lunes, 2 de febrero de 2015

¿Retorno a la Naturaleza?. En donde se analiza desde el punto de vista químico una situación inevitable.



¿Retorno a la Naturaleza?
 

Desde hace unos años está de moda culpar a la química de muchos males que afligen a la humanidad y el medio ambiente en el que vive, según una mentalidad que puede entenderse muy bien con una ilustración publicada en septiembre de 1994 en una revista química americana. En una pelea entre chiquillos, uno de los dos, en vez de soltar los habituales insultos, apostrofa al otro-con un «¿Ah, sí? ¡Pues tu hermana apesta a sustancias químicas tóxicas!». En la mayoría de los casos, en la radio, la televisión y los periódicos el adjetivo químico se asocia de hecho a tóxico o a cualquier otra palabra desagradable (nocivo, contaminante, peligroso). Recientemente, el consorcio de producción de uno de los más famosos embutidos italíanos ha publicado en los principales periódicos anuncios a toda página donde aparecía la inscripción «pureza sí, química no», suscitando la indignación del Ordine dei Chimici (Colegio de Químicos) y de la Societá Chimica Italiana (Sociedad Italiana de Químicos). En el órgano oficial de esta asociación, que reúne a exponentes de la investigación académica e industrial y a docentes de varios niveles, el director, Ferruccio Trifiró, escribió: «No sé cómo preparan este embutido, pero espero que hayan utilizado al menos productos veterinarios para sus cerdos y detergentes para lavar las pocilgas». Sólo por citar dos categorías de sustancias químicas indispensables para la higiene de esta producción. 


En la entrega de octubre de 1997 de Nuova Secondaria, publicación dedicada a la escuela y la enseñanza, Giacomo Guilizzoni concluyó su interesante intervención con este pensamiento: «En muchos objetos de uso habitual la madera ha sido sustituida por plastómeros, y también el marfil. Dilema hamletiano para los ecolegistas extremistas: ¿es mejor [aceptar la industria química y sus productos, entre ellos las materias plásticas (llamadas técnicamente plastómeros)] o retomar la deforestación indiscriminada y la caza de elefantes?». 


No se trata de un caso límite, aislado. El querer contraponer la química a la naturaleza desencadena numerosos choques en el ámbito general de una guerra que embiste e influye la vida de la sociedad moderna. Las consecuencias de esta guerra recaen, obviamente, sobre la gente, que puede tener ventajas o desventajas cualquiera que sea el resultado; se trata de ponerlos sobre la balanza con mucha atención antes de tomar alguna decisión en uno u otro sentido. Una batalla que lleva años viva es la de los antiparasitarios agrícolas. Hay a propósito un hecho bastante instructivo. 


«¡La patata sin pesticidas! ¡Finalmente del todo natural!», pregona la publicidad. El nuevo producto agrícola llega al mercado y los consumidores se abalanzan sobre él. Las mamas, comprando para sus hijos bolsas de patatas fritas, están todas contentas: la salud de los niños ahora corre menos riesgos. Por el mismo motivo los proveedores se hacen de oro con los comedores escolares. Los últimos hippies y los activistas de movimientos ecologistas exultan: «¡Sabíamos que podíamos pasar sin venenos químicos!». Un cuadro color de rosa, pero que en breve tiempo se oscurece: la gente empieza a sentirse mal. Las nuevas patatas, producidas «a la antigua», sin tratamientos con sustancias de laboratorio, son tóxicas. Sucedió hace algunos años en Estados Unidos, con grave desencanto v desconcierto de las personas habituadas a oír que la química hace daño y la naturaleza va bien. 


¿Qué sucedió? Intentemos razonar. ¿Cómo lo hace una planta para que no se la coman los animales parásitos, ya sean grandes o pequeños? La respuesta es simple: con pesticidas… ¡naturales! De hecho, trata de eliminar o ahuyentar a los predadores produciendo sustancias venenosas, cancerígenas, teratógenas —que provocan en la prole del animal que la come malformaciones corporales—. Si una variedad de planta obtenida por selección es particularmente resistente a los parásitos, significa aue es rica en toxinas que produce ella misma. 


La patata milagrosa no necesitaba que el hombre la defendiera con antiparásitos sintéticos, porque contenía mucha más solanina de lo normal. La solanina es un alcaloide que inhibe la enzima colinesterasa, y que, por tanto, bloquea la transmisión de los impulsos nerviosos. Resulta por ello tóxica ya sea para los animalillos que haya que eliminar como, por desgracia, para el hombre. Además, como en tiempos de este clamoroso infortunio tuvo en señalar el americano Bruce Ames, conocido por haber introducido un ensayo analítico que aclara la eventual acción cancerígena in vitro de las sustancias químicas, ésta no se había estudiado en este aspecto, y no se podía excluir que fuera no sólo tóxica sino además cancerígena. Por el contrario, el malathion, el principal anticolinesterásico sintético usado como pesticida, al menos en los roedores del laboratorio no provocaba cáncer. Y para aclarar mejor los términos de la comparación, Ames recordaba que de media un kilo de patatas contiene 75 miligramos de solanina, mientras que el americano medio ingería hace algunos años con los alimentos sólo 17 milésimas de miligramo de malathion al día. 


El incidente de la patata no es aislado. También con una variedad de apio tuvieron los agricultores americanos hace algún tiempo un gran inconveniente. Ésta resistía muy bien las agresiones de los insectos, pero a las personas que la tocaban y después se exponían a los rayos del sol les sobrevenía una erupción cutánea. Se hicieron investigaciones, y se descubrió que las dosis de psoralén contenidas en esta variedad eran diez veces mayores que en el apio normal. Los psoralén son sustancias mutágenas y cancerígenas activadas por la luz solar. 


Además de este tipo de problemas, es oportuno señalar que una planta protegida por el agricultor con un pesticida sintético reacciona produciendo sus propios venenos en dosis mucho menores. Esto puede ser importante, porque los pesticidas naturales se encuentran difundidos en la masa comestible, por ejemplo, en la pulpa de la fruta. Los productos añadidos por el hombre con el objetivo de ahuyentar a los parásitos se rocían, al contrario, sobre la piel, y como mucho se difunden sólo un poco por el interior; por lo que los eventuales pesticidas sintéticos aún presentes en un fruto maduro, si éste se pela, acaban normalmente en el cubo de la basura. El fruto no protegido por el hombre con productos de síntesis tiene una pulpa particularmente rica en antiparasitarios que él mismo ha sintetizado, y que llegan por tanto al estómago del consumidor. 


En el tema de los peligros contenidos en alimentos, el tema va para largo: sería inadecuado limitarse a los antiparasitarios. Las bananas contienen potentes vasoconstrictores; los quesos, aminas nada inocuas como la histamina; las judías y los guisantes sustancias enemigas de la vitamina E. También los principios útiles contenidos en algunos alimentos pueden volverse peligrosos por encíma de un cierto nivel. Dosis sola facit venenum, decía ya Paracelso, personaje pintoresco y genial que con este criterio —«sólo la dosis hace el veneno»— usaba algunos venenos como fármacos. 


Ciertos hábitos alimentarios, además, están tan difundidos que se consideran totalmente naturales. Y por el contrario es mejor dedicarles un poco de atención, leyendo lo que sigue con mucha calma; quizá degustando una humeante taza de café…, que contiene unos 500 microgramos (milésimas de miligramo) de agentes cancerígenos (agua oxigenada y metil-glioxal). A los lectores adolescentes, si quieren apagar la sed y refrescarse, les podemos sugerir tomarse una cola X o Y, tragándose así un par de miligramos (2.000 microgramos) de formaldehido (otro cancerígeno). 


Cuando después nos entre hambre, se puede empezar con un buen plato de tallarines al pesto a la genovesa. Pero que conste que la albahaca, ingrediente fundamental, contiene estrágolo, también reconocido como capaz de provocar tumores malignos. Una hoja contiene unos 750 microgramos. ¿Queremos una comida simple? Pues tomemos un buen bistec a la florentina, bien salteado y picante, acompañado por un pellizco de apio, perejil y zanahorias. Otros cancerígenos que sumar a la cuenta, presentes en las verduras y en la carne tostada: algunos centenares de miligramos (centenares de miles de microgramos). 


Pero no dejemos que se nos atragante el bocado. Nuestro organismo probablemente resistirá. Cuando se dice que una sustancia ha sido reconocida como cancerígena, significa que ha mostrado tal efecto sobre animales de laboratorio a la máxima dosis que pueden soportar. Los números apenas citados son inferiores, para ciertas sustancias mucho más, y no existe ninguna prueba de que lo que provoca cáncer tomado en grandes dosis, lo provoque también una dosis bastante más baja. 


Entonces —nos preguntarán los lectores— ¿por qué este libro dice cosas de este tipo? La respuesta tiene su origen en una simple comparación. Hace algunos años, se calculó que un ciudadano de Estados Unidos ingería de media cada día unos 150 microgramos de antiparasitarios fabricados por el hombre. De éstos, 105 microgramos eran debidos a tres compuestos —fosfato de etilhexilo, malathion y chlorpropham— que no provocan cáncer en los roedores de laboratorio. Quedaban 45 miligramos sobre cuyo poder cancerígeno no se tiene aún información. Incluso en la peor hipótesis, o sea, que los 45 microgramos pudieran causar tumores malignos, esta cantidad era bien poca cosa si se compara con el efecto de las sustancias naturales y las creadas por la cocción de los alimentos. 


En resumen, atribuir un tumor maligno a residuos de pesticidas sintéticos ingeridos junto con los alimentos es del todo arbitrario y científicamente incorrecto. Una cosa es cierta: si la naturaleza fuera una empresa química y pidiera hoy el permiso ministerial (es decir, la autorización a vender) para uno de sus antiparasitarios, tendría pocas esperanzas de que se lo concedieran. El tema, en realidad, podría extenderse a otros sectores, pero corre el riesgo de alargarse desmedidamente. Nos limitaremos, por tanto, a dar un solo ejemplo, en particular significativo porque es reciente. Este ejemplo nos lo ha provisto Fiero Piazzano, redactor jefe de Atroné, publicación mensual muy conocida por su compromiso en defensa del medio ambiente. 


El 27 de marzo de 1998 The Alchemist, revista consultable por internet y publicada por la organización británica ChemWeb, recogía un interesante artículo sobre la contaminación del aire dentro de los edificios. En dicho artículo, Piazzano ilustraba un estudio llevado a cabo por investigadores del Centro Comune di Ricerca (Centro de Investigación de Ispra, Várese, Italia). Entre dichos investigadores se encuentra el italiano Maurizio de Bortoli. Después de haber acusado a los modernos materiales de construcción, los aparatos de oficina (fotocopiadoras, impresoras), los productos del hogar (desodorantes, detergentes) y las exhalaciones de las cocinas, «la investigación —citamos, traduciéndolas del inglés, las palabras de Piazzano— contradice la difundida convicción de que los materiales naturales sean a priori más seguros que los artificiales. De hecho, la madera natural libera ácidos, aldehídos y terpenos. Además, el linóleo (hecho mezclando productos naturales) emite ácidos carboxílicos, alquibencenos, aldehídos, éteres y terpenos».


Entre los contaminantes producidos por el hombre, únicamente uno en la última década ha tenido con seguridad una relevancia creciente sobre la evolución de los casos de cáncer: el humo del tabaco. Los tumores malignos atribuidos a éste han ido en aumento en el mundo técnicamente desarrollado hasta la reciente promoción de campañas anti-tabaco, mientras que los debidos a otras causas están desde hace bastante tiempo estadísticamente estacionarios o incluso han experimentado un ligero descenso. 


Retomando el tema de la importancia de las dosis, se puede establecer una comparación entre el humo y un ejemplo de compuesto químico usado en la agricultura. El alar, un regulador de crecimiento que ayuda a las manzanas a no caer antes de tiempo del árbol y prolonga su conservación después de la cosecha, causó mucha aprensión hace algunos años. La conocida actriz Meryl Streep declaró que para ella los niños no deberían comer manzanas tratadas con alar. En febrero de 1989 las autoridades de Nueva York, Los Ángeles y Chicago decidieron eliminarlas de los comedores escolares; aunque todo el contenido quizá cancerígeno derivado del alar que una persona ingeriría en un año si comiera dos kilos de manzanas al día, pesaría tanto como el alquitrán proveniente, con su carga seguramente cancerígena, del humo de dos cigarrillos.


Comparaciones de este tipo nos deberían poner en guardia contra la costumbre de lanzar acusaciones desproporcionadas, sugeridas por la irracionalidad o la desinformación. A menudo es precisamente la falta de sentido de la medida la que nos lleva a contraponer la naturaleza a las tecnologías modernas: siempre buena la primera, siempre malas las segundas. Por lo demás, que la realidad no es tan simple ha sido intuido por numerosos espíritus sublimes, los cuales quizá no sabían nada sobre ciencia, pero que razonaban con la mente libre de ideas fijas. Desde Leopardi, que llama a la naturaleza «matrigna» (madrastra), podemos retroceder unos siglos hasta Mimnermo, compilando una rica antología de consideraciones bien tristes sobre la condición natural del hombre.


Esto no significa ciertamente que el progreso técnico haya dado al hombre la felicidad, y por lo demás el poeta de Recanati (Leopardi) —debemos decirlo, ya que lo hemos citado— no ponía ninguna esperanza en este progreso. De todos modos no se pueden negar las conquistas de ciencias que como las de la química pueden traducirse en ventajas prácticas, el mérito de haber al menos alargado nuestra vida y retrasado el envejecimiento. Se diga lo que se diga, la modernidad ha reducido las mortales fatigas de los obreros y campesinos, ha enriquecido la alimentación de las masas, ha combatido eficazmente muchas enfermedades. 

Intentemos imaginar cómo se lo harían hoy en día más de cinco mil millones de seres humanos para librarse del hambre sin agricultura asistida por fertilizantes y antiparasitarios. Y cuando nos lamentemos, quizá justamente, de la situación de la asistencia sanitaria, imaginémonos ingresados en un hospital de hace algunos siglos, sin los desinfectantes, los anestésicos y los fármacos que los químicos han sido capaces de inventar.


Cada medalla tiene de todas maneras su reverso, y este libro invita a cerrar los ojos a los inconvenientes que el hombre, al usar las conquistas de la química (como por lo demás también de las otras ciencias), ha provocado y provoca a sí mismo y al medio ambiente. Hay a este respecto dos datos reales, uno consolador y el otro preocupante, que no pueden ignorarse. El primero es que en el mundo occidental las asociaciones ecologistas, aunque a veces pecando de extremistas y adoptando actitudes erróneas, han tenido sin duda el mérito de aguijonear a los legisladores e industriales, para hacer menos antiecológicos los procesos de producción y para redirigir incluso el consumo hacia productos y materiales más sanos y compatibles con el medio ambiente. 


Para convencerse de la importancia de quien por nosotros ha desempeñado un papel de estímulo, basta pensar en lo sucedido más allá del Telón de Acero, donde tal estímulo faltaba, mientras que aquel se ha mantenido en pie. El clamoroso desprecio de la seguridad de la maquinaria y del buen sentido en el desmantelamiento de los residuos de todo tipo ha demostrado, a quien tuviera necesidad de ello, que la culpa de la contaminación no es sólo de la lógica capitalista. Mientras nosotros nos preocupábamos de las descargas de nuestros autos, los utilitarios (coches) de la antigua Alemania del Este diseminaban por el aire venenos en grandes cantidades. Y en comparación con algunos grandes lagos de la ex Unión Soviética, el agua de los nuestros era casi potable. Aún ahora, después del fin de los regímenes totalitarios, la situación del medio ambiente en Europa del Este brega por mejorar, porque la atención a los problemas ecológicos requiere una economía robusta, que pueda invertir en alguna cosa aparte de en la supervivencia inmediata. Éste es un lujo que aquellos países consideran difícil permitirse, como por lo demás esos que hace no mucho se llamaban subdesarrollados, y a los que ahora se prefiere aplicar la eufemística expresión de «Tercer Mundo».



Otro dato real es que con el paso del tiempo se descubren continuamente propiedades perjudiciales en sustancias antes consideradas inocuas, que quizá habían entrado en uso por las garantías que daban en comparación con productos más viejos. Pensemos, por ejemplo, en los clorofluorocarburos (más conocidos por las siglas CFG) o en la marca freon, difundidos en muchas aplicaciones. Han sido prohibidos para defender la capa de ozono estratosférica; y, aún así, al principio sólo se conocían las ventajas, la primera de ellas la de no ser inflamables. En la práctica, esta característica suya ha evitado quién sabe cuántos accidentes, salvando muchas vidas; pero ahora se sabe que hace falta algo diferente. El encontrar un sustituto adecuado es mucho más difícil de lo que uno pueda pensar.


Por ejemplo, en muchos casos en los aerosoles (lacas para el pelo, desodorantes, barnices…) en ciertos países se usan ahora como propelentes hidrocarburos gaseosos. Al no contener cloro, respetan el ozono, y han sido elegidos porque son solubles en el líquido que pulverizar. Esto permite que puedan ejercer la presión adecuada después de muchas pulverizaciones, porque existe un equilibrio entre el propelente en estado gaseoso (en el que puede empujar fuera el líquido con fuerza) y en estado de sustancia disuelta. Mientras el propelente exista en estado gaseoso, debe existir también en estado líquido, con la presión adecuada a su concentración en el líquido: si un poco de gas sale del envase, saldrá también otro poco de líquido, y así en el envase mantendrá la presión. 


A decir verdad, el paso de una cierta dosis de propelente del líquido al gas que está por encima baja un poco su concentración en el líquido mismo. Después de pulverizar, la presión en equilibrio con el nuevo valor de la concentración será un poco menor que la precedente. Al continuar pulverizando, tendremos en el envase una presión en continua disminución, pero suficiente para su objetivo, hasta que el propelente disuelto en el líquido no se haya consumido casi del todo. En la práctica se acaba siempre antes el líquido del aerosol. Cuando el aerosol llega a descargarse, al final sale sólo gas, como muchos habrán notado. Si el propelente no fuera soluble y la cantidad necesaria debiera estar presente toda como gas desde el principio, su presión sería muy alta, y para contener el conjunto haría falta bastante más que un ligero y económico envase de fina chapa. Por desgracia, los propelentes a base de hidrocarburos son altamente inflamables, y al mezclarse con el aire pueden incluso explotar. Moraleja: esperemos no tener que atribuir de aquí a unos años una larga lista de incendios, explosiones y muertos a esta novedad llegada para sustituir los CFG. 


Pongamos ahora un ejemplo de peligros que llegados a un cierto punto se descubren, o que son al menos señalados por alguno, aunque muchos otros en el mundo científico no estén de acuerdo. En los últimos años, las asociaciones ecologistas han empezado a movilizarse contra el uso de algunos compuestos químicos considerados responsables de disfunciones hormonales y reproductoras en los animales superiores. Hay quien piensa que algunas sustancias pueden hacer disminuir la fertilidad en los machos de la especie humana.


Como es habitual, cuando la polémica contrapone a grandes intereses industriales gente llevada, como son los ecologistas, a afrontar problemas que quizá tienen un fondo de realidad, pero que los afrontan de modo a menudo más emotivo que racional, cada parte se dirige por separado a la opinión pública, por lo que las posibilidades de que se llegue a un verdadero esclarecimiento son escasas. Son vistas, por tanto, favorablemente iniciativas como las del Centro PVC (asociación de las empresas italianas ligadas al PVC y a los aditivos usados en su elaboración). En otoño de 1997 esta asociación organizó un convenio en Roma y otro en Milán, invitando a hablar, además de a exponentes de la industria italiana y extranjera, también a Enrico Fontana, director de Nuova Ecología, y a representantes del partido ecologista, de Greenpeace, de los Amigos de la Tierra y de WWE.


En estos encuentros, los ecologistas dirigieron sus acusaciones sobre todo contra los ftalatos, que se añaden al PVC (siglas que, recordemos, significan cloruro de polivinilo) como plastificantes, para hacer más flexible el polímero. Los objetos de PVC —según las convicciones de los ecologistas— liberan estos ftalatos. En ciertos casos, como en el sector médico, ya que por ejemplo las bolsas de sangre y sus derivados para transfusiones están hechos de PVC, podrían ser transmitidos directamente al paciente. El plastificante más difundido y estudiado es el DEHP (di-etil-hexilo-ftalato). Los ecologistas citan algunas publicaciones científicas que lo juzgan peligroso para el hígado, los riñones y el aparato genital. Los ecologistas acusan también a los plastificantes introducidos recientemente por algunos fabricantes (por ejemplo el PVC para usar en la fabricación de juguetes) de resistir largamente en el organismo sin ser destruido por mecanismos biológicos de defensa, lo que, de ser cierto, los haría más peligrosos que el DEHP. 


En los convenios de Roma y Milán, los representantes de las empresas europeas que producen ftalatos han desmentido estas acusaciones tajantemente. Según ellos, no hay peligro ni siquiera en los casos de contacto prolongado. Los ftalatos no provocan cáncer y no dañan el sistema reproductor. Un alto funcionario de la Solvay International, gran productora de PVC, añadió que las actuales normas europeas son suficientes para proteger incluso a los niños pequeños que puedan morder o chupar los juguetes hechos de este material. De similar tono fueron las intervenciones del responsable europeo para las normas sobre materiales que entran en contacto con los alimentos —que ha declarado que no hay motivos sanitarios para recrudecer las de plastificantes—, y de una funcionaria del Instituto Nacional Italiano de la Salud. Dicha funcionaría garantizó la seriedad de los experimentos hechos para controlar que los materiales respeten los límites impuestos en la liberación de sustancias potencialmente absorbibles por el organismo. También ha garantizado que, cuando se ha sabido que una sustancia haya dado motivos para sospechar de su peligrosidad, se han adoptado siempre las restricciones más severas.


Por el momento, sobre este problema parecen un tanto excesivas las preocupaciones de los ecologistas, aunque no se puede tampoco excluir que tengan algún fundamento. Por este motivo es un bien que ambas partes hayan empezado a reunirse, tal como lo ha conseguido el Centro PVC. Discutir es siempre mejor que seguir adelante cada uno por su cuenta; y deja el camino abierto al menos a la esperanza de que se presenten a la opinión pública argumentos racionales en vez de los habituales tópicos.


La búsqueda de una mejor calidad de vida, de hecho, necesita una información seria y completa, de la que, en lo concerniente al medio ambiente, estamos bastante lejos. A propósito de ello, he aquí otra creencia absurda, muy difundida en el tema de química y naturaleza. Una encuesta hecha hace años en una universidad del estado de Nueva York proponía a los estudiantes de varias disciplinas esta pregunta: «¿La glucosa sintetizada en laboratorio es igual o no a la glucosa extraída de la uva?». La glucosa, como ya se ha visto, es el compuesto que da energía a nuestras células. El 75 % de los interrogados respondió que las dos sustancias son diferentes, y ambas son idénticas. Pueden existir diferencias entre el producto natural y el sintético sólo si no son puros. Pero si lo son, ambos están constituidos de moléculas de glucosa sin nada extraño, y entonces no pueden ser más que iguales; De hecho, cada sustancia está compuesta por determinadas partículas (iones o moléculas), y cada una de estas partículas tiene una fisonomía precisa e independiente de su origen.


En 1799, el francés Joseph-Louis Proust, que prestaba siempre particular atención a purificar con cuidado los productos de sus experimentos, descubrió la llamada ley de las proporciones constantes. En Madrid, donde daba clases, demostró que la composición del carbonato de cobre era siempre la misma, tanto si la sustancia se encontraba en la naturaleza —es decir, si sé trataba de un mineral— como si se preparaba en laboratorio. Han pasado dos siglos, pero hay aún muchas personas que creen que un mismo compuesto, independientemente de su pureza, puede ser diferente si existe en la naturaleza o si lo fabrica un químico. Seguro que el desmentido de tal seudoaxioma resultará nuevo para algún lector.
GIANNI FOCHI

EL SECRETO DE LA QUÍMICA

Ed. MANONTROPPO