miércoles, 3 de julio de 2013

Manuel Benítez Carrasco. Poesía neopopular andaluza.


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MANUEL BENÍTEZ CARRASCO nació en Granada el 1 de diciembre de 1922 en pleno corazón del barrio del Albayzín, en la placeta del Salvador a la que tantas veces recitará y en el seno de una familia muy religiosa. 
Pasó los primeros años de su infancia entre la colegiata albaicinera donde su tío Manuel Benítez Martínez era el coadjutor, la ermita de San Miguel Alto donde su padre ejercía de carpintero y vivía con su familia y las escuelas del Ave María, donde, como él mismo decía, aprendió las primeras letras. Así, dada la ubicación de su cuna no es de extrañar que el poeta haya traducido desde sus primeros escritos la belleza de Granada que sus ojos contemplaban desde los altos del cerro del Aceituno y por los requiebros de las callejuelas de su Albayzín natal.
Benítez Carrasco inició su carrera literaria colaborando en la revista poética "Colección Vientos del Sur". Muy joven, en 1943, obtuvo su primer premio de relevancia, el Premio Nacional de Teatro de Escuadra con la obra "Luz de Amanecer", comenzando desde este momento una trayectoria literaria jalonada de galardones.
En 1947 marcha a Madrid. Ciudad donde comenzó a ganarse la vida como poeta, recitando sus poesías en teatros y clubes en los años 50. Según explicó Delgado-Calvo, la peculiaridad de Benítez Carrasco reside en que "no fue un poeta al uso como los conocemos hoy, que publican sus libros y les llaman para dar conferencias", sino un "poeta de cartel" que se ganaba la vida recitando su poesía en teatros y clubes de lujo. "Lo que nadie puede discutirle a Benítez Carrasco es que salía a un escenario a recitar sus poesías y triunfaba. Llenaba los escenarios, los abarrotaba”
Sin embargo, en Madrid no termina de encontrar su hueco y se marcha a América, donde le llega el éxito. Desde 1955 su figura es totalmente inseparable de Hispanoamérica: viaja a Cuba y en la isla caribeña permanece durante todo un año. A partir de este momento la figura de Manuel Benítez Carrasco es totalmente inseparable de México, donde pasa gran parte de su vida.
A partir de los años 70, Benítez Carrasco empezó a alternar su residencia en México con estancias en Granada, donde murió en 1999.
En 1998 fue nombrado hijo predilecto de la ciudad de Granada, año en que también se le dedicó una importante avenida en el barrio de la Oliva en Sevilla. Muere el 25 de Noviembre de 1999.


CABEZA DE TORO

Ornamental milagro de la oliva
en la pared de esta taberna vieja;
cabeza sin furor, fuerza cautiva,
toro ya más sumiso que la oveja.
Desventurada cornamenta altiva,
muerta marisma en la mirada añeja,
belfo sin el cristal de la saliva,
y el polvo y el silencio por la oreja.
Estáticos pitones, en espera
que un maletilla baje de la gloria
y los burle graciosa y limpiamente.
Mugido sin vaquilla y sin bandera,
corrida sin clarín y sin memoria,
decapitado toro indiferente.


UNO, DOS Y TRES.

Uno, dos y tres;
tres banderilleros
en el redondel.
Sin las banderillas
tres banderilleros;
sólo tres monteras
tras los burladeros.
Uno, dos y tres....
luego tres capotes
en el redondel.
Puntos cardinales
de una geografía
de sol y de sangre.
Y el toro en el Sur,
una media luna
sobre su testuz.
Uno, dos y tres...
y el toro no sabe
cómo obedecer.
Las manos en llamas,
el uno lo llama,
pero no lo espera.
(Sobre un burladero
tiembla una montera).
El dos que lo cita
no lo quiere ver.
(¡Coraje, coraje!,
cornadón de rabia;
burladero al aire).
Y la voz del tres:
¡Toro..., toro...,eh!
(Patas y pitones
en busca del tres).
Pero el tres espera,
y... ¡uno, dos y tres!,
con tres capotazos
le para los pies.
Punta de percal...,
mano burladora!
¡Sal, torero, sal
ahora!
Y cuando el torero
llamando, citando
fuerza la arrancada
del toro, y parando
templa la embestida
mandando,
marcando
lidas,
burlando
cornadas...
heridas...
Uno, dos y tres,
son de nuevo tres....
tres banderilleros,
sólo tres monteras
tras los burladeros,
¡o tres
capotes al quite
en el redondel!


FIESTA EN LA GLORIA
En homenaje a Don Ramón Montoya

Cuando don Ramón Montoya
se fue, porque lo llamaron
para una fiesta en la gloria,
temblaron, tristes y solas,
sin que nadie las tocara,
las guitarras españolas;
por los tablaos derramaron
lágrimas como lunares
todas las batas de cola,
y muertecitos de pena
se quedaron las gargantas,
y los cantes y las penas.
Antes de que don Ramón
llegara para la fiesta,
y no habiendo allí guitarras
porque tampoco había juergas,
Dios le dijo a San José,
(a San José, que es un santo
que sabe bien de maderas):
- José; hazme una guitarra
una guitarra flamenca
con el mejor palo santo
y más celestial que tengas.
Y, orgulloso del encargo,
San José,
San José hizo una guitarra
que pa que.
Los santos, cuando la vieron,
se quedaron pasmaítos;
más de cuatro
perdieron hasta el sentío;
y Dios no pudo por menos
que decirle a San José
con un aire bien flamenco:
- Ole las manos que hicieron
esa guitarra de España
para más gloria del cielo.
Don Ramón tomó en sus manos
la guitarra; por la gloria
el silencio se afinaba
contra el filo de las rosas.
Templó las cuerdas; las cuerdas
sonaron con son de luna,
pero de luna española,
pero de luna española,
su lección mágica y honda:
Sevilla ríe en la prima
fina, ligera y garbosa,
y Córdoba en el bordón
lloraba una pena mora.
Barros y Guadalquivires
se enredaban en las notas,
y todo el aire andaluz
iba, en manos de Montoya,
corriendo Sierras Morenas,
cruzando Tajos de Ronda.
El silencio se rompió
con un ¡ole!, que hizo historia
y el cielo se hizo colmao
aor el embrujo embrujao
de los duendes de Montoya.
San Cristobalón,
las manos como palmeras,
empezó a hacer unas palmas
que se venía el cielo a tierra:
- Sordas, sordas
(le decía don Ramón),
que esto no es una tormenta,
San Cristobalón.
Y Santa Teresa, ¡vaya..
vaya monja!
Qué doctora tan sencilla
qué mística tan graciosa,
qué santa de “ancha es Castilla'
qué gloria tan española
y qué española tan guapa,
tan guapa y requetehermosa,
!lo que se dice una monja
flamencona!
Si loca de gracia estaba
ahora se volvió más loca
oyendo como reían
y gemían
los duendes de Andalucía
en las manos de Montoya.
Se recogió bien el hábito
de una punta a la cadera;
alzó los brazos al aire
llenándolos de canela
-dos jaulas eran sus manos
dando a los pájaros suelta
y a requiebros y a giros y
a todas las cosas buenas,
se echó a medir el tablao
de la fiesta.
Y, llevada de su genio,
en una de aquellas vueltas,
dio un volantazo tan grande
con su bata de estameña,
que por poquito poquito
me lo tira de cabeza
a su San Juan de la Cruz
que, lleno de misticismo,
como siempre estuvo, estaba
mirándola embobaíto.
San Pedro, que siempre tiene
carita de mal humor,
desde la puerta miraba
serio a Dios, como diciendo:
¡Esto no es serio, Señor!
Pero cuando don Ramón
hizo temblar en un tercio
toda el alma del bordón,
San Pedro sintió que un aire
como un diablillo gitano,
se le metía por las venas
y se le subía a los labios.
Y sin poder contenerse,
y sin poder remediarlo,
se echó p'alante, flamenco,
con una caña en la mano;
se echó el vinillo a la boca,
lo paladeó un buen rato,
carraspeó pa' evitar
que le saliera algún gallo
(que no sé por qué San Pedro
le teme tanto a los gallos),
y entonándose primero
con un jipío bien largo,
puso al cielo al rojo vivo
con los tercios de un fandango:
- Con el permiso de Dios,
y como premio a esas manos,
escrito queda en la historia:
desde hoy tendrán los gitanos
entrada libre en la gloria.
Y cuando vieron los santos
que, al embrujo de Montoya,
el santo más serio estaba
en lo mejor de sus glorias,
Cecilia dejó el piano
y San David tiró el arpa
y se pusieron a hacer
un repiqueteo de palmas.
Y mientras que, postineros,
con su estrellita del brazo,
jaleaban los luceros,
bailó y cantó como nunca
entre requiebros y oles,
la Mercé por bulerías
y Chacón por caracoles.
Ebrias de gracia española,
las santas más achinadas
se sintieron flamenconas;
y hasta la Virgen María,
bonita como ella sola,
con la luna por peineta
y el sol por bata de cola,
se bailó por alegrías
en el tablao de la gloria.


EL ÁGUILA

Yo, como tú, desesperadamente,
con los ojos me estoy bebiendo el cielo;
y en esta oscura cárcel de mi frente
ensayo inútil la lección del vuelo.
Yo, como tú, me aflijo de un recuerdo;
y, ante las lejanías libertadas,
furiosamente mis costados muerdo
buscando mi plumaje a dentelladas.
Al barro y a la reja condenados,
tus alas crujen y mi carne clama:
¡ay, carceleros de nuestros costados!
Pero cuidemos nuestra amarga hiedra;
soñemos vientos sobre cada rama,
soñemos cumbres sobre cada piedra.


DARRO FLAMENCO

Bajo las fraguas
del Sacromonte
golpea y canta
por martinetes.
Bajo la Alhambra,
siguiriyas de espumas
lloran sus aguas;
y le acompañan
con sus frescos maitines
las Bernardas y Zafras.
Bajo San Pedro,
penumbra grave,
tres curvas como tercios
por soleares.
Cante de minas
bajo la Plaza Nueva
gime y suspira.
Y bajo Puerta Real,
como se queja,
aunque nadie lo escuche,
por carceleras.
En el Puente del Genil
le llega la libertad;
y ahí se acaba el sufrir.
Que en el Puente del Genil
se encuentra a su hermano río
fresquito de alboreas
y de la mano se van
caminito de la vega
para echarse los dos juntos
un cantecillo de siega.



MI BUEN AMIGO EL ESTANQUE

Mi buen amigo el estanque,
rico de musgos y peces
se ha encerrado en una cerca
de olor y arrayanes verdes.
Esmeralda derretida,
cielo líquido y endeble,
pequeño mar sin orillas,
Sin velas..., convaleciente.
Mi buen amigo el estanque
tiene un espejo en la frente,
copia tardes y paisajes
y ronda damas celestes.
Y aunque él no quiere decirlo,
yo lo he visto muchas veces
besándose con la luna
tras los arrayanes verdes.


Aguafuerte de la pena y de la copla

A los pies de una farola
la pena a punto de copla.
La pena de media noche
sin porqués y sin bordones.
Se metió en la taberna,
¡válgame la Macarena!
Se encontró con Soleá.
¡Eso faltaba: cantar!
En la taberna del barrio,
la copla de los borrachos:
-«Yo no quería quererte,
pero te quiero y te quiero
con fatiguitas de muerte!
Con la copla que me hería
la pena iba y venía:
-«Y no te quisiera ver,
y antes me venga la muerte
que dejarte de querer»
La copla de los borrachos
de sabroso vino amargo.
La medianoche en la calle
atravesada la carne.
La copla iba y venía,
la pena cómo dolía
Era ya la madrugada,
la copla no se cansaba...,
la pena no se dormía...;
con qué amargura en el aire...
amanecía.

JUAN ROMERO

¿Dónde está el grito de luna
...aquel grito, Juan Romero,
que te rondó las entrañas...?
No cabían en el viento
los piropos de tu boca
ni los rizos de tu pelo.
No había calle sin tu sombra,
no había reja sin tu beso,
ni balcón sin tu mirada,
ni farola sin tu sueño.
Costúrenlos de novia...
¡Ay, aquellos costureros...!
Y no había ninguno, no,
que no tuviera un pañuelo,
donde las niñas bordaran,
con la seda de más precio,
su inicial y tu inicial,
en secreto casamiento.
Al andar ibas dejando
toda tu faja en requiebros,
la faja se iba enredando
en reías y en oíos negros.
Y a tu paso y a tus pasos
quedaban en el silencio
las novias llenas de ojeras, l
los novios llenos de celos.
Por eso te dieron muerte
todos los novios del pueblo.
Dicen que fue a medianoche...;
dicen que fue amaneciendo...;
dicen, dicen...; pero nadie
sabe nada de lo cierto.
Lo único cierto que saben,
¡y cómo lo llora el pueblo!,
es que anoche, junto al río,
mataron a Juan Romero.
Junto al río, como un junco
está junto al río, muerto.
Un brazo sobre la arena,
el otro sobre su pecho;
una mano bajo el agua,
i otra mano sobre el cuello.
Mitad del rostro en la orilla,
mitad cayéndole el cielo;
la boca medio cerrada
y los ojos entreabiertos.
En sus sienes se han echado
a morir dos rizos negros
y en sus ojeras se están
amortajando los besos.
Junto al río, junto al río
esta como un junco muerto,
muerto rondador de espumas
estrenando besos nuevos.
Que hasta el agua enamorada
le está besando en silencio
la sangre de su camisa
y la flor de su sombrero.
¡Ay, galán de cien cinturas,
rondador de cien secretos!
Cien costureros de nácar
cien niñas están abriendo.
Lágrimas desesperadas
están, sobre cien pañuelos,
casándose con tu nombre,
en secreto casamiento.
¡Ay, qué verbena de luto
por los rincones del pueblo!:
las novias lloran de rabia,
los novios lloran de celos.
Dicen que fue a medianoche...;
dicen que fue amaneciendo...;
dicen, dicen...; pero nadie
sabe nada de lo cierto.
Lo único cierto que saben,
¡y cómo lo llora el pueblo!,
es que anoche, junto al río,
mataron a Juan Romero.


«SOLEA» DEL AMOR INDIFERENTE
«Ni rencores ni perdón;
no me grites..., no me llores;
lo nuestro ya se acabó».

¿Rencores...? ¿Por qué rencores...?
No le va a mi señorío
guardarle rencor a un río
que fue regando mis flores.
Tú me diste los mejores
cristales de tu corréate,
y no sería decente
maldecirte, por despecho,
si sé que tienes derecho
a dar o negar la fuente.
Debo estarte agradecido
por tu generosidad:
tú me diste por bondad
di por cumplido.
Me brindaste tu latido,
tu boca nunca besada,
tu carne nunca estrenada,
tus ojos siempre esperando
con dos ojeras temblando
debajo de la mirada.
Me diste el primer «te quiero»,
que es el que más atosiga
v, llanita de fatiga,
me diste el beso primero.
Y hasta que llegó a tu alero
aquel mal viento ladrón.
yo sé que tu corazón
fue mío por vez primera,
y sólo mía la acera
debajo de tu balcón.
Por eso yo, bien nacido,
ni te odio ni te aborrezco;
al contrario, te agradezco
todo cuanto me has querido.
No me importa si te has ido,
barca mía, hacia otro mar;
que yo no te puedo odiar
por esta mala partida,
porque odiar es, en la vida,
un cierto modo de amar.
Ni te vengas a mi lado
para pedirme perdón;
el perdón es la razón
de volver a lo pasado.
Y lo pasado, acabado,
que pasó... porque pasó.
; Déjame que viva yo
sin perdón y sin rencores;
porque... por más que me llores,
lo nuestro ya se acabó!


TUS CINCO TORITOS NEGROS

Contra mis cinco sentidos
tus cinco toritos negros:
torito negro, tus ojos,
torito negro, tu pelo,
torito negro, tu boca,
torito negro, tu beso,
y el más negro de los cinco,
tu cuerpo, torito negro.
Barreras puse a mis ojos,
tus ojos me las rompieron.
Barreras puse a mi boca,
tu boca las hizo leño.
Puse mi beso en barreras,
tu beso les prendió fuego.
Barreras puse a mis manos,
les hizo sombra tu pelo.
Y puse barreras duras
de zarzamora al recuerdo,
y saltó sobre las zarzas
tu cuerpo, torito negro.
¡Deja, que no quiero verte!
¡Déjame, que no te quiero!
Y luego monté mis ojos
sobre un caballo de miedo;
...tus ojos me perseguían
igual que un torito negro.
Y luego mordí mi almohada
para contener mi beso;
...tu beso me corneaba
igual que un torito negro.
Y luego arañé mi carne
de tentación y deseo,
para que no me gritara
que yo te estaba queriendo,
y tu cuerpo encandilao,
mimbre, luna, bronce y fuego,
se me plantó ante los ojos
igual que un torito negro.
¡Deja, que no quiero verte!
¡Déjame, que no te quiero!
El aire del cuarto estaba
temblando con tu recuerdo.
Cien caballos en mis venas
al galope por mi cuerpo;
y yo, jinete sin rienda,
luchando por contenerlos.
Cien herreros en mi boca
trabajando con mis besos,
y yo, , queriendo ser fragua
para poder deshacerlos.
Cien voces en mi garganta
gritándome que te quiero,
y yo, ¡mentira infinita!,
gritando que no te quiero.
Salí por aire al balcón...;
...me tropecé con el cielo:
verde, blanco, azul y negro,
igual que el de aquella noche
de nuestro primer encuentro,
en que me hirieron al paso
tus cinco toritos negros.
Y me acordé de aquel aire
que jugaba con tu pelo,
como un niño a quien le gustan
los caracolillos negros.
Y me acordé de aquel rayo
de luna, fino y torero,
que puso dos banderillas
de luz en tus ojos negros.
Y de aquel dolor de labios
que nos quedó de aquel beso;
y de aquel dolor de brazos,
y de aquel dolor de huesos,
y de aquella caracola
de amor, que quedó por dentro,
con un mar de amor dormido:
...que te quiero, ...que te quiero.
Y se me escapó la voz:
grité: ¡te quiero!, ¡te quiero!
Y ya no pegué mi boca
contra la cal de mi encierro;
y ya no mordí mi almohada
para contener mi beso;
y ya no arañe mi carne
de tentación y deseo.
Pegué mi beso a tu boca,
junté tu boca a mi beso,
y otra vez aquel dolor
y aquel temblor de recuerdos,
pensando en aquella noche
de nuestro primer encuentro.
¡Te quise siempre, te quise!
¡Te quiero siempre, te quiero!
Aunque no puedo quererte,
¡te quiero!
Aunque no debo quererte,
¡te quiero!
Aunque en cunas de tu casa
almendros se están meciendo,
¡te quiero!
Aunque tú tengas dos lirios
que se te cuelgan del cuello,
¡te quiero!, ¡te quiero!, ¡te quiero!
Y aunque pongas más barreras
de zarzamora al recuerdo,
para que nunca las salten
tus cinco toritos negros...:
torito negro, tus ojos,
torito negro, tu pelo,
torito negro, tu boca,
torito negro, tu beso,
y el más negro de los cinco,
tu cuerpo, torito negro.
¡Te quise siempre, te quise!
¡Te quiero siempre, te quiero!


CUANDO EL ANGEL SE MARCHÓ
A Víctor María Corteza

Temblor de plumas plegadas
en señal de adoración.
¡Qué olor a gloria quemada
dentro de la habitación!
Por la puerta...
¡Aire, que salgo!
¿quién salió...,
quién saldría?.
Salió tan sólo un rumor
de plumas recién abiertas,
pero en la puerta quedó
un musgo de Ave María
y un eco de Anunciación.
El rosal...
¡Aire, que paso!
¿Quién pasó...,
quien pasaría
tan sin pies y tan de raso,
para que todo el rosal
se empinara?...
¡Aire, que paso!
...Y qué murmullo de alas
movió las rosas al paso.
En la fuente...
¡Aire, que salto!
¿quién saltó,
que estando el agua serena
de pronto se estremeció?...
Sobre el agua saltó el dulce
ángel de la Anunciación.
Y a su viento,
el claro cristal cuajó
de espumas su encantamiento...
¡Pero no!
No fue el agua, que, al temblar,
frunció nevadas espumas.
Fue que al ángel, al saltar,
se le mojaron las plumas.
Por la pradera...
¡Aire, que vuelo!
¡Qué rumor de alas tendidas
por la pradera se fue!
Cada flor nube pequeña
para el apoyo del pie...
¡Aire, que vuelo!
Para el apoyo del ala...
¡Aire, que vuelo!
¡Para el apoyo del cielo!
Y en la lejanía...
¡Aire, que subo!
La palmera se movió...
la palmera se movía
como diciéndole adiós.
Todo Nazaret quedó
transido de Ave María
y blanco de Anunciación.


DE LA NIEVE NACIÓ EL FUEGO

Entre la nieve está el fuego
a punto ya de ser sol.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por ti me apeno, María.
-No ves que tengo calor...!
No ves que me arde arde
dentro la hoguera de Dios!
De la nieve nació el fuego
y Diciembre se incendió.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por ti me apeno, María.
-No ves que el niño llegó
y está quema que me quema
la llama que me quedó!
Pura nieve ríe el fuego,
¡se está derritiendo el sol!
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.
-Por El me apeno, María.
-Pero yo no puedo, no,
por mas que quiera y que quiera,
hacerle un abrigo al sol.
La nieve vela que vela
al fuego que se durmió.
San José tiembla de frío,
la Virgen María, no.


EL AGUA

El agua nos da vida; nos levanta
ríos de sangre en pie para la vida;
río de pie es el hombre, sangre erguida,
y en sus arenas algo muere o canta.
Cualquier aire de azar lo solivianta
como el agua que está desprevenida
y como a leve espuma sorprendida
cualquier aire de azar lo desencanta.
Y el agua nos deshace lentamente.
Río de pie es el hombre, sangre, lava,
que muerde sus orillas mientras fluye.
Y poco a poco, pero fieramente,
su manantial por dentro lo socava
y el alto mar por fuera lo destruye.


MUERTE DEL CIERVO

Todo fuga imposible y fiebre lenta
el ciervo herido se tendió en el prado;
por la canela tibia del costado
le resbala una herida polvorienta.
Desmaya la cabeza; con dulzura
mira su muerte y cierra la mirada;
y lamiendo su sed, desordenada,
la lengua busca arroyos de frescura.
Con un ansia de risco y de pradera
mueve una pata, como si quisiera
avanzar apoyándose en la brisa.
Mas pesan mucho el sol, la fiebre, el plomo.
Y se muere, se muere, triste, como
una gran sed que ya no tiene prisa.


ALA Y ALMA A LA VEZ

Ala y alma a la vez pudiendo darme,
me diste el alma y me negaste el vuelo;
barro me hiciste, mas pudiste honrarme
con barro volador, flecha hacia el cielo.
Qué más te daba retocar mi arcilla
con alados retoños de plumaje,
para que, siendo Booz de mi gavilla,
pudiera ser Miguel de mi paisaje.
Me ungiste como a rey de tus creaciones;
mas ve, Señor, al águila que escala
los vientos y no cesa de humillarme.
Y pregunto. Señor, por qué razones
me diste el alma y me negaste el ala,
ala y alma a la vez pudiendo darme.


FUEGOS ARTIFICIALES

¿Qué me queda, Señor, de tanta rueda
como he quemado a la ilusión de un día?
¿Qué me queda de tanta algarabía
de lumbre, ruido y oro, chispa y seda?
¡Cuánta cinta de lumbre se me enreda,
cuánto arroyo de luz me desafía,
cuánta cascada y fuente de alegría...!;
y de tanto aparato, ¿qué me queda?
¡Ay!, qué iluminación en mi castillo
y qué cohete afán, limón de brillo,
que tira al aire su dorado zumo.
Pero al sonar el último estampido,
veo que de tanta luz, de tanto ruido,
sólo me quedan soledad y humo.


LA BARCA

La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
huele a marisma la boca
y sabe a sal la palabra.
Así...La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
¿Qué cuánto quiero por ella?
Venga conmigo a la playa.
Por una quilla de oro
y dos remos de esmeralda
le vendo... el aire que lleva dentro
por una rosa de nácar...
la arena donde se acuesta,
y por un timón de plata...
ese mar en duermevela
en el fondo de la barca
donde estrellas marineras
reman de noche a sus anchas.
Aire, arenas y agua
¡todo le vendo!... menos la barca.
Aquí la tiene: bonita,
como una mujer casada;
por la quilla, sueño verde;
por la vela, nieve blanca.
Cuando está en la playa
pienso si soñará con el agua;
cuando está en el agua
digo si soñará con la playa.
La trato como una mujer
y así está ella;
le saltan la presunción y el orgullo
cuando duerme y cuando anda.
Con decirle, que le viene pequeña
¡toda la playa!
Que en esto de los amores
mujer y barca se pasan
de orgullosas, por queridas;
de presumidas, por guapas.
Y cuando se lanza al mar
además de guapa, brava.
Mete el pecho, hunde el casco;
se enjoya de espuma blanca,
cruje el agua en las amuras,
ella, altiva, la rechaza,
y cuando se deja atrás
la nieve, el oro y el nácar,
se esponja, se espuma,
se contonea y se acicala,
como hembra que se sabe fina,
bonita y andas.
Una reina no sería tan reina
¡como mi barca!
Y si viera cuando corre¡
Caballo con la crin blanca
que va levantando polvo
de espuma sobre esmeralda.
¿Qué cuánto quiero por ella?
¡Mi barca no es solo barca!
Cuña, mástil, timón, remo,
quilla verde y vela blanca.
Mi barca es la sal del mar
que se hizo piropo y gracia,
con un nombre: soledad
sobre este nombre: mi barca.
La barca...la barca...
con sólo decir... la barca...
huele a marisma la boca
y sabe a sal la palabra.
Así...La barca...la barca...
con sólo decir... mi barca...
¿Qué cuánto quiero por ella?
¡Mi barca no es sólo barca!