miércoles, 8 de enero de 2014

Víctor Botas


Víctor Botas: Oviedo, 22 de Octubre de 1945 / Oviedo 1994. Se mantuvo respetuoso con la tradición literaria. Apasionado de las tradiciones, mitos y leyendas, lo que se proyecta en sus escritos. Se licenció en Derecho ejerciendo como abogado varios años, compaginando dicha labor con la escritura y la enseñanza universitaria.

Escribe sobre él mismo:
"Creo que fue en mayo de 1976 cuando escribí lo primero que trataba de parecerse a un texto poético. ¡Ojalá nunca se me hubiera ocurrido tal cosa! La poesía, que es inmortal y pobre, es además asunto de neuróticos, escuela de parásitos, nido de pedigüeños y fácil coartada para lucimiento (siempre queda bien poner un poeta en cualquier acto oficial) de políticos abecedetos. En lo que a mí atañe, sospecho que me alteró el espíritu y poco a poco me fue llevando a una casi perfecta inutilidad, con el consiguiente coste económico que semejante situación conlleva.
………………
Para colmo de males, una tarde de invierno, en León, me topé con Borges que también hablaba de tigres, que no era un fanfarrón verbal como Neruda, ni un cursi como Juan Ramón, ni un monótono blandengue como Salinas. Borges fue la puntilla: durante los tres o cuatro años siguientes leí y releí, obsesionado, todos y cada uno de sus poemas, hasta el punto de que aún hoy sigo recordando buena parte de ellos. De estos días, de estas lecturas y de ciertas vivencias que no puedo desvelar aquí, surgió el que sería mi primer libro que vio la luz: Las cosas que me acechan. Solo, aislado como estaba, sin demasiada idea de quiénes eran los nuevos autores que merecían la pena ni de cómo o dónde publicar, sufrí un largo purgatorio de despistes y meteduras de pata, producto de la empanada que arrastraba, hasta que ae una mañana de la Semana Santa de 1979 —y gracias a mi mujer conocí a losé Luis García Martín, que por entonces editaba su revista Jugar con Fuego. Durante diez años, pero sobre todo hasta el 86 o así, me fui enterrando más y más en esto de la literatura de la mano de tan sinuoso personaje que en adelante sería un poco mi asesor, mi agente literario, mi amigo de tantas tardes en las cafeterías de Aviles, mi conciencia literaria y mi enemigo político. Así que de la poesía pasé a la novela y de ésta al relato más o menos breve.
…………
Ya andaba yo bastante arrepentido de haberme metido en esto de darle a la máquina de escribir cuando las circunstancias, las musas o vete tú a saber quién, me impulsaron de nuevo a pergeñar los textos de mi último libro, Retórica, cuyo núcleo central data de 1988. Este es un conjunto de textos elaborados un poco desde el escepticismo hacia la poesía, un poco desde el uso de recursos técnicos, y el resto a base de ganas de poner el punto final a ese largo ciclo al que pertenece toda mi obra en verso hasta el momento.
Un poco autocríticamente y tras muchas vacilaciones, lo titulé Retórica porque me pareció una especie de recopilación de mis habituales formas poéticas, de mis obsesiones, y la más retórica de mis obras. En fin, que no pienso persistir más en ese camino demasiado trillado ya que de otra manera correría el riesgo de caer con el tiempo en ese pozo gaga en que han caído tantas y tan ilustres momias de nuestra geografía literaria.
Por fortuna, ya va para tres años que me abstengo de escribir poemas y como para año y medio que no le doy a la prosa: lo último, mis memorias, que ahí están, a medio escribir. Quién sabe, a lo mejor he conseguido liberarme de una vez por todas del “mono” literario en que anduve metido y este tomo que ahora presento con mi obra poética de quince años es el mutis final, el chulesco ahí os queda eso, el desplante que el torero le hace al toro, mirando al tendido, al terminar una buena faena de muleta. Veremos". 



LAS COSAS QUE ME ACECHAN (1979) 

CON INDECISA pluma voy poniendo 
indecisas palabras. (Quiero darte 
un poco de mi espíritu.) Es difícil 
llenar tanto papel con unas líneas 
capaces de emoción. A cada paso 
se bifurca el camino y aparecen 
otros nunca pensados; sólo uno, 
que no sabré encontrar, es el preciso. 
Escribo, pues, errando las ideas 
y sus vanas palabras. (Se parece 
bastante este oficio a esa otra busca 
más rica, que es la vida. La ven
de la ficción consiste en que, si quiero, 
rompo la hoja. Puedo repetirme.)


DE ESTE millar y pico 
de libros que celosamente guardan 
los anaqueles de mi biblioteca, 
apenas diez 
o doce 
merecen ser nombrados. (Tu mirada 
me falta; 
de otro modo 
toda literatura sería inútil.)



ME INCLINO ante esa página que nunca 
escribiré. Es tan difícil eso 
de transformar en símbolos las cosas, 
en magia los momentos, en sonido 
aquel cuerpo que pude haber amado 
y que no amé. En las noches de insomnio, 
una pregunta acaso sin posible 
respuesta me atenaza: ¿lo que digo 
de qué me ha de servir? Tú no me escuchas.



EL SILENCIO del agua 
propone al pensamiento 
intermitentes 
formas de plenitud. 
El espejismo 
comienza donde crece la semblanza 
de lo irreal. 
A veces 
llego a pensar que todo se ha trocado, 
y que soy el otro, 
y tu me quieres. 



ESTÁS entre las cosas que me acechan; 
en el mar de esa tarde no esperada 
que hoy es una tristeza y un fracaso: 
en la luz del otoño y su arboleda 
de rumores y sombras; paseando 
por Roma, perdida entre la música 
antigua de las fuentes; en el cuerpo 
de una mujer que se peinaba cerca 
de la arena y del mar; en cierto rito 
de un día ya lejano; en el insomnio, 
que es donde yo me escucho; en esas cosas 
—una mirada, un hábito, un acento— 
sin ninguna importancia, que nos pasan 
y que no se resignan al olvido. 



Yo NO CANTO. Yo escancio mis fracasos, 
mis penas y alegrías, y esa ingente 
memoria que no ha de abandonarme 
mientras la luz perdure en el ocaso 
del sol para mis ojos. Yo dialogo 
en voz baja, y mi verso es tan pobre 
como un trozo de pan. Yo soy un craso 
error que nunca ceja, y un silencio 
que emerge de la noche. Tengo todo: 
esa tarde, tu ausencia, plata, lodo… 



YA EN la bíblica edad —33 años— 
que dicen plenitud, pero es ocaso, 
estoy. Crece como un rosmar de pasos 
en torno a mí; la muerte, acaso, 
con tenebroso afán urde el fracaso 
final de que Unamuno hablara. Tanto 
me prodigué en el tiempo, que me emplazo 
en cenital instante. Los cuidados 
de la onerosa edad sean callado, 
plácido declinar. Guarden mis labios 
un poema feliz para el postrero 
dislate temporal. También tus besos.



YO SÉ que mis palabras te parecen 
cosas sin importancia; te equivocas: 
perdurarán intactas y el transcurso 
de los días del tiempo y de sus noches 
no las marchitará. Vendrá un futuro 
momento en que otros labios, aún secretos, 
acaso las pronuncien no sin cierto 
temblor. Tú y yo seremos polvo, y distintos 
mármoles vocearán nuevas victorias 
y el hierro habrá cedido al prepotente 
rumor de la clepsidra. Mas tus ojos 
seguirán alentando en cada línea, 
perennemente jóvenes. También algo 
de aquel jardín que nunca compartimos.




LA NOCTURNA zozobra de aquel niño 
que fui hace tantos años. Su memoria. 
Shere Khan, que se desliza entre las manos 
jóvenes de mi padre. Su misterio 
de elástica fragancia. Su inocencia. 
El deseo y el temor de mirarte. 
La muerte, como límite. Esas cosas 
que, con extraña pluma, voy dejando 
quietas en una página. Reliquias 
que atesoro. No sé para qué sirven.




HABLAN de la Naturaleza, y es hermosa 
—dicen sin más razones—; yo prefiero 
más bien hablar de un caos, aciago y fiero, 
sin orden ni concierto ni otra cosa 
sino este ciego azar que nos acosa 
a golpes de testuz. Dejarlo quiero 
muy claro en esta página: no espero 
del temporal trasiego que graciosa 
mente prodigue paz. Serán sus golpes 
más duros si, creyéndome en la gloria, 
sólo esperase halagos: dura noria 
mueve el ritual del tiempo, golpe a golpe. 
Hay, sin embargo, instantes, signos, cosas 
que, misteriosamente, son hermosas. 



No has de buscar la fórmula, la piedra 
filosofal que un último alquimista 
no supo hallar. Perdido en la penumbra
del anhelado oro inalcanzable, 
dilapidó sus noches y sus días 
en la terca tarea, acaso vana 
porque así hubo de ser. El tiempo pasa 
y en su río de instantes, cada cosa 
se diluye o se pierde y queda en nada 
más que un pálido fue, un latido, y sólo 
perdura en la memoria como un rastro, 
como un perfil difuso. Hay dos hombres 
en una esquina; pronto no habrá nadie. 
Y sólo quien no busca permanece. 





SÉ QUE VENDRÁS secreta, como debe
venir cuanto los dioses solicitan,
para borrar mi nombre. Sé que debes
cumplir un rito arcaico, una maldita
y pretérita forma de venganza
sin duda en el Averno imaginada
por horrísonos seres. Sé que nada
me ha de librar de ti: ni la semblanza
de la en vano belleza perseguida,
ni el laborioso libro o las nocturnas
veladas propicias al amor. Turnas
con procelosa mano de las vidas
el súbito final, el terco olvido.
Y, polvo, usurparás cuanto he vivido. 




GALÍLEO 

EN la noche propicia al instrumento 
que las formas del cielo nos depara, 
irrumpe Galileo. Nadie ampara 
su minuciosa ciencia. (Pongo acento 
en esta soledad que al pensamiento 
dones sin par otorga). Es cosa rara 
y, por demás, gravosa que él osara 
negar la convención de aquel momento 
valiéndose de antiguas teorías 
que supo demostrar. Era evidente 
la licitud del cálculo, evidente 
también que el Vaticano no podía 
reconocer su error. Veo en el reo 
el símbolo incesante en el que creo. 



PROSOPON (1980) 

TE ECHO tanto de menos, mi futura 
amiga inconcebible. Si me fuera 
posible oír tu voz, mirar tus ciegos 
ojos, tu sonrisa inefable, esa 
secretísima forma con que pasas 
por lugares anónimos que niegan 
toda limitación. Bien sé que nunca 
nunca podrá existir entre nosotros 
más que el vano monólogo en que trato 
de llegar a tu nada. (Mientras tanto 
el tiempo habrá borrado hasta los dedos 
que estas cosas te dicen y no quieren 
sino seguir soñándote.) Sospecho 
que en la noche indistinta va comienzas 
a irte reconociendo en esta página. 



EL CAMINANTE INMÓVIL

CALLES 

Estas calles inútiles
sin más rumbo que el cierto
de tu muerte
sin más rumbo que aquel que ha de postrarte
cualquier día
bajo la adusta sombra
de los cipreses últimos
tan quietos
tan impasibles siempre
que dan miedo Estas calles
en las que todo es como si hubiera
de durar
y durar
y esto que ahora
te viene hasta las mientes
sólo fuese
un ocioso producto
de tu espanto (La vida
acaso se parece
a aquella flor que tiembla entre los dedos
cárdenos de la tarde
regalando
con húmedo ademán de piedra antigua
sola
su indolente belleza
encarnada y distinta y ajena a cualquier cosa
salvo a su propio orgullo) unos lugares
comunes, acuñados por las muchas
muertes que has de vivir (que ya has vivido)
tan de cerca (Nadie
aquí no queda nadie
que lo cuente
dice
una vieja sentencia
popular) ¿Te aguarda
ese día final
o serán otros
quienes anunciarán que te has marchado
y tú lo ignoras?
Porque puede ocurrir que Robespierre
No sepa que ya es un decapitado.





LA LUNA 
                                            A J.L.B. 

La luna que miramos desde el Tíber 
o aquí, bajo la noche de los astros, 
es única y común. Ritos y magias 
de antiguos sacerdotes que oficiaban 
orgullosos misterios, la coronan 
de fórmulas y flores fenecidas, 
de jóvenes efebos que salmodian 
olvidadas canciones, para siempre. 
Estas cosas pasaron. Son ahora 
mientras veo la luna y no comprendo 
qué estoy haciendo aquí, por qué es tan triste 
contemplar esa luz, si se está solo. 



FIN DE AÑO 
                                               a G.L. 
Aquella última noche de los años 
cincuenta. Aún me parece 
estar viendo la cara 
de Aurora, que hoy persiste 
en la muda butaca de su tedio
casi nonagenario. Yo escuchaba 
canciones de Modugno en el antiguo 
aparato de radio. También Queta 
andaba por allí. Hace bien poco 
enterramos a Concha (para siempre 
la dejo con las manos en la copa 
serena de champán). Espera Menchu 
(y mi madre y mi padre) 
las uvas de las doce. De mi abuela 
¿qué podría decir?: que fue mi madre 
quien se puso a su lado, y estaría 
presidiendo la mesa. Casi nada 
recuerdo de mi hermano: lo imagino 
pidiendo, como siempre, 
el pitillo ritual que se guardaba 
para después del postre. Qué lejana 
esta escena. Y tan perdida 
para mí, como el paso temerario 
de Aníbal por los Alpes. Estas líneas 
son, sin embargo, una 
coartada que yo uso 
para nombrar a aquél de quien (lo debo 
de confesar) tan sólo 
deseo hablar aquí. En su memoria 
levanto yo esta página y la noche 
de hace ya veinte años que, por raro 
capricho del Azar, ahora comparte 
con él esta nostalgia 
y la ceniza. 


EN TORNO A EINSTEIN 

La línea recta curva- 
se inexorablemente 
en el espacio. El tiempo 
se detiene en los pasos 
de la luz. Estamos 
donde siempre. La magia 
de las cosas. No existe 
la realidad. Existen 
múltiples realidades 
o ninguna. Existe 
la mirada recíproca 
que aguardo. El beso 
en mitad de la noche. 
La anciana que nos tiende 
la mano y pide un poco 
de limosna. El día 
de la increíble muerte. 
Tan íntima. Tan sola. 



SEGUNDA (1982) 

Tienes ojos extraños.
Palpitantes caderas con inquietud de río.
Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente
como algas mecidas por las olas.
Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo,
frío cáliz de espanto ofrendado a los dioses.
Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira.
Te mueves y soy yo quien se agita y disloca.
Sonríes y provocas la muerte en quien te mira;
una muerte instantánea: la muerte de los héroes.
Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla
bajo la luna pálida. Eres más: eres todo,
todo un peligro público. Y lo sabes, bandida.
Te estoy diciendo esto desde el fondo del pozo,
tieso ya, amortajado, la barba de diez días
y lleno de gusanos que me sueltan las uñas. 



Ante una efigie de Sargón el viejo
(S. XXIII a. C.)

La inderogable forma de la efigie
corrobora la ausencia de unos ojos,
el perfil se demora, minucioso,
en pulcritud de líneas y se finge
un éxtasis del rey: sólo un instante
de belicosa vida congregado
en formas que perduran proclamando
de Sargón la presencia memorable.
Sé de tan regia efigie, que no cesa
de reducir el tiempo a sólo un hito.
¿Habrá intuido el rey que tantos siglos
apenas son un ápice en la inmensa
clepsidra original, y que a su gloria
daría el recio ídolo memoria? 



Noche oscura del alma 

Tu carne
tan desnuda
quieta
en la oscuridad
Tus pechos
dos
temblores
dos
lunas
en medio de la noche
Mis brazos
te rodean
violento
cuerpo a cuerpo
lucha
que sólo acabará
conmigo
sobre ti
conmigo
que me voy enredando en esas algas firmes
húmedas
suaves como tentáculos
Hasta que allá
en la calle
se acerque el alba de puntillas
sorbo
una a una tus lágrimas
gozosas
mansamente te lamo
chupo
igual que chuparía
un niño un caramelo
de frambuesa
Tu boca
ahora me sabe a almíbar
ahora
a cortezas amargas de naranja
Veo
a Dios
justo en ese momento en que mi cuerpo
se vacía de golpe entre tus piernas
Dices
(y es muy cierto)
que soy tímido y muy muy indeciso
y que siempre consigo lo que quiero
—lo malo
es que tan sólo quiero
un poco más
de ti
un poco
más
en esta larga noche que se niega a morírsenos
así de cualquier modo
entre las manos
Estoy solo
Amanece
Una campana salta como un gato
sobre todas las cúpulas
las cópulas
y todos los tejados humeantes
La bruma
suelta su pedrería en la ventana
araña
los cristales
y me muerde la espalda con desgana. 




Tienes ojos extraños.
Palpitantes caderas con inquietud de río.
Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente
como algas mecidas por las olas.
Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo,
frío cáliz de espanto ofrendado a los dioses.
Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira.
Te mueves y soy yo quien se agita y disloca.
Sonríes y provocas la muerte en quien te mira;
una muerte instantánea: la muerte de los héroes.
Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla
bajo la luna pálida. Eres más: eres todo,
todo un peligro público. Y lo sabes, bandida.
Te estoy diciendo esto desde el fondo del pozo,
tieso ya, amortajado, la barba de diez días
y lleno de gusanos que me sueltan las uñas. 



TEOGNIS DE MEGARA (S.VI a.C.) 
NO ACABO DE ENTENDER 

No acabo de entender 
a estas gentes que andan 
por mi vida: mis cosas 
les molestan y todo 
son reproches. 
Pero ninguno de estos ignorantes 
lograría imitarme en lo que hago. 




TIBULO (60?-19?a.C.) 
CALENDAS MARCÍAS 

Ya estamos otra vez en las fiestas de Marte, 
que iniciaban el año antiguamente. Todavía 
se recuerda aquel tiempo con este ir y venir 
de regalos, de un lado para otro. ¿Qué podría 
—aconsejadme, Piérides— mandarle, aunque yo no 
sé muy bien si me hace mucho caso, a mi querida 
Neera? 
Con dinero se logran las mujeres 
vulgares y mezquinas, las otras (que son pocas) 
se consiguen mejor con un poema. Tus versos 
(ella sí los merece) la pondrán muy contenta. 
Pero adorna tu libro, cubriéndolo con algo 
que lo haga parecer más atractivo: resulta 
un poco soso, así, tan blanco. Y ponle 
tu nombre en letras claras. Mándaselo después. 
Y vosotras, que tanto 
hacéis por mejorar mi poesía, 
¿iríais (es un favor que os pido) hasta su casa 
a darle en propia mano este libro que yo 
preparé para ella, no vaya a estropeárseme? 
luego ya me dirá si el amor es recíproco, 
o si ha disminuido, o se le ha muerto. Pero, antes, 
abrazadla muy fuerte de mi parte y, en voz 
muy bajita, decidle (casi casi en silencio): 
“Casta Neera, esto te envía aquel que antes 
fue un hombre para ti y, ahora, es hermano. Te ruega 
aceptes su regalo, y jura que te quiere 
más que a sus propios huesos, aunque tú no consientas 
ser su mujer —ojalá esto no ocurra: es la 
única esperanza que ya no va a perder, 
más que, muerto, en las aguas temibles de Plutón. 




AGATIAS EL ESCOLÁSTICO (S.V-VI d. C.) 
AMORES BIZANTINOS 

¿Dónde hallar el amor? Si tú lo buscas 
entre las mujerzuelas de la calle, 
acabarás muy pronto destrozado. 
Si en una joven virgen, tu ternura 
te llevará a la cárcel o a la boda; 
y no es, desde luego, apetecible 
la juerga obligatoria 
y en familia. ¿En un muchacho? Eso 
sería todo un crimen, y aún más grave 
meterse en adulterios: descartado. 
Si a las viudas alegres te dedicas, 
verás que son peores que las putas, 
salvo que des con una (ocurre a veces) 
que sea casta: entonces se te tuercen 
las cosas más si cabe: andarás siempre 
como una gata en celo y, si te sale 
todo a pedir de boca y al fin logras 
llevártela a la cama, ella, matrona, 
por miedo al qué dirán, 
te dejará plantado cuando menos 
lo esperes. Una esclava 
está bien, pero que sea tuya, 
y ten mucho cuidado si no quieres 
que muy pronto se inviertan los papeles 
y seas tú quien sirva. Qué difícil 
papeleta es esto del amor, 
aquí en Bizancio. Nada 
debe, pues, extrañarte que, olvidando 
a tantas cortesanas de su época, 
Diógenes prefiriera (y con razón) 
arreglárselas solo. 



LI-PO (701-762) 
SOLO BAJO LA LUNA 

Una jarra de vino entre las flores. 
Bebo solo, sin nadie. Pero invito, 
levantando la copa, a la alta luna 
que se enciende en la noche y, si contamos 
mi sombra, somos tres. Apenas puede 
la luna echar un trago, y a mi sombra 
le basta con seguirme a todas partes. 
A esa luna le debo yo mi sombra. 
Nuestra alegría es breve: se parece 
mucho a la primavera. Si yo canto, 
tiembla el astro allá arriba. Si yo bailo, 
mi sombra gesticula. Hace bueno 
el buen entendimiento al invitado; 
si te vuelven la espalda, es que ya es hora 
de marcharse: reunión que mucho dura 
pierde todo atractivo; y empalaga. 



KABIR (1440-1518) 
…Y REVERSO 

En vano ha merecido que le nacieran hombre: muchos son 
los que tienen derecho sobre ese cuerpo. El padre 
y la madre dicen: este es nuestro hijo, y sólo 
en su propio provecho le alimentan. Y la esposa: es 
te es mi marido. Y, temible leona, se dis 
pone a devorarlo. Con las fauces abiertas le 
sujetan, como chacales ávidos, los 
hijos. Los cuervos y los buitres esperan ya su muerte, 
acechan si- cadáver los perros y los cerdos. El 
fuego dice: a mime toca consumir ese cuerpo. 
Y el agua: yo extinguiré ese fuego. Y la tierra 
asegura: a mí ha de volver. También el viento: dis- 
persare su¿ últimas cenizas… Pobre imbécil; 
esta casa que imaginabas tuya es el grillete 
que aprieta tu garganta. Creíste que tu cuerpo en 
verdad era tuyo, y ahora estás perdido en el apego 
de las cosas sensibles. Insensato. Muchos son los 
que tienen derechos sobre ese cuerpo; a la postre 
no hiciste sino pasar la vida en un establo. Y, 
loco como estás, no te quedan agallas y gritas: 
¡Auxilio, por favor! 




JORGE LUIS BORGES (1899-1986) 
TWO ENGLISH POEMS 

La inútil alborada me sorprende en la desierta esquina de una calle; he sobrevivido a la noche.
Las noches son soberbias olas: olas con graves crestas de azules tenebrosas, henchidas de rumores de secretos expolios, atestadas de cosas inverosímiles y deseables.
Las noches tienen hábito de misteriosos dones y desaires, de cosas medio dadas y medio negadas, de gozos con oscuros hemisferios. Las noches son así, yo te lo digo.
La marea, esta noche, me dejó los residuos de costumbre y un extraño final: ciertos amigos detestados con quien charlar, música para sueños, y el fumar de amargas cenizas. Cosas que nada valen para mi deseoso corazón.
La gran ola te trajo.
Palabras, cualquier palabra, tu risa; y tú tan perezosa e incesantemente bella. Hablamos, pero tú has olvidado las palabras.
La palpitante aurora me sorprende en una calle desierta de mi ciudad.
Tu perfil que miraba hacia otra parte, los sonidos que van a construir tu nombre, el tono de tu risa: estos son los ilustres juguetes que tú me has regalado.
Los barajo en el alba, los pierdo, los encuentro; se lo digo a los perros vagabundos y a las pocas estrellas que aún quedan en la aurora.
Tu oscura y fértil vida…
Tengo que conseguirte, como sea: olvido aquellos ilustres juguetes que tú me has dejado, necesito tu oculta mirada, tu sonrisa tangible —aquella solitaria, burlona sonrisa que tu frío espejo conoce.

II

¿Cómo podría conseguirte?
Te ofrezco calles apretadas, desesperados crepúsculos, la luna de los míseros suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado mucho mucho la solitaria luna.
Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado en el bronce: el padre de mi padre, asesinado en la frontera de Buenos Aires —dos balas en el pecho—, barbudo y frío, envuelto por sus soldados en la piel de una vaca; el abuelo de mi madre —con veinticuatro años— muerto cuando acaudillaba una tropa de trescientos hombres en el Perú; ambos hoy son fantasmas sobre evanescentes caballos.
Te ofrezco cuanta sabiduría mis libros puedan contener, cuanta virilidad o entusiasmo pueda albergar mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca fue leal.
Te ofrezco esa parte secreta de mí mismo que he logrado salvar, esa raíz profunda que nunca se revela en palabras, que no comercia con sueños y permanece incólume ante el tiempo, los gozos y las adversidades.
Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla entrevista un crepúsculo, años antes de que tú nacieras.
Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma, auténticas y sorprendentes noticias sobre ti misma.
Puedo darte mi soledad, mis sombras, el ansia de mi corazón; estoy intentando sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con el fracaso.





AGUAS MAYORES Y MENORES (1985)
POEMA DE AMOR

Bendita sea la madre que te parió. Benditos
tus ojos, expertos en la busca. Y tus manos
morenas. Y tu pelo de Estigia,
largo como la noche de los viejos. Benditas
tus caderas, regias y jubilosas,
ceñidas de inquietud.
Bendita toda tú.
Porque te vi pasar, y temblé como rama en la tormenta.
Porque te vi reír, y lloré (emocionado) igual que un crío.
Porque gracias a ti me olvidé por completo
de estas tercas, furiosas
almorranas.




ORÍGENES 

Hablaban de Plotino, de Aristóteles 

y de no sé qué místico del siglo 

diecisiete. También (ahora recuerdo) 

del tremebundo Orígenes, 

que se cortó el muy bestia la pirula 

para no pecar más. Me adormecía 

con tanta erudición: que si Molinos 

está en Juan de la Cruz (o quizá fuera 
al revés); que si conoces 
el libro tal o cual, de Citanito, 
porque es definitivo. El café 
humeaba ignorante bajo mis 
narices, como incienso. Uno y trino, 
el erudito aquel 
(lo repito otra vez) me adormecía. 
Luego 
me dio por empezar 
a pensar en la chica que llevaría a Orígenes 
a tomar tan sangrienta 
y drástica medida: Debió ser 
—me dije— una real 
Hembra, e imaginé 
Que tendría tu cara y el trapío 
De una ingrata leona de la noche 
Que había visto anteayer. —Coño, el Orígenes, 
porque no se le alzaba como es 
debido la muy zangaría, 
se la cortó de rabia; está cíarísimo 
—y me empecé a reír—. Menudo rostro 
que tenía el Orígenes. 
a qué viene esa risa? —me dijeron 
los eruditos— Es 
todo esto que hablamos muy muy serio. 
Les conté, divertido, la historieta y —¡Ca! 
-con una sonrisita suficiente—: 
te equivocas, Vitorio, eres la mar 
de ignorante: no 
era una leona la de Orígenes, 
sino un león de rubia cabellera y, de tanto 
contemplarse indolente en el espejo, 
totalmente invertido.




HISTORIA ANTIGUA (1987) 

EL PADRE DE LAS NOCHES 

El padre de las noches. El 

que moja tu cara en el desierto y te refresca y pone 

el amor en tus ojos. El 

que sueñan los místicos. El único. El mesías 

que clavan a una cruz 

en medio de la turba 

y de los tiempos. El 

que blande el relámpago y se sienta 
en un trono de nubes y, de cuando 
en cuando, desciende hasta las islas de doradas 
arenas y seduce 
a mujeres vulgares de esas que andan 
por ahí (antes tuvo 
que derrocar a todas 
las olímpicas diosas 
matriarcales). El 
temible. El insomne. El nunca 
visto. Ese 
invento feliz de los antiguos 
poetas, que utilizan 
los ricos 
y hacen más pequeñito los teólogos.



HÉCTOR Y AQUILES 

El peligro bien sabe a dónde va, cuando los lleva
por campos de Jacinto y caras rotas (las
mismas que reían, entre ritones ebrios y desnudos
y venales abrazos, ayer sin ir más lejos) a los muros
de Ilion. Atrás quedan las naves y sus vientres que, enormes,
serenísimos, cóncavos, ocultan el chasquido de los látigos
sobre combas espaldas doloridas y el hedor de los muertos
galeotes atados a los remos, entre buches de sangre
coagulados. Altas las crines trémulas, se envaran los guerreros
sigilosos. Se deslizan los yelmos por las caras y la
luna final por los escudos. Escrutadores ojos de inquietud
se posan en la tropa, como aves. Aquiles va derecho
hacia Héctor, la víctima: así está decidido por el ciego
Destino. Qué distinto este Aquiles debió ser
de ese rival, vulgar y hasta diría
que un poco aburguesado. En la pálida torre del crepúsculo es posible
ver la testa de Príamo, tan blanca. Pero Aquiles ya va sobre el medroso,
el espantado Héctor. Y su mirada azul hiere los muros. Y
de su valiente espada nacen varias
rosas de sangre joven. Pobre Héctor: le han herido en el cuello
delicado. Helena no sonríe en sus espejos
de obsidiana. El sol ya está en el cielo; indiferente. 





GATO

Pavorosa inocencia la de este 

que junto a mí dormita. Nada sabe 

de su breve pasado y su futuro 

incierto en todo, salvo en una cosa: 

también él morirá. Saca las uñas, 

se pasea por casa, sigue atento 

cuanto pueda moverse; y ahí termina 

su actividad de augur. (Tiene la panza 
repleta y no le pide correr riesgos 
para poder vivir). De tarde en tarde, 
cuando se pone algo melancólico, 
traza curiosos signos que no siempre 
consigue descifrar. Entonces, pobre, 
para animarle un poco, ronroneo.



LA VENGANZA 

Ponerte un nombre: Dafne, Isis, Diosa, 

o simplemente Nadie, como Ulises. 

Nadie o Nada. O Tal vez. Y convertirte 

en sólo una ficción —en nada menos 

que una ficción sin muerte—, un alto espectro 

que agita su melena, frunce el ceño, 

congrega la belleza en esos ojos, 

y se escapa de mí como la corza 
del cazador, bajo la plata antigua 
de las celeste luna de los bosques, 
mientras la noche teje delicadas 
rosas de sangre que en la sombra abren 
sus pétalos, y mueren en tu pelo. 
Bien lo sé, es mi destino: urdir fantasmas, 
temblorosos perfiles, formas huecas, 
curiosos arabescos que aquí dejo 
sorprendidos, clavados en la hoja. 
Y también estar solo. Estar muy solo. 
Rodeado de hidras, voces, lenguas 
que enloquecidas corren por mi cuarto, 
furtivas y temibles, como ratas. 
Pero yo aún sé vengarme: un diacepán, 
y se van todas juntas a hacer gárgaras. 





TIENES OJOS EXTRAÑOS 

Tienes ojos extraños. 

Palpitantes caderas con inquietud de río. 

Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente 

como algas mecidas por las olas. 

Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo, 

frío cáliz de espanto ofrendado a los dioses. 

Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira. 

Te mueves y soy yo quien se agita y disloca. 
Sonríes y provocas la muerte en quien te mira; 
una muerte instantánea: la muerte de los héroes. 
Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla 
bajo la luna pálida. Eres más: eres todo, 
todo un peligro público. Y lo sabes, bandida. 
Te estoy diciendo esto desde el fondo del pozo, 
tieso ya, amortajado, la barba de diez días 
y lleno de gusanos que me sueltan las uñas. 





LAS ROSAS DE BABILONIA 

No me preguntes cómo pasa el tiempo Li Kiu LING 

No me preguntes cómo pasa el tiempo. 
El caso es que ya estoy un poco sordo 
y el pelo me blanquea. Sin embargo, 
aún siento un no sé qué, algo muy tenue 
(como un temblor de luna en un estanque), 
aquí, justo en la boca del estómago, 
cada vez que te miro. Qué curioso, 
que curioso, ¿verdad? Qué raro: el tiempo, 
que en Babilonia destruyó las rosas, 
que terminó con Júpiter y a polvo 
redujo los imperios y las caras 
(que todo se lo lleva por delante 
Como un rinoceronte enloquecido), 
Me parece que hoy se va a dejar 
Los dientes (por lo menos), en su inútil 
Empeño de ir borrándote esos ojos 
Que intactos —yo lo quiero— aquí se quedan. 



PROFECÍA 

Eres guapa, rediós, eres muy guapa. 

De acuerdo, y tu alto cuerpo es una torre 

ante la cual humilla sus espaldas 

la tarde, y reza y póstrase y se entrega 

entre rosas de júbilo y cerezos 

en flor. Eres guapa, rediós: a qué 

negarlo. Tu cara es cierta cara 

que vi en la Villa Adriana: una Cariátide, 
pero de carne y piel. Y, mira, insisto: 
tu risa es como un rio que se escapa 
bajo el arco del puente más antiguo 
de los antiguos puentes sobre el Eufrates. Si haces 
mohín— tres palomas de fuego enloquecidas 
depositan perfumes en tus manos. 
Y eres casta, menudo si eres casta: 
casta y virgen de todo pensamiento, 
palabra y obra (de ello doy fe, que a punto, 
a punto estuve de pagarlo caro). Sólo tienes, 
querida, dos defectos, y no de los mejores; un cerebro 
menor que el de un mosquito, 
y un pipiolo —lo sé— que ha de vengarme 
con toda la inocencia de este mundo 
y aún más estupidez. He aquí la profecía, 
el vaticinio 
que en plena noche dejo en estas líneas. 
Y si no, al tiempo. Al tiempo, el que no para, 
el que huye y se fuga y nunca cesa, 
el de incansable paso. (Salvo, claro, 
cuando yo le echo el guante, como ahora, 
y le doy dulce muerte, y lo diseco.) 





HAÍKUS 



Toma este ramo 

que te ofrezco de rojas 

tiernas caricias. 



En solitario 

sale a cazar el tigre. 

Huye la luna. 



Al pie del ara 

sobre un lecho de pétalos 

vierto tu sangre.



Página en blanco 

donde tú te deslizas 

desnuda y sola. 



Cierra los ojos. 

Se suelta el pelo. Ríe. 

Quiere matarme. 



Ahora, en silencio 

mira bien esa noche 

que yo te invento. 





PALABRAS PARA UNA DESPEDIDA 

El ciego Amor se me posó en los ojos 

y te vi como sólo puede él ver a sus hijos: 

coronada en la noche de fragantes guirnaldas 

y danzando en silencio a la luz de la luna, 

en un temblor de sistros que agitaban tus manos. 

Tú misma te encargaste de romper el hechizo; 

tú misma, tú, esa magia, ese encanto, los dones 

que el azar impasible así nos ofrecía, 
como quien te regala sin motivo una rosa. 
Y el dios loco escapó: huyó espantado y solo, 
hacia alguna otra parte, los párpados sellados. 
He aquí tu grandeza, tu miseria, tu sino.
Tu victoria también sobre un dios inocente: 
durante un breve tiempo las divinas miradas 
se fijaron en ti y me fueron dictando 
cosas que están aquí, que aquí se quedan —quietas— 
y me salvan de ser tan sólo un pobre imbécil, 
y a ti (no, no es necesario que me agradezcas nada) 
de ser sombra y ser polvo y ser nadie y olvido.



Ni muy feliz, ni triste. Como tantas,
parecerá insensible a cuanto pueda
ocurrir a su lado. Cada día
andará iguales calles y las mismas
sombras la mirarán pasar. No habrá ninguno
capaz de distinguirla de las otras,
así, a primera vista. Cada día
se va muriendo un poco (no comulga
con esa triste rueda de molino
de la moderna mística; el trabajo,
rutinario y vulgar —bien lo comprende—
la embrutece y anula). Y qué remedio
queda. Y qué remedio.
Pero yo sé que guarda
intacta esa frescura y delicada
del corazón ardiente y una innata,
joven curiosidad. Estará sola,
como solos están los que, de un modo
u otro, son acaso diferentes.
Y no sospechará que hubo una tarde
en la que fue dictándome un poema.




Ni muy feliz, ni triste. Como tantas,
parecerá insensible a cuanto pueda
ocurrir a su lado. Cada día
andará iguales calles y las mismas
sombras la mirarán pasar. No habrá ninguno
capaz de distinguirla de las otras,
así, a primera vista. Cada día
se va muriendo un poco (no comulga
con esa triste rueda de molino
de la moderna mística; el trabajo,
rutinario y vulgar —bien lo comprende—
la embrutece y anula). Y qué remedio
queda. Y qué remedio.
Pero yo sé que guarda
intacta esa frescura y delicada
del corazón ardiente y una innata,
joven curiosidad. Estará sola,
como solos están los que, de un modo
u otro, son acaso diferentes.
Y no sospechará que hubo una tarde
en la que fue dictándome un poema


Ciertos andares levemente hombrunos;
un diente que ahí está… descolocado;
la nariz regordeta, o bien, alzado
su arco un poco más de lo que algunos
puristas (pienso en Fidias) aconsejan.
Aquella piel tan pálida que muertos
ya sus pies te parecen; los inciertos
pasos adolescentes que se alejan
(¡y, oh Dios, con qué torpeza!) de ti; esa
diabólica sonrisa… Cuántos años
y no entender aún de qué extraños
ardides usa el Ciego con su presa.
¿Tras qué desastre, pues, tras qué impostura
te esperará la fiera, insomne, dura?