martes, 14 de mayo de 2013

Anselm Grün. Sobre los sueños.


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INTERPRETACIÓN PSICOLÓGICA Y ESPIRITUAL DE LOS SUEÑOS 

A la hora de aplicar en la actualidad las palabras de la Biblia y la experiencia de la tradición, resulta conveniente confrontarlas con los conocimientos de la psicología moderna. No obstante, no se trata de abordar los sueños manera puramente psicológica, sino de tener en cuenta sus hallazgos. Resulta muy útil consultar libros de psicología sobre los sueños para tener una idea del universo de los símbolos y las imágenes. En primer lugar, tenemos que aprender el idioma en el que Dios quiere hablarme. Pero la tarea decisiva es preguntarse una y otra vez qué desea comunicarme con sus palabras. Debo hablar con Él sobre mis sueños, meditar ante Él acerca de las imágenes para así vislumbrar qué es lo que desea de mí. La interpretación de los sueños es cosa de Dios, le dice José a Faraón. Si se los ofrezco en mis oraciones, podré averiguar el modo en que el Señor me evalúa a mí y mi situación, qué debo observar y qué pasos debo dar.

La psicología jungiana considera la interpretación de los sueños en una dimensión objetiva y otra subjetiva. En la primera, los sueños expresan algo sobre las personas con las que tengo relación y el estado de las cosas con las que sueño. Así, un sueño puede revelar que mi escalera está deteriorada o que olvidé cerrar con llave al salir de casa. A menudo, el sueño adopta las experiencias del día y utiliza esos restos diurnos como material para llamar mi atención sobre algo importante. En la dimensión objetiva el sueño tiene una función compensatoria, es decir, complementa mi visión consciente de las cosas. Si durante el día he tenido una conversación con un amigo, mi consciente no habrá registrado muchas cosas, pues yo estaba ocupado con mis pensamientos y habré pasado por alto cómo se encuentra en realidad. En el sueño, el inconsciente me dice lo que ha observado en mi amigo, por ejemplo, que no le va bien o que hay algo oscuro en él. También puedo pensar que, en el sueño, Dios quiere descubrirme la verdad de mi amigo. Las observaciones de mi inconsciente me avisan de aspectos importantes que, de lo contrario, hubiera pasado por alto. Dado que nuestra visión consciente a menudo está influida por nuestros deseos, es importante atender la visión del inconsciente, que es complementaria. En la visión onírica, el Señor me libera de mi ceguera para enfrentarme a la verdad.

La regla fundamental de la interpretación de los sueños consiste en traducirse a su dimensión objetiva. Es preciso preguntarse qué me revela acerca de personas, situaciones, negocios, de mi profesión, de mi compromiso en una asociación, etc. Por ejemplo, un hombre soñó que su colega le había invitado a cenar, y que le había ofrecido verduras plagadas de gusanos. Él sospechó que el sueño quería prevenirle de hacer negocios con él y desistió del contrato. Los sucesos posteriores le demostraron que había actuado correctamente, ya que el colega resultó ser un estafador. Este sueño mostró los aspectos de su socio que su consciente no había registrado, al estar bloqueado por sus propias ideas. Dios le protegió mediante el sueño de una decisión errónea, con la cual hubiera perdido mucho dinero.

El segundo método es la interpretación en la dimensión subjetiva, es decir, todas las personas y las cosas que veo en el sueño son parte de mi ser y manifiestan algo sobre mi estado. El sueño describe mi situación con imágenes. A menudo, resultan más eficaces para expresar el propio estado que las descripciones racionales. Sin embargo, a estas imágenes se les pueden atribuir diversos significados. No pueden interpretarse de forma arbitraria, y deben contemplarse en el contexto y la situación interior de ese momento preciso. No tiene sentido consultar un diccionario de símbolos y creer que «coche» significa siempre «yo» y «caballo» mi vitalidad. Yo mismo debo asociarlo a lo que me sugieren. Aunque el conocimiento de los símbolos puede ser útil, debemos conservar libertad interior para referirlos concretamente a nosotros.

A continuación, veremos algunos símbolos oníricos y sueños típicos para que sirvan de estímulo a la hora de realizar nuestra propia interpretación. Jung insiste en que no existe una interpretación de los sueños absolutamente correcta, sino que lo importante es observar la situación particular del individuo para ponerla en contacto con lo soñado.

Si sueño con un coche que quiero dominar con el volante pero que avanza hacia donde quiere, puede indicar que he perdido el control sobre mí mismo, y que estoy siendo gobernado por fuerzas inconscientes. O si subiendo una montaña con el coche acelero pero no avanza, no se mueve del lugar. Entonces, debo preguntarme por qué no tengo suficiente fuerza interior para las tareas que me esperan, si no me estoy enfrentando a una montaña sin haber llenado el depósito previamente. Y puedo reflexionar sobre cuáles serían para mí las fuentes de energía idóneas.

Al hablar con Dios en mis sueños, Él desea señalarme la fuente interior que oculto, su gracia, a la que no permito el acceso. El sueño entonces no está dándome instrucciones concretas para actuar. Al despertar, no sé exactamente qué debo hacer. Pero creo entender a qué temas habré de enfrentarme los días y las semanas siguientes. Estaré más sensible al sobreesfuerzo, a los bloqueos, al estancamiento de mis fuentes, a mi separación de Dios. Y si estoy atento, algo en mí se pondrá en marcha, el Señor logrará de nuevo hacer fluir su gracia en mi ser.

Son muy típicos los sueños de caídas, en los que nos precipitamos al vacío. Me he de preguntar, en este caso, donde he perdido el apoyo, dónde ascendí demasiado, dónde me desorienté al subir. El sueño no pretende que coja miedo, de manera que luego me caiga por las escaleras. Su intención es advertirme para que encuentre mi medida y me cuestione cuál es mi sostén. Es un estímulo para buscar mi apoyo en Dios, para tomar conciencia de que no tengo garantías de no fracasar o de no caer, pero que en el Señor estoy seguro y que Él me mantiene. Al interpretar sólo debo recordar las visiones del sueño o describirlas con mis propias palabras. Entonces, percibiré de inmediato que no se trata de escaleras externas, sino de una situación interna, y que mi caída se refiere al estado de mi corazón.

También son frecuentes los sueños de persecuciones. Que alguien me persigue es signo de que hay algo en mí que no he aceptado. El perseguidor es mi sombra. Puede ser una persona, un tipo sombrío que me señala mi lado oscuro, un enemigo que me muestra que estoy en lucha conmigo mismo o contra un animal que revela aspectos reprimidos dentro de mí. Un león que me persigue muestra una violencia que no quiero percibir, y al mismo tiempo mi fuerza positiva, que no soy capaz de admitir. Una serpiente puede referirse a mi sexualidad, pero también a mi inteligencia, a mi instinto. Los animales nunca son símbolos unívocos. Siempre hay que tener en cuenta lo que me evoca el animal en cuestión, lo que genera en mí, a qué me recuerda, etc. La reacción correcta tras un sueño de persecución sería meditar acerca de él, imaginar que me doy la vuelta y miro amigablemente al perseguidor o, incluso, que lo abrazo. Entonces, habré aceptado el desafío, y habré logrado integrar una porción de mi sombra. No puedo integrarla mediante su comprensión intelectual, convirtiéndola en un propósito concreto, sino mediante la observación y la reconciliación. No puedo comprobar qué es lo que me sucede a través de esta meditación, pero confío en que mi sombra reprimida sea más consciente y, por ende, se convierta en parte de mí.

De manera similar deben verse los sueños de guerra o prisión. Muestran que estoy en lucha conmigo mismo, que peleo contra un enemigo interior o que estoy atrapado por fuerzas destructivas. La guerra revela con frecuencia una destrucción interior. También en este caso conviene meditar acerca del sueño y analizarlo con Dios. A través del sueño de guerra, Él me dice cosas que, de lo contrario, yo pasaría por alto. Me señala un estado que me resulta desagradable. Sólo con la oración ignoraría este estado, ya que en la oración los presentimientos suelen ocultarse con las propias palabras. Pero en el sueño no puedo ocultar nada, no puedo reprimirme: Dios me dice sin miramientos cuál es la situación que me rodea. Me conduce hacia un conocimiento radical de mí mismo. Descubre mis puntos oscuros. Y en el sueño puede hacerlo de manera que yo no sea un estorbo.

Pero los sueños no nos revelan únicamente aspectos negativos que hemos reprimido. A menudo también nos envían mensajes felices. Nos muestran que hemos avanzado más de lo que creíamos, que nos ha sucedido algo, que estamos más reconciliados con nosotros mismos de lo que quisiéramos ver. Así, por ejemplo, un río que cruzamos o vadeamos para alcanzar la otra orilla nos indica que hemos dado un paso decisivo hacia adelante, que hemos llegado al nuevo margen, que comienza una nueva etapa de nuestro camino. O en nuestra casa, vemos de pronto habitaciones totalmente nuevas en las que, hasta ese momento, nunca habíamos entrado. El hogar es una imagen de la totalidad de la psique. En este caso estaríamos abriendo nuevos espacios de vida en nosotros. Una mujer me contó que, en sueños, entró en una gran sala barroca que nunca antes había visto en su casa. Es decir, que algo se abre en ella, algo espacioso y bello, libre y caprichoso, como representa el barroco. Un sueño así provoca una actitud muy positiva. Al día siguiente nos sentimos distintos. Dios nos ha transmitido un mensaje feliz acerca de nuestro estado interior.

Muchas veces los sueños son ambivalentes y no se pueden clasificar como positivos o negativos sin más. Debemos escuchar atentamente y observarlos. Algunas personas no quieren recordarlos por temor a que signifiquen algo nefasto. Pero esto no tiene sentido. Los sueños no son determinantes. Nos muestran nuestra situación y los posibles riesgos para que estemos atentos, observemos el peligro y lo evitemos. También los sueños de peligro son útiles. No quieren provocar el pánico en nosotros, sino hacernos girar nuestro volante interno y no avanzar hacia el abismo. Sólo se trata de transformar los sueños en nuestra vida. Pero, con frecuencia, surge una dura resistencia. E. Aeppli, discípulo de Jung, describe nuestra defensa interior contra el mensaje de los sueños:

Cuántas veces preferiríamos negar el conocimiento adquirido en los sueños, por ejemplo, aquel en que determinadas relaciones con el entorno nos provocan daño, en que debemos dejar personas, proyectos o ideas a las que nos aferrábamos por temor a perderlos. Cerramos los ojos frente al hecho de que somos peores y más bajos de espíritu que lo que estamos dispuestos a admitir y que, por tanto, es hora de aceptar a ese hermano inferior que llevamos dentro. No queremos admitir que dentro de nosotros existe un cúmulo informe de vitalidad e impulsos salvajes. Aquel que rechaza las tareas del mundo exterior y de su sociedad, no quiere admitir, ni siquiera escuchar, la severa orden del sueño de integrarse en este mundo tan temido como desvalorizado. El sueño convoca a nuestra conciencia y ésta debe responder a una profunda pregunta: «Si ésta es tu situación, ¿qué vas a hacer de ahora en adelante, tú, hombre versado en sueños, para que cambie y tú te conviertas en otro?»

En este sentido debemos observar nuestros sueños, preguntarnos qué significan, pero, sobre todo, qué consecuencias podemos extraer para nuestra vida. Un sueño en el que estamos con muy poca ropa en medio de la gente quiere mostrarnos lo pobre que es nuestra vestimenta vital, cómo tras nuestra apariencia de seguridad se esconde la desnudez y la pobreza interior. Si en sueños entro a la iglesia sin zapatos, es una invitación a tomarme en serio lo básico, las realidades cotidianas simples y banales, no a evadirme, sino a permanecer en contacto con mis fuerzas naturales.

Son frecuentes los sueños de ladrones.

Un ladrón irrumpe en la casa que es nuestro sueño. Generalmente se trata de alguien de nuestro propio mundo interior. Asciende desde la profundidad incontrolada de nuestra alma e irrumpe en nuestro mundo consciente, amenaza su orden y su propiedad. Con mucha frecuencia se trata de un impulso disfrazado, e incluso de un instinto asesino.
Un sueño de ladrones no es positivo o negativo en sí mismo. Puede suceder que ciertas fuerzas asalten mi casa porque yo no les he franqueado la entrada. Vale más congraciarme con ellas y permitirles entrar. Pero también puede ocurrir que esas fuerzas extrañas entren en mi casa y la desvalijen porque en mí todo está abierto, porque yo no estoy conmigo. Las puertas están abiertas, de manera que los pensamientos y los impulsos peligrosos pueden entrar en cualquier momento. Si es así, debería protegerme brindando mayor espacio a Dios dentro de mí para que colme mi casa y la torne inaccesible a las fuerzas extrañas.

También es frecuente que tengamos sueños de retrasos. Soñamos que perdemos el tren, que llegamos muy tarde a un evento. Esta imagen de llegar tarde en la vida nos revela que dejamos pasar el tren porque dependemos excesivamente del pasado, porque queremos llevar muchas cosas viejas en nuestro camino.

En ocasiones soñamos que perdemos la maleta. Entonces debemos preguntarnos qué nos hace falta para el camino interior, qué importantes elementos no hemos cogido para el viaje. Puede ser el silencio, tan necesario, la oración, la gracia de Dios que dejamos de lado. Pero también puede tratarse de otras fuerzas y habilidades fundamentales que hemos dejado de desarrollar. Si olvidamos el dinero, nos falta energía, un valor de la personalidad imprescindible para el viaje.

Con frecuencia soñamos que llegamos tarde porque no prestamos atención al tiempo, al presente. O nos subimos al tren equivocado. El sueño no puede decirnos con más claridad que miremos por dónde pisamos. ¿Dónde nos hemos equivocado de trasbordo? ¿Dónde corremos el riesgo de tomar una senda equivocada, de montar un caballo equivocado?

Si después de un sueño indagamos en nuestra conciencia, descubriremos en nosotros muchas cosas que hubieran permanecido ocultas de no haber soñado. El sueño es la clave que abre al espíritu la puerta hacia el espacio que refleja con mayor claridad nuestra situación actual.

El camino es una alegoría clásica de la vida. En el sueño, a menudo nos vemos en el camino. Marchamos por senderos desconocidos o que al principio conocemos y de pronto desaparecen. Desesperados, caminamos sin rumbo y buscamos una meta determinada, una ciudad, una casa, o permanecemos clavados en el suelo sin poder dar ni un paso más. Todas éstas son imágenes del momento en el que estamos en la vida. Y es conveniente incluirlas al indagar en nuestra conciencia, preguntar a Dios qué quiere decirnos acerca de nuestro estado actual y qué pasos debemos emprender.

En el sueño el camino a veces se estrecha y debemos atravesarlo como en el momento de nacer. Una nueva vida más intensa nos espera al otro lado. Con frecuencia, nos encontramos en una encrucijada y no sabemos qué dirección tomar. En ocasiones, los letreros del camino indican extraños nombres. Nos evocan ideas de las que debernos intentar tomar conciencia. A veces se aparece un animal que conoce el camino, que representa nuestro instinto, o un niño pequeño o, incluso, un ángel que nos guía con seguridad. Después de estos sueños tenemos motivos más que suficientes para agradecer a Dios que nos muestre el camino y nos diga qué debemos atender.

También son frecuentes los sueños de exámenes, no sólo en época de pruebas escolares o laborales. Nos muestran siempre que, a lo largo de nuestra vida, siempre debemos superar pruebas. Meditamos las tareas que debemos resolver en nuestra actual escuela de vida,
en la que nos son asignadas todas las tareas, nuestros deberes, como por ejemplo terminar de resolver un importante conflicto en un plazo adecuado y aprobar los exámenes de la existencia. En el sueño se nos pide una respuesta, pero la pregunta es una pregunta vital, con frecuencia formulada por el todopoderoso destino. Y ocurre que debemos tolerar que un maestro desconocido «nos revise el cuaderno», que vea cosas que nos gustaría ocultar. O puede que hable en otro idioma, por ejemplo, en el lenguaje del sentimiento, que quizá todavía no hemos aprendido y nos es ajeno. Y sin embargo, la situación de vida exige ahora que sea el sentimiento el que hable. 

Debemos meditar acerca de tales sueños para averiguar cuál es nuestra tarea actual y qué debemos trabajar en nosotros para aprobar el examen que Dios nos impone.

Los animales que aparecen en nuestros sueños nos recuerdan nuestros instintos y tendencias. No se puede decir con exactitud si un animal significa esto o aquello. Pero conviene reflexionar acerca de sus características, para así conocernos mejor a nosotros mismos y ver cuál es el tema preciso de nuestro camino espiritual.

El caballo «representa ante todo el impulso sexual disciplinado y formado del hombre». Cuando, en el sueño, los caballos se desbocan, «el orden psíquico de la vida erótica del soñador está perturbado».

El perro significa el aspecto amable del instinto. «Si el sonador está acompañado por un perro, es que tiene una relación positiva con las fuerzas de su inconsciente y disfruta de una atenta seguridad instintiva».

El león es el rey de los animales y manifiesta grandes energías psíquicas a las que hay que enfrentarse para madurar y adquirir una nueva seguridad. El tigre es la imagen de un instinto que se ha independizado y que nos acecha emboscado para atacarnos.

Si soñamos con ratones y ratas, debemos preguntarnos qué aflicción oculta o gran preocupación nos roe por dentro.

Las aves se consideran criaturas intelectuales. Indican ideas que nos mueven a tener elevados pensamientos de águila real o sombrías reflexiones de cuervo. Si en nuestro sueño vemos gallinas que cacarean, se refieren a una «colectividad extravertida e intelectualmente pobre».

Los sueños con serpientes son muy frecuentes. Para Freud, tienen siempre un significado sexual. Pero esto es muy parcial. La serpiente es un importante símbolo onírico. Es una imagen de ciertas fuerzas primitivas. De acuerdo con la experiencia de la psicología, representa también un gran símbolo de energía psíquica. Si en sueños ve una serpiente, se enfrenta a fuerzas de la profundidad del alma ajenas al yo, tan antiguas, podría decirse, como esta criatura prehistórica.

Estas fuerzas pueden ser perversas o sanadoras. La serpiente parece iniciar procesos curativos en nuestra alma o una experiencia de transformación interior, de renacimiento desde el espíritu.

Todos los animales que se nos aparecen en sueños son ambivalentes. No hay que limitarse a los significados aquí descritos. Deberíamos, más bien, iniciar una conversación con los animales del sueño para entrar en contacto con esas fuerzas reprimidas que quieren ser integradas. Presentimos procesos espirituales de transformación interior y reconocemos las amenazas que nos acechan en el camino. Los antiguos decían que Dios nos envía a los animales en el sueño para sernos útiles con su compañía y para alertarnos de los peligros.

Muchos se asustan al soñar con la muerte. Tienen miedo de que sea un anuncio de su propio fallecimiento o del de los seres queridos. Pero los sueños de muerte señalan la muerte interior para que algo nuevo pueda nacer en nosotros.

La experiencia de miles y miles de pequeños y grandes sueños nos lleva a la certeza de que soñar con la muerte nunca anuncia la muerte física, es decir, que no se trata de un vaticinio sombrío. Los sueños en los que aparece la muerte, en imágenes a menudo extrañas, en las que nosotros mismos morimos o incluso asistimos a nuestro propio entierro, lo que nos dicen es que espiritualmente algo está muerto, que sentimos la ausencia de las personas que soñamos como muertas.

C. G. Jung sostiene que nunca debemos dejar una decisión en manos del sueño. Si en el sueño vemos que la relación con una persona está muerta, tendremos que reflexionar sobre ello y decidir si dejamos que siga muerta o si preferimos revivirla.

Cuando soñamos con nuestra propia muerte, se trata de una imagen de transformación. La vieja identidad debe morir. En los sueños a menudo se nos aparecen los muertos. Éstos siempre son sueños importantes. A veces, el padre o la madre fallecidos nos envían un mensaje. Lo que nos dicen los muertos son siempre mensajes importantes que deberíamos atender y sobre los que deberíamos meditar en nuestro camino. Con frecuencia sólo vemos sus figuras, sin que nos digan nada. Estos sueños revelan que los muertos tienen una relación con nosotros y que desean explicarnos algo sobre nuestra vida actual. Al profundizar después sobre ello podremos preguntarles qué quieren decirnos.

A veces alguna persona me cuenta, llena de angustia, que ha soñado que su padre o su madre muertos no están bien. En el sueño estaban enfermos o llevaban un abrigo roto. Piensa que significa que siguen en el purgatorio. Pero estos sueños nada dicen sobre el destino de los muertos, sino sobre nuestra relación con ellos. Deberíamos observar e intentar aclarar este vínculo.

Los sueños con niños proclaman siempre un mensaje feliz. En nosotros crece algo nuevo, y una vitalidad renovada traspasa la antigua inflexibilidad. Entramos en contacto con nuestro verdadero núcleo, con lo legítimo y auténtico. Si el sueño es de embarazo, se anuncia algo novedoso y debemos suponer que nos hemos encontrado a nosotros mismos, que todo será bueno y nuevo.

Un mensaje feliz similar conllevan los sueños de boda. El matrimonio de un hombre y una mujer es una imagen de unión de opuestos, del vínculo de ánima y ánimus. Es una boda sagrada. El mismo Dios une en nosotros los opuestos para convertirnos en espació para su presencia. Ya nada en nuestro interior quedará excluido de la vida divina. Todo podrá participar de su plenitud de la vida, todo lo anuncia. Los sueños de bodas e hijos nos hacen interiormente felices. Nos sentimos distintos al despertar, colmados de esperanza y con la sensación de haber avanzado un trecho fundamental en el camino de la autorrealización y del ser uno con Dios.

Con frecuencia los sueños numinosos dan cuenta del ser uno con Dios. Nos vemos haciendo algo en una iglesia, como asistir a un sacramento. A veces detectamos cosas que no se corresponden. Quizá hay barro en el altar. Esto no significa necesariamente que lo sagrado en nosotros está manchado, sino que todo en nosotros se está transformando, también lo oscuro y lo aparentemente sucio. Lo que vemos en la iglesia siempre se corresponde con el lugar. Así que quizá lo hayamos incorporado muy poco en nuestra fe. Quizá vivamos aún en el dilema entre las fuerzas religiosas y vitales, entre el anhelo religioso y los instintos.

Los sueños de la iglesia nos indican qué sucede en nuestra alma o cuál es nuestra tarea, o bien qué hemos pasado por alto hasta ahora. Si la iglesia de mis sueños está siempre en obras, será una señal de la situación de mi fe. Tampoco en este caso existen recetas para su esclarecimiento. Debernos tratar de interpretarnos a nosotros mismos y nuestra situación presente en el espejo del sueño. Esto sólo es posible si entablamos un diálogo entre el sueño y la realidad. El primero nos muestra la realidad de la vida y, a la inversa, observar nuestra situación concreta nos permitirá descifrar el mensaje del sueño. En ocasiones el sueño deja claro que Jesús camina junto a nosotros. O se nos aparece María, o vemos una luz y sabemos que Dios nos rodea con su luminosa presencia. Estos sueños son de gran utilidad. Durante el día, deberíamos recordarlos una y otra vez, y meditar acerca de ellos. De este modo, desplegarán en nosotros su efecto sanador.

El estudio psicológico de los sueños puede ayudarnos a comprender el idioma de nuestros sueños. Pero, para nosotros, este idioma no es sólo el lenguaje del alma, del inconsciente, sino el lenguaje olvidado de Dios, tal como señala Agnes Sanford, teóloga y discípula de Jung. Debemos escuchar lo lúe el Señor quiere decirnos en los sueños y que, quizá, únicamente pueda comunicarnos en este idioma. Con frecuencia pasamos por alto las palabras que nos dice durante el día. O tergiversamos las que escuchamos en la oración y en el silencio, añadimos nuestros deseos, y dejamos pasar lo que nos resulta ingrato. En el sueño, el Señor nos descubre la verdad acerca de nosotros mismos sin que podamos hacer nada en contra. Y, muchas veces, se trata de una verdad desagradable, que hasta entonces habíamos logrado reprimir. En el sueño, ya no es nuestro «yo» el que tiene la sartén por el mango, hay algo nuevo al mando. La psicología la denomina el «sí mismo» y también podemos decir que es Dios quien se manifiesta. En la práctica, el psicólogo puede aprender algo de esta instancia superior del «sí mismo» o de la acción de Dios en los sueños:

Durante las consultas, somos testigos una y otra vez del agradecimiento por el hecho de que una instancia superior viva en nosotros (la psicología compleja la denomina el «sí mismo»), que se percata de nuestra vida con mayor claridad de lo que podemos hacerlo nosotros, que participa en su éxito y que, por medio del sueño, nos avisa una y otra vez de cuál es el punto del viaje en el que nos encontramos, qué nos amenaza, a quién necesitamos y hacia dónde debemos ir. Por la confianza que tiene en la sabiduría de su propio «sí mismo», al percibir nuevas fuerzas, la persona adquiere una serenidad desconocida hasta entonces. Sabe que frente a cualquier nuevo problema, en aprietos ante los que no sepa seguir adelante, en los grandes conflictos consigo misma, el alma le enviará las parábolas de su sueño. […] Vive con la certeza de encontrar siempre el camino que le conduce a casa. A veces, conmocionados por el sentido profundo de un sueño importante, nos parece que ya estamos en este gran hogar, cuyo señor utiliza los sueños para que permanezcamos siempre cerca.16

No nos haríamos un favor ni a nosotros ni a las personas que se nos acercan en la confesión o en los ejercicios espirituales si ignorásemos el lenguaje de Dios en los sueños. Una parte importante de nuestra vida quedaría excluida de la transformación y la sanación del Señor. Y nuestra vida espiritual carecería de vitalidad y autenticidad, fuerza y verdad, libertad y amplitud, amor y bondad, irradiación y fascinación.

Todos los caminos espirituales que excluyen las sombras provocan indefectiblemente una peligrosa tensión. La persona entonces se divide, por un lado, entre su buena voluntad y su deseo de amar y obedecer a Dios y, por el otro, su sombra, que se manifiesta en su unión con la tierra, en sus necesidades y en sus instintos. En estos casos pueden producirse neurosis religiosas. Y la fe cristiana, a pesar de su mensaje de amor, resultaría cruel con las personas, les exigiría más de lo justo y, finalmente, los destrozaría.

Lamentablemente, la Iglesia tiene mucha gente sobre su conciencia, porque en el pasado la situó bajo una tensión insoportable. Por esta razón resulta urgente, a partir de la rica tradición espiritual de la Iglesia, crear y dar un nuevo impulso a esa espiritualidad íntegra que caracteriza todas las grandes escuelas cristianas, ya sea la escuela del antiguo monacato o de la mística griega, la espiritualidad ignaciana, la mística del maestro Eckhart o la de las grandes mujeres que con frecuencia fueron calumniadas. Una espiritualidad global no puede permitirse el lujo de excluir el cuerpo y despreciar los sueños. Hasta que no se contemple a la persona como un todo, no se la podrá salvar en su totalidad.