de la familia de Nazaret.

Más aún: muchos de ellos representan la forma popular de defender la fe cristiana atacada por herejes. Así, por ejemplo, cuando se comenzó a discutir si Jesús era Dios o tan sólo un profeta o un milagrero, se escribieron los evangelios apócrifos de la infancia de Jesús, en los que se presentan hechos curiosos que muestran a Jesús con poderes divinos desde los primeros momentos de su vida y de su infancia, como se relata en el evangelio del pseudo-Tomás.

Damos algunos ejemplos: cuando Jesús y sus compañeros de juego hacían pajaritos de barro, los de Jesús se llenaban de vida y salían volando. O un niño que, corriendo, chocó con Jesús, cayó repentinamente muerto. Otro, jugando con Jesús en la azotea, se cayó y murió, y Jesús lo resucitó. Un hijo de José, Santiago, fue mordido por una serpiente y estaba a punto de morir, pero Jesús sopló sobre él y lo curó, mientras que el reptil se reventaba.

Estos relatos fantasiosos tenían por objeto rebatir a quienes negaban la divinidad de Jesús. Pretendían presentar hechos que probaban su naturaleza divina, confesando: «Ese niño o es un Dios o un ángel de Dios, pues todo lo que sale de su boca se realiza inmediatamente».

Cuando corría entre los judíos el rumor de que Jesús era hijo ilegítimo de María, fruto de una relación con un soldado romano llamado Panther, entonces el evangelio apócrifo de Felipe y las Actas de Pilatos salen en defensa de María e insisten en el hecho de que Jesús es hijo legítimo y biológico de José. O para defender la virginidad de María afirman que José era un buen ancianito, ya impotente e incapaz de una relación marital-sexual con María.

Hubo épocas en las que no se daba ningún valor a los apócrifos, pues parecían demasiado fantásticos. No obstante, inspiraron gran parte de las producciones artísticas de las Iglesias, de las estampitas distribuidas a los niños o de los libros ilustrados, de las pinturas y mosaicos, especialmente de los grandes maestros del Renacimiento, hasta los tiempos modernos. Los santos Padres, en sus comentarios bíblicos y en predicaciones edificantes, utilizaban las informaciones de los apócrifos. De esa manera, tales textos llegaron a influir en la piedad popular, dando colorido a las verdades de la fe, generalmente vertidas en un lenguaje teológico, a veces muy cerebral.

Cuando creemos, creemos con la totalidad de nuestro ser: con la inteligencia, con la emoción... y también con la fantasía. Los apócrifos representan la evangelización por el camino de la fantasía, que también posee su valor y su dignidad, pues es una de las expresiones de lo humano.

Hoy, los estudiosos s apócrifos con cierta simpatía. Usan métodos modernos de interpretación que incorporan datos de la antropología, de la psicología profunda y de la lógica del imaginario y los hacen útiles y fecundos para cierta reconstrucción histórica de hechos y situaciones del tiempo de Jesús. 

 
2. Los apócrifos de san José

Como hicimos con los evangelios, vamos a tratar de los siete apócrifos que se refieren a san José.

a) El proto-evangelio de Santiago

Este apócrifo también se conoce como La historia del nacimiento de María. Es uno de los más antiguos que poseemos (de finales del siglo II d.C.), se atribuye a Santiago, y por eso se le llama también proto-evangelio de Santiago. Muy divulgado en la Iglesia Oriental, sólo comenzó a circular en la Iglesia Occidental a partir del siglo XVI, cuando el humanista Guillermo Postel (m. 1581) lo trajo de Constantinopla a Occidente.

Este evangelio se centra todo en María, cuya concepción es fruto de las oraciones de Joaquín y Ana, sus padres, que eran estériles. A los tres años es internada en el Templo, «donde vive como una paloma (símbolo de pureza) y recibe su alimento de las manos de un ángel». A los doce años, edad adulta para la mujer judía, el sumo sacerdote Zacarías convocó a los viudos de Judea. Mediante una señal del cielo, uno de ellos debería ser el futuro esposo. Cada uno debía traer una vara. Sólo en la vara de José apareció una señal: de ella salió una paloma que se posó sobre su cabeza. José recibe a María en su casa. Pero inmediatamente se ausenta a causa de su trabajo. Al regresar, después de seis meses, encontró a María grávida. José se enfrenta a una grave crisis personal, bien detallada en el relato.

En primer lugar, se recrimina a sí mismo por haber recibido a María virgen y no haber sabido cuidarla. ¿Quién la sedujo? Recrimina a María: «¿Por qué deshonraste tu alma, tú que creciste en el Santo de los Santos, en el Templo?». A lo que María responde: «Yo soy pura y no he perdido la virginidad... Tan cierto como que vive el Señor mi Dios, que no sé cómo me ha pasado esto».

José se encuentra en un atolladero: si oculta la falta de María, se hará cómplice de pecado contra la ley de Dios; si la denuncia públicamente, como era lo acostumbrado, puede incurrir en un error y en una injusticia, pues lo que le sucedió parece algo misterioso y puede provenir de Dios. Para escapar a este dilema opta por repudiarla en secreto.

Entonces entra en acción un ángel que se le aparece en sueños, garantizándole: «No temas por esta joven, pues lo que lleva en su no es fruto del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

No obstante, María y José no se libraron de problemas. Corrió el rumor de que José había consumado furtivamente el matrimonio y había arrebatado a María su virginidad. Llevados ante el tribunal, ambos reafirmaron su inocencia, pero fueron sometidos a una prueba: «el agua de la prueba del Señor». Ambos fueron enviados al desierto por separado. Algún tiempo después, ambos vuelven en perfecta salud. Entonces, el sumo sacerdote les asegura: «Si el Señor Dios no hizo aparecer tu falta, tampoco yo puedo condenarte». María y José volvieron a casa llenos de alegría.

Surge después un nuevo problema con ocasión del censo. ¿Ha de presentarla como su mujer o como su hija? Si la presenta como su mujer, se plantea otra vez el problema de la gravidez. Si la presenta como su hija, no es verdad. No obstante, deja en manos de Dios el problema.

En el viaje a Belén, le surgen a María los dolores de parto. José busca una gruta donde resguardar el pudor de María y va en busca de una partera, mientras sus hijos la cuidan. José dice a la partera que María había sido recibida como su mujer, aunque no era su mujer de verdad, porque ella concibió del Espíritu Santo.

Entonces, para dar importancia al nacimiento de Jesús, ocurre una conmoción cósmica. José, antes que nadie, da testimonio con un texto de los más bellos de toda la antigüedad cristiana, en parte asumido por la liturgia de Navidad de la Iglesia Católica. Transcribimos tan sólo una parte:

«Yo, José, comencé a andar y no andaba. Miré hacia el aire y vi que estaba detenido de asombro y que los pájaros del cielo no se movían […] los trabajadores que parecían masticar no masticaban y los que llevaban comida a la boca no la llevaban […] vi carneros que eran conducidos y parecían inmóviles. El pastor erguía la mano para tocarlos y la mano quedó detenida en el aire […] los cabritos tocaban el agua, pero no bebían. Por un momento, todo se suspendió, Pero después que el Niño nació, súbitamente las cosas volvieron a su curso normal».

Por fin, el proto-evangelio de Santiago interrumpe e] relato referente a José. Sólo dice que, una vez nacido el Niño, se dispone a partir para Judea y para Jerusalén. En el acontecimiento de los magos y la matanza de los inocentes por orden de Heredes, no está presente José. El acento se pone ahora en María y en su prima Isabel, a cuyo hijo, Juan el Bautista, como a Jesús, también se le busca para matarlo.

Relación de José con María, él viudo y ella virgen. Aunque grávida por el Espíritu Santo, conservó su virginidad.

b) José en el evangelio del pseudo- Tomás

Este evangelio apócrifo, dividido en 19 capítulos, proviene de finales del siglo II; su autor probablemente es un cristiano helenista, poco versado en lengua y literatura judaicas; ficticiamente se atribuye a Tomás. Narra travesuras de Jesús, algunas de tan mal gusto que llegan a escandalizar.

En una perspectiva dogmática que tenga a Jesús como Hijo de Dios, parecen francamente ridículas, pues presentan a un Jesús cruel, arrogante y atrevido con su padre José y con otras personas, incluso con los maestros: un verdadero bad boy. Pero este apócrifo sigue la creencia de que Jesús tiene poderes divinos y todo le está sometido: mata y resucita, castiga y perdona. Antes citamos algunos de estos episodios del niño de seis, ocho y doce años, y no hace falta repetirlos.

Sólo nos interesa la figura de José que aparece en este texto antiguo. Se le presenta siempre como el padre de Jesús, quien así lo llama varias veces. José, por su parte, se comporta y se preocupa por el futuro de Jesús como padre de verdad. Lo lleva a la escuela y reiteradamente le busca un maestro para que no se quede analfabeto.Pero, en contacto con los maestros, sorprende por su sabiduría... y su arrogancia, hasta el punto de llamar hipócrita a uno de ellos y humillarlo diciendo: «En verdad te digo, oh maestro: yo existía cuando tú naciste, y existía antes de que tú nacieras». Tal comportamiento hizo que José se irritase a causa del niño. Otra vez, José, como buen padre, «lo agarró de la oreja y se la retorció con fuerza», lo que provocó una reacción airada de Jesús: «A ti te basta con verme y no tocarme. No sabes quién soy yo; si lo supieras, no me dejarías estar triste; aunque esté ahora contigo, fui hecho antes que tú». Pero José no deja de cumplir su misión de padre y lo reprende. Llega a decir a María «que no lo dejase salir de casa, porque caían muertos todos los que lo contrariaban». Por otro lado, lleno de ternura, «lo besa y abraza, diciendo: “Feliz de mí, porque Dios me ha dado este niño”».

Jesús acompaña a José en su trabajo de carpintero y le ayuda a hacer una cama para una persona rica. Como uno de los varales era más corto, Jesús hace un milagro alargándolo hasta alcanzar el tamaño del otro. Otra vez le ayuda a sembrar trigo en el campo, pero lo que él sembró dio mucho más fruto. Jesús y José distribuían después entre los pobres los frutos de la cosecha milagrosa.

El evangelio termina con Jesús a los 12 años en Jerusalén, entre los doctores, enseñándoles, en los mismos términos en que se narra el episodio en el evangelio de Lucas (cf. 2,41-50). Al fin se dice, contrariamente a lo narrado antes, que «Jesús era obediente a sus padres» y «crecía en edad, sabiduría y gracia»28. En verdad, José se mostró impotente ante las travesuras y bribonadas que el niño hacía a todas horas. Pero nunca reaccionó en su misión educadora de padre tratando de hacer valer su autoridad e imponiéndole límites.

c) La historia de José el carpintero

Este apócrifo es el más rico en informaciones sobre la relación de José con Jesús. Probablemente fue escrito en Egipto, en el siglo IV o V, en copto, y después traducido al árabe. En realidad, se trata de una larga narración de Jesús sobre su padre José, referida a los apóstoles en el Monte de los Olivos. Jesús comienza así: «Ahora escuchad voy a narraros la vida de mi padre José, el bendito anciano carpintero». Esta introducción revela ya que el discurso de Jesús es inventado. Jesús cuenta que José era un carpintero de Belén, viudo, con seis hijos: cuatro hombres (Santiago, José, Simón y Judas) y dos mujeres (Lisia y Lidia). «Este José es mi padre según la carne, con quien se unió como consorte mi madre María». Narra como e sorprende José al encontrar a María encinta, cómo piensa en secreto y cómo tiene la visión de un ángel que le explica que el niño concebido es fruto del Espíritu Santo. Narra también el nacimiento de Jesús en Belén, la huida a Egipto y el regreso a Galilea, escenas que conocemos por los evangelios de Mateo y de Lucas. Termina diciendo: «Mi padre José, el anciano bendito, siguió ejerciendo la profesión de carpintero, y así, con el trabajo de sus manos, nos mantuvimos. Jamás se podrá decir que comió su pan sin trabajar».

Refiriéndose a sí mismo, Jesús, al contrario que el evangelio apócrifo del pseudo-Tomás, dice: «Yo, por mi parte, desde que mi madre me trajo a este mundo, estuve siempre sumiso a ella, como un niño. Procedí como es natural entre los hombres, excepto en el pecado. Llamaba a María “mi madre”, y a José “mi padre”. Les obedecía en todo, sin permitirme jamás una palabra de réplica. Por el contrario, les daba siempre mi gran cariño».

Continuando con el relato a los apóstoles, Jesús cuenta cómo José se casó por primera vez cuando tenía cuarenta años y cómo permaneció casado durante 49 años, hasta la muerte de su esposa. Tenía, por tanto, 89 años en ese momento. Estuvo viudo un año. Después del matrimonio con María hasta el nacimiento de Jesús habrían pasado tres años. Por tanto, José tendría 93 años cuando nació Jesús. En total, vivió con María durante 18 años, lo cual significa que al morir tendría 111 años.

Después narra con detalle la muerte de su padre José. El apócrifo, en verdad, habla más de su muerte que de su vida. Jesús cuenta que llegó a un punto en que su padre «perdió la voluntad de comer y de beber y sintió que le faltaba habilidad en el desempeño de su oficio» .Al acercarse la muerte, José se lamenta profundamente, profiriendo once «ayes» al estilo de Job, expresando contrición por los pecados que pudiese haber cometido. Dice: «Salve, José, mi querido padre, anciano ees, querido hijo. Al oír tu voz, mi alma recobró su tranquilidad». Enseguida, José hace un largo discurso recordando episodios de su vida con María y con Jesús, hasta recordar el hecho de «haberle tirado de la oreja y amonestarlo: “Sé prudente, hijo mío...”» y el reclamo que Jesús hizo a su padre en estos términos: «Si no fueses mi padre según la carne, te haría comprender lo que me acabas de hacer». Termina con una profesión de fe que reproduce el credo de la comunidad cristiana de finales del siglo II: «Tú eres Jesús, el Cristo, verdadero Hijo de Dios y, al mismo tiempo, verdadero Hijo del hombre».

Jesús entonces confiesa: «Cuando mi padre pronunció estas palabras, no pude contener las lágrimas y comencé a llorar, viendo que la muerte se iba apoderando de él a cada momento, y principalmente al oír las palabras llenas de dolor que salían de su boca».

Por fin, Jesús describe los últimos momentos de José, sus dolores y su agonía. «Yo, mis queridos apóstoles, permanecí a su cabecera, y mi madre a sus pies […] por mucho tiempo tomé sus manos y sus pies: él me miraba y suplicaba que no lo abandonásemos. Puse mi mano sobre su pecho y sentí que su alma ya subía a su garganta para dejar el cuerpo». Enseguida Jesús describe la proximidad de la muerte, con los fantasmas que pueblan la mente del moribundo. Plásticamente, Jesús vio a la muerte y al diablo con el cortejo de comparsas que se aproximaban «vestidos de fuego, cuya bocas vomitaban humo y azufre». Al ver tal espectáculo macabro, José se llenó de miedo, y los ojos se le enturbiaron por las lágrimas. Fue cuando Jesús intervino: «Me levanté rápidamente y reprendí al diablo y a todo su cortejo. Ellos huyeron, avergonzados y confusos». Pero la muerte se demoraba en venir. Entonces Jesús oró intensamente al Padre:

«”Padre mío misericordioso, Padre de la verdad, ojo que ve y oído que escucha, escúchame: soy tu hijo querido; te pido por mi padre José, obra de tus manos... Sé misericordioso con el alma de mi padre José, cuando vaya a reposar en tus manos, pues ése es el momento en que más necesita de tu misericordia [...]”.

Entonces exhaló el espíritu y yo lo besé ».

Prosiguiendo, dice: «Yo me eché sobre el cuerpo de mi padre José […], cerré sus ojos, cerré su boca y me levanté para contemplarlo». José acababa de fallecer.

Jesús confía a los apóstoles lo que ocurrió en el momento en que fue a sepultarlo: «No me contuve, me lancé sobre su cuerpo y lloré largamente». Termina haciendo un balance de la vida de su padre José:

«Su vida fue de 111 años. Después de tanto tiempo, no tenía un solo diente cariado y no se había debilitado su vista. Toda su apariencia era semejante a la de un niño. Nunca sufrió ninguna indisposición física. Trabajó siempre en su oficio de carpintero hasta el día en que le sobrevino la enfermedad que lo llevaría a la sepultura».

Al concluir su relato, Jesús deja el siguiente mandato, que sirvió de epígrafe inspirador a nuestro texto: «Cuando fuereis revestidos de mi fuerza y recibiereis el Soplo de mi Padre, es decir, el Espíritu Paráclito, y cuando fuereis enviados a predicar el evangelio, predicad también sobre mi querido padre José ».

A decir verdad, ese mandato permaneció olvidado: durante siglos la comunidad cristiana dejó a san José en la sombra y al margen de la reflexión teológica. Sólo la tradición popular cultivó fielmente su memoria.

d) Diálogos de Jesús, María y José

Hay un apócrifo etíope, cuyo origen se sitúa entre los siglos III y IV, que trata de la muerte de María. Se llama Libro del descanso. En la primera parte, después que el ángel anuncia la muerte cercana de María, Jesús recuerda escenas de la infancia. En ese contexto entra la figura de José. Jesús recuerda que, como niño, lloró. «En aquella ocasión, José fue áspero contigo, María, al decirte: “Da el pecho a tu hijo“».

Más adelante recuerda lo que María dijo a José durante la huida a Egipto:

«”Oh mi Señor, tenemos hambre, ¿y qué hay para comer en este desierto?” José se irritó contra ti diciendo:“¿Que puedo hacer por ti? ¿No me hice extraño para mis parientes por tu causa?. Y todo porque no guardaste la virginidad y te encuentras ahora en este estado. No solamente tú te preocupas. También yo y mis hijos. Ahora vivo contigo en esta angustia y no sé lo que le pasa a mis siete hijos […]. No hay en estos árboles ningún fruto que puedas comer. Esta palmera es alta, y no puedo trepar a ella. Te he dicho que no hay nadie que pueda subir; no hay ningún hombre en este desierto. Por tu causa estoy sumergido en tribulaciones por todos lados. Abandoné mi tierra y me siento trastornado. No conocí el hijo que tienes; sé solamente que no proviene de mí. Llegué a pensar en mi corazón: Tal vez embriagado me acerqué a ti y me volví perverso, habiéndome propuesto, sin embargo, ser tu guardián'. Pero está claro que no fui seductor. Hace cinco meses que te tomé bajo mi guardia, y este niño tiene más de cinco meses, pues lo llevas en tus brazos. En verdad, no fue el semen lo que lo engendró, sino que nació del Espíritu Santo. El no permitirá que pases hambre, sino que tendrá misericordia de ti y me alimentará también a mí, recordando que también soy peregrino a tu lado”».

Enseguida prosigue Jesús dirigiéndose a María: «¿Acaso no te había dicho José todo esto?». Después, volviéndose a José, dice: «¿Por qué, padre mío, no subes a esa palmera y traes algo para que coma mi madre?». Por fin, Jesús, aún pequeñito, hace un milagro: por orden suya, la palmera con sus frutos se inclina hasta el suelo, y su madre y su padre son alimentados.

Más adelante, en el Libro del descanso reaparece nuevamente la figura de José, cuando María cuenta a mujeres amigas el miedo que pasó huyendo a Egipto. Narra lo siguiente:

«Cuando yo, José y sus dos hijos huimos, me vino un momento de mucho miedo. Oí la voz de un niño que, detrás de mí, me decía: “No llores y no grites; ves y no ves; oyes y no oyes”. Al oír eso, me volví hacia atrás para ver quién me dirigía aquellas palabras. Ese niño fue arrebatado, y no supe adonde se fue. Dije entonces a José: “Salgamos de este lugar, porque vi a un niño eterno”. En ese momento él se me apareció, y reconocí que era mi hijo Jesús»

Como se ve, se narran las angustias de una familia que en la huida no sólo sufre necesidades, sino miedo. Se recuerdan también las dudas de José ante la gravidez misteriosa de María; dudas que al fin supera, convencido de que se trata de algo venido del Espíritu Santo.

Veamos ahora algunos apócrifos tardíos, poco tratados en la literatura teológica. Contienen, sin embargo, algunos elementos para nuestro tema.

e) El evangelio árabe de la infancia de Jesús

Se trata de un apócrifo tardío, probablemente del siglo VI, escrito en árabe. El manuscrito más antiguo, con miniaturas, es una versión de un texto siríaco más antiguo, copiado en el siglo XIII en Mardin (el actual Kurdistán turco).

No nos vamos a detener en él, pues retoma relatos del nacimiento y la infancia de Jesús en la misma línea del Evangelio del pseudoTomás, al que ya nos hemos referido. Allí aparece Jesús como un niño prodigio. Ya en la cuna, con apenas un año de edad, recita a su madre la confesión de fe de la comunidad cristiana de finales del siglo I: «María, soy Jesús, el Hijo de Dios, aquel que diste a luz como te anunció el ángel Gabriel; fui enviado para salvar al mundo». Hace muchos milagros, pero es más bondadoso, pues transforma a sus compañeros que le hicieron algún mal en cabritos, en lugar de fulminarlos con la muerte. En las discusiones con los sabios en el Templo, muestra conocimientos extraordinarios de medicina, astronomía y otras ciencias.

Trabaja con José en la carpintería, facilitándole la tarea. Cuando necesita cortar, alargar, encajar y adaptar, Jesús extiende la mano, y las cosas se hacen. Pero hay una inversión de papeles. El es quien corrige al padre, y no al revés, como aparece en el Evangelio de José el carpintero. Este evangelio fue conocido especialmente por los milagros ocurridos durante la huida a Egipto. Al pasar la Sagrada Familia, los árboles se inclinaban; en la entrada de los pueblos, la tierra temblaba y los ídolos se caían de sus altares. El agua con que Jesús era bañado curaba de la lepra; el agua usada para lavar su ropita hacía surgir fuentes de agua burbujeante o árboles de frutos dulces. Los pañales de Jesús, puestos sobre la cabeza, liberaban de los demonios... José, María y Jesús topaban con ladrones, pero éstos no les hacían daño. Uno de ellos fue el buen ladrón que estuvo al lado de Jesús en la cruz. Hasta un joven que había sido transformado en mulo volvió a ser humano cuando pusieron a Jesús sobre él.

José aparece como el buen padre que cuida a Jesús en el camino del desierto y en Egipto.

f) El evangelio del pseudo-Mateo

Éste es un evangelio apócrifo falsamente atribuido al evangelista Mateo. Data del siglo VIII. Fue grande su influencia en las artes, como se puede constatar por las telas de los renacentistas Fra Angélico y Rafael y, posteriormente, de Rubens y El Greco. Muestra a un Jesús mágico haciendo portentos con la complicidad de María y de José. Así, los dragones amenazadores se alejan con sólo que les mire el niño Jesús. Leones y leopardos acompañan pacíficamente a los burritos que cargan con la Sagrada Familia, mueven alegremente sus rabos y dan muestras de adorar al niño Dios. Una palmera se inclina para que sus frutos puedan ser alcanzados. En recompensa, los ángeles llevan una de sus ramas hasta el cielo. El viaje a Egipto, en lugar de los quince días normales, se reduce a un solo día. Ya en Egipto, cuando la Sagrada Familia entra en un templo, 365 ídolos caen por tierra y quedan hechos añicos. Se entiende que la plasticidad de estos relatos, ausentes en los evangelios de Lucas y Mateo, haya influido en la religiosidad popular, la literatura y las artes hasta el día de hoy.

g) El evangelio del nacimiento de María


Este apócrifo, el más tardío de todos (siglo IX), presenta a José anciano, pero no viudo como los otros apócrifos. Al hacer la elección entre los ancianos de aquel que tendría que cuidar a María, aparece el milagro: el bastón de José es el único que florece, y el Espíritu Santo desciende del cielo y se posa sobre él. Más tarde, esa simple flor del bastón se transforma en un lirio, signo de la pureza de José. Por eso la mayoría de sus representaciones lo muestran cargando en uno de sus brazos al niño Jesús y llevando en el otro un ramo de lirios blancos.

En conclusión, los apócrifos entretienen a los lectores, excitan la fantasía, inspiran las artes, alimentan la fe popular y responden a la curiosidad natural de los fieles. Hay más leyenda que historia. Pero, debido a la resonancia en la vida concreta de las comunidades cristianas, ayudan a componer la imagen de san José, añadiéndola a la de la historia y de la teología. 

Leonardo Boff
San José
Padre de Jesús en una sociedad sin padre.
Ed Sal Terrae.