lunes, 9 de febrero de 2015

Fina García Marruz

FINA GARCÍA MARRUZ
(La Habana, 1923) es una de las voces cimeras de la poesía cubana del siglo XX. Miembro del mítico grupo Orígenes, encabezado por Lezama Lima, García Marruz es autora, entre otros, de los poemarios Las miradas perdidas (1951), Visitadores (1970) y Habana del Centro (1997). Sobre el segundo escribía el también origenista Elíseo Diego: “Escritora casi secreta, su obra sólo ha comenzado a divulgarse fuera de Cuba en los últimos años”. Ha sido nominada a los Premios Cervantes y Juan Rulfo y en 2007 recibió en Chile el Premio Pablo Neruda de Poesía Hispanoamericana. Premio Nacional de Literatura y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Escribe el crítico cubano Enrique Saínz: la obra de Fina García Marruz posee “una estatura absolutamente universal, a la altura de los más estremecedores poetas”.



UNA DULCE NEVADA ESTÁ CAYENDO

Una dulce nevada está cayendo
detrás de cada cosa, cada amante,
una dulce nevada comprendiendo
lo que la vida tiene de distante.
Un monólogo lento de diamante
calla detrás de lo que voy diciendo,
un actor su papel mal repitiendo
sin fin, en soledad gesticulante.
Una suave nevada me convierte
ante los ojos, ironistas sobrios.
Al dogma del paisaje que me advierte
una voz, algún coche apareciendo,
mientras en lo que miro y lo que toco
siento que algo muy lejos se va huyendo.



SONETOS A LA LLUVIA

Esta lluvia me pone el corazón antiguo.
Soy ahora a la vez el músico y los sones
y el que de lejos oye. Las conversaciones
del grupo familiar dan un rumor ambiguo.
¿Qué me escinde del sueño de la vida
hacia otro idioma que al mirar consigo?
¿Me pulsas tú también? ¿Te ha conmovido
la calidad nocturna de la vida?
¡Oh lo bello y lo triste! Como un barco
la intimidad violeta de la casa cerrada
me toca hasta esa música que soy y que no abarco.
Y esa luz que está ¿afuera?, que mi recuerdo mueve
sin tocarlo, me dice: soy lejana
y fugaz. Está lloviendo infinitamente. Llueve…



Escucho esa arpa eterna que es mirar desde lejos:
la familia en la sala se ha reunido.
¿Es de ayer esa luz que da a los muebles viejos
un brillo gris, autónomo? Respiro
a Casal. Es la tarde mejor, es la nocturna tarde
que conozco tan bien, que se irá con mi vida,
es la voz que me cava la tumba merecida,
la circunstancia eterna, para que no me tarde.
Quién tañe dulcemente ese conjunto
tan lejano y tan bello, con doradas agujas.
Quién guardará la gracia marchita de su “vámonos’
y la humilde alegría de su remoto mundo.
¡Y no estar yo en la sombra que dibujas,
ceniza que te quedas donde estábamos!




EL CUARTO CERRADO
(Interiores mágicos) 
 
¡Las húmedas casetas misteriosas!
¡Tesoro humilde de su plata exigua!
Por el bote rozando el lazo rosa
daba el salón cerrado a playa antigua.
¡Retreta muda la familia airosa
en el casto abandono de las sillas!
Paseo melancólico a la sombra
de florales y pálidas sombrillas!
¿Por qué tu extraña plenitud en mi alma,
por qué me trae su júbilo indecible
la escena que miré con triste calma?
¿Por qué sus tintas negras, la tranquila
costa de su ademán inextinguible,
me deja esa impresión pura de lila?



EN LA PEQUEÑA MESA 

En la pequeña mesa se han reunido
el retrato, las flores y el hilado,
juntos en la mirada los que han sido
apartada figura, tarde, prado
Hilo a su nívea tarde entretejido,
flor que afuera el recuerdo ha comenzado,
persona que ya el fuego ha destruido.
Interminable olvido goteado.
Sueña el retrato por mi vida oscura,
junto a otra tarde mira y se detiene
y en mi recuerdo extraño se madura.
Vendrá la muerte sobre el viejo día.
Seré yo en una tarde diferente
y en otros ojos lucirá mi vida.





AH DÉJAME SOÑAR EL SUEÑO ANTIGUO

AH déjame sonar el sueño antiguo
y sus habitaciones descompuestas
por una ropa echada, alguna puerta.
Ah déjame soñar el sueño antiguo.
Tiempo profundo entre los viejos pinos
a quienes lo remoto agita y presta
la vaga cabellera de la siesta.
¡Tiempo profundo entre los viejos pinos!
Paisaje de temblor y de vacío,
no me quites también esta penuria,
paisaje de temblor y de vacío.
Déjame al menos lo que ya se ha ido.
No me quites la muerte, la honda lluvia.
Déjame al menos lo que ya se ha ido.




LAS GANAS DE SALIR
Las ganas de salir, las hilanderas
de la humedad violeta y de la lluvia,
las ganas de salir que el oro estudian
del cielo que ha lucido como antes.
Las ganas de salir, no lo de afuera,
iluminan el tedio de la casa.
Tornan lila el sofá, honda la taza
de leche por la tarde verdadera.
Extraña exactitud con que te imprimes
en el alma que estaba en otra cosa.
¿Por qué tornas real lo que suprimes
con el dios del deseo? ¿Y a qué huíamos
a la ciudad vacía y prodigiosa?
Salir es ya el paisaje que queríamos.



YO QUIERO VER
 
Yo quiero ver la tarde conocida,
el parque aquel que vimos tantas veces.
Yo quiero oír la música ya oída
en la sala nocturna que me mece
el tiempo más veraz. Oh qué futuro
en ti brilla más fiel y esplendoroso,
qué posibilidades en tu hojoso
jardín caído, infancia, falso muro. 
¡Sustancia venidera de la oscura
tarde que fue! ¡Oh instante, astro velado!
Te quiero, ayer, mas sin nostalgia impura,
no por amor al polvo de mi vida,
sino porque tan sólo tú, pasado,
me entrarás en la luz desconocida.


LO OSCURO
 
La realidad confía en la memoria,
que es un soplo tan leve,
cuando su recio cuerpo da en la sombra
su sol desaparece,
así como la estrella se confía
a la mirada breve,
que no puede poseerla ni le ha visto
jamas su intacta nieve.
Lo eterno en lo fugaz, como estas hojas
en las que ahora llueve,
o lo que pasa raudo, o lo que, extraño,
se detiene.
Y lo que fue sin mí, en lo perdido
por mí me resuelve.
Sólo veo la exacta mirada que tenías
a través de esta fiebre
de no tenerla ya. Sólo un fragmento
que el polvo no disuelve,
un poco de materia para tanto
universo diferente.
Hoy es bueno pensar en tu manera
de recibirnos siempre,
como si hubiéramos llegado tarde
a tu esperar alegre,
en que, sin hablar nada, te gustaba
vernos sencillamente,
pues nuestro corazón era tu casa
y en su cuna meciéndote,
como cuando de niño, quedarías
aun después de la muerte.
Es extraño pensar que nuestra casa
y sus oscuros muebles,
y los cuartos seguros que tenían
su luz independiente,
dependan hoy de la azarosa forma
en que los vio mi mente.
Yo que recuerdo a veces tus paraguas
de varillaje fuerte,
mejor que aquellos cuentos que me hacías
de tu vida inocente,
me aterro de pensar que ahora su imagen
de mí sola depende.
Y mi memoria a veces te levanta
sonriendo tristemente
o inclinándote sobre tu gaveta
repleta de papeles,
mientras olvido tantas pobres ce
su importancia vehemente,
la humilde luz que amabas, y la lámpara
y su pantalla verde.
¡Imágenes que he visto, rostros, cuartos,
cerrados de intemperie,
sustancia de mi alma no escogida,
ajena ya en su fuente!
Esplendor anhelante de tu reino
que a mi sombra se ofrece,
vana diversidad, si solamente
en polvo te resuelves,
di para qué te alzas en mis ojos
prolija y diferente.
Yo también seré un poco de memoria
en otra ajena frente,
oculta en lo que dejo y lo que he sido,
presa en mis propias redes. 

¡Oh realidad tan vasta que recoges
un polvillo tan leve!
Fragmentada, manchada, sollozante
realidad que te pierdes!
Por nadie poseída, rota entre mil espejos
que no ven tu corriente,
aún los años te ocultan como el 
que mira un valle
por lados diferentes.
¡Oscura realidad cual luz oscura
que te vas con la nieve,
que la vida nos falte y no sepamos
ya jamás quién tú eres!
Oh realidad, oh sueño que confías
en un sueno, y te mueves
entre los mutilados ojos prisionera
sin quedar ni perderte! 


LO DISTINTO 

¡Qué luz tan distinta
la de la vida.
Si toco este fragmento hasta sus luces
totales, sin memoria,
y al diferirme alcanzo una unidad extraña!
¡Qué luz tan distinta
la del cuarto distinto,
cuando toco su sombra hasta la dicha.
Cuando todo suspende su discurso
por tornarse fugaz en mi mirada
como también yo he de cesar un día
en los ojos de Dios, con luz distinta,
por devenir eterna!
¿Es que soy ante Dios como el brocado
de la tarde fugaz que ante mis ojos
dobló su extraño barco hacia lo eterno
de mi dicha perdida?
¿Es que al interrumpirme, como el polvo
en el cuarto cerrado, continúo
mi costumbre más vieja y más profunda?
¡Oh qué luz tan distinta
la de la vida,
y sólo entonces, si,
qué luz tan distinta
la de la muerte!



CANCIÓN DE OTOÑO

¿Conoces tú el país?...
GOETHE
Repitamos con tono de balada muy vieja:
“Cómo volver allí, cómo volver.'
Puedo volver, amigo, al país más lejano.
Fácil sería ver la nieve y los ciruelos.
Pero enséñame, dime el intacto camino
que me llevó al lugar de nuestro encuentro.
Llévame a los hondos pasillos de la casa
en que estuvimos con frío aire de otoño.
¿Cómo volver allí, cómo volver?
Podemos caminar la tierra entera.
Cansados de buscar, preguntaríamos
“¿Cómo volver allí, cómo volver
al lugar que está sólo a unos pasos
de aquí, conoces tú el camino?”
Allí nosotros solos, los fugaces,
entre el muro real, la tarde eterna,
estuvimos hablando de los libros
preferidos, oyéndonos las voces.
Cómo volver allí, cómo volver,
si ya el pasillo está lleno de polvo,
y he visto ya mi alma totalmente
y no entro en mí como en un parque oculto.
Más que un amor que no es correspondido
o el futuro que mira un moribundo,
lo imposible es la casa en que estuvimos,
y cómo a mí me sonaban tus palabras.
Cómo volver allí, cómo volver,
a imaginar siquiera lo que fuimos,
la extraña adolescencia, los encuentros,
y los juegos más graves que la frívola vida.
¡Oh y los muros estaban como un hecho
irrefutable, más allá del deseo
de mis ojos fugaces y distintos!
La casa, sí, sólo un amargo engaño,
era frágil, mortal como los sueños.
Nosotros, los fugaces, los despiertos
¿cómo podemos di, volver allí?
Puedo volver, amigo, al país más lejano,
al país de la nieve y los ciruelos.
¿Mas adonde quedó tu traje oscuro.
Tus palabras y el ruido del otoño?
Puedo mirar a la verdad, los ángeles.
¿Mas aquella mentira en que creímos,
con ácida pureza, en los días secretos?
Puedo soñar el sueño más distante.
¿Qué quedará más lejos que la tarde
que acaba de pasar, parque encantado?
¿Conoces tú el país en que se vuelve?
Y sin embargo escribo sobre su polvo “siempre”.
Yo digo siempre como el que dice adiós. 


NO SABES DE QUÉ LEJOS HE LLEGADO 


No sabes de qué lejos he llegado
a morirme y a estar entre vosotros
y hasta qué punto he sido desterrado
de la mágica tela de los otros.
No sabes cómo llevo va calados
los huesos de la lluvia en que me arrojo,
hasta dónde tu voz he traicionado.
Hoja que caes del árbol de mis ojos.
No sabes de qué lejos he venido
a la mesa y al pan de mis hermanos
de mí serenamente desprendidos.
Y cómo escucho su rumor lejano
que no sé si he ganado o si he perdido.
Que no sé si he ganado o si he perdido.




VENDRÁ LA MUERTE

Vendrá la muerte a transformar el lila
reminiscente de tus trajes idos,
sorpresa será el césped conocido
y la taza en tu mano ya dormida.
Barroco el reverbero que encendía
la seda antigua de tu bata oscura,
no dorará el sonido y la dulzura
de las madrugadoras cucharillas.
Perderé tu manera de llamarme
que me hizo desear aún otro rato
en la tarde más fiel poder quedarme.
Y en traje nauseabundo y desasido
perderé la honda sombra, que no el árbol.
Perderé lo que había ya perdido.


ME QUEDA GRANDE Y CHICA LA PALABRA

Me queda grande y chica la palabra,
la carne me hace verbo sin consuelo,
y no doy con su tierra ni su cielo
ni hay mano que la puerta oscura abra.
Quiero mirar y doy con fiel muralla
de flamígero gris, de impía misa.
Acabo por mentir, pongo la risa
como un pintor la sangre, en mi batalla
Me asquea el suave horror de mi impotencia
que perfecciona afuera la indolente
quietud de este verano sin retoños.
Y me acostumbro en hojas a mi esencia,
me rodeo de oro lentamente
aprendiendo el estilo del otoño.

QUE EXTRAÑA CRIATURA


Qué extraña criatura es ésta, Señor, que cobijaste
bajo el opaco cielo, entre las mudas piedras.
Que no sabe qué hacer con la lluvia que corre.
Con los muros tan grises, las cenicientas yerbas.
Qué extraño rostro diste al hombre, tu criatura.
Qué soledad en sus ojos bellos e impenetrables.
Y qué extraña su voz en la mudez inmensa
de las bestias antiguas, de las lejanas aves.
Qué extraña criatura es ésta. Señor, que en el deseo
satisfecho, se queda al fondo, deseando,
y al cabo, de su risa se defrauda
un poco, y en la pena deja despierto el cuándo. 




LOS ASTROS

Entonces en la penumbra de la casa, rodeados de la frescura de los plátanos,
nos sentábamos en el columpio del portal, junto al cielo campesino
y entre estrella y estrella nos imaginábamos insondables abismos,
como el sobresalto en que caemos infinitamente a veces en el sueño.
Trataba de imaginarme el fin de aquel espacio,
donde ya no habría estrellas sino simplemente el vacío,
pero las estrellas continuaban infinitamente,
y volvían a empezar como en un círculo cerrado
del cual no pudiesen salir, ni dejar de ser nunca.
Entonces pensé en la imposibilidad de imaginarme nada,
tan incomprensibles resultaban el sin fin, como el término,
el círculo del ser me cercaba por todas partes
y la ilusoria nada se llenaba de pequeñas estrellas.
Lo inmenso no era mayor, ni menor lo pequeño
Estaba junto a mi pensamiento como junto a los más lejanos astros,
sin llegar nunca al fin, y entonces dije Dios mío,
qué puede ser el tamaño, y qué lo ilimitado,
como una música que amamos sentimos que no acaba
justamente porque era de aquel único modo.
Lo ilimitado surge del fin corno el aroma de una flor.
No como un antes, sirio corno un después, surgiendo de la dicha.
Yo te preguntaba qué puede ser el tamaño y qué lo ilimitado
soñando en los espacios más allá de mi alcance.
Ni quién osará nunca extender sus medidas sobre el día.
Como la escuadra sólo puede medir lo que le es parecido,
como si no en el espíritu podremos comprender la más pequeña de tus nubes.
Como si no en el espíritu el espacio intocado en la procesión de los astros
suspendidos en el milagro, pesando sobre la tela más ligera del aire,
ni cómo podremos medir ese inaudito acto de amor,
el abrazo único del ser en que nos has envuelto para siempre,
y del que surge el sin fin como la sed del agua,
como el deseo del rostro, la memoria volviendo a su instante de dicha,
reconociéndose, nombrándose, mirándote, amándote,
en el absoluto sin tamaño de la luz.



LA DEMENTE EN LA PUERTA DE LA IGLESIA

Ha cruzado el pasillo de la iglesia con leve aire triunfante en sus ojos de aislado desafío;
ha mirado a ambos lados con oblicuo desprecio mientras el absurdo esplende en sus medias amarillas;
y nos llega el fanático blancor de su vestido anudado extrañamente como súbita cólera
que deshace el pañuelo mugriento en la cabeza vagamente floreada y planetaria.
Vedla sentada a la puerta de su rostro, guardadora de un misterio perdido:
ved a la oscura lúcida, general como el viento, materia del milagro,
su ignorancia ha abarcado nuestro orgullo, se sienta en la otra on a,
con distracción sagrada toca una vihuela suave y anacrónica.
En el nevado país de los mendigos, a la sombra original, remota cual la infancia;
más lejos que sus ojos, en el oscuro reino inalcanzable del anhelante tacto,
a cuestas con el enigma de su fealdad. Genialmente pasea como dama,
y la ironía dobla el borde de sus zapatos como el borde de la oscura risa.
Mirad que esa demente es quizás tan sólo un esplendor incomprensible,
pero decidme a qué alude su flor pintarrajeada, y esa tremenda suerte de aislamiento,
qué ha podido llevarla al extraño país de su avarienta mirada sujetando la miseria como una moneda.
Cuando el oro imposible de su cabellera esplende el aire que no podemos tocar.
Decidme qué significa esa monstruosa diferencia como una estirpe sagrada,
cuya cordura distinta me deja temblando junto a la puerta, junto al siglo y las máscaras,
por las que pasa ella envuelta en fábula veraz de mutilada diosa, con una dignidad triste.




TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS EN EL MONTE

Y después de seis días, Jesús toma a Pedro,
y a Jacobo, y a Juan su hermano,
y los lleva aparte a un monte alto:
Y se transfiguró delante de ellos;
y resplandeció su rostro como el sol,
y sus vestidos fueron blancos como la luz.
(S. MATEO, Cap. 17, i, 2.)


En tanto que Israel se agitaba todavía entre la adúltera y el justo, el mercader y el mancebo;
en tanto que discurrían por los gastados tapices de las calles susurradas y sagaces los escribas de la Vieja Ley;
y en el templo los animales eran ofrecidos con ojos rápidos y diminutos v hondas inclinaciones del cuerpo;
en tanto que las calles empinadas y estrechas olían a comida simple y brutal y se obedecían las prescripciones;
y el paso lento de los fariseos y el paso rápido de los mercaderes se entrecruzaban en el mismo paño gastado y minucioso;
en tanto que una tiznada intimidad se pegaba a los cuerpos como un manto muy usado,
o ese lugar sabido hasta la dulzura y la angustia y al que nunca podremos sorprender de nuestra propia alma;
y las casas se sucedían como la razones de una discusión de que ya conocemos todas las partes;
en tanto que la virtud era una abstención justa para las santas mujeres y para los cautos fariseos,
o era a lo sumo en los mancebos misteriosos el rumor aún oscuro, aún presentido, de una fuente lejana;
he aquí que Jesús ha tomado de la mano a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los ha llevado al monte.
Él los conduce suavemente mientras que en círculos celosos, susurrantes preguntan quién es Aquel que se aleja con el gesto del que regresa;
mientras el humo de las murmuraciones los va agrupando en círculos ya lívidos, ya purpúreos, que van a morir en la espalda de los hijos de Zebedeo;
el aire se deja atravesar gozosamente por el pecho delicado de Jesús, por su paso urgido de tan dulce modo por el llamado inaudito del Padre.
Jesús camina con Pedro, con Jacobo, con Juan, grabados en la luz próxima e inmemorial;
traspasado traspasa el paño de la angustia e impulsa los vitrales;
hasta ahora Él les había mostrado sus palabras pero ahora les ha de entregar también su silencio;
hasta ahora ellos han conocido su compañía, pero ahora les ha de entregar también su soledad;
he aquí que ya El no es más un maestro dorado en la luminosa tristeza de las palabras;
por primera vez ejercita un acto que le es totalmente propio;
pero entonces ha visto a Pedro y a Jacobo y a Juan tan pequeños y pobres, y los ha llevado al Monte.
En el Monte su cuerpo no resiste a Aquel que nunca supo pensar nada que no pudieran compartir su pecho o sus dos manos;
oh, difícilmente podríamos comprenderlo, Él se ha vuelto totalmente exterior como la luz;
como la luz El ha rehusado la intimidad y se ha echado totalmente fuera de sí mismo;
mas no como el que huye sino como el que regresa, Él se queda con su parte como el que divide un pan;
como la luz El recuerda la fuente que mana en lo escondido y ocupa la extensión justa de su nombre;
mas no como el que se olvida sino como el que recuerda, o el que sirve una cena sencilla:
como la luz se devuelve a los ojos inmensamente abiertos de Pedro, atónitos de Jacobo v cerrados de Juan:
y Pedro ve a Moisés, y Jacobo ve a Elias, y Juan ha visto a Cristo.
Para ellos se ha tornado un objeto de contemplación, como un astro puro en la mirada del Padre;
se ha ofrecido totalmente para ser contemplado en la luz como después se ofrecerá para las entrañas absortas del pecado en el Calvario;
como la Luz ha olvidado sus deseos y lentamente penetra el cuerpo real de su pensamiento secreto;
derramado restituye un misterioso cántaro, y alza el diálogo de la Samaritana;
las catorce generaciones desde Abraham hasta David, huésped de la medida misteriosa, tañedor de alabanzas;
las catorce generaciones desde David hasta la Transmigración de Babilonia;
las catorce generaciones desde la Transmigración de Babilonia hasta los pardos silencios de José,
álcense y regocíjense porque en este instante una multitud se estrella en la boca del salmista como espuma;
y el silencio es una familia sagrada y una lámpara que une sin tocarnos como los recuerdos;
y el pardo de las tardes sobre los bueyes del nacimiento, y el pardo de la espera y de José no es ya la sombra escogida por Dios para revelarse:
porque esa sombra ha nombrado la luz que le velaba el rostro hasta conmoverla.
Mientras a Pedro le tiemblan los cabellos contados, el ojo justo e injusto, la mejilla mosaica;
y Jacobo tiembla por la muchedumbre de pecados de su pueblo como por algo en nada distinto a su memoria o su esperanza,
Juan siente pena de Dios por su Alegría indecible y quisiera en este instante poderlo recostar contra su pecho; mas tiembla.
Ahora ya no es el Sol que nos alumbra y se oculta cegadoramente, sino que la Luz por vez primera corno nube los cubre y se revela en su gloria:
pero Jesús la corrige suavemente porque ha vuelto a sentir lástima de su privilegio de heridas;
y porque la Luz podría anonadar los semblantes amados de sus discípulos que esperan;
de modoque cuando Jesús modera el rayo de luz viva y el Horno subidísimo de su dicha para decirles “no temáis”,
ellos sienten que dentro de su corazón alguien los ha llamado misteriosamente por su nombre;
y comprenden su virtud o su cuerpo no ya como una abstención justa sino como el niño a quien una visión deslumbrante hace arrojar indolentemente una moneda de la mano;
y la moneda salta en la fuente como la infancia o las cuarenta y dos generaciones desde Abraham hasta ese día;
como la infancia que acuña nuestro Rostro allí donde no puede ser despertado.
 
Domingo de Resurrección, 1947

LA MÁSCARA

Soy vieja ya, he tenido varios rostros,
he tomado como míos estos miembros
que no escogí, sencillamente obedezco,
sencillamente acepto como uno que va a dormirse.
En la playa comíamos ostiones con las otras muchachas.
Las otras se bañaban, pero yo prefería o[uedarme
junto a las altas rocas mirando el mar. Me miran
sin soñar que tengo un nombre y un cuerpo,
veo en sus ojos una definición un tanto rápida,
soy una vieja parecida a todas las viejas,
como ellas todo el mundo acepta que me voy a morir.
A las puertas de lo terrible, tan sólo yo espero
a la desesperanza. Cuando alguien me llamaba
yo sabía que veía otro rostro que era mi alma.
Yo tuve otro rostro que es mi alma.
Pero ahora mi vida se hunde en mí como los impenetrables crepúsculos.





VARIACIONES SOBRE EL TIEMPO Y EL MAR

EL mar dice: soy viejo. Antes que el tiempo fuera
ya yo golpeaba sordo, brillaba y restallaba.
Me tiendo como un león o como la espada inservible
de un guerrero después de una batalla perdida.
Sostengo las desvastadas murallas, las ruinas silenciosas.
Soy lo que no habéis visto y lo que habéis olvidado.
Vuestro cuerpo me toca sin saber que atraviesa
un órgano sin memoria, más distante que un astro.
Fuera de la esperanza y la desesperanza
miré la espuma fenicia y el olor de las comidas.
Recuerdo el comercio y el cambio como una rosa salvaje
y las palabras que oí como el tesoro que se hunde.




VERSOS A LOS DESCAMPADOS

Nada me es más familiar que el descampado
donde se ven raíles de un tren que ya no cruza,
donde entre los yerbajos y las yerbas rociadas
un pajarillo apenas vistoso, nerviosamente brinca.
Un chivo agreste escoge un pequeño montículo.
Come papel, desdeña su alimento cifrado.
¡Ah los chivos, amigos de Samuel! Por los ralos
predios de nadie esmáltanse amarillos y azules.
Un poco parecidos los encuentro a mis versos.
Algo deslavazados, ni bien ni mal del todo.
Acá un mate apagado, allá un fulgor humilde,
y espacios que aún alientan entre arrumbados oros.
Nada me gusta más que ver en las mañanas cuando voy al trabajo, los frescos descampados,
donde entre hierros viejos y desechos que aún arden
florecillas menudas pálidamente brillan.



EL PINTOR

Después de comer mariscos de un naranja oceánico
junto a la vulgaridad de la motorola entonando delicados boleros.
Fuimos, alegres, los amigos a caminar un rato
hasta el embarcadero de podridos tablones casi humanos,
oscuro entre las diosas de la alta tarde,
como un mortal entre inmortales.
Nuestro amigo iba delante, hablando alto,
mostrándonos sus tesoros con nadie compartidos,
la casucha de pintor que alquiló por unos pesos
en medio de aquel paraíso, el paseo
que hizo con una dama, cual los poetas de antaño,
por las costas de azul napolitano,
de franca luz abierta que de pronto se hacía
huraña levemente, pasada por el ópalo.
Los pescadores remendaban las redes como los evangelistas,
los hijos de los camaroneros caminaban descalzos y radiantes
entre los guijarros de la orilla. El ruido seco
de los remos al encallar en la arena iba diciendo
los versos de Martí, y el poeta Manzano
nos saludó al desembarcar en la playa de caletas y mangles.
Recogíamos, como conchas, los colores, cuando
de regreso, hacia el anochecer, pasamos
por la casa del pintor, a conocer sus lienzos.
Y entonces fue que vimos lo impensado:
En una claridad de lámpara de campo
mal esparcida, a trechos, a una
claridad azulenca de acuarium,
mientras caían sobre el pueblo los paños del morado,
vimos al pintor en el portal, trabajando todavía,
la luz era ya tan escasa que, doblado,
su cuerpo corpulento se inclinaba hacia el lienzo
con una infinita delicadeza.
Como una bordadora junto a su bastidor parecía,
en ese silencio en que la araña hace su tela.
Tardó un instante en advertir nuestra presencia,
borrosas, sonrientes, salieron las mujeres de la casa,
y nos mostró sus telas grotescas y leves.
Entonces comprendí que el lienzo verdadero era el otro,
el fugaz, en que estábamos,
viendo sus bastas manos que querían tocar la gloria,
escapada unos instantes que no manchaba el tiempo
al portal morado del pueblo anocheciendo tan despacio
el umbral que nos detuvo junto al pintor absorto.




R E C U E R D O

La alegría es solemne como el mar.
Es como el rostro de la desposada
que avanza grave por el templo puro.
Como la vela henchida, surca quieta
las aguas, llena de su propio gozo.
La alegría es callada como el juego
del runo absorto en su rincón. Apenas
rozan las horas con sus negros vuelos
de murciélago sus manos escogidas
que alzan el barco que rodea una lluvia
empañada como un cristal antiguo.
De niña, de la mano de mi padre,
yo sentí en las mejillas su frescura.
“Mire, estos son mis hijos”, dijo a un viejo
amigo venerable a quien temíamos.
Por primera vez supe cómo éramos
el mundo para él, que nuestras débiles
manos de niño sobre su cansada
frente le eran más gratas que los diálogos
de los amigos, que los imponentes
libros que lo cercaban y alejaban
como un dios. Y sentí, casi triste,
el suave incendio que crecía y turbaba.
La alegría es solemne como el mar.
1953



YA VIENE EL GRAVE OTOÑO
 
Ya viene el grave otoño, ya se anuncia
desde la misma tarde un poco pálida
del clarísimo abril. Un soplo frío
asoma en medio del verano a veces
cual importuno que golpea la puerta
de alegres comensales. Luego torna
la dulce espalda oscura, y no le vemos
ya más. Como el extraño huésped
así estos días interrumpen breves
el verano feliz que olvida y crece
junto a la abeja zumbadora, el brillo
del guijarro en el sol. El aire frío
hacia el pasado sopla y lo recorre,
y las hojas, ayer acariciadas,
se erizan levemente, sin violencia,
mueven el borde triste, un poco efímero,
mientras que en la alta copa algunos árboles
inmóviles retienen débilmente
el oro fiel de Abril, tal como queda
en reducida sala un bello objeto
de un pasado esplendor. Al fin acuden
alegres goterones, manchas puras
de agua salina entre las grises lozas
con fragante rudeza moteadas.
Sabios o reyes de arrumbados huesos,
el mendigo, el idiota que caminan,
tienen su turno ahora, y el aliento
reciben de las hojas lloviznadas.
Pues simple es todo don. Así la vida
subyacente cual vena de oro pálido,
la vida elemental, quieta, goteada,
más honda que la dicha o que las lágrimas,
es lo más cierto. No la rumorosa
gloria del árbol verde, ni las ásperas
cortezas dulces de rugoso tacto
más bellas son que su ofrecerse puro,
pues por la luz cambiadas, tornar pueden
en la estación que vuelve. Estar, solo,
es ya el don. La tierra humedecida
desprende un vasto aliento. Todo es aire
y respirar inmenso. Sin sol casi
cual después de un ciclón la luz mojada
saca en relieve claridades duras,
se echa con las bestias inocentes
o se alza en breves vuelos forestales
de pardos pájaros. ¡Inexplicable
vivir! ¿No es ésta la hora acaso
de la oportunidad eterna? Ruede el cetro
de la infeliz corona y el legajo
borre esas tintas de caduca gloria.
¿Queda menos grabado el lienzo puro
en que doncella virginal reposa
las manos bellas, que el instante vivo
en que mudas alzáronse y cayeron
en la rugosa falda, va de arcilla?
¿Es más eterno el aire del poema
que sopla un rato más, que el que se pierde
puro por siempre, apenas advertido
por el trabajador cansado que regresa
a su hogar rumoroso? De igual suerte
lo que fue alguna vez se graba y crece.
Ni una apenas brotada florecilla
que un amarillo efímero levanta
donde nadie la ve, ni un solo hilo
de los cabellos que un instante alzáronse
se perderá en la sombra. Así, cual dioses,
los juegos de la luz entre las hojas
no cuidan de ser vistos. ¿Participan
de una ciega confianza? Nuestras horas
mortales como pájaros, gastamos
cual si fuéramos revés. ¿Lo seremos.''
Nadie en su muerte cree. ¿Y se podría
morir así? ¿Tan rudo engaño, ley?
¿Un recelo tari terco a tan rendida
confianza? ¿Y no sería más honda
que esta muerte real, aquella tímida
certeza eterna, aquella suficiencia
tranquila de sentirse en firme roca
de ser siempre asentados?
Dice el agua
que no, dice también la muerte
que nunca más, y la memoria tiembla
entre lo que ya fue o aún no ha sido.
Mas lo que es ahora mueve el leve
orgullo imponderable de esos árboles
firmes, si oscuros, a los que ha dejado
hace poco la luz. Venza el sentido
claro sobre el oscuro pensamiento.
;0 serán nuestros huesos mucho menos
que fruta picoteada que se echa
y vuelve a crecer? Sople si quiere el frío
sobre el Abril radioso. Y estas hojas
amarillas que caen no nos asusten
más que el sombrero que voló algo lejos
de su dueña feliz, y que volando
de su paja dichosa y olvidada
a los gajos ancianos y a los pájaros.

1953


NO HAY TIEMPO DE EMPEZAR POR EL PRINCIPIO  

Viva mi cuerpo oscuro y sin reposo
MARTÍ 

No hay tiempo de empezar por el principio, todo
en orden, sin vergüenza, en el azul elemental y cándido.
No hay lucidez posible, el círculo ha cerrado
su horizonte en que humildes paraísos fanfarroneaban.
No hay tiempo ya de ser, por algún modo, ilustre
como un asno, una vid, y de igual muerte
no hay tiempo de ignorarlo completamente todo.
Y se está ya en la hora de sonreír como los tontos
mirando el juego de los niños y la furia del adolescente,
y creyendo comprender, conformarse como los pequeños pájaros
que asaltan sin mover las patas, a brincos, de dos en dos.
Pero el futuro lucirá siempre viejo frente al hoy minucioso,
frente a la posesión diurna, el cegador privilegio.
No hay tiempo ya para la inocencia y el rostro individual.
La desdicha corrompiéndonos, nos cambia los nombres a capricho.
Y mientras nos vamos pareciendo a todos en la vida y en la muerte,
en el pecado y en el deseo, en el desasimiento y la noche,
acobardados entramos en lo uniforme, y entonces,
como una loca promesa, sentimos por los hombros
la inmerecida investidura de lo vivo, lo oscuro.
1955

QUIERO ESCRIBIR CON EL SILENCIO VIVO

Quiero escribir con el silencio vivo.
Quiero decir lo que la mano dice.
Porque tú lees mejor el texto vivo
y el alma, en su guerrear callado, escribe.
A veces la ola blanca da en la roca
de espumeantes cavernas y sus fauces
orla con su jirón que hace y deshace
letras que tú descifras. Que la boca
calle y entre a lo blanco en la esforzada
faena que se pierde. La luz poca,
mi alejarme de ti de cada día,
pausas son del sentido, inacabadas
imágenes de mí. La línea tosca
salta y completa tú la melodía.


5

Lo que no pude ser
brilla hoy

más lejos que las estrellas.
Lo que no fui,
huye.
Lo que no he sido
y pude ser, quizá,
escapado de mis manos,
de mi engañada paciencia atraída,
asoma detrás de los velados valles,
me habla como niña
en el picaro, chispeante verdor.
Sólo los ojos de hoy pudieron verlo
porque es como este escondido bosque de los juncos
que no copian los lienzos,
ni el aire, ni el espejo,
sino el agua que tiembla.
Manicaragua

1957


AL BUEN LADRÓN

Cuando dudó Dios mismo, tú creíste.
Los discípulos se habían ido lejos
por el temor dispersos. Tú pediste
oh Dios, verte en un hombre, en un reflejo.
Querías darnos aún el poder darte
algo a Ti mismo, pero nadie había
en torno. Ah, cómo la piedad misma te hería
de las mujeres. Vieron al alzarte
tan sólo a un hombre desdichado, a un triste.
Tú sólo viste a Dios en las heridas.
Y qué audacia de fe la que tuviste
al pedir y al pedirle nada menos
que a las clavadas manos impedidas,
la memoria, la sal, la Vida, el Reino. 



AL BUEN LADRÓN

Cuando dudó Dios mismo, tú creíste.
Los discípulos se habían ido lejos
por el temor dispersos. Tú pediste
oh Dios, verte en un hombre, en un reflejo.
Querías darnos aún el poder darte
algo a Ti mismo, pero nadie había
en torno. Ah, cómo la piedad misma te hería
de las mujeres. Vieron al alzarte
tan sólo a un hombre desdichado, a un triste.
Tú sólo viste a Dios en las heridas.
Y qué audacia de fe la que tuviste
al pedir y al pedirle nada menos
que a las clavadas manos impedidas,
la memoria, la sal, la Vida, el Reino.



LOS CHOPOS 

Miré, por primera vez la emocionante
tierra de España al
de la salida del Quijote y del pastor.
Corrales vagos, rosa y olivo todo.
No era dura la tierra He Castilla
como pensé. Tierna, madraza, estaba
tendida allí como un regazo virgen.
De pronto, desafiante, el primer chopo.
La alta cima, del aire meneada,
le deshacía la fijeza en giros
levitantes, soplos de puro espíritu.
Y tuve que esperar a que mi pecho
sosegara su imagen, temblorosa
en mis aguas, serena en su alto aire.






DEL TIEMPO LARGO

A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costeño,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
¡Qué eternidad
de soles va vividos! Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer., se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada. No con el alma en vilo
por siempre se ha de estar.
De cierto modo
la juventud es también como una
decrepitud: un ser informe.
Larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió, se salió.
Quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
valió el oro
del bosque de la vida, el pierio encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco: poco el sufrir inmenso
para esta dádiva. Al rostro
orne la arruga como al pecho
de un guerrero la cinta coloreada
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como al avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
Mas ya, arriba.
A la salida, va se mira
hacia atrás sonriendo, renacido.
Como a agrietada cascara el polluelo,
ya se van desligando las amarras
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
Costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.





CADA OSCURA MAÑANA 

Tú nos engañas, tiempo, que te ofreces
como una extensión llana y tranquila,
como un después sin fin que al fin decrece
mientras nos posponemos sin medida.
Cada oscura mañana de mi vida
siento que huyo de algo, que proyecto
tan sólo por no oír lo que me tira
del alma hacia su hondo, oscuro centro.
Y ese centro ¿es de fuego o es de nieve?
Vuelve hacia mí su rostro entre las lágrimas.
En el niño que fuimos se detiene.
Si eres tú lo que soy, si me sostienes,
¿por qué es que no soporto tu mirada
y busco ir hacia otra cosa siempre?




NOCTURNO

Escucha a la noche íntegra, los salmos profundos de la noche.
Su tumulto de voces en la espalda, su cuerpo de temeraria roca,
custodiando el silencio las estrellas del sueño.
Arquitectura de suntuoso llanto
que levantas el ala poderosa, la profética veste
en un inmenso vuelo de lectura invisible.
Quién vio tus fundamentos, la muchedumbre oscura de tu alma,
quién edifica tus muros invencibles y eternos,
y te enseñó el olor del geranio
y te ha tallado con letras de fuego en el olor oscuro del geranio.
Oh bienaventurada, suelta ya tus ganados en los frágiles pastos.
Muéstranos, oh invisible, el cuerpo tan vastamente prometido,
ahora que devuelve tus cabellos una estrella de lluvia,
ya pienso que estás hecha de esa soledad que sigue a una acabada melodía.
Que un silencio aún no desasido de música te rodea.
Como rodea la muerte a un objeto dejado por el sueño.
No tú, noche de peces y árboles deshechos.
Noche mía y amiga pradera innumerable,
tu ventana dulce de maderas marinas,
fuego y tu gracia de profundos nogales.
Hablo de ti, oh muerta, cuando ya nos olvidas,
ando ya no transportas nuestro país al cielo,
ando ruedas sin fin de entre tus huecas manos a abismo sin medida.
Hablo de tu extranjero dominio, tus bordes constelados.
Cuando te extiendes como un silencioso pensamiento.
Cuando formas las estrellas con tu sueño y les hablas.
Hablo del estruendo de la noche cayendo sobre las aguas del mar,
y del temor que pronuncie mi nombre, entre la niebla,
y que sólo yo lo oiga resonando en sus costas de abandono,
y que me lleve despierta a morir.
Pero tú, oh noche, oh advenida para la soledad ahora,
Con tu flor aprendida de tan lejos,
perfecta y sin retorno, iluminada en fuego, dueña
de tus momentáneas luces eternas.
Por ti las viñas, la sonrisa, la espera de los frutos,
de tu misma sustancia de misterio, estirpe silenciosa.
Oh bosque riguroso, minerales mareas.
Oh llama, oh celestial costumbre, reino de fervor, huerto purísimo
alábante con gozo las aguas de mi alma,
y creo, noche inmensa que voy a tocar ya tus palabras.
Tan parecida eres a la pura distancia que las separa de todo.
Ya creo ahondar tus aguas y oír la grave lengua que te nombra.
El resistir enamorado que eres al consumido fuego del olvido.
La voz que transfiguran tus estrellas.
Porque sé que te escoge la belleza y nos amas.
Preparas tu arboleda distante y conmovida
debajo de la dulce pregunta de mi alma.