viernes, 21 de noviembre de 2014

Níobe

NÍOBE 


Níobe, reina de Tebas, se enorgullecía de muchas cosas. Anfión, su esposo, había recibido de las Musas la magnífica lira a cuyo son se acoplaron por si mismas las piedras de las murallas tebanas; su padre, Tántalo, había sido huésped de los dioses; y en cuanto a ella, era soberana de un dilatado reino y estaba dotada de un alto espíritu y majestuosa belleza. Pero de nada se ufanaba tanto como del número de sus hijos, catorce, lozanos todos y de los cuales la mitad eran varones y la otra mitad hembras. Así era Níobe teñida por la más feliz de las madres, y lo hubiera sido de no haberse considerado ella como tal; pero la conciencia de su propia felicidad la perdió. 

Un día, la profetisa Manto, hija del adivino Tiresias, movida por inspiración divina, salió a las calles de Tebas llamando a las mujeres a honrar a Latona y a sus hijos gemelos, Apolo y Ártemis. Invitólas a adornarse el cabello con coronas de laurel y a entregarse a piadosas plegarias entre el humo del incienso. Cuando las tebanas acudían al punto de reunión, presentóse Níobe, en medio de un regio séquito y vestida de ropajes entretejidos de oro. Radiante de belleza cuanto lo permitía su enojo, movía la cabeza majestuosa y el cabello, colgante a ambos lados de los hombros. De pie en medio de las mujeres que, a cielo abierto, se ocupaban en los ritos del culto, recorrió con orgullosa mirada el círculo de las congregadas y les habló así: 

-¿No estaréis locas al honrar así a dioses que sólo conocéis de oídas, cuando moran entre vosotras seres aun más favorecidos por el Cielo? Si eleváis altares a Latona, ¿por qué mi nombre divino queda sin incienso? Y sin embargo mi padre fue Tántalo, el único mortal que jamás se sentara a la mesa de los dioses; mi madre Dione, hermana de las Pléyades que brillan en el firmamento como rutilante constelación; uno de mis antepasados es Atlante, el poderoso, que sostiene sobre su espalda la bóveda celeste; mi abuelo es Zeus, padre de los dioses; hasta los pueblos de Frigia me obedecen, y a mí y a mi marido nos rinden vasallaje la ciudad de Cadmo y sus murallas, levantadas al son de la lira. En mi palacio, cada estancia me muestra inmensos tesoros; a todo esto se une un rostro digno de una diosa y un enjambre de hijos como ninguna otra madre puede ostentar: siete hermosas hijas y siete vigorosos hijos, a los que pronto se sumarán yernos y nueras. ¡Decid, pues, si tengo o no motivos para sentirme orgullosa! ¿Os atreveréis todavía a preferirme a Latona, la oscura hija de Titanes, a quien la amplia Tierra le negó un día espacio donde traer al mundo los hijos que había engendrado de Zeus, hasta que la isla flotante de Délos le ofreció su inseguro asiento, compadecida de la mísera errante? Allí fue madre de dos niños, la infeliz: ¡la séptima parte de los que constituyen mi dicha materna! Soy feliz, ¿quién puede negarlo? Y seguiré siéndolo. La diosa de la Fortuna tendría demasiado que hacer si se propusiera destruir todo cuanto poseo. Aun suponiendo que me arrebatase alguna cosa, aunque me quitara algunos hijos, ¿cuándo esta cifra se verá reducida a la ínfima pareja de “gemelos de Latona? ¡Dejaos, pues, de sacrificios, fuera el laurel de vuestras frentes! ¡Dispersaos, volved a vuestras casas y no os dejéis engañar nunca más por semejantes desatinos!.

Las mujeres, asustadas, quitáronse de la cabeza las guirnaldas Y, dejando los sacrificios sin terminar, entráronse en sus casas para propiciarse con sus mudas oraciones a la divinidad ofendida. 

Desde la cumbre del Cinto, en Délos, Latona, rodeada de sus hijos, observaba, con sus ojos de diosa, lo que sucedía en la lejana Tebas. 

—¡Mirad, hijos: yo, vuestra madre, que tan orgullosa me siento de haberos dado la vida, que no ce ¿a excepto Hera, soy víctima de la difamación de una insolente mortal, y me veré arrojada de mis antiguos y sagrados altares si no acudís en mi ayuda, hijos míos! ¡Si, también a vosotros os denuesta Níobe, también os pospone a su tropel de hijos! 

Disponíase Latona a añadir súplicas a sus palabras, pero Febo, interrumpiéndola, dijo: 

—¡Deja las quejas, Madre!, no hacen sino demorar el castigo. 

Asintió su hermana a sus palabras, y envolviéndose ambos en un manto de nubes y surcando los aires con rápido vuelo, poco tardaron en alcanzar la ciudad y el castillo de Cadmo. Extendíase ante sus muros un vasto campo raso, no destinado al arado, sino a los juegos y carreras de caballos y carros. Precisamente en aquel momento estaban solazándose allí los siete hijos de Anfión: unos montaban briosos corceles, otros se ejercitaban en la lucha libre. El mayor, Ismeno, firme sobre su montura, hacíale describir círculos, tirante el freno en la boca espumeante, cuando de repente: 

—¡Ay de mí! —exclamó, y, traspasado el corazón por una flecha, suelta la brida de sus inertes manos mientras resbalaba lentamente por el flanco derecho del caballo. 

Hermano Sípilo, que caracoleaba a su lado, habiendo oído en el aire el silbido del proyectil, echó a huir a rienda suelta, semejante al timonel que recoge en las velas el más leve soplo de viento para correr a ponerse a salvo en el puerto. Pero un venablo, rasgando la atmósfera con fuerte zumbido, le alcanzó; vibró el asta en lo alto de su nuca al clavársele el hierro desnudo y traspasarle el cuello. Resbalando por las crines del caballo cayó al suelo el jinete mortalmente herido, y tiñó la tierra con su cálida sangre. Otros dos —llamábase uno Tántalo, como su abuelo, y el otro Fédimo— se hallaban fuertemente enlazados, pecho contra pecho, ejercitándose en la lucha, cuando volvió a resonar el arco y una saeta los atravesó a ambos, unidos como estaban. Ambos exhalaron a la vez un suspiro y retorciendo los dolientes miembros por el suelo y revolviendo los ojos extintos de luz, rindieron el alma jadeando entre el polvo. El quinto hijo, Alfenor, vio caer a sus hermanos. Golpeándose el pecho corrió a ellos para vivificar con sus abrazos sus gélidos miembros, pero sucumbió también en su piadosa acción, pues Febo Apolo le envió el hierro mortal al fondo mismo del corazón: al querer extraérselo, salieron con el aliento la sangre y la entraña del moribundo. A Damasictón, el sexto de los hijos, jovenzuelo delicado de largos rizos, acertóle una flecha en la rótula y, al inclinarse para sacarse con la mano el inesperado proyectil, penetróle otro, hasta las plumas, por la abierta boca hasta el cuello y un chorro de sangre salió proyectado como un surtidor del fondo de su garganta. El último y más joven de los hijos, Ilioneo chiquillo aun, que lo había presenciado todo, cayó de rodillas y, levantando al cielo los brazos, comenzó a orar: 

-¡Oh, dioses todos, perdonadme la vida! 

El propio terrible arquero se sintió conmovido, pero ya la flecha no podía volver al arco. El muchacho se desplomó, si bien víctima de herida menos dolorosa, que apenas le atravesó el corazón.

La nueva de la catástrofe se difundió muy pronto por la ciudad. El padre, Anfión, al oír el horrible mensaje, se traspasó el pecho con su acero. Los lamentos de los criados y del pueblo entero no tardaron en llegar al gineceo. A Níobe costóle mucho tiempo comprender lo espantoso de la tragedia; resistíase a creer que los celestiales tuviesen tantas prerrogativas, que se atreviesen a tanto; pero muy pronto no le fue ya posible la duda. ¡Ah!, ¡qué distinta era la Níobe de ahora de la de antes, la que había ahuyentado al pueblo de los altares de la poderosa divinidad y cruzado las calles de la ciudad con la cabeza orgullosamente levantada! A aquélla la habían envidiado hasta sus amigos más queridos; ésta inspiraba compasión a sus propios enemigos. Precipitose al campo y arrojándose sobre los fríos cadáveres, distribuía sin orden sus últimos besos entre los hijos. Luego, alzando al cielo los desfallecidos brazos, exclamó: 

—Cébate ahora en mi aflicción, sacia tu corazón rencoroso, ¡oh, cruel Latona! La muerte de estos siete hijos me hunde en la tumba. ¡Triunfa, victoriosa enemiga! 

Entretanto habían acudido sus siete hijas, todas vestidas de luto, y, los cabellos al viento, permanecían inmóviles llorando a sus hermanos caídos. Al verlas, un rayo de maligno gozo pasó por el rostro pálido de Níobe. Imprudente, dirigiendo al cielo una mirada de escarnio, exclamó: 

—¿Victoriosa? No, pues en mi desgracia me queda más que a ti en tu dicha. ¡Aun tras de tantos cadáveres soy yo quien se lleva la victoria! 

Había terminado apenas, cuando se oyó un rumor como el de la cuerda de un arco al distenderse. Todos quedaron aterrorizados, excepto Níobe; el infortunio la había vuelto inconmovible. De repente, una de las hijas se llevó la mano al corazón y, arrancándose una flecha que acababa de herirla, desplomóse sin sentido, inclinando la cabeza sobre el hermano que yacía más cerca. Otra de las hermanas corrió hacia la desdichada madre con ánimo de confortarla; pero, alcanzada a su vez por un dardo invisible, enmudeció bruscamente. Una tercera cae al salir huyendo, y otras sucumben sobre la que expira. Sólo la última restaba; habíase refugiado en el regazo de su madre y se estrechaba contra él, cubierta por los pliegues de sus ropas. 

¡Déjame siquiera esta última! —clamó Níobe, implorante, dirigiéndose al cielo—, ¡sólo la más niña de tantas! 
Pero mientras formulaba su ruego, la tierna criatura se abatía sobre su regazo y Níobe quedaba sola en medio de los cuerpos sin vida de su esposo, hijos e hijas. El dolor la había dejado rígida; el aura no le movía ni un cabello; el rostro, exangüe; los ojos inmóviles en las doloridas mejillas; ni sombra de vida aparecía en todo su cuerpo: las venas se paralizaron y el pulso dejó de latir; torciose el cuello, el brazo tuvo un último gesto;, el pie dejó de moverse; sus mismas entrañas se habían tornado fría roca. Nada vivía ya en ella, aparte las lágrimas que rodaban inagotables de los pétreos ojos. Entonces una poderosa ráfaga de aire arrancó la piedra y, llevándola por los aires al otro lado del mar, depositóla en la vieja patria de Níobe, Lidia, en las desiertas montañas, entre los acantilados del Sípilo. Allí quedó clavada Níobe, en forma de marmórea roca, en la cumbre del monte y todavía hoy siguen fluyendo sus lágrimas del mármol. 

GUSTAV SCHWAB 
Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica 
BIBLIOTECA DE LA NUEVA CULTURA 
Serie MUNDO ANTIGUO 
EDITORIAL CREDOS, S. A


Anselm Grün explica el significado psicológico de este mito en "Portarse bien con uno mismo", que se halla recogido en otra etiqueta del blog:

Aventureros, arribistas los hay también en la espiritualidad. Hay hombres que se fijan altos ideales, que borrachos de experiencias espirituales creen que pueden llegar cada vez más alto, que pueden situarse cada vez más cerca de Dios y sentir sólo a Dios. También hay gente joven que hacen demasiado pronto planteamientos muy extremos. Tienen experiencias espirituales y están tan entusiasmados que se olvidan de la vida que eliminan. Echan un tupido velo sobre sus sombras y sin duda alguna son absorbidos por ellas. Hay jóvenes que piensan que si optan por Cristo y se convierten, nada podrá sucederles, ninguna crisis se interpondrá en su camino. La fe les ayudará en esta tarea. Estos aventureros del cielo se saltan su propia realidad, está claro que no se toman en serio su propio cuerpo. Se olvidan de que no sólo son hijos del cielo, sino que son también hijos de la tierra. Sólo podemos subir hasta Dios si tenemos el valor de bajar a lo más hondo de nuestra realidad, a la oscuridad de nuestras sombras. La opción por Dios que hemos hecho en nuestra juventud tenemos que mantenerla en los altibajos del día a día y de las distintas etapas de la vida y ratificarla permanentemente, instante tras instante.

Niobe es otro paradigma de la autodestrucción. «Niobe estaba orgullosa de lo que había recibido en regalo de los dioses sin mérito alguno por su parte. Estaba orgullosa de su prudencia y de su belleza. También lo estaba de su padre Tántalo, que era amigo de los dioses y participaba en sus banquetes celestiales. Y también de su marido, a quien las musas le habían dado el arpa mágica, a cuyo toque se habían construido las murallas del castillo real de Tebas. Pero de lo que más orgullosa estaba era de sus catorce hijos; sus siete fuertes hijos y sus siete hermosas hijas llenaban de alegría su corazón. Se consideraba la más feliz de todas las madres y de todas las mujeres. Pero este orgullo le trajo la perdición» (Schwab). Cuando las mujeres tebanas quisieron adorar a la diosa Leto y a sus gemelos Apolo y Artemisa, las incitó a que la adoraran a ella y a sus catorce hijos porque se lo merecía mucho más que Leto que sólo tenía dos. Esto provocó la ira de la diosa. Entonces ésta, con la ayuda de sus dos gemelos, la aniquiló junto con sus catorce hijos e hijas. «Sola y profundamente encorvada, la antes orgullosa Niobe se sentó en medio de los cadáveres de sus niños. Su sufrimiento era enorme y estaba como petrificada. Se convirtió en una piedra, pero sus lágrimas no cesaban. Brotaban sin cesar de sus ojos de piedra, que antes habían mirado orgullosos la belleza y la felicidad de su familia. Un huracán levantó la piedra por los aires y la llevó secuestrada a la patria de Niobe, a los montes de Lidia. Todavía se la puede ver allí entre los peñascales, en rocas de mármol con rostro humano. De sus ojos fluyen lágrimas sin fin. Y nadie puede consolarla».

Niobe no está en sí. No siente su vida, sino que está orgullosa de lo que ha recibido sin mérito por su parte, a saber, de su padre, de su marido y de sus hijos. Construye su vida sobre otros hombres. Se define por sus hijos, por su belleza, por lo que tiene. No se apoya en sí misma, no tiene identidad alguna, está vacía y aburrida. Su identidad Je viene de lo que tiene. Quien no recorre el camino hasta lo más hondo de su alma para conocerse y para descubrir la imagen de Dios que hay en él, queda excluido de la vida. No tiene acceso a sí mismo y por eso tampoco puede acceder ni a la vida ni al amor.

La autodestrucción puede verse también en otra postura de Niobe. Niobe se compara con la diosa Leto y cree que al tener tantos hijos y tan hermosos se merece la adoración como diosa mucho más que ella, que sólo tiene dos gemelos. Esta comparación le hace muy difícil vivir. «La necesidad de compararse se debe a ideas que la alejan del instante», afirma Schellenbaum (Schellenbaum). Esta necesidad de compararse se observa en nuestro lenguaje coloquial. En él todo tiene que ser «super». «La necesidad de compararse hace que sea imposible una relación fluida con los demás y empuja al aislamiento. Es como si el sentido de la vida viniera de fuera». El que se compara con otros, siempre cojea de alguna pierna. Porque siempre hay Jtij vaJores y cerrar los ojos ante la riqueza de los otros. Niobe no tiene en cuenta que Leto es una diosa. Lo único que ve es que sólo tiene dos hijos frente a los catorce que ella ha traído al mundo. Le es imposible ver lo que vale Leto porque está ciega y tiene unos celos enormes. La necesidad de compararse lleva con frecuencia a utilizar un lenguaje realmente exagerado. «En nuestra vida todo tiene que ser ‘super’. ¿Dónde está, pues, lo pequeño, lo insignificante, lo que no llama la atención? Y sobre todo, ¿cuántos rivales tenemos que poner fuera de combate para seguir siendo ‘super’?».

Como Niobe sólo se afirma desde fuera porque sólo se define comparándose con otros, no puede soportar el dolor que le infligen los dioses. También el dolor le viene de fuera. No es cosa suya y por tanto poco podrá cambiarla. No puede manejar el dolor, porque el dolor es lo que la identifica. Se petrifica. La necesidad de compararse y de valorarse la conducen a destruirse a sí misma, a petrificarse. Del rostro petrificado de Niobe fluyen ininterrumpidamente lágrimas. Pero estas lágrimas no son en ella signos de vida, sino muestras palpables de su vacío interior. Las lágrimas pueden transformar el dolor en vida, incluso en alegría. Pero las lágrimas de Niobe, que fluyen como automáticas de sus ojos, son signos de muerte. El rostro que muestra mis simpatías y mis antipatías está petrificado. Mis ojos se han puesto rígidos, ya no pueden mirar a nadie a los ojos. Quien vive de compararse con los demás, tiene sus ojos ciegos. No pueden ver nada porque sólo miran siempre hacía uno mismo.

Estos son algunos ejemplos de héroes griegos. Los filósofos griegos tenían razón cuando interpretaban alegóricamente las historias de los dioses y de los héroes, cuando veían en ellas un profundo significado. Las leyendas griegas muestran los éxitos y fracasos de la vida humana. Como los cuentos de tiempos posteriores, rebosan sabiduría. A través de los héroes a que nos hemos referido, todos los cuales fueron castigados por sus erradas actitudes ante la vida, las leyendas nos muestran algunas formas de autodestrucción, que también ahora podemos ver a menudo en nuestro mundo. Nos dicen cómo acaba el hombre que se construye sólo con sus fuerzas, que quiere controlar y tener todo en un puño, que no deja de compararse con los demás, que se mantiene tercamente en las decisiones que tomó una vez y sólo se define desde fuera.