lunes, 6 de octubre de 2014

Manuel Mujica Láinez


Manuel Mújica Láinez nació el 11 de septiembre de 1910 en Buenos Aires, y falleció el 21 de abril de 1984 en Cruz Chica, Córdoba (Argentina). Entre los trece y los dieciséis años vivió en Europa, donde se familiarizó con los clásicos franceses e ingleses, y a su regreso se vinculó con A. Storni, Arturo Capdevila y otros, y más tarde con A. Bioy Casares, S. Ocampo, S. Bullrich y el círculo de colaboradores de la revista Sur. Escribe novela (sobre todo histórica y de tema argentino), crítica artística y literaria y artículo periodístico; aunque también tradujo autores tan conocidos como Shakespeare, Racine o Molière.
Ha recibido numerosos galardones (entre ellos el Premio Nacional de Literatura de Argentina de 1963), y fue miembro de la Academia Argentina de las Letras y de la Academia Argentina de las Bellas Artes, además de recibir el reconocimiento de la Legión de Honor del Gobierno de Francia en 1982 por el conjunto de su obra.

 La casa cerrada
El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado
Por nosotros, suprimiendo párrafos inútiles,
Condensando algunos y añadiendo aquí y allá un retoque.
Ignoramos el nombre de su autor.

Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo, Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos “la casa cerrada” y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada de Santo Domingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso: Defensa.
¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi madre mantuvo en el estrado con algunas señoras, y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hostiles, con su puerta que apenas se entreabría de madrugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. Harto lo sabíamos nosotros: eran una viuda todavía joven, de familia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron ni con mis hermanos ni conmigo ni con nadie, que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su enclaustramiento. Por él he sufrido mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuando la muerte se aproxima. Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó audacia.
En una ocasión —ellas tendrían alrededor de quince años—  pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de deslizarnos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. ¡Todavía me palpita el corazón al recordarlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como gatos, conseguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos muchachas sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos desde la altura, escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi memoria renazca su forma blanca y negra. Fue la única vez que las vi, hasta lo otro, lo que le narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807.
La circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía torna mitológicos.
El 5 de julio de 1807 —habría transcurrido un lustro desde que entreví fugazmente a mis vecinas en su patio— fue para mi vida, como lo fue para Buenos Aires, un día decisivo.
A las órdenes del capitán Jacobo Adrián Várela tocome defender la Plaza de Toros, en el Retiro. Me hallé entre los cincuenta o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino entre las balas, para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego en poder del brigadier Auchmury. Nuestra marcha a través de la ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los documentos oficiales. Jamás la olvidaré. Jamás olvidaré el fango que cubría las calles, pues había llovido la noche anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería. Mi jefe perdió las botas en el lodo; yo dejé un cuchillo, la faja… Nadie hubiera reconocido nuestro uniforme blanco y azul. Nadie hubiera reconocido a nadie, cuando corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas, guiados por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Várela que nos alentaba a seguir.
Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí nos enteramos de que Sir Denis Pack, herido por los patricios, se había refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros refuerzos se le sumaron, encabezados por el general Craufurd. La confusión era atroz. Los carros de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de los heridos aparecían entre los sables y los fusiles tirados al azar. Aquí y allá, los trajes de los britanos coagulaban sus manchas rojas. Desde la torre del convento, transformada en fortaleza, los ingleses sembraban el estrago. Había soldados en todos los techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras y agua hirviendo sobre los invasores.
Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del doctor Salcedo. A poco le vimos surgir entre los balaustres de la azotea, encendido, vociferante, y abrir el fuego contra el campanario de los dominicos. Nos ordenó a gritos, a quienes todavía quedábamos en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa casa, Reverendo Padre, era la casa cerrada.
Estaba cerrada como siempre. En la azotea distinguí a la dueña y sus dos hijas. Iban y venían, enloquecidas, con tachos humeantes. Uno de los oficiales se acercó a la puerta y trató de abrirla pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí mí, precisamente a mí— que destrozáramos la cerradura. Fue una impresión extraña, independiente de cuanto sucedía alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa y que me incomunicaba con ella. ¿Cómo explicárselo? Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi propia guerra personal, en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía pero de la cual me separaba una zona indefinible.
Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos como un torbellino los dos patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres nos recibieron sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo para ocuparnos de su actitud. Lo único que nos movía era matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos.
El capitán Varela apareció entre nosotros. Se dirigió a mí y a quienes me rodeaban.
—Vayan abajo —nos dijo brevemente— y secunden el tiroteo desde las ventanas.
De inmediato le obedecimos, mas cuando nos aprestábamos a lanzarnos por los peldaños, se nos cruzó la señora. Advertí entonces, en un relámpago, que ella también debía haber sido muy hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas.
Nos suplicó:
—No, abajo no…
De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en las salas y en las alcobas, ya arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos los postigos con los caños de los fusiles.
¡La otra habitación! —me ordenó un oficial—. ¡La última! ¡Encárguese usted!
Penetré allí automáticamente. Todo se hacía automáticamente ese día en que nos ensordecían las descargas y nos sofocaba la pólvora.
Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Calculé la posición de la ventana por la fina hendidura que en torno del postigo dibujaba un hilo de luz. Me adelanté a tientas y de un culatazo separé las hojas. No pensé más que en continuar matando, pero entretanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente, sólido. Cuando me detuve para cargar el arma, observé que a mi lado estaba la señora. La acompañaban sus dos hijas. Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para aproximarme y sosegarlas, y las tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en penumbra. Detrás de ellas se levantó algo que no puedo definir sino como un gruñido, un angustiado gruñido de animal.
Por segunda vez desde que había violado la clausura, me sobrecogió la sensación rarísima de que estaba viviendo un episodio aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue —claro que por momento— como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado en sí misma, como si sólo sirviera de encuadramiento remoto a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los únicos protagonistas.
Recordé que antes, a lo largo de los años, había escuchado ese mismo grito ronco. Se alzaba en mitad de la noche y me estremecía, en mi cuarto cercano, con su inflexión inhumana, agorera.
Di un paso hacia las mujeres.
—No —pronunció la señora—, por favor, no…
Detrás, en la sombra, vi al ser horrible. ¿Necesito describírselo, Reverendo Padre? Se trataba, indudablemente, de un hombre. De hombre tenía la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto era el de un niño, con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas. Clavó en mí los ojos malignos, y por ellos reconocí su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese monstruo era su hermano.
El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto me acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón me latía loco. A veinte pasos cayó un inglés con los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el pelo como las charreteras.
En la habitación, la madre  se echó a llorar. Gruñó el monstruo. Yo seguía tirando. Ya lo comprendía todo. Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.
El oficial bramó a través de la puerta:
¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!
Me ajusté el cinturón. Mis compañeros me llamaban. Me volví para seguirles. Nada había cambiado en el fondo del aposento. La madre, sentada en el lecho, gemía tapándose los oídos. Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante. Las dos hijas se abrazaban con miedo. Me miraron y adiviné en su crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes de julio. Todavía me quedaba una bala en el fusil. Reverendo Padre, cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un tiro seco, un solo tiro seco… ¡A tantos otros había muerto ese mismo día desde la retirada de la Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos, soldados que apenas salían de la adolescencia, a tantos, a tantos! Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza de cartón y de lana…
Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, hasta hoy, como me persiguió el 5 de julio de 1807 en mi fuga por la calle de Santo Domingo, negra y roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas había arrancado…»



El vagamundo

Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su vició enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero cuya presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. Por alguna parte de la pulpería se despereza ahora ese amor que enciende sus llamas secretas y que le obligará a partir. Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir en cuanto el amor alumbra. Y el amor alumbra todas las veces, en todas partes, en todas las épocas. ¡Ay, si la falta fríe grave, también es terrible el castigo! Llegar y partir, llegar y partir; con la eterna, la infinita zozobra frente a ese amor que, eludido, torna a formarse y a crecer, a modo de una enredadera que llena el aire de látigos y le impulsa a andar, a andar de nuevo, a andar…
Y así siempre, siempre, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Hungría, en Polonia, en España, en Moscovia, en Suecia, en Dinamarca; en Oriente y en Occidente; aquí y allá, aquí y allá, siempre, siempre. Siempre con sus trajes flotantes, con sus ojos pálidos, con sus barbas finas, con sus duras manos viriles. Andando, andando… Y ahora, en Buenos Aires. ¿Qué más da? También tenía que venir aquí, e irá a Chile y al Perú y a México y a donde sea, andando, andando… ¡Ojalá el amor consiguiera sofocarle por fin, para que muriera! Pero no; él no muere. No murió en Vicenza, hace tanto tiempo, cuando le encarcelaron por espía y resolvieron ahorcarle; hasta las sogas más gruesas se rompieron y el «capitano», absorto ante la maravilla, ordenó que le dejaran ir. Ir, ir… Eso era, precisamente, lo único que él no quería, mas no hubo nada que hacer. Y de nuevo a andar, a andar…
El rumor de la fiesta entra por la ventana de la pulpería, y el hombre que jamás sonríe no lo escucha. Escucha con los oídos de su corazón a ese amor que madura en alguna parte, cerca, muy cerca, detrás del flaco tabique que aísla su cuarto de viajero. Tanto ha caminado, que confunde las regiones, los años y los episodios; pero al amor no lo confunde porque el amor es el enemigo y siempre debe estar pronto a enfrentarlo, a prevenirlo, a rechazarlo, y sus sentidos se han aguzado sutilmente, horriblemente, para percibir su presencia en seguida. Lo demás… lo demás ¿qué le importa? En Venecia, en Ñapóles, en Sicilia, cantan su historia extraña o la refieren; con ella compusieron los ingleses una balada, y los flamencos otra, que es como una queja dulce. Los imagineros populares pregonan su efigie y le dan nombres distintos. A veces las gentes le han acosado como a un perro rabioso, y a veces le agasajaron y pidieron su consejo. En Alemania, el populacho cristiano invadió en más de una ocasión los barrios judíos, gritando que le tenían allí oculto y que le quemarían en el mercado; y en Florencia la multitud colmó la plaza de los Alberti para verle, tocarle y acompañarle entre hachones deslumbrantes hasta la Señoría, donde le acogieron como a un huésped ilustre. Y en España le llamaron Juan Espera-en-Dios, y en Siena… en Siena tuvo que resolver si el cuadro en el cual Andrea Vanni representó a Cristo agobiado bajo la cruz estaba parecido, si Cristo era en verdad así… Pero de eso hace mucho tiempo… centurias… Su vida se mide por centurias…
El rumor de la fiesta invade su aposento. El cortejo estará llegando. El hombre se pone a la ventana y observa, en frente, la iglesia de Monserrat adornada con ramos de olivo y con banderas. Repican las campanas. Golpean los tambores de los negros. El carro triunfal rueda por el medio de la calle. La muchedumbre lo rodea entre cánticos y vivas.
A su espalda la puerta se abrió y entra la sobrina del pulpero. Sin volverse, el hombre siente que el amor está ahí, flotando, que todavía no se define y titubea, pero que ya está ahí y ya empieza a mostrar las uñas y los colmillos.
—Mi tío manda decir a su mercé que si no quiere bajar al zaguán, que asistirá mejor a la fiesta.
El hombre recoge su atado, la alforja que tiene perpetuamente lista, y la sigue. Sabe que pronto deberá partir.
En el zaguán aplástase la gente. El olor de los asados que crepitan detrás de la iglesia se mezcla al perfume de las magnolias. Hay quienes se han puesto de rodillas. Afuera, brilla el rojo. Todo es rojo en la parroquia de Monserrat, esta mañana de fiesta: las colgaduras, los cintajos, los abanicos, las testeras y coleras de los caballos, los chiripas que ondulan en la brisa. Las flores y el hinojo alfombran las calles. Ilumínanse los vidrios de las casas con las luces internas y se recortan, pegados en las ventanas, los versos que elogian al Restaurador, a Rosas el Grande. Y el Restaurador avanza de pie, en la majestad del lienzo enorme pintado quizás por García del Molino. Triunfa en el carro lento, tapizado de seda escarlata, que los clérigos, los militares y los magistrados empujan hacia la iglesia de Monserrat, como si condujeran en alto, sobre las ruedas pesadas, una hoguera.
El hombre de barba fina y ojos pálidos mira el desfile sin verlo. Otros muchos desfiles ha visto en su vida andariega. Ha visto la entrada de los podestás orgullosos, en las ciudades del Renacimiento, bajo arcos esculpidos por los artistas admirables; ha visto a los emperadores, al frente de los cortejos heroicos, las coronas ciñéndoles los cascos de hierro, al viento los estandartes, y alrededor los siervos humillados en la nieve. Ha visto… ¿qué no ha visto él, que conoce todos los idiomas y todos los dialectos, que habla el toscano y el bergamasco, y la lengua de Sicilia y las jerigonzas indostanas y las fablas chirriantes del Asia Menor?
Mira el desfile sin verlo. Otra comitiva pasa ahora ante la inmensa lasitud de sus ojos. ¿Siempre tendrá que verla, Dios de Moisés y de Elias? ¿Siempre se renovará la escena de su maldición?
Él era zapatero, en Jerusalén. Cuando el que arrastraba la cruz se detuvo ante su puerta y se apoyó en ella un instante, para recobrar las fuerzas, él le dijo ásperamente:
-Ve, sigue, sigue tu camino.
Y Jesús le respondió, escrutándole con los ojos húmedos:
—Yo descansaré, pero tú caminarás hasta que regrese a juzgar a los mortales.
Y el Señor continuó su marcha. Venía de lejos, del lithostrotes de Poncio Pilato, de la casa de Anas, de la casa de Caifas, y trepó la cuesta del Gólgota, cayendo y levantándose, entre el cortinaje de picas y el llanto de las mujeres piadosas. Su huella era purpura.
El hombre baja los párpados. Los alza una vez más y nota que el carro de triunfo se para delante de la iglesia de Monserrat y que descienden con pompa el retrato del dictador rubio en cuyo uniforme ciega el oro de los laureles.
¡Ay, a aquel otro, al que sudaba sangre, no le llevaban en un carro de gloria! Los pretorianos se mofaban de él y los caballos manchaban sus vestiduras con el lodo que arrojaban al pasar al galope.
—Yo descansaré, pero tú caminarás…
Ya lo siente. El amor, su enemigo, está aquí. La sobrina del pulpero le roza el brazo y él siente el contacto como una quemadura cruel. Es el amor: el deseo antiguo como el mundo; el hambre que devora y enriquece; el hambre de los cuerpos y las almas; el hamEl peregrino aprieta los labios para no pronunciar las palabras que debe decir cada vez, pero las palabras le horadan los labios y escapan, monótonas, como siempre:
—Ve, sigue, sigue tu camino.
La muchacha le contempla asombrada. ¡Sería tan hermoso quedarse junto a ella, hundir la cabeza en la frescura de su regazo, y reposar! Pero no. El amor es el signo, la orden de marcha. Hasta el fondo de los tiempos le perseguirá, irónico, vengándose sin alivio de quien odió porque sí, por odiar, sólo por odiar.
El judío errante se echa la alforja a la espalda y se aleja. 



El ilustre amor

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor.
Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: «Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…».
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quien gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
—¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey?
El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones. Chisporrotean, celosas.
—¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los Duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobiscum.
Las vecinas se codean:
—¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo.
Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil ilusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte? ¿Dónde se encontrarían?
—¿Qué hacemos? —susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas.
Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca. 



El poeta perdido

Cuando el hijo de Sebastián Montalvo quedó huérfano, su tía abuela Catalina Romero de Islas le llevó a vivir con ella en su casa vecina del convento de Santi Domingo. El niño tenía entonces ocho años. Había heredado, con la frágil belleza de su madre, la aguzada sensibilidad paterna. Tales condiciones, características del «adolescente triste y hermoso», despuntaron en una época de la historia en que ser hermoso y triste alcanzó una importancia desconocida en otros tiempos.
De su infancia en la quinta de San Isidro no conservaba más que recuerdos vagos. Su madre era para él una señora perdida entre muselinas, apoyada en un jarrón de mármol roído por el musgo; su padre, un caballero que tosía en el pañuelo blanco y que permanecía las horas con los ojos fijos en el río y en su quietud. Al tío Rodrigo Islas, el demente, le había entrevisto detrás de las rejas del cuarto del mirador. El destino segó sus existencias una a una, en pocos años, como si hubieran estado enredados sus hilos y el primer corte hubiera bastado para aflojar toda la trama.  La madre murió cuando iba a dar a luz; al padre le hallaron inmóvil en su lecho, una mañana, con la almohada manchada de sangre; el tío Islas se quitó la vida misteriosamente después de la desaparición de su hermana.
A los ocho años Francisco había sufrido heridas que le dejaron cicatrices profundas. Su niñez transcurrió vestida de luto. Desde entonces, el negro fue su color. Jamás se le vio reír. Sus labios sólo conocieron una sonrisa tenue, aquella que ensayaban los hombres del Romanticismo por literatura y que en él se producía naturalmente, como una pálida flor desvanecida.
El resto se desleía en sus primeras memorias. Veíase acurrucado en los brazos paternos, una tarde de mucho frío, en la quinta de Pueyrredón. Un militar moreno inclinó sobre él los ojos ardientes. Después supo que era el general San Martín. Veíase también entrando en la sala de misia Mariquita Sánchez. Había varios señores que discutían con europea elegancia. Uno de ellos ——el joven y demacrado Juan Cruz Várela— le rozó la frente con los dedos flacos:
—Este niño será poeta.
Veía estatuas agobiadas por la hiedra, balaustradas y galerías en cuyos capiteles anidaban los horneros, y de nuevo el rostro del tío loco en la ventana gorjeante, y los pasos menudos de la madre en los senderos que el trébol invadía. Todo eso tenía un olor de nardos y de magnolias y la música de un piano invisible.
La tía Catalina Romero usaba unos anteojos con vidrios gruesos como fondos de botella. El bozo le azulaba el labio. El mínimo necesario de carne cubría sus huesos largos, bajo el pellejo. Flotaba en su torno, como algo imperceptible pero presente, la atmósfera agria de las hembras sin amor. Se adivinaba que el amor debía haberse estrellado contra esos huesos, a modo de la espuma que se deshace en el filo de los acantilados, y que nada, ni una onda siquiera de su marea generosa, habla refrescado su corazón.
¿Cómo habría sido el fabuloso tío Islas que osó darle su nombre? ¿Qué coriácea armadura le había permitido compartir la cama estéril de esa mujer, la cama que era imposible imaginar mullida y fragante, la cama de vértices y de aristas?
La sombra del marido se volvía neblina en el tiempo. Cuando se le citaba —y eso ocurría rarísima vez—, sorprendía a la rueda como si un forastero sospechoso hubiera entrado súbitamente en la habitación. Tanto desazonaba la aparición del intruso —acaso por la obscenidad antinatural que suponía la idea de un hombre conviviendo con doña Catalina— que las señoras visitantes evitaban aludir a él. Ella misma le había relegado en la última alacena de su memoria. No le sacaba a relucir sino en los momentos graves. Si advertía que se dudaba de algún aserto suyo, subrayaba, relampagueando los cristales: «El señor Islas de Garay pensaba lo mismo». Y aunque la concurrencia intuyera que el mítico caballero no había podido opinar de la suerte, era tal la incomodidad que suscitaba el fantasma, que la gente cedía, para conjurarlo y para que se fuera, de allí.
Ese círculo de damas viejas, que ni los achaques ni la muerte conseguían diezmar, estrechó sus anillos alrededor de la juventud de Francisco. A él se añadieron los hábitos talares del convento cercano. Solamente se aflojaba su presión en el refugio estival de la quinta.
Si Catalina Romero acogió en su casa a su sobrino, no fue por caridad. A su mayoría, Montalvo recibiría una fortuna en tierras y ganados. Con la señora vivía una niña pobre, hija de una hermana suya, y la tía planeo su boda cuando el uno contaba ocho años y seis la otra. Le gustaba organizar la existencia de los demás, obrar sobre ella como un agente divino. Tal vez eso había precipitado a su esposo camino de la tumba.
-Francisco casará con Teresa beatas. A través de la ventana, las amigas observaban a los chicos que jugaban en el patio. No parecían entenderse muy bien.
Catalina limpiaba las antiparras de escribano y agregaba:
—El señor Islas de Garay deseaba que esta boda se hiciera.
Las presentes notaban el lapsus, pues ninguno de los dos interesados había nacido cuando el caballero había alcanzado ya, definitivamente, la categoría espectral, pero preferían no señalarlo. Algunas eran tan milagreras que barruntaban que Catalina dialogaba con su marido después de muerto, y atisbaban sobre el hombro, recelosas, hacia los rincones.
Los dominicos —siempre entraban y salían en esa casa de sahumerio eclesiástico— aprobaban con la cabeza, dando al mate unas chupadas sonoras.
Los veranos transcurrían en quinta de la barranca de San Isidro. Francisco renacía allí. Aunque desde su infancia comprendieron sus allegados que nunca gozaría de mucha salud —quizá tuviera los minados pulmones de su padre—, Francisco crecía en donosura.
A los diecisiete años, las muchachas se volvían para mirarle, disimulando con las mantillas, cuando pasaba a caballo, volcada la capa negra sobre el anca del alazán. Lo que más las impresionaba era su palidez, las venas azules diseñadas en las sienes bajo la masa de pelo oscuro, desmadejado, y aquella esbelta delgadez que tan bien se avenía con las ceñidas botas y los chalecos de seda.
La viuda de Islas se había aplicado, desde que Francisco cayó bajo su tutela celosa, a aclarar la trabazón del alma del adolescente, en busca del sendero que la conduciría hasta su intimidad, pero presentía que siempre había algo más allá, algo que esquivaba su conquista, una cámara secreta. Su impotencia para atravesar los umbrales postreros la encolerizaba. Conjeturaba que no se podía ocultar a su penetración nada bueno. Revisaba sus bolsillos. Le abría los cajones. Escuchaba tras las puertas. Ya colérica, ya mimosa, persistía en su indagación. A veces se decía que aquéllas eran sólo fantasías de su cavilar, pero otras, un parpadeo, un ademán del huérfano, bastaban para encender su curiosidad alerta.
Francisco emprendía largas caminatas por la costa. La viuda desplegaba su táctica para evitarlo. Sabía que la gracia física y la posición de su sobrino no dejarían de tentar a las vecinas duchas. Al mismo tiempo le preocupaba que se murmurara que prefería el solitario, vagar a los halagos de la quinta, donde le aguardaban su tía y su novia. Pero sus sermones eran inútiles. A poco, Montalvo había desaparecido rumbo a los terrenos del Santo o a la propiedad de los Pueyrredón.
En San Isidro la independencia de Francisco era mayor que en la ciudad. La finca le pertenecía y quedaban en ella esclavos de la época de su padre y de su abuelo. Para ellos, «el amito» era el amo. Montalvos e Islas de Garay habían vivido entre esos blanqueados muros, de generación en generación, para que un día albergaran al descendiente melancólico, al niño triste y hermoso de los cuentos. Además el paisaje estaba tan mezclado con sus recuerdos que por él se evadía de los rigores tutelares. Ni Catalina ni Teresa podían seguirle, aunque permanecieran a su lado, cuando deslizaba la mano sobre la pared que suavizaba la glicina o sobre el ánfora de mármol roto. Adivinaban que el muchacho sentía un latir humano bajo la palma, como si la sangre de los dueños anteriores corriera en la materia inerte y sólo él captara su mensaje.
Al atardecer, olvidado el libro de vidas de santos sobre las rodillas, miraba hacia afuera. La noche penetraba en el patio como una mujer negra coronada de luciérnagas y perfumada de azahar. Al mugido de una vaca remota, al relincho de un potro, respondían los ejes de una carreta fatigada y el alto grito cruel y como ensangrentado de un gallo victorioso. En los oídos de Francisco sonaban a manera de una sinfonía. Noche a noche, sumábase al coro un instrumento. Sosegábanse después los rumores del campo. Era la hora de rezar el rosario en el corredor, frente a la imagen de San Isidro que cabeceaba en el temblor de las velas. Mientras dirigía las oraciones, cofriendo las cuentas entre los dedos viriles, la tía espiaba al mozo. La voz del muchacho naufragaba en la gangosa respuesta de los negros. El despecho de la viuda llegaba entonces al colmo. Olvidada del empaque propio de sus años, hubiera querido arrojarle a la cara el rosario bendito por su pariente Fray Julián Perdriel, sacudirle por los hombros y enrostrarle, delante de la asustada servidumbre:
-¿Pero no tienes alma? ¿No tienes alma para mí? ¿Qué me escondes? ¿Qué me escondes?
Francisco presentaba una faz impávida, irritante de ausencia. Cantaba un pájaro, de repente, en una de las jaulas, y al punto se le iluminaban los ojos. La viuda proseguía:
—Dios te salve, María, llena eres de gracia…
Sabía que su sobrino no estaba allí.
Una extraña timidez había entumecido desde sus primeros años al muchacho. Las sucesivas tragedias de su infancia hicieron germinar sus sentimientos precozmente, de manera que fue tal la desproporción de los mismos con su edad que a los primeros choques —pues nadie entendía su sensibilidad— se vio obligado a disimularlos. Surgió así una tendencia a la ocultación propia de los reprimidos, un perpetuo miedo de revelarse y de que no le comprendieran, que se reflejaba en su apocamiento. Luego su propia hermosura contribuyó a aumentar su confusión. Él, que hubiera deseado pasar inadvertido, era el centro de la atención donde fuera. Las mujeres jóvenes le observaban de hito en hito y también las viejas le comían con los ojos. Algunos hombres bajaban los parpados precipitadamente, cuando se volvía a mirarles, medrosos de que descubriera en ellos cuanto querían velar.
Además la tía Catalina se encargó muy pronto de aislarle y con ello facilitó su inclinación morbosa. De haber sido una mujer inteligente, se hubiera percatado de que lo que Francisco requería era precisamente lo contrario: alguien que le empujara hacia el mundo, que le explicara que éste no es un monstruo hipócrita sino un animal rebelde que es menester domar y que una vez dominado obedece al tirón de riendas. Pero el sello del carácter de la viuda de Islas fue su ceguera psicológica. Jamás intuyó nada de lo que embargaba el espíritu de su sobrino nieto y que año a año agregaba nuevos nudos a su prisión. Aún más, cuando notó en él algún movimiento espontáneo —como su cariño a la quinta, por ejemplo— se aplicó a combatirlo sin razonar, por celos. Celaba cuanto pudiera privarla de una partícula de la voluntad de Francisco. Acaso sea justo decir que si auspició con tanto empeño la boda del muchacho con su sobrina fue porque percibió que no la amaría nunca y que de ese lado nada tenía que temer. Francisco fue su único amor, pero nunca quiso analizar esa corriente de su alma y nadie, ni siquiera sus confesores, sospechó el verdadero móvil que la impulsaba a posesionarse del adolescente sin compartirle. Los mismos dominicos, inconscientemente, alentaban su actitud, al aprobar cómo defendía a Francisco de las asechanzas mundanas.
Pero si la debilidad de Montalvo entregó sus baluartes al lidiar inquisitivo de la tía Romero, hubo uno que conservó intacto con toda su fortaleza: la quinta. La quinta era para él mucho más que su casa y su palomar, su jardín y sus frutales, sus negros y sus tropas de vacunos que pastaban del lado del camino del fondo de la legua, allí donde la quinta se volvía chacra. Era lo suyo, su castillo.
Frente a la falta de perspicacia de la gente, la quinta le comprendía, como una amante leal. Él le devolvía el sentimiento. Conocía cada uno de sus árboles, desde los talas que se arañaban sobre el declive frontero del río, y el timbó y las enredaderas que enrojecían los muros en otoño, hasta los ombúes anclados como carabelas en la inmensidad de la llanura. Conocía sus rumores y sus perfumes, sus asperezas y sus suavidades: el rozar del lagarto en la hierba y el olor de las fogatas crepitantes, el canto de los pájaros distintos, el zumbar de los insectos y el dulce aroma de las pequeñas flores abrazadas a las cortezas robustas.
Cuando Catalina Romero creía que escapaba de la quinta hacia los terrenos donados al Santo Patrono por la piedad del capitán Acassuso, o hacia las residencias patriarcales de alrededor, se equivocaba. Rara vez abandonaba los límites de la propiedad. Solía trepar hasta la copa del aguaribay opulento, o tenderse a la vera de los juncos de la orilla. Sólo así era feliz. Sólo así se sentía seguro. Sólo así vivía las vidas intensas que le vedaba la realidad.
A los quince años había comenzado a anotar en un cuaderno todo lo que le sugerían sones y fragancias. Pronto, la cadencia del verso encuadró línea a línea su emoción. Los cuadernos se sucedían, colmados de una caligrafía diminuta. Los guardaba en el hueco de una viga, en su casa de Buenos Aires, y bajo el piso, alzando uno de los tablones, en su habitación de San Isidro. Eran su invisible tesoro, su secreto, su única intimidad.
La tía ni imaginaba su existencia.
En Buenos Aires, en los cursos de latinidad y de retórica, Francisco atrajo a los muchachos más descollantes de su época. Vicente Fidel López, Félix Frías, Miguel Cañé, Juan Bautista Alberdi, Miguel Esteves sintieron la seducción de su gracia. No era un alumno extraordinario. A veces, en mitad de la clase monótona del señor Guerra, Alberdi le soplaba por lo bajo la espinosa cita de Virgilio, o López le susurraba, junto a la cátedra de Alcorta, el final del concepto filosófico que había desordenado.
—Francisco Montalvo vive en la luna —decía Miguel Cané, abriendo mucho los ojos negros en la cara redonda. Y en la luna le dejaban, respetuosos de su misterio, de ese curioso alejamiento que le proyectaba fuera del aula, por encima de los tejados, hacia el mirador distante, hacia las lentas nubes copiadas por el río. Pero ignoraban todos adonde le conducían esos viajes ensimismados. Como nadie hacia confidencias, le suponían apasionado por su prometida. Y la verdad es que Francisco no sabía responder a sus maestros porque hacía varios días que una estrofa —o algo menor, un adjetivo, la forma de una imagen— le daba vueltas y vueltas en la cabeza, obsesionándole, hasta que hallaba la solución en el momento menos pensado, como suele ocurrir a los poetas, y, distraído de la severidad del profesor de la Peña o de los latinajos del profesor Guerra, fijaba su conquista en cualquier trozo de papel blanco, en el margen de Salustio o en el de la Retórica de Blair.
Los muchachos que hubieran deseado tenerle por amigo abandonaron tal propósito, enfriados por su timidez que tachaban de indiferencia. Ellos andaban siempre juntos, en los reñideros de gallos, en las guitarreadas del barrio del Alto, entre las «chinas» chacotonas, o en las discusiones sobre literatura y política. Francisco ansiaba confundirse con ellos, ser uno de tantos, dentro del grupo juvenil y alegre, pero se lo impedía ese confinamiento invencible que era tal vez su encanto más singular.
En 1832, durante los últimos meses del primer gobierno de Rosas, cuando se fundó en la casa de los abuelos de Cañé la pomposamente denominada Asociación de Estudios Históricos y Sociales, Francisco asistió a algunas de sus reuniones. Los mocitos se arrojaban a la cabeza, como proyectiles centelleantes, los nombres de los autores nuevos: Prosper Mérimée, Désiré Nisard, Edgar Quinet; se arrebataban los números muy sobados de la Revue de París; hablaban de Víctor Cousin, de Michelet, de Hugo, de SainteBeuve. Corría por la sala un soplo caldeado. Cañé golpeaba sobre la mesa con los puños cuando mencionaba a Manzoni, su ídolo; Frías sostenía, entre las burlas de sus compañeros, la superioridad de Martínez de la Rosa sobre Mirabeau; Laureano Costa criticaba a Vicente Fidel López. Francisco Montalvo permanecía mudo, hojeando los libros. Un día, cuando todos salían para sus casas en un revuelo de capas y de chisteras, le encontraron en el patio. No había entrado en el salón y se había entretenido en conversar con misia Bernabela Andrade, la abuela materna de Cañé. La gruesa señora, arrebajada en su pañoleta celeste, estaba contándole en el columpio de la tonada cordobesa algo de su estancia «Los Algarrobos», en el pago de San Pedro, cuando les rodeó la algarabía de los muchachos.
-¡Queremos saber de qué se trata! —gritaba López, zumbón. Pero Francisco ya se había encerrado en sí mismo y se envolvía en la capa negra, con aquel ademán estatuario que ejecutaba naturalmente y que Cañé se desvivía por imitar.

El poema de la quinta crecía despacio. Francisco volvía a él de tiempo en tiempo. Lo dejaba madurar. Por debajo del canto a la naturaleza, como un río subterráneo, fluía a lo largo de las estrofas la historia sin historia de su vida. Ni él mismo se daba cuenta de las presencias sutiles, pero cuanto había intuido de su madre, de padre y de su tío Rodrigo, flotaba en el arcano de las alegorías que sólo él podía interpretar plenamente. Ese poema, tan clásico en su estructura rigurosa, tan romántico en ciertos desalientos y frenesíes, tan inesperado en el Río de la Plata, en momentos en que Echeverría no había publicado aún sus «Consuelos», era para Francisco Monta!vo fuente de energías y camino de desahogos. Cuando tomaba la pluma, frente a la bujía, se despojaba de su timidez como de una cota de hierro. Presentía que llegaría el instante en que su canto le revelaría a los demás. Entonces todo lo que había sufrido por su retraimiento se desharía como el hielo al calor, para mostrar bajo la rígida lámina su trémula intimidad. Pero para lograrlo el canto tenía que ser perfecto. Por eso volvía sobre las estrofas con ahínco, raspando, anulando, destruyendo en un segundo de autocrítica desesperada la obra de meses.

En 1834, cuando Francisco acababa de cumplir veintidós años, el presbítero Cornelio Cipriano Goneti, párroco de San Isidro, bendijo su boda con Teresa Rey. En seguida se establecieron en la quinta, en las habitaciones que fueron de los padres de Montalvo, en tanto que la tía Islas ocupó las que clausuraban el patio del lado opuesto.
La vieja señora triunfaba. Ya nadie podría quitarle a su sobrino. Después de comer, cabalgándole sobre la nariz los enormes anteojos, levantaba la cortinilla de tul, en su ventana, para vislumbrar a los muchachos que paseaban por el jardín.
El poema tocaba a su fin. Francisco trabajaba incesantemente en pulirlo y redondearlo. Para justificar sus ausencias, había dicho a las señoras que preparaba su tesis. A Teresa no le interesó la aclaración. Las cosas de su marido no le importaban. El matrimonio le había procurado lo que siempre ansió tener: el bello nombre de Montalvo y un porvenir de gran dama vanidosa. No hacía más que probarse las alhajas de la madre de Francisco. Por haber convivido con él desde su infancia, ya no veía su física hermosura, la que sólo conmovía su orgullo cuando entraban al templo, los domingos, entre la admiración de las mozas.
Pero la vigilante viuda no se contentó con las explicaciones. Demasiado bien conocía el desdén de su sobrino hacia el estudio. No. Ahí había algo distinto, algo que se completaba contra sus planes, algo que quería sobrepujar su voluntad. En el cuarto del mirador, alquimias oscuras operaban contra su influencia. Acaso estuvieran en juego los elementos imponderables que desde la niñez del muchacho pugnaron por socavar su dominio sobre él y cuya esencia ignoraba.
Entretanto, Francisco había resuelto dar el definitivo paso de su vida.
En enero de 1835, Marcos Sastre fundó su librería en la calle Reconquista. Los muchachos acudieron a ella en bandada. Mil volúmenes escogidos tapizaban su salón. Allí se fumaba, charlaba y reía, alternando la broma con el tema grave. Vicente Fidel López llevó a Francisco el sancta sanctorum una tarde de marzo, y le refirió los proyectos que abrigaban para el futuro. Había que dar conferencias, que organizar debates, que recitar versos, que irradiar la luz del espíritu frente a las sombras del tirano.
-Estoy seguro —le dijo mientras revolvían los tomos franceses— de que tú compones versos. Nunca me lo has confiado pero creo que no me equivoco.
Francisco volvió hacia él los ojos rasgados de su madre. Por primera vez, quebró su timidez.
-Es cierto.
Brilló la mirada del otro en las cuencas hondas.
—Entonces tienes que prometer que mañana nos leerás algo.
Montalvo quiso defenderse, pero fue en vano. Ya estaban los demás en torno, y Juan María Gutiérrez declaraba que traería el laurel para trenzar su corona.
La noche anterior había sido terminado el poema de la quinta. Sus estrofas colmaban cuatro cuadernos que en ese momento reposaban dentro de una caja de latón, bajo el piso de su estudio de la casa ancestral.
—Bueno —respondió, y su voz resonó como la de un extraño en sus oídos—; mañana vendré.
Aplaudieron todos y Juan María chasqueó la lengua. López le pasó la mano por la frente:
—¡Un poeta! ¡Un poeta! ¡Tenemos un poeta!
Francisco recordó el día distante en que los dedos fríos de Juan Cruz Várela le ungieron en la sala de misia Mariquita Sánchez.
Montó a caballo y lo espoleó hacia San Isidro. Largo sería el galope, mas estaba habituado a hacerlo y hoy el viaje le parecía más holgado que nunca, a pesar del huracanado viento que le tironeaba de la capa.
¡Bien valían los años de incertidumbre, a cambio de la sensación que le embargaba ahora! Había vencido. Se había vencido a sí mismo. Con su quinta por aliado, había derrotado a los enemigos que, asombrados sobre su cuna, le condenaron a un destino de permanente indecisión. ¡Libre! ¡Libre! Las estrofas más felices cantaban en el compás de las herraduras. Eran las que dedicara a referir cómo florece la magnolia y cómo se acuesta el sol entre los árboles. O no… no… mejor aquella en que los gauchos, sentados entre las ruedas del carretón, miran la ondulación del alba sobre los flamencos rosas… O mejor aquella en que la hebra de hormigas asciende por la desnudez de la estatua…
Advirtió que, como otras veces, su flaca memoria no Le permitía reconstruir los versos. El poema se le escapaba, se le diluía. Declamaba el comienzo de la parte del río, los octosílabos con los cuales había querido reproducir la música de los juncos, y a poco olvidaba el resto. ¡Y las estrofas de las boyadas que regresan al atardecer! ¡Y la de las mariposas que revolotean bajo el alero, en verano! ¿Cómo era aquélla? No. No podía decirlas. Se le esquivaban en el texto elaborado durante tanto tiempo.
Comprendía, por fin, que su canto era bueno, que nada de lo que hasta entonces se había producido en el Plata podía comparársele. ¡Adiós, pues, a los terrores infantiles! ¡Desgarradas, las ligaduras!
Galopaba en alas de la canción. El viento restallaba sus látigos furiosos. Unos aguateros, entusiasmados por su suelta elegancia, le saludaron con la mano, y un mendigo barbudo que cabalgaba como él se quitó el sombrero a su paso, mientras el pampero le arremolinaba los andrajos grises.
Francisco Montalvo sonreía. El pegajoso secuestro, la imposición de un casamiento sin amor, las torturas de su alma apocada, siempre insatisfecha, abdicaban ante el irresistible impulso.
Ya caía la noche entre las campanadas de la capilla de San Isidro. Algo más allá, se enrojecía el paisaje. Frenó el animal delante de la quinta. El mirador ardía en la oscuridad como una antorcha inmensa. Los reflejos del incendio despertaban formas desconocidas entre los árboles que despeinaba la tormenta.

Esa mañana, no bien partió Francisco para Buenos Aires, la tía Catalina resolvió realizar una inspección cuidadosa en el mirador, para salir de dudas de una vez y averiguar qué retenía a su sobrino allá arriba. Propuso a Teresa que la acompañara, pero ésta se encogió de hombros. La muchacha acarició el collar de diamantes que ceñía su cuello y que resultaba absurdo en tan hogareña sencillez. Que la tía hiciera lo que se le antojase y que la dejara en paz. ¿Qué podía hallar en el famoso cuarto secreto? Francisco no era un Barba Azul. Nada… las cuartillas de la tesis… que la dejaran en paz…
Pero la viuda bullía ya de impaciencia. La despreocupación de su sobrina le sirvió de acicate, porque creyó percibir en ella el dejo de un reproche insoportable para su vanidad. Descubrió la llave en el cuarto de Francisco y subió penosamente la escalerilla de caracol que conducía a la azotea. Un viento tempestuoso sacudía los follajes. Entró en el estudio y cerró la puerta con llave, para evitar sorpresas inoportunas.
Era una pequeña habitación cuadrada, que recibía luz por dos rejas, las mismas en las que tan a menudo apoyó su frente lívida Rodrigo, el enclaustrado. Una claridad fantástica las bañaba. El ruido del ventarrón avivaba ecos en los rincones y hacía silbar la extinguida chimenea.
Todo estaba en orden. En los anaqueles alineábanse unos pocos libros y sobre la mesa blanqueaban los papeles. La tía Romero los revisó sin encontrar nada. Lo mismo sucedió con los cajones. Al revés de lo que podría esperarse, la falta de inmediatas pruebas le dio ánimos. Evidentemente, aquí se ocultaba algo, algo que no se dejaría al alcance de los intrusos. Uno a uno, registró los libros de la biblioteca.
Entretanto la tormenta bramaba de cólera. Muy pronto cayo sobre el jardín una sombra verdinegra. La señora aseguró las ventanas y encendió el candelabro de tres brazos. El aire que se colaba por la chimenea hizo bailotear las llamas. Alzó las velas y torno a recorrer el aposento palmo a palmo. No bajaría del mirador con las manos vacías. Se sentó junto a la mesa y dejó la llave sobre la tela de cachemira de la India, muy manchada de borrones, que tapaba su parte superior. Escuálida, huesuda, brujeril, hurgó con la imaginación en pos de escondrijos. Las paredes eran de ladrillo pintado. Imposible disimular nada en ellas. Tampoco estaba lo buscado en el escritorio ni en la biblioteca. Palpó en el hueco de la chimenea, estremecido por el viento, con igual resultado. Volvió a la silla y dio un brinco. ¡El piso! ¿Cómo no había pensado en el piso? De rodillas, empezó a golpear los tablones. Uno cedió. Adentro, en una caja de latón…
Colocó su tesoro sobre la mesa. Eran cuatro cuadernos en los que reconoció la escritura de su sobrino. Los hojeó anhelosamente e hizo una mueca de disgusto. ¡Versos! ¿Y para eso se había tomado tanto trabajo?
A la luz oscilante del candelabro leyó el título: «La Quinta», y de inmediato su interés renació, más poderoso.
Siempre había odiado a la quinta de los Montalvos, la quinta que no era suya. Desde la niñez de Francisco, había notado que el chico le oponía allí una resistencia sorda, de la cual carecía en Buenos Aires, como si la casa de sus abuelos le infundiera insólito vigor. ¡La quinta! ¡La quinta!
Volteó las páginas. La quinta cobraba en ellas una grandeza insospechada. De estrofa en estrofa, Francisco revelaba lo que significaba para él esa propiedad maravillosa. Sus árboles, sus pájaros, su río, sus nubes, cantaban en los octosílabos musicales. Pero la viuda permanecía impenetrable a su lirismo. Se percataba, con asombrada amargura, de que Francisco no le había pertenecido jamás, como jamás sería de Teresa; que su dueña era esa quinta execrable, de la cual hablaba con frases de enamorado, con frases que ni ella ni su sobrina habían escuchado nunca.
Sus dedos amarillos arrugaron los folios, al pasar del uno al otro cuaderno. Afuera se sucedían las ráfagas impetuosas. La viuda llegó a la estrofa en la que el muchacho describía la estatua italiana del jardín. Detrás de las gafas, brillaron sus ojos. Si algo la enconaba especialmente era esa escultura demoníaca, con su grácil desnudez que le hacía sentir la indeseable sequedad de su cuerpo. Francisco se extasiaba en la cadencia de las rimas y contaba cómo, en los crepúsculos estivales, cuando el sol doraba la transparencia marmórea que recorrían como ríos las venas celestes, una hebra de hormigas trepaba por los flancos hacia la sombreada morbidez de los pechos, a manera de una caravana que asciende hacia el frescor de un oasis al amparo de las dunas.
Se puso de pie y gritó:
-¡Porquería!
Luego, incapaz de contenerse, desgarró las tapas de los cuadernos, arrancó sus hojas y arrojó las destrozadas cuartillas a la chimenea, sin cesar de mascullar improperios. Inclinó el candelabro y el fuego hizo pronto presa de una de las páginas. Se dobló nuevamente, para propagar la combustión al resto, y los anteojos titubearon y cayeron en el hogar. Casi ciega, quiso rescatarlos, pero sus afanes resaltaron inútiles. El aire loco levantaba la humareda y las llamas rojas. Retrocedió hasta el centro de la habitación, fascinada.
Entonces el viento se introdujo como un gran pájaro graznante por la chimenea y echó a bailar los papeles incendiados. Uno de ellos, arrebatado por el soplo, empezó a quemar una de las cortinas. Otro, como si estuviera dotado de vida, saltó sobre la silla de paja y abrió allí sus alas multicolores.
La viuda tanteó la mesa, en pos de la llave, y sus dedos temblorosos la empujaron al suelo. Oyó el tintineo burlón en las tablas. Aterrorizada, se puso de hinojos y manoteó torpemente. Quiso serenarse. Debe de estar por aquí… por aquí debe de estar… Pero se dijera que la llave vivía también, que le habían brotado unos piececitos silentes y que se había lanzado a correr por el cuarto que el humo invadía.
Catalina Romero se orientó hacia las ventanas con los brazos extendidos. Los muebles le salieron al paso. El cuarto vacío se había llenado de muebles. ¿Y las ventanas? ¡Ah, ellas también ¡Ellas también huían! ¿Dónde estaban las ventanas, en medio de esa hoguera que la rodeaba por doquier, en medio de ese sinfín de sillas y de mesas que la herían con las faldas esterilladas, con las caderas de caoba, con los senos de mármol? ¿Y sus gritos, nadie escucharía sus gritos en la tempestad? La quinta, la vieja enemiga, se había conjurado contra ella.
-¡Porquería! —exclamaba entre los accesos de tos—, ¡porquería! —como si sus labios no pudieran modular otra palabra. Hasta que uno de los chamuscados fragmentos del manuscrito se adhirió con uñas incandescentes a sus encajes. Era, precisamente, aquel en el cual el poeta —el poeta que ya nunca volvería a escribir— cantaba la gloria de la estatua desnuda desperezándose al sol.