jueves, 18 de julio de 2013

Juan Rejano


Nació el 20 de octubre de 1903 en Puente Genil, Córdoba, España. Estudiante en Madrid y soldado en Marruecos.
En 1934 es jefe del periódico cordobés El Popular, es secretario de prensa del Gobierno Civil de Málaga, tras la ocupación de Málaga en febrero de 1937, marcha con su familia a Valencia, donde es redactor de la revista Frente Rojo, órgano del PCE, en Valencia y Barcelona. Emigró a México en 1939. En 1947 dirigió la Revista Mexicana de Cultura, cargo que desempeñó hasta el 1957. Desde 1969 hasta el 1975 dirigió el Suplemento Cultural de El Nacional de México.
Publicó sus primeros poemas, narraciones y artículos en revistas locales, siendo las revistas de ámbito nacional El Estudiante, Posguerra, La Gaceta Literaria y Nueva España quienes publicaron sus trabajos poéticos y literarios.
Su poesía evolucionó de la denuncia social (Fidelidad del suelo, 1943; Fulgor violento,1947; Canciones de la paz, 1955) al intimismo El libro de los homenajes, 1961 y La tarde en 1976. Durante la Guerra Civil Española, siguió ejerciendo el periodismo, pero desde el lado republicano, lo que le acarrearía el tener que trasladarse a México al acabar la contienda.
A su muerte, la colección Dulcinea que dirige el poeta Mariano Roldán en Madrid le dedicó en edición-homenaje Antología de urgencia aparecida en 1977.
Murió el 4 de julio de 1976 en México. (De EcuRed)


ESTOY BAJO TU PIEL (1939)
I
No vivo en ti, no vivo en mí, no vivo
sino ardiendo entre llama y luz de ausencia,
presente sobre el tiempo y la impotencia
de esta raíz que tiene el ser cautivo.
¿Quién doblará este agudo acero altivo
-morir en ansia tuya de existencia—
si escrita está en tu entraña la sentencia
que una vanguardia hará del fugitivo?
Por el aire, la luz, la nube, el sueño,
por el lamento de los ríos, dueño
de su vuelo mi cuerpo en ti despierta.
Mírame aquí, lejana España mía,
devanando en tu imagen mi agonía,
madura la pasión, la sangre alerta.

II
Las desnudas espadas de mis venas
clavadas en ti están de orilla a orilla,
lenguas de fuego en desangrada arcilla
donde habita el aliento de las hienas.
Yo apagaré ese cráter de condenas,
bañado en luna amarga y amarilla;
volverá el polvo heroico a ser semilla,
primavera de llamas tus cadenas.
Contigo, junto a ti, hora tras hora,
centinela de sombra iré en la aurora
de cada libre augurio de tus brazos.
Venceremos las sombras y el tormento.
¿Quién es la muerte ante este duro viento?
Mírala a nuestros pies, dando aletazos.

III
Si esposada de pájaros y rosas.
De cada primavera te evadías
de cada primavera te evadías
y en la transida flor reverdecías
si eran tuyas las manos laboriosas
y hacia el árbol y el hombre las tendías,
¿quién trajo este cortejo de albas frías,
este espesor de sepulcrales losas?
No fueron, no, los fúnebres cendales.
Por un áspero cielo de breñales,
malherida una sombra, errante, huye.
Yo sé quién enlutó tus alamedas,
quién tu regazo convirtió en roquedas.
Su nombre habita el odio: allí concluye.

IV
Oye este corazón que ya amanece
tras una sola tregua estremecido,
por insondables manos perseguido,
que su mano sedienta desvanece.
Oye este corazón donde se mece
la espuma de tu cuello entretejido
con guirnaldas de niebla y el latido
de la rama que nace y no perece.
Oye este corazón, oye esta hoguera
que derramando furias y esperanzas,
enlazada a tu cuerpo desespera.
Desnuda en su pasión tu pesadumbre
y en ese mar por donde ciega avanzas,
halla de nuevo la amorosa cumbre.

V
Estoy bajo tu piel, fuera del mundo,
fuera de mi razón y mis sentidos,
pausa abierta en un viento sin sonidos
con que mi propia libertad circundo.
¿Qué helado firmamento moribundo
van tocando mis pies desvanecidos?
¿Dónde brota el temblor de esos gemidos,
que en ti está y está en mí, llanto profundo?
Abridme el pecho y deshojad mi duda;
un mismo cierzo me acaricia y hiere
me viste de ilusión y me desnuda.
Sobra razón que a mi razón altere,
que en esta escala de mis ansias muda
muñendo sueña y por soñar se muere.

VI
Oyendo estás mis pasos y yo advierto
que en cada voz cercana te reflejas;
ni me alejo de ti, ni tú te alejas:
ninguno de los dos, muriendo, ha muerto.
Está la vida toda en un desierto,
en esa ardiente estela que me dejas
para poder soñar, junto a estas rejas
donde me pesa el corazón, despierto.
Déjame andar por las oscuras sendas
de esta vida que tú me has entregado
para que en ascua viva la comprendas.
Nací para morir a tu costado,
para quemarme en ti cuando me enciendas,
para hundirme en tu tierra, desterrado.


AMARGA POSESIÓN

Tener amor, tenerlo por entero,
es ya perder amor, verlo alejarse,
porque amar y sentirse amado es darse
al instante -al engaño- pasajero.
(Amó y no tuvo amor, y el verdadero,
el que en vano esperó, más que apagarse,
le fue creciendo dentro hasta encontrarse
al amor en el pecho prisionero.)
No es ser dueño, al amor no se domina:
cuando cubre la nube la colina,
su sed la altura no mitiga, esconde.
Por un túnel de negras rosas vamos
al amor, pero sólo lo encontramos
al soñar –al vivir– sin saber dónde.


Fidelidad del sueño (1940-1941)

MAR ÍNTIMO

La palma de mi mano
te contiene: te siento
latir igual que un pájaro
oprimido. Primero
fue tu imagen en el vaso
que aprisionó mi vida;
ahora, la tuya, oculta
tras mi frente, respira.
Desde la tierra grave,
en que el olivo sueña,
llegué a tu orilla un día
dulce de primavera.
Y conocí el olvido
que la esperanza nombra,
y el hilo de mis sueños
recobró su memoria.
Volví a sentir el fuego
virginal. En mis sienes
sonaron nuevos pasos,
brotaron hojas verdes.
Y junto a ti el milagro
de prolongar mi sangre
nació como en un dulce
viento sobre rosales.
Estás lejos, ahora
estás lejos, y siento
tu amargura infinita
horadar mi silencio.
Te contiene la palma
de mi mano. Tan hondo,
tan inmenso, podría
disiparte en un soplo,
porque, fanal del sueño,
de mi amor y mis frutos,
de mi amor y mis tratos,
sola, en medio del mundo.


SONETOS DEL SUEÑO
A Vicente Aleixandre

El sueño de mi vida ya no es mío,
ni está en mis manos detener su aliento;
sujeto vivo a él y, a veces, siento
que baja por mis venas como un río.
Huyendo de su sombra me extravío
por la escala sin fin del pensamiento;
mas el sueño me sigue, como el viento
tras el húmedo cuerpo del navio.
Me vence este huracán, esta caricia
que tiene ya su doble ser fundado
donde la libertad su vuelo inicia.
A libre vuelo eterno condenado,
la frente llevo a despertar propicia
y el corazón al sueño encadenado.

II
Volver a ser de nuevo lo que fuiste,
a ver lo que no vio con la retina
del alma el alma virgen, cristalina,
que en el camino del ayer perdiste;
sentir cómo se aleja el viento tnste
que la frente veló, y en la neblina
de la nueva esperanza se reclina
la sombra con que un tiempo conviviste.
¡Volver a ser! Llenarte de inocencia,
¡Volver a ser! Llenarte de inocencia,
para embriagarse en fugitiva esencia.
Lograr que al hombre y a la mar llegara
este cristal de eterna transparencia
y el fondo de su entraña iluminara.

V
El tiempo, a lomos de un caballo ardiente,
me va llevando hacia una tierra yerta;
pero el sueño me rapta y me despierta
por un cielo brumoso, inexistente.
Entre el cielo y la tierra va mi frente
su cavidad formando, como incierta
nube que avanza y retrocede, abierta
por la fuga del rayo y el torrente.
Si hacia el término vamos, si en la umbría
de la muerte se ausenta esta agonía,
que la muerte no anuncie su lamento:
por el sueño logré alejar su hora
y por el sueño transpondré su aurora,
como un aroma que conduce el viento.


El Genil y los olivos (1944)

FRAGMENTOS DE «EL GENIL»

¿En dónde estará mi vida,
en el río que pasó
bajo mis ojos, un día,
o en el que se hizo canción
tras de esta mar infinita?
¿Elrío es vida o es mtiertet
¿Mi sangre es río o es mar?
¿Dónde acabará su curso
y cuándo yo de soñar!

12
Sé como el agua del río,
que va cantando sin tregua
                                    al olvido.
Que va cantando a la muerte
sin miedo al mar que la espera,
sin temor a lo que viene.
Lo que viene es lo que va.
Ir a la mar es lo mismo
que morir y despertar.
Sé como el agua del río.

22
Yo no sé por qué será.
El agua que lleva el río
va diciendo: soledad.
¿Soledad, cuando los juncos
                            y los tarayes,
requebrando a las adelfas,
llenan de risas el aire?
¿Soledad, cuando se asoman
                       sobre su espejo
los membrillos, los naranjos,
las palmas y los ciruelos?
Soledad, sí. A solas vive
quien ya conoce el final.
El agua que lleva el río
no es agua amarga, y lo está.
Yo no sé por qué será.

23
¡Qué altas las hojas de plata
de los álamos! ¡Qué altas!
En la mañana descienden
a los espejos del agua
y suben luego, en un vuelo,
como mariposas blancas.
La brisa llega en la tarde
con sus manos de esmeralda
y les pone peinecillas
verdes en las sienes claras.
¡Los álamos del Genil!
'Qué altas sus hojas de plata!

27
¿Cuál de las dos es la opuesta,
la orilla que estás pisando
o la orilla con que sueñas?
El río pasa cantando.
¿La que tienes, la que ansias?
¿Cuál de las dos, cuál será,
alma, que ya desvarías?
El río canta al pasar.
(Canta: ¿Y si la orilla opuesta
no existe, ni existirá?)


Fulgor violento (1947)

VI
De la sangre, del ruego, del lamento,
del plumaje del día, de la aurora,
va naciendo una frente vengadora,
como un lucero de fulgor violento.
Yo la veo avanzar, novia del viento,
frente al hacha y a la muerte, retadora,
y advierto cómo llega y conmemora
las sombras del dolor en mi aposento.
¡Sube, hiende, domina, soberana,
cometa, frente, acero, luz, diana,
difunde esa embriaguez de toro herido
con que horadas la piedra, el plomo, el llanto
y clava en esa tierra que amo tanto
la soledad del héroe amanecido!


La respuesta
En memoria de Antonio Machado (1956)

Pero amo mucho más la edad que se avecina
y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea
común apasione las almas.
ANTONIO MACHADO (1919)

Me nutrió tu palabra, desnuda y verdadera,
y he crecido a tu lado como un árbol sonoro
al pie de una montaña.
Desde la infancia tengo
los labios rezumando tu savia humilde y buena.
No te siento: te llevo dentro de mí, lo mismo
que el rumor enclaustrado de un caracol marino.
Solitario viajero de los ríos
patriarcales
y los páramos tristes de Castilla,
                     quisiera
rodear tu memoria de sonidos
                            esbeltos,
responder a tu augurio y a tu amor
                               a los hombres
con el acto tranquilo de mi fe
                                en el mañana.
Aquí estoy, aquí estamos: tú anunciaste la hora
y la hora ha llegado.
La nueva vida crece
sobre las sombras acidas.
                                                      Yo soy
un hálito tan sólo, débil hoja,
destello que abatir puede una ráfaga.
Pero tengo en mis manos el calor de otras manos,
otros cantos se enlazan a mi canto
y en mi frente se baña el alba joven.
Aquí estoy, aquí estamos: con nosotros
no viene la ceniza. Una paloma
palpita en nuestros hombros, y en los ojos
un cristal de esperanza se ilumina,
una espiga radiante, un verde ramo
del proverbial olivo: paz y sueños.
Atrás quedó el latido mezquino y vanidoso,
el altivo lamento, la soledad sin brazos.
Nuestra canción se abreva en el torrente
humano: de sus ansias febriles se alimenta.
Pan, libertad, amor.
                              Maestro, escucha
la sangre estrangulada, el clamor lento
de nuestra patria entre cadenas. Mira
las lágrimas del Duero que tú amaste, J
la hermosa tierra ibérica manchada
por el metal de la ponzoña: toda
nuestra España vendida
- como en amargo verso denunciaste -
los ríos y los mares y los montes
uncidos a la muerte aleve.
                                                   Nada
desasirá esta voz de su ribera
mientras haya en la tierra látigos levantados
y una espalda que gima, agotada en el tajo.
Yo sé que desde el lecho fronterizo
que tus huesos arropa, estás oyendo
mi palabra: tu pueblo vibra en ella.
Aquí estoy, aquí estamos: nos enciende
una misma pasión, como un ave sedienta:
vencer la noche, establecer la aurora,
cantar sus altas selvas de ternura.
Tu acorde puro en nuestro canto suena.



AL MORIR EL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ(1942)

DOS TIEMPOS DE LLANTO
1
Como un terrón que escapa del surco hacia los cielos,
cargado de asperezas y fragancias,
apareciste, hermano.
Contigo se elevaron la espiga y la paloma,
el íntimo perfume del romero,
el balido inocente de la oveja más tierna.
Te recuerdo invadido de rumores
como un olivar triste,
con la frente combada hacia la aurora
y un clavel horadándote las manos.
Te recuerdo de miel y espino seco.
En tus abarcas de pastor llevabas
todo el rocío virgen, todo el fuego
increado del alba;
en tu zamarra un áspero rumor de encinas graves
y más adentro,
sobre tu corazón, la voz del río
donde, embriagado ruiseñor, creciste.
Oh, cantor milagroso de la ternura agreste,
un mastín te guardaba la osamenta
y a la puerta encrespada de tus venas
suspiraba una alondra.
Eras una raíz tan amorosa,
erguida con tal furia entre los hombres,
que se te oía correr la sangre hermosa
como un galope de caballos jóvenes
sujetos por un freno de alhelíes.
Un temblor de amapolas y trigales maduros
se asomaba a tus ojos
y una violenta sed te rodeaba,
una sed escondida
en los siglos de llanto,
en el hombre, en la piedra, en las retamas
que a nuestros campos dieron
su inmemorial tristeza.
Tierra tú mismo te nombraste, tierra,
y de la tierra fuiste a despertar al pueblo,
a ceñirle coronas,
a restañarle heridas
cuando la soledad y la agonía
como rosas de espanto a su sien se asomaban.
Ay, tu gloria fue entonces,
tus matinales nupcias con lo eterno.
Nadie puede decir cuándo morimos
para nacer al alba perdurable,
pero en aquella unión de sangre y tierra
te brotaron entrañas en la entraña,
alas crecieron de la pana honrada
que tu cuerpo vestía,
y tu canción se alzó sobre la muerte,
heroica, deslumbrante,
porque a la muerte misma se ofrendaba.
Solitario cabrero del verbo apasionado,
allí sigues viviendo, en ese instante
conmovido respiras,
sueñas,
cantas.
No has muerto, no pudieron
matarle los que a golpes de rencor te mataron.
La tierra no perece, y tú eres tierra,
toda la noble tierra de España que ahora cubre
tantos sueños tronchados.
Tú eres, niño de fuego, la esperanza.

2
Como un lucero herido que a la tierra desciende
después de dar su luz al mundo ciego,
partiste hacia las sombras.
Mírame aquí cantando con mis lágrimas
tu ausencia irreparable,
los enlutados ecos de tu canto.
Entre mis manos guardo su fulgor que no cesa :
España, tu gemido de fruto desangrado.


Poema Canción Segunda

Van cuatro jinetes
por la lejanía.
Largas capas negras,
negras sombras íntimas.
(Si yo me alejara,
¿tú me olvidarías?)
Se oscurece el campo
bajo la llovizna.
Altas sierras negras,
negras las encinas.
(Si estuviera ausente,
¿tú me olvidarías?)
Tañe la campana
de una vieja ermita.
Campanadas negras,
negra despedida.
(Si yo me muriera,
¿tú me olvidarías?)
… Los cuatro jinetes
por el campo oscuro
bajo la llovizna.


Poema Agonía


La noche del olvido
me está esperando, abierta,
quiere acoger mi sombra
como una inmensa tumba.
Su aliento me aproxima
no sé qué enervadora
fragancia y siento el roce
de su aterida forma
cual si el borde de un ala
monstruosa, invisible
pasara desgarrando
la piel de mis sentidos.
No sé cómo evadirme
No sé si abrir los brazos
y aprisionar en ellos
el mundo fugitivo,
lo que ahora late y crece
corriendo hacia las sombras,
aquello que me brinda
el hálito más tierno
antes de abrirse al polvo.
¿Dejaré que esta presa
deslumbrante se pierda
cual río que agoniza
en las fauces de un túnel?
¿Tendré yo que entregarme,
desnudo como un niño,
a esa corriente impávida
que no deja su orilla?
¡Ay, si esta inalterable
soledad que me ciñe
pudiera ahondar su seno,
ser como negra sima
sin fin donde mi cuerpo
no se saciara nunca!
Entonces, qué relámpago
perpetuo en la memoria,
qué cárcel venturosa
de seres consagrados
para lo eterno mío.
Nada hallaría su término.
Cada imagen sería
como una rosa en sueños
sin crepúsculos fijos.
Cada instante tendría
todo el fluir del tiempo,
tal si un espejo innúmero
multiplicase el mundo.
Pero, mientras se agita
la rebelde arboleda
donde estoy delirando,
la noche del olvido
me espera, me reclama
y yo busco asideros,
desesperado náufrago,
en el torrente humano
que pasa y no me advierte.



Poema Compensación
Niebla fija, arboleda
de fundidos ramajes,
vegetal nebulosa
que en su vientre guardara
la jubilada imagen
de todo el universo.
Así tu forma vana,
tu firme incertidumbre,
medusa de mil sierpes
flotando en las orillas
donde la nada empieza.
Nos robas, nos ocultas,
te llevas lo soñado,
la sangre y su ceniza
quemada entre delirios,
el esfuerzo, el milagro.

Te llevas y devoras

los soles que se apagan

detrás de cada frente

y luego les das vida

de nuevo en tu regazo,
secreta vida inútil
que a nadie pertenece,
tal si se derramara
sobre un mundo de arena
la estremecida savia
de cada ser creado.

Como una ciudad triste,
como una derribada

ciudad que perdurase

en lo más hondo y yerto

de un mar siempre enlutado,

tu negra fortaleza

se esparce, presentida

en cada sien, por valles

de soledad perpetua.

Por ti dejan de oírse
los himnos matinales

que a plenitud convocan,

y ciegan tus pupilas

los encendidos mármoles

donde el deseo rige;

se arrastran los inviernos,

la espiga se calcina

y los racimos trémulos

en que el amor palpita
se secan como ubres
que la aridez maldice.

Pero por ti podemos
también unir las horas

que bajan al abismo

y suben a lo inmenso.

Por ti, de cada llanto

brota una rosa niña

y del laurel deshecho

un fulgor de esperanzas.

Por ti puede esta llama
que en las entrañas llevo,

crecer o fatigarse,

morir por un momento

para nacer más alta,

sin agotar el ritmo

en que vacila y cree.

?Ven, acércate, llega…
No, no, huye …

                             Te amo

y te odio, lo mismo

que tú alientas y escondes

el pensamiento mío,

sus ceñidas creaciones

que al fin sólo son tuyas.



SEGUNDA ELEGÍA ESPAÑOLA

A Francisco Giner de los Ríos


Nube, viento será para el olvido
La sangre que alzó ayer como columnas
Sus brazos sin defensa, solitarios,
La fuerza que arrastraba las montañas
Y ocultaba el latir de los espacios
Donde cadentes ríos sin origen
Sus enlazados pechos asomaban.
Pero en viva batalla está su muerte

Bajo pisadas que la luz condena; 
En más honda pasión está el latido 
Que cuando a verdes cimas ascendía, 
Por un himno de angustia convocado. 
Bajo la tierra en que el reposo habita, 
Alza su frente iluminada y abre 
Sus venas al que busca el bien perdido; 
Llama al hombre lejano y enardece 
El corazón, de los corazones vírgenes 
En que el dolor tan sólo abrió esperanzas 
Y vigilan sin número entre sombras. 
Y a su voz, de las tumbas como rosas 
Sales los dueños que jamás olvidan 
Los verdaderos cuerpos no extinguidos, 
Duros como la sal, como aquel día 
Cuyas ramas de fuego van creciendo 
Y al cielo alcanzan ya como una hoguera. 
¿Quién detendrá esta suma, esta corriente
donde truncados árboles navegan 
por una herida hacia la mar del sueño? 
¿Quién negará este cuerpo, este horizonte, 
más claro en la tiniebla, más cercano 
para el que mira lejos y no duerme? 
Viviendo, ardiendo, sube su centro, 
A libertar el viento encadenado, 
Los ánimo más puros cuyas manos 
Recorren avenidas temblorosas, 
Se crispan en un mundo calcinado, 
Poblado de cadáveres ausentes. 
No quisiera escatimar palabras.
Quisiera seísmos de antologías 
para remover el almacén trasero de la memoria.
Se muere una sola vez.
O se muere tantas veces 
Que no se llega a nacer. 
Morir... cuando descansemos;

Pero, mientras, que la muerte 
No nos lleve a su terreno. 

Que del nacer al morir

La distancia no es muy larga 

Pero es dura de cubrir.

Cúbrala el hombre con sus hazañas.