sábado, 7 de diciembre de 2013

Juan Bernier

Bernier nació en 1911, en La Carlota y desarrolló su trayectoria en la posguerra, después de luchar en el frente de Teruel durante la contienda.
Humanista, maestro, investigador, poeta y erudito, arqueólogo cordobés, cofundador del Grupo Cántico y gran valedor del patrimonio cultural de la provincia
Así recuerdan sus amigos a Juan Bernier, el germen de una generación de poetas cordobeses que se unieron en torno a la revista Cántico a finales de los años 40. Antes de 1936 había colaborado en la creación de la revista Ardor. La cabeza agachada, su mirada misteriosa, su hermetismo, su discreción, su elegancia al saborear el vino "que nos enseñó a beber", y "siempre con el cigarro en la mano y un ojo medio cerrado para que no le entrara el humo". Rememora el artista Ginés Liébana a Bernier, un "personaje muy interesante" que continuaba "con esa especie de hedonismo mezclado con lo divino y pagano típico de Andalucía". Conserva "una especie de fuerza mezclada con delicadeza", un carácter "que se aprende en Córdoba y que si te vas fuera se acentúa". Bernier era "una persona muy seria, muy culta, muy sensible", manifiesta Liébana, e "indulgente, generoso, abierto a todo el mundo, dispuesto siempre a ayudar a los más jóvenes, verdaderamente un ser difícil de encontrar" añade García Baena. Aunque a veces "era aparentemente de un carácter hosco", en realidad sólo mostraba esa faceta "a los que sabía que no eran amigos, con nosotros era diferente", cuenta Nieto Cumplido, a cuya mente viene el recuerdo de cuando él mismo celebraba la misa para ellos dos solos; "le encantaba el canto gregoriano, por eso en su funeral, en la parroquia de la Compañía, la Schola Gregoriana Cordubensis acompañó el acto con una misa totalmente gregoriana".
Gahete conoció al maestro de Cántico gracias a Carlos Clementson. De sus encuentros recuerda que era un hombre "más bien retraído, tímido, de una gran vida interior; en general tenía una actitud irónica ante la vida en el sentido de que quizás no vivió como le habría gustado vivir" por eso "tenía un cierto dolor interior, resquemor, que plasma en su poesía, la poesía del hombre que está en la tierra obligado a vivir".
"Él es más social, más terrible, más existencialista, mientras nosotros somos más gongorinos", declara García Baena, que reivindica el valor de la obra de Bernier, una poesía a la que no se le ha dado el mérito que tiene: "Es un poeta desconocido y es un poeta vivo porque todo lo que dice tiene una actualidad tremenda".
Pero sobre todo, como dice Antonio Ramos Espejo, "por encima de su actividad arqueológica, por encima de sus aportaciones como crítico literario y como gran poeta, Juan Bernier era un hombre de la calle. Vivía en la soledad de su casa, en la taberna o deambulando por donde pudiera ahogar su soledad".
Escribió un duro Diario en donde se definía muy bien a sí mismo y descubría su faceta más desconocida, la de homosexual, así como el deseo de hacerla pública, lo que se frustró por el contexto de la Córdoba de entreguerras, que por una parte ensalzaba la labor de los autores de Cántico y, por otra, la repudiaba. Sus obras:
Aquí en la tierra (1948); Una voz cualquiera (1959); Poesía en seis tiempos (1977); En el pozo del yo (1982); Los muertos (1986); Poesía completa (2011); Diario (2011).



TE HABLARÉ

Te hablaré de los jardines, restos aún vivos del antiguo paraíso,
cuya madre es el agua de los siete ríos, convertida en sangre de la tierra,
que ningún sol se atrevió a beber en las entrañas umbrías de la arcilla.
Hilos de cristal transparente, filtrados por el lento cedazo de sus venas
agua de los siete ríos, quieta en la musical oquedad de los aljibes;
fluida y lenta como una lágrima en las cavernas de cuarzo,
donde cada gota que cae abre un círculo nuevo de melancolía.
¡Ay!, te hablaré de esta agua, que sale como un pez asustado del oscuro pozo de la noria;
de la que duerme en los estanques verdes, como un reptil ahogado entre los juncos,
o aquella que no tiene principio ni fin; una efímera alegría de remolinos,
tibia como un cuello acariciado por una mano helada.
Y de la tierra, cuya humildad es una máscara de escondidos tesoros;
la que pisamos sin que el tacto dé otra música que el gris crujido de los terrones;
pero de vientre más rico que el de una madre joven,
donde toda vida y todo color y toda hermosura
está presta a saltar y romper la cascara de la muerte.
De esta tierra cuyo sabor nunca se prueba en los labios,
hasta que se derrama en néctar del vaso henchido de los frutos;
teñido su rostro de la inmensa seriedad de los siglos,
hasta cribar su aspereza en el finísimo cedazo de las corolas;
hasta diluir su gravidez en la curvilínea flecha de los pájaros,
cuando primavera resucita el grito de los colores
y la morena geometría de los surco la alada púrpura de las amapolas.
¡Ay!, te hablaré de este sol que cae como una llovizna
de luz sobre la muerta hojarasca de los encinares de otoño,
cuando los avellanos están desnudos y la campiña se abre desgarrada por la lenta obstinación de los bueyes;
frío en las albas de enero, mientras la tierra se aprieta para abrigar las semillas calientes
o del que huele a romero o a jara, denso como un perfume en los atardeceres de mayo.
¡Ay!, de este sol que cierra con su disco sangrante los horizontes del Sur,
enfurecido, como un enjambre de avispas, sobre las siestas de estío:
cuando el gañán ronca, abrumado por la universal vibración de las chicharras,
entre el oro claro de las mieses; mientras la lengua de los perros late como apresurado corazón de estío. 



LOCURA

Los sabios, los que piensan
un puro paraíso de verdades,
los que ahondan, los buceadores
del secreto guardado, los que sajan
la carne de la tierra, los que dudan
si ellos mismos son algo que se
sabe,
los que traman esquemas y la fórmula
buscan del mundo, los que lloran
si encuentran la nada en paisajes
de locura
los que preguntan a vísceras de pájaros
los que husmean con microscopios
los cadáveres
los que miran el sol, los que mueren
por encajar el mundo
por encerrarlo en barrotes de fórmulas
los sabios…



SABIOS

Los sabios falsos son tan importantes
como los verdaderos. Escriben, maravillosamente, verdades que consideraron ser falsas,
escriben historias verdaderas, que luego
otros niegan
y otros afirman, y otros dudan y otros juzgan
y otros olvidan.
Eruditos con sangre de letra de imprenta,
sabios verdaderos
roen su manzana, que luego resulta podrida
como están todas las manzanas acaso,
la manzana de la verdad
también.



BIENAVENTURADOS

Bienaventurados los que murieron
no por ir a alguna parte
sino por ir a ninguna
por quietos quedarse
en la paz de una losa o de un
              lecho de arcilla.
Por no andar, por no caminar.
No ir
a ninguna parte.


REBELIÓN
Es como un olor secreto que recorriera
subterráneos del mundo
cuando en la superficie ríos de opresión
de injusticias y miedos
azotan a los hombres con látigos de ideas
tejidos de palabras, de mitos y de
                                                credos
cuando charcos y cenizas de sangre y de hogueras
                                             ensucian de crueldades
la piedad de las piedras, la bondad de lo quieto.
Entonces por debajo, por canales secretos
                                                  un ácido perfume
abre grietas, corroe edificios de miedos y
                                               torres de pavores.
Tristemente y en vano se rebelan los hombres.
“De “Poesía en seis tiempos” (1977). 

LOS SUPLICANTES
1943
Aún no saben hablar y extienden su mano desde el seno fláccido de las madres,
descoloridas cabezas en cuyos ojos se ha parado un cielo de tristeza;
y a veces lloran frente a los limones dorados y las langostas que se escurren entre el esmalte de las uñas,
cuando vive la cerveza fría y tiñe de espuma el bermellón de los labios húmedos
en las terrazas de los bares, donde el sol abre de pronto su inmensa corola blanca
y traspasa el amarillo de las sedas, el oscuro rojo de los vinos y el cromo cambiante de los licores.
Ellos, que no tienen color alguno y en cuyos ojos se ha parado un cielo de tristeza;
ellos, ellos, miran; miran al parecer fijamente.
Pero otros andan ya como éste que tiene siete años y unas pequeñas alpargatas,
y su cabello es rubio de oro como si aún en la noche un rayo de luz lo traspasara,
y es como una joya de carne cuyos ojos azules son como una lámpara de la belleza;
que pide sin hablar porque su mirada llama a la dádiva como una estatua griega que pidiera limosna a la puerta de un templo
donde la tristeza se ha olvidado ante la comparación de una flor sin mancha.
Así la de este niño cuyo misterio es el de la belleza sin padre, de la belleza sin nombre, como la de un lirio solo en medio de un páramo
que no se encuentra otra vez cuando los pasos vuelven a encajar en las mismas pisadas
y aquellos ojos reviven como la interrogación de una atmósfera pura.
Cuentan las monedas —¡ay!— en el rincón, los niños.
Están descalzos y su piel amarillea entre la sucia carbonilla, de donde un policía deduce que duermen entre los vagones abandonados.
Ay, cuentan las monedas hasta la medida exacta del alquiler de una bicicleta mohosa,
después de haber comido las cascaras de plátano y las naranjas podridas;
y el sol ríe y el día es grande y alegre sobre las avenidas de asfalto,
y los niños mendigos con sus pies desnudos pedalean rápidos en las bicicletas sin frenos.
Y acaso no olvidan nada en esta borrachera de aire cortado donde los harapos vuelan como banderines de la alegría.
Pero éstos no se llaman a sí mismos mendigos, aunque duermen junto a un fuego casi apagado
cuando la noche es blanca como la niebla de las madrugadas frías.
Ellos, casi temblando, se prostituyen a los hombres cargados de vino;
los que en esta hora, cuando las rameras agotan su jornada de escándalo,
desnudan su deseo amparados en la soledad de los silbidos de los mercancías.
Mientras se rasga la noche partida por el mugido de toro de las locomotoras impacientes,
ellos piden su precio fríamente, como si su placer fuese un mecanismo automático,
y vuelven a dormir junto al fuego, mientras los expresos hacen trepidar su lecho de tierra.
En su mirada tienen ya la doble sabiduría de los hombres y las mujeres.
Ellos, cuyo sexo fue acariciado antes que diese cualquier fruto, aman a una mujer cuyo vientre pronto se romperá en vagidos, cuando ya su pelo ha caído en la cárcel por el solo precio de una gabardina robada.
Aman a esta mujer que se deja pegar y acariciar juntamente; y son hombre, hombres por vez primera, cuando sus ojos tienen la primera mirada de odio.
Y nadie recuerda que este hombre que ahora mira fijamente fue acaso una joya de carne cuyos ojos azules eran como una lámpara de la belleza,
una estatua que pedía limosna a la puerta cerrada del templo de los hombres. 


Necesidad 

Todo hombre crea a Dios 
a su imagen y semejanza 
desde el páramo de las rocas, los astros, y los soles 
todos, todos los hombres, frente a lo que no tiene carne 
frente al erizo de la existencia piensan, sienten 
quieren buscar a otro, a otro 
que esté con él con sus lágrimas de pensamiento 
y sus brazos para sostener algo que se desploma 
y buscamos, esperamos, otras manos que nos ayuden 
otros dedos, otra carne que se nos junte 
para vivir en este sucio paraíso



Crepúsculo 

¡Oh! Cuando el sol cae como una inmensa
piedra que cierra el horizonte cada día,
cuando la luz se extingue lenta y la sombra
sale de los valles profundos,
vanguardia oscura de los ejércitos negros
de la noche que vienen a su
colosal parada de silencio,
cuando la tierra toma un rostro de asfalto
como un espejo para mirarse agonizante
bajo el desierto ceniza de las nubes,
inmóvil como una mano
una mano muerta,
mientras que la hora en todos los relojes
del mundo suena una misma
melancolía,
he aquí que yo, exprimido como una
esponja amarga bajo
el cielo que se desploma
no soy sino unos ojos donde se petrifica
toda tristeza,
un agua límpida que recibe acaso el
temblor de una esquila lejana,
sin ser cuerpo ni ser hombre,
sino una vaga niebla que piensa
y se funde y se aniquila y se esfuma
lentamente
cuando pasada la angustia de la hora
en que el universo duda su cambio
la noche extiende su túnica y cubre el
cadáver frío del horizonte derrumbado.






Presencia 

El muchacho era tan bello, que no era de este mundo
Era otro mundo él solo, de flor y un manojo de venas.
Lo mirabas y era aparte, lejos de ti, como un bello animal suelto,
en un universo verde de agua y de praderas
ponías la mirada en él y lo encontrabas vivo, igual que tú,
pero pensabas que era una flor, una gacela con junco, un lirio.
Querías amarlo, y resbalaba la mirada en la flor de carne,
y como miras a lo que tiene alma y venas y sentidos,
el muchacho pasaba ante tus ojos de entrega,
sin verte, sin mirarle, dando muerte a tu mundo,
con su presencia plena,
para la que no existías…




Soneto a Córdoba 

Amarillo perfil de arquitectura 
de cúpulas y torres coronado, 
torso de duro mármol cincelado, 
estatua de ciudad. Córdoba pura. 
Abres al valle virginal figura 
a la que el Betis besa enamorado 
y en tu más alta torre reflejado 
el oro de tu Arkángel te fulgura. 
Arena y cal, olivo, serranía, 
enhiesto pino, palmeral ardiente 
ciñen tu delicada argentería. 
Relicario de siglos donde Oriente 
engarza en vesperal policromía 
tu albo destello ¡oh perla de Occidente!. 



Deseo Pagano 

A Vicente Aleixandre 

Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.
¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.
Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.
Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos dela cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.
¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos! 



ODA A VICENTE ALEIXANDRE 

Oscuro era el pensar del borracho;
El cristal de los lirios se destilaba en lágrimas y la distancia era infinita,
azul, azul.
(El mármol rectilíneo del Partenón se rompía en temblor sobre el salobre mar de las Cicladas
y un esclavo frigio quebraba el vaso de oro delante del rey.)
Pero derramado el ajenjo sobre la mesa grasienta de un cabaret de Montmartre
un delirio de niebla y de rosa abría un otoño amarillo en el alma
y era oscuro el pensar del borracho.
A lo lejos había castillos y lieder, y más lejos y más lejos, el resonante silencio nevado del Este,
la parda soledad de camellos orantes,
y arriba el Olimpo albo de la tierra
que en declive caía hacia la lujuria y el rugido del macho,
al calor de la lluvia y el viento, al zigzag del reptil y la flauta,
al brillo del diamante y al ardor de la perla,
al mar inmenso del topacio desnudo.
Oscuro era el censar del borracho,
pero una claridad de trópico iluminaba los ojos del poeta
y las leguas de vidrio mecían su inmensa soledad despojada de huellas
donde había cadáveres de marineros que se habían comido unos a otros
y lejos, muy lejos, tras la salobre espuma rizada como los rojos banderines de los mástiles,
se abrían flores gigantes y las vísceras de los guerreros
aún latían calientes en las escalinatas sin fin,
olvidadas las agujas de las catedrales,
pero abierto el vitral vivo de los pájaros
a la irrupción quemante del sol y de la selva,
al bronco fragor de la catarata desplomada,
al salto del jaguar,
al grito eléctrico de Mannhatan iluminado.
Todo presente en sus ojos de pálido cobalto cuya fluorescencia penetra el tiempo
vertido a la mágica y divina linterna deslumbrante de la palabra,
Cronos incólume, mientras la hija de Seyano era violada
porque prohibía la Ley matar una virgen
o el cuchillo de oro se clavaba acariciante sobre la impoluta ternura de los cuellos
o ardía la pira fundiendo el pecado y la carne,
presente todo en sus ojos que miraban,
los millones de bayonetas como tallos erguidos de una siembra de guerra,
el holocausto de las ciudades inmoladas a Marte
bajo la música gigante de los motores.
Oh, sí, oscuro era el pensar del borracho,
pero de su frente chispeaban relámpagos de laurel amargo,
todo en él, todo presente
abierto el oído al cuenco rumoroso de playas inacabables
y entre la música, nombres que se han amado:
Shakespeare, Goethe, D’Annunzio, Gide, bustos de mármol
coronados ya de hiedra fría.
Y tú ahí, Vicente, griego.
cuya Grecia escondida late sobre todos los paisajes del mundo,
pastor desnudo de palabras,
espada de reflejos para la imagen huidiza de la belleza,
ojos abiertos a los cuatro espacios del mundo,
vivificante memoria del fantasmal desfile de los siglos
tú, poeta
encerrado en tu apasionada urna de carne,
miras.
Convertido hacia la carne, hacia la tierra
hacia la belleza que nuestra propia herida crea,
todo, cinematógrafo del mundo, pasa por tus ojos abiertos
para salir por tu voz, por tu garganta como los golpes sobre el cristal límpido,
la tosquedad y la aspereza cernida en el cedazo vivo y sereno de la palabra,
el cadáver del recuerdo resucitado en la dorada arena de playas del Paraíso,
los gritos, y el dolor, y la belleza transformados en tenue sordina de violines lejanos,
el mundo pasado por la caricia amante de los labios
en una hora, acaso infinitas horas exprimidas
en un minuto, en una palabra condensados
la sal y el mar, el verdor y el lirio, el cristal y la espada
bajo tu brisa, Vicente,
bajo tu voz queda,
Aleixandre
amigo.




¡MADRE!

¡Madre! Déjame que me hunda otra vez en el mar de la noche
déjame abierto el vientre para que la niebla arrope
mi cuerpo desnudo de esperanzas y fines.
Dame otra vez tu vientre. Que la luz me deslumbra
que me hiere la vida y me vomita el asco.
¡Madre! Húndeme otra vez en tu vientre cálido
húndeme en la tiniebla húmeda
¡ven, madre, madre ven!
¡oh madre muerte!.





LOS POLÍTICOS 

Nos damos cuenta los hombres enteramente de todo,
pero no podemos con los que tienen cargos importantes.
Sabemos que pueden ser honrados esencialmente,
que pueden ser borrachos o cobardes acaso.
Unos están levantados por los votos unánimemente,
otros por el ejército no tan unánimemente,
otros por sus escudos genealógicamente.
Sabemos que ellos dirigen el mundo,
que inauguran hospitales y ponen las primeras piedras;
pero nada sabemos de su vida particular,
si son, si no son, sino lo que cuentan los periódicos.
Presiden Consejos y hacen declaraciones que no leen sus súbditos,
y cada uno de ellos manda en su territorio particular,
y la muestra es que de vez en cuando ajustician con gran ceremonia
y una nota interesante de su poder es el garrote, o la cámara de gas.
También mueven ejércitos, soldados, no de plomo,
que desfilan, juegan; y el ministro del pequeño país
compra tanques, y el del más grande, submarinos;
se arman, se rearman y los pobres aplauden los desfiles
donde ondea de cada uno su bandera particular
con la hoz, con la luna, con el escudo,
con su color, policolor, particular.
Y el vodka en los almuerzos se consume o en la cena el champán.
Oriente y Occidente; indigestiones influyen en la Bolsa,
se brinda por la paz, el matadero científicamente se prepara.
Agotados los sabios, los obreros roen su pan.
El horario es el látigo de ahora. Prisa por construir,
mientras se ríe la calavera del futuro ciego.
Nos damos cuenta de todo, pero nada podemos hacer;
Nos hacen votar, nos condecoran, súbditos somos, pues;
el pan nos falta, los zapatos, la vitamina tal;
hacinados vivimos, la colmena humana su reina tiene.
Los políticos sabios discuten, ríen, viven.
El protocolo ciñe sus vientres de bandas,
el paso es solemne y la engolada voz
manda sobre las trompetas, los tambores, los tanques, los cañones,
y la mecha del átomo en su mano.
Nada podemos hacer; pero nos damos cuenta aquí los hombres.




Permitid, Señor 

Permitid, Señor, un poco de lujuria en este mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la sangre ajena estremecida.
Dejad hervir la entraña de los machos sobre la piel desnuda
dejad el juego de los adolescentes labios bucear en los senos de los lirios,
dejad las vírgenes con su secreto fuego ardiendo en piras escondidas,
dejad los muslos de los verdes tallos mezclarse en llamas de tacto, en apretadas lianas de caricias.
Que el rubor se desnude enteramente y la escultura
surja de tactos y torrentes,
que los zumos de los ojos exprimidos y de brazos,
manen de fuentes secretas y de labios.
Permitidlo, Señor, que ya sufrieron sus penas los humanos,
que ya, bastante, la carga duró sobre sus hombros.

De "Poesía en Seis Tiempos"



PRIMAVERA

¡Que se rompa el cansancio
que se funda el opaco cristal de cualquier hielo,
que se desnude el cuerpo de máscaras de tela,
que se aspire la brisa empapada en sol,
que se beba en los labios primavera!
Dejad, hombres, de ser,
quitaos el cetro de un reinado ridículo,
dejad la púrpura y el oropel del manto,
que el cerebro no piense
nada, nada hay importante,
retornad a la tierra;
la amapola ha llegado.
¡Oh ascua viva de sangre que desparrama el campo!
la agonía llegó de los lirios morados
la tristeza se ha ido,
rojo, rojo y verde el prado
rojo, rojo y verde el prado
y blanco, blanco, el álamo.
¡Ay, que se rompa el cansancio!
¡dejad hombres de ser
máscaras de lana y paño!
La tierra está desnuda,
la flor, el agua, el pájaro.
un beso llega múltiple  
de todos, todos lados.
De todos, todos
Retornad a la tierra
volveos otra vez
barro.



CREPÚSCULO

¡Oh! Cuando el sol cae como una inmensa piedra que cierra el horizonte del día,
cuando la luz se extingue lenta y la sombra sale de profundos,
vanguardia oscura de los ejércitos negros de la noche que vienen a su colosal parada de silencio,
cuando la tierra toma un rostro de asfalto como un espejo para mirarse agonizante bajo el desierto ceniza de las nubes, inmóvil como una mano muerta,
mientras que la hora en todos los relojes del mundo suena una misma melancolía, he aquí que yo, exprimido como una esponja amarga bajo el cielo que se desploma
no soy sino unos ojos donde se petrifica toda tristeza,
un agua límpida que recibe acaso el temblor de una esquila lejana,
sin ser cuerpo ni ser hombre, sino una vaga niebla que piensa
y se funde y se aniquila y se esfuma lentamente
cuando pasada la angustia de la hora en que el universo duda su cambio
la noche extiende su túnica y cubre el cadáver frío del horizonte derrumbado…