domingo, 8 de junio de 2014

La casa del odio profundo. Padre Amorth y R. Ítalo Zanini


No es Dios quien nos lanza al infierno, somos nosotros quienes vamos allí con nuestros propios pies. La misericordia de Dios es infinita. Siempre está dispuesto a acogernos con los brazos abiertos, hasta el último instante de nuestra vida

La casa del odio profundo

A sor Faustina Kowalska, la santa que recibió la visión de la imagen del Cristo de la Misericordia, Jesús le repite decenas de veces que se dé a conocer a los hombres cuán grande es su amor por ellos, su capacidad de perdonar y de acogerlos siempre y en Jesús a la misma sor Kowalska en una de sus visiones, es que no lo quieren: «Hija mía, mira mi corazón misericordioso. Las llamas de la Misericordia me queman: deseo derramarlas sobre las almas de los hombres, pero las almas no quieren creer en mi bondad». En otro pasaje, Jesús le recuerda que «cuando un alma exalta mi bondad, entonces Satanás tiembla y huye a lo profundo del infierno». Frente a Jesús el diablo tiene terror, porque queda descubierta toda su inferioridad, toda su debilidad de criatura frente a su Creador, de la cual es perfectamente consciente.

Jesús, explica Kowalska en su diario –escrito siguiendo el hilo de sus diálogos místicos con nuestro Señor-, sufre terriblemente ante el pecado y goza como el padre del hijo pródigo cuando el pecador se confía a él, aunque sea solamente a la hora de la muerte. «Los que proclamen mi gran misericordia, pecados fueran negros como la noche, cuando un pecador se vuelve hacia mi misericordia me da la gloria más grande y es un honor de mi pasión».

El siervo de Dios Juan Semeria, que no era un místico sino un gran hombre de fe, de caridad y de oración, explicaba así, a su auditorio a finales del siglo XIX, la esperanza en Dios misericordioso: «Dios es amor, Deus Charitas est. Dios ama al hombre y necesita decir esta frase apasionadamente. Nos ama y mendiga nuestro amor. Nos ama y en el momento final de la vida se presenta por última vez. El, este amante rechazado, se presenta para escuchar una palabra de arrepentimiento, que expíe una vida de rechazos».
Como recita la segunda plegaria eucarística en el texto original completo, es decir, en el canon de Hipólito, Cristo es inmolado «para derrotar el poderío de la muerte, para destrozar los lazos del demonio, pisotear el infierno, llevar la luz a los justos, poner término a su prisión y anunciarles la resurrección».

Hasta el fin Jesús está empeñado en arrebatar al triste destino del infierno incluso a quien lo rechaza, a donde busca arrastrarlo el diablo hasta el último momento. Es así como la misma santa Faustina, en el momento en que se da cuenta de las dificultades enormes que se han de superar para llevar adelante la obra que le ha sido confiada por Jesús, anota: «Ahora he comprendido que Satanás odia más que nunca a la misericordia. Esta es su mayor tormento». Luego, con renovada esperanza añade: «Pero la palabra del Señor se realizará. La palabra de Dios es viva y las dificultades no aniquilan las obras de Dios, sino que demuestran que son de Dios».

Conceptos que han sido repetidos centenares de veces en las apariciones de Medjugorje, donde la Virgen pide con frecuencia «orar por los que están bajo el poder de Satanás», porque «Satanás es fuerte y siempre está al acecho y desea destruir no sólo la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta en que vive». Siempre en sus apariciones, la Virgen ha invitado a poner la confianza en la oración y en la entrega humilde a la misericordia divina. Son interesantes en este sentido las apariciones de 1830 en la iglesia de Rué Du Bac en París, en las cuales María no sólo entrega a la vidente la imagen de la llamada «Medalla milagrosa», sino que también invita con decisión a ir «a los pies de este altar. Aquí las gracias serán derramadas sobre todos, sobre todas las personas que las pidan con fervor, sobre los pequeños y sobre los grandes… Yo estaré con vosotros».

Por tanto, Dios nos quiere a todos en el paraíso, nos proporciona los medios para llegar a El, incluso se ofrece a sí mismo, nos ofrece a su Madre. Entonces, ¿por qué hay infierno?, ¿quién lo ha creado?
Ciertamente no ha sido Dios. Son los mismos demonios los que lo manifiestan orgullosos en los exorcismos. Esto lo escuchó el padre Cándido una vez de un demonio que no quería irse de una persona.
—«Vete de este cuerpo —le decía-, vete al infierno. Dios te ha preparado un bello y cálido hogar».
La respuesta del demonio fue desconcertante:
—«Tú no entiendes nada, no sabes nada. No fue Él quien creó el infierno. Él ni siquiera lo había pensado. Lo hemos creado nosotros, los demonios».
El diablo creó de la nada el infierno. Incluso el infierno podría no ser un lugar. Algún teólogo ha hablado de un no lugar, partiendo del concepto de que el infierno es negación de Dios. De hecho, es prácticamente imposible poder definirlo. Muchos santos han tenido visiones del infierno, pero siempre distintas entre ellas y siempre según sus capacidades intelectuales y cognoscitivas.

El Catecismo de la Iglesia católica recuerda en el n. 212 del compendio que el infierno: «Consiste en la condenación eterna de todos los que, por libre opción, mueren en pecado mortal. La pena principal del infierno está en la separación eterna de Dios, el único en el cual el hombre tiene la vida y la felicidad, para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira». Por tanto se hace referencia a las palabras precisas de Jesús que trae Mateo 25,41: «Alejaos de mí, malditos, al fuego eterno». Inmediatamente después, en el número 213, el Catecismo explica, con el versículo 9 de la segunda Carta de Pedro: «Dios quiere que todos tengan oportunidad de arrepentirse». Sin embargo, habiendo creado plenamente libre y responsable al hombre, respeta su voluntad. «Por consiguiente, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, hasta el momento de su propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios».

Lo que sabemos con certeza es que el infierno está poblado por los que rechazan y niegan de todas maneras el amor de Dios y su omnipotencia. Una de las preguntas a la Santísima Virgen hecha por una de las videntes de Medjugorje, Mirjana, se refería precisamente a la posibilidad de que un condenado pudiera cambiar de idea.
—Pero si un condenado se arrepintiera, ¿podría Jesús llevarlo del infierno al paraíso?
La Santísima Virgen respondió como desconsolada:
—El podría, pero son ellos los que no quieren.
No quieren porque su elección es voluntaria y definitiva. Palabras que recuerdan la parábola evangélica del rico «que se vestía de púrpura y de lino finísimo y todos los días celebraba espléndidos banquetes», quien una vez muerto y en el infierno, quería que Lázaro, también difunto pero «en el seno de Abrahán», fuera a donde sus hermanos para advertirles que si no llevaban una vida correcta estarían destinados a padecer eternamente. No dice que está arrepentido por la forma como vivió, no pregunta cuál puede ser el camino para salir de la situación en que se encuentra, quería que Lázaro bajara a llevarle un poco de agua o, por lo menos, que fuera a advertir a los de su casa para que no tuvieran el mismo final. También aquí la respuesta es de las que dejan la señal:
«Tienen la Ley y los profetas. Si no escuchan a Moisés y a los profetas tampoco se convencerán aunque un muerto resucitara».

Un concepto que Dante expresa por boca de Beatriz, con dos famosos tercetos en el quinto canto del Paraíso:
«Cristianos, sed más graves en vuestros movimientos:
no seáis como pluma que se mueve a cualquier viento,
y no creáis que cualquier agua os lava.
Tienen el Nuevo y el Antiguo Testamento,
 y el pastor de la Iglesia que los guía;
básteles esto para su salvación».

El problema es que el que quiere condenarse y busca obstinadamente este objetivo, se hace en todo semejante a Satanás. Siempre más perverso pero también más soberbio y convencido de que su opción es la más justa, aquella capaz de realizar su libertad y sentimiento de omnipotencia. Y la máxima perversidad va acampanada de un gran engaño. El que vive en el pecado es en sí mismo tan perverso que, al igual que el diablo, se engaña a sí mismo. Pero no debemos pensar cosa de un instante. En una sociedad como la nuestra, a menudo se vive de modo que la persona se acostumbra al pecado.

Lo que es pecado ya no es identificado como tal. Así se suma pecado a pecado. Mil ocasiones ofrecen excusas plausibles a nuestras faltas. La persona se vuelve cada vez más disoluta sin siquiera darse cuenta. «El pecado grave –escribe Semeria, en un pasaje de un famoso cuaresmal, que permaneció grabado en la memoria del entonces monseñor Jaime Della Chiesa, después Benedicto XV- no es y no puede ser un fenómeno imprevisto. La persona no se vuelve mala en un día. Como lentamente, paso a paso, se sube por la cuesta de la virtud, así, lentamente, paso a paso, se desciende por la pendiente del vicio». Por tanto, advirtiendo a las personas que llenaban la Basílica romana de San Lorenzo en Damas, entre las que había algunos otros prelados, la reina Margarita con su séquito, magistrados y famosos profesores de inspiración masónica de la vecina universidad La Sapienza, invitaba al ejercicio siempre más desacostumbrado del examen de conciencia: «Hermanos míos, que por un justo temor del infierno, buscáis persuadiros de que él no existe, sed francos y decidme: ¿cuántas veces y de cuántas maneras Dios os ha llamado y vosotros habéis rechazado sus invitaciones?».

Muchos santos, como por ejemplo Teresa de Ávila, han tenido terribles visiones del infierno poblado por multitudes de almas, mientras otras seguían cayendo en grupos. La descripción de santa Verónica de Giuliani es muy detallada. Lucifer, en el centro, con su mirada controla todo. Inmediatamente bajo él, Judas. Después, el clero, subdividido por categorías, en riguroso orden de importancia. En último lugar la inmensa turba de condenados. Y naturalmente, como en el paraíso, no todos son iguales. Sobre este último concepto ha jugado mucho Dante con su hipótesis sobre la pena a contrapaso, es decir, de la estrecha relación entre el tipo de pecado cometido en vida y la pena sufrida en el infierno. El gran interés de la visión de Verónica Giuliani se debe también al milagroso descubrimiento de sus escritos en veintidós mil folios por parte de un peregrino francés de 80 años, mucho tiempo después de su muerte. Antes de aquel descubrimiento nadie habría pensado que aquella mujer hubiera sido una santa. Había vivido, había tenido sus visiones místicas y las había escrito ocultamente. 

Del libro: "Más fuertes que el mal" del Padre Gabriel Amorth y el periodista Roberto Ítalo Zanini. Editorial San Pablo.