sábado, 24 de mayo de 2014

El verdadero rostro de María. De Glez-Carvajal.

El verdadero rostro de María

Capítulo 23 del libro de

Luis González-Carvajal Santabárbara 

ESTA ES NUESTRA FE 
Teología para universitarios

La figura de María aparece al final del libro porque, siendo como es modelo para los discípulos de Jesús, en ella encontraremos recapituladas las ideas que han ido apareciendo a lo largo de los capítulos anteriores. Al lector le servirá, sin duda, de repaso general.
Parodiando una fórmula cristológica diría que es necesario distinguir entre la «María de la historia» y la «María de la fe». Hoy sería una ingenuidad ponerse a escribir una «Vida de María», al estilo de aquellas de Willam o Rilke; y no sólo porque los datos que aporta sobre ella el Nuevo Testamento son harto escasos, sino también porque los acontecimientos están narrados con muchísima «libertad». Sabemos ya que los autores bíblicos pretendían servir mejor a la teología que a la historia. Pero, a pesar de esa dificultad, merece la pena acercarnos a su figura.

La anunciación

Si prescindimos de los relatos fantásticos que los evangelios apócrifos inventaron sobre la infancia de María, la primera noticia cierta que tenemos de ella es la referente a la anunciación (Lc 1, 26-38).
¿En qué consistió la anunciación? Ya hemos dicho que no es fácil acceder a la «María de la historia». El dato revelado nos dice que pasó algo a nivel de experiencia profunda de fe en la vida de María; pero resulta muy difícil saber en qué consistió ese «algo», porque el relato de Lucas no se ha construido a partir de la historia sino a partir de los modelos estereotipados de anunciaciones que contiene el Antiguo Testamento: aparición del ángel, reacción de temor, anuncio del nacimiento, imposición del nombre, indagación del que recibe el anuncio («¿cómo?») y donación de una señal. Desde luego nadie debe pensar que María vio y escuchó a alguien con sus sentidos corporales. Si los ángeles son incorpóreos, ni pueden ser vistos ni tienen cuerdas vocales. «Expresándonos en terminología teológica clásica diríamos que María recibió una revelación a través de una experiencia mística».
Es importante llamar la atención sobre el detalle de que Dios no impuso su voluntad a María, sino que pidió su consentimiento para la obra que deseaba realizar. A la escena de Nazaret podrían muy bien aplicarse las palabras del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa» (3, 20). Y es que Dios está suficientemente bien educado para no forzar nunca una puerta. Si se hubiera encarnado «por sorpresa», tratando a María como un simple medio, no sólo se habría tratado de otro plan, sino también de «otro Dios». Con razón criticó el Concilio la frase de que «María fue un instrumento para los planes divinos» . Dios nunca trata así a las criaturas. El deseaba al Hijo eterno encarnado y confió su deseo a María, pero para que el deseo se cumpliera hacía falta que María también deseara lo mismo. Sólo cuando brotó del diálogo un deseo común el Hijo de Dios se atrevió a «acampar entre nosotros» (Jn 1, 14).

Concepción virginal

Lucas (1, 35) y —más claramente todavía— Mateo (1, 18) afirman la concepción virginal de Cristo. No todos saben lo que esto significa. Evidentemente, en el pensamiento actual no cabe la idea de que María se hubiera «manchado» o hecho «indigna» en caso de haber consumado con su esposo un matrimonio legítimo. Hoy nadie osaría hacer suyas las siguientes palabras de San Ambrosio:
«¿Es que iba a elegir nuestro Señor Jesús para madre suya a quien se atreviese a profanar la cámara celestial con el semen de un varón, cual si se tratase de una mujer incapaz de guardar intacto el pudor virginal?».
Es significativo a este respecto que muchas personas, incluso cultas, confunden el dogma de la Inmaculada Concepción de María —del cual hablaremos más adelante— con el dogma de la Concepción Virginal de Jesús , haciéndome sospechar que si una concepción virginal es para ellos sinónimo de «inmaculada», «limpia», una concepción marital será, sin duda, sinónimo de «sucia».
Pues bien, no hay nada de eso. El significado de la concepción virginal sólo puede ser éste: Que la salvación anhelada y buscada por los hombres no puede brotar de sus fuerzas naturales. Será siempre regalo de Dios.
¿La concepción de Jesús fue realmente virginal o estamos ante un relato elaborado por los evangelistas para transmitir el citado mensaje teológico? Como es sabido, mientras la Iglesia Católica y la Iglesia ortodoxa han defendido siempre la virginidad de María, en las Iglesias protestantes ha predominado la postura contraria. Recientemente una comisión ecuménica formada por doce escrituristas de diversas confesiones llegó a la siguiente conclusión: «No vemos cómo la moderna aproximación científica a los evangelios pueda resolver esa cuestión (…) Para contestar en un sentido o en otro es decisiva la actitud adoptada por cada uno frente a la tradición de la Iglesia» . Y es el testimonio constante de esa tradición quien nos hace dar a nosotros una respuesta afirmativa. Pero, naturalmente, la pastoral no debe centrar su atención en el hecho biológico, sino en su significado.

María y las esperanzas de Israel

Debido a la semejanza de Lc 1, 28 con Zac 9, 9 y Sof 3, 14  muchos autores han sugerido que Lucas quiso presentar a María como «Hija de Sión», es decir, una especie de personificación femenina del pueblo de Israel. Es difícil saber si tal cosa estuvo en la mente del tercer evangelista, pero desde luego es indudable que María perteneció a los «pobres de Yahveh», es decir, a ese pequeño «resto» de Israel que esperaba con ansia la salvación de Dios. En María podemos ver, pues, lo mejor del Israel antiguo; aquello que va a convertirse en Evangelio. Cuando María pronuncia el fiat pasa ella —y hace pasar a la humanidad— del Antiguo Testamento al Nuevo.
Esta es la razón por la que, frente al mes de mayo, debemos esforzarnos por revalorizar el adviento como tiempo mariano. Si durante las cuatro semanas de adviento la Iglesia quiere revivir la espera del resto de Israel, es claro que María se convierte en la figura clave de ese tiempo litúrgico.
Santo Tomás de Aquino afirmó que María dio su «sí» en 6 cuando el Hijo de Dios «vino a su casa, los suyos no le recibieron» (Jn 1, 11). Esa fue —como dirá Simeón— la «espada que traspasaría el alma de María»: Ver que muchos de su pueblo rechazarían el Evangelio, de modo que Jesús serviría en realidad para caída de unos y elevación de otros (Le 2, 34-35). Muchos creyentes sienten hoy un dolor semejante al ver que personas muy queridas se alejan de la fe (los padres con respecto a sus hijos, por ejemplo).
Guillerno de Newbury escribió una oración impresionante, y quizás única, de la Virgen a favor de su pueblo: «Acuérdate, Hijo mío, que de ellos tomaste la carne con que obraste la salvación del mundo…» .

María, modelo del discipulado cristiano

Lucas presenta a María como la primera que escuchó el Evangelio: «Hágase en mí según tu Palabra» (1, 38) Isabel  la saludará diciendo: «Dichosa tú que has creído» (1, 45). Por fin, en los Hechos de los Apóstoles (1, 14) aparece María entre los discípulos tras la resurrección. María, discípula de su Hijo y asociada a su tarea, recuerda fácilmente a la «La Madre» de Gorki.
Naturalmente, la fe de María tuvo que ir creciendo a lo largo de su vida. Lo que se dice de Cristo, con más motivo aún puede aplicarse a ella: «Progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Le 2, 52; cfr. 2, 40).
La suya, como la nuestra, fue una fe que ignora el futuro y no acaba de comprender (cfr. Lc 1, 29.34; 2, 50); pero fue también una fe ejemplar por su confianza ciega (cfr. Lc 1, 38.45) impregnada de meditación: «Conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 19.51).
Naturalmente, la prueba de fuego para la fe de María llegaría en el Calvario. «En el momento de la anunciación había escuchado las palabras: «El será grande…, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre…; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su Reino no tendrá fin». Y he aquí que, estando junto a la cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores…, despreciable…»» . Nosotros ya sabemos lo que es eso: La «Noche Oscura» de la fe.
Por todo ello, María es un modelo para nuestra vida creyente y debemos procurar que no aparezca nunca fuera de la Iglesia. Debe servirnos de ejemplo la decisión tomada por los padres conciliares de hablar de ella en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, en vez de dedicarle un documento aparte.

María y las mujeres

No podemos negar que se ha hecho un uso antifeminista de la figura de María. A la vez que marginábamos a las mujeres concretas, la idealizábamos a ella por una especie de mecanismo compensatorio (nótese que las Iglesias Católica y Ortodoxa, que son las que tienen una mariología más desarrollada, son también las que menos responsabilidades permiten asumir a las mujeres concretas). Otras veces hemos propuesto como modelo femenino la modestia de María, su abnegación, su aceptación resignada de la voluntad de Dios, su pasividad, etc.
En primer lugar, habría que decir que, ciertamente, ella se declaró «esclava del Señor», pero no como acostumbraba a hacer la mujer frente al varón, sino como corresponde a cualquier criatura —sea del sexo que sea— ante el Creador. Y en segundo lugar, la supuesta pasividad de María no responde a la realidad. Dios respetó su libertad y ella, antes de pronunciar el fíat, quiso conocer y entender lo fundamental de la propuesta que se le hacía.
Tampoco puede exaltarse unilateralmente su maternidad para legitimar la imagen tradicional de la mujer. Lucas (11, 2728) nos ha transmitido una escena significativa: Ante Jesús, una mujer del pueblo exclama: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!» Con ello explícita la única gloria que aquella cultura concedía a la mujer: su hijo, y más todavía, su hijo varón. El vientre y los pechos no son los atributos de la mujer-persona, sino de la hembra con funciones de fecundidad biológica. Pues bien, con su respuesta, Jesús devolvió a su madre la dignidad de persona: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan». Dado que María guardaba esa Palabra en su corazón (Le 2, 19.51), es claro que Jesús no pretendió contraponer otras personas a su madre, sino que —en su madre, como en los demás— contrapuso unos motivos de dicha a otros.
Como dijo San Agustín: De nada hubiera servido a María la intimidad de la maternidad corporal si no hubiese «concebido a Cristo antes en su mente que en su seno».

María y los pobres

Celso reprochaba a Jesús que «procediera de una aldea judía, y de una mujer lugareña y mísera que se ganaba la vida hilando» . Aunque no sabemos si hilaba o no, parece, en efecto,  que la María de la historia fue pobre. Recordemos, por ejemplo, que la ofrenda que hizo con motivo de la presentación de Jesús en el templo fueron «un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2, 24), es decir, la ofrenda prescrita por la ley para los indigentes (Lev 12, 8).
Como hace notar José Ignacio González Faus, «fue una campesina sin aureola, sin recursos y sin medios. Para presentarla, Lucas necesita dar el nombre de su pueblo (Nazaret: Lc 1, 26), la localización de éste (Galilea: Le 1, 26) y su referencia familiar (casada con un tal José: Lc 1, 27). Sólo luego de estos datos nos dice su nombre. Y es claro que el evangelista no habría tenido que escribir así si su relato dijese, por ejemplo: «el ángel de Dios fue enviado a Cleopatra»; pues todos sus lectores sabían muy bien quién era Cleopatra» ‘. En la anunciación se ve claramente que «ha escogido Dios lo débil del mundo para confundir a lo fuerte» (1 Cor 1, 27).
Lucas puso en boca de esa mujer pobre un cántico (el Magníficat: 1, 46-55) en el que alaba a Dios porque viene a liberar a los pobres. Pablo VI escribió:
«María de Nazaret fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente sumisa o de religiosidad alienante, antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vengador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo. La figura de María no defrauda esperanza alguna profunda de los hombres de nuestro tiempo y les ofrece el modelo perfecto del discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y temporal, pero peregrino diligente hacia la celeste y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado». (PABLO VI, Marialis Cultus, 37).
Son sin duda muy hermosas las vírgenes de Fra Angélico, pero la «María de la historia» no fue una gran dama ni vivió nunca en un palacio renacentista. Pastoralmente sería deseable una iconografía más respetuosa con la «María de la historia», y revalorizar advocaciones como aquella de «Redentora de cautivos».

Theotokos

El Concilio de Efeso (año 431) proclamó que María era la «Theotokos» (madre de Dios). Expresa una verdad innegable, pero la fórmula no está exenta de peligros. Antaño, cuando no había muerto todavía el culto a las diosas progenituras (Cibeles de Frigia, Isis de Egipto, Deméter de Eleuxis…), hubo Padres que evitaron esa fórmula —aun estando perfectamente de acuerdo con la idea que quería expresar— por temor a una falsa inteligencia. Es verdad que tanto el término griego (Theotókos) como el término latino (Deípara) usados por la Iglesia antigua tenían una gran precisión teológica de la que carece nuestra fórmula «Madre de Dios». Significaban literalmente que María dio a luz al que era Dios, y no suscitaban en absoluto la idea de que María, en cuanto madre, pudiera haber «producido a Dios».
Una vez aclarado ese posible malentendido, la teología guardó silencio ante el misterio y los Santos Padres utilizaron más bien el lenguaje de la poesía:
«Cuando contempla este divino niño, vencida—imagino— por el amor y por el temor, ella hablaría así consigo misma: ¿Qué nombre puedo dar a mi hijo que le venga bien? ¿hombre? Pero tu concepción es divina… ¿Dios? Pero por la encarnación has asumido lo humano… ¿Qué haré por ti? ¿Te alimentaré con leche o te celebraré como a un Dios? /.Cuidaré de ti como una madre o te adoraré como una esclava? ¿Te abrazaré como a un hijo o te rogaré como a un Dios? ¿Te ofreceré leche o te llevaré perfumes? (BASILIO DE SELEUCIA, Homilía sobre la Theotókos, 5 (PG 85, 448 AB)).
Por su similitud no resisto la tentación de reproducir un fragmento de una pieza escénica inédita que Jean-Paul Sartre escribió durante la segunda guerra mundial para sus compañeros de cautiverio creyentes:
«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que yo habría querido pintar sobre su cara es una maravillosa ansiedad que nada más ha aparecido una vez sobre una figura humana. Porque Cristo es su niño, la carne y el fruto de sus entrañas. Ella le ha llevado nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Y por un momento la tentación es tan fuerte que se olvida de que él es Dios. Le aprieta entre sus brazos y le dice: «Mi pequeño». Pero en otros momentos se corta y piensa: «Dios está ahí», y ella es presa de un religioso temor ante ese Dios mudo, ante ese niño aterrador. Porque todas las madres se sienten a ratos detenidas ante ese trozo rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten desterradas ante esa nueva vida que se ha hecho con su vida y que tiene pensamientos extraños. Pero ningún niño ha sido más cruel y rápidamente arrancado a su madre que éste, porque es Dios y sobrepasa con creces lo que ella pueda imaginar.
Pero yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y escurridizos, en los que ella siente a la vez que Cristo es su hijo, su pequeño, y que es Dios. Ella le mira y piensa: «Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!»
Y a ninguna mujer le ha cabido la suerte de tener a su Dios para ella sola; un Dios tan pequeño que se le puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios tan cálido que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María si supiera pintar…».( SARTRE, Jean Paul, Bariona (pieza escénica inédita). Cit. Por LAURENTIN, Rene, Court Traite sur la Vierge Marie, Lethielleux, París, 5.ed., 1968, p. 136).
Pero también hay un peligro en dejarse llevar demasiado por el sentimiento, y el teólogo debe estar sobreaviso para impedir que la mariología degenere en «una escolástica del corazón». Me parece erróneo, por ejemplo, sacar la conclusión de que Dios tiene que obedecer a María (la «omnipotencia suplicante). Por mucho que queramos conceder al entusiasmo del  predicador, son inaceptables las siguientes palabras:

«Como en este mundo un buen hijo respeta la autoridad de su madre, de suerte que ésta más bien manda que ruega, así Cristo, que un día sin duda le estuvo sujeto, nada puede negar a su madre (…) A ella le está bien no rogar, sino mandar».

Es verdad que María fue elegida por Dios para ser la madre de Cristo, pero ella seguirá siendo siempre una creatura ante su Creador. Pedro de Celle (+ 1183) recordó oportunamente que es la esclava del Señor.
Igualmente inaceptable es oponer la compasión de madre que tiene María a la justicia de Dios, proyectando sobre ambos los estereotipos femeninos y masculinos de nuestra sociedad. Uno se sorprende al leer frases como las siguientes:

«A nadie hallamos que, por sus merecimientos, tenga más poder para aplacar la ira del Juez que a ti, que mereciste ser madre del Redentor y del Juez »18.
«Aquel que es culpable contra el Dios justo, que se refugie junto a la dulce Madre del Dios de misericordia».
«Ella no deja que su Hijo hiera a los pecadores; pues, antes de María, no hubo nadie que se hubiera atrevido a contener al Señor». Ella es «la mejor aplacadora de su cólera».

Y en las apariciones de La Salette (1846) la Virgen aparecía deteniendo el brazo de su Hijo que quería castigar a los hombres, con lo cual los devotos de semejante imagen, en vez de buscar protección en Dios, buscan protección contra Dios. Han sido tantas las desviaciones que el mismo Pablo VI se vio o a llamar la atención:

«Algunos sostienen —dijo el Papa Montini—, con ingenua mentalidad, que la Virgen es más misericordiosa que el Señor; con juicio infantil se llega a sostener que el Señor es más severo que la Ley y necesitamos recurrir a la Virgen ya que, de otro modo, el I Señor nos castigaría.  Cierto: A la Virgen le ha sido encomendado el preclaro oficio de intercesora, pero la fuente de toda bondad es el Señor». 

Así, pues, si María es misericordiosa, Dios mucho más porque es la fuente de la misericordia de María. De hecho, ella misma corrigió anticipadamente a esos «devotos indiscretos» cuando, a la alabanza que le dirigió su prima Isabel (Lc 1, 4245), respondió que a Dios, y sólo a El, es debida toda gloria. Tal fue el tema del Magníficat (Lc 1, 46-55). (Existe, de hecho, un libro publicado en 1673 con el título «Advertencias saludables de la bienaventurada Virgen María a sus devotos indiscretos», que fue escrito por un católico a quien escandalizaban los excesos de su tiempo, y no por un protestante o un jansenista como se había supuesto).

Concepción inmaculada

El día 8 de diciembre de 1854 Pío IX definió ser doctrina revelada que María estuvo exenta del pecado original porque fue justificada por Dios desde el instante mismo de su concepción.
Hasta finales del siglo XIII todos los teólogos importantes (Bernardo de Claraval, Pedro Lombardo, Alejandro de Hales, Buenaventura, Alberto Magno, Tomás de Aquino, etc.) se opusieron a la idea de que María pudiera haber estado exenta del pecado original porque les parecía que en tal caso no habría necesitado redención. Aunque la afirmación de la concepción inmaculada «parece convenir a la dignidad de la Virgen —decía Sto. Tomás de Aquino— menoscaba en cierto modo la dignidad de Cristo», que es el salvador de todos los hombres sin excepción.
Fue Duns Scoto (+ 1308) quien, desarrollando una intuición de su maestro Guillermo de Ware, resolvió la dificultad al sugerir que la exención del pecado en María fue precisamente un fruto anticipado de la redención. Impedir que alguien contraiga una enfermedad es mejor aún que curarle de ella, y en ambos casos debe su salud al médico.
Pero cabe preguntarse: Dado que el bautismo es el momento en que quienes nacimos sometidos al pecado original recibimos la justificación de Dios, ¿fue realmente tan grande la ventaja de María sobre el resto de los cristianos? ¿Quién de nosotros ha lamentado alguna vez seriamente haber sido bautizado unos días antes o después?
Desde luego, si todo se redujera a una «disputa por unos momentos», como la llama Rahner, no merecería la pena celebrar el privilegio de María con tanta solemnidad y regocijo. Pero es que hay algo más. Aunque el bautismo elimina el pecado original, persisten todavía en los bautizados las «reliquiae peccati»; esa división interior de la que todos tenemos experiencia. María, sin embargo, habiendo estado exenta del pecado original, es «la no dividida». Sólo en ella podía darse lo mismo una total receptividad hacia Dios que un rechazo radical.
Esto era muy importante para realizar su misión. Como dijeron los padres conciliares, «enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, María pudo abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios». Creo que, tanto si nos referimos a la inmaculada concepción como a cualquier otra cualidad de María, no deberíamos hablar de «privilegios». Esa palabra hace pensar que María recibió de Dios una serie de ventajas para sí misma, para su gloria, cuando en realidad Dios le concedió aquello que necesitaba para realizar mejor su vocación.

Asunción

El 1 de noviembre de 1950 Pío XII definió ser doctrina revelada que María, «una vez cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial»
Ya en época temprana surgieron varios relatos apócrifos que describían la asunción de María al cielo. Algunos eran especialmente fantásticos, como éste que se puso bajo el nombre de San Juan Evangelista, aunque en realidad es de finales del siglo V:

«Un ángel se le aparece a María, le trae una palma y le anuncia su muerte. Ella convoca a sus amigos y les da la noticia (…) Camino del sepulcro, la comitiva fúnebre es atacada por los judíos; pero al sacerdote que quiere tocar el ataúd se le cortan maravillosamente las manos y los que le acompañan quedan ciegos. Por estos milagros se convierten y son curados. Luego los apóstoles depositan el cuerpo de María en el sepulcro; tres días más tarde viene Jesús de nuevo, los ángeles llevan el cuerpo al paraíso y lo ponen bajo el árbol de la vida, donde se une otra vez con su alma»

San Juan Damasceno nos ha transmitido una leyenda, mucho más mesurada, según la cual los apóstoles abrieron la tumba de María al tercer día de su muerte y encontraron sólo los sudarios.
Conviene aclarar, sin embargo, que la fe de la Iglesia no se apoya en ninguna de esas leyendas; es más, no debe apoyarse en ellas porque la asunción no fue un acontecimiento más de la vida de María que pudiera haber sido presenciado por algún cronista. Decir que fue «asunta a la gloria celestial» equivale a decir que fue asumida, tomada por Dios; y esto, obviamente, ocurre más allá de la historia. Quien sepa que el «cielo» de la fe no es el cielo de los astronautas, no caerá en la ingenuidad de imaginar un desplazamiento por los aires.
Así, pues, la Iglesia no supo de la asunción de María por el testimonio de la historia, sino por el testimonio de la fe. Jesús, al resucitar de entre los muertos, fue a «preparar un lugar» (Jn 14, 2) a quienes «mueren en Cristo» (1 Tes 4, 14). Entre ellos María —modelo del discipulado cristiano— ocupaba necesariamente el primer lugar.
Un día disfrutaremos nosotros también de esa dicha. Es significativo el hecho de que, para definir el dogma de la asunción, Pío XII no eligiera un 15 de agosto sino un 1 de noviembre (fiesta de todos los santos). Debemos dar por buena la intuición de los artistas que representaron siempre a María asunta a la gloria rodeada de un gran cortejo formado por los mártires y santos en general.

La asunción de María al lado del Padre nos dice que hay realidades que ya han sucedido; que no sólo han llegado a Cristo, sino también a nosotros, simples seres humanos. Podemos, pues, tener confianza. El «futuro» no es ninguna utopía. Se ha hecho ya presente en Jesús y en María.