lunes, 27 de octubre de 2014

José García Nieto

José García Nieto (Oviedo, 6 de julio de 1914 – Madrid, 27 de febrero de2001), poeta y escritor español, ganador del Premio Cervantes y miembro, junto a Gabriel Celaya, Blas de Otero y José Hierro, de la generación poética de la posguerra española.
Comenzó estudios de Ciencia Exactas, que abandonó para dedicarse al periodismo en Madrid, donde contactó con el círculo literario del Café Gijón. 
El 13 de mayo de 1943 aparece el primer número de la revista Garcilaso, de la que es fundador y director. Ha sido galardonado en 1950 con el Premio Adonais por Dama de soledad, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española por Geografía es amor en 1955 y el Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones, 1951 y 1957. En 1980 obtiene el Premio Mariano de Cavia de periodismo y poco más tarde, el 28 de enero de 1982, es elegido académico de la Real Academia Española ocupando el sillón "i" que dejó vacante José María Pemán. En 1987 obtiene el Premio González-Ruano de periodismo y en 1996 el Premio Cervantes por el conjunto de su obra. Fallece en Madrid el 27 de Febrero de 2001 a los 87 años de edad.



POESÍA... ;ERES TÚ?

ALGUIEN ME PIDE una definición de la poesía, pero una definición que entienda todo el mundo; vamos, una definición para andar por casa. Buen doctrino, acudo a los textos más que a la intuición; al contrastado código, mejor que a mi propia y menguada experiencia, porque doctores tiene la Iglesia, aunque no se si estos van a poder contestar a la virginal apetencia del preguntador y acaso de alguno de ustedes. Me voy, primero, a don Julio Casares, que tenía fama merecida de agudísimo definidor. En su Diccionario ideológico —1954— elijo la acepción que más ceñidamente puede responder a la peliaguda consulta. «Poesía: Interpretación emotiva de la naturaleza o de la vida, en lenguaje bello, abundante en imágenes y sujeto a medida y cadencia». Algo me dice que la papeleta ha sido insuficiente, aunque a mí no me parezca mal, pensando siempre que se trata nada menos que de definir lo inefable. Los diccionarios de la Academia, tanto el de 1956 como el vigente de 1970, enmiendan ligeramente la plana al de Casares para decir: «Poesía: Expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a la medida y cadencia, de que resulta el verso». Y no me resisto a leer con ustedes la quinta acepción, cuyo texto es el mismo en estas decimoctava y decimonovena ediciones: «Fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente originalidad y osadía, exquisita sensibilidad, elevación o gracia, riqueza y novedad de expresión, encanto indefinible; o sea, conjunto de cualidades que deben caracterizar el fondo de este género de producción del entendimiento humano, independientemente de la forma externa, o sea, de la estructura material del lenguaje, de que resulta el verso».
Y es ahora cuando pienso que, después de este dispendio pirotécnico de conceptos, sería discreto acudir a los mismos poetas que, a primera vista, parece que deben ser los encargados de explicar lo que es el ámbito de su oficio. Escojo, entre las nueve definiciones ya clásicas de Gerardo Diego, aquella que dice: «La poesía es la creación de la palabra mediante la oración, la efusión amorosa, la libre invención imaginativa o el pensamiento metafísico». Y, por ese camino de la efusión amorosa, me detengo, de momento, solamente en cinco declaraciones de poetas actuales... José Hierro: «Yo diría de ti: es mi fresca / raíz que de los sueños nace, / la música de mis palabras, / el hondo canto inexplicable». Blas de Otero: «Dame tu vida / que ella es la esencia y el clamor del arte». Enrique Azcoaga: «Tengo en ti, amor, la prueba de ese canto». Ricardo Molina: «La llama que a sí misma se devora, / la lluvia sobre el agua, las gotas de perfume... / oh, amor, son formas tuyas». Félix Grande: «Amada, solo un tema me queda hoy en la vida: / tú eres mi tema, tú eres mi asunto solitario».
Ronda, rondando, los poetas, quizá por eliminación, apuntan certeramente al centro de su diana. Por más que Rilke recomendara no escribir versos de amor, en esa búsqueda del «encanto indefinible», los creadores de poesía identifican esta con el amor, y más, con el amor por otra criatura situada enfrente. Alzan su canto los poetas desde los campos amorosos con la delicada sabiduría de Petrarca, con el desatado fuego de la incontenible Louise Labe —tant que ma main pourra les cardes tendré /du mignard Lut, pour tes graces chanter...—, con el proustiano detenimiento de Pedro Salinas.
Ya vamos llegando a aquella forma que está en la memoria de todos. El objeto amoroso es la poesía misma. Sí, recordemos el breve y celebérrimo poema de Gustavo Adolfo Bécquer: «¿Qué es poesía? —dices—, mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú». Nos vamos acercando, bien que provisionalmente. Porque en una finísima parodia de la rima becqueriana, y ya en nuestros días, José Agustín Goytisolo ha titulado su juego «Bécquer se equivocaba». Y escribe: «¿Qué es poesía? En mi pupila tu pupila atroz./ ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía. Soy yo».
Nuestro poeta, entre bromas y veras, ha dicho algo más importante y certero de lo que parece. Por idealizada que tenga el cantor a su dulce enemiga —y dejemos a un lado que aquí le mira atrozmente—, ella no es la poesía. La poesía es el poeta. Solamente dentro de él se produce el misterio, que de pronto se hace conocimiento inefable, y expresión al fin. Cuando aquel personaje de José María Pemán trataba de explicar la omnipresencia divina decía: «Dios está en todas parte mente en la iglesia». También la poesía está en todas partes, pero mayormente en el Poeta.
La poesía, el canto son en el poeta, y él mismo es la palabra afortunada, por más que el origen de ese don haya estado en el objeto amoroso. Pero demos un paso mas. Vicente Gaos ha escrito: «Tú me devuelves más que yo te he dado, / pues tú eres tú, y yo sólo mi poesía». Aquí cobra un matiz solemne y hasta patético la aparente broma de Goytisolo. Y aún llegaremos a Luis Rosales: «La poesía / no es cosa tuya mía...». Una vez que la creíamos nuestra, se nos escapa la esquiva, la inalcanzable. Ya no es tuya ni mía. En ella ya no somos ni tú ni yo.
La poesía está en los poetas. Ellos la poseen y pronto son poseídos por ella. Pero, por favor, que no se atrevan a definirla. Sobre todo, los poetas enamorados. ¿Y cuál de ellos no k a concisiones radicales y económicas que evitarían la profusa acepción quinta del diccionario vigente, pero en el que de pronto podríamos leer: «Poesía: poesía eres tú. 2: Poesía soy yo. 3: Poesía no somos ninguno de los dos».
Que los poetas sigan fieles a su amor y que no lo definan, ni nos digan, tampoco, qué es la poesía. Hay cosas por las que no se debe preguntar. Cuando la duquesa le dice a don Quijote «que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento», el caballero contesta: «En eso hay mucho que decir, Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son las cosas cuya averiguación se haya de llevar hasta el cabo».
Sólo Dios sabe si hay poesía o no en el mundo; si es fantástica o no es fantástica. Si eres tú o soy yo. Si no es nada ni nadie. No es cosa cuya averiguación se haya de llevar hasta el cabo. ¿Tendremos que volver a la lujuriante acepción quinta de las últimas ediciones de nuestro diccionario...? Fuego, arrebato, sorpresa, originalidad, osadía, sensibilidad, gracia, elevación, encanto indefinible.
Mira que si, después de todo, resulta que poesía eres tú...

ABC, 15 de junio de 1983

SONETOS (1944)
A cantar dulce, y a morirme luego.
GÓNGORA
No sé si soy así ni si me llamo
así como me llaman diariamente;
sé que de amor me lleno dulcemente
y en voz a borbotones me derramo.
Lluvia sin ocasión, huerto sin amo
donde el fruto se cae sobradamente
y donde miel y tierra, juntamente,
suben a mi garganta, tramo a tramo.
Suben y ya no sé dónde coincide
mi angustia con mi júbilo, ordenando
esta razón sonora y sucesiva.
Y estoy condecorado, aunque lo olvide.
por un antiguo nombre en que cantando
voy a mi soledad definitiva.


 Tan hombre soy que siento por mi pecho 
ríos de un corazón precipitado
 que avanza rumoroso y desbordado, 
cuantos más años tiene, más derecho.
Baja a mis pulsos, súbito, en acecho,
y hasta mi lengua sube enamorado;
vive para mi voz y su cuidado,
se ahoga entre los llantos que cosecho.
Tan hombre soy que por vivir daría
lo que tengo, que es vida solamente,
barro que sólo en barro se sustenta.
Y un día llegará la muerte, un día
se llenará de sombras esta frente
que es sólo carne y carne la alimenta. 



El mar, el mar. Tú, vela y capitana,
tela tostada y dulce jerarquía.
Atrás, la tarde lenta y la alquería
—aprendiza de ermita sin campana—
tú emplazando la luz de la mañana
para el más encendido mediodía.
Aquí tu ausencia abriendo para el día
mi amargura ya antigua y cotidiana.
Allí tus ojos fáciles buscando
una nueva altamar o un libro nuevo
donde encontrar el hueco de mi huella.
Yo aquí tejiendo insomnios y esperando
que Leo le haga a Cáncer su relevo
para soñar tu amor en otra estrella.



Como el toro he nacido para el luto. M.H.

No como el toro, amor; sufro de amores

y estoy sólo a tu labio sometido.
Mejor que prado el toro, tengo un nido,
y mi luto es de alados resplandores.
Mejor que el toro, amor. Voces mejores
ordenadas por ti; más que vencido,
estoy alzado, amor; si soy herido
lo soy por mis venablos interiores.
Vivo mi noche, amante y desvelado,
habitando entre nubes por tu huellas.
Así sí, como el toro, en el sosiego,
resido en este cielo que me has dado,
siendo mi guardia eterna las estrellas
y Aldebarán mi corazón de fuego.



Tengo, tienes, tenemos acomodo
en un mundo cortado a la medida;
tela para vestir toda la vida,
todo el amor y el entusiasmo todo.
Amo, amas. Amar de cualquier modo;
aquí ceñido el sol, aquí ceñida
la voz, sujeta aquí está la partida,
atado aquí el ardor codo con codo.
Por tenerte, tenerme, por tenernos
y limitar el vuelo de los ojos
a la ocasión del labio más perfecta,
paso, pasas, pasamos, siempre eternos,
sujetos al dolor por los hinojos
y al día por un alba predilecta.




JOVEN PARA LA MUERTE 

Arrojado a tu luz madrugadora
me muero niño y soy todo un deseo
de varón en continuo jubileo
hacia tu corazón de ruiseñora.
De trino escalador junto a la aurora
eres, y voy a ti, y hay un torneo
donde la algarabía del gorjeo
triunfa de mí y en mí se condecora.
Arrancados de un sueño o de una fuente,
por tu espada los límites del nardo
me mintieron temprana primavera.
Y estoy ahora por ti tempranamente,
como nadie, de amor herido, y tardo
en morirme de amor como cualquiera.


SONETO DE LA NIEVE TODAVÍA

Mira cómo se quema el Guadarrama
en sus torres azules. Esa loma
tiene un poco de nieve, una paloma
que ha librado sus alas de la llama.
Qué desierta de pájaros la rama
donde a la luz mi corazón se asoma,
como un clavel de invierno sin aroma,
como un campo segado de retama.
Crezco de amor bajo este sol tendido,
y crecen las montañas imitando
el hielo que mi ardor no te ha deshecho.
Bajo un ave de nieve estoy vencido
y están sus alas frías coronando
una sierra de sangre por mi pecho.



La partida

Contigo, mano a mano. Y no retiro
la postura, Señor. Jugamos fuerte.
Empeñada partida en que la muerte
Será baza final. Apuesto. Miro
tus cartas, y me ganas siempre. Tiro
las mías, Das de nuevo. Quiero hacerte
trampas. Y no es posible. Clara suerte
tienes, contrario en el que tanto admiro.
Pierdo mucho, Señor. Y apenas queda
tiempo para el desquite. Haz Tú que pueda
igualar todavía. Si mi parte
no basta ya por pobre y mal jugada,
si de tanto caudal no queda nada,
ámame más, Señor, para ganarte.




¿Por qué, de pronto, así, reconciliado
con todo: con el mundo y su armonía?
Señor, en este tarde, tuya y mía,
dame que se haga eterno tu cuidado.
¿Por qué sin esperarte has esperado
a un corazón que hacia el desierto huía?
¿Por qué me has dicho: "Hay tiempo todavía
para recuperar al olvidado"?
Atrás mi casa "estaba sosegada";
se quedaba en mis hijos la mirada;
habías Tú dispuesto mesa y vino.
Y he salido a buscarte, y a perderme,
y a herirme con tu espada… Solo, inerme,
me has dejado en un alto del camino.




HACIA SANTA MARÍA

El arrendajo, pato
de los aires, oscuro,
pasa. ¿Por dónde? Hay algo
que nos oculta el rumbo.
Y llora la resina
intermitentemente
por la amarilla herida
que tiene el pino verde.
A nuestro alrededor
sólo el vuelo y el árbol;
la garganta sin voz,
sin amigo la mano.
Pero Dios no está lejos.
Ya se anuncia. Sin prisas,
detrás de aquel otero
nace Santa María. 



No le digas a nadie que me hastía la rosa;
cuando llega a los labios su verdad, me subleva
que el pétalo no tenga tu seda primitiva
o que esté en una torre distinta a tu cintura.
No le digas a nadie que júbilos y páginas
y dolores del tiempo para mi piel, resbalan
sin dejar una lágrima o un mundo diminuto
donde se encierre toda tu ausencia indeclinable.
Pero vendrás un día cuando todos los libros
te esperen a la puerta de su primer capítulo
para que tú les digas: «Abrid; ya soy llegada».
Y entonces aves, mundos, silencios y adjetivos
llenarán a la rosa de esencias y evidencias
por ti y en ti, a tu lado, maravillosamente. 




MADRIGAL A CASTILLA

Aquella era Castilla, mi morada
la novia interminable del estío,
sorprendida de verse en tanto río,
tan sin querer fielmente reflejada.
La tierra roja y vuelta la mirada
—¿por qué rubor y a qué lejano frío?—
llena de luz, desnuda de atavío,
castamente te he visto desposada.
¿Y a qué varón tu limpio plenilunio?
¿en qué labios el beso de tu junio?
¿por qué lecho tu dura geografía?
Estás aquí, imposible para esposa,
tan sin casar que tienes una rosa
cerrada, indescifrable, todavía.




EL HOMBRE
NACIMIENTO DE DIOS


Y Tú, Señor, naciendo, inesperado,
en esta soledad del pecho mío.
Señor, mi corazón, lleno de frío,
¿en qué tibio rincón lo has transformado?
¡Qué de repente, Dios, entró tu arado
a romper el terrón de mi baldío!
Pude vivir estando tan vacío,
¡cómo no muero al verme tan colmado!
Lleno de Ti, Señor; aquí tu fuente
que vuelve a mí sus múltiples espejos
y abrillanta mis límites de hombre.
Y yo a tus pies, dejando humildemente
tres palabras traídas de muy lejos:
el oro, incienso y mirra de mi nombre.



PRIMAVERA DE UN HOMBRE
(PRIMER RECUERDO DE SORIA)

Por Soria estará ya la sierra pura
enseñando su azul entre la nieve,
y entre el bajo pinar el cielo breve
tendrá otro azul: aquel de mi ventura.
Sala de la niñez, fresca hermosura
que abril a levantar en mí se atreve;
aire de ayer que al pecho de hoy conmueve,
gota de luz entre mi sangre oscura.
Cómo volver los ojos, hacia dónde,
si a este grito de Dios nadie responde,
del Dios niño que todo lo podía.
A Soria llegará la primavera.
Siempre hay tiempo de amor para el que espera:
¡Señor, di que no es tarde todavía!





ANTE UN CEMENTERIO EN CASTILLA

Hasta la sombra del ciprés se os niega,
oh, puñado de muertos en Castilla;
quemados bajo el sol; con una orilla
de piedra y una cruz de hierro ciega.
Qué triste en la llanura y qué pequeño,
cuando el agua se alegra en la pendiente,
este trozo de tierra, suficiente
para el hondo manar de vuestro sueño.
Una sala de alientos hay vacía,
un bosque de cinturas derribado;
la mano cuidadosa del arado,
el pie con que el camino se rendía.
La luz, enloquecida, irremediable,
de rama en rama va, de loma en loma,
pidiéndole al silencio una paloma
que por vuestras oscuras bocas hable.
Muda brilla en sus labios la mañana;
quiebra el pinar el pájaro y su acento,
y se queda en los álamos el viento
con su amorosa lengua de campana.
No llegará la música al oído
que la tierra implacable mina y puebla,
y un gigantesco corazón de niebla
recogerá la sangre sin latido.
Lejos está la piel cerrada en besos,
está el amor, el hombre que ahora canta,
el estrecho collar que a la garganta
pone la claridad de vuestros huesos.
Si bajo la quietud de Dios no hay nada
más que esta soledad y esta manera
que da la muerte al labio y su sonido,
Señor, deja tu mano sosegada
sobre mi corazón, que ya te espera
en lo eterno del campo y del olvido.




EL AMOR

Quiero que estés en mí cuando yo muera,
que tu labio anhelante y apretado
sea luego una flor que haya logrado
desde la oscuridad mi calavera.
Que haga posible al fin tu primavera
a costa de mi polvo machacado,
y lo que con la vida no te he dado
con la muerte te dé de otra manera.
Que busque entre los huesos de mi frente
una cueva que guarde tu semilla
y responda en abril a tus llamadas.
Y que sea a tus pies, eternamente,
aunque tierra, la tierra sin orilla
que hoy te niegan mis venas limitadas.



LA AMISTAD
A María Teresa y Rafael

Alto es el cielo, y yo, sobre la tierra
y tú, mi amor, y tú, mi dulce amigo,
solo pruebas de Dios, humilde trigo,
caminero rumor por esta sierra.
¿A dónde vamos ya? ¿Por qué me aterra
tu nombre y el fervor con que lo digo?
¿o tu herido cantar, mi fiel testigo?
¿o mi alzada pasión con mi alma en guerra?
Se nos conduce, sí. Ciegas, hundidas,
tres rosas van, tres sangres encendidas,
a pedirle a la muerte su relevo.
Y entonces, ¿qué habrá sido de tu mano?
¿qué de tu verso, amigo tan cercano?
¿qué de mi corazón donde ahora os llevo?




AL ESPEJO RETROVISOR DE UN COCHE

Tú eres el corazón con lo vivido;
en ti está lo que atrás vamos dejando,
lo que hemos ido con pasión amando,
definitivamente ya perdido.
En ti vemos las gracias que se han ido,
los paisajes y el cielo de ayer, cuando
las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido.
Pero vives y estás: claro y pequeño,
miras aquellos prados, aquel sueño
tan lejano, las rosas de aquel día.
Crees que puedes cambiar toda la suerte
y, aunque vamos derechos a la muerte,
vives de lo pasado todavía.




EL POETA

Acanto, hijo de Antinoo, fue devorado por
los caballos de su padre y metamorfoseado
en pájaro.
Erraba sin sosiego. Nadie sabe…
Verde su corazón era, y ardía
coronando a la piedra. Le pedía
vecindades al sol, júbilo al ave.
Era un arco hacia Dios. La forma grave
espuma, vuelo, soledad se hacía,
y el sueño, el aire, el agua repartía,
sola estrella, fiel ala, incierta nave.
Corceles desbocados de la tierra
le pusieron la voz y el alma en guerra,
quedó el verso flotando sobre el ruido,
y, abajo, el hombre en su mortal estrecho
con una rosa abierta por el pecho
y en pájaro sonoro convertido.





No sé por qué esta rama renace en lo perdido
con cada primavera; por qué una muerte tiene
lo más recientemente florecido.
A este hueco del alma ¿no hay verdor que lo llene?
No son ciertas las hojas del árbol de aquel día.
¿Probó la mano fácil aquellos altos ríos?
Nadie tiene memoria del sueño que ponía,
diminuta y suavísima, sobre los ojos míos.
No soy aquel… Acaso me contaron. Recuerdo…
sí; los pinares hondos, el perro grande, rosas.
No; no era yo. Leían una historia. Me pierdo.
Sólo existe este hombre de hoy entre las cosas.
Sólo existe este trozo de tierra que aún se mueve
y que dice palabras sin cesar y acabando…
se quedaron los pájaros hundidos en la nieve,
niños, verdes, oscuros, antiguos, esperando…



Gracias, Señor, porque
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas…
y sueño…
y pasas…




¿Estoy despierto? Dime. Tú que sabes
cómo hiere la luz, cómo la vida
se abre bajo la rosa estremecida
de la mano de Dios y con qué llaves,
dime si estoy despierto, si las aves
que ahora pasan son cifra de tu huida,
si aún en mi corazón, isla perdida,
hay un lugar para acercar tus naves.
Ángel mío, tesón de la cadena,
tibia huella de Dios, reciente arena
donde mi cuerpo de hombre se asegura,
dime si estoy soñando cuanto veo,
si es la muerte la espalda del deseo,
si es en ti donde empieza la hermosura.




EL HACEDOR

Entra en la playa de oro el mar y llena
la cárcava que un hombre antes, tendido,
hizo con su sosiego. El mar se ha ido
y se ha quedado, niño, entre la arena.
Así es este eslabón de tu cadena
que como el mar me has dado. Y te has partido
luego, Señor. Mi huella te ha servido
para darle ocasión a la azucena.
Miro el agua. Me copia, me recuerda.
No me dejes, Señor; que no me pierda,
que no me sienta dios, y a Ti lejano…
Fuimos hombre y mujer, pena con pena,
eterno barro, arena contra arena,
y solo Tú la poderosa mano.


LA RED
(I)
Son los hilos aquellos. Se han trabado
mejor —¿mejor?—. Qué dura es la salida
con el mar que amanezca. Y cuánta herida,
y cuánta amarga sal por cualquier lado.
Oh, dedos que la red han anudado;
cárcel de amor doliente y escogida;
vientos esperanzados de partida
cuando todo en el alma ha regresado.
retorno a la pasión de cada viaje;
arrastro, cargo y hundo mi cordaje
para volverlo a recoger vacío.
Tú en el centro, Señor de las batallas;
yo, gladiador inerme entre las mallas,
y el agua fugitiva, el verso mío.

LA RED 
(II)
Se puede andar, y respirar, y, un poco
más difícil, pero también yo puedo
sentir como una sombra y como un miedo
por esa misma sombra. Y la provoco
cuando no acude. Oh, Dios; el hilo toco
de tu trama. Bien sabes que me enredo
si trato de escapar. Y con el dedo
me sigues… ¿O no hay nadie?... Gira loco
mi corazón sin norte. ¿Qué oscurece
tu presencia?... Yo puedo andar. Parece
que respirar también. Pero, la parte
de la sombra… Ilumíname. Descubre
tu tejido final… La tela cubre
mis ojos. Y estoy ciego por amarte.

LA RED
(III)
Tú y tu red, envolviéndome. ¿Tenía
yo un ciego mar de libertad, acaso,
donde evadirme? ¿O era breve el vaso,
y más corto mi trago todavía?...
No podía ser otro; no podía,
siendo tuyo, escapar. Tu cielo, raso,
sin ventana posible. Y, paso a paso,
yo midiendo mi celda cada día.
Y, sin embargo, libre, ¡oh, Dios! Qué oscuro
mi pecho está junto a tu claro muro,
contándote las penas y las horas,
sabiéndose en tu mano. ¡Red, aprieta!
Que sienta más tu yugo esta secreta
libertad que yo gasto y Tú atesoras.




A ORILLAS DEL DUERO

En esta orilla donde, niño, sientes
tú más claro nacer, tu origen frío,
la nevada caricia de tus fuentes,
ancha vena de España, mi alto río,
tu clara voz en mi garganta quiere
tu propio corazón, dentro del mío.
Rondas de pinos traen de tu venero
un santo y seña de oro castellano
a los álamos verdes de Salduero;
a las tierras de un día de verano
traes tu brazo de amor que va creciendo,
soñándose en el mar su abierta mano,
y vas nubes y estrellas repitiendo,
alegrando la sombra en la arboleda,
la tierra dulcemente dividiendo.
Cuando todo es silencio en Soria, queda
tu sangre rumorosa entre los hielos
que bajas desde Urbión a Covaleda.
Sobre ti van los hombres y los cielos;
contigo, peregrina, va Castilla;
contigo van los surcos y los vuelos.
Si pájaros anidan en tu orilla,
brazos hay que levantan su morada
con paredes jugosas de tu arcilla.
Duero de la montaña y la llanada,
Duero de la oración y del sosiego,
Duero de la alta voz precipitada,
en esta vecindad mi alma te entrego,
y a tus ojos de luz madrugadora
doy mi pobre mirar, mi paso ciego.
Yo sé que con la antorcha de una aurora,
mayor de edad y en puertas lusitanas
te han de besar las torres de Zamora.
Ya no llaman a guerra tus campanas;
tu espada, que otro tiempo dividía
a las gentes en moras y cristianas,
hoy es bajo este sol del mediodía
una lengua que lleva mansamente
por Castilla y León su melodía,
un cristal renovado y permanente
donde la tierra sin cesar se asoma,
donde se entrega sin dudar la fuente…
A Urbión le cubre un pecho de paloma;
deshecho en ti se vuelve mensajero,
y al mar diciendo va, de loma en loma,
que en hombros del amor se acerca el Duero.





COPLAS POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
EN EL ANIVERSARIO DE SU MUERTE

En verso y prosa, los buenos pies,
Pie de romance octosílabo…
J.R.J
Pies de ocho sílabas, dices;
pie de romance octosílabo.
Pero, pies ¿para qué os quiero
a esta altura del camino?
Manos son las que nos duelen
por todo lo que han tenido,
por todo lo que estrenaron,
por todo lo repetido.
Juan Ramón, loco de luz,
viejo loco amigo mío;
de tanto amor, dando vueltas
al amor sobre ti mismo.
¿Quién mira lo que has mirado
con tanto afán de infinito?
¿qué carbones sustituyen
hoy a tus ojos extintos?
De una mano, de un pie sólo,
tenías a Dios cogido,
de una minúscula «d»,
pero igual en su sonido.
Ocho sílabas me pides;
con ocho sílabas digo:
«Loco ¿dónde estás ahora
alienado, alejadísimo?».
Vamos contando, cantando:
Narciso, tú; yo, narciso,
Y el agua a los pies se rompe
cuando te miras, me miro…
«Aún hay otros», te decían.
«Habla por ellos», me han dicho.
Y tú, solo entre los solos,
y yo, entre todos, solícito.
Malos pies, buenos pies, verso
libre, terco endecasílabo.
Da igual. La «D» es lo que importa
con su peso enorme o mínimo.
Pobre tú, pobre yo, pobres
de ocho por tres veinticinco;
pobres de solemnidades,
más pobres que el propio rico.
Pies que el alma acostumbrasteis
al cantar intransitivo;
pie quebrado, alma quebrada;
luego, pan repartidísimo.
Yo que aprendí tu balanza
—un brazo, en tierra, preciso,
y el otro, arriba, tanteando
el peso desconocido—,
te estoy preguntando, ahora,
cuando por pies has salido,
si tu «d» o mi «D» te han puesto
paz en el otro platillo.



CON UN VERSO DE ANTONIO MACHADO

Estoy hablando solo; lo sé muy bien. Más vale
clamar en el desierto que ser mal escuchado.
No es soberbia; es conciencia de charlatán; pecado
que se confiesa y sigue dentro, dale que dale.
Ya sin arte —ni parte— digo lo que me sale;
sin que nada me importen el vecino de al lado
y su techo de oro. Yo estoy al descampado,
aguantando la lluvia de Dios, aunque me cale
de soledad, de miedo, de amor hasta los huesos.
Aunque en el horizonte las nubes y los besos
oscurezcan su llama, distancien su hermosura.
Hablo solo.. ¿Y espero hablar con Él un día?
Cuando lo pienso, dudo de la palabra mía,
y escucho mi silencio desde esta noche oscura.




FACULTAD DE VOLVER. (1970)

La ciudad se termina junto a un río sin sueño; 
baja, con su costumbre de muchacha de campo, 
a mirarse en el agua, a dejar que en el agua 
desemboquen los ríos más chicos de sus brazos.
La ciudad aún se olvida de su actual estatura 
en estos terraplenes donde el tibio regazo
De la arena conserva restos, muertes, memorias,
últimas iniciales, ;, vestigios despreciados;
la ciudad está hundida de amor en su cintura
y ama serenamente lo que ha sido ya amado.
Aquí el furor parece que ha mellado sus armas,
aquí el tiempo se puebla de enmudecidos cantos,
se creería posible ver el suelo cubierto
con la arboleda innúmera de los frutos vedados.
No suena el agua, calla su desnudez doncella;
se va buscando un poco de ternura, buscando
los ojos de los puentes, las redes de los juncos,
la caña abanderada, la sed de los caballos…
Mas todo lo que huye deja un rastro de fuego,
deja cuellos heridos, cabellos enredados;
lo que se va nos deja silencios que ensordecen
nuestro sosiego un día sorprendido y lejano.
Pasa el agua tremante, desvelada, sonámbula
va gozando una orilla donde no brillan astros,
donde sólo los cuerpos se besan con los cuerpos,
donde casi se acercan las riberas, los labios.
Sí; todo lo que huye, como un dios elegido,
nos mira y se eterniza en todo lo mirado.
Se va el agua y nos deja la ciudad en lo hondo,
¡oh, pozo de Toledo, con Toledo manando;
aquí estas. Tu caída nos arrastra contigo;
tu grito sin respuesta nos encuentra gritando
una tarde entre formas de silencio entre ramas
voladoras y unánimes de un gigantesco árbol.
Somos sólo una orilla; el mundo es una orilla;
la verdad, una orilla; una orilla el quebrado
calor de los almendros, con el oculto timbre
de la cigarra —¿dónde la oí primero, cuándo…?
Estoy en la atalaya del Miradero; miro
cómo se acerca el río, tan quieto en sus meandros,
cómo piden ternura las torres de Galiana,
cómo eleva su pecho de oro San Servando…
Llegan ya los infantes de mi infancia; la pierna
desnuda entre los musgos; el pie hundiéndose blando
en el limo rojizo donde la hierba toca
las finas espadañas y el surco prolongado.
Bajo una clara urdimbre de nubes ligerísimas,
hacia Sanfont se tienden mis ojos, alanceando
los novillos del agua, que aceptarán sin queja
el yugo inevitable de los puentes romanos.
Alcántara en sus hombres jóvenes lleva al día,
y a trechos enrojece los pliegues de su manto;
San Martín que galopa bajo los cigarrales,
repartirá su capa de sombra lado a lado…
Ciudad, que en tus barandas me ves solo y atento,
que ni siquiera piedra soy desde mis estragos,
nada puedo ofrecerte que no sean palabras,
ciegas palabras.
Madre, llévame de la mano.



Ah, mi otro caballero, si volviera 
ya no sería nunca su escudero,
aunque por serlo a veces me muriera.
No tendría tal ímpetu guerrero, 
ni fuerza para amar tan tercamente, 
ni pie tan decidido en el sendero.
Pero nunca abandona la corriente 
del río aquella orilla acariciada, 
tal el cabello al lado de una frente, 
ni dejas tú de estar en la enramada 
de mis oscuros bosques expresivos 
con tu voz más querida y prolongada.
Si volvieras no fueran más cautivos 
que ahora lo son mis pasos a tus pasos, 
ni están, por solitarios, menos vivos.
Si volvieras serían los ocasos,
 como tu corazón enardecido, 
sangre de mil heridos garcilasos; 
podrías comprobar que no ha perdido 
sus ecos tu palabra, libadora 
de las flores del suelo y del sentido.
Digo que, corno el Tajo pasa ahora, 
y es un arco sin flecha y de amor lleno, 
pasas tú por mi pecho hora tras hora.
No hace falta que vuelvas; como el heno 
no hace falta que vuelva a ser espiga, 
y es oro siempre y siempre es mas que cieno.
Déjame que te sienta, y que lo diga 
de nuevo a mi manera —a tu manera—
que por tus vecindades te persiga, 
también a tu manera —¡quién pudiera!—, 
lleno de soledad cerca de un río, 
lleno de invierno, aquí, en la primavera.
Viví, lloré, canté todo lo mío, 
y tomé de tu cofre algunas veces 
la moneda, y el son, y el atavío; 
también, por serte fiel, hasta las heces 
he bebido mi copa de amargura 
que rne ha pagado tu amistad con creces.
No se elige el amor; es la postura 
lo que parece que nos cambia un día, 
pero siempre se vuelve a la estatura 
que, a dulce fuego, nos marcó de hombría, 
y yo, por ti y en ti, me encontré abierta 
la puerta estrecha de la poesía, 
y a veces, como tú, en la misma puerta 
he llorado, «con voz a ella debida», 
por no encontrarla en mi palabra muerta.
«Mi lengua y mi memoria entristecida» 
vienen hoy a los tibios pedestales 
que sostuvieron mi niñez perdida, 
y eres mi valedor, y tus señales 
me guían por la piel de las murallas 
y por las nubes de las catedrales.
Ya que estás a mi lado, no te vayas, 
que en campos de la fe la escudería 
del amor vale más que las batallas.
Tú no estás muerto ahora. Y se diría 
que la piedra que hirió tu hermosa frente
se ha vuelto en esta tarde pedrería 
sobre las aguas y que, bajo el puente 
de Alcántara, es el frío de tu escudo
—Miguel lo dijo— eterno y de relente.
Nadie supo abatirte y nadie pudo 
creer que con los siglos callarías 
pues eres tú la voz del cielo mudo.
Un cinturón para Toledo hacías 
con agua transparente y caudalosa 
que desencadenabadas y tejías: 
verso a verso, ya un ramo; rosa a rosa, 
un jardín ya prendido a una cintura.
Y la ciudad, doncella y temerosa, 
intentando escapar a más altura; 
pero, presa en la cárcel de tu vaso, 
diciendo, ahogada, con su voz más pura:
«siempre ha llevado y lleva Garcilaso».



EL LAZARILLO

Mi abuelo estaba ciego.
¿Era noviembre...?
Pensaba yo que el árbol que él oía
en una contemplación desorbitada,
cuando alteraban los pájaros
las ramas chirriantes,
había sido árbol en su vida,
árbol en su juventud.
Salíamos siempre juntos.
«Sube», decía yo, al llegar a los escalones
del Arco de la Sangre.
Y luego: «Baja un poco». Era el bordillo
ya cerca de aquel banco de madera.
Él apenas hablaba.
Reñía con mi abuela por Don Carlos.
Mi abuela era navarra;
mi abuelo, liberal.
Cuando les escuchaba me parecía raro
que se casaran un día
y que llegaran a acostarse juntos
en aquella cama alta con hierros dorados,
para que pudiera nacer mi madre,
y luego yo...
Mi abuelo, para oírme, se inclinaba.
Había tenido los ojos azules.
Y yo, con una oscura y dirigida voluntad,
y una fe ciega —ciega—,
contaba exactamente aquellas gotas
con que le distraíamos los ojos
blanquecinos y muertos
y muy fijos.
Mi abuelo no contaba cuentos.
Yo, sentado y muy quieto,
escuchaba con él las mismas ramas
violentadas desigualmente
por los inquietos gorriones.
A veces —cuántas veces
en el otro lado del banco
una mujer y un hombre se estrechaban.
Si él se acercaba más.
La mujer le advertía.
El hombre, con un gesto, señalaba a mi abuelo
para tranquilizarla.
Y ella, a mí.
Más tarde, entre los dos, una sonrisa.
Yo apretaba la manga
del abrigo del ciego,
que era gris, y era áspera, y me tapaba.
Y así algún tiempo...
«Hace frío, ¿nos vamos...?»
El hombre y la mujer se separaban,
cómplices de una espera
trémula y prometedora.
Mi abuelo, al levantarse,
tanteaba el respaldo del banco,
y acaso, torpemente,
rozaba aquella mano que abandonaba un punto
el hombro desprendido
de la temerosa muchacha.
Mi abuelo tocaba también
la tabla donde había estado
como si tuviera miedo
de olvidar algo que nunca llevábamos.
La manga del abrigo estaba fría.
Yo escurría por ella la cabeza
para volver los ojos al banco
donde ya se juntaban
de nuevo las dos sombras...
«Sube un poco...», decía, mirando atrás.
Y luego: «Baja...», mirando atrás.
Y seguía mirando,
y me hundía mirando,
mientras pasábamos el Arco
que cobijaba a Cristo
y daba a nuestra calle.
Era como si la plaza se elevara
con aquellas cabezas
cortadas y fundidas...
«Es pecado, pecado», me decía.
Y mi abuelo: «¿Qué pasa? Me vas a hacer caer»...
Mi abuelo estaba ciego y no miraba.




AUNQUE NO TENGAS NADA

No importa no tener nada.
Pero si algo tienes que sea como el agua,
que no llene jamás la cesta, y que refresque porque pasa;
que corra pronto y que se entregue, y que se note bien cómo escapa
entre los juncos trenzados y entre los dedos del alma.
Que todo lo que en ti vive sea palabra cantada,
sea grito que desde la noche pone Dios en tu garganta.
No; no importa que no tengas un arca
donde guardar las piedras brillantes, heredadas;
pero si la tienes, alza la tapa,
vuélcala cada día para que caiga en su fondo el rocío del alba,
rómpele si es preciso las bisagras.
Y mira de frente y sin recelo a la madera desalojada;
mira sin miedo, sin hambre, sin codicia, sin que nada
te haga temer la dureza de la desnuda tabla.
Árbol somos, madera de Dios esperando su tala;
árboles llenos de nidos y de músicas hacia el cielo de la esperanza.
Mi hermano el árbol ve antes que yo la mañana,
se asoma al caer la tarde a las ramas más altas
y deja que el sol penetre con oro entre sus hojas por las más hermosas ventanas...
No; no te importe no tener nada.
Y si lo tienes, sé como una torre de ese bosque donde la resina resbala,
entregando su lágrima,
preparando la fuente para la sed contraria,
ebrio de darte, y de florecer, y de crecer con el día en la gran arboleda humana.




LA TORMENTA Y EL MAR

En esta plaza veo reflejada
la inmensidad del mar y oigo su estruendo
con la tormenta, y navegar pretendo
hacia esa claridad precipitada.
Llegan hasta mi orilla enamorada
palabras que sabía y ya no entiendo.
Alguien llama de lejos insistiendo,
pero pronto esa voz no será nada.
Plaza que ante este cielo te desnudas
como la piel del mar y andas a solas
por la tarde profunda del estío,
baten sus olas las paredes mudas
y hay un pecho gritando entre las olas
con un corazón ciego que es el mío.



EL GRECO
I
Desde niños nos hemos conocido.
Yo te tenía miedo. Eras la llama
de la muerte, el sarmiento, la retama:
siempre ardiendo de amor, siempre ofrecido.
Había visto a Dios por ti, transido,
hecho hombre por ti; roja la rama
de un árbol infinito, del que ama
muriendo y en la muerte halla sentido.
Hoy que te encuentro aquí, sigues clamando,
mueres para seguir resucitando
y más me dueles cuanto más te admiro.
Ya, de niños, nos vimos en Toledo.
Tú eras el cielo y te tenía miedo,
y hoy tengo miedo al cielo si te miro.

EL GRECO
II
(La crucifixión) 

Verde es la luz, y rojo el pensamiento,
y azul la carne, y blanca la mejilla
y la cera del pecho donde brilla
un sol desconocido y ceniciento.
¿Vive Dios en un hombre o pasa el viento,
y se exalta en las alas, y se humilla
en el umbral de esa dorada arcilla
donde se aloja todo un firmamento...?
Has dejado tu nombre en la madera:
allí su pesadumbre persevera
y se abre oscuramente a la memoria.
Tú sabes que tus manos han matado,
que tu color ha abierto su costado,
Y El se deja herir para tu gloria.



Desde el vértigo hablo, abandonado
casi por esa mano que sostiene
mi cuerpo en la ladera agotadora.
Mis pies resbalan en la piedra húmeda,
manchada con la sangre de los héroes.
Yo mismo araño el suelo, arranco piedras
y tierra, que ahora caen en mis hermanos.
En la mitad de la montaña hablo,
pidiendo luz que ya no pueden darme
las ventanas, los ojos de los muertos.
(Sobre el pretil de una azotea habían
puesto una piedra solimán. A ella
iban llegando todas las hormigas,
y, en probando a comer, caían muertas.
Y, como si enviaran mensajeras
a las que estaban como a media legua
y hasta un alrededor, para invitarlas
al solimán, veíanse caminos
llenos de ellas viniendo al monasterio).
Madre que caes, Ofelia niña, hija,
sombras del caracol, golpes sin música
de la campana hundida; catedrales,
barcos de sal, botellas a la nada, ,
desolación de las mensajerías,
sé que la voz no os llega, que no sirve
decir los nombres del amor.
              ¡Valedme!
Devolvedme la fe. La fe en el hombre.
La fe en el lobo, solo en el desierto,
criatura de Dios que acaso miedo
tiene del hombre y mata por el hombre.
Un corro de verdura había; tengo
la mirada en la casa que no existe,
las manos en la fuente que no vuelve.
Y si la toco es sangre en las acequias.
No quiero ser el hombre; no, no quiero
ser el brazo que se arme contra el brazo,
el horror que entre horrores se confunda.
No quiero ser el pozo de mí mismo,
la herida de mí mismo desangrándose;
ni quiero desertar del hormiguero
donde toda armonía se destruye,
toda belleza cae, toda estatura
termina ciegamente violentada.
No quiero ser el hombre si he de serlo
fuera del techo de la paz. El hombre
que por matar al hombre se ha creído
inmortal a las puertas de la muerte.



LOS CRISTALES FINGIDOS

Aquellos lejanísimos cristales
¿se han roto, oh Dios, o se han oscurecido?
Entre sombras camina el que ha perdido
del cielo azul las únicas señales.
Ayer de mis más altas catedrales;
ayer del corazón y su sentido;
ayer de un sueño hermoso y compartido,
con El siempre asomado a los vitrales,
¿qué fue del hombre, qué de aquel sustento
tan traído y llevado por el viento
con cada día de la primavera...?
;O nada era verdad? Oscuro, oscuro,
golpeo el cielo, impenetrable muro.
No era la luz, pero el cristal sí era.




Éramos tres, Señor, en la mañana
del domingo. Ya estamos Tú y yo solos.
Lloro contigo, sí; Señor, no digas
que no compartes mi dolor. Mis lágrimas
tienen que ser materia tuya, formas
de tu existencia. Sí, yo sé que existes
porque eres la tristeza de mi llanto,
porque Tú eres la lágrima que toca
mi mejilla, que dura y que resbala,
que llega hasta mis labios con los tuyos,
y los haces amargos, y me dicen
que Tú eres el testigo y el artífice
de la desolación.
                   Amo, llorando
contigo, que lloraste ante la tumba
de Lázaro, tu amigo, y lo resucitaste
Lloro contigo que dijiste: «Honra
a tus padres». Y hoy su honor y el mío,
Señor, es esta lágrima que es tuya
porque Tú la provocas y la asumes.
Ámbitos, y jardines, y cristales,
y, en el verano, la presencia hermosa
de todo a lo que puedes dar la vida,
y ver de pronto en esta que me has dado
una manera de esperar la muerte,
un entretenimiento y un oasis,
un juguete fugaz, un mecanismo
que se rompe enseguida, y se detiene,
y nos detiene en la altamar del día.
Señor, qué juego inútil, cuánto engaño
de prodigiosa luz y de esperanza:
una palabra sin sentido, un arco
tensado en el vacío. Y el arquero
pasa por una lluvia y no ve nada.
Si detrás de esa lluvia no estás, madre,
es que no hay nadie que me espere. Cantan
los acordes del agua en la tristeza.
Llora el agua por todos los nacidos
y por todos los huérfanos del mundo,
y por todos los mundos que ahora lloran.
Solos estamos todos; noches
somos de un acabado firmamento,
muertos en equilibrio, como astros,
como cuerpos girando, interminables,
sin alcanzarse nunca, sin tocarse
jamás, ni un solo instante en tanta nada.
Ahora recuerdo aquellas nervaduras
de la hoja que fui. Tú, madre mía,
eras el árbol, y tu mano dulce
pasaba por los ríos crecedores
que tú hiciste una vez dentro del aire.
Tu parque era pequeño, y limitaba
conmigo y con mi humilde precipicio.
Era la soledad junto a una tapia
de almenas y ladrillos desiguales
asomándose al sol con cada aurora.
Por esta hoja abrías el paisaje,
y tú apenas notabas la miseria
de tu participante mansedumbre.
Y eras la soledad, y estabas sola,
y sonaban los goznes de la noche,
y estabas sola, y al decir mi nombre
preguntabas a Dios, y Dios no oía,
no contestaba, y tú tenías miedo
toda una noche, y otra noche, y otra;
tanteabas la sombra con la mano
buscadora. Y el niño ya no estaba.
El niño era aquel hombre. Y no servía.
Y no se hacía niño, ni respuesta
de Dios, como en un tiempo en que no hablaba
y era la voz callada y suficiente
en el silencio universal del mundo.
Sobre tu espalda triste y poderosa,
árbol de junio, árbol de amor, yo era
como una primavera consistente,
una apariencia erguida, un desafío.
Y estabas sola, luego, sola y última;
sola y aquí la muerte, desgajada
de tu ambición solar, tan diminuta...
Dime que no se hicieron ese día
de plomo y lodo los alados sueños,
dime que no cayeron como copos
de sangre y noche los lucientes pájaros,
que te dormiste de verdad. —¿Lo han dicho
para que yo te piense así, tendida,
a punto ya de despertar y verme?—.
¿Y has despertado, madre? ¿Dónde? ¿Dónde...?