lunes, 20 de octubre de 2014

Cuentos de Honorio Bustos Domecq. (Borges y Bioy Casares).

Honorio Bustos Domecq es álter ego de Borges y Bioy Casares. Se unieron para hacer publicidad de los productos lácteos de "La Martona"; y entre mate y mate engordaron su amistad y mezclaron ironía y usos lingüísticos con intercaladas bromas ingeniosas. Vocabulario y sintaxis remiten a los barbarismos recogidos por el “Diccionario del Argentino Exquisito". El pseudónimo consiste en la reunión de los apellidos de un bisabuelo materno de Borges (Bustos) y de la abuela paterna de Bioy (Domecq).Honorio Bustos Domecq es autor de la colección de relatos detectivescos “ Seis problemas para don Isidro Parodi” (1942), “Un modelo para la muerte” (1946), “Crónicas de Bustos Domecq” (1967) y "Nuevos cuentos de Bustos Domecq" (1977).
Una somera biografía sobre el autor corre a cargo de una maestra llamada Adelma Badoglio, así como de una redicha presentación de un tal Gervasio Montenegro, imaginario colega y amigo de Honorio Bustos. Gervasio Montenegro aparece también como personaje, un célebre actor acusado de asesinato, en algunos de los relatos que se supone que prologa.
Según su biógrafa, Honorio Bustos Domecq, nació en la localidad argentina de Pujato y fue un escritor precoz que publicó sus primeras obras en la prensa de Rosario a la edad de 10 años. Fue eminente polígrafo y durante la intervención de Labruna fue nombrado Inspector de Enseñanza y, más tarde, Defensor de Pobres.
Otro seudónimo utilizado por Borges y Bioy Casares es Benito Suárez Lynch. (Parcialmente de wikipedia).



Una amistad hasta la muerte

Siempre redunda satisfactoria la visita de un joven amigo. En esta hora preñada de nubarrones, el hombre que no está con la juventud más vale que se quede en el cementerio. Recibí, pues, con la mayor deferencia a Benito Larrea y le sugerí que me efectuara su visita en la lechería de la esquina, cosa de no molestar a mi señora, que baldeaba el patio con creciente mal genio. Nos dimos traslado sin más.

Alguno de ustedes a lo mejor se acuerda de Larrea. Cuando murió su padre se vio heredero de unos pesitos y del quintón de la familia que el viejo le compró a un turco. Los pesitos los fue gastando en farras, pero sin desprenderse de Las Magnolias, la quinta que decayó a su alrededor, mientras él no salía de la pieza, entregado al mate cocido y a la carpintería como hobby. Prefirió la pobreza decorosa a transar un solo momento con la incorrección o con el hampa. Benito, hoy por hoy, frisaría los treinta y ocho abriles. Venimos viejos y ya nadie se salva. Lo vi por lo demás caidón y no levantó cabeza cuando el patasucia trajo la leche. Como yo pescase al vuelo que andaba atribulado, le recordé que un amigo está siempre listo a poner el hombro.

-¡Don Bustos! —gimió el otro mientras escamoteaba una media luna sin que yo lo notase—.Estoy sumido hasta las orejas y si usted no me tiende su cable soy capaz de cualquier barbaridad.

Pensé que iba a tirarme la manga y me puse en guardia. El asunto que lo traía al joven amigo era todavía más bravo.

—Este año de 1927 me resultó la fecha nefasta —explicó. Por un lado, la crianza de conejos albinos, auspiciada por un avisito en recuadro como esos de Longobardi, me dejó la quinta hecha un colador, llena de cuevas y de pelusas; por el otro, no acerté un peso en la quiniela ni en el hipódromo. Le soy verdadero, la situación había revestido ribetes alarmantes. En el horizonte asomaban las vacas flacas. En el barrio me negaban el fiado los proveedores. Los amigos de siempre, al divisarme, cambiaban de vereda. Acogotado por todas partes resolví, como corresponde, apelar a la Maffia.

En el aniversario de la muerte natural de Cario Morganti me presenté de luto en el palacete de César Capitano, del Bulevar Oroño. Sin aburrir a ese patriarca con el pormenor pecuniario, que fuera del peor gusto, le di a entender que mi desinteresado propósito era aportar una adhesión a la obra que él presidía tan dignamente. Yo temía los ritos de iniciación, de que se habla tanto, pero aquí donde usted me ve, me franquearon las puertas de la Maffia, corno si me respaldara el Nuncio. Don César, en un aparte, me confió un secreto que me honra. Me dijo que su situación, por lo sólida, le había granjeado más enemigos que liendres y que a lo mejor le convendría una temporadita en una quinta medio perdida, donde no lo alcanzaran escopetas. Como no soy afecto a perder oportunidades, a toda velocidad le respondí:

-Tengo, precisamente, lo que usted busca: mi quinta. Las Magnolias. La ubicación es aparente: no está muy lejos que digamos para quien conoce el camino y las vizcacheras descorazonan al forastero. Se la ofrezco a título amistoso y hasta gratuito.

La última palabra fue el mazazo que la situación requería. Haciendo gala de esa sencillez que es propia de los grandes, don Cesar inquino:

¿Con pensión y todo?

Para no ser menos le respondí:

—Usted podrá contar con el cocinero y el peón, como cuenta conmigo, para satisfacer el más inesperado de sus antojos.

El alma se me fue a los pies. Don César frunció el ceño y me dijo:

—Qué cocinero ni qué peón. Fiar en usted, un Juan de afuera, es tal vez un dislate, pero ni loco le consiento que meta en el secreto a esos dos, que me pueden vender a Caponsacchi como chatarra.

La verdad es que no había cocinero ni peón, pero yo le prometí que esa misma noche los ponía de patitas en la calle.

Arqueado sobre mí el Gran Capo comunicóme:

—Acepto. Mañana, a las veintiuna clavadas, lo espero valija en mano, Rosario Norte. ¡Que crean que me voy a Buenos Aires! Ni una palabra más y retírese; la gente es mal pensada.

El más fulminante de los éxitos coronaba mi plan. Tras un improvisado zapateo, gané la puerta.

Al otro día invertí buena parte de lo que me prestase el carnicero Kosher en alquilarle el break a un vecino. Yo mismo hice las veces de cochero y desde las ocho p.m. revisté en el bar de la estación, no sin asomarme cada tres o cuatro minutos, para verificar si todavía no me habían robado el vehículo. El señor Capitano llegó con tanto atraso que si quiere tomar el tren lo pierde. No es sólo el hombre de empresa que el Rosario de acción aplaude y recela, sino un pico de oro continuo, que no te deja meter baza. A las cansadas llegamos con el canto del gallo. Un suculento café con leche reanimó al invitado. Que presto retornó la palabra. Pocos minutos bastarían para que se revelara como un conocedor infatigable de los más delicados vericuetos del arte de la ópera, singularmente en todo lo que atinge a la carrera de Caruso. Ponderaba sus triunfos en Milán, en Barcelona, en París, en la Opera House de Nueva York, en Egipto y en la Capital Federal. Carente de gramófono, imitaba con voz de trueno a su ídolo en Rigoletto y en Fedora. Como yo me mostrase un tanto remiso, dada mi escasa versación musical, limitada a Razzano, me convenció alegando que por una sola representación londinense le habían abonado a Caruso trescientas libras esterlinas y que en los Estados Unidos la Mano Negra le había exigido sumas inmoderadas, bajo amenaza de muerte; sólo la intervención de la Maffia logró impedir que esos malandrines llevaran a buen término su propósito, contrario a la moral.

Una siestita reparadora que duró hasta las nueve de la noche, obvió el asunto almuerzo. Poco después Capitano ya estaba en pie, blandiendo tenedor y cuchillo, con la servilleta al cogote y cantando, con menos afinación que volumen, Cavalleria rusticana. Una doble ración de pastel de fuente, regada por su fiasco de Chianti, lo entretuvo durante la perorata; arrebatado por la verba, yo casi no probé bocado, pero llegué a compenetrarme de la actuación privada y pública de Caruso, casi como para dar examen. Malogrado el creciente sueño, no perdí una sola palabra, ni pasé por alto este hecho capital: el anfitrión estaba menos atento a las porciones que engullía que al discurso que despachaba. A la una se regresó a mi dormitorio y yo me acomodé en la leñera, que es el otro aposento que no se llueve.

A la mañana, cuando me espabilé entumecido para revestir mi gorro de cocinero, descubrí justamente que en la despensa raleaban las vituallas. No era milagro: el amigo Kosher, sin embargo de ser lo más proclive a la usura, me previno que no volvería a prestarme un kopek; de mis proveedores de práctica, sólo conseguí Yerba Gato, un mínimo de azúcar y unos restos de cascaras de naranja, que hicieron las veces de mermelada. Dentro de la más estricta reserva, le confié a uno y a todos, que mi quinta hospedaba a un personaje de gran desplazamiento y que en breve no me faltaría el metálico. Mi labia no surtió el menor efecto y hasta llegué a pensar que no me creyesen en cuanto al asilado. Maneglia, el panadero, se propaso y me espetó que ya lo fatigaban mis embustes y que no esperara de su munificencia ni un recorte de miga para el loro. Más afortunado me vi con el almacenero Arruti a quien importuné hasta arrancarle kilo y medio de harina, lo que me habilitaba para poder capear el almuerzo. No todas son flores para el cristiano que se quiere codear con los que descuellan.

Cuando volví de la compra, Capitano roncaba a pierna suelta. A mi segundo toque de corneta —reliquia que salvé del remate judicial del Studebaker— el hombre saltó de la cucha con una imprecación y no tardó en absorber ambos tazones de mate cocido y las limaduras de queso. Fue entonces que noté, junto a la puerta, la temida escopeta de dos caños. Usted no me creerá, pero a mí no me agrada por demás vivir en un arsenal que lo carga el diablo.

Mientras yo echaba mano de una tercera parte de la harina para los ñoquis de su almuerzo, don César no perdió el tiempo que es oro y en una revisada general que no dejó un cajón sin abrir sorprendió una botella de vino blanco, despistada en el taller de carpintería. Ñoqui va, ñoqui viene, agotó la botella y me tuvo boquiabierto con su interpretación personal de Caruso en Lohengrin. Tanto comer, beber y perorar, le despertaron el sueño y a las tres y veinte p.m. había ganado la cucha. En el ínterin yo higienizaba el plato y el vaso y gemía con la pregunta ¿qué le voy a servir esta noche? De estas cavilaciones me arrancó un espantoso grito que mientras viva conservaré patente. El hecho superó en horror todas las previsiones. Mi viejo gato Cachafaz había cometido la imprudencia de asomarse a mi dormitorio conforme a su costumbre inveterada y el señor Capitano lo degolló con la tijera de las uñas. Lamenté, como es natural, el deceso. Pero en mi fuero interno celebré la valiosa contribución aportada por el barcino al menú de la noche.

Sorpresa bomba. Engullido el gato, el señor Capitano dejó atrás los temas musicales al uso para darme una prueba de confianza abocarme a sus proyectos más íntimos, que juzgué improcedentes en grado sumo y que. Usted no me creerá, me alarmaron. El plan. De corte napoleónico, no sólo involucraba la supresión, por intermedio del ácido prúsico, del propio Caponsacchi y familia, sino de una porción de compinches a todas luces expectables: Fonghi, el mago de las bombas en mingitorios, el P. Zappi, confesor de los secuestrados, Mauro Morpurgo, alias el Golgota, Aldo Adobrandi, el Arlequín de la Muerte, todos, quien más, quien menos, caerían a su turno. Por algo me dijo don César dando un puñetazo que disminuyó la cristalería: «Para los enemigos, ni justicia.» Emitió estas palabras tan enérgicas que cuasi se atoró con un corcho, que manoteó creyendo galleta. Atinó a vociferar:

—¡Un litro de vino!

Fue el rayo que ilumina la tiniebla. Administré unas gotas de colorante a un gran vaso de agua que el hombre se zampó entre pecho y espalda y que lo sacó del apuro. El episodio, baladí si se quiere, me tuvo en vela hasta que piaron los pajaritos. ¡Nunca se pensó tanto en una sola noche!

Disponía de algodón y de naftalina. Con estos ingredientes completé, para la comilona del martes, una fuentada de ñoquis escasany hasta entonces. Día tras día, astutamente incrementé la dosis, en plena impunidad, porque don César inflamábase con Caruso o regodeábase con los planes de su vendetta. Sin embargo, nuestro melómano sabía retornar a la tierra. Créame que más de una vez me recriminó bonachón:

-Lo veo consumido. Aliméntese, sobrealiméntese, caro Larrea. Por lo que más quiera, vigórese. Mi venganza lo necesita.

Como siempre me perdió la soberbia. Antes que el primer botellero de la mañana berreara su pregón, mi plan ya estaba en líneas generales, maduro. La suerte quiso que descubriese, en un ejemplar atrasado del Almanaque del Mensajero, unos pesitos bien planchados. Me resistí a la tentación de invertirlos en dos cafés con leche completos y me aboqué sin más a la compra de aserrín, de pinotea y de pintura. Incansable en el sótano, fabriqué con tales enseres un pastel de madera, con bisagra, que pesaría más de tres kilos y que artísticamente recubrí de pintura marrón. Una guitarra desafinada, en desuso, me brindó un juego de clavijas, que remaché con sumo buen gusto a remedo de borde.

Como quien no quiere la cosa presenté ese capolavoro a mi protector. Este, engolosinado, le clavó el diente, que cedió antes que la vianda. Prorrumpió en una sola palabra máscula, se incorporó cuan alto era y me ordenó, ya con la escopeta en la diestra, que rezara mi última Ave María. Usted viera cómo lloré. No sé si por desprecio o por lastima, el Capo consintió en alargar el plazo unas horas y me conminó:

—Ésta noche, a las veinte, ante mis propios ojos, usted se traga este pastel sin dejar una miga. Si no lo mato. Ahora está libre. Sé que no le da el cuero para delatarme ni para intentar una fuga.

-Esta es mi historia, don Bustos. Le pido que me salve.

El caso era en verdad delicado. Inmiscuirme en asuntos de la Maffia era del todo ajeno a mi tarea de escritor; abandonar al joven a su destino requería cierto coraje, pero la más elemental cordura lo aconsejaba. ¡El mismo había confesado albergar en su quinta de Las Magnolias a un Enemigo Público! Larrea se cuadró como pudo y partió hacia la muerte. La madera o el plomo. Lo miré sin lástima.





Penumbra y pompa 


Lo que son las cosas. Yo que siempre he mirado con suma indiferencia las sociedades benéficas y demás comisiones vecinales cambié de parecer cuando ocupé el sillón de tesorero de Pro Bono Público y me llovieron por carta las más generosas contribuciones. Todo marchaba que era un gusto, hasta que algún desocupado, que nunca falta, entró a sospechar y el doctor González Baralt, mi abogado, me despachó en el primer tren, a objeto de radiarme en la periferia. Cuatro días y cuatro noches me las arreglé como pude en un vagón correo, de esos que están como arrumbados en la localidad de Talleres. Por último el doctor González Baralt en persona acudió restregándose las manos para darme la solución: un cargo rentado en Ezpeleta. Extendido a nombre supuesto. El domicilio de Ramón Bonavena, que yo visitara en mis tiempos de Ultima Hora, había sido consagrado museo que perpetuase nombre y memoria del novelista tronchado en plena madurez. Por una ironía del destino yo sería el curador.

El doctor González Baralt me prestó su barba postiza; le sumé unos anteojos negros y el uniforme de ordenanza que la investidura exigía y me dispuse, no sin justificada aprensión, a recibir la tanda de estudiosos y turistas que llegarían por bañadera. No apareció ni un alma. Como hombre de museo, experimenté la desilusión que es del caso; como fugitivo un alivio. Ustedes no me creerán, pero metido en ese buraco me aburría notablemente, llegando a leer las novelas de Bonavena. Para mí que el cartero me salteaba; en tanto tiempo, ni una carta, ni un folleto de propaganda. Eso sí, el personero del doctor me traía mi sueldo a fin de mes, cuando no el aguinaldo, previo descuento de los gastos de viático y representación. Yo ni me asomaba a la calle.

No bien me anoticié de la prescripción, estampé unas palabras fuertes en el cabinete, como quien se despide para siempre; acondicioné en una bolsa lo que el apuro me dejó rapiñar, la cargué al hombro, hice dedo en la esquina y me reintegré a Buenos Aires.

Algo raro había sucedido, que yo no terminaba de pescar, algo que flotaba en el ambiente de la metrópolis, un vago no sé qué, un aroma que me asechaba y que me rehuía: la ochava se me antojaba más chica y el buzón más crecido.

Las tentaciones de la calle Corrientes —pizzería y mujer— me salieron al paso: como no soy de los que escurren el bulto, las acogí de lleno. Las resultas: a la semana me encontré, como se dice vulgarmente, sin fondos. Por increíble que parezca, busqué trabajo, a cuyo fin tuve que recurrir, infructuoso, al amplio círculo de mis familiares y amigos. El doctor Montenegro no pasó de un espaldarazo moral. El P. Fainberg, como era de prever, no quería materialmente apearse de su mesa redonda pro la poligamia eclesiástica. Ese compañero de todo momento, Lucio Scevola, no me dio ni la hora. El cuoco negro del Popolare rechazó de plano mis tratativas, para ingresar como marmitón en el mismo y, con hiriente sorna, me preguntó por qué no aprendía a cocinar por correspondencia. Esa frase, arrojada al desgaire, ofició de centro y pivote de mi triste destino. ¿Qué otro resorte me restaba, les averiguo, que el eterno retorno a las estafas y al grosero cuento del tío?. Confesarélo: más fácil fue tomar la resolución que ponerla en práctica. Primer recaudo, el nombre. Por más vuelta que le di a la cabeza, me revelé del todo incapaz de encontrar otro que el ya . eco zumbaba todavía! Para tomar coraje me acordé que un axioma del comercio recomienda que no se cambie la marca. Vendido que hube a la Biblioteca Nacional y a la del Congreso siete juegos completos de la obra de Bonavena, más dos bustos en yeso del aludido, tuve que desprenderme del sobretodo cruzado que me prestase el guardavía de Talleres y del olvidado paragua que uno siempre sustrae del guardarropa, para abonar a satisfacción el importe de sobres con membrete y papel de carta. El asunto destinatarios lo despaché mediante una selección hecha a dedo, en una guía de teléfonos que me facilitó un vecino y que en virtud de su estado francamente rasposo no pude colocar en plaza. Reservé el remanente para estampillado.

A continuación procedí hasta el Correo Central, donde hice mi entrada como un bacán, recargado de correspondencia hasta el tope. O la memoria me fallaba o el recinto aquel se había expandido de modo remarcable: las escalinatas de acceso conferían su majestuosidad al más infeliz, las puertas giratorias lo mareaban y casi lo tiraban al suelo, para recoger los paquetes; el cielo raso, obra de Le Parc, daba vértigo y hasta miedo de caerse para arriba- el piso era un espejo de marmolina, que me lo reflejaba patente, a usted, con todas sus verrugas; la estatua de Mercurio se perdía en los altos de la cúpula y acentuaba el misticismo propio de la repartición; las ventanillas recordaban otros tantos confesionarios; los empleados, allende el mostrador, cambiaban cuentos de loros y solteronas o jugaban al ludo. Ni un alma en el sector reservado al público. Centenares de ojos y anteojos convergieron en mi persona. Me sentí bicho raro. A efectos de acercarme tragué saliva y requerí de la ventanilla más próxima el estampillaje pertinente. Fue yo articular la demanda y fue darme la espalda el funcionario, para consultar con sus pares. Tras cabildeos levantaron entre dos o tres una trampa que había en el piso y me explicaron que iban a correrse hasta el sótano, donde guardábase el depósito. Volvieron a la postre por la escalerita de mano. Dinero en pago no aceptaron, prodigándome una porción de estampillas, que más me hubiera valido dedicarme a la filatelia. Usted no me creerá: no las contaron. De haber previsto esa baratura, no vendo los bustos de yeso y el sobretodo. La mirada buscada los buzones y no daba con ellos; ante el peligro de que la autoridad se arrepintiera de no haber aceptado el importe, opté por una retirada inmediata, para pegar en casa el franqueo. Paciente en la piecita del fondo, fui pegando con saliva las estampillas, que enteramente les faltaba la goma. Ya había cantado el penúltimo gallo, cuando me aventuré a la esquina de Río Bamba, con una porción de cartas listas para el despache. Allí campea, como ustedes recordarán, uno de esos buzones peso pesado que ahora se estilan y que ya algunos feligreses habían adornado con flores v con exvotos. Di la vuelta en su derredor, buscándole la boca, pero por más que giré no encontré el menor resquicio para infiltrar las cartas. ¡Ninguna solución de continuidad, ninguna hendija, en tan imponente cilindro! Noté que un vigilante me miraba y emprendí la vuelta al hogar.

Esa misma tarde recorrí el barrio, tomando la precaución, eso sí, de salir sin bulto aparente, para no despertar la suspicacia de las fuerzas del orden. Por inverosímil que ahora parezca, me sorprendió que ni uno solo de los buzones inspeccionados presentara boca o ranura. Apelé a un cartero con uniforme, que sabe pavonearse por Ayacucho y que ni le hace caso al buzón, corno si ya no tuviera nada que ver. Lo convidé con un cafecito, lo rellené con especiales, lo saturé de cerveza y cuando lo vi con las defensas bajas me animé a preguntarle por qué los buzones, cuya vistosidad yo era el primero en destacar, no presentaban boca. Grave, pero no compungido, me contestó: —Señor, el contenido de su encuesta supera mi capacidad. Los buzones no tienen boca, porque ya no les ponen correspondencia.

-Y usted ¿qué hace? —yo le interrogué. Me respondió insumiendo otro litro:

-Usted, señor, parece olvidar que habla con un cartero. ¡Qué puedo saber yo de esas cosas! Me limito a cumplir con mi deber. Ni un dato más pude sacarle. Otros informantes que provenían de los más diversos extractos —el señor que atiende a los búfalos en el Jardín Zoológico, un viajero que terminaba de venir de Remedios, el cuoco negro del Popolare, etcétera— llegaron a decirme, cada cual por conducto separado, que en su vida habían visto un buzón con boca y que no me dejara marear por semejantes fábulas. El buzón argentino, repitieron, es una erección firme, maciza, una y sin cavidad. Me tuve que rendir a los hechos. Entendí que las nuevas generaciones —el señor de los búfalos, el cartero— hubieran visto en mí un antiguallo, uno de esos que traen a colación rarezas de otro tiempo, que ya no y me llamé a silencio. Cuando la boca calla, el seso bulle. Discurrí que si no funciona el correo, una mensajería privada, ágil, desprejuiciada, apta para canalizar la correspondencia, sería bien recibida por la opinión y me redituaría ingresos pingües. Otro elemento positivo era, a mi ver, que la propia mensajería puesta en acción cooperaría a propagar los embustes del redivivo Pro Bono Público.

En la oficina de marcas v señales, donde acudiese a registrar a tambor batiente mi acariciado engendro, flotaba una atmósfera bajo muchos aspectos similar a la del Correo: idéntico silencio sacerdotal, idéntico ausentismo de público, idéntico sinnúmero de oficiantes para atender a éste, idénticas demoras y abulia. A la larga me expidieron un formulario en que dejé estampada mi ponencia. No haberlo hecho. Ese punto fue el primer paso de mi vía crucis.

Entregado que hube mi formulario percatéme de un movimiento general de repulsa. Unos me dieron francamente la espalda. A otro la cara se le distorsionó a ojos vistas. Dos o tres formularon con franqueza improperios y pifias. El más indulgente me señaló, con corte de manga, la puerta giratoria. Nadie me extendió recibo y yo entendí que más me valiera no reclamarlo.

De nuevo en la seguridad relativa de mi domicilio legal, determiné aguantármela hasta que encalmara el ambiente. Al cabo de algunos días obtuve, en préstamo, el teléfono del señor que pasa las quinielas y me comuniqué con mi confesor jurídico, el doctor Baralt. Este, deformando un poco la voz, cosa de no comprometerse, me dijo:

-A usted le consta que yo estuve siempre de parte suya, pero esta vuelta usted se nos ha extralimitado, Domecq. Yo defiendo a mi cliente, pero el buen nombre de mi estudio está por encima de casi todo. Nadie lo creerá: Hay porquerías que no apaño. La policía anda en su búsqueda, mi desventurado ex amigo. No insista y no importune.

A renglón seguido cortó la comunicación con tanta energía, que me destapó la cera de la oreja.

La prudencia me encerró con llave en mi cuarto, pero a los pocos días el más tupido comprende que si la distracción escasea el miedo echa raíces y, jugándome el todo por el todo, tomé la calle por mi cuenta. Erré sin brújula. De pronto constaté con el corazón en la boca que me enfrentaba con el Departamento Central de Policía. No me alcanzaron las dos piernas para asilarme en el primer salón de peluquería donde, ya sin saber lo que formulaba, pedí que me afeitaran la barba, que era postiza. El oficial peluquero resultó ser don Isidro Parodi, con el guardapolvo blanco y de cara en buen estado de conservación, aunque un tanto bichoco. No oculté mi sorpresa; le dije:

‘Don Isidro, don Isidro! Un hombre como usted está perfectamente bien en la cárcel o a una considerable distancia. ¿Cómo se le ha ocurrido instalarse frente al propio Departamento? Ni bien se descuida, lo buscan… Parodi me contestó con indiferencia:

—¿En qué mundo vive, don Pro Bono? Yo estaba en la 273 de la Penitenciaría Nacional y un buen día noté que las puertas habían quedado a medio abrir. El patio estaba lleno de presos sueltos, con la valijita en la mano. Los guardiacárceles no nos llevaban el apunte. Volví para recoger el mate y la pava y me fui arrimando al portón. Gane la calle Las Heras y aquí me tiene.

¿Y si vienen a detenerlo? —dije con un hilo de voz, porque pensaba en mi propia seguridad.

-¿Quién va a venir? Todo es pura bambolla. Nadie hace nada, pero hay que reconocer que se respetan las apariencias. ¿Se fijó en los biógrafos? La gente sigue concurriendo, pero ya no dan vistas. ¿Se fijó que no hay fecha sin que una repartición no deje el trabajo? En las boleterías no hay boletos. Los buzones no tienen boca. La madre María no hace milagros. Hoy por hoy, el único servicio que funciona es el de las góndolas en las cloacas.

—No se me abata —le supliqué—. La Gran Rueda del Parque Japonés prosigue girando.

Pujato, 12 de noviembre de 1969