domingo, 2 de noviembre de 2014

José Luis Martín Descalzo

(Madridejos. Toledo, 1930-1991). Periodista. Biógrafo de Cristo. Novelista. Creía que donde de verdad se entregaba era en su poesía; que sólo en ella abría del todo su alma. El 11 de junio de 1991 José Luis Martín Descalzo “vio la luz”, “vio al Amor sin enigmas ni espejos”. Pocas semanas antes había publicado el Testamento del pájaro solitario. “Mi sueño sería —escribe en su introducción— que en estas páginas encontrara cada lector las historias de su propia alma, su autobiografía personal”.

EN MEDIO DE LA SOMBRA Y DE LA HERIDA

En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo
que tengo todo cuando estoy contigo:
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.
Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.
Tengo todo cuando estoy contigo,
Si me faltas Tú, no tengo nada.



NUNCA PODRÁS DOLOR ACORRALARME

Nunca podrás, dolor, acorralarme.
Podrás alzar mis ojos hacia el llanto,
secar mi lengua, amordazar mi canto,
sajar mi corazón y desguazarme.
Podrás entre tus rejas encerrarme,
destruir los castillos que levanto,
ungir todas mis horas con tu espanto,
pero nunca podrás acobardarme.
Puedo amar en el potro de tortura.
Puedo reír cosido por tus lanzas.
Puedo ver en la oscura noche oscura.
Llego, dolor, a donde tú no alcanzas.
Yo decido mi sangre y su espesura.
Yo soy el dueño de mis esperanzas.




Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.
Como el niño que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú quien nos aguarda.
Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tú cuidarás los sueños de la noche,
tú borrarás las huellas de mi llanto.
Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva. Amén.



No les pido a las cosas que sean más que cosas.
No le pido a la rama que sea más que rama.
No espero que la llama arda más que la llama.
No sueño que las rosas parezcan más que rosas.
No les pido a las frutas que sean milagrosas.
No exijo al sol el oro de su fama.
No ansío que florezcan diamantes las retamas.
Siendo más no serían más hermosas.
Sea fiel a sí misma la manzana
y sea el viento, viento consecuente.
No le preocupe al campo ser barbecho.
Sea la nieve solitaria y cana.
Bástele al agua con ser transparente.
Dios con ser Dios, lo halló todo bien hecho.


EL CANSADO

Aquí tenéis, llegado a los sesenta,
a aquel muchacho tan desconcertado 
que, hace treinta años, os habló cansado 
de haber vivido tan sin darse cuenta. 
Treinta años hace (yo tenía treinta),
recuerdo que me hallé tan desnortado 
que tuve miedo de llegar hastiado 
de vivir sin vivir a los sesenta. 
Recuerdo que me dije: "Cuenta, cuenta
todas tus horas; o sin darte cuenta 
dormido rodarás desmoronado 
la misma cuesta que estos otros treinta". 
Hoy hago mi balance desolado: 
Treinta años dormí, dormí sesenta. 


CREER

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.
Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé
y  limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.
Quiero creer.
Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.
Quiero creer.
Limpia mis ojos cansados,
deslumbrados del cimbel,
lastra de plomo mis párpados
y oscurécemelos bien.
Quiero creer.
Ya todo es sombra y olvido
y abandono de mi ser.
Ponme la venda en los ojos.
Ponme tus manos también.
Quiero creer.
Tú que pusiste en las flores
rocío y debajo miel
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.
Quiero creer.
Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver
creo en ti y quiero creer.


De las condiciones del pájaro solitario

"Las condiciones del pájaro solitario son Cinco: la primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el alma contemplativa: que ha de subir sobre las cosas transitorias no haciendo más caso de ellas que si no fuesen, y ha de ser tan amiga de la soledad y el silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que, haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo".

«Dichos de luz y amor»

San Juan de la Cruz


I
«...La primera, que se va a lo más alto».

Si fuera yo, si fuera yo, si fuera
un pájaro de llama enamorado,
un pájaro de luz tan incendiado
que en el silencio de tu noche ardiera;
si pudiera subirme, si pudiera
muy más allá de todo lo creado
y en la última rama de mi Amado
pusiera el corazón y el alma entera;
si aún más alto, más alto, y más volara,
allí donde no hay aire ya, ni vuelo,
allí donde tu mano es agua clara
y no es preciso mendigar consuelo,
allí -¡qué soledad!- yo me dejara
dulcemente morir de tanto cielo.

II
«...la segunda, que no sufre compañía,
aunque sea de su naturaleza».

¿Y qué has hecho de mí, pues a desierto
me sabe todo amor cuando te has ido?
Tú lo sabes muy bien; yo siempre he sido
un mendigo de amor en cada puerto.
Tendí mi mano en el camino incierto
de la belleza humana: cualquier nido
podía ser mi casa; y he pedido
tantos besos, que tengo el labio muerto.
Y ahora todo es sal. Me sabe a tierra
el pobre corazón. Estoy vacío.
El calor de un abrazo es calor frío.
Pues tu amor me redime y me destierra
y sé que mientras Tú no seas mío
hasta la paz va a parecerme guerra.

III
«...la tercera, que tiene el pico al aire».

Al aire de tu vuelo está mi vida.
Perdido en el silencio más delgado,
despojado de mí, deshabitado,
abierto estoy como se abre una herida.
Abierto a Ti, mi corazón se olvida
de respirar, y, estando tan callado,
escucha los latidos del Amado,
la voz de amor que a más amor convida.
El pico al aire, el viento de tu viento
respirará gozoso en la arboleda,
porque tu voz es todo mi alimento.
Y, mientras a tus pies mi canto queda,
en el silencio dormiré contento.
Lejos el mundo rueda, rueda y rueda.

IV
«...la cuarta, que no tiene determinado color».

Al acercarme al agua de tu río
lo que yo fui se fue desvaneciendo,
lo mucho que soñé se fue perdiendo
y de cuanto yo soy ya nada es mío.
Tan sólo en Ti y en tu hermosura fío,
soy lo que eres, acabaré siendo
rastro de Ti, y triunfaré perdiendo
en combate de amor mi desafío.
Ya de hoy no más me saciaré con nada;
sólo Tú satisfaces con tu todo.
Un espejo seré de tu mirada,
esposados los dos, codo con codo.
Y, cuando pongas fin a mi jornada,
yo seré Tú, viviendo de otro modo.

V
«...la quinta, que canta suavemente».

Yo que hablé tanto, tanto, tanto y tanto,
que siempre fui un charlatán del viento,
un mayorista de palabras, siento
que no me queda voz para tu canto.
Y hoy que, temblando, mi canción levanto,
se quiebra en mi garganta el sentimiento
y ya más que canción es un lamento,
y ya más que lamento es sólo un llanto.
Adelgázame, Amor, mi voz ahora,
déjala ser silencio, llama pura;
río de monte, soledad sonora,
álamo respirando en la espesura.
Déjame ser un pájaro que llora
por no saber cantar tanta hermosura.



Cuando mis manos –y tus manos– tiendo
sobre el altar, y toco la cruenta
sangre de tu pasión, siete y setenta
veces digo que estoy –y estás– fingiendo.
Cuando tus manos –y mis manos- vendo
por treinta gramos de placer, por treinta,
pienso que hemos errado nuestra cuenta
y que me estás, -y que te estoy- mintiendo.
Cuando mis manos tiendo hacia tu hondura,
cuando tus manos tiendo hacia el pecado
no sé quién es –si Tú, si yo– quien obra.
No más. No más. Acabe la impostura:
o me quitas la carne que me has dado
o me tienes que dar cuanto te sobra. 

(De Fábulas con Dios al fondo)


Cántico en el que el pájaro se pregunta por su existencia

Cuando, al fin, entendí que sólo era
un manojo de plumas,
una canción que, porque nace, muere,
o tal vez la memoria de un beso en un espejo,
¿cómo creer que has sido, que has amado?
Por pura gracia
alguien pasó sus dedos por mis plumas
y me dio la verdad de la existencia.
[Haber sido querido por Ti,
por Ti, que haces que un pájaro
hasta pueda llegar a creerse que ha vivido!
Al cabo de los años
¡mira el tesoro de todos tus vacíos!
Aquí y allá fuiste dejando algo parecido a una huella;
decían tu nombre, lo escribían incluso,
contaban que algún día cantaste en una rama iluminándola,
pero tú bien sabías
que eras sólo una torre de nadas, viento, viento.
En el antiguo álbum, los retratos
reproducían todos el mismo rostro:
un óvalo vacío, alguien dormido,
alguien que se sospecha que, con algún esfuerzo, hasta pudo llegar a vivir, mas no lo hizo.
Un mirlo
que cantó una vez en una rama,
sin que la rama, ni el pájaro, ni el canto hayan existido jamás.
Y, sin embargo, sí, había un árbol,
un árbol de la vida, frondoso,
con millones de ramas preparadas.
Sí, Tú estabas allí,
un árbol verde, sin otoños
porque el amor no amarillea nunca.
Pero ¿qué sabes, qué sabes, hombre, tú de amor?
Si te hubieras posado en esa rama
que estuvo preparada para ti,
¿habrías entendido?
Ah, el mendigo cruzó con su escudilla miserable
y si alguien le hubiera arrojado la moneda de oro
¿la habría distinguido de una hoja de otoño volada por el viento?
Yo recogí mendrugos
que apenas si sabía masticar
con mis pobres dientes de papel.
Llegué, lo más, a chupetear el gozo:
recuerdo aquellos senos blancos
y la gran confusión del amor con un desagüe.
Nos reíamos mucho. Los relojes del whiski
bajaban tambaleándose las escaleras de la noche
mientras las estrellas miraban asombradas desde el cielo.
Y Tú, Amor, ¿dónde estabas?
Te veo en todas las encrucijadas de las horas perdidas, gritando:
“Necesito repartir transfusiones de vida”,
mientras ante tus pies desfilaba el entierro
de todas las palomas asesinadas aquella misma noche.
¿Y yo? ¿Y mi pájaro?
No sé si por temor al mundo o por amor a Ti
yo revoloteaba sobre tus hombros.
Me posaba, incluso, sobre ellos.
Y no decía que sí.
Y no decía que no.
Y ni siquiera “tal vez”.
O decía: “Me gustaría cantar”,
pero nunca quería acabarme de enterar de que cantar no es hilvanar sonidos,
sino sangrar. Mi pájaro
tenía siempre demasiadas razones
para seguir jugando a dos barajas.
A veces hasta llegaba a pronunciar tu nombre,
pero no era de Ti de quien hablaba,
sino de tus suburbios,
y así, mientras Tú, ciervo perseguido,
cruzabas la pradera incandescente
en la que yo me carbonizaría
si llegara a pisarla siguiéndote, mi pájaro
hacía encaje de bolillos teológicos
y estaba cerca de Ti,
pero jamás en Ti, contigo.
Y, si alguna vez mi cántico y el tuyo parecían juntarse
el ayer tentador, se me volvía
celoso, asegurando
que elegirte a Ti era como quedarse sin casco ni velamen:
“Dios sólo tiene noche”, me decía.
Y yo, cobarde pero lúcido, sabía que eso era cierto
y gritaba:
“Flores, cubridme;
adormecedme, músicas;
y tú, Beatriz, distiende la miel de tu melena,
y lograd, entre todos, que este celoso Dios se aleje
o que pase de largo, persiguiendo piezas mejores.
¡Ah, bien quisiera apostar por los dos!
Mas, si es inevitable elegir, ¡dame, oh Mundo, tu lecho!”
Pero un día, todo cambió.
No fue que yo despertase,
ni es que cayeran rodando por los suelos mi indecisión y mi ceguera,
es que El,
el Halcón,
se derrumbó en picado sobre mí,
escudriñó mi corazón y mis riñones,
y, con sus dulces garras, me atenazó
diciéndome: “Tú serás mío, porque eres mío”;
me engendró,
me poseyó
como un hombre a una mujer
o como una espada el cuerpo que atraviesa.
Y yo no tuve nada que decir ni explicar: Existía.
Existía ya casi tanto como Tú.
Iba volviéndome amor.
Ibas limpiando mi sangre de su escoria,
poniendo verdadera alegría donde sólo hubo fuegos de artificio,
dándome el misterioso “vino adobado” de tus besos,
dejándome amar ya todo sin hacer distinciones,
sin saber siquiera muy bien si “Amor” se escribe con mayúscula o no.
Y ya los dos picoteábamos del mismo Pan
y mamábamos del seno misterioso de tu Madre
y “mi caballería
a vista de las aguas calladas descendía”.
Ya no conté mis años: esperarte y amarte era lo mismo,
juntos pastábamos la soledad del mutuo amor herido,
bebíamos “el mosto de granadas”, y el silencio
de estar solos y acompañados en la feria del mundo.
Y, si ahora me voy, será igual que si me quedo.
Y, si canto, mi voz será de otro.
Y, si late eso que llaman corazón,
no sabré dónde late, ni de quién es.
¡Oh Halcón! ¡Oh pájaro! ¡Oh Amor sin apellidos ni riberas!



La noche oscura del pájaro solitario
I

Vacío en la noche 

A veces, en la noche, hay un crujido
de nieve sucia, galopando, muerta,
que deja el alma extremaunciada y yerta
y ya no sabes para qué has nacido.
Y va no sabes para qué has vivido,
se queda la sangre tan desierta
que te sientas, perdido, ante tu puerta,
ante tu puerta, sin por qué, perdido.
;Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Por qué tus huesos
se obstinan en ser “polvo enamorado”?
¿Por qué tienes en lista tantos besos
que nunca diste, que jamás te han dado?
¿Por qué todos tus sueños nacen presos
dentro de un corazón encadenado?


II 
Estamos solos 

Estamos solos, flores, frutas, cosas.
Estamos solos en el infinito.
Yo sé muy bien que si esta noche grito
continuarán impávidas las rosas.
Junto a mi llanto seguirán gloriosas
las azucenas, si las necesito.
No sufre el árbol por mi amor marchito.
No lloran por mi sed las mariposas.
Canta el mar a la orilla de mi llaga.
Su melena de estrellas florecida
sobre el hambre del hombre el sol pasea.
Amé a las cosas y ésta fue su paga:
seguirán vivas todas sin mi vida,
la luz continuará sin que la vea.

III 

El laberinto 


De niño yo creí que todo era
como la sangre que en mi pecho ardía.
Que vivir era un chorro de alegría.
Que crecer era un sol de primavera.
De niño yo creí que bastaría
con sonreír para que el mundo ardiera.
Que bastaría con que yo tuviera
el alma en pie para que fuese mía.
Y ahora estoy en esta encrucijada
que no sé dónde acaba y dónde empieza,
laberinto del todo y de la nada
donde flota, entre sombras, mi torpeza.
¡Y hay dos tigres dormidos en mi almohada!
¡Y hay un león bramando en mi cabeza!


V
El error 

Está claro: No sirvo para humano.
Yo debí detenerme en los umbrales
de la infancia, en los tiernos pañales
del corazón de mi primer verano.
Mi error fue crecer. Tender la mano
al corro aquél de los demás mortales
donde todos vivían a raudales
y yo sólo tenía mi mecano.
Sólo tenía juegos y esperanzas.
Sólo llevaba sueños y alegría.
Sólo sabía lo que no sabía.
Sólo esperaba bienaventuranzas.
Sólo albergaba llanto para un día.
¡Y aquí todos vivían entre lanzas!



De los pasos que el pájaro dio hacía la luz en sus encuentros con Dios y con los hombres


El hombre del invisible

Cuando tu nombre oí por vez primera
—Dios, Dios, Dios— misterioso y venerado,
¿qué quería decir? ¿Un sol dorado?
¿Una estrella inventada? ¿Una quimera?
Dios, Dios, me repetía. Dios ¿qué era?
¿El seno de mi madre recobrado?
¿Era el amor? ¿Un balón? ¿Un helado?
¿La flor gloriosa de la primavera?
Tus cuatro letras en mi boca daban
vueltas y vueltas como una bebida.
Tal vez, saboreándolas, hallara
la verdad de tu ser. Y ellas giraban,
y Tú llenabas de sabor mi vida,
pero seguías sin mostrar tu cara.


II 
La primera puesta de sol

…Y el niño que yo era lo miraba
hipnotizado, sin respirar. Temía
que el corazón ceniza se me haría
mientras el gran gigante agonizaba.
¿Quién hay “dentro” del sol? Me preguntaba.
¿Quién enciende su fuego? Me decía.
¿Quién me habla entre sus llamas? ¿Qué quería
la voz de aquella luz que me gritaba?
¿Era Dios? ¿Era el fuego de sus ojos?
¿Era infierno o amor? ¿Aquella hoguera
creaba o destruía en sus abrazos?
Y me tendí bajo sus rayos rojos
para que, con su lengua, me lamiera.
Y me dejé arrullar entre sus brazos.



Grito del pájaro solitario en la noche solitaria

Tardaste cincuenta años en llegar a mi carne,
noche oscura del cuerpo, dolor, cuchillo gris,
que hoy sacudes mi alma lo mismo que un mantel después de una comida
y vienes a un entierro en el que apenas hay nada que enterrar.
Mas llegas como un ejército invasor
que va dejando un hospital de guerra en cada hueso.
Surges entre las grietas de mi carne
como una maldición bíblica
en la que las espigas nacieran al revés: hacia abajo.
He aquí que, durante cincuenta años, me sentí orgulloso de mi carne.
Me bastaba empinarme Dará poder llegar a las estrellas
y mi cuerpo era un río puesto en pie de puro júbilo.
Hasta podía hablar de la Noche Oscura como se habla de Eldorado,
sabiendo que toda noche es pórtico del sol.
Mas ahora que mis piernas pesan como dos columnas del Templo de Salomón
y que mi corazón galopa como un caballo cojo;
ahora que necesito limpiar a todas horas mi sangre como las botas de un húsar
y que mi alma parece a veces una candelica que parpadea al viento y pudiera simplemente reducirse, de un momento a otro, a un hilillo de humo;
ahora que mi existencia es un soy y un no soy,
con la palabra “mañana” sabiéndome a cenizas en los labios,
¿cómo volver a hablar de la noche haciendo juegos florales?
¿cómo regresar a Ti sin la boca aulladora?
Halcón, oh Halcón que arrebatas mi vida,
¿por qué, antes, comerte, mordisco a mordisco, mis entrañas:
¿es que no sabes
pescar sino desguazando, celeste Halcón carnívoro?
¿Por qué haces sufrir a esta leña seca?
¿No tiene bastante ya con estar muerta?
¿O es que aún esperas algo de mí?
Se entiende que alguien ponga el oro al crisol,
¿mas sirve de algo acrisolar el barro?
Déjame ya decírtelo: Estoy cansado,
pido una tregua,
déjame.
Porque tu eres, además,
terco. Giras
sobre el polluelo, como si en todo el orbe no existiera otra caza.
El dolor, Tú lo sabes, no es dolor hasta que no es multiplicado por el tiempo.
Lo que pasa, pasa;
y hasta la corona de espinas duró sólo seis horas.
Pero en mí tu cuchillo lleva años y años penetrando.
¿No te quedan heridas que, al menos, duerman durante la noche?
Mírame caminando sobre un campo de minas,
ah, pobre pájaro, que pesas más que vuelas.
¿No podrías llegar, muerte, antes de que termine de volverme estéril?
Y, sin embargo, yo sé que ese dolor es tuyo
Y Tú no sabes otra cosa que amar y bendecir
(aunque tu garra arañe al querer acariciar).
Tú lo repartes y lo distribuyes,
tú lo recoges lo mismo que reúnes cada noche las estrellas, como una gallina sus polluelos.
Y también sé que ese dolor es justo.
¡Ah, si pudiera decir yo como Job: Soy inocente!
Pero ¿de veras es tan grande mi pecado
para que sean necesarios tantos litros de sangre en su colada?
Sé que, además, Tú regalas con cada latigazo dos sacos de coraje
consigues que el pozo de la sonrisa no se deseque nunca
y, a fin de cuentas, malheridos y todo podemos aún volar
y hasta contar a otros que volar sigue siendo posible.
Pero el problema es otro.
Porque no se trata ¡ay! De mi dolor.
El pájaro no es pájaro
hasta que no descubre
que no hay más que una lágrima, inmensa y repartida,
que en las venas de cada hombre se combaten todas las guerras que han visto los astros,
porque, en verdad, la Humanidad es sólo una sombra sollozante.
¿Y cómo iluminar el llanto
de los otros,
los muchos,
los millones que sufren?
Tú, que en la noche oscura
ves una hormiga negra
sobre un mármol negro,
¿cómo aceptas que el hombre arrastre sus cadenas sin encontrar respuesta?
Es de noche, Halcón.
Es de noche.
Aún no hemos salido de aquel Huerto.
Deja, pues, a tu pájaro que llore mientras canta.


IX

Cuando los cuerpos vuelvan a la vida
¿sabrán aún caminar? ¿O marcharemos
a tientas por las cosas? ¿Volveremos
a empezar, como niños, la partida?
La carne transparente y desvalida
¿se sentirá exiliada? ¿Buscaremos
andaduras, muletas, manos, remos,
en esta patria tan desconocida?
Como el enfermo vuelve vacilante
a caminar, como el desterrado
que no entiende el idioma de la gente,
el cuerpo estrenará, tambaleante,
su nuevo oficio de resucitado,
niños, por fin, reciennacidamente.


Segunda cruz
Esta mañana le he llevado la comunión a una muchacha cancerosa.

Te hablo de Rosa. La conoces. Esta
mañana vuestras carnes se juntaron
Yyhasta quizá sus venas contagiaron
su cáncer a tu Cuerpo. Sin protesta.
¡Oh, Cristo canceroso! ¡Cómo cuesta
esta segunda cruz! No te bastaron
ser hombre, barro, llanto, pan. Te resta
beber del cáncer la cruel apuesta.
¡Se va a morir! ¡Lo sabes! Ya en su vida
hay un ácido olor a sepultura,
capaz de derribaros a los dos.
¡Salva, Cristo, tu Carne de esta herida!
¿Compartiréis la podredumbre oscura,
cuerpo de Rosa, corazón de Dios?


Sonetos sobre la muerte

El no sintió que el cuerpo iba quedando
duro, de piedra solitaria y fría.
No comprobó que el corazón dormía
y que la última sed se iba apagando.
Pero allá, en algún sitio, suplicando
se oyó su muerta voz que repetía
que aceptaba morir, pero quería
salvar lo que se estaba marchitando.
Salvar la pobre carne de la muerte,
rescatar del gusano aquellas manos
y el niño corazón que tanto amara.
Pero estaba jugada ya su suerte:
era el precio que pagan los humanos.
Porque la vida siempre sale cara.





Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.