lunes, 17 de junio de 2013

Luis García Montero

Luis García Montero (Granada, 1958) es poeta y  Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Es autor de once poemarios y varios libros de ensayo. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero, el Premio Loewe en 1993 y el Premio Nacional de Literatura en 1994 por  “Habitaciones separadas”. En 2003, con “La intimidad de la serpiente”, fue merecedor del Premio Nacional de la Crítica.


XXII

ACOSTUMBRAN los cielos a entregarse
sin vida en el asfalto.
Mueven la luz en busca de los cuerpos.
Su mecánica es dulce y se repite,
como tu corazón,
cuando me prefería.
Una sombra sin dueño,
algo que no es la noche,
pero que surge andando de su vientre,
al regresar se acerca, se confunde,
pasa lejanamente hasta perderse.
Miro mi soledad
volver sin mí, desnuda,
de donde yo la llevo,
en la umbría derrota de sus pasos,
de portal en portal, rumor sin nadie.


VIII

ALLÍ,
lejana y verde a veces,
me espera la
me espera la ciudad, su solitaria
mansedumbre de amante envejecida.
Nerviosos en la prisa,
como vidas o velas sin destino,
aceleran su viaje
los cristales del coche por los últimos campos.
Empuja el viento ahora matrículas extrañas,
como debe empujar indiferente
gaviotas amarillas a los árboles
cuando llega el otoño.
Allí,
la llamarada verde del ciprés
parece un mástil triste
porque pone
olor de puerto viejo,
marineros borrachos en la sombra.


VII
A Francisco Brines

PARECE que soy yo quien hasta mí se acerca,
quien erguido camina rodeando mis piernas,
apoyando la piel sobre mi pecho,
cuando se acercan ellos, los recuerdos,
esos gatos sonámbulos del tiempo
que vigilan reunidos,
como palabras dichas.
Caídas en el blanco
mantel de aquellas fiestas.
¿Dónde está la memoria,
detrás de qué latido se levanta
para enseñar su rostro,
el tesoro que lleva en sus ojeras
de canciones perdidas, de promesas
que nos tiran de pronto hacia otra parte?
Mi historia no es un libro, como dices,
es la esquina doblada de una página,
porque pensar también lo que no he sido
me define de un modo más exacto
por elecciones
o presentimientos,
porque hay versos que nunca se llegan a escribir
y la fidelidad que tengo a la poesía:
es demasiado débil,
ni siquiera respeta su nostalgia.
Perdóname. Recuerdas
el juego de crecer en soledad,
una voz que te llama por tu nombre?
La vida no traiciona, sólo existe
de un modo diferente al esperado
y es justo que se cuide, pues la cito
cuando tengo interés en malgastarla.


COMO CADA MAÑANA

AHORA sé
que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un tranvía.
Sobre su cuerpo viejo
andábamos despacio, de forma irregular,
con una simetría parecida a los árboles.
Era hermoso acudir
cada mañana
y respetar la cita con la hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,
detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.
En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.
Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besarnos las uñas moradas por el frío.
Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.
Entrábamos por fin para mezclarnos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.
Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.


LA INMORTALIDAD

NUNCA he tenido dioses
y tampoco sentí la despiadada
voluntad de los héroes.
Durante mucho tiempo estuvo libre
la silla de mi juez
y no esperé juicio
en el que rendir cuentas de mis días.
Decidido a vivir, busqué la sombra
capaz de recogerme en los veranos
y la hoguera dispuesta
a llevarse el invierno por delante.
Pasé noches de guardia y de silencio,
no tuve prisa,
dejé cruzar la rueda de los años.
Estaba convencido
de que existir no tiene transcendencia,
porque la luz es siempre fugitiva
sobre la oscuridad,
un resplandor en medio del vacío.
Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles
de las miradas insistentes,
el mar tuvo labios de arena
igual que las palabras dichas en un rincón,
el viento abrió sus manos
y los hoteles sus habitaciones.
Parecía la tierra más desnuda,
porque la noche fue,
como el vacío,
un resplandor oscuro en medio de la luz.
Entonces comprendí que la inmortalidad
puede cobrarse por adelantado.
Una inmortalidad que no reside
en plazas con estatua,
en nubes religiosas
o en la plastificada vanidad literaria,
llena de halagos homicidas
y murmullos de cóctel.
Es otra mi razón. Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.
La copa de cristal
que pusiste al revés sobre la mesa,
guarda un tiempo de oro detenido.
Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me convoquen a declarar mis actos,
aunque sólo me escuche una silla vacía,
será firme mi voz.
No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello que no podrá quitarme.


LA MUERTE

I
Si alguna vez las aguas se retiran,
comprenderé el vacío,
conoceré la muerte sin disfraces.
Como una hierba seca
atrapada en el humo de los cirios,
me reveló muy pronto su disfraz.
No sé, debió de ser el año
sesenta y seis, tal vez sesenta y siete,
en una tarde de silencio frío.
Era entonces Granada
la ciudad que se duerme en un vaso de agua,
los álamos que caben en la mano de un niño,
el corredor que lleva al sacerdote muerto.
Y cruzamos en fila por la sombra.
Conciencias vigiladas,
alumnos conducidos
a pasar por delante de un cadáver,
recuerdo que la muerte
fue una imagen avara de la vida,
labios de cera y piedra
gastados por el rezo.
Las coronas de flores
suspendían la prisa y el temor
en el mensaje de los sentimientos.
Las palabras inútiles son pétalos morados.
Tus alumnos jamás te olvidarán.
nunca olvidé aquel día,
atrapado en el humo de los cirios
como una hierba seca,
la madera solemne de su féretro,
el blanco miserable de la piel,
ese disfraz mundano de la muerte.

II
Pero la muerte a secas, sin disfraces,
no llegué a comprenderla.
Era incapaz de presentir un tiempo
en el que yo no fuese
rumor, canción, tragedia o alegría,
que el silencio no fuese mi silencio,
ni la mañana luz para mis ojos,
ni la ciudad de octubre
esa piel fatigada de pájaros y humos
que se apoya en mi cuerpo
y en las ventanas de los dormitorios.
La muerte es un vacío sin pasado,
nunca tuve memoria de la nada.
Estoy a punto de decir
que al entrar tu recuerdo
en el sol invisible de mi suerte,
como entran las ciudades en la noche
del viajero perdido,
me obligaste a entender la condena del tiempo,
la desaparición,
este miedo nocturno
que tienen las botellas
a quedarse vacías.
La muerte y el amor
son tareas del cuerpo,
caminos diferentes
que llevan a lugares parecidos,
faros que nos persiguen en busca de una fecha
y que al llegar nos quitan
autoridad en nuestra vida.
Es la razón, la única,
que nos mueve las horas
como luces terrestres en el mar,
mi piel al pensamiento.
El agua que subió con la marea
hizo un lago en el Sur. Y abandoné los nombres,
las trece letras de mi apellido
números de teléfono borrados en la arena,
y un reloj.
Yo que viví metido en un reloj,
desde el primer momento en que bajé a la calle.
Están allí, recuerdos
convertidos en valle submarino,
pasiones amparadas
en la quietud de la felicidad,
que no podrán vivir en el desierto
si es que un día las aguas se retiran.
Comprenderé el vacío,
conoceré la muerte sin disfraces,
si es que un día las aguas se retiran. 

*******

Con qué ferocidad y a qué hora importuna
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sombras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.
No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan
los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura—
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo…,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempo de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás,
 no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.


NOCHE DE NIEVE

Asume  tus errores.
Visto para sentencia queda el tiempo
de las manzanas y la luna blanca.
Como en noche de nieve,
el lobo que cruzó los almanaques
ha marcado sus huellas. Las conoces,
sabes qué significa
dejar de amar, dejar de ser amado,
sentir que los minutos se corrompen
en el embarcadero de la vida.
Y llega hasta el final,
mírate frente a frente.
Pero luego
ten orgullo y valor, no digas nada
sino en presencia de tus abogados
que se llaman memoria, realidad y deseo.
Porque todo concluye, pero nada se calma.
Que no puedas perder lo que perdiste
no da tranquilidad, sino vacío.


SONATA TRISTE PARA LA LUNA DE GRANADA

A Marga

Le ciel est par-dessus le toit. 
PAUL VERLAINE
Esta ciudad me mira con tus ojos,
parpadea, porque ahora después de tanto tiempo
veo otra vez el piano que sale de la casa
y me llega de forma diferente,
huyendo del salón,
abordando las calles
de esta ciudad antigua y tan hermosa
que sigue solitaria como tú la dejaste,
cargando con sus plazas,
entre el cauce perdido del anhelo
y al abrigo del mar.
Si estuvieras aquí
nada hubiese cambiado sino el tiempo,
el cadáver extraño de sus ríos
que siguen sumergidos
como tú los dejaste.
Ahora
siento otra vez mi cuerpo poblarse de veletas
y lo veo extendido
sobre generaciones de ventanas antiguas
mientras la noche avanza solitaria y perfecta.
Somos de una ciudad
cargada de paciencia, que no conoce el sueño de los invernaderos,
ni ha vivido la extraña presencia del amor.
Como pequeñas venas
los comercios esperan para abrirse mañana y el deseo no existe
más allá de la luna de los escaparates.
Hemos soñado ya todos los sueños,
hemos vivido aquí
donde la historia olvida sus raíles vacíos,
donde la paz es negra y se recoge
entre plazas cerradas,
sobre tabernas viejas,
bajo el borde morado del misterio.
Alguna vez soñamos
con un mundo distinto:
era cuando el imperio perdido del azúcar
y llegaban viajeros
al calor de la industria.
Las calles se llenaron de motores rugientes
y la frivolidad
como una enredadera brillante por los ojos
nos ofreció de pronto
templada carne, lámparas de araña.
Parece que os recuerdo
abrazados al mundo entre trajes de hilo,
entre la piel hermosa de una época
que nos dejó sus árboles,
el corazón grabado
sobre las pitilleras, y su dedicatoria
en las fotografías.
Ahora
cuando el destino ya no es una excusa
sino la soledad,
y los cielos están bajo el tejado
como tú los dejaste,
todo recuerda un sueño sucio
de madrugada.
Aquí
no tuvimos batallas sino espera.
La guerra fue un camión que nos buscaba,
Detenido en la puerta,
Partiendo con sus ojos encendidos
De espía
Y al abrigo del mar.
Más tarde
entre canciones tristes de marineros rubios
todo quedó dormido.
De balcón a balcón
oímos la posguerra por la radio,
y lejos,
bajo las cruces frías de las plazas,
ancianas sombras negras paseaban
sosteniendo en las manos
nuestra supervivencia.
Esta ciudad es íntima, hermosamente obscena,
y tus manos son pálidas
latiendo sobre ella
y tu piel amarilla, quemada en el tabaco,
que me recuerda ahora
la luz artificial del alumbrado.
Vuelvo hacia ti. Mi corazón de búho
lo reciben sus piernas.
Como testigos mudos de la historia
acaricio las cúpulas perdidas,
palacios en ruina,
fuentes viejas
que recogen la luna
donde van a esconderse los últimos abrazos.
Verdes en el cansancio
de todas las esquinas
esta ciudad me mira con tus ojos de musgo,
me sorprende tranquila
de amor y me provoca.
Amanece
moradamente un día que las calles comparten con la lluvia.
La soledad respira más allá
de las grúas
y mi cuerpo se extiende
por una luz en celo que adivina
los labios de la sierra,
la ropa por las torres de Granada.
La madrugada deja
rastros de oscuridad entre las manos.
Oigo
una voz que clarea. Lentamente
los tejados sonríen cada vez más extensos,
y así,
como una ola,
entre la nube abierta de todos los suburbios,
esta ciudad se rompe sobre las alamedas,
bajo los picos último
donde la nieve aguarda
que suba el mar, que nazca la marea.


ALBADA

Por encima del huésped
que ha dejado en tus ojos la balada del humo,
vuelves a ver el mundo.
Míralo:
Con su polen la luz, la madrugada
Abriéndose en las ramas de aquel árbol
Y el cielo,
Más turbio, como un cuerpo
Que ha salido del mar y tiene frío.
Tiembla el amanecer
de la forma en que puede una pupila
medirse con la tierra,
palpar su corteza más húmeda,
la sensación de calles navegables
bajo las horas jóvenes del día.
Dulce olor a ciudad. Alguien que nos invoca
en el oscuro portal solitario
pasea junto al miedo. No contestes,
espera,
de la piel memorable. Agoniza el invierno
 sobre la mesa abierta y se deshace
la nieve como un beso discutido
entre la voluntad y la impotencia.
Citada hoy para decir que vive,
llega mi voz rompiendo
sobre el lomo templado de los libros,
en el solar envejecido
donde las tradiciones
escogieron su luz de corazón simbólico,
de pronto la conciencia
de páginas que sueñan y parecen
el humo edificado de los ojos,
el humo edificado.
Siempre estuvo cayendo en esta mesa
el humo edificado,
como tu propia sombra,
como mi voz que acude —porque tú lo demandas—
para citar el alba.
No hay palabras inútiles
cuando la soledad ha esgrimido su cuello
vigilante
y nos hace enemigos
del galope que viene a sorprendernos
desde el amanecer. Yo vivo en tus poemas.
Mira el mundo:
tus ojos y los míos no pueden separarse
en esta brisa de color impuro.
Siempre estuvo el vigía
de parte de la noche, siempre buscó el silencio,
siempre fuimos sus víctimas.
Aunque la sombra viva a los pies de esta casa,
una voz ha cambiado murmullos por palabras,
y tiembla sola,
y amanece contigo.


NUEVO CANTO A TERESA
A Teresa y Benjamín

Una canción es siempre más triste que el silencio,
una canción que sepa de mi vida,
como la tachadura de las puertas que dejas
y de los vasos únicos.
Porque ayer te buscaron las letras de mi máquina
y mi vaso está solo al levantarme,
y su brillo arruinado pone un frío en la mesa
de muralla romántica.
Yo conozco minutos que duran un segundo,
años que son semanas y desiertos
que caben sin doblarse en un grano de arena.
Pero sin ti se apagan
las fechas de los árboles, sin ti sufren las horas
como barcos anclados en el hielo,
residencias inútiles, tiempo que se desploma
sin lugar en el tiempo.
No es el amor quien habla, soy yo que necesito
vivir en la distancia de tu nombre,
para saber que existes, para saber que existes,
aunque sea tan lejos.


CANCIÓN IMPOSIBLE

Y como los recuerdos tienen sombra,
me avisaron las sombras de los míos cuando intenté salir del arrecife.
Caminaba descalzo sobre el fuego
de una historia imposible.
Lo comentó el amigo
con su prudencia de verdades muertas,
desconfiado y triste
por la lluvia que ensucia los cristales
de la historia imposible.
El enemigo dijo
a todo el que escuchaba sus sermones
certezas como puños.
Dejó correr los lobos por el campo
del amor sin futuro.
Y nuestras dos ciudades
lo afirmaron también, desorientadas
por el pasado absurdo
de burdeles y noches clandestinas.
Un amor sin futuro.
Ahora sé responderles:
 la plenitud guarda dos filos,
para matar o para suicidarse.
Desgraciado este mundo
sin el riesgo de ser eternamente
esa historia imposible de un amor sin futuro.


DEUDAS DE JUEGO

En algunas palabras, quizás en las mejores,
suele crecer la hierba.
Y yo las imagino
a través de sus largas estaciones de lluvia,
y las conozco,
y no las llamo por su nombre
para que el corazón no pueda traicionarme,
y las veo pensar en el desierto
hasta quedarse secas,
hasta sentir el rastro vergonzoso
de sus enfermedades.
Entonces es la hora. Decido caminar
bajo la luna hospitalaria
que comprende la ley de mi paciencia,
y de la misma forma
que a los ojos se acerca un adjetivo,
acerco una cerilla a las palabras
para que se consuman
y pierdan la maleza,
con preocupada lejanía,
con silencioso resplandor,
igual que las hogueras en la noche.
En otras aventuras
la luz se ha desnudado con modales de niebla
y la fugacidad
ha compuesto en el aire
un cobrador de mano temblorosa
y el recibo de un sueño.
Hay palabras que buscan
el vapor amarillo de los faros
en sus mundos fugaces.
Una luz afilada
corta la carretera y la imaginación
para invitarme a perseguirla.
Pero yo me convierto en hotel despoblado
o en bar de algún camino
que cruce las fronteras y los bosques,
y entorno la quietud de una ventana
que se duerme en un lago,
y me siento a esperar
hasta que se apaciguan los motores
y las palabras vuelven a sentirse palabras.
Si frenan en la orilla de un recuerdo,
acompaño a sus faros
por los desvanes de la oscuridad,
fuerzo la lentitud
de lo que vive al fondo del olvido
y, mercader de nieblas,
con razones ecuánimes,
les descubro mi pacto:
yo les entrego un cuerpo donde poder vivir,
ellas le dan un nombre
a las encrucijadas de mi cuerpo.
Suben desde la umbría,
apuran el sentido de los atardeceres
y llegan a la luz por las conversaciones.
Lugar de conjurados, las palabras.
Por eso necesitan
una noche de frío
y el reclamo secreto de una voz familiar
para volver a casa.
Quien vigile la calle
descubrirá un balcón iluminado
y dos sombras amigas que se juntan
a discutir sus deudas,
el saldo compartido de lo que se perdió
en un rincón del tiempo
al levantar el as de corazones.
Las deudas de este juego son un reloj de arena,
la cuchilla que rompe una mirada,
la fuente que guardó el cadáver de un pájaro,
los muros del jardín
y el vacío que habita
el interior de las estatuas.
Fue así como los dioses perdieron sus antorchas.
El poeta lo dijo, únicamente somos
una conversación.
Las hogueras, los faros
y la luz de la calle vigilada
preguntan todavía
por sus razones y sus consecuencias.
Una conversación somos nosotros.
Palabras con instinto de ciudad,
palabras encendidas
que dejan en los versos confesiones
de gaviotas nocturnas,
y el calor
de los amantes fatigados
que se abrazan y ruedan lluviosamente unidos
por el umbral del sueño. 


*******

Pero las cosas han cambiado.
Míralas
en su desconocido firmamento.
Esta lámpara joven.
¿Qué soledad descubre su luz en el espejo?
Este vaso de agua.
¿Qué noche de verano comprende sus secretos?
Estas vigas azules.
¿Qué araña tejerá el dolor de sus cuentos?
El idioma dormido de las cosas
exige un corazón subtitulado
para contar los sueños.
Míralas,
hablándote despacio, igual que a un extranjero.


 *******


Señor compañero, Señor de la noche,
haz que vuelva su rostro
quien no quiso mirarme.
Que sus ojos me busquen
sostenidos y azules
por detrás de la barra.
Que pregunte mi nombre
y se acerque despacio
a pedirme tabaco.
Si prefiere quedarse,
haz que todos se vayan
y este bar se despueble
para dejarnos solos
con la canción más lenta.
Si decide marcharse,
que la luna disponga
su luz en nuestro beso
y que las calles sepan
también dejarnos solos.
Señor compañero, Señor de la noche,
haz que no cante el gallo
sobre los edificios,
que se retrase el día
y que duren tus sombras
el tiempo necesario.
El tiempo que ella tarde en decidirse.



 *******



No obedece el futuro,
ni el pasado obedece,
ni siquiera los días
contables del presente.
Tampoco las palabras
escritas obedecen.
Son un destino al margen,
unas canciones débiles,
como las caracolas
tocadas de cipreses
que dejan en el viento
las verdades sin suerte.
No obedecen las cartas.
La escopeta obedece
el enigma que sufren
los relojes de nieve.
Porque el tiempo es un curso
sin corazón ni leyes
que olvida las historias
y jamás obedece.
Obedeció el disparo
del suicida en la frente.
Allí, junto a sus cosas,
le obedeció la muerte.




Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lejos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de futbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y la calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan más serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.



*******

y recuerdo una brisa triste por los olivos
F. G. L. 

Después
de la prisa cansada de los últimos trenes
nada vuelve. Sólo queda
tu rostro sobre Broadway
y es difícil, de tanta soledad,
cerrar los ojos sin dudar que existes.
Absurda
esta lengua de fuego que parte el horizonte,
que se extiende indomable sobre los corazones,
multiforme y herida,
que revienta y parece
la sonrisa forzada de una máscara rota.
Sola
la ciudad se disfraza en un escalofrío
y sus ojos te apuntan
lineados y ciegos
como un rastro de dientes que se olvide en los hombros.
Entonces
el alcohol es la sangre que desnuda los labios,
porque viene la noche,
porque llega la muerte sobre un brazo doblado
para dejarte a solas con tus años.
Triste por los olivos,
mientras Harlem entorna sus ventanas,
el tiempo es una brisa que ya nadie recuerda.



*******


No es el cuchillo que por fin nos mata,
sino la espera fría de su hoja en la piel,
el tiempo sucio y duro,
los plazos del temor, porque la muerte
suele afilar sus armas
en el miedo cortante de la víctima.
No es el tener que irme,
ni es el amor vivido en dos ciudades,
sino la cuenta atrás de los últimos días,
la mala noche que pasea
su cuchillo de dudas en el pecho,
y después la mañana rencorosa,
el desilusionado rencor de los kilómetros
que me van separando una vez más,
por la M-30,
como la uña de la carne.