lunes, 16 de febrero de 2015

José Ángel Valente



José Ángel Valente.
Orense 25-4-1929; Ginebra 18-6-2000.
Cursa la carrera de Derecho, y de Filología Románica (1954), de la que imparte docencia en la universidad de Oxford.
"Adscrito en un primer momento al llamado Grupo poético de los 50 o Generacíón del medio siglo, desde 1966 su poesía evoluciona hacia formas muy personales de expresión, que enlazan su obra con la de Edmond Jabès o Paul Celan. Se trata de un radical esencialismo lírico muy influido por la mística sincrética, como la cábala judaica, el sufismo iranio y el misticismo cristiano (fundamentalmente a través de figuras como San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos), el taoísmo y el budismo zen, entre otros. Su aproximación a la mística, sin embargo, se aleja de cualquier dogma religioso y no postula necesariamente la creencia en una divinidad personal. Esta entrada en el misterio se produjo en gran parte bajo el magisterio de la pensadora malagueña María Zambrano. Asimilando tendencias filosóficas y tradiciones culturales históricas en poesía y prosa y también a través de la música y la pintura, la escritura de José Ángel Valente es una de las más ambiciosas y profundas de la literatura española contemporánea, según la opinión de Gérard de Cortanze. Se muestra heredero de la tradición mística española, de ahí su obsesión con el problema de la inefabilidad, del vacío y de la nada. El lenguaje y la materia son otras de sus obsesiones, no muy alejadas de su sensibilidad cercana a la mística: la materia, como constante engendradora de formas, y el lenguaje, al que Valente quisiera liberar de su uso puramente instrumental, son dos vías de acceso al misterio de la existencia.
Premio Adonais (1954).
Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1988).
Premio Nacional de Poesía (España) (1993).
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1998).
Premio Nacional de Poesía (España) (2001, póstumo)."
(De wikipedia).



“SERÁN CENIZA...”

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte.
No estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.


Nace el deseo

Nace el deseo. Tiene 
un tibio y fervoroso rumor de lluvia, 
de aire recién cortado, 
un rostro puro tal vez, una luz tierna 
bajo la cual tanta noche se extrema. 
Tú mirabas la vida, 
correteabas por la casa, 
alegrabas la luz. Había un árbol, 
aquel amanecer, 
la tarde, el año, 
la risa en que era dulce descansar y morir, 
la dicha sólo. 
Ya tu niñez, tu nieve, 
tu ternura colmadas. 
Vino -de dónde, cuándo
apenas un rumor, la forma tenue 
que en tus sueños hablaba. 
Y se adentró en tus ojos, 
rodeó tus cabellos, 
creció dulce en tu pecho, 
ardió en tus labios. 
Era -no, no era nadie-
apenas un rumor, 
un signo pensativo, 
una dulce derrota, 
la retirada del jazmín, 
de tu alegre y dilatada ternura.
Vino un día, 
tú mirabas la vida, 
estabas sola, 
no sabías su nombre. 
(Era tan leve su desnuda presencia.) 
Y ardió en tus venas su oscura palidez, 
su silencio, 
su noche, 
el destino imposible que anega nuestros labios,
cuando lluvia, aire apenas, invadida ternura, 
el deseo comienza. 
Poema inédito de José Ángel Valente publicado en el diario "El Mundo"

  

EL ÁNGEL



Me he levantado.

He cubierto mi mesa con su tapete verde

y me he sentado cuidadosamente a deshojar

esta pequeña flor. Todo empezaba así.

Todo menos la muerte,

menos la vida,

el amor o el

odio.

Todo empezaba así,

la pasión de morir,

de vivir,

de amar, de odiar.

Oscuro jugador,

frente a mí el ángel

con su terrible luz,

su espada.

Su abrasadora verdad.

Yo tenía solamente

una flor.

Al sí y al no

jugaba contra el ángel,

jugaba al sí y al no,

al siempre, al todavía.

Pero tú conocías,

adversario cruel,

todas mis suertes.

Nada te delataba,

separado de mí

una mesa

con su tapete verde.

Una pequeña flor.

Toda la muerte.

Fue larga la velada.

Al fin me diste un nombre.

Yo tenía una flor,

tú una espada de fuego. Yo

la sola libertad de querer tu victoria.



PATRIA, CUYO NOMBRE NO SE

A Aurelio Menéndez


Yo no sé si te miro

con amor o con odio

ni si eres mas que tierra

para mi.

Pero contigo sólo,

a muerte, debo

levantarme y vivir.

Aquí es tu piel tirante

sobre el mapa del alma,

azotada y cruel;

allí suave,

rota en ríos de lluvia,

inclinada hacia el mar.

Allí paso perdido,

pie puro que anda el sueño;

aquí cráneo abrasado

por el peso de Dios.

Estoy así mirándote

con un ojo que apenas

ha nacido a mirar.

Porque he venido ayer

y no sé aún quién eres,

aunque tal vez no seas

nada más verdadero

que esta ardiente pregunta

que clavo sobre ti.

Vine cuando la sangre

aún estaba en las puertas

y pregunte porqué.

Yo era hijo de ella

y tan sólo por eso

capaz de ser en ti.

Vine cuando los muertos

palpitaban aún próximos

al nivel de la vida

y pregunté por qué.

Yacían bajo tierra:

tú eras su verdad.

Caía el sol, caía

inútilmente el pan,

caía entre la noche

y la sombra de nadie

derribada la fe.

Y sin embargo supe

que tú estabas allí.

Apenas, casi a solas,

entre el aire y la muerte,

un brote nuevo

se atrevía a pujar.

Solo, entre la esperanza

estéril, la esperanza

ganada, las palabras

caídas, las palabras

como ciegas banderas

levantadas, un brote

se atrevía a pujar.

Oh, cómo en las colinas

sobreviviente el aire

se animaba de él.

Debíais protegerlo.

No lo hicisteis.

Temblad.

Porque debió crecer

para la luz, no para

la sombra, el odio, para

la negación.

La tierra había sido

removida y arada

con la sangre de todos.

Con la sangre. Era

difícil la alegría;

necesitábamos

primero la verdad.

Hemos venido. Estamos

solos. Pregunto,

¿quién tiene tu verdad?

Tú eres esta pregunta

Oh patria y patria

y patria en pie

de vida, en pie

sobre la mutilada

blancura de la nieve.

¿quién tiene tu verdad?



COMO LA MUERTE


Ha muerto un hombre, así,

mientras hablamos

sentados frente a frente,

ajenos a morir

aun consabiéndolo.

Ha muerto porque sí,

porque se muere

casi sin transición

y sin que medie

ni una sola palabra.

Un accidente sórdido

es bastante. Ha muerto

un hombre.

Cayó con su bagaje

de graves opiniones,

su amargo amor

y su acometimiento.

Cayó de poca altura.

Con una muerte de muy pocos metros

bastó para que fuese

su caída insondable.

Mientras tú me decías

algo. Mientras

nada pasaba

en realidad.

Un accidente.

Había

estrechado su mano

alguna vez.

Cuando lo vi no era

mas que respiración

y no pasó del alba.

Tímidamente digo:

'Lo siento”. Está enlutada

la madre. Hay otra gente.

Algo para beber.

'¡Qué golpe más horrible!

Mi hijo..., él...

Las sillas enfundadas.

Fotografías. Tengo

sed.

'En fila quinta el nicho;

no había más abajo...

El círculo ha aumentado

(la madre en pie).

Se habla de la muerte

con naturalidad.

Palabras de consuelo

inútil. Es cruel.

Hablo contigo. A medio

amor, la muerte; a media

respiración, la muerte.

Un hombre puede

caer de pronto

porque si, con sus cuatro

preguntas sobre todo

a medio formular.

Sin previo acuerdo.

Un hombre ha muerto, pero

dime que soy verdad,

que estoy en pie, que es cierto

el aire, que no puedo

morir.



UNA INSCRIPCIÓN


Fue en Roma,
donde había en aquella época
grandes concentraciones de capital
y masas obreras con escasas posibilidades de subsistir.
Los poetas no acusaron el problema.
Porque Roma debió de ser una alegre ciudad
en tiempos de Nerón,
Aenobarbo, parricida,
poeta de ínfima calidad.
Algunos hombres sencillos
envenenaron las fuentes
y se opusieron al régimen oficial.
Acaso fueron hombres como este
que yace en paz,
trabajador de humildes menesteres
o, tal vez, mercader. Un día
le fue comunicada
cierta posibilidad de sobrevivir.
(Se ignora si fue sacrificado
por semejante crimen.)
Sin embargo murió; es decir, supo
la verdad. Piadosamente
repito estas palabras
sobre la piedra escritas
con igual voluntad:
“Alegre permanece, Tacio,
amigo mío,
nadie es inmortal.”



EL CRIMEN



Hoy he amanecido

como siempre, pero

con un cuchillo

en el pecho. Ignoro

quién ha sido,

y también los posibles

móviles del delito.

Estoy aquí

tendido

y pesa vertical

el frío.

He sido asesinado.

(Descarto la posibilidad del suicidio.)

La noticia se divulga

con relativo sigilo.

El doctor estuvo billante, pero

el interrogatorio ha sido

confuso. El hecho

carece de testigos.

(Llamada la portera,

dijo

que el muerto no tenía

antecedentes políticos.

Es una obsesión que la persigue

desde la muerte del marido.)

Por mi parte no tengo

nada que declarar.

Se busca al asesino;

sin embargo,

tal vez no hay asesino,

aunque se enrede así el final de la trama.

Sencillamente yazgo

aquí, con un cuchillo...

Oscila, pendular y

solemne, el frío.

No hay pruebas contra nadie. Nadie

ha consumado mi homicidio.



PRIMER POEMA


No debo
proclamar así mi dolor.
Estoy alegre o triste y ¿qué importa?
¿a quién ayudaré?
¿qué salvación podré engendrar con un lamento?
Y, sin embargo, cuento mi historia,
recaigo sobre mí, culpable
de las mismas palabras que combato.
Paso a paso me adentro,
preciosamente me examino,
uno a uno lamento mis cuidados
¿para quien,
qué pecho triste consolaré,
qué ídolo caerá,
qué átomo del mundo moveré con justicia?
Remotamente quejumbroso,
remotamente aquejado de fútiles pesares,
poeta en el más venenoso sentido,
poeta con palabra terminada en un cero
odiosamente inútil.
Cuento los caedizos latidos
de mi corazón y ¿qué importa?
¿qué sed o qué agobiante
vacío llenaré de un vacío más fiero?
Poeta, oh no,
sujeto de una vieja impudicia:
mi historia debe ser olvidada,
mezclada en la suma total
que la hará verdadera.
Para vivir así,
para ser así anónimamente
reavivada y cambiada.
Para que el canto, al fin,
libre de la aquejada
mano, sea sólo poder,
poder que brote puro
como un gallo en la noche,
como en la noche, súbito,
un gallo rompe a ciegas
el escuadrón compacto de las sombras.



EL ALMA

...thertfore the soul bath a resurrection.
JOHN DONNE
A Carlos Bousoño
¿Donde apoyar la sed

si el labio no da cauce?

¿Dónde la luz

que el ojo ya no sabe?

¡Y dónde el alma al fin

sin forma errante,

en que cámaras ciega,

anónima en qué aire?

No, tu no existirás

en la espera terrible

sin rama en que posarte,

hasta que el barro sople sobre ti

y en nueva luz te alce

a tu remo completo,

para hacerte visible a los ojos del Padre.



LOS OLVIDADOS Y LA NOCHE


Cuando aparecen ante mí, terribles,
suavísimos rostros,
sus contornos se mezclan
y adelantan una sola figura.
Bajo la transparente piel
de aquel amor y el agua solitaria
brillan los ojos de mi madre antes
de haberme concebido.
¿Soy yo quien pasa o sois vosotros?
¿quién está detenido?
¿quién abandona a quién?
¿quién está inmóvil o quién es arrastrado?
Madre, después de tanto
hilarme a tu pupila
después de haber edificado un reino de esperanza,
después de haber soñado
cuanto soy, cuanto tengo,
no habré hablado contigo.
¿Pero podríamos hablar?
¿hay tiempo?
Dadme un día,
detened un día
el implacable paso,
el terrible descenso
-vuestro, mío—
para que pueda así
escoger la palabra, el adiós, el silencio:
para que pueda hablaros.
Mientras escribo sobre
la resistencia de mi propio cuerpo,
el mundo habrá pasado,
habrá cerrado el ciclo,
completado el retorno
de su nada a su origen,
y yo seré antepasado pálido
de mi futuro olvido.
Puedo deciros que esta misma noche
vuestro feroz recuerdo ha devorado
mi amor,
envejecido el rostro de mis hijos,
mutilado los besos,
reducido mi pecho a soledad.
Porque nada de lo vivido
puede darnos más vida:
sé que no soy,
que no me pertenezco.
Pasé por vuestros ojos
y creí desgarrarlos, arrastrarlos conmigo,
mas fue vuestra pupila la que hizo presa en mí.
Jirones de mi ser,
banderas,
viento como un gemido
largo en el corazón.
Inmóviles aún,
como os dejó mi olvido,
pálidos de mi sangre,
conjurados en una sola acusación.
¿Soy yo el culpable?
Lejos el tiempo y el lugar,
la primavera cómplice y el aire
de la inocencia en el jardín.
La amistad es un puente roto,
los besos han volado el amor hecho añicos,
y a un lado y otro lado
permanecemos solos,
dando voces, llamándonos,
gesticulando, mientras
la corriente se ensancha y yace
consumido el crepúsculo.
Inmensa noche. Solitaria noche.
(Despojado de mí busco mi cuerpo en vano,
sigo en vano mi voz.)
Noche: mi sueño
no la puede durar.



EL SUEÑO

Por una espesa y honda
avenida de árboles que unen
en lo alto su copa y pesadumbre
sueno avanza.
Abre sus grandes alas,
sus poderosos brazos
de lenta sombra y noche grande: cierra
contra todo horizonte.
En el centro del aire
cabecea un navío,
rodeado de enormes
territorios de sueño.
El sueño avanza: pone
su silenciosa planta
en el umbral de nuestra
transitoria vigilia.
Acaricia y golpea,
llama con voz suave
y entra como un río
de seguro poder.
El sueño halaga,
porfía y nos rodea.
Hasta que al fin caemos
en su seno girando
como plumas, girando
interminablemente.
Esta es la inerme paz, la sosegada
mentira de la sombra.
El sueño multiplica
su rostro en un espejo
sin fin: vértigo quieto, inmóvil
torbellino.
¡Gritad! Pero no; el grito
es también sueño. Ahora su dominio.
Potestad de la noche.





PERO NO MÁS ALLÁ


Pero no más allá, no debo herirte,
no debo herirte más cuando me acerco
con palabras de amor hasta los bordes.
Pero no debo herirte...
A veces cuando
me acerco a ti con tanto amor escondo
en lo profundo un áspid, un veneno,
un agudo cuchillo que ignoraba
y que hiere al amor donde más duele.
A veces pongo esta palabra: pan,
sobre la mesa y suena a muerte, ongo
la palabra amistad y alguien levanta
el brazo armado para defenderse.
Pienso en amor y algo tus labios hiere,
pronuncio luz y lejos gime el día,
algo que mata el corazón oculta,
algo que entre el amor yace y de pronto
puede matar, herir cuando no quiero.
Cuántas veces he dicho vida y cuántas
tal vez muerte escondía sin saberlo,
cuántas habré cegado la esperanza,
cuántas, creyendo luz, habré arrojado
palabras, piedras, sombra, noche y noche
hacia el sol que amo tanto.



MATERNIDAD


Como la tierra, madre,
como la tierra donde el fruto cae
para hacerse semilla
que ha de volver al aire.
Ni el tiempo ni la tierra
eran más fuertes.
Ni el tiempo ni la tierra que giraban
alrededor de tu desnudo vientre.
Con tu propio poder
quién te pudiera
repetir conjurando las raíces,
las poderosas savias de la tierra.
Quién te pudiera repetir desnuda
bajo el dolor de tu poder más fuerte,
en el oscuro rito, madre,
remotamente madre desde siempre.
No era el grito lamento.
No era el dolor gemido,
eran invocaciones y llamadas
las potencias cómplices del rito.
Yo te buscaba por tu nombre: estabas
sola y conmigo y tan lejana...; eras
mi propio amor, mi propio amor haciéndose
remota entraña de la primavera.
Yo te llamaba por tu nombre en vano,
yo te llamaba ciegamente donde
eras puro latido desdoblándose
para hacer fruto en ti lo que en mí es hombre.
Y ahora te llamo solamente madre,
madre como la tierra o las semillas,
las raíces, las savias... madre, entraña,
latido, vida.



LA MAÑANA

A José Agustín Goytisolo



La mañana desnuda, el diamante

purísimo del día...

Vale más despertar.

Las caravanas de los mercaderes,

los pescados resbalando otra vez hacia el mar.

En larguísimos carros, cubiertos de deseos,

veo pasar

a los pobres de espíritu

y a los pobres de pan,

los pobres de palabra

v de solemnidad.

Pero la mañana es azul y las montañas

beben su claridad.

¿Quién me llama, quién

desde el vagido del hambre —el sol es alto arriba—

se ha atrevido a llorar?

Las despedidas y los regresos

con iguales pañuelos; el sabor de la sal

como el amor amarga.

Nadie debe llorar.

La mañana desnuda: árboles, altos pájaros,

el invierno, el otoño... Paz.

Los campesinos muerden las semillas

que han de multiplicar;

alrededor del mismo miedo

aprietan el hogar.

Oh, nadie, nadie debe

llorar.

La luz es alta y pura para cuanto respira.

Mas

de su belleza,

y más allá ¿qué hay?

Pongo nombre a mis hijos,

edifico amistad.

Mas mi casa es de tiempo.

Qué claro despertar.




LA MENTIRA


Caminan por los campos, arreando sus bestias
cargadas de cadáveres, hacia el atardecer.
Pero no allí,
sino en el centro de la ciudad
están (aunque su reino sea
más odioso en el alma): son
los mercaderes del engaño.
Levantan en la plaza
sus tenderetes y sus palabras, pues son hábiles
en el comercio de la irrealidad.
Proceden del sueño y también
lo engendran a su vez.
Mezclaos entre la multitud y veréis
hasta qué punto sus palabras son vanas,
pues no les pertenece ni un solo corazón.
Si alguien levanta su voz en la asamblea,
tal vez un hombre honrado,
para enarbolar la verdad,
ellos extienden sus manos engañosas
hasta teñir el cielo de un sangriento olor.
Porque tienen el viejo poder de la mentira
que desciende en la noche,
cubre los campos,
se mezcla a las semillas,
contamina los frutos de toda corrupción.
Mentira es nuestro pan, el que mordimos
con ira y con
Bajamos a la caída de los sueños
como una bandada de pájaros sedientos de verdad.
Pero ninguna hora había sonado
que fuese nuestra. Entonces comprendimos
que al igual que la tierra huérfana de cultivo
debíamos dar fruto en soledad.
Pero ahora acercaos: ved
cómo la noche cae. Se oye
un largo toque de silencio y redobla
el hisopo sobre el tambor.
La plaza está desierta (parece descansar
la ciudad en un sueño más hondo que la muerte).
Sólo quedan palabras como globos hinchados,
ebrios de nada. Van
flotando lentamente sobre la carroña del día
y su implacable putrefacción.







LA CIUDAD DESTRUIDA

I, John, I did hear an eagle calling
high in the midst of heaven



Yo, Juan , vi un pájaro

caer sobre la noche,

beber hasta saciarse en sus entrañas.

Vi un águila en lo alto.

Los ojos habitaron lo vacío

sobre los muros humeantes donde

pudiera haber entrado la mañana.

Como un gran río dura

perpetuamente sepultado el llanto,

como un gran diamante

el poder de la muerte.

El aire espera en vano otras palabras,

porque han caído nuestros sueños sobre

la tierra y sobre el tiempo.

Dura

la piedra calcinada, pero no el fuego,

y la desolación, mas no la mano

del hombre.

Inútil fue

en vano edificamos las murallas,

pusimos un umbral: la enorme noche

creció con las semillas,

y en la raíz de nuestra vida estaba

el fruto amargo que gustamos.

Escribe el ángel:

“Cayó la poderosa...”

Oí un águila

gritar desde lo alto.

(Colmado estoy de sombra.)

Pero no preguntéis,

porque la respuesta es anterior a la pregunta

v no puede encontrarla.

Desde otra orilla y otro mar

los minuciosos pescadores pequeños

vieron el sol nacer en occidente.

Dirán: “Fue destruida;

el puerto y los mercados vacíos de riqueza,

y de oro y de plata y de piedras preciosas,

de madera y marfil y metales extraños,

de perfumes y aceite,

y de trigo y de bestias y de almas de hombres”.

Común materia, el aire, el tiempo, el hombre

¿se salvarán de la segunda muerte?

Entre la destrucción y la inocencianueva

¿podrán ser rescatados de la noche?

¡Oh noche!

Un ave inmensa

se cierne sobre el aire,

cubre los siglos de ignominia, sacia

su oscura sed de sangre.

Cayó cuanto se alzaba vacío desde el sueño

y en su triste recinto aún dura el llanto,

porque los muertos son bastardos de la muerte,

hijos de otra memoria.



EXTRAMUROS


Después de las últimas luces
y del tráfago urbano y más allá
del escandaloso latón de los suburbios,
pozos... (no nos dejes caer,
Señor...), en los desmontes macilentos
donde la vegetación raquítica no puede
dar más señal del hambre...
El viento alzó de pronto un negro andrajo
cuya ceniza nos hirió la boca
con un sabor amargo o un recuerdo
quizá impreciso ya para los dos.
Nosotros habíamos dibujado la escena,
colocado a lo lejos la aguada cartulina
de la ciudad en el atardecer,
los chamizos del pobre por testigo
y más allá los últimos
vestigios de la vida, fósiles
harapos y la hierba
enronquecida y rala.
Ocupamos después
el centro, mudos,
igual que dos actores
que a mitad de la obra se mirasen
en un suspenso tácito, sabiendo
que el hilo estaba roto,
el argumento falseado,
el público difunto
y la palabra que correspondía
estúpida, grotesca, caída entre los dos.
El viento aún
agitó otra sombra,
cada vez más lejana.
Ninguno era culpable o ninguno podía
reprochar al otro su propia irrealidad.
Así por fin nos contemplamos
(después de tanto tiempo, tú encarnado, visible)
en aquel paraje escogido, como siempre solíamos,
un poco en las afueras de la vida.
Sin odio o sin amor nos contemplamos,
aunque no indiferentes
a cuanto al fin y al cabo compartiéramos,
y con un leve gesto de cabeza, en silencio,
abandonamos el final brillante
en que una muerte falsa sustituye al adiós.



EL MORIBUNDO


El moribundo vio
pasar ante sus ojos signos
oscuros, rostros olvidados,
aves de otro país que fuera el suyo
(mas en un cielo extraño).
Por la ventana abierta entró el terrizo
color de la tormenta.
Oyó el rumor de los olivos
lejos, en su infancia remota.
Azotados ahora.
Quebróse el aire en secos estallidos.
Vio los campos, el sol,
el sur, los años, la distancia.
Opaco cielo se extendía
sobre una tierra ajena.
Y con voz lenta
reunió lo disperso,
sumó gestos y nombres,
calor de tantas manos
y luminosos días
en un solo suspiro,
inmenso, poderoso,
como la vida.
Rompió la lluvia al fin el cerco oscuro
Dilatóse el recuerdo.
Pueda el canto
dar fe del que en la
se había consumado.



MELANCOLÍA DEL DESTIERRO


Lo peor es creer
que se tiene razón por haberla tenido
o esperar que la historia devane los relojes
y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos
que todo comenzase.
Pues ni antes ni después existe ese comienzo
y el presente es su negación y tú su fruto,
hermano consumido en habitar tu sombra.
Lo peor es no ver que la nostalgia
es señal del engaño o que este otoño
la misma sangre que tuvimos canta
más cierta en otros labios.
Y peor es aún ascender como un globo,
quedarse a medio cielo,
deshincharse despacio,
caer en los tejados de espaldas a la plaza,
no volver al gran día.
La gloria de aquel acto
era toda futura.
Pero tú olvidas cuanto
pusiste en él, mientras los muertos
brotando están a flor de tierra ahora
para hacer con sus manos
la casa, el pan y la mañana nuestra.
Y tú en tu otoño de recordatorios,
en tu rosario quieto,
igual que un héroe de metal fundido,
famoso en unos pocos
metros a la redonda,
ilustre en ignorancia de la hora inmediata
y casi sordo de tristeza.
Pienso
si no supiste combatir,
si no te defendiste por donde más te herían
o si acaso ignorabas que el destierro es a veces
más cruel que la muerte.
Sobremueres.
Te han vendido a ti mismo,
a tu perfil lejano entre metralla
o te has dejado herir con un solo disparo
de luz petrificada en la boca del alma.



EL VISITANTE


El hombre que tenía ante mí hablaba
con monótona voz y entre grises silencios.
Hablaba sin rencor, sin odio, indiferente.
De su dolor hablaba con palabras usadas
que de otros recibiera.
Cumplía, en fin, con ellos, no consigo,
el deber solidario de ofrecer testimonio
en contra de lo injusto.
Habría querido
saber algo más de él, de su verdad, de cuanto
fuese en su vida signo de otra vida más libre.
Mas él se limitaba al aprendido oficio
de dar fe ante los otros,
decir lo consabido,
consolidar de prisa el argumento
(por lo demás de todos ya aceptado)
que a su causa servía.
Así, pues, brevemente,
pues era el tiempo breve entre dos trenes,
entre este acto y el siguiente, dijo
cuanto pudo o quisieron que dijese.
Fuese el hombre.
Quedó el dolor expuesto en lugar público
como peines, navajas u otro objeto de venta
en inerte muestrario.
Todo a menor altura desplegado,
todo cierto o veraz, no verdadero,
todo depuesto, mas no dicho, todo
extrañamente desvivido.



CON PALABRAS DISTINTAS 


La poesía asesinó un cadáver,

decapitó al crujiente

señor de los principios principales,

hirió de muerte al necio,

al fugaz señorito de ala triste.

Escupió en su cabeza.

No hubo tiros.

Si acaso, sangre pálida,

desnutrida y dinástica,

o el purulento suero de los siempre esclavos.

Cayeron de sí mismas

varias pecheras blancas en silencio.

Se abrió el horizonte. Sonó el látigo

improvisado y puro.

Hubo un revuelo entre los mercaderes

del profanado templo.

Ya después del tumulto,

llegaron retrasadas cuatro vírgenes

de manifiesta ancianidad estéril.

Mas todo estaba consumado.

Huyó la poesía

del ataúd y el cetro.

Huyó a las manos

del hombre duro, instrumental, naciente,

que a la pasión directa llama vida.

Se alzó en su pecho, paseó sus barrios

suburbanos y oscuros,

gustó el sabor del barro o de su origen,

la obstinación del mineral,

la luz del brazo armado.

Y vino a nuestro encuentro

con palabras distintas, que no reconocimos,

contra nuestras palabras.





SI SUPIERAS

...creo en la libertad y en la esperanza.
ANTONIO MACHADO



Si supieras cómo ha quedado

tu palabra profunda y grave

prolongándose, resonando...

Cómo se extiende contra la noche,

contra el vacío o la mentira,

su luz mayor sobre nosotros.

Como una espada la dejaste.

Quién pudiera empuñarla ahora

fulgurante como una espada

en los desiertos campos tuyos.

Si supieras cómo acudimos

a tu verdad, cómo a tu duda

nos acercamos para hallarnos,

para saber si entre los ecos

hay una voz y hablar con ella.

Hablar por ella, levantarla

en el ancho solar desnudo,

sobre su dura entraña viva,

como una torre de esperanza.

Como una torre llena de tiempo

queda tu verso.

Tú te has ido

por el camino irrevocable

que te iba haciendo tu mirada.

Dinos si en ella nos tuviste,

si en tu sueño nos reconoces,

si en el descenso de los ríos

que combaten por el mañana

nuestra verdad te continúa,

te somos fieles en la lucha.



En el vacío del amor,
en un tiempo lunar, lívido y frío,
nace la envidia.
De la caída de la tarde,
de lo que se desliza ya desde la noche
y solapado alarga su sombra por los muros
como amarilla hiedra,
nace la envidia.
De lo que se carcome y no consiste
más que en su desvivir,
del reverso del aire,
de la vecina nada inhabitable,
purulenta y sin fin,
nace la envidia.
En las callejas húmedas,
en los días de otoño, incruentos y pálidos,
bajo la doble faz de los espejos
o en largos corredores
que nunca desandamos,
nace la envidia.
En herrumbrosas cerraduras.
En los pozos cegados,
en los respiraderos de la vida
o en la destilación amarga
de lo nunca vivido,
en las grietas del tiempo,
nace la envidia.
Como animal de lenta procedencia,
como ceniza o sierpe y humo pálido,
amarilla y opaca, fiel reflejo
de lo arriba radiante,
nace la envidia.
En el desasosiego
de ser sin nunca tener centro,
en láminas heladas sin dimensión de fondo,
en imágenes planas que crecen hasta el cielo
de la pasión del hombre, nunca suya,
nace la envidia.
Nace cómo la noche
de inagotable ausencia,
de muros arañados,
de vacíos espacios,
perpetua y giratoria,
sobre el rastro lunar del que más ama.




V

Ahora, amiga mía,
ue una flor de papel preside el aire,
que el aire se deshace en dulces pétalos
de jadeante miel en tus rodillas,
ahora que no hablamos del otoño
ya nunca mas
para no tropezar con tu mirada,
ahora que te adentras por la vida,
ligera, según dices.
Desposeída al fin de prejuicios,
ideas recibidas, tiempo estéril,
incomprensibles normas y principios.
Ay —ahora
que la virginidad navega todavía
como un barco vacío por oscuros telares,
por intactos desvanes y sueños sin sentido,
qué hacer en medio de la tarde,
cómo entregarse sin terror de pronto
y cómo confesar que detrás de tu lecho
odiosa la inocencia,
inservibles los daros pensamientos,
traicionan palabras aprendidas
en revistas de moda, tópicos de vanguardia
rituales e impuestos
(igual que antaño las devotas prácticas
de pálidas familias y rosarios nocturnos),
digo, tópicos que tan libre te hacen,
aunque no de ti misma,
aunque no de tu vientre inopinado
donde súbito baja,
feroz y sofocante, el duro golpe
del corazón.
Qué tierna insensatez la de estar solos,
la del estremecimiento vergonzoso
ante la voz del hombre
y el no estar a la altura de las propias palabras
con esfuerzo aprendidas,
pues ahora
bien sencillo sería el acto del amor
sin aquel eco
soez de sumergidas tradiciones
no expurgadas a tiempo,
ahora que la misma indiferencia
de las frases audaces y anteoídas
del loro varonil tan propicia parece,
si la conversación no fuera ya pretexto,
argumento de un miedo mal oculto
a no saber qué hacer en este trance.
Demasiado tarde vuelves
a recaer en frases y agudezas.
Mientras escondes el temblor que sube,
absurdamente provinciano y burdo,
de niña de agua dulce,
desusada y antigua, hasta tus labios,
mientras repites al picup la misma
canción francesa que nos gusta tanto,
que nos hace sentir más al corriente,
casi no necios ni burgueses tristes.
Qué fácil fuera ahora desandarse,
dejar caer el velo simplemente
terror oscuro que te ata
a los núbiles senos,
qué fácil fuera acaso si no fuera
por k flor jadeante de papel amarillo
que preside la tarde,
por el desasosiego súbito que oprime
hasta el dolor tu tímida cintura,
por la imposible confesión aciaga
de tu añeja inocencia,
por el urbano gesto
de loro aclimatado a otras regiones
con que el varón disfraza su animal procedencia,
por los pasos de alguien que se acerca,
por el timbre que suena
como un ángel guardián (te ruboriza
sin poder evitarlo el pensamiento)
y la ocasión disuelve, mientras tú más segura
recuperas ingenio y frases hechas,
piensas que, al fin y al cabo, volverá a repetirse.
Prefabricada como es, y entonces
no dudarás en entregarte,
entonces—
es decir, sin que llegue
el deseo a pasión ni la pasión a amor ni el hálito
terrible del amor
al abrasado borde de tu cuerpo.





LUGAR VACÍO EN LA CELEBRACIÓN


Yo nací provinciano en los domingos
de desigual memoria,
nací en una oscura ratonera vacía,
asido a dios como a un trapecio a punto
de infinitamente arrojarme hacia el mar.
Nací viscosamente pegado a los residuos de mi vida.
Rodeado de amor,
de un amor al que aun amo más que a mis propios huesos
y al que tan sólo puedo odiar sin tregua
por habérseme dado para dejarse así morir
de triste, de irrisorio,
siendo mayor que tantas muertes juntas.
Yo nací vestido de mimético niño
para descubrir en tanta reverencia sólo un óxido triste
y en las voces que inflaban los señores pudientes
enormes anos giratorios
de brillante apariencia en el liso exterior.
Los pudientes señores levaban bisoñé
Después, un viento hosco barrió la faz de aquella tierra.
Hubo prudentes muertos, cadáveres precoces
y muertos poderosos cuya agonía aún dura.
Cuya muerte de pulmones horrendos
aún sopla como un fuelle inagotable.
Y yo empecé a crecer entonces,
como toda la historia ritual de mi pueblo.
Hacia adentro o debajo de la tierra,
en ciénagas secretas, en tibios vertederos,
en las afueras sumergidas
de la grandiosa, heroica, orquestación municipal.
Nací en la infancia, en otro tiempo, lejos
o muy lejos y fui
inútilmente aderezado para una ceremonia
a la que nunca habría de acudir.



MITAD DEL OTOÑO


A mitad del otoño
la raíz se recoge solitaria en su reino,
el aire tenue besa la hoja abandonada
y en su recinto cabe la semilla,
en la boca el amor,
en el oscuro paladar del tiempo
la sustancia del año,
la oferta de la vid o las fértiles aguas
que a lo lejos inundan la llanura.
Venid ahora vosotras,
las no reconocibles palabras o promesas,
a encontrar cumplimiento.
Y tu,
delgada lámina de luz,
retén con impalpable mano el hilo
de la vida concorde.
Del verde el rojo,
del rojo violento que ha entregado
toda su sangre al sol
nace el oro solemne,
el rito, el sacrificio.
El amor se entrega al amor
y en el amor se adentra
cuanto de él ha nacido.
Un ala transparente cubre
la piedad de la tierra
y la anegada mano o la semilla fiel
perpetúan la vida.



EL TEMPLO

El Cristo miró el templo
que como un diamante recogía
la dura luz de su mirada.
Vio el templo construido
para que todo lo escrito se cumpliese
y no para durar más que el sueño del hombre.
Detrás del velo estaba el rostro
ya usado del dios.
Y el Cristo calculó suavemente sus palabras sabiendo
que formarían parte de su condenación.
Yo puedo —dijo— destruir este templo
y en tres días alzarlo.
El templo se vació de pronto en su mirada,
bogó como una nave loca en el crepúsculo,
cayó desde sí mismo a un tiempo
que los sacrificadores ignoraban
y el ritual no había
contado en sus inútiles compases.
Quebrantado gimió en sus óseos cimientos
y se llenó de rosas de papel marchito,
de arañados lagartos, mar
de vengativas sombras.
La blasfemia amarilla
recorrió los oídos de los sordos de piedra.
Y el Cristo, hijo del hombre.
El destructor de templos
(pues ya no quedaría piedra
sobre piedra y sólo el tiempo
de destruir engendra)
levantó su morada en la palabra
que no puede morir.



DECLINACIÓN DE LA LUZ 


¿Cómo podría adentrarme más en este otoño,

cómo podría a lo menos visible

entrar desde los oros

de tu feraz recogimiento, madre

naturaleza ?

El sueño de los arces vuela

amarillo al rojo incorruptible.

Sobre las encendidas hojas

cumple la luz su ciclo

oscuro y cede a la impalpable

fecundación

—oh luminosa noche—

de la sombra.



EL ÁNGEL 

Al amanecer
cuando la dureza del día es aún extraña,
vuelvo a encontrarte en la precisa línea
desde la que la noche retrocede.
Reconozco tu oscura transparencia, ífl
tu rostro no visible,
el ala o filo con el que he luchado.
Estás o vuelves o reapareces
en el extremo límite, señor
de lo indistinto.
No separes
la sombra de la luz que ella ha engendrado.



CANCIÓN PARA FRANQUEAR LA SOMBRA


Un día nos veremos
al otro lado de la sombra del sueño.
Vendrán a ti mis ojos y mis manos
y estarás y estaremos
como si siempre hubiéramos estado
al oro lado de la sombra del sueño




EL CÁNTARO

El cántaro que tiene la suprema
realidad de la forma,
creado de la tierra
para que el ojo pueda
contemplar la frescura.
El cántaro que existe conteniendo,
hueco de contener se quebraría
inánime. Su forma
existe solo así,
sonora y respirada.
El hondo cántaro
de clara curvatura,
bella y servil:
el cántaro y el canto.



EL ADIÓS


Entró y se inclinó hasta besarla porque de ella recibía la fuerza.
(La mujer lo miraba sin respuesta)
Había un espejo humedecido que imitaba la vida vagamente. Se apretó la corbata, el corazón, sorbió un café desvanecido y turbio,explicó sus proyectos para hoy,sus sueños para ayer y sus deseos para nunca jamás
(Ella lo contemplaba silenciosa)
Habló de nuevo. Recordó la lucha de tantos días y el amor pasado. La vida es algo inesperado, dijo. (Más frágiles que nunca las palabras.)
Al fin calló con el silencio de ella,se acercó hasta sus labios y lloró simplemente sobre aquellos labios ya para siempre si respuesta.




ODA A LA SOLEDAD



Ah soledad,
mi vieja y sola compañera,
salud.
Escúchame tú ahora
cuando el amor
como por negra magia de la mano izquierda
cayó desde su cielo,
cada vez más radiante, igual que lluvia
de pájaros quemados, apaleado hasta el quebranto, y quebrantaron
al fin todos sus huesos,
por una diosa adversa y amarilla
y tú, oh alma,
considera o medita cuántas veces
hemos pecado en vano contra nadie
y una vez más aquí fuimos juzgados,
una vez más, oh dios, en el banquillo
de la infidelidad y las irreverencias.
Así pues, considera,
considérate, oh alma,
para que un día seas perdonada,
mientras ahora escuchas impasible
o desasida al cabo
de tu mortal miseria
la caída infinita
de la sonata opus
ciento veintiséis
de Mozart
que apaga en tan insólita
suspensión de los tiempos
la sucesiva imagen de tu culpa.
Ah soledad,
mi soledad amiga, lávame,
como a quien nace, en tus aguas australes
y pueda yo encontrarte,
descender de tu mano,
bajar en esta noche,
en esta noche séptuple del llanto,
los mismos siete círculos que guardan
en el centro del aire
tu recinto sellado.


EL TEMBLOR

La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.
Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lngua
hundida en mis salivas.
Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.
La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.